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[Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Oct 05, 2016 4:03 am

CAPITULO 24

 
Britt cogió el móvil al tercer timbrazo y respondió:
 
—Blaine, ¿cómo estás?
 
Cuando su amigo contestó, Britt notó enseguida que estaba sonriendo.
 
—Estupendamente. ¿Y tú?
 
—Estoy bien.
 
—Eso es bueno, eso es bueno. En fin, ummm, Marley me llamó anoche. Me dijo que aún no habéis hablado.
 
Britt suspiró.
 
—No.
 
—Ummm, Britt, yo...
 
—Lo sé, Blaine —lo interrumpió ella con brusquedad—. Hablaré con Marley cuando esté lista para hacerlo, ¿vale?
 
—Vale.
 
Britt frunció los labios y respiró hondo, luchando contra la tristeza que le oprimía el pecho cada día que pasaba sin responder a las llamadas de su amiga o de su madre. Cambiando de tema, le preguntó:
 
—¿Recibiste el correo de López? ¿La documentación que te ha pasado es suficiente?
Blaine se echó a reír.
 
—Oh, sí. De hecho, te llamaba por eso. Para decirte que lo había recibido. Todo está listo para poner en marcha el tema Evans. Lo que me ha enviado es fantástico.
Dale las gracias. ¿De dónde lo ha sacado?
 
—No tengo ni idea. No me atreví a preguntárselo.
 
—Bueno, la verdad es que es un material de lectura más interesante que muchas novelas. Parece que nuestro Sam ha estado jugando con gente que no debía. Los federales celebrarían una fiesta si pudieran conseguir este material. Y si los accionistas se enteraran, los miembros del consejo de administración pensarían que tener una exconvicta entre ellos no es tan grave.
 
Britt pensaba igual. Desde que le había pedido a Blaine que ayudara a López a recuperar el control de su negocio, su amigo había estado trabajando sin descanso, pidiendo favores y buscando trapos sucios de cualquier clase. No había tardado mucho en encontrar cosas.
 
—¿Mañana te ves con él? —preguntó ella, mientras entraba en el coche en el aparcamiento de Arthur Kill.
 
—Sí. —Blaine se echó a reír—. Sam tiene que estar muerto de curiosidad por saber para qué lo convoco a una reunión en domingo.
 
—¿Me contarás qué tal va?
 
—Por supuesto.
 
—Genial. —Britt apoyó la nuca en el reposacabezas—. Gracias, Blaine. De verdad. No sabes lo que esto significa para mí.
 
—Claro que sé lo que significa para ti, Britt. ¿Por qué crees que lo estoy haciendo?
 
Ella sonrió.
 
—Eres mi amigo favorito.
 
—Lo sé. No lo olvides cuando tu novia millonario decida que quiere librarse de alguno de sus coches de lujo.
 
—López no tiene ningún coche de lujo, Blaine —replicó ella, riéndose.
 
—Pues menuda idiota. Cuídate, ¿vale?
 
—Lo haré. Dale un beso a Kurt.
 
Britt se marchó de Arthur Kill con una maleta en el maletero y un aleteo en el corazón. Tras colgar, apagó el teléfono, ignorando los dos mensajes de voz de su madre.
Llevaba más de una semana sin hablar con ella y, aunque la echaba de menos, el alivio que le suponía no tener que estar aguantando su amarga retahíla compensaba su ausencia. De vez en cuando la asaltaba la culpabilidad, pero la enterraba en lo más profundo de la brecha que cada vez se ensanchaba más entre las dos.
 
Ese fin de semana era para López y para ellas solas. Lo demás no tenía importancia.
Sintió que las entrañas se le encendían de nervios. Santana se había mostrado muy reservada con sus planes. No le había dicho siquiera dónde iban a dormir. Se había limitado a darle algunas pistas que ella llevaba toda la semana tratando de descifrar.
Por suerte, el camino que la llevaba al lugar elegido por López era fácil. Britt tenía algunos problemillas para orientarse, pero sabía que tenía que dirigirse hacia la
costa, en concreto hacia Los Hamptons. Eso la tenía bastante desconcertada. West Hampton Dunes era una zona muy exclusiva, frecuentada por gente más aficionada a los perros labradores, las pipas y las zapatillas que al rock duro, los tatuajes y el cuero. Sonrió. Estaba segura de que López llamaría la atención en ese entorno.
Cuanto más se acercaba a la dirección que ella le había dado, más grandes eran las casas. No debería extrañarle. Al fin y al cabo, López ya le había hablado de su riqueza. Sabía que podía comprarse cualquier mansión de la Costa Este que deseara y que aún le sobraría algo de calderilla. Francamente, eso a ella le daba igual. Aunque sólo tuviera cinco dólares en el bolsillo, la querría igu...
 
Su sonrisa se hizo más grande al darse cuenta del rumbo que habían tomado sus pensamientos. Subió el volumen de la música y se puso a cantar.
El cielo empezaba a tomar tonalidades rosadas y anaranjadas sobre el mar gris y alborotado. Las dunas de arena se extendían durante kilómetros. Aunque hacía frío, bajó la ventanilla y, tras ponerse las gafas de sol, dejó que la fresca brisa del océano entrara con fuerza en el coche. Olía maravillosamente, a libertad y a risas. Olía a su padre. Dios, cómo echaba de menos la playa... Hacía demasiado tiempo que no iba.
 
