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[Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por 3:) el Lun Ago 29, 2016 5:33 am

Ahora o nunca.... A todo o nada!!!
Britt se juega la.vida???? Britt esta rota y se termino llevando y rompiendo a san en el proceso.....
Y toda la razón.... Están muy lejos del eterno final feliz!!
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por micky morales el Lun Ago 29, 2016 8:51 am

muchas gracias por la aclaratoria con respecto a la dani de los mil demonios!!! bueno Brittany, se acabo, san se canso de ti, ahora solo te resta irte y dejarla sanar y no destruirte tu en el intento!!!!
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Lun Ago 29, 2016 1:20 pm

CAPÍTULO 31
Santana

 
—Madre, ¿quién va a pagar el funeral?
 
No quiero parecer insensible ni grosera, pero todos mis abuelos están muertos y mis dos padres eran hijos únicos. Sé que mi madre no puede permitírselo, y menos para mi padre, y me preocupa que haya decidido hacerse cargo sólo para demostrar algo ante sus amigas de la iglesia.
 
No quiero llevar este vestido negro que ella me ha comprado, no quiero llevar estos zapatos negros de tacón alto que seguramente tampoco puede permitirse, y sobre todo no quiero ver cómo entierran a mi padre.
 
Mi madre vacila; la barra de labios se queda suspendida justo delante de su boca cuando me mira a los ojos a través del espejo.
 
—No lo sé.
 
Me vuelvo hacia ella incrédula. Bueno..., si fuera capaz de reunir la suficiente energía como para sentir incredulidad. Puede que sea más bien una débil curiosidad.
 
—¿No lo sabes? —La observo.
 
Tiene los ojos hinchados, lo que demuestra que se ha tomado su muerte mucho peor de lo que admitirá jamás.
 
—No hablemos de dinero ahora, Santana —me regaña, y zanja la conversación marchándose al salón.
 
Asiento porque no quiero discutir con ella. Hoy no. Bastante duro será el día de por sí. Me siento egoísta y un poco retorcida por no ser capaz de entender en qué estaría pensando cuando se clavó esa última jeringuilla en la vena. Sé que era un adicto, y que sólo hacía algo que ya llevaba años haciendo, pero continúo sin poder entender qué lo llevó a hacer algo como esto, sabiendo lo peligroso que es.
 
Estos últimos tres días, desde que vi a Brittany, he empezado a recuperar la cordura. Sin embargo, no del todo, y una parte de mí sigue aterrada al pensar que jamás volveré a ser la misma. Ella ha dormido en casa de los Evans las últimas tres noches. La verdad es que para mí ha sido toda una sorpresa, y supongo que para el señor y la señora Evans también.
 
 No creo que se hayan relacionado mucho con nadie que no sea miembro del club de campo local. Me habría encantado ver la expresión de la señora Evans al ver a Sam llegar con Brittany a casa para quedarse con ellos. No me imagino a Brittany y a Sam llevándose bien. Bueno, no me los imagino llevándose, simplemente,
así que sé lo mucho que debió de dolerle a Brittany mi rechazo si estuvo dispuesta a aceptar la hospitalidad de Sam.
 
El pesado peso de mi dolor sigue ahí, oculto aún tras la barrera de la nada. Siento cómo empuja la pared, intentando desesperadamente acabar conmigo y llevarme al límite. Al ver a Brittany llorar, me aterraba la idea de que el dolor ganara la batalla, pero afortunadamente ha sido todo lo contrario. Se me hace raro pensar que está tan cerca de esta casa y que no ha intentado pasarse por aquí.
 
Necesito espacio, y a Brittany no se le da muy bien concedérmelo. Aunque en realidad nunca lo he querido antes. No como ahora. Oigo unos golpes en la puerta. Me apresuro a ajustarme las medias negras y me miro en el espejo por última vez.
 
Me acerco un poco más para examinarme los ojos. Hay algo distinto en ellos que no sé muy bien cómo describir... Parecen ¿más severos? ¿Más tristes? No estoy segura, pero combinan con la patética sonrisa que intento poner. Si no estuviera medio loca, me preocuparía más por este cambio en mi aspecto.
 
—¡Santana! —grita mi madre con fastidio justo cuando salgo al pasillo.
 
Por su tono de voz, esperaba ver a Brittany fuera. Me ha dado el espacio que le pedí, pero imaginaba que vendría hoy, el día del funeral de mi padre. Sin embargo, cuando giro la esquina, me quedo paralizada. Para mi agradable sorpresa, quien está en la puerta no es otra que Dani.
 
Me mira a los ojos y parece insegura, pero cuando mis labios se transforman en una sonrisa, ella esboza otra de oreja a oreja, esa que tanto me gusta, ésa en la que su lengua aparece entre los dientes y hace que sus ojos brillen.
La invito a pasar.
 
—¿Qué haces aquí? —pregunto justo cuando rodeo su cuello con los brazos.
 
Me abraza, con demasiada fuerza, y yo me pongo a toser exageradamente antes de que me suelte.
 Sonríe.
 
—Lo siento, hacía tiempo que no te veía —dice.
 
Se ríe, y mi estado de ánimo mejora al instante al oír ese sonido. No he estado pensando en ella. Me siento casi culpable de que su rostro no haya aparecido en mi mente ni una sola vez durante las últimas semanas, pero me alegro de que haya venido. Su presencia me recuerda que el mundo no se ha detenido desde mi tremenda pérdida.
 
Mi pérdida... No quiero admitir, ni siquiera a mí misma, cuál de las dos pérdidas ha sido más dura.
 
—Es verdad —respondo.
 
Entonces, la razón por la distancia entre Dani y yo me viene a la cabeza, interrumpiendo nuestro saludo, y miro por detrás de ella con cautela. Lo último que necesito es una pelea en el césped perfecto de mi madre.
 
—Brittany está aquí. Bueno, no en esta casa, sino a unas casas de distancia.
 
—Lo sé. —Dani no parece intimidada en absoluto a pesar de su historial.
 
—¿Ah, sí?
 
Mi madre me lanza una mirada inquisitiva y después desaparece en la cocina para dejarnos a solas. Mi mente empieza a asimilar que Dani esté aquí. Yo no la he llamado; ¿cómo se ha enterado de lo de mi padre? Supongo que es remotamente posible que haya salido en las noticias y en internet, pero incluso en ese caso dudo que se hubiera enterado.
 
—Me ha llamado ella.
 
Tras oír esas palabras, levanto la cabeza al instante para mirarla a los ojos
 
—. Ha sido ella quien me ha pedido que venga a verte. Tenías el teléfono desconectado, así que he tenido que hacerle caso.
No sé qué responder a eso, de modo que me quedo observando a Dani en silencio, intentando despejar la x de esta ecuación.
 
—Te parece bien, ¿verdad? —Alarga el brazo, pero se detiene antes de llegar a tocarme
 
—. No te habrá molestado que haya venido, ¿no? Puedo irme si crees que es demasiado. Me ha dicho que necesitabas una amiga, y sabía que debía de haber pasado algo gordo para que me llamara precisamente ella.
 
«¿Por qué Brittany la ha llamado a ella en lugar de a Ryder? De hecho, Ryder viene de camino de todos modos, así que, ¿por qué Brittany le ha pedido a Dani que venga a verme?»
 
No puedo evitar sentir que esto es una especie de encerrona, como si Brittany me estuviera poniendo a prueba de alguna manera. Detesto pensar que sea capaz de hacer algo así en estos momentos, pero ha hecho cosas peores. No puedo permitirme olvidar que ha hecho cosas peores, y que siempre hay algún motivo detrás de sus actos. Nunca hace las cosas por hacerlas en lo que a mí
se refiere.
 
Lo que más me duele de todo es su propuesta de matrimonio. Me negó la posibilidad de casarnos desde el principio de nuestra relación, pero cedió dos veces, sólo cuando quería algo a cambio. Una de ellas estaba demasiado borracha como para saber lo que se decía, y la otra era un intento de conseguir que no la abandonara. Si me hubiera despertado a su lado a la mañana siguiente, la habría retirado como la vez anterior. Como hace siempre. No ha parado de romper sus promesas desde que la conocí, y lo único peor que estar con alguien que no cree en el matrimonio es estar con alguien que sería capaz de casarse conmigo sólo para obtener una victoria momentánea, y no porque realmente
quiera ser mi mujer.
 
Necesito recordar esto o seguiré teniendo estos pensamientos absurdos, que se cuelan en mi mente y en los que veo a Brittany vistiendo un traje de novia o esmoquin blanco. La imagen me da risa, y la Brittany con esmoquin pronto cambia a una Brittany con vaqueros y botas, incluso el día de su boda, pero no creo
que me importara en realidad. «Que me hubiera importado.» Tengo que dejar de fantasear con esto; no ayuda en nada a mi cordura. Pero entonces, me viene otro pensamiento a la mente. Esta vez, Brittany se está riendo con una copa de vino en la mano... y veo que tiene una alianza plateada en su dedo anular. Se está riendo
con ganas, y tiene la cabeza inclinada hacia atrás de ese modo encantador que tanto me gusta.
 
Lo descarto. Su sonrisa aparece, y la veo derramándose el vino sobre su camiseta blanca. Probablemente insistiría en que fuera blanca en lugar de las negras que lleva siempre sólo para hacer la gracia y por fastidiar a mi madre. Me apartaría las manos con suavidad cuando intentara secarle la mancha con una servilleta. Diría algo como: «¿A quién se le ocurre ir de blanco?». Después se echaría a reír y
acercaría mis dedos a sus labios para besar cada una de las puntas con delicadeza. Sus ojos se quedarían fijos en mi anillo de bodas y una sonrisa de orgullo invadiría su rostro.
 
—¿Estás bien? —La voz de Dani interrumpe mis patéticos pensamientos.
 
—Sí.
 
Sacudo la cabeza para borrar la imagen perfecta de Brittany sonriéndome y me acerco a ella
 
—. Lo siento, estoy un poco empanada últimamente.
 
—Tranquila. Lo extraño sería que no lo estuvieras.
 
Me reconforta rodeando mis hombros con el brazo. De hecho, no debería sorprenderme que Dani haya venido hasta aquí para apoyarme. Cuanto más

lo pienso, más me acuerdo. Ella siempre estuvo ahí, incluso cuando no la necesitaba. Estaba en un  segundo plano, siempre a la sombra de Brittany.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Lun Ago 29, 2016 1:20 pm

CAPÍTULO 32
Brittany

 
Joder, Sam es insoportable. No entiendo cómo Santana pudo aguantarlo todos esos años. Estoy empezando a pensar que se escondía de él en ese invernadero y no de Ricardo. No me sorprendería; de hecho, a mí me están entrando ganas de hacerlo ahora mismo.
 
—No creo que haya sido buena idea que llames a esa tipa
 
dice Sam desde el sofá, al otro lado del inmenso salón de casa de sus padres
 
—. No me gusta nada. Tú tampoco me gustas, pero ella es aún peor.
 
—Cállate
 
Gruño, y vuelvo a mirar el extraño cojín del ostentoso sofá que he reclamado durante los últimos días.
 
—Es mi opinión. No entiendo por qué la llamas si le tienes tanto odio.
 
No sabe cuándo cerrar la boca. Odio este sitio por no tener un hotel a menos de treinta kilómetros de casa de la madre de Santana.
 
—Porque ella no la odia —exhalo con fastidio—. Confía en ella aunque no debería, y necesita una especie de amiga en estos momentos, ya que a mí no quiere verme.
 
—Y ¿qué hay de mí? ¿Y de Ryder?
 
Sam tira de la anilla de una lata de refresco y la abre con un fuerte sonido. Hasta su manera de abrir los refrescos me enerva. No quiero decirle que lo que realmente me preocupa es que Santana vuelva con ella, que prefiera la seguridad de esa relación en lugar de darme a mí otra oportunidad. Y, en cuanto a Ryder, bueno, jamás lo admitiré, pero la verdad es que necesito que en este caso sea mi amigo. No tengo ninguno, y supongo que, en cierto modo, lo necesito.
 
Un poco.
Mucho.
 Lo necesito mogollón y, a excepción de Santana, no tengo a nadie más, y a ella apenas la tengo, así que no puedo perderlo a él también.
 
—Sigo sin entenderlo. Si a ella le gusta Santana, ¿por qué quieres que esté cerca?
 
Salta a la vista que eres muy celosa, y sabes lo que es robarle la novia a otro mejor que nadie.
 
—Ja. Ja.
 
Pongo los ojos en blanco y miro por los enormes ventanales que cubren la pared
delantera de la casa. La casa de los Evans es la más grande de esta calle, y probablemente la más grande de todo este pueblo de mierda. No quiero que se lleve la impresión equivocada. Sigo odiándolo, sólo permito que ande cerca de mí porque debo concederle a Santana el espacio que necesita sin irme demasiado lejos.
 
—Además, ¿a ti qué te importa? ¿De repente vas a fingir ser mi amiguito? Sé que me detestas, como yo a ti.
 
Me quedo observándolo, con su estúpido cárdigan y sus mocasines marrones, a los que sólo les falta tener un penique pegado en la parte superior.
 
—No me importas tú; me importa Santana —replica él—. Sólo quiero que sea feliz. Tardé mucho en asimilar lo que había pasado entre nosotros porque me había acostumbrado a ella. Me sentía cómodo y condicionado a seguir de ese modo, así que no podía entender por qué iba a querer ella a alguien como tú. No lo entendía, y sigo sin hacerlo, la verdad, pero he visto lo mucho que ha cambiado desde que te conoció. Y no en un sentido negativo, es un cambio positivo.
 
Me sonríe
—.Menos por lo de esta semana, obviamente.
 
¿Cómo puede pensar eso? Sólo le he hecho daño y la he destrozado desde que irrumpí en su vida.
 
—Bueno —digo revolviéndome incómodo en el sofá—, basta de estrechar lazos por hoy. Gracias por no ser un idiota.
 
Me levanto y me dirijo a la cocina, donde la madre de Sam está batiendo algo. Durante mi estancia aquí, he descubierto que me entretiene muchísimo el modo en que balbucea y acaricia con los dedos la cruz que lleva al cuello cada vez que estoy en la misma habitación que ella.
 
—Deja en paz a mi madre o te echo de casa —me advierte Sam en tono burlón, y tengo que reprimir una carcajada.
 
Si no echara tanto de menos a Santana, me reiría con este gilipollas.
 
—Vas a ir al funeral, ¿verdad? Puedes venir con nosotros si quieres; saldremos dentro de una hora —me ofrece, y me paro por un momento.
 
Me encojo de hombros y tiro de un trozo del extremo inferior de mi escayola.
 
—No, no creo que sea buena idea.
 
—¿Por qué no? Lo has pagado tú. Eras su amiga, en cierto modo. Creo que deberías ir.
 
—Deja de hablar de ello, y recuerda lo que te dije sobre lo de ir pregonando que yo he puesto la pasta —lo amenazo—. Es decir: ni se te ocurra hacerlo.
 
Sam pone sus estúpidos ojos azules en blanco y salgo de la habitación para torturar a su madre y dejar de pensar durante un rato en la idea de que Dani esté en la misma casa que Santana.

¿En qué estaría pensando cuando la llamé?
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Lun Ago 29, 2016 1:21 pm

CAPÍTULO 33
Brittany

 
No recuerdo cuándo fue la última vez que asistí a un funeral. Si me paro a pensarlo, estoy casi segura de que nunca he ido a ninguno. Cuando murió mi abuela materna, simplemente no me apeteció ir. Tenía alcohol que beber y una
fiesta que no podía perderme por nada del mundo. Nunca tuve la necesidad de despedirme de una mujer a la que apenas conocía. Lo único que sabía de aquella anciana era que no le importaba mucho mi persona. No soportaba a mi madre, así que ¿por qué iba a pasar mi tiempo sentada en el banco de la iglesia fingiendo estar apenada por una muerte que, en realidad, no me afectaba en absoluto?
 
Pero años después, aquí estoy, al fondo de una minúscula iglesia, lamentando la muerte del padre de Santana. Santana, Maria, Dani y lo que parece ser media puta congregación se apiñan en las filas de delante. Sólo yo y una anciana, que estoy bastante segura de que no sabe ni dónde está, nos sentamos en un banco vacío cerca de la pared trasera.
 
Dani está sentada a un lado de Santana, y su madre al otro.
No me arrepiento de haberla llamado... Bueno, sí, pero no puedo pasar por alto la chispa de luz que parece haber revivido en ella desde que llegó hace unas horas. Sigue sin parecer mi Santana, pero está en proceso, y si esa idiota es la clave para que recupere esa luz, pues que así sea, joder.
 
La he cagado muchas veces en mi vida, muchas. Yo lo sé, y Santana lo sabe; casi seguro que todos los presentes en esta puta iglesia deben de saberlo gracias a su madre. Pero esto lo voy a hacer bien por ella. No me importan todas las demás mierdas de mi pasado o de mi presente; lo único que me importa es arreglar lo que se rompió dentro de ella. Yo la rompí. Ella dice que no puede arreglarme, que nunca podrá. Pero no fue ella quien me causó el daño. Ella me sanó y, en el proceso, le partí su maravillosa alma en demasiados pedazos.
 
Yo sólo acabé con ella, destruí su brillante espíritu mientras dejaba de forma egoísta que me remendara. Y lo peor de toda esta masacre es que me negaba a ver el daño que le estaba haciendo, lo mucho que su luz se había debilitado. Lo sabía; lo supe todo el tiempo, pero me daba igual. Sólo me importó cuando por fin lo entendí.
 
