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Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Ago 09, 2016 11:01 pm

Capítulo 40
Brittany

 
Quería herirla, quería que se sintiera como una mierda, como yo me he sentido cuando he levantado la vista de la mesa y la he visto riéndose. Estaba partiéndose el culo cuando debería haber estado sentada delante de mí esforzándose por llamar mi atención. Actuaba como si no le importara en absoluto que me estuviera acercando a Lillian. Estaba demasiado concentrada en el puto camarero y en lo que cojones le estuviera diciendo.
Así que mi cabeza ha empezado a rebuscar pensamientos detestables con la intención de escoger alguno que acabase con ella. Me ha venido a la mente la frase que Lillian me ha dicho esta mañana y ha avivado mi furia, así que la he soltado sin pensar: «Existe una gran diferencia entre no ser capaz de vivir
sin alguien y amarla». Casi me dan ganas de retirar mis palabras... Casi. Se las merece. De verdad que se las merece. No debería haber dicho que no quería que fuera a Seattle con ella. Me ha dicho que me he vuelto contra ella, y eso no es cierto. Estoy aquí para ella, de su parte. Es ella la que intenta dejarme cada vez que tiene una puta oportunidad.
—Me largo —anuncio cuando llego a la mesa.
Seis pares de ojos me miran, y Ryder pone los suyos en blanco antes de volverse hacia la puerta.
—Está fuera —le digo con tono sarcástico.
Por mí puede salir ahí y tratarla con guantes de seda si quiere; desde luego, yo no voy a hacerlo.
—¿Qué le has hecho esta vez? —se atreve a preguntarme delante de todo el mundo.
Lo fulmino con la mirada.
—Métete en tus malditos asuntos.
—Brittany —me advierte mi padre. El también, no... Parece ser que todo el puto mundo está en mi contra. Más le vale a mi padre no soltarme ningún sermón.
—Me voy contigo —dice Lillian poniéndose de pie.
—No —le espeto, pero no me hace caso y me sigue mientras recorro el restaurante y salgo por la puerta.
—¿Qué narices ha pasado? —pregunta cuando salimos.
Sin aminorar el ritmo, grito por encima del hombro:
—¡Que estaba ahí fuera con ese puto tío, eso es lo que ha pasado!
—¿Y bien? ¿Qué te ha dicho cuando le has explicado que no soy una amenaza?
Tropieza ligeramente con sus altos tacones, pero no me paro para ayudarla mientras intento decidir adónde coño ir. Sabía que debería haber venido hasta aquí en mi propio coche, pero no, Santana tenía que salirse con la suya. Como de costumbre.
—No se lo he contado.
—¿Por qué no? ¿Sabes qué estará pensando en estos momentos?
—Me importa una mierda lo que piense. Espero que piense que estoy follando contigo.
Se detiene.
—¿Por qué? Si la quieres, ¿por qué ibas a querer que pensara eso?
Genial. Ahora Lillian también se pone contra mí. Me vuelvo hacia ella.
—Porque tiene que aprender que...
Levanta una mano.
—Para. No sigas por ahí porque ella no tiene que «aprender» nada. Tengo la impresión de que eres tú la que tiene que aprender algo. ¿Qué le has dicho a la pobre chica?
—Le he dicho lo que me has dicho tú esta mañana sobre que hay una diferencia entre no ser capaz de vivir sin alguien y amarla —le respondo.
Ella sacude la cabeza confundida.
—¿Le has dicho eso refiriéndote a que no puedes vivir sin ella pero que no la quieres?
—Sí, te lo acabo de decir.
Será mejor que Santana Dos se pire porque me está poniendo de los nervios, igual que la original.
—Vaya cagada —dice, y se echa a reír.
«Y ¿encima se ríe de mí?»
—¿Qué tiene tanta gracia? —digo prácticamente gritando.
—No tienes ni idea —se burla ella—. Cuando te he dicho eso esta mañana no me estaba refiriendo a ti. Estaba hablando de ella. Quería decir que sólo porque creas que ella no puede vivir sin ti no significa que te ame.
—¿Qué?
—Das por hecho que está tan loca por ti que no te va a dejar porque no puede vivir sin ti, cuando en realidad parece que lo que sucede es que la tienes atrapada y por eso no puede dejarte; no porque te quiera, sino porque has hecho que sienta que no puede estar sin ti.
—No..., ella me quiere. —Sé que me quiere, y por eso sé que aparecerá buscándome de un momento a otro.
Lillian extiende los brazos.
—¿Ah, sí? ¿Por qué iba a quererte cuando haces cosas para herirla a propósito?
Ya he tenido suficiente.
—Tú no estás en posición de sermonear a nadie. —Extiendo los brazos en el aire con tanta furia como ella hace un momento—. ¡Probablemente tu novia se esté follando a otra persona mientras tú estás aquí intentando mediar entre Santana y yo como si fueras un consejero matrimonial! —bramo.
Lillian abre unos ojos como platos y empieza a retroceder... del mismo modo que Santana lo ha hecho hace tan sólo unos minutos. Sus ojos azules comienzan a llenarse de lágrimas que brillan en la oscuridad. Sacude la cabeza y pone rumbo al aparcamiento del restaurante.
—¡¿Adónde vas?! —grito a través del viento.
—Adentro. Puede que Santana sea tan idiota como para aguantarte, pero yo no.
Por un instante casi sigo a esta chica a la que consideraba mi... ¿amiga? No lo sé, pero sentía que podía confiar en ella a pesar de que la conocí ayer.

A la mierda: no pienso seguir a nadie. Ni a Santana ni a Santana Dos. Por mí pueden irse al infierno. No necesito a ninguna de ellas.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Ago 09, 2016 11:04 pm

Capítulo 41
Santana

 
Me duele el pecho, tengo la garganta seca y la cabeza me da vueltas. Básicamente, Brittany acaba de decirme que no me quiere y que sólo viene detrás de mí para acostarse conmigo. Lo peor de todo es que estoy convencida de que no lo siente. Sé que me quiere, lo sé. A su manera, me quiere más que nada en el mundo. Me lo ha demostrado infinidad de veces durante los últimos meses. Pero también me ha demostrado que es capaz de cualquier cosa con tal de herirme, con tal de hacerme sentir débil, sólo porque tiene herido el orgullo. Si me quisiera como debería, no me haría daño a propósito. No puede ser cierto que sólo me quiera por el sexo. No me ve como un juguete sexual, ¿o sí? Con
ella, las verdades y las mentiras varían tanto como su estado de ánimo. No puede haberlo dicho en serio. Pero lo ha expresado con tanta convicción... Ni siquiera ha pestañeado. La verdad es que ya no lo sé. A pesar de todas las peleas, las lágrimas y los agujeros en nuestra relación, siempre me he aferrado a la débil certeza de que me quiere. Sin eso, no tengo nada. Y, sin ella, no tengo nada. La mezcla de nuestros temperamentos irracionales y explosivos y de nuestra juventud está resultando ser demasiado.
«Existe una diferencia entre no ser capaz de vivir sin alguien y amarlo.» Sus palabras me destrozan de nuevo. El aire de este lugar está demasiado cargado. Es demasiado denso y asfixiante, y las risas de los clientes se están volviendo siniestras. Busco una salida. Unas puertas de cristal que dan a un balcón están cerradas. Las abro y agradezco el aire fresco. Me siento ahí, mirando a la oscuridad, disfrutando de la paz de la noche y de mi propia mente, que se relaja.
No me doy cuenta de que la puerta se ha abierto hasta que Robert aparece a mi lado.
—Te he traído algo —dice, y levanta la botella de vino y la menea de manera juguetona. Se encoge ligeramente de hombros y una enorme sonrisa se dibuja en su rostro atractivo.
Me sorprendo sonriendo de manera sincera a pesar del hecho de que por dentro estoy gritando y acurrucada en un rincón, llorando.
—¿Vino de autocompasión? —pregunto, alargando los brazos para coger la botella de etiqueta blanca.
Es el mismo que Max ha pedido antes; debe de haber costado una fortuna.
Sonríe y me coloca el vino en las manos.
—¿Es que acaso hay otro tipo de vino?
La botella está helada, pero tengo las manos casi entumecidas por el frío de febrero.
—Vasos. —Sonríe, y se mete las manos en los profundos bolsillos de su mandil—. No me cabían copas de vino de verdad, así que he cogido esto. —Me entrega un pequeño vaso de poliestireno y yo lo sostengo mientras él descorcha la botella.
—Gracias.
El vino llena el vaso y me lo llevo a los labios en cuanto termina de servirlo.
—Podemos ir adentro si quieres. Ya hemos cerrado algunas secciones, así que podemos sentarnos allí —dice Robert, y bebe un trago.
—No sé... —suspiro, y dirijo la mirada hacia la mesa.
—Se ha marchado —dice con la voz llena de compasión—. Y ella también —añade—. ¿Quieres hablar de ello?
—La verdad es que no me apetece. —Me encojo de hombros—. Háblame de este vino —digo por proponer un tema neutro y menos deprimente.
—¿De este amiguito? Pues..., a ver..., es... ¿viejo y madurado hasta la perfección? —Se echa a reír, y yo también—. Se me da bien bebérmelo, pero analizarlo, no tanto.
—Vale, pues del vino no. Háblame de otra cosa —digo.
Levanto mi vaso y apuro el contenido lo más rápidamente posible.
—Pues... —dice mirando detrás de mí.
Se me hace un nudo en el estómago al ver su expresión nerviosa, y espero que Brittany no haya vuelto para escupirme más veneno. Cuando me vuelvo, veo que esta vez es Lillian quien está en el umbral, y parece no estar segura de si debería salir o no.
—¿Qué quieres? —le pregunto.
Estoy intentando controlar los celos, pero el vino que inunda mi organismo no actúa en beneficio de mis modales. Robert recoge mi vaso vacío justo cuando el viento lo vuelca y empieza a rellenarlo.
Tengo la sensación de que está tratando de mantenerse ocupado para evitar la dramática o incómoda situación que se avecina.
—¿Puedo hablar contigo? —pregunta ella.
—¿De qué tenemos que hablar? A mí me parece que está todo bastante claro.
Doy un sorbo al vino y dejo que el frío líquido inunde mi boca.
Para mi sorpresa, la chica no responde a mi mala actitud. Simplemente se aproxima a nosotros y dice: —Soy hetero.«¿Qué?» De no ser porque los ojos azul claro de Robert estaban fijos en mí, habría escupido el vino en el vaso. Desvío la mirada de él hacia ella y trago despacio.
—Es verdad. Tengo novio. Brittany y yo sólo somos amigas. —Frunce el ceño—. Si es que se nos puede llamar así.
Conozco esa mirada. Debe de haberle soltado alguna fresca.
—Entonces ¿por qué...? —empiezo. ¿Está siendo sincera?—. Antes estabais muy pegaditas.
—No. Ella estaba algo... supongo que podría llamarse sobón, como cuando ha puesto el brazo sobre el respaldo de mi silla. Pero sólo lo ha hecho para darte celos.
—Y ¿por qué iba a hacer eso? ¿A propósito? —pregunto. Sin embargo, conozco la respuesta: para hacerme daño, claro.
—Le dije que te lo contara. Siento que hayas pensado que había algo entre nosotras. No lo hay. Estoy saliendo con un chico.
Pongo los ojos en blanco y levanto la copa para que Robert me sirva más vino.
—Se te veía bastante cómoda siguiéndole la corriente —le espeto con crudeza.
—No era mi intención. No estaba pendiente de lo que estaba haciendo. Siento mucho que todo esto te haya hecho daño —dice con ojos sinceros y suplicantes.
Estoy buscando razones para echarle la bronca a esta chica, pero no se me ocurre ninguna. El hecho de que Lillian sea hetero es un gran alivio para mí, ojalá lo hubiera sabido antes, pero no cambia las cosas con Brittany. En todo caso, hace que su comportamiento sea aún peor, porque estaba intentando darme celos a propósito y, por si no fuera suficiente, me ha dicho las cosas más espantosas que se le han ocurrido. Verla flirtear con ella no me ha hecho ni la mitad de daño que oírla decir que no me quiere.
Robert me llena el vaso y yo bebo un pequeño sorbo mientras observo a Lillian.
—Y ¿qué te ha hecho cambiar de idea y decírmelo? La ha pagado contigo, ¿verdad?
Ella sonríe ligeramente y se sienta a la mesa con nosotros.
—Sí, lo ha hecho.
—Eso se le da muy bien —digo, y ella asiente.
Salta a la vista que está algo nerviosa, y yo no paro de recordarme que ella no es el problema, sino Brittany.
—¿Tienes más vasos? —le pregunto a Robert, y él asiente sonriéndome con orgullo.
Siento unas ligeras mariposas en el estómago. Seguro que es por el vino.
—En el bolsillo, no, pero puedo ir adentro a por uno —se ofrece amablemente—. De todas maneras, deberíamos entrar ya. Se te están poniendo los labios morados. Lo miro y a continuación desvío la mirada hacia los suyos. Son carnosos y rosados, y parecen muy suaves... ¿Por qué le estoy mirando los labios? Esto es lo que me pasa cuando bebo vino. Los labios que quiero mirar son los de Brittany, pero últimamente ella sólo los usa para gritarme.
—¿Está dentro? —le pregunto a Lillian, y ella niega con la cabeza—. De acuerdo, entremos entonces. De todos modos, tengo que rescatar a Ryder de esa mesa, especialmente de ese tal Max — digo sin pensar, y entonces miro a Lillian—. Mierda, perdona.
Ella me sorprende echándose a reír.
—No te preocupes. Sé que mi padre es un idiota, créeme.
No respondo. Puede que no sea una amenaza para mi relación con Brittany, pero eso no significa que me caiga bien, aunque en realidad parece bastante maja.
—¿Vamos a entrar o...? —Robert se vuelve sobre los talones de sus zapatos negros.
—Sí. —Apuro el resto de mi vino y me dirijo al interior—. Voy a buscar a Ryder. ¿Estás seguro de que podemos beber aquí? Vas con tu uniforme —le pregunto a mi nuevo amigo.
No quiero que tenga problemas. Estoy algo achispada, y la idea de que su padre lo arreste me hace reír.
—¿Qué pasa? —pregunta mirándome con curiosidad.
—Nada —miento.
Entramos en el comedor y Lillian y yo nos dirigimos a nuestra mesa. Apoyo las manos en el respaldo de la silla de Ryder y él se vuelve para mirarme.
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja mientras Lillian habla con sus padres.
Me encojo de hombros.
—Sí, supongo. —No lo estaría si no estuviera casi borracha después de tantas copas de vino como me he bebido—. ¿Quieres venir con nosotros? Vamos a quedarnos aquí a beber un poco de vino..., un poco más de vino. —Sonrío.
—¿Quiénes? ¿Ella también? —Ryder mira a Lillian, al otro lado de la mesa.
—Sí, es... es maja. —No quiero airear la vida personal de esta chica delante de todo el mundo.
—Le he dicho a Ken que iría a ver el partido con ellos a la cabaña de Max, pero si quieres que me quede lo haré.
—No... —Quiero que se quede, pero no me parece bien que cambie de planes por mí—. Tranquilo.
Es sólo que pensaba que igual te apetecía alejarte de ellos —susurro, y él sonríe.
—Y me apetece, pero a Ken le hace ilusión que vaya porque Max es del equipo contrario. Creo que piensa que será divertido ver cómo nos insultamos o algo. —Se inclina más hacia mí para que nadie nos oiga.
—. ¿Estás segura de que quieres quedarte a pasar el rato con ese chico? Parece simpático, pero seguramente Brittany intentará asesinarlo.
—Creo que sabe defenderse —le aseguro—. Que te diviertas viendo el partido.
Me agacho y pego los labios contra la mejilla de Ryder.
Me aparto al instante y me cubro la boca.
—Perdona, no tengo ni idea de por qué...
—No te preocupes. —Se ríe.
Miro hacia la mesa y siento un alivio tremendo al ver que todo el mundo está a lo suyo.
Afortunadamente, mi embarazosa muestra de afecto ha pasado desapercibida.
—Ten cuidado, ¿vale, Santana? Y llámame si me necesitas.
—Lo haré. Y tú vuelve aquí si te aburres.
—Descuida. —Sonríe.
Sé que no se aburrirá viendo el partido con Ken. Le encanta pasar el rato con la única figura paterna que ha tenido. Brittany, en cambio, no comparte su entusiasmo.
—Papá, ya soy mayorcita —oigo protestar a Lillian desde el otro lado de la mesa.
Max sacude la cabeza una vez con autoridad.
—No hay ninguna necesidad de que estés vagando por la calle. Te vienes a la cabaña con nosotros y punto.
No hay duda de que es uno de esos hombres a los que les encanta tener el control absoluto sobre todo el mundo. La desagradable sonrisa de superioridad que se dibuja en su rostro lo confirma.
—Vale —responde su hija, frustrada.
Mira a su madre, pero la mujer se queda callada. Si me hubiera tomado otra copa más de vino, le soltaría algo al muy idiota, pero no quiero ofender a Ken y a Karen.
—Santana, ¿tú vuelves con nosotros? —pregunta Karen.
—No. Me quedaré aquí un rato si os parece bien. —Espero que no le importe.
Veo que mira a Lillian y después mira detrás de mí, donde Robert me espera en la distancia. Tengo la sensación de que no tiene ni idea de la orientación sexual de Lillian y está enfadada por cómo Brittany se estaba comportando con ella. Adoro a Karen.
—Por supuesto. Diviértete —dice sonriendo con aprobación.
—Eso haré. —Le devuelvo la sonrisa y me alejo de la mesa sin despedirme de Max y de su mujer.
—Cuando quieras. A ella no la dejan quedarse —le digo a Robert en cuanto llego a su lado.
—¿Que no la dejan?
—Su padre es un idiota. En realidad me alegro, porque no estoy segura de qué siento hacia ella.
Me recuerda a alguien, pero no consigo saber a quién... —Dejo la frase a medias mientras sigo a Robert hacia una sección desocupada del restaurante.
En esta área cerrada del restaurante hay algunas mesas vacías, excepto por unas cuantas velas apagadas y los saleros y pimenteros.
Mientras nos sentamos me viene a la mente el rostro mutilado de Dany.
—¿Estás seguro de que no te importa pasar el rato conmigo? —le pregunto a Robert—. Brittany podría regresar, y tiene tendencia a agredir a la gente...
Él retira mi silla para que me siente y se ríe.
—Estoy seguro —responde.
Toma asiento enfrente de mí, rellena nuestros vasos de poliestireno con vino blanco y brindamos.
El blando material de los recipientes se dobla ligeramente y carece del chinchín de las copas de cristal.

Resulta agradable, a diferencia del resto de este restaurante tan hosco.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Ago 09, 2016 11:06 pm

Capítulo 42
Brittany

 
He llamado a todas las putas compañías de taxis que hay entre este lugar y la universidad para que alguien me lleve de vuelta a casa. A causa de la distancia, ninguna ha aceptado, claro. Podría coger el autobús, pero el transporte público no me va. Recuerdo lo malo que me ponía cada vez que Rachel me comentaba que Santana había cogido el autobús para ir al centro comercial o a Target. Incluso cuando no me gustaba —o eso pensaba yo—, me horrorizaba imaginármela sentada sola en el autobús con un montón de pervertidos.
Todo ha cambiado desde entonces, desde aquellos días en los que atormentaba sin cesar a Santana con la única intención de obtener una reacción por su parte. Su rostro cuando la he dejado en el balcón del restaurante..., puede que las cosas no hayan cambiado tanto. Yo tampoco he cambiado. Estoy torturando a la chica a la que amo. Eso es justo lo que estoy haciendo y, por lo visto, soy incapaz de parar. Pero no es culpa mía exclusivamente. También es culpa suya. No deja de atosigarme con que vaya a Seattle, y le he dejado bien claro que no pienso ceder en eso. En lugar de enfrentarse a mí, debería hacer las maletas y venirse conmigo a Inglaterra. No pienso quedarme aquí, independientemente de que me hayan expulsado o no. Estoy harta de Estados Unidos. Aquí todo me ha ido mal. Estoy harta de ver a mi padre constantemente, harta de todo lo que hay aquí.
—Vigila tus pasos, idiota —me sobresalta una voz de hombre en la oscuridad.
Esquivo a la figura antes de chocar contra ella.
—Vigila tú los tuyos —le contesto sin detenerme.
«¿Qué cojones hace este tío delante de la cabaña de Max?»
—¿Perdona? —dice, y yo me vuelvo para mirarlo justo cuando la luz con sensor de movimiento del porche de la cabaña se enciende.
Lo observo detenidamente: piel morena, pelo rizado, vaqueros rasgados, botas de motera...
—Déjame adivinar: Riley, ¿verdad? —Pongo los ojos en blanco y lo miro de nuevo.
Apoya una mano en su cadera.
—Y ¿quién coño eres tú?
—Sí, Riley. Si estás buscando a Lillian, no está aquí.
—¿Dónde está? Y ¿cómo sabes que la estoy buscando a ella? —me increpa con mala leche.
—Porque acabo de follármela.
Se pone tenso y baja la cabeza de manera que la oscuridad inunda sus rasgos.
—¿Qué acabas de decir? —replica, y viene hacia mí.
Ladeo la cabeza y lo miro.
—Joder, te estaba tomando el pelo. Está con sus padres en el restaurante que hay al final de la carretera.
Ella levanta la cabeza y se detiene.
—Vale, y ¿de qué la conoces?
—La conocí ayer. Su padre y el mío estudiaron juntos, creo. ¿Sabe ella que has venido?
—No. He intentado llamarla —dice, y hace un gesto en dirección al bosque que nos rodea—. Pero como está en medio de la puta nada, no me ha contestado. Probablemente el comemierda de su padre no la deja hablar conmigo.
Suspiro.
—Sí, no me extrañaría. ¿Crees que dejará que te vea?
Me mira con el ceño fruncido.
—¿No crees que eres demasiado cotilla? —Pero después sonríe con orgullo—. Sí, la dejará. Es un idiota, pero es aún más gallina, y me tiene miedo.
Unos faros iluminan entonces la oscuridad y me aparto sobre la hierba.
—Deben de ser ellos —le digo.
Al momento, el coche se detiene en el acceso.
Lillian prácticamente salta desde la puerta a los brazos de Riley.
—¿Cómo has llegado aquí? —dice casi chillando.
—En coche —responde su novio secamente.
—¿Cómo me has encontrado? Llevo toda la semana sin cobertura.
Entierra el rostro en el cuello de su novio y veo cómo la fachada de chico duro de Riley empieza a resquebrajarse mientras acaricia la espalda de Lillian con cariño.
—Es un sitio pequeño, nena, no ha sido tan difícil.
—Se aparta un poco para observar el rostro de Lillian.
—. ¿Me dirá algo tu padre por haber venido?
—No. Bueno, puede. Pero sabes que no te obligará a marcharte.
Me siento algo incómoda observando su encuentro, y carraspeo.
—Bueno, yo me largo —digo, y empiezo a alejarme.
—Adiós —dice Riley.
Lillian no dice nada.
Al cabo de unos minutos, llego a la cabaña de mi padre y recorro el sendero. Santana llegará en cualquier momento, y quiero estar dentro antes de que llegue el todoterreno. Seguro que está llorando,  y tendré que disculparme para que pare y me escuche. Apenas llego al porche cuando Karen y la madre de Lillian salen del coche.
—¿Dónde están los demás? —le pregunto buscando a Santana con la mirada.
—Tu padre y Ryder han ido a casa de Max para ver un partido en la tele.
—¿Y Santana? —El pánico me invade.
—Se ha quedado en el restaurante.
—¿Qué? —«Pero ¿qué coño...?» Esto no me lo esperaba.
— Está con él, ¿verdad? —pregunto a las dos mujeres, aunque ya sé la respuesta. Está con el capullo rubio que tiene al sheriff de padre.