Tras tomar una amplia curva, Britt se encontró con una interminable extensión de arena sobre la que se alzaba una preciosa casa de dos plantas con un tejado azul oscuro. La vivienda era exquisita. De madera blanca, con un porche que rodeaba la planta baja y balcones en la planta superior. Le recordó las grandes mansiones que había visto en el sur cuando era niña e iba a visitar a Nana Boo.
 
Se detuvo, apagó el motor y abrió la puerta lentamente. El aire soplaba con fuerza, sacudiéndole el pelo y golpeándole la cara con la arena que levantaba. Se quedó mirando la maravillosa imagen que le ofrecía el océano y sintió unas ganas inmensas de echar a correr hacia el agua.
 
En la vida de López había habido tantos momentos llenos de decepción y frustración que ya había perdido la cuenta. Por desgracia, desde el día de su nacimiento esas dos emociones la habían seguido allá donde fuera, acompañándola hiciera lo que hiciese y tomara las decisiones que tomase.
 
Desde cuando se enteró de que su madre había querido deshacerse de ella, pasando por el obvio rechazo que le demostraba cuando era una niña, hasta el día en que su
propio padre la envió a un colegio interno a la tierna edad de ocho años —a pesar de las súplicas de la pequeña de pelo moreno para que no lo hiciera—, López se había ido acostumbrando a que las cosas nunca salieran como ella quería.
 
Se había resignado y pensaba que se había vuelto inmune al dolor. Se encogía de hombros ante todas las situaciones y se había convertido en una cínica, esperando siempre lo peor de todas las personas que conocía. Al menos así nunca se llevaba sorpresas y la armadura de arrogancia e indiferencia con la que se cubría seguía protegiéndola del dolor que le causaban los cabrones con los que se encontraba.
 
López era una hija de puta malcarada y hacía tiempo que se había aceptado como tal. No le gustaba y odiaba las razones que la habían llevado a ser así, pero, joder, ¿cómo coño iba a sentirse después de todo lo que había pasado? Se había acostumbrado a ser así desde pequeña y así pensaba seguir siendo toda su vida.
Hasta que Melocotones volvió a entrar en ella.
Britt.
Esa mujer había sido un auténtico enigma para ella desde el minuto uno. La había vuelto loca —y lo seguía haciendo—, pero a medida que pasaba el tiempo, primero con su salida de la cárcel y luego con los cambios en su relación, López había empezado a darse cuenta de que, aunque la sacaba de quicio, también sabía cómo calmarla.
 
Tras la sesión de sexo más intensa de su vida, mientras la sostenía dormida entre sus brazos, había experimentado algo a lo que no estaba acostumbrada: paz.
 
No se trataba de que su mente desconectara por completo mientras estaba con ella, ni de ningún rollo de esos de iluminación espiritual por correrse juntas. Más bien lo definiría como que Britt era capaz de bajar el volumen de su mente. La frustración, la rabia y la decepción que la sacudían por dentro constantemente, perdían su filo cuando ella estaba cerca. Podía respirar mejor, relajarse, ser ella misma, y se había permitido disfrutar sin tapujos de esa desconocida sensación de serenidad.
En verdad Britt era una paradoja. Su contacto y sus palabras la anclaban al suelo, mientras que sus besos la hacían volar. A veces le suscitaba ganas de destrozar la
ciudad, pero también lograba hacerla sonreír como nadie. Sus abrazos y sus caricias la dejaban tan aturdida como sus bofetones verbales. López aún no tenía muy claro qué la excitaba más, si sus ataques de furia o su pasión sexual.
 
El contraste entre ambos extremos era muy potente y, para López, absolutamente perfecto. Igual que ella.
 
Su fuego interno y su fuerza, mezclados con su ternura y su sensibilidad la convertían en alguien especial. Podía ser feroz, pero también tranquila y delicada. Fuego fundido y calidez relajante al mismo tiempo. A López le gustaba que le diera caña. Le encantaba su espontaneidad y la pasión que ardía siempre entre las dos. Y le gustaba que siempre estuviera a su altura, devolviéndole los besos y las caricias con la misma intensidad con que ella se las entregaba.
 
Ella era todo lo que quería y necesitaba. Pero aunque sabía que debería estar entregándose a pecho abierto a los sentimientos que le despertaba esta espectacular
mujer, lo cierto era que estaba muerta de miedo.
 
Era una cobarde, era consciente de ello, pero el miedo a lo desconocido y la vulnerabilidad que le hacía sentir la nueva situación le alteraban el pulso y le bañaban la
frente de sudor frío. Su armadura había recibido un gran golpe la noche en que se entrego a Britt.
 
Ella no se había despedido de Santana con una caricia y un hasta luego, sino que había aprovechado la fisura en la armadura para abrir un boquete con su apetito voraz, sus caricias desesperadas y sus susurros, poniendo el corazón de López en una situación muy precaria.
 
Ya no se imaginaba viviendo sin ella, ahora que la había vuelto a encontrar. La idea de perderla la aterrorizaba hasta dejarla casi sin aliento. La decepción y la frustración del pasado no eran nada comparadas con el dolor que le provocaría la ausencia de Britt. A pesar de su actitud de capulla chulita que pasaba de todo, López se había abierto ante Britt y ella se había colado en su interior. Había ocupado espacios que ella pensaba que estaban abandonados y desiertos y los había devuelto a la vida.
 