Cuando me rechazó, de una vez por todas, lo entendí. Me golpeó como un camión, y no podía apartarme ni aunque lo intentara. Ha tenido que morir su padre para que me dé cuenta de lo absurdos que eran mis planes para protegerla de mí.
 
Si me hubiera parado a pensarlo, si lo hubiera meditado bien, me habría dado
cuenta de lo estúpida que era. Ella quería estar conmigo. Santana siempre me ha querido más de lo que merecía. Y ¿cómo se lo he pagado yo? Llevándola al límite una y otra vez, hasta que se ha hartado de aguantar mi mierda. Ahora ya no quiere estar conmigo; no quiere quererme, y tengo que hallar la manera de recordarle lo mucho que me ama.
 
Y aquí estoy, sentada en esta iglesia, viendo cómo Dani rodea sus hombros con un brazo y la estrecha contra su costado. Ni siquiera puedo apartar la mirada. Estoy obligada a observarlas. Tal vez me esté castigando a mí misma, o tal vez no pero, sea como sea, no puedo dejar de mirar cómo Santana se inclina hacia ella y Dani  le susurra algo al oído. Cómo su expresión pensativa consigue calmarla
de alguna manera, y ella suspira y asiente una vez, y ella le sonríe.
 
Alguien se coloca entonces a mi lado e interrumpe temporalmente mi tortura autoinfligida.
—Casi llegamos tarde... Brittany, ¿qué haces aquí atrás? —pregunta Ryder.
 
Mi padre..., Ken se sienta a su lado, y Karen se toma la libertad de dirigirse a la parte delantera de la pequeña iglesia para saludar a Santana.
 
—Tú también deberías ir delante. La primera fila es sólo para la gente que Santana puede soportar
 
Refunfuño con la mirada fija en la fila de personas que, desde Maria hasta Sam, no aguanto. Y eso incluye a Santana. La amo, pero no aguanto estar tan cerca de ella mientras se deja consolar por Dani. Dani no la conoce como yo; no merece estar sentada a su lado en estos momentos.
 
—No digas tonterías. Claro que Santana te soporta —replica Ryder—. Es el funeral de su padre, intenta recordarlo.
Pillo a mi padre..., joder, a Ken, pillo a Ken mirándome.
Ni siquiera es mi padre. Lo sé, hace una semana que lo sé, pero ahora que lo tengo delante, es como si estuviera descubriéndolo por primera vez. Debería decírselo inmediatamente, debería confirmar sus viejas sospechas y explicarle la verdad sobre mi madre y Vance. Debería contárselo aquí mismo, en este mismo momento, y dejar que se sienta tan jodidamente decepcionado como yo
me sentí. ¿Me sentí decepcionada? No estoy segura; estaba cabreada. Sigo cabreada, pero eso es todo.
 
—¿Cómo estás, hija?
 
Alarga el brazo por delante de Ryder y apoya la mano en mi hombro.
 
«Debería decírselo. Debería decírselo.»
 
—Bien. —Me encojo de hombros y me pregunto por qué mi boca no obedece a mi mente y pronuncia las palabras.
 
Como suelo decir, mal de muchos, consuelo de tontos, y ahora mismo yo estoy todo lo mal que se pueda estar.
 
—Lamento todo esto, debería haber llamado al centro más a menudo. Te juro que estuve controlándolo, Brittany. Lo hice, y no tenía ni idea de que se había marchado hasta que ya era demasiado tarde. Lo siento.
 
La decepción en los ojos de Ken me impide obligarlo a unirse a mi equipo de miserables.
 
—. Lamento fallarte siempre.
 
Lo miro a los ojos, asiento y decido que no tiene por qué saberlo. No en este momento.
 
—Tú no tienes la culpa —observo en voz baja.
 
Siento que Santana me está mirando, reclamando mi atención desde muchos metros de distancia. Está vuelta hacia mí, y Dani ya no la rodea con el brazo. Me está mirando, del mismo modo que yo he estado mirándola a ella, y me agarro al banco de madera con todas mis fuerzas para evitar salir corriendo en su dirección.
 
—De todos modos, lo siento —repite Ken, y aparta la mano de mi hombro.
 
Sus ojos marrones están vidriosos, como los de Ryder.
 
—No te preocupes —farfullo, todavía centrado en los ojos grises que me sostienen la mirada.
 
—Ve con ella, te necesita —sugiere Ryder con voz suave.
 
Ignoro sus palabras y espero a que Santana me dé alguna especie de señal, que me transmita aunque sea la más mínima emoción para demostrarme que me necesita. Estaré junto a ella en cuestión de segundos.
 
El cura se sube al púlpito y ella se vuelve sin hacerme ningún gesto para que vaya a su lado, sin ninguna señal real de que me estuviera viendo siquiera.
 

No obstante, antes de que me dé tiempo a autocompadecerme mucho, Karen le sonríe a Dani y ella se aparta y le cede su asiento al lado de Santana.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Lun Ago 29, 2016 1:22 pm

CAPÍTULO 34
Santana

 
Le dirijo otra falsa sonrisa a otro extraño sin rostro y avanzo hasta el siguiente, agradeciéndoles a todos su asistencia. El funeral ha sido corto; al parecer, a esta iglesia no le parecía muy bien celebrar la vida de un adicto. Únicamente se han pronunciado unas cuantas palabras severas y falsos elogios, eso ha sido todo.
 
Sólo faltan unas pocas personas más; algunos agradecimientos simulados y unas emociones fingidas más mientras se dan las condolencias. Como vuelva a decirme alguien el gran hombre que fue mi padre, creo que voy a gritar. Creo que me pondré a gritar en medio de esta iglesia, delante de todos los moralizantes amigos de mi madre. Muchos de ellos ni siquiera llegaron a conocer a
Ricardo López. ¿Qué hacen aquí? Y ¿qué clase de mentiras les ha contado mi madre sobre él para que lo alaben?
 
No es que no crea que mi padre fuera un buen hombre. No lo conocí lo suficientemente bien como para juzgar con propiedad su carácter. Pero conozco los hechos, y los hechos son que nos abandonó a mi madre y a mí cuando yo era pequeña, y que sólo volvió a mi vida hace unos meses por casualidad.
De no haber estado con Brittany en aquella tienda de tatuajes, probablemente jamás habría vuelto a verlo. Él no quería formar parte de mi vida. No quería ser padre ni esposo. Deseaba vivir su vida y tomar decisiones que le concerniesen a él y sólo a él. Y me parece bien, de verdad, pero no lo entiendo. No puedo entender por qué huyó de sus responsabilidades para vivir una vida de
drogadicto. Recuerdo cómo me sentí cuando Brittany me mencionó que mi padre se drogaba; no podía creerlo. ¿Por qué aceptaba que fuera alcohólico pero no que fuera drogadicto? No podía asimilarlo.
 
Creo que en mi mente intentaba que fuera mejor. Poco a poco empiezo a darme cuenta de que soy, como suele decir Brittany, una ingenua. Soy una ingenua y una estúpida por intentar sacar lo bueno de la gente cuando todo lo que hacen en respuesta es demostrar que me equivoco. Siempre me equivoco, y estoy harta.
 
—Las señoras quieren venir a casa cuando hayamos terminado aquí, así que necesito que me ayudes a prepararla en cuanto lleguemos —dice mi madre tras dar el último abrazo.
 
—¿Qué señoras? ¿Acaso lo conocían? —le espeto.
 
No puedo evitar el tono áspero de mi voz, y me siento un poco culpable cuando ella frunce el ceño. La culpa desaparece en el momento en que se pone a mirar a su alrededor para comprobar que ninguna de sus «amigas» ha captado mi tono irrespetuoso.
 
—Sí, Santana. Algunas, sí.
 
—Bueno, a mí también me encantaría ayudar —interviene Karen en cuanto salimos—. Si le parece bien, por supuesto. —Sonríe.
 
Agradezco muchísimo la presencia de Karen. Siempre se muestra tan dulce y considerada... hasta a mi madre parece caerle bien.
 
—Sería estupendo. —Mi madre le devuelve la sonrisa y a continuación se aleja saludando con la mano a una mujer que no conozco y que está en un pequeño grupo en el césped de la iglesia.
 
—¿Te importa que vaya yo también? —dice Dani—. Si no quieres, no pasa nada. Sé que Brittany está aquí y eso, pero como ha sido ella quien me ha llamado...
 
—No, por supuesto que puedes venir. Has venido en coche todo el camino hasta aquí.
 
No puedo evitar inspeccionar el aparcamiento en busca de Brittany al oír su nombre. Diviso a Ryder y a Ken metiéndose en el coche de este último. Por lo que veo desde aquí, Brittany no está con ellos. Ojalá hubiera podido hablar con Ken y con Ryder, pero se han sentado con ella y no quería apartarla de ellos.
 
Durante el funeral, no podía dejar de preocuparme por si Brittany le contaba a Ken la verdad sobre Christian Vance delante de todo el mundo. Sé que se siente muy mal al respecto, así que es posible que quiera que todos los demás también se sientan mal. Espero que tenga la suficiente decencia como para esperar el momento adecuado para revelarle la dolorosa verdad. Sé que es buena; en el fondo Brittany no es mala persona. Es sólo que es nociva para mí.
 
Me vuelvo hacia Dani, que se está quitando con los dedos algunas pelusas de su camisa roja.
 
—¿Quieres que volvamos dando un paseo? —sugiero—. No está muy lejos, son veinte minutos como mucho.
 
Accede, y nos escabullimos antes de que mi madre me obligue a meterme en su pequeño coche. No soporto la idea de estar atrapada a su lado en un espacio reducido en estos momentos. Mi paciencia con ella es cada vez menor. No quiero ser grosera, pero siento cómo aumenta mi frustración cada vez que la veo atusarse con la mano su cabello perfectamente rizado.
 
Tras diez minutos de paseo hacia mi pequeño pueblo natal, Dani interrumpe el silencio.
 
—¿Quieres hablar de ello?
 
—No lo sé. Seguramente nada de lo que diga tenga ningún sentido —contesto negando con la cabeza.
 
No quiero que Dani sepa lo loca que me he vuelto esta última semana. No me ha preguntado por mi relación con Brittany, cosa que agradezco. Me niego a hablar de cualquier cosa que tenga que ver con Brittany y conmigo.
 
—Comprobémoslo —me desafía con una cálida sonrisa.
 
—Estoy loca.
 
—¿Loca de cabreada o loca de loca? —bromea, y choca su hombro con el mío de manera juguetona mientras esperamos a que pase un coche antes de cruzar la calle.
 
—Las dos cosas. —Intento sonreír—. Sobre todo, cabreada. ¿Está mal que esté enfadada con mi padre por haberse muerto? —Detesto cómo suenan estas palabras. Sé que está mal, pero me hace sentir bien. La ira es mejor que el vacío, y la ira es una distracción. Una distracción que necesito desesperadamente.
 
—No es malo que te sientas así, aunque creo que no deberías estar enfadada con él. Estoy segura de que él no sabía lo que hacía cuando hizo lo que hizo.
Dani me mira, y aparto la mirada.
 
—Sabía lo que hacía cuando llevó esa droga al apartamento. No digo que supiera que iba a morir, pero sabía que existía la posibilidad; sin embargo, lo único que le importaba era colocarse. No pensaba en nadie más que en sí mismo y en su colocón, ¿sabes?
 
Me trago la culpa que siento al pronunciar esas palabras. Quería a mi padre, pero he de ser sincera. Necesito exteriorizar mis sentimientos.
Dani frunce el ceño.
 
—No lo sé, Santana. No creo que fuera como piensas. No creo que yo pudiera estar cabreada con alguien que ha muerto, y mucho menos si es mi padre.
 
—Él no me crio ni nada. Me abandonó cuando era pequeña.
 
¿Sabía esto Dani? No estoy segura. Estoy tan acostumbrada a hablar con Brittany, que lo sabe todo sobre mí, que a veces olvido que otra gente sólo sabe lo que les permito saber.
 
—Tal vez se marchara porque era consciente de que era lo mejor para ti y para tu madre —dice Dani para intentar consolarme, pero no funciona.
 
Sólo me están dando ganas de gritar. Estoy cansada de oír la misma excusa en boca de todo el mundo. Esa misma gente que dice querer lo mejor para mí, pero que justifica el comportamiento de mi padre, que me abandonó, que actúan como si lo hubiera hecho por mi propio bien. Qué hombre tan altruista, que dejó solas a su mujer y a su hija.
 
—No lo sé. —Suspiro—. No hablemos más de ello.
 
Y no lo hacemos. Permanecemos en silencio hasta que llegamos a casa de mi madre, e intento pasar por alto el enfado en su voz cuando me regaña por haber tardado tanto en llegar.
 
—Menos mal que Karen está aquí para ayudar —dice cuando paso por su lado y entro en la cocina.
 
Dani se queda ahí plantada, incómoda, sin saber si ayudar o no, pero pronto mi madre le entrega una caja de galletas saladas, abre la tapa y señala una bandeja vacía sin decir ni una palabra. Ken y Ryder ya están manos a la obra cortando verdura y colocando fruta en las mejores fuentes de mi madre. Las que usa cuando quiere impresionar a la gente.
 
—Sí, menos mal —digo entre dientes.
 
Creía que el aire primaveral mitigaría mi ira, pero no lo ha hecho. La cocina de esta casa es demasiado pequeña, demasiado sofocante, y está repleta de mujeres exageradamente arregladas como si tuvieran algo que demostrar.
 
—Necesito un poco de aire. Ahora vuelvo, tú quédate aquí —le digo a Dani cuando mi madre sale al pasillo a por algo.
 
Por mucho que agradezca el hecho de que se haya molestado en venir hasta aquí para consolarme, no puedo evitar estar resentida con ella después de nuestra conversación. Estoy segura de que cuando me haya despejado veré las cosas de otra manera, pero ahora mismo sólo quiero estar sola.
 
La puerta trasera emite un crujido al abrirse y maldigo para mis adentros, esperando que mi madre no salga corriendo al jardín para arrastrarme de nuevo dentro de casa. El sol ha hecho milagros con el denso barro que cubría el suelo del invernadero. Unas manchas oscuras y húmedas siguen cubriendo la mitad del espacio, pero consigo encontrar un hueco seco en el que quedarme. Lo
último que necesito es arruinar estos zapatos que mi madre no podía permitirse comprarme de todos modos.
 
Un movimiento capta mi atención, y empiezo a asustarme hasta que Brittany aparece por detrás de un estante. Tiene los ojos claros y, bajo ellos, unas oscuras ojeras ensombrecen su piel pálida. El brillo natural  de la piel de Brittany han desaparecido y han sido sustituidos por un color marfil frágil y atormentado.
 
—Perdona, no sabía que estabas aquí —me apresuro a disculparme al tiempo que retrocedo para salir del pequeño lugar
 
—. Ya me voy.
 
—No, tranquila. Éste es tu escondite, ¿recuerdas?
 
Me sonríe débilmente, e incluso la más pequeña de sus sonrisas me resulta más auténtica que las innumerables sonrisas falsas que he recibido hoy.
 
—Cierto, pero tengo que entrar de todos modos.
 
Agarro la manija de la puerta de tela metálica, pero ella me acerca la mano para evitar que la abra. Me aparto en el instante en que sus dedos me rozan el brazo, y Brittany se traga un áspero suspiro ante mi rechazo. Pronto se recupera y alarga el brazo para coger la manija y asegurarse de que no puedo marcharme.
 
—Dime por qué has venido aquí —me ordena con suavidad.
 
—Es que... —No encuentro las palabras.
 
Tras mi conversación con Dani, he perdido las ganas de hablar de mis horribles pensamientos sobre la muerte de mi padre.
 
—No es nada —le aseguro.
 
—Santana, cuéntamelo. —Me conoce lo bastante bien como para saber que estoy mintiendo, y yo la conozco lo bastante bien como para saber que no dejará que me marche de este invernadero hasta que le diga la verdad.
 
«Pero ¿puedo confiar en ella?»
La observo y no puedo evitar fijarme en que lleva puesta una camisa nueva. Debe de haberla comprado para el funeral, porque conozco todas las camisas que tiene, y es imposible que le quepa la ropa de Sam. Además, nunca habría accedido a ponérsela... La manga negra de la camisa nueva está rota a la altura del puño para que quepa la escayola.
 
—Santana —insiste, y me saca de mi ensimismamiento.
 
Lleva el botón superior desabrochado y el cuello está torcido.
Me alejo un paso de ella.
 
—No creo que debamos hacer esto.
 
—¿El qué? ¿Hablar? Sólo quiero saber de qué te estás escondiendo.
 
Qué pregunta tan simple y a la vez tan complicada. Me escondo de todo. Me escondo de demasiadas cosas como para enumerarlas, y ella es la más importante de todas ellas. Quiero desahogar mis sentimientos con Brittany, pero es demasiado fácil volver a nuestro patrón, y no estoy dispuesta a seguir jugando a estos juegos. No puedo más. Ha ganado, y yo estoy aprendiendo a asumirlo.
 
—Las dos sabemos que no vas a salir de aquí hasta que lo escupas, así que ahórranos tiempo y energía y cuéntamelo.
 
Enfoca esa frase como una broma, pero detecto la desesperación que se
esconde tras sus ojos.
 
—Estoy cabreada —admito por fin.
 
Asiente inmediatamente.
 
—Por supuesto que lo estás.
 
—Quiero decir, muy cabreada. Estoy furiosa.
 
—Es normal.
 
La miro.
 
—¿Normal?
 
—Joder, claro que es normal. Yo también estaría furiosa.
 
«Creo que no entiende lo que intento decir.»
 