—Sí —responde Karen, y si no estuviera atrapada con ella en medio de la nada le diría de todo por la sonrisita que está intentando ocultar. 
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Ago 09, 2016 11:08 pm

Capítulo 43
Santana

 
—Y ésa es básicamente la historia de mi vida —concluye Robert con una sonrisa.
Su sonrisa es cálida y sincera, casi infantil, pero de una manera encantadora.
—Eso ha sido... interesante. —Cojo la botella de vino de la mesa y la levanto para rellenar mi vaso. No sale nada.
—Mentirosa —bromea él, y me entra la risita de borracha.
La historia de su vida ha sido corta y dulce. Ni aburrida ni emocionante, simplemente normal. Creció con sus padres: su madre, la maestra de la escuela, y su padre, el sheriff. Después de graduarse en el instituto que hay a dos pueblos de aquí, decidió ir a la Facultad de Medicina. Sólo está trabajando aquí porque está en la lista de espera para entrar en el programa de medicina de la Universidad de Washington. Bueno, por eso y porque se saca bastante dinero trabajando en el restaurante más caro de la zona.
—Deberías haber ido a la WCU —le digo, y él niega con la cabeza.
Se levanta de la mesa y levanta el dedo índice en el aire para hacer una pausa en la conversación.
Me incorporo en mi silla mientras espero a que regrese. Apoyo la cabeza contra el respaldo de madera y miro hacia arriba. El techo de esta pequeña sección está pintado con nubes, castillos y querubines. La figura que tengo justo encima está dormida, con las mejillas sonrosadas y unos preciosos rizos rubios.
Parece una niña. Sus pequeñas alas blancas están casi planas mientras descansa. A su lado, una chica — o, al menos, eso creo— la está mirando. La observa con sus alas negras extendidas a su espalda. «Brittany.»
—De eso, nada —dice Robert de repente, interrumpiendo mis pensamientos.
—. Aunque quisieran, no ofrecen el plan de estudios que yo me propongo hacer. Además, el programa de medicina forma parte del campus principal de Seattle. En la WCU, tu campus de Seattle es mucho más pequeño. — Cuando levanto la cabeza, veo que tiene otra botella de vino en las manos.
—¿Has estado en el campus? —le pregunto, ansiosa por saber más cosas acerca de mi nuevo destino, y más ansiosa todavía por dejar de mirar las inquietantes imágenes de los angelitos del techo.
—Sí, una vez. Es pequeño, pero bonito.
—Se supone que tengo que estar allí el lunes, y aún no tengo ningún sitio donde vivir. —Me río.
Sé que mi mala planificación no debería ser cosa de risa, pero ahora mismo es lo que me inspira.
—¿Este lunes? ¿Sabes que estamos a jueves y que el lunes está a la vuelta de la esquina?
—Sí —asiento.
—¿Por qué no miras una residencia? —pregunta mientras descorcha la botella.
Buscar habitación en una residencia ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Pensaba...,bueno, esperaba que Brittany viniera conmigo, así que no las tenía en mente.
—No quiero vivir en el campus, y menos ahora que he conocido la independencia.
Asiente y empieza a servir el vino.
—Cierto, cuando pruebas la libertad, ya no hay vuelta atrás.
—Y que lo digas. Si Brittany viniera a Seattle... —Me detengo—. Olvídalo.
—¿Os habíais planteado continuar la relación a distancia?
—No, eso no funcionaría —le digo, y siento un dolor en el pecho—. Apenas funciona estando juntas. —Tengo que cambiar de tema antes de ponerme a gimotear—. Gimotear... —Qué palabra tan rara—. Gimotear —repito atrapándome los labios con el índice y el pulgar.
—¿Te diviertes? —Robert sonríe y deja un vaso lleno de vino delante de mí. Asiento, todavía riéndome—. He de admitir que hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien en el trabajo.
—Yo tampoco —coincido—. Quiero decir, si trabajase aquí... —Nada de lo que digo tiene sentido
—. No bebo muy a menudo... Bueno, ahora bebo más que nunca, pero no lo suficiente como para haber desarrollado tolerancia al alcohol, así que me emborracho bastante deprisa —canturreo, y levanto el vaso delante de mi cara.
—A mí me pasa lo mismo. No bebo mucho, pero cuando una chica guapa tiene una mala noche, hago una excepción —se aventura a decir, aunque se pone rojo como un tomate al instante—. Quería decir que..., eeehhh... —Se cubre la cara con las manos—. Parece que no soy capaz de controlar lo que digo contigo.
Alargo el brazo y le aparto las manos del rostro. Él se encoge un poco y, cuando me mira, sus ojos azules son tremendamente claros.
—Es como si pudiera leerte la mente —digo en voz alta sin pensar.
—A lo mejor puedes —susurra en respuesta, y su lengua se apresura a humedecer sus labios.
Sé que quiere besarme, lo leo en su rostro. Lo veo en sus ojos sinceros. Los ojos de Brittany son siempre tan cautelosos que tengo que esforzarme para interpretar su mirada, e incluso entonces nunca logro leerlos como me gustaría, como necesito hacerlo. Me inclino un poco más hacia Robert y la pequeña mesa sigue separándonos cuando él también se inclina hacia adelante.
—Si no la quisiera tanto, te besaría —digo en voz baja, sin apartarme pero sin acercarme más.
Por muy borracha que esté y por muy enfadada que esté con Brittany, no puedo hacerlo. No puedo besar a este otro chico. Quiero hacerlo, pero no puedo.
La comisura izquierda de su boca se eleva formando una sonrisa torcida.
—Y si yo no supiera cuánto la quieres, te dejaría hacerlo.
—Vale...
No sé qué más decir. Estoy muy borracha e incómoda, y no sé cómo comportarme delante de nadie que no sea Brittany, o Dany, aunque en cierto modo las dos se parecen bastante. Robert no se parece a nadie que haya conocido. Puede que a Ryder. Ryder es dulce y afable, y mi mente no para de evadirse del hecho de que casi me beso con alguien que no es Brittany.
—Lo siento. —Me incorporo en la silla y él hace lo propio.
—No te disculpes. Prefiero que no me beses a que lo hagas y luego te arrepientas.
—Eres raro —le digo. Ojalá hubiera escogido otra palabra, pero ya es demasiado tarde—. En el buen sentido —me corrijo.
—Tú también. —Se echa a reír—. Cuando te he visto con ese vestido pensaba que eras la típica niña rica y esnob sin personalidad alguna.
—Pues lo siento. Te aseguro que no soy rica. —Me río.
—Ni esnob —añade.
—Mi personalidad no está tan mal. —Me encojo de hombros.
—Bueno... —bromea con una sonrisa.
—Eres tremendamente agradable.
—Y ¿por qué no iba a serlo?
—No lo sé. —Empiezo a tocar mi vaso con el dedo—. Lo siento, sé que parezco una idiota.
Se queda extrañado por un instante y dice:
—No pareces ninguna idiota. Y no tienes por qué estar disculpándote todo el tiempo.
—¿A qué te refieres? —pregunto.
Apenas soy consciente de que he empezado a arrancar trocitos del borde del vaso de poliestireno y de que la mesa está llena de un montón de trocitos blancos.
—No paras de disculparte por todo lo que dices —replica—. Has dicho que lo sientes al menos diez veces durante la última hora. No has hecho nada malo, así que deja de disculparte. Sus palabras me avergüenzan, pero su mirada es amable y su voz no contiene el más mínimo tinte de enfado o de reproche.
—Lo siento... —digo de nuevo, recapacitando—. ¿Lo ves? No sé por qué lo hago.
Me coloco un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja.
—Yo me lo puedo imaginar, pero prefiero callármelo. Sólo quiero que sepas que no deberías tener que hacerlo —se limita a decir.
Inspiro hondo y luego suelto el aire. Es relajante poder charlar con alguien sin preocuparme de molestarlo todo el tiempo.
—Pero bueno, cuéntame más sobre tu nuevo trabajo en Seattle —dice, y le agradezco que cambie de tema.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por JVM el Miér Ago 10, 2016 1:42 am

Ay Britt Britt pfffff..... Ya llego a su límite y no creo que San le siga aguantando más. Aparte sus ideas están mal, todo lo que planea es en contra de lo que quiere San en vez de que ella ceda.
Y bueno Lililian y su novio son Britt y San, con algunos cambios pero su relación es casi idéntica.
Y Robert .... Un buen chico me cayo bien, haber como siguen las cosas con él....
Mientras esperó que Britt reaccione porque va a perder a Santana si sigue con sus estupideces.
Tristemente pienso que necesitan un tiempo separadas :(
Saludos, espero que estés bien. Y gracias por los capítulos :D, me hacia falta leer mas de uno, lo necesitaba jajajaja me quedo con ganas de seguir leyendo mas :P
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Mensaje por 3:) el Miér Ago 10, 2016 4:34 am

Estoy con san... Si no pueden estar ju tas mucho menos una relación a distancia sobretodo britt con el carácter que tiene aparte de celosa y pocesiba al extremo...!
Britt no mide la magnitud de las heridas que causa a los demás cúando ella esta lastimada... En esto Lili callo de rebote en el veneno de britt!!!
A ver como termina la noche... Mas estando san borracha jajaja
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Mensaje por micky morales el Miér Ago 10, 2016 7:36 am

Bueno, creo que esta relacion no da para mas, todos piensan siempre mal de Brittany, pero nadie parece ver que cada vez que Santana bebe quiere besar a quien tiene cerca, y yo me pregunto, eso es de alguien que ama y esta segura de sus sentimientos??? no lo creo, asi que.... bueno.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 1:48 am

Gracias por haber leido y pues como mi viaje se ha retrazado me da un tiempo para dejarles algunos capitulos mas, JMV siempre habra mas de un capitulo jajajajaj. saludos a todas..........


Capítulo 44
Brittany

 
—¡¿Adónde crees que voy a ir?! —le grito a Karen por el camino elevando las manos en el aire con frustración.
Ella desciende a medias los escalones del porche.
—No quiero entrometerme, Brittany —dice—, pero ¿no crees que deberías dejarla tranquila... por una vez? No quiero que te enfades, pero no me parece que vayas a conseguir nada bueno yendo allí y montando una escena. Sé que quieres verla, pero...
—¡Tú no sabes nada! —le espeto, y la mujer de mi padre inclina la cabeza un poco hacia atrás.
—Lo siento, Brittany, pero opino que esta noche deberías dejarla en paz —insiste, como si fuera mi madre.
—¿Para qué? ¿Para que pueda ponerme los putos cuernos?
Me tiro de las raíces del pelo totalmente frustrada. Santana ya se había tomado una copa —copa y media, para ser exactos— durante la cena, y ella no tolera bien el alcohol.
—Si eso es lo que piensas de ella... —empieza Karen, pero se detiene—. Olvídalo. Adelante, ve, como siempre. —Mira a la mujer de Max una vez y se alisa su vestido hasta las rodillas—. Pero ten cuidado, cariño —dice con una sonrisa forzada, y sube de nuevo la escalera junto a su amiga.
Superado ese dolor de cabeza, prosigo con mi plan original y marcho en dirección al restaurante.
Pienso sacar a Santana a rastras de allí, no literalmente, claro, pero vendrá conmigo. Esto es una mierda, y todo por  echarle la culpa si estaba embarazada por una estúpida idea que se me ocurrió para atarla a mi. Así es como empezó este torbellino en el que estamos metidas. Podría haber llamado a Sandra antes y haber solucionado lo del apartamento, o podría haberle buscado a Santana otro sitio donde vivir... Bueno, eso tampoco habría funcionado. Lo de Seattle
no puede ser. Me está costando más de lo que pensaba convencer a Santana, y ahora todo es mucho más complicado.
Todavía no me puedo creer que no haya bajado del coche con Karen y como cojones se llame la madre de Lillian. Estaba convencida de que estaría dispuesta a hablar conmigo. Es ese camarero... ¿Qué clase de influencia ha conseguido ejercer en ella para hacer que se quede en el restaurante en lugar de venir conmigo? ¿Qué ha visto en él?
Necesito pararme a ordenar mis pensamientos un momento, de modo que me detengo y me siento en una de las grandes rocas que decoran un extremo del jardín de Max. Puede que irrumpir en el restaurante no sea muy buena idea. Quizá debería pedirle a Ryder que vaya a por ella. A él lo escucha mucho más que a mí. Pero entonces maldigo mi estúpida idea, porque sé que no lo haría, se pondría del lado de su madre, me haría parecer débil y me diría que la dejara en paz.
No, no puedo hacerlo. Sentarme en esta roca fría de cojones durante veinte minutos ha empeorado las cosas en lugar de mejorarlas. No paro de pensar en cómo se apartaba de mí en el balcón y cómo se reía alegremente con él.
¿Qué voy a decirle? Ese tío parece la clase de idiota que intentaría evitar que me la llevara. No tendré que golpearlo. Si grito lo suficiente, Santana vendrá conmigo para evitar una pelea. O eso espero. Aunque en toda la noche no ha hecho nada de lo que había esperado. Esto es tan infantil..., mi comportamiento, mi manera de manipular sus sentimientos... Soy consciente, pero no sé qué hacer al respecto. La quiero, joder, la quiero muchísimo. Pero ya no sé qué más hacer para mantenerla a mi lado.
«En realidad parece que lo que sucede es que la tienes atrapada y por eso no puede dejarte; no porque te quiera, sino porque has hecho que sienta que no puede estar sin ti.»
Las palabras de Lillian se repiten en mi mente como un disco rayado mientras me levanto y sobrepaso el final del acceso. Hace un frío de cojones aquí afuera, y esta ridícula camisa es demasiado fina. Santana ha venido sin chaqueta, y ese vestido —ese vestido— es muy corto. Seguro que tendrá frío.
Debería ir a cogerle una...
¿Y si él le ofrece la suya? Los celos me invaden y mi mano forma un puño al pensarlo.
«... la tienes atrapada y por eso no puede dejarte; no porque te quiera...»
Al cuerno con Santana Dos y su psicoterapia de mierda. No tiene ni puta idea de qué está hablando.
Santana me quiere. Lo veo en sus ojos caramelos cada vez que me mira. Lo siento en las puntas de sus dedos cuando recorre la tinta que tiñe mi piel, cuando sus labios rozan los míos. Sé distinguir entre amar y estar atrapada, entre amar y ser adicta.  Me trago el ligero pánico que amenaza con apoderarse de mí de nuevo. Ella me quiere. Me quiere. Santana me quiere. De lo contrario, no sabría cómo asimilarlo. No podría. No podría vivir sin ella, no porque no la quiera, sino porque la necesito. Necesito que me quiera y que esté ahí para mí. Nunca había permitido que nadie se acercara a mí tanto como ella; es la única persona que sé que siempre me querrá incondicionalmente. Incluso mi madre se harta de mis estupideces a veces, pero Santana siempre me perdona. Da igual lo que haga, ella siempre está ahí para mí cuando la necesito. Esa chica tan cabezota, odiosa e intransigente lo es todo para mí.
—¿Qué haces aquí, acosadora? —oigo en la oscuridad.
—Venga, no me jodas —gruño.
Al volverme, me encuentro a Riley caminando por el sendero de la cabaña de Max. Necesito estar más atenta. Ni siquiera me había dado cuenta de que venía hacia mí.
—pero mujer, estás aquí fuera sola y a oscuras —me espeta.
—¿Dónde está Lillian?
—No es asunto tuyo. ¿Dónde está Santana? —responde con una sonrisa de petulancia.
Lillian debe de haberle contado nuestra pelea. Genial.
—No es asunto tuyo. ¿Qué haces aquí fuera?
—¿Y tú? —Es obvio que Riley tiene problemas de actitud.
—¿Es necesario que seas tan borde?
Asiente de manera exagerada varias veces.
—Sí. La verdad es que sí. —Pensaba que me iba a arrancar la cabeza de un bocado por haberlo llamado borde, pero no parece haberle importado. Seguro que es consciente de que lo es—. Y estoy aquí porque Lillian se acaba de quedar dormida. Y entre su padre y el tuyo y el petardo de tu hermanastro estoy a punto de vomitar.
—Y ¿no se te ocurre nada mejor que salir a pasear a oscuras en el mes de febrero?
—Llevo un abrigo. —Se tira del extremo inferior de la prenda para demostrarlo—. Voy a buscar el bar que he pasado de camino aquí.
—Y ¿por qué no vas en coche?
—Porque quiero beber. ¿Te parezco la clase de persona que quiera pasarse el fin de semana en la cárcel? —resopla, y pasa por mi lado. Se vuelve sin detenerse—. ¿Adónde vas tú?
—A por Santana. Está con un... Olvídalo. —Estoy harta de contarle a todo el mundo mis putos problemas.
Entonces, Riley se detiene.
—Eres una idiota  por no haberle dicho que Lil es hetero.
—Veo que te lo ha contado —digo.
—Me lo cuenta todo. Ha sido una auténtica idiotez  por tu parte.
—Es una historia muy larga.
—Pasas de mudarte a Seattle con Santana, y ahora —se coloca el pelo por encima del hombro—probablemente ella esté haciéndole una mamada a ese tío en los aseos del...
La sangre me arde y avanzo hacia el.
—Cierra la puta boca. No te atrevas a decirme esa mierda. —He de recordar que, aunque se expresa con el mismo vocabulario que yo, es un chico, y yo jamás caería tan bajo.
—Jode, ¿verdad? —me suelta tranquilamente, sin inmutarse ante mi arrebato—. Pues a ver si te acuerdas de esto la próxima vez antes de hacer algún comentario mordaz sobre follarte a mi novia.
Mi respiración se ha vuelto agitada y descontrolada. No puedo parar de imaginarme los carnosos labios de Santana sobre ese tío. Me tiro del pelo de nuevo y empiezo a caminar en círculos.
—Te está volviendo loca pensar que está con él, ¿verdad?
—Será mejor que dejes de provocarme —le advierto, y el se encoge de hombros.
—Salta a la vista. Oye, tal vez no debería haber dicho eso, pero esto lo has empezado tú, ¿recuerdas? —Al ver que no contesto, continúa—: Hagamos una tregua. Yo te invito a una copa, y tú puedes llorar por Santana todo lo que quieras mientras yo alardeo de lo buena que es Lillian con la boca.
Se acerca a mí, me tira de la manga e intenta arrastrarme por la calle. Veo los cutres farolillos de colores encima del techo de chapa del pequeño bar desde aquí.
Me suelto el brazo de un tirón.
—Tengo que ir a buscar a Santana.
—Una copa, y después te acompañaré como refuerzo. —Las palabras de Riley expresan mis pensamientos de hace unos minutos.
—¿Por qué? ¿Por qué quieres tomar algo conmigo? —Lo miro a los ojos y el se encoge de hombros de nuevo.
—En realidad, no quiero. Pero estoy aburrido, y tú estás aquí fuera. Además, por algún motivo que no entiendo, parece que a Lil le importas. —Me mira de arriba abajo—. La verdad es que no lo comprendo, pero le gustas, como amiga —dice Riley subrayando la palabra amiga—. Así que, sí, quiero impresionarla fingiendo que me importa una mierda tu relación condenada al fracaso.
—¿Condenada al fracaso? —Empiezo a seguirlo por la calle.
—De toda la parrafada que te he soltado, ¿eliges precisamente ese comentario? —Sacude la cabeza
—. Eres peor que yo.
Se ríe y yo me quedo callada. El muy exasperante me agarra de la camisa de nuevo y me dirige por el camino. Estoy demasiado ocupada pensando como para molestarme en soltarme.
¿Cómo puede pensar que estamos condenadas al fracaso si ni siquiera nos conoce ni a mí ni a ella? Nuestra relación no está condenada.

Sé que no es así. Yo estoy condenada, pero ella no. Ella me salvará. Siempre lo hace.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 1:50 am

"""""Quiereme cuando menos lo merezca, por que sera cuando mas lo necesite.....""""""



Capítulo 45

Santana

 
—Uf, la temperatura ha bajado por lo menos diez grados —dice Robert cuando salimos por la puerta.
El aire es gélido y me envuelvo con los brazos para intentar mantenerme caliente. Me mira con el ceño ligeramente fruncido.
 
—Siento no tener una chaqueta que ofrecerte... Y también siento no poder llevarte a casa en coche, pero he estado bebiendo. —Con una mirada de horror juguetona, añade—: Me temo que no estoy siendo muy caballeroso esta noche.
 
—No pasa nada, de verdad —digo con una sonrisa—. Estoy bastante borracha, así que tengo calor... Eso no tiene sentido. —Me río y lo sigo por la acera delante del restaurante—. Aunque debería haberme puesto otros zapatos.
 
—¿Nos los cambiamos? —bromea.
Le golpeo suavemente el hombro y él sonríe por enésima vez en lo que llevamos de noche.
 
—Tus zapatos parecen más cómodos que los de Brittany; sus botas son muy pesadas, y siempre las deja junto a la puerta, de modo que..., olvídalo. Avergonzada por mi último comentario, sacudo la cabeza para detenerme.
 
—Yo soy más un tío de deportivas —contesta para indicarme que no pasa nada.
 
—Yo también. Bueno, no soy un chico. —Me río de nuevo. El vino se me ha subido a la cabeza y no paro de decir todo lo que se me ocurre, tenga o no sentido—. ¿Sabes hacia dónde están las cabañas?
Alarga el brazo para detenerme cuando estoy a punto de entrar en el aparcamiento.
—¿Qué cabañas? Este pueblo está plagado de ellas.
—Pues... Hay una calle con un cartel pequeño y luego hay unas tres o cuatro cabañas más, y luego... ¿otra calle? —Intento recordar el camino al restaurante desde la casa de Ken y Karen, pero nada parece tener sentido.
—Eso no me da muchas pistas. —Se ríe—. Aunque podemos caminar hasta que la encontremos.
—De acuerdo, pero si dentro de veinte minutos no la hemos encontrado, me voy a un hotel — refunfuño, temiendo el paseo y la discusión que sin duda tendremos Brittany y yo cuando llegue. Y por discusión me refiero a una batalla verbal intensa, violenta y eterna. Especialmente cuando descubra que he estado bebiendo con Robert.
De repente, me vuelvo para mirarlo mientras caminamos en la oscuridad.
 
—¿Alguna vez te cansas de que la gente te diga lo que tienes que hacer todo el tiempo?
 
—Nadie lo hace pero, si lo hicieran, sí, me cansaría.
 
—Qué suerte. Yo tengo la sensación de que alguien siempre me está diciendo lo que tengo que hacer, adónde tengo que ir, con quién tengo que hablar, dónde tengo que vivir... —Dejo escapar el aliento y veo cómo se transforma en vaho en el aire frío—. Estoy empezando a hartarme.
 
—No me extraña.
Miro las estrellas por un instante.
 
—Quiero hacer algo al respecto, pero no sé qué.
 
—Puede que irte a Seattle te ayude.
 
—Puede... Pero quiero hacer algo ahora mismo, como huir o insultar a alguien.
 
—¿Insultar a alguien? —Se ríe y se detiene para atarse un zapato.
 
Yo dejo de caminar a unos cuantos metros por delante de él y miro a mi alrededor. Ahora barajo en mi mente todas las posibilidades de comportamientos imprudentes y no puedo parar.
—Sí, insultar a alguien en particular.
—Pero tómatelo con calma. Sé que insultar a alguien es algo bastante agresivo y tal, pero quizá deberías empezar con algo más light —dice.
 
Me lleva un momento darme cuenta de que me está tomando el pelo, pero cuando lo hago, le veo la gracia.
 
—Hablo en serio. Ahora mismo tengo ganas de hacer alguna... ¿locura? —Me muerdo el labio superior mientras medito el qué.
 
—Es el vino..., es bastante fuerte y has bebido mucho en poco tiempo.
 
Ambos reímos de nuevo y ya no podemos parar. Lo único que me devuelve a la normalidad son los pequeños farolillos tipo cantina que penden de un pequeño edificio cercano.
—Ése es el bar del pueblo —me informa Robert tras señalarlo con la cabeza.
—¡Qué pequeño! —exclamo.
—Bueno, no tiene que ser enorme cuando es el único de la ciudad. Es bastante divertido. Las camareras bailan sobre la barra y todo eso.
—¿Como en El bar Coyote?
Su sonrisa se intensifica.
—Sí, sólo que estas mujeres tienen todas más de cuarenta años y van más vestidas.

Su sonrisa es contagiosa, y ya sé qué vamos a hacer ahora.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 1:54 am

Capítulo 46
Brittany

 
—No, te he dicho que una copa, y lo decía en serio. —Pongo los ojos en blanco y hago girar el hielo dentro de la copa vacía con el dedo.
 
—Lo que tú digas. —Riley le hace un gesto a la camarera y pide dos bebidas más.
 
—He dicho que no...
 
—Nadie ha dicho que sean para ti —replica mirándome con condescendencia—. A veces un chico necesita un respaldo.
 
—Bien, pues que te diviertas. Yo me voy a por Santana ahora mismo. —Me levanto del taburete, pero el me agarra de la camisa otra vez—. Deja de tocarme.
 
—mujer, deja ya de ser tan idiota. Te he dicho que iré contigo; pero espera a que me termine estas copas. ¿Has pensado ya en qué vas a decirle, o tu intención es simplemente entrar ahí en plan cavernícola?
 
—No. —Me siento de nuevo.
La verdad es que no he pensado qué voy a decirle. No necesito decir nada más que «Vámonos de una puta vez».
—¿Tú qué dirías? —me atrevo a preguntar.
—Pues, para empezar —se detiene para darle a la camarera dos billetes de cinco dólares cuando ella le acerca los vasos—, Lillian nunca estaría en un restaurante con otra chica... o chico, sin mí. —Da un buen trago a uno de los vasos y me mira—. Yo ya habría convertido en cenizas el lugar.
No me gusta mucho su tono.
—Y ¿me dices a mí que venga a tomarme una copa antes de ir?
Se encoge de hombros.
—No he dicho que mi reacción fuese la más correcta. Pero es lo que haría.
—No dices más que idioteces, y tú eres un idiota. Me largo.
Doy un par de pasos hacia la puerta, y la música country que me da dolor de cabeza empieza a aumentar de volumen y sé lo que va a pasar a continuación. No debería haber venido a este bar de mierda. Debería haber ido directamente a buscar a Santana. Los clientes habituales comienzan a jalear. Me vuelvo y veo que dos de las camareras de mediana edad se están subiendo a la barra.
Joder, qué incómodo. Entretenido, pero raro de cojones.
—¡Vas a perderte el espectáculo! —se ríe Riley.
Estoy a punto de decir algo, pero entonces oigo un sonido detrás de mí y, una vez más, intuyo lo que está a punto de pasar. Cuando me vuelvo, la boca se me seca y la sangre me hierve al instante.
Porque, al hacerlo, veo cómo Santana entra  tambaleándose por la puerta del pequeño bar de carretera. Con él.


