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Fanfic Brittana: "Una amante de ensueño G!P"

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Mensaje por Caritovega el Miér Sep 07, 2016 10:01 pm

ADAPTACIÓN BRITTANA: "UNA AMANTE DE ENSUEÑO G!P"


Sherrilyn Kenyon
(Saga de los Cazadores – Libro I)

Argumento:

La extraña maldición que pesa sobre Brittany Susan Pierce desde hace 2.000 años le ha condenado a pasar la eternidad atrapada en un libro hasta que una mujer le invoque para satisfacer sus deseos. Esclava sexual, al fin y al cabo, Brittany ha tenido mucho tiempo para perfeccionar sus habilidades y es capaz de hacer realidad las fantasías más secretas de cualquier mujer para proporcionarle un placer inimaginable.
Pero cuando Brittany es convocada para ser la amante de Santana López una hermosa morena que tiene unos maravillosos ojos cafés, no unos simples ojos cafés son tan oscuros que te pierdes en ellos, te hechizas. Durante un mes, descubre que ella a la mujer capaz de hacer realidad un sueño oculto: un amor que llene el vacío de su corazón y, quizá, sea capaz de poner fin a la maldición.

Autora: Sherrilyn Kenyon
Adaptada por: CaritoVega

Desligue de responsabilidad: Los personajes no me pertenecen. La autora de esta historia es Sherrilyn Kenyon, todo el crédito a ella.

Advertencia: Esta es una adaptación G!P ( chica con pene, en este caso sera Brittany la que lo tenga ) sino les gusta el G!P entonces abstenerse de leer la historia.
*******************************************************************************************************
Sino haz leído mis anteriores adaptaciones aquí te dejo los links:
- http://gleelatino.forosactivos.net/t22611-fanfic-brittana-una-isla-para-dos
- http://gleelatino.forosactivos.net/t22631-fanfic-brittana-7-noches-de-pecado-g-p-terminado?highlight=7+noches+pecado
- http://gleelatino.forosactivos.net/t22682-fanfic-one-shots-brittana?highlight=one+shots+brittana
- http://gleelatino.forosactivos.net/t22676-fanfic-brittana-furia-brillante-de-pasion-terminada
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Bueno para las personas que me leen acá les traigo una nueva adaptación, espero sea de su agrado cada que pueda intentare actualizar así que sean pacientes. saludos

Caritovega
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Mensaje por 3:) el Miér Sep 07, 2016 10:15 pm

Hola caro!

Se ve interesante la nueva historia...
Quiero el primer cap...

Nos vemos!!

3:)
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Mensaje por JVM el Jue Sep 08, 2016 12:53 pm

Wow, atrapada en un libro, muy interesante!!
Haber como logra salir.
Gracias por una nueva historia y mas por ser gp, porque son contadas, espero el próximo capítulo!!

JVM
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Mensaje por claudia1988 el Jue Sep 08, 2016 1:31 pm

No me gustan los g!p de brittany, prefiero los de Santana :(

claudia1988
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Mensaje por Caritovega el Jue Sep 08, 2016 10:13 pm

3:) escribió:Hola caro!

Se ve interesante la nueva historia...
Quiero el primer cap...

Nos vemos!!
bueno de momento les voy a dejar el prólogo y ya mañana subo el 1 cap

Caritovega
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Mensaje por Caritovega el Jue Sep 08, 2016 10:15 pm

JVM escribió:Wow, atrapada en un libro, muy interesante!!
Haber como logra salir.
Gracias por una nueva historia y mas por ser gp, porque son contadas, espero el próximo capítulo!!
la verdad si que es un libro interesante, no había leído algo asi y bueno opte por adaptarlo saludos!

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Mensaje por Caritovega el Jue Sep 08, 2016 10:17 pm

claudia1988 escribió:No me gustan los g!p de brittany, prefiero los de Santana :(

Mira en un un principio lo tenia como Santana G!P pero luego pensé y me dije que pues ya en mi anterior adaptación 7 noches de pecado fue Santana G!P así que lo cambie por Brittany y bueno en este caso el personaje se acomoda o amolda a ella.

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Mensaje por Caritovega el Jue Sep 08, 2016 10:20 pm

Prólogo

Una antigua leyenda griega.
Poseedora de una fuerza suprema y de un valor sin parangón, fue bendecida por los dioses, amada por los mortales y deseada por todas las mujeres que posaban los ojos en ella. No conocía la ley, y no acataba ninguna.
Su habilidad en la batalla, y su intelecto superior rivalizaban con los de Aquiles, Ulises y Heracles. De él se escribió que ni siquiera el poderoso Ares en persona podía derrotarle en la lucha cuerpo a cuerpo.
Y, por si el don de la poderosa diosa de la guerra no hubiera sido suficiente, también se decía que la misma diosa Afrodita le besó la mejilla al nacer, y se aseguró de que su nombre fuese siempre guardado en la memoria de tanto hombres como mujeres.
Bendecida por el divino toque de Afrodita, se convirtió en una mujer a la que ninguna mujer podía negarle el uso de su cuerpo. Porque, llegados al sublime Arte del Amor… no tenía igual. Su resistencia iba más allá de la de cualquier mero mortal. Sus ardientes y salvajes deseos no podían ser domados.
Ni negados.
De cabello y piel dorada, y con los ojos de una guerrera, de ella se comentaba que su sola presencia era suficiente para satisfacer a las mujeres, y que con un solo roce de su mano les proporcionaba un indecible placer.
Nadie podía resistirse a su encanto y a ese paquete que tenía entre las piernas, si era una mujer intersexual con un regalo extra que hacia delirar de placer a las bellas mujeres.
Y proclive como era a provocar celos de otros, consiguió que le maldijeran.
Una maldición que jamás podría romperse.
Como la del pobre Tántalo, su condena fue eterna: nunca encontraría la satisfacción por más que la buscase; anhelaría las caricias de aquélla que le invocara, pero tendría que proporcionarle un placer exquisito y supremo.
De luna a luna, yacería junto a una mujer y le haría el amor, hasta que fuese obligada a abandonar el mundo.
Pero se ha de ser precavida, porque una vez se conocen sus caricias, quedan impresas en la memoria. Ningún otro hombre o mujer será capaz de dejar a esa mujer plenamente satisfecha. Porque ningún varón o mujer mortal puede ser comparado a una mujer de tal apostura. De tal pasión. De una sensualidad tan atrevida.
Guárdate del Maldita.
Brittany Pierce de Macedonia
Sostenlo sobre el pecho y pronuncia su nombre tres veces a medianoche, bajo la luz de la luna llena. Ella vendrá a ti y hasta la siguiente luna, su cuerpo estará a tu disposición.
Su único objetivo será complacerte, servirte.
Saborearte.
Entre sus brazos aprenderás el significado de la palabra «paraíso».
*******************************************************************************************************
Bueno mis hermosas lectoras aquí les dejo el prólogo les aseguro que ya mañana subo el 1 capítulo o puede que mas tarde lo haga. Gnight

Caritovega
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Mensaje por 3:) el Vie Sep 09, 2016 5:32 pm

Me encantan las historias con temática con mitología griega!!!
Mmm britt con el toque de Afrodita... Va a ser mas irresistible!!!
Quiero ver la historia como va!!!

3:)
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Mensaje por Caritovega el Vie Sep 09, 2016 9:56 pm