—Estoy furiosa con mi padre, Brittany. Estoy muy cabreada con él —aclaro, y espero a que su respuesta cambie.
 
—Yo también.
 
—¿Ah, sí?
 
—Joder, sí, lo estoy. Y es normal que tú también lo estés. Tienes todo el derecho del mundo a estar cabreada con ese cabrón, esté muerto o no.
 
No puedo evitar la risa que escapa de mis labios al ver a Brittany tan seria mientras pronuncia esas palabras tan absurdas.
 
—¿No crees que está mal que ni siquiera pueda estar triste de lo cabreadísima que estoy con él por haberse quitado la vida?
 
Me muerdo el labio inferior y hago una pausa antes de continuar
 
—Eso es lo que ha hecho. Se ha quitado la vida. Y ni siquiera se paró a pensar en cómo nos afectaría a los demás. Sé que es egoísta por mi parte decir esto, pero es lo que siento.
 
Desvío la mirada al suelo sucio. Me avergüenzo de decir estas cosas, me avergüenzo de sentirlas, pero me encuentro mucho mejor ahora que las he exteriorizado. Espero que las palabras se queden aquí, en este invernadero, y espero que, si mi padre está ahí arriba en alguna parte, no pueda
oírme. Brittany coloca un dedo debajo de mi barbilla y me levanta la cara.
 
—Oye —dice, y yo no me encojo al notar su tacto, pero me alivia ver que aparta la mano—. No te avergüences por sentirte así. Se quitó la vida, y nadie tiene la culpa excepto él. Joder, vi lo emocionada que estabas por haber vuelto a encontrarlo, y es un puto idiota por cargarse todo eso sólo por un colocón.
 
Las palabras de Brittany son duras, pero es justo lo que necesito oír en este
momento. Se ríe suavemente.
 
—Mira quién fue a hablar, ¿verdad? —Cierra los ojos y sacude la cabeza con lentitud.
 
Desvío rápidamente la conversación de nuestra relación.
 
—No me gusta nada sentir lo que siento. No quiero faltarle al respeto.
 
—Joder, pasa de todo. —Brittany agita la mano cubierta por la escayola en el aire entre ambas
 
—.Puedes sentir lo que te salga del coño, y nadie tiene derecho a opinar una mierda al respecto.
 
—Ojalá todos pensaran así —suspiro.
 
Sé que confiar en Brittany no es sano, que tengo que ir con pies de plomo, pero sé que es la única que me entiende de verdad.
 
—Lo digo en serio, Santana. No dejes que ninguno de esos putos esnobs hagan que estés mal por sentir lo que sientes.
 
Ojalá fuera tan sencillo. Ojalá me pareciera más a Brittany y no me importara lo que los demás piensen de mí, pero no es así. No estoy hecha de esa pasta. Me importan los demás, incluso cuando no deberían importarme, y me gustaría pensar que algún día ese rasgo de mi personalidad dejará de ser mi perdición. Preocuparse por los demás es algo positivo, pero acaba haciéndome daño con
demasiada frecuencia. En los escasos minutos que llevo en el invernadero con Brittany, casi toda mi ira ha desaparecido. No estoy segura de qué la ha sustituido, pero ya no siento el ardor de la furia, sólo la abrasión constante del dolor que sé que me acompañará durante mucho tiempo.
 
—¡Santana! —grita entonces mi madre desde el jardín, y tanto Brittany como yo nos encogemos ante la interrupción.
 
—No tengo ningún problema en decirles a todos ellos, ella incluida, que se vayan a la mierda. Lo sabes, ¿verdad?
 
Sus ojos buscan los míos, y yo asiento. Sé que no lo tiene, y una parte de mí quiere soltárselo a esa panda de chismosas que no pintan nada aquí.
 
—Lo sé. —Asiento de nuevo—. Siento haberme desahogado así. Es que...
 
La puerta de tela metálica se abre y mi madre entra en el invernadero.
 
—Santana, entra, por favor —dice con tono autoritario.
 
Se esfuerza por ocultar su enfado hacia mí, pero su fachada se desmorona, y rápido. Brittany mira la cara furiosa de mi madre y después la mía antes de echar a andar.
 
—De todos modos, yo ya me iba.
 
El recuerdo de cuando mi madre nos pilló en mi habitación de la residencia hace meses me viene a la cabeza. Ella estaba muy cabreada, y Brittany parecía tan derrotada cuando me marché con ella y con Sam... Esos días se me antojan tan lejanos ahora, tan simples... No tenía ni idea de lo que estaba por venir, ninguna de las dos lo sabíamos.
 
—¿Qué hacías aquí fuera? —pregunta, y yo la sigo por el patio y por los escalones del porche.
 

No es asunto suyo lo que estuviera haciendo. Ella no entendería mis sentimientos egoístas, y yo jamás confiaría en ella lo suficiente como para revelárselos. No entendería por qué estaba hablando con Brittany después de haber estado evitándola durante tres días. No entendería nada de lo que pudiera decirle, porque básicamente no me entiende. De modo que, en lugar de responder a su pregunta, me quedo callada y lamento no haber tenido la oportunidad de preguntarle a Brittany de qué se estaba escondiendo ella en mi invernadero.
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Mensaje por 3:) el Lun Ago 29, 2016 5:10 pm

Aunque intenten estar lejos es imposible.... San no encuentra a nadies que le pueda decir lo que necesita escuchar como lo hace britt... La necesita aunque no lo quiera aceptar...
A ver como va a reaccionar san cuando se entere que britt pago el funeral de su padre....
Bueno por lo menos britt le esta dando el espacio que tanto necesita y que le pidió... A ver como siguen
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Mensaje por monica.santander el Mar Ago 30, 2016 12:01 am

Rema Brittany ahora!!
Saludos
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Mensaje por JVM el Mar Ago 30, 2016 12:31 am

Ahhh pues Britt llevo al limite a San, y le quitó todo lo que era, así que entiendo a San cuando dice que dio todo de ella en la relación para curar a Britt, para mantenerla a flote cuando se necesitaba, ha haciendo aun lado sus necesidades y sentimientos. Y ahora que Britt le dice todo lo que ella quería cuando estaban juntas, esas palabras suenan huecas porque la conoce y sabe lo que realmente piensa y siente., bueno y ahora le tocó a Britt estar del otro lado, sentir todo lo que paso San mientras estuvo con ella en los momentos difíciles.
Mientras con Dani, me parece bien que haya ido a apoyar a San en este momento no la siento con otro tipo de intención y espero que siga asi.
Y que San terminara hablando y abriéndose con Britt creo que es comprensible, las dos se complementan, se entienden, se conocen realmente, así que quien mejor para oírla y apoyarla, además de que Britt va por buen camino dándole su espacio aunque le duela, por ahora va haciendo las cosas por el camino correcto y espero que siga así para poder recuperar la confianza de San. Ahora le toca a ella sanarla y hacerla feliz!
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Mensaje por micky morales el Mar Ago 30, 2016 8:09 pm

Bueno, por lo menos no se estan insultando ni brittany esta partiendole el alma a nadie, a ver como siguen las cosas!!!!
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Mensaje por Caritovega el Mar Ago 30, 2016 9:31 pm

oye me podes hacer el favor de pasar el link de la 1 parte de NUNCA TAN LEJOS es que no lo encuentro :/
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Ago 31, 2016 1:27 am

Caritovega escribió:oye me podes hacer el favor de pasar el link de la 1 parte de NUNCA TAN LEJOS es que no lo encuentro :/


con mucho gusto.


La primera parte se llama  CAIDA DEMASIADO LEJOS Y EL LINK ES ESTE

http://gleelatino.forosactivos.net/t22690-brittany-caida-demasiado-lejos-gp-cap-26-y-27-bonus-1-2-y-3?highlight=nunca+tan+lejos
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Sep 02, 2016 9:50 am

CAPÍTULO 35
Brittany

 
—Brittany, por favor, tengo que arreglarme
 
Había protestado Santana contra mi pecho un día. Su cuerpo desnudo estaba encima de mí, captando la atención de todas las neuronas que me quedan.
 
—No cuela, nena. Si de verdad quisieras irte, ya estarías fuera de la cama.
 
Pegué los labios contra la parte trasera de su oreja y ella forcejeó conmigo.
 
—. Y desde luego no estarías restregándote contra mi coño ahora mismo.
 
Ella soltó unas risitas y se deslizó sobre mí para rozar deliberadamente mi coño excitado.
 
—Ya lo has conseguido —gruñí agarrándola de sus voluptuosas caderas—. Ahora sí que no vas a llegar nunca a clase.
 
Deslicé los dedos hasta su parte delantera y los hundí en ella mientras sofocaba un grito.
 
Joder, me encantaba sentir sus músculos y su calor alrededor de mis dedos, y mucho más alrededor de mi coño.
Sin mediar palabra, se puso de lado y me envolvió con la mano, sacudiéndola lentamente. Su pulgar se deslizó por la perla de humedad que ya estaba presente y que traicionaba la fría expresión de mi rostro mientras ella suplicaba más.
 
—¿Más qué? —la provocaba yo, esperando que mordiera el anzuelo.
 
Lo hiciera o no, sabía lo que vendría después, pero me encantaba oírselo decir.
Sus deseos se volvían más sustanciales, más tangibles, cuando los decía en voz alta. Su manera de gemir y sollozar por mí era más que una satisfacción o una súplica lujuriosa. Sus palabras significaban que confiaba en mí; los movimientos de su cuerpo sellaban su lealtad hacia mí, y la promesa de su amor por mí me llenaba el cuerpo y la mente.
 
Estaba totalmente poseída por ella, incluso cuando me comportaba de manera deshonesta. Y esa vez no era una excepción. La había forzado a pronunciar las palabras que yo quería. Las palabras que necesitaba.
 
—Dímelo, Santana.
 
—Más de todo. Quiero... quiero todo tu ser —gemía deslizando los labios por mis pechos mientras yo le levantaba uno de sus muslos para envolver el mío con él.
En esa postura era más difícil, pero mucho más profundo, y podía verla mejor. Podía ver lo que sólo yo podía hacerle, y me deleitaba en el modo en que su boca se abría cuando se corría y gritaba sólo mi nombre.
«Ya tienes todo mi ser», debería haberle contestado. Pero en lugar de hacerlo, alargué el brazo y me hundí entre sus piernas. Su gemido de satisfacción estuvo a punto de hacerme estallar en ese mismo instante, pero conseguí contenerme el
tiempo suficiente como para llevarla al límite conmigo. Me susurró lo mucho que me quería y lo bien que la hacía sentir, y yo debería haberle dicho que yo sentía lo mismo, que sentía por ella más de lo que jamás podría llegar a imaginar, pero, en lugar de hacerlo, me limité a pronunciar su nombre mientras me venia.
 
Hay tantas cosas que debería haberle dicho, que podría haberle dicho y que sin duda le habría dicho de haber sabido que mis días en el paraíso estaban contados... De haber sabido que me vería desterrada tan pronto, la habría adorado como se merece.
 
—¿Estás segura de que no quieres quedarte aquí otra noche? He oído que Santana le decía a Maria que iba a quedarse una noche más
 
Dice Sam, sacándome de mi ensimismamiento y devolviéndome a la realidad de esa manera tan insufrible que tiene de hacerlo.
Al cabo de un minuto me mira como un pasmarote y entonces me pregunta:
 
—¿Estás bien?
 
—Sí.
 
Debería contarle lo que en este momento tengo en la cabeza, el agridulce recuerdo de Santana aferrada a mí, arañándome la espalda y corriéndose. Pero, por otro lado, no quiero que tenga esa imagen en la cabeza.
Enarca una ceja.
 
—¿Y bien?
 
—Me marcho —digo finalmente—. Necesito darle un poco de espacio.
 
Me pregunto por qué cojones he acabado en esta situación. Porque soy una puto imbécil, por eso. Mi estupidez es incomparable. Excepto con la de mis padres y la de mi madre, supongo. Debo de haberla heredado de ellos. Ellos tres debieron de ser quienes me transmitieron la necesidad de sabotearme a mí misma, de destruir lo único bueno que hay en mi vida. Podría culparlos.
 
Podría, pero culpar a todo el mundo hasta ahora no me ha llevado a ninguna parte. Tal vez haya llegado la hora de hacer algo diferente.
 
—¿Espacio? No sabía que conocieras esa palabra
 
Dice Sam intentando bromear. Debe de advertir mi mirada asesina, porque se apresura a añadir
 
—: Si necesitas algo, no sé el qué, pero lo que sea, llámame.
 
Luego mira con aire incómodo hacia el inmenso salón de su casa familiar, y yo me quedo contemplando la pared que tiene detrás para evitar mirarlo a él.
Tras una penosa interacción con Sam y varias miradas nerviosas por parte de la señora Evans, cojo mi pequeña bolsa y salgo de la casa. No llevo casi nada conmigo, sólo esta pequeña bolsa con unas cuantas prendas sucias y el cargador del móvil. Pero lo peor de todo, para mi fastidio, es que acabo de recordar, ahora que estoy fuera bajo la llovizna, dónde está mi coche. «Mierda.»
 
Podría caminar hasta la casa de la madre de Santana y volver con Ken si es que sigue allí, pero no creo que sea buena idea. Si me acerco a ella, si llego a respirar el mismo aire que mi chica, nadie podrá apartarme de ella jamás. Dejé que Maria me echara sin problemas del invernadero, pero eso no volverá a suceder. Estuve a punto de llegar hasta Santana. Lo sentí, y sé que ella también. Vi su sonrisa. Vi a esa chica triste y vacía sonreír por la  pobre chica que la quiere con toda su alma rota.
 
Todavía conserva el suficiente amor por mí como para malgastar otra de sus sonrisas conmigo, y eso para mí significa un mundo. Ella es mi puto mundo. Tal vez, sólo tal vez, si le concedo el espacio que necesita de momento, continuará regalándome algunas sobras. Y yo las aceptaré encantada. Una pequeña sonrisa, un monosílabo en respuesta a un mensaje de texto... Joder, si no pide una orden de alejamiento contra mí, me acomodaré gustosamente a lo que desee darme hasta que pueda recordarle lo que tenemos.
 
«¿Recordárselo?» Bueno, supongo que no es un recordatorio propiamente dicho, ya que nunca se lo he demostrado realmente como debería haberlo hecho. Sólo he sido egoísta y me he dejado llevar por el miedo y el odio por mí misma. Siempre he alejado mi atención de ella. Sólo podía centrarme en mí misma y en mi desagradable costumbre de coger cada gramo de su amor y su confianza y
lanzárselo a la cara.
 
La lluvia está arreciando, y la verdad es que no me importa. La lluvia suele hacer que me recree en el odio hacia mí misma, pero hoy no es así; hoy la lluvia no está tan mal. Es casi purificadora.

Bueno, lo sería si no odiase las putas metáforas.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Sep 02, 2016 9:51 am

CAPÍTULO 36
Santana

 
La lluvia ha regresado y cae como una pesada cortina sobre el césped. Estoy apoyada contra la ventana, mirando hacia afuera como si estuviera hipnotizada por ella. Antes me gustaba la lluvia; de niña me reconfortaba, y esa sensación se extendió a mi adolescencia y ahora a mi edad adulta, pero hoy sólo refleja la soledad que siento en mi interior.
 
La gente ya se ha marchado. Incluso Ryder y su familia han regresado a casa. No estoy segura de si me alegro de que se hayan ido o si me entristece haberme quedado sola.
 
—Hola
 
Dice una voz al tiempo que se oyen unos suaves golpecitos en la puerta del dormitorio, lo que me recuerda que no estoy sola después de todo.
Dani se ofreció a quedarse a pasar la noche en casa de mi madre, y no pude negarme. Me siento cerca de la cabecera de la cama y espero a que abra la puerta. Cuando pasan unos segundos y todavía no ha entrado, grito:
 
—¡Pasa!
 
Supongo que me he acostumbrado a que Brittany irrumpa en las habitaciones sin llamar. Aunque la verdad es que nunca me importó que lo hiciera...
Dani entra en el pequeño dormitorio vestida con la misma ropa que llevaba en el funeral, aunque ahora algunos de los botones de su camisa de vestir están desabrochados, y su pelo engominado está menos tieso, lo cual le da un aspecto más suave y cómodo. Se sienta en el borde de la cama y se vuelve hacia mí.
 
—¿Cómo estás?
 
—Bien. Estoy bien. No sé cómo se supone que tengo que estar —respondo con sinceridad.
 
No puedo decirle que lamento la pérdida de dos personas, no sólo de una.
 
—¿Quieres ir a alguna parte o ver una peli o algo para distraerte un poco?
 
Me tomo un momento para meditar sobre su pregunta. No quiero ir a ningún lado ni hacer nada, aunque sé que debería. Estaba bien mirando por la ventana y obsesionándome con la desoladora lluvia.
 
—O podemos hablar si quieres. Nunca te había visto así, no eres tú.
 
Dani apoya la mano en mi hombro y no puedo evitar inclinarme hacia ella.
Antes he sido muy injusta con ella. La chica estaba intentando consolarme; es sólo que ha dicho lo contrario de lo que esperaba oír. No es culpa de Dani que haya decidido vivir en Piradalandia, es mía, sólo mía. Población: dos habitantes. Sólo mi vacío y yo. Cuenta como persona, ya que es lo único que queda en pie conmigo tras la batalla.
 
—¿Santana? —Dani me acaricia la mejilla para captar mi atención.
Avergonzada, sacudo la cabeza.
 
—Perdona, ya te he dicho que no me siento muy cuerda.
 
