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[Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por JVM el Dom Sep 04, 2016 2:59 am

Pues un gran paso dieron en su nueva relación..... Al fin les gano el amor que las ideas de lo que debían de hacer....
También Britt sabe sobre el bebe en camino y creo lo tomo como sabíamos, ahora espero que no vuelva a hacer lo mismo de siempre y alejarse, iba por buen camino y acepto que de nuevo sus temores están regresando solo espero que los maneje de forma distinta esta vez!!
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 4:43 am

3:) escribió:Una vez que britt esta.... O esta aprendiendo a controlar se ahora es san la que omite...
Es bueno que le contara lo del bebé!!!... A ver como reacciona con. Karen cuando la vea!!!....
Mucha calma me esta dando serto miedito....

Oh cierto, no hay muchos problemas por el momento, espero que ya no haya mas sorpresas,  y si da cierto miedo  jajajaja. me encantan las fotos de perfil de Nay Nay bebe, estoy muy ansiosa por leer su libro lo había pre ordenado hace cuatro meses espero este en mis manos pronto.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 4:44 am

JVM escribió:Pues un gran paso dieron en su nueva relación..... Al fin les gano el amor que las ideas de lo que debían de hacer....
También Britt sabe sobre el bebe en camino y creo lo tomo como sabíamos, ahora espero que no vuelva a hacer lo mismo de siempre y alejarse, iba por buen camino y acepto que de nuevo sus temores están regresando solo espero que los maneje de forma distinta esta vez!!

SI un gran paso, otra ciudad, otro comienzo los roles cambiaron y pues espero que ahora mejoren  y vuelvan a retomar su relacion....
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 4:45 am

CAPÍTULO 45
Santana

 
Aquí estoy, aquí estamos, en esta espiral eterna de felicidad, lujuria, pasión, amor abrumador y dolor. El dolor parece ganar, siempre gana, y ya estoy cansada de luchar.
 
Veo cómo cruza la habitación y me obligo a que no me importe. En el momento en que se cierra la puerta me golpeo la frente con las manos y me froto las sienes. ¿Qué me pasa que parece que no vea nada que no sea ella? ¿Por qué me he despertado esta mañana dispuesta a vivir sin ella para encontrarme en su cama horas más tarde?
 
Odio que tenga ese poder sobre mí, pero juro por mi vida que no puedo evitarlo. No la culpo por mi debilidad, pero si lo hiciera tendría que decir que hace que me resulte muy difícil distinguir con claridad las líneas que separan lo bueno de lo malo. Cuando me sonríe, esas líneas se emborronan y se mezclan, y es literalmente imposible luchar contra la sensación que impulsa todo mi cuerpo.
Me hace reír tanto como llorar, y me hace sentir de nuevo como cuando estaba convencida de que mi destino era la nada en mi interior. Creía con todas mis fuerzas que nunca volvería a sentir nada, pero Brittany me sacó de aquello, me cogió de la mano cuando parecía que a nadie le importaba lo bastante hacerlo y me llevó a la superficie.
 
No es que nada de eso cambie el hecho de que no podamos estar juntas. Es que simplemente no funciona, no puedo permitirme volver a hacerme ilusiones de nuevo para que ella las destruya cuando vuelva a echarse atrás, cuando retire todo lo que ha confesado, y me niego a que la única mano que me ayuda sea la misma que me destroza una y otra vez.
 
Aquí estoy, con la cara entre las manos, pensando demasiado en los errores que he cometido — mis errores, sus errores, los errores de nuestros padres— y en cómo los míos parecen estar devorándome, negándose a dejarme en paz.
 
Tuve una pizca de serenidad y calma cuando sus manos estaban sobre mi cuerpo, su boca en la mía, sus dedos abriéndose paso entre la fina piel de mis muslos. No obstante, minutos más tarde, el fuego se ha extinguido y estoy sola. Estoy sola, herida y avergonzada, y es lo mismo de siempre, sólo que con un final aún más patético que en la última entrega.
 
Me pongo en pie, vuelvo a abrocharme el sujetador y me coloco la sudadera de Ryder. No puedo estar aquí cuando Brittany vuelva. No puedo pasarme los próximos diez minutos preparándome para cuando quiera que decida aparecer. He hecho esto demasiadas veces y al final llegué a un punto en el que mi necesidad de ella no era tan abrumadora; en el que no estaba presente en todos y cada uno de mis pensamientos, no era ella responsable de cada aliento, y en el que por fin podía vislumbrar una vida después de ella.
 
Esto ha sido una recaída. Eso es todo. Ha sido un fallo de juicio y el terrible silencio que reina en la habitación me lo recuerda. Para cuando la oigo abrir la puerta del baño, ya estoy vestida y en mi cuarto. Sus pasos resuenan
cada vez más fuertes a medida que se acerca, y sólo le lleva unos segundos darse cuenta de que ya no estoy en su habitación. No llama a la puerta —sabía que no lo haría— antes de entrar en mi cuarto.
 
Estoy sentada en la cama con las piernas cruzadas y pegadas al cuerpo, protegiéndome. Debo de parecerle patética: mis ojos arden con lágrimas de arrepentimiento y mi piel huele a ella.
 
—¿Por qué te has ido?
 
Tiene el pelo mojado y unas gotas de agua le resbalan sobre la frente. Sus manos descansan sobre sus caderas desnudas porque lleva los shorts demasiado bajos.
—No me he ido. Has sido tú —puntualizo testaruda.
Me mira inexpresiva durante unos segundos.
 
—Supongo que tienes razón; ¿vuelves?
 
Formula la petición como una pregunta, y yo lucho conmigo misma para no levantarme de la cama.
 
—No creo que sea una buena idea.
Aparto la mirada y cruza la habitación para sentarse frente a mí en la cama.
 
—¿Por qué? Lo siento si he perdido los papeles, es que no sabía qué pensar y, si te soy sincera, no confiaba mucho en mí misma y en que fuera a decirte algo malo, así que he pensado que lo mejor era irme y aclararme un poco.
 
«¿Por qué no actuó así antes? ¿Por qué no fue sincera y sensata cuando necesitaba que lo fuera?
¿Por qué tuvo que alejarme definitivamente de ella para querer cambiar?»
 
—Me habría gustado que al menos hubieras dicho eso en lugar de largarte y dejarme allí sola.
 
Asiento intentando reunir las pocas fuerzas que me quedan.
 
—. Creo que no deberíamos quedarnos a solas juntas.
Sus ojos enloquecen.
 
—¿Qué dices? —gruñe. Muy sensata por su parte, sí.
 
Aún tengo las piernas abrazadas contra el pecho.
 
—Quiero estar aquí para ti, y voy a estar —replico—. Si necesitas hablar de lo que sea o desahogarte, o si sólo quieres que haya alguien ahí. Pero de verdad creo que deberíamos quedarnos en las zonas comunes como el salón o la cocina.
 
—No lo dirás en serio —se mofa.
 
—Pues sí.
 
—¿Las zonas comunes? Y ¿con Ryder como carabina? Es absurdo, San. Podemos estar perfectamente a solas en la misma habitación.
 
—Yo no he dicho nada de ninguna carabina. Sólo pienso en las cosas como están ahora —suspiro
 
—. Creo que voy a volver unos días a Seattle.
 
No lo había decidido del todo aún, pero ahora que lo he dicho en voz alta, me parece lógico. Tengo que prepararlo todo para mudarme a Nueva York y echo de menos a Kimberly. Tengo una visita médica en la que he estado intentando no pensar, y no veo nada bueno en quedarme en casa de los Pierce jugando a las casitas. Otra vez.
 
—Iré contigo —me dice sin más, como si fuera la solución más fácil.
 
—Brittany...
 
—Pensaba esperar para sacar el tema, pero voy a dejar el apartamento y yo también me mudaré a Seattle. Es lo que has querido siempre, y estoy lista para hacerlo. No sé por qué he tardado tanto.
 
Se pasa la mano por el pelo y aparta los mechones para que se queden en su sitio formando una onda despeinada.
 
Niego con la cabeza.
 
—Pero ¿qué dices?
«¿Ahora quiere mudarse a Seattle?»
 
—Conseguiré una casa bonita para nosotras. No será una mansión como la de Vance, pero será más bonita que la que podrías pagar tú sola.
A pesar de que sé que sus palabras no pretendían ser insultantes, es así como me suenan, y de golpe me siento al límite.
 
—No te has enterado —la acuso haciendo aspavientos—. ¡No te estás enterando de nada de este asunto!
 
—¿De qué asunto? ¿Por qué tiene que haber un asunto en todo esto? —replica acercándose un poco más—. ¿Por qué no podemos simplemente ser nosotras, y por qué no me dejas demostrarte quién puedo ser para ti? No todo tienen que ser asuntos de los que llevar la cuenta y que hagan que te sientas desgraciada porque me quieres y no te permites estar conmigo.
 
Cubre mi mano con la suya. Pero yo retiro la mía.
 
—Quiero estar de acuerdo contigo y me encantaría creer en ese mundo de fantasía en el que lo nuestro funciona —repongo—, pero ya lo he hecho durante mucho tiempo y no puedo más. Intentaste advertirme anteriormente, me diste una oportunidad tras otra de ver lo inevitable, pero estaba en una fase de negación. Sin embargo, ahora lo veo, veo que lo nuestro estaba condenado al fracaso desde el principio. ¿Cuántas veces vamos a tener esta conversación?
 
Me mira con sus penetrantes ojos azules.
 
—Tantas como haga falta para hacer que cambies de opinión.
 
—Yo nunca pude hacerte cambiar de opinión a ti, ¿qué te hace pensar que tú podrás conseguirlo conmigo?
 
—¿Lo que acaba de pasar entre nosotras no te lo ha dejado lo bastante claro? —replica.
 
—Quiero que formes parte de mi vida, pero no de esta forma. No como mi novia.
 
—¿Y como esposa?
Sus ojos están llenos de humor y de... ¿esperanza?
La miro, sorprendida de que pudiera atreverse...
 
—¡No estamos juntas, Brittany! —le espeto—. Y no puedes soltar así lo del matrimonio pensando que harás que cambie de opinión. Deseaba que quisieras casarte conmigo, ¡no que me lo ofrecieras como último recurso!
La respiración se le acelera, pero su voz suena suave cuando responde:
 
—No es el último recurso. No estoy jugando contigo. Ya he aprendido la lección. Quiero casarme contigo porque no puedo imaginar vivir la vida de otra forma. Y puedes decirme que me equivoco, pero también sabes que podríamos casarnos ahora. No nos separaríamos, y lo sabes.
 
Parece tan segura de sí misma y de nuestra relación..., pero una vez más estoy confundida y no sé si sus palabras deberían alegrarme o cabrearme.
El matrimonio ya no tiene el mismo valor que hace unos meses. Mis padres no llegaron a casarse nunca. Apenas si podía creerlo cuando me enteré de que fingían estarlo para calmar a mi madre y a mis abuelos. Trish y Ken estaban casados, y ese vínculo legal no pudo evitar que se hundiera el barco. «¿Para qué se casa la gente?» En serio. Casi nunca funciona de todas formas, y empiezo a ver que el del matrimonio es un concepto absurdo. Es un desastre la forma en la que nos meten en la cabeza la idea de que tenemos que comprometernos con otra persona y confiar en que sea la fuente de nuestra felicidad.
Por suerte para mí, al final he aprendido que no puedo confiarle mi felicidad a nadie.
 
—Es que creo que no voy a querer casarme nunca —confieso.
Brittany inspira con dificultad y acerca una mano a mi barbilla.
 
—¿Qué? No hablas en serio.
Sus ojos buscan los míos.
 
—Sí, lo digo en serio. ¿Para qué? Nunca funciona, y divorciarse no es barato.
Me encojo de hombros e ignoro la expresión de terror que inunda su rostro.
 
—¿Qué demonios estás diciendo? ¿Desde cuándo eres tan cínica?
 
¿Cínica? No creo que lo sea. Necesito ser realista y no seguir haciéndome ilusiones sobre un final de cuento que obviamente nunca voy a tener. Pero tampoco es que vaya a aceptar sus idas y venidas a cada momento.
 
—No sé —digo—, porque supongo que me he dado cuenta de que era una completa estúpida. No te culpo por romper conmigo. Estaba obsesionada con disfrutar de una vida que nunca podré tener, y eso ha acabado por volverte loca.
Brittany se pasa la mano por el pelo con frustración como siempre.
 
—Santana, estás diciendo gilipolleces. No estabas obsesionada con nada. Sólo es que yo he sido una imbécil.
 
Gruñe frustrada y se arrodilla frente a mí.
 
—Joder, mira lo que te he hecho creer. Es todo lo contrario.
 
Me pongo de pie odiando sentirme culpable por decir lo que siento de verdad. Tengo un enorme conflicto interior, y estar en esta pequeña habitación con Brittany no ayuda. A su lado no puedo centrarme, y no puedo ser firme en mi defensa cuando me está mirando como si cada palabra que digo fuera un arma contra ella. Da igual lo verdadero que sea, sigue haciéndome sentir compasión por
ella cuando ni siquiera creo que debería tenerla. Siempre había juzgado a la ligera a las mujeres que se sentían así. En cuanto veía en las películas una relación excesivamente dramática, enseguida calificaba a la mujer de débil, pero no es tan fácil ni está tan claro. Hay tantas cosas que hay que tener en cuenta cuando calificas a alguien... y debo admitir que antes de conocer a Brittany hacía eso demasiado a menudo. ¿Quién soy yo para juzgar a nadie basándome en sus sentimientos? No sabía lo fuertes que pueden llegar a ser esas estúpidas
emociones; no podía comprender el magnetismo que podía llegar a sentirse.
 
Nunca entendí la forma en la que el amor consigue tener más poder que el sentido común y que la pasión sobrepasara a la lógica, y que sea tan desconcertante que nadie más sepa de verdad cómo te sientes. Nadie puede juzgarme por ser débil o estúpida, nadie puede rebajarme por cómo me siento. Nunca diría que soy perfecta, y lucho cada segundo por mantenerme a flote, pero no es tan fácil
como los demás puedan pensar. No es tan fácil alejarse de alguien que ha alcanzado cada una de tus células, que se ha apoderado de cada pensamiento, y que ha sido la responsable de lo mejor y lo peor que he llegado a sentir. Nadie, ni siquiera la parte dudosa que hay en mí, puede hacerme sentir mal por amar apasionadamente y desear conseguir el gran amor del que tanto he leído en las novelas con desesperación.
 
Cuando acabo de justificarme a mí misma por mis acciones, mi subconsciente se ha soltado el pelo y ha cerrado los ojos, aliviada de que por fin haya dejado de mortificarme por cómo mis emociones han jugado conmigo.
 
—Santana, voy a ir a Seattle —dice Brittany—. No voy a obligarte a vivir conmigo, pero quiero estar donde tú estés. Mantendré las distancias hasta que te sientas lista para seguir, y me portaré bien con todo el mundo, incluso con Vance.
 
—Ése no es el problema —suspiro.
 
Su determinación es admirable, pero nunca ha sido consistente. En algún momento se aburrirá y seguirá con su vida. Esta vez hemos ido demasiado lejos.
 
—Como he dicho antes, intentaré mantener las distancias, pero me voy a Seattle. Si no me ayudas a buscar piso, tendré que elegirlo yo sola, aunque me aseguraré de que a ti también te guste.
 
No tiene por qué saber cuáles son mis planes. Uso mis pensamientos para ahogar sus palabras. Si las escucho, si las escucho de verdad, destruirán la barrera que he construido. La superficie ha quedado al descubierto hace tan sólo una hora y he dejado que mis emociones controlaran mi cuerpo, pero no puedo dejar que vuelva a ocurrir.
 
Brittany sale de la habitación después de otros diez minutos en los que he seguido intentando ignorar sus promesas, y empiezo a hacer la maleta para irme a Seattle. He estado yendo y viniendo, viajando demasiado últimamente, y no veo el momento de que por fin llegue el día en que tenga un lugar al que llamar hogar. Necesito esa seguridad, necesito esa estabilidad. ¿Cómo es posible que me haya pasado toda la vida planeando tener estabilidad y haya acabado vagando por el mundo sin una base que considerar mía, sin red de seguridad, sin nada?
Cuando llego al pie de la escalera, Ryder está apoyado en la pared y me detiene con un suave gesto de la mano sobre mi brazo.
 
—Quería hablar contigo antes de que te vayas —dice.
 
Me quedo de pie frente a él aguardando a que hable. Espero que no haya cambiado de opinión respecto a dejar que me vaya con él a Nueva York.
 
—Sólo quería comprobar que no has cambiado de opinión respecto a venir conmigo a la NYU. Si es así, no pasa nada. Sólo necesito saberlo para hablar con Ken sobre los billetes de avión.
 
—No, claro que quiero ir —le aseguro—. Sólo necesito volver a Seattle para despedirme de Kim y...
 
Quiero hablarle de mi cita con el médico, pero creo que no estoy lista para enfrentarme a eso aún. No hay nada seguro, pero prefiero no pensar en ello todavía.
 
—¿En serio? No quiero que sientas que tienes que ir, entenderé que desees quedarte aquí con  Britt.
La voz de Ryder es tan amable y comprensiva que no puedo evitar rodear sus hombros con los brazos.
 
—Eres increíble, lo sabes, ¿verdad? —Le sonrío—. No he cambiado de opinión. Quiero hacer esto, tengo que hacer esto por mí misma.
 
—¿Cuándo vas a decírselo? ¿Qué crees que hará?
 
No he pensado mucho en lo que hará Brittany cuando le cuente mis planes para irme a la otra punta del país. No puedo permitir que su opinión modifique mis planes, ya no.
 
—La verdad, no sé cómo reaccionará —le confieso—. Hasta el funeral de mi padre, habría pensado que no le importaba lo más mínimo.
Ryder asiente educadamente. Entonces, un ruido en la cocina rompe nuestro silencio y recuerdo que no le he dado la enhorabuena por la buena nueva.
 
—¡No puedo creer que no me dijeras que tu madre está embarazada! —exclamo agradecida por el cambio de tema.
 
—Lo sé, lo siento. Acababa de decírmelo, y tú has pasado todo el tiempo encerrada en esa habitación. —Sonríe burlándose un poco de mí.
 
—¿Te entristece irte ahora con un hermanito en camino?
Por un momento me pregunto si a Ryder le gusta ser hijo único. Sólo hemos hablado del tema en alguna ocasión, pero siempre evitaba hablar de su padre, por lo que al final cada vez que lo hacíamos yo volvía a ser el centro de atención.
 
—Un poco —dice—. Lo único que me preocupa es cómo va a llevar el embarazo estando sola. Y la echaré de menos a ella y a Ken, pero estoy listo para esto. —Sonríe—. O, al menos, eso creo.
 
Asiento con seguridad.
 
—Estaremos bien. Sobre todo tú: a ti ya te han aceptado. Yo me voy sin saber si conseguiré entrar. Me quedaré flotando en Nueva York sin estar matriculada, sin trabajo y... Ryder me tapa la boca con la mano y se ríe.
 
—Yo siento ese mismo pánico cuando pienso en el cambio, pero me obligo a pensar en lo positivo.
 
—¿Y lo positivo es...?
 
—Bueno, es Nueva York. De momento sólo he llegado hasta ahí —admite con una risotada, y yo noto que sonrío de oreja a oreja cuando Karen se une a nosotros en el recibidor.
—Echaré de menos ese sonido cuando os marchéis —dice, mientras sus ojos brillan bajo las luces.
Ken se acerca por la espalda y le da un beso en la nuca.
—Todos lo haremos.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 4:46 am

CAPÍTULO 46
Brittany

 
Cuando llaman a la puerta y abro, no me molesto en ocultar la decepción al ver la sonrisa incómoda de Ken en lugar de a la chica a la que quiero.
Se queda ahí de pie, esperando claramente a que le dé permiso para entrar.
—Quería hablar contigo del bebé —señala tentativamente.
Sabía que esto llegaría, y por desgracia para mí no hay forma de evitar esta mierda.
—Pues pasa —respondo.
Me aparto de su camino y me siento en la silla junto al escritorio. No tengo ni puta idea de lo que va a decir o de lo que voy a contestar yo, ni de cómo va a acabar esto, pero no veo que vaya a ir bien. Ken no se sienta. Se queda de pie junto a la cómoda con las manos en los bolsillos de sus pantalones de vestir grises. El hecho de que el gris vaya a juego con las rayas de la corbata y que
lleve un jersey negro dice a gritos: «¡Soy el rector de una universidad de renombre!». Pero mirando más allá, veo la preocupación en sus ojos marrones y cómo frunce las cejas hasta que quedan unidas. Su forma de mover las manos es tan patética que siento la necesidad de sacarlo de su miseria.
 