Al verla llegar desde el gran ventanal de la casa de la playa, salió cautelosamente por la puerta lateral. Recorrió el porche en su dirección. Britt parecía hipnotizada.
Esperaba que fuera porque le gustaba lo que veía. Joder, estaba nerviosa. Nunca había hecho nada parecido y quería que todo fuera perfecto. Un fin de semana para las dos solas, donde poder volver a conectar. Respiró hondo y echó a correr hacia ella. Su pecho se llenó de una sensación de calor cuando vio que Britt le dirigía una radiante sonrisa.
 
 
López le quitó las gafas de sol con delicadeza.
 
—Aquí está mi chica —susurró—. ¿Qué te parece? —le preguntó, señalando la casa con la barbilla.
 
—Es una maravilla —respondió ella—. Hacía mucho tiempo que no venía a la playa.
 
—Me lo imaginaba. —López se rascó la barbilla y se aclaró la garganta—. Me acordé de que habías dicho que lo pasabas muy bien en la playa con tu padre y pensé que te gustaría venir aquí.
 
Britt se le echó encima y casi la tiró al suelo. Le rodeó el cuello con los brazos y la besó en los labios con voracidad. López la abrazó con fuerza por la cintura, inspirando su aroma y entrando en ebullición.
 
Se inclinó de lado y sólo pudo detener la caída al chocar su cadera contra el coche. Gruñó mientras sus bocas se reencontraban. Dando un cuarto de vuelta, apoyó la espalda de Britt contra el coche para poder clavarse en ella.
 
Ella la sujetaba por la cara, acariciándole las mejillas. López se frotó contra su cuerpo como si fuera una gata. No habían estado juntas desde la noche de su primer
encuentro sexual y estaba a punto de perder el control. Cuando hizo girar las caderas, Britt ahogó una exclamación y le rodeó el culo con las piernas, para notarla más cerca. López la agarró por las nalgas. Había echado mucho de menos tenerla así, tan cerca y entregada. Le lamió y mordisqueó los labios hasta que ella empezó a gemir y a murmurar su nombre.
 
—Tenemos que parar —susurró Britt, pero su cuerpo la traicionó. Le agarró la cara y volvió a pegar la boca a la de López.
 
—¿Por qué? —preguntó ella, alzando una ceja—. No hay nadie en kilómetros a la redonda. Si quisiera follarte aquí mismo —hizo rodar otra vez las caderas,
provocándole un nuevo gemido ahogado—, podría.
 
Los labios de Britt, pegados a la mejilla de ella, se curvaron en una sonrisa antes de darle un beso
.
—Gracias —susurró.
 
López la miró sin saber a qué se refería. Estaba impresionante con los labios hinchados y el pelo revuelto por el viento.
 
—Por invitarme a venir. Por saber que me gustaría.
 
—¿Te gusta?
 
—Es precioso.
 
A ella se le calmó un poco el corazón.
 
—¿Quieres ver la casa por dentro?
 
Dándole un rápido beso en los labios, la dejó en el suelo, pero la mantuvo sujeta hasta que estuvo segura de que mantenía el equilibrio. Luego cogió la maleta y la guio hasta la puerta principal a lo largo del porche.
 
Britt avanzó lentamente por el pasillo, mirando con cautela la escalera de madera de haya que llevaba a la primera planta. Permaneció en silencio mientras se quitaba la chaqueta y entraba en el salón. López la siguió igual de callada. Ella recorrió el salón y se dirigió hacia el ventanal que daba al océano y a los grandes bancos de arena cubiertos por hierba amarillenta.
 
López se apoyó en el marco de la puerta y la observó. Era perfecta y quedaba perfecta en su casa. Había pensado lo mismo cuando la vio en su apartamento por primera vez, pero eso era distinto. Era como si su pasado estuviera mezclándose con su presente, haciéndola sentir extrañamente bien.
 
Tras subir la maleta al dormitorio, López volvió y se encontró a Britt estudiando la ecléctica mezcla de obras de arte que colgaba de las paredes. Había visto la
colección que tenía en su casa, por lo que sabía que le gustaban las acuarelas, pero se le hizo un nudo en la garganta cuando ella se detuvo frente a una serie de fotografías en blanco y negro repartidas sobre la chimenea, donde ardía un gran fuego.
 
—Eres tú —murmuró ella, señalando la foto de una niña con pantalones cortos, que construía un enorme castillo de arena.
 
—Sí —contestó ella, acercándose—. Tenía siete años.
 
Britt acarició la imagen con la punta de los dedos.
 
—Se te ve tan feliz... ¿Quién hizo la foto?
 
—Mi abuela. Esta casa era suya. Es la casa que te dije, la que me dejó en herencia. —López miró a su alrededor—. Era nuestro refugio. —Se encogió de hombros—.
Veníamos bastante por aquí. Las dos solas.
 
—¿Guardas buenos recuerdos de aquella época?
 
—Sí, los pocos recuerdos buenos que tengo son de aquí. —Tragó saliva antes de añadir—: Quería compartirlos contigo.
 
Ella le dio un suave beso en el hombro.
 
López replicó besándola en la coronilla.
 
—Vamos —susurró—, te prepararé algo de beber. La cena estará pronto a punto. Te gusta el marisco, ¿verdad?
 