Intento sonreír, y ella hace lo propio. Está preocupada por mí; lo veo en sus ojos de color caramelo. Lo veo en la débil sonrisa que se dibuja en sus labios carnosos.
 
—No te preocupes. Estás pasando por un momento muy duro. Ven aquí.
 
Da unas palmaditas en el espacio vacío que tiene al lado y yo me acerco.
 
—. Quería hacerte una pregunta.
 
Sus mejillas bronceadas se sonrojan claramente.
Asiento para incitarla a continuar. No imagino qué puede querer preguntarme, pero me ha demostrado que es una gran amigo al molestarse en venir hasta aquí para darme consuelo.
 
—Bueno, verás... —Hace una pausa y exhala profundamente—. Me preguntaba qué había pasado entre Brittany y tú.
 
Se muerde el labio inferior.
Aparto la mirada rápidamente.
 
—No sé si deberíamos hablar sobre Brittany, y no...
 
—No necesito que entres en detalles. Sólo quiero saber si realmente se ha terminado esta vez.
 
Trago saliva.
Me duele decirlo, pero respondo:
 
—Sí.
 
—¿Estás segura?
 
«¿Qué?» Vuelvo a mirarla.
 
—Sí, pero no veo qué...
 
De repente, Dani presiona los labios contra los míos, interrumpiéndome. Sus manos ascienden hasta mi pelo y su lengua se abre paso a través de mi boca cerrada.
 
Sofoco un grito de sorpresa y ella se lo toma como una invitación para continuar y aprieta el cuerpo contra el mío, obligándome a tumbarme sobre el colchón.
 
Confundido y pillado con la guardia baja, mi cuerpo reacciona rápidamente y mis manos empujan su pecho. Ella vacila durante un instante, mientras todavía intenta fundir su boca con la mía.
 
—¿Qué haces? —exclamo en el momento en que por fin se aparta.
 
—¿Qué pasa? —Tiene los ojos abiertos como platos, y sus labios están hinchados tras la presión contra los míos.
 
—¿Por qué has hecho eso?
 
Me pongo de pie, completamente sorprendida ante sus muestras de afecto, y trato con todas mis fuerzas de no sacar las cosas de quicio.
 
—¿El qué? ¿Besarte?
 
—¡Sí! —le grito, y me cubro la boca rápidamente.
L
o último que necesito es que ahora entre mi madre.
 
—¡Has dicho que Brittany y tú habéis terminado! ¡Lo acabas de decir!
 
Exclama ella gritando más que yo, pero no hace ningún gesto para bajar la voz como he hecho yo.
 
«¿Por qué habrá pensado que no pasaba nada? ¿Por qué me ha besado?»
 
De un modo reflejo, cruzo los brazos sobre el pecho y me doy cuenta de que estoy intentando cubrirme.
 
—¡No te estaba dando pie a que hicieras nada! Creía que habías venido a consolarme como amiga.
 
Resopla.
 
—¿Amiga? ¡Sabes perfectamente lo que siento por ti! ¡Lo has sabido desde el principio!
 
La dureza de su tono me deja totalmente estupefacta. Siempre se ha mostrado muy comprensiva.
¿Qué ha cambiado?
 
—Dani, dijiste que podíamos ser amigas. Ya sabes lo que siento por ella.
 
Mantengo la voz lo más calmada y neutra que puedo, a pesar del pánico que invade mi pecho. No quiero herir sus sentimientos, pero se ha pasado de la raya.
Pone los ojos en blanco.
 
—No, no sé lo que sientes por ella, porque no paráis de dejarla y de volver, una y otra vez. Cambias de idea cada semana, y yo siempre estoy esperando, y esperando, y esperando.
 
Me encojo y retrocedo. No reconozco a esta Dani. Quiero que vuelva la de antes. La  Dani en la que confiaba y que me importaba no está aquí.
 
—Lo sé. Sé que eso es lo que hacemos siempre, pero creo que te dejé bastante claro lo que...
 
—Darme falsas esperanzas no me transmite ese mensaje precisamente
 
Dice con una frialdad pasmosa, y un escalofrío recorre mi espalda al ver el cambio que ha dado en los últimos dos minutos. Su acusación me ofende y me confunde.
 
—No te estaba dando falsas esperanzas. —«¿Cómo puede pensar eso?»—. Dejé que me consolaras poniéndome el brazo alrededor de los hombros en el funeral de mi padre porque pensaba que era un gesto amable; no pretendía que lo interpretaras de ninguna otra manera. De verdad. Brittany estaba allí y sabes que jamás se me habría ocurrido mostrarme cariñosa contigo delante de ella.
 
El eco de un armario que se cierra de golpe resuena en toda la casa, y siento un alivio tremendo cuando Dani hace un esfuerzo por bajar la voz.
 
—¿Por qué no? Ya me has usado para darle celos antes —susurra ásperamente.
 
Quiero defenderme, pero sé que tiene razón. No con respecto a todo, pero con respecto a eso sí.
 
—Sé que lo he hecho, y lo siento. De verdad que lo siento. Ya te dije en su momento lo mucho que lo sentía, y te lo vuelvo a repetir. Siempre has estado ahí para mí, y te aprecio muchísimo, pero esto ya lo hemos hablado. Creía que entendías que entre tú y yo sólo puede haber amistad.
 
Agita las manos en el aire.
 
—Estás tan cegada con ella que ni siquiera ves lo bajo que has caído.
 
El cálido brillo de sus ojos ha bajado de temperatura y se ha transformado en un ámbar gélido.
 
—Dani —suspiro derrotada.
 
No quería discutir con ella, no después de la semanita que he tenido.
 
—Lo siento, ¿vale? De verdad, pero tu comportamiento está completamente fuera de lugar en estos momentos. Creía que éramos amigas.
 
—Pues no lo somos —me espeta—. Yo pensaba que sólo necesitabas más tiempo, creía que ésta era mi oportunidad de tenerte por fin, y me has rechazado. Otra vez.
 
—No puedo darte lo que quieres. Sabes que no puedo. Me es imposible. Para bien o para mal, Brittany ha dejado su huella en mí, y no sería capaz de entregarme a ti, ni a nadie, me temo.
 
En cuanto las palabras salen de mi boca, lamento haberlas dicho.
La expresión en los ojos de Dani cuando termino de pronunciar mi patético discurso hace que retroceda boquiabierta y que intente aferrarme a cualquier rastro de la inofensiva pero esperanzada señorita Dani  a la que creía conocer. Sin embargo, a la que tengo delante es a la falsa y prepotente que fingía ser encantadora y leal para ganarse afectos, tras haber sido herida en el pasado, cuando en realidad es una mentirosa.
Me dirijo hacia la puerta. ¿Cómo puedo haber estado tan ciega? Elizabeth me agarraría de los hombros y me sacudiría para hacerme entrar en razón. Me pasé mucho tiempo defendiendo a Dani ante Brittany, tildando sus preocupaciones sobre ella de dramáticas y de ser producto de los celos, cuando en realidad tenía razón todo este tiempo.
 
—¡Santana, espera! ¡Lo siento!
 
Grita detrás de mí, pero yo ya he abierto la puerta delantera y me encuentro bajo la lluvia para cuando su voz desciende por el pasillo y capta la atención de mi madre.

Sin embargo, yo ya me he marchado, ya he desaparecido en la noche.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Sep 02, 2016 9:54 am

CAPÍTULO 37
Santana
 
Mis pies descalzos chapotean sobre el hormigón, y mi ropa está empapada para cuando llego a casa de los Evans. No tengo ni la menor idea de qué hora es, pero me alegro al ver que las luces del vestíbulo están encendidas. Un inmenso alivio me invade en cuanto la madre de Sam abre la puerta.
 
—¿Santana? ¡Querida, ¿estás bien?! —me apremia para que entre y yo me encojo al oír sobre el suelo de madera maciza el agua que desprendo.
 
—Lo siento, es que...
 
En cuanto echo un vistazo al salón, inmenso e impoluto, me arrepiento al instante de haber venido.
Brittany no querrá verme de todos modos, ¿en qué estaba pensando? Ya no tengo ningún derecho a correr en su busca, no es la mujer  que creía que era.
Mi Brittany desapareció en Inglaterra, el lugar de todos mis cuentos de hadas, y una extraña ocupó su lugar y acabó con nosotras. Mi Brittany jamás se habría colocado ni habría tocado a otra chica, y desde luego jamás habría permitido que otra llevara su ropa. Mi Brittany no se habría burlado de mí delante de sus amigos y me habría mandado de vuelta a Estados Unidos, alejándome de ella como si no
fuese nadie. No soy nadie. Al menos, para ella. Cuantas más ofensas enumero, más estúpida me siento.
 
La verdad de todo este asunto es que la única Brittany a la que conocí ha hecho todas esas cosas una y otra vez, e incluso ahora que me encuentro conversando sólo conmigo misma, sigo defendiéndola.
Qué patética soy.
 
—Lo siento mucho, señora Evans. No debería haber venido aquí. Lo siento.
 
Me disculpo sin parar
 
—. Por favor, no le cuente a nadie que he venido.
 
Y como la inestable persona en la que me he convertido, salgo corriendo hacia la lluvia antes de que pueda detenerme.
Para cuando dejo de correr, casi he llegado a la oficina de correos. De pequeña odiaba este lugar. El pequeño edificio de ladrillo se encuentra aislado a las afueras del pueblo. No hay ninguna casa ni ningún negocio cerca y, en ocasiones como ésta, en que llueve y está oscuro, mis ojos me juegan malas pasadas, y el pequeño edificio se funde con los árboles. Siempre pasaba de largo
cuando era niña.
 
Mi adrenalina ya se ha agotado, y me duelen los pies de impactar constantemente contra el hormigón. No sé en qué estaba pensando para llegar a este punto tan remoto. Supongo que directamente no estaba pensando.
Mi cuestionable cordura actúa de nuevo en cuanto veo que una sombra aparece por debajo del toldo de la oficina de correos. Empiezo a retroceder, lentamente, por si no son imaginaciones mías.
 
—¿Santana? ¿Qué coño estás haciendo?
 
Dice la sombra con la voz de Brittany.
Doy media vuelta para correr, pero ella es más rápida que yo. Sus brazos rodean mi cintura y me estrecha contra su pecho antes de que pueda llegar a dar un solo paso. Una mano  me obliga a mirarla, e intento mantener los ojos abiertos y centrados, a pesar de que las gruesas gotas de lluvia nublan mi visión.
 
—¿Qué cojones estás haciendo sola bajo la lluvia?
 
Me regaña Brittany a través del sonido de la tormenta.
No sé cómo sentirme. Quiero seguir su consejo y sentir lo que quiera sentir, pero no es tan fácil. No puedo traicionar las pocas fuerzas que me quedan. Si me permito sentir el tremendo alivio que me infunde el tacto de su mano contra mi mejilla, me estaré traicionando a mí misma.
 
—Respóndeme. ¿Ha pasado algo?
 
—No —miento, y sacudo la cabeza.
Me aparto de él e intento recobrar la respiración.
 
—¿Qué haces aquí tan tarde, en medio de la nada? Creía que estabas en casa de los Evans.
 
Por un momento, temo que la señora Evans le haya contado mi vergonzoso y desesperado lapsus mental.
 
—No, me he marchado de allí hace una hora o así. Estoy esperando un taxi. El muy idiota tendría que haber llegado hace veinte minutos.
 
Tiene la ropa y el pelo empapados, y su mano tiembla contra mi piel.
 
—. Dime qué haces tú aquí, casi sin ropa y descalza.
 
Salta a la vista que está haciendo un esfuerzo consciente por mantener la calma, pero esa máscara no es tan firme como ella cree. Veo claramente el pánico que se oculta tras sus ojos azules. Incluso en la oscuridad, veo la tormenta detrás de ellos. Ella lo sabe; siempre parece saberlo todo.
 
—No es nada. Nada importante.
 
Me aparto un paso de ella, pero no cuela. Avanza hacia mí, colocándose aún más cerca que antes. Si algo ha sido siempre Brittany es exigente. Unos faros atraviesan el velo de la lluvia y mi corazón empieza a latir con fuerza en mi pecho cuando aparece la figura de una camioneta. Mi cerebro conecta con mi corazón y me doy cuenta de que reconozco ese vehículo. Cuando se detiene, Dani se baja y viene corriendo hacia mí, dejando la camioneta en marcha. Brittany se interpone entre nosotras y le advierte en silencio que no se acerque más. Otra escena a la que me he acostumbrado demasiado y que preferiría no tener que volver a presenciar. Todos los aspectos de mi vida parecen ser un círculo, un círculo vicioso, uno que se lleva una parte de mí cada vez que la historia se repite.
 
—¿Qué le has hecho? —pregunta Brittany en voz alta y clara, incluso a través de la lluvia.
 
—¿Qué te ha contado? —responde Dani.
 
Brittany se aproxima a ella.
 
—Todo —miente.
 
Me cuesta interpretar la expresión de Dani. No logro verla claramente, ni siquiera con la ayuda de los faros que nos iluminan.
 
—Entonces ¿te ha contado que me ha besado? —se mofa Dani, y su voz es una espantosa mezcla de malicia y satisfacción.
 
Antes de que pueda defenderme contra sus mentiras, otro par de haces de luz atraviesan la noche y se unen al caos.
 
—¡¿Que qué?! —grita Brittany.
 
Su cuerpo sigue de cara a Dani, y los faros del taxi alumbran el espacio, permitiéndome captar una sonrisa de superioridad en su rostro. ¿Cómo puede mentirle así sobre mí a Brittany? ¿Lo creerá ella? Y, lo que es más importante, ¿importa si lo hace o no?
«¿Importa realmente nada de esto?»
 
—Esto es por lo de Sam, ¿verdad? —pregunta Brittany antes de que Dani pueda responder.
 
—¡No, no lo es! —Dani se pasa la mano por la cara para secarse el agua.
Brittany la señala con un dedo acusador.
—¡Sí, sí que lo es! ¡Lo sabía! ¡Sabía que ibas detrás de Santana por lo de esa puta!
—¡No era ninguna puta! Y esto no es sólo por ella. ¡Santana me importa! Igual que me importaba Samantha, ¡y tú tuviste que joderlo! ¡Siempre apareces y lo jodes todo! —grita Dani.
Brittany se aproxima a ella, pero me dice:
 
—Sube al taxi, Santana.
 
Me quedo en el sitio, como si no la hubiese oído. «¿Quién es Samantha?» El nombre me resulta ligeramente familiar, pero no caigo.
 
—Santana, sube al taxi y espérame allí. Por favor —dice Brittany con los dientes apretados.
 
Se le está agotando la paciencia, y por la expresión de Dani, la suya ya se ha evaporado.
 
—Por favor, no te pelees con ella, Brittany. Otra vez no —le ruego.
 
Estoy harta de peleas. No creo que pueda soportar otra escena violenta después de haber encontrado el cuerpo frío y sin vida de mi padre.
 
—Santana... —empieza, pero la interrumpo.
 
La última chispa de cordura que me quedaba desaparece oficialmente cuando le ruego a Brittany que me acompañe:
 

—Por favor. Esta semana ha sido horrible, y no puedo ver esto. Por favor, Brittany, sube al taxi conmigo. Llévame lejos de aquí, por favor.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Sep 02, 2016 9:56 am

CAPÍTULO 38
Brittany
 
Santana no ha dicho ni una palabra desde que he entrado en el taxi, y estoy demasiado ocupada intentando controlar mi temperamento como para comentar nada. Verla allí fuera, en la oscuridad, huyendo de algo, de Dani, concretamente, me está volviendo loca de rabia, y sería demasiado fácil ceder ante ella. Liberarla.
Pero no puedo hacerlo. Esta vez no. Esta vez le demostraré que puedo controlar mi boca y mis puños. Me he metido en este taxi con ella en lugar de aplastarle a Dani la cabeza contra el suelo como se merecía. Espero que lo tenga en cuenta. Espero que esto ayude a mi causa, aunque sea sólo un poco.
 
Santana todavía no ha intentado escapar, y no ha replicado cuando le he dicho al taxista que nos llevase a casa de su madre para recoger sus cosas. Eso es buena señal. Tiene que serlo. Su ropa, empapada, se ciñe a cada milímetro de su cuerpo, y tiene el pelo pegado a la frente. Se lo aparta con la mano y suspira cuando unos mechones rebeldes insisten en caer. Me cuesta un mundo no alargar la mano y colocárselos detrás de las orejas.
 
—Espere aquí mientras vamos adentro —le digo al taxista—. Saldremos antes de cinco minutos, así que no se le ocurra marcharse.
 
Me ha recogido tarde de todos modos, así que no debería importarle esperar. Aunque no me quejo: si hubiera llegado a tiempo, no me habría encontrado con Santana, sola bajo la lluvia. Ella abre la puerta y cruza el jardín. No se inmuta cuando la lluvia cae sobre ella y envuelve su cuerpo, casi arrebatándomela. Tras recordarle al taxista que no se mueva por segunda vez, corro tras ella antes de que la lluvia nos separe más todavía.
 
Contengo el aliento y me obligo a pasar por alto la camioneta roja aparcada delante de la casa. De alguna manera, Dani ha llegado aquí antes que nosotras, como si supiera adónde iba a llevarla. Pero no puedo perder los estribos. Tengo que demostrarle a Santana que soy capaz de contenerme y de anteponer sus sentimientos a los míos. Entra en la casa y yo la sigo unos segundos después. Pero Maria ya está encima de ella cuando lo hago.
 
—Theresa, ¿cuántas veces vas a hacer esto? ¡Te estás arrastrando de nuevo a una situación que sabes que no va a funcionar!
 