—Estoy bien —le aseguro—. Supongo que seguramente habías pensado que rompería cosas y me volvería loca pero, sinceramente, me da igual que vayáis a tener un hijo —digo al final.
 
Suspira, aunque no parece tan aliviado como creía que se quedaría.
 
—No pasa nada si estás un poco enfadada por esto —me dice—. Sé que es inesperado y sé lo que piensas de mí. Sólo espero que esto no haga que me odies aún más.
 
Mira al suelo y yo empiezo a desear que Santana estuviera aquí a mi lado y no vete tú a saber dónde con Karen. Necesito verla antes de que se marche. He prometido darle espacio, pero no esperaba toparme con este momento padre-hija.
 
—No tienes ni idea de lo que pienso de ti —replico.
«Mierda, es que creo que ni siquiera yo misma lo sé.»
 
—Espero que esto no cambie ni borre los progresos que hemos ido haciendo. Sé que tengo mucho por lo que compensarte, pero de verdad confío en que me dejes seguir intentándolo —me dice mostrando una vez más su infinita paciencia conmigo.
 
Cuando oigo eso, siento una familiaridad entre nosotros que no había sentido antes. Ambos somos un completo desastre, ambos nos hemos dejado llevar por decisiones estúpidas y también por nuestras adicciones, y me cabrea tener ese rasgo suyo por haberme criado con él. Si me hubiera criado Vance, no habría sido así. No estaría tan jodida por dentro. No habría temido que mi padre volviera a casa borracho y no me habría sentado en el suelo junto con mi madre durante horas mientras lloriqueaba, sangraba y luchaba por seguir consciente después de haber soportado los golpes por culpa de sus errores. La rabia hierve en mi interior, zumbando en mis venas, y estoy a un paso de llamar a Santana. La necesito en momentos así... Bueno, la necesito siempre, pero sobre todo ahora. Necesito su dulce voz dándome ánimos. Necesito su luz para luchar contra la oscuridad que hay dentro de mi mente.
 
—Quiero que formes parte de la vida del bebé, Brittany —dice Ken a continuación—. Creo que esto puede ser algo muy bueno para todos nosotros.
 
—¿Nosotros? —espeto.
 
—Sí, todos nosotros. Formas parte de esta familia. Cuando me casé con Karen y me hice cargo de Ryder como padre, sé que te sentiste como si te olvidara, y no quiero que te pase lo mismo en relación con el bebé.
 
—¿Olvidarme? Te olvidaste de mí mucho antes de casarte con Karen —escupo.
 
Sin embargo, ya no siento la misma satisfacción al echarle cosas en cara ahora que sé la verdad sobre su pasado con mi madre y Christian. Lo siento por Ken, y lamento la que liaron esos dos, pero al mismo tiempo estoy muy cabreada con él por ser un padre de mierda hasta el año pasado. Aunque no fuera mi padre biológico, era el encargado de cuidar de nosotras, aceptó el papel y luego lo
abandonó por la bebida. Así que no puedo evitarlo. Debería reprimirme, pero la ira hierve en mí y necesito saberlo. Tengo que saber por qué intentaría hacer las paces conmigo si no estuviera completamente seguro de que es mi padre.
 
—¿Cuándo te enteraste de que mi madre se estaba follando a Vance a tus espaldas? —le pregunto, lanzando las palabras como si fueran una granada.
 
La habitación se queda sin aire y Ken parece que vaya a desmayarse de un momento a otro.
 
—¿Cómo...? —Se detiene y se frota la barbilla con la mano—. ¿Quién te ha dicho eso?
 
—Déjate de rollos. Lo sé todo sobre ellos. Esto es lo que pasó en Londres: los pillé juntos. Ella sentada en la encimera de la cocina.
 
—Dios mío —dice, con voz ahogada y la respiración agitada—. ¿Antes o después de la boda?
 
—Antes, pero se casó de todas formas. ¿Por qué estabas con ella si sabías que lo quería a él?
 
Respira unas cuantas veces y pasea la mirada por la habitación. Al final se encoge de hombros.
 
—Porque la quería —dice simplemente.
 
Me mira a los ojos, la sinceridad más pura parece borrar cualquier distancia que pudiera existir entre nosotros.
 
—No tengo ninguna razón además de ésa —prosigue—. La quería, te quiero y esperaba sin descanso que algún día dejara de quererlo a él. Ese día nunca llegó.... y aquello me estaba devorando. Sabía lo que hacía ella y lo que hacía él, mi mejor amigo, pero tenía tantas esperanzas puestas en nosotros que pensé que al final me elegiría a mí.
 
—Pues no lo hizo —apunto.
 
Puede que lo eligiera para casarse y pasar la vida con él, pero no lo eligió en nada de lo que importaba.
 
—Está claro. Y debería haberme rendido mucho antes de caer en el alcohol.
 
La vergüenza en sus ojos es auténtica.
 
—Sí, tendrías que haberlo hecho. —Todo sería tan distinto si lo hubiera hecho...
 
—Sé que no lo entiendes, y sé que para ti mis pésimas elecciones y falsas esperanzas te destrozaron la infancia, así que no espero tu perdón ni tu comprensión.
 
Une las manos como si estuviera rezando y se cubre la boca con ellas.
Me quedo en silencio porque no se me ocurre nada que decir. Mi mente se llena de recuerdos horribles y la realidad de lo jodidas que están mis tres... figuras paternas. No sé siquiera cómo llamarlos.
 
—Supongo que sentía que ella acabaría por ver que él no podía ofrecerle la estabilidad que yo le ofrecía. Había obtenido un buen trabajo y no tenía el riesgo de fuga que tenía Christian.
 
Hace una pausa y, con una respiración profunda que consigue que el jersey se tense sobre su pecho, me mira y añade
—: Creo que si Santana se casara con otro hombre, él se sentiría de ese modo. Siempre estaría compitiendo contigo, e incluso cuando la dejaras por enésima vez, competiría con tu recuerdo.
 
Está seguro de lo que está diciendo, lo sé por su tono y por la forma en que me mira fijamente a los ojos.
 
—No voy a volver a dejarla —le digo entre dientes. Mis dedos se contraen sobre el escritorio.
 
—Eso dijo él también.
Suspira y vuelve a apoyarse en la cómoda.
 
—Yo no soy él —replico.
 
—Sé que no lo eres. De ningún modo estoy diciendo que tú seas Christian ni que Santana se parezca a tu madre. Tienes suerte: Santana sólo tiene ojos para ti. Si tu madre no hubiera reprimido lo que sentía por él, podrían haber sido felices juntos pero, en su lugar, permitieron que su relación tóxica arruinara las vidas de todo el mundo a su alrededor.
 
Ken vuelve a frotarse la barba con la mano. Un hábito muy molesto.
Me vienen a la mente Catherine y Heathcliff, y quiero vomitar por la comparación fácil. Santana y yo podemos ser un completo desastre, como los dos personajes, pero no permitiré que tengamos el mismo destino.
 
Sin embargo, nada de lo que dice Ken tiene sentido para mí. ¿Por qué iba a soportar toda mi mierda si tuviera la más mínima duda de que ni siquiera soy problema suyo, para empezar?
 
—Entonces ¿es verdad? Él es tu padre, ¿no? —pregunta como si estuviera perdiendo la fuerza vital que había estado alimentándolo hasta ahora. El hombre fuerte que daba miedo de mi infancia ha desaparecido, y en su lugar hay un hombre con el corazón destrozado al borde de las lágrimas.
 
Quiero decirle que es un maldito idiota por soportarlo todo, que mi madre y yo no podemos olvidar el infierno en el que convirtió mi vida cuando era una niña. Por su culpa, me puse del lado de los demonios y luché contra los ángeles, es por su culpa que tengo un lugar especial reservado en el infierno y no me recibirán en el cielo. Es culpa suya que Santana no esté conmigo. Es culpa suya que le
haya hecho daño demasiadas veces como para poder contarlas, y es culpa suya que ahora esté intentando ponerles remedio a veintiún años de errores.
Cuando en lugar de todo eso me quedo en silencio, Ken exhala:
 
—Desde el momento en que te vi por primera vez, supe que eras suyo.
 
Sus palabras casi me dejan sin aire y sin pensamientos llenos de ira en la cabeza.
 
—Lo sabía. —Está intentando no llorar sin conseguirlo.
 
Me encojo y aparto la mirada de las lágrimas en sus mejillas.
 
—Lo sabía, ¿cómo no saberlo? Eras igualita a él, y cada año que pasaba, tu madre lloraba un poco más, se escapaba para verlo más a menudo. Lo sabía. No quería admitirlo porque tú eras todo lo que tenía. No tenía a tu madre, en realidad nunca la tuve. Desde que la conocí ella le pertenecía a él. Tú eras todo lo que tenía y, al dejar que mi rabia se apoderara de mí, también eché a perder eso.
Se detiene para coger aire mientras yo permanezco sentada confusa y en silencio.
 
—Habrías estado mejor con él, sé que habría sido así, pero te quería y aún te quiero como si fueras sangre de mi sangre, y lo único que puedo hacer es esperar a que me dejes permanecer en tu vida.
 
Sigue llorando, hay demasiadas lágrimas cubriendo sus mejillas, y de repente siento compasión por él. Parte del peso que me oprimía el pecho ha desaparecido, y noto cómo los años de rabia van disolviéndose en mi interior. No sé qué clase de sentimiento es éste; es fuerte y liberador. Para cuando me mira, ni siquiera me siento yo misma. No soy yo misma, ésa es la única explicación por la que mis brazos tocan sus hombros y rodean su espalda para consolarlo.

Al hacerlo, lo veo temblar, y entonces empieza a sollozar de verdad con todo su cuerpo.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 4:47 am

CAPÍTULO 47
Santana

 
El trayecto en coche ha sido tan horrible como esperaba. La carretera parecía no tener fin, cada línea amarilla era una de sus sonrisas, una de las veces que frunce el ceño. Cada interminable hilera de coches parecía burlarse de cada error que haya cometido, y cada coche en la carretera era otro extraño, otra persona con sus propios problemas. Me he sentido sola, demasiado sola, en mi pequeño
coche mientras me alejaba cada vez más de donde quería estar.
«¿Soy tonta por luchar incluso contra eso? ¿Seré lo bastante fuerte como para luchar contracorriente esta vez? ¿Acaso quiero hacerlo?» ¿Qué posibilidades hay de que esta vez, después de lo que parecen cientos de veces, vaya a ser
diferente? ¿Está simplemente desesperada diciendo lo que siempre he querido oír porque sabe lo mucho que me he distanciado de ella?
 
Siento que mi cabeza es como una novela de dos mil páginas llena de pensamientos profundos, parloteos absurdos y un montón de preguntas chungas para las que no tengo respuestas. Al detenerme delante de la casa de Kimberly y Christian hace unos minutos, la tensión acumulada en mis hombros era casi insoportable. Podía sentir literalmente mis músculos tensándose bajo la piel
hasta el punto de partirse y, mientras estoy aquí sentada en el salón, esperando a que Kim baje, la tensión no ha hecho más que aumentar.
Smith desciende por la escalera y arruga la nariz disgustado.
 
—Dice que bajará en cuanto termine de frotarle la pierna a mi padre —anuncia.
No puedo evitar reírme al oír al pequeño de los hoyuelos.
 
—Vale. Gracias.
 
No ha dicho ni una palabra cuando me ha abierto la puerta hace tan sólo unos minutos. Sólo me ha mirado de arriba abajo y me ha hecho una señal con la mano para que entrara con una sonrisilla. Y lo cierto es que me ha impresionado su sonrisa, pequeña o no. Se sienta en el borde del sofá sin decir ni una palabra y se concentra en un aparato que tiene en la mano mientras yo lo observo. El hermano pequeño de Brittany. Es tan raro pensar que este niño adorable al que parezco disgustarle por algún motivo ha sido todo este tiempo su hermano biológico... Sin embargo, de alguna forma tiene sentido, puesto que siempre ha demostrado mucha curiosidad por Brittany y parecía disfrutar de su compañía cuando a la mayoría de las personas no les ocurre.
Se vuelve y me pilla mirándolo.
 
—¿Dónde está tu Brittany?
 
«Tu Brittany.» Parece que cada vez que me hace esa pregunta, «mi Brittany» está lejos. Esta vez, más lejos que nunca.
 
—Está...
 
Entonces Kimberly entra en el salón y viene directa hacia mí con los brazos abiertos. Por supuesto, lleva zapatos de tacón y va maquillada. Supongo que el mundo exterior sigue girando, aunque el mío se haya detenido.
 
—¡Santana! —chilla mientras rodea mis hombros con los brazos y me aprieta tan fuerte que me hace toser—. ¡Vaya, ha pasado demasiado tiempo!
 
Me estrecha contra sí una vez más antes de echarse atrás y cogerme del brazo para llevarme a la cocina.
 
—¿Cómo va todo? —le pregunto, y me subo al mismo taburete en el que siempre solía acabar sentada.
 
Ella se queda de pie frente a la barra de desayuno y se pasa las manos por su melena rubia hasta los hombros, se la echa hacia atrás y se la recoge en un moño flojo en lo alto de la cabeza.
 
—Bueno, parece ser que todos sobrevivimos al maldito viaje a Londres. —Compone una mueca y yo hago lo mismo—. Por los pelos, pero así fue.
 
—¿Cómo está la pierna del señor Vance?
 
—¿El señor Vance? —se ríe—. No, no vas a volver a eso por todas las cosas raras que han sucedido. Ya te dije que puedes llamarlo Christian o Vance. Su pierna se está curando; por suerte, el fuego quemó la ropa del todo, pero muy poco la piel —dice con el ceño fruncido y los hombros temblorosos.
 
—¿Se ha metido en líos? Líos legales, quiero decir... —pregunto tratando de no parecer insistente.
 
—En realidad, no. Se inventó una historia sobre un grupo de vándalos que entraron a la fuerza y destrozaron la casa antes de quemarla. Es un caso de incendio provocado sin culpables.
 
Niega con la cabeza y pone los ojos en blanco. A continuación, se sacude las manos en el vestido y vuelve a mirarme.
 
—¿Y tú qué tal, Santana? Sentí mucho lo de tu padre. Debería haberte llamado más; he estado ocupada intentando asimilar todo esto. —Alarga el brazo sobre la encimera de granito y pone la mano sobre la mía—. Aunque eso no es ninguna excusa.
 
—No, no. No te disculpes. Tenías demasiado entre manos y yo no habría sido la mejor compañía de todas formas. Si me hubieras llamado, puede que ni siquiera hubiera sido capaz de contestar. Me he estado volviendo loca, literalmente.
Intento reírme, pero incluso yo percibo el sonido falso y seco que sale de mí.
 
—Me lo imagino. —Me mira escéptica—. ¿Qué pasa con esto? —Sus manos se mueven frente a mí, y entonces miro mi sudadera cutre y mis vaqueros sucios.
 
—No lo sé, han sido dos semanas muy largas.
Me encojo de hombros y me pongo el pelo despeinado detrás de las orejas.
 
—Está claro que vuelves a estar de bajón. ¿Brittany ha hecho algo nuevo o es aún lo de Londres?
 
Kimberly arquea una ceja perfecta, lo que me recuerda lo pobladas que deben de estar las mías. Las pinzas y la cera han sido lo último en lo que podía pensar, pero Kim es una de esas mujeres que te hacen querer estar guapa todo el tiempo para mantenerte a su nivel.
 
—No exactamente. Bueno, en Londres hizo lo mismo que hace siempre, pero al final le dije que habíamos terminado. —Viendo el escepticismo en sus ojos azules, añado—: Va en serio. Estoy pensando en mudarme a Nueva York.
 
—¿Nueva York? ¡Qué demonios! ¿Con Brittany? —exclama. Pero luego agrega boquiabierta—: Ah, lo siento, acabas de decirme que habéis roto —y se golpea la frente con la mano de forma dramática.
 
—De hecho, me voy con Ryder. Se traslada a la NYU y me ha pedido que lo acompañe. Voy a pasar el verano y, con un poco de suerte, entraré en la facultad en otoño.
 
—Caray..., espera un momento —dice riendo.
 
—Es un gran cambio, lo sé. Es sólo que..., bueno, necesito largarme de aquí y, como Ryder también se va, me parece que todo encaja.
 
Es una locura, una completa locura, irme a la otra punta del país, y la reacción de Kimberly es la prueba de ello.
 
—No tienes por qué darme explicaciones —aclara—. Creo que es una buena idea, sólo que me sorprende. —Ni siquiera intenta reprimir una sonrisa—. Tú, marchándote a la otra punta del país, sin un plan y sin tomarte un año para disponerlo todo.
 
—Es una estupidez, ¿verdad? —le pregunto no muy segura de lo que querría escuchar.
 
—¡No! ¿Desde cuándo te muestras tan insegura? Chica, sé que has pasado por un montón de cosas, pero necesitas recomponerte. Eres joven, brillante y guapa. ¡La vida no es tan mala! Mierda, intenta curarle las quemaduras a tu prometido después de que te dé la sorpresa diciéndote que tiene una hija ya crecidita cuando acaba de pegártela con su... —hace gestos circulares en el aire con los
dedos y pone los ojos en blanco— amor perdido de la juventud y cuídalo cuando lo que deseas en realidad es partirle la crisma.
No sé si intentaba ser graciosa, pero tengo que morderme la lengua para no reírme al imaginar la escena que acaba de dibujar en mi cabeza. Sin embargo, cuando se ríe un poco no puedo evitar seguirla.
 
—En serio, no pasa nada si estás triste, pero si dejas que la tristeza controle tu vida, nunca tendrás vida.
 
Sus palabras golpean en algún lugar entre mi yo egoísta y llorica y mis nervios por mudarme a Nueva York sin un plan firme. Tiene razón. He pasado por muchas cosas en el último año, pero ¿qué bien puede hacerme estar así? ¿Sentir tristeza y dolor por la pérdida en cada pensamiento? Por mucho que me guste la
tranquilidad de no sentir nada, no soy yo misma. He notado cómo mi ser se escurría con cada pensamiento negativo, y empezaba a temer que nunca volvería a ser yo. Ahora todavía no lo soy, pero quién sabe si algún día...
 
—Sé que tienes razón, Kim. Es que no sé cómo parar. Estoy tan enfadada todo el tiempo... — Cierro los puños y ella asiente—. O triste. Hay mucha tristeza y dolor. No sé cómo borrarlo, y me está devorando, apoderándose de mi mente.
 
—Bueno, no resulta tan fácil como ha podido sonar al decirlo —repone—, pero lo primero es que estés ilusionada. ¡Te mudas a Nueva York, tía! Demuéstralo. Si vas lloriqueando por las calles de la gran ciudad, no vas a hacer amigos. —Sonríe, suavizando así sus palabras.
 
—¿Y qué si no puedo? Quiero decir, ¿qué pasa si siempre me siento así?
 
—Pues que siempre te sentirás así, eso es todo. Pero ahora no puedes pensar así. A mis años he aprendido... —sonríe—, no son muchos años, debo decir, pero he aprendido que pasan cosas malas y hay que seguir adelante. Es una mierda y, créeme, sé que todo esto es por Brittany. Siempre es por Brittany, pero has de aceptar el hecho de que no va a darte lo que quieres y necesitas, así que haz lo
que esté en tu mano por que parezca que sigues adelante sin ella. Si puedes engañarla, a ella y de paso al resto, al final acabarás creyéndolo tú también y se hará realidad.
 
—¿Crees que podría? Ya sabes, seguir adelante sin ella de verdad —digo retorciendo los dedos sobre el regazo.
 
—Voy a lanzarme y a mentirte porque es lo que necesitas oír ahora. —Kimberly se acerca a un armario y saca dos copas de vino—. Ahora mismo necesitas oír un montón de chorradas y elogios. Siempre tendrás tiempo de enfrentarte a la verdad más adelante, pero ahora...
Rebusca en el cajón bajo el fregadero y coge un sacacorchos.
—Ahora beberemos vino y te contaré todo tipo de historias de ruptura que hagan que la tuya parezca un juego de niños.
 
—¿Te refieres a la película de terror?[1] —pregunto sabiendo que no hablaba de aquel horrible muñeco pelirrojo.
 
—No, listilla. —Me da un toque en el muslo—. Me refiero a todas las mujeres que conozco que llevaban años casadas y sus maridos se tiraban a sus hermanas. Ese tipo de mierdas harán que te des cuenta de que tampoco lo tienes tan mal.
 