Cuando Britt asintió, ella se acercó a su boca.
 
—Me alegro, porque estoy muerta de hambre.
 
Sus palabras tenían un innegable doble sentido, pero no se engañaba. Sabía que esos días no eran sólo para desnudar su cuerpo, sino también su alma. Eran días de verdad y honestidad; días de madurar y de comportarse como una adulta. Ahora que Britt había penetrado en su armadura de tipa dura, sabía que tenía que mostrarle todo lo que se escondía debajo. Le daba miedo, pero por ella lo haría. Tenía que hacerlo.
 
Volvieron a besarse con ternura, pero con la promesa de la futura pasión.
 
—¿Por qué no vamos arriba, te cambias y te pones ropa más abrigada para que no pilles hipotermia o algo así. Yo mientras estaré con la cena.
 
Por raro que pareciera, Britt no protestó ni cuestionó sus motivos.
 
—La tercera puerta a la derecha —le indicó—. He dejado tu maleta en la cama.
 
—Gracias —dijo ella, antes de desaparecer escaleras arriba.
 
—¿Qué más?
 
Britt se mordisqueó el labio mientras pensaba.
 
—Anchoas y olivas. —Puso cara de asco—. Y el limón. Odio todo lo que sabe a limón. Los pasteles, las salsas... —Hizo una mueca y se estremeció.
 
—Bebes Sprite —puntualizó López, a través de una nube de humo.
 
—Eso es distinto —sentenció ella, en un tono que no admitía réplica.
 
Ella puso los ojos en blanco.
 
—¿Y tú? ¿Qué cosas no soportas? —le preguntó Britt.
 
—Los tomates —respondió sin dudar—. Y las anchoas, la piña y cualquier pescado sin contar el marisco. Y los macarrones con queso.
 
—¿Los macarrones con queso? —Britt se echó a reír—. ¿Estás loca?
 
López frunció el cejo.
 
—Odio esa mierda.
 
—Vale, vale. ¿Y cuál es tu plato favorito?
 
—Los melocotones.
 
—Ya, claro.
 
—Lo digo en serio. Los melocotones y las Oreo. —Se rio—. ¿Y tu película favorita?
 
—No puedo elegir sólo una.
 
—Vale, pues elige dos.
 
—Los Goonies y Forrest Gump. Ahora tú.
 
Beetlejuice y Pulp Fiction —dijo López, mientras apagaba el cigarrillo—. ¿Tu disco favorito?
 
Rubber Soul y Revolver, de Los Beatles. Para mí siempre han sido el mismo álbum.
 
—A mí me pasa lo mismo. Esos dos y el «Disco blanco» son mis favoritos.
 
Llevaban más de una hora jugando a las preguntas. Britt estaba sentada en el porche trasero, envuelta en una calentita manta de lana, observando a López, que estaba preparando la cena en la barbacoa mientras respondía a sus preguntas. El aroma del marisco cocinándose a la lumbre le llegaba mezclado con la fresca brisa marina y con el humo del cigarrillo de ella.
 
Además de increíblemente sexi, con aquellos vaqueros oscuros y un ancho jersey negro de lana, López tenía un aspecto relajado poco habitual. Se le veía cómoda, a
gusto y libre, como si las olas que chocaban contra la orilla a cien metros de allí se hubieran llevado el peso que siempre cargaba sobre los hombros en la ciudad.
 
—Qué relajada se te ve.
 
Ella  se acabó la cerveza.
 
—Es que lo estoy. Hay algo en el ambiente de la costa que me hace sentir distinta.
 
—¿Mejor o peor?
 
—Mejor —respondió con una sonrisa—. Me alegro de que estés aquí.
 
—Yo también.
 
La comida estaba espectacular. Britt le repitió varias veces lo bueno que estaba todo y ella respondió haciendo comentarios picantes, diciéndole que ya había oído antes esas palabras. Ella pensaba que le costaría hacerse a la nueva López bromista, acostumbrada como estaba a la López seria, malhumorada y gruñona. Amaba a la melancólica y amenazadora e imaginársela como un oso amoroso le resultaba absurdo.
 
Pero tuvo que reconocer que se había equivocado. Cuanto más rato pasaban juntas, más sincera le parecía su sonrisa. Britt se dejaba arrastrar cada vez más profundamente por unas emociones que ya no la asustaban. Lo único que la preocupaba era que le asustaran a Santana.
 
Después de comer, tras lavarse las manos y la cara —momento que López aprovechó para magrearle el culo a traición—, la acompañó a la playa. Ya estaba oscuro, pero había lucecitas a lado y lado del camino. Entre eso y la linterna que Santana llevaba, veían lo suficiente.
 
Mientras Britt dejaba la cerveza y la bolsa que López le había dado y buscaba un sitio cómodo donde sentarse en la fría arena, ella empezó a encender una hoguera en
un hoyo lleno de leña y troncos. Se ayudó con una lata de líquido inflamable, una cerilla y mucho entusiasmo. Ella se partió de risa al ver su expresión extática cuando consiguió que la dichosa hoguera prendiera.
 
—Yo. hacer fuego para mujer —exclamó, golpeándose el pecho y señalando la hoguera con expresión orgullosa.
 
