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Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 12:11 am

Capítulo 14
Brittany

 
—Santana, si no me devuelves la llamada, iré a buscarte aunque esté borracha —amenazo.
Luego tiro el móvil contra el sofá. Rebota y aterriza contra el suelo de hormigón.
—Volverá —me asegura el capullo de Ricardo, siempre de gran ayuda.
—¡Ya lo sé! —le grito, y recojo el móvil.
Por suerte, la pantalla no se ha roto. Le lanzo una mirada asesina al viejo borracho y me voy al dormitorio.
«¿Qué coño hace otra vez en el apartamento y por qué demonios Santana no está aquí conmigo?» No puede salir nada bueno de juntar a Santana y a Kitty en la misma habitación. Empiezo a maquinar cómo voy a localizarla si no tengo ni llaves, ni coche, y mi nivel del alcohol en sangre rebasa con creces el límite legal cuando oigo que se abre la puerta principal.
—Está... descansando —dice Ricardo muy alto, con una alegría desmesurada. Sospecho que está intentando avisarme de que Santana ha vuelto.
Abro la puerta antes de que lo haga ella y extiendo el brazo para invitarla a entrar. No parece en absoluto intimidada ni preocupada por mi cara de cabreo.
—¿Por qué no me has cogido el teléfono cuando te he llamado? —exijo saber.
—Porque te he dicho que volvería pronto, y eso he hecho.
—Pero deberías haberlo cogido. Estaba preocupada.
—¿Estabas preocupada? —Le sorprende mi elección de palabras.
—Sí, preocupada. ¿Qué coño hacías tú con Kitty?
Deja el bolso en el respaldo de la silla.
—Ni idea. Rachel me invitó a comer con ella y la trajo.
«Maldita Rachel.»
—Y ¿por qué coño ha hecho eso? ¿Ha sido borde contigo?
—No más que de costumbre. —Enarca una ceja y me mira.
—Rachel es una zorra por haber invitado también a Kitty. ¿Qué se cuentan?
—Ni idea, pero creo que corren ciertos rumores sobre mí. —Frunce el ceño y se sienta en la silla para quitarse los zapatos.
—¿Qué clase de rumores?
«Lo que en realidad quiero decir es: ¿a quién tengo que matar?»
Joder, sigo borracha. ¿Cómo es posible? Han pasado por lo menos tres horas. Apenas recuerdo que hace mucho alguien me dijo que se necesita una hora por cada copa que uno se toma para que se te pase la borrachera. Voy a estar pedo por lo menos durante las próximas diez horas, según ese cálculo.
Siempre y cuando fuera ésa la estimación...
—¿Me has oído? —dice Santana con calma, incluso un tanto preocupada.
—No, perdona —farfullo.
Se ruboriza.
—Creo que la gente va diciendo por ahí que Dany y yo..., ya sabes.
—¿Ya sé qué?
—Que nos... hemos acostado. —Tiene los ojos cansados y la voz dulce.
—¿Quién lo dice? —intento mantener un tono de voz similar al de ella, a pesar de que la rabia empieza a bullir en mi interior.
—Imagino que es un rumor. Rachel y Kitty lo estaban comentando.
No sé si consolarla o dar rienda suelta a mi cabreo. Estoy demasiado borracha para esta mierda.
Coloca las manos en el regazo y agacha la cabeza.
—No quiero que la gente piense eso de mí.
—No hagas ni caso, son unos imbéciles. Si de verdad corre ese rumor, me encargaré de desmentirlo. —Tiro de ella para que se siente conmigo en la cama—. Tú no te preocupes.
—¿No estás enfadada conmigo? —pregunta buscando con sus ojos oscuros los míos.
—Sí —le digo—. Estoy enfadada porque tú no me cogías el móvil y tampoco la dichosa Rachel.
Pero lo del rumor no me cabrea lo más mínimo. Es probable que se lo hayan inventado porque les mola ser unos idiotas.
La idea de que Rachel y Kitty le hayan llenado a Santana la cabeza de tonterías sólo para hacerle daño me pone mala.
—No entiendo para qué se ha traído a Kitty, quien, cómo no, ha tenido que recordarme que se ha acostado contigo. —Tuerce el gesto y yo también.
—Es una mala puta que no tiene otra cosa que hacer que recordar los tiempos en los que la reventaba a polvos.
—Brittany —protesta Santana ante lo descriptivo de mi comentario.
Abre el cierre de su brazalete y lo deja sobre la mesilla.
—¿Todavía estás borracha?
—Un poco.
—¿Un poco?
Sonrío.
—Un poco más que un poco.
—Estás muy rara. —Pone los ojos en blanco y saca su maldita agenda del cajón de la mesilla.
—¿Por? —Me acerco para ponerme detrás de ella.
—Porque a pesar de que estás borracha te estás portando muy bien. Por ejemplo, estabas enfadada porque no te cogía el teléfono pero ahora estás siendo... —Me mira a la cara—. Creo que la palabra es comprensiva. Estás siendo muy comprensiva con lo de Kitty.
—Y ¿qué esperabas?
—No lo sé... ¿Que me gritaras? No tienes un temperamento fácil cuando estás borracha —dice en voz baja.
Sé que está intentando no molestarme, pero quiere hacerme saber que no va a andarse con tonterías.
—No voy a chillarte, sólo es que no me gusta verte con ellas. Ya sabes cómo son, sobre todo Kitty, y no quiero que nadie te haga daño. —Luego añado, enfatizando cada palabra—: De ninguna manera.
—No me lo han hecho pero, aunque sé que es ridículo, por una vez me apetecía quedar a comer con una amiga, como hace la gente normal.

Quiero decirle que Rachel no es precisamente la mejor elección a la hora de buscar amigas, pero sé que, exceptuando a Ryder, a Sam y a mí, no tiene a nadie más. Y a Dany. Bueno, Dany ya no pinta nada aquí. Eso se ha acabado y estoy segura de que no volverá a aparecer en una buena temporada.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 12:13 am

Capítulo 15
Santana

 
El hecho de que Brittany se esté comportando de un modo tan razonable me sorprende y consigo relajarme un poco. Cruza las piernas y se echa hacia atrás apoyándose en las palmas de las manos. No sé si debería sacar el tema de Seattle ahora mismo, porque la veo de buen humor, o si será mejor esperar.
Pero si espero, a saber cuándo estará lista para hablar de ello.
La miro, ella me observa con sus ojos azules y decido lanzarme.
—Rachel quiere celebrar una fiesta de despedida —le digo, y aguardo su reacción.
—¿Adónde va?
—No, es para mí —le explico, y omito el pequeño detalle de que les he dicho que Brittany va a venirse conmigo a Seattle.
Me mira raro.
—¿Les has dicho que vas a mudarte?
—Sí, ¿por qué no iba a decírselo?
—Porque aún no lo has decidido, ¿no?
—Brittany, me voy a ir a Seattle.
Se encoge de hombros con despreocupación.
—Todavía tienes tiempo para pensarlo.
—De todos modos..., ¿qué te parece lo de la fiesta? Dice que podríamos hacer una cena para estar todos juntos en casa de Blaine y de Quinn, no en la fraternidad —le explico, pero Brittany sigue borracha y no parece que me esté escuchando. Miro las fechas de mi traslado la semana que viene. Espero que Sandra me llame pronto, de lo contrario, voy a llegar a Seattle y no tendré casa y tendré que alojarme en un motel y vivir con lo que cabe en una maleta. Moteles..., qué asco.
—No, no vamos a ir a esa fiesta. —Esa respuesta no me la esperaba.
Me vuelvo hacia ella.
—¿Qué? ¿Por qué no? Si es una cena, no puede ser tan terrible, no habrá Verdad o desafío, ni Chupa y pásalo, ¿sabes? Se echa a reír y me mira. Se ve que le hace gracia.
—Chupa y sopla, San.
—¡Ya sabes a qué me refiero! Será la última vez que veamos..., en fin, que yo los vea, y han sido mis amigos, bueno, unos amigos un poco raros.
—No quiero pensar en el inicio de mi «amistad» con el grupo.
—¿Y si lo hablamos más tarde? Me está dando dolor de cabeza —protesta.
Suspiro vencida. Sé por su tono de voz que no va a continuar con la conversación.
—Ven aquí. —Se recuesta en el colchón y me espera con los brazos abiertos.
Cierro la agenda y me tumbo con ella en la cama. Me coloco entre sus piernas y sus manos se cierran sobre mis caderas. Me mira con sonrisa pícara.
—¿No se supone que estás cabreada conmigo o algo así?
—Estoy un pelín desbordada, Brittany —le confieso.
—¿Por?
Levanto los brazos al cielo.
—Por todo. Seattle, el traslado a otra facultad, la marcha de Ryder, tu expulsión...
—Te engañé —dice sin más, y hunde la nariz en mi vientre.
«Y ¿ahora qué...?»
—¿Cómo? —Enrosco los dedos en su pelo y le levanto la cabeza para que me mire.
Se encoge de hombros.
—Te he engañado acerca de mi expulsión.
Me echo hacia atrás para alejarme de ella. Intenta acercarse de nuevo, pero no la dejo.
—¿Por qué?
—No lo sé, Santana —dice, y se levanta—. Estaba cabreada porque estabas fuera con Dany y por todo el rollo de Seattle.
Abro mucho la boca.
—¿Me dijiste que te habían expulsado porque estabas enfadada conmigo?
—Sí, bueno, y también por otro motivo.
—¿Qué otro motivo?
Suspira.
—Te vas a enfadar. —Todavía tiene los ojos rojos, pero parece que la borrachera se le está pasando rápido.
Cruzo los brazos.
—Sí, es más que probable, pero cuenta.
—Pensé que te daría tanta pena que te vendrías conmigo a Inglaterra.
No sé qué pensar de su confesión. Debería mosquearme. Estoy mosqueada. Estoy que muerdo. Qué cara tiene, intentar hacer que me sienta culpable para que me vaya a Inglaterra con ella. Debería haber sido sincera desde el principio... Pero, aun así, no puedo evitar sentirme un poco mejor por haberme enterado a través de ella, y no del modo en que normalmente descubro sus mentiras.
Me mira con ojos inquisitivos.
—¿Santana...?
La miro y casi sonrío.
—La verdad es que me sorprende que me lo hayas contado, en vez de esperar a que me enterase por terceros.
—A mí también. —Acorta la distancia que nos separa y su mano me acaricia el cuello y la mandíbula—. Por favor, no te enfades conmigo. Soy tonta del culo.
Dejo escapar una tensa exhalación pero me encantan sus caricias.
—Es una defensa pésima.
—No me estoy defendiendo. Soy una idiota, lo sé. Pero te quiero y estoy harta de tanta mierda.
Sabía que lo descubrirías tarde o temprano, y más con el dichoso viaje con la familia de mi padre a la vuelta de la esquina.
—¿Me lo has contado porque sabías que me iba a enterar de todos modos?
—Sí.
Echo atrás la cabeza y la miro.
—¿Me lo habrías ocultado y me habrías obligado a irme a vivir a Inglaterra contigo por pura pena?
—Básicamente...
«¿Cómo demonios se supone que he de tomarme eso?» Quiero decirle que está loca, que no es mi padre y que tiene que dejar de intentar manipularme, pero en vez de eso me quedo ahí con la boca abierta como una idiota.
—No puedes obligarme a hacer cosas a base de mentiras y manipulaciones.
—Sé que es muy retorcido —dice con preocupación en sus ojos azules—. No sé por qué soy como soy. Sólo sé que no quiero perderte y que estoy desesperada.
Pero, por su expresión, sé que no entiende por qué se comporta así.
—No, no lo sabes. De lo contrario, no habrías mentido.
Lleva las manos a mis caderas.
—Santana, lo siento, de verdad. Debes reconocer que se nos empieza a dar mejor esto de las relaciones.
Tiene razón. En cierto sentido, demencial, nos comunicamos mucho mejor que antes. Sigue distando mucho de una relación normal y funcional, pero la normalidad nunca ha sido lo nuestro.
—¿Con lo del matrimonio tampoco voy a conseguir que te vengas conmigo?
El corazón se me va a salir del pecho y estoy segura de que puede oírlo. Pero me limito a decir:
—Ya hablaremos de eso cuando no estés borracha.
—Tampoco estoy tan borracha.
Sonrío y le doy una palmadita en la mejilla.
—Demasiado borracha para esa clase de conversación.
Sonríe y me atrae hacia sí.
—¿Cuándo vuelves de Sandpoint?
—¿No vas a venir?
—Aún no lo he decidido.
—Dijiste que vendrías. Nunca hemos viajado juntas.
—Seattle —dice, y me echo a reír.
—En realidad, apareciste sin que nadie te hubiera invitado y te fuiste a la mañana siguiente.
Me pasa la mano por el pelo.
—Detalles...
—Me apetece mucho que vengas —insisto—. Ryder se trasladará pronto. —Me duele sólo de pensarlo.
—¿Y? —me pregunta meneando la cabeza.
—Y a tu padre le encantaría que vinieras, estoy segura.
—Ah, él. Está cabreado consigo mismo porque me han multado y me han puesto en el equivalente a la libertad condicional académica. Si la fastidio en lo más mínimo, se acabó la universidad.
—¿Por qué no te trasladas a la universidad de Seattle conmigo?
—No quiero volver a oír hablar de Seattle esta noche. He tenido un día muy largo y tengo un dolor de cabeza infernal...
—Me besa en la frente. Aparto la cabeza.
—Te has emborrachado con mi padre y me has mentido sobre tu expulsión: hablaremos de Seattle cuanto me apetezca —replico tajante.
Brittany sonríe.
—Y te has puesto esos pantalones después de haber estado provocándome con ellos y no has respondido a mis llamadas. —Me acaricia el labio inferior con el pulgar.
—No hace falta que me llames tanto. Es asfixiante. Kitty ha dicho que eres una acosadora —le suelto, pero sonrío bajo su caricia.
—¿En serio? —Continúa dibujando el contorno de mis labios y los abro sin querer.
—Sí —suspiro.
—Hum...
—Sé lo que estás tramando. —Le quito la otra mano de mis caderas, allí donde sus dedos estaban empezando a deslizarse por debajo del elástico de mis pantalones. Sonríe.
—¿Qué estoy tramando?
—Estás intentando distraerme para que se me olvide que estoy enfadada contigo.
—¿Y funciona?
—No del todo. Además, mi padre está aquí y no voy a acostarme contigo cuando lo tenemos en la habitación contigua.
 —Le doy un azote juguetón en el trasero.
Lo único que consigo es que me estreche más contra sí.
—Ah, ¿quieres decir como cuando te follé aquí mismo —dice señalando la cama—, mientras mi madre dormía en el sofá?
Se me pega un poco más.
—¿O aquella vez que te follé en el baño de la casa de mi padre? ¿O la infinidad de veces que hemos follado mientras Karen, Ryder y mi padre estaban al final del pasillo? Me acaricia el muslo por encima de la tela.
—Ah, espera, te refieres a cuando te puse mirando a La Meca en la mesa de tu despacho en horas de trabajo...
—¡Vale, vale! ¡Lo he pillado! —Me ruborizo y se ríe.
—Vamos, Santana, túmbate.
—Estás enferma. —Me echo a reír y me aparto de ella.
—¿Adónde vas? —pregunta haciendo pucheros.
—A ver qué está haciendo mi padre.
—¿Por? ¿Para poder volver aquí conmigo y...?
—¡Anda ya!, acuéstate o algo —exclamo.
Me alegro de que esté tan bromista pero, a pesar de su confesión, sigo enfadada porque me ha mentido y se está comportando como una cabezota al no estar dispuesta a hablar seriamente de Seattle. Cuando he vuelto después de la comida en Applebee’s, creía que estaría furiosa conmigo por no haber respondido a sus mensajes. Nunca pensé que llegaríamos a hablar las cosas y que me confesaría
que me había mentido acerca de su expulsión. Puede que Rachel le haya asegurado que estaba volviendo a casa y le haya dado tiempo a calmarse. Aunque el teléfono de Rachel estaba encima de la mesa cuando me he marchado...
—¿No has dicho que Rachel no te ha cogido el teléfono cuando la has llamado? —pregunto.
—No, ¿por? —Me mira confusa.
Me encojo de hombros sin saber qué decir.
—Curiosidad.
—¿Por? —dice en un tono raro.
—Porque le he dicho que te dijera que venía de camino y me preguntaba por qué no lo había hecho.
—Ah.
Desvía la mirada y coge una taza de la cómoda. Esta conversación es muy rara: Rachel no le ha dicho que yo estaba en camino, y ahora ella desvía la mirada...
—Voy a ver qué hace mi padre, puedes venir con nosotros si quieres.
—Eso haré. Voy a cambiarme primero.
Asiento y abro la puerta.
—Y ¿qué hay de él? Acaba de reaparecer en tu vida y ¿vas a marcharte?
Freno en seco. No es que no lo haya pensado, pero que Brittany me dispare la pregunta por la espalda como si fuera un misil no me gusta nada.
Me tomo un momento para recuperarme antes de salir de la habitación. Cuando llego a la sala de estar, mi padre está durmiendo. Beberse medio bar a mediodía debe de ser agotador. Apago el televisor y voy a la cocina a por un vaso de agua. No paro de pensar en Brittany preguntándome si voy a marcharme ahora que acabo de encontrar a mi padre. La cuestión es que no puedo hacer peligrar mi futuro por un padre al que no veo desde hace nueve años. Si las circunstancias fueran otras, lo pensaría dos veces, pero fue él quien me abandonó a mí.
Cuando me acerco al dormitorio, oigo que Brittany está hablando.
—¿A qué coño ha venido lo de hoy? —la oigo decir con voz amortiguada.
Pego la oreja a la puerta. Sé que debería irme y punto, pero tengo la sensación de que he de escuchar esta conversación. Lo que significa que me conviene escucharla.
—Me importa una mierda, no debería haber ocurrido. Ahora está mosqueada, cuando se supone que lo que tienes que hacer...
No consigo entender el resto de la frase.
—No lo fastidies —añade.
¿Con quién habla? Y ¿qué se supone que tiene que hacer alguien? ¿Es Rachel? O, peor, ¿será Kitty? Oigo unos pasos que se acercan a la puerta y rápidamente me meto en el cuarto de baño y cierro la puerta.
Al poco rato llaman con los nudillos.
—¿Santana?
Abro la puerta. Sé que tendría que aparentar que me ha pillado con mis cosas. El corazón se me va a salir del pecho y tengo un nudo en el estómago.
—Ah, hola. Estaba acabando —digo con un hilo de voz.
Brittany enarca una ceja.
—Vale...
Mira al final del pasillo.
—¿Dónde está tu padre? ¿Está durmiendo?
—Sí —le digo, y sonríe de oreja a oreja.