En lugar de ir corriendo a por él como me gustaría, regreso a la barra y le digo a Riley a su espalda: —Santana está aquí. Con él. Es ésa.
El aparta la vista de las viejas de la barra y se da la vuelta. Se queda boquiabierto.


—Joder, qué buena está.
Lo fulmino con la mirada.


—Para. No la mires así.


—Lillian me ha dicho que era guapa, pero, joder, menudas tet...


—No termines esa frase.


Miro a Santana. Joder, ya sé que está buenísima, pero lo más importante es que está borracha y se está riendo mientras avanza junto a las mesas altas. Escoge una vacía que está cerca del aseo y se sienta.


—Voy para allá —le digo a Riley.


No tengo ni puta idea de por qué le cuento nada, pero una parte de mí quiere saber qué haría ella si estuviera en mi lugar. Sé que Santana está cabreada conmigo por un montón de motivos, y la verdad es que no quiero añadir más leña al fuego. De todos modos, no tiene ningún derecho a estar mosqueada. Es ella la que está ahí con ese como se llame del restaurante, y ahora ha llegado aquí tambaleándose, borracha y riéndose. Con él.


—¿Por qué no esperas un poco? Ya sabes, para observarla un rato —sugiere Riley.


—Qué idea tan absurda. ¿Por qué iba a quedarme aquí a ver lo bien que se lo pasa con ese idiota? Ella es mía y...
Riley me mira con ojos curiosos.


—¿Se enfada cuando le dices que es tuya?


—No. Le gusta. Creo... —Al menos, una vez me dijo que le gustaba: «Soy tuya, Brittany, tuya», gimió contra mi cuello mientras yo meneaba las caderas y me hundía más en ella.


—Lil se enfada mucho cuando digo eso. Piensa que la estoy reclamando como si fuera una propiedad o algo —me dice Riley, pero yo sólo puedo concentrarme en Santana, en cómo se recoge el pelo largo con una mano y se lo coloca sobre uno de los hombros.
Mi furia aumenta, cada vez estoy más cabreada y se me está nublando el juicio. ¿Cómo es posible que no se haya dado cuenta de que estoy aquí? Yo siempre noto cuando ella entra en una habitación, es como si el aire cambiara, y mi cuerpo puede sentir, literalmente, cómo el suyo se acerca. Pero ella está demasiado ocupada prestándole atención a él; el muy idiota debe de estar explicándole la manera correcta de servir el agua en un puto vaso o algo así.
Con la mirada aún fija en mi chica, digo:


—Bueno, Santana es mía, así que me da igual que piense que la estoy reclamando.


—Hablas como una auténtica imbécil  —dice Riley, y mira hacia Santana—. Pero tienes que comprometerte. Si se parece en algo a Lillian, se acabará hartando y te dará un ultimátum.


—¿Qué? —Aparto los ojos de Santana por un instante, y es una tortura.


—Lillian se hartó de mis movidas y me dejó. El —levanta la copa hacia Santana— hará lo mismo si no escuchas lo que quiere de vez en cuando.
Es increíble lo diferentes que son Riley y su novia. Lillian es mucho más simpática.


—Mira, tú no sabes nada de nuestra relación, así que no tienes ni idea de lo que estás diciendo.
Observo de nuevo a Santana, que ahora está sentada sola, jugueteando con un mechón de pelo suelto y meneando los hombros al ritmo de la música. Al cabo de un segundo, localizo a su amigo el camarero al final de la barra, y la distancia que hay entre ellos calma ligeramente mis nervios.


—Mira, chica —dice Riley—, no necesito conocer todos los detalles. Me he pasado la última... casi una hora contigo. Sé que eres una imbécil, y que ella es una dependiente de... —Cuando abro la boca para insultarla, continúa—: Lillian también lo es, así que no te pongas farruca. Es dependiente, y lo sabes. Pero ¿sabes qué es lo mejor de tener una novia dependiente? 
—Sonríe con malicia—. Aparte del sexo frecuente, claro...


—Ve al grano. —Pongo los ojos en blanco y miro de nuevo a Santana.
Tiene las mejillas rojas y los ojos abiertos como platos, divertida ante el espectáculo de las mujeres que concluyen su baile en la barra. Me verá aquí de pie de un momento a otro.


—Lo mejor es que nos necesitan, aunque no de la manera en que esperas que te necesiten. También necesitan que estemos ahí para ellas de vez en cuando. Lillian siempre estaba tan centrada en intentar salvarme... o lo que cojones estuviera haciendo... que sus necesidades no estaban siendo cubiertas. Ni
siquiera sabía cuándo era su cumpleaños y no hacía nada por ella. Creía que sí, porque siempre estaba a su alrededor y le decía que la quería de vez en cuando, pero eso no era suficiente.


Un escalofrío desagradable recorre mi espalda. Observo cómo Riley apura el resto de su primera bebida.


—Pero ahora está contigo, ¿no?
 
—Sí, pero sólo porque le demostré que puede contar conmigo y que no soy el puto  que era cuando me conoció. —Mira a Santana y después a mí de nuevo—. ¿Sabes eso que publican todas las niñas tontas en internet? Creo que es algo así como... «Mientras tú haces...», «Si tú no...». Mierda, no me acuerdo,
pero básicamente quiere decir que si tú no tratas bien a tu chica, otra persona lo hará.


—Yo no la trato mal.
«Al menos, no todo el tiempo.»
Empieza a reírse con incredulidad.


— chica, admítelo. Oye, yo no soy ninguna santa. Aún no trato a Lillian todo lo bien que debería, pero al menos soy consciente de ello. Tú estás en una especie de estado de negación si de verdad crees que no la tratas como una mierda. Si fuese así, ella no estaría ahora sentada con ese gilipollas, que resulta ser completamente opuesto a ti, y además está bastante bueno.


No puedo negárselo. Tiene razón, en casi todo. Pero no trato a Santana como una mierda todo el tiempo, sólo cuando hace algo para cabrearme. Como ahora.
Y antes.


—Te está mirando —me dice Riley, y se me hiela la sangre.


Giro la cabeza lentamente en su dirección.
Me está mirando fijamente, con furia, y juraría que incluso veo una pequeña llama roja en sus ojos cuando mira a Riley y después a mí otra vez. No se mueve. Ni siquiera parpadea. Su expresión de sorpresa se torna salvaje al instante, y su mirada asesina me deja de piedra.
 
—Está como una cuba. —Riley se ríe a mi lado y tengo que hacer un gran esfuerzo para no echarle su bebida por encima.
En lugar de hacerlo, farfullo:


—Cállate.
Cojo el vaso y me aproximo a Santana.
El capullo del camarero sigue en la barra cuando llego hasta ella.
 
—Vaya, jamás habría imaginado que estarías aquí, en un bar, bebiendo con un chico. Qué sorpresa —me suelta con una sonrisa sarcástica.
 
—¿Qué haces aquí? —pregunto acercándome a ella.
Ella se aparta.
 
—¿Qué haces tú aquí?
 
—Santana... —le advierto, y pone los ojos en blanco.
 
—Esta noche, no, Brittany. No va a pasar. —Se baja de la silla alta y se tira del bajo del vestido.
 
—No te alejes de mí. —Mis palabras suenan como una orden, pero sé que en realidad es una súplica. La agarro del brazo, pero ella se suelta.
 
—¿Por qué no? Es lo que tú haces siempre. —Mira a Riley con odio de nuevo—. Ambas hemos venido con otras personas.
Niego con la cabeza.
 
—Joder, no. Ése es la novia de Lillian.
Sus hombros se relajan al instante.
 
—Ah. —Me mira a los ojos y se muerde el labio inferior.
 
—Tenemos que marcharnos de aquí ya.
 
—Pues marchaos.
 
—Me refería a ti y a mí —le aclaro.
 
—Yo sólo pienso ir a un sitio divertido. Más divertido que este lugar, ya que tú estás aquí y siempre estás obstaculizando mi diversión. Eres como la policía de la diversión. —Sonríe ante su propia broma estúpida y continúa—: ¡Eso es justo lo que eres! La policía de la diversión. Debería pedir que te hicieran una placa para que la lleves todo el tiempo, así podrás evitar que todo el mundo se divierta —
me suelta, y empieza a partirse de risa.
«Joder, está borracha de la hostia.»


—¡¿Cuánto has bebido?! —grito por encima de la música.


Pensaba que bajarían el volumen, pero parece ser que el público ha pedido un bis de las bailarinas mayores.
Se encoge de hombros.
 
—No lo sé. Unas cuantas, y ésta también.


Me coge el vaso de la mano y, antes de que pueda detenerla, lo coloca sobre la mesa y se sube de nuevo a la silla.
 
—No te bebas eso. Salta a la vista que estás como una cuba.
 
—¿Qué es ese sonido? —Se lleva la mano a la oreja—. ¿Es la sirena del coche de la policía de la diversión? Nino, nino, nino... —Pone morritos como un niño durante un segundo y después se ríe—.Lárgate si vas a joderme la fiesta.
 
Entonces se lleva el vaso a la boca y bebe tres grandes tragos. Se ha tomado media copa en cuestión de segundos.
 
—Vas a acabar vomitando —digo.
 
—Bla, bla, bla... —se burla, meneando la cabeza hacia adelante y hacia atrás con cada palabra.
 
Mira detrás de mí y una sonrisilla de superioridad se dibuja en sus labios—. Ya conoces a Robert, ¿verdad?
Miro a un lado y me encuentro al capullo con una bebida en cada mano.
 
—Me alegro de verte otra vez —dice, y pone una media sonrisa. Tiene los ojos inyectados en sangre. Él también está borracho.
«¿Se habrá aprovechado de ella? ¿La habrá besado?»
Inspiro hondo.
«Su padre es el sheriff. Su padre es el sheriff. Su padre es el sheriff...
»Su padre es el puto sheriff de este pueblo de mierda.»
Miro a Santana de nuevo y digo por encima del hombro:


—Lárgate.
Ella pone los ojos en blanco. Había olvidado lo audaz que se vuelve cuando el alcohol inunda su organismo.


—No te vayas —le dice desafiándome, y él se sienta a la mesa—. ¿No tienes compañía a la que entretener? —me provoca.


—No, no la tengo. Vámonos a casa.
Me está costando mucho controlar mi temperamento. Si ésta fuese cualquier otra noche, ya le habría estampado la cara a Robert contra la mesa.


—La cabaña no es nuestra casa; estamos a horas de casa. —Se termina la bebida que me ha robado y después me mira con una mezcla de odio, ligereza ebria e indiferencia.
 

—. En realidad, a partir del lunes yo ya no tengo casa, gracias a ti.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 1:58 am

Capítulo 47
Santana

 
Las aletas nasales de Brittany se agitan mientras intenta controlarse. Miro a Robert y veo que parece sentirse algo incómodo, pero Brittany no lo intimida en absoluto.
 
—Si estás tratando de cabrearme a propósito, está funcionando —me dice Brittany.
 
—Pues no. Simplemente no quiero irme. —Y, justo cuando la música para, digo prácticamente gritando—: ¡Quiero beber y ser joven y divertirme! Todo el mundo se vuelve hacia mí. No sé qué hacer con tanta atención, así que saludo agitando la mano en el aire, bastante incómoda. Alguien grita su aprobación y medio bar levanta sus copas a modo de brindis y vuelven a sus conversaciones. La música continúa, Robert se ríe y Brittany está rojo de ira.
 
—Está claro que ya has bebido suficiente —dice mirando el vaso medio vacío que Robert me ha traído.— Noticias de última hora, Brittany: ya soy mayorcita —le recuerdo con tono infantil.
 
—Maldita sea, Santana.
 
—Creo que será mejor que me vaya... —dice Robert poniéndose en pie.
 
—Evidentemente —responde Brittany al tiempo que yo le pido que no lo haga.
Pero después miro a nuestro alrededor y suspiro con resignación. Por muy bien que me lo esté pasando con Robert, sé que Brittany no parará de hacer comentarios groseros, de lanzarle amenazas y lo que sea con tal de que se marche. Es mejor que lo haga ya.
 
—Lo siento mucho. Me voy yo y tú puedes quedarte —le sugiero.
 
Él niega con la cabeza, comprensivo.
 
—No, no, no te preocupes. De todos modos ha sido un día muy largo.
 
—Es tan tranquilo y  despreocupado... Resulta tremendamente refrescante.
 
—Te acompaño afuera —le digo. No sé si volveré a verlo alguna vez, y se ha portado muy bien conmigo esta noche.
 
—No, de eso, nada —interviene Brittany, pero hago como que no la oigo y sigo a Robert hacia la puerta del pequeño bar.


Cuando me vuelvo en dirección a la mesa, veo que Brittany está apoyado contra ella con los ojos cerrados. Espero que esté respirando hondo, porque no estoy de humor para aguantar sus escenitas esta noche. Una vez fuera, me vuelvo hacia Robert.
 
—Lo siento muchísimo. No sabía que iba a estar aquí. Sólo quería pasarlo bien.
Él sonríe y se inclina un poco hacia adelante para mirarme mejor a los ojos.
 
—¿Te acuerdas de lo que te he dicho sobre lo de dejar de disculparte por todo? —Se lleva la mano al bolsillo y saca una libretita y un boli—. No espero nada, pero si algún día estás aburrida o te sientes sola en Seattle, llámame. O no. Depende de ti. Anota algo y me lo entrega.
—De acuerdo.
No quiero hacer ninguna promesa que no pueda cumplir, así que me limito a sonreír y me cuelo el pequeño trozo de papel por la parte superior del vestido.
 
—¡Lo siento! —grito cuando me doy cuenta de que acabo de toquetearme delante de él.
—¡Deja de disculparte! —Se ríe—. ¡Y menos por eso! —Mira hacia la entrada del bar, y después hacia la noche oscura—. Bueno, será mejor que me vaya. Ha sido un placer conocerte. A ver si nos vemos de nuevo.
Asiento y sonrío mientras él se aleja por la acera.
 
—Hace frío —dice Brittany detrás de mí, dándome un susto de muerte.
Resoplo, paso de largo por su lado y entro en el bar. La mesa a la que estaba sentada está ahora ocupada por un calvo y su enorme jarra de cerveza. Cojo mi bolso de la silla que hay a su lado y me mira con ojos inexpresivos. Bueno, más bien me mira las tetas.
Brittany está detrás de mí. Otra vez.
 
—Vámonos, por favor.
Me dirijo a la barra.
 
—¿Te importaría darme medio metro de espacio? No quiero ni tenerte cerca en estos momentos. Me has dicho cosas espantosas —le recuerdo.
 
—Sabes que no las decía en serio —responde a la defensiva e intentando establecer contacto visual conmigo, pero no pienso ceder.
 
—Eso no significa que puedas decirlas. —Miro hacia el chico, el novio de Lillian, que nos observa a Brittany y a mí desde la barra—. No quiero hablar de eso ahora. Me lo estaba pasando bien y lo has fastidiado.
 
Brittany se interpone entre nosotros.
 
—Entonces ¿no me quieres aquí?
Veo un reflejo de dolor en sus ojos, y algo en sus pozos azules me hace recular.
—No he dicho eso, pero si vas a volver a decirme que no me quieres o que sólo me usas para el sexo, será mejor que te largues. O me iré yo. —Estoy haciendo todo lo posible por mantener mi actitud alegre y risueña en lugar de hundirme en la miseria y dejar que el dolor y la frustración se apoderen de mí.
 
—Eres tú la que ha empezado toda esta mierda viniendo aquí con él, borracha, por cierto... —replica.
 
Suspiro.
 
—Ya estamos. —Brittany es la reina de la doble moral. Y la última prueba de ello se dirige hacia nosotros en estos momentos.


—Joder, ¿queréis callaros de una vez? Estamos en un sitio público —nos interrumpe el guapo chico con el que Brittany estaba sentada.
—Ahora, no —le espeta.


—Anda, obsesión de Brittany, sentémonos a la barra —dice ella ignorándola.


Sentarme a una mesa al fondo del bar y tomarme una copa que me han traído es una cosa, pero sentarme a la barra y pedir una copa yo misma es otra muy distinta.


—No tengo edad suficiente —le informo.


—Venga ya. Con ese vestido te pondrán una copa. —Me mira el pecho y yo lo saco ligeramente.


—Como me echen, será culpa tuya —le digo, y ella inclina la cabeza hacia atrás, riéndose.


—Yo pagaré tu fianza. —Me guiña un ojo y Brittany se pone tensa a mi lado.


Lo observa lanzándole miradas de advertencia, y yo no puedo evitar reírme. Se ha pasado la noche intentando darme celos con Lillian, y ahora está celosa porque su novio me guiña el ojo.


Todo este toma y daca tan infantil —ella está celosa, yo estoy celosa, la vieja de la barra está celosa, todo el mundo está celoso— resulta fastidioso. Algo entretenido, sobre todo ahora, pero fastidioso.
—Por cierto, me llamo Riley. —Se sienta al final de la barra—. Imagino que la grosera de tu novia no piensa presentarnos.


Miro a Brittany esperando que lo insulte, pero ella se limita a poner los ojos en blanco, lo cual es bastante contenido por su parte. Hace ademán de sentarse en el taburete que hay entre nosotros, pero yo lo cojo del respaldo y apoyo la mano en su brazo para ayudarme a subirme a él. Sé que no debería estar tocándolo, pero quiero sentarme aquí a disfrutar de la última noche de estas minivacaciones, que han acabado siendo un desastre. Brittany ha espantado a mi nuevo amigo, y Ryder probablemente ya esté durmiendo. Mi otra alternativa es sentarme sola en la habitación de la cabaña, así que ésta me parece mejor.


—¿Qué os pongo? —me pregunta una camarera de pelo cobrizo que viste una chaqueta vaquera.


—Tres chupitos de Jack Daniel’s, fríos —responde Riley por mí.
La mujer analiza mi rostro durante unos segundos y el corazón se me acelera.


—Marchando —anuncia por fin, y saca tres vasos de chupito de debajo de la barra y los coloca delante de nosotros.


—Yo no iba a beber, sólo me he tomado una copa antes de que tú llegaras —me dice Brittany al oído.
 
—Bebe lo que quieras. Yo pienso hacerlo —replico sin mirarla siquiera, aunque en el fondo espero que no se emborrache demasiado. Nunca sé cómo va a reaccionar.
 
—Ya lo veo —dice a modo de regaño.


La miro con el ceño fruncido, pero acabo embelesada mirándole la boca. A veces me quedo así, observando los lentos movimientos de sus labios cuando habla; es una de mis aficiones favoritas.
Al advertir que he bajado un poco la guardia, me pregunta:
 
—¿Todavía estás enfadada conmigo?
 
—Sí, mucho.
 
—Entonces ¿por qué actúas como si no lo estuvieras? —Sus labios se mueven todavía más despacio. Tengo que averiguar el nombre de ese vino. Era muy bueno.
 
—Ya te lo he dicho. Quiero divertirme —repito—. ¿Y tú? ¿Estás enfadada conmigo?
 
—Siempre lo estoy —responde.
Me río ligeramente.
 
—Cierto.
 
—¿Qué has dicho?
 
—Nada. —Sonrío inocentemente y observo cómo se frota el cuello con la mano y se masajea los hombros con el pulgar y el índice.
Segundos más tarde tengo un chupito de licor marrón delante de mí, y Riley levanta su vaso en nuestra dirección:
 
—Por las relaciones disfuncionales que rozan lo psicótico. —Sonríe con malicia y echa la cabeza atrás para beberse el trago.
Brittany lo imita.
Yo respiro hondo antes de verter el fresco ardor del whisky por mi garganta.


—¡Uno más! —grita Riley mientras desliza otro chupito de whisky delante de mí.
 
—No sé si puedo —balbuceo—. No había eshtado tan borrrracha en mi vidda. Nunca jamás.
El whisky se ha instalado oficialmente en mi cabeza y no parece tener intenciones de desaparecer en un plazo corto de tiempo. Brittany lleva cinco chupitos. Yo he perdido la cuenta de los míos después del tercero, y estoy convencida de que Riley debería estar tirado en el suelo con un coma etílico.


—Este whisky está buenísimo —digo antes de meter la lengua en el chupito refrigerado.
A mi lado, Brittany se ríe, y yo me apoyo en su hombro y coloco la mano sobre su muslo. Sus ojos siguen inmediatamente mi mano y yo la aparto al instante. No debería actuar como si nada hubiera pasado, sé que no debería, pero es más fácil decirlo que hacerlo. Especialmente ahora que apenas puedo pensar con claridad, y Brittany está tan guapa con esa camisa blanca. Ya me enfrentaré a nuestros
problemas mañana.


—¿Lo veis? Sólo necesitabais un poco de whisky para relajaros —dice Riley, y golpea su vaso de chupito contra la barra y yo me echo a reír como una tonta—. ¿Qué? —ladra.


—Brittany y tú sois iguales. —Me tapo la boca para ocultar mis insolentes risitas.


—De eso, nada —dice Brittany hablando con ese ritmo lento al que recurre cuando está ebria. Riley también lo hace.


—¡Claro que sí! Sois como dos gotas de agua. —Me río—. ¿Sabe Lillian que estás aquí? —digo volviéndome hacia el bruscamente.


—No. Está dormida. —Se lame los labios—. Pero pienso despertarla en cuanto regrese.
Suben el volumen de la música de nuevo y veo que la mujer de pelo cobrizo se encarama a la barra por cuarta vez, creo.
 
—¿Más? —Brittany arruga la nariz, y yo me echo a reír.
 
—A mí me parece divertido. —En estos momentos, todo me lo parece.
 
—Pues a mí me parece cutre, y me interrumpe cada treinta minutos —refunfuña.
 
—Deberías subir —me anima Riley.
 
—¿Adónde?
 
—A la barra. Deberías bailar en la barra.
 
Niego con la cabeza y me río. Y me sonrojo.
—¡No, no, no!
 
—Venga, no has parado de decir que eres joven y que quieres divertirte o lo que sea que estuvieses diciendo. Aquí tienes tu oportunidad. Baila en la barra.
 
—No sé bailar. —Es verdad. Sólo he bailado, excluyendo los bailes lentos, una vez, en aquella discoteca de Seattle.
 
—Nadie se dará cuenta, están todos más borrachos que tú. —Enarca una ceja, desafiándome.
 
—De eso, nada —interviene Brittany.
 
A pesar de mi estado de embriaguez, una cosa sí que recuerdo: estoy harta de que me diga lo que puedo o no puedo hacer.
Sin mediar palabra, me agacho y me desabrocho las incómodas correas que rodean mis tobillos y dejo caer mis tacones altos al suelo.
Brittany abre unos ojos como platos mientras me subo al taburete y del taburete a la barra.
 
—¿Qué estás haciendo? —Se levanta y se vuelve cuando unos cuantos clientes detrás de nosotros empiezan a vitorear—. San...
Suben más el volumen, y la mujer que nos ha estado sirviendo las bebidas me sonríe con picardía y me da la mano.


—¡¿Sabes bailar en línea, cielo?! —grita.
Niego con la cabeza, y de repente me siento insegura.


—¡Yo te enseño! —grita.



¿En qué narices estaba pensando? Sólo quería demostrarle a Brittany que puedo hacer lo que me da la gana, y mira adónde me ha llevado eso: a subirme en una barra a punto de intentar bailar... un baile raro. Ni siquiera sé qué es bailar en línea exactamente. De haber sabido que iba a acabar aquí arriba, lo habría planeado todo mejor y habría prestado más atención a las mujeres cuando estaban bailando antes.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 1:59 am

Capítulo 48
Brittany

 
Riley está mirando a Santana, que está de pie sobre la barra delante de el.
 
—Joder, ¡pensaba que no se atrevería a hacerlo! —grita.
 
Yo también lo pensaba, pero está claro que está decidida a cabrearme esta noche.
Riley me mira con cara de fascinación.
 
—Es muy salvaje.
 
—No, no lo es —digo en voz baja. Santana parece estar pasándolo fatal. Supongo que se estará arrepintiendo de su impulsiva decisión—. Voy a ayudarla a bajar de ahí. —Empiezo a levantar la mano, pero Riley me la aparta de una palmada.
 
—Déjala en paz, chica.
 
Miro a Santana de nuevo. La mujer que nos ha servido las bebidas está hablando con ella, pero no oigo lo que le está diciendo. Esto es una estupidez, ponerse a bailar en una barra con ese vestido tan corto. Si me inclino un poco segura que se lo veo todo, como el resto de los presentes. Supongo que Riley ya se lo estará viendo. Me vuelvo hacia todas partes y veo que ninguno de los hombres grasientos que hay al otro lado han advertido su presencia. Todavía.