Britt la llamó perdedora, lo que la animó a atacarla con cosquillas con sus dedos largos y ágiles. Gruñó junto al oído de ella mientras lo hacía y se echó a reír cuando Britt trató de responder con las mismas armas. Su risa era potente, una risa auténtica, que le salía de lo más profundo de su ser.
Era maravillosa.
López se movió hasta apoyar la espalda en una roca estratégicamente situada, colocó a Britt contra ella y las cubrió a las dos con la manta. Sacó dos cervezas, un paquete de nubes de malvavisco, otro de galletitas integrales y chocolate de la bolsa. Ella se lo quedó mirando todo con los ojos muy abiertos.
 
—¿Has traído nubes de malvavisco?
 
—Bueno, hemos hecho una hoguera, ¿no, Melocotones? Claro que he traído nubes. Tenemos que preparar s’mores. Es obligatorio.
 
Se comieron por lo menos tres pastelitos formados por nubes fundidas entre capas de chocolate y de galletas integrales, hasta que Britt no pudo más y se dejó caer sobre el pecho de ella.
—Voy a explotar. Siempre me haces comer demasiado. Voy a ponerme como una vaca.
 
López chaqueó la lengua muy cerca de su oreja.
 
—Tonterías. —Le deslizó las manos bajo la ropa y le acarició los costados—. Eres perfecta. Me encanta tu cuerpo, joder. Además, luego te ayudaré a quemarlo
todo.
 
—No lo dudo —replicó ella, que se echó a reír cuando la oyó gruñir—, pero antes cuéntame más cosas sobre la casa y el tiempo que pasaste con tu abuela.
 
López le dio otra cerveza. Para Britt ya era la cuarta. Tenía que frenar un poco. Si lo que Santana  pretendía era emborracharla para aprovecharse de ella, estaba a punto de conseguirlo.
 
—Háblame de tus amigos, de tus novias... Cuéntamelo todo.
 
López se echó a reír. Permanecieron en silencio, observando las llamas que danzaban a la luz de la luna. El viento se había calmado y el cielo estaba despejado. La temperatura había descendido tanto que se formaban nubes de vapor cuando hablaban o respiraban. Sin embargo, dentro de su burbuja de felicidad, Britt no sentía el frío.
 
—Vale. —López le acarició el vientre con las manos—. Bueno, casi todos mis amigos trabajan conmigo en el taller.
 
—¿El taller de Puck? Cuéntame cosas de Puck. ¿Desde cuándo os conocéis?
 
Ella sonrió.
 
—Desde hace casi veinte años.
 
—¿Sois buenos amigos?
 
—Sí, es mi mejor amigo. Y se partió el culo cuando le dije que iba a traerte aquí. —Su tono se apagó, como si estuviera preocupada o triste.
 
Britt se imaginó que en veinte años se habrían acumulado recuerdos de todo tipo entre los dos y prefirió no hurgar. Era preferible que López le fuera contando las cosas poco a poco, a su ritmo. No era sensato intentar acelerar las confidencias. Ya se lo contaría todo cuando se sintiera preparada. Tenía que confiar en ella.
 
—Nunca he tenido novia —siguió diciendo—. Nunca he estado con una chica el tiempo suficiente como para ponerle esa etiqueta. Seguro que te costará creerlo, pero de niña me comportaba como una auténtica idiota con las niñas.
 
Era adorable cuando hablaba mal de sí misma.
 
—¡No me lo puedo creer!
 
—Pues créetelo —le respondió en el mismo tono juguetón, con la boca pegada a su oreja—. Quiero que sepas una cosa. —Respiró hondo—. Nunca me portaré como una idiota contigo. Te lo prometo. Tú te mereces algo mejor. No soy perfecta ni mucho menos, pero te juro que haré todo lo que esté en mi mano para estar a tu altura.
 
Ella se relajó contra su pecho.
 
—¿Tienes idea de lo buena persona que eres, López?
 
Ella  le rozó la nariz con la suya.
 
—No soy una buena persona, Britt.
 
—Bobadas. —Se volvió entre sus brazos.
 
Antes de que ella pudiera protestar, insistió:
 
—Me salvaste la vida. —Le resiguió los labios con la punta de los dedos—. Ni se te ocurra decirme que no eres buena persona.
 
López la abrazó con más fuerza. Era tan cálida y suave.
 
—Tu tacto es increíble —dijo, besándola y lamiendo su suave piel, desde el cuello hasta la clavícula—. Tu sabor es increíble, igual que tu olor. —Britt gimió y
susurró su nombre—. Dime que podré entrar en ti esta noche.
 
Sin decir nada, ella bajó la mano y la tocó por encima de los vaqueros. Ella soltó un gruñido que le salió de lo más hondo y le mordió la oreja. Britt la acarició con
firmeza, provocándole jadeos de deseo y casi consiguiendo que se corriera en seis movimientos perfectos. Bruscamente, se colocó de rodillas entre las piernas de Santana, dejándola excitada y dolorida. Aunque seguían muy cerca, López hizo una mueca de decepción por la distancia que las separaba. Britt recogió la basura y la manta y echó a correr hacia la casa, mientras su risa resonaba entre las dunas.
 