Capítulo 1

— Cielo, necesitas que te echen un buen polvo.
Santana López se estremeció al escuchar el grito de Kitty en mitad del pequeño Café de Nueva Orleáns, donde se encontraban apurando los restos del almuerzo, consistente en judías rojas con arroz. Desafortunadamente para ella, la voz de su amiga poseía un encantador timbre agudo que podía hacerse oír incluso en mitad de un huracán. Y que en esta ocasión, fue seguido de un repentino silencio en el atestado local.
Al echar un vistazo a las mesas cercanas, Grace percibió que los hombres dejaban de hablar, y se giraban para observarlas con mucho más interés del que a ella le gustaría.
¡Jesús! ¿Aprenderá alguna vez Kitty a hablar en voz baja? O peor aún, ¿qué será lo próximo que haga, quitarse la ropa y bailar desnuda sobre las mesas?
Otra vez.
Por enésima vez desde que se conocieron, Santana deseaba que Kitty pudiese sentirse avergonzada. Pero su vistosa, y a menudo extravagante, amiga no conocía el significado de dicha palabra.
Se tapó la cara con las manos e hizo lo que pudo por ignorar a los curiosos mirones. Un deseo irrefrenable de deslizarse bajo la mesa, acompañado de una urgencia aún mayor de darle una buena patada a Kitty, la consumían.
— ¿Por qué no hablas un poquito más alto, Wilde? —murmuró—. Supongo que los hombres de Canadá no habrán podido escucharte.
— Oh, no lo sé —dijo el guapísimo camarero moreno al detenerse junto a su mesa—. Seguramente se dirigen hacia aquí mientras hablamos.
Un calor abrasador tomó por asalto las mejillas de Santana ante la diabólica sonrisa que le dedicó el camarero, obviamente en edad de acudir a la universidad.
— ¿Puedo ofrecerles algo más, señoras? —preguntó, y después miró directamente a Santana—. O para ser más exactos, ¿hay algo que pueda hacer por usted, señora?
¿Qué tal una bolsa con la que taparme la cabeza y un garrote para golpear a Kitty?
— Creo que ya hemos acabado —contestó Santana con las mejillas ardiendo. Definitivamente, mataría a Kitty por esto—. Sólo necesitamos la cuenta.
— Muy bien, entonces —dijo sacando la nota, y escribiendo algo en la parte superior del papel. La colocó justo delante de Santana—. Puede hacerme una llamadita si necesita cualquier cosa.
Una vez el camarero se marchó, Santana se dio cuenta de que había anotado su nombre y su teléfono en la parte superior del papel.
Kitty le echó un vistazo y soltó una carcajada.
— Espera y verás —le dijo Santana, reprimiendo una sonrisa mientras calculaba el importe de la mitad de la cuenta con su Palm Pilot—. Me las pagarás.
Kitty ignoró la amenaza y se dedicó a buscar el dinero en su bolso adornado con cuentas.
— Sí, sí. Eso lo dices ahora. Si yo estuviese en tu lugar, marcaría ese número. Es monísimo el chico.
— Jovencísimo —corrigió Santana—. Y creo que voy a pasar. Lo último que necesito es que me encierren por corrupción de menores.
Kitty paseó la mirada por el preciso lugar donde el camarero esperaba, con una cadera apoyada en la barra.
— Sí, pero don Soy Igualito a Brad Pitt, que está ahí enfrente, bien lo merece. Me pregunto si tendrá algún hermano mayor…
— Y yo me pregunto cuánto estaría dispuesto a pagar Jake por saber que su mujer se ha pasado todo el almuerzo comiéndose con los ojos a un chaval.
Kitty resopló mientras dejaba el dinero sobre la mesa.
— No me lo estoy comiendo. Lo estoy evaluando para ti. Después de todo, era de tu vida sexual de lo que hablábamos.
— Bueno, mi vida sexual es sensacional y no le interesa a la gente que nos rodea. —Y tras soltar el dinero en la mesa, cogió el último trozo de queso y se encaminó hacia la puerta.
— No te enfades —le dijo Kitty mientras salía tras ella a la calle, atestada de turistas y de los clientes habituales de los establecimientos de Jackson Square.
Las notas de jazz de un solitario saxofón se escuchaban por encima de la cacofonía de voces, caballos y motores de automóviles; una oleada de calor típico de Louisiana las recibió al salir a la calle.
Intentado no hacer caso del aire, tan espeso que dificultaba la respiración, Santana se abrió camino entre la multitud y los tenderetes ambulantes, dispuestos a lo largo de la valla de hierro que rodeaba Jackson Square.
— Sabes que es cierto —le dijo Kitty una vez la alcanzó—. Quiero decir, ¡Dios mío, San!, ¿cuánto hace? ¿Dos años?
— Cuatro —contestó ella con aire ausente—. ¿Pero a quién le interesa llevar la cuenta?
— ¿Cuatro años sin tener relaciones sexuales? —repitió Kitty incrédula.
Varios mirones se detuvieron, curiosos, para observar alternativamente a Kitty y a Santana.
Ajena —como era habitual en ella— a la atención que despertaban, Kitty continuó sin detenerse.
— No me digas que tú has olvidado que estamos en plena Era de la Electrónica. O sea, vamos a ver, ¿alguno de tus pacientes sabe que llevas tanto tiempo sin echar un polvo?
Santana acabó de tragarse el trozo de queso y le dedicó a su amiga una desagradable y furiosa mirada. ¿Es que la intención de Kitty era la de gritar a todo pulmón, en plena Vieux Carre, sus asuntos personales a todo humano y caballo que pasara por la zona?
—Baja la voz —le dijo, y añadió con sequedad—, no creo que sea de la incumbencia de mis pacientes si soy o no la reencarnación de la Virgen. Y con respecto a la Era de la Electrónica, no quiero tener una relación con algo que viene acompañado de una etiqueta con advertencias y unas pilas.
Kitty soltó un bufido.
— Sí, vale, oyéndote hablar se diría que la mayoría de las personas deberían venir acompañados de una etiqueta con esta advertencia: —alzó las manos para enmarcar la siguiente afirmación— Atención, por favor, Alerta Psíquica. Yo, macho-man o lo que sea, soy propenso a sufrir horribles cambios de humor, y a poner caras largas, y poseo la habilidad de decir la verdad a una mujer sobre su peso, sin previo aviso.
Santana soltó una carcajada. Había soltado de carretilla, en innumerables ocasiones, ese discursito sobre las etiquetas que deberían llevar ciertas personas.
— Ah, ya lo entiendo, Doctora Amor —dijo Kitty imitando la voz de la doctora Ruth1—. Usted se limita a sentarse y escuchar cómo sus pacientes le largan todos los detalles íntimos de sus encuentros sexuales, mientras usted vive
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1 Doctora Ruth: Conocida sexóloga estadounidense, famosa por sus programas de consejos en radio y televisión. (N. de la T.)
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como un miembro vitalicio del “Club de las Bragas de Teflón”. —bajando la voz, Kitty añadió:— No puedo creer que después de todo lo que has escuchado en tus sesiones, nada haya conseguido revolucionar tus hormonas.
Santana le lanzó una mirada divertida.
— Bueno, a ver, soy una sexóloga. No me beneficiaría mucho que mis pacientes se dedicaran a hacerme experimentar la petit mort mientras echan fuera todos sus problemas. En serio, Kitty, perdería el título.
— Pues no entiendo cómo puedes aconsejarles, cuando ni siquiera te acercas a una mujer y ni decir a un hombre.
Haciendo una mueca, Santana comenzó a caminar hacia el lado opuesto de la plaza, justo frente a la Oficina de Información Turística, donde Kitty había instalado su puestecillo para echar las cartas y leer las líneas de las manos.
Cuando llegó al tenderete —una mesa cubierta con una faldilla de color morado intenso—, suspiró.
— Sabes que no me importaría quedar con un hombre o mujer que se mereciera que me depilara las piernas. Pero la mayoría resulta ser una pérdida de tiempo tan evidente que prefiero sentarme en el sofá y ver las reposiciones de Hee Haw2.
Kitty le dedicó una expresión irritada.
— ¿Qué tenía de malo Puck?
— Mal aliento.
— ¿Y Mark?
— Le encantaba hurgarse en la nariz. Especialmente durante la cena.
— ¿Elaine?
Santana miró a Kitty y ésta alzó las manos.
— Vale, quizás tuviera un pequeño problema con lo de las apuestas. Pero es que todos necesitamos distraernos con algo.
Santana la miró furiosa.
— Eh, Madam Kitty, ¿ya has regresado de almorzar? —le preguntó Tina desde el puestecillo situado justo al lado del suyo, en el que vendía objetos de loza y dibujos, hechos por ella.
Unos años más joven que ellas, Tina tenía una larga melena negra y siempre llevaba ropas que a Santana le hacían pensar que estaba delante de un hada. Su vestimenta de hoy consistía en una liviana falda blanca, que hubiese
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2 Hee Haw: Comedia de humor protagonizada por un burro hecho por animación, llamado Hee Haw, y ambientada en una granja. (N. de la T.)
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resultado obscena de no ser por los leotardos rosados que llevaba debajo, y una preciosa camisa de estilo medieval.
— Sí, ya he vuelto —le contestó Kitty mientras se arrodillaba para abrir la tapa del carrito de la compra que todas las mañanas aseguraba a la verja de hierro con una de esas cadenas que se usan para las bicicletas—. ¿Alg interesante durante mi ausencia?
— Un par de chicos cogieron una de tus tarjetas, y dijeron que regresarían después de comer.
— Gracias —dijo Kitty guardando el monedero en el carro, sacó la caja de puros azul donde guardaba el dinero y las cartas de tarot —siempre envueltas en un pañuelo de seda negra—, y un delgado, pero gigantesco, libro con tapas de cuero marrón que Santana no había visto nunca.
Kitty se colocó su enorme pamela de paja, se dio la vuelta y se puso en pie.
— ¿Tus artículos tienen los precios marcados? —preguntó a Tina.
— Sí —le contestó ésta mientras cogía su monedero—. Sigo diciendo que trae mala suerte; pero al menos, si alguien quiere saber lo que valen cuando no estoy, puede averiguarlo.
Una motocicleta de aspecto desastroso frenó a cierta distancia.
— ¡Eh, Tina! —gritó el conductor—. Mueve el culo. Tengo hambre.
La chica le saludó sin hacer caso a la orden.
— No me agobies Mike o comerás tú sólo —le contestó mientras caminaba sin prisas hacia él, y se subía a la parte trasera de la moto.
Santana movió la cabeza mientras les observaba. Tina necesitaba que alguien le aconsejara sobre sus citas, mucho más que ella. Les siguió con la mirada mientras pasaban delante del Café du Monde.
— ¡Oh! Un beignet sería un estupendo postre.
— La comida no puede sustituir al sexo —le dijo Kitty mientras colocaba las cartas y el libro sobre la mesa—. ¿No es eso lo que siempre dices…?
— De acuerdo, el punto es tuyo. Pero, Kitty, en serio, ¿a qué viene este repentino interés en mi vida sexual? Mejor dicho, en mi falta de ella.
kitty cogió el libro.
— A que tengo una idea.
El escalofrío que sintió ante las palabras de Kitty le llegó hasta los huesos, y eso que el calor era agobiante. Y ella no se asustaba fácilmente. Bueno, a no ser que su amiga estuviera involucrada con una de sus ideas típicas de “mamá gallina”.
— ¿No será otra sesión de espiritismo?
— No, esto es mejor.
En su interior, Santana se encogió y comenzó a preguntarse qué sería de su vida en esos momentos si hubiese tenido una compañera de habitación normal el primer año en Tulane, en lugar de Kitty Quiero Ser Una Gitana Traviesa. De algo estaba segura: no estaría discutiendo de su vida sexual en medio de una calle llena de gente.
En ese momento, se fijó en lo diferentes que eran. Ella soportaba el húmedo calor con un ligero vestido sin mangas de seda color crema, de Ralph Lauren, y llevaba el pelo oscuro recogido en un sofisticado moño.
En contraste, Selena llevaba una larga y vaporosa falda negra con un ceñido top de tirantes morado que apenas le cubría sus generosos senos. El pelo rubio y rizado, que le llegaba a los hombros, estaba recogido con un pañuelo de seda negra, con motas semejantes a las de un leopardo. El atuendo se completaba con unos enormes pendientes de plata, en forma de luna llena, que colgaban prácticamente hasta los hombros. Sin mencionar el yacimiento de plata que se había colocado en ambas muñecas, en forma de ciento cincuenta pulseras. Pulseras que tintineaban cada vez que se movía.
La gente siempre había reparado en sus diferencias físicas, pero ella sabía que Kitty escondía una mente astuta y una gran inseguridad bajo su «exótico» atuendo. Por dentro, se parecían mucho más de lo que cualquiera podía imaginar.
Excepto en la extraña creencia que Kitty había desarrollado por el ocultismo. Y en su insaciable apetito sexual.
Acercándose a ella, Kitty dejó el libro en las manos —poco dispuestas a cogerlo— de Santana y comenzó a pasar hojas. Se las arregló para no dejarlo caer.
Y para no poner los ojos en blanco por la exasperación que la invadía.
— Encontré esto el otro día, en esa vieja librería que hay junto al Museo de Cera. Estaba cubierto por una montaña de polvo; intentaba encontrar un libro sobre psicometría cuando de repente vi éste, ¡Voilà! —dijo señalando triunfalmente a la página.
Santana miró el dibujo y se quedó con la boca abierta.
Jamás había visto algo parecido.
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3 Tulane: Universidad situada en Nueva Orleáns. (N. de la T.)
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Bueno acá les dejo el 1 capítulo espero les guste


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Mensaje por 3:) el Vie Sep 09, 2016 11:22 pm

No jodas.... Nada de sutileza la de kitty con san y su falta de sexo me morí de risa...
Que tanto ahí en ese libro para que san quede hací???

3:)
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 3:32 am

Hola me ha gustado mucho tu eleccion sobre esta adaptacion, tanto el prologo como  el primer capitulo despiertan mucho mucho la curiosidad, o por lo menos la mia. 
Espero la continuacion de la historia. Gracias por advertir a aquellas personas  a las que no les gusta el GP.  A mi me gusta todo lo que sea Brittana, y quien cargue con el paquete adicional  no tiene importancia, mas que para saber a quien se adecua el personaje sobre las caracteristicas de las Brittana que ya conocemos, ese derecho lo tiene la persona que adapta la historia por que es quien la conoce de previo y quien con todo gusto la comparte. Asi que gracias  y  Saludos.....

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Activo Re: Fanfic Brittana: "Una amante de ensueño G!P"

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 10, 2016 3:35 am

De cuantos libros estamos hablando aca??? y cuantos adaptaras?????