Santana observa a la mujer que tiene al lado con la frente arrugada con aire de concentración; todo lo contrario de su repentina necesidad de mostrarse «salvaje». Sigue los movimientos de la mujer y levanta una pierna, después la otra y a continuación menea las caderas.
 
—Siéntate y disfruta del espectáculo —me dice Riley a mi lado pasándome una de sus bebidas.
 
Estoy borracha, demasiado, pero tengo la mente muy clara mientras observo cómo Santana comienza a moverse. A moverse de verdad. Se coloca las manos sobre las caderas y empieza a sonreír. Ya no le importa que todo el mundo la esté contemplando. Me mira a los ojos y sus movimientos de baile se vuelven torpes por un instante, antes de que recobre la compostura y dirija la mirada al fondo de la sala.


—Excitante, ¿eh? —Riley sonríe a mi lado mientras se lleva la copa a los labios.
Sí, evidentemente, ver a Santana sobre una barra me pone muy cachonda, pero también me enfurece y no me lo esperaba. El primer pensamiento que me ha venido a la cabeza ha sido: «Joder, cómo me pone esto». Y el segundo es que no debería estar disfrutándolo tanto y debería sentirme irritada por su
constante necesidad de desafiarme. Sin embargo, no puedo pensar con claridad por culpa del primer pensamiento, y por el hecho de que está bailando justo delante de mí. El modo en que el vestido se le sube por los muslos y la manera en que se sujeta el pelo con una mano y se ríe mientras trata de seguir los pasos de la mujer que tiene al lado... Me encanta verla así, tan despreocupada. No suelo verla reír de este modo con frecuencia. Una ligera capa de sudor cubre ahora su cuerpo y la hace brillar bajo la luz de los focos. Me revuelvo algo incómoda y me tiro de la parte delantera de la ridícula camisa que llevo puesta.


—Oh, oh... —dice el novio de Lillian.


—¿Qué pasa?


Salgo de mi trance y sigo la dirección de su mirada por la barra. Dos hombres que hay al otro extremo están embobados mirando a Santana, y por embobados quiero decir que tienen los ojos más salidos que mi puta coño en estos momentos.
Levanto la vista y veo que la falda de Santana muestra demasiado sus muslos. Cada vez que da un paso se le sube un poco más.
Ya es suficiente.



—Tranquila, mujer —dice Riley—. La canción está a punto de acabar... —Y entonces levanta la mano y la menea justo cuando la música termina.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 2:02 am

Capítulo 49
Santana

 
Brittany levanta la mano para ayudarme a bajar, cosa que me sorprende bastante.
Por su manera de mirarme con el ceño fruncido y con aire suplicante durante todo el rato que he estado bailando, pensaba que iba a chillarme. O algo peor. En realidad esperaba que se subiera y me arrastrara fuera de la barra y que después empezara a pegarse con todos los clientes.


—¿Lo ves? ¡Nadie se ha dado cuenta de que bailas como el culo! —Riley se ríe y yo me siento en la fría barra.


—¡Ha sido divertidísimo! —exclamo y, una vez más, la música se detiene.


Me río y salto de la barra. Brittany me envuelve con su brazo de manera protectora hasta que estoy lo bastante estable de pie como para que se aparte.


—¡Deberías subir a la próxima! —le digo a Brittany al oído, y ella niega con la cabeza.


—No —dice con rotundidad.


—No pongas morritos, estás muy fea. —Alargo la mano y le toco los labios.


No está fea; de hecho, es bastante mona el modo en que sobresale su labio inferior. Sus ojos brillan al sentir mi contacto y mi pulso se acelera. Estoy empezando a notar el subidón de adrenalina después de haber bailado en la barra, algo que jamás en mi vida pensé que haría. Por muy divertido que haya
sido, sé que jamás volveré a hacerlo. Brittany se sienta en el taburete y yo me quedo de pie entre ella y Riley, al lado de mi asiento vacío.


—Te encanta. —Sonríe, todavía con mis dedos en sus labios.
 
—¿Tu boca? —digo con una sonrisa pícara.


Niega con la cabeza. Está de buen humor, pero muy seria al mismo tiempo, y resulta embriagador.
Ella es embriagadora, y yo ya estoy bastante embriagada de por sí. Esto va a ser interesante.


—No, cabrearme. Te encanta cabrearme —dice con tono seco.


—No. Es que tú te cabreas con demasiada facilidad.


—Estabas bailando en una barra delante de una sala llena de gente. —Su cara está a escasos centímetros de la mía, y su aliento es una estimulante mezcla de menta y whisky—. Sabías perfectamente que eso me iba a cabrear, Santana. Tienes suerte de que no te haya bajado a la fuerza, te haya colocado sobre mi hombro y te haya sacado de este lugar.


—¿Sobre tu hombro, no sobre tus rodillas? —bromeo, y la miro directamente a los ojos, lo que la desarma.


—¿Qu... qué? —tartamudea.
Me echo a reír antes de volverme hacia Riley.


—No dejes que te engañe. Le ha encantado —me susurra el, y asiento.


Siento una tensión en el estómago ante la idea de Brittany observándome, pero mi mente intenta controlar mis sucios pensamientos. Debería estar furiosa. Debería fingir que no está, o gritarle otra vez por sabotear lo de Seattle, o por las dolorosas palabras que me ha dicho, pero es casi imposible cabrearme estando así de borracha.


Me permito fingir que nada de eso ha sucedido, al menos por ahora, y me imagino que Brittany y yo somos una pareja normal que ha salido con una amiga a tomar una copa. Sin mentiras, sin peleas dramáticas, sólo diversión y baile.


—¡Todavía no me creo que haya hecho eso! —les digo a ambos.


—Yo tampoco —refunfuña Brittany.


—No voy a volver a hacerlo, os lo aseguro. —Me paso la mano por la frente. Estoy sudando y hace calor en este pequeño bar. El aire está cargado y necesito respirar.


—¿Qué te pasa? —pregunta.


—Nada. Hace calor. —Me abanico con la mano y ella asiente una vez.


—Pues vámonos antes de que te desmayes.


—No, quiero quedarme más rato. Me lo bien pasando estoy... Digo..., me lo estoy pasando bien.


—Ni siquiera puedes formar una frase coherente.


—¿Y qué? Igual no es necesario que lo haga. Relájate 
o lárgate.


—Estás... —empieza, pero le tapo la boca con la mano.


—Shhh..., cállate por una vez. Divirtámonos. —Uso la otra mano para tocarle el muslo de nuevo, y esta vez le doy un apretón.


—Vale —dice contra mi palma.
Le suelto la boca, pero mantengo la mano a unos centímetros de distancia para tapársela de nuevo si es necesario.


—Pero nada de bailar en la barra otra vez —dice, negociando tranquilamente.


—Vale. Y nada de poner morritos ni de fruncir el ceño —le espeto.


Sonríe.


—Vale.


—Deja de decir «vale» —le digo con una sonrisa.
Asiente.
—Vale.


—Eres exasperadora.


—¿Exasperadora? ¿Qué diría tu profesor de literatura ante esa clase de vocabulario? —Los ojos de Brittany son de un azul  jade intenso y están cargados de humor y enrojecidos por el alcohol.


—A veces eres muy graciosa. —Me apoyo contra ella.
Me rodea la cintura con el brazo y me coloca entre sus piernas.


—¿A veces? —Me besa el pelo y yo me relajo en sus brazos.


—Sí, sólo a veces.


Se ríe y no me suelta. Y creo que no quiero que lo haga. Sé que debería, pero no quiero. Está borracha, y traviesa, y el alcohol en mi organismo hace que pierda el sentido común... como siempre.


—Mirad qué bien os estáis llevando. —Riley nos señala con ambas manos como si nos estuviese mostrando a alguien.


—Este chico es exasperante —resopla Brittany.


—Parecéis gemelos. —Me río, y ella sacude la cabeza.


—¡Últimos pedidos! —grita mi nueva amiga desde detrás de la barra.


Durante la última hora me he enterado de que se llama Cami, de que tiene casi cincuenta años y de que su primer nieto acaba de nacer en diciembre. Me ha mostrado algunas fotos que tiene impresas, como cualquier abuela orgullosa, y yo las he alabado y le he dicho que es un niño precioso. Brittany apenas ha mirado las imágenes y se ha dedicado a farfullar algo sobre un trol, así que me he apresurado a quitárselas de las manos antes de que la mujer lo oyera.
Me balanceo de un lado a otro.


—Una copa más y me caigo redonda.


—¡No sé cómo no has perdido ya el conocimiento! —exclama Riley con evidente admiración.
 
Yo sí: Brittany me ha estado robando las copas cuando las tenía a la mitad para acabárselas ella.
 
—Tú has bebido más que ninguno, probabbblemente másh que el —digo arrastrando las palabras y señalando al hombre que está inconsciente al otro extremo de la barra—. Ojalá Lillian hubiese podido venir con nosotros —digo, y Brittany arruga la nariz.


—Creía que la odiabas —repone, y Riley me mira al instante.


—No la odio —la corrijo—. No me gustaba porque estabas intentando darme celos saliendo con ella.
Riley se pone tenso y mira a Brittany.


—¿Qué?
«Mierda.»


—Continúa, querida —insiste el.
Estoy atrapada y borracha, y no tengo ni idea de qué narices decir. No quiero que se enfade, eso seguro.
 
—No es nada —le dice Brittany, y levanta la mano—. He sido una idiota y no le he dicho a Santana que era hetero. Eso ya lo sabes.
Riley relaja los hombros.
 
—Ah, vale.
«Joder, es igualito que ella.»
 
—No ha pasado nada, así que relájate —le dice.
 
—Estoy relajado, créeme —contesta el tranquilamente, y acerca su taburete ligeramente al mío
 
—. Unos pocos celos no tienen nada de malo, ¿verdad? —Riley me mira con un brillo en su ebria mirada—. ¿Alguna vez has besado a un chico, Santana?
 
—¿Qué? —exclamo dramáticamente con el vello de punta.
 
—Riley, ¿qué cojones...? —empieza Brittany, pero se detiene.
 
—Es sólo una pregunta. ¿Has besado a algún chico?
 
—No.
 
—¿Alguna vez te lo has planteado?
Borracha o no, siento la vergüenza que asciende por mis mejillas.
 
—Pues...


—Estar con un chico es mucho mejor, la verdad. Son más fuertes, masculinos, viriles. —Acaricia mi brazo—. Y saben qué es lo que quieres exactamente... y dónde lo quieres.


Brittany le aparta la mano de mi piel.
 
—Ya basta —gruñe, y yo retiro el brazo.
 
Riley se echa a reír de manera descontrolada.
 
—¡Lo siento, lo siento! No he podido evitarlo. Ha empezado ella. —Señala a Brittany con la cabeza entre carcajada y carcajada, y entonces para de reírse y la mira con una amplia sonrisa.
 
—. Ya te he advertido antes que tengas cuidadito conmigo.
 
Exhalo, tremendamente aliviada de que sólo estuviera intentando provocar a Brittany. Una risita escapa de mi boca y ella parece avergonzada, cabreada y... ¿tal vez un poco cachonda?
 
—Paga tú, ya que te crees tan gracioso —dice, y le coloca la larga cuenta de papel delante.
 
Riley pone los ojos en blanco, se lleva la mano al bolsillo trasero, saca una tarjeta y la deja encima de la barra. Cami cobra rápidamente y se dirige a atender al hombre inconsciente del otro extremo. Cuando llegamos a la puerta, Riley anuncia:
 
—Bueno, hemos cerrado el bar. Lil se va a cabrear.
 
Brittany me sujeta la puerta para que pase. Casi se la cierra en la cara a Riley, pero yo la detengo y le lanzo una mirada asesina. Ella se ríe y se encoge de hombros como si no hubiese hecho nada malo, y yo no puedo evitar sonreír. Es una idiota, pero es mi idiota.
«¿No?»
No tengo nada por seguro, pero lo que sí sé es que no quiero pensar en eso mientras regresamos a la cabaña a las dos de la mañana.
—¿Seguirá dormida? —le pregunto a Riley.
—Eso espero.
Yo también espero que todos en nuestra cabaña estén dormidos. Lo último que quiero es que Ken o Karen estén despiertos cuando entremos tambaleándonos por la puerta.
 
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te eche la bronca o algo? —la provoca Brittany.
 
—No..., bueno, sí. No quiero que se cabree. Bastante delicadas están ya las cosas.
—¿Por qué? —pregunto con curiosidad.
—No importa —dice Brittany quitándole importancia y dejando a Riley sumido en sus pensamientos.
Recorremos el resto del trayecto en silencio. Cuento los pasos y me río de vez en cuando al recordar mi baile sobre la barra.
Cuando llegamos a la cabaña de Max, Riley vacila antes de despedirse.
 
—Ha sido... un placer conoceros —afirma.
No puedo evitar echarme a reír al ver la manera tan graciosa que tiene de arrugar la cara, como si las palabras le supiesen agrias.
Sonrío.
 
—Lo mismo digo; lo hemos pasado genial. —Me planteo abrazarlo por un instante, pero eso sería incómodo, y tengo la sensación de que a Brittany no le haría ninguna gracia.
 
—Adiós —se limita a decir ella sin detenerse.
Cuando casi hemos llegado a nuestra cabaña, de repente me doy cuenta de lo cansada que estoy y me alegro tremendamente de estar ya cerca. Me duelen los pies, y la tela dura de este incómodo vestido seguro que me ha arañado la piel.
 
—Me duelen los pies —protesto.
 
—Ven aquí, yo te llevo —se ofrece Brittany.
«¿Qué?» Me entra la risita.
Ella sonríe insegura.
 
—¿Por qué me miras así?
 
—Acabas de ofrecerte a llevarme en brazos.
 
—¿Y?
 
—No es típico de ti, eso es todo. —Me encojo de hombros y ella se acerca, me coge del brazo y de la pierna y me eleva en el aire.
 
—Haría cualquier cosa por ti, Santana. No debería sorprenderte que te lleve a cuestas por un puto sendero.
 
No digo nada, sólo me río. Muy alto. Es una risa histérica que hace que me convulsione. Me tapo la boca para detenerla, pero no ayuda.
 
—¿De qué te ríes? —pregunta con gesto serio e intimidante.
 
—No lo sé..., me ha hecho gracia —repongo.
 
Llegamos al porche y ella me mueve un poco para poder girar el pomo de la puerta.
—¿Te hace gracia que diga que haría cualquier cosa por ti?
 
—Harías cualquier cosa... excepto ir a Seattle, casarte conmigo, o tener hijos conmigo. —Incluso en mi estado de embriaguez, lo irónico del comentario no me ha pasado desapercibido.
 
—No empieces. Estamos demasiado borrachas como para mantener esta conversación ahora.
 
—Vaaaya —digo en tono infantil, sabiendo que tiene razón.
 
Brittany sacude la cabeza y sube por la escalera. Me aferro a su cuello, y ella me sonríe a pesar de su seco comportamiento.
 
—No me sueltes —susurro, y ella me suelta sólo lo suficiente como para que me deslice por su torso. Me vuelvo, rodeo su cintura con las piernas y dejo escapar un pequeño aullido mientras me aferro a su cuerpo.
 
—Shhh. Si quisiera soltarte, lo haría desde lo alto —me amenaza.
 
Hago todo lo posible por parecer asustada. Una sonrisa malévola se dibuja en su rostro y yo me inclino hacia arriba, saco la lengua y le toco la punta de la nariz con ella.
Culpo al whisky.
Una luz se enciende entonces al final del pasillo y Brittany corre hacia la habitación que compartimos.
—Los has despertado —dice dejándome sobre la cama.
Me agacho para quitarme los zapatos, me froto los doloridos tobillos y dejo caer el terrible calzado al suelo.
—Es culpa tuya —replico, y paso por su lado para abrir el cajón de la cómoda y buscar algo que ponerme para dormir—. Este vestido me está matando —protesto mientras me llevo la mano atrás para desabrocharme la cremallera. Era mucho más fácil hacerlo cuando estaba sobria.
—Espera. —Brittany se coloca detrás de mí y me aparta la mano—. Pero ¿qué cojones...?
—¿Qué ocurre?
Me pasa los dedos por la piel y se me eriza el vello.
—Tienes la piel roja, como si el vestido te hubiese dejado marcas. —Toca un punto debajo de mi omóplato y desciende la tela por mi espalda hasta que cae al suelo.
—Era muy incómodo —refunfuño.
 
—Ya lo veo. —Me mira con ojos hambrientos—. Nada debería marcarte, excepto yo.
Trago saliva. Está borracha, y juguetóna, y sus ojos oscuros delatan exactamente lo que está pensando.
 
—Ven aquí.
 
Recorre el pequeño espacio que nos separa y se coloca delante de mí. Está totalmente vestida, y yo me he quedado en ropa interior.
Niego con la cabeza.
 
—No... —Sé que tengo que decirle algo, pero no recuerdo el qué. Apenas recuerdo mi nombre cuando me mira de esa manera.
 
—Sí —responde ella, y retrocedo.
 
—No voy a hacerlo contigo.
 
Me coge del brazo y me agarra del pelo con la otra mano, tirando de él con suavidad para obligarme a mirarla a la cara. Su aliento me golpea el rostro y sus labios están sólo a unos milímetros de los míos.
 
—Y ¿eso por qué? —pregunta.
 
—Porque... —Mi mente busca una respuesta mientras mi subconsciente suplica que me arranque el resto de mi ropa—. Estoy enfadada contigo.
 
—¿Y? Yo también estoy enfadada contigo. —Sus labios acarician mi piel y recorren mi mandíbula. Me tiemblan las piernas y no puedo pensar con claridad.
Enarco una ceja y digo:
 
—Y ¿eso por qué? Yo no he hecho nada. —Tenso el estómago cuando sus manos se desplazan a mi trasero, masajeándolo y apretándolo lentamente.
 
—El espectáculo que has dado en el bar era suficiente como para mandarme a un sanatorio, por no hablar del hecho de que te has paseado por todo el pueblo con ese puto camarero; me has faltado al respeto delante de todos al quedarte con él.
 
—Su tono es amenazador, pero sus labios son suaves mientras recorren mi cuello—. Me muero por tenerte desde que estábamos en ese bar de mierda.
Después de verte bailar así quería llevarte al baño y follarte contra la pared. —Se pega contra mí para que sienta lo excitada que esta.
Por mucho que la deseo, no puedo permitir que me culpe de todo.
 
—Tú... —Cierro los ojos y disfruto de la sensación de sus manos y sus labios sobre mi cuerpo—. Has sido tú la que... —No soy capaz de pensar, y mucho menos de formar una frase—. Para.
La agarro de las manos para que deje de sobarme. Su mirada se llena de decepción y deja caer las manos a los costados.
—¿No me deseas?
 
—Claro que sí. Siempre te deseo. Pero... se supone que estoy enfadada.
 
—Puedes seguir estándolo mañana —dice con una sonrisa malévola.
 
—Eso es lo que hago siempre, y tengo que...
 
—Shhh...
 
Me tapa la boca con sus labios y me besa con fuerza. Abro los míos y, aprovechando mi momento de flaqueza, me agarra de nuevo del pelo, hunde la lengua en mi boca y pega mi cuerpo al suyo todo lo posible.
 
—Tócame —me ruega intentando cogerme las manos.
No hace falta que me lo diga dos veces; quiero tocarla, y ella necesita que le infunda seguridad. Así es como solucionamos las cosas y, por muy estúpido que parezca, no es la sensación que tengo cuando me besa de esta manera y me ruega que le ponga las manos encima. Me peleo con los botones de su camisa y ella gruñe de impaciencia. Agarra los dos lados, tira yarranca todos los botones.
 
—Me gustaba esa camisa —digo pegada a su boca, y ella sonríe con los labios contra los míos.
 
—Yo la odiaba.
 
Deslizo la tela por sus hombros y dejo que la prenda caiga al suelo. Acaricia mi lengua con la suya lentamente, y el beso, intenso pero increíblemente dulce, hace que me derrita en sus brazos. Siento la ira y la frustración que se esconde tras sus labios, pero está haciendo un gran esfuerzo por ocultarlas.
Siempre está ocultando cosas.
 
—Sé que vas a dejarme pronto —dice deslizando los labios por mi cuello de nuevo.
 
—¿Qué? —Me aparto un poco, sorprendida y confundida ante sus palabras.
 
Me duele el corazón al oírla. El alcohol me hace más sensible a sus sentimientos. La quiero. La quiero muchísimo. Pero hace que me sienta tan débil y vulnerable... En cuanto me permito pensar que está preocupada, o triste, o afligida de alguna manera, es como si todos mis sentimientos desaparecieran y me centrara en ella, y no en mí o en cómo me siento.
 
—Te quiero mucho —susurra, y acaricia suavemente mis labios con el pulgar.
Su pecho y su torso sobresaliendo de sus vaqueros negros son una imagen divina, y sé que estoy completamente a su merced.
 
—Brittany, ¿qué...?
 
—Ya hablaremos después. Ahora quiero sentirte.
Me guía hasta la cama e intento acallar a mi mente, que me grita que la detenga y que no ceda.  Pero no soy capaz. No soy lo bastante fuerte como para controlarme cuando sus manos callosas acarician mis muslos, los separan ligeramente y me tienta colando el dedo índice por el elástico de mis
bragas.
 
—jadeo, y me mira con sus ojos inyectados en sangre.
 
Quiere decirme algo, pero se detiene, y me alegro por ello. Creo que no estoy preparada para oír lo que sea que fuese a decir. Se aparta de mí, se levanta y se dirige a la maleta, que está en el suelo. Yo me tumbo mirando al techo, intentando ordenar mis ebrios pensamientos. «¿De verdad necesito ir a Seattle? ¿Es Seattle lo bastante importante para mí como para perder a Brittany?» El fuerte dolor que me atraviesa al pensarlo me resulta casi insoportable.
 
—No me lo puedo creer —dice desde el otro lado de la habitación.
Cuando me incorporo, veo que está mirando un trozo de papel que tiene en la mano.
 
—¿Qué puta mierda es esto? —inquiere mirándome a los ojos.
 
—¿El qué?
Miro abajo y veo que mi vestido se encuentra sobre el suelo de madera, junto a mis zapatos. Al principio estoy un poco confundida, pero entonces veo que mi sujetador también está ahí tirado.
«Mierda.» Me levanto rápidamente e intento quitarle el papel de las manos.
 
—No te hagas la tonta. ¿Te has guardado su número? —dice con la boca abierta mientras sostiene el papel por encima de su cabeza para que no pueda recuperarlo.
 
—No es lo que piensas. Estaba enfadada y él...
 
—¡Y una mierda! —grita.
 
Ya estamos. Conozco esa mirada. Todavía recuerdo la primera vez que la vi. Estaba empujando la vitrina de casa de su padre con el rostro retorcido de esa manera por la ira.
 
—Brittany...
—Adelante, llámalo. Deja que te folle él, porque desde luego yo no quiero hacerlo.
 
—No saques las cosas de quicio —le ruego. Estoy demasiado borracha como para empezar una guerra a gritos con ella.
—¿Que no saque las cosas de quicio? Acabo de encontrar el número de un tío en tu sujetador —silba con los dientes y la mandíbula apretados con furia.
 
—No te hagas la inocente ahora —le digo mientras ella se pasea de un lado a otro—. Si piensas gritarme, ahórrate la saliva. Estoy harta de pelearme contigo todos los días —añado, y suspiro con frustración.
 
Me señala con furia.
—¡Es por tu culpa! Tú eres la que no para de cabrearme. Es culpa tuya que me ponga de esta manera, ¡y lo sabes!
 
—¡No! No es verdad. —Me esfuerzo por hablar en voz baja—. No puedes culparme de todo. Ambas cometemos errores.
 
—No, tú cometes errores. Un montón de errores. Y ya estoy harta. —Se tira del pelo—. ¿Crees que quiero ser así? Joder, no, no quiero. ¡Es culpa tuya!
 
Me quedo callada.
 
—Adelante, llora —dice burlándose de mí.
 
—No pensaba llorar.
 
Abre unos ojos como platos.
 
—Vaya, qué sorpresa. —Me aplaude de la manera más denigrante posible.
Me echo a reír y se detiene.
 
—¿De qué te ríes? —Me mira por un segundo—. Contéstame.
Sacudo la cabeza.
 
—Eres una imbécil. Una imbécil integral.
 
—Y tú eres una zorra egoísta. ¿Alguna cosa más? —me espeta, y dejo de reírme bruscamente.
Me levanto de la cama sin decir ni una palabra ni derramar ni una lágrima. Saco una camiseta y unos pantalones cortos del cajón y me los pongo rápidamente mientras ella me observa.
 
—¿Adónde crees que vas? —pregunta.
 
—Déjame en paz.
 
—No. Ven aquí. —Intenta agarrarme y siento unas ganas tremendas de darle una bofetada, pero sé que me detendrá.
 
—¡Quita! —Me suelto el brazo de un tirón—. Estoy harta. Estoy harta de estas peleas. Estoy harta y agotada, y no quiero seguir así. No me quieres. Sólo quieres poseerme, y no te lo voy a permitir. —La miro directamente a sus ojos brillantes y le digo—: Estás rota, Brittany, y yo no puedo arreglarte.