—Volvamos al dormitorio. —Me coge de la mano, me da la vuelta y me empuja con suavidad. Sigo a Brittany de vuelta a nuestra habitación y la paranoia se cuela entre mis pensamientos como si fuera una vieja amiga.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 12:15 am

Capítulo 16
Santana

 
La parte microscópica de mi cerebro que alberga el sentido común está intentando enviar señales de alerta al resto de mi cerebro, que está ocupado por Brittany y todo lo relacionado con ella. La parte sensata, o lo que queda de ella, me dice que necesito hacer preguntas, que no puedo pasar esto por alto. Ya hago la vista gorda bastante a menudo. Ésa es la parte microscópica. La parte más grande gana. Porque, ¿de verdad quiero discutir con ella por lo que seguro que no es más que un malentendido? A lo mejor sólo estaba enfadada con Rachel por haber invitado a Kitty. No he podido escuchar bien la conversación, es posible que me estuviera defendiendo. Ha sido muy sincera acerca de haberme mentido sobre su expulsión, ¿por qué iba a mentirme ahora?
Brittany se sienta en la cama, me coge ambas manos y tira de mí para que me siente en su pierna.
—Bueno, ya no nos quedan temas serios de conversación y tu padre está durmiendo. Tendremos que encontrar otra forma de pasar el rato...
 —Tiene una sonrisa ridícula pero contagiosa.
—¿No estarás pensando en sexo? —contesto, y la empujo con picardía.
Se tumba en la cama, con una mano en mi nuca y la otra en mi muslo, y tira de mí hasta que me tiene encima. La monto a horcajadas, con sus piernas entre mis muslos, y me acerca a ella hasta que nuestras caras casi se rozan.
—No, tenía otras cosas en mente. Por ejemplo, piensa en esos labios rodeándome el...
Me acaricia la boca con la suya. Su aliento sabe a menta. La presión es lo bastante fuerte para enviar una oleada de electricidad por todo mi cuerpo pero lo bastante delicada como para dejarme con ganas de más.
—Piensa en mi cara entre tus muslos mientras te... —empieza a decir, pero le tapo la boca con la mano. El modo en que su lengua lame mi mano me obliga a retirarla rápidamente.
—Puaj —digo arrugando la nariz y limpiándome la mano en su camiseta negra.
—No haré ruido —asegura en voz baja mientras levanta las caderas del colchón para que la note de cerca—. Aunque no sé si puedo decir lo mismo de ti.
—Mi padre... —le recuerdo con mucha menos convicción que antes.
—Y ¿a quién le importa? Es nuestra casa y, si no le gusta, que se pire.
La miro medio en serio.
—No seas maleducada.
—No lo soy, pero te deseo y debería poder tenerte siempre que quiera —dice, y pongo los ojos en blanco.
—Yo también tengo voz y voto, estás hablando de mi cuerpo. —Finjo que no tengo el corazón desbocado y que no le tengo ganas.
—Evidentemente. Pero sé que si hago esto... —Mete la mano entre nuestros cuerpos y baja la cinturilla de mis pantalones y de mis bragas—. ¿Lo ves? Sabía que estarías lista en cuanto he mencionado que te iba a comer...
Le tapo esa boca tan sucia que tiene con los labios. Traga saliva, gime y sus dedos rozan mi clítoris. Apenas me está tocando porque lo que quiere es torturarme.
—Por favor —siseo, y aplica un poco más de presión. Me mete un dedo húmedo.
—Ya lo sabía yo.
Me castiga y mete y saca el dedo muy despacio.
Deja de moverlo demasiado pronto y me tumba a su lado. Antes de que pueda protestar, se incorpora y coge la cinturilla de mis pantalones, esa parte que parece fascinarla tanto, y me los baja por los muslos. Levanto las caderas para ayudarla y aprovecha para bajarme también las bragas.
Sin decir nada, me indica que me coloque en lo alto de la cama. Me deslizo sobre los codos hasta que tengo la espalda apoyada en la cabecera. Se tumba boca abajo, delante de mí, y sus manos se aferran a mis caderas. Me abre de piernas.
Sonríe burlona.
—Al menos intenta no hacer ruido.
Me dispongo a poner los ojos en blanco pero entonces siento su aliento cálido. Suave primero y más fuerte poco a poco, a medida que se va acercando más y más. Sin avisar, su lengua me recorre de abajo arriba y agarro un cojín, uno amarillo al que Brittany le tiene especial manía. Me tapo la cara con él para amortiguar los gemidos involuntarios que manan de mi boca mientras su lengua se mueve cada vez más rápido.
De repente me quita el cojín de la cara.
—No, nena. Quiero que me veas —me ordena, y asiento muy despacio.
Se lleva el pulgar a la boca y su lengua se desliza sobre mí. Mueve la mano entre mis muslos y acaricia mi punto más sensible. Se me tensan las piernas, las caricias sobre mi clítoris son divinas. Con la punta de un dedo traza círculos lentos sin apenas aplicar presión. Es una tortura.
La obedezco y miro entre mis muslos. Tiene el pelo alborotado y hacia atrás, formando una onda sobre su frente, con un mechón rebelde que vuelve atrás cada vez que hunde la cabeza. Medio veo, medio imagino su boca contra mi piel y la sensación aumenta de manera exponencial y sé, sé, que no voy a poder estarme callada mientras la presión se acumula en mi vientre esperando poder estallar. Me tapo la boca con una mano y hundo la otra en sus rizos. Empiezo a mover las caderas para buscar su lengua. Esto es demasiado bueno. Le tiro del pelo y la oigo gemir contra mí. Estoy cada vez más cerca...
—¿Más fuerte? —jadea.
«¿Qué?»
Coge la mano que tengo enredada en su pelo y coloca la suya encima para... ¿Quiere que le tire del pelo?
—Hazlo —me dice con mirada de deseo, y empieza a mover los dedos en círculos rápidos mientras baja la cabeza para que la lengua contribuya a la sensación.
Le tiro del pelo con fuerza, y me mira con los ojos entornados. Cuando vuelve a abrirlos los tiene brillantes, como jade ardiente. Me sostiene la mirada mientras se me nubla la vista y durante unos instantes no veo nada.
—Vamos, nena —susurra.
Se lleva la mano a su entrepierna y no puedo aguantarlo más. La veo acariciándose su coño húmedo para correrse conmigo. Nunca me acostumbraré al efecto que sus actos tienen en mí. El hecho de verla tocándose, sentir las bocanadas de su aliento en mi piel mientras su respiración se torna más y más
entrecortada...
—Sabes a gloria, nena —gime contra mí, moviendo rápidamente la mano que tiene en su entrepierna. Ni siquiera noto que me estoy mordiendo la mano mientras disfruto de mi subidón y le tiro del pelo. Parpadeo. Y luego parpadeo un poco más, con pereza. Recobro la conciencia y noto que se recoloca y que apoya la cabeza en mi vientre. Abro los ojos y veo que ella los tiene cerrados, su pecho sube y baja, su respiración sigue entrecortada. Le tiro del hombro para que se levante y poder moverme entre sus piernas.
Para y me mira.
—Yo... ya he terminado —dice.
Me quedo mirándola.
—Ya me he corrido... —Tiene la voz ronca de agotamiento.
—Ah.
Sonríe con pereza, una sonrisa medio borracha, y se levanta de la cama. Se acerca a la cómoda, abre un cajón y saca unos pantalones cortos blancos de deporte.
—Tengo que ducharme y cambiarme, como puedes ver. —Señala la bragueta de sus pantalones, donde, a pesar de que son oscuros, se ve claramente una mancha.
—¿Como en los viejos tiempos? —Le sonrío, me mira y me devuelve la sonrisa.
Se acerca y me besa en la frente, luego en los labios.
—Es bueno saber que no has perdido tu toque —dice yendo hacia la puerta.
—No ha sido mi toque —le recuerdo.
Menea la cabeza y sale de la habitación. Busco mi ropa a los pies de la cama y rezo para que mi padre siga durmiendo en el sofá y para que si, por casualidad se ha despertado, no pare a Brittany de camino al baño. A los pocos segundos, oigo que la puerta del cuarto de baño se cierra y me levanto para vestirme.
Cuando termino, reviso mi móvil para ver si tengo algún mensaje de Sandra, pero nada. Lo que sí hay es un pequeño sobre en la esquina de mi pantalla que me indica que tengo un nuevo mensaje de texto. A lo mejor está liada y ha preferido escribirme. Abro el mensaje y leo:
Tengo que hablar contigo.
Suspiro al leer el nombre del remitente: Dany. Borro el mensaje y dejo el teléfono sobre la mesilla. Irónicamente, la curiosidad se apodera de mí y busco el móvil de Brittany. El corazón amenaza con salirse de mi pecho cuando recuerdo la última vez que le registré el móvil. No acabó nada bien. Pero esta vez sé que no me está ocultando nada. No es capaz. Estamos en un punto muy distinto de nuestra relación. Se ha hecho un tatuaje por mí... Aunque no está dispuesta a mudarse por mí. No tengo nada de que preocuparme, o eso creo...
Como no lo veo en el escritorio, lo busco en la cómoda. Deduzco que se lo ha llevado al baño. Es lo normal, ¿no?
«No tengo de qué preocuparme. Sólo estoy estresada y paranoica», me digo.
Antes de meterme en un agujero negro de preocupación, me recuerdo que no debo registrarle el móvil porque, si ella me lo hiciera a mí, me cabrearía muchísimo. Es probable que me lo registre, sólo que nunca lo he pillado in fraganti. Se abre la puerta de la habitación y salto como si me hubieran pillado haciendo algo que no debía. Brittany entra dando zancadas, sin camiseta, descalza, con los pantalones cortos y las bragas negras asomando por la cintura.
—¿Estás bien? —pregunta secándose el pelo con una toalla blanca. Me encanta que su pelo parezca negro cuando está mojado. El contraste con sus ojos azules es de ensueño.
—Sí. Te has dado una ducha muy corta. —Me siento en la silla—. Debería haberte ensuciado más—digo intentando distraerla para que no note que me tiembla un poco la voz.
—Tenía prisa por verte —dice, pero no me convence.
Sonrío.
—Tienes hambre, ¿verdad?
—Sí —confiesa con una sonrisa divertida—. Me ha entrado hambre.
—Eso me parecía.
—Tu padre sigue dormido; ¿va a quedarse cuando nos vayamos de viaje?
La emoción hace desaparecer todas mis preocupaciones.
—¿Vas a venir?
—Sí, eso creo. Si es tan aburrido como me parece que va a ser, sólo me quedaré una noche.
—Vale —digo comprensiva. Pero por dentro estoy radiante y sé que se quedará hasta el final. Sólo es que tiene que guardar las apariencias y quejarse de ese tipo de cosas. Se pasa la lengua por los labios y me acuerdo de cuando la tenía entre las piernas.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Sus ojos encuentran los míos y asiente.
—¿Sí?
Se sienta en la cama.
—Cuando... cuando..., ya sabes, ¿ha sido porque te he tirado del pelo?
—¿Qué? —Se ríe un poco.
—Cuando te he tirado del pelo, ¿te ha gustado? —me ruborizo.
—Ah. —No me puedo ni imaginar el rojo que cubre mis mejillas.
»¿Te resulta raro que me guste?
—No, sólo es curiosidad. —Es la verdad.
—Todo el mundo tiene ciertas cosas que le gustan en la cama, ésa es una de las que me gustan a mí. Aunque hasta ahora no lo sabía. —Sonríe sin inmutarse porque estemos hablando de sexo.
—¿Ah, sí? —Me emociono al pensar que ha descubierto algo nuevo estando conmigo.
—Sí —dice—. Quiero decir que me han tirado del pelo otras chicas, pero contigo es diferente.
—Ah —digo por enésima vez, pero esta vez no siento ni frío ni calor.
Sin percatarse de mi reacción, Brittany me mira con los ojos brillantes de curiosidad.
—¿Hay algo que no te haya hecho y que te guste?
—No. Me gusta todo lo que me haces —digo en voz baja.
—Sí, eso ya lo sé. Pero ¿hay algo que hayas pensado en hacer alguna vez y que no hayamos hecho?
Niego con la cabeza.
—Que no te dé vergüenza, nena, todo el mundo tiene fantasías.
—Yo, no.
Al menos, creo que no. No tengo experiencia salvo con Brittany, y no sé gran cosa aparte de lo que hemos hecho.
—Seguro que sí —dice sonriente—. Sólo tenemos que descubrirlas.
Tengo mariposas en el estómago y no sé qué decir.
Pero entonces la voz de mi padre interrumpe nuestra conversación:
—¿Sanny?
Lo primero que pienso es que es un alivio que su voz provenga de la sala de estar y no del pasillo. Brittany y yo nos ponemos de pie.
—Voy al baño —digo.
Asiente con una sonrisa pícara y se dirige a la sala de estar con mi padre.
Cuando entro en el baño, veo que el móvil de Brittany está en el borde del lavabo.
Sé que no debería hacerlo, pero no puedo contenerme. De inmediato, miro la lista de llamadas. Está vacía. Las ha borrado todas. No ha dejado ni una en la memoria. Lo intento de nuevo y paso a los mensajes de texto. Nada. Lo ha borrado todo.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por JVM el Vie Ago 05, 2016 3:19 am

Su relación es una montaña rusa pasan de bien a fatal en un momento.
Ahora que rayos esta haciendo Britt??? Supongo que nada bueno si San no lo puede saber. Y para acabarla el tener a dos borrachos juntos no parece una buena idea :/
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por micky morales el Vie Ago 05, 2016 7:03 am

Hasta cuando Brittany va a hacer cosas malas que para ella parecen buenas???? ahora que le estara ocultando a santana??? de verdad me cabrea tanta metida de pata y hasta cuando la dani fastidiosa????
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Mensaje por 3:) el Vie Ago 05, 2016 11:39 am

Ahora que esconde britt a santana que limpio el teléfono... Eso trae muchas sospechas a que lo que puede llegar a encontrar!
Es bueno que hable y sobretodo britt le cuente de la espulcion fallida...
El viaje ya esta concretado para san... A. Ver que puede hacer britt para no joderla...
No me da buena espina lo de la fiesta!
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:34 pm