¿Así que quería que la persiguiera? Pues que empezara el juego.
Dejó el fuego en el hoyo, para que acabara de apagarse solo, recogió las latas de cerveza vacías que quedaban y, como buenamente pudo, teniendo en cuenta que
tenía una humedad extrema e incomoda, echó a correr tras ella.  Llegó a la puerta justo cuando el viento acababa de cerrarla. Refunfuñando, volvió a abrirla y lo soltó todo en el suelo. Recorrió la casa, sonriendo cada vez que encontraba una pieza de ropa de Britt tirada por el suelo.
 
El gorro, las botas, los calcetines, la bufanda, el jersey... el sujetador.
Ella soltó un grito cuando Santana empezó a subir la escalera haciendo mucho ruido. Cuando llegó al piso de arriba, lo único que vio fue un destello de pelo rubio que desaparecía en el dormitorio.
Joder, sí que iba rápida.
Abrió la puerta del dormitorio de una patada, haciendo que Britt soltara un gritito histérico. La agarró por el brazo y, de un tirón, pegó la espalda desnuda de ella a su pecho. Britt contuvo el aliento, pero enseguida empezó a gemir cuando López le mordió el hombro. Alzó los brazos y le rodeó el cuello para acercarla más a ella, mientras le rogaba que la penetrara con cualquier parte de su cuerpo.
 
—Me las vas a pagar, Melocotones.
 
La obligó a darse la vuelta, le enterró los dedos en el pelo y le cubrió la boca con la suya. Con tres grandes zancadas, la empotró contra la pared de dormitorio.
 
Ambas se quedaron sin aire durante un momento, pero enseguida se recuperaron y empezaron a acariciarse y a agarrarse por todas partes. Britt se peleó con su bragueta de botones y le rodeó el coño  con su mano perfecta y cálida en cuanto la liberó.
 
Santana  le soltó la boca y echó la cabeza hacia atrás. Soltó una exclamación cuando le pasó el pulgar sobre la punta del clítoris, y aspiró el aire entre los dientes.
 
—No si yo te las hago pagar antes —ronroneó ella, lamiéndose los labios y dejándose caer lentamente de rodillas en el suelo.
 
López tragó saliva al notar la punta de su lengua acariciándola.
 

—¡Joder! —exclamó. «Ésta es mi chica.»

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por 3:) el Miér Oct 05, 2016 9:31 am

Ya sabiendo lo que hizo o mejor dicho quien es san... impocible que se separen ahora...
Sam es un capullo.... enserio espero que ya deje de molestar!!!
A ver como termina el finde....

Nos vemos!!

3:)
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Mensaje por micky morales el Miér Oct 05, 2016 1:20 pm

Que lindas, por Dios!!!!! yo lo sabia, sabia que san se enfureceria cuando se enterara de lo del labios de mero, pero ahora las cosas estan claras, espero que Blaine descubra al infeliz ese y santana al fin pda disfrutar de lo que es suyo, hasta pronto!!!!

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Mensaje por monica.santander el Miér Oct 05, 2016 7:16 pm

Están a full las chicas!!!!!
Quiero saber de la reunión entre Blaine y Sam!!!!
Saludos

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Mensaje por JVM el Jue Oct 06, 2016 11:37 am

Hacia falta la plática de como Britt conoce a Sam y lo que paso entre ellos. Además de sacar a la Santana celosa y posesiva, también sacaron la ayuda y apoyo de Britt para atrapar al boca de trucha.
Y bueno este tiempo a solas perfecto, el que San la haya llevado al único lugar donde fue feliz de pequeña y compartirlo fue un detalle muy bonito, además de que ahora juntas van a crear nuevos recuerdos en esa casa. Espero que se la sigan pasando increíble :3

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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Oct 08, 2016 3:29 am

3:) escribió:Ya sabiendo lo que hizo o mejor dicho quien es san... impocible que se separen ahora...
Sam es un capullo.... enserio espero que ya deje de molestar!!!
A ver como termina el finde....

Nos vemos!!

siii, Brittana is On........ Saludos

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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Oct 08, 2016 3:30 am

micky morales escribió:Que lindas, por Dios!!!!! yo lo sabia, sabia que san se enfureceria cuando se enterara de lo del labios de mero, pero ahora las cosas estan claras, espero que Blaine descubra al infeliz ese y santana al fin pda disfrutar de lo que es suyo, hasta pronto!!!!

Si son muy muy lindas.... jajajaj labios de mero esta cerca de tomar su medicina..... saludos

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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Oct 08, 2016 3:31 am

monica.santander escribió:Están a full las chicas!!!!!
Quiero saber de la reunión entre Blaine y Sam!!!!
Saludos

Hola sip, Brittana is on Bitches.... (no ofensa ok) me emociono 
Ya aqui viene la Reunion saludos.....

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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Oct 08, 2016 3:33 am

JVM escribió:Hacia falta la plática de como Britt conoce a Sam y lo que paso entre ellos. Además de sacar a la Santana celosa y posesiva, también sacaron la ayuda y apoyo de Britt para atrapar al boca de trucha.
Y bueno este tiempo a solas perfecto, el que San la haya llevado al único lugar donde fue feliz de pequeña y compartirlo fue un detalle muy bonito, además de que ahora juntas van a crear nuevos recuerdos en esa casa. Espero que se la sigan pasando increíble :3
Pero ya todo aclarado y de de que manera nop..... Boca Trucha ya va a caer.... eso espero.....

Ahhh espera va a compartir mucho mas........