De repente se da cuenta de lo que me ha hecho, a mí y a sí misma, y se coloca delante de mí sin emoción alguna. Con los hombros hundidos, y con los ojos ahora sin brillo, me mira, y al hacerlo por fin ve un reflejo tan carente de expresión como ella. No tengo nada que decirle. Ya no le queda nada que romper dentro de mí, o de ella, y por la palidez de su rostro, veo que finalmente se ha dado cuenta.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 2:04 am

Capítulo 50
Santana

 
Ryder abre la puerta mientras se frota los ojos. Sólo lleva puestos unos pantalones de cuadros, sin camiseta ni calcetines.
 
—¿Puedo dormir aquí? —le pregunto, y él asiente, adormilado y sin hacer preguntas—. Lamento haberte despertado —le susurro.
 
—No te preocupes —farfulla, y vuelve junto a la cama—. Toma, quédate ésta, la otra es muy plana. —Empuja una almohada blanca y mullida contra mi pecho.
Sonrío, me abrazo a la almohada y me siento en el borde de la cama.
 
—Ésta es la razón por la que te quiero tanto. Bueno, no la única, pero una de ellas.
 
—¿Porque te cedo la mejor almohada? —Su sonrisa es aún más adorable cuando está medio dormido.
 
—No, porque siempre estás ahí para mí... y porque tienes almohadas mulliditas.
 
—Mi voz es tan grave cuando estoy borracha que suena rara.
Ryder se tumba de nuevo en la cama y se aparta para dejarme mucho espacio al otro lado.
 
—¿Crees que vendrá aquí a buscarte? —pregunta en voz baja.
 
—No. —El momento de humor provocado por Ryder y sus almohadas mullidas ha sido reemplazado por el dolor por Brittany y por las palabras que hemos intercambiado hace unos momentos.
Me tumbo y miro a Ryder, a mi lado.
 
—¿Te acuerdas de eso que me has dicho antes de que no es una causa perdida? —susurro.
 
—Sí.
 
—¿De verdad lo piensas?
 
—Sí. —Hace una pausa—. A no ser que haya hecho algo más.
 
—No. Bueno..., nada nuevo, en realidad. Pero es que... no sé si puedo seguir con esto. No paramos de dar pasos atrás, y eso no debería ser así. Cada vez que pienso que hemos avanzado, se convierte en la misma Brittany que conocí hace unos meses. Me dice que soy una zorra egoísta o simplemente me dice que no me quiere, y sé que no lo dice de verdad, pero cada sílaba me aplasta un poco más que la anterior, y creo que estoy empezando a entender que ella es así. No puede evitarlo, y tampoco puede cambiarlo.
 
Ryder me observa con ojos pensativos antes de fruncir los labios.
 
—¿Te ha llamado zorra? ¿Cuándo? ¿Esta noche?
Asiento y él suspira sonoramente y se pasa la mano por la cara.
 
—Yo también le he dicho cosas hirientes. —Me entra hipo.
La explosiva combinación de vino y whisky me va a pasar factura mañana, lo sé.
 
—No debería llamarte nada que no sea tu nombre. Es una mujer tambien. No está bien, Santana, deja de excusarla.
 
—No lo hago..., pero... —Bueno, eso es justo lo que estoy haciendo ahora. Suspiro—. Creo que es por lo de Seattle. Ha pasado de hacerse un tatuaje por mí y de asegurarme que no puede vivir sin mí a decirme que sólo me persigue porque follo con ella. ¡Ya ves! ¡Lo siento, Ryder! —Me tapo la cara con las manos. No me puedo creer que acabe de decir eso delante de él.
 
—No te preocupes. Te he visto pescando tu ropa interior del jacuzzi, ¿recuerdas? —Sonríe, quitándole peso a la conversación, y espero que la relativa oscuridad del cuarto al menos oculte mi rubor.— Este viaje ha sido un desastre. —Sacudo la cabeza y la entierro en la almohada.
 
—Igual no. Igual esto es justo lo que las dos necesitabais.
 
—¿Romper?
 
—No... ¿Es eso lo que ha pasado? —Coloca otra almohada a mi lado.
 
—No lo sé. —Entierro el rostro más todavía.
 
—¿Es eso lo que tú quieres? —me pregunta con tiento.
 
—No, pero es lo que debería querer. No es justo para ninguna de las dos que sigamos haciendo esto día sí, día también. Aunque yo tengo mi parte de culpa; siempre espero demasiado de ella.
He heredado los defectos de mi madre. Ella también espera siempre demasiado de todo el mundo.
Ryder se revuelve un poco.
 
—No tiene nada de malo esperar cosas de ella, y menos si las cosas que esperas son razonables —responde—. Tiene que darse cuenta de lo que tiene. Eres lo mejor que le ha pasado en la vida, y debería recordarlo.
 
—Me ha dicho que es culpa mía..., que ésa es su forma de ser. Lo único que quiero es que sea amable conmigo al menos la mitad del tiempo, y también seguridad en nuestra relación, eso es todo. Es patético. —Gruño, mi voz se quiebra, y todavía siento el whisky mezclado con el fresco sabor de Brittany en mi lengua—. Si fueses yo, ¿te irías a Seattle? No paro de pensar que debería cancelarlo y quedarme aquí, o irme a Inglaterra con ella. Si actúa de esa manera es porque voy a marcharme a Seattle; tal vez debería...
 
—Tienes que ir —me interrumpe Ryder—. Has querido ir a Seattle desde el día que te conocí. Si Brittany se niega a ir contigo, ella se lo pierde. Además, le doy una semana desde que te marches para que se presente en tu puerta. No puedes ceder en esto. Tiene que saber que esta vez vas en serio. Debes dejar
que te eche de menos.
 
 Sonrío al imaginarme a Brittany apareciendo una semana después de que me haya mudado, desesperada y rogándome que la perdone con un ramo de flores en las manos.
 
—Ni siquiera tengo una puerta ante la que pueda presentarse.
 
—Fue cosa suya, ¿verdad? Fue culpa suya que aquella mujer no te devolviera la llamada.
 
—Sí.
 
—Lo sabía. Los agentes inmobiliarios siempre llaman. Tienes que irte. Ken te ayudará a buscar un lugar en el que hospedarte hasta que encuentres un sitio permanente.
 
—Pero ¿y si no viene? Y, lo que es peor, ¿y si viene pero está aún más enfadada porque odia estar allí?
 
—Santana, voy a decirte esto porque me importas, ¿vale?
 
—Espera mi respuesta y yo asiento—.
Tendrías que estar loca para renunciar a irte a Seattle por alguien que te quiere más que a nada pero que está dispuesta a demostrártelo sólo la mitad del tiempo.
 
Pienso en Brittany diciéndome que soy yo la que comete todos los errores y que si actúa como lo hace es por culpa mía.
 
—¿Crees que estaría mejor sin mí? —le pregunto a Ryder.
Se incorpora un poco y dice:
 
—¡Ni de coña! Pero sé que no me cuentas ni la mitad de las cosas que te hace, así que es posible que de verdad no vaya a funcionar. —Su brazo atraviesa el espacio que nos separa y me acaricia el mío con la mano.
Uso el alcohol que corre por mis venas como excusa para permitirme pasar por alto el hecho de que Ryder, una de las únicas personas que creía en mi relación con Brittany, acaba de tirar la toalla.
 
—Mañana me voy a encontrar fatal —digo para cambiar de tema antes de romper la promesa que me había hecho a mí misma de no llorar.
 
—Sí, sin duda —bromea—. Hueles a destilería.
 
—He conocido a al novio de Lillian, no paraba de pedirme chupitos. Ah, y he bailado sobre una barra.
Sofoca un grito de regocijo.
 
—Venga ya.
 
—En serio. Menuda vergüenza. Ha sido idea de Riley.
 
—Parece un chico... interesante. —Sonríe, y entonces parece darse cuenta de que las puntas de sus dedos continúan acariciando mi piel. Las aparta de inmediato y coloca el brazo debajo de su cabeza.
 
—Es la versión masculina de Brittany. —Me río.
 
—¡Claro! ¡Por eso suena tan irritante! —bromea, y, en un momento de locura etílica, miro hacia la puerta, esperando ver a Brittany ahí, con el ceño fruncido después de oír la broma insultante de Ryder.
 
—Consigues que me olvide de todo. —Mi boca libera esas palabras sin que me dé tiempo a pensarlas.
 
—Me alegro. —Mi mejor amigo sonríe y coge la manta que hay a los pies de la cama. La extiende sobre nuestros cuerpos y cierro los ojos.
 
Tras unos minutos de silencio, mi mente se resiste mientras el sueño lucha por llevarme consigo. La respiración de Ryder se ralentiza y tengo que obligarme a mantener los ojos cerrados e imaginarme que es la de Brittany o mi mente no se rendirá jamás.
La expresión furiosa de Brittany y sus duras palabras se reproducen incesantemente en mis pensamientos mientras por fin me quedo dormida: «Eres una zorra egoísta».
 
—¡No!
 
La voz de Brittany me despierta de un sobresalto. Tardo un momento en recordar que estoy en el cuarto de Ryder, y que Brittany está en el que se encuentra al final del pasillo, sola.
 
—¡No la toques! —la oigo gritar unos segundos después.
 
Salto de la cama y llego hasta la puerta antes incluso de que termine la frase.
«Tiene que darse cuenta de lo que tiene. Tiene que saber que esta vez vas en serio. Debes dejar que te eche de menos.»
Si voy corriendo a esa habitación, sé que se lo perdonaré todo. La veré vulnerable y asustada y le diré lo que necesite oír para reconfortarla.
 
Recojo mi corazón del suelo y vuelvo a la cama. Me tapo la cabeza con la almohada justo cuando otro «¡No!» resuena por la cabaña.
 
—Santana..., ¿has oído...? —susurra Ryder.
 
—No —respondo con voz temblorosa.
 

Muerdo la almohada y rompo a llorar. No por mí, sino por Brittany. Por la chica que no sabe cómo tratar a la gente que le importa, la chica que tiene pesadillas cuando no duermo con ella, pero que me dice que no me quiere. La chica que necesita que le recuerde lo que se siente estando sola.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 2:06 am

Capítulo 51
Brittany

 
No paran. No paran de tocarla. Sus manos sucias y arrugadas ascienden por sus muslos y ella llora mientras el otro hombre la agarra de la coleta y tira de su cabeza hacia atrás con fuerza.
—¡Alejaos de ella! —intento gritarles, aunque no me oyen.
Trato de moverme, pero estoy paralizada en la escalera de mi infancia. Sus ojos  me miran abiertos como platos, asustados y sin vida mientras un oscuro moratón empieza a formarse en su mejilla.
—No me quieres —susurra.
Sus ojos se clavan en los míos mientras la mano de uno de los hombres repta por su espalda y la agarra del cuello.
«¿Qué?»
—Sí; ¡claro que sí! ¡Te quiero, San! —grito, sin embargo ella no me escucha.
Sacude la cabeza mientras el hombre aprieta su cuello con más fuerza y su amigo la toca entre las piernas.
—¡No! —grito por última vez antes de que su imagen empiece a desintegrarse ante mis ojos.
—No me quieres...
Sus ojos están enrojecidos por la agresión, y no puedo hacer nada por ayudarla.
—¡San!
Sacudo los brazos en la cama para llegar hasta ella. En cuanto la toque, el pánico desaparecerá y se llevará consigo las horribles imágenes de esas manos alrededor de su cuello. Ella no está aquí. Santana no ha vuelto. Me siento, enciendo la lámpara de la mesilla de noche y observo la habitación. Mi corazón golpea contra mi caja torácica y mi cuerpo está empapado de sudor.
«Ella no está aquí.» Oigo unos golpecitos en la puerta y contengo el aliento cuando ésta se abre. Por favor, que sea...
 
—¿Brittany? —pregunta la voz de Karen.
«Mierda.»
 
—Estoy bien —le espeto, y ella abre más la puerta.
 
—Si necesitas algo, no dudes en...
 
—¡Joder, he dicho que estoy bien! —Paso la mano por la mesilla de noche y tiro la lámpara al suelo formando un terrible estrépito.
Sin mediar palabra, Karen sale de la habitación, cierra la puerta y me deja aquí sola en la oscuridad.
 
Santana tiene la cabeza apoyada en sus brazos cruzados sobre la encimera de la cocina. Aún lleva puesto el pijama y el pelo recogido en un moño alto.
 
—Sólo necesito paracetamol y un poco de agua —gruñe.
Ryder está sentado a su lado, comiendo cereales.
 
—Te traeré uno. Cuando tengamos las maletas en el coche podemos irnos. Aunque Ken aún está en la cama; anoche le costó conciliar el sueño —explica Karen.
 
Santana la mira pero no dice nada. Sé que está pensando: «¿Me oirían gritar anoche como una zorra patética?».
Karen abre un cajón y saca un par de envoltorios de aluminio. Los observo a los tres y espero a que alguno advierta mi presencia. Ninguno lo hace.
 
—Voy a hacer la maleta; gracias por el paracetamol —dice Santana con voz suave mientras se levanta de su silla. Se toma el medicamento rápidamente y, cuando deja el vaso de agua de nuevo sobre la encimera, su mirada se encuentra con la mía, pero aparta la vista al instante. Sólo he pasado una noche sin ella y ya la he echado mucho de menos. No puedo quitarme las horribles imágenes de la pesadilla de la cabeza, sobre todo cuando pasa por mi lado sin mostrar
emoción alguna. Nada que me haga saber que estaré bien.
El sueño parecía muy real, y ella se comporta de un modo tan frío.
Me quedo aquí plantada un momento, meditando si debo seguirla o no, pero mis pies deciden por mí y suben la escalera. Cuando entro en la habitación, la encuentro arrodillada, abriendo la cremallera de la maleta.
 
—Voy a guardarlo todo, luego podremos irnos —dice sin volverse.
Asiento, y entonces me doy cuenta de que no me ve.
 
—Sí, de acuerdo —murmuro.
No sé qué piensa, qué siente ni qué decir. No tengo ni idea, como de costumbre.
 
—Lo siento —digo en voz demasiado alta.
 
—Lo sé —se apresura a responder, pero sigue sin mirarme y empieza a doblar mi ropa de la cómoda y del suelo.
 
—En serio. No quería decir lo que dije.
Necesito que me mire para saber que mi sueño ha sido sólo eso.
 
—Lo sé. No te preocupes. —Suspira, y veo que sus hombros están más decaídos que de costumbre.
 
—¿Estás segura? Te dije cosas muy fuertes...
 
«Estás rota, Brittany, y yo no puedo arreglarte.» Eso es lo peor que podría haberme dicho. Por fin se ha dado cuenta de lo jodida que estoy y, lo que es más importante, sabe que lo mío no tiene cura. Si ella no puede arreglarme, nadie lo hará.
 
—Yo también. Tranquila. Me duele mucho la cabeza, ¿podemos hablar de otra cosa?
 
—Claro.
Le doy una patada a un trozo de la lámpara que rompí anoche. Ya les debo a mi padre y a Karen al menos cinco putas lámparas.
Me siento un poco culpable por haberle hablado así a Karen anoche, pero no quiero ser la primera en mencionarlo, y probablemente ella sea demasiado amable y comprensiva como para hacerlo.
 
—¿Puedes traer lo que hay en el baño, por favor? —pide Santana.


El resto de mi tiempo en esa maldita cabaña transcurre de esta manera: viendo cómo ella guarda nuestras cosas y limpia la lámpara rota sin decirme ni una palabra y sin mirarme.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 2:07 am

Capítulo 52
Santana

 
—Cuánto me alegro de haber visto a Max y a Denise otra vez. ¡Hacía años! —exclama Karen mientras Ken arranca el todoterreno.
Nuestras maletas están bien aseguradas en la parte trasera, y Ryder me ha prestado sus auriculares para que me distraiga durante el viaje.
 
—Sí, ha estado bien. Lillian está muy mayor —dice Ken al tiempo que le regala una sonrisa a su mujer.
— Mucho. Es una chica muy guapa.
No puedo evitar poner los ojos en blanco. Lillian era maja y todo eso, pero después de pasarme horas pensando que estaba interesada en Brittany, creo que jamás podrá caerme bien. Menos mal que las probabilidades de que vuelva a verla son escasas, si no inexistentes.
—Max no ha cambiado nada —señala Ken con voz grave y de desaprobación. Al menos, no soy la única a la que no le gusta su actitud arrogante y altiva.
—¿Te encuentras mejor? —me pregunta Ryder.
—No mucho —suspiro.
Asiente.
—¿Por qué no duermes un rato? ¿Quieres un poco de agua?
—Yo se la daré —interviene Brittany.
Ryder la ignora y coge un recipiente con agua de la pequeña nevera del suelo delante de su asiento. Le doy las gracias en silencio y me pongo los auriculares en las orejas. Mi teléfono no para de bloquearse, así que lo apago y lo vuelvo a encender para ver si así funciona mejor. Este trayecto va a ser
insoportable si no puedo calmar mi tensión con música. No sé por qué nunca había hecho esto antes de la «Gran Depresión», cuando Ryder tuvo que enseñarme a descargarme música.
Sonrío ligeramente al recordar el estúpido nombre con el que he bautizado a esos largos días sin Brittany. No sé por qué sonrío, teniendo en cuenta que fueron los peores días de mi vida. Ahora siento algo parecido. Sé que se avecina algo similar.
 
—¿Qué pasa? —Brittany se inclina para hablarme al oído y yo me aparto por acto reflejo. Frunce el ceño y no intenta tocarme otra vez.
 
—Nada, que mi teléfono es una... una basura. —Levanto el dispositivo en el aire.
 
—¿Qué quieres hacer exactamente?
 
—Escuchar música y, a ser posible, dormir —susurro.
 
Me quita el teléfono de las manos y se pone a toquetear la configuración.
 
—Si me hubieses hecho caso y te hubieses pillado uno nuevo, no te pasaría esto —me reprocha.
Me muerdo la lengua y miro por la ventana mientras ella intenta arreglar mi móvil. No quiero uno nuevo y, además, ahora no tengo dinero para comprármelo. Tengo que buscar un apartamento, comprar muebles nuevos y pagar facturas. Lo último que se me ocurre es pagar cientos de dólares por algo por lo que ya he pagado recientemente.
 
—Creo que ya funciona. Si no, puedes usar el mío —dice.
«¿Usar el suyo?» ¿Brittany me está ofreciendo que use su teléfono de manera voluntaria? Esto es nuevo.
 
—Gracias —mascullo, y recorro mi lista de reproducción antes de escoger una canción. Pronto, la música inunda mis oídos, penetra en mis pensamientos y apacigua mi torbellino interior.
 
Brittany apoya la cabeza contra la ventanilla y cierra los ojos. Sus oscuras ojeras delatan su falta de sueño. Me siento un poco culpable, pero decido no pensar en ello. Al cabo de unos minutos, la música consigue relajarme lo suficiente como para que me quede dormida.
—Santana. —Me despierta la voz de Brittany—. ¿Tienes hambre?
 
—No —refunfuño negándome a abrir los ojos.
 
—Tienes resaca, deberías comer —dice.
 
De repente me doy cuenta de que tengo la necesidad de comer algo que absorba la acidez de mi estómago.
 
—Vale —cedo por fin. No tengo energías para discutir.
Minutos más tarde, me coloca un sándwich y unas patatas fritas sobre el regazo y abro los ojos.
Picoteo la comida y apoyo la cabeza sobre el asiento después de comerme la mitad. Pero mi teléfono se ha bloqueado otra vez.
Al verme pelear con él de nuevo, Brittany quita los auriculares de mi móvil y los conecta al suyo.
 
—Listo.
 
—Gracias.
 
Ya me ha abierto la aplicación de música. Una larga lista aparece en la pantalla y navego por ella hasta encontrar algo que me resulte familiar. Estoy a punto de tirar la toalla cuando veo una carpeta llamada «S». Miro a Brittany y, para mi sorpresa, tiene los ojos cerrados y no me está mirando. Cuando abro la carpeta veo que contiene toda mi música favorita, incluso canciones que jamás le he
mencionado. Debe de haberlas visto en mi teléfono.
Detalles como éste hacen que me cuestione nuestra relación. Los pequeños gestos que intenta ocultarme son lo que más me gusta en este mundo. Ojalá dejara de esconderlos. Con un suave golpecito, esta vez es Karen quien me despierta.
 
—Despierta, cariño.
 
Levanto la vista y veo que Brittany está dormida; tiene la mano en el asiento entre nosotras, y sus dedos me rozan ligeramente la pierna. Incluso dormida gravita hacia mí.


—Brittany, despierta —susurro, y sus ojos se abren de golpe, alertas. Se los frota, se rasca la cabeza, me mira y analiza mi expresión.
 
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja, y yo asiento.
 
Estoy intentando evitar los enfrentamientos con ella, pero me está empezando a poner nerviosa su conducta calmada: suele preceder a un estallido.
Nos reunimos fuera del coche y Brittany se acerca a la parte trasera para sacar nuestras maletas.
Karen me rodea con los brazos y me abraza con fuerza.
 
—Santana, querida, gracias otra vez por venir. Lo hemos pasado muy bien. Por favor, vuelve a visitarnos pronto, pero mientras, espero que te vaya de maravilla en Seattle. —Cuando se aparta, tiene los ojos llenos de lágrimas.
 
—Volveré pronto para veros, lo prometo. —La abrazo de nuevo. Siempre se ha mostrado muy amable y cariñosa conmigo, casi como la madre que nunca tuve.
 
—Buena suerte, Santana, y si necesitas algo, dímelo. Tengo muchos contactos en Seattle. —Ken sonríe y, con aire incómodo, me rodea los hombros con el brazo.
 
—Yo volveré a verte antes de irme a Nueva York, así que no voy a abrazarte todavía —dice Ryder, y ambos nos echamos a reír.
 
—Te espero en el coche —farfulla Brittany, y se marcha sin despedirse siquiera de su familia.
Al verla marchar, Ken me dice:
 
—Entrará en razón si sabe lo que le conviene.
Miro a Brittany, que ahora está sentada en su coche.
 
—Eso espero.
 
—Volver a Inglaterra no le hará ningún bien. Tiene demasiados recuerdos, demasiados enemigos, y cometió demasiados errores allí. Tú eres lo que más le conviene, tú y Seattle —me asegura Ken, y yo asiento. Ojalá Brittany lo viese de esa manera.
 
—Gracias de nuevo. —Les sonrío antes de reunirme con ella en el vehículo.
Cuando entro, no dice nada; se limita a encender la radio y a subir el volumen para indicarme que no tiene ganas de hablar. Ojalá supiera lo que se le pasa por la cabeza en ocasiones como ésta, cuando es tan inescrutable.
Mis dedos juguetean con la pulsera que me regaló por Navidad y me quedo mirando por la ventanilla mientras conduce. Para cuando llegamos al apartamento, la tensión que siento entre nosotras ha alcanzado niveles insoportables. Me está volviendo loca, pero a ella no parece afectarla. Me dispongo a salir del coche, pero la larga mano de Brittany me detiene. Me coge con la otra de la barbilla y me gira la cabeza para que la mire a la cara.
 
—Lo siento. Por favor, no estés enfadada conmigo —dice en voz baja, con la boca tan sólo a unos centímetros de la mía.
 
—Vale —respondo, e inhalo su fresco aliento.
 
—Vale, pero no estás bien. Lo sé. Te estás callando cosas, y lo detesto.
 
Es verdad, siempre sabe exactamente qué estoy pensando, pero al mismo tiempo no tiene ni idea. Es una contradicción.
 
—No quiero volver a discutir contigo.
 
—Pues no lo hagas —dice, como si fuese tan fácil.
—Eso intento. Pero han pasado muchas cosas durante este viaje. Todavía estoy intentando procesarlo todo —admito.
Todo empezó cuando descubrí que Brittany había saboteado lo de mi apartamento y terminó cuando me llamó zorra egoísta.
 
—Sé que he arruinado el viaje.
 
—No es sólo culpa tuya. Yo no debería haberme quedado con...
 
—No termines —me interrumpe, y aparta la mano de mi barbilla—. No quiero ni oírlo.
 
—Vale. —Aparto la vista de su intensa mirada y ella apoya la mano sobre la mía y me la aprieta con suavidad.
 
—A veces yo... bueno, a veces me..., joder. —Suspira y empieza de nuevo—: A veces, cuando pienso en nosotras, me pongo paranoica, ¿sabes? En ocasiones no sé por qué estás conmigo, de modo que me comporto mal y mi mente comienza a hacerme creer que no va a funcionar o que te estoy
perdiendo, y entonces es cuando digo estupideces. Si te olvidases de lo de Seattle, por fin podríamos ser felices, sin más distracciones.
 
—Seattle no es una distracción, Brittany —replico con suavidad.
 
—Lo es. Estás insistiendo tanto en ello por cabezonería.
 
Es increíble lo rápido que cambia su tono de cálido a gélido en cuestión de segundos.
Miro por la ventana.
 