Pone una copa de vino frente a mí y, cuando estoy a punto de protestar, Kim la levanta y me la pega a los labios. Una botella y media más tarde, me estoy partiendo de risa apoyada en la encimera para no caerme. Kimberly ha repasado un increíble montón de relaciones de locura, y al final he dejado de mirar el móvil cada diez segundos. De todas formas, Brittany no tiene mi número, no dejo de
recordármelo. Por supuesto, estamos hablando de ella, y si quiere el número encontrará la manera de conseguirlo.
 
 Algunas de las historias que Kim me ha contado en la última hora parecen demasiado increíbles para ser verdad. Estoy segura de que el vino la ha hecho adornarlas para que parecieran peores de lo que eran.
 
La mujer que llegó a su casa y se encontró a su marido desnudo en la cama con la vecina... y su marido. La historia con demasiados detalles de la mujer que intentó cargarse a su marido pero dio la foto equivocada y el matón estuvo a punto de matar a su hermano. (Su marido acabó teniendo una vida mucho mejor que la suya.)
 
Luego estaba el hombre que dejó a su esposa después de veinte años por una mujer que tenía la mitad de su edad para acabar enterándose de que era su sobrina nieta. Puaj. (Sí, siguieron juntos.)
 
Una chica que se acostaba con su profesor de universidad y presumió de ello hablando con la mujer que le hacía la manicura, quien —sorpresa— resultó ser la esposa del profesor. La chica  suspendió ese trimestre.
 
El hombre que se casó con una francesa sexi que conoció en el súper y luego se enteró de que no era francesa. Era de Detroit y una estafadora bastante convincente.
 
La mujer que, durante un año, engañó a su marido con un hombre que había conocido en internet. Cuando al final lo vio en persona, se llevó una buena sorpresa cuando resultó ser su propio marido.
 
No puede ser que una mujer pillara a su marido acostándose con su hermana, luego con su madre y después con la abogada de su divorcio. No es posible que entonces lo persiguiera por todo el bufete de abogados lanzándole los zapatos de tacón a la cabeza mientras él corría, sin pantalones, por los pasillos.
 
Me estoy riendo, me río con todas mis fuerzas ahora mismo, Kimberly se agarra la barriga y asegura que vio al hombre días más tarde con la marca del tacón de su futura exmujer brillando en el centro de la frente.
 
—¡No es broma! ¡Menudo follón! ¡Y lo mejor de todo es que ahora han vuelto a casarse!
 
Golpea con la mano en la encimera y yo sacudo la cabeza al oír el volumen de su voz ahora que está borracha. Me alegro de ver que Smith se ha ido arriba y ha dejado a las dos mujeres escandalosas bebiendo vino solas; si no me sentiría mal por confundirlo con nuestras risas a costa de las desgracias ajenas.
 
—Los hombres y en tu caso Brittany son idiotas —dice entonces Kimberly—. Todos y cada uno de ellos. —Y hace chocar su copa de vino, que ha rellenado, con la mía vacía—. Pero, la verdad sea dicha, las mujeres también son gilipollas, así que, la única manera de que funcione es encontrar a un gilipollas al que
puedas soportar. Uno que haga que tú seas un poco menos gilipollas.
Christian elige ese momento para entrar en la cocina.
 
—Toda esta charla sobre los gilipollas se oye desde el vestíbulo.
Se me había olvidado que estaba en la casa. Me cuesta un poco darme cuenta de que va en silla de ruedas. Me oigo a mí misma lanzar un gritito ahogado y Kimberly me mira con una sonrisilla en los labios.
 
—Se pondrá bien —me asegura.
 
Él le sonríe a su prometida y ella se revuelve un poco como siempre que la mira así. Eso me sorprende. Sabía que iba a perdonarlo, lo que no sabía es que ya lo hubiera hecho o que pudiera parecer tan contenta mientras lo hacía.
 
—Lo siento. —Ella le sonríe a su vez y se acerca a él, y Christian busca sus labios y la atrae a su regazo.
 
Hace un gesto de dolor cuando el muslo de ella se apoya en la pierna herida y de inmediato Kim se coloca sobre la otra pierna.
 
—Parece peor de lo que es —me dice él cuando ve que mis ojos van una y otra vez de la silla a la piel quemada de su pierna.
 
—Es verdad. Se está aprovechando totalmente de la situación —lo chincha Kimberly mientras le da un toquecito en el hoyuelo de la mejilla izquierda.
Aparto la mirada.
 
—¿Has venido sola? —pregunta Vance ignorando la mirada que Kim le dirige cuando le muerde el dedo.
 
No puedo dejar de mirarlos, aunque sepa que no voy a estar en su lugar en un futuro próximo, o tal vez nunca.
 
—Sí. Brittany ha vuelto a casa de su... —me interrumpo para corregirme— a casa de Ken.
 
Christian parece decepcionado, y Kimberly ya no lo mira, pero yo siento que el agujero en mi interior que había estado tapado durante la última hora comienza a abrirse de nuevo al mencionar a Brittany.
 
—¿Cómo está? Me gustaría mucho que contestara a mis llamadas..., esa pequeña gilipollas... —murmura Christian.
Culparé al vino, pero le suelto:
 
—Tiene muchas cosas de las que preocuparse ahora mismo. —La dureza de mi tono es evidente, y al instante me siento como una idiota—. Lo siento, no pretendía que sonara así. Sólo sé que hay muchas cosas que le preocupan en este momento. No pretendía ser brusca.
 
Decido ignorar la sonrisita que distingo en la cara de Kimberly al ver que defiendo a Brittany. Christian sacude la cabeza y se ríe.
 
—No pasa nada. Me lo merezco todo. Lo sé. Sólo quiero hablar con ella, pero también sé que ya vendrá cuando esté lista. Las voy a dejar, señoritas, sólo quería ver a qué venían tantas risas y chillidos. Espero que no fuera todo a costa mía.
Después de eso, besa a Kimberly, con rapidez pero con ternura, y dirige su silla afuera de la cocina.
 
Extiendo la copa hacia ella, pidiendo que me la rellene.
 
—Un momento, ¿eso significa que ya no vas a trabajar conmigo? —pregunta Kimberly—. ¡No puedes dejarme con todas esas mujeres malvadas! Eres la única a la que puedo soportar, además de a la nueva novia de Trevor.
 
—¿Trevor tiene novia?
 
Doy un sorbo al vino frío. Kimberly tenía razón: el vino y las risas me están ayudando. Siento que estoy sacando la cabeza del cascarón, intentando volver a la vida, y con cada chiste y cada historia absurda me parece un poco más fácil.
 
—¡Sí! ¡La pelirroja! Ya sabes, la que nos lleva lo de los medios sociales.
Intento situar a la mujer, pero no veo más allá del vino danzando en mi cabeza.
 
—No la conozco; ¿cuánto llevan saliendo?
 
—Tan sólo unas semanas. Pero ¿sabes qué? —Los ojos de Kim se iluminan con lo que más le gusta, los cotilleos de oficina—. Christian los oyó cuando estaban juntos un día.
Doy otro sorbo de vino, esperando a que se explique.
 
—Pero muy juntos... O sea, ¡que se lo estaban montando en su oficina! Y lo más increíble son las cosas que oyó... —Se interrumpe un momento para reírse—. Son unos pervertidos. Quiero decir, Trevor es una bestia en la cama. Hubo azotes, se llamaban cosas guarras y todo eso. Estallo en carcajadas como una colegiala atolondrada; una colegiala que ha bebido demasiado vino.
—¡No puede ser!
 
No puedo imaginarme al dulce Trevor azotando a nadie. La simple imagen hace que me ría aún más, y sacudo la cabeza intentando no pensar mucho en ello. Trevor es atractivo, muy atractivo, pero es tan correcto y dulce que cuesta creerlo.
 
—¡Te lo juro! Christian estaba seguro de que la tenía atada a la mesa o algo porque, cuando lo vio al día siguiente, ¡estaba desatando algo de las esquinas!
 
Kimberly hace gestos en el aire y un chorro de vino frío sale disparado de mi nariz.
Cuando acabe esta copa, voy a parar. ¿Dónde está Brittany, la autoridad en materia de alcohol, cuando la necesito?
«Brittany.»
El corazón se me acelera y la risa se me corta de golpe hasta que Kimberly añade otro escabroso detalle a la historia:
 
—He oído que tiene una fusta en su despacho.
 
—¿Una fusta? —pregunto bajando la voz.
 
—Fusta de cuero, busca en Google. —Se ríe.
 
—No me lo puedo creer... Es tan dulce y amable... ¡No puede ser que ate a una mujer a su mesa y se lo monte con ella así!
 
No me lo puedo imaginar siquiera. Mi mente traicionera controlada por el vino empieza a imaginarse a Brittany, y mesas, y ligaduras y azotes...
 
—¿Quién se lo monta en su despacho si no? Por Dios, ¡si las paredes son de papel!
 
Estoy boquiabierta. Aparecen en mi mente imágenes reales intermitentes, recuerdos de Brittany haciéndome apoyar en mi escritorio, y mi piel, ya estaba caliente, se ruboriza y arde. Kimberly me dirige una mirada cómplice y echa la cabeza atrás.
 
—Supongo que los mismos que se lo montan en los gimnasios de casas ajenas —me acusa con una risita.
 
La ignoro a pesar de la horrible vergüenza que siento.
 
—Volviendo a Trevor —digo ocultando la cara todo cuanto puedo con mi copa.
 
—Sabía que era rarito. Los hombres que llevan traje todos los días son siempre unos raritos.
 
—Sólo en esas novelas subidas de tono —respondo mientras pienso en un libro que quiero leerme pero que aún no he podido.
 
—Esas historias tienen que salir de alguna parte, ¿no? —me guiña un ojo—. No dejo de pasar por delante del despacho de Trevor esperando oír cómo lo hacen, pero no ha habido suerte... de momento.
 
Lo absurdo de esta noche me ha hecho sentir ligera de una forma que hacía tiempo que no me sentía. Intento atrapar este sentimiento y mantenerlo agarrado a mi pecho con fuerza todo cuanto pueda, no quiero que se me escape.
 
—Quién iba a imaginar que Trevor fuera tan rarito, ¿eh? —añade Kim. Mueve arriba y abajo las cejas y yo sacudo la cabeza.
 
—Puto Trevor —digo, y espero en silencio a que Kimberly estalle en carcajadas.
 
—¡Puto Trevor! —chilla, y yo me uno a ella, pensando en el nombrecito mientras lo repetimos por turnos con nuestras mejores impresiones de su creador.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 5:31 am

CAPÍTULO 48
Brittany

 
Ha sido un día muy largo. Demasiado largo, y estoy a punto de irme a dormir. Después de la charla a corazón abierto con Ken, estoy agotada. Y, encima, mientras cenábamos, he tenido que aguantar cómo Ryder se follaba con la mirada a Sarah, Sonya... o como coño se llame.
 
Aunque habría preferido que Santana no se fuera sin despedirse de mí, no puedo decirlo en voz alta porque no me debe ningún tipo de explicación.
 
He jugado limpio, tal y como le prometí, y he cenado en silencio mientras Karen y mi padre, o quienquiera que sea, me miraban con cautela, esperando a que estallara o arruinara la velada.
 
Pero no lo he hecho. Me he quedado callada masticando bien cada bocado. Incluso he mantenido los codos fuera de ese horrible mantel que Karen cree que añade un toque primaveral a la mesa o algún rollo de ésos, pero se equivoca. Es horrendo, y alguien debería quemarlo cuando ella no mire.
 
Me siento un poco mejor, jodidamente rara, pero un poco mejor después de hablar con mi padre. Me parece divertido seguir llamando ahora padre a Ken, cuando de adolescente ni siquiera podía decir su nombre sin refunfuñar o desear que no se hubiera largado para darle un puñetazo. Ahora que entiendo, o comprendo de alguna forma, cómo se sentía y por qué hacía lo que hacía, es como si parte de la ira que tenía dentro desde hace tanto tiempo se hubiera desvanecido.  Eso sí, ha sido raro sentir cómo abandonaba mi cuerpo. Lo había leído en algunas novelas —perdón, lo llaman—, pero no lo había sentido antes de hoy. No estoy segura de que me guste el sentimiento, aunque admitiré que ayuda a distraerme del constante dolor de echar de menos a Santana.
O algo así.
Me siento mejor... ¿Más feliz? No lo sé, pero no puedo dejar de pensar en el futuro. Un futuro en el que Santana y yo vamos a comprar alfombras y estanterías, o lo que sea que haga la gente casada.
 
Las únicas personas casadas que conozco que se soportan la una a la otra son Ken y Karen, y no tengo ni idea de lo que hacen juntos. Aparte de fabricar bebés a los cuarenta y tantos, claro. Siento una especie de vergüenza inmadura al respecto, y finjo que no estaba pensando en su vida sexual.
 
La verdad sea dicha, planear el futuro es mucho más divertido de lo que imaginaba. Jamás había esperado nada del futuro, ni del presente, nunca antes. Siempre supe que estaría sola, así que no me molestaba en imaginar estúpidos planes ni deseos. Hasta hace ocho meses no sabía que podía existir alguien como Santana. No tenía ni idea de que esa odiosa latina andaba suelta mientras esperaba a poner mi vida patas arriba volviéndome completamente loca y haciéndome quererla más que respirar.
 
Maldita sea, si hubiera sabido que estaba ahí fuera, no habría perdido el tiempo follándome a cada tía que podía. Antes ninguna fuerza de ojos chocolate me ayudaba ni me guiaba en mi vida
hecha mierda, así que cometí demasiados errores y ahora tengo que currármelo más que la mayoría para intentar enmendarlos.
Si pudiera volver atrás, no tocaría a ninguna otra chica. A ninguna. Y si hubiera sabido lo bueno que sería tocar a Santana, me habría estado preparando, contando los días hasta que se colara en mi
habitación de la casa de la fraternidad para trastear mis libros y mis cosas después de pedirle de forma explícita que no lo hiciera.
 
Lo único que me permite vagamente mantener el control de mí misma es la esperanza de que ella venga al final. Verá que esta vez no voy a echarme atrás en lo que he dicho. Pienso casarme con ella aunque tenga que arrastrarla hasta el altar.
 
Ése es otro de nuestros problemas, esos pensamientos prepotentes. Por mucho que lo niegue en su cara, no puedo evitar sonreír al imaginármela con su vestido blanco, gruñendo y gritándome mientras yo la arrastro literalmente por los pies a lo largo del camino alfombrado hacia el altar, al tiempo que
un arpa, o cualquiera de esos instrumentos que nadie utiliza si no es en bodas y funerales, toca cualquier mierda de canción.
 
Si tuviera su teléfono, le escribiría sólo para asegurarme de que está bien. Pero ella no quiere que lo tenga. Tuve que hacer uso de todo mi autocontrol para no birlarle el móvil del bolsillo a Ryder después de la cena y copiarlo.
 
Estoy tumbada en esta cama cuando debería estar conduciendo camino de Seattle. Debería, podría, necesitaría hacerlo..., pero no lo haré. Tengo que darle un poco de espacio o se alejará aún más de mí. Cojo mi móvil en la oscuridad y observo las fotos que tengo de ella. Si las imágenes de
recuerdos es todo lo que voy a tener de momento, voy a necesitar más fotos. Setecientas veintidós no son suficientes.
 
En lugar de seguir el camino de una acosadora obsesiva, me levanto de la cama y me pongo unos pantalones. No creo que a Ryder ni a la preñada Karen les gustara verme desnuda. Bueno, tal vez sí. Sonrío al pensarlo y me paro un momento para elaborar mi plan. Ryder se pondrá testarudo, lo sé,
pero es fácil de convencer. Al segundo chiste comprometido respecto a su nueva novia, me estará gritando el número de Santana sonrojado como un niño de parvulario.
 
Llamo dos veces a la puerta, dándole el aviso justo antes de abrir. Está dormido, tumbado panza arriba con un libro sobre el pecho. El puto Harry Potter. Debería haberlo imaginado... Oigo un ruido y veo una luz intermitente. Como una señal divina, la pantalla de su teléfono se ilumina y lo cojo de su mesilla de noche. El nombre de Santana y el principio de un mensaje: «Ryder,
¿estás despierto? Porque...».
La vista previa no muestra más. Necesito ver cómo sigue.
Giro el cuello en círculos, intentando que los celos no se apoderen de mí. «¿Por qué le está escribiendo a estas horas?»
Trato de adivinar su contraseña, pero es más complicado que con Santana. La suya era obvia y cómica, en serio. Sabía que, como yo, tendría miedo de olvidarla y elegiría 1234. Ésa es nuestra contraseña para todo. Números pin, el código de compra de programación de la tele por cable, cualquier cosa que necesite números, ésos son los que usamos siempre.
 
Es como si ya casi estuviéramos casadas, joder. Podríamos casarnos y que a la vez un hacker robara nuestras identidades, ¡ja!
Golpeo a Ryder con una almohada de su cama y gruñe:
—Despierta, capullo.
—Vete.
—Necesito el teléfono de Santana.
Golpe.
—No.
Golpe. Golpe. Golpe más fuerte.
—¡Ay! —gimotea, y se sienta—. Vale, te daré su teléfono.
 
Busca a tientas su móvil, que yo le pongo en la mano mientras miro los números que toca, por si acaso. Me da el teléfono una vez desbloqueado. Le doy las gracias y apunto el número en mi móvil. El alivio que siento cuando le doy a «Guardar» es patético, pero lo cierto es que me da igual.
 
Le arreo un golpe de regalo a Ryder con la almohada y salgo de la habitación.
Me parece haberlo oído maldecirme hasta que he cerrado la puerta riendo. Podría acostumbrarme a sentir esto, esta especie de esperanza mientras le escribo un simple mensaje de buenas noches a mi chica y aguardo ansiosa su respuesta. Parece que las cosas están mejorando para mí, por fin, y el
último paso es el perdón de Santana. Sólo necesito que vuelva una pizca de la esperanza que ella siempre ha puesto en mí.
«¿Britt Brittany?», dice el mensaje.
Mierda, empezaba a pensar que iba a ignorarme.
No, Brittany, no. Brittany a secas.
Decido empezar la conversación chinchándola, a pesar de que quiero suplicarle que vuelva de Seattle y no volverme loca y presentarme allí en mitad de la noche.
 
Lo siento, me cuesta escribir en este teclado, es demasiado sensible.
Me la imagino tumbada en la cama allá en Seattle, con el ceño fruncido y bizqueando mientras usa el dedo índice para pulsar cada letra.
 
Ya, los iPhone, ¿eh? Tu antiguo teclado era gigante, así que me imagino por qué te está costando tanto. Me responde con una cara sonriente y me deja impresionada y me divierte su recién estrenado uso de los emoticonos. Los odio con toda mi alma y siempre me he negado a usarlos, pero aquí estoy,
descargando a toda velocidad esa mierda para contestarle con una cara sonriente igual que la suya.
 
«¿Sigues ahí?», me pregunta justo cuando se la mando.
 
Sí, ¿qué haces despierta a estas horas? He visto que le mandabas un mensaje a Ryder.
 
No debería haber escrito eso. Pasan unos segundos y me envía una imagen de una pequeña copa de vino. Tendría que haber imaginado que estaría de charla con Kim, después de todo.
«Así que vino, ¿eh?», le escribo, acompañado de algo que parece una cara de sorpresa, creo.
 
«¿Por qué hay tantas cosas de éstas? ¿Cuándo necesita alguien mandar la imagen de un tigre? ¡Madre mía!»
Sintiéndome curiosa y un poco eufórica por la atención que me está prestando, le mando el maldito tigre y me río para mí misma cuando me responde con un camello. Me río cada vez que me manda una imagen estúpida que dudo que nadie use para nada.
 
Me alegro de que lo haya pillado, que haya sabido que le mandaba el tigre porque literalmente no tenía sentido. Ahora estamos jugando a «manda el emoticono más raro», y aquí estoy yo, tumbada en la oscuridad, riéndome tanto que me duele la tripa.
 
«No me quedan más», dice después de unos cinco minutos de mandarnos cosas.
 
Ni a mí. ¿Estás cansada?
 
Sí, he bebido demasiado vino.
 
¿Te lo has pasado bien?
 
Me sorprende querer que diga que sí, que ha pasado un buen rato aunque yo no formara parte de él.
 
Sí. ¿Estás bien? Espero que todo haya ido bien con tu padre.
 
Ha ido bien, tal vez pueda contártelo cuando vaya a Seattle.
 