Dani está de pie en medio del salón, formando un charco de agua en el suelo. Santana se pinza el puente de la nariz con los dedos, un signo de puro agobio, y una vez más tengo que esforzarme por mantener mi puta boca cerrada.
Una palabra en falso por mi parte hará que se quede aquí, a horas de distancia de mí.
 
Santana levanta una mano, un gesto a caballo entre una orden y una súplica.
 
—Madre, ¿quieres dejarlo ya? No voy a hacer nada. Sólo quiero irme de esta casa. Estar aquí no me está ayudando, y tengo un trabajo y unas clases a las que asistir en Seattle.
«¿Seattle?»
 
—¿Vas a volver a Seattle esta noche? —exclama Maria.
 
—Esta noche, no; mañana. Te quiero, madre, y sé por qué haces lo que haces, pero, de verdad, sólo necesito estar cerca de mi..., en fin —Santana me mira, y sus ojos reflejan una clara vacilación—... de Ryder. Quiero estar cerca de Ryder en estos momentos.
«Vaya...»
Dani abre entonces la puta boca:
—Yo te llevaré.
 
No puedo evitar intervenir ante su sugerencia.
—No, de eso nada.
 
Estoy intentando ser paciente y tal, pero esto es demasiado. Debería haber irrumpido en la casa, haber cogido la bolsa de Santana y haberla llevado en brazos hasta el taxi antes de que a Dani le diera tiempo incluso de mirarla.
La sonrisa burlona que tiene en la cara, la misma que me ha dedicado hace tan sólo unos minutos, me está incitando. Está intentando provocarme, hacer que estalle delante de Santana y de su madre. Quiere jugar conmigo, como siempre.
Pero esta noche no va a pasar. No le daré esa satisfacción.
 
—Santana, coge tu bolsa
 
Digo, pero el ceño fruncido en el rostro de ambas mujeres hace que
reconsidere mi elección de palabras.
 
—. Por favor. Coge tu bolsa, por favor.
 
La severa expresión de Santana se suaviza. Desaparece por el pasillo y entra en su antiguo dormitorio. La mirada de Maria oscila entre Dani y yo antes de decir:
 
—¿Qué ha pasado para que saliera corriendo bajo la lluvia? ¿Cuál de las dos ha provocado eso?
 
—Su mirada asesina resulta casi cómica, la verdad.
—Ella —contestamos las dos al unísono señalándonos mutuamente, como si fuésemos niñas.
 
Maria pone los ojos en blanco, da media vuelta y sigue a su hija por el estrecho pasillo.
Miro a Dani.
 
—Ya puedes largarte.
 
Sé que Maria me está oyendo pero, sinceramente, ahora mismo me importa una mierda.
 
—Santana no quería que me fuera; sólo estaba confundida. Vino a mí y me suplicó que me quedara aquí con ella —me suelta.
 
Sacudo la cabeza, pero continúa:
 
—Ya no quiere estar contigo. Has gastado tu último cartucho por lo que a ella respecta, y lo sabes. ¿No ves cómo me mira? ¿Cómo me desea?
 
Cierro los puños y respiro hondo para calmarme. Como Santana no se dé prisa en salir con la bolsa, el salón acabará teñido de rojo para cuando regrese. Maldita sea esta cabróna y su puta sonrisita.
«Ella no la besaría jamás. No lo haría.»
 
Las imágenes de mis pesadillas se reproducen tras mis párpados y me acercan un paso más a mi límite. Veo las manos de Dani sobre su barriga preñada, las uñas de ella arañando su espalda. El modo en que siempre se ha relacionado con las chicas de otros...
 
«Ella jamás haría eso. Jamás la besaría.»
 
—Esto no va a funcionar —me obligo a decir—. No vas a conseguir que te ataque delante de ella. Eso se acabó.
 
Joder, quiero partirle la puta cabeza y ver cómo se le desparraman los sesos. Lo necesito.
Dani se sienta en el brazo del sofá y sonríe.
 
—Me lo has puesto muy fácil. Me ha dicho lo mucho que me desea. Me lo ha dicho hace menos de media hora.
 
Se mira la muñeca vacía como si estuviera mirando la hora en un reloj. Siempre ha sido una payasa dramático.
 
—¡Santana!
Grito para calcular cuántos segundos más tengo que tolerar la presencia de esta
imbécil.
 
El silencio inunda la casa, seguido del murmullo de las voces de Santana y de su madre. Cierro los ojos un momento y rezo para que la madre de Maria no haya convencido a Santana de que se quede en este pueblo de mala muerte una noche más.
 
—Te saca de quicio, ¿verdad? —se mofa Dani pinchándome de nuevo—. ¿Cómo crees que me sentí yo cuando te follaste a Sam? Fue mil veces peor que la mierda de celos que estás sintiendo tú ahora mismo.
 
Como si ella fuera capaz de imaginar siquiera lo que Santana significa para mí. La miro con hastío.
 
—Ya te he dicho que cierres la puta boca y te largues. A nadie le importa una mierda lo tuyo con Sam. Era una tía fácil, demasiado fácil para mi gusto, sinceramente, y ésa es la verdad. Dani avanza un paso hacia mí y yo enderezo la espalda para recordarle que mi altura es una de las muchas ventajas que tengo sobre ella. Ha llegado mi momento de joderla a ella.
 
—¿Qué pasa? ¿No te gusta que hable de tu querida Samantha?
 
La mirada de Dani se vuelve oscura y me advierte que no siga, pero me niego. ¿Cómo se atreve a besar a Santana y a intentar utilizar sus sentimientos como arma contra mí? Está claro que no sabe que yo guardo un arsenal completo en la manga.
 
—Cállate —dice bruscamente, sacándome aún más de quicio.
Puede que no use las manos esta vez, pero mis palabras le harán más daño.
 
—¿Por qué? —Echo un vistazo al pasillo para asegurarme de que Santana sigue ocupada con su madre mientras torturo a Dani verbalmente.
 
—. ¿No quieres que te cuente la noche que me la follé? La verdad es que casi ni me acuerdo, pero sé que para ella fue algo tan memorable que lo anotó todo en
ese diario que tenía. Supongo que no era gran cosa, pero al menos estaba entregada. Yo sabía lo mucho que a Dani le gustaba, y por aquel entonces di por hecho que, al tener una relación, ella supondría todo un reto. La sorpresa me la llevé yo cuando vi que la chica acabó siendo más un incordio que un juguete.
 
—Me la follé hasta hartarme, te lo aseguro. Por eso debió de fingir lo del embarazo después. Te acuerdas, ¿no?
 
Por un breve instante, me paro a considerar cómo debió de sentirse cuando se enteró. Intento recordar qué me pasó por la cabeza cuando decidí ir tras ella. Sabía que estaban saliendo. La había oído mencionar su nombre en la reprografía de Vance, y me sentí intrigada al instante. Sólo conocía a Dani desde hacía unas semanas, y pensé que sería divertido joderla un poco.
 
—Se suponía que eras mi amiga —dice patéticamente.
—¿Tu amiga? Ninguno de esos degenerados era amigo tuyo. Apenas te conocía; no era nada personal.
 
Miro hacia el pasillo para asegurarme de que Santana no anda cerca, y entonces me aproximo a Dani y la agarro del cuello de la camisa.
 
—. Como tampoco era nada personal que Stephanie te presentara a Rebecca, aunque ella sabía que estaba saliendo con Sam. Algo personal es lo que tú
estás intentando conseguir tirándote a Santana. Sabes que ella para mí significa mucho más de lo que cualquiera de esas putas de oficina significaron para ti.
Me coge desprevenida cuando me empuja y me estampa contra la pared. Los cuadros que hay colgados traquetean y caen al suelo. Al oír el estrépito, Santana y su madre salen corriendo al pasillo.
 
—¡Vete a la mierda! ¡Yo también podría haberme follado a Santana! ¡Se habría entregado alegremente a mí esta noche si no hubieras aparecido!
 
Su puño impacta contra mi mandíbula, y Santana chilla horrorizada.
El intenso sabor a cobre inunda mi boca, y me trago la sangre antes de limpiarme la de los labios y la barbilla con la manga.
 
—¡Dani!
 
La increpa Santana mientras corre a mi lado.
 
—. ¡Sal de aquí ahora mismo! —Golpea su pecho con sus pequeños puños y yo la agarro y pongo espacio entre ellas.
 
La pura sensación de oírla hablarle así me llena de satisfacción. Esto es lo que llevo advirtiéndole desde hace tanto tiempo: que nunca ha sido la chica dulce e inocente que le había hecho creer.
Sí, sé que es verdad que siente algo por ella, eso salta a la vista, pero sus intenciones nunca fueron buenas. Ella mismo acaba de demostrárselo, y yo no podría estar más feliz. Soy una cabrona egoísta, pero nunca he dicho que no lo fuera. Sin mediar palabra, Dani sale por la puerta, hacia la lluvia. La luz de los faros de su vehículo atraviesa las ventanas antes de desaparecer calle abajo.
 
—¿Brittany? —dice Santana con voz suave y exhausta.
 
Llevamos en el asiento trasero de este taxi casi una hora sin decir absolutamente nada.
 
—¿Qué? —digo con voz ronca, y me aclaro la garganta.
 
—¿Quién es Samantha?
 
Llevo esperando que me haga esa pregunta desde que hemos salido de casa de su madre. Podría mentirle; podría inventarme alguna historia que dejara a Dani como la imbécil  que es. O puedo ser sincera para variar.
 
—Era una chica que trabajaba en Vance con una beca. Me la tiré cuando salía con Dani.
 
Decido no mentirle, pero lamento haber empleado esas ásperas palabras al ver que Santana se encoge-
 
—. Lo siento, sólo quería ser sincera —añado en un intento de suavizarlas.
 
—¿Sabías que era su novia cuando te acostaste con ella? —pregunta mirando directamente a mi interior, como sólo ella puede hacerlo.
 
—Sí, lo sabía. Por eso lo hice. —Me encojo de hombros y paso por alto los remordimientos que amenazan con salir a la superficie.
 
—¿Por qué? —Sus ojos buscan una respuesta decente en los míos, pero no tengo ninguna.
 
Sólo tengo la verdad. La sucia y desagradable verdad.
 
—No puedo darte ninguna excusa. Para mí era sólo un juego. —Suspiro.
 
Ojalá no fuera una persona tan horrible. No por Dani, ni por Samantha, sino por esta chica dulce y preciosa que ni siquiera me juzga con la mirada mientras espera que siga explicándome.
 
—Olvidas que no era la misma persona antes de conocerte. No me parecía en nada a la mujer que tú conoces. Bueno, sé que ahora piensas que soy lo peor pero, créeme, me habrías odiado todavía más si me hubieras conocido entonces.
 
Aparto la mirada y me vuelvo hacia la ventanilla.
 
—. Sé que no lo parece, pero me has ayudado mucho. Me has dado un propósito, San.
 
Oigo una súbita exhalación y me encojo al pensar cómo deben de haber sonado mis palabras. Patéticas e hipócritas, seguro.
 
—Y ¿cuál es ese propósito? —pregunta tímidamente en la repentina calma de la noche.
—Aún estoy tratando de averiguarlo. Pero lo haré, así que, por favor, intenta seguir conmigo el tiempo suficiente como para que encuentre la respuesta.
Se queda mirándome pero no dice nada, cosa que agradezco. No creo que pudiera soportar su rechazo en este momento. Me vuelvo de nuevo hacia la ventanilla y observo la absoluta oscuridad del paisaje que nos rodea, y me alegro de que nada determinante y devastador haya salido de su boca.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Sep 02, 2016 9:59 am

CAPÍTULO 39
Santana

 
Me despierto al sentir que unos brazos rodean mi cintura y me sacan del coche. La luz blanca en la parte superior del taxi me recuerda la noche que he tenido. Asimilo el espacio que me rodea y me asusto un instante antes de darme cuenta de que estamos en el camino de entrada de la casa de Ken.
No, no.
 
—Jamás te llevaría de nuevo allí —me susurra Brittany al oído como si supiera exactamente lo que me preocupa antes de que el propio pensamiento se haya formado en mi mente. No protesto cuando me lleva en brazos hasta la casa. Karen está despierta, sentada en un sillón junto a la ventana y con un libro de recetas sobre el regazo. Brittany me deja en el suelo y siento que me flaquean un poco las piernas.
Karen se levanta y cruza la habitación para abrazarme.
—¿Qué te apetece, cariño? He hecho pastelitos de caramelo; sé que te encantan.
 
Sonríe, y su mano cálida envuelve la mía y me dirige hacia la cocina. Brittany no protesta.
 
—Voy a subir tu equipaje —la oigo decir.
 
—¿Ryder está durmiendo? —le pregunto a su madre.
 
—Creo que sí, pero seguro que no le importa que lo despiertes. Aún es pronto.
Karen sonríe y coloca un pequeño pastel cubierto de caramelo en un plato antes de que pueda detenerla.
 
—No, da igual —digo—. Ya lo veré mañana.
 
La madre de Ryder me mira con su suave y familiar ternura. Juguetea de manera nerviosa con el anillo de bodas que lleva en su fino dedo.
 
—Sé que éste no es precisamente el mejor momento, y lo siento, pero quería hablar contigo de algo.
 
Sus cálidos ojos marrones reflejan preocupación, y me hace un gesto para que dé un bocado al dulce mientras sirve dos vasos de leche. Asiento para animarla a continuar y me lleno la boca con el delicioso pastel. No he comido nada
hoy. Estaba muy abrumada, y el día ha sido demasiado largo. Cojo otro pastel.
—Sé que bastante mal lo estás pasando ya, así que, si quieres que te deje en paz, dímelo tranquilamente. Te prometo que lo entenderé, pero me gustaría saber tu opinión sobre algo.
 
Asiento de nuevo mientras disfruto del postre.
 
—Es sobre Brittany y Ken.
 
Abro los ojos como platos, me atraganto inmediatamente con el pastel y alargo la mano para coger la leche. «¿Lo sabe? ¿Le ha contado algo Brittany?»
Karen me da unas palmaditas en la espalda mientras me trago la leche fría. Después, me la frota en círculos mientras continúa:
 
—Ken está tan feliz de que Brittany por fin haya empezado a tolerarlo... Está tan contento de poder tener finalmente una relación con su hija... es algo que siempre ha deseado. Se arrepiente tanto de todo lo que pasó, y durante años he padecido viéndola sufrir así. Sé que ha cometido errores, muchísimos, y no voy a excusarla por ellos.
 
Sus ojos se inundan de lágrimas y se da unos toquecitos en el rabillo del ojo con los dedos.
 
—. Perdona —dice sonriendo—. Esto me afecta mucho.
Después de inspirar hondo un par de veces, añade:
 
—Ya no es el mismo que era antes. Lleva años sobrio y yendo a terapia. Lleva años reflexionando y lamentándose. «Lo sabe.» Karen sabe lo de Trish y Christian. Se me encoge el alma y mis ojos también se inundan de lágrimas.
 
—Sé lo que vas a decir.
 
Quiero mucho a esta familia. Los quiero como si fueran la mía propia, y me da pena que haya tantos secretos, adicciones y motivos de arrepentimiento entre ellos.
 
—¿Ah, sí? —dice con la respiración entrecortada con algo de alivio—. ¿Te ha contado Ryder lo del bebé? Debería haberlo imaginado. Entonces supongo que Brittany también lo sabrá.
 
Me atraganto de nuevo. Tras un incómodo ataque de tos, durante el cual Karen no deja de analizar mi expresión, digo por fin:
 
—¿Qué? ¿Un bebé?
 
—Entonces ¿no lo sabías? —Se ríe suavemente—. Sé que soy muy mayor para ser madre, pero estoy sólo a principios de la cuarentena, y mi médico me ha asegurado que estoy lo bastante sana...
 
—¿Un bebé? —me alivia que no sepa que Christian es el padre de Brittany, pero esto no me lo esperaba en absoluto.
 
—Sí. —Sonríe—. Yo me sorprendí tanto como tú. Y Ken también. Ha estado muy preocupado por mí. A Ryder casi le da algo. Sabía lo de mis citas con el médico, pero no sabía para qué eran, así que el pobre pensaba que estaba enferma. Me sentí fatal y le conté la verdad. No lo planeamos
 
Busca mi mirada—, pero ahora que ha pasado el susto inicial de pensar que vamos a tener un hijo a estas alturas de la vida, estamos muy contentos.
La rodeo con mis brazos y, por primera vez desde hace días, siento alegría. Donde antes no había nada en mi interior, ahora hay alegría. Adoro a Karen y estoy super feliz por ella. Esto es genial. Empezaba a preocuparme la idea de no volver a sentirme así nunca más.
 
—¡Es estupendo! ¡Me alegro mucho por los dos! —exclamo, y ella estrecha mi espalda con los brazos.
 
—Gracias, Santana. Sabía que te alegraría, y a cada día que pasa, más me ilusiona la idea.
 
Se aparta y me besa en la mejilla. Después me mira a los ojos.
 Pero me preocupa cómo pueda sentirse Brittany al respecto. Y así, sin más, mi alegría por ella se transforma al instante en preocupación por Brittany. Toda su
vida ha sido una mentira, y no ha encajado demasiado bien la noticia. El hombre a quien creía su padre va a tener otro hijo, y se olvidará de ella. Tanto si eso sucede como si no, la conozco lo bastante bien como para saber que eso es lo que pensará Brittany. Y Karen lo sabe, y ésa es la razón por la que le preocupaba tanto sacar el tema.
—¿Te importa que sea yo quien se lo diga? —le pregunto—. Si no quieres, lo entenderé.
 