—¿Podemos dejar de hablar de Seattle? Nada va a cambiar: tú no quieres ir, pero yo sí. Estoy harta de darle vueltas y más vueltas.
 
Aparta la mano y me vuelvo hacia ella.
 
—Vale —prosigue—, ¿y qué sugieres que hagamos? ¿Quieres irte a Seattle sin mí? ¿Cuánto crees que durará lo nuestro así? ¿Una semana? ¿Un mes? —Sus ojos me miran con frialdad, y me entran escalofríos.
 
—Si de verdad queremos, funcionará. Al menos el tiempo suficiente como para que pruebe cómo me va allí y vea si es lo que quiero. Si no me gusta, podemos irnos a Inglaterra.
 
—No, no, no —dice encogiéndose de hombros—. Si te marchas a Seattle, dejaremos de estar juntas. Se habrá acabado.
 
—¿Qué? ¿Por qué? —balbuceo, y preparo mi siguiente respuesta.
 
—Porque no me van las relaciones a distancia.
 
—Tampoco te iban las relaciones, ¿no? —le recuerdo.
 
Me indigna el hecho de estar básicamente rogándole que siga conmigo cuando soy yo la que debería estar planteándose dejarla por el modo en que me trata.
 
—Y mira cómo está saliendo —responde con cinismo.
 
—Hace dos minutos te estabas disculpando por atacarme de esa manera, y ¿ahora me estás amenazando con terminar nuestra relación si me marcho a Seattle sin ti? —Me quedo boquiabierta y ella asiente.
 
—. A ver si lo he entendido: ¿me dijiste que te casarías conmigo si no me iba pero, si me voy, romperás conmigo? —No estaba preparada para sacar a relucir su propuesta, pero no he podido contener las palabras.
 
—¿Casarme contigo? —Se queda boquiabierta y me mira con recelo. Sabía que no debería haberlo mencionado—. ¿Qué...?
 
—Dijiste que, si te elegía a ti, te casarías conmigo. Estabas borracha, pero pensaba que a lo mejor...
—¿Qué pensabas? ¿Que me casaría contigo? —Mientras pronuncia esas palabras, todo el aire desaparece del coche, y respirar se vuelve cada vez más difícil conforme pasan los segundos en silencio.
No pienso llorar delante de ella.
 
—No, sabía que no lo harías, pero...
 
—Y ¿por qué lo mencionas? Sabes que estaba muy borracha y desesperada porque te quedaras. Habría dicho lo que fuera.
 
Se me cae el alma a los pies al oír sus palabras y el desprecio en su voz. Como si me estuviera culpando por creer las mentiras que salen de su boca. Sabía que reaccionaría insultándome, pero una pequeña parte de mí, la parte que todavía cree en su amor por mí, me ha llevado a pensar que a lo mejor lo de su propuesta iba en serio.
 
Esto ya lo he vivido antes. Yo estaba sentada aquí, en este asiento del coche, mientras ella  se burlaba de mí por pensar que íbamos a empezar una relación. El hecho de que me duela igual ahora, bueno, en realidad mucho más que entonces, hace que me den ganas de gritar.
 
Pero no grito. Me quedo aquí sentada, callada y avergonzada, como todas las veces que Brittany hace lo que hace siempre.
 
—Te quiero. Te quiero más que a nada, Santana, y no quiero herir tus sentimientos, ¿vale?
 
—Vaya, pues lo estás haciendo de maravilla —le espeto, y me muerdo un carrillo—. Voy adentro.
 
Suspira y abre la puerta de su lado al mismo tiempo que yo abro la mía. Luego se dirige al maletero. Me ofrecería a ayudarla a llevar las maletas, pero no me apetece interactuar con ella, y de todos modos sé que insistiría en llevarlas ella sola.
 
 Porque Brittany quiere ser una isla más que nada en este mundo.
Recorremos el edificio en silencio, y el único sonido que se oye en el ascensor es el del zumbido del mecanismo que nos sube hasta nuestro piso.
Cuando llegamos a casa, Brittany introduce la llave en la cerradura y me pregunta:
 
—¿Se te olvidó cerrar con llave?
 
Al principio no sé por qué me lo ha preguntado, pero entonces me recupero y le contesto:
 
—No, la cerraste tú. Me acuerdo. —Vi cómo cerraba la puerta antes de marcharnos; recuerdo que puso los ojos en blanco y bromeó acerca de que tardaba demasiado en estar lista.
 
—Qué raro —dice, y entra en el apartamento.
Peina la habitación con la mirada como si estuviera buscando algo.
 
—¿Crees que...? —empiezo.
 
—Aquí ha estado alguien —contesta, y se pone alerta al instante y aprieta los labios.
Empiezo a asustarme.
 
—¿Estás segura? No parece que falte nada. —Me dirijo al pasillo pero ella tira de mí inmediatamente.
 
—No vayas ahí hasta que haya echado un vistazo —me ordena.
 
Quiero decirle que se quede ella, que iré yo a mirar, pero la idea de que yo la proteja a ella es absurda.
Asiento y un escalofrío desciende por mi espalda. «¿Y si hay alguien dentro? ¿Quién entraría en nuestro apartamento sin estar nosotras aquí y no robaría el televisor de plasma gigante que todavía cuelga de la pared del salón?»
 
Brittany desaparece en el dormitorio, y yo contengo el aliento hasta que de nuevo oigo su voz.
 
—Está despejado. —Reaparece desde la habitación y yo exhalo profundamente de alivio.
 
—¿Estás segura de que alguien ha estado aquí?
 
—Sí, pero no sé por qué no se han llevado nada...
 
—Yo tampoco.
 
Inspecciono la habitación con la mirada y advierto la diferencia. La pequeña pila de libros de la mesilla de noche del lado de Brittany no está como estaba. Recuerdo perfectamente que el libro con las frases subrayadas que le regalé estaba arriba del todo, porque me hizo sonreír saber que lo leía una y
otra vez.
 
—¡Ha sido tu puto padre! —exclama de repente.
 
—¿Qué? —Para ser sincera, la idea ya se me había pasado por la cabeza, pero no quería ser yo quien lo dijera.
—¡Ha tenido que ser él! ¿Quién más iba a saber que no estábamos e iba a venir a nuestra casa y no robar nada? Sólo él. ¡Ese estúpido cabrón borracho!
 
—¡Brittany!
 
—Llámalo ahora mismo —me exige.
Saco mi móvil de mi bolsillo trasero, pero me detengo.
 
—No tiene teléfono.
Brittany lanza las manos al aire como si lo que acabo de decir fuera lo peor que ha oído en su vida.
 
—¡Claro! ¡Cómo no! Es un puto vagabundo.
 
—Ya basta —digo fulminándolo con la mirada—. ¡Que creas que haya sido él no te da derecho a decir esas cosas delante de mí!
 
—Vale. —Baja los brazos y hace un gesto para indicarme que salgamos—. Pues vamos a buscarlo.
Me dirijo a nuestro teléfono fijo.
 
—¡No! Deberíamos llamar a la policía y denunciarlo, no ir a la caza de mi padre.
 
—Vale, llamamos a la policía, y ¿qué decimos? ¿Que el drogadicto de tu padre se ha colado en nuestro apartamento pero no se ha llevado nada?
 
Me detengo en el acto y me vuelvo hacia ella. Siento cómo la ira se me escapa por los ojos.
 
—¿Drogadicto?
 
Parpadea rápidamente y avanza un paso hacia mí.
 
—Quería decir borracho... —No me mira. Está mintiendo.
 
—¿Por qué has dicho drogadicto? —le exijo.
 
Sacude la cabeza y se pasa las manos por el pelo. Me mira y luego baja la vista al suelo.
 
—Sólo es una suposición, ¿vale?
 
—Y ¿por qué ibas a presuponer eso? —Me arden los ojos y me duele la garganta de imaginármelo. Brittany y sus brillantes suposiciones.
 
—No lo sé, puede que porque el tipo que vino a recogerlo parecía el típico adicto a la metadona. — Me observa y veo que su mirada es suave—. ¿Le viste los brazos?
Recuerdo haberlo visto rascándose los antebrazos, pero llevaba manga larga.
 
—Mi padre no es ningún drogadicto... —digo despacio, sin saber si creo las palabras que están saliendo de mi boca. Lo que sí sé es que no estoy preparada para enfrentarme a esa posibilidad.
 
—Ni siquiera lo conoces, y no pensaba decirte nada. —Avanza otro paso hacia mí, pero retrocedo.
Mi labio inferior empieza a temblar y no puedo seguir mirándola.
 
—Tú tampoco lo conoces. Y, si no pensabas decirme nada, ¿por qué lo has hecho?
 
—No lo sé. —Se encoge de hombros.
 
Mi jaqueca se ha intensificado y estoy tan agotada que siento que voy a desmayarme de un momento a otro.
 
—¿Qué ganabas diciéndome eso?
 
—Lo he dicho porque se me ha escapado, y porque ha entrado en nuestro puto apartamento.
 
—Eso no lo sabes. —Mi padre no haría algo así. O eso creo.
 
—Vale, Santana, finge que tu padre, que, por cierto, es un borracho, es totalmente inocente.
Tiene un morro que se lo pisa, como siempre. ¿Se mete con mi padre por beber? ¿Brittany Pierce se está metiendo con alguien porque bebe cuando ella se emborracha tanto que no es capaz de recordar nada al día siguiente?
 
—¡Tú también lo eres! —replico, y me tapo la boca al instante.
 
—¿Qué has dicho? —Cualquier rastro de compasión desaparece de su rostro.
 
Sus ojos me observan como una depredadora y empieza a rodearme.
Me siento mal, pero sé que sólo está intentando intimidarme para que me quede quieta. Es tan poco consciente de sí misma y de cómo se comporta...
 
—Piénsalo. Sólo bebes cuando estás angustiada o enfadada; no sabes parar, y te pones desagradable. Rompes cosas y te peleas con la gente...
 
—No soy una puta borracha. Había dejado de beber por completo hasta que apareciste tú.
—No puedes echarme la culpa de todo, Brittany.
 
Decido pasar por alto el hecho de que yo también he estado recurriendo al vino cuando me he sentido angustiada o enfadada.
 
—No te estoy culpando por la bebida, Santana —repone levantando la voz.
 
—¡Dentro de dos días ninguno de las dos tendremos que preocuparnos por nada de esto!
—Salgo en dirección al salón y ella me sigue.
 
—¿Quieres parar y escucharme? —dice en tono tenso, pero al menos no me está gritando—. Sabes que no quiero que me dejes.
 
—Sí, bueno, pues te esfuerzas mucho en demostrarme lo contrario.
 
—¿Y eso qué significa? ¡Te digo constantemente lo mucho que te quiero!
Por un instante, veo la duda en su rostro mientras me grita esas palabras; sabe que no me demuestra su amor por mí lo suficiente.
 
—Eso no te lo crees ni tú. Lo sé.
 
—Vale, contéstame a esto, entonces: ¿crees que encontrarás a otra que aguante tus tonterías? ¿Tus constantes lloriqueos y tus críticas, tu enervante necesidad de que todo esté ordenado y tu actitud? — Sacude las manos en el aire delante de ella. Me echo a reír. Me río en toda su cara, y no puedo parar ni cubriéndome la boca.
—¿Mi actitud? ¿Mi actitud? Eres tú quien no para de faltarme al respeto, tu actitud roza el maltrato emocional: eres obsesiva, asfixiante y grosera. Llegaste a mi vida y la has puesto patas arriba, y ahora esperas que me incline porque tienes una idea de ti misma que no existe. Actúas como si fueses una tipa dura a la que no le importa nadie más que sí misma, ¡pero no puedes ni dormir sin mí! Paso por alto todos y cada uno de tus defectos, pero no pienso permitir que me hables así.
 
Me paseo de un lado a otro del suelo de hormigón y ella observa mis movimientos. Me siento un poco culpable por gritarle de esta manera, pero basta con pensar en las palabras que acaba de decirme para realimentar mi ira hacia ella.
 
—Y, por cierto, puede que a veces sea difícil de tratar, pero es porque estoy tan ocupada preocupándome por ti y por todos los que me rodean e intentando que no te cabrees que me olvido de mí misma. ¡Así que, perdona si te molesto, o si te critico cuando estás constantemente atacándome sin ningún puñetero motivo!
 
Brittany está muy seria. Sus manos forman puños a sus costados, y tiene las mejillas completamente rojas.
 
—No sé qué otra cosa hacer, ¿vale? Sabes que nunca antes he hecho esto, y sabías que hacerlo iba a suponer un reto, así que ahora no tienes ningún derecho a quejarte.
 
—¿Que no tengo derecho a quejarme? —exclamo—. Ésta también es mi vida, ¡y puedo quejarme si me sale de las narices!
 
No puede estar hablando en serio. Por un segundo, la expresión de su rostro me ha llevado a pensar que iba a disculparse por su forma de tratarme, pero debería haberme imaginado que no lo haría. El problema con Brittany es que, cuando es buena, es tan encantadora, tan dulce y tan sincera, que la adoro;
pero cuando es mala se convierte en la persona más horrible que he conocido y que conoceré jamás.
Vuelvo al dormitorio, abro la maleta y meto en ella toda mi ropa amontonada.
 
—¿Adónde vas? —me pregunta.
 
—No lo sé —le respondo con sinceridad.
«Lejos de ti, eso sí lo sé.»
 
—¿Sabes cuál es tu problema, Santana Lopez? Tu problema es que lees demasiadas novelas y te olvidas de que no son más que puta ficción. No existen los Darcy, sólo los Wickham y los Alec d’Urberville, así que espabila y deja de esperar que sea una especie de héroe literario, ¡porque eso no va a pasar, joder!
Sus palabras me envuelven y penetran por todos los poros de mi cuerpo.
 
Se acabó.
 
—Ésa es precisamente la razón por la que nunca va a funcionar. Lo he intentado contigo una y otra vez hasta que se me ha puesto la cara azul, y te he perdonado por todas las cosas desagradables que me has hecho, a mí y a otros, pero tú sigues haciéndome esto. En realidad, me lo estoy haciendo yo misma.
No soy ninguna víctima. Sólo soy una idiota que te quiere demasiado, pero yo no significo nada para ti.
Cuando me marche el lunes, tu vida volverá a la normalidad. Seguirás siendo la mismo Brittany a la que no le importa nadie una mierda, y yo seré la que se quede hecha polvo, pero me lo habré hecho a mí misma. Me he dejado atrapar por ti, he permitido que hicieras lo que te daba la gana conmigo sabiendo que las cosas acabarían de esta manera. Pensaba que, cuando nos separamos la otra vez, te darías cuenta de que estás mejor conmigo que sin mí, pero ése es el problema, Brittany. No estás mejor conmigo. Estás mejor sola. Siempre estarás sola. Incluso si encuentras a otra ingenua dispuesta a renunciar a todo por ti, incluso ella, también se cansará de todo esto, y te dejará del mismo modo que yo te...
 
Me mira. Sus ojos están inyectados en sangre y le tiemblan las manos. Sé que está a punto de perder el control.
—¡Adelante, Santana! Dime que vas a dejarme. O, mejor aún, no lo hagas. Recoge tu mierda y lárgate.
 
—Deja de intentar contenerte —replico enfadada, pero también rogando por dentro—. Estás tratando de no desmoronarte, pero sabes que quieres hacerlo. Si te permitieses mostrarme lo que sientes de verdad...
 
—No tienes ni puta idea de lo que siento. ¡Lárgate! —Su voz flaquea al final y sólo quiero envolverla con los brazos y decirle que no la dejaré jamás. Pero no puedo.
 
—Sólo tienes que decírmelo. Por favor, Brittany. Dime que lo intentarás, que lo intentarás de verdad esta vez. —Se lo estoy suplicando. No sé qué otra cosa hacer. No quiero dejarla, aunque sé que debo hacerlo.
 
Se queda ahí de pie, a tan sólo unos centímetros de distancia, y veo que se está apagando. Cada destello de luz de mi Brittany desaparece lentamente, se sume en la oscuridad y aleja a la mujer que amo de mí cada vez más. Cuando por fin aparta los ojos y se cruza de brazos, veo que ya no está. La he perdido.
 
—No quiero seguir intentándolo. Soy como soy y, si eso no te basta, ya sabes dónde está la puerta.
 
—¿De verdad es eso lo que quieres? ¿Ni siquiera estás dispuesta a intentarlo? Si me marcho, esta vez será para siempre. Sé que no me crees porque siempre digo lo mismo, pero hablo en serio. Dime que sólo estás actuando así porque tienes miedo de que me vaya a Seattle.
 
Mirando a la pared que tengo detrás, dice simplemente:
—Seguro que encuentras algún sitio donde quedarte hasta el lunes.
 

Al ver que no contesto, da media vuelta y sale de la habitación. Me quedo aquí plantada, sorprendida de que no haya vuelto para seguir discutiendo. Tardo varios minutos en recoger mis pedazos rotos y hago mi maleta por última vez.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 2:08 am

Capítulo 53
Brittany

 
Mi boca no para de decir estupideces  que mi mente no quiere que diga, pero es como si no tuviera ningún control sobre ella. No quiero que se vaya. Quiero estrecharla entre mis brazos y besarle el pelo. Quiero decirle que haré lo que sea por ella, que cambiaré por ella y que la amaré hasta que me muera. Y,
sin embargo, salgo de la habitación y la dejo ahí plantada. Oigo cómo hace la maleta. Sé que debería entrar y detenerla, pero ¿para qué? De todos modos, se
marcha el lunes; es mejor que se marche ya. Sigo sin creerme que haya propuesto lo de la relación a distancia. Tenerla a horas en coche, hablar una o dos veces al día por teléfono y no dormir en la misma cama no funcionaría jamás. No podría hacerlo.
Al menos, si nuestra relación se termina, no me sentiré tan culpable por beber o por hacer lo que me salga de los cojones... Pero ¿a quién pretendo engañar? No quiero hacer nada más. Preferiría quedarme sentada en el sofá y dejarla que me obligue a ver «Friends» una y otra vez a pasar un solo instante haciendo algo sin ella.
Al cabo de unos minutos, Santana aparece por el pasillo arrastrando dos maletas. Lleva el bolso colgado del hombro y tiene la cara pálida.
 
—Creo que no me dejo nada más que unos libros, pero ya me compraré otros —dice con voz grave y temblorosa.
 
Ya ha llegado. Éste es el momento que tanto había temido desde el día en que conocí a esta chica. Me está dejando, y aquí estoy yo sin hacer nada por evitarlo. Siempre he sabido que merecía estar con alguien mucho mejor que yo. Lo he sabido desde el principio. Pero esperaba equivocarme, como siempre.
En lugar de actuar, me limito a decir:
 
—Vale.
 
—Vale. —Traga saliva y endereza los hombros.
 
Cuando llega a la puerta, levanta el brazo hacia el portallaves y el bolso se le cae del hombro. No sé qué me pasa; debería detenerla, o ayudarla, pero no puedo.
Entonces se vuelve hacia mí.
 
—Bueno, pues ya está. Todas las peleas, los lloros, el sexo, las risas..., todo ha sido para nada — dice suavemente, sin ningún tinte de ira en la voz. Sólo una absoluta neutralidad.
 
Incapaz de hablar, asiento. Si pudiese hablar, haría que las cosas fuesen cien veces más difíciles para las dos. Lo sé. Sacude la cabeza, abre la puerta y la sostiene con el pie para poder arrastrar las maletas a su espalda.
Cuando atraviesa el umbral, se vuelve y dice en un tono tan bajo que apenas logro oírla:
 
—Siempre te querré, espero que lo sepas.
 
«Deja de hablar, Santana, por favor.»
 
—Y alguien más también lo hará, espero que tanto como yo.
 
—Shhh —chisto con suavidad. No puedo oír eso.
 
—No estarás siempre sola. Sé que lo he dicho, pero si buscas ayuda o algo y aprendes a controlar tu ira, encontrarás a alguien...
 
Me trago la bilis que asciende por mi garganta y me acerco a la puerta.
—Vete —digo, y le cierro la puerta en la cara.
 
Aunque es de madera maciza, oigo cómo inspira súbitamente.
Acabo de cerrarle la puerta en las narices. Pero ¿qué coño me pasa?
Empiezo a asustarme y dejo que el dolor me invada. Lo he estado conteniendo mucho tiempo, sin apenas poder controlarlo, hasta que se ha marchado. Me llevo los dedos al pelo, mis rodillas golpean el suelo de hormigón y simplemente no sé qué hacer. Soy, oficialmente, la idiota más grande del mundo y no puedo hacer nada al respecto. Suena muy sencillo: vete a Seattle con ella y sé feliz por siempre
jamás, pero no es tan fácil, joder. Allí todo será distinto: las nuevas clases y las prácticas la absorberán; hará amigos nuevos, experimentará cosas nuevas —y mejores—, y se olvidará de mí. Ya no me necesitará. Me seco las lágrimas que se acumulan en mis ojos. «¿Qué?» Por primera vez soy consciente de lo egoísta que soy. ¿Que hará amigos nuevos? Y ¿qué tiene de malo que los haga y que experimente cosas nuevas? Yo estaría allí, a su lado, experimentándolas también. ¿Por qué he llegado a estos extremos para evitar que se vaya a Seattle en
lugar de aceptar esta gran oportunidad para ella? Esta oportunidad para que vea que puedo formar parte de algo que ella quiere. Eso es lo único que ella me estaba pidiendo, y yo me he negado a dárselo. Si la llamo ahora mismo, dará media vuelta con el coche y yo podría hacer las maletas y encontrarme con ella en alguna parte, donde sea, para irnos a vivir a Seattle...
No. No lo hará. No dará la vuelta. Me ha dado la oportunidad de detenerla y ni siquiera lo he intentado. Incluso ha tratado de que me sintiera mejor mientras yo veía que toda su fe en mí moría delante de mis propios ojos. Debería haberla reconfortado, y en lugar de hacerlo le he cerrado la puerta en las narices.
 
«No estarás siempre sola», me ha dicho. Se equivoca: sí lo estaré, pero ella no. Ella encontrará a alguien que la quiera del modo en que yo no he podido quererla. Nadie amará a esa chica más que yo, pero quizá esa persona sepa demostrarle lo que se siente al ser amada, lo que se siente al tener a alguien que te ama a pesar de todo por lo que le haces pasar, del mismo modo que ella siempre estaba ahí para mí. Siempre. Y se merece tener eso. Pensar en el hecho de que obtener lo que se merece significa que esté con otra persona hace que apenas pueda respirar. Pero así es como debe de ser. Debería haberla dejado marchar hace mucho tiempo en lugar de hundirle cada vez más mis garras y hacerla perder su tiempo conmigo. Tengo sentimientos encontrados. Una parte de mí sabe que volverá a mi lado esta noche, o tal vez mañana, y me perdonará. Pero la otra parte sabe que ya se ha hartado de intentar arreglarme.
Un rato después, me levanto del suelo y me arrastro hasta el dormitorio. Cuando llego allí, casi me desmorono de nuevo. La pulsera que le regalé está encima de un trozo de papel, junto a su libro electrónico y una copia de Cumbres borrascosas. Cojo la pulsera, giro el charm del símbolo del infinito con los extremos en forma de corazón y observo el mismo símbolo tatuado en mi muñeca.
«¿Por qué se ha dejado esto aquí?» Era un regalo que le hice en un momento en el que estaba desesperada por demostrarle mi amor por ella. Necesitaba su amor y su perdón, y ella me lo concedió. Para mi espanto, el trozo de papel que hay debajo de la pulsera es la carta que le escribí. Cuando la despliego y la leo, se me parte el corazón y su contenido se derrama sobre el duro suelo de hormigón.
Me vienen a la cabeza un montón de putos recuerdos: la primera vez que le dije que la quería, y después lo retiré; la cita con aquella rubia con la que intenté sustituirla; cómo me sentí cuando la vi en el umbral de la puerta después de haber leído la carta. Continúo leyendo: Me quieres a pesar de que no deberías, y te necesito. Siempre te he necesitado y siempre lo haré. Cuando me dejaste la semana pasada creía que me iba a morir. Estaba muy perdida. Estaba completamente perdida sin ti. Salí con una chica la semana pasada. No
iba a contártelo, pero no quiero arriesgarme a volver a perderte. Me tiemblan los dedos y casi rompo el frágil papel intentando sostenerlo lo bastante quieto como
para poder leerlo. Sé que puedes encontrar a alguien mejor que yo. Yo no soy romántica; nunca te escribiré un poema ni te cantaré una canción.
Ni siquiera soy simpática. No puedo prometerte que no volveré a hacerte daño, pero sí puedo jurarte que te amaré hasta el día que me muera. Soy una persona
horrible y no te merezco, pero espero que me des la oportunidad de hacer que recuperes la fe en mí. Siento todo el dolor que te he causado, y entenderé que no puedas perdonarme. Sin embargo, me perdonó. Siempre me está perdonando mis errores, pero esta vez no. Se suponía que tenía que hacerla recuperar la fe en mí, pero en lugar de hacerlo me he limitado a seguir torturándola. Rápidamente, rompo mi patética confesión en mil pedazos. Al caer, se arremolinan a mi alrededor formando un patrón de fragmentos sobre el suelo de hormigón.
«¿Lo ves? ¡Lo destruyo todo!» Sé cuánto significaba esa carta para ella, y la he convertido en un montón de añicos.
 