Acompaño el mensaje de presión con un corazón y lo que parece un rascacielos.
Puede.
Siento haber sido tan mal novia. Te mereces algo mejor que yo, pero te quiero.
Mando el mensaje antes de poder detenerme. Es verdad, y no puedo evitar decirlo ahora. He cometido el error de guardarme para mí misma lo que siento por ella y por eso ahora duda enseguida de mis promesas.
 
Tengo demasiado vino en el cuerpo para esta conversación. Christian oyó a Trevor follando en su despacho.
 
Pongo los ojos en blanco al leer su nombre en la pantalla. «Puto Trevor.»
Puto Trevor.
Eso ef lo qeu he dicho. Le he dixho a Kim lo mijmu.
 
«Demasiadas erratas como para leer eso. Vete a dormir y escríbeme mañana —le digo. Luego añado otro mensaje—: Por favor. Por favor, escríbeme mañana.»
 

En mi rostro se instala una sonrisa cuando me manda los dibujitos de un móvil, una cara soñolienta y un maldito tigre.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 5:31 am

CAPÍTULO 49
Brittany

 
La voz familiar de Blaine resuena en el estrecho pasillo:
—¡Pierce
«Mierda.» Sabía que no podría hacer esto sin cruzarme con uno de ellos. He venido al campus para hablar con mis profesores. Quería asegurarme de que mi padre pudiera entregarles mis últimos trabajos. Tener amigos, o padres, en puestos de importancia la verdad es que ayuda, y me han dado permiso para faltar al resto de las clases de este trimestre. Me he estado perdiendo muchas, de todas formas; la diferencia no se notará demasiado.
 
El pelo rubio de Blaine es más largo ahora, y lo lleva peinado en una especie de tupé desordenado.
 
—Oye,  me ha parecido que intentabas evitarme hace un momento —dice mirándome directamente a la cara.
—Qué perspicaz, ¿no? —replico mientras me encojo de hombros. ¿Para qué mentir?
—Siempre he odiado esas palabrotas que usas.
Ríe.
 
Podría haber pasado sin verlo hoy, incluso sin volver a verlo jamás. No es que tenga nada en contra de él, siempre me ha caído algo mejor que el resto de mis amigos, pero ya he superado toda esa mierda. Interpreta mi silencio como otra oportunidad para intervenir.
 
—Hace siglos que no te veo por el campus. ¿Te vas a graduar pronto?
 
—Sí, a mediados del mes que viene.
Camina a mi lado a paso lento.
 
—Logan también. Irás a la ceremonia, ¿no?
 
—Ni de coña. —Me río—. ¿Me lo estás preguntando en serio?
 
En mi mente aparecen flashes de la bronca que me echó Santana, y me muerdo el labio para no sonreír. Sé que ella quiere que vaya a la ceremonia de graduación, pero no pienso ir ni loca.
«¿Tal vez debería reconsiderarlo?»
 
—Vale... —me dice. Luego señala mi mano—. ¿Y esa escayola?
La levanto un momento y lo miro.
 
—Es una larga historia.
 
«Una que no pienso contarte.
»¿Lo ves, Santana? Estoy aprendiendo a controlarme.
»Aunque te esté hablando en mi cabeza y tú ni siquiera estés aquí.
»Vale, puede que siga estando loca, pero estoy siendo más amable con la gente... Deberías sentirte orgullosa.
»Mierda, qué mal lo llevo.»
 
Blaine sacude la cabeza y sostiene abierta la puerta del edificio de la administración para que pase.
 
—¿Cómo te va todo? —me pregunta. Siempre ha sido el más hablador de la pandilla.
 
—Bien.
 
—¿Y a ella?
 
Mis botas dejan de avanzar por la acera y Blaine da un paso atrás y levanta las manos como defendiéndose.
 
—Sólo te lo pregunto como amigo. No os he visto a ninguna de las dos, y tú ya hace tiempo que no respondes a nuestras llamadas. Dani es la única que habla con Santana.
«¿Está intentando cabrearme?»
 
—Dani no habla con ella
 
Le suelto mosqueado porque he dejado que el hecho de que mencionara a Dani me haya tocado la fibra con tanta facilidad. Blaine se lleva una mano a la frente en un gesto nervioso.
 
—No lo decía en ese sentido, pero nos contó lo de su padre y dijo que había ido al funeral, así que...
—Así que nada. Ella no es nada para ella. Aparta.
 
Esta conversación no va a ninguna parte, y me recuerda por qué ya no pierdo el tiempo con ninguno de ellos.
 
—Vale.
Si lo miro, sé que habrá puesto los ojos en blanco. Pero luego me sorprende cuando dice con una pizca de emoción en la voz:
 
—Nunca te he hecho nada, ¿sabes?
Cuando me vuelvo para mirarlo, su expresión va acorde con su voz.
 
—No quiero ser una idiota
Le digo sintiéndome un poco culpable. Blaine es un buen tío, mejor que yo y que la mayoría de nuestros amigos. Bueno, sus amigos; míos ya no lo son.
Entonces mira más allá de mí y replica:
 
—Pues nadie lo diría.
 
—No, no lo soy. Sólo es que paso de chorradas, ¿sabes? —me planto delante de él—. Paso de toda esa mierda. Las fiestas, el alcohol, fumar, los ligues..., paso de todo eso. Así que no intento ser borde contigo, sólo es que ya paso de todo eso.
 
Blaine saca un cigarrillo de su bolsillo y el único sonido entre nosotros es el de su mechero. Parece que haga tanto tiempo desde que paseaba por el campus con él y los demás... Parece tan lejano que mi rutina cada mañana fuera criticar a la gente y cuidar de colegas resacosos... Parece que hace tanto tiempo que mi vida gira sólo alrededor de ella...
 
—Entiendo lo que dices —responde tras una calada—. No me puedo creer que lo estés diciendo, pero lo pillo, y espero que sepas que siento, por la parte que me toca, lo que pasó con Dan y Rachel.
 
Sabía que estaban planeando algo, pero no tenía ni idea de qué era.
En lo último que quiero pensar es en Rachel y en Dan y en la que montaron.
 
—Sí, bueno, podríamos darle vueltas y más vueltas —replico—, pero el resultado sería el mismo. Nunca se acercarán siquiera a respirar el mismo aire que Santana.
 
—Rachel se ha ido de todas formas.
—¿Adónde?
—Luisiana.
 
Bien, la quiero lo más lejos de Santana que pueda estar.
Espero que Santana me escriba; digamos que aceptó hacerlo hoy, y confío en que lo haga. Si no lo hace pronto, estoy segura de que caeré y le escribiré yo primero. Estoy intentando darle espacio, pero nuestra conversación por emoticonos de anoche fue la más divertida que hemos tenido desde...,
bueno, desde unas horas antes, cuando estaba dentro de ella. Aún me cuesta creer la puta suerte que tuve de que me dejara siquiera acercarme a ella.
 
Luego me comporté como una imbécil, pero eso no viene al caso.
 
—Quinn se ha ido con ella —dice Blaine.
 
El viento vuelve a soplar, y el campus parece un lugar mejor ahora que sé que Rachel se ha ido del estado.
 
—Menuda idiota ésa también —repongo.
 
—No, qué va —contesta Blaine defendiendo a su amiga —. Le gusta de verdad. Bueno, la quiere, supongo.
Resoplo.
—Pues lo que yo te digo: una idiota.
—Tal vez la conozca de una forma distinta que nosotros.
Sus palabras me hacen reír de un modo tranquila e irritada.
 
—¿Qué más hay que conocer? Es una puta loca —replico.
 
No me puedo creer que de verdad esté defendiendo a Rachel, bueno, a Quinn, que está saliendo de nuevo con ella a pesar de ser una puta psicópata que intentó hacerle daño a Santana.
 
—No lo sé, pero Quinn es mi colega y no la juzgo —dice Blaine, y luego me mira con frialdad
 
—. La mayoría seguramente diría lo mismo de Santana y de ti.
 
—Espero que estés comparándome a mí con Rachel y no a Santana.
 
—Está claro. —Pone los ojos en blanco y apaga el cigarrillo a sus pies.
 
— Tendrías que venir conmigo a la casa de la fraternidad. Por los viejos tiempos. No habrá mucha gente, sólo algunos de nosotros.
 
—¿Dan?
El móvil vibra entonces en mi bolsillo, lo saco y veo el nombre de Santana en la pantalla.
 
—No lo sé, pero puedo asegurarme de que no se acerca mientras estés allí.
 
Estamos de pie en el aparcamiento. Mi coche está a unos pasos y la moto de Blaine está aparcada en primera fila. Aún no me creo que no se haya cargado ese maldito trasto. Ese montón de chatarra se le cayó al menos cinco veces el día que le dieron la licencia, y sé que no se pone casco cuando circula por la ciudad.
 
—No, gracias, tengo planes, de todas formas
Miento a la vez que le mando un saludo de vuelta a Santana.
Me gustaría que mis planes incluyeran hablar con ella durante horas. Casi he aceptado ir a la
maldita residencia de la fraternidad, pero mis «viejos amigos» siguen yendo con Dan, lo que me recuerda perfectamente por qué dejé de ir con ellos.
 
—¿Estás segura? —insiste Blaine—. Podríamos charlar un rato por última vez antes de que te gradúes y dejes preñada a tu chica. Ya sabes que es lo que toca, ¿no? —me chincha. Su lengua brilla al sol y yo aparto su brazo.
 
—¿Te has hecho un piercing en la lengua? —le pregunto pasando un dedo por la pequeña cicatriz junto a mi ceja.
 
—Sí, hace un mes más o menos. Aún no me puedo creer que te quitaras esos aros. Buena forma de evitar lo segundo que te he dicho...
 
Se ríe y yo intento recordar lo que ha dicho. Algo sobre mi chica... y de dejarla preñada.
 
—Ah, no, ni de coña. Aquí nadie se preña, capullo. Vete al infierno si crees que puedes maldecirme con esa mierda. —Le doy un empujón en el hombro y se ríe con más ganas.
 
El matrimonio es una cosa, pero los bebés son otra completamente diferente.
Vuelvo a mirar el móvil. Por mucho que me guste ponerme al día con Blaine, quiero centrarme en Santana y sus mensajes, sobre todo porque ha escrito algo acerca de ir al médico. Le escribo una respuesta rápida.
 
—Mira, ahí está Logan.
Blaine hace que deje de observar el móvil y siga su mirada hasta localizar a Logan, que viene hacia nosotros.
 
—Mierda —añade Blaine, y mi mirada se centra entonces en la chica que camina junto a él.
Me suena su cara, pero no sé...
Kitty. Es Kitty, aunque ahora su pelo es negro en lugar de rosa. Parece que hoy es mi día de suerte...
 
—Bueno, debo irme. Tengo cosas que hacer —digo intentando evitar el potencial desastre que viene de cara. Tal como me vuelvo para marcharme, Kitty se acerca a Logan y él le rodea la cintura con el brazo.
«Pero ¿qué coño...?»
 
—¿Ellos?... —alucino—. ¿Esos dos, follando?...
Miro a Blaine y el cabrón ni siquiera intenta ocultar la gracia que le hace.
 
—Sí, ya hace tiempo —explica—. No se lo dijeron a nadie hasta hace unas tres semanas. Yo los pillé antes, por cierto. Sabía que algo estaba pasando cuando ella dejó de estar siempre de mala leche.
Kitty se aparta la melena negra y le sonríe a Logan. Ni siquiera recuerdo haberla visto sonreír nunca. No la soporto, pero ya no la odio como solía hacerlo. Ayudó a Santana...
 
—¡Ni se te ocurra largarte hasta que me digas por qué has estado evitándonos! —grita Logan desde la otra punta del parking.
 
—¡Tengo mejores cosas que hacer! —le grito yo a mi vez, y miro de nuevo el teléfono.
 
Quiero saber por qué Santana ha vuelto al médico. En su último mensaje evitaba la pregunta, y necesito saberlo. Estoy segura de que está bien, sólo soy una imbécil entrometida.
Kitty sonríe con suficiencia.
 
—¿Cosas mejores? ¿Como follarte a la cerebrito de Santana en Seattle?
 
E, igual que en los viejos tiempos, le saco el dedo y le digo:
 
—Que te jodan.
 
—No seas boba. Todos sabemos que no habéis dejado de follar desde que os conocisteis
 
Se burla. Miro a Logan como diciendo «Haz que se calle o lo haré yo», pero él se limita a encogerse de hombros.
 
—Hacéis muy buena pareja vosotros dos.
Le levanto una ceja a mi viejo amigo y esta vez es él quien me enseña el dedo.
 
—Al menos ahora te deja en paz, ¿no? —dispara Logan, y yo me río. En eso tiene razón.
 
—¿Dónde está, por cierto? —pregunta Kitty—. No es que me importe, no me gusta nada.
 
—Lo sabemos —dice Blaine, y ella pone los ojos en blanco.
 
—Tú tampoco le gustas a ella. Ni a nadie, en realidad —le recuerdo en tono de burla.
 
Touché. —Sonríe y se apoya en el hombro de Logan.
Puede que Blaine tenga razón: no parece estar de tan mala leche como antes.
 
—Bueno, me ha encantado veros, chicos, en serio —digo con sarcasmo, y me vuelvo para largarme—. Tengo mejores cosas que hacer, así que pasadlo bien hagáis lo que hagáis. Y, Logan, de verdad, tienes que seguir follándotela. Parece que surte efecto. —Los saludo con la cabeza y me subo al coche.
Tal y como cierro la puerta del coche, oigo una mezcla de frases:
«Está de mejor humor»,
«Encoñada» y «Me alegro por ella».

Y lo más raro de todo es que la última provenía de la Maldita Zorra en persona.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 5:42 am

CAPÍTULO 50
Santana

 
Estoy incómoda, nerviosa y tengo un poco de frío vestida sólo con una bata, y sentada en esta consulta de hospital, que es como el resto de las que hay en el pasillo. Deberían poner un poco de color en las habitaciones, con algo de pintura bastaría, o incluso una foto enmarcada como en cualquier otra de las consultas en las que he estado. Menos en ésta. Aquí todo es blanco: paredes,
mesa y suelo.
 
Debería haber aceptado el ofrecimiento de Kimberly de acompañarme. Estoy bien sola, pero un poco de apoyo, aunque fuera algo del sentido del humor de Kim, me habría ayudado a calmarme. Esta mañana me he despertado encontrándome mucho mejor de lo que merezco, sin rastro de resaca. Me
sentía más o menos bien. Me dormí con una sonrisa provocada por el vino y por Brittany y he dormido más a gusto que en semanas.
 
No dejo de darle vueltas a todo, como siempre cuando se trata de ella. Repasando una y otra vez nuestra divertida conversación de anoche, no ha dejado de sacarme una sonrisa, por muchas veces que haya leído los mensajes.
 
Me gusta esa Brittany amable, paciente y juguetona. Me encantaría conocerla un poco mejor, pero temo que no se quede el tiempo suficiente como para conseguirlo. Yo tampoco voy a quedarme mucho. Me voy a Nueva York con Ryder y, cuanto más se acerca la fecha, más nerviosa y agitada estoy por dentro. No sé si son nervios buenos o malos, pero hoy no puedo controlarlos, y en estos momentos se han multiplicado.
 
Los pies me cuelgan de la incómoda camilla y no sé si dejar las piernas cruzadas o no. Es una decisión trivial, pero consigue distraerme del frío y de las extrañas mariposas que revolotean en mi estómago.
 
Saco el móvil del bolso y le escribo un mensaje a Brittany, sólo para mantenerme ocupada mientras espero, claro.
Le mando únicamente un simple «Hola» y espero, mientras cruzo y descruzo las piernas.
 
«Me alegro de que me escribas, porque sólo iba a esperar una hora más antes de hacerlo yo», contesta.
 
Sonrío a la pantalla, aunque no debería gustarme la exigencia que se esconde tras sus palabras. Está siendo tan sincera últimamente que me encanta.
Estoy en el médico y llevo esperando un rato. ¿Cómo estás hoy?
Me responde enseguida:
 
No seas tan formal. ¿Qué haces en el médico? ¿Estás bien? No me has dicho que ibas a ir.
 
Estoy bien, no te preocupes, aunque me he encontrado a Blaine e intenta que vaya a verlos luego. Como si eso fuera a ocurrir.
 
Odio la forma en la que me duele el pecho al pensar que Brittany pueda salir con sus viejos amigos. No es asunto mío lo que haga o cómo pase el tiempo, pero no puedo deshacerme de lo que siento cuando pienso en los recuerdos que se asocian a ellos. Unos segundos más tarde:
 
No es que tuvieras que decírmelo, pero podrías haberlo hecho. Podría haberte acompañado.
 
No pasa nada. Estoy bien sola.
Sin embargo, no puedo evitar desear haberle dado la oportunidad.
 
Has estado demasiado sola desde que te conozco.
 
«No tanto», le contesto. No sé qué más decir porque estoy algo confusa a la par que contenta de que se preocupe por mí y lo diga abiertamente.
 
La palabra «Mentirosa» llega con un par de vaqueros y una bola de fuego.
 
Me tapo la boca con la mano para reprimir una carcajada cuando el médico entra en la consulta.
El médico ha llegado, te escribo luego.
 
Avísame si no tiene las manos quietecitas.
 
Dejo el móvil a un lado e intento borrar la sonrisa tonta de mi cara mientras el doctor West se pone los guantes de látex.
 
—¿Qué tal todo?
«¿Qué tal todo?» No tiene intención de escuchar la respuesta a eso y tampoco tiene tiempo para hacerlo. Es un médico, no un psiquiatra.
 
—Bien —respondo, temiendo una pequeña charla mientras se dispone a examinarme.
 
—Le he echado un vistazo a la analítica que te hicimos en la última visita y no ha habido nada que me llamara la atención.
 
Dejo escapar un suspiro de alivio.
 
—Sin embargo —dice en tono sombrío, y hace una pausa.
Debería haber sabido que habría un «sin embargo»—, al mirar las imágenes de la ecografía, concluyo que tienes el cuello del útero muy estrecho y, por lo que puedo ver, también corto. Me gustaría enseñarte lo que quiero decir, si te
parece bien.
 
El doctor West se coloca bien las gafas y yo asiento. Cuello del útero corto y estrecho. He buscado lo bastante en internet como para saber qué significa eso.
 
Diez largos minutos después, me ha mostrado con detalle todo cuanto ya sabía. Sabía cuál sería su conclusión. Lo supe en cuanto me fui de su consulta hace menos de tres semanas. Mientras me visto, sus palabras se repiten como un eco en mi cabeza.
«No es imposible, pero sí bastante improbable.»
«Hay otras opciones, mucha gente elige la vía de la adopción.»
«Todavía eres muy joven. Con los años, tú y tu pareja podréis estudiar las mejores opciones para ti.»
«Lo siento, Santana.»
 
Sin pensar, marco el número de Brittany de camino al coche. El buzón de voz salta tres veces antes de que me obligue a guardar el móvil.
 
Ahora mismo no la necesito, ni a ella ni a nadie. Puedo lidiar con esto sola. Ya lo sabía. Ya me había enfrentado a esto mentalmente y se había acabado.
No importa que Brittany no haya cogido el teléfono. Estoy bien. ¿A quién le importa si no puedo quedarme embarazada? Sólo tengo diecinueve años y, de todos modos, el resto de los planes que tenía se han ido a pique. Sólo debo asimilar que esta última parte de mi plan perfecto también se ha
ido al garete.
 
El trayecto de vuelta a casa de Kimberly es largo porque hay mucho tráfico. Odio conducir, lo tengo claro. Odio a la gente que se enfada al volante. Odio cómo llueve siempre aquí. Odio la música a todo volumen que ponen algunas chicas con las ventanillas bajadas incluso lloviendo. «¡Subid las ventanillas!»
Odio la forma en la que intento seguir siendo positiva y no volverme la patética Santana que era la semana pasada. Odio que sea tan difícil pensar en nada excepto en que mi cuerpo me ha traicionado de la forma más definitiva e íntima.
 
Nací así, dice el doctor West. Claro que sí. Igual que mi madre, no importa lo perfecta que intente ser, nunca sucederá. Pero hay algo bueno, al menos: de este modo no pasaré ninguno de sus genes a un hijo. Supongo que no puedo culpar a mi madre por mi útero defectuoso, pero quiero hacerlo. Quiero culpar a algo o a alguien, aunque no puedo.
 