Capítulo 17

Santana

 
Brittany y mi padre están sentados junto a la mesa de la cocina cuando salgo del baño con el móvil en la mano.
—Me están saliendo canas, nena —dice Brittany al verme.
Mi padre me mira con ojos de cordero.
—Yo también tengo hambre... —empieza a decir, no muy seguro.
Pongo las manos en el respaldo de la silla de Brittany y echa la cabeza hacia atrás. Su pelo húmedo me roza los dedos.
—Pues te sugiero que te prepares algo de comer —digo, y dejo su móvil sobre la mesa.
Me mira con una expresión completamente neutra.
—Vale... —dice, se levanta y va a la nevera—. ¿Tienes hambre? —pregunta.
—Tengo las sobras de Applebee’s.
—¿Estás enfadada porque me la he llevado a beber conmigo? —me pregunta mi padre.
Lo miro y suavizo mi tono de voz. Ya sabía cómo era mi padre cuando lo invité a venir.
—No estoy enfadada, pero no quiero que se convierta en una costumbre.
—Te prometo que no. Además, tú te vas a mudar —me recuerda, y miro al hombre al que sólo conozco de hace dos días.
No contesto, sino que me acerco a Brittany y a la nevera y abro el congelador.
—¿Qué te apetece comer? —le pregunto.
Me mira recelosa, intentando descifrar mi estado de ánimo.
—Cualquier cosa... ¿Y si pedimos comida?
Suspiro.
—Pidamos comida.
No quiero ser borde, pero mi mente es un torbellino de posibilidades, venga a darle vueltas a qué era lo que había en ese teléfono que ha tenido que borrar con tanta urgencia.
Brittany y mi padre empiezan a discutir sobre si pedimos pizza o comida china. Brittany quiere pizza, y gana la discusión al recordarle a mi padre quién va a pagar la comida. Por su parte, a mi padre no parecen ofenderle las chorradas de Brittany. Se ríe o les da la vuelta. Es extraño, de verdad, verlos a los dos juntos. Después de que mi padre se marchara, a menudo soñaba despierta con él al ver a los padres de mis amigos. Me había creado una imagen de alguien que se parecía al hombre con el que me crie, sólo que más mayor y, desde luego, no era un borracho sin techo. Siempre me lo imaginaba con un maletín lleno de documentos importantes, caminando hacia su coche por la mañana con un café en la mano. No me imaginaba que seguiría bebiendo, que la bebida lo desfiguraría y que no tendría dónde vivir. No me imagino a mi madre capaz de mantener una
conversación con este hombre, y mucho menos pasar años casada con él.
—¿Cómo conociste a mi madre? —digo pensando en voz alta.
—En el instituto —contesta.
Brittany coge el móvil y sale de la cocina para llamar y pedir la pizza. O eso, o va a llamar a alguien para poder borrar después el número del registro de llamadas.
Me siento frente a mi padre.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis saliendo juntos antes de casaros?
—Sólo unos dos años. Nos casamos muy jóvenes.
Me resulta incómodo preguntarle estas cosas, pero sé que de mi madre no obtendría respuestas.
—¿Por qué?
—¿Tu madre y tú nunca habéis hablado de esto? —inquiere.
—No, nunca. Se lo he preguntado alguna vez, pero se limita a no contestarme —le digo, y su expresión pasa del interés a la vergüenza.
—Ah.
—Perdona —añado, aunque no sé por qué me estoy disculpando.
—No, si lo entiendo, y no la culpo. —Cierra los ojos un momento y los abre justo cuando Brittany entra en la cocina y se sienta a mi lado—. En respuesta a tu pregunta, nos casamos jóvenes porque se quedó embarazada de ti. Tus abuelos me odiaban e intentaron separarla de mí, así que nos casamos. —Sonríe disfrutando del recuerdo.
—¿Os casasteis para fastidiar a mis abuelos? —pregunto sonriendo a mi vez.
Mis abuelos, que en paz descansen, eran un poco... pesados. Muy pesados, de hecho. Mis recuerdos de la infancia incluyen que me hicieran callar en la mesa por reírme, que me hicieran quitarme los zapatos al entrar en casa para no estropearles la moqueta. Por mi cumpleaños, me enviaban una tarjeta de felicitación de lo más impersonal y un bono de ahorro a diez años, lo que no es el regalo ideal para una niña de ocho. Mi madre era básicamente un clon de mi abuela, sólo que menos serena. Se pasaba los días y las noches tratando de ser tan perfecta como lo era su madre.
O —y tiemblo sólo de pensarlo— tan perfecta como la imaginaba.
Mi padre se ríe.
—Sí, en cierto sentido fue para cabrearlos. Pero tu madre siempre quiso casarse, prácticamente me arrastró al altar.
 —Se echa a reír de nuevo y Brittany me mira antes de reírse ella también.
Le dirijo una mirada de reproche. Sé que está preparando algún comentario sarcástico relacionado con el hecho de que yo la obligue a casarse.
Me vuelvo hacia mi padre.
—¿Qué tenías en contra del matrimonio? —le pregunto.
—Nada. La verdad es que ni me acuerdo. Lo único que sé es que me daba un miedo atroz tener un bebé a los diecinueve años.
—Y con razón. Mira cómo te ha ido —comenta Brittany.
Le lanzo una mirada asesina pero mi padre sólo pone los ojos en blanco.
—No se lo recomiendo a nadie, la verdad, aunque hay muchos padres que lo llevan muy bien. —Levanta las manos con resignación—. Sólo que yo no fui uno de ellos.
—Ah —digo.
No puedo imaginarme ser madre a mi edad.
Sonríe, dispuesto a darme todas las respuestas que pueda.
—¿Más preguntas, Sanny?
—No... Creo que eso es todo —digo.
No estoy cómoda con él, aunque, en cierto sentido, me encuentro más relajada con él que con mi madre, si fuera ella la que estuviera conmigo aquí sentada.
—Si se te ocurre alguna más, pregunta. Hasta entonces, ¿te importa si me ducho antes de que llegue la cena?
—Por supuesto que no, adelante.
No parece que haga sólo dos días. Han pasado tantas cosas desde que reapareció... el tatuaje de Brittany, su expulsión/no expulsión de la facultad, la visita de Dany en el aparcamiento, mi comida con Rachel y con Kitty, el registro de llamadas desaparecido. Es demasiado. Es muy estresante esto de tener una lista de problemas en mi vida que no hace más que crecer, sin perspectiva de que ninguno vaya a arreglarse por el momento.
—¿Qué pasa? —me pregunta Brittany cuando mi padre desaparece por el pasillo.
—Nada.
Me levanto y doy unos pasos antes de que me acaricie la cintura y me dé la vuelta para mirarme a la cara.
—Te conozco bien. Dime qué te pasa —ordena con ternura mientras me sujeta por las caderas. La miro a los ojos.
—Tú.
—¿Yo... qué? Habla —me exige.
—Estás muy rara y has borrado todos tus mensajes y tus llamadas.
Tuerce el gesto molesta y se pellizca la nariz.
—Y ¿qué haces tú fisgando en mi móvil?
—Lo he hecho porque has estado actuando de un modo muy sospechoso y...
—¿Y has registrado mis cosas? ¿No te he dicho que no lo hagas?
Su mirada de indignación es tan descarada, tan falsa, que me hierve la sangre.
—Sé que no debería registrar tus cosas, pero no tendrías que darme motivos para hacerlo. Y ¿qué más te da si no tienes nada que esconder? A mí no me importaría que miraras mi móvil porque yo no tengo nada que ocultar.
Saco mi teléfono y se lo ofrezco. Entonces recuerdo el mensaje de Dany y me entra el pánico, pero Brittany lo rechaza, como si mi confianza no importara nada.
—Excusas y más excusas para ocultar que estás psicótica —dice, y sus palabras me hieren.
No tengo nada que decir. En realidad, tengo mucho que decirle, pero no me salen las palabras. La obligo a que me suelte y me marcho. Dice que me conoce lo suficientemente bien para saber cuándo algo anda mal. Vale, yo la conozco lo suficientemente bien para saber que estoy a punto de pillarla con las manos en la masa. No sé si será una mentirijilla o una apuesta para robarme la virginidad, pero
siempre pasa lo mismo: primero empieza a comportarse de un modo sospechoso, y luego, cuando saco a relucir el tema, se enfada y se pone a la defensiva, y al final me insulta o me echa la bronca.
—No te vayas —aúlla a mis espaldas.
—No me sigas —le digo, y desaparezco en el dormitorio.
Pero lo tengo en la puerta al segundo.
—No me gusta que registres mis cosas.
—No me gusta sentir que no tengo más remedio que hacerlo.
Cierra la puerta y se apoya en ella.
—No tienes que hacerlo. He borrado los registros de mensajes y de llamadas porque... fue un accidente. No tienes por qué ponerte así.
—¿Así? ¿Quieres decir «psicótica»?
Suspira.
—No lo he dicho en serio.
—Pues deja de decir cosas que no van en serio porque al final no sé qué es lo que dices de corazón y qué no.
—Entonces deja de registrar mis cosas, porque ya no sé si puedo confiar en ti o no.
—Bien. —Me siento al escritorio.
—Bien —repite, y se sienta en la cama.
No sé si creerlo o no. No me cuadra nada pero, en cierto modo, cuadra. Puede que lo borrara todo por accidente, y puede que estuviera hablando con Rachel por teléfono. Los retazos de la conversación que oí han alimentado mi imaginación, pero no quiero preguntarle a Brittany por ella porque no sé si quiero que sepa que la estaba escuchando. Tampoco va a contarme de qué estaban hablando.
—No quiero que haya secretos entre nosotras, eso ya deberíamos tenerlo superado —le recuerdo.
—Ya lo sé, joder. No hay ningún secreto, estás comportándote como una loca.
—Deja de llamarme loca. Eres la menos adecuado para llamarme así.
—Me arrepiento de lo que he dicho en cuanto las palabras salen de mi boca, pero no parece que le afecte.
—Perdona, ¿vale? No estás loca —repone, y luego me sonríe—. Sólo me registras el móvil.
Me obligo a devolverle la sonrisa e intento convencerme de que tiene razón, de que estoy paranoica. En el peor de los casos, me está ocultando algo y lo descubriré tarde o temprano. No tiene sentido que me obsesione: siempre acabo pillándola. Me lo repito mentalmente una y otra vez hasta que termino de convencerme. Mi padre grita algo desde la otra habitación y Brittany dice:
—Ya está aquí la pizza. No estás enfadada conmigo, ¿verdad?
Pero sale de la habitación sin darme tiempo a responder.
Me revuelvo en mi sitio y miro el móvil, que he dejado encima del escritorio. Por curiosidad, lo cojo y, cómo no, tengo otro mensaje de Dany. Esta vez ni siquiera me molesto en leerlo. El día siguiente es nuestro último día en las antiguas oficinas de Vance, y conduzco al trabajo más despacio que de costumbre. Quiero memorizar cada calle, cada edificio del camino. Estas prácticas remuneradas han sido un sueño hecho realidad. Soy consciente de que trabajaré para Vance en Seattle, pero aquí es donde empecé, donde empezó mi carrera.
Kimberly está sentada en su sitio cuando salgo del ascensor. Hay un montón de cajas marrones apiladas con pulcritud junto al mostrador.
 —¡Buenos días! —me saluda alegremente.
—Buenos días. —No soy capaz de sonar tan alegre como ella. Más bien, nerviosa e incómoda.
—¿Lista para tu última semana aquí? —me pregunta mientras me lleno un pequeño vaso de poliestireno con café.
—Sí, en realidad, hoy es mi último día. Me voy de viaje lo que queda de semana —le recuerdo.
—Ah, sí. Se me había olvidado. ¡Vaya! ¡Es tu último día! Tendría que haberte comprado una tarjeta o algo así. —Sonríe—. Aunque también puedo dártela la semana que viene en nuestras nuevas oficinas.
Me echo a reír.
—¿Ya estás lista para marcharte? ¿Cuándo os vais?
—¡El viernes! Ya tenemos todas nuestras cosas en la casa nueva, esperando nuestra llegada.
Estoy segura de que la casa nueva de Christian y de Kimberly es encantadora, muy grande y muy moderna, más o menos como la casa que dejan aquí. El anillo de compromiso de Kimberly resplandece, y no puedo evitar quedarme embobada mirándolo cada vez que lo veo.
—Todavía estoy esperando a que me llame la mujer del apartamento —le digo, y se vuelve a mirarme.
—¿Qué? ¿Aún no tienes apartamento?
—Lo tengo, le he enviado ya todos los papeles. Sólo nos falta cerrar los detalles del alquiler.
—Sólo te quedan seis días —dice Kimberly, preocupada por mí.
—Lo sé, pero está todo controlado —le aseguro. Espero que sea verdad.
Si esto hubiera pasado hace unos meses, tendría planificado hasta el último detalle del traslado, pero últimamente he estado tan estresada que no he sido capaz de concentrarme en nada, ni siquiera en el traslado a Seattle.
—Vale, si necesitas ayuda, avisa —se ofrece, y coge el teléfono que está sonando en el mostrador.
Cuando voy a mi despacho veo que hay un par de cajas vacías en el suelo. No tengo muchos objetos personales, así que no tardaré en empaquetar mis cosas.
Veinte minutos más tarde estoy cerrando las cajas con cinta americana. Llaman a la puerta.
—Adelante —digo.
Por un momento me pregunto si será Brittany, pero cuando me vuelvo, Trevor está en el umbral, vestido con vaqueros claros y una camiseta blanca. No me acostumbro a verlo sin traje.
—¿Lista para el gran traslado? —me pregunta mientras intento levantar una caja que he llenado demasiado.
—Sí, casi. ¿Y tú?
Se acerca, levanta la caja por mí y la deja en mi mesa.
—Gracias. —Sonrío y me limpio las manos en los laterales de mi vestido verde.
—Todo preparado. En cuanto termine hoy aquí, me iré para allá.
—Es increíble. Sé que llevas listo para mudarte a Seattle desde que estuvimos allí.
Noto que la vergüenza se expande por mis mejillas porque él también se ruboriza.
—Cuando estuvimos allí...
Trevor me invitó a cenar y fue genial, pero a continuación no dejé que me besara y Brittany le dio un buen meneo y lo amenazó. No sé por qué lo he mencionado. Ni idea, la verdad. Me mira inexpresivo.
—Fue un fin de semana muy interesante. Tú también debes de estar muy contenta. Siempre has querido vivir en Seattle.
—Sí, me muero de ganas.
Trevor examina mi oficina.
—Sé que no es asunto mío, pero ¿Brittany se traslada a Seattle contigo?
—No —responde mi boca antes de que mi mente pueda ponerse al día—. Bueno, aún no estoy muy segura. Dice que no quiere, pero espero que cambie de opinión... —Sigo hablando a borbotones, las palabras salen de mi boca a toda velocidad, demasiado rápido.
Trevor parece estar un tanto incómodo. Se mete las manos en los bolsillos y al final me interrumpe:
—¿Por qué no quiere irse contigo?
—La verdad es que no lo sé, pero espero que venga. —Suspiro y me siento en mi sillón de cuero.
La mirada de Trevor se encuentra con la mía.
—Si no va, es que está loca.
—Está loca y punto. —Me echo a reír, intentando aliviar la tensión que se acumula en el despacho.
Él también se echa a reír y menea la cabeza.
—Bueno, será mejor que termine y me marche cuanto antes. Nos vemos en Seattle.
Me deja con una sonrisa y por alguna razón me siento un poco culpable. Busco mi móvil y le envío un mensaje de texto a Brittany para decirle que Trevor se ha pasado por mi despacho. Por una vez, sus celos me van a ser de utilidad. A lo mejor se pone tan celosa de Trevor que decide venirse a vivir a Seattle. No parece probable, pero no puedo evitar aferrarme a un clavo ardiendo con la esperanza de que cambie de parecer. El tiempo se acaba, en seis días no podrá organizar gran cosa. Tendrá que solicitar el traslado, aunque con el cargo de Ken, no creo que suponga ningún problema. A mí seis días también se me quedan cortos, pero estoy preparada para Seattle. No me queda otra. Es mi futuro y no puede girar en torno a Brittany, y más si ella pasa de compromisos. Le ofrecí un plan justo: nos vamos a Seattle y, si no nos gusta, siempre podemos irnos a Inglaterra. Pero no quiso ni pensarlo, lo rechazó sin más. Espero que el viaje que hemos planeado con su familia, para ver ballenas, le haga comprender que igual que Ryder, Ken, Karen y yo, está listo para probar cosas nuevas, divertidas y positivas. Tampoco es tan difícil. Pero es Brittany, y con ella nada es fácil. Suena el teléfono y me distrae de todo el estrés de Seattle.
—Tienes visita —anuncia Kimberly, y el corazón me da un vuelco sólo de pensar en ver a Brittany. Únicamente han pasado unas pocas horas, pero cuando no estamos juntas la echo mucho de  menos.
—Dile a Brittany que pase. Me sorprende que haya esperado a que me llamaras —digo.Kimberly chasquea la lengua.
—No es Brittany.
¿Brittany ha traído a mi padre?
—¿Es un hombre mayor con barba?
—No... Una chica joven... Como Brittany —susurra.
—¿Tiene la cara amoratada? —pregunto a pesar de que ya sé la respuesta.
—Sí, ¿le pido que se vaya?
No quiero hacerle eso a Dany y tampoco ha hecho nada malo, excepto no obedecer a Brittany cuando le dijo que se alejara de mí.
—No, que pase. Es amiga mía.
¿A qué habrá venido? Estoy segura de que está relacionado con que haya pasado de sus mensajes, pero no entiendo qué es tan urgente como para que haya hecho un viaje de cuarenta minutos para venir a contármelo.

Cuelgo y me pregunto si debo escribirle a Brittany para explicarle que Dany se ha presentado en mi despacho. Meto el móvil en un cajón del escritorio y lo cierro. Lo último que necesito es que ella se plante aquí también, porque no podrá controlar su ira y montará una escena en mi último día en la oficina.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:35 pm

Capítulo 17

Santana

 
Brittany y mi padre están sentados junto a la mesa de la cocina cuando salgo del baño con el móvil en la mano.
—Me están saliendo canas, nena —dice Brittany al verme.
Mi padre me mira con ojos de cordero.
—Yo también tengo hambre... —empieza a decir, no muy seguro.
Pongo las manos en el respaldo de la silla de Brittany y echa la cabeza hacia atrás. Su pelo húmedo me roza los dedos.
—Pues te sugiero que te prepares algo de comer —digo, y dejo su móvil sobre la mesa.
Me mira con una expresión completamente neutra.
—Vale... —dice, se levanta y va a la nevera—. ¿Tienes hambre? —pregunta.
—Tengo las sobras de Applebee’s.
—¿Estás enfadada porque me la he llevado a beber conmigo? —me pregunta mi padre.
Lo miro y suavizo mi tono de voz. Ya sabía cómo era mi padre cuando lo invité a venir.
—No estoy enfadada, pero no quiero que se convierta en una costumbre.
—Te prometo que no. Además, tú te vas a mudar —me recuerda, y miro al hombre al que sólo conozco de hace dos días.
No contesto, sino que me acerco a Brittany y a la nevera y abro el congelador.
—¿Qué te apetece comer? —le pregunto.
Me mira recelosa, intentando descifrar mi estado de ánimo.
—Cualquier cosa... ¿Y si pedimos comida?
Suspiro.
—Pidamos comida.
No quiero ser borde, pero mi mente es un torbellino de posibilidades, venga a darle vueltas a qué era lo que había en ese teléfono que ha tenido que borrar con tanta urgencia.
Brittany y mi padre empiezan a discutir sobre si pedimos pizza o comida china. Brittany quiere pizza, y gana la discusión al recordarle a mi padre quién va a pagar la comida. Por su parte, a mi padre no parecen ofenderle las chorradas de Brittany. Se ríe o les da la vuelta. Es extraño, de verdad, verlos a los dos juntos. Después de que mi padre se marchara, a menudo soñaba despierta con él al ver a los padres de mis amigos. Me había creado una imagen de alguien que se parecía al hombre con el que me crie, sólo que más mayor y, desde luego, no era un borracho sin techo. Siempre me lo imaginaba con un maletín lleno de documentos importantes, caminando hacia su coche por la mañana con un café en la mano. No me imaginaba que seguiría bebiendo, que la bebida lo desfiguraría y que no tendría dónde vivir. No me imagino a mi madre capaz de mantener una
conversación con este hombre, y mucho menos pasar años casada con él.
—¿Cómo conociste a mi madre? —digo pensando en voz alta.
—En el instituto —contesta.
Brittany coge el móvil y sale de la cocina para llamar y pedir la pizza. O eso, o va a llamar a alguien para poder borrar después el número del registro de llamadas.
Me siento frente a mi padre.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis saliendo juntos antes de casaros?
—Sólo unos dos años. Nos casamos muy jóvenes.
Me resulta incómodo preguntarle estas cosas, pero sé que de mi madre no obtendría respuestas.
—¿Por qué?
—¿Tu madre y tú nunca habéis hablado de esto? —inquiere.
—No, nunca. Se lo he preguntado alguna vez, pero se limita a no contestarme —le digo, y su expresión pasa del interés a la vergüenza.
—Ah.
—Perdona —añado, aunque no sé por qué me estoy disculpando.
—No, si lo entiendo, y no la culpo. —Cierra los ojos un momento y los abre justo cuando Brittany entra en la cocina y se sienta a mi lado—. En respuesta a tu pregunta, nos casamos jóvenes porque se quedó embarazada de ti. Tus abuelos me odiaban e intentaron separarla de mí, así que nos casamos. —Sonríe disfrutando del recuerdo.
—¿Os casasteis para fastidiar a mis abuelos? —pregunto sonriendo a mi vez.
Mis abuelos, que en paz descansen, eran un poco... pesados. Muy pesados, de hecho. Mis recuerdos de la infancia incluyen que me hicieran callar en la mesa por reírme, que me hicieran quitarme los zapatos al entrar en casa para no estropearles la moqueta. Por mi cumpleaños, me enviaban una tarjeta de felicitación de lo más impersonal y un bono de ahorro a diez años, lo que no es el regalo ideal para una niña de ocho. Mi madre era básicamente un clon de mi abuela, sólo que menos serena. Se pasaba los días y las noches tratando de ser tan perfecta como lo era su madre.
O —y tiemblo sólo de pensarlo— tan perfecta como la imaginaba.
Mi padre se ríe.
—Sí, en cierto sentido fue para cabrearlos. Pero tu madre siempre quiso casarse, prácticamente me arrastró al altar.
 —Se echa a reír de nuevo y Brittany me mira antes de reírse ella también.
Le dirijo una mirada de reproche. Sé que está preparando algún comentario sarcástico relacionado con el hecho de que yo la obligue a casarse.
Me vuelvo hacia mi padre.
—¿Qué tenías en contra del matrimonio? —le pregunto.
—Nada. La verdad es que ni me acuerdo. Lo único que sé es que me daba un miedo atroz tener un bebé a los diecinueve años.
—Y con razón. Mira cómo te ha ido —comenta Brittany.
Le lanzo una mirada asesina pero mi padre sólo pone los ojos en blanco.
—No se lo recomiendo a nadie, la verdad, aunque hay muchos padres que lo llevan muy bien. —Levanta las manos con resignación—. Sólo que yo no fui uno de ellos.
—Ah —digo.
No puedo imaginarme ser madre a mi edad.
Sonríe, dispuesto a darme todas las respuestas que pueda.
—¿Más preguntas, Sanny?
—No... Creo que eso es todo —digo.
No estoy cómoda con él, aunque, en cierto sentido, me encuentro más relajada con él que con mi madre, si fuera ella la que estuviera conmigo aquí sentada.
—Si se te ocurre alguna más, pregunta. Hasta entonces, ¿te importa si me ducho antes de que llegue la cena?
—Por supuesto que no, adelante.
No parece que haga sólo dos días. Han pasado tantas cosas desde que reapareció... el tatuaje de Brittany, su expulsión/no expulsión de la facultad, la visita de Dany en el aparcamiento, mi comida con Rachel y con Kitty, el registro de llamadas desaparecido. Es demasiado. Es muy estresante esto de tener una lista de problemas en mi vida que no hace más que crecer, sin perspectiva de que ninguno vaya a arreglarse por el momento.
—¿Qué pasa? —me pregunta Brittany cuando mi padre desaparece por el pasillo.
—Nada.
Me levanto y doy unos pasos antes de que me acaricie la cintura y me dé la vuelta para mirarme a la cara.
—Te conozco bien. Dime qué te pasa —ordena con ternura mientras me sujeta por las caderas. La miro a los ojos.
—Tú.
—¿Yo... qué? Habla —me exige.
—Estás muy rara y has borrado todos tus mensajes y tus llamadas.
Tuerce el gesto molesta y se pellizca la nariz.
—Y ¿qué haces tú fisgando en mi móvil?
—Lo he hecho porque has estado actuando de un modo muy sospechoso y...
—¿Y has registrado mis cosas? ¿No te he dicho que no lo hagas?
Su mirada de indignación es tan descarada, tan falsa, que me hierve la sangre.
—Sé que no debería registrar tus cosas, pero no tendrías que darme motivos para hacerlo. Y ¿qué más te da si no tienes nada que esconder? A mí no me importaría que miraras mi móvil porque yo no tengo nada que ocultar.
Saco mi teléfono y se lo ofrezco. Entonces recuerdo el mensaje de Dany y me entra el pánico, pero Brittany lo rechaza, como si mi confianza no importara nada.
—Excusas y más excusas para ocultar que estás psicótica —dice, y sus palabras me hieren.
No tengo nada que decir. En realidad, tengo mucho que decirle, pero no me salen las palabras. La obligo a que me suelte y me marcho. Dice que me conoce lo suficientemente bien para saber cuándo algo anda mal. Vale, yo la conozco lo suficientemente bien para saber que estoy a punto de pillarla con las manos en la masa. No sé si será una mentirijilla o una apuesta para robarme la virginidad, pero
siempre pasa lo mismo: primero empieza a comportarse de un modo sospechoso, y luego, cuando saco a relucir el tema, se enfada y se pone a la defensiva, y al final me insulta o me echa la bronca.
—No te vayas —aúlla a mis espaldas.
—No me sigas —le digo, y desaparezco en el dormitorio.
Pero lo tengo en la puerta al segundo.
—No me gusta que registres mis cosas.
—No me gusta sentir que no tengo más remedio que hacerlo.
Cierra la puerta y se apoya en ella.
—No tienes que hacerlo. He borrado los registros de mensajes y de llamadas porque... fue un accidente. No tienes por qué ponerte así.
—¿Así? ¿Quieres decir «psicótica»?
Suspira.
—No lo he dicho en serio.
—Pues deja de decir cosas que no van en serio porque al final no sé qué es lo que dices de corazón y qué no.
—Entonces deja de registrar mis cosas, porque ya no sé si puedo confiar en ti o no.
—Bien. —Me siento al escritorio.
—Bien —repite, y se sienta en la cama.
No sé si creerlo o no. No me cuadra nada pero, en cierto modo, cuadra. Puede que lo borrara todo por accidente, y puede que estuviera hablando con Rachel por teléfono. Los retazos de la conversación que oí han alimentado mi imaginación, pero no quiero preguntarle a Brittany por ella porque no sé si quiero que sepa que la estaba escuchando. Tampoco va a contarme de qué estaban hablando.
—No quiero que haya secretos entre nosotras, eso ya deberíamos tenerlo superado —le recuerdo.
—Ya lo sé, joder. No hay ningún secreto, estás comportándote como una loca.
—Deja de llamarme loca. Eres la menos adecuado para llamarme así.
—Me arrepiento de lo que he dicho en cuanto las palabras salen de mi boca, pero no parece que le afecte.
—Perdona, ¿vale? No estás loca —repone, y luego me sonríe—. Sólo me registras el móvil.
Me obligo a devolverle la sonrisa e intento convencerme de que tiene razón, de que estoy paranoica. En el peor de los casos, me está ocultando algo y lo descubriré tarde o temprano. No tiene sentido que me obsesione: siempre acabo pillándola. Me lo repito mentalmente una y otra vez hasta que termino de convencerme. Mi padre grita algo desde la otra habitación y Brittany dice:
—Ya está aquí la pizza. No estás enfadada conmigo, ¿verdad?
Pero sale de la habitación sin darme tiempo a responder.
Me revuelvo en mi sitio y miro el móvil, que he dejado encima del escritorio. Por curiosidad, lo cojo y, cómo no, tengo otro mensaje de Dany. Esta vez ni siquiera me molesto en leerlo. El día siguiente es nuestro último día en las antiguas oficinas de Vance, y conduzco al trabajo más despacio que de costumbre. Quiero memorizar cada calle, cada edificio del camino. Estas prácticas remuneradas han sido un sueño hecho realidad. Soy consciente de que trabajaré para Vance en Seattle, pero aquí es donde empecé, donde empezó mi carrera.
Kimberly está sentada en su sitio cuando salgo del ascensor. Hay un montón de cajas marrones apiladas con pulcritud junto al mostrador.
 —¡Buenos días! —me saluda alegremente.
—Buenos días. —No soy capaz de sonar tan alegre como ella. Más bien, nerviosa e incómoda.
—¿Lista para tu última semana aquí? —me pregunta mientras me lleno un pequeño vaso de poliestireno con café.
—Sí, en realidad, hoy es mi último día. Me voy de viaje lo que queda de semana —le recuerdo.
—Ah, sí. Se me había olvidado. ¡Vaya! ¡Es tu último día! Tendría que haberte comprado una tarjeta o algo así. —Sonríe—. Aunque también puedo dártela la semana que viene en nuestras nuevas oficinas.
Me echo a reír.
—¿Ya estás lista para marcharte? ¿Cuándo os vais?
—¡El viernes! Ya tenemos todas nuestras cosas en la casa nueva, esperando nuestra llegada.
Estoy segura de que la casa nueva de Christian y de Kimberly es encantadora, muy grande y muy moderna, más o menos como la casa que dejan aquí. El anillo de compromiso de Kimberly resplandece, y no puedo evitar quedarme embobada mirándolo cada vez que lo veo.
—Todavía estoy esperando a que me llame la mujer del apartamento —le digo, y se vuelve a mirarme.
—¿Qué? ¿Aún no tienes apartamento?
—Lo tengo, le he enviado ya todos los papeles. Sólo nos falta cerrar los detalles del alquiler.
—Sólo te quedan seis días —dice Kimberly, preocupada por mí.
—Lo sé, pero está todo controlado —le aseguro. Espero que sea verdad.
Si esto hubiera pasado hace unos meses, tendría planificado hasta el último detalle del traslado, pero últimamente he estado tan estresada que no he sido capaz de concentrarme en nada, ni siquiera en el traslado a Seattle.
—Vale, si necesitas ayuda, avisa —se ofrece, y coge el teléfono que está sonando en el mostrador.
Cuando voy a mi despacho veo que hay un par de cajas vacías en el suelo. No tengo muchos objetos personales, así que no tardaré en empaquetar mis cosas.
Veinte minutos más tarde estoy cerrando las cajas con cinta americana. Llaman a la puerta.
—Adelante —digo.
Por un momento me pregunto si será Brittany, pero cuando me vuelvo, Trevor está en el umbral, vestido con vaqueros claros y una camiseta blanca. No me acostumbro a verlo sin traje.
—¿Lista para el gran traslado? —me pregunta mientras intento levantar una caja que he llenado demasiado.
—Sí, casi. ¿Y tú?
Se acerca, levanta la caja por mí y la deja en mi mesa.
—Gracias. —Sonrío y me limpio las manos en los laterales de mi vestido verde.
—Todo preparado. En cuanto termine hoy aquí, me iré para allá.
—Es increíble. Sé que llevas listo para mudarte a Seattle desde que estuvimos allí.
Noto que la vergüenza se expande por mis mejillas porque él también se ruboriza.
—Cuando estuvimos allí...
Trevor me invitó a cenar y fue genial, pero a continuación no dejé que me besara y Brittany le dio un buen meneo y lo amenazó. No sé por qué lo he mencionado. Ni idea, la verdad. Me mira inexpresivo.
—Fue un fin de semana muy interesante. Tú también debes de estar muy contenta. Siempre has querido vivir en Seattle.
—Sí, me muero de ganas.
Trevor examina mi oficina.
—Sé que no es asunto mío, pero ¿Brittany se traslada a Seattle contigo?
—No —responde mi boca antes de que mi mente pueda ponerse al día—. Bueno, aún no estoy muy segura. Dice que no quiere, pero espero que cambie de opinión... —Sigo hablando a borbotones, las palabras salen de mi boca a toda velocidad, demasiado rápido.
Trevor parece estar un tanto incómodo. Se mete las manos en los bolsillos y al final me interrumpe:
—¿Por qué no quiere irse contigo?
—La verdad es que no lo sé, pero espero que venga. —Suspiro y me siento en mi sillón de cuero.
La mirada de Trevor se encuentra con la mía.
—Si no va, es que está loca.
—Está loca y punto. —Me echo a reír, intentando aliviar la tensión que se acumula en el despacho.
Él también se echa a reír y menea la cabeza.
—Bueno, será mejor que termine y me marche cuanto antes. Nos vemos en Seattle.
Me deja con una sonrisa y por alguna razón me siento un poco culpable. Busco mi móvil y le envío un mensaje de texto a Brittany para decirle que Trevor se ha pasado por mi despacho. Por una vez, sus celos me van a ser de utilidad. A lo mejor se pone tan celosa de Trevor que decide venirse a vivir a Seattle. No parece probable, pero no puedo evitar aferrarme a un clavo ardiendo con la esperanza de que cambie de parecer. El tiempo se acaba, en seis días no podrá organizar gran cosa. Tendrá que solicitar el traslado, aunque con el cargo de Ken, no creo que suponga ningún problema. A mí seis días también se me quedan cortos, pero estoy preparada para Seattle. No me queda otra. Es mi futuro y no puede girar en torno a Brittany, y más si ella pasa de compromisos. Le ofrecí un plan justo: nos vamos a Seattle y, si no nos gusta, siempre podemos irnos a Inglaterra. Pero no quiso ni pensarlo, lo rechazó sin más. Espero que el viaje que hemos planeado con su familia, para ver ballenas, le haga comprender que igual que Ryder, Ken, Karen y yo, está listo para probar cosas nuevas, divertidas y positivas. Tampoco es tan difícil. Pero es Brittany, y con ella nada es fácil. Suena el teléfono y me distrae de todo el estrés de Seattle.
—Tienes visita —anuncia Kimberly, y el corazón me da un vuelco sólo de pensar en ver a Brittany. Únicamente han pasado unas pocas horas, pero cuando no estamos juntas la echo mucho de  menos.
—Dile a Brittany que pase. Me sorprende que haya esperado a que me llamaras —digo.Kimberly chasquea la lengua.
—No es Brittany.
¿Brittany ha traído a mi padre?
—¿Es un hombre mayor con barba?
—No... Una chica joven... Como Brittany —susurra.
—¿Tiene la cara amoratada? —pregunto a pesar de que ya sé la respuesta.
—Sí, ¿le pido que se vaya?
No quiero hacerle eso a Dany y tampoco ha hecho nada malo, excepto no obedecer a Brittany cuando le dijo que se alejara de mí.
—No, que pase. Es amiga mía.
¿A qué habrá venido? Estoy segura de que está relacionado con que haya pasado de sus mensajes, pero no entiendo qué es tan urgente como para que haya hecho un viaje de cuarenta minutos para venir a contármelo.