—¡No! ¡No, no, no!
 
Me tiro al suelo y empiezo a recoger los papeles como una loca para pegarlos, pero hay demasiados pedacitos, ninguno encaja, y además no paran de caérseme al suelo de nuevo y a volar aquí y allá.

Imagino que así es como debe de haberse sentido ella intentando arreglarme a mí. Me levanto y le doy una patada al montón de fragmentos que he reunido para volver a agacharme, recogerlos de nuevo y volver a amontonarlos sobre la mesa. Les pongo un libro encima para que no vuelen, y veo que el que he cogido es el puto Orgullo y prejuicio, cómo no. Me tumbo en la cama y espero a oír el ruido de la puerta al abrirse que me indique su regreso. Espero horas y horas, pero el ruido nunca llega.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por micky morales el Jue Ago 11, 2016 7:57 am

Bueno, paso lo tan esperado, se acabo, y parece que para siempre, nunca terminaron de entenderse y aunque se sabe que brittany tuvo la mayor culpa, pues santana no se queda atras, pq si amas a alguien tienes que querer obligarla a seguirte a donde a ti te de la real gana de irte????? no creo que eso sea amor, para mi es puro y vulgar egoismo!!!! supongo que seguiran con sus vidas y como santana no pde estar sola, ya se buscara a alguien, hasta luego.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por 3:) el Jue Ago 11, 2016 12:59 pm

Todo tiene un principio y un Final y britt tiro tanto de la cuerda que al fin se rompió....
San lo dijo britt esta rota.... Y rompió todo a su alrededor aunque no lo quiera siempre lo hace pero ahora si que lo hizo bien a lo súper cráneo...
A ver a donde va san???? Bueno ya esta san se fue no mas!
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 9:28 pm

micky morales escribió:Bueno, paso lo tan esperado, se acabo, y parece que para siempre, nunca terminaron de entenderse y aunque se sabe que brittany tuvo la mayor culpa, pues santana no se queda atras, pq si amas a alguien tienes que querer obligarla a seguirte a donde a ti te de la real gana de irte????? no creo que eso sea amor, para mi es puro y vulgar egoismo!!!! supongo que seguiran con sus vidas y como santana no pde estar sola, ya se buscara a alguien, hasta luego.

hola, creo que esto es como un rompimiento temporal, para las brittana no puede haber un fin, es una historia un poco tirante lo se, por eso quiero avanzar lo mas que pueda porque creo que ya lo bueno esta en el cuarto libro. asi que no nos pongamos negativas hay algo mas bueno por venir, espero,  pero lo que me gusta de las historias estas,  es que son dificiles... . creo que tienes mucha razon si tanto amor hay  no piensas  en nada mas que tomar tus vartulos y largarte con la persona a quien amas al fin del mundo si es posible, cuando no hay impedimentos en contra, pero por un berrinche nop.... pero si el amor es tan egoista para decir no tu me seguiras y la otra dice no tu seras la que me seguira, no queda de otra que tomar caminos separados.
Espero santana no busque a nadie y que britt tampoco lo haga, por que seria lastimarse mas....  Saludos.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 9:33 pm

3:) escribió:Todo tiene un principio y un Final y britt tiro tanto de la cuerda que al fin se rompió....
San lo dijo britt esta rota.... Y rompió todo a su alrededor aunque no lo quiera siempre lo hace pero ahora si que lo hizo bien a lo súper cráneo...
A ver a donde va san???? Bueno ya esta san se fue no mas!

Hola, sip pero en esta historia aun no se ha escrito el final, es un desface podemos llamar, y  pues para que comparan las relaciones con una soga,, tiran y tiran y se rompio......
Brittany espera que Santana la perdone, la quiera, no la deje, la cuide, pero si esta rota como dicen en la historia ella sola deje unir sus pedazos... nadie mas puede hacerlo por ella, y pues  Quien quiere a quien?????  no sabria decirlo, ambas rubia y morena a cual mas terca y a cual mas egoista de que se haga lo que ella dice....
Vamos a ver como le va a Santana en Seattle, si es que se va o si es que se queda.... 
Espero que ambas no se metan en problemas con otras personas, y creo que necesitan tiempo separadas por supuesto pero sin hacerse daño
 Hasta pronto....
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 11:24 pm

Capítulo 54
Santana
 
Le miento a Rachel. No quiero contarle a todo el mundo mis problemas amorosos, y menos ahora que aún no he tenido tiempo de asimilar lo que acaba de pasar. Precisamente por eso he llamado a Rachel. No quiero poner a Ryder en un compromiso y tampoco quiero molestarlo otra vez con esto. Y no me quedan más opciones, que es lo que suele pasar cuando sólo tienes un amigo y resulta que es el hermanastro de tu novia.
Bueno, ahora ya es exnovia...
De modo que cuando oigo que Rachel parece preocupada por teléfono, le digo:
—No, no. Estoy bien. Es sólo que... Brittany está... fuera, con su padre. Me ha dejado sin llaves, así que necesito un sitio donde quedarme hasta que vuelva el lunes.
—Típico de ella —dice, y me siento aliviada al ver que mi mentira ha colado—. Vale, ven cuando quieras. Es la misma habitación de siempre, ¡será como en los viejos tiempos! —exclama alegremente, y yo intento reír.
«Genial. Como en los viejos tiempos.»
—Iba a ir al centro comercial con Quinn más tarde, pero puedes quedarte aquí si quieres, o venirte. Lo que te apetezca.
—Tengo muchas cosas que organizar antes de irme a Seattle, así que me quedaré en la habitación, si te parece bien.
—Claro, claro. —Y añade—: ¡Espero que estés preparada para tu fiesta mañana por la noche!
—¿Qué fiesta? —pregunto.
«Ah, sí...», la fiesta. He estado tan preocupada con todo que me había olvidado por completo de la fiesta de despedida que Rachel pensaba organizarme. Como en la «fiesta de cumpleaños» de Brittany, estoy segura de que su pandilla se reunirá allí y beberá tanto si aparezco como si no, pero por lo visto le hace mucha ilusión que vaya, y ya que le estoy pidiendo este gran favor, quiero ser amable.
—¡Venga! Una última vez. Sé que Brittany dirá que no, pero...
—Brittany no es quién para decidir por mí —le recuerdo, y ella se echa a reír.
—¡Ya lo sé! Sólo digo que ya no volveremos a vernos. Yo me marcho, y tú también —gimotea.
—Vale, deja que lo piense. Voy para allá —digo.
 
Pero en lugar de ir directamente a la residencia, voy a dar una vuelta con el coche. Tengo que estar segura de que seré capaz de contenerme delante de ella. No quiero llorar. «Nada de llorar. Nada de llorar...» Me muerdo el carrillo de nuevo para evitar ceder ante las lágrimas.
 
Afortunadamente, me he acostumbrado tanto al dolor que ya casi no lo siento.
Cuando por fin llego a la habitación de Rachel, me la encuentro en el proceso de vestirse. Se está poniendo un vestido rojo por encima de unas medias de rejilla negras cuando abre la puerta con una sonrisa.
—¡Cuánto te he echado de menos! —exclama, y tira de mí para darme un abrazo.
Casi me desmorono, pero me mantengo firme.
—Yo a ti también, aunque tampoco ha pasado tanto tiempo. —Sonrío y ella asiente. La verdad es que parece que haga siglos desde que Brittany y yo estuvimos con ella en el estudio de tatuajes, no sólo una semana.
—Supongo que no, pero se me ha hecho muy largo.
—Saca un par de botas de caña hasta la rodilla del armario y se sienta en la cama—. No creo que tarde mucho. Tú, como si estuvieras en tu casa...,
¡pero no limpies nada! —dice al ver cómo inspecciono la desastrosa habitación con la mirada.
—¡No pensaba hacerlo! —miento.
—¡Sí lo ibas a hacer! Y seguro que lo haces de todos modos.
—Se ríe y yo intento obligarme a hacer lo mismo.
 
No me sale y acabo emitiendo un sonido a medio camino entre una risotada y una tos, aunque por suerte parece que le pasa desapercibido.
—Por cierto, ya le he dicho a todo el mundo que vas a ir. ¡Les ha hecho mucha ilusión! —añade mientras sale de la habitación, y cierra la puerta.
Abro la boca para protestar, pero ya se ha marchado.
Esta habitación me trae demasiados recuerdos. La odio, pero me encanta al mismo tiempo. Mi antiguo lado del cuarto sigue vacío, aunque Rachel ha cubierto la cama de ropa y de bolsas de la compra.
Paso los dedos por el pie de cama y recuerdo la primera vez que Brittany durmió en la pequeña cama conmigo.
Estoy deseando alejarme de este campus..., de toda esta ciudad y de toda la gente que habita en ella. No he tenido nada más que disgustos desde el día en que llegué a la WCU, y ojalá no hubiese venido nunca.
Incluso la pared me recuerda a Brittany y a aquella vez que lanzó mis apuntes al aire, lo que hizo que me dieran ganas de abofetearla, hasta que me besó, con fuerza, contra ella. Me llevo los dedos a los labios, empiezo a trazar su forma y me tiemblan cuando pienso que no volveré a besarla nunca más.
No creo que pueda quedarme a dormir aquí esta noche. No pararé de darle vueltas a la cabeza y los recuerdos no dejarán de torturarme, reproduciéndose en mi mente cada vez que cierre los ojos.
Necesito distraerme, de modo que saco mi portátil e intento buscar un sitio en el que vivir en Seattle. Tal y como imaginaba, es una causa perdida. El único apartamento que encuentro está a media hora en coche de la oficina nueva de Vance, y se sale ligeramente de mi presupuesto. De todos modos, guardo el número de teléfono en mi móvil por si acaso.
Después de otra hora de búsqueda, acabo tragándome mi orgullo y llamo a Kimberly. No quería pedirle si puedo quedarme con ella y con Christian, pero Brittany no me ha dejado otra opción. Kimberly, como era de esperar, accede alegremente e insiste en que estarán encantados de tenerme como invitada
en su nueva casa en Seattle, y presume un poco de que es incluso un poco más grande que la anterior.
Le prometo que no me quedaré allí más que un par de semanas con la esperanza de que ese tiempo sea suficiente para encontrar un apartamento asequible que no tenga barrotes en las ventanas. De repente me doy cuenta de que con todo el drama con Brittany casi me había olvidado del tema del apartamento y del hecho de que alguien entró en él mientras no estábamos. Me gustaría pensar que no ha sido mi padre, pero no sé si puedo. Si fue él, no ha robado nada; a lo mejor sólo necesitaba un sitio en el que pasar la noche y no tenía ninguna otra parte adonde ir. Espero que Brittany no vaya a buscarlo para acusarlo de allanamiento. ¿Para qué iba a hacerlo? Aun así, creo que debería intentar dar con él primero, pero se está haciendo tarde y, sinceramente, me da un poco de miedo vagar sola por esa parte de la ciudad.
Me despierto cuando Rachel llega tambaleándose a la habitación alrededor de la medianoche. Tropieza con sus propios pies y cae sobre la cama. No recuerdo haberme quedado dormida en la mesa, y el cuello me duele cuando levanto la cabeza. Me lo froto con las manos y me duele más que antes.
—No te olvides de la fiesta de mañana —farfulla, y se queda frita casi al instante.
Me acerco a su cama y le quito las botas justo cuando empieza a roncar. Le doy las gracias en silencio por ser una buena amiga y dejar que me quede en su cuarto a pesar de que la he avisado sólo con una hora de antelación.
Gruñe, dice algo incoherente, se da la vuelta y empieza a roncar otra vez.
Me he pasado todo el día tumbada en mi vieja cama leyendo. No quiero ir a ninguna parte ni hablar con nadie y, sobre todo, no quiero encontrarme con Brittany, aunque no creo que lo hiciera. No tiene ningún motivo para acercarse por aquí, pero estoy paranoica y destrozada, y no quiero arriesgarme.
Rachel no se despierta hasta después de las cuatro de la tarde.
—Voy a pedir una pizza, ¿te apetece? —pregunta mientras se quita la gruesa raya del ojo que se pintó anoche con un pequeño pañuelo que ha sacado del bolso.
—Sí, por favor. —Me rugen las tripas, lo que me recuerda que no he comido nada en todo el día.
Rachel y yo nos pasamos las dos horas siguientes comiendo y charlando sobre su próximo traslado a Luisiana y sobre el hecho de que los padres de Quinn no están nada contentos de que se cambie de universidad por ella.
—Seguro que al final ceden. Les caes bien, ¿no? —la animo.
—Sí, más o menos. Aunque su familia está obsesionada con la WCU y con la tradición académica, bla, bla, bla.
Pone los ojos en blanco y me echo a reír. No quiero explicarle lo importante que es para las familias la tradición académica.
—Bueno, hablemos de la fiesta. ¿Ya sabes qué te vas a poner? —me pregunta sonriendo con malicia—. ¿O quieres que te preste algo mío, como en los viejos tiempos?
Niego con la cabeza.
—No me puedo creer que haya accedido a esto después de... —casi menciono a Brittany, pero cambio el rumbo de la frase— después de todas las veces que me has obligado a ir a esas fiestas en el pasado.
—Pero es la última. Además, sabes que en el campus de Seattle no encontrarás a gente tan enrollada como nosotros. —Rachel agita sus largas pestañas postizas y gruño.
—Me acuerdo de la primera vez que te vi. Abrí la puerta de la habitación y casi me da un ataque al corazón. No te ofendas. —Sonrío, y ella me devuelve el gesto—. Dijiste que las fiestas eran geniales, y mi madre estuvo a punto de desmayarse. Quería que me cambiara de habitación, pero yo no...
—Menos mal que no lo hiciste. De lo contrario, ahora no estarías con Brittany —dice con una sonrisilla pícara, y después aparta la vista de mí.
Por un instante me imagino cómo habrían sido las cosas si me hubiera cambiado de habitación y no la hubiese visto más. A pesar de todo lo que hemos pasado, jamás me arrepentiré de nada.
—Basta de nostalgias, ¡vamos a arreglarnos! —exclama, y da unas palmaditas delante de mi cara antes de agarrarme de los brazos y sacarme de la cama.
—Ahora recuerdo por qué odiaba las duchas comunitarias —gruño mientras me seco el pelo con la toalla.
—No están tan mal. —Rachel se ríe y pongo los ojos en blanco al pensar en el baño del apartamento.
Todo, absolutamente todo, me recuerda a Brittany, y estoy haciendo lo posible para mantener esta sonrisa falsa, aunque me estoy muriendo por dentro.
Una vez que me he maquillado y rizado el pelo, Rachel me ayuda a colocarme el vestido amarillo y negro que me compré hace poco. Lo único que me mantiene en pie en estos momentos es la esperanza de que la fiesta sea divertida de verdad, y de poder tener al menos un par de horas de paz sin este dolor.
Quinn nos recoge un poco después de las ocho; Rachel se niega a dejarme conducir porque quiere que beba hasta ponerme ciega. No me parece mala idea. Si voy ciega, no podré ver las pecas de la sonrisa de Brittany, ni su gesto con el ceño fruncido cada vez que abro los ojos. Aunque eso no impedirá que siga imaginándomela cada vez que los cierre.
—¿Dónde está Brittany esta noche? —pregunta Blaine desde el asiento del acompañante, y por un momento me invade el pánico.
—Se ha ido. Está fuera de la ciudad con su padre —miento.
—¿No os ibais el lunes a Seattle?
—Sí, ése era el plan. —Noto que me empiezan a sudar las manos. Detesto mentir, y además se me da fatal.
Blaine se vuelve y me ofrece una dulce sonrisa.
—Bueno, pues espero que os vaya bien allí. Me habría gustado verla antes de que se marche.
El dolor aumenta.
—Gracias, Blaine. Se lo diré de tu parte.
En cuanto aparcamos frente a la casa de la fraternidad, me arrepiento al instante de haber venido. Sabía que no era buena idea, pero no pensaba con claridad y necesitaba distraerme. Sin embargo, esto no es una distracción. Esto es un gran recordatorio de todo por lo que he pasado y de todo lo que he perdido después.
Me hace gracia el hecho de que siempre me arrepiento de venir aquí, pero siempre acabo volviendo a esta maldita casa.
—¡Que empiece la fiesta! —dice Rachel, y entrelaza el brazo con el mío con una amplia sonrisa.

Durante un instante, sus ojos se iluminan y no puedo evitar sentir que su elección de palabras encierra un doble sentido.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 11:28 pm

Capítulo 55

Brittany

 
Cuando llamo a la puerta del despacho de mi padre, siento náuseas. No me puedo creer que haya llegado a esto, a acudir a él en busca de consejo. Sólo necesito a alguien que me escuche, alguien que sepa cómo me siento, o que al menos pueda imaginarlo.
Su voz me llega desde el interior de la estancia:
—Entra, cariño.
Dudo antes de hacerlo, sabiendo que esto es incómodo, aunque necesario. Me siento en la silla frente a su gran escritorio y veo cómo pasa de mostrarse expectante a estar sorprendido. Una leve risa escapa de su boca.
—Lo siento, creí que eras Karen —dice, pero viendo mi humor se interrumpe y me observa con  detenimiento.
Asiento y miro hacia otro lado.
—No sé por qué he venido, pero es que no sabía adónde ir.
Escondo el rostro entre las manos y mi padre se sienta al borde de su escritorio de caoba.
—Me alegro de que hayas recurrido a mí —me dice en voz baja, calibrando mi reacción.
—Yo no diría exactamente que haya recurrido a ti —replico.
Sí que lo he hecho, pero no quiero que crea que esto es un gran paso en nuestra relación o alguna mierda por el estilo, aunque puede que sí lo sea. Lo observo tragar saliva y asentir lentamente; sus ojos se fijan en cualquier punto de la sala excepto en mí.
—No hace falta que te pongas nervioso, no me va a dar un chungo ni voy a romper nada —le digo mirando la hilera de placas decorativas a su espalda—. No tengo energía para eso.
Cuando no responde, dejo escapar un suspiro.
Por supuesto, eso sí que lo hace reaccionar, esa señal de mi derrota, así que dice:
—¿Quieres contarme qué ha ocurrido?
—No, no quiero —contesto mirando los libros alineados en su pared.
—De acuerdo...
Suspiro, sintiendo la inevitabilidad del momento.
—No quiero, pero supongo que tendré que hacerlo.
Mi padre me mira, perplejo durante un segundo, y sus ojos castaños se agrandan al estudiarme detenidamente, sin duda esperando una trampa.
—Créeme —le aseguro—, si tuviera alguien más a quien acudir no estaría aquí, pero Ryder es un jodido chaquetero y siempre se pone de su parte.
Sé que eso no es ni medio verdad, pero en estos momentos no quiero los consejos de Ryder. Es más, no quiero admitir ante él lo idiota que he sido y la mierda que le he soltado a Santana durante los últimos días. No es que su opinión me importe mucho, pero por alguna razón me importa más que la de ningún otro, excepto la de Santana, claro.
Mi padre me dedica una dolorosa sonrisa.
—Lo sé, hija.
—Bien.
No sé por dónde empezar y, honestamente, aún no estoy segura de por qué he venido aquí. Tenía la intención de ir a un bar y tomarme algo, pero de algún modo he acabado aparcando frente a la casa de mi padre..., no, de papá. La manía de Santana de llamarlos sólo madre y padre en vez de mamá o papá
solía volverme loca, pero ahora se me escapa a mí también. Aunque tiene suerte de que me refiera a él como padre o papá en vez de Ken o cabrón, como he estado llamándolo la mayor parte de mi vida.
—Bueno, como probablemente habrás deducido, al final Santana me ha dejado —admito alzando los ojos hacia él. Mi padre se esfuerza por mantener una expresión neutra mientras espera a que yo continúe, pero todo cuanto añado es
—: Y no la he detenido.
—¿Estás segura de que no volverá? —pregunta.
—Sí, estoy segura. Me dio multitud de oportunidades para que la detuviera, y no ha intentado llamarme ni enviarme un mensaje en... —miro el reloj de la pared— casi veintiocho horas; además, no tengo ni la menor idea de dónde está.
Había esperado encontrar su coche en la entrada cuando llegué a casa de Ken y Karen. Estoy segura de que ésa es una de las razones por las que he venido aquí. ¿Adónde más podría haber ido?
Espero que no haya conducido todo el camino hasta casa de su madre.
—Pero ya habéis pasado por esto antes —empieza a decir mi padre—. Y siempre encontráis la manera de...
—¿Me estás escuchando? Te he dicho que no va a volver —resoplo interrumpiéndolo.
—Te estoy escuchando, sí. Sólo siento curiosidad por saber por qué esta vez es diferente.
Cuando lo miro fijamente, él me devuelve la mirada impasible, y resisto la necesidad de levantarme y abandonar su recargado despacho.
—Es así y punto. No sé cómo estoy tan segura de ello, y probablemente pensarás que soy una idiota por haber venido aquí, pero estoy cansada, papá, estoy terriblemente cansada de ser así, y no sé qué hacer al respecto.
«Joder. Parezco desesperada y terriblemente patética.»
Él abre la boca para hablar, pero se detiene y no dice nada.
—La culpa es tuya —continúo—. De verdad que es tuya. Porque si hubieses estado ahí para mí, quizá podrías haberme enseñado a..., no sé..., a no tratar a la gente como una mierda. Si hubiese tenido una figura masculina en casa mientras crecía, quizá ahora no sería un mierda. Si no encuentro alguna solución para Santana y para mí, acabaré siendo como tú. Bueno, como tú antes de convertirte en esto. —Señalo su chaleco de punto y sus pantalones de vestir perfectamente planchados—. Si no puedo encontrar una forma de dejar de odiarte, nunca seré capaz de... No quiero acabar la frase delante de él. Lo que quiero decir es que, si no puedo dejar de odiarlo, nunca seré capaz de mostrarle a ella lo mucho que la quiero y tratarla como debo, como ella se merece.
Mis palabras no mencionadas flotan en el sofocante estudio de paneles de madera como un espíritu torturado que ninguno de nosotros sabe cómo exorcizar.
—Tienes razón —me sorprende al final.
—¿La tengo?
—Sí, la tienes. Si hubieses tenido un padre para guiarte y enseñarte a ser una persona decente, estarías más preparada para hacer frente a estas situaciones, y para la vida en general. Yo me culpo a mí mismo por tu... —lo veo buscar las palabras apropiadas y me descubro a mí misma inclinándome un poco hacia él
— comportamiento. Tu forma de ser es culpa mía. Todo es parte de mí y de los errores que he cometido. Cargaré con la culpa por mis pecados durante el resto de mi vida, y por todo ello lo siento mucho, hija, muchísimo.
La voz se le quiebra al final y de pronto siento... siento...
Que estoy a punto de vomitar.
—Bueno, esto es genial, tú puedes ser perdonado, ¡pero el resultado de tus acciones es cómo soy yo ahora! ¿Qué se supone que voy a hacer al respecto?
Comienzo a tirarme de las pieles de alrededor de las uñas y me doy cuenta de que, sorprendentemente, tengo los nudillos sin marcas para variar. De algún modo, eso aplaca parte de mi rabia.
—Tiene que haber algo que pueda hacer —digo en voz baja.
—Creo que deberías hablar con alguien —sugiere mi padre.
Pero su respuesta me resulta insuficiente, y la rabia vuelve a aflorar.
«¿En serio que tengo que hablar con alguien?, ¿quién coño lo iba a decir?»
Sacudo la mano en el aire, entre los dos.
—Y ¿qué estamos haciendo ahora? Estamos hablando.
—Me refiero a un profesional —replica con calma—. Tienes mucha rabia acumulada desde la infancia, y a no ser que encuentres la forma de liberarla, o al menos de gestionarla de una forma sana, me temo que no conseguirás ningún progreso. Yo no puedo darte las herramientas para ello; yo soy el responsable de tu dolor, y dudarías de todo lo que te dijera en tus momentos de mayor irritación, incluso si lo dijera por tu bien.
—Entonces ¿venir aquí ha sido una pérdida de tiempo? ¿No hay nada que puedas hacer? Sabía que debería haberme ido de bares. Ahora ya podría ir por mi segundo whisky con cola.
—No ha sido una pérdida de tiempo. Ha sido un gran paso en tu esfuerzo por convertirte en mejor persona. —Me sostiene la mirada de nuevo y literalmente puedo paladear el whisky que debería estar bebiendo ahora mismo en lugar de estar teniendo esta conversación—. Ella estaría muy orgullosa de ti —añade.
¿Orgullosa? ¿Por qué diablos iba a estar nadie orgulloso de mí? Asombrada de verme aquí, quizá, pero orgullosa..., no.
—Me llamó borracha —confieso sin pensar.
—Y ¿tiene razón? —pregunta, con evidente preocupación en la cara.
—No lo sé. No creo que lo sea, pero no lo sé.
—Si no sabes si eres una alcohólica, tal vez deberías descubrirlo antes de que sea demasiado tarde.
Estudio la cara de mi padre y puedo ver auténtico miedo por mí tras sus ojos. Siente el miedo que tal vez yo debería tener.
—¿Por qué empezaste tú a beber? —pregunto. Siempre he querido saber la respuesta a esa pregunta, pero nunca me había sentido con derecho a preguntar.
Él suspira, y sus manos se elevan para alisar su corto cabello.
—Bueno, tu madre y yo no estábamos en nuestro mejor momento, y la espiral descendente empezó cuando me fui una noche y me emborraché. Por «emborracharme» quiero decir que no podía ni caminar hasta casa, pero descubrí que me gustaba cómo me sentía, inmóvil o no. Me dejaba insensible a todo el dolor que sentía, y después de aquel día se convirtió en un hábito. Pasaba más tiempo en el maldito bar al otro lado de la calle del que pasaba contigo y con ella. Llegué a un punto en el que no podía funcionar sin licor, aunque realmente tampoco estaba funcionando con él. Era una batalla perdida.
No recuerdo nada de antes de que mi padre se convirtiera en un borracho; siempre había creído que ya era así desde antes de que yo naciera.
—¿Qué era tan doloroso para que intentaras escapar de ello?
—Eso no importa. Lo que importa es que un día por fin desperté y me rehabilité.
—Después de dejarnos —le recordé.
—Sí, hija, después de que os dejara a las dos. Estabais mejor sin mí. No podía ser un buen padre ni un buen marido. Tu madre hizo un trabajo excelente criándote, desearía que no hubiera tenido que hacerlo sola, pero al final resultó mejor así que conmigo cerca.
La rabia arde en mi interior y clavo los dedos en los brazos de la butaca.
—Pero sí que puedes ser un marido para Karen y un padre para Ryder.
Ya está, ya lo he dicho. Siento tanto jodido resentimiento hacia este hombre que fue un cabrón borracho durante toda mi vida, que jodió mi existencia pero que consiguió volver a casarse y adoptar un nuevo hijo y una nueva vida... Por no mencionar que ahora es rico y que nosotras no teníamos una mierda mientras crecía. Karen y Ryder tienen todo lo que mi madre y yo deberíamos haber tenido.
—Sé que eso es lo que parece, Brittany, pero no es verdad. Conocí a Karen dos años después de dejar de beber. Ryder ya tenía dieciséis, y yo no intentaba ser una figura paterna para él. Él tampoco creció con un padre en casa, así que me aceptó enseguida. No era mi intención tener una nueva familia y reemplazarte..., nunca podría reemplazarte. Nunca quisiste saber nada de mí, y no te culpo por ello..., pero, hija, había pasado la mitad de mi vida en la oscuridad..., en una cegadora y desoladora oscuridad. Y Karen fue mi luz, como Santana lo es para ti.
Casi se me para el corazón ante la mención de Santana. Estaba tan perdida reviviendo mi infancia de mierda que por un momento he dejado de pensar en ella.
—No pude hace otra cosa que sentirme feliz y agradecido cuando Karen llegó a mi vida, Ryder incluido —continúa Ken—. Daría lo que fuera por tener contigo la misma relación que tengo con él; quizá algún día pueda ser así.
Puedo ver que mi padre está sin aliento después de una confesión como ésa, y yo me siento sin palabras. Nunca antes había tenido una conversación de este tipo con él, o con nadie excepto con Santana.
Ella siempre parece ser la excepción.
No sé qué decirle. No puedo perdonarlo por joder mi vida y escoger la bebida por encima de mi madre, pero decía en serio lo de intentar perdonarlo. Si no lo hago, nunca podré ser normal. En serio, ni siquiera estoy segura de si alguna vez podré ser «normal», pero me gustaría ser capaz de pasar una semana entera sin romper algo o a alguien. La humillación en la cara de Santana cuando le dije que abandonara el apartamento está grabada en mi mente. Pero en vez de tratar de borrarla como siempre hago, la acepto. Necesito recordar lo que le hice, se acabó ocultarme de las consecuencias de mis acciones.
—No has dicho nada —me dice mi padre interrumpiendo mis pensamientos.
La imagen del rostro de Santana comienza a desaparecer y, aunque intento aferrarme a ella, se esfuma. El único consuelo que me queda es saber que volverá a perseguirme pronto.
—No sé qué demonios decir. Esto ha sido demasiado para mí; no sé qué pensar —admito.
La honestidad de mis palabras me aterroriza, y aguardo a que él aproveche para hacerlo todo más incómodo. Pero no lo hace. Simplemente asiente y se pone en pie.
—Karen está preparando la cena, por si quieres quedarte.
—No, paso —gruño.
Quiero ir a casa. El único problema de mi casa es que Santana no está allí. Y todo es por mi maldita culpa. Me crucé con Ryder en la entrada cuando salía, pero lo ignoré y me largué antes de que intentara darme algún consejo no solicitado. Debería haberle preguntado dónde estaba Santana; estoy desesperada por saberlo, pero también me conozco y sé que me presentaría allá donde estuviera e intentaría convencerla de que volviera conmigo. Necesito estar con ella sea donde sea. Escuchar cómo mi padre me contaba por qué fue un padre de mierda ha sido un paso en la dirección correcta, pero no voy a dejar de ser una bastarda controladora de golpe y porrazo. ¿Y si Santana está en algún lugar donde no quiero que esté...? como con Dany, por ejemplo...
«¿Está con Dany? Me cago en todo, ¿podría estar con ella?»
No lo creo, pero tampoco es que yo le haya dado facilidades para tener muchos amigos. Y si no está con Ryder... No, no está con Dany. No puede estarlo.
Sigo convenciéndome a mí misma de ello mientras subo a nuestro apartamento en el ascensor.
Parte de mí desea que quien fuera el cabrón que entró en casa haya vuelto; me iría de muerte un escape para mi creciente rabia.
Un escalofrío me recorre la espalda y todo el cuerpo. ¿Y si Santana hubiese estado sola en casa cuando se coló el intruso? La imagen de su rostro enrojecido y empapado en lágrimas de mis pesadillas aparece ante mí y me pongo rígida. Si alguien intenta herirla alguna vez, será lo último que haga en su puta vida.
¡Soy una maldita hipócrita! Aquí estoy, amenazando con matar a alguien por herirla cuando parece que eso es lo único que soy capaz de hacer.
Después de pillar una botella de agua y de recorrer el apartamento vacío durante unos minutos, empiezo a sentir ansiedad. Para mantenerme ocupada le echo un vistazo a la colección de libros de Santana. Se ha dejado un montón, y sé que eso la estará matando. Una prueba más de lo tóxica que soy.