Así funciona el mundo: si deseas algo con todas tus fuerzas, te lo arrebatan y lo ponen lejos de tu alcance. Igual que ha sucedido con Brittany. Ni Brittany ni bebés. Los dos conceptos no se habrían juntado nunca de todas formas, aunque estuvo bien fingir que podía disfrutar del lujo de tenerlos a ambos.
Al entrar en casa de Christian me alivia ver que no hay nadie. Sin mirar el móvil, me desnudo y me meto en la ducha. No sé cuánto tiempo paso allí dentro, viendo el agua colarse por el desagüe una y otra vez. Ya está fría cuando por fin salgo y me visto con una camiseta de Brittany que me metió en
mi bolsa cuando me echó en Londres.
 
Estoy acostada aquí ahora, en esta cama vacía, y justo cuando empezaba a desear que Kimberly estuviera en casa, recibo un mensaje suyo diciendo que ella y Christian van a pasar la noche en el centro de la ciudad y que Smith se quedará con la canguro. Tengo toda la casa para mí sola y nada que hacer, nadie con quien hablar. Nadie ahora, y ni siquiera un bebé en algún momento al que querer y cuidar.
 
No dejo de compadecerme a mí misma y sé que es ridículo, pero no puedo evitarlo. «Bebe un poco de vino y alquila una peli, ¡invitamos nosotros!», contesta Kimberly a mi mensaje de que disfruten de la noche.
Mi teléfono empieza a sonar en cuanto le mando un sms dándole las gracias. El número de Brittany parpadea en la pantalla y me debato entre cogerlo o no.
Para cuando llego a la nevera del vino en la cocina, la llamada se ha desviado al buzón de voz y yo he comprado una entrada para la Fiesta de la Pena.
Una botella de vino más tarde, estoy en el salón en mitad de una peli de acción malísima que he alquilado sobre un marine que se convierte en niñera y luego en cazador de alienígenas. Parecía la única película de la lista que no tenía nada que ver con amor, bebés, ni nada feliz.
 

¿Cuándo me he vuelto tan deprimente? Le doy otro sorbo al vino directamente de la botella. He abandonado la copa hace unas cinco explosiones de nave espacial. El teléfono vuelve a sonar y, esta vez, al mirar la pantalla mis dedos borrachos responden por mí sin querer.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 5:51 am

CAPÍTULO 51
Brittany

 
—¿San? —digo al teléfono; intento ocultar el pánico que siento.
 
Lleva toda la noche ignorando mis llamadas y me estaba volviendo loca preguntándome qué había hecho mal, qué más podía haber hecho mal esta vez.
 
—Sí.
Su tono es sombrío, lento y apagado. Con una palabra ya sé que ha estado bebiendo.
 
—¿Otra vez vino?
Suelto una risita.
—. ¿Voy a tener que echarte la bronca? —Intento chincharla, pero me responde el silencio al otro lado
—. ¿San?
—¿Sí?
—¿Qué pasa?
—Nada, sólo estoy viendo una peli.
—¿Con Kimberly?
El estómago se me contrae al pensar que pueda haber alguien más con ella.
—Conmigo misma. Estoy sola en esta casa gigaaaaaante —responde. Su voz suena plana, a pesar de que exagere las palabras.
—¿Dónde están Vance y Kimberly?
No debería estar tan preocupada, pero su tono me pone de los nervios.
—Pasarán la noche fuera. Smith también. Estoy aquí sola viendo una peli. La historia de mi vida, ¿no? —Se ríe, aunque sin rastro de humor.
—Santana, ¿qué está pasando? ¿Cuánto has bebido?
Suspira y juro que la oigo dar un buen trago.
—Santana, contesta —insisto.
—Estoy bien. Tengo permitido beber, ¿no, mama?
Está bromeando, pero la forma en que pronuncia la última palabra hace que sienta un escalofrío.
—Si nos ponemos técnicos, la verdad es que no puedes beber. No legalmente, al menos.
 
Soy la menos indicada para dar lecciones; es culpa mía que empezara a beber tan a menudo, pero la paranoia se me está clavando en la boca del estómago ahora mismo. Está bebiendo sola y parece lo bastante triste como para ponerme en pie.
 
—Sí.
 
—¿Cuánto has bebido?
Le escribo un mensaje de texto a Vance esperando a que me responda.
 
—No mucho. Estoy bien. ¿Sabes lo que essss raaaarooo? —farfulla Santana.
 
Cojo las llaves del coche. Maldito seas, Seattle, por estar tan jodidamente lejos.
 
—¿El qué?
Meto los pies a la fuerza en mis zapatillas. Las botas me hacen perder demasiado tiempo, y eso es algo que ahora mismo no puedo permitirme.
 
—Es raro que alguien sea una buena persona pero que no dejen de pasarle cosas malas, ¿sabes? —contesta.
 
«Mierda.» Vuelvo a escribirle a Vance, esta vez diciéndole que mueva el culo en dirección a casa de inmediato.
 
—Sí, claro que lo sé —le digo a Santana—. No es justo cómo son las cosas.
 
Odio que se sienta así. Es una buena persona, la mejor que he conocido, y ha acabado rodeada de un montón de desgraciados, entre los que me incluyo. ¿A quién pretendo engañar? Soy la peor acosadora de todos.
 
—Puede que sea mejor dejar de ser una buena persona, después de todo —añade.
 
«¿Qué? No. No, no, no.» No debería estar hablando así, pensando así.
 
—No, no pienses así.
Le hago un gesto impaciente con la mano a Karen, que está de pie en la puerta de la cocina, seguramente preguntándose adónde voy corriendo a estas horas.
 
—Intento no hacerlo, pero no puedo evitarlo. No sé cómo parar.
 
—¿Qué ha pasado hoy? —inquiero.
 
Me cuesta creer que estoy hablando con mi Santana, la misma chica que siempre ve lo mejor de todo el mundo, incluida ella misma. Siempre ha sido tan positiva, tan feliz..., y ahora ya no lo es. Suena desesperada, vencida.
Suena igual que yo. La sangre se me hiela en las venas. Sabía que sucedería esto, sabía que no sería la misma después de ponerle las zarpas encima. De alguna manera sabía que después de mí sería distinto.
Esperaba que no fuera verdad, pero esta noche parece que vaya a ser así.
 
—Nada importante —miente.
Vance todavía no me ha contestado. Más le vale estar de camino a casa.
 
—Santana, dime qué pasa. Por favor.
 
—Nada. Sólo el karma, que ha terminado por atraparme, supongo —murmura, y el sonido de una botella siendo descorchada hace eco en el silencio al otro lado de la línea.
 
—¿Qué karma? ¿Te has vuelto loca? Nunca has hecho nada para merecer ninguna de las cosas malas que te han pasado.
 
No responde.
 
—Santana, creo que deberías dejar de beber por hoy. Estoy de camino a Seattle. Sé que necesitas espacio, pero me estoy preocupando por ti y..., bueno, no puedo quedarme a un lado, nunca he podido.
—Sí...
Ni siquiera me escucha.
 
—No me gusta que bebas tanto —le digo, sabiendo que no va a escucharme.
 
—Sí...
 
—Voy para allá. Coge una botella de agua, ¿vale?
 
—Sí..., una botellita...
 
El camino a Seattle nunca me ha parecido tan jodidamente largo y, por la distancia que nos separa, por fin lo veo, éste es el ciclo del que Santana siempre se queja. Es un ciclo que acaba aquí, es la última vez que viajo a otra ciudad en coche para estar cerca de ella. Se acabaron las malditas

chorradas sin fin. Se acabó huir de mis problemas y también las putas excusas. No más estúpidos viajes en coche cruzando el estado de Washington porque me he ido lejos.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 6:08 am

CAPÍTULO 52
Brittany

 
He llamado cuarenta y nueve veces. Cuarenta y nueve putas veces.
«Cuarenta y nueve.» ¿Sabéis la cantidad de tonos que son?
Demasiados para contarlos, o al menos ahora no puedo pensar con la suficiente claridad como para hacerlo. Pero si pudiera, sería una cantidad de putos tonos inmensa. Si consigo superar los próximos tres minutos, tengo pensado reventar la puerta principal y estampar el móvil de Santana —ese que parece no saber cómo coger— contra la pared.
 
Vale, puede que no deba estampar su móvil contra la pared. Puede que lo pise sin querer varias veces hasta que la pantalla se rompa bajo mi peso.
Tal vez. Lo que se va a llevar es una bronca histórica, eso seguro. No he sabido de ella en las dos últimas horas, y no tiene ni idea de lo horrible que ha sido conducir todo este tiempo de camino. Voy por encima del límite de velocidad para llegar a Seattle cuanto antes.
 
Cuando ya estoy cerca de allí son las tres de la madrugada y Santana, Vance y Kimberly están en mi lista negra. Puede que deba machacar sus tres móviles, ya que parece que los tres han olvidado cómo contestar a esos malditos cacharros.
 
Conforme me acerco a la entrada, el pánico empieza a apoderarse de mí, más del que ya traía encima. «¿Y si han decidido cerrar la puerta de seguridad? ¿Y si han cambiado el código? »¿Recuerdo siquiera el maldito código? Claro que no. ¿Contestarán cuando los llame para pedírselo? Claro que no.» ¿Y si no contestan porque le ha pasado algo a Santana y se la han llevado al hospital y ella no está bien y no tienen cobertura y...?
 
Pero entonces veo que la puerta está abierta, y eso también me preocupa un poco. ¿Por qué Santana no habrá activado el sistema de seguridad si está sola en la casa? A medida que avanzo por la serpenteante carretera, veo que el suyo es el único coche aparcado en la entrada de la enorme finca. Qué bueno es saber que Vance está aquí cuando lo necesito...
Menudo amigo. Padre..., no amigo. Mierda, ahora mismo no es ni lo uno ni lo otro, la verdad. Cuando salgo del coche y me acerco a la puerta principal, mi ira y mi ansiedad van en aumento. La forma en la que me hablaba, cómo sonaba su voz..., es como si no controlara sus propios actos.
 
La puerta no está cerrada con llave, por supuesto, así que entro cruzando el recibidor hasta el salón. Me tiemblan las manos cuando abro la puerta de su cuarto, y siento una punzada en el pecho al ver su cama vacía. Y no sólo está vacía: está intacta, perfectamente hecha, con las esquinas de la
colcha dobladas de una forma que sabes que es imposible imitar. Lo he intentado, pero es imposible hacer la cama como la hace ella.
 
—¡Santana!
La llamo mientras camino hasta el baño al fondo del pasillo y entro. Cierro los ojos antes de encender la luz. Al no oír nada, los abro de nuevo. Nada. Me está costando respirar, pero voy a la siguiente habitación. «¿Dónde coño se habrá metido?»
 
—¡San!
Vuelvo a gritar, más fuerte esta vez. Después de buscar por casi toda la mansión, apenas si puedo respirar. ¿Dónde está? La única habitación que me falta es el dormitorio de Vance y una habitación cerrada en el piso de arriba. No sé si quiero abrir esa puerta... Voy a mirar en el porche y el jardín y, si no está allí, no tengo ni idea de lo que haré.
 
—¡Santana! ¿Dónde estás? Te juro que esto no es divertido...
Sin embargo, dejo de gritar en cuanto detecto una sombra acurrucada en una de las hamacas del porche.
Al acercarme, veo que Santana tiene las rodillas pegadas al cuerpo y los brazos rodean su pecho, como si se hubiera quedado dormida mientras intentaba hacerse un ovillo. Toda mi rabia se desvanece cuando me arrodillo junto a ella. Retiro el pelo de su cara y me propongo no estallar en carcajadas ahora que sé que está bien. Joder, estaba tan preocupada...
 
Con el pulso acelerado, me inclino sobre ella y le acaricio con el pulgar el labio inferior. No sé por qué lo he hecho, la verdad, me ha salido así, pero juro que no me arrepiento cuando veo que abre los ojos y gimotea.
 
—¿Qué haces aquí fuera? —pregunto con voz fuerte y cansada.
 
Un gesto molesto me dice que le choca el volumen de mis palabras.
«¿Por qué no estás dentro? Me estaba muriendo de preocupación por ti, llevo horas imaginando todo lo posible y lo imposible», quiero decirle.
 
—Gracias a Dios que estabas dormida —me sale en su lugar—. Te he estado llamando, estaba preocupada por ti.
 
Se sienta al tiempo que se frota el cuello como si se le fuera a caer la cabeza.
 
—¿Brittany?
 
—Sí, Brittany.
 
Intenta enfocar la vista en la oscuridad mientras sigue frotándose el cuello. Cuando se mueve para ponerse en pie, una botella de vino vacía cae al suelo de hormigón del porche y se parte por la mitad.
 
—Lo siento —se disculpa, y entonces se agacha para recoger los cristales rotos. Con cuidado, aparto su mano y rodeo sus dedos con los míos.
 
—No toques eso. Luego lo recojo. Vayamos adentro.
La ayudo a levantarse.
 
—¿Cómo... has... has venido? —pregunta.
 
Le cuesta hablar, y creo que no quiero saber cuánto vino más ha bebido después de que colgara. He visto por lo menos cuatro botellas vacías en la cocina.
 
—En coche, ¿cómo si no?
 
—¿Hasta aquí? ¿Qué hora es?
 
La miro de arriba abajo. Sólo lleva puesta una camiseta. Mi camiseta.
Se da cuenta de que la miro y empieza a tirar del dobladillo hacia abajo para cubrir sus muslos desnudos.
 
—Me la he puesto sólo... —comienza a decir, tartamudeando—. Me la he puesto ahora, sólo una vez —repite, pero lo que dice no tiene sentido.
 
—Está bien, quiero que te la pongas. Vayamos adentro.
 
—Me gusta estar aquí fuera —explica en voz baja mirando la oscuridad.
 
—Hace demasiado frío. Mejor vamos adentro.
Me dispongo a cogerle la mano, pero ella la aparta.
 
—Vale, vale, si quieres estar aquí fuera, está bien. Pero me quedaré contigo —accedo.
 
Asiente y se apoya en la barandilla. Le tiemblan las rodillas y está muy pálida.
 
—¿Qué ha pasado esta noche?
 
Santana permanece en silencio, mirando a la nada fijamente. Tras un momento, se vuelve hacia mí.
 
—¿Alguna vez has sentido que tu vida se ha convertido en una broma enorme?
 
—Todos los días.
 
Me encojo de hombros sin estar segura de adónde demonios lleva esta conversación, aunque odio la tristeza que veo en sus ojos. Incluso en la oscuridad, la tristeza arde a fuego lento, azul y profundo, acechando esos ojos brillantes que tanto amo.
 
—Bueno, pues yo también —añade.
 
—No, tú eres la positiva aquí. La feliz.
La idiota cínica soy yo, no tú.
 
—Ser feliz es agotador, ¿sabes?
 
—No, la verdad. —Doy un paso hacia ella—. No soy el típico ejemplo de la felicidad, por si no te habías dado cuenta —digo intentando animarla, y me concede una sonrisa medio borracha, medio divertida.
 
Me gustaría que me contara qué le pasa últimamente. No sé qué puedo hacer por ella, pero esto es culpa mía, todo esto es culpa mía. La tristeza que hay en su interior es mi carga, no la suya. Levanta el brazo para apoyarlo en el poste de madera que tiene delante, pero falla y casi se come la sombrilla adosada a la mesa del porche.
 
La agarro por el codo para ayudarla a recuperar el equilibrio y empieza a acercarse a mí.
 
—¿Podemos entrar ya? —digo—. Necesitas dormir todo el vino que has bebido.
 
—No recuerdo haberme quedado dormida.
 
—Lo más probable es que hayas perdido la conciencia, no que te hayas dormido —repongo, y señalo la botella rota en el suelo.
 
—No intentes reñirme —me espeta al tiempo que se aparta.
 
—No lo hago.
 
Levanto las manos, inocente, y quiero ponerme a gritar por lo irónico de esta maldita situación. Santana es la borracha y yo soy la voz sobria de la razón.
 
—Lo siento —suspira—. No puedo pensar.
 
La observo mientras se sienta en el suelo y vuelve a pegar las rodillas al pecho. A continuación, levanta la cabeza y me mira.
 
—¿Puedo hablarte de una cosa?
 
—Por supuesto.
 
—Y ¿serás completamente sincera?
 
—Lo intentaré.
 
Parece estar de acuerdo con lo que digo, así que me siento en el borde de la silla más cercana a donde ella está en el suelo. Me da un poco de miedo conocer de qué quiere hablar, pero necesito saber qué le pasa, por lo tanto guardo silencio y espero a que ella hable.
 
—A veces siento que todo el mundo consigue lo que yo quiero —murmura avergonzada.
 
Santana sintiéndose culpable por cómo se siente...
Casi no me puedo creer sus palabras cuando añade:
 
—No es que no me alegre por ellos...
 
Y veo con toda claridad las lágrimas que inundan sus ojos.
Juro por mi vida que no sé de qué demonios habla, aunque me viene a la mente el compromiso de Kimberly y Vance.
 
—¿Lo dices por Christian y Kim? Porque, si es así, no deberías querer lo que ellos tienen. Él es un mentiroso, le ha sido infiel y... —Me interrumpo antes de acabar la frase con algo horrible.
 
—Él la quiere. Mucho, además —murmura Santana, y dibuja formas con los dedos en el suelo.
 
—Yo te quiero más —digo sin pensarlo.
 
Mis palabras consiguen el efecto contrario al que esperaba y Santana gimotea. Gimotea literalmente mientras se abraza las rodillas de nuevo.
 
—Es verdad. Te quiero —le aseguro.
 
—Tú sólo me quieres a veces —afirma como si fuera de lo único que está segura en la vida.
 
—No es cierto. Sabes que no es así.
 
—Así es como lo siento —susurra mirando hacia el mar. Ojalá fuera de día y la vista ayudara a calmarla, puesto que está claro que yo no lo estoy consiguiendo.
 
—Lo sé. Sé que puedes sentirte así. —Admito que es posible que se sienta así ahora.
 
—Querrás a alguien siempre, más adelante —me espeta entonces.
«¿Qué?»
 
—¿Qué dices?
 
—La próxima vez, la querrás siempre.
 
En este instante tengo la extraña visión de mí misma pensando en este momento dentro de cincuenta años, reviviendo el dolor terrible que acompaña sus palabras. El sentimiento es abrumador, y tan obvio como nunca antes lo ha sido. Se ha rendido conmigo. Con lo nuestro.
 
—¡No habrá una próxima vez! —replico. No puedo evitar alzar la voz, la sangre me hierve bajo la piel y amenaza con rajarla y partirme en dos en este maldito porche.
 
—La habrá. Soy tu Trish.
 
«¿A qué viene esto ahora? Sé que está borracha, pero ¿qué tiene que ver mi madre en todo esto?»
 
—Tu Trish, soy yo. También tendrás tu Karen, y ella podrá darte un hijo.
Santana se seca las lágrimas y yo me bajo de la silla para arrodillarme en el suelo a su lado.
 
—No sé qué estás diciendo, pero estás equivocada.
Le rodeo los hombros con un brazo y empieza a llorar.
No entiendo lo que dice, sólo: «Hijo... Karen... Trish... Ken».
Maldita sea Kimberly por tener tanto vino en casa.
 
—No sé por qué Karen o Trish o cualquier nombre que digas tiene algo que ver con nosotras —repongo.
 
Me empuja, pero yo la agarro más fuerte. Puede que no me quiera, pero ahora mismo me necesita.
 
—Tú eres Santana y yo Brittany. Fin de...
 
—Karen está embarazada. —Santana solloza apoyada en mi pecho—. Va a tener un bebé.
 
—¿Y?
 
Muevo el brazo escayolado arriba y abajo por su espalda; no estoy muy segura de qué hacer con esta versión de Santana.
 
—He ido al médico. —Llora, y yo me quedo helada.
 
«Me cago en la puta.»
 
—¿Y? —pregunto intentando no ponerme histérica.
 
No contesta en ninguna lengua comprensible. Su respuesta sale de ella en una especie de llanto ebrio, y a mí me cuesta un poco pensar con claridad. Está claro que no está embarazada. Si lo estuviera, no estaría bebiendo. Conozco a Santana y sé que jamás haría algo así. Está obsesionada con
ser madre algún día, nunca pondría en peligro la vida de su futuro hijo.
Me deja que la abrace mientras se calma.
 
—¿Tú querrías? —me pregunta pasados unos minutos. Su cuerpo sigue apoyado en mí, pero las lágrimas han cesado.
 
—¿Qué?
 
—Tener un bebé —dice. Se frota los ojos y yo me estremezco.
 
—Hum..., no —contesto negando con la cabeza—. No quiero tener un bebé contigo.
 