Cuelgo y me pregunto si debo escribirle a Brittany para explicarle que Dany se ha presentado en mi despacho. Meto el móvil en un cajón del escritorio y lo cierro. Lo último que necesito es que ella se plante aquí también, porque no podrá controlar su ira y montará una escena en mi último día en la oficina.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:39 pm

 Capítulo 18
Santana

 
Cuando abro la puerta de mi despacho, Dany está de pie en el pasillo como el ángel de la muerte. Lleva puesta una sudadera de cuadros rojos y negros, vaqueros oscuros y zapatillas. Los moratones de la cara no han mejorado mucho, pero los que enmarcan sus ojos y su nariz se han aclarado, de morado intenso a azul verdoso.
—Hola, perdona que me presente así —dice.
—¿Ha ocurrido algo? —pregunto volviendo a mi mesa.
Se queda en el umbral un instante, incómoda, antes de entrar en el despacho.
—No. Bueno, he estado intentando hablar contigo desde ayer, pero no contestas a mis mensajes.
—Lo sé. Es que Brittany y yo ya tenemos bastantes problemas, no necesito añadir otro, y no quiere que vuelva a hablar contigo.
—¿Ahora la dejas decidir con quién puedes y no puedes hablar?
Dany se sienta en la silla que hay al otro lado de mi mesa y yo me siento en mi sillón. Le da un aire más serio y oficial a nuestra conversación. No es incómodo, sólo demasiado formal. Miro por la ventana antes de contestar:
—No, no es eso. Sé que es un poco insoportable y que no hace las cosas como debe, pero entiendo que no quiera que tú y yo seamos amigas. Yo tampoco querría que tuviera amigas por las que sintiera algo.
—¿Qué has dicho? —exclama Dany abriendo mucho los ojos.
«Mierda.»
—Nada, sólo quería decir...
La tensión puede cortarse con un cuchillo, y juraría que las paredes se me están cayendo encima. ¿Por qué habré dicho eso? No es que no sea verdad, pero no va a ayudarme en nada.
—¿Sientes algo por mí? —pregunta, al tiempo que sus ojos se iluminan con cada sílaba.
—No... Bueno, lo sentía. No lo sé —balbuceo, deseando poder darme de bofetadas por hablar sin pensar.
—Lo entenderé si no sientes nada por mí, pero no deberías tener que mentir.
—No miento. Sentía algo por ti. Puede que aún lo sienta, la verdad, pero no lo sé. Es todo muy confuso. Tú siempre dices lo correcto y siempre estás ahí para mí. Es lógico que sienta algo por ti, ya te he dicho que me importas, pero ambas sabemos que es una causa perdida.
—Y ¿eso por qué? —pregunta, y no sé cuántas veces más voy a poder rechazarla antes de que entienda lo que intento decirle.
—Porque no tiene sentido. Nunca podré estar contigo. O con nadie. Sólo con ella.
—Eso lo dices porque te tiene atrapada.
Intento olvidar lo mucho que me cabrea que Dany hable así de Brittany. Tiene derecho a guardarle rencor, pero no me gusta que insinúe que ni pincho ni corto en lo que respecta a mi relación con ella.
—No, lo que digo es que la quiero y, por mucho que no desee proclamar mi amor por ella a los cuatro vientos delante de ti, sé que no me queda otra. No es mi intención confundirte más de lo que ya lo he hecho. Sé que no entiendes cómo sigo con ella después de todo lo que ha pasado, pero la quiero muchísimo, más que nada, y no me tiene atrapada. Soy yo a la que le apetece estar con ella.
Es la verdad. Todo lo que le he dicho a Dany es la pura verdad. Tanto si Brittany se viene a Seattle como si no, podemos intentar que lo nuestro funcione. Siempre nos quedará Skype, y podemos vernos los fines de semana hasta que se vaya a Inglaterra. Con suerte, para entonces ya no querrá estar nunca lejos de mí.
Tal vez la distancia hará que me quiera aún más. Es posible que sea la clave para que acceda a acompañarme. Nuestra historia demuestra que no se nos da bien estar separadas, a propósito o por accidente, y siempre acabamos juntas. Es difícil recordar un tiempo en el que mis días y mis noches no girasen a su alrededor. He intentado imaginarme la vida sin ella, pero me resulta casi imposible.
—No creo que te dé la oportunidad de pensar en lo que quieres o en lo que de verdad te conviene —dice Dany con convicción, aunque le tiembla la voz—. Sólo se preocupa de sí misma.
—En eso te equivocas. Sé que tenéis vuestras diferencias...
—No, no sabes de lo que hablas —se apresura a decir—. Si lo supieras...
—Me quiere y yo la quiero —la interrumpo—. Siento haberte metido en esto. Lo siento muchísimo, nunca quise hacerte daño.
Frunce el ceño.
—Siempre dices lo mismo y siempre salgo perdiendo.
Odio la confrontación más que nada en el mundo, sobre todo cuando implica hacerle daño a alguien que me importa, pero Dany tiene que escuchar estas cosas para que podamos... Ni siquiera sé cómo llamarlo. ¿Poner fin a la situación? ¿Al malentendido? ¿No era nuestro momento? La miro con la esperanza de que comprenda que estoy siendo sincera.
—No era mi intención y te pido perdón.
—No tienes que pedirme perdón. Lo sabía antes de decidir venir aquí. Me dejaste muy claro lo que sentías en el edificio de administración.
—Entonces ¿por qué has venido? —pregunto con ternura.
—Para hablar contigo. —Mira a un lado y a otro y luego a mí.
—. Olvídalo, la verdad es que no sé por qué he venido. —Suspira.
—¿Segura? Hace unos minutos parecías muy decidida.
—No, como tú dices, no tiene sentido. Perdona que haya venido.
—No pasa nada, no hace falta que te disculpes —le aseguro.
«No paramos de decir eso», pienso.
Señala las cajas del suelo.
—Entonces ¿te vas?
—Sí, estaba a punto de irme.
De verdad que la tensión se puede cortar con un cuchillo y parece que ninguna de las dos sabe qué decir. Dany mira por la ventana al cielo gris y yo miro la moqueta. Al final, se levanta y habla, aunque con tanta tristeza que apenas entiendo lo que dice.
—Será mejor que me marche. Perdóname por haber venido. Buena suerte en Seattle, Santana.
Yo también me levanto.
—Perdóname, por todo. Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera.
—Ya. No sabes cuánto me habría gustado —dice, y se aleja de la silla.
Me duele en el alma verla así. Siempre se ha portado bien conmigo, y lo único que he hecho ha sido darle falsas esperanzas y rechazarla.
—¿Ya has decidido si vas a presentar cargos?
Sé que no es el momento de preguntárselo, pero no creo que vuelva a verla o a saber de ella.
—No voy a presentarlos. Es parte del pasado. No tiene sentido prolongarlo. Además, te dije que si me decías que no querías volver a verme los retiraría, ¿no?
De repente siento que si Dany me mira de un modo concreto voy a echarme a llorar.
—Sí —respondo en voz baja.
Me siento como Estella en Grandes esperanzas, jugando con los sentimientos de Pip. Tengo a mi Pip aquí mismo, con sus ojos de color caramelo fijos en los míos. Este papel no me gusta.
—De verdad que lo siento, por todo. Ojalá pudiéramos ser amigas —digo.
—Yo también, pero no te está permitido tener amigas.
Suspira, se pasa los dedos por el labio inferior y se pellizca en el centro.
Decido no hacer comentarios: no se trata de lo que me está permitido. Aunque tomo nota mental de que tengo que hablar con Brittany de cómo nos ven los demás y asegurarme de que entiende que me molesta mucho que su actitud haga que piensen así de mí. Como si estuviera escrito, suena el teléfono de mi despacho y pone fin al silencio entre Dany y yo.
Levanto un dedo en su dirección para indicarle que no se marche y lo cojo.
—Santana. —Es la voz de Brittany.
«Mierda.»
—¿Sí? —digo con voz temblorosa.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No lo parece —dice.
«¿Cómo es que me conoce tan bien?»
—Estoy bien —le aseguro—. Sólo un tanto distraída.
—Ya. Oye, ¿qué quieres que haga con tu padre? He intentado escribirte, pero no me respondías.
Tengo cosas que hacer y no sé si dejarlo en el apartamento o qué.
Miro a Dany. Está junto a la ventana, sin mirarme.
—No lo sé. ¿No puedes llevártelo contigo? —Tengo el corazón a mil.
—Ni de broma.
—Pues que se quede en casa —digo deseando poner fin a la conversación.
Voy a contarle a Brittany que Dany ha venido a verme, pero no puedo ni imaginarme lo mucho que se cabrearía si supiera que la tengo en mi despacho ahora mismo, y tampoco me apetece que lo sepa.
—Bien. Ya te encargarás tú de él cuando vuelvas.
—Vale. Te veo en casa...
Suena música en mi oficina y tardo un minuto en darme cuenta de que proviene del móvil de Dany.
Se mete la mano en el bolsillo y lo silencia. Tarde. Brittany ya lo ha oído.
—¿Qué es eso? ¿De quién es ese móvil? —exige saber.
La sangre se me hiela en las venas y me tomo un momento para pensar. No debería asustarme tanto que Brittany sepa que Dany está aquí. No he hecho nada malo: ha venido y ya se va. Le molesta hasta que Trevor se pase por mi despacho, y eso que Trevor es un compañero de trabajo y tiene derecho a venir
siempre que quiera.
—¿Es el puto Trevor?
—No, no es Trevor. Es Dany —le digo, y contengo la respiración.
Silencio. Miro la pantalla para asegurarme de que no ha colgado.
—¿Brittany?
—Sí —dice, y suspira.
—¿Me has oído?
—Sí, Santana. Te he oído.
«¿Y? ¿Cómo es que no está dando berridos por teléfono o amenazando con matarla?»
—Lo hablamos luego. Dile que se vaya, por favor —me pide con calma.
—Vale...
—Gracias. Te veo en casa —anuncia, y cuelga.
Cuelgo el auricular perpleja. Dany se vuelve entonces y dice:
—Perdona. Sé que te va a caer una buena.
—Qué va. No dirá nada —contesto. Sé que no es verdad pero suena bien.
La reacción de Brittany a la visita de Dany me ha pillado por sorpresa. No me esperaba que se lo tomara con tanta calma. Esperaba que me dijera que venía de camino. Ojalá no se le ocurra venir. Dany se dirige de nuevo hacia la puerta.
—En fin, me parece que debo irme.
—Gracias por venir, Dany. No creo que vuelva a verte antes de irme.
Se vuelve y la emoción brilla en sus ojos, pero desaparece antes de que pueda pensar qué emoción era.
—No puedo decir que haberte conocido no me haya complicado la vida, pero no me arrepiento.
Volvería a pasar por toda esta mierda: las peleas con Brittany, los amigos que he perdido, por todo.
Volvería a pasar por todo por ti —dice—. Aunque creo que es mi sino. Me es imposible conocer a una chica que ya no esté enamorada de otra.
Sus palabras siempre me llegan al alma. Es siempre muy sincera, y eso es algo que admiro mucho de ella.
—Adiós, Santana —añade.
Es mucho más que un simple adiós entre amigas, pero no puedo darle importancia. Si me equivoco con mis palabras, o simplemente si le digo algo, volveré a darle falsas esperanzas.
—Adiós, Dany. —Medio sonrío y ella da un paso hacia mí.
Por un momento me entra el pánico, creo que va a besarme, pero no lo hace. Me estrecha entre sus brazos y me da un fuerte pero breve abrazo antes de besarme en la frente. Se aparta al instante y coge el pomo de la puerta, casi como si fuera una muleta.
—Ten cuidado, ¿vale? —dice abriendo la puerta.
—Lo tendré. Seattle no está tan mal. —Sonrío. Estoy decidida, como si por fin hubiera puesto el punto final que ella necesitaba.
Frunce el ceño y se vuelve para salir. Cierra la puerta y la oigo decir:

—No hablaba de Seattle.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:41 pm

Capítulo 19
Santana

 
En cuanto se cierra la puerta y Dany desaparece para siempre, cierro los ojos y echo la cabeza atrás. No sé lo que siento. Todas mis emociones están hechas un lío, un remolino que me envuelve en una nube de confusión. Una parte de mí se alegra de haberle puesto punto final al tira y afloja con Dany. Pero otra
parte, mucho más pequeña, llora una gran pérdida. Dany es la única de los supuestos amigos de Brittany que ha estado siempre ahí para mí, y se me hace muy raro pensar que no volveré a verla. Las lágrimas me arden en las mejillas. No son bienvenidas, lo que quiero es recobrar la calma. No debería llorar por
esto. Debería alegrarme de poder cerrar el capítulo de Dany, archivarlo, dejarlo coger polvo y no abrirlo nunca más.
No es que quiera estar con ella. No es que la quiera. No es que vaya a cambiarla por Brittany. Sólo es que me importa y me habría gustado que las cosas hubieran sido de otra manera. Me habría gustado ser sólo amigas, así tal vez no habría tenido que exiliarla de mi vida. No sé por qué ha venido hoy, pero me alegro de que se haya ido antes de que dijera algo que me confundiera más aún o de hacerle más daño a Brittany.
El teléfono de mi despacho suena de nuevo y me aclaro la garganta antes de contestar. Cuando saludo, sueno patética.
Es la voz de Brittany, alta y clara:
—¿Se ha ido ya?
—Sí.
—¿Estás llorando?
—Estaba a punto —respondo, y empiezo a hacerlo.
—¿Qué? —me implora.
—No lo sé. Me alegro de que todo haya terminado. —Me enjugo las lágrimas una vez más.
Suspira y me sorprende cuando sólo dice:
—Yo también.
Las lágrimas ya no corren por mis mejillas, pero tengo una voz horrible.
—Gracias —hago una pausa— por haber sido tan comprensiva.
Ha ido mucho mejor de lo que esperaba, y no sé si debería preocuparme o sentirme aliviada. Me decido por lo último y por acabar mi último día en Vance en paz. A eso de las tres, Kimberly se pasa por mi despacho. Detrás de ella va una chica a la que creo que no he visto nunca.
—Santana, mi sustituta, Amy —dice Kimberly presentándome a una chica callada pero preciosa.
Estoy leyendo, sin embargo me levanto e intento sonreírle a Amy con la mayor amabilidad posible.
—Hola, Amy. Soy Santana. Te encantará trabajar aquí.
—¡Gracias! Ya me encanta —dice muy emocionada.
Kim se echa a reír.
—Sólo queríamos pasarnos a saludar mientras fingimos que le estoy enseñando el edificio.
—Ah, ya. Ya veo lo bien que la estás preparando para sustituirte —la pincho.
—¡Oye! Ser la prometida del jefe tiene sus ventajas —bromea Kimberly.
Amy se ríe a su lado y luego Kimberly la conduce por otro pasillo. Mi último día toca a su fin y desearía que no se me hubiera pasado tan rápido. Voy a añorar este lugar y me pone un poco nerviosa volver a casa y ver a Brittany.
Echo un último vistazo a mi primer despacho. Lo primero en lo que me fijo es en mi mesa. Me invaden los recuerdos del día que Brittany y yo lo hicimos aquí, en horario de trabajo, cuando cualquiera podía pillarnos. Fue un poco radical. Me tenía tan enloquecida que no podía pensar en otra cosa... Parece ser el pan nuestro de cada día. De camino a casa paro en Conner’s a hacer la compra. Lo justo para preparar la cena, ya que nos iremos por la mañana. El viaje me hace mucha ilusión, pero estoy algo nerviosa. Espero que Brittany pueda controlar su mal carácter durante los días que vamos a pasar de vacaciones con su familia. Como no parece probable, me conformo con que el barco sea lo bastante grande para que podamos convivir los cinco sin agobios.
De vuelta al apartamento, abro la puerta y la empujo con el pie. Recojo las bolsas de la compra del suelo al entrar. La sala de estar está hecha un desastre. La mesita de café está cubierta por una montaña de botellas de agua vacías y envoltorios de comida. Brittany y mi padre están sentados cada uno en un
extremo del sofá.
—¿Qué tal te ha ido en la oficina, Sanny? —pregunta mi padre levantando el cuello hacia mí.
—Bien. Ha sido mi último día —le digo, aunque eso ya lo sabe. Empiezo a recoger la basura de la mesita y del suelo.
—Me alegro de que hayas tenido un buen día —repone él.
Miro a Brittany, pero ella no me mira a mí. Sólo tiene ojos para la televisión.
—Voy a preparar la cena y a ducharme —les digo, y mi padre me sigue a la cocina.
Saco la compra de las bolsas. Dejo la carne picada y una caja de tortillas para tacos en la encimera.
Mi padre me observa con interés. Al final, dice:
—Uno de mis amigos puede venir a recogerme un poco más tarde, si te parece bien. Sé que mañana os vais de viaje un par de días.
—Claro, no hay ningún problema. Podemos dejarte donde quieras por la mañana, si lo prefieres.
—No, ya habéis sido muy generosas conmigo. Prométeme que me avisarás cuando vuelvas del viaje.
—Vale... ¿Cómo puedo contactar contigo?
Se frota la nuca.
—Pasaros por la avenida Lamar. Suelo estar por allí.
—Vale.
—Llamaré a mi amigo para que venga a por mí. —Desaparece de la cocina.
Brittany se burla de mi padre porque, como no tiene móvil, debe aprenderse de memoria los números de teléfono, y pongo los ojos en blanco en el momento en que mi padre empieza con eso de que cuando él era pequeño no existían los móviles.
Los tacos con carne picada son fáciles de preparar y no dan mucho trabajo. Estaría bien que Brittany se acercara a la cocina a hablar conmigo, pero imagino que es mejor que espere a que mi padre se haya marchado. Pongo la mesa y los llamo. Brittany entra primero, sin apenas mirarme a los ojos, seguido de mi padre.
Cuando se sienta, mi padre dice:
—Chad no tardará en llegar. Gracias por haber dejado que me quedara con vosotras. Habéis sido muy amables. —Nos mira a Brittany y a mí—. Muchas gracias, Sanny y Bomba B —añade.
El modo en que Brittany pone los ojos en blanco me indica que se lo dice de broma.
—No ha sido nada —aseguro.
—Me alegro de que nos hayamos reencontrado —dice, y empieza a devorar su plato.
—Yo también... —Sonrío, aunque todavía no sé cómo asimilar que este hombre es mi padre.
El hombre al que no había visto en nueve años. El hombre al que le guardaba tanto rencor está sentado a mi mesa, cenando con mi novia y conmigo.

Miro a Brittany, esperando que diga algo de mal gusto, pero come en silencio. Me vuelve loca. Ojalá dijera algo, cualquier cosa, la verdad. A veces, sus silencios son peores que sus gritos.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:43 pm

Capítulo 20
Brittany

 
Terminamos de cenar y Santana se despide un poco incómoda de su padre y se mete en el cuarto de baño a darse una ducha. Yo quería ducharme con ella, pero el amigo de Ricardo se está tomando con calma lo de venir a recogerlo.
—¿Va a venir hoy o...? —empiezo a decir.
Ricardo asiente unas veinte veces pero mira por la ventana con expresión preocupada.
—Sí, sí. Ha dicho que no tardaría. Se habrá perdido o algo así.
—Ya —respondo.
Sonríe.
—¿No vas a echarme de menos?
—Yo no diría tanto.
—Bueno, puede que encuentre trabajo y nos veamos en Seattle.
—No vamos a ir a Seattle.
Me lanza una sabia mirada.
—Ya —repite; es la misma palabra que he usado yo hace un momento.
Llaman a la puerta y se acaba nuestra penosa conversación. Se dispone a abrir y me levanto, por si necesita un empujoncito para marcharse.
—Gracias por venir a recogerme, tío —le dice el padre de Santana al hombre que hay en el umbral, que alarga un poco el cuello para poder ver el interior del apartamento. Es alto, con el pelo negro y largo peinado recogido en una coleta repugnante y grasienta. Tiene las mejillas hundidas, la ropa andrajosa, las uñas negras y las manos sucias y huesudas. «Pero ¿qué coño...?»
La voz arcillosa del hombre encaja con su aspecto, y pregunta asombrado:
—¿Tu hija vive aquí?
—Sí. Es bonito, ¿verdad? Estoy muy orgulloso de ella.
Ricardo sonríe y el tipo le da una palmada en el hombro. Está de acuerdo.
—¿Y ésta quién es? —pregunta el tipo.
Los dos se me quedan mirando. Ricardo sonríe.
—¿Ella? Es Brittany, la novia de Sanny.
—Guay. Yo soy Chad —dice como si fuera famoso y su nombre tuviera que resultarme conocido.
«No es un borracho. Es mucho peor.»
—Vale —digo observando cómo inspecciona nuestra sala de estar con la mirada. Me alegro de que Santana esté en la ducha y no tenga que conocer a este gusano. Cuando oigo la puerta del baño, maldigo por lo bajo. Si antes lo digo... Chad se sube las mangas de la camisa para rascarse los antebrazos. Por un instante me siento como Santana, porque me entran unas ganas tremendas de fregar el suelo.
—¿Brittany? —me llama desde el pasillo.
—Hora de irse —le informo a la pareja de crápulas que tengo delante en el tono más amenazador posible.
—Quiero conocerla —declara Chad con un brillo siniestro en la mirada, y tengo que concentrarme para no tirar a este par de sacos de huesos por la ventana.
—No va a poder ser —replico.
Ricardo me mira.
—Vale, vale. Ya nos vamos... —dice, y le hace un gesto a su amigo para que eche a andar—. Hasta la vista, Brittany. Y gracias por todo. Procura no acabar entre rejas. —Y con esa última pulla y una sonrisa de superioridad sale del apartamento.
—¿Brittany? —Santana me llama otra vez y entra en la sala de estar.
—Acaban de irse.
—¿Qué ha pasado? —pregunta.
—¿Qué ha pasado? A ver... Dany se ha presentado en tu despacho y el borracho de tu padre acaba de traer a un tipo repugnante a nuestro apartamento. —Tras una breve pausa, añado—: ¿Estás segura de que sólo le da a la botella?
—¿Qué? —El cuello de la camiseta (mi camiseta) le resbala por el hombro desnudo. Se lo sube y se sienta en el sofá—. ¿Qué quieres decir?
La miro y sé que no quiero sembrar en ella la duda de si su padre, además de ser un borracho sin techo, es también un drogata. No tiene tan mala pinta como el gilipollas que ha venido a recogerlo, pero me da muy mala espina. Sin embargo, no estoy segura, así que le digo: —No importa. Estaba pensando en voz alta.
—Vale... —responde en voz baja.
La conozco lo suficientemente bien para saber que ni siquiera se le ha pasado por la cabeza la posibilidad de que su padre sea un drogadicto, y sé que nunca se le ocurrirá pensarlo sólo por el comentario que he hecho.
—¿Estás enfadada conmigo? —pregunta con voz dulce, demasiado tímida.
Estoy convencida de que espera que explote en cualquier momento. Por algo he estado evitando hablar con ella.
—No.
—¿Segura? —Me mira con esos ojazos increíbles, suplicándome que diga cualquier cosa.
Funciona.
—No, no estoy segura. No lo sé. Sí, estoy cabreada, pero no quiero pelearme contigo. Estoy intentando cambiar, ¿sabes? Estoy intentando mantener la calma y no pagarla siempre contigo por tonterías. —Suspiro y me froto la nuca—. Aunque esto no es ninguna tontería. Te he dicho una y mil veces que no sigas viendo a Dany, y nada. La miro con frialdad. No por ser borde, sino porque quiero ver qué dicen sus ojos cuando añado: —¿Cómo te sentirías si yo te hiciera lo mismo?
Prácticamente se desmorona delante de mí.
—Me sentiría fatal. Sé que he hecho mal en seguir viéndola —dice sin intentar justificarse.
Ésa no me la esperaba. Esperaba que me gritara y que defendiera a la imbécil de Dany, como hace siempre.
—Exacto —afirmo. Luego suspiro—. Pero si le has dicho que todo ha terminado, entonces todo ha terminado. He hecho todo lo posible por mantenerla lejos de ti, pero no hay manera. Tendrás que ser tú la que le diga que no se te acerque.
—Ya está hecho. Lo juro. No volveré a verla.
Me mira y me estremezco al recordar nuestra conversación telefónica, cuando estaba llorando después de haberse despedido de ella.
—No vamos a ir a la fiesta del sábado —digo, y me pone cara larga.
—¿Por qué no?
—Porque no me parece buena idea.
En realidad, sé que es una idea pésima.
—Yo quiero ir —insiste apretando los labios.
—No vamos a ir —le repito.
Yergue un poco la espalda y vuelve a la carga.
—Si quiero ir, iré.
«Joder, mira que es cabezota.»
—¿Podemos hablarlo más tarde? Tenemos mucho que hacer si quieres que vaya a ese crucero de mierda con mi puta familia.
Santana sonríe juguetona.
—¿Crees que puedes meter algún taco más en esa frase?
Sonrío porque me la imagino en mis rodillas, lista para recibir una azotaina por ser tan zalamera.
Seguro que le gustaría lo de estar tumbada sobre mi regazo, con mi mano golpeando sus nalgas, no demasiado fuerte, lo justo para ponerle el culo de color rosado...
—¿Brittany?

Interrumpe mis pensamientos perversos. Me los guardo... Por ahora. Se taparía la cara con las manos si le dijera lo que estaba imaginando.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:44 pm

Capítulo 21
Santana

 
Le tiro del brazo otra vez, con más fuerza.
—¡Brittany! ¡Despierta! ¡Vamos a llegar tarde!
Yo ya estoy vestida y preparada, he metido el equipaje en el coche y la he dejado dormir el mayor tiempo posible. Demonios, anoche tuve que hacer yo sola las maletas, aunque tampoco es que ella tenga ni idea de cómo hacerlas...
—Yo... no... voy... —gruñe.
—¡Levanta, por favor! —gimoteo tirándole del brazo.
Mierda, ¿por qué no puede ser tan madrugadora como yo?
Se tapa la cara con la almohada, se la quito y la tiro al suelo.
—No, vete.
Decido enfocarlo de otra manera y le pongo la mano en las bragas . Anoche se quedó dormida con los vaqueros puestos y me las vi negras para quitárselos sin despertarla. Pero ahora la tengo a la vista, vulnerable y manipulable.
Le rozo con las uñas el tatuaje que queda por encima de la cinturilla de la bragar... Ni se inmuta. Meto la mano dentro de sus bragas  y abre los ojos.
—Buenos días —saluda con una sonrisa lujuriosa.
Retiro la mano y me pongo de pie.
—¡Levanta!
Bosteza en plan exagerado, se mira la entrepierna y dice:
—Me parece que ya lo he hecho.
Cierra los ojos y se hace la dormida. No tarda en empezar a roncar como un dibujo animado. Es un rollo, pero también es adorable y simpática. Espero que siga así toda la semana. De verdad, no pido nada más.
Le meto la mano en las bragas  otra vez y, cuando abre los ojos y me mira como un cachorrillo, le digo: —Ni hablar —y la saco de nuevo.
—No es justo —gimotea.
Pero se levanta y se pone los vaqueros de ayer. Se dirige a la cómoda, coge una camiseta negra, me mira, la guarda y saca una blanca. Se pasa los dedos por el pelo, primero se hace una cresta y luego la peina hacia abajo.
—¿Me da tiempo a lavarme los dientes? —pregunta en tono sarcástico y con la voz ronca de tanto dormir.
—Sí, pero date prisa. Cepíllate los dientes y nos vamos —le digo, y le doy un repaso rápido a apartamento para asegurarme de que todo está en orden.
A los pocos minutos Brittany se reúne conmigo en la sala de estar y salimos.
Ken, Karen y Ryder nos están esperando en el sendero de grava de su casa cuando llegamos.
Bajo la ventanilla.
—Perdonad que lleguemos un poco tarde —me disculpo, y aparcamos junto a ellos.
—¡No pasa nada! Como es un viaje largo, pensábamos hacerlo todos juntos —exclama Karen con una sonrisa.
—Ni de broma —me susurra Brittany.
—Venid —dice señalando un todoterreno negro que ocupa el resto del camino de grava—. Ken me lo regaló por mi cumpleaños pero nunca lo usamos.
—No, no y no —dice Brittany un poco más alto.
—Será divertido —le digo en voz baja.
—Santana... —empieza.
—Brittany, por favor, no te pongas imposible —le suplico. Y puede, sólo puede, que haga una caída de ojos con la esperanza de convencerla.
Me mira un momento y sus ojos se suavizan.
—Bien. Joder, tienes suerte de que te quiera.
Le aprieto la mano.
—Gracias. —Luego me vuelvo hacia Karen—. Muy bien —le digo con una sonrisa, y apago el motor de mi coche.
Brittany mete nuestro equipaje en el maletero del todoterreno de Karen. Tiene cara de pocos amigos.
—¡Será divertido! —afirma Ryder entre risas mientras subo al vehículo.
Brittany se sienta a mi lado en el asiento de atrás después de comentar que no piensa sentarse al lado de Ryder. Ken arranca, Karen pone la radio y empieza a cantar en voz baja.