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Oct 08, 2016 4:05 am

CAPITULO 25

 
Al día siguiente por la tarde, López y Britt fueron a dar un paseo en Kala bajo el cielo azul de  West hampton. El viento era fresco. De nuevo Santana había mantenido en secreto su destino. Le encantaba oírla refunfuñar, quejándose de que no le contaba nada. Al parecer, a Britt no le gustaban las sorpresas. Se había cambiado de ropa tres veces sólo para ponerla nerviosa. Por suerte para ella, era muy mona, o tendría que darle unos buenos azotes en el culo para que se le quitara la tontería de encima.
 
Cuando se lo dijo, Britt se echó a reír con su preciosa risa y luego la dejó sin palabras con un beso apasionado.
 
Tras casi una hora de camino, López empezó a ver otras motos delante de ellas, que se dirigían al mismo sitio.
 
Redujo un poco la velocidad para girar y entrar en una carretera empedrada. Sonrió al notar el intenso olor del diésel y al oír el sonido de la música heavy que flotaba en el aire. Entre grandes marquesinas y casetas más pequeñas se alineaban un montón de coches deportivos que llegaban hasta donde alcanzaba la vista. Junto a los coches había Harleys, Triumphs, Yamahas, Ducatis y cualquier otra marca de moto capaz de provocar una  excitación o erección cualquiera de los casos con sólo con mirarla.
 
Se detuvo al lado de un glorioso Corvette amarillo del 69 y apagó el motor. Se desabrochó el casco y se lo quitó. Britt se movió a su espalda. López se volvió a mirarla. Era adorable, con las mejillas sonrosadas y ojos de sueño.
Le acarició la mejilla con el pulgar.
 
—¿Te me has vuelto a quedar dormida?
 
Ella emitió un zumbido soñoliento mientras se quitaba el casco.
 
—Es que es tan relajante abrazarme a ti mientras conduces... Me encanta.
 
Sus palabras penetraron en rincones muy escondidos de López y allí se fundieron.
 
Britt miró a su alrededor.
 
—¿Dónde estamos?
 
Santana se bajó de la moto con cuidado de no hacerle daño y se estiró.
 
—En el cielo. —Alargó la mano para ayudarla a bajar y guardó los dos cascos en el soporte de la parte trasera de Kala—. Esto es la Meca de los locos del motor.
 
—Estos coches son una maravilla —murmuró Britt, contemplando la hilera de Mustangs y GTs.
 
López se metió las manos en los bolsillos y se balanceó sobre los talones.
 
—Puck y yo solíamos venir aquí de pequeños, con su padre. Quería mostrarte de dónde me viene la pasión por los motores.
 
Britt dio un paso hacia ella.
 
—Pues enséñamelo todo.
 
Fueron charlando mientras caminaban y contemplaban los vehículos y los locos que los conducían. López le dijo cuáles eran sus coches y motos favoritos, citando modelo, cilindrada y potencia de motor como si fuera una niña en una tienda de chuches. Cuando pasaron frente a una Vincent Black Knight, Britt habría jurado que babeaba.
 
—¿Qué hay en las casetas? —le preguntó ella, delante de un impresionante Ford Torino.
—Las más grandes son concesionarios de coches y especialistas. Las hay de GT, Harley y GMC. Venden piezas de recambio más baratas que en los talleres. Lo usan como promoción o, por ejemplo, para encontrar mecánicos. —Le dirigió una sonrisa ladeada antes de añadir—: Tina tuvo su propia caseta aquí.
 
—¿En serio?
 
López respondió apretándole la mano.
 
—Es una cabrona y está como una puta cabra, pero tiene buen ojo para los negocios. Aunque nunca la verás alardeando de ello. Siempre me ayudaba a conseguir
piezas a muy buen precio y me aconsejaba con las motos y demás.
 
La llevó hacia el resto de las casetas y sonrió cuando, tras caminar unos diez minutos, se detuvo ante una que conocía muy bien. Britt permaneció en silencio, observando a una chica rubia muy joven a la que le estaban haciendo un tatuaje en la cadera. Era el sello de Big Dog Motorcycles y López tuvo que admitir que le quedaba de lo más sexi.
 
—¿Te estás planteando hacerte uno? —le preguntó a Britt, abrazándola por la cintura desde atrás.
 
Ella hizo un ruido ahogado, como si se estuviera atragantando, y negó con la cabeza bajo la barbilla de López. Santana se echó a reír.
 
—Qué lástima, creo que estarías espectacular con un poco de tinta en ese precioso cuerpo —le dijo, frotándose contra su culo.
 
—¿No duelen? —preguntó Britt, dando un par de pasitos hacia delante, con López aún pegada a su trasero.
 
—No. Bueno, depende de la parte del cuerpo en la que te lo hagas, claro, pero la verdad es que es más molestia que dolor.
 
—¿Cuál te dolió más?
 
—El de debajo del bíceps.
 
Ése había dolido. Y los del pecho también, pero Britt no necesitaba saber eso, porque ningún cabrón iba a acercarse a sus tetas con una aguja.
 