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Mensaje por Caritovega el Sáb Sep 10, 2016 12:20 pm

Capítulo 1 parte II

La mujer del dibujo era fascinante, y la pintura estaba realizada con asombroso detalle. Si no fuese por las marcas dejadas en la página al haber sido impresa, se diría que se trataba de una fotografía actual de alguna antigua estatua griega.
No, se corrigió a si misma: de una diosa griega. Estaba claro que ningún mortal podía jamás tener esa pinta tan fantástica.
Gloriosamente desnuda y la hermosa mujer exudaba poder, autoridad y una aplastante y salvaje sexualidad. Aunque su pose pareciera ser casual, daba la sensación de estar contemplando un depredador listo para ponerse en acción en cualquier momento.
Las venas se le marcaban en aquel cuerpo perfecto que prometía poseer una fuerza inigualable, diseñada específicamente para proporcionar placer a una mujer.
Con la boca seca, Santana observó los músculos, que tenían las proporciones adecuadas para su altura y su peso. Contempló los perfectos senos de aquella mujer, sus pezones erectos y rosados, bajo hasta el estómago —esculpido con forma de tableta de chocolate—, que suplicaba ser acariciado por una mano femenina.
Y entonces llegó al ombligo.
Y después a… está sorprendida jamás en su vida había visto algo como eso, aquella hermosa rubia se podía notar muy claramente que no era una mujer común ya que contaba con un muy buen miembro masculino no era ni demasiado grande ni demasiado pequeño, era perfecto.
Claro que sabía que existían personas intersexuales pero en su vida había tenido oportunidad de ver alguna.
Bueno, no se les había ocurrido tapar aquello con una hoja de parra. ¿Y por qué deberían haberlo hecho? ¿Quién, en su sano juicio, iba a querer ocultar unos atributos tan estupendos? Y siguiendo con aquella línea de pensamiento, ¿quién necesitaría un artilugio con pilas teniendo aquello en su casa?
Se humedeció los labios y volvió a la cara.
Mientras contemplaba los afilados y apuestos contornos del rostro, y los labios —con una diabólica sonrisa apenas esbozada—, le asaltó la imagen de una ligera brisa agitando esos rubios mechones, aclarados por el sol, que se ensortijaban alrededor del cuello, especialmente diseñado para cubrirlo de húmedos besos. Y de aquellos penetrantes ojos de color azul oscuro, mientras alzaba una lanza sobre la cabeza, y gritaba.
El sofocante aire que le rodeaba se estremeció ligeramente de forma repentina, y le acarició las partes de su cuerpo expuestas a la brisa.
Casi podía escuchar el profundo timbre de la voz de aquella mujer, y sentir cómo aquellos musculosos brazos la envolvían y la atraían hacia esos perfectos pechos, mientras su cálido aliento le rozaba la oreja.
Percibía unas manos suaves, fuertes y expertas que vagaban por su cuerpo, y le proporcionaban un deleite exquisito, mientras buscaban sus más recónditos lugares.
Un escalofrío le recorrió la espalda y el cuerpo comenzó a palpitarle en zonas donde nunca había pensado que aquello pudiese ocurrir. Sentía un dolor fiero y exigente que jamás había experimentado.
Parpadeó y volvió a mirar a Kitty, para ver si también ella se había visto afectada del mismo modo. Pero si así era, no daba señales de ello.
Debía estar alucinando. ¡Exacto! Las especias de las judías le habían llegado al cerebro y lo habían convertido en papilla.
— ¿Qué opinas de ella? —le preguntó Kitty, mirándola por fin a los ojos.
Santana se encogió de hombros, en un esfuerzo por olvidar la hoguera que abrasaba su cuerpo. Pero sus ojos volvieron a demorarse en las perfectas formas de aquella mujer.
— Se parece a un paciente que tuvo cita ayer.
Bueno, no era exactamente cierto… la chica que había estado en su consulta era medianamente atractiva, pero nada que ver con la mujer del dibujo.
¡Jamás había visto algo así en toda su vida!
— ¿De verdad? —los ojos de Kitty adquirieron un matiz oscuro que pronosticaba el comienzo de su sermón sobre las oportunidades de conseguir una cita y la intervención del destino.
— Sí —dijo cortando a Kitty antes de que pudiese comenzar a hablar—.
Me dijo que era un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer.
Kitty abrió la boca, muda de asombro. Cogió el libro, quitándoselo a Santana de las manos, y lo cerró con fuerza mientras la miraba furiosa.
— Siempre conoces a las personas más extrañas.
Santana alzó una ceja.
— Ni se te ocurra decirlo —dijo Kitty mientras ocupaba su sitio habitual tras la mesa. Colocó el libro a su lado—. Te lo advierto; esto —dijo, dando dos golpecitos al libro— es lo que estás buscando.
Santana miró fijamente a su amiga mientras pensaba en lo absolutamente convincente que parecía Madam Kitty —autoproclamada Señora de la Luna—sentada tras sus cartas de tarot, con aquella mesa morada, y el misterioso libro bajo las manos. En ese momento, casi podía creer que Kitty era en realidad una esotérica gitana.
Si creyera en esas cosas.
— Vale —dijo Santana dándose por vencida—. Deja de hablar con rodeos y dime qué tienen que ver ese libro y ese dibujo con mi vida sexual.
El rostro de Kitty adoptó una expresión bastante seria.
— La mujer que te he enseñado… Brittany… es una esclava sexual griega que está obligada a cumplir los deseos de aquélla que le invoque, y a adorarla.
Santana se rió con ganas. Sabía que estaba siendo muy maleducada, pero no pudo evitarlo. ¿Cómo demonios iba creer Kitty, una licenciada en historia antigua y en física, premiada con la beca Rhodes, y con un doctorado en filosofía, en algo tan ridículo, aun con todas sus excentricidades?
— No te rías. Lo digo en serio.
— Ya lo sé, eso es lo que me hace gracia —se aclaró la garganta y se serenó
—. Vale, ¿qué tengo que hacer?, ¿quitarme la ropa y bailar desnuda en Pontchartrain a medianoche? —un leve intento de sonrisa curvó sus labios, sin importarle que los ojos de Kitty se oscurecieran a modo de aviso—. Tienes razón, me encargaré de conseguir una buena sesión de sexo, pero no creo que sea con una espléndida esclava sexual griega.
El libro se cayó de la mesa.
Kitty dio un grito, se levantó de un salto y tiró la silla.
Santana jadeó.
— Lo empujaste con el codo, ¿verdad?
Kitty negó con la cabeza muy despacio; tenía los ojos abiertos como platos.
— Confiésalo, Wilde.
— No fui yo —dijo con una expresión mortalmente seria—. Creo que la ofendiste.
Moviendo la cabeza ante aquella necedad, Santana sacó del bolso las gafas de sol y las llaves. Bien, estupendo, esto se parecía a la época de la facultad, cuando kitty le habló de usar una Ouija, y lo amañó todo para que le dijese que se iba a casar con un diosa griega cuando cumpliera los treinta años, y que iba a tener seis hijos con ella.
_____________________________________________________________
Beca Rhodes: Beca otorgada a un estudiante sobresaliente para estudiar en la Universidad de Oxford, Inglaterra. (N. de la T.)
______________________________________________________________
Hasta el día de hoy, Kitty se negaba a admitir que había sido ella la que dirigiera el puntero.
Y, en este preciso momento, hacía demasiado calor bajo el implacable solde agosto como para discutir.
— Mira, necesito regresar al despacho. Tengo una cita a las dos en punto y no quiero coger un atasco —le dijo mientras se ponía las Ray-Ban—. ¿Vendrás entonces esta noche?
— No me lo perdería por nada del mundo. Llevaré el vino.
— Bien, te veo a las ocho. —E hizo una larga pausa para añadir:— Dile a Jake que hola y que gracias por dejarte visitarme por mi cumpleaños.
Kitty la observó alejarse y sonrió.
— Espera a ver tu regalo —susurró, y recogió el libro del suelo. Pasó la
mano por la suave tapa de cuero repujado, y quitó unas motas de polvo.Volvió a abrirlo y observó de nuevo el maravilloso dibujo; aquellos ojos habían sido dibujados con tinta negra, y aun así, daban la impresión de ser de un profundo azul.
Por una sola vez su hechizo iba a funcionar. Estaba segura.
— Te gustará Santana, Brittany —murmuró dirigiéndose a la mujer mientras recorría con los dedos su cuerpo perfecto—. Pero debo advertirte algo: acabaría con la paciencia de un santo. Y traspasar sus defensas va a resultar más duro que abrir una brecha en la muralla de Troya. No obstante, si alguien puede ayudarla, esa eres tú.
Sintió que el libro desprendía una súbita oleada de calor bajo su mano, y supo instintivamente que era la forma que Brittany elegía para darle la razón.
Santana pensaba que estaba loca a causa de sus creencias, pero siendo la séptima hija de una séptima hija, y con la sangre gitana que corría por sus venas, Kitty sabía que había ciertas cosas en la vida que desafiaban cualquier explicación. Ciertas corrientes de energía misteriosa que pasaban desapercibidas, esperando que alguien las canalizara.
Y esa noche habría luna llena.
Devolvió el libro a la seguridad del carrito de la compra y lo cerró con llave. Estaba segura que había sido cosa del destino que el libro llegara hasta ella.
Había sentido su llamada tan pronto como se acercó a la estantería donde yacía. Puesto que llevaba dos años felizmente casada, supo que no estaba destinado a ella. La usaba para llegar donde lo necesitaban.
Hasta Santana.
Su sonrisa se ensanchó. Cómo sería tener a esta increíblemente apuesta esclava sexual griega a tu disposición y disponer de ella durante todo un mes…
Sí. Éste era, definitivamente, un regalo de cumpleaños que Santana recordaría durante el resto de su vida.
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Bueno acá les dejo la 2 parte del 1 cap... de momento solo voy a adaptar este 1 libro de la saga de los cazadores... saludos

Caritovega
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Mensaje por 3:) el Sáb Sep 10, 2016 5:53 pm

Mmmmm un regalo magnífico para un cumpleaños.... No vendría nada mal y mas a san!!!
A ver como va la cena en casa de san??? Y como termina???

3:)
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Mensaje por JVM el Dom Sep 11, 2016 1:00 am

Pues San sintió la presencia de Britt, aunque lo quiera negar....
Haber como hace Kitty para convencerla de invocar a la diosa griega que espera cumplir todos sus deseos ;)

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Mensaje por Caritovega el Lun Sep 12, 2016 10:27 pm