No me permito darle muchas vueltas a esto. Sé que eso significa confundir los límites pero, si voy a dejar a Brittany, quiero asegurarme de que todo esté bien antes de hacerlo.
«Eso no son más que excusas», me advierte una parte de mí.
 
—No, por supuesto que no. Si te soy sincera, esperaba que quisieras hacerlo. Sé que te estoy  poniendo en un compromiso horrible, y no quiero que te sientas obligada a mediar en esto, pero tengo miedo de cómo pueda reaccionar si es Ken quien se lo dice. Tú sabes tratar con él como nadie.
 
—No te preocupes, de verdad. Hablaré con ella mañana.
Me abraza una vez más.
 
—Hoy ha sido un día duro para ti. Siento haber sacado este tema. Debería haber esperado, pero es que no quería que se enterara por sorpresa, sobre todo ahora que ya se me empieza a notar un poco. Su vida ya ha sido lo bastante difícil de por sí, y quiero hacer todo lo que pueda por ponerle las cosas fáciles. Quiero que sepa que forma parte de esta familia, que todos la queremos mucho, y que este bebé no cambiará eso.
 
—Lo sabe —le aseguro.
Puede que no esté dispuesta a aceptarlo todavía, pero lo sabe.
 
Unos pasos alcanzan el final de la escalera, y Karen y yo nos separamos como por acto reflejo.
Ambas nos secamos las mejillas y yo doy otro bocado al pastel cuando Brittany entra en la cocina. Se ha duchado y se ha cambiado de ropa. Ahora lleva puesto un pantalón de chándal con las perneras demasiado cortas. El logo de la WCU, bordado a lo largo de su muslo, es un claro indicativo de que se ha puesto la ropa de Ryder. Ella jamás tendría una prenda así. Si estuviésemos en algún otro lugar, le haría algún comentario socarrón sobre los pantalones, pero no lo estamos. Estamos en el peor lugar, aunque para mí es el mejor; todo es muy confuso. No
obstante, bien pensado, el sano equilibrio y el orden nunca han sido un factor en nuestra relación; ¿por qué iban a serlo en nuestra ruptura?
 
—Me voy a acostar. ¿Necesitas algo? —pregunta con voz áspera y grave.
Levanto la vista, pero se está mirando los pies descalzos.
 
—No, pero gracias.
 
—He dejado tus cosas en la habitación de invitados..., bueno, la tuya.
 
Asiento. Mi parte irracional y poco fiable desearía que Karen no estuviera en la cocina con nosotros, pero mi parte racional y amarga, una parte mucho más grande, se alegra de que sí esté. Desaparece por la escalera y yo le doy las buenas noches a Karen antes de subir también.
 
Instantes después, me encuentro ante la puerta de la habitación en la que he pasado las mejores noches de mi vida. Levanto la mano para coger el pomo, pero la aparto rápidamente, como si el frío metal fuera a abrasarme la piel.
Este círculo vicioso tiene que terminar y, si cedo a todos mis impulsos, a todas las fibras de mi ser que ansían desesperadamente estar cerca de ella, jamás conseguiré salir de este bucle infinito de errores y peleas.
 
Libero por fin el aire de mis pulmones cuando cierro la puerta de la habitación de invitados al entrar. Me quedo dormida deseando que la Santana más joven hubiera sabido lo peligroso que podía llegar a ser el amor. De haber sabido que dolía tanto, de haber sabido que iba a despedazarme, para luego remendarme y volver a hacerme añicos de nuevo, me habría mantenido lo más alejada de
Brittany Pierce que me hubiese sido posible.
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Sep 02, 2016 10:00 am

CAPÍTULO 40
Santana
 
—¡Sanny! ¡Estoy aquí! ¡Ven aquí! —grita mi padre por el pasillo muy emocionado.
Salgo de mi pequeña cama y corro hacia él. Con las prisas, casi tropiezo con el cinturón de mi bata, e intento atármela de nuevo mientras vuelo hacia el salón..., donde mi madre y mi padre se encuentran junto a un bonito árbol ornamentado y con luces. Siempre me ha gustado la Navidad.
—Mira, Sanny, tenemos un regalo para ti. Sé que ya eres una adulta, pero lo he visto y tenía que comprártelo.
 
Mi padre sonríe y mi madre se inclina hacia él.
«¿Una adulta?» Me miro los pies e intento descifrar sus palabras. No soy una adulta, o al menos eso creo. Me coloca una pequeña caja en la mano y, sin pensarlo dos veces, arranco el bonito lazo del regalo. Me encantan los regalos. No recibo muchos, de modo que, cuando lo hago, es un momento muy especial para mí. Mientras lo abro, miro a mis padres, pero la emoción de mi madre me resulta extraña. Nunca la había visto sonreír de esta manera. Y mi padre..., bueno, tengo la sensación de que no debería estar aquí, pero no recuerdo el porqué.
 
—¡Venga, ábrelo! —me incita él al tiempo que levanto la tapa de la caja.
 
Asiento emocionada y meto la mano..., pero la retiro al instante cuando algo afilado me pincha el dedo. El dolor casi me hace maldecir, y dejo caer la caja al suelo. Una aguja cae sobre la moqueta. Cuando vuelvo a mirar a mis padres, la piel de él ha perdido todo el color, y sus ojos están vacíos.
 
La sonrisa de mi madre vuelve a brillar, más incluso que antes. De repente me parece tan brillante como un sol cegador. Mi padre se agacha y recoge la aguja del suelo. Se acerca a mí, aguja en mano, y yo intento retroceder, pero mis pies no se mueven. No se mueven por mucho que me esfuerzo, y no puedo hacer nada más que gritar cuando me clava el instrumento en el brazo.
 
—¡Santana! —grita Ryder histérico y asustado mientras me sacude por los hombros.
 
No sé por qué, pero estoy sentada, y tengo la camiseta empapada de sudor. Lo miro, y después miro mi brazo y busco como una lunática marcas de pinchazos.
 
—¿Estás bien? —me pregunta agitado.
 
No puedo respirar, y me duele el pecho al tiempo que intento encontrar el oxígeno y la voz. Sacudo la cabeza y Ryder me agarra con más fuerza de los hombros.
 
—He oído que gritabas, así que... —Calla inmediatamente al ver que Brittany irrumpe en la habitación.
 
Tiene las mejillas completamente rojas y la expresión de sus ojos es feroz.
 
—¿Qué ha pasado? —Aparta a Ryder y se sienta a mi lado en la cama—. He oído que gritabas. ¿Qué ha pasado?
 
Me pasa las manos por las mejillas y me seca las lágrimas con los pulgares.
 
—No lo sé. Estaba soñando —consigo decir.
 
—¿Qué clase de sueño era? —pregunta Brittany casi en un susurro, y sus pulgares siguen deslizándose, tan despacio como siempre, sobre la piel de debajo de mis ojos.
 
—Como los que tú tienes —respondo, también en un susurro.
Un suspiro escapa de sus labios y frunce el ceño.
 
—¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo tienes ese tipo de sueños?
 
Me tomo un momento para pensarlo.
 
—Desde que lo encontré, y sólo han sido dos veces. No sé a qué vienen.
Agobiada, se pasa la mano por el pelo y se me encoge el corazón al ver el gesto familiar.
 
—Supongo que a cualquiera que encuentre a su padre muerto le... —Se detiene a media frase—. Perdona, joder —suspira frustrada.
 
Aparta los ojos de los míos y mira la mesilla de noche.
 
—¿Necesitas algo? ¿Quieres agua? —Intenta sonreír, pero es una sonrisa forzada, incluso triste.  Tengo la sensación de que te he ofrecido agua como un millón de veces en los últimos días.
 
—Sólo necesito volver a dormirme.
 
—¿Me quedo? —dice a medio camino entre una orden y una pregunta.
 
—No creo que... —Miro a Ryder. Casi había olvidado que estaba en la habitación con nosotras.
 
—Tranquila. —Brittany se queda mirando la pared que tengo detrás—. Lo entiendo.
 
Al ver cómo encoge los hombros derrotada, hago acopio de toda mi fuerza de voluntad y reúno todo mi amor propio para no rodearla con los brazos y rogarle que duerma conmigo. Necesito la seguridad de su presencia; necesito que sus brazos me envuelvan la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho mientras me quedo dormida. Necesito que me proporcione la misma paz a la hora de dormir
que yo le he proporcionado siempre a ella, pero Brittany ya no es la red de seguridad en la que confiaba.
 
Aunque, bien pensado, ¿cuándo lo ha sido? Siempre ha sido inconstante, siempre ha estado fuera de mi alcance, huyendo de mí y de nuestro amor. No puedo volver a perseguirla. Sencillamente no tengo fuerzas para perseguir algo tan inalcanzable, tan irreal.
 
Para cuando logro liberarme de mis pensamientos, sólo Ryder sigue en la habitación conmigo.
 
—Hazte a un lado —me ordena tranquilamente.
 
Lo hago y me quedo dormida al instante, mientras lamento haber deseado mantenerme lejos de Brittany. Incluso a pesar de la inevitable tragedia que era nuestra relación, jamás borraría nada de lo sucedido. No volvería a hacerlo, pero no me arrepiento ni de un solo momento de los que he pasado con ella.
 
CAPÍTULO 41
Brittany
El clima aquí es mucho mejor que en Seattle. No llueve, y el sol ha hecho acto de presencia. Estamos en abril, ya era hora de que saliera de una vez, joder.
Santana se ha pasado el día entero en la cocina con Karen y esa tal Sophia. Estoy intentando demostrarle que puedo darle espacio, que puedo esperar hasta que esté preparada para hablar conmigo, pero me está costando más de lo que jamás habría imaginado. Lo de anoche fue muy duro para mí. Fue muy duro verla tan angustiada, tan asustada. Odio haberle pegado mis pesadillas. Mis horrores son contagiosos, y yo los viviría por ella si pudiera.
 
Cuando Santana era mía, siempre dormía tranquila. Ella era mi ancla, quien me infundía seguridad por la noche y combatía mis demonios por mí cuando yo estaba demasiado débil, demasiada distraída por la autocompasión, como para ayudarla a vencerlos. Ella estaba ahí, escudo en mano, luchando contra cada imagen que amenazaba a mi mente atormentada. Soportaba esa carga ella sola,
y eso fue lo que terminó acabando con ella.
 
Entonces me recuerdo que sigue siendo mía; lo que pasa es que aún no está preparada para admitirlo. Tiene que serlo. No puede ser de otra manera.
Aparco el coche delante de la casa de mi padre. El agente inmobiliario se ha cabreado cuando lo he llamado para decirle que dejo el apartamento. Me ha dicho no sé qué mierda de que me iba a cobrar dos meses de alquiler por incumplir el contrato, pero lo he dejado con la palabra en la boca y he colgado. Me da igual lo que tenga que pagar, no pienso seguir viviendo allí. Sé que es una decisión impulsiva, y lo cierto es que no tengo ningún otro sitio donde vivir, pero espero que pueda quedarme en casa de Ken durante unos días con Santana hasta que consiga convencerla de que viva conmigo, en Seattle.
 
Estoy dispuesta a ello. Estoy dispuesta a vivir en Seattle si eso es lo que quiere, y mi oferta de casarme con ella no va a expirar. Esta vez, no. Me casaré con ella y viviré en Seattle hasta que me muera si eso es lo que quiere, si eso es lo que la hace feliz.
 
—¿Cuánto tiempo va a quedarse esa chica? —le pregunto a Ryder mientras señalo por la ventanilla el Toyota Prius que hay aparcado junto a su coche.
 
Ha sido muy amable por su parte ofrecerse a acercarme a buscar mi coche, sobre todo después de que le gruñera por haber dormido en la habitación con Santana. Ryder señaló que yo no habría sido capaz de abrir la puerta cerrada con pestillo, pero la habría derribado si hubiera tenido energías. La idea de que ambos compartiesen una cama me está sacando de quicio desde que los oí susurrar al
otro lado de la puerta.
 
Intenté dormir en la cama vacía de la habitación que se me había asignado, pero no podía. Tenía que estar cerca de ella por si pasaba algo y volvía a gritar. Al menos, eso es lo que me repetí mientras me esforzaba por permanecer despierta en el pasillo durante toda la noche.
 
—No lo sé. Sophia regresará a Nueva York a finales de semana —responde Ryder con voz aguda e incómoda de cojones.
«¿A qué coño ha venido eso?»
 
—¿Qué pasa? —lo interrogo mientras entramos en casa.
 
—Nada, nada.
 
Pero sus mejillas se sonrojan, y lo sigo hasta el salón. Santana está de pie cerca de la ventana con la mirada perdida mientras Karen y mini Karen se echan unas risas. «¿Por qué no se ríe ella? ¿Por qué no participa siquiera en la conversación?»
La chica le sonríe a Ryder.
—¡Hola!
 
Es bastante guapa, ni punto de comparación con Santana, claro, pero no es nada desagradable a la vista. Cuando se aproxima, echo un vistazo y veo que, una vez más, Ryder se pone colorado. Lleva un pastel en la mano. Ella sonríe de oreja a oreja. Y entonces todo encaja. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¡Le gusta esa chica! Un millón de bromas y de comentarios embarazosos inundan mi mente, y tengo que morderme la lengua literalmente para contenerme y no
torturarlo con esta información.
 
Finjo no oír que empiezan a hablar conmigo y voy directo hacia Santana. No parece advertir mi presencia hasta que estoy justo delante de ella.
 
—¿Qué haces? —le pregunto.
 
Hay una línea muy fina entre el espacio y..., bueno..., mi comportamiento normal, y me estoy esforzando mucho por encontrar un buen equilibrio, aunque me resulta difícil acabar con mi actitud de costumbre.
 
Sé que si le doy demasiado espacio, se alejará de mí, pero si la asfixio, huirá. Esto es nuevo para mí, es un terreno totalmente desconocido. Detesto admitirlo, pero me había acostumbrado demasiado a que ella actuara como mi saco de boxeo emocional. Me detesto por cómo la he tratado, y sé que merece algo mejor que yo, pero necesito esta última oportunidad de convertirme en alguien mejor
para ella.
 
No, necesito ser yo mismo. Pero una versión de mí que merezca su amor.
 
—Nada —dice—, sólo estaba haciendo pasteles. Lo de siempre. Bueno, en realidad, ahora estaba descansando un poco.
 
Una débil sonrisa se dibuja en sus labios y yo le sonrío abiertamente.
Estas pequeñas muestras de afecto, estas minúsculas pistas de su adoración hacia mí, alimentan mi esperanza. Una esperanza que me resulta nueva y desconocida, pero que estoy dispuesta a comprender me cueste lo que me cueste. El ojito derecho de Karen y Ryder se acerca, le hace un gesto a Santana y, en cuestión de segundos, todas vuelven a la cocina y nos abandonan a Ryder y a mí en el salón. En cuanto estoy segura de que ellas no me oyen, esbozo una sonrisa malévola y acuso a Ryder.
 
—Te pone burro.
 
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Santana y yo sólo somos amigos. —Exhala un suspiro dramático y me mira cabreado—. Creía que ya lo habías entendido después de haberte pasado una hora insultándome esta mañana.
Meneo las cejas arriba y abajo.
 
—No, no me refiero a Santana, sino a Sarah.
 
—Se llama Sophia.
 
Me encojo de hombros y sigo sonriendo.
 
—Da igual.
 
—No. —Pone los ojos en blanco—. No da igual. Actúas como si no recordaras el nombre de ninguna otra mujer que no sea San.
 
—Santana —lo corrijo con el ceño fruncido—. Y no necesito recordar el nombre de ninguna otra.
 
—Es una falta de respeto. Has llamado a Sophia todos los nombres que empiezan por «S» excepto el suyo. Y me sacaba de quicio que llamaras Danielle a Marley.
 
—Eres insufrible.
 
Me siento en el sofá sonriendo a mi hermanast..., bueno, en realidad ya no es mi hermanastro Nunca lo ha sido. Y ahora, al ser de repente consciente de ello, no sé muy bien cómo me siento al respecto.
Ryder se esfuerza por contener una sonrisa.
 
—Tú también.
 
«¿Se entristecería si lo supiera?» No lo creo. Seguramente lo aliviaría saber que no estamos emparentados, aunque sólo lo estuviésemos por el matrimonio de nuestros padres.
 
—Sé que te gusta, admítelo —lo provoco.
 
—No me gusta. Ni siquiera la conozco. —Aparta la mirada. Pillado.
 
—Pero ella estará en Nueva York contigo, y podréis explorar las calles juntos y refugiaros bajo una marquesina durante un intenso aguacero..., ¡qué romántico!
 
Atrapo los labios entre mis dientes para evitar reírme al ver su expresión mortificada.
 
—¿Quieres parar ya? Es mucho mayor que yo, y no está a mi alcance.
 
—Está demasiado buena para ti, pero nunca se sabe. Algunas chicas no se fijan en el aspecto
 
Bromeo
 
—. Y ¿quién sabe? A lo mejor está buscando a un hombre más joven. ¿Cuántos años tiene?
 
—Veinticuatro. Y déjalo ya —me suplica, y decido hacerlo.
 
Podría seguir y seguir eternamente, pero tengo otras cosas en las que centrarme.
 
—Voy a mudarme a Seattle —digo de repente. Me entra una especie de vértigo cuando anuncio la noticia.
 
—¿Qué dices? —Ryder se inclina hacia adelante, demasiado sorprendido.
 