Cierra los ojos y empieza a gimotear de nuevo. Repito mentalmente lo que he dicho y me doy cuenta de cómo han podido sonar mis palabras.
 
—No quería decir eso —me corrijo—. Sólo es que no quiero tener hijos, ya lo sabes.
 
Se sorbe los mocos y asiente, aún en silencio.
 
—Tu Karen podrá darte un bebé —añade entonces. Sigue con los ojos cerrados y apoya la cabeza en mi pecho.
 
No podría estar más confundida. Intento buscar la conexión con Karen y mi padre, pero no quiero ni pensar que Santana crea que es mi principio pero no mi final.
 
Le rodeo la cintura con los brazos y la levanto del suelo diciendo:
—Venga, es hora de irse a la cama.
Esta vez no se resiste.
 
—Es verdad, lo dijiste una vez —murmura. Luego me rodea la cintura con las piernas y me facilita así la tarea de llevarla a través de la puerta corredera y por el pasillo.
 
—¿Qué dije?
 
—Que no puede haber un final feliz para esto —responde.
Maldito Hemingway y su visión de mierda de la vida.
 
—Fue estúpido por mi parte decir eso. No lo creía en absoluto —le aseguro.
 
—Ahora que ya te quiero lo suficiente, ¿qué quieres hacer? ¿Destrozarme?
 
Otra vez las palabras de ese desgraciado. Santana recuerda perfectamente algunas cosas aunque esté demasiado borracha como para mantenerse en pie.
 
—Shhh... Ya citaremos a Hemingway cuando estés sobria.
 
—Todas las cosas malas empiezan en la inocencia —dice pegada a mi cuello, con los brazos rodeando mi espalda mientras abro la puerta de su habitación.
Solía gustarme esa cita porque nunca entendí el significado. Creía que sí, pero hasta ahora, que es cuando estoy viviendo su puto significado, no lo había entendido de verdad.
 
Cada vez me siento más culpable. La deposito con cuidado sobre la cama, tiro las almohadas al suelo y dejo sólo una para la cabeza.
 
—Échate —le ordeno con suavidad.
 
Tiene los ojos cerrados y por fin parece que se va a quedar dormida. Apago la luz, esperando que duerma el resto de la noche.
 
—¿Te quedassss? —dice arrastrando las letras.
 
—¿Quieres que me quede? Puedo dormir en otra habitación —le ofrezco, aunque no me apetece.
 
Está tan apagada, tan distante de sí misma, que casi me da miedo dejarla sola.
 
—Mmm —murmura cogiendo la sábana. Tira de un extremo y gruñe frustrada cuando no consigue bastante tela como para taparse.
 
Después de ayudarla, me quito las zapatillas y me tumbo en la cama a su lado. Mientras me debato acerca de cuánta distancia dejar entre nuestros cuerpos, su pierna desnuda me rodea la cintura y me atrae hacia sí.
Puedo respirar. Por fin puedo respirar, joder.
 
—Estaba asustada pensando que no estarías bien —admito en el silencio de la habitación oscura.
 
—Yo también —dice con la voz rota.
 
Meto un brazo bajo su cabeza y ella levanta las caderas, volviéndose hacia mí y apretando la pierna que rodea mi cintura. No sé qué hacer a partir de aquí, no sé qué le he hecho para que esté así. Sí..., sí lo sé. La he tratado como a una mierda y me he aprovechado de su bondad. He usado una
oportunidad tras otra, como si no fueran a acabarse. He cogido la confianza que me ha dado y la he destrozado como si no significara nada, y encima se la he echado en cara cada vez que sentía que no era lo bastante buena para ella. Si simplemente hubiera aceptado su amor desde el principio, aceptado su confianza y valorado la vida que intentaba insuflarme, ahora no estaría así.
 
No estaría tumbada a mi lado, borracha y molesta, vencida y destrozada por mí. Me ha arreglado, ha pegado cada pequeño fragmento de mi alma destrozada y la ha convertido en algo imposible, algo casi atractivo. Me ha convertido en algo, algo casi normal, pero con cada gota de pegamento que ha usado para mí, ha perdido una gota de sí misma, y yo que soy una desgraciada no tenía nada que ofrecerle.
 
Todo cuanto temía que sucediera ha sucedido y, por mucho que haya intentado evitarlo, ahora veo que lo he empeorado. La he cambiado y la he destruido tal y como prometí que haría meses atrás.
Parece una locura.
 
—Siento haberte destruido —susurro contra su pelo. Por su respiración, ya parece estar dormida.
 
—Yo también —suspira, y el arrepentimiento se cuela en los pequeños huecos que hay entre nosotras mientras se adormece
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Sep 04, 2016 6:23 am

CAPÍTULO 53
Santana

 
Un zumbido. Sólo oigo un zumbido constante y siento que la cabeza me va a estallar en cualquier momento. Además, hace calor. Demasiado calor. Brittany pesa mucho, su brazo escayolado me aprieta la barriga y necesito hacer pis.
«Brittany.»
Le levanto el brazo y salgo reptando, literalmente, de debajo de su cuerpo. Lo primero que hago es coger su teléfono de la mesilla y quitar la función de vibración. La pantalla está llena de mensajes y llamadas de Christian. Respondo con un simple «Estamos bien» y pongo el móvil en silencio antes
de ir al baño. Me siento muy triste, y los restos del abuso de alcohol de anoche siguen flotando en mis venas. No debería haber bebido tanto vino, debería haber parado después de la primera botella. O de la segunda. O de la tercera. No recuerdo haberme dormido y tampoco consigo acordarme de qué pasó para que Brittany esté aquí. Un recuerdo emborronado de su voz al teléfono aparece en mi mente pero no consigo entenderlo, y ni siquiera estoy segura de que de verdad ocurriera. Sin embargo, ella está aquí ahora,
dormida en mi cama, por lo que supongo que los detalles ya no importan.
 
Apoyo las caderas en el lavamanos y abro el grifo del agua fría. Me echo un poco en la cara  como hacen en las películas, pero no funciona. No me despierta ni despeja mi mente, sólo hace que el rímel de ayer chorree aún más por mis mejillas.
 
—¿Santana? —llama la voz de Brittany.
Cierro el grifo y me lo encuentro en el pasillo.
 
—Hola —digo evitando sus ojos.
 
—¿Qué haces levantada? Sólo hace dos horas que te has dormido.
 
—Supongo que tengo insomnio.
 
Me encojo de hombros odiando la extraña tensión que siento en su presencia.
La sigo hasta la habitación y cierro la puerta detrás de mí. Se sienta en el borde de la cama y yo vuelvo a meterme bajo las sábanas. Ahora mismo no me veo con fuerzas para enfrentarme a un día nuevo, pero no pasa nada, porque no parece que el sol haya decidido salir aún.
 
—Me duele la cabeza —confieso.
 
—No lo dudo: te has pasado la noche vomitando, pequeña.
 
Siento un poco de vergüenza al recordar cómo Brittany me cogía el pelo y me acariciaba los hombros para reconfortarme mientras vaciaba mi estómago en el váter. La voz del doctor West dándome malas noticias, las peores noticias, se hace eco en mi dolorida cabeza. ¿Le conté a Brittany lo que ocurre cuando estoy borracha? «Espero que no.»
 
—¿Qué... qué dije anoche, Brittany? —pregunto tartamudeando un poco.
Ella exhala y se pasa una mano por el pelo.
 
—No dejabas de hablar de Karen y de mi madre. No quiero saber lo que significaba.
Hace una mueca que supongo que se parece a la expresión en mi propia cara.
 
—¿Eso es todo? —repongo.
 
—Básicamente. Ah, también citabas a Hemingway.
Sonríe ligeramente y entonces recuerdo lo encantadora que puede llegar a ser.
 
—No. —Me cubro la cara con las manos muerta de vergüenza.
 
—Sí.
De sus labios escapa una suave sonrisa y, cuando la espío entre mis dedos, añade:
 
—También dijiste que aceptabas mis disculpas y que ibas a darme otra oportunidad.
 
Sus ojos se encuentran con los míos a través de las rendijas de mis dedos y no puedo apartar la mirada. «Buen intento.»
 
—Mentirosa.
 
No sé si quiero reír o llorar. Aquí estamos otra vez, en mitad de las idas y venidas, del tira y afloja. Soy consciente de que en esta ocasión parece distinta, pero también sé que no puedo confiar en mi juicio. Cada vez que me hacía una promesa que no era capaz de cumplir parecía distinta.
 
—¿Quieres que hablemos de lo que pasó anoche? —me pregunta—. Porque no me gustó nada verte así. No eras tú. Me asustaste mucho por teléfono.
 
—Estoy bien.
 
—Estabas borracha. Bebiste tanto que te quedaste dormida en el porche, y hay botellas vacías por toda la casa.
 
—No es divertido encontrar a alguien así, ¿verdad?
Me siento como una imbécil en cuanto lo digo. Sus hombros se hunden.
 
—No, no lo es —admite.
Me acuerdo de las noches —y, a veces, incluso los días— en las que encontraba a Brittany borracha. La Brittany borracha siempre venía acompañado de lámparas rotas, agujeros en las paredes y palabras horribles que buscaban herir de verdad.
 
—Eso no volverá a suceder —dice respondiendo a mis pensamientos.
 
—No quería... —miento, pero me conoce demasiado bien.
 
—Sí querías. Y está bien, me lo merezco.
 
—Sea como sea, no es justo que te lo eche en cara.
 
Debo aprender a perdonar a Brittany o ninguna de las dos podrá vivir en paz después de esto. No me había dado cuenta de que vibraba, pero entonces coge el móvil de la mesilla y se lo pega a la oreja. Cierro los ojos para aliviar el dolor mientras Brittany maldice a Vance. Sacudo la mano intentando detenerla, pero me ignora, y se apresura a decirle a Christian lo idiota que es.
 
—¡Deberías haber contestado, joder. Si llega a pasarle algo, habría hecho que toda la responsabilidad cayera sobre ti!
 
Brittany le grita al teléfono y yo intento silenciar su voz.
 
«Estoy bien, he bebido demasiado porque tuve un mal día, pero ahora estoy bien. ¿Qué hay de malo en eso?»
 
Cuando cuelga, siento que el colchón a mi lado se hunde y me aparta la mano de los ojos.
 
—Dice que siente no haber venido a casa a ver cómo estabas —explica Brittany a pocos centímetros de mi cara.
 
Desde aquí veo su cara, el mentón y la mejilla. No sé si es porque
sigo borracha o sólo loca de remate, pero alargo la mano y le acaricio la barbilla. Mi gesto la sorprende y me mira con los ojos muy abiertos mientras la toco.
 
—¿Qué estamos haciendo? —pregunta, y se acerca aún más.
 
—No lo sé —le contesto, y es la verdad.
 
No tengo ni idea de lo que estamos haciendo ahora, de lo que hago siempre que se trata de Brittany. Nunca lo he sabido. En mi interior estoy triste y dolida y me siento traicionada por mi propio cuerpo y también por la naturaleza esencial del karma y la vida en general, pero por fuera sé que Brittany puede hacer que olvide todo eso. Ahora la entiendo. Entiendo lo que quería decir cuando me decía que me necesitaba todas aquellas veces. Entiendo por qué me utilizó como lo hizo.
 
—No quiero utilizarte —digo entonces.
 
—¿Qué? —pregunta confundida.
 
—Quiero que me hagas olvidarlo todo pero no quiero utilizarte. Quiero estar a tu lado ahora mismo, pero no he cambiado de opinión respecto al resto —balbuceo y espero que entienda lo que no sé cómo decir.
 
Se apoya en un codo y me mira.
 
—No me importa cómo ni por qué, pero si me quieres de esa forma no tienes por qué dar explicaciones. Ya soy tuya.
 
Sus labios están tan cerca de los míos que sólo tendría que incorporarme un poco para tocarlos.
 
—Lo siento —digo volviendo la cabeza.
 
No puedo utilizarla de esa manera, pero sobre todo no puedo fingir que eso es todo cuanto sería. No sería una simple distracción física a mis problemas; sería más, mucho más. Aún la quiero, aunque a veces desearía no hacerlo. Me gustaría ser más fuerte y poder despachar esto como un simple
entretenimiento, sin sentimientos, sin querer más, sólo sexo.
 
Sin embargo, mi corazón y mi conciencia no lo permitirán. Estando tan dolida como estoy por ver cómo mi futuro perfecto se ha evaporado, no puedo utilizarla así, sobre todo ahora que parece que esté haciendo un esfuerzo. Le haría mucho daño. Mientras me debato conmigo misma, rueda sobre el colchón, pone el cuerpo sobre el mío y me coge las muñecas con una mano.
 
—Pero ¿qué estás...?
Levanta mis brazos por encima de mi cabeza.
 
—Sé lo que estás pensando —dice.
 
Pone los labios sobre mi cuello y mi cuerpo se rinde. Giro la cabeza a un lado dejando expuesta esa zona de piel sensible.
—No es justo para ti —jadeo cuando me muerde debajo de la oreja. Me suelta las muñecas el tiempo justo para quitarme la camiseta y tirarla al suelo.
 
—Esto no es justo. Me permites que te toque a pesar de que todo lo que he hecho es injusto para ti, pero yo lo quería. Yo te deseaba, siempre te deseo, y sé que estás evitándolo pero quieres que te distraiga de tu dolor. Déjame hacerlo, por favor.
 
A continuación, deja caer su peso sobre mí, sus caderas me aprisionan contra el colchón de una forma dominante y exigente que hace que mi cabeza gire más rápido que con el vino de anoche.
Su rodilla se cuela entonces entre mis muslos y los separa.
 
—No pienses en mí —añade—. Sólo piensa en ti y en lo que quieres.
 
—Vale —asiento, gimiendo al notar cómo su rodilla me acaricia entre las piernas.
 
—Te quiero. No te sientas mal por dejarme que te lo demuestre.
 
Habla en un tono muy suave, pero una de sus manos agarra con fuerza mis muñecas y me inmoviliza en la cama mientras la otra se cuela bajo mis bragas.
 
—Qué mojada estás... —gime, y su dedo se desliza arriba y abajo en la humedad. Intento no moverme cuando acerca el dedo a mi boca y lo introduce entre mis labios—. Rico, ¿verdad?
 
Sin dejarme contestar, me suelta las manos y mete la cabeza entre mis piernas. Su lengua me recorre y yo hundo los dedos en su pelo. Cada vez que su lengua toca mi clítoris, me pierdo en el espacio con ella. Ya no me rodea la oscuridad, ya no estoy cabreada, no pienso en mis errores ni en mis remordimientos. Sólo me concentro en su cuerpo y en el mío. Me concentro en sus gemidos cuando le tiro del pelo. Me concentro en la forma en que mis uñas le arañan los omóplatos cuando introduce dos dedos en mi interior. Sólo puedo concentrarme en que me está tocando, por todas partes, dentro y fuera, de una forma en la que nadie lo ha hecho antes.
 
Me concentro en cómo coge aire cuando le suplico que se dé la vuelta y que me deje darle placer mientras ella me lo da a mí; en la forma en la que se baja los pantalones y los tira al suelo y casi se arranca la camiseta de la prisa que tiene por volver a tocarme. Me concentro en la forma en la que me levanta y me coloca encima de ella, con mi cara mirando a su coño. Me concentro en que nunca habíamos hecho esto antes, pero me encanta cómo gimotea mi nombre cuando me la meto en la boca. Me concentro en la presión que crece en mí y en las guarradas que me dice para conseguir llevarme al límite.
Yo me corro primero, luego lo hace ella llenándome la boca, y casi me desmayo del alivio que invade mi cuerpo después de esto. Trato de no pensar en que no me siento culpable por permitirle que me toque para distraerme del dolor.
 
—Gracias —suspiro apoyada en su pecho cuando tira de mí para que me dé la vuelta y me tumbe sobre ella, mirándola.
 
—No, gracias a ti. —Me sonríe y me besa el hombro desnudo—. ¿Vas a decirme qué es lo que te preocupa?
 
—No —repongo.
Dibujo con la yema del dedo el tatuaje del árbol en su estómago.
 
—Vale —asiente—. ¿Te casarás conmigo?
Su cuerpo se mueve con su risa suave bajo mi cuerpo.
 
—No —le suelto esperando que sólo quiera chincharme.
 
—Vale. ¿Vendrás a vivir conmigo?
 
—No.
 
Desplazo el dedo hasta su muñeca y resigo el símbolo del infinito con los extremos en forma de corazón tatuado allí.
 
—Me lo tomaré como un «quizá» —dice. Luego ríe entre dientes y me rodea la espalda con un brazo—. ¿Dejarás que te invite a cenar esta noche?
 
—No —respondo demasiado rápido.
Se ríe.
 
—Me tomaré eso como un «sí».
 
Su risa se corta de golpe cuando oímos el eco de la puerta principal al abrirse y las voces que llenan el recibidor.
 
—Mierda —decimos las dos a la vez.
 

Brittany me mira sorprendida por mi lenguaje y yo la miro y me encojo de hombros antes de empezar a buscar en los cajones algo que ponerme.
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Mensaje por 3:) el Dom Sep 04, 2016 2:05 pm

Todos sobrevivieron a Londres.... Que hayan vuelto igual es otra cosa..
Todos tienen su día después de??? San britt y sus padres Londres.... Y los "amigos " de britt la dichosa noche...
Sobretodo se invirtieron los papeles... Britt va por todo con san y ahora. Ella es la que no quiere pasolutamente. Nada!!! Tenia que pasar!!
San sigue ompitendo... Y va a ser peor cuando britt se entere!! Mejor que hable rápido!!
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por JVM el Lun Sep 05, 2016 5:16 am

Pues si los papeles se invirtieron, ahora quien necesita ser salvada de sus demonios es San y su fuente de salvación es Britt.
La verdad es que Britt lo esta haciendo bien, no presionando a San, dejando que se abra a ella poco a poco, pero también recuperándola en el camino haciendo lo que le gusta a ella.
Y bueno espero que San pronto le diga sobre lo de los bbs a Britt, tal vez no quiera ella pero sabe lo importante que es para ella, y se que tratara de hacerla ver las cosas de otra forma.
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Mensaje por micky morales el Mar Sep 06, 2016 12:50 am

pase por aqui rapido para decir que no tengo internet pero sigo aqui, en cuanto pda me pongo al dia, que desesperacion!!!!
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Mensaje por micky morales el Mar Sep 06, 2016 5:11 am

Es extraña la situacion ahora, no se si santana perdonara a brittany pq todo se ve tan irreal entre ellas, y el hecho de que no le diga que planea irse a new york hace ver las cosas peores, en fin cuando vuelva a encontrar un internet regreso!!!!!
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 5:51 am

3:) escribió:Todos sobrevivieron a Londres.... Que hayan vuelto igual es otra cosa..
Todos tienen su día después de??? San britt y sus padres Londres.... Y los "amigos " de britt la dichosa noche...
Sobretodo se invirtieron los papeles... Britt va por todo con san y ahora. Ella es la que no quiere pasolutamente. Nada!!! Tenia que pasar!!
San sigue ompitendo... Y va a ser peor cuando britt se entere!! Mejor que hable rápido!!

Londres fue una catastrofe de inmensas magnitudes pero no todo fue malo.
Los papeles se han invertido y doy gracias a Dios que Brittany recapacitara, esa chica esta al cien  poniendo todo de su parte para mejorar.
y bueno aca dejos unos cap. ya aca  por fin Britt se enterara.......
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 5:53 am

JVM escribió:Pues si los papeles se invirtieron, ahora quien necesita ser salvada de sus demonios es San y su fuente de salvación es Britt.
La verdad es que Britt lo esta haciendo bien, no presionando a San, dejando que se abra a ella poco a poco, pero también recuperándola en el camino haciendo lo que le gusta a ella.
Y bueno espero que San pronto le diga sobre lo de los bbs  a Britt, tal vez no quiera ella pero sabe lo importante que es para ella, y se que tratara de hacerla ver las cosas de otra forma.

Bueno sip,  los papeles se han invertido solo espero que Santana no sea tan rencorosa y este dispuesta a unir su vida con Britt.
Britt lo esta haciendo excelentemente bien.
Ya aca viene todo la verdad..... todo el desembuche jajajaja saludos
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 6:03 am

micky morales escribió:pase por aqui rapido para decir que no tengo internet pero sigo aqui, en cuanto pda me pongo al dia, que desesperacion!!!!