Capítulo 2

Unas horas más tarde, Santana suspiró al abrir la puerta de su dúplex y poner el pie en el suelo encerado del vestíbulo. Dejó el montón de cartas que llevaba en la mano sobre la antigua mesa de alas abatibles, que decoraba el rincón adyacente a la escalera, y cerró la puerta tras ella, echando el pestillo.
Las llaves fueron a parar al lado de la correspondencia.
Mientras se quitaba a tirones los zapatos negros de tacón, el silencio le golpeó los oídos y se le formó un nudo en la garganta. Todas las noches la misma rutina tranquila: entrar a un hogar vacío, clasificar el correo, leer un libro, llamar a Kitty, comprobar el contestador e irse a la cama.
Kitty tenía razón, la vida de Santana era una aburrida y escueta investigación sobre la monotonía.
A los veintinueve años, Santana estaba muy cansada de su vida.
¡Demonios!, incluso Mark —el incansable buscador de tesoros nasales— comenzaba a parecer atractivo.
Bueno, quizás Mark no. Y menos su nariz, pero seguro que había alguien ahí afuera, en algún lugar, que no era un cretino.
¿O no?
Mientras subía las escaleras, decidió que vivir de forma independiente no era tan espantoso. Al menos, tenía mucho tiempo para dedicar a sus entretenimientos favoritos. O también podría buscar nuevos pasatiempos, pensaba mientras caminaba por el pasillo que llevaba a su dormitorio. Algún día, encontraría un entretenimiento divertido.
Cruzó la habitación y dejó caer los zapatos junto a la cama. No tardó nada en cambiarse de ropa.
Acababa de recogerse el pelo en una coleta cuando sonó el timbre.
Bajó de nuevo las escaleras para dejar pasar a kitty.
Tan pronto como abrió la puerta, su amiga le soltó enojada:
— No irás a ponerte eso esta noche, ¿verdad?
Santana echó un vistazo a los vaqueros llenos de agujeros y después se fijó en su enorme camiseta de manga corta.
— ¿Desde cuándo te preocupa mi aspecto? —Y entonces lo vio; en la enorme cesta de mimbre que Kitty utilizaba para llevar las compras—. ¡Uf! No.
Ese libro otra vez, no.
Con una expresión ligeramente irritada, Kitty le contestó:
— ¿Sabes cuál es tu problema, Santana?
La morena miró al techo, rogando a los cielos un poco de ayuda.
Desafortunadamente, no la escucharon.
— ¿Cuál? ¿Que no me trastorna la luz de la luna y que no arrojo mi gordo y moreno cuerpo sobre cualquier hombre que conozco?
— Que no tienes ni idea de lo encantadora que eres en realidad.
Mientras Santana se quedaba allí plantada, muda de asombro ante el poco frecuente comentario, Kitty llevó el libro a la salita de estar y lo colocó sobre la mesita de café. Sacó el vino de la cesta y se dirigió a la cocina.
Santana no se molestó en seguirla. Había encargado una pizza antes de salir del trabajo, y sabía que Kitty estaría buscando unas copas.
Empujada por un resorte invisible, Santana se acercó a la mesita donde estaba el libro.
Espontáneamente, extendió la mano y tocó la suave cubierta de cuero.
Podría jurar que había sentido una caricia en la mejilla.
Qué ridiculez.
No crees en esta basura.
Santana pasó la mano por el cuero y notó que no había título, ni ninguna otra inscripción. Abrió la tapa.
Era el libro más extraño que había visto en su vida. Las páginas parecían haber formado parte, originariamente, de un rollo de pergamino, que más tarde había sido transformado en un libro.
El amarillento papel se arrugó bajos sus dedos al pasar la primera página; en ella había un elaborado símbolo hecho a mano, formado por la intersección de tres triángulos y la atrayente imagen de tres mujeres unidas por varias espadas.
Santana frunció el ceño esforzándose por recordar si aquello podía ser una especie de antiguo símbolo griego.
Aún más intrigada que antes, pasó unas cuantas páginas y descubrió que estaba completamente en blanco, excepto aquellas tres hojas…
Qué extraño…
Debía de haber sido algún tipo de cuaderno de bocetos de un pintor, o de un escultor, decidió. Eso sería lo único que explicase que las páginas estuviesen en blanco. Algo tuvo que suceder antes de que el artista tuviera oportunidad de añadir algo más al libro.
Pero eso no acababa de explicar por qué las páginas parecían mucho más antiguas que la encuadernación…
Retrocedió hasta llegar al dibujo de la mujer, y observó con atención la inscripción que había sobre ella, pero no pudo sacar nada en claro. Al contrario que Kitty, ella evitó las clases de lenguas antiguas en la facultad como si fueran veneno; y si no hubiese sido por su amiga, jamás habría superado aquella parte fundamental en su currículum.
— Definitivamente, creo que es griega—dijo sin aliento cuando volvió a
mirar a aquella mujer.
Era sorprendente. Absolutamente perfecta e incitante.
Increíblemente fascinante.
Cautivada por completo, se preguntó cuánto tiempo se tardaría en hacer un dibujo tan perfecto. Alguien debía haber pasado años dedicado a la tarea; porque aquella mujer parecía estar preparada para saltar del libro y meterse en su casa.
Kitty se detuvo en la entrada y observó cómo Santana miraba fijamente a Brittany. Nunca la había visto tan extasiada desde que la conocía.
Bien.
Quizás Brittany pudiese ayudarla.
Cuatro años eran demasiado tiempo.
Pero Sam había sido un cerdo narcisista y desconsiderado. Se había comportado de un modo tan cruel con Santana y con sus sentimientos, que incluso la había hecho llorar la noche que perdió la virginidad.
Y ninguna mujer merecía llorar. No cuando estaba con alguien que había prometido cuidar de ella.
Brittany sería definitivamente bueno para Santana. Un mes con ella y olvidaría todo lo referente a Sam. Y, una vez que descubriera lo bien que sabía el sexo compartido y real, se liberaría de la crueldad de Sam para siempre.
Pero, primero, tenía que conseguir que su testaruda amiguita fuese un poco más obediente.
— ¿Has encargado la pizza? —le preguntó mientras le ofrecía una copa de vino.
Santana la cogió con un gesto distraído. Por alguna razón, no podía apartar los ojos del dibujo.
— ¿Santana?
Parpadeó y se obligó a mirar hacia arriba.
— ¿Hum?
— Te pillé mirando —bromeó Kitty.
Santana se aclaró la garganta.
— ¡Oh, por favor!, no es más que un pequeño dibujo en blanco y negro.
— Cielo, en ese dibujo no hay nada pequeño.
— Kitty, eres mala.
— Completamente cierto. ¿Más vino?
Y como si hubiesen estado esperando el momento preciso, sonó el timbre.
— Yo voy —dijo Kitty, colocando el vino en la mesita del teléfono para dirigirse al recibidor.
Unos minutos después, volvió a la salita. Hasta Santana llegó el maravilloso aroma de la enorme pizza de pepperoni y sus pensamientos dejaron a un lado el libro. Y a aquella mujer cuya imagen parecía haberse grabado en su subconsciente.
Pero no resultó fácil.
De hecho, cada minuto que pasaba parecía más difícil.
¿Qué demonios le pasaba? Era la Reina de Hielo. Ni siquiera Brad Pitt o Megan Fox despertaban sus deseos. Y a ellos los veía en color.
¿Qué había de extraño en aquel dibujo?
¿En ella?
Mordisqueó la pizza y se cambió de asiento. Se acomodó en un sillón en la otra punta de la sala, a modo desafío personal. Sí. Demostraría a Kitty y al libro que ella dominaba la situación.
Después de cuatro porciones de pizza, dos pastelitos de chocolate, cuatro copas de vino y una película, se reían a más no poder tumbadas en el suelo sobre los cojines del sofá mientras veían Dieciséis velas.
— «Dices que es tu cumpleaños» —comenzó Kitty a cantar, y acto seguido golpeó el suelo como si de unos bongos se tratara— «También es el mío».
Santana le golpeó la cabeza con un cojín y le dio la risa tonta al comprobar los efectos del vino.
— ¿Santana? —dijo Kitty burlona—. ¿Estás achispada?
Santana volvió a reírse.
— Más bien, agradablemente contenta. Maravillosamente contenta.
Kitty se rió de ella y le deshizo la coleta.
— Entonces, ¿estás dispuesta a hacer un pequeño experimento?
— ¡No! —gritó Santana con énfasis, sujetándose los mechones de pelo tras las orejas—. No quiero utilizar la Ouija, ni hacer lo del péndulo y te juro que si veo una sola carta del Tarot o una runa, te vomitaré encima los pastelitos.
Mordiéndose el labio, Kitty cogió el libro y lo abrió.
Las doce menos cinco.
Sostuvo el dibujo para que Santana lo observara y señaló aquel increíble, fuerte y femenino cuerpo.
— ¿Qué opinas de ella?
Santana la miró y sonrió.
— Está para relamerse, ¿verdad?
Bueno, definitivamente la cosa iba progresando. No conseguía recordar la última vez que Santana le había dedicado un cumplido a una mujer. Movió juguetonamente el libro frente al rostro de su amiga.
— Venga, San. Admítelo. Deseas a este bombón.
— Si te digo que no la dejaría salir de mi cama ni a cambio de unas galletas saladas, ¿me dejarías en paz?
— Puede. ¿A qué más renunciarías por mantenerla en tu cama?
Santana puso los ojos en blanco y apoyó la cabeza sobre un cojín.
— ¿A comer sesos de mono a la plancha?
— Ahora soy yo la que va a vomitar.
— No estás prestando atención a la película.
— Lo haré si pronuncias este hechizo tan cortito.
Santana alzó las manos y suspiró. Sabía que no merecía la pena discutir con Kitty… tenía aquella expresión. No se detendría hasta salirse con la suya, ni aunque cayese un meteorito sobre ellas en ese mismo momento.
Además, ¿qué había de malo? Ya hacía mucho tiempo que sabía que ninguno de los estúpidos rituales y encantamientos de Kitty funcionaban.
— Vale, si así te sientes mejor, lo haré.
— ¡Sí! —gritó la rubia y la agarró de un brazo para ponerla en pie—.
Necesitamos salir al porche.
— Muy bien, pero no voy a cortarle el cuello a un pollo, ni voy a beber nada asqueroso.
Con la sensación de ser una niña a la que habían dejado dormir en casa de una amiga, y que acababa de perder en el juego de Verdad-Atrevimiento, dejó que Kitty la precediera a través de la puerta corredera de cristal que daba al porche. El aire húmedo llenó sus pulmones, escuchó a los grillos cantar y descubrió miles de estrellas brillando sobre su cabeza. Santana supuso que era una noche perfecta para invocar a una esclava sexual.
Se rió por lo bajo.
— ¿Qué quieres que haga? —le preguntó a Kitty—. ¿Pedir un deseo a un planeta?
Kitty negó con la cabeza y la colocó en mitad de un rayo de luna que se colaba entre los árboles y el alero del tejado. Le ofreció el libro.
— Apóyalo en el pecho y abrázalo con fuerza.
— ¡Oh, nena! —dijo Santana con fingido deseo mientras envolvía amorosamente el libro con sus brazos y lo acercaba a su pecho, como si de una amante se tratara—. Me pones tan cachonda… No puedo esperar a hundir mis dientes en ese maravilloso cuerpo que tienes.
Kitty se rió.
— Para. ¡Esto es serio!
— ¿Serio? Por favor. Estoy aquí fuera en mitad del porche, el día de mi trigésimo cumpleaños, descalza, con unos vaqueros a los que mi madre les prendería fuego y abrazando un estúpido libro para invocar a una esclava sexual griega que está en el más allá —miró a Kitty—. Sólo conozco una manera de hacer que esto sea aún más ridículo…
Sosteniendo el libro con una sola mano, extendió los brazos a ambos lados, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a rogar al oscuro cielo:
— ¡Oh! Fabulosa esclava sexual, llévame contigo y hazme todas las cosas escandalosas que sepas. Te ordeno que te levantes —dijo, alzando las cejas.
kitty resopló.
— Así no es como debes hacerlo. Tienes que decir su nombre tres veces.
Santana se enderezó.
— Esclava sexual, esclava sexual, esclava sexual.
Con los brazos en jarras, Kitty le lanzó una furiosa mirada.
— Brittany Pierce de Macedonia.
— ¡Oh! Lo siento —dijo Santana volviendo a apretar el libro sobre el pecho, y cerrando los ojos—. Ven y alivia el dolor que siento en mis partes bajas, ¡Oh! Gran Brittany Pierce de Macedonia, Brittany Pierce de Macedonia, Brittany Pierce de Macedonia —se giró para mirar a Kitty—. ¿Sabes? Esto es un poco difícil de pronunciar tres veces seguidas, y tan rápido.
Pero su amiga no le prestaba la más mínima atención. Estaba muy ocupada mirando por todos lados, esperando la aparición de una apuesta extraña.
Santana acababa de poner otra vez los ojos en blanco, cuando un ligero soplo de viento cruzó el patio y un suave aroma a sándalo las envolvió. Volvió a inhalar para recrearse de nuevo en el agradable olor antes de que se evaporara, y entonces la brisa desapareció, dejando de nuevo el caluroso y húmedo bochorno, típico de una noche de agosto.
De repente, se escuchó un débil sonido procedente del patio trasero, y las hojas de los arbustos se movieron.
Arqueando una ceja, Santana contempló como las plantas se mecían. Y entonces, el diablillo que había en ella cobró vida.
— ¡Oh, Dios mío! —farfulló y señaló a un arbusto del patio trasero—.
¡Kitty, mira allí!
Kitty se giró a toda prisa ante el nerviosismo de Santana. Un enorme seto se mecía como si hubiese alguien detrás.
— ¿Brittany? —le llamó Kitty, y dio un paso hacia delante.
El arbusto se inclinó y, súbitamente, un siseo y un miau rompieron el silencio, un segundo antes de que dos gatos cruzaran el patio como una exhalación.
— Mira, Kitty. Es el señor Don Gato que viene a poner fin a mi celibato — sostuvo el libro con un brazo y se llevó el dorso de la mano a la frente, en un simulacro de desmayo—. ¡Oh, ayúdeme Señora de la Luna! ¿Qué voy a hacer con las atenciones de tan desacertado pretendiente? Ayúdeme rápido, antes de que me mate a causa de la alergia.
— Dame ese libro —le espetó Kitty quitándoselo de un tirón. Regresó a la casa mientras pasaba las páginas—. ¡Joder!, ¿qué he hecho mal?
Santana abrió la puerta para que Kitty pasara al fresco interior de la sala.
— No hiciste nada mal, cielo. Esto es absurdo. ¿Cuántas veces tengo que decirte que hay un viejecillo sentado en la parte trasera de un almacén, escribiendo toda esta porquería? Apostaría a que ahora mismo está partiéndose de la risa por lo imbéciles que hemos sido.
— Quizás era necesario hacer algo más. Me juego lo que sea a que hay algo en los primeros párrafos que no puedo interpretar. Debe ser eso.
Santana cerró la puerta de cristal y suplicó un poco más de paciencia.
Y me llama testaruda, ¡a mí!
El teléfono sonó en ese instante y, al contestarlo, Santana escuchó la voz de Jake preguntando por Kitty.
— Es para ti —dijo alargándole el auricular.
Kitty lo cogió.
— ¿Sí? —se mantuvo en silencio unos minutos. Santana podía escuchar la voz nerviosa de Jake. Por la repentina palidez del rostro de su amiga, dedujo que algo había pasado.
— Vale, vale. Llegaré enseguida. ¿Estás seguro de que te encuentras bien?
Vale, te quiero. Voy de camino… no hagas nada hasta que yo llegue.
Santana sintió un horrible nudo en el estómago. Una y otra vez, volvía a ver al policía en la puerta de su dormitorio, y a escuchar su desapasionada voz: Siento mucho informarle…
— ¿Qué pasa? —preguntó Santana.
— Jake se ha caído jugando a baloncesto y se ha roto un brazo.
Dejó escapar el aliento más tranquila. Gracias Señor, no ha sido un accidente de coche.
— ¿Se encuentra bien?
— Dice que sí. Sus amigos le llevaron a un médico de guardia que le hizo una radiografía antes de que se marcharan. Me dijo que no me preocupara, pero creo que es mejor que vuelva a casa.
— ¿Quieres que te lleve en mi coche?
Kitty negó con la cabeza.
— No, has tomado demasiado vino; yo he bebido menos. Además, estoy segura de que no es nada serio. Pero ya sabes lo aprensiva que soy. Quédate aquí y disfruta de lo que queda de película. Te llamaré mañana por la mañana.
— Vale. Avísame si es grave.
Kitty cogió el bolso y sacó las llaves. Se detuvo a mitad de camino y le alargó el libro a Santana.
— ¡Qué demonios! Quédatelo. Supongo que en los próximos días te ayudará a reírte a carcajadas cada vez que te acuerdes de lo idiota que soy.
— No eres idiota. Simplemente, un poco excéntrica.
— Eso es lo que decían de Mary Todd Lincoln. Hasta que la encerraron.
Santana cogió el libro, riéndose a carcajadas, y observó como Kitty caminaba hacia su coche.
— Ten cuidado —gritó desde la puerta—. Y gracias por el regalo, y por lo que esté por venir.
Kitty le dijo adiós con la mano antes de subirse a su Jeep Cherokee de color rojo brillante y alejarse.
Con un suspiro de cansancio, Santana cerró la puerta, echó el pestillo y arrojó el libro al sofá.
— No te vayas a ningún lado, esclava sexual.
Santana se rió de su propia estupidez. ¿Acabaría alguna vez Kitty con todas aquellas majaderías?
Apagó el televisor y llevó los platos sucios al fregadero. Mientras lavaba las copas, vio un repentino fogonazo.
Durante un segundo, pensó que se trataba de un relámpago.
Hasta que se dio cuenta de que había sido dentro de la casa.
— ¿Qué dem…?
Soltó la copa y fue hacia la salita de estar. Al principio no vio nada. Pero según se acercaba a la puerta, percibió una presencia extraña. Algo que le puso la piel de gallina.
Entró en la estancia con mucho cuidado y vio una figura alta, de pie delante del sofá. Era una mujer. Una muy hermosa mujer. ¡Una hermosa mujer desnuda!
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5 Mary Todd Lincoln: Esposa de Abraham Lincoln, declarada loca en 1872 por su extraño comportamiento. (N. de la T.)
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Cha cha cha Channnnnnnn Quien sera aquella hermosa mujer encuerada ? :3 Bueno les dejo este cap.. les quería preguntar ha habido algún error ya saben que a veces suele escaparse un él en este tipo de adaptaciones o el nombre real de los personajes me avisan si es así para corregirlo...  hasta pronto re