—Sí, voy a ver si Ken puede hacer algo que me permita terminar el trimestre a distancia, y buscaré un apartamento en Seattle para Santana y para mí. Ya he renunciado a mi paquete de graduación, así que no debería ser ningún problema.
 
—¿Qué? —Aparta la vista de mí rápidamente.
 
«¿Es que no ha oído lo que le he dicho?»
 
—No voy a repetírtelo. Sé que me has oído.
 
—¿Por qué ahora? Santana y tú ya no estáis juntas, y ella...
 
—Lo estaremos; sólo necesita un poco de tiempo para pensar, pero me perdonará. Siempre lo hace. Ya lo verás.
 
Cuando las palabras salen de mi boca, levanto la vista y veo a Santana en el marco de la puerta con el ceño fruncido en su precioso rostro.
Y su precioso rostro desaparece al instante cuando da media vuelta y regresa a la cocina sin decir una palabra.
 

—Mierda. —Cierro los ojos y apoyo la cabeza contra el cojín del sofá, maldiciéndome por ser tan inoportuna.
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Mensaje por 3:) el Vie Sep 02, 2016 11:01 am

Al fin britt se pudo controlar en la provocación de dani... Y le salio al revés
Mmmmm una vea que britt decide irse con san... Amm san omite lo de NY!!
A ver como relaciona ahora britt!!!??.. Están Yendo las cosas demasiado bien y tranquilo...
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Mensaje por micky morales el Vie Sep 02, 2016 1:05 pm

Todo esta saliendo muy bien hasta ahora, me pregunto, como tomara Brittany el hecho de que Santana haya decidido irse a new york???? se que san ha sufrido mucho pero brittany lo intenta, de verdad asi lo veo yo!!!!
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Mensaje por JVM el Sáb Sep 03, 2016 12:56 am

Pues Britt se esta dando cuenta de las cosas que tenía con San y valorandolas como debió hacerlo cuando estaban juntas, ahora es un poco tarde.
Sin embargo en todo esto sigue viendo que son las cosas que tiene que cambiar y mejorar para recuperarla. Aunque aun le falta controlar sus comentarios, porque el que escuchó San no lo ayudara para nada. Falta ver si San escuchó lo de Seattle y como lo tomará., además de que Britt se entere que ahora ira a NY.
Y bueno esa Daño por fin se descubrió como realmente es, Lástima que fue un momento muy inoportuno al igual que el beso, que pasaría por su tonta cabeza!! En fin al menos San ya la conoce realmente.
Y pues haber como arregla su metida de boca Britt jajajaja.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 03, 2016 3:08 am

CAPÍTULO 42
Santana

 
—Nueva York es la mejor ciudad del mundo, Santana. Es increíble. Ya llevo cinco años viviendo allí, y todavía no la he visto entera. Ni en toda una vida puedes verla entera —dice Sophia mientras rasca una bandeja de repostería en la que he quemado una hornada de masa.
 
No estaba prestando atención. Estaba demasiado sumida en mis pensamientos después de oír las palabras arrogantes e insensibles de Brittany como para darme cuenta del humo que salía del horno.
 
Sólo cuando Sophia y Karen han vuelto corriendo a la cocina desde la despensa he visto la masa quemada. Aunque ninguna de ellas me lo ha reprochado. Sophia la ha puesto a remojo con agua fría para que se enfriara y ha empezado a fregarla.
 
—Seattle es la ciudad más grande en la que he estado jamás, pero estoy preparada para Nueva York. Necesito alejarme de aquí —les digo.
 
La cara de Brittany no se me borra de la cabeza cuando pronuncio esas palabras.
Karen me sonríe mientras sirve a cada una un vaso de leche.
 
—Bueno, yo vivo cerca de la Universidad de Nueva York, así que puedo enseñarte la ciudad si quieres. Siempre viene bien conocer a alguien, sobre todo en una metrópoli tan grande.
 
—Gracias —le digo verdaderamente agradecida.
 
Ryder también irá, pero él estará igual de perdido que yo, de modo que a ambos nos vendrá bien tener una amiga allí. La idea de vivir en Nueva York me intimida, me abruma, pero seguro que todo el mundo siente lo mismo antes de trasladarse a la otra punta del país. Si Brittany viniera...
 
Sacudo la cabeza para deshacerme de esos absurdos pensamientos. Ni siquiera pude convencerla de que se trasladara a Seattle conmigo. Se reiría en mi cara ante la propuesta de irnos a Nueva York. Y da mis planes y mis deseos tan por sentado que cree que la perdonaré sólo porque lo he hecho en el pasado.
 
—Bueno —sonríe Karen mientras levanta su vaso de leche en mi dirección—, ¡por Nueva York y por las nuevas aventuras! —exclama.
 
Sophia levanta su vaso, y yo no puedo evitar que las palabras de Brittany se reproduzcan en mi cabeza mientras brindamos.
 
«Me perdonará. Siempre lo hace. Ya lo verás», le ha dicho a Ryder.

El temor de trasladarme al otro extremo del país disminuye conforme cada una de sus palabras se reproduce en bucle en mis pensamientos. Siento cada sílaba como una bofetada a la escasa dignidad que me quedaba.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 03, 2016 3:08 am

CAPÍTULO 43
Santana

 
Decir que he estado evitando a Brittany sería quedarme corta. Conforme han ido pasando los días (sólo dos, aunque parecen cuarenta), la he evitado a toda costa. Aunque sé que está en esta casa, no puedo ni verla. Ha llamado a mi puerta unas cuantas veces, pero por mi parte no ha recibido más que burdas excusas sobre por qué no le estoy respondiendo.
No estaba preparada.
Sin embargo, he estado retrasando lo que tengo que decirle durante demasiado tiempo ya, y Karen empezará a inquietarse, lo sé. Está rebosante de felicidad, y sé que no quiere seguir ocultando la llegada de un nuevo miembro a la familia durante mucho más tiempo. Sería injusto que tuviera que hacerlo; debería estar feliz, orgullosa y emocionada. No puedo ser una cobarde y privarla de eso.
De modo que, cuando oigo sus pesadas botas frente a mi puerta, aguardo pacientemente, patéticamente, deseando que llame y que se marche al mismo tiempo. Sigo esperando que llegue el día en que mi mente se despeje, en el que mis pensamientos vuelvan a tener sentido. Cuanto más tiempo pasa, más me pregunto hasta qué punto eran claros mis pensamientos. ¿He estado siempre así
de confundida, así de insegura acerca de mí misma y de mis decisiones?
 
Espero en la cama, con los ojos cerrados y el labio latiendo bajo mis dientes, a que se marche antes de llamar. Y me siento decepcionada pero aliviada al mismo tiempo cuando oigo que cierra de un portazo su dormitorio al otro lado del pasillo.
Haciendo acopio de todas mis fuerzas y con el teléfono en la mano, compruebo mi imagen en el espejo por última vez y cruzo el pasillo. Justo cuando levanto la mano para llamar, la puerta se abre y ahí está Brittany, sin camiseta, mirándome.
—¿Qué te pasa? —me pregunta inmediatamente.
 
—Nada, es que... —Ignoro el nudo que se me forma en el estómago cuando enarca las cejas con preocupación.
 
Sus manos me tocan. Sus pulgares presionan con suavidad mis mejillas y yo me quedo plantada en la puerta mirándola, sin un pensamiento coherente al alcance.
 
—Tengo que hablar contigo de una cosa —digo por fin.
Mis palabras suenan apagadas, y la confusión nubla sus brillantes ojos.
 
—No me gusta cómo ha sonado eso —señala con aire sombrío, y aparta las manos de mi rostro.
 
Se dispone a sentarse en el borde de la cama y me hace un gesto para que yo haga lo propio. No confío en la falta de distancia que nos separa, e incluso el cargado aire de la habitación parece estar burlándose de mí.
 
—¿Y bien? ¿De qué se trata? —Se coloca las manos detrás de la cabeza y se inclina hacia atrás sobre ellas.
 
Los shorts deportivos que lleva le están estrechos; el elástico de la cintura le queda tan bajo que puedo ver que no lleva nada bajo ellos.
 
—Brittany, siento haber estado tan distante. Sabes que sólo necesitaba un poco de tiempo para aclararme —digo a modo de preámbulo.
 
Eso no es lo que había planeado decirle, pero por lo visto los planes de mi boca difieren de los de mi cabeza.
 
—No pasa nada. Me alegro de que hayas venido a hablar conmigo, porque ambas sabemos que a mí se me da como el culo darte espacio, y me estaba volviendo loca.
 
Parece aliviada ahora que por fin estamos hablando.
Me mira a los ojos con tanta intensidad que soy incapaz de apartar la vista.
 
—Lo sé.
 
No puedo negar el hecho de que parece haber aprendido a controlarse durante la última semana. Me gusta que se haya vuelto algo menos impredecible, pero el escudo que me he construido sigue presente, sigue acechando en un segundo plano, esperando a que me dé la espalda, como siempre hace.
 
—¿Has hablado con Christian? —le pregunto a continuación.
 
Necesito volver al tema que nos ocupa antes de acabar demasiado perdida en nuestro interminable caos.
Se pone tensa al instante y resopla.
 
—No. —Me mira con recelo.
 
«Esto no va bien.»
 
—Perdona —digo—. No pretendía ser insensible. Sólo quería saber dónde tienes la cabeza en estos momentos.

Tarda unos instantes en responder, y el silencio se alarga entre nosotras como una carretera infinita.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 03, 2016 3:09 am

CAPÍTULO 44
Brittany

 
Santana me mira fijamente y la preocupación en sus ojos hace que a mí también me corroa la preocupación. Ha sufrido mucho, y gran parte de ese sufrimiento lo he causado yo, de modo que inquietarse por mí es lo último que debería hacer. Quiero que se centre en sí misma, en volver a ser la que era, y que deje de estar pendiente de mi felicidad. Me encanta el modo en que antepone su
compasión por los demás, especialmente por mí, a sus propios problemas.
 
—No eres insensible. Tengo suerte de que te molestes siquiera en hablarme.
 
Es la pura verdad, pero no sé qué vendrá a continuación.
Santana asiente despacio hasta que, con delicadeza, me hace la pregunta que, sin lugar a dudas, la ha traído hasta aquí.
 
—Bueno... ¿Vas a contarle a Ken lo de Londres?
 
Me tumbo en la cama con los ojos cerrados y considero su pregunta antes de contestar. He pensado mucho sobre eso en los últimos días. Me he estado debatiendo entre soltárselo todo o no decir nada y guardarme esa información para mí. ¿Debería saberlo Ken? Y, si se lo cuento, ¿estoy preparada para aceptar los cambios que conllevará? ¿Habrá de verdad algún cambio o me estoy
obsesionando al respecto sin motivo? Ya es casualidad que, justo cuando empiezo a tolerar y a plantearme la posibilidad de perdonar a ese hombre, descubro que no es mi padre después de todo. Abro los ojos y me incorporo.
 
—Todavía no lo sé. La verdad es que quería saber tu opinión al respecto.
 
Los ojos chocolates de mi chica no brillan como de costumbre, pero hoy tienen algo más de vida que la última vez que la vi. Era una puta tortura permanecer bajo el mismo techo sin estar cerca de ella, no del modo en que necesito estarlo.
Por ironías del destino, parece que las tornas han cambiado y ahora soy yo la que suplica atención, la que suplica por cualquier cosa que quiera ofrecerme. Incluso ahora, la expresión pensativa de sus ojos me basta para aliviar el constante dolor con el que me niego a aprender a vivir, por mucho que ella se empeñe en alejarse de mí.
 
—¿Te gustaría tener una relación con Christian? —me pregunta con tiento mientras sus pequeños dedos recorren las gastadas costuras del edredón.
 
—No —me apresuro a responder—. Joder, no lo sé —reculo—. Necesito que me digas qué debo hacer.
 
Asiente y me mira a los ojos.
 
—Bueno, creo que sólo debes decírselo a Ken si crees que eso te ayudará a lidiar con el dolor de tu infancia. No creo que debas contárselo si sólo lo haces por pura rabia, y en cuanto a Christian, creo que todavía tienes un poco de tiempo para tomar esa decisión, para ver cómo van las cosas y tal
—sugiere con su tono comprensivo de siempre.
 
—¿Cómo lo haces?
Ella ladea la cabeza confundida.
 
—¿El qué?
 
—Tener siempre las palabras adecuadas.
 
—Eso no es cierto. —Nos reímos suavemente—. No siempre tengo las palabras adecuadas.
 
—Sí las tienes. —Alargo la mano para tocarla, pero ella se aparta—. Siempre las tienes. Siempre las has tenido. Sólo que antes no podía escucharte.
 
Santana aparta la mirada, pero no me importa. Necesita tiempo para acostumbrarse a oírme decir estas cosas, pero se acostumbrará. Me he prometido a mí misma decirle lo que siento y dejar de ser tan egoísta y esperar a que descifre todas mis palabras y mis intenciones. La vibración de su teléfono móvil interrumpe el silencio, y lo saca del bolsillo de la enorme sudadera que lleva. Hago un esfuerzo por pensar que se ha comprado la sudadera de la WCU y que
no se está poniendo la ropa de Ryder. Me he visto obligadoa a llevar todas las prendas bordadas con el logo de la WCU habidas y por haber, pero odio la idea de que su ropa toque su piel. Es algo absurdo e irracional, pero no puedo evitar que esos pensamientos se instalen en mi mente.
 
Santana desliza el dedo por la pantalla y tardo un momento en asimilar lo que estoy viendo. Le quito el teléfono de las manos antes de que pueda detenerme.
 
—¿Un iPhone? ¿Estás de coña? —Observo el nuevo teléfono en mis manos.
—. ¿Esto es tuyo?
 
—Sí. —Sus mejillas se sonrojan y alarga la mano para quitármelo, pero estiro los brazos por encima de mi cabeza, fuera de su alcance.
 
—O sea, que ahora te compras un iPhone, ¡pero cuando yo quería que lo hicieras te negaste en redondo! —bromeo.
 
Abre los ojos como platos y toma aire nerviosa.
 
—¿Qué te ha hecho cambiar de idea? —le sonrío para aliviar su malestar.
 
 —No lo sé. Supongo que ya tocaba. —Se encoge de hombros, aún nerviosa.
No me gusta verla tan agitada, pero quiero creer que un poco de diversión es todo lo que necesitamos.
 
—¿Cuál es el código? —pregunto mientras introduzco los dígitos que creo que habrá usado.
 
¡Toma! Acierto al primer intento y accedo a la pantalla de inicio.
 
—¡Brittany! —chilla mientras intenta quitarme el dispositivo—. ¡No puedes cotillearme el móvil!
 
Se inclina sobre mí y me agarra el brazo descubierto con una mano mientras intenta alcanzar el móvil con la otra.
 
—Claro que puedo —me río.
 
El más mínimo contacto por su parte me vuelve loca; todas y cada una de las células bajo mi piel cobran vida con el roce de la suya. Sonríe y extiende su pequeña mano, a juego con esa dulce sonrisita que tanto he echado de menos.
 
—Muy bien. Pues dame a mí el tuyo.
 
—No, de eso nada. —Sigo tomándole el pelo mientras reviso de manera obsesiva sus mensajes de texto.
 
—¡Dame el teléfono! —gimotea, y se acerca más a mí, pero entonces su sonrisa desaparece.
 
—.Seguro que en tu móvil hay muchas cosas que no quiero ver.
 
Y así, sin más, veo cómo vuelve a levantar la guardia.
 
—No, no las hay. Hay más de mil fotos tuyas y un álbum entero con tu mierda de música. Si de verdad quieres ver lo patética que soy, puedes comprobar el registro de llamadas y ver cuántas veces llamé a tu antiguo número sólo para oír esa puta voz automática que me decía que tu número ya no existía.
Me fulmina con la mirada. Está claro que no me cree. Y no la culpo. Su mirada se suaviza, pero sólo un momento, antes de decir:
 
—¿No hay ninguna llamada de Janine? —Lo dice con una voz tan débil que apenas capto el tono acusatorio.
 
—¿Qué? ¡No! Vamos, cógelo. Está en la cómoda.
 
—Prefiero no hacerlo.
 
Me pongo de rodillas y presiono mi hombro contra el suyo.
 
—Santana, ella no es nadie para mí. Nunca lo será.
 
Santana se esfuerza en sentir indiferencia. Está luchando consigo misma para demostrarme que ha pasado página, pero yo sé que no es así. Sé que le angustia la idea de que haya estado con otra chica.
 
—Tengo que irme. —Se levanta con intención de marcharse y alargo la mano para detenerla.
 
Mis dedos atrapan suavemente su brazo y le suplican que vuelva a mí. Ella vacila al principio, y yo no quiero forzarla. Espero a que se decida mientras trazo pequeños círculos con los dedos en la suave piel de encima de su muñeca.
 
—Sé lo que crees que pasó, pero te equivocas —intento convencerla.
 
—No. Sé lo que vi. Vi que llevaba tu camiseta —se apresura a responder.
 
Aparta el brazo pero permanece cerca.
 
—Aquel día no era yo, Santana, pero no me la tiré. —Jamás lo habría hecho.
No soportaba ni que me tocara.
 
 Por un momento me pregunto si debería decirle a Santana el asco que me daban los labios con sabor a tabaco de Janine sobre los míos, pero supongo que eso la
cabrearía.
 
—Ya. —Pone los ojos en blanco con insolencia.
 
—Os echaba de menos a ti y a tu carácter —digo en un intento de aliviar tensiones, pero sólo consigo que vuelva a poner los ojos en blanco.
 
—. Te quiero.
 
Eso capta su atención, y me empuja el pecho para poner algo de espacio entre nuestros cuerpos.
 