—Parece una escena sacada de una comedia cursi y empalagosa —dice Brittany, me coge la mano y la lleva a su regazo.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:47 pm

Capítulo 22
Santana

 
—¡Wisconsin! —dice Karen en voz alta dando palmas y señalando una camioneta que nos adelanta.
No puedo evitar echarme a reír al ver la expresión horrorizada de Brittany.
—¡Hostia! —resopla echando la cabeza hacia atrás.
—¿Quieres parar? Se está divirtiendo —la regaño.
—¡Texas! —exclama Ryder.
—Abre la puerta, que quiero saltar —añade Brittany.
—Qué exagerada —me burlo y la miro—. ¿Qué tiene de malo que le guste jugar a divisar matrículas? Deberías entenderlo, a ti y a tus amigos os encantan los juegos tontos, como Verdad o desafío.
Antes de que Brittany me suelte una de sus perlas, Karen exclama:
—¡Nos hace mucha ilusión enseñaros el barco y la cabaña!
La miro.
—¿La cabaña?
—Sí, tenemos una pequeña cabaña junto al agua. Creo que te gustará, Santana —dice ella.
Qué alivio no tener que dormir en el barco, que era lo que me temía.
—Espero que haga bueno. Hace un tiempo fantástico para ser febrero. En verano es aún mejor. Tal vez podamos volver a ir todos juntos... —señala Ken mirando por el retrovisor. Brittany pone los ojos en blanco. Por lo visto, va a comportarse como una niña maleducada durante todo el trayecto.
—¿Todo listo para Seattle, Santana? —pregunta Ken—. Ayer hablé con Christian, está deseando que llegues a las nuevas oficinas.
Sé que Brittany me está mirando, pero eso no va a detenerme.
—Mi plan es hacer las maletas a nuestro regreso, pero ya me he matriculado en mi nueva universidad —le contesto.
—Esa universidad no es nada comparada con la mía —se burla Ken, y Karen se ríe—. No, ahora en serio, es una buena universidad. Avísame si tienes cualquier problema.
Sonrío, contenta por contar con su apoyo.
—Gracias. Lo haré.
—Ahora que lo pienso —continúa—. La semana que viene se incorpora un nuevo profesor de Seattle. Va a sustituir a uno de nuestros profesores de religión.
—¿A cuál? —pregunta Ryder mirándome con una ceja enarcada.
—A Soto, el profesor joven. —Ken vuelve a mirar por el retrovisor—. Os da clase, ¿no es así?
—Sí —contesta Ryder.
—No recuerdo adónde se iba, pero ha pedido el traslado —dice Ken.
—Mejor —comenta Ryder por lo bajo, pero lo oigo y le sonrío.
Ni a él ni a mí nos gustan el estilo y la falta de rigor académico del profesor Soto, aunque estaba disfrutando con el diario que nos hacía escribir.
La voz de Karen es muy dulce y se desliza entre mis pensamientos cuando dice:
—¿Ya habéis encontrado apartamento?
—No. Había encontrado uno, o eso creía, pero parece que la mujer ha desaparecido de la faz de la tierra. Era perfecto: entraba en mi presupuesto y estaba cerca de la oficina —le digo. Brittany se tensa un poco a mi lado y quiero añadir que no va a mudarse conmigo a Seattle, pero espero que este viaje sirva para hacerle cambiar de opinión, así que no digo nada.
—Santana, tengo algunos amigos en Seattle. Puedo preguntar y ver si te encuentro un apartamento de aquí al lunes, si quieres —se ofrece Ken.
—No —contesta Brittany al instante.
La miro.
—Eso sería fantástico —digo yo, y observo a Ken a través del retrovisor—. De lo contrario, tendré que gastarme una fortuna en hoteles hasta que encuentre apartamento.
Brittany hace un gesto con la mano para rechazar la oferta de su padre.
—No será necesario. Estoy segura de que Sandra te llamará.
«Qué raro», pienso, y me quedo mirándola.
—¿Cómo es que sabes su nombre? —le pregunto.
—¿Qué? —Parpadea un par de veces—. Porque sólo me lo has repetido unas mil veces.
—Ah —digo, y me da un apretón en el muslo con la mano.
—Bueno, si quieres que haga algunas llamadas, sólo tienes que decírmelo —Ken reitera su oferta.
Tras otros veinte minutos, más o menos, Karen se vuelve hacia nosotros con expresión radiante.
—¿Y si jugamos a Veo, veo?
Ryder sonríe de oreja a oreja.
—Eso, Brittany. ¿Y si jugamos a Veo, veo?
Brittany se acurruca a mi lado, apoya la cabeza en mi hombro y me abraza.
—Parece la monda lironda, pero es hora de la siesta —replica—. Seguro que a Ryder y a Santana les apetece jugar.
A pesar de que se está burlando del juego, sus gestos de afecto en público me reconfortan y me hacen sonreír. Recuerdo cuando sólo me cogía de la mano por debajo de la mesa mientras cenábamos en casa de su padre. Ahora no le da ningún reparo abrazarme delante de su familia.
—¡Vale! ¡Yo primero! —dice Karen—. Veo, veo... una cosa... ¡azul! —chilla.
Brittany se ríe con la cara escondida en mi hombro.
—La camisa de Ken —susurra, y se acurruca un poco más.
—¿La pantalla del navegador? —pregunta Ryder.
—No.
—¿La camisa de Ken? —me aventuro a decir.
—¡Sí! Te toca, Santana.
Brittany me pellizca el brazo pero yo sólo veo la sonrisa de Karen. Se lo está pasando excesivamente bien con estos juegos tan tontos, pero es demasiado dulce como para no darle el gusto.
—Vale. Veo, veo... una cosa... —miro a Brittany— negra.
—¡El alma de Brittany! —grita Ryder, y me parto de risa.
Ella abre un ojo y le hace un corte de mangas a su hermanastro.
—¡Has acertado! —exclamo muerta de risa.
No le hacemos ni caso y jugamos un poco más hasta que la respiración de Brittany se hace más profunda y empieza a roncar en mi cuello. Dice algo en sueños, se desliza hacia abajo y recuesta la cabeza en mi regazo sin soltarme la cintura. Ryder sigue su ejemplo y se tumba en el asiento; no tarda en dormirse. Incluso Karen se toma un descanso y acaba dando cabezadas.
Disfruto del silencio mientras miro el paisaje por la ventanilla.
—Ya estamos llegando, sólo nos faltan unos pocos kilómetros —dice Ken hablando solo.
Asiento y paso los dedos por el pelo suave de Brittany. Mueve los párpados al recibir mis caricias pero no se despierta. Con los dedos, recorro su espalda muy despacio, disfrutando de poder verla dormir en paz, abrazada a mí.
Giramos al llegar a una calle pequeña bordeada de grandes pinos. En silencio, miro por la ventanilla. Doblamos una esquina y de repente estamos ante la costa. Es preciosa.  Las aguas azules y resplandecientes bañan la orilla y crean un contraste espectacular. Aunque la hierba está marrón y seca debido al frío invierno de Washington. No puedo ni imaginar lo bonito que debe de ser esto en verano.
—Ya hemos llegado —dice Ken aparcando en un largo camino de grava.
Miro por el parabrisas y veo una enorme cabaña de madera. Está claro que los Pierce y yo tenemos una idea muy distinta de lo que es «una pequeña cabaña». La que estoy viendo tiene dos pisos, está construida con madera oscura de cerezo y un porche pintado de blanco rodea la planta baja.
—Despierta, Brittany. —Con el índice, le acaricio la mandíbula.
Parpadea, confusa por un instante. Luego se sienta y se frota los ojos con los nudillos.
—Cariño, ya estamos aquí —le dice Ken a su mujer, y ella levanta la cabeza, seguida de su hijo.
Brittany lleva nuestras maletas adentro, todavía un poco aturdida. Ken le enseña nuestra habitación.
Yo sigo a Karen a la cocina mientras Ryder lleva sus cosas a su cuarto.
El techo al estilo de las catedrales de la sala de estar se repite, en pequeño, en la cocina. Tardo un momento en descubrir qué tiene de especial esta habitación, y entonces me doy cuenta de que es una versión en miniatura de la cocina de la casa de los ¨Pierce.
—Es preciosa —le digo a Karen—. Muchas gracias por habernos invitado.
—Gracias, cielo. Es muy agradable tener compañía. —Sonríe y abre la nevera—. Nos encanta que hayáis venido. Nunca pensé que Brittany se apuntaría a un viaje en familia. Sé que sólo son unos días, pero significa mucho para Ken —dice en voz baja para que sólo yo pueda oírla.
—Yo también me alegro de haber venido. Creo que me lo voy a pasar bien. —Lo digo con la esperanza de que, al pronunciarlo en voz alta, se haga realidad.
Karen se vuelve y me coge la mano con afecto.
—Te echaremos de menos cuando te vayas a Seattle. No he pasado mucho tiempo con Brittany, pero también la echaré de menos a ella.
—Vendré a visitaros. Seattle sólo está a un par de horas —le aseguro, e intento convencerme a mí misma.
Yo también voy a echarlos de menos a ella y a Ken. Y ni siquiera puedo pensar en el traslado de Ryder. Aunque yo me mudaré a Seattle antes de que él se vaya a vivir a Nueva York, no estoy lista para tenerlo tan lejos. Al menos, Seattle se encuentra en el mismo estado. Pero Nueva York está muy muy lejos.
—Eso espero. Ahora que Ryder también se va, no sé qué será de mí. He sido madre durante casi veinte años... —Empieza a llorar—. Perdona, es que estoy muy orgullosa de él. —Se seca las lágrimas con los dedos y consigue no derramar más. Mira la cocina, a un lado y a otro, deseando encontrar una tarea con la que mantenerse ocupada y dejar de sentirse así—. ¿Y si vais los tres a la tienda que hay al final de la calle mientras Ken prepara el barco?
—Hecho —digo mientras los  entran en la cocina.
Brittany se coloca detrás de mí.
—Te he dejado las maletas en la cama para que las deshagas. Sé que yo lo haría mal.
—Gracias —le digo encantada de que ni siquiera lo haya intentado. Le gusta meter las cosas al tuntún en los cajones de la cómoda y me saca de quicio—. Le he dicho a Karen que iríamos a la tienda mientras tu padre prepara el barco.
—Vale. —Se encoge de hombros.
—Tú te vienes con nosotros —le digo a Ryder, que asiente.
—Ryder sabe dónde está. Es justo al final de la calle. Podéis ir andando o coger el coche, las llaves están colgadas junto a la puerta —nos dice Ken al salir.
Hace buen tiempo y, como brilla el sol, parece que hace más calor que de costumbre en esta época del año. El cielo está azul celeste. Puedo oír el sonido de las olas que rompen en la orilla y oler el salitre en el aire cada vez que inspiro. Decidimos ir a la pequeña tienda del final de la calle a pie. Voy cómoda
con vaqueros y una camiseta de manga corta.
—Este sitio es increíble, es como si estuviéramos en nuestro propio mundo —les digo a Brittany y a Ryder.
—Estamos en nuestro mundo. A nadie se le ocurre venir a la playa en febrero —comenta Brittany.
—A mí me encanta —digo pasando de su actitud.
Ryder mira a Brittany, que va dando patadas a las piedras de la calle de grava.
—Marley tiene una audición para una pequeña obra esta semana.
—¿En serio? —le digo—. ¡Es genial!
—Sí, está muy nerviosa. Espero que le den el papel.
—¿No acaba de empezar a estudiar? ¿Por qué iban a darle el papel a una aficionada? —dice Brittany tan tranquila.
—Brittany...
—Le darían el papel porque, aunque sea una aficionada, es una bailarina de primera y lleva toda la vida estudiando ballet —contraataca Ryder.
Brittany levanta las manos.
—No te enfades, sólo preguntaba.
Pero Ryder defiende a su novia:
—Pues ahórratelo. Tiene mucho talento y le van a dar el papel.
Brittany pone los ojos en blanco.
—Lo que tú digas... Joder...
—Es muy bonito que la apoyes al cien por cien. —Le sonrío a Ryder, intentando poner fin a la tensión que se palpa entre Brittany y él.
—Siempre tendrá mi apoyo, haga lo que haga. Por eso me voy a vivir a Nueva York. —Mira a Brittany y ella aprieta los dientes.
—¿Nos vamos a pasar así todo el viaje? ¿Os habéis confabulado para darme la brasa? Yo paso.
Para empezar, ni siquiera me apetecía venir —espeta.
Dejamos de andar y Ryder y yo la miramos. Estoy pensando en cómo apaciguar a Brittany cuando, de repente, su hermanastro le dice:
—Pues no haber venido. Lo pasamos mucho mejor sin ti y tu actitud de amargada.
Abro unos ojos como platos al oírlo hablar así y siento la necesidad de defender a Brittany, pero me callo. Además, Ryder tiene razón en casi todo. Brittany no debería tener como objetivo fastidiarnos el viaje con su malhumor simplemente porque sí.
—¿Perdona? Eres tú quien se ha puesto chulo cuando te he dicho que tu novia era una aficionada.
—No, llevas insoportable desde que has subido al coche —replica Ryder.
—Sí, porque tu madre no paraba de cantar todas las canciones de la radio y de chillar nombres de estados. —Brittany sube la voz todo lo que puede—. Cuando yo sólo quería disfrutar del paisaje.
Me interpongo entre ambos cuando veo que Brittany intenta abalanzarse sobre Ryder. Ryder respira hondo y la mira fijamente, desafiante.
—¡Mi madre sólo estaba intentando que lo pasáramos bien!
—Pues entonces debería haber...
—¡Chicos, parad ya! No podéis pasaros todo el viaje como el perro y el gato. Esto es insoportable. Dejadlo estar, por favor —les suplico. No quiero tener que ponerme de parte de mi novia o de mi mejor amigo.
Se miran fijamente unos segundos más. Qué tensión. Casi me entra la risa al pensar que se comportan como hermanos, a pesar de que intentan no serlo con todas sus fuerzas.
—Está bien —dice Ryder con un suspiro.
—Vale —bufa Brittany.
El resto del paseo transcurre en silencio. Lo único que se oye es la bota de Brittany al golpear las piedras y el suave tarareo de Ryder. La calma después de la tormenta... O la de antes. O puede que la de entre tormenta y tormenta.
—¿Qué vas a ponerte para subir al barco? —le pregunto a Ryder cuando caminamos por el sendero que conduce a la cabaña.
—Unos pantalones cortos, creo. Ahora hace calor, pero puede que me ponga un chándal.
—Ah.
Ojalá hiciera más calor, así podría ponerme un bañador. Ni siquiera tengo uno, pero la idea de ir a comprarlo con Brittany me hace sonreír.
Ya me la imagino, diciéndome guarradas. Seguro que acabaría metida conmigo en el probador. Y no creo que yo se lo impidiera.
Tengo que dejar de pensar en esas cosas, sobre todo cuando Ryder me está hablando del tiempo y, como mínimo, tendría que fingir interés.
—El barco es una pasada. Es enorme —dice.
—Vaya... —Tuerzo el gesto. Se acerca el paseo en barco y empiezo a ponerme nerviosa.
Ryder y yo vamos a la cocina a guardar la compra y Brittany se mete en nuestra habitación sin decir ni una palabra.
Ryder mira de reojo para ver si su hermanastra ha desaparecido.
—No le gusta nada hablar de Seattle. ¿Todavía no se ha decidido a irse contigo?
Miro a un lado y a otro para asegurarme de que no nos oye nadie.
—No, no exactamente —digo, y me muerdo el labio inferior avergonzada.
—No lo entiendo —añade él vaciando las bolsas—. ¿Qué tiene Seattle que sea tan horrible como para no irse contigo? ¿Forma parte de su oscuro pasado?
—No... Bueno, no que yo sepa... —empiezo a decir. Pero entonces me viene a la cabeza la carta de Brittany. No recuerdo que mencionara ninguna de las penalidades que pasó en Seattle. ¿Es posible que las omitiera? No creo. Espero que no. No estoy preparada para más sorpresas.
—Debe de haber un motivo, porque ni siquiera es capaz de ir al cuarto de baño sin ti, así que no me cabe en la cabeza que vaya a dejar que te marches sola. Creía que haría cualquier cosa para retenerte, y quiero decir «cualquier cosa» —enfatiza Ryder.
—Pues ya somos dos. —Suspiro; no entiendo por qué tiene que ser tan cabezota—. Y sí que es capaz de ir al baño sin mí. A veces —bromeo.
Ryder se ríe conmigo.
—Casi nunca. Seguro que ha instalado una cámara oculta en tu camiseta para no perderte de vista.
—Las cámaras no son lo mío, me van más los dispositivos de rastreo.
Doy un brinco al oír la voz de Brittany y la veo apoyada en el umbral de la puerta de la cocina.
—Gracias por darme la razón —dice Ryder, pero ella se echa a reír y menea la cabeza.
Afortunadamente, parece que está de mejor humor.
—¿Dónde está el barco? Me aburre oíros despotricar sobre mí.
—Era una broma —le digo, y me acerco a darle un abrazo.
—No pasa nada. Yo hago lo mismo a vuestras espaldas —replica en tono de burla, aunque detecto una pizca de seriedad tras sus palabras. lo último que quiero es que la arresten otra vez.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:49 pm

Capítulo 23

Santana

 
—El embarcadero se menea un poco, pero aguanta. Tengo que buscar a alguien que lo arregle... —musita Ken mientras lo seguimos hacia el lugar donde tiene amarrado el barco.
El jardín trasero da directamente al agua y las vistas son increíbles. Las olas chocan contra las rocas de la orilla e, instintivamente, me escondo detrás de Brittany.
—¿Qué te pasa? —me pregunta en voz baja.
—Nada. Estoy un poco nerviosa.
Se vuelve para verme bien y mete las manos en los bolsillos traseros de mis vaqueros.
—Sólo es agua, nena. No te pasará nada.
Sonríe, pero no sé si se está burlando de mí o si lo dice en serio. Sin embargo, cuando me roza la mejilla con los labios, disipa todas mis dudas.
—Se me había olvidado que no te gusta el agua —dice atrayéndome hacia sí.
—Me gusta el agua... de las piscinas.
—¿Y los arroyos? —pregunta desvergonzada.
Sonrío al recordarlo.
—Sólo un arroyo en concreto.
Aquel día también estaba muy nerviosa. Brittany tuvo que sobornarme para que entrara en el agua.
Me prometió que respondería a una de mis infinitas preguntas a cambio de que me metiera en el agua con ella. Parece que fue hace mucho, siglos, en realidad, pero los secretos siguen siendo el tema central de nuestro presente.
Brittany me coge de la mano y seguimos a su familia por el muelle, hacia la imponente embarcación que nos espera al final del camino. No sé nada de barcos, pero creo que es un barco pontón gigante. Sé que no es un yate, pero es más grande que los pesqueros que he visto.
—Es grandiosa —le susurro a Brittany.
—Calla, no hables de mi coño delante de mi familia —se burla.
Me encanta cuando está graciosa pero gruñóna. Su sonrisa es contagiosa. El embarcadero cruje bajo mis pies y me aprieto contra Brittany asustada.
—Andad con cuidado —dice Ken trepando por una escalera que une el barco al muelle.
Brittany me pasa la mano por la espalda mientras me ayuda a subir. Intento obligarme a imaginar que sólo es una escalera de un parque infantil, que no está unida a un barco gigante. Las manos de Brittany me reconfortan y son lo único que impide que eche a correr por el muelle destartalado, me meta en la cabaña y me esconda debajo de la cama.
Ken nos ayuda a subir a cubierta y, una vez a bordo, puedo apreciar lo bonito que es el barco. Está decorado con madera blanca y cuero de color caramelo. La zona para sentarse es muy grande y cómoda, cabemos todos de sobra.
A continuación, Ken intenta ayudar a Brittany a subir, pero su hija lo rechaza. Cuando está en cubierta, echa un vistazo y sólo dice:
—Está bien saber que tu barco es más grande y más bonito que la casa de mi madre.
A Ken se le borra la sonrisa de orgullo de la cara.
—Brittany —susurro tirándole de la mano.
—Perdona —resopla.
Ken suspira pero parece aceptar la disculpa de su hija antes de dirigirse a la otra punta de la embarcación.
—¿Estás bien? —Se apoya en mí.
—Sí, pero pórtate bien, por favor. Ya tengo náuseas.
—Me portaré bien, y ya me he disculpado. —Toma asiento en uno de los sofás y yo la sigo.
Ryder coge la bolsa de la compra y se agacha para sacar latas de refrescos y unos aperitivos. Miro más allá del barco, al mar. Es precioso y el sol baila en la superficie.
—Te quiero —me susurra Brittany al oído.
El motor del barco cobra vida con un zumbido y me apretujo contra ella.
—Te quiero —le digo sin dejar de mirar el agua.
—Si nos adentramos lo suficiente es posible que veamos delfines y, si tenemos suerte, ¡incluso alguna ballena! —grita Ken.
—Una ballena volcaría este barco en un periquete —comenta Brittany, y trago saliva sólo de pensarlo—. Mierda. Perdóname —se disculpa.
Cuanto más nos alejamos de la orilla, más me tranquilizo. Es raro. Pensé que pasaría justo lo contrario, pero estar tan lejos de tierra firme me hace sentir cierta serenidad.
—¿Soléis ver muchos delfines? —le pregunto a Karen, que se está bebiendo un refresco.
—No. Sólo los vimos una vez. ¡Pero no nos damos por vencidos!
—Hace un tiempo increíble. Es como si estuviéramos en junio —dice Ryder quitándose la camiseta.
—¿Intentando conseguir el bronceado perfecto? —le pregunto al ver lo pálido que tiene el torso.
—¿O ensayando para representar el papel de un espectro? —añade Brittany.
Ryder pone los ojos en blanco y pasa del comentario.
—Sí, aunque en la ciudad no creo que me haga falta.
—Si el agua no está helada, podríamos darnos un baño cerca de la orilla —dice Karen.
—Mejor en verano —le recuerdo, y ella asiente feliz.
—Al menos tenemos jacuzzi en la cabaña —señala Ken.
Disfruto del momento. Levanto la vista y observo a Brittany, que está muy callada, con la mirada perdida a lo lejos.
—¡Mirad! ¡Ahí! —dice Ken señalando detrás de nosotras.
Ambas nos volvemos rápidamente y tardamos un momento en ver lo que nos indica. Es una manada de delfines que surca las aguas. No están cerca del barco, pero sí lo suficiente para que podamos ver cómo se mueven en sincronía entre las olas.
—¡Es nuestro día de suerte! —ríe Karen.
El viento me echa el pelo sobre la cara y por un momento no veo nada. Brittany me lo aparta y me lo coloca detrás de la oreja. Son ese tipo de pequeños detalles, cómo encuentra la manera de tocarme sin pensar, los que hacen que sienta mariposas en el estómago.
—Ha sido alucinante —le digo cuando desaparecen los delfines.
—Sí, la verdad es que sí —responde sorprendida.
Después de dos horas hablando de barcos, de los veranos en este maravilloso punto de la cota, de deportes y de una breve mención a Seattle que Brittany ha censurado en el acto, Ken nos lleva de vuelta a la orilla.
—No ha sido tan terrible, ¿no crees? —preguntamos Brittany y yo a la vez.
—La verdad es que no. —Se ríe y me ayuda a bajar la escalera que lleva al muelle.
El sol le ha marcado las mejillas y el puente de la nariz y tiene el pelo enmarañado por el viento. Es tan adorable que me la comería.
Caminamos todos juntos por el jardín trasero y sólo puedo pensar en lo mucho que quiero que dure la paz de estar en el agua.
Cuando entramos en la cabaña, Karen anuncia:
—Voy a preparar la comida. Imagino que todos tenemos hambre —y desaparece en la cocina.
Los demás nos quedamos de pie, contentos y en silencio.
Al rato, Brittany le pregunta a su padre:
—¿Qué más hay por aquí?
—Pues hay un restaurante en la ciudad, teníamos pensado ir a cenar todos allí mañana. Hay un cine antiguo, una biblioteca...
—Qué coñazo, ¿no? —dice Brittany. Es un comentario borde pero lo dice en tono de broma.
—Es un lugar muy agradable, dale una oportunidad —replica Ken, que no parece haberse ofendido lo más mínimo.
Los cuatro nos metemos en la cocina y esperamos a que Karen prepare una bandeja de bocadillos y fruta. Brittany, que hoy está muy cariñosa, deja la mano en mi cadera. Creo que este sitio le sienta bien.
Después de comer ayudo a Karen a recoger la cocina y a preparar limonada mientras Ryder y Brittany discuten sobre lo abominable que es la literatura contemporánea. No puedo evitar echarme a reír cuando Ryder menciona Harry Potter. Brittany se embarca en un soliloquio de cinco minutos para explicarle
por qué jamás se leerá la saga, y Ryder intenta convencerla desesperadamente de que tiene que hacerlo.
La limonada desaparece en cuanto termino de prepararla y Ken nos dice:
—Karen y yo nos vamos un par de horas a la cabaña de un amigo que está a dos casas de aquí. Si os apetece venir...
Brittany me mira desde la otra punta de la habitación y espera mi respuesta. Al final, dice: —Yo paso —sin quitarme la vista de encima.
Ryder nos mira a Brittany y a mí.