Hola Micky se te extraña, he notado que no has comentado en los otros fic, por lo que se se  siente tu ausencia. espero puedas resolver lo de tu internet, yo igual he estado un poco inactiva, parte tambien por que mi servicio de internet a esta hora es una total porqueria.
Bueno chica, te cuidas,  que resuelvas pronto  tu problema de internet. Que estes bien, espero tus comentarios.......saludos
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 6:05 am

micky morales escribió:Es extraña la situacion ahora, no se si santana perdonara a brittany pq todo se ve tan irreal entre ellas, y el hecho de que no le diga que planea irse a new york hace ver las cosas peores, en fin cuando vuelva a encontrar un internet regreso!!!!!

Oh si señora, muy extraña, mas extraña sera, ya lo veran.
Espero sinceramente que Santana  perdone a Britt,  porque ahora Santana tiene la sarten por el mango.
Britt se esta portando muy bien, muy muy bien.
Espero que encuentres internet. nos estamos leyendo saludos....
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 6:07 am

CAPÍTULO 54
Santana

 
La tensión puede cortarse con un cuchillo, y juraría que Kimberly ha abierto la ventana sólo por eso. Intercambiamos miradas amistosas a través del salón.
 
—No es tan difícil coger el teléfono o responder a un mensaje. Yo he venido en coche desde allí y tú me has contestado hace una hora —dice Brittany con rabia, regañando a Christian.
 
Suspiro, igual que Kimberly. Estoy segura de que ella también se pregunta cuántas veces piensa repetir Brittany lo de «He venido en coche desde allí».
 
—Ya te he dicho que lo siento. Estábamos en el centro y, al parecer, mi móvil decidió no tener cobertura.
 
Christian avanza con la silla de ruedas más allá de donde está Brittany
 
—. Estas cosas pasan, Brittany. «De ratones y hombres quedan truncados los proyectos mejores», y todo eso...
 
Brittany le echa a Christian una de sus miradas antes de rodear la isleta de la cocina y colocarse a mi lado.
 
—Creo que ya lo ha pillado —le susurro.
 
—Sí, bueno, más le vale —responde.
 
Permanece con el ceño fruncido y se gana una mueca irritada de su padre biológico.
 
—Menudo humor tienes hoy, y eso después de lo que acabamos de hacer
La chincho confiando en que se le pase el enfado. Se inclina hacia mí y veo que la esperanza sustituye a la ira en sus ojos.
 
—¿A qué hora quieres que vayamos a cenar?
 
—¿Cenar? —interviene Kimberly.
Me vuelvo hacia ella y sé exactamente lo que está pensando.
 
—No es lo que imaginas.
 
—Sí lo es —dice Brittany.
 
Tengo ganas de abofetearlas a las dos, a ella por entrometida y a Britt por engreída. Claro que quiero ir a cenar con Brittany. He querido estar a su lado desde que la conocí. Pero no voy a dejarme llevar, no voy a caer en el círculo vicioso de nuestra relación destructiva. Tenemos que hablar, hablar de verdad, sobre todo lo que ha pasado y de mis planes de futuro. Del futuro de irme a Nueva York con Ryder dentro de tres semanas.
 
Ha habido demasiados secretos entre nosotras, demasiados pinchazos evitables cuando esos secretos salían a la luz de la peor forma, y no quiero que ésta sea una de esas situaciones. Es hora de ser madura, de tener agallas y decirle a Brittany lo que pienso hacer.
 
Es mi vida, yo elijo. A ella no tiene que parecerle bien, ni a nadie. Pero al menos debo contarle la verdad antes de que lo sepa por otra persona.
 
—Podemos irnos cuando quieras —respondo tranquilamente, ignorando la sonrisita de Kimberly.
Mira mi camiseta arrugada y mis pantalones de chándal.
 
—No vas a ir vestida así, ¿verdad?
 
No he tenido tiempo de fijarme en lo que me ponía, estaba demasiado
preocupada pensando en que Kimberly llamaría a la puerta y nos pillaría a las dos desnudas.
—¡Shhh!
 
Pongo los ojos en blanco y me alejo de  Britt. Oigo cómo me sigue hasta el baño, pero cuando llego cierro la puerta y corro el pestillo. Intenta entrar y la oigo reír antes de notar un ruido sordo en la puerta. Imaginarla golpeándose la cabeza contra la madera me hace sonreír.
 

Sin decirle ni una palabra desde el otro lado, abro el grifo de la ducha y me desnudo para entrar antes de que el agua haya tenido tiempo de calentarse.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 6:07 am

CAPÍTULO 55
Brittany

 
Kimberly está de pie en la cocina con la mano apoyada en la cadera. Encantadora.
—A cenar, ¿eh?
 
—¿Eh?
Me burlo, y paso de largo por su lado como si fuera mi casa y no la suya.
—. No me mires así.
Oigo sus tacones a mis espaldas.
 
—Debería haber apostado un montón de dinero por lo poco que ibas a tardar en venir.
 
Abre la nevera.
 
—. De camino a casa le dije a Christian que seguro que tu coche estaba aparcado en la puerta.
 
—Sí, sí, ya lo pillo.
 
Miro hacia el pasillo esperando que Santana se dé una ducha rápida y, al mismo tiempo, deseando estar en la ducha con ella. Maldita sea, sería feliz con que tan sólo me dejara estar allí sentada en el baño, aunque fuera en el suelo, escuchando cómo habla mientras ella se ducha. Echo de menos
ducharme con ella, echo de menos cómo cierra los ojos, con demasiada fuerza, y los deja cerrados todo el tiempo mientras se lava el pelo, sólo por si acaso le entra champú. Una vez la chinché por eso y abrió los ojos, y justo entonces le cayó un montón de espuma dentro. Santana no me dijo nada hasta horas después, cuando ya no tenía los ojos tan mal.
 
—¿De qué te ríes?
 
Kimberly deja una caja de huevos sobre la isleta frente a mí.
No me había dado cuenta de que me estaba riendo; estaba metida en el recuerdo de Santana mirándome con rabia y echándome la bronca con los ojos hinchados y rojos...
 
—Nada —digo quitándole importancia mientras hago un gesto con la mano.
 
La encimera se está llenando de todo tipo de alimentos imaginables, y Kimberly sirve una taza de café solo y me la pone delante.
 
—¿Qué pasa? —digo—. ¿Estás siendo amable conmigo para que deje de recordarle a tu prometido que es un capullo? —y levanto la sospechosa taza de café.
 
Se ríe.
 
—No. Siempre soy amable contigo. Sólo es que no me trago tu mierda como todo el mundo, pero siempre soy amable contigo.
 
Asiento sin saber cómo seguir con esta conversación. «¿Es eso lo que está pasando? ¿Estoy teniendo una conversación con la amiga más odiosa de Santana? ¿La misma mujer que resulta que va a casarse con el desgraciado de mi donante de esperma?»
 
Kimberly casca un huevo en el borde de un bol de cristal.
 
—No te parecería tan mala si dejaras a un lado tu odio por el mundo y todo eso que tienes dentro.
 
La miro. Es insufrible pero es leal como nadie, eso no se lo niego. La lealtad es difícil de conseguir, y más en los tiempos que corren, y aunque sea raro empiezo a pensar en Ryder, que parece ser la única persona cercana a Santana que es leal a mí. Ha estado a mi lado de una forma que no esperaba, y lo que menos esperaba de todo es que me gustara de algún modo, y hasta me apoyara en eso.
 
Con toda la mierda que hay en mi vida y el esfuerzo por mantenerme en el buen camino, el camino bordeado de malditos arcoíris y flores y todo lo que me conduce a una vida con Santana, es agradable saber que Ryder está ahí si lo necesito. Pronto se irá y no me mola nada, pero sé que incluso desde Nueva York me será leal. Puede que se ponga del lado de Santana a menudo, pero siempre es sincero conmigo. No me oculta las cosas chungas como el resto del mundo.
 
—Además —añade Kimberly, pero se muerde los labios para evitar reírse—, ¡somos una familia!
 
«Y así es como vuelve a ponerme de los nervios.»
 
—Qué divertido... —Pongo los ojos en blanco.
 
Si lo llego a decir yo, lo habría sido, pero tenía que ser ella quien rompiera el silencio.
Me da la espalda para echar los huevos batidos a la sartén.
 
—Soy famosa por mi sentido del humor —replica.
 
«En realidad eres famosa por tu bocaza, pero si prefieres pensar que eres divertida, adelante.»
 
—Bromas aparte —me mira por encima del hombro—, espero que consideres hablar con Christian antes de marcharte. Ha estado muy molesto y preocupado pensando que vuestra relación se ha roto para siempre. No te culparía si así fuera, sólo te lo digo.  Deja de mirarme y sigue cocinando, mientras me da tiempo para contestar.
 
¿Debería hacerlo?
 
—No estoy lista para hablar... aún —digo al final.
 
Por un momento, no sé si me ha oído, pero entonces asiente con la cabeza y, cuando se vuelve para coger otro ingrediente, veo que esboza una sonrisa.
Tras lo que me parecen horas, Santana sale finalmente del baño. Se ha secado el pelo y se lo ha apartado de la cara con una diadema fina. No tengo que fijarme mucho para ver que se ha maquillado un poco. No lo necesitaba, pero supongo que es una buena señal de que está intentando volver a la
normalidad. Me la quedo mirando durante demasiado rato y ella da vueltas mientras lo hago. Me encanta cómo va vestida hoy: unas bailarinas, una camiseta de tirantes rosa y una falda con estampado de flores. Jodidamente preciosa, eso es lo que es.
 
—¿Prefieres que comamos? —le pregunto. No quiero separarme de ella en todo el día.
 
—¿Kimberly ha preparado el desayuno? —me susurra.
 
—¿Y? Es probable que sea una porquería.
 
Señalo la comida que hay sobre la encimera. No tiene mala pinta, supongo, pero ella no es Karen.
 
—No digas eso. —Santana sonríe y casi repito la frase para ganarme otra sonrisa suya.
 
—Vale. Podemos llevarnos lo que sea y luego tirarlo cuando estemos fuera
Sugiero.
Me ignora, pero la oigo decirle a Kimberly que guarde algunas sobras para que nosotras las comamos luego.
 
«Brittany: 1.
»Kimberly y su asquerosa comida y sus preguntas molestas: 0.»
 
El trayecto hasta el centro de Seattle no es tan malo como siempre. Santana está en silencio, como sabía que estaría. Siento que me observa cada pocos minutos pero, cuando yo la miro a ella, se apresura a desviar la vista.
Para comer, elijo un pequeño y moderno restaurante y, cuando entramos en el parking casi vacío sé que eso significa una de estas dos cosas: o hace pocos minutos que han abierto y la gente aún no ha llegado, o la comida es tan asquerosa que nadie come aquí. Esperando que sea lo primero, cruzamos
las puertas acristaladas y Santana estudia el lugar con la mirada. La decoración es agradable, extravagante y a ella parece agradarle, lo que me recuerda cuánto me encantan sus reacciones ante las cosas más sencillas.
 
«Brittany: 2.»
No es que me anote tantos ni nada...
Pero si lo hiciera... iría ganando.
 
Nos sentamos en silencio mientras esperamos para pedir. El camarero es un universitario joven que está nervioso y tiene algún problema con el contacto visual. No parece querer mirarme a los ojos, el muy capullo.
Santana pide algo que no había oído en mi vida y yo ordeno lo primero que veo en la carta que tengo entre las manos. Hay una mujer embarazada sentada a la mesa de al lado, y me doy cuenta de que Santana la mira fijamente mucho rato.
 
—Eh. —Me aclaro la garganta para llamar su atención—. No sé si te acuerdas de lo que te dije anoche pero, si es así, lo siento. Cuando dije que no quería tener un bebé contigo, sólo quería decir que no quiero tener hijos en general. Pero quién sabe —mi corazón empieza a latir fuerte bajo las costillas—, tal vez algún día o algo.
 
No puedo creer que acabe de decir eso y, por la cara de Santana, ella tampoco puede. Tiene la boca muy abierta y su mano flota en el aire sujetando una copa de agua.
 
—¿Qué? —Parpadea—. ¿Qué acabas de decir?
 
«¿Por qué lo habré dicho?...» O sea, iba en serio. Creo. Tal vez podría pensarlo. No me gustan los niños ni los bebés ni los adolescentes, pero es que tampoco me gustan los adultos. Podría decirse que sólo me gusta Santana, así que tal vez una versión en pequeño de ella no estaría tan mal, ¿no?
—Sólo digo que puede que no estuviera tan mal, ¿no? —añado, y me encojo de hombros intentando esconder el pánico que siento.
 
Su boca sigue abierta. Comienzo a pensar en inclinarme hacia ella y ayudarla a que la cierre.
 
—Por supuesto, no digo que tenga que ser enseguida. No soy idiota. Sé que tienes que acabar tus estudios y todo eso.
 
—Pero tú... —Al parecer, la he dejado sin palabras.
 
—Sé lo que solía decir hasta ahora, pero tampoco había salido nunca con nadie ni amado a nadie, nunca me había importado nadie, así que desconocía lo que era. Creo que podría llegar a cambiar de opinión con el tiempo. Si me das la oportunidad, claro.
 
Le dejo unos segundos para recomponerse, pero sigue sentada con unos ojos como platos y la boca abierta.
 
—Aún me queda mucho por hacer, todavía no confías en mí, lo sé. Tenemos que acabar los estudios, y antes tendría que convencerte de que te casaras conmigo —divago buscando algo que capte su atención y la haga mía ahora mismo—. No es que tengamos que casarnos antes, no soy tan clásica.
 
Se me escapa la risa nerviosa y eso es lo que parece que consigue devolver a Santana a la realidad.
 
—No podemos —dice, pálida de repente.
 
—Sí podemos.
 
—No...
 
Levanto una mano para hacerla callar.
—Podríamos, sí. Te quiero y quiero compartir mi vida contigo. Me da igual si eres joven y yo también, o si soy demasiado mala para ti y tú demasiado buena para mí. Te quiero, joder. Sé que he cometido errores... —Me paso la mano por el pelo.
Observo el restaurante a mi alrededor y soy completamente consciente de que la mujer embarazada me está mirando fijamente. ¿No tiene nada propio de una futura madre que hacer? ¿Comer por dos, por ejemplo? ¿Sacarse un poco de leche?... No tengo ni idea, pero me está poniendo muy nerviosa por algún motivo, como si me estuviera juzgando, y está embarazada, y esto es
demasiado raro. ¿Por qué se me ocurre soltar esta mierda en un lugar público?
 
—Seguramente te he soltado el mismo discurso unas... treinta veces, pero tienes que saber que no voy a dar más rodeos —continúo—. Te quiero, siempre. Peleas, reconciliaciones, mierda... Incluso puedes romper conmigo y largarte de casa una vez por semana; sólo prométeme que volverás y ni
siquiera me quejaré de ello. —Cojo aire unas cuantas veces y la miro—. Bueno, no me quejaré mucho.
 
—Brittany, no puedo creer que estés diciendo todo esto —responde Santana. Se inclina hacia mí y su voz es apenas un susurro cuando añade—: Es... todo lo que he querido siempre. —Sus ojos se llenan de lágrimas. Lágrimas de felicidad, espero—. Pero no podremos tener hijos juntas. Ni siquiera...
 
—Lo sé. —No puedo evitar interrumpirla—. Sé que todavía no me has perdonado, y tendré paciencia, te lo juro; no me pondré demasiado pesada. Sólo quiero que sepas que puedo ser quien necesitas que sea, puedo darte lo que quieres, y no sólo porque tú quieras, sino porque yo también quiero.
 
Abre la boca para contestar, pero el maldito camarero vuelve entonces con nuestra comida. Deja el plato humeante de lo que quiera que Santana haya pedido y mi hamburguesa, y se queda plantado, como esperando.
 
—¿Necesitas algo? —le suelto. No es culpa suya que le esté contando mis deseos de futuro a esta mujer y él me haya interrumpido, pero me está haciendo perder el tiempo con ella si se queda ahí de pie.
 
—No, señorita. ¿Desean algo más? —pregunta sonrojado.
 
—No, gracias por preguntar.
 
Santana le sonríe, aliviando su bochorno y solucionando mi tendencia a ser una idiota. Él le devuelve la sonrisa y al final desaparece.
 
—El caso es que estoy diciendo lo que debería haber dicho hace mucho tiempo —prosigo—. A veces se me olvida que no puedes leer mi mente, no sabes todo lo que pienso sobre ti. Me gustaría que así fuera, me querrías más si lo hicieras.
 
—Creo que es imposible que te quiera más de lo que ya te quiero —dice retorciéndose los dedos de la mano.
 
—¿En serio? —le sonrío, y ella asiente.
 
—Pero debo decirte algo. No sé cómo te lo vas a tomar.
 
Su voz se entrecorta al final y me entra el pánico. Sé que se ha rendido con lo nuestro, pero puedo hacer que cambie de opinión, sé que puedo. Siento la determinación que no he sentido antes, que ni siquiera sabía que existía.
 
—Adelante —me obligo a decir con el tono más neutro posible. Luego le doy un bocado a la hamburguesa; es la única forma de mantener mi maldita boca cerrada.
 
—Sabes que fui al médico —empieza a decir Santana.
Mi cabeza se llena de imágenes suyas balbuceando algo del médico.
 
—¿Sigue todo bien por aquí? —vuelve a preguntar entonces el maldito camarero.
 
—. ¿Cómo está todo? ¿Querrá un poco más de agua, señorita?
 
«¿Está de coña?»
 
—Estamos bien —gruño como un perro rabioso.
Me saca de quicio, y Santana señala su copa vacía.
 
—Joder, toma. —Le acerco la mía, ella sonríe y le da un sorbo.
 
—. ¿Qué decías?
 
—Podemos hablar de esto luego —replica, y le da el primer bocado a su comida desde que se la han puesto delante.
 
—No, de eso nada. Me sé ese truco, yo lo inventé, de hecho. En cuanto metas un poco de comida en tu estómago, hablas. Por favor.
 
Da otro bocado intentando distraerme, pero no, eso no va a funcionar. Quiero saber lo que ha dicho el médico y por qué la obliga a actuar de una forma tan rara. Si no estuviéramos en un lugar público, sería mucho más fácil hacerla hablar. Me daría igual montar una escenita, pero sé que se avergonzaría, así que jugaré limpio. Puedo conseguirlo. Puedo ser amable y poner de mi parte sin sentirme un juguete.
 
La dejo tranquila otros cinco minutos, durante los que permanecemos en silencio y ya no come con ganas.
 
—¿Has terminado?
 
—Es... —Mira su plato lleno de comida.
 
—¿Qué?
 
—Es que no está muy bueno —susurra mirando alrededor para asegurarse de que nadie la oye.
Me río.
 
—Y ¿por eso susurras y te has puesto colorada?
 
—¡Shhh! —dice gesticulado en el aire con la mano—. Tengo mucha hambre, pero esta comida está tan mala... No tengo ni idea de lo que es. He pedido lo primero que he visto porque estaba nerviosa.
 
—Le diré al camarero que quieres pedir otra cosa.
Me pongo de pie, pero Santana se apresura a agarrarme del brazo.
 
—No, no hace falta. Podemos irnos.
 
—Genial. Compraremos comida para llevar y así me cuentas qué demonios pasa dentro de tu cabecita.
 
 Las suposiciones me están volviendo loca.

Asiente. Ella también parece haberse vuelto un poco loca.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 6:08 am

CAPÍTULO 56
Brittany

 
Después de pasar a comprar unos tacos, Santana está llena y mi paciencia se desvanece con cada momento de silencio entre nosotras.
 
—Me he vuelto loca hablando de hijos, ¿verdad? —le digo—. Sé que te estoy soltando un montón de cosas de golpe, pero me he pasado los últimos meses guardándome cosas y ya no me apetece seguir haciéndolo...
 
Quiero contarle todas las locuras que hay en mi cabeza, quiero decirle que me quedaría mirando la forma cursi en la que el sol se refleja en su pelo en el asiento del acompañante hasta que no viera nada más. Quiero oírla gemir y cerrar los ojos cuando le da un bocado a un taco —yo juraría que
saben a cartón, pero a ella le encantan— hasta no oír nada más. Quiero chincharla con esa zona justo debajo de la rodilla que siempre olvida depilarse cuando se afeita las piernas hasta que no me quede voz.
 
—No es eso —me interrumpe, y yo levanto la vista de sus piernas.
 
—Entonces ¿qué pasa? Déjame adivinar: ¿te estabas cuestionando el matrimonio? ¿ahora tampoco quieres tener hijos?
 
—No, no es eso.
 