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Mensaje por 3:) el Lun Sep 12, 2016 10:55 pm

Bueno kitty lo hizo de buena intencion pero agarrar a san borracha para hacerlo jajaja...
Mori de risa con el señor don gato!!... jajajaja
Mmmmm mujer... hermosa mujer!!!.... sera que sirvio el rito de kitty???

3:)
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Sep 14, 2016 12:39 pm

Esta historia si que es de ensueño....... . y de verdad que hay que tenerle paciencia a Santana, la paciencia de un Santo..
Saludos. hasta pronto

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Mensaje por Caritovega el Miér Sep 14, 2016 10:01 pm

3:) escribió:Bueno kitty lo hizo de buena intencion pero agarrar a san borracha para hacerlo jajaja...
Mori de risa con el señor don gato!!... jajajaja
Mmmmm mujer... hermosa mujer!!!....  sera que sirvio el rito de kitty???
JAJAJA esa Kitty es una loquisha y buehh yo tbm mori de risa con lo del gato

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Mensaje por Caritovega el Miér Sep 14, 2016 10:03 pm

[quote="marthagr81@yahoo.es"]Esta historia si que es de ensueño....... . y de verdad que hay que tenerle paciencia a Santana, la paciencia de un Santo..
Saludos. hasta pronto[/quote
Creo que la PACIENCIA sera parte esencial de Brittany ya que con lo cabezota que es Santana

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Mensaje por Caritovega el Jue Sep 15, 2016 10:37 pm