—¡Deja de hacer eso! No puedes decidir que ahora me quieres y esperar que vuelva corriendo contigo.
 
Quiero decirle que va a volver conmigo porque su sitio está conmigo, que nunca dejaré de intentar convencerla de esto. Pero, en lugar de hacerlo, niego con la cabeza.
 
—Cambiemos de tema. Sólo quería que supieras que te echo de menos, ¿vale?
 
—Vale —suspira.
 
Entonces se lleva los dedos a los labios y se los pellizca, haciéndome olvidar a qué tema iba a cambiar.
 
—Un iPhone. —Hago girar el teléfono en mi mano de nuevo—. No puedo creer que te hayas comprado un iPhone y que no pensaras decírmelo. —La miro y veo cómo su expresión de enfado se transforma en una media sonrisa.
 
—No es para tanto. Me viene muy bien para organizarme los horarios, y Ryder me va a enseñar a descargarme música y películas.
 
—Yo también puedo enseñarte.
 
Nah, no te preocupes —dice intentando rechazarme.
 
—Yo te enseñaré. Si quieres, te enseño ahora —declaro, y abro iTunes Store.
 
Nos pasamos una hora así, conmigo consultando el catálogo, seleccionando toda su música favorita y enseñándole a descargar todas esas pastelosas comedias románticas de Tom Hanks que tanto le gustan. Santana pasa la mayor parte del tiempo en silencio, a excepción de algunos «Gracias» y «No, esa canción no», y yo intento no presionarla para hablar.
 
Esto es culpa mía. Yo la transformé en esta chica callada e insegura, y es culpa mía que no sepa cómo actuar en este momento. Es culpa mía que se aparte cada vez que me inclino hacia ella, llevándose consigo un trozo de mí.
Es imposible que quede nada para darle, que no me haya consumido ya por completo, pero, de alguna manera, cuando me sonríe, mi cuerpo genera un poco más de mí para que pueda robarlo. Es todo para ella, y siempre será así.
 
—¿Quieres que también te enseñe a descargar porno? —bromeo, y, para mi deleite, sus mejillas se sonrojan de nuevo.
 
—Seguro que de eso sabes mucho —me responde, también de broma.
 
Me encanta esto. Me encanta poder bromear con ella como antes y, joder, me encanta que me lo permita.
 
—Pues la verdad es que no. De hecho, tengo bastantes imágenes aquí. —Me doy unos toques en la frente con la escayola y ella tuerce el gesto—. Sólo de ti.
 
Sigue con el ceño fruncido, pero me niego a dejar que piense de ese modo. Es absurdo que crea que puedo estar interesada en nadie que no sea ella. Estoy empezando a pensar que está tan loca como yo. Tal vez eso explicaría por qué aguantó conmigo tanto tiempo.
 
—Lo digo en serio. Sólo pienso en ti. Siempre en ti —afirmo en tono serio, demasiado serio, pero no me esfuerzo en cambiarlo. He probado con las bromas y demás y he herido sus sentimientos.
 
De pronto, me sorprende preguntándome:
 
—Y ¿qué clase de cosas piensas?
 
Me muerdo el labio inferior mientras imágenes de ella me vienen a la mente.
 
—No quieras saberlo.
 
«Santana está tumbada sobre la cama, con los muslos separados y aferrándose a las sábanas mientras se corre contra mi lengua.
»Santana menea lentamente las caderas en círculos mientras me monta  y sus gemidos inundan la habitación.
»Santana está de rodillas delante de mí y separa sus carnosos labios para tomarme con su cálida boca.
»Santana está inclinada hacia adelante, y la tenue luz de la habitación ilumina su piel desnuda. Está delante de mí, de espaldas, mientras desciende su cuerpo sobre el mío. La penetro y ella gime mi nombre...»
 
— Será mejor. —Se ríe, y después suspira—. Siempre hacemos esto, siempre volvemos a esto —añade agitando una mano entre nosotras.
 
Entiendo perfectamente lo que quiere decir. Estoy viviendo la peor semana de mi vida, y ella me hace reír y sonreír por un puto iPhone.
 
—Así somos, nena. Nosotras somos así. No podemos evitarlo.
 
—Sí que podemos. Tenemos que hacerlo. Yo tengo que hacerlo.
 
Puede que sus palabras suenen convincentes en su mente, pero a mí no me engaña.
 
—Deja de darle tantas vueltas a todo. Sabes que así es como deberían ser las cosas, bromeando sobre porno mientras yo pienso en todas las cochinadas que te he hecho y en todas las que quiero hacerte.
 
—Esto es una auténtica locura. No podemos hacerlo. —Se inclina más hacia mí.
 
—¿El qué?
 
—No todo gira en torno al sexo. —Fija los ojos en mi entrepierna, y sé que está intentando apartar la mirada.
 
—Nunca he dicho que fuera así, pero podrías hacernos un favor a las dos y dejar de actuar como si no estuvieras pensando las mismas cosas que yo.
 
—No podemos.
 
Pero entonces noto que nuestra respiración se ha sincronizado. Y, muy sutilmente, su lengua asoma y acaricia su labio inferior.
 
—Yo no he sugerido nada —le recuerdo.
 
No lo he sugerido pero, joder, no pienso negarme si se da la situación. Aunque sé que no tendré tanta suerte. Ella jamás permitiría que la tocara. Al menos en un plazo corto de tiempo..., ¿no?
 
—Sí lo has sugerido. —Sonríe.
 
—Y ¿cuándo no lo hago?
 
—Cierto. —Se esfuerza por contener una sonrisa
 
—. Esto es muy confusa. No deberíamos estar haciéndolo. No me fío de mí misma cuando estoy cerca de ti.
 
Joder, me alegro de que no sea así. Yo tampoco me fío de mí misma la mitad del tiempo, pero digo
 
:—¿Qué es lo peor que podría pasar?
Y apoyo la mano sobre su hombro. Se encoge al sentir mi tacto, pero no de la manera esquiva a la que he tenido que enfrentarme durante la última semana.
 
—Podría seguir siendo una idiota —susurra mientras mi mano asciende y desciende lentamente por su brazo.
 
—Deja de pensar. Desconecta la mente y permite que tu cuerpo controle la situación. Tu cuerpo me desea, Santana. Me necesita.
Sacude la cabeza, negando la pura verdad.
 
—Sí, sí me necesita. —Sigo tocándola, esta vez más cerca de su pecho, esperando que me detenga.
 
Si lo hace, interrumpiré todo contacto. Jamás la forzaría a hacer nada que no quisiera. He hecho  un montón de estupideces, pero eso no es una opción.
 
—Verás, el caso es... el caso es que sé perfectamente dónde tengo que tocarte. La miro a los ojos buscando su aprobación, y veo que brillan como un cartel de neón. No va a detenerme; su cuerpo ansía el mío tanto como siempre
—. Sé cómo hacer que te corras con tanta intensidad que te olvidarás de todo lo demás.
 
Tal vez si logro satisfacer su cuerpo, su mente ceda después. Y luego, una vez reconquistados su cuerpo y su mente, tal vez pueda recuperar su corazón.
Nunca me he mostrado tímida en lo que respecta a su cuerpo y a complacerla, ¿por qué iba a empezar ahora? Interpreto su silencio y el hecho de que no puede apartar los ojos de los míos como un sí y agarro el borde de su sudadera. La maldita prenda pesa más de lo que debería, y el puto hilo se enreda en su
cabello. Ella me aparta la mano mala, se quita la sudadera y libera su pelo.
 
—No te estoy obligando a nada, ¿verdad? —Necesito preguntárselo.
 
—No —exhala—. Sé que es una muy mala idea, pero no quiero parar.
 
Asiento
 
—. Necesito evadirme de todo; por favor, distráeme.
 
—Desconecta la mente. Deja de pensar en todo lo demás y céntrate en esto.
 
Acaricio su escote con los dedos, y ella tiembla con mi tacto.
Me pilla desprevenida y pega los labios a los míos. En cuestión de segundos, el beso lento e inseguro desaparece y se transforma en auténtico. Los gestos tímidos se esfuman y, de repente, estamos en nuestro mundo. Todas las demás mierdas se han evaporado, y sólo estamos Santana y yo y sus labios contra los míos, su lengua lamiendo la mía con ansia, sus manos en mi pelo, tirando de las
raíces y volviéndome completamente loca.
La rodeo con los brazos y pego las caderas contra ella hasta que su espalda alcanza el colchón. Tiene la rodilla doblada, levantada al mismo nivel que mi entrepierna, y me restriego sin pudor contra ella. Ella sofoca un grito ante mi desesperación, suelta mi pelo y a continuación hace que su mano descienda hasta su propio pecho. Podría estallar tan sólo con sentirla debajo de mí otra vez.
Joder, esto es demasiado, pero no lo suficiente, y no puedo pensar en nada más que en ella.
 
Se toca a sí misma y se agarra una de sus generosas tetas, y yo la miro como si hubiera olvidado cómo hacer todo lo que no sea observar su cuerpo perfecto y el modo en que por fin se está dejando llevar conmigo. Necesita esto incluso más que yo. Necesita olvidarse de la realidad, y yo serviré gustosa en esa misión.
Nuestros movimientos no son calculados, sino movidos por una pasión absoluta. Yo soy el fuego y ella es la puta gasolina, y no hay señales de stop ni de moderar la velocidad hasta que algo explote sin remedio. Y entonces estaré esperando, lista para combatir las llamas por ella, para mantenerla a salvo y evitar que se queme conmigo, otra vez. Su mano baja entonces por su cuerpo, me toca y
restriega la mano por mi cuerpo. Tengo que concentrarme para no correrme con su mero tacto. Elevo las caderas y me coloco entre sus piernas separadas mientras ella tira del elástico de mis shorts. Yo tiro de sus pantalones con una mano hasta que ambas estamos desnudas de cintura para abajo.
 
El gruñido que escapa de sus labios se equipara al mío cuando me froto contra ella, piel con piel. Elevo un poco las caderas,  y ella jadea otra vez. Esta vez presiona la boca contra mi hombro desnudo. Me lame y me chupa la piel mientras yo la penetro con mis largos dedos más profundamente.
Se me nubla la visión intentando saborear cada segundo de esto, cada momento que está dispuesta a pasar conmigo así.
 
—Te quiero —le prometo.
 
Su boca deja de moverse y deja de agarrarme los brazos con tanta fuerza.
 
—Brittany...
 
—Cásate conmigo, Santana. Por favor.
 
Me hundo completamente en  ella, llenándola, esperando aprovecharme de un injusto momento de debilidad.
 
—Si vas a decir ese tipo de cosas, no podemos hacer esto —señala suavemente.
 
Puedo ver el dolor en sus ojos, la falta de autocontrol que tiene en lo que a mí respecta, y me siento culpable al instante por mencionar el puto matrimonio mientras me la estoy tirando. «Qué inoportuna, idiota egoísta.»
 
—Lo siento. Ya me callo —le aseguro antes de darle un beso.
 
Le concederé tiempo para pensar, y dejaré a un lado las cosas importantes mientras entro y salgo de su húmedo y caliente...
 
—¡Dios mío! —gime.
 
En lugar de confesarle mi eterno amor por ella, sólo le diré las cosas que quiere oír.
 
—Me encanta sentir tus firmes músculos a mi alrededor. Lo echaba mucho de menos —digo contra su cuello, y una de sus manos me agarra de las caderas para atraerme más hacia sí.
 
Cierra los ojos con fuerza y sus piernas empiezan a tensarse. Sé que ya está cerca, y aunque ahora mismo me odia, sé que le encanta que le diga guarradas. No voy a durar mucho más, pero ella tampoco. He echado de menos esto. Y no me refiero sólo a la absoluta perfección que supone estar dentro de ella. Estar cerca de Santana de este modo es algo que necesito, y sé que ella también lo
necesita.
—Venga, nena. Córrete a mi alrededor, deja que te sienta —digo con los dientes apretados.
 
Ella obedece. Se aferra a uno de mis brazos y gimotea mi nombre mientras pega la cabeza al colchón. Se corre sin remedio, con maravillosos espasmos, y yo la miro. Observo cómo su preciosa boca se abre cuando gime mi nombre. Observo cómo sus ojos buscan los míos antes de cerrarse de placer. La belleza de ver cómo se corre para mí y deja que la posea es demasiado. Me hundo en su
sexo una vez más y me agarro a sus caderas.
 
—Joder. —Me apoyo sobre los codos a su lado para no aplastarla con el peso de mi cuerpo.
 
Tiene los ojos cerrados y le cuesta abrirlos, como si le pesaran los párpados.
 
—Mmm... —coincide.
 
Me incorporo apoyada sobre mi hombro y la observo mientras no mira. Tengo miedo de lo que sucederá cuando vuelva en sí, cuando empiece a arrepentirse de esto y su rabia hacia mí aumente.
 
—¿Estás bien? —No puedo evitar trazar la curva de su cadera desnuda con el dedo.
 
—Sí. —Su voz suena espesa y saciada.
 
Joder, cuánto me alegro de que haya venido a mi puerta. No sé cuánto tiempo más habría aguantado sin verla o sin oír su voz.
 
—¿Estás segura? —insisto. Necesito saber qué ha significado esto para ella.
 
—Sí. —Abre un ojo, y no puedo borrar la estúpida sonrisa de mi cara.
 
—Vale. —Asiento.
 
Me quedo mirándola, relajada y ruborizada, y es tan agradable tenerla de vuelta, aunque sea sólo por unos momentos... Cierra los ojos de nuevo, y justo entonces recuerdo algo.
 
—Bueno, y ¿para qué habías venido en primer lugar?
 
Al instante, la expresión adormilada y saciada desaparece de su precioso rostro y, por un momento, abre los ojos como platos antes de recobrar la compostura.
 
—¿Qué pasa? —pregunto, y la cara de Dani aparece en mis desquiciados pensamientos—. Por favor, contéstame.
 
—Es Karen. —Se pone de lado, y yo me obligo a apartar la vista de sus perfectas tetas.
«¿Por qué cojones estamos hablando de Karen estando desnudas?»
—Vale..., ¿qué pasa con ella?
—Está..., bueno... —Santana se detiene por un momento y, de repente, mi pecho se inunda de un inesperado pánico por esa mujer, y por Ken también.
 
—Está ¿qué?
 
—Está embarazada.
 
«¿Qué?... ¡¡¡¿¿¿QUÉ???!!!»
 
—¿De quién?
 
Mi absurda pregunta le hace gracia, y se ríe.
 
—De tu padre —dice, pero se corrige rápidamente—: De Ken. ¿De quién va a ser?
 
No sé qué esperaba oír, pero desde luego no que Karen estuviera embarazada.
 
—¿Qué?
 
—Sé que es un poco sorprendente, pero están muy contentos.
 
«¿Un poco sorprendente?» Joder, esto es mucho más que un poco sorprendente.
 
—¿Ken y Karen van a tener un bebé? —Pronuncio las ridículas palabras.
 
—Sí. —Santana me observa detenidamente—. ¿Cómo te sientes al respecto?
 
¿Que cómo me siento al respecto? Joder, no lo sé. Apenas conozco a ese hombre, acabamos de empezar a construir una relación. Y ¿ahora va a tener un hijo? Otro hijo al que sí criará.
 
—Supongo que no importa mucho cómo me sienta, ¿verdad? —digo en un vano intento de callarnos a ambas.
 
A continuación, me tumbo boca arriba y cierro los ojos.
 
—Sí que importa. A ellos les importa. Quieren que sepas que esa criatura no cambiará nada, Brittany. Quieren que formes parte de la familia. Serás hermana mayor otra vez.
 
«¿Hermana mayor?»
Smith y su extraña personalidad adulta me vienen a la mente, y siento náuseas. Esto es demasiado para cualquiera y, desde luego, es demasiado para alguien que está tan jodida como yo.
 
—Brittany, sé que cuesta hacerse a la idea, pero creo que...
 
—Estoy bien. Necesito una ducha. —Salgo de la cama y cojo los shorts del suelo.
Santana se incorpora confundida y dolida, mientras yo me subo la prenda por las piernas.
 
—Estoy aquí si quieres hablar de ello. Quería ser yo quien te informara de todo esto.
 
Esto es demasiado. Ella ni siquiera me quiere. Se niega a casarse conmigo.
«¿Por qué no ve lo que somos? ¿Por qué no ve lo que somos cuando estamos juntas?» No podemos estar separadas. El nuestro es como el amor de las novelas, mejor incluso que el que Jane Austen y Emily Brontë describieron.
 
Se me sale el corazón del pecho. Casi no puedo respirar.
Y ¿Santana siente que no está viviendo? No lo entiendo. No puedo. Yo sólo vivo cuando estoy cerca de ella. Ella es el único aliento de mi vida dentro de mí, y sin él no seré nada. No sobreviviré ni viviré. Y, aunque lo hiciera, no querría.
«Joder.» Los oscuros pensamientos de nuevo se abren paso en mi mente, y me esfuerzo por aferrarme a la débil luz que Santana me ha devuelto.

¿Cuándo terminará esto? ¿Cuándo dejará de aparecer toda esta mierda cada puta vez que siento que por fin tengo el control sobre mi mente?
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Finalizado Re: [Resuelto] Brittana: Amores Infinitos. FINALIZADO

Mensaje por 3:) el Sáb Sep 03, 2016 10:17 am

Una vez que britt esta.... O esta aprendiendo a controlar se ahora es san la que omite...
Es bueno que le contara lo del bebé!!!... A ver como reacciona con. Karen cuando la vea!!!....
Mucha calma me esta dando serto miedito....
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3:)
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