—Espero que no, porque sabes perfectamente que serás la mejor madre del mundo.
 
De pronto, se echa a llorar con las manos sobre el abdomen.
 
—No puedo...
 
—Sí podemos.
 
—No, Brittany, yo no puedo.
 
La forma en la que mira su tripa y sus manos me hace dar gracias de que estemos paradas, de lo contrario me habría salido de la puta carretera.
El médico, las lágrimas, el vino, la locura respecto a Karen y su bebé, el constante «no puedo» de hoy...
 
—No puedes... —Entiendo perfectamente lo que quiere decir—. Es por mi culpa, ¿no? Te he hecho algo malo, ¿verdad?
 
No sé qué he podido hacer, pero así es como funciona: a Santana le pasan siempre cosas malas por algo que he hecho yo.
 
—No, no. Tú no has hecho nada. Es algo dentro de mí que no está bien.
 
Le tiemblan los labios.
 
—Ah...
Me gustaría poder decir algo más, algo mejor, algo de verdad.
 
—Sí.
 
Se frota la parte baja del abdomen con la mano y siento que el aire desaparece del pequeño habitáculo del coche. Tan destrozado como está, tan desgraciada como soy, siento que el pecho se me hunde y niñitas de pelo castaño y ojos azul grisáceo, niñitos rubios de ojos verdes, gorrito y calcetines minúsculos de animales, cosas que solían hacerme vomitar sin parar, me inundan la mente y noto que me mareo cuando desaparecen flotando en el aire, que se las lleva allá adonde vayan a morir los futuros que se
destrozan.
 
—Es posible, o sea, hay una remota posibilidad —dice a continuación—. Además, habría un alto riesgo de aborto y mis niveles hormonales son un caos, así que no creo que llegue a torturarme intentándolo. No podría soportar perder un bebé, o intentarlo muchos años sin conseguirlo. No está
escrito que pueda ser madre, supongo.
 
Está diciendo eso para intentar que me sienta mejor, pero no me convence, no cuando parece que lo tiene todo controlado y está claro que no es así.
Me está mirando, espera que diga algo, pero no puedo. No sé qué decirle y no puedo evitar la rabia que siento contra ella. Es estúpido y egoísta y no está nada bien, pero está ahí y me aterroriza abrir la boca y decir algo que no debo.
 
Si no fuera una completa idiota, la consolaría. La abrazaría y le diría que todo irá bien, que no necesitamos tener hijos, que podemos adoptar o algo parecido, lo que fuera.
 
Pero así es como funciona la realidad: los hombres no son héroes literarios, no cambian de un día para otro y ninguno hace las cosas bien aquí, en el mundo real. Yo no soy Darcy y Santana no es Elizabeth.
Está al borde de las lágrimas cuando gimotea:
 
—Di algo, ¿no?
 
—No sé qué decir. —Mi voz apenas es audible y se me está cerrando la garganta. Me siento como si me hubiera tragado un puñado de abejas.
 
—Tú no querías hijos de todas formas, ¿no es así? No pensé que fuera a afectarte tanto...
Si la miro, sé que me la encontraré llorando.
 
—Yo tampoco, pero ahora que sé que ya no puede ser...
 
—Oh.
 
Le agradezco que me haya interrumpido, porque vete tú a saber qué burrada habría soltado a continuación.
 
—¿Puedes llevarme de vuelta a...?
 
Asiento y pongo el coche en marcha. Es horrible cómo puede llegar a doler tanto algo que nunca has querido.
 
—Lo siento, es que...
Me callo. Parece que ninguna de las dos es capaz de acabar una frase.
 
—Está bien, lo entiendo.
Se apoya en la ventanilla. Supongo que intenta alejarse de mí tanto como pueda.
 
Mis sentimientos me piden que la consuele, que piense en ella, en cómo la está afectando todo esto y cómo se siente al respecto.  Pero mi cabeza es dura, durísima, y estoy cabreada. No con ella, sino con su cuerpo y con su
madre por que la trajera al mundo con eso que no funciona bien en su interior. Estoy cabreada con el mundo por volver a darme en toda la boca, y estoy cabreada conmigo misma por no ser capaz de decirle nada mientras atravesamos la ciudad en coche.
 
Unos minutos más tarde me doy cuenta de que el silencio pesa tanto que duele. Santana está intentando permanecer callada en su lado del coche, pero la oigo respirar al tiempo que trata de controlarse, de controlar sus sentimientos.
 
Siento una enorme presión en el pecho y ella está ahí sentada, dejando que mis palabras se cuezan en su mente. ¿Por qué siempre le hago esta mierda? Siempre digo lo que no debo por muchas veces que prometa que no lo haré.
 
Por muchas veces que prometa que voy a cambiar, siempre hago lo mismo. Me quito de en medio y la dejo lidiar a ella sola con la mierda.
Otra vez no. No puedo volver a hacerlo, me necesita más que nunca, y ésta es mi oportunidad de demostrarle que puedo estar ahí como ella necesita.
 
Santana ni siquiera me mira cuando giro el volante y paro a un lado de la carretera. Pongo las luces de emergencia y rezo para que ningún maldito poli pase por aquí y la lía.
—San.
Intento llamar su atención mientras barajo mis pensamientos. No levanta la vista de sus manos, apoyadas en el regazo.
 
—. Santana, por favor, mírame.
Extiendo un brazo para consolarla, pero se aparta de golpe y se golpea contra la puerta con fuerza.
 
—Oye...
Me desabrocho el cinturón, me vuelvo hacia ella y la cojo de las muñecas con una mano como hago a menudo.
 
—Estoy bien.
Levanta el mentón un poco para probarlo, pero la humedad que veo en sus ojos cuenta justo lo contrario.
 
—. No deberías parar aquí, es una autopista con mucho tráfico.
 
—Me importa una mierda dónde estemos. Estoy jodida, mi cabeza no está bien. —Intento buscar palabras que tengan sentido—. Lo siento muchísimo. No debería haber reaccionado así.
 
Al cabo de un poco baja la vista y me mira a la cara, aunque evita mis ojos.
 
—San, no vuelvas a cerrarte en banda, por favor. Lo siento mucho, no sé en lo que estaba pensando. Nunca me había planteado tener hijos y, de todos modos, aquí estoy, sintiéndome mal por esto.
 
 La confesión suena aún peor cuando las palabras caen entre nosotras.
 
—También podrías estar enfadada —responde con calma—. Sólo necesitaba que dijeras algo, lo que fuera... —La última palabra la pronuncia en voz tan baja que apenas si se oye.
 
—No me importa que no puedas tener hijos —le suelto. «Mierda, joder...»—. Quiero decir que no me importan los hijos que no podamos tener.
Trato de curar la herida que he abierto, pero su cara me da a entender que estoy haciendo lo contrario.
 
—Lo que estoy intentando decirte es que te quiero y que soy una cerda insensible por no estar para ti justo ahora. Siempre me coloco yo en primer lugar, y lo siento.
 
Mis palabras parecen sacarla de su ensimismamiento y hacen que me mire a los ojos.
 
—Gracias —dice.
Tira de una de las muñecas que tengo agarradas y yo dudo si soltarla o no,
pero me alivia ver que levanta la mano para secarse las lágrimas.
 
—. Lamento que sientas que te he quitado algo.
Sin embargo, sé que tiene más cosas que decir.
 
—No te contengas, te conozco: di lo que tengas que decir.
 
—No me ha gustado nada cómo has reaccionado —resopla.
 
—Lo sé, y...
Levanta una mano y replica:
 
—No he terminado. —Se aclara la garganta—. Quiero ser madre desde que tengo uso de razón. De pequeña era igual que cualquier niña con sus muñecas, tal vez un poco más. Ser madre era muy importante para mí. Nunca me he cuestionado si podía serlo ni me he preocupado por si no podía.
 
—Lo sé, yo...
 
—Por favor, déjame hablar —dice entre dientes.
 
Tengo que cerrar el pico de una vez. En lugar de responder, asiento y guardo silencio.
 
—Siento una tremenda pérdida en mi interior —prosigue—. Y no tengo la fuerza como para preocuparme porque me culpes. Me parece bien que tú también sientas esa pérdida, quiero que seas sincera siempre sobre lo que sientes, pero el que se ha destruido no es uno de tus sueños. Tú no
querías tener hijos hasta hace diez minutos, así que no me parece justo que estés así.
 
Aguardo unos segundos y la miro levantando una ceja, buscando su permiso para hablar. Ella asiente, pero entonces el fuerte sonido de la bocina de un camión casi la hace saltar del coche.
 
—Te llevaré a casa de Vance
le digo
—. Aunque me gustaría entrar y quedarme contigo.
Santana está mirando por la ventanilla, pero asiente suavemente.
 
—Quiero decir, para consolarte..., como debería haber hecho.

Con un gesto tan suave como cuando ha asentido, la veo poner los ojos en blanco.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 6:09 am

CAPÍTULO 57
Santana

 
Brittany y Vance intercambian una incómoda mirada cuando pasan uno al lado del otro en el vestíbulo. Es raro tener aquí conmigo a Brittany después de todo lo ocurrido. No puedo ignorar el esfuerzo y el control que está demostrando al venir aquí, a casa de su padre biológico.
 
Es difícil centrarse tan sólo en uno de los muchos obstáculos que han surgido últimamente: el comportamiento de Brittany en Londres, Vance y Trish, la muerte de mi padre, mis problemas de fertilidad...
Es demasiado y parece no acabar nunca.
De alguna forma, siento un alivio tremendo, indescriptible, después de haberle contado a Brittany lo que me ocurre. Sin embargo, siempre hay algo esperando a ser revelado o arrojado contra una de nosotras. Y Nueva York es lo siguiente. No sé si debería decírselo ahora que ya hay un conflicto entre nosotras.
 
Odio la forma en la que ha reaccionado, pero le agradezco los remordimientos que ha demostrado después de haber ignorado mis sentimientos. Si no hubiera parado el coche y se hubiera disculpado, probablemente no habría
sido capaz de dirigirle la palabra nunca más. No puedo contar las veces que he dicho, pensado o jurado esas palabras desde que la conocí. Me debo a mí misma el creer que esta vez iba en serio.
 
—¿En qué estás pensando? —me pregunta mientras cierra la puerta de mi habitación al entrar. Sin dudarlo, respondo con sinceridad:
 
—En que no habría vuelto a hablarte más.
 
—¿Qué? —Avanza hacia mí y yo me aparto de ella.
 
—Si no te hubieras disculpado, no habría tenido nada más que decirte.
 
Suspira y se pasa la mano por el pelo.
 
—Lo sé.
No puedo dejar de pensar en lo que ha dicho antes: «Yo tampoco, pero ahora que sé que ya no puede ser...».
 
Sigo en shock por culpa de eso, estoy segura. Jamás creí que oiría esas palabras de su boca. No parecía posible que fuera a cambiar de opinión pero, una vez más, siendo fiel a la disfunción de nuestra relación, sólo cambia de idea tras la tragedia.
 
—Ven aquí —me pide.
Los brazos de Brittany están abiertos para mí, pero dudo.
 
—Por favor, déjame consolarte como te mereces. Déjame hablarte y escucharte. Lo siento.
 
Por costumbre, camino hacia ella. Siento distintos sus brazos ahora, más sólidos, más reales que antes. Me abraza más fuerte y apoya la mejilla en mi cabeza. Lleva el pelo demasiado largo por los costados y me hace cosquillas, y luego noto que me da un beso en el pelo.
 
—Cuéntame cómo te sientes respecto a todo esto. Dime todo lo que todavía no me has contado.
Me pide tirando de mí para que me siente a su lado en la cama. Cruzo las piernas y ella apoya la espalda en la cabecera. A continuación, se lo explico todo. Le cuento lo de la primera visita para los anticonceptivos. Le cuento que sabía de la existencia de un posible problema desde antes de irnos a Londres. Su mandíbula se tensa cuando le digo que no quería que lo supiera, y aprieta los puños en cuanto le informo de que temía que eso lo alegrara. Ella permanece en silencio y asiente todo el tiempo hasta que le digo que pensaba ocultárselo para siempre.
 
Se ayuda de los codos para moverse y colocarse más cerca de mí.
 
—¿Por qué? ¿Por qué ibas a hacer eso?
 
—Pensaba que te alegrarías y no quería escucharlo.
Me encojo de hombros.
 
—. Habría preferido guardármelo a oír lo aliviada que te sentías por ello.
 
—Si me lo hubieras contado antes de Londres, las cosas habrían sido de otra manera.
Clavo los ojos en ella.
 
—Sí, peor, estoy segura —replico.
 
Espero que no esté llevando esto a donde creo que lo lleva, espero que no esté intentando echarme la culpa del desastre de Londres.
No obstante, parece estar pensando antes de hablar: otro progreso por su parte.
 
—Tienes razón —dice—. Sabes que la tienes.
 
—Me alegro de habérmelo callado, sobre todo antes de confirmar que fuera verdad.
 
—Y yo me alegro de que me lo hayas contado a mí antes que a nadie —declara, y me mira a los
ojos.
 
—Se lo conté a Kim.
 
Me siento un poco culpable por que pensara que había sido la primera en saberlo, pero no estaba a mi lado.
Brittany frunce el ceño.
 
—¿Qué quieres decir con que se lo contaste a Kim? ¿Cuándo?
 
—Le conté que era una posibilidad hace unos días.
 
—¿Así que Kim lo sabía y yo no?
 
—Sí —asiento.
 
—¿Y Ryder? ¿Ryder también lo sabe? ¿Karen? ¿Vance?
 
—¿Por qué iba a saberlo Vance? —le espeto. Ya vuelve a decir tonterías.
 
—Seguramente se lo haya contado Kimberly. ¿También se lo has dicho a Ryder?
 
—No, Brittany. Sólo a Kimberly. Tenía que contárselo a alguien y no podía confiar en ti lo suficiente como para decírtelo.
 
—Ay... —Su tono es duro, y su ceño fruncido, abrumador.
 

—Es verdad —digo con calma—. Sé que no quieres oírlo, pero es la pura verdad. Parece que has olvidado que no querías saber nada de mí hasta que murió mi padre.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 6:09 am

CAPÍTULO 58
Brittany

 
¿Que no quería saber nada de ella? Quiero a esta chica con cada una de mis células desde hace mucho tiempo. No soporto que se sienta así, que haya olvidado lo profundo que es el amor que siento por ella y lo haya reducido a la gran cagada que cometí. Sin embargo, no puedo culparla. Es culpa mía que se sienta así.
 
—Siempre te he querido, lo sabes. No podía evitar destruir una y otra vez lo único bueno que tenía en la vida, y lo siento mucho. Siento que es una mierda que haya tenido que morir tu padre para espabilarme, pero ahora estoy aquí y te quiero más que nunca, y no me importa si no podemos tener hijos.
 
Desesperada y sin que me guste lo que veo en sus ojos, añado impulsivamente:
 
—Cásate conmigo.
Santana me mira fijamente.
 
—Brittany, no puedes soltar eso así como así, ¡para de decirlo!
Se cubre el pecho con los brazos como si se protegiera de mis palabras.
 
—Vale, antes te compraré un ani...
 
—Brittany —me advierte con los labios en tensión.
 
—Vale. —Pongo los ojos en blanco y creo que va a darme un bofetón—. Estoy tan enamorada de ti... —le aseguro, y me acerco para cogerla.
 
—Sí, ahora lo estás. —Se aparta, retándome.
 
—Llevo muchísimo tiempo enamorada de ti.
 
—Sí, claro que sí —murmura.
 
¿Cómo puede ser tan preciosa y tan insoportable a la vez?
 
—Te quería incluso cuando me estaba comportando como una idiota en Londres.
 
—No lo demostrabas, y no importa cuánto lo digas si no lo demuestras ni un poco o me haces sentir la verdad en tus palabras.
 
—Lo sé, me volví completamente loca.
 
Pellizco la venda que me cubre la escayola del brazo. «¿Cuántas semanas faltan para que me quiten esto?»
 
—Dejaste que se pusiera tu camiseta después de acostarte con ella.
 
Santana aparta la mirada de mí y se concentra en la pared a mis espaldas.
«¿Qué?»
 
—¿De qué estás hablando?
Apoyo con delicadeza el pulgar en su barbilla para hacer que me mire.
 
—Esa chica, la hermana de Mark. Janine creo que dijeron que se llamaba.
La miro boquiabierta.
 
—¿Crees que me la tiré? Te dije que no lo hice. No toqué a nadie en Londres.
 
—Dijiste eso y luego estuviste a punto de sacudirte con ella en mi cara.
 
—No me la follé, Santana. Mírame.
Intento convencerla, pero se vuelve otra vez.
—. Sé que pudo parecerlo...
 
—Lo que parecía es que llevaba puesta tu camiseta.
 
No me gustaba nada cómo le sentaba mi camiseta a Janine, pero no hubo forma de que se callara hasta que se la di.
 
—Sé que la llevaba, pero no me la tiré. ¿Eres tan ilusa como para pensar que haría algo así? Mi corazón se acelera sólo de pensar que he dejado que ande por ahí desde entonces con la cabeza llena de mentiras. Debería haberme dado cuenta de que no quedó claro cuando hablamos.
 
—Estaba encima de ti todo el tiempo, Brittany, ¡en mis propias narices!
 
—Me besó e intentó chupármela, eso es todo.
Santana hace un chasquido con la lengua y cierra los ojos.
 
—Ni siquiera me excite ni me moje con ella. Sólo contigo
 
Digo en un intento de explicarme mejor, pero ella sacude la cabeza y levanta las manos para pedirme que pare.
 
—Deja de hablar de ella, me pone mala —replica, y ahora sé que va en serio.
 
—Yo también me puse mala. Vomité allí mismo después de que me tocara.
 
—¿Cómo? —Santana me mira fijamente.
 
—Tuve que ir corriendo al baño a vomitar porque me puse malísima cuando me tocó. No pude soportarlo.
 
—¿Eso hiciste?
 
Me pregunto si debería preocuparme por la sonrisilla que veo aparecer en sus labios al contarle mi experiencia con el vómito.
 
—Eso hice.
Le sonrío intentando quitarle hierro a la situación.
 
—. No hace falta que te alegres tanto —digo, pero si esto consigue animarla, por mí, adelante.
 
—Bien, espero que te pusieras mala de verdad —replica, y ahora sonríe ampliamente.
 
«Menuda relación desastrosa la nuestra.
»Desastrosa pero perfecta; esto es así.»
 
—¡De verdad! —exclamo aprovechando el momento—. Me puse fatal. Siento que hayas pensado eso todo este tiempo. Ahora entiendo que estuvieras cabreada conmigo. Parece tener sentido que lo estuviera, aunque últimamente siempre lo está.
 
—Ahora que ya sabes que no te puse los cuernos —prosigo levantando una ceja sarcástica—, ¿volverás a aceptarme y me dejarás que haga de ti una mujer de provecho?
 
Me golpea con la cabeza y dice:
—Me has prometido que ibas a dejar de decirme eso.
 
—No lo he prometido. No he usado la palabra promesa —repongo.
«Me va a pegar un tortazo en cualquier momento.»
 
—¿Vas a contarle a alguien más lo de los bebés? —le digo para cambiar de tema, más o menos.
 
—No. —Se muerde el labio—. No creo, al menos no en un futuro cercano.
 
—Nadie tiene que saberlo hasta que adoptemos dentro de unos años. Estoy segura de que hay toneladas de malditos bebés esperando a que unos padres los compren. Todo irá bien.
 
Sé que no ha aceptado mi proposición de matrimonio, ni siquiera la de tener una relación conmigo, y espero que no aproveche la oportunidad para recordármelo justo ahora.
Se ríe con suavidad.
 
—¿«Malditos bebés»? Por favor, dime que no crees que haya una tienda en el centro a la que puedes ir y comprar un bebé.
 
Se lleva la mano a la boca para evitar reírse de mí.
 
—¿Ah, no? —bromeo—. Entonces ¿qué es eso de Babies’R’us?
 
—¡Madre mía! —exclama, e inclina la cabeza hacia atrás muerta de risa.
Acorto la poca distancia que nos separa y le cojo la mano.
 
—Si esa maldita tienda no está llena de bebés en fila, listos para ser comprados, la denunciaré por publicidad engañosa.
 
Le ofrezco mi mejor sonrisa y ella suspira, aliviada de poder reírse. Lo sé de alguna forma. Sé exactamente qué es lo que está pensando.
 
—Necesitas ayuda —dice retirando su mano de la mía y poniéndose en pie.
 
—Sí —respondo mientras veo borrarse su sonrisa—, la necesito.
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