Capítulo 3


Santana hizo lo que cualquier mujer que se encuentra a una persona desnuda en este caso una mujer en su salita de estar hubiese hecho: gritar.
Y después, salir corriendo hacia la puerta.
Sólo que se olvidó de los cojines que habían amontonado en el suelo y que aún estaban allí. Se tropezó con unos cuantos y cayó de bruces.
¡No! Gritó mentalmente mientras aterrizaba de forma poco elegante y dolorosa. Tenía que hacer algo para protegerse.
Temblando de pánico, se abrió paso entre los cojines mientras buscaba un arma. Al sentir algo duro bajo la mano lo cogió, pero resultó ser una de sus zapatillas rosas con forma de conejo.
¡Joder! Por el rabillo del ojo vio la botella de vino. Rodó hacia ella y la cogió; entonces se giró para enfrentar a la intrusa.
Más rápido de lo que ella hubiese podido esperar, la mujer cerró sus cálidos dedos alrededor de su muñeca y la inmovilizó con mucho cuidado.
— ¿Te has hecho daño? —le preguntó.
¡Santo Dios!, su voz era hermosa y tenía un melodioso y marcado acento que sólo podía describirse como musical. Erótico. Y francamente estimulante.
Con todos los sentidos embotados, Santana miró hacia arriba y…
Bueno…
Para ser honestos, sólo vio una cosa. Y lo que vio hizo que las mejillas le ardieran más que un Cajun gumbo. Después de todo, cómo no iba a verlo si estaba al alcance de su mano. Y además, con semejante tamaño.
Al momento, la mujer se arrodilló a su lado, con mucha ternura le apartó el pelo de los ojos y pasó las manos por su cabeza en busca de una posible herida.
Santana se recreó con la visión de esos pechos maravillosos. Incapaz de moverse ni de mirar otra cosa que no fuese aquella increíble piel, sintió la urgencia de gemir ante la intensa sensación que los dedos de aquella mujer le estaban provocando en el pelo. Le ardía todo el cuerpo.
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6 Cajun Jumbo: Plato típico de Nueva Orleáns, muy picante. (N. de la T.)
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— ¿Te has golpeado la cabeza? —le preguntó ella.
De nuevo, ese magnífico y extraño acento que reverberaba a través de su cuerpo, como una caricia cálida y relajante.
Santana miró con mucha atención aquella extensión de piel blanca, que parecía pedirle a gritos a su mano que la tocara.
¡Aquella mujer prácticamente resplandecía!
Fascinada, deseó verle el rostro y comprobar por sí misma que era tan increíble como el resto de su cuerpo.
Cuando alzó la mirada más allá de los esculturales y hermosos músculos de sus hombros, se quedó con la boca abierta. Y la botella de vino se deslizó entre sus adormecidos dedos.
¡Era ella!
¡No!, no podía ser.
Esto no podía estar sucediéndole a ella, y aquella mujer no podía estar desnuda en su sala de estar con las manos enterradas en su pelo. Este tipo de cosas no pasaban en la vida real. Especialmente a las personas equilibradas como ella.
Pero aun así…
— ¿Brittany? —preguntó sin aliento.
Tenía la poderosa y definida constitución de una gimnasta. Sus músculos eran duros, prominentes y magníficos, y muy bien definidos; tenía músculos hasta en lugares donde ni siquiera sabía que se podían tener. En los hombros, los bíceps, en los antebrazos; en el pecho, en la espalda. Hermosas piernas largas y definidas.
Cualquier músculo que se le antojara, se abultaba con una fuerza ruda pero a la vez totalmente femenina.
Hasta aquello había comenzado a abultarse.
El pelo le caía a la buena de Dios en una melena ondulada, y le enmarcaba un rostro delicado, que parecía haber sido esculpido en granito.
Increíblemente guapa y cautivador, sus rasgos resultaban femeninos delicados pero tambien con una pisca de rudeza. Pero definitivamente, robaban el aliento.
Los sensuales, carnosos y rosados labios se curvaban en una leve sonrisa que dejaba a la vista un par de hoyuelos con forma de media luna, en cada una de sus palidas mejillas.
Y sus ojos.
¡Dios mío!
Tenían el celestial azul claro de un perfecto día de verano, rodeados de un borde azul oscuro que resaltaba sus iris. Resultaban abrasadores de tan intensos, y reflejaban inteligencia. Santana tenía la sensación de que aquellos ojos podían realmente resultar letales.
O al menos, devastadores.
Y ella se sentía realmente devastada en esos momentos. Cautivada por una mujer demasiado perfecta para ser real.
Vacilante, extendió la mano para colocarla sobre su brazo. Se sorprendió mucho cuando no se evaporó, demostrando que no era una alucinación etílica.
No, ese brazo era real. Real, suave, duro, y cálido. Bajo aquella piel que su mano tocaba, un poderoso músculo se flexionó, y el movimiento hizo que su corazón comenzara a martillearle con fuerza.
Atónita, no podía hacer otra cosa que mirarla.
Brittany alzó una ceja, intrigada. Nunca antes una mujer había salido huyendo de ella. Ni la había dejado de lado después de haberla invocado.
Todas las demás habían esperado ansiosas a que ella tomara forma y se habían lanzado directamente a sus brazos, exigiéndole que las complaciera.
Pero ésta no…
Era distinta.
En sus labios cosquilleaba una sonrisa mientras deslizaba los ojos por el cuerpo de aquella mujer. Una abundante melena negra le caía hasta la mitad de la espalda, y sus ojos tenían el color café mas hermoso que había, brillaban con calidez e inteligencia.
Tenía una hermosa piel morena, era tan adorable como su suave e insinuante voz.
No es que eso importase demasiado.
Sin tener en cuenta cuál fuese su apariencia, Brittany estaba allí para servirla sexualmente. Para perderse al saborear aquel cuerpo, y tenía toda la intención de hacer precisamente eso.
— Vamos —le dijo sujetándola por los hombros—. Déjame ayudarte.
— Estás desnuda —murmuró Santana mirándole de arriba abajo, totalmente perpleja, mientras se ponían en pie—. Estás muy desnuda.
Ella le colocó unos cuantos mechones oscuros tras las orejas.
— Lo sé.
— ¡Estás desnuda!
— Sí, creo que ya lo hemos dejado claro.
— Estás tan contenta, y desnuda.
Confundida, Brittany frunció el ceño.
— ¿Qué?
Ella miró su erección.
— Estás contenta —le dijo con una intencionada mirada—. Y estás desnuda.
Así le llamaban entonces en este siglo. Debería recordarlo.
— ¿Y eso te hace sentir incómoda? —le preguntó, asombrada por el hecho de que a una mujer le preocupara su desnudez, cosa que jamás había sucedido anteriormente.
— ¡Bingo!
— Bueno, conozco un remedio —dijo la rubia, bajando el timbre de su voz mientras miraba la camisa de Santana y los endurecidos pezones que se marcaban a través de la tela. No podía esperar más para ver esos pezones.
Para saborearlos.
Se acercó para tocarla.
Santana se alejó un paso con el corazón desbocado. Esto no era real. No podía serlo. Estaba borracha y tenía alucinaciones. O quizás se había golpeado la cabeza con la mesita del sofá y estaba desangrándose, muriéndose poco a poco.
¡Sí, eso era! Eso tenía sentido.
Por lo menos, tenía más sentido que aquel palpitante estremecimiento que hacía que su cuerpo ardiera. Un estremecimiento que le pedía que se lanzara al cuello de aquella mujer.
Y de justos era decir que tenía un bonito cuello.
Cuando tengas una fantasía, muchacha, es que definitivamente estás agotada. Seguramente habrás estado trabajando más de la cuenta, y estás empezando a llevarte a casa los sueños de tus pacientes.
Brittany se acercó a ella y le encerró el rostro entre sus delicadas y suaves manos.
Santana no podía moverse. Se limitó a dejar que le alzara la cabeza hasta que pudo mirar de frente aquellos penetrantes ojos, que con toda seguridad podrían leerle el alma. La hipnotizaban como los de un mortífero depredador sosegando a su presa.
Brittany se estremeció bajo su abrazo.
Y entonces, unos ardientes y exigentes labios cubrieron los suyos. Santana gimió en respuesta. Había escuchado hablar toda su vida de besos que hacían flaquear las rodillas de las mujeres, pero ésta era la primera vez que le sucedía a ella.
¡Oh! Aquella mujer olía estupendamente, daba gusto tocarla y, además, sabía muchísimo mejor.
Por propia iniciativa, sus brazos envolvieron aquellos hermosos y fuertes hombros. El calor del pecho de aquella mujer se introdujo en su cuerpo, incitándola con la erótica y sensual promesa de lo que vendría a continuación. Y mientras tanto, Brittany se dedicaba a embelesarla con sus labios con tanta maestría como un vikingo con la intención de arrasarlo todo a su paso.
Cada centímetro de su magnífico cuerpo estaba íntimamente pegado al suyo, acariciándola con la intención de despertar todos sus instintos femeninos.
¡Oh Dios! Su presencia la estimulaba como ningún otro hombre o mujer lo había hecho jamás. Deslizó la mano por los definicos músculos de su espalda y suspiró cuando sintió que se movían bajo su mano.
Santana decidió en aquel preciso instante que si era un sueño, definitivamente no quería que sonara el despertador.
Ni el teléfono
Ni…
Las manos de la rubia acariciaron su espalda antes de agarrarla por las nalgas y acercar más sus caderas, mientras su lengua seguía danzando en su boca.
El aroma a sándalo inundaba sus sentidos.
Con el cuerpo derretido, exploró los duros y firmes músculos de su espalda desnuda, mientras los largos mechones de ella le rozaban las manos en una erótica caricia.
Brittany sintió que su cabeza daba vueltas con el cálido roce de la morena, con la sensación de sus brazos envolviéndola mientras sus propias manos recorrían su suave y morena piel, un deleite para el hambriento.
Cómo le gustaban los sonidos inarticulados con los que ella provocativamente le respondía. Mmm, estaba deseando oírla gritar de placer. Ver cómo su cabeza caía hacia atrás mientras su cuerpo se convulsionaba espasmo tras espasmo envolviendo su miembro.
Hacía muchísimo tiempo que no sentía las caricias de una mujer. Mucho tiempo desde que no gozaba del más mínimo contacto humano.
Sentía un deseo candente que le recorría todo el cuerpo; si ésta fuese su primera vez, devoraría a Santana como a un trozo de chocolate. La tumbaría y gozaría de ella como una hambrienta invitada a un banquete.
Pero tenía que esperar a que se acostumbrara un poco a ella.
Muchos siglos atrás, había aprendido que las mujeres siempre se desvanecían tras su primera unión. Definitivamente, no quería que ésta se desmayara.
Al menos todavía.
No obstante, no podía esperar un minuto más para poseerla.
La tomó en brazos y se encaminó hacia la escalera.
En un principio, Santana no reaccionó, perdida como estaba en la sensación de aquellos fuertes brazos que la rodeaban con pasión; su mente estaba totalmente centrada en el hecho de que una mujer la hubiera levantado del suelo y no hubiese gruñido por el esfuerzo. Pero al pasar junto a la enorme piña que decoraba el pasamanos de la escalera, salió de su ensimismamiento con un sobresalto.
— ¡Eh, tía! —le soltó agarrándose a la piña de caoba tallada como si se tratara de un salvavidas—. ¿Dónde crees que me llevas?
Ella se detuvo y la miró con curiosidad. En ese momento, Santana fue consciente de que una mujer tan alta y poderosa como aquélla, podría hacer lo que le apeteciese con ella y sería inútil intentar detenerla.
Un estremecimiento de terror la sacudió.
Sin embargo, por muy peligrosa que la situación fuese, una parte de ella no estaba asustada. Algo en su interior le decía que ese mujer jamás le haría daño intencionadamente.
— Te llevo a tu dormitorio, donde podemos acabar lo que hemos empezado —dijo llanamente, como si estuviesen hablando del tiempo.
— Me parece que no.
Ella encogió aquellos hombros, maravillosamente.
— ¿Prefieres las escaleras entonces?, ¿o quizás el sofá? —se detuvo y echó un vistazo alrededor de su casa, como si estuviese considerando las opciones—. No es mala idea, en realidad. Hace mucho que no poseo a una mujer en un…
— ¡No, no, no! El único sitio donde vas a poseerme es en tus sueños. Y ahora déjame en el suelo antes de que me enfade de verdad.
Para su asombro, ella obedeció.
Comenzó a sentirse un poco mejor una vez que sus pies tocaron tierra firme y subió dos escalones.
Ahora estaban frente a frente, y casi a la misma altura; bueno, si es que alguien podía estar alguna vez a la altura de una mujer con semejante autoridad e innato poder.
De pronto, el impacto de su presencia la golpeó con intensidad.
¡Era real!
¡Cielos!, Kitty y ella habían conseguido convocarla y traerla a este mundo.
Con el rostro impasible y sin la más ligera muestra de que la situación la divirtiera, la miró directamente a los ojos.
— No entiendo por qué estoy aquí. Si no quieres sentirme dentro de ti, ¿por qué me has convocado?
Estuvo a punto de gemir al escuchar sus palabras. Y más aún cuando la visión de su cuerpo palido, suave, definido y poderoso introduciéndose en ella le pasó por la mente.
¿Qué se sentiría cuando una mujer tan increíblemente deliciosa te hacía el amor durante toda la noche?