—Yo os acompaño —dice sin más, aunque juraría que lo he visto mirar a Brittany con una sonrisa de satisfacción antes de levantarse para marcharse con Ken y su madre.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:51 pm

Capítulo 24

Brittany

 
Creía que no iban a irse nunca pero, en cuanto salen por la puerta, cojo a Santana y la tumbo en el sofá conmigo.
—¿No te apetecía ir? —me pregunta.
—Claro que no, ¿para qué coño iba a querer ir con ellos? Prefiero quedarme aquí contigo. A solas —digo, y le soplo en la nuca para apartarle el pelo. Se retuerce un poco por el pequeño escalofrío que le produce mi aliento en la piel—. ¿Te apetecía ir a escuchar a un montón de gente aburrida a más no poder hablando de chorradas sin parar? —le pregunto con los labios rozándole la mandíbula.
—No. —Incluso su respiración ya ha cambiado.
—¿Seguro? —quiero saber acariciándole el cuello con la nariz para que ladee la cabeza.
—No lo sé, a lo mejor es más divertido que esto —dice.
Me echo a reír pegada a su cuello y la beso donde mi aliento le pone la carne de gallina.
—Ni por asomo. Tenemos un jacuzzi en la habitación. ¿Lo has olvidado?
—Sí, pero no me sirve para nada porque no tengo bañador... —empieza a decir.
Le chupo el cuello y me la imagino en bañador.
«Joder.»
—Ni falta que te hace —susurro.
Gira la cabeza y me mira como si estuviera loca.
—¡Claro que me hace falta! No voy a meterme en un jacuzzi sin nada puesto.
—¿Por qué no? —A mí me parece de lo más divertido.
—Porque tu familia está aquí con nosotras.
—No sé por qué siempre me pones la misma excusa... —Llevo la mano a su entrepierna y aprieto contra las costuras de sus vaqueros—. A veces, creo que te gusta.
—¿El qué? —pregunta casi jadeando.
—La posibilidad de que te pillen.
—Y ¿por qué iba a gustarle eso a nadie?
—Le gusta a mucha gente, es la emoción de que puedan pillarte, ¿entiendes?
Aplico más presión entre sus piernas e intenta cerrarlas. Se debate entre lo que quiere y lo que cree que no debe querer.
—No... No lo entiendo. Pero no me gusta —miente. Estoy casi segura de que le gusta.
—Ya, ya...
—¡Que no me gusta! —protesta, defendiéndose, con las mejillas sonrosadas y los ojos muy abiertos de la vergüenza.
—No me gusta.
«No te lo crees ni tú, Santana.»
—Vale, pues no te gusta.
Levanto las manos en señal de derrota y gimotea porque ya no puede disfrutar con la caricia. Sabía que no lo admitiría nunca, pero valía la pena intentarlo.
—¿Vas a meterte conmigo en el jacuzzi? —le pregunto quitándole las manos de encima.
—Subiré contigo..., pero no voy a meterme.
—Como quieras.
Sonrío y me levanto. Sé que acabará dentro. Sólo necesita que insista más que con otras chicas. Ahora que lo pienso, nunca me he bañado en un jacuzzi con una chica, vestida o desnuda. Me agarra la muñeca con su mano diminuta y me sigue al dormitorio que nos han asignado durante los próximos días.
El balcón comunica con lo que hizo que me pidiera esta habitación para nosotras. En cuanto vi el jacuzzi, supe que la quería dentro.
La cama tampoco está mal. Es pequeña pero, para como dormimos nosotras, nos sobra.
—Me encanta este lugar, hay mucha paz —dice Santana, y se sienta en la cama para descalzarse.
Abro las contraventanas y las ventanas del balcón.
—No está mal. —Si mi padre, su mujer y Ryder no estuvieran aquí, estaría mucho mejor.
—No tengo nada que ponerme para ir mañana al restaurante del que hablaba antes tu padre.
Me encojo de hombros para abrir el grifo del jacuzzi.
—Pues no vamos y punto.
—Pero yo quiero ir. Sólo es que, cuando hice la maleta, no sabía que íbamos a salir.
—Es culpa suya por no haberlo planeado mejor —digo, y estudio el manómetro para asegurarme de que funciona correctamente—. Podemos ir en vaqueros. No parece que nadie se arregle mucho aquí.
—No sé yo...
—Y si no quieres ir en vaqueros, podemos buscar una tienda en este pueblo de mala muerte en la que puedas comprarte otra cosa —le sugiero, y sonríe.
—¿Cómo es que estás de tan buen humor? —me pregunta con una ceja enarcada.
Meto un dedo en el agua. Ya casi está. Este cacharro es rápido.
—No sé... Estoy de buen humor y punto.
—¿Debería preocuparme? —pregunta, y sale al balcón a reunirse conmigo.
—No. —«Sí.» Señalo el sillón de mimbre que hay junto al jacuzzi—. ¿Vas a sentarte aquí fuera conmigo mientras yo disfruto de un relajante baño de agua hirviendo?
Se echa a reír, dice que sí con la cabeza y se sienta. Observo esos ojos inocentes que me miran fijamente mientras me quito la camiseta y los pantalones. Me dejo las bragas puestas, quiero que me la quite ella.
—¿Seguro que no quieres entrar tú primero? —le pregunto metiendo una pierna.
«Joder, esto quema.» A los pocos segundos la quemazón desaparece y me reclino contra la pared de plástico.
—Seguro —dice, y mira los bosques que nos rodean.
—Aquí no nos ve nadie. ¿De verdad crees que te diría que te metieras desnuda si alguien pudiera verte? —le pregunto—. Ya sabes, con lo celosa que soy y todo eso.
—¿Y si vuelven? —pregunta en voz baja como si alguien pudiera oírla.
—Han dicho que tardarían un par de horas.
—Ya, pero...
—Creía que ibas a aprender a disfrutar un poco de la vida —tiento a mi preciosa chica.
—Eso hago.
—Estás sentada, de morros, en un sillón de mimbre, mientras yo disfruto de las vistas —comento.
—No estoy de morros —replica, y hace pucheros.
Le sonrío satisfecha sabiendo que eso le va a sentar mal.
—Vale —digo cerrando los ojos mientras ella aprieta los labios—. Estoy muy sola aquí dentro. Es posible que tenga que mimarme un poco.
—No tengo nada que ponerme.
Déjà vu —puntualizo, recordando por segunda vez hoy nuestra excursión al arroyo.
—Yo...
—Métete de una vez —le ordeno sin abrir los ojos ni cambiar de tono. Lo digo como si fuera inevitable porque sé que lo es.
—Está bien. ¡Allá voy! —contesta intentando convencerse a sí misma de que está harta de mí y de que en realidad no le apetece meterse a pesar de que lo está deseando.
Ha sido más fácil de lo que imaginaba. Cuando abro los ojos, casi me atraganto. Se está quitando la camiseta y, cómo no, lleva el sujetador rojo.
—Quítate el sujetador —le digo.
Mira a un lado y a otro y meneo la cabeza. Lo único que se ve desde este balcón es el mar y los árboles.
—Quítatelo, nena —insisto, y asiente. Se baja los tirantes por los brazos.
No me cansaré nunca de ella. Da igual la de veces que la acaricie, que me la folle, que la bese, que la abrace... Nunca serán suficientes y siempre querré más. Ni siquiera es por el sexo, del que disfrutamos a menudo, es que soy la única que ha estado con ella y confía en mí lo suficiente para desnudarse en un puto balcón.
¿Cómo es que soy tan idiota? No quiero fastidiarla con esta chica.
Sus vaqueros se reúnen con la camiseta y el sujetador en la silla, perfectamente doblados, cómo no.
—Las bragas también —le recuerdo.
—No, tú llevas tus bragas puestas —contraataca, y se mete en el agua—. ¡Ay! —chilla sacando el pie y metiéndolo otra vez poco a poco. Una vez dentro, suspira. Su cuerpo se ha acostumbrado al agua caliente.
—Ven aquí. —Alargo el brazo para cogerla y sentarla en mi regazo.
Supongo que los incómodos asientos de plástico tienen su utilidad al fin y al cabo. Su cuerpo contra el mío, sumado a los chorros de agua, hace que quiera arrancarle las bragas de un tirón.
—En Seattle podríamos estar así todo el tiempo —dice, y me rodea el cuello con los brazos.
—¿Así, cómo?
Lo último que me apetece es hablar de la maldita Seattle. Si pudiera encontrar el modo de borrarla del mapa, lo haría.
—Como ahora. Solos tú y yo. Sin problemas con tus amigos, como Kitty, sin malos rollos. Tú, yo y una nueva ciudad. Podríamos empezar de nuevo, Brittany, juntas.
—No es tan sencillo —le digo.
—Sí que lo es. No más Dany.
—Creía que habías venido a follarme, no a hablar de Dany —la provoco, y se tensa.
—Perdona, yo...
—Tranquila, era una broma. Bueno, la parte de Dany. —La recoloco para que se siente a horcajadas encima de mí, con su pecho desnudo contra el mío—. Lo eres todo para mí, lo sabes, ¿verdad? —Le repito la pregunta que le he hecho tantas veces. No contesta. Apoya los codos en mis hombros, enrosca los dedos en mi pelo y me besa. Me tiene ganas. Lo sabía.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Ago 05, 2016 8:54 pm

Capítulo 25
Brittany

 
Intento acercar su cuerpo casi desnudo aún más al mío mientras ella intensifica el beso. Me coge los brazos y se lleva mi mano entre los muslos.
No tiene sentido perder el tiempo.
—Deberías habértelas quitado —le digo dando un tirón a las bragas finas y empapadas.
Deja escapar una carcajada sin aliento antes de coger aire cuando mis dedos la penetran. Mi boca entrecorta sus gemidos. Atrapa mi labio inferior con la suya y casi pierdo la cabeza. Es tan sexi y seductora..., ni siquiera tiene que esforzarse.
Cuando empieza a mover las caderas y a restregarse contra mi mano, la cojo de la muñeca, la levanto y la coloco a mi lado con las piernas abiertas, sin que mis dedos dejen de complacerla. Las malditas bragas me están poniendo de los nervios. Se sobresalta y hace un mohín cuando le saco los dedos y los engancho en las bragas. Se las quito de un tirón lo más rápido que puedo, ella termina de sacárselas de un puntapié y se hunden en el agua. Contemplo durante un segundo cómo los chorros de agua las arrastran al otro lado del jacuzzi. Es fascinante ver cómo esa última barrera flota suavemente lejos de nosotras.
Pero Santana entonces me coge de la muñeca y me obliga a seguir acariciándola.
—¿Qué quieres? —le pregunto.
—A ti. —Sonríe con dulzura y se abre más de piernas, demostrándome lo guarra que es en realidad.
—Date la vuelta —le digo.
Sin darle tiempo a contestar, le doy la vuelta y grita. Me asusto un instante pero luego comprendo que uno de los chorros apunta directamente a su pequeño coño. Por eso gime. En un minuto estará chillando a pleno pulmón.
Me arrodillo detrás de ella. Me encanta hacérselo así, la siento mejor. Puedo acariciarle la sedosa piel y prestarles atención a todos los músculos que se mueven bajo ésta... Y ver cómo coge aire cada vez que la penetro con mis largos dedos.
Le aparto el pelo largo a un lado y me acerco, metiendo mis dedos más y más. Santana arquea la espalda y le cojo una teta con mi otra  mano mientras empiezo a entrar y a salir muy despacio.
Joder, esto es una maravilla, mejor que nunca. Debe de ser el agua caliente a presión a nuestro alrededor mientras la penetro  poco a poco. Gime y bajo la mano para asegurarme de que el chorro de agua sigue dándole de pleno. Tiene los ojos cerrados y la boca abierta, los nudillos blancos de sujetarse con fuerza al borde de la bañera.
Quiero ir más rápido, machacarla sin piedad, pero me obligo a adoptar un ritmo lento.
—Britttanyyyy... —gime.
—Joder, es como si pudiera sentir cada centímetro de ti... —No he terminado de pronunciar la frase cuando me entra el pánico y me detengo.
—¿Qué pasa? —jadea; una fina capa de sudor le baña la cara.
--Recuerda lo que hicimos hace dos meses. ….No me había acordado que Santana estando borracha, acepto hacerse un puto tratamiento con mis ovulos, y mas putos los de la clínica que accedieron a realizar el tratamiento de esa manera, viéndonos como dos locas enamoradas.
—Ah —dice tan tranquila.
—¿Ah? ¿Cómo que «ah»?
—    No pasa nada  —sugiere con mirada inocente.
—¡No es eso! —Me pongo de pie en el jacuzzi. No dice nada—. Si no me hubiera acordado, han pasado dos meses, aunque en peleas y todo, pensando que puedieramos unirmos y no perdernos, pero... pero.. pero  podría estar preñada.
Asiente. Lo ha entendido.
—Ya, pero te has acordado,, no habido ningún síntoma, aunque no me haya puesto a pensar otra vez en ello.
«¿Cómo es que está tan tranquila?» Tiene su superplán de mudarse a Seattle, un bebé lo mandaría al traste. «Un momento...»
—¿Ése era tu plan? ¿Crees que si te dejo embarazada me iré contigo? —Parezco una fanática de las teorías conspiranoicas, pero tiene sentido.
Se vuelve, riéndose.
—¡¿No lo dirás en serio?! —replica, y cuando intenta abrazarme me aparto.
—Muy en serio.
—Es de locos. Cariño, ven aquí. —Intenta cogerme otra vez, pero la esquivo y me voy al extremo opuesto del jacuzzi.
El dolor le cruza la cara como una señal fluorescente y se tapa las tetas con las manos.
—Es a ti a quien se le ha ocurrido lo del tratamiento aun cuando dices odiar a los niños y ahora me dices que intento cazarte quedándome embarazada. —Menea la cabeza sin poder creérselo—. Pero ¿tú te has oído?
«No serías la primera chalada en intentarlo.»
Trato de acercarme un poco pero se pone de rodillas en el asiento para apartarse. La miro impasible y no digo nada.
Me observa con los ojos llenos de lágrimas, se levanta y sale del jacuzzi.
—Voy a ducharme.
Desaparece en el dormitorio. Primero cierra de un portazo la ventana y luego da otro con la puerta del baño.
—¡Mierda! —grito, y le doy un manotazo al agua caliente deseando que me lo devuelva.
Tengo que empezar a escuchar lo que digo. No es una loca a la que no conozco de nada. Es Santana. ¿Qué coño me pasa? Estoy paranoica. Me siento tan culpable por todo el rollo de Seattle que estoy perdiendo el juicio. El poco que me queda, vaya. Tengo que arreglarlo, o al menos intentarlo. Se lo debo, y más después del modo en que acabo de acusarla de la tontería más grande del universo. Irónicamente, y por retorcido que parezca, desearía nunca haberle propuesto lo del tratamiento pero era una medida desesperada, cuando pensé que podría perderla, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por reternerla a mi lado.  
Si. Si. Si es verdad. Lo que sucede es que no quiero que me deje y no se me ocurre otra manera de hacer que se quede. Pero, desde luego, un bebé no es la solución. He hecho todo lo posible menos encerrarla a cal y canto en el  apartamento. Sí, se me ha pasado por la cabeza un par de veces, pero no
creo que le haga ninguna gracia. Además, probablemente tendría déficit de vitamina D. Y dejaría de hacer yoga... y de ponerse esos pantaloncitos.
Tengo que entrar y pedirle perdón por haberla avergonzado de ese modo y haberme comportado como una imbécil antes de que vuelva mi familia. A lo mejor tengo suerte y se pierden unas horas en el bosque. Sin embargo, primero tengo que hacer una cosa. Salgo del jacuzzi y me meto en la habitación.
Hace un frío que pela ahora que sólo llevo puesta las bragas empapadas. Miro mi móvil y la puerta del baño. Oigo correr el agua de la ducha, así que cojo el teléfono y una manta del respaldo de la silla y salgo otra vez al balcón.
Busco entre mis contactos el nombre de «Samuel». Ahí estuve rápido. No sé por qué guardé el número de esa mujer. Supongo que porque sabía que acabaría metida en un embrollo y tendría que volver a llamarla. Cambié el nombre por si Santana volvía a registrar mis cosas, puesto que sabía que lo haría. Creía que me había descubierto cuando me preguntó por qué había borrado el registro de

llamadas y me oyó gritándole a Kitty por teléfono. En cierto modo, estoy segura de que preferiría ver a Kitty antes que a esta persona en mi lista de llamadas.
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Mensaje por 3:) el Vie Ago 05, 2016 10:26 pm

en serio britt cayendo en lo mas bajo para retener a san en serio,..
a ver que pasa en su viaje,.. britt tiene que rever que va a pasar con la mudanza de san si cede o no,..
a ver si ya dani no jode mas ya aburre y mucho,...
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Mensaje por JVM el Sáb Ago 06, 2016 1:30 am

Pues digamos que el viaje empezó medio bien.... Pero Britt se aloca y que ahora del tratamiento le eche la culpa a San no se vale, porque fueron juntas !!!
Y quien sera Samuel????? .... Espero que no se una tontería más.
Esperó le pida disculpas a San y deje de cagarla
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Mensaje por micky morales el Sáb Ago 06, 2016 9:25 am