Una libreta de tapas de cuero escondida entre dos ediciones distintas de Emma llama mi atención, y paso los dedos por el cierre. Lo abro y de un rápido vistazo descubro que la letra de Santana llena cada página. ¿Es algún tipo de diario que no sabía que tenía? Escrito pulcramente en la primera página aparece el título: «Introducción a la asignatura de religión internacional». Me siento en la cama con el libro en las manos y comienzo a leer.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 11:30 pm

Capítulo 56
Santana

 
Logan me llama desde el otro lado de la cocina, pero cuando le queda claro que no puedo oírle, se me cerca.
—Es genial que hayas venido. ¡No sabía si lo harías! —dice con una gran sonrisa.
—No podía perderme mi propia fiesta de despedida —contesto alzando el vaso rojo que tengo entre las manos a modo de brindis.
—Te he echado de menos por aquí; hace tiempo que nadie estrangula a Kitty.
Se ríe y echa la cabeza hacia atrás para verter un licor claro directamente de la botella a su boca. Se lo traga, parpadea y se aclara la garganta, sacudiendo la cabeza de una forma que me hace estremecer al pensar en lo mucho que debe de arderle.
—Siempre serás mi heroína por eso —bromea, y me ofrece la botella.
Niego con la cabeza y le muestro mi vaso medio vacío.
—Estoy segura de que no pasará mucho antes de que alguien más venga y vuelva a hacerlo —replico, y me tomo un momento para sonreír al imaginarlo.
—¡Oh, oh...! Hablando del rey de Roma... —dice Logan con la vista clavada en un punto a mi espalda.
No quiero volverme.
—¡¿Por qué?! —gimo en voz baja apoyando un codo en la encimera.
Cuando Logan, juguetón, vuelve a ofrecerme la botella, la acepto.
—Bebe. —Sonríe y se aleja, dejándome con la botella.
Kitty aparece entonces en mi línea de visión y alza su vaso rojo a modo de saludo.
—Por mucho que me entristezca tu marcha —dice, con la voz engañosamente suave y dulce—, me alegro de no tener que volver a verte. Aunque echaré de menos a Brittany..., las cosas que ese chica puede hacer con la lengua...
 
Pongo los ojos en blanco mientras trato de pensar en una réplica, pero no lo consigo. Los celos me corren por las venas como el hielo y considero la idea de volver a estrangularla aquí mismo, ahora mismo.
—Oh, lárgate —digo por fin, y ella se echa a reír. Es un ruido insoportable, en serio.
—Oh, vamos, Santana. Fui tu primera enemiga en la facultad, eso debería contar para algo, ¿no?
—Me guiña un ojo y hace chocar su cadera contra la mía al pasar por mi lado.
Esta fiesta ha sido una idea horrible; debería haberlo pensado mejor antes de venir a este sitio, especialmente sin Brittany. Rachel ha desaparecido, y aunque Logan ha sido lo suficientemente majo como para hacerme compañía durante un minuto, ya ha encontrado a una chica más disponible que lo mantenga ocupado.
 
Cuando veo a la chica por primera vez, está de perfil y parece pija y muy normal, pero cuando se vuelve y la veo de frente me quedo de piedra al comprobar que tiene la otra mitad de la cara llena de tatuajes. «Ayyy.» Empiezo a preguntarme si serán permanentes mientras me sirvo otro trago. Planeo acunar este vaso toda la noche y darle sorbitos muy lentamente. De otro modo, la fachada que he estado esforzándome por mantener se hará añicos y se derrumbará y acabaré siendo la pesada borracha que llora cada vez que alguien la mira.
 
Me obligo a dar una vuelta lenta alrededor de la casa en busca del cabello rojo de Rachel, pero no aparece por ningún lado. Cuando por fin localizo la cara familiar de Blaine, veo que él también se está trabajando a una chica y no quiero interrumpirlo. Me siento tan fuera de lugar... No sólo porque no acabo de encajar con esta gente, sino porque tengo la sensación de que, aunque esta fiesta haya sido bautizada como nuestra «fiesta de despedida», no creo que a nadie de los de aquí le importe si Brittany y yo desaparecemos. Quizá habrían mostrado más interés si ella hubiera venido conmigo; después de todo, Brittany es su amiga.
Tras permanecer sentada junto a la encimera de la cocina durante casi una hora, por fin oigo la voz de Rachel, que exclama:
—¡Estabas aquí!
A estas alturas ya me he comido todo un cuenco de pretzels y llevo dos copas. Me he estado debatiendo entre llamar o no a un taxi, pero ahora que Rachel finalmente ha vuelto a aparecer, intentaré aguantar un poco más. Quinn, Kitty y Dan están con ella, y me esfuerzo en mantener una expresión neutra.
Echo de menos a Brittany.
—¡Pensé que te habías ido o algo! —grito por encima de la música, intentando apartar de mi cabeza lo mal que me siento por estar aquí sin ella.
Durante la última hora he estado luchando por mantenerme alejada de su dormitorio del primer piso; tengo tantas ganas de ir allí, de esconderme de la incómoda multitud, de recordar..., no sé. Mi mirada sigue gravitando hacia la escalera, y eso me está matando poco a poco.
—¡De eso, nada! Te he traído una copa. —Rachel sonríe y coge el vaso que tengo en la mano. Lo reemplaza por otro idéntico lleno de un líquido rosa—. Vodka sour de cereza, ¡tachán! —chilla ante mi confusión.
Acto seguido, fuerza una risa incómoda mientras me llevo la copa a los labios.
—¡Por tu última fiesta con nosotros! —brinda, y multitud de extraños alzan sus copas al aire.
Kitty mira hacia otro lado mientras yo echo la cabeza hacia atrás y permito que el dulce sabor de la cereza inunde mi boca.
—Justo a tiempo —le dice Kitty a Rachel, y me doy la vuelta rápidamente. No sé si quiero que la persona que acaba de llegar sea Brittany o no, pero mi dilema queda resuelto cuando Dany entra en la cocina vestida todo de negro.
Me quedo con la boca un poco abierta y me vuelvo hacia Rachel.
—Me dijiste que no estaría aquí.
Lo último que necesito en este momento es otro recordatorio del lío en el que he convertido mi vida. Ya me despedí de Dany y no estoy preparada para reabrir las heridas causadas por ser su amiga.
—Lo siento —dice ella encogiéndose de hombros—. Se acaba de presentar. No lo sabía. —Se inclina hacia Quinn.
Le dedico una mirada alentada por el alcohol.
—¿Estás segura de que esta fiesta es para mí?
Sé que sueno desagradecida, pero el hecho de que Rachel haya invitado a Dany y a Kitty realmente me molesta. Si Brittany hubiese venido, habría perdido la cabeza al ver aparecer a Dany en la cocina.
—¡Pues claro que lo es! Mira, siento mucho que esté aquí. Le diré que se mantenga apartada de ti —me asegura, y echa a caminar hacia Dany, pero la cojo del brazo.
—No, déjala. No quiero ser borde. Está bien.
Dany está hablando con una chica rubia que lo sigue hasta la parte más alejada de la cocina. Le sonríe y ella se ríe, pero cuando alza la vista y nota mi presencia, su sonrisa se desvanece. Sus ojos van de Rachel a Quinn, pero ambas evitan su mirada y abandonan la sala con Kitty y Dan detrás. De nuevo, vuelvo a sentirme sola.
Observo mientras Dany se inclina y susurra algo en el oído de la chica rubia, tras lo cual ella sonríe y se aleja de ella.
—Eh. —Dany sonríe con cierta torpeza y se balancea sobre los pies cuando llega a mi lado.
—Eh —contesto, y le doy otro sorbo a mi copa.
—No sabía que estarías aquí —decimos al mismo tiempo, y entonces nos echamos a reír incómodas.
Ella sonríe y dice:
—Tú primero.
Me siento aliviada de que no parezca guardarme rencor.
—Decía que no tenía ni idea de que fueras a venir.
—Y yo no tenía ni idea de que fueras a venir tú.
—Eso pensaba. Rachel no deja de decir que esto es una especie de fiesta de despedida para mí, pero ahora estoy más que segura de que lo dice para quedar bien. Doy otro sorbo. El vodka sour de cereza es mucho más fuerte que las otras dos copas que ya he tomado.
—Tú... ¿has venido con Rachel? —pregunta acercándose.
—Sí. Brittany no está aquí, si es eso lo que te estás preguntando.
—No, yo... —Sus ojos descienden hasta mi mano cuando dejo el vaso en la encimera—. ¿Qué estás tomando?
—Vodka sour de cereza, ¿no es irónico? —contesto, pero ella no se ríe. Eso me sorprende, puesto que es su bebida favorita.
Su rostro se retuerce en un gesto de confusión mientras mira alternativamente mi cara y el vaso.
—¿Rachel te ha dado eso? —Su tono es serio..., demasiado serio..., y mi mente va lenta, demasiado lenta.
—Sí..., ¿por?
—Joder.
Coge el vaso de la encimera.
—Quédate aquí —me ordena, y yo asiento lentamente.
Cada vez noto la cabeza más espesa. Intento concentrarme en Dany mientras desaparece de la cocina, pero me distraigo por la forma en que las luces giran y giran sobre mi cabeza. Las luces son tan bonitas, tan hipnóticas por la manera en que bailotean sobre las cabezas de la gente...
¿Las luces bailotean? Lo hacen..., y yo debo bailar.
«No, debo sentarme.»
Me apoyo en la encimera y me concentro en la pared combada, en la forma en que se tuerce y se retuerce, doblándose bajo las luces que brillan sobre las cabezas de la gente... ¿o brillan sobre la gente que baila? Sea como sea, es bonito... y también desorienta..., y la verdad es que no estoy segura de lo que está pasando.
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Finalizado Re: Brittana: ALMAS PERDIDAS, FINALIZADO 20-08-16

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Ago 11, 2016 11:32 pm

Capítulo 57

Brittany

 
Al ojear las páginas de la pequeña libreta, me cuesta decidir por dónde empezar a leer. Es un diario de la clase de religión de Santana; tardo un minuto en comprender qué es porque, a pesar del título de la portada, cada entrada está encabezada con una palabra y una fecha, la mayoría de las cuales no tienen nada que ver con religión. También está menos estructurado que los ensayos que le he visto escribir a Santana, un poco más tipo monólogo interior.
«Dolor.» La palabra llama mi atención y comienzo a leer.
¿El dolor aleja a la gente de su dios? Si es así, ¿cómo? El dolor puede alejar a cualquiera de casi todo. El dolor es capaz de obligarte a hacer cosas que nunca pensarías hacer, como culpar a Dios de tu infelicidad. Dolor..., una simple palabra pero tan llena de significado. He llegado a comprender que el dolor es la emoción más fuerte que alguien puede llegar a sentir. Al contrario que cualquier otra emoción, es la única que todo ser humano tiene garantizado sentir en algún momento de su vida, y no hay ventaja en el dolor, no hay aspectos positivos que puedan hacerte verlo desde una perspectiva diferente..., sólo existe la abrumadora sensación del propio dolor. Recientemente he conocido el dolor de primera mano..., hasta convertirse en algo casi insoportable. A veces, cuando estoy sola, cosa que ocurre más de lo que desearía últimamente, me veo a mí misma tratando de decidir qué tipo de dolor es peor. La respuesta no es tan simple como pensé que sería. El dolor lento y constante, del tipo que sobreviene cuando has sido herido repetidamente por la misma persona, y aun así aquí estás, aquí estoy, permitiendo que el dolor continúe..., y nunca acaba.
Sólo en esos raros momentos cuando me estrecha contra su pecho y hace promesas que nunca parece ser capaz de mantener, el dolor desaparece. Justo cuando me acostumbro a la libertad, a vivir libre del dolor autoinfligido, retorna con otra oleada.
 
Esto no tiene nada que ver con la religión. Esto va sobre mí.
 
He decidido que el dolor ardiente, abrasivo e inevitable es el peor. Ese dolor llega cuando por fin comienzas a relajarte, cuando por fin respiras, pensando que algunos problemas son cosa del ayer, cuando en realidad son parte de hoy, de mañana y de todos los días después de mañana. Ese dolor llega cuando has puesto todas tus esperanzas en algo, en alguien, y éste te traiciona tan completa e inesperadamente que el dolor te machaca y te sientes como si casi no pudieras respirar, apenas aferrada a esa pequeña fracción de lo que sea que quede en tu interior y que te suplica que sigas adelante, que no te rindas.
 
Joder.
 
A veces la gente se aferra a la fe. A veces, si eres lo suficientemente afortunado, puedes apoyarte en alguien y confiar en que te apartará del dolor antes de que te instales en él demasiado tiempo. El dolor es uno de esos lugares horribles que, una vez los visitas, debes luchar para abandonarlos, e incluso cuando crees que has escapado, descubres que te han marcado de forma permanente. Si eres como yo, no tienes a nadie en quien apoyarte, nadie que te coja de la mano y te asegure que conseguirás salir de ese infierno. Por el contrario, tienes que atar tus propias botas, coger tu propia mano y sacarte de ahí tú misma.
 
 Mis ojos buscan la fecha al inicio de la página. Escribió esto mientras yo estaba en Inglaterra. No debería seguir leyendo. Debería dejar el maldito diario y no volver a abrirlo jamás, pero no puedo. Tengo que saber qué más fue escrito en este libro de secretos. Me temo que esto es lo más cerca que volveré a estar de ella.
 
Me detengo en otra página titulada «Fe».
 
¿Qué significa la fe para ti? ¿Tienes fe en algo superior? ¿Crees que la fe puede aportar algo bueno a la vida de la gente?
 
Esto debería ir mejor. Esta entrada no debería retorcer el cuchillo y empeorar el dolor de mi pecho.
 
Esto no debería tener nada que ver conmigo.
 
Para mí, la fe significa creer en algo más aparte de en ti mismo. No creo que haya dos personas que puedan tener la misma opinión sobre la fe, ya esté ésta basada en la religión o no. Yo creo en algo superior, me criaron así. Mi madre y yo íbamos a la iglesia cada domingo, y muchos miércoles también. Ahora no voy a la iglesia, cosa que probablemente debería hacer, pero aún estoy decidiendo cómo me siento con mi fe religiosa ahora que soy adulta y ya no estoy obligada a hacer lo que mi madre espera que haga. Cuando pienso en fe, mi mente no se dirige automáticamente a la religión. Probablemente debería, pero no es así. Piensa en ella; todo gira en torno a ella. Está en todos mis pensamientos. No estoy totalmente segura de si esto es bueno o no, pero así están las cosas y tengo fe en que, al final, lo nuestro funcionará. Sí, es difícil y sobreprotectora, a veces incluso controladora... Vale, a menudo es controladora, pero tengo fe en ella, en que piensa en mi bien por muy frustrantes que sean sus acciones. Mi relación con ella me pone a prueba de formas que nunca creí imaginables, pero cada segundo vale la pena. Creo de verdad que un día su profundo temor a perderme desaparecerá y podremos emprender un futuro juntas; eso es todo cuanto quiero. Sé que ella también lo desea, aunque nunca lo diría. Tengo tanta fe en esa chica que aceptaré cada lágrima, cada discusión sin sentido..., lo aceptaré todo para poder estar cerca el día en que sea capaz de tener fe en sí misma.
Mientras tanto, tengo fe en que un día Brittany dirá lo que siente abierta y honestamente, poniendo fin a su exilio autoimpuesto. Ese día finalmente verá que no es una villana. Se esfuerza mucho en serlo, pero en el fondo realmente es una heroina. Me salvó de mí misma. He pasado mi vida entera fingiendo ser alguien que no era, y Brittany me ha mostrado que está bien ser yo misma. Ya no me ajusto a la idea que tenía mi madre de lo que debo llegar a ser, y le doy gracias desde lo más profundo de mi corazón por ayudarme a llegar a este punto. Creo que un día verá lo realmente increíble que es. Es tan increíble y perfectamente imperfecta que la quiero aún más por eso.
Puede que no muestre el heroísmo en su interior de forma convencional, pero lo intenta, y eso es todo cuanto puedo pedirle. Tengo fe en que, si continúa intentándolo, finalmente se permitirá a sí misma ser feliz. Yo seguiré teniendo fe en ella hasta que ella la tenga en sí misma.
Cierro la libreta y me pellizco el puente de la nariz en un intento por controlar mis emociones.
Santana cree en mí por alguna maldita razón. Para empezar nunca entenderé por qué perdió su tiempo conmigo, pero leer sus pensamientos de esta forma tan cruda retuerce el cuchillo en mi pecho, y lo saca para luego volver a empalarme con su hoja una vez más. Comprender que Santana es como yo me asusta y me emociona al mismo tiempo. Saber que todo en su mundo gira... alrededor de mí me hace feliz, incluso me marea un poco, pero cuando recuerdo que lo
he echado a perder, la felicidad desaparece tan rápido como ha llegado. Le debo a ella, y a mí misma, el ser mejor. Le debo a ella intentar acabar con mi rabia.
Es raro, pero siento como si me hubiesen quitado un gran peso de encima desde la conversación con mi padre. No iría tan lejos como para decir que todos esos feos y dolorosos recuerdos quedan perdonados, o que de pronto seremos colegas, quedaremos para ver deportes juntos en la tele y toda esa mierda, pero lo odio menos de lo que lo odiaba antes. Soy más como mi padre de lo que querría admitir. He intentado dejar a Santana por su propio bien, pero aún tengo que ser lo suficientemente fuerte como para hacerlo. Así que, de alguna forma, él es más fuerte que yo. Él se largó de verdad y no volvió. Si tuviera un hijo con Santana y supiera que iba a joderles la vida, yo también me largaría.
«A la mierda con eso.»
La idea de tener un hijo me da náuseas. Sería la peor madre posible, y Santana realmente estaría mejor sin mí. Ni siquiera soy capaz de demostrarle a ella mi amor, así que, ¿cómo iba a demostrárselo a un niño?
—Ya basta —me digo en voz alta, y suspiro poniéndome en pie.
Camino hasta la cocina y abro un armario. La botella medio vacía de vodka me llama desde el estante, suplicándome que la abra.
Soy una auténtica borracha. Planeo sobre la encimera de la cocina con una botella de vodka en las manos. Desenrosco el tapón y me la llevo directamente a los labios. Sólo un trago conseguirá ahuyentar la culpabilidad. Con un trago puedo obligarme a creer que Santana volverá pronto a casa. Ya antes ha adormecido el dolor, y lo haré de nuevo.
Un trago.

Justo cuando cierro los párpados y echo la cabeza hacia atrás, puedo ver el rostro bañado en lágrimas de Santana ante mí. Abro los ojos, me vuelvo hacia el fregadero y echo el vodka por el desagüe.
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