Estaba claro que Brittany sería deliciosa en la cama. No cabía duda. Con la destreza y agilidad que caracterizaban sus movimientos, no hacía falta decir lo fenomenalmente bien que…
Santana se puso tensa ante el rumbo de sus pensamientos. ¿Qué pasaba con este mujer?
Jamás en su vida había sentido un deseo sexual como el que sentía en esos momentos. ¡Nunca! Literalmente hablando, la tumbaría en el suelo y se la comería entera.
No tenía sentido.
Se había acostumbrado, con el paso de los años, a que le describieran innumerables encuentros sexuales de la forma más gráfica; algunos de sus pacientes incluso intentaban conmocionarla o excitarla.
Ni una sola vez habían conseguido su propósito.
Pero cuando se trataba de Brittany, lo único que tenía en mente era cogerla, echarla en el suelo y subírsele encima.
Ese pensamiento, tan impropio de ella, le devolvió la sensatez.
Abrió la boca para responder su pregunta, y no dijo nada. ¿Qué iba a hacer con esta mujer?
Aparte de aquello.
Movió la cabeza con incredulidad.
— ¿Qué se supone que voy a hacer contigo?
Los ojos de la rubia se oscurecieron por la lujuria e intentó tocarla de nuevo.
¡Oh, sí!, le pedía su cuerpo, por favor, tócame por todos sitios.
— ¡Para! —espetó, dirigiéndose tanto a Brittany como a sí misma; se negaba a perder el control. La cordura gobernaría la situación, no las hormonas. Ya había cometido ese error una vez, y no estaba dispuesta a repetirlo.
Subió de un salto un escalón más y la miró directamente a los ojos. ¡Jesús, María y José!, era fantástica. El cabello rubio le caía en ondas hasta la mitad de la espalda, donde estaba sujeto por una tira de cuero marrón. Excepto tres finas trenzas acabadas en pequeñas cuentas de cristal, que oscilaban con cada uno de sus movimientos.
Las cejas, de color castaño claro, se arqueaban sobre unos ojos fascinantes a la par que terroríficos. Y esos ojos la estaban mirando con más pasión de la que debieran.
En ese momento desearía poder matar a Kitty, sin ninguna duda.
Pero no tanto como le gustaría meterse en la cama con aquella mujer y clavar los dientes en esa piel palida.
¡Déjalo ya!
— No entiendo lo que sucede —dijo al fin. Tenía que pensar; descubrir lo que debía hacer—. Necesito sentarme un minuto y tú… —deslizó los ojos sobre el magnífico cuerpo—. Tú necesitas taparte.
Brittany puso una expresión crispada. Era la primera vez en toda su existencia que alguien le decía eso.
De hecho, todas las mujeres a las que había conocido antes de la maldición, no habían hecho otra cosa que intentar arrancarle la ropa. Lo más rápido posible.
Y después de la maldición, sus invocadoras habían dedicado días enteros a contemplar su desnudez mientras pasaban las manos por su cuerpo, saboreando su presencia.
— Quédate aquí un momento —le dijo Santana antes de subir a toda prisa las escaleras.
Brittany observó el vaivén de sus caderas mientras subía los peldaños y su miembro se endureció al instante. Echó un vistazo a su alrededor con los dientes apretados, en un intento por ignorar el ardor que sentía en la entrepierna. La clave estaba en la distracción; al menos hasta que ella claudicara.
Lo cual no tardaría en ocurrir. Ninguna mujer podía negarse por mucho tiempo el placer de tenerla.
Con una amarga sonrisa ante aquella idea, contempló la casa.
¿En qué lugar y en qué época se encontraba?
No sabía cuánto tiempo había estado atrapada. Lo único que recordaba era el sonido de las voces a lo largo del tiempo, el sutil cambio de los acentos y de los dialectos según pasaban los años.
Mirando la luz que se encontraba sobre su cabeza, frunció el ceño. No
había ninguna llama. ¿Qué era esa cosa? Los ojos se le llenaron de lágrimas, irritados, y desvió la vista.
Eso debía ser una bombilla, decidió.
«Oye, necesito cambiar la bombilla. Hazme el favor de darle al interruptor que está junto a la puerta, ¿vale?»
Mientras recordaba las palabras del dueño de la librería, miró hacia la puerta y vio lo que supuestamente debía ser el interruptor. Brittany se alejó de las escaleras y apretó el pequeño dispositivo. De inmediato, las luces se apagaron.
Volvió a encenderlas.
Sonrió sin proponérselo. ¿Qué otras maravillas le aguardaban en esta época?
— Aquí tienes.
Brittany miró a Santana que estaba en la parte superior de la escalera. Le arrojó un largo rectángulo de tela verde oscuro. La sostuvo sobre el pecho mientras la incredulidad la dejaba perpleja.
¿Había dicho en serio lo de cubrirle?
Qué extraño. Frunciendo más el ceño, se envolvió las caderas con la tela.
Santana esperó hasta que se alejó de la puerta para mirarla de nuevo.
Gracias a Dios, por fin estaba tapada. No era de extrañar que los victorianos insistieran tanto en el asunto de las hojas de parra. Era una pena no tener unas cuantas en el patio. Lo único que crecía allí eran unos cuantos acebos, y dudaba mucho que ella apreciara sus hojas.
Santana se encaminó hacia la sala y se sentó en el sofá.
— Ayúdame, Kitty —suspiró—. Me las pagarás por esto.
Y entonces, ella se sentó a su lado, revolucionando todas las hormonas de su cuerpo con su presencia.
Mientras se movía hasta la otra punta del sofá, Santana la miró cautelosamente.
— Así que… ¿para cuánto tiempo has venido?
¡Oh, qué buena pregunta, Santana! ¿Por qué no le preguntas por el tiempo o le pides un autógrafo ya que te pones? ¡Jesús!
— Hasta la próxima luna llena —sus gélidos ojos dieron muestras de un pequeño deshielo. Y, mientras deslizaba su mirada por todo su cuerpo, el hielo se transformó en fuego en décimas de segundo. Se inclinó sobre ella para tocarle la cara. Santana se incorporó de un salto y puso la mesita del café como barrera de separación.
— ¿Me estás diciendo que tengo que aguantarte durante todo un mes?
— Sí.
Conmocionada, Santana se pasó la mano por los ojos. No podía entretenerla durante un mes. ¡Un mes entero, con todos sus días! Tenía obligaciones, responsabilidades. Hasta tenía que buscar un pasatiempo.
— Mira —le dijo—. Lo creas o no, tengo una vida en la que no estás incluida.
Sabía, por la expresión de su rostro, que a ella no le importaban sus palabras. En absoluto.
— Si crees que estoy encantada de estar aquí contigo, estás lamentablemente equivocada. Te aseguro que no elegí venir.
Sus palabras consiguieron herirla.
— Bueno, cierta parte de ti no siente lo mismo —le dijo mientras dedicaba una furiosa mirada a aquella parte de su cuerpo que aún estaba tiesa como una vara.
Ella suspiró al echar un vistazo a su regazo y vislumbrar la protuberancia que sobresalía bajo la toalla.
— Desafortunadamente, tengo tanto control sobre esto como sobre el hecho de estar aquí.
— Bueno, la puerta está ahí —dijo señalándola—. Ten cuidado de que no te golpee el trasero al cerrarse.
— Créeme; si pudiese irme, lo haría.
Santana titubeó ante sus palabras, ante su significado.
— ¿Quieres decir que no puedo ordenarte que te marches?, ¿ni que regreses al libro?
— Creo que la expresión que usaste fue: bingo.
Santana guardó silencio.
Brittany se puso de pie lentamente y la miró. Durante todos los siglos que llevaba condenada, ésta la primera vez que le sucedía una cosa así. El resto de sus invocadoras habían sabido lo que ella significaba, y habían estado más que dispuestas a pasar todo un mes en sus brazos, utilizando felizmente su cuerpo para obtener placer.
Jamás en su vida, mortal o inmortal, había encontrado a una mujer que no le deseara físicamente.
Era…
Extraño.
Humillante.
Casi embarazoso.
¿Sería un indicio de que la maldición se debilitaba?, ¿de que quizás pudiera liberarse?
No. En el fondo sabía que no era cierto, aun cuando su mente se esforzaba en aferrarse a la idea. Cuando los dioses griegos decretan un castigo, lo hacen con un estilo y con un ensañamiento que ni siquiera dos milenios pueden suavizar.
Hubo una época, mucho tiempo atrás, en la que había luchado contra la condena. Una época en la que había creído que podría liberarse. Pero después de dos mil años de encierro y tortura despiadada, había aprendido algo: resignación.
Se merecía este infierno personal y, como la soldada que una vez había sido, aceptaba el castigo.
Sentía un nudo en la garganta y tragó para intentar deshacerlo. Extendió los brazos a los lados y ofreció su cuerpo a Santana.
— Haz conmigo lo que desees. Sólo tienes que decirme cómo puedo
complacerte.
— Entonces deseo que te marches.
Brittany dejó caer los brazos.
— En eso no puedo complacerte.
Frustrada, Santana comenzó a caminar nerviosa de un lado a otro.
Finalmente, sus hormonas habían regresado a la normalidad y, con la cabeza más despejada, se esforzó por encontrar una solución. Pero por mucho que la buscaba, no parecía haber ninguna.
Un dolor punzante se instaló en sus sienes.
¿Qué iba a hacer un mes —un mes entero— con ella?
De nuevo, una visión de Brittany tumbada sobre ella, con el pelo cayéndole a ambos lados del rostro, formando un dosel alrededor de sus cuerpos mientras se introducía totalmente en ella, la asaltó.
— Necesito algo… —a Brittany le falló la voz.
Grace se dio la vuelta para mirarla, con el cuerpo aún suplicándole que cediera a sus deseos.
Sería tan fácil rendirse ante ella… Pero no podía cometer ese error. Se negaba a usar a Brittany de ese modo. Como si…
No, no iba a pensar en eso. Se negaba a pensar en eso.
— ¿Qué? —preguntó ella.
— Comida —contestó Brittany—. Si no vas a utilizarme de forma apropiada, ¿te importaría si como algo?
La expresión avergonzada y teñida de desagrado que adoptó su rostro le indicó a Santana que no le gustaba tener que pedir.
Entonces cayó en la cuenta de algo; si para ella esto resultaba extraño y difícil, ¿cómo demonios se sentiría ella después de haber sido arrancada de donde quiera que estuviese, para ser arrojada a su vida como si fuese un guijarro lanzado con un tirachinas? Debía ser terrible.
— Por supuesto —le dijo mientras se ponía en movimiento para que ella la siguiera—. La cocina está aquí —la guió por el corto pasillo que llevaba a la parte trasera de la casa.
Abrió el frigorífico y se apartó para que ella echara un vistazo.
— ¿Qué te apetece?
En lugar de meter la cabeza para buscar algo, se quedó a medio metro de distancia.
— ¿Ha quedado algo de pizza?
— ¿Pizza? —repitió Santana asombrada. ¿Cómo sabría ella lo que era una pizza?
Brittany se encogió de hombros.
— Me dio la impresión de que te gustaba mucho.
A Santana le ardieron las mejillas mientras recordaba el tonto jueguecito al que se dedicaron mientras comían. Kitty había hecho otro comentario acerca de reemplazar el sexo con la comida, y ella había fingido un orgasmo al saborear el último trozo de pizza.
— ¿Nos escuchaste?
Con una expresión hermética, ella contestó en voz baja.
— La esclava sexual escucha todo lo que se dice en las proximidades del libro.
Si las mejillas le ardieran un poco más, acabarían explotando.
— No quedó nada —dijo rápidamente, desando meter la cabeza en el congelador para enfriársela—. Tengo un poco de pollo que me sobró de ayer, y también pasta.
— ¿Y vino?
Ella asintió con la cabeza.
— Está bien.
El tono despótico que utilizó Brittany hizo estallar su furia. Era uno de esos tonillos usados por un típico Tarzán que en el fondo quería decir: Yo soy la que manda nena. Tráeme la comida. Y había conseguido que le hirviera la sangre.
— Mira, tía, no soy tu cocinera. Como te pases conmigo te daré de comer Alpo.
Ella arqueó una ceja.
— ¿Alpo?
— Olvídalo —aún irritada, sacó el pollo y lo preparó para meterlo en el microondas.
Brittany se sentó a la mesa con ese aura de arrogancia que acababa con todas sus buenas intenciones. Deseando tener una lata de Alpo, Santana sirvió un poco de pasta en un cuenco.
— De todos modos, ¿cuánto tiempo has estado encerrada en ese libro?
¿Desde la Edad Media? —al menos su forma de actuar correspondía a la de la época.
Ella permaneció sentada, tan quieta como una estatua. Nada de mostrar sus emociones. Si no la hubiese conocido mejor, habría pensado que se trataba de un androide.
— La última vez que fui convocado fue en el año 1895.
— ¿En serio? —Santana se quedó con la boca abierta mientras metía el cuenco en el microondas— ¿En 1895? ¿Estás hablando en serio?
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7 Alpo: Marca de comida enlatada para perros. (N. de la T.)
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Ella asintió con la cabeza.
— ¿En qué año te metieron en el libro?, la primera vez quiero decir.
La ira se adueñó de su rostro con tal intensidad que Santana se asustó.
— Según tu calendario, en el año 149 a.C.
Santana abrió los ojos de par en par.
— ¿En el año 149 antes de Cristo? ¡Jesús, María y José! Cuando te llamé Brittany Pierce de Macedonia era cierto. Eres de Macedonia.
Ella asintió con un gesto brusco.