Estoy casi segura que samuel es sandra, la chica del alquiler del apartamente en seattle, Brittany esta haciendo de todo para que Santana no se mude, pero me pregunto yo pq carajos si tanto la ama no se larga con ella????? espero por el cielo que ya Dani no aparezca mas, es cierto lo del comentario anterior, ya aburre!!!!
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Ago 06, 2016 8:21 pm

Capítulo 26
Santana

 
No me puedo creer que Brittany haya tenido la poca vergüenza de acusarme de intentar quedarme embarazada o de pensar siquiera que sería capaz de hacerle algo así, a sus espaldas..., a ella y a mí misma. Es totalmente absurdo.
Todo iba muy bien —demasiado bien, la verdad—, hasta que ha mencionado lo del embarazo.
Debe de sentirse frustrada con todo este lío de Seattle y por eso ha reaccionado de manera tan exagerada, y puede que yo también. Después del cabreo que me he cogido tras los groseros comentarios de Brittany y de que haya echado a perder nuestro... momento en el jacuzzi, necesito una ducha de agua
caliente. Segundos más tarde, el agua empieza a surtir su efecto en mis tensos músculos, me relaja los nervios y me aclara las ideas. Ambas hemos reaccionado de manera exagerada, ella más que yo, y la discusión era totalmente innecesaria. Alargo la mano para coger el champú, y entonces me doy cuenta de que estaba tan centrada en alejarme de ella que he olvidado coger mi neceser. Genial.
—¿Brittany? —la llamo.
Dudo que me oiga con el ruido de la ducha y del jacuzzi, pero aparto la cortina de flores y espero a que aparezca por si acaso. Al cabo de unos segundos, al ver que no lo hace, cojo la toalla y me cubro con ella. Dejando un rastro de agua a mi paso, me dirijo al dormitorio y me acerco hasta las maletas, que están sobre la cama. Entonces oigo la voz de Brittany.
No distingo lo que dice, pero sí su tono de fingida cortesía, lo que me lleva a la conclusión de que está intentando ser amable y ocultar su frustración. Y eso me lleva a la conclusión de que le importa lo suficiente esa conversación como para no ser ella misma. Recorro a hurtadillas el suelo de madera y, como tiene puesto el altavoz, oigo que alguien dice: —Porque soy agente inmobiliaria, y mi trabajo es llenar apartamentos vacíos.
Brittany suspira.
—Vale, y ¿tienes algún apartamento más que llenar? —pregunta.
Un momento... ¿Brittany está intentando conseguirme un apartamento? La idea me deja pasmada a la par que emocionada. Por fin empieza a ceder con lo de Seattle y está tratando de ayudarme en lugar de ponerme trabas. Ya era hora.
La mujer al otro lado del teléfono, cuya voz, por cierto, me resulta bastante familiar, responde: —Cuando hablé contigo me diste la impresión de que no debía perder el tiempo buscándole un apartamento a tu amiga Santana.
«¿Qué? Espera... Entonces ¿ella...?»
No sería capaz.
—En realidad..., no es tan horrible como te la pinté. No ha destrozado ningún apartamento ni se ha marchado sin pagar —dice, y se me cae el alma a los pies.
Sí ha sido capaz.
Cruzo las puertas del balcón hecha una furia.
—¡Eres una cerda egoísta! —Grito lo primero que me viene a la cabeza.
Brittany se vuelve hacia mí, pálida y con la boca muy abierta. Se le cae el teléfono al suelo y me mira como si fuese una especie de horrible criatura que ha venido para acabar con ella.
—¿Hola? —dice la voz de Sandra a través del altavoz, y ella se agacha para coger el teléfono y silenciarla.
La furia me invade.
—¿Cómo has podido? ¿Cómo has podido hacer algo así?
—Es que... —empieza.
—¡No! ¡Ni se te ocurra hacerme perder el tiempo con tus excusas! ¡¿En qué diablos estabas pensando?! —grito agitando frenéticamente un brazo en su dirección.
Corro echando humo de nuevo al dormitorio y ella me sigue, rogándome:
—Santana, escúchame.
Me vuelvo herida, y fuerte, y dolida, y airada.
—¡No! Escúchame tú a mí, Brittany —digo con los dientes apretados intentando bajar la voz. Pero no puedo—: ¡Estoy harta de esto! ¡Estoy harta de que intentes sabotear todo aquello de mi vida que no tiene que ver contigo! —grito apretando los puños con fuerza a los costados.
—No es eso lo que...
—¡Cállate! ¡Cierra la maldita boca! Eres una egoísta y una arrogante..., eres... ¡Grrr! No pienso con claridad. No paro de echar pestes por la boca y de agitar las manos en el aire delante de mí.
—No sé en qué estaba pensando. Pero justo estaba intentando solucionarlo.
Lo cierto es que no debería sorprenderme. Debería haber imaginado que Brittany estaba detrás de la repentina desaparición de Sandra. No es capaz de dejar de interferir en mi vida, en mi carrera, y ya estoy harta.
—Exacto; justo a eso me refería. Siempre haces algo. Siempre me ocultas algo. Siempre encuentras nuevas maneras de controlar todo lo que hago, ¡y ya no lo aguanto más! Esto es demasiado.
—No puedo evitar pasearme de un lado a otro de la habitación, mientras Brittany me observa con cautela
—. Puedo soportar que seas un poco sobreprotectora y que te pelees de vez en cuando. Mierda, puedo soportar que seas una auténtica imbécil la mitad del tiempo porque en el fondo sé que sólo haces lo que crees que es mejor para mí. Pero estás intentando arruinar mi futuro, ¡y no pienso permitirlo, joder!
—Lo siento —dice. Y sé que lo dice de verdad, pero...
—¡Siempre lo sientes! Siempre es la misma mierda: haces algo, me ocultas algo, dices algo, lloro, dices que lo sientes y, ¡hala!, todo olvidado —digo apuntándola con un dedo—. Pero esta vez no va a ser así.
Siento una tremenda necesidad de darle un bofetón en toda la cara pero, en lugar de hacerlo, busco algo con lo que descargar mi ira. Agarro un almohadón con volantes de la cama y lo tiro contra el suelo. Cojo otro y hago lo mismo. No ayuda mucho a sofocar la rabia que me quema por dentro, pero me sentiría aún peor si destrozara alguna de las cosas de Karen.
Esto es agotador, y no sé cuánto más voy a poder aguantar sin venirme abajo.
A la mierda. No pienso venirme abajo esta vez. Estoy harta de hacerlo, es lo que hago siempre.
Necesito recoger mis propios pedazos, recomponerlos y apartarlos de Brittany para evitar que terminen de nuevo hechos añicos a sus pies.
—Estoy harta de este círculo vicioso. Te lo he dicho mil veces, pero no me escuchas. Siempre encuentras la manera de continuarlo, y no puedo más. ¡Se acabó! Creo que jamás había estado tan enfadada con ella. Sí, ha hecho cosas peores, pero siempre las he superado. Nunca antes habíamos estado en esta situación, una situación en la que yo pensaba que ella había dejado de ocultarme cosas, y en la que creía que había entendido que no puede interferir en mi
carrera. Esta oportunidad es muy importante para mí. He sido testigo toda mi vida de lo que le pasa a una mujer que no tiene nada propio. Mi madre nunca ha tenido nada que haya conseguido por sí misma, algo que fuera suyo, y yo necesito eso. Necesito hacer esto, necesito demostrar que, a pesar de ser joven, puedo labrarme un porvenir por mí misma, cosa que ella no fue capaz de hacer. No puedo permitir que nadie me arrebate esta oportunidad como lo hizo ella.
—¿Se acabó... lo nuestro? —pregunta con voz temblorosa y entrecortada—. Has dicho que se acabó...
No sé qué es lo que se ha acabado. Debería ser lo nuestro, pero sé que no debo decir eso ahora mismo. Normalmente, a estas alturas ya estaría llorando y perdonándola con un beso..., pero hoy no.
—Joder, estoy agotada y no lo soporto. ¡Las cosas no pueden seguir así! ¡Ibas a dejar que me fuese a Seattle sin un sitio donde vivir para forzarme a quedarme aquí!
Brittany se coloca delante de mí, en silencio. Respiro hondo esperando que mi ira disminuya, pero no lo hace. No para de aumentar hasta que prácticamente empiezo a verlo todo rojo. Cojo el resto de los almohadones e imagino que son floreros de cristal que se estrellan contra el suelo formando un estropicio para que otro lo recoja. El problema es que acabaría siendo yo quien lo hiciera. Ella no se
arriesgaría a cortarse para evitar que me cortase yo.
 —¡Lárgate! —le grito.
—No, lo siento, ¿vale? Yo...
—¡Que te largues! —escupo, y ella me mira como si no me conociera de nada.
Y puede que así sea.

Deja caer los hombros y sale de la habitación. Cierro la puerta de golpe cuando lo hace y me dirijo al balcón. Me siento en la silla de mimbre y observo el mar para intentar relajarme. No tengo lágrimas, sólo recuerdos. Recuerdos y arrepentimientos.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Ago 06, 2016 8:21 pm

Capítulo 27
Brittany

 
Sé que está agotada, lo veo en su cara cada vez que la cago. La pelea con Dany, la mentira sobre mi expulsión..., cada metedura de pata por mi parte le va pasando factura; ella cree que no me doy cuenta, pero sí lo hago.
¿Por qué habré puesto el altavoz? De no haberlo hecho, podría haber resuelto esta mierda y haberle contado mi cagada después de haberlo solucionado todo. Así no se habría cabreado tanto. No pensé en cómo reaccionaría Santana cuando lo descubriera, y desde luego no me planteé dónde viviría si no cambiaba de idea con respecto a lo de trasladarse. Supongo que estaba convencida de que,
con lo obsesa del control que es, acabaría posponiendo su viaje si no tenía ningún sitio donde quedarse. «Bien hecho, Brittany.» Tenía buenas intenciones; es decir, en su momento no, pero ahora sí. Sé que no debería haber interferido en su búsqueda de apartamento en Seattle, pero me estoy agarrando a un clavo ardiendo para que no me deje. Sé lo que pasará en Seattle, y que no va a acabar bien. Fiel a mi naturaleza, golpeo con el puño la pared junto a la escalera.
—¡Joder!
Fiel a mi suerte, ésta no es de yeso laminado, sino de madera maciza, y duele que te cagas. Me froto el puño con la otra mano y tengo que obligarme a no repetir mi estúpida reacción. Afortunadamente no me he roto nada. Me saldrán moratones, pero ya estoy más que acostumbrada. «Estoy harta de este círculo vicioso. Te lo he dicho mil veces, pero no me escuchas.» Bajo la escalera dando fuertes pisadas y me tiro en el sofá como una niña enojada. Eso es justo lo que soy, una niña de mierda. Ella lo sabe, yo lo sé..., ¡joder, todo el mundo lo sabe! Debería estampármelo en una puta camiseta.
Debería volver arriba y tratar de explicarme de nuevo pero, sinceramente, me da un poco de miedo.
Nunca la había visto tan cabreada.
Tengo que largarme de aquí. Si Santana no me hubiese obligado a viajar fingiendo que somos una familia feliz, me marcharía ahora mismo y acabaría con este puto paripé. Yo no quería venir. Lo del barco no ha estado mal del todo... Pero el viaje en general es una mierda, y ahora que está cabreada conmigo no tiene ningún sentido que me quede. Miro al techo sin saber qué debo hacer. No puedo quedarme aquí sentada, y sé que si lo hago acabaré subiendo y tensando más la cuerda con Santana. Iré a dar un paseo. Eso es lo que hace la gente normal cuando está cabreada en lugar de golpear paredes y romper trastos.
Antes tendré que vestirme, pero si vuelvo a la habitación me asesinará.
Suspiro mientras subo la escalera. Si no estuviera tan confundida por el comportamiento de Santana, me importaría más lo que estoy a punto de hacer.
Abro la puerta del dormitorio de Ryder y pongo los ojos en blanco al instante. Tiene toda su ropa perfectamente colocada encima de la cama; seguro que se disponía a guardarla en el armario antes de que su madre y mi padre lo arrastraran consigo. Me revuelvo al ver las espantosas prendas y busco desesperadamente algo que no lleve un maldito cuello. Por fin encuentro una camiseta azul lisa y un pantalón de chándal negro. «Genial.» Ahora he tenido que recurrir a compartir ropa con Ryder. Espero que la furia de Santana no dure demasiado pero, por primera vez, no sé qué va a pasar. No esperaba que reaccionara tan mal, y no me refiero a las cosas que me ha dicho, sino a la manera en que me miraba todo el tiempo. Esa mirada expresaba mucho más de lo que podría expresar por la boca y, de hecho, me ha asustado mucho más que cualquier palabra que pudiera haberme dicho. Miro hacia la puerta de lo que era nuestra habitación hasta hace veinte minutos, vuelvo a bajar la escalera y salgo a la calle. Apenas he llegado al sendero cuando aparece mi hermanastro favorito. Al menos, viene solo.
—¿Y mi padre? —le pregunto.
—¿Llevas puesta mi ropa? —responde claramente confundido.
—Eh..., sí. No tenía elección, no te emociones. —Le quito importancia, sabiendo por la sonrisa que se ha dibujado en su rostro que estaba a punto de hacer justo eso.
—Vale... ¿Qué has hecho esta vez?
«¡Pero ¿qué cojones...?!»
—¿Qué te hace pensar que he hecho algo?
Enarca una ceja.
—Sí, ..., he hecho algo. Una estupidez enorme —farfullo—. Pero no quiero oír tus sermones, así que no te preocupes.
—Vale. —Se encoge de hombros y empieza a alejarse de mí.
Esperaba algunas palabras por su parte, a veces no se le da mal dar consejos.
—¡Espera! —grito, y se vuelve—. ¿No vas a preguntarme el qué?
—Acabas de decir que no quieres hablar de ello —responde.
—Ya, pero... Bueno... —No sé qué decir, y me está mirando como si me hubiesen salido dos cabezas.
—¿Quieres que te lo pregunte? —Parece satisfecho, pero por suerte no está siendo demasiado idiota.
—Soy la responsable... —empiezo, pero justo entonces veo que Karen y mi padre vienen caminando por el sendero.
—¿La responsable de qué? —pregunta Ryder volviéndose para mirarlos.
—De nada, olvídalo —suspiro, y me paso los dedos por el pelo húmedo con frustración.
—¡Hola, Brittany! ¿Dónde está Santana? —dice Karen.
¿Por qué todo el mundo me pregunta eso como si fuera incapaz de alejarme más de metro y medio de ella?
El creciente dolor que siento en el pecho me recuerda precisamente eso: no puedo estarlo.
—Dentro, durmiendo —miento, y me dirijo a mi hermanastro—. Voy a dar un paseo. Asegúrate de que está bien.
Él asiente.
—¿Adónde vas? —me pregunta mi padre mientras paso por su lado.
—Por ahí —espeto, y acelero el paso.
Para cuando llego a una señal de stop unas cuantas calles más allá, me doy cuenta de que no tengo ni puta idea de adónde voy ni de cómo volver al punto de partida. Sólo sé que llevo caminando un rato y que todas estas calles son engañosamente ventosas. Oficialmente, detesto este lugar. No me parecía tan mal mientras observaba cómo el viento mecía ligeramente el cabello de Santana.
Ella tenía la mirada fija en el agua brillante, con los labios curvados formando una pequeña sonrisa de satisfacción. Parecía muy relajada, como las mansas olas alejadas de la orilla, tranquilas y serenas, hasta que nuestro barco perturbó su paz. A nuestro paso, las aguas rugían y azotaban los costados de nuestra
embarcación con furia. Pronto volverían a su estado de sosiego, hasta que otra llegara para molestarlas. De repente, una voz femenina interrumpe la visión de la piel bronceada de Santana: —¿Te has perdido o algo?
Para mi sorpresa, cuando me doy la vuelta me encuentro con una chica que parece de mi edad, más o menos. Tiene el pelo castaño, casi tan largo como Santana. Está aquí sola de noche. Me vuelvo para mirar a nuestro alrededor. No hay nada, sólo una carretera de gravilla vacía y el bosque.
—¿Y tú? —respondo, no sin antes percatarme de que viste una falda larga.
Me sonríe y se aproxima. Debe de faltarle un tornillo o algo para estar aquí en medio de la nada preguntándole a una completa desconocida con un aspecto como el mío si se ha perdido.
—No. Estoy huyendo —contesta, y se coloca el pelo detrás de la oreja.
—¿Huyendo? ¿Con veinte años?
Pues más le vale mover el culo. Lo último que necesito es toparme con un padre cabreado en busca de su pedante hija.
—No. —Se echa a reír—. He vuelto de la universidad para visitar a mis padres, y me están matando de aburrimiento.
—Vaya, me alegro por ti. Espero que tu sendero de libertad te conduzca hasta Shangri-la —respondo, y empiezo a alejarme de ella.
—Vas en la dirección equivocada —me advierte.
—Me da igual —replico.

Y gruño cuando oigo sus pasos crujiendo en la gravilla por detrás de mí.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Ago 06, 2016 8:22 pm

Capítulo 28
Santana

 
Estoy más que harta de pelear con Brittany. No sé muy bien qué hacer ahora, qué medidas tomar. La he estado siguiendo por el camino que hemos recorrido durante meses, y me temo que no llegamos a ninguna parte. Ambas estamos tan perdidas como al principio.
 —¿Santana? —La voz de Ryder cruza la habitación y sale hasta el balcón.
—Estoy aquí —respondo, y me siento aliviada de haberme puesto unos shorts y una sudadera encima.
Brittany siempre se burla de mí cuando lo hago, pero en momentos como éste resulta cómodo, ya que no tienes ni demasiado frío ni demasiado calor.
—Hola —dice mientras sale y se sienta en la silla que tengo al lado.
—Hola. —Lo miro un instante antes de volver a fijar la vista en el agua.
—¿Estás bien?
Me tomo un momento para reflexionar sobre su pregunta: ¿estoy bien? No. ¿Lo estaré? Sí.
—Sí, esta vez creo que sí.
Me llevo las rodillas al pecho y las envuelvo con mis brazos.
—¿Quieres hablar de ello?
—No. No quiero fastidiar el viaje con mis dramas. Estoy bien, de verdad.
—Vale, pero que sepas que, si necesitas hablar, estoy aquí para escucharte.
—Lo sé.
Lo miro y él me sonríe para infundirme ánimos. No sé cómo voy a apañármelas sin él. De repente, abre unos ojos como platos y señala algo.
—¿Eso no es...?
Sigo la dirección de su mirada.
—¡Ay, madre!
Me levanto corriendo, recojo las bragas rojas que flotan en el jacuzzi y me las meto en el acto en el
bolsillo delantero de mi sudadera.
Ryder se muerde el labio inferior para contener la risa, pero yo no puedo refrenar la mía. Ambos nos reímos a carcajadas: las suyas, auténticas; las mías, de humillación. Pero prefiero mil veces reírme con Ryder a mis típicos lloros tras pelearme con Brittany.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por 3:) el Sáb Ago 06, 2016 9:20 pm

Bueno ya era mucho tiempo en que britt no hacia cagadas pero esta fue una de las más fuerte que puede llegar a hacer...
Quien es esta niña ahora??? Y llega a shangri la britt??? Jajaja
A ver que pasa y si se arreglan...??
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por micky morales el Sáb Ago 06, 2016 9:35 pm

Bueno, se que parece grave, pero no lo es tanto a mi parecer, ademas estaba tratando de arreglarlo!!!! no es como para terminar la relacion, no hay que ser tan extremista!!!!
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por JVM el Dom Ago 07, 2016 1:41 am

San tiene razón Britt no puede seguir haciendo cosas que afecten su vida de esa forma, si lo iba a "solucionar" otra vez pero si no hubiera podido que hubiera hecho?? Aunque creó que de cierta forma Britt esta reaccionando hace cosas que no debe pero se esta dando cuenta y lo cambia.
Haber que hace San, que decisión toma, y la chica que encontró Britt esperó no le traiga mas problemas!
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