Los pensamientos de Santana giraban como un torbellino mientras cerraba el microondas y lo ponía en marcha. Era imposible. ¡Tenía que ser imposible!
— ¿Cómo te metieron en el libro? A ver, según tengo entendido, los antiguos griegos no tenían libros, ¿verdad?
— Originalmente fui encerrada en un rollo de pergamino que más tarde fue encuadernado como medida de protección —dijo con un tono sombrío y el rostro impasible—. Y con respecto a qué fue lo que hice para que me castigaran: invadí Alexandria.
Santana frunció el ceño. Aquello no tenía ni pizca de sentido; como el resto de todo lo que estaba sucediendo.
— ¿Y por qué ibas a merecerte un castigo por invadir una ciudad?
— Alexandria no era una ciudad, era una sacerdotisa virgen del dios Príapo.
Santana se tensó ante el comentario, y ante la magnitud del castigo que implicaba «invadir» a una mujer. Encerrar a la autora de la invasión para toda la eternidad era un poco excesivo.
— ¿Violaste a una mujer?
— No la violé —contestó mirándola con dureza—. Fue de mutuo consentimiento, te lo aseguro.
Vale, ése era un tema sensible para ella. Se percibía claramente en su gélida conducta. No le gustaba hablar del pasado. Tendría que ser un poquito más sutil en su interrogatorio.
Brittany escuchó el extraño timbre, y observó cómo Santana apretaba un resorte que abría la puerta de la caja negra donde había introducido su comida.
Ella sacó el humeante cuenco de comida y lo colocó ante Brittany, junto con un tenedor plateado, un cuchillo, una servilleta de papel y una copa de vino. El cálido aroma se le subió a la cabeza e hizo que el estómago rugiera de necesidad.
Se suponía que debía estar perpleja por el modo tan rápido en que ella había cocinado, pero después de haber oído hablar de artefactos con nombres extraños como tren, cámara, automóvil, fonógrafo, cohete y ordenador, Brittany dudaba que cualquier cosa pudiese tomarla por sorpresa.
En realidad, no quedaba ningún sentimiento en ella, aparte del deseo; hacía mucho que había desterrado todas sus emociones.
Su existencia no era más que una sucesión de fragmentos temporales a lo largo de los siglos. Su única razón de ser era la de obedecer los deseos sexuales de sus invocadoras.
Y, si algo había aprendido en los dos últimos milenios, era a disfrutar de los escasos placeres que podía obtener en cada invocación.
Con ese pensamiento, cogió una pequeña porción de comida y saboreó la deliciosa sensación de los tibios y cremosos tallarines sobre su lengua. Era una pura delicia.
Dejó que el aroma de las especias y del pollo invadiera su cabeza. Había pasado una eternidad desde la última vez que probó la comida. Una eternidad sufriendo un hambre atroz. Cerró los ojos y tragó. Acostumbrada como estaba a la privación en lugar de a los alimentos, su estómago se cerró ante el primer bocado. Brittany apretó con fuerza el cuchillo y el tenedor mientras luchaba por alejar el terrible dolor.
Pero no dejó de comer. No lo haría mientras hubiese comida en el cuenco.
Había esperado demasiado tiempo para poder aplacar su hambre y no estaba dispuesta a detenerse ahora.
Después de unos cuantos bocados más, los retortijones disminuyeron y le permitieron disfrutar plenamente de la comida.
Una vez su estómago se calmó, tuvo que echar mano de todas sus fuerzas para comer como una humana y no zamparse la comida a puñados, tal era el hambre que le devoraba las entrañas.
En momentos como éste, le resultaba muy difícil recordar que aún era humana, y no una bestia desbocada y feroz que había sido liberada de su jaula.
Hacía siglos que había perdido la mayor parte de su condición humana. Y estaba decidido a conservar lo poco que le quedaba.
Santana se apoyó en la encimera y la observó mientras comía. Lo hacía lentamente, de forma casi mecánica. No dejaba entrever si le gustaba la comida, pero aún así, continuaba comiendo.
Lo que realmente le sorprendió fueron los exquisitos modales europeos que demostraba. Ella nunca había sido capaz de comer de ese modo, y fue entonces cuando comenzó a preguntarse dónde habría aprendido a utilizar el cuchillo para mantener la pasta en el tenedor, y evitar que se cayera.
— ¿Había tenedores en la antigua Macedonia? —le preguntó.
Brittany dejó de comer.
— ¿Disculpa?
— Me preguntaba cuándo se inventó el tenedor. ¿Ya lo utilizaban en…?
¡Estas desvariando! Le gritó su mente.
¿Y quién no lo haría en esta situación? Mira a aquella mujer. ¿Cuántas veces crees que alguien ha actuado como un imbécil y ha acabado devolviendo la vida a una estatua griega? ¡Especialmente una estatua con ese cuerpo!
No muy a menudo.
— Creo que se inventó a mediados del sigo XV.
— ¿En serio? —preguntó ella—. ¿Tú estabas allí?
Con una expresión ilegible, alzó los ojos y a su vez le preguntó:
— ¿A qué te refieres, al momento en que inventaron el tenedor o al siglo XV?
— Al siglo XV, por supuesto. —Y pensándolo mejor, añadió:— No estabas allí cuando se inventó el tenedor, ¿verdad?
— No. —Brittany se aclaró la garganta y se limpió la boca con la servilleta—.
Fui convocada en cuatro ocasiones durante ese siglo. Dos veces en Italia, una en Francia y otra en Inglaterra.
— ¿De verdad? —Intentó imaginarse cómo debía ser el mundo en aquella época—. Apuesto a que has visto todo tipo de cosas a lo largo de los siglos.
— No tantas.
— ¡Oh, venga ya! En dos mil años…
— He visto mayormente dormitorios, camas y armarios.
Su tono seco hizo que Santan se detuviera y ella continuó comiendo. Una imagen de Sam se le clavó el corazón. Ella sólo había conocido a un imbécil egoísta y despreocupado. Pero parecía que Brittany tenía más experiencia en ese terreno.
— Cuéntame entonces, ¿qué haces mientras estás en el libro, te tumbas y esperas que alguien te convoque?
Ella asintió.
— ¿Y qué haces para pasar el tiempo?
Brittany se encogió de hombros y Santana cayó en la cuenta de que, en realidad, no demostraba poseer un gran número de expresiones.
Ni de palabras.
Se acercó a la mesa y se sentó en un taburete frente a ella.
— A ver, de acuerdo con lo que me has dicho tenemos que estar juntas durante un mes, ¿qué tal si nos dedicamos a charlar para hacerlo más agradable?
Brittany levantó la mirada, sorprendida. No podía recordar la última vez que alguien quiso conversar con ella, excepto para darle ánimos o hacerle sugerencias que la ayudaran a incrementar el placer que les proporcionaba. O para pedirle que volviera a la cama.
Había aprendido a una edad muy temprana que las mujeres sólo querían una cosa de ella: esa parte de su cuerpo enterrada profundamente entre sus muslos.
Con esa idea en la mente, paseó lentamente la mirada por el cuerpo de Santana, deteniéndose en sus pechos, que se endurecieron bajo su prolongado escrutinio.
Indignada, Santana cruzó los brazos sobre el pecho y esperó a que ella la mirara a los ojos. Brittany casi soltó una carcajada. Casi.
— A ver —dijo ella utilizando sus mismas palabras—. Hay cosas que hacer con la lengua mucho más placenteras que charlar: como pasártela por los pechos desnudos y por la garganta —bajó la mirada hacia el lugar donde, aproximadamente, quedaría su regazo a través de la mesa—. Sin mencionar otras partes que podría visitar.
Por un instante, Santana se quedó sin habla. Y después le encontró la gracia al asunto. Y un momento más tarde empezó a ponerse muy cachonda.
Como terapeuta, había oído cosas mucho más sorprendentes que ésa, se recordó.
Sí, claro, pero no lo había dicho una persona con la que ella quería hacer otras cosas aparte de hablar.
— Tienes razón, hay otras muchas cosas que se pueden hacer con una lengua; como, por ejemplo, cortarla —le dijo, y se regodeó en la sorpresa que reflejaron sus ojos—. Pero soy una mujer a la que le gusta mucho hablar, y tú estás aquí para complacerme, ¿verdad?
Su cuerpo se tensó de forma muy sutil, como si se resistiera a aceptar su papel.
— Es cierto.
— Entonces, cuéntame lo que haces mientras estás en el libro.
Santana sintió como sus ojos la atravesaban con una intensidad tan abrasadora que la dejó intrigada, desconcertada y un poco asustada.
— Es como estar encerrado en un sarcófago —contestó ella en voz baja—.
Oigo voces, pero no puedo ver la luz ni ninguna otra cosa. No puedo moverme. Simplemente me limito a esperar y a escuchar.
Santana se horrorizó ante la simple idea. Recordaba el día, mucho tiempo atrás, en que se había quedado encerrada accidentalmente en el armario de las herramientas de su padre. La oscuridad era total y no había modo de salir.
Aterrorizada, había sentido que se le oprimían los pulmones y que la cabeza empezaba a darle vueltas por el miedo. Chilló y pataleó contra la puerta hasta que tuvo las manos llenas de moratones.
Finalmente, su madre la escuchó y la ayudó a salir.
Desde entonces, Santana sentía una ligera claustrofobia debido a la experiencia. No podía imaginarse lo que sería pasar siglos enteros en un lugar así.
— Es horrible —balbució.
— Al final te llegas a acostumbrar. Con el tiempo.
— ¿De verdad? —no estaba muy segura, pero dudaba que fuese cierto.
Cuando su madre la sacó del armario, descubrió que sólo había estado encerrada media hora; pero a ella le había parecido una eternidad. ¿Qué se sentiría al pasar realmente una eternidad encerrado?
— ¿Has intentado escapar alguna vez?
La mirada que le dedicó lo decía todo.
— ¿Qué sucedió? —preguntó Santana.
— Obviamente, no tuve suerte.
Se sentía muy mal por ella. Dos mil años encerrada en una cripta tenebrosa.
Era un milagro que no se hubiera vuelto loca. Que fuera capaz de sentarse con ella y hablar.
No era de extrañar que le hubiese pedido comida. Privar a una persona de todos los placeres sensoriales era una tortura cruel y despiadada.
Y entonces supo que iba a ayudarla. No sabía muy bien cómo hacerlo, pero tenía que haber algún modo de liberarlo.
— ¿Y si encontráramos el modo de sacarte de ahí?
— Te aseguro que no hay ninguno.
— Eres un tanto pesimista, ¿no?
La miró divertida.
— Estar atrapado durante dos mil años tiene ese efecto sobre las personas.
Santana la observó mientras acababa la comida, con la mente en ebullición.
Su parte más optimista se negaba a escuchar su fatalismo, exactamente igual que la terapeuta que había en ella se negaba a dejarla marchar sin ayudarla. Había jurado aliviar el sufrimiento de las personas, y ella se tomaba sus juramentos muy en serio.
Quien la sigue, la consigue.
Y aunque tuviese que atravesar océanos o cruzar el mismo infierno, ¡encontraría el modo de liberarla!
Mientras tanto, decidió hacer algo que dudaba mucho que alguien hubiese hecho por ella antes: iba a encargarse de que disfrutara de su libertad en Nueva Orleáns. Las otras mujeres la habían mantenido encerrada en los confines de sus dormitorios o de sus vestidores, pero ella no estaba dispuesta a encadenar a nadie.
— Bien, entonces digamos que esta vez vas a ser tú la que disfrute, tía.
Ella alzó la mirada del cuenco con repentino interés.
— Voy a ser tu sirvienta — continuó Santana—. Haremos cualquier cosa que se te antoje. Y veremos todo lo que se te ocurra.
Mientras tomaba un sorbo de vino, curvó los labios en un gesto irónico.
— Quítate la camisa.
— ¿Cómo? —preguntó Santana.
Brittany dejó a un lado la copa de vino y la atravesó con una lujuriosa y candente mirada.
— Has dicho que puedo ver lo que quiera y hacer lo que se me antoje. Bien, pues quiero ver tus pechos desnudos y después quiero pasar la lengua por…
— ¡Oye grandullona!, ¡relájate! —le dijo Santana con las mejillas ardiendo y el cuerpo abrasado por el deseo—. Creo que vamos a dejar claras unas cuantas reglas que tendrás que cumplir estés aquí. Número uno: nada de eso.
— ¿Y por qué no?
Sí, le exigió su cuerpo entre la súplica y el enfado. ¿Por qué no?
— Porque no soy ninguna gata callejera con el rabo alzado para que cualquier gato venga, me monte y se largue.
*******************************************************************************************************Tengo que decir que ame y me divertí al adaptar este cap espero les guste saludos

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Mensaje por 3:) el Vie Sep 16, 2016 12:02 pm

Si van a pasar asi un mes... va a ser divertidisimo jajajaj
Bueno san ya aclaro que no quiere eso..... ammm todavia!!!!
A ver como lo va a llevar britt si solo esta para complacer a san... y no va a tener ESO... jajaja

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Mensaje por JVM el Sáb Sep 17, 2016 12:55 am

Jajajajaja... Haber cuanto tiempo San puede resistirse a Britt !! Va a ser una constante tentación
Y bueno haber que tanto le pide Britt hacer jajja

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Mensaje por micky morales el Lun Sep 19, 2016 6:34 pm

nueva lectora, mañana espero estar por aqui para comenzar a comentar!!!!!

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