Le dio la vuelta y le pasó un brazo por los hombros. Sonrió cuando ella le deslizó una mano en el bolsillo trasero de los vaqueros. Juntas se dirigieron a una caseta donde vendían comida y cerveza. Petey, un tipo al que López conocía de toda la vida, estaba tras una barbacoa descomunal, sirviendo muslos de pollo, filetes, hamburguesas, costillas, salchichas y chuletas de cordero, acompañados por un chile que preparaba en una sartén gigante. Tan gigante como él. Petey era grande como un mamut. Tenía el cuerpo lleno de tatuajes y la cabeza pelada siempre cubierta por un pañuelo rojo.
Al verlo, le dirigió una sonrisa radiante, que dejó a la vista tres dientes de oro.
 
—¡López!
 
Le estrechó la mano.
 
—Señor Yates.
 
—Cuánto tiempo sin verte, amiga mía. Me dijeron que estabas en Kill.
 
—Por desgracia. Me dieron la condicional hace unas semanas.
 
Petey sonrió.
—¿Has venido con Puck? Hace siglos que no se deja ver. —Su expresión se ensombreció—. Me he enterado de lo de Lizzie. Qué duro.
 
—Sí, lo fue. —Se volvió hacia Britt y vio que la pobre no sabía qué cara poner. La cogió de la mano y la atrajo hacia ella—. Pero no, he venido con mi...
 
¿Qué demonios iba a decirle? ¿Mi Melocotones? ¿Mi Britt? ¿Mi mujer? ¿Mi profesora?
Se aclaró la garganta.
 
—Mi amiga Brittany Pierce. Britt, él es Petey. Es una leyenda por estos lares. Lleva aquí desde la noche de los tiempos.
 
Ella sonrió y le alargó la mano.
 
—Encantada de conocerte.
 
—Lo mismo digo. —Petey la miró de arriba abajo—. Vaya, ya entiendo por qué eres su amiga. Eres despampanante, pequeña. —Le echó un vistazo a López antes de seguir hablando—. Nunca había venido aquí con una chica. Esta idiota tiene que estar muy colada por ti.
 
—Sí, sí —replicó Santana, mostrándole el dedo corazón, lo que hizo reír a Britt y a Petey—. Cierra la boca y danos de comer, mamón.
 
Con comida en el plato y una caña de cerveza para cada uno, se sentaron a una mesa de picnic. Charlaron, comieron y bebieron mirando a su alrededor. Britt le hizo preguntas sobre Puck y su padre. Quería saber en qué líos se habían metido. Santana le habló de la primera vez que Puck y ella se habían emborrachado, en el asiento trasero del Camaro de primera generación del padre de Puck, y de cómo se habían pasado la mañana de resaca limpiando el vómito de las llantas.
 
—Me da la sensación de que los dos os metíais en un montón de follones —comentó Britt, sonriendo con media cara oculta por el vaso de cerveza—. Lo aprecias mucho, ¿verdad?
 
—Puck es imposible a veces, pero no es mal tipo. Y ha pasado por cosas que no le desearía a nadie. —Inspiró hondo, preparándose para contarle la historia completa y rezando para que no saliera corriendo cuando la hubiera oído—. ¿Sabes que me pillaron con cocaína y que por eso me cayeron tres años en Kill?
 
Britt asintió.
 
—No era mía.
 
—¿Qué?
 
—Cuando teníamos dieciséis años, Puck me salvó la vida —le explicó, eligiendo bien las palabras—. Me empujó y me apartó de la trayectoria de una bala durante el robo de un coche que salió mal.
 
—Madre de Dios.
 
—Se lo debía. —López fijó la vista en el horizonte—. Antes de que me metieran en la cárcel, Puck tenía pareja,  Quinn. Llevaban juntos desde siempre. Él besaba el suelo por donde ella pisaba. —Bebió un sorbo de cerveza—. En resumen, Puck se metió en un lío chungo, con drogas de por medio. La cocaína por la que me arrestaron fue una encerrona. Tampoco era de Puck. No tenía nada que ver con él ni conmigo, pero un traficante que le tendría alguna guardada lo denunció a la policía. Yo me comí el marrón y los treinta y seis meses.
 
Britt parpadeó.
 
—¿Por qué?
 
López soltó el aire, encogiéndose de hombros.
 
—Quinn estaba embarazada.
 
—Oh.
 
—Con sus antecedentes policiales, si hubieran acusado a Puck de tenencia de esa mierda le habrían caído un montón de años en la trena. No podía permitirlo. Un hombre tiene que estar al lado de su mujer cuando ésta está embarazada de su hijo.
 
—¿Y tú te ofreciste a entrar en la cárcel en su lugar? —preguntó ella con los ojos encendidos—. ¿Así de fácil?
 
López se mordisqueó el labio inferior.
 
—No es que tuviera gran cosa que hacer en aquel momento. Nada importante, en todo caso.
 
«No como ahora.»
 
—Eso fue... Bufff, López, no sé qué decir.
 
—No tienes que decir nada. —Se encogió de hombros—. Tampoco es que sirviera de mucho. Poco después de mi llegada a Kill, ella lo abandonó.
 
—¿Y el bebé?
 
A López se le hizo un nudo en la garganta.
 
—Murió. Era un niño.
 
—¿Un niño? —repitió ella.
 
—Sí, Cristopher.
 
—Dios mío.
 
—Se habían prometido e iban a casarse. Estaban planeando una vida en común y de pronto... —López cerró los ojos—. Todo acabó. Para Quinn lo del bebé fue un mazazo. Para ambos lo fue. —Se frotó la cabeza con una mano—. Quinn se marchó. Tras haberle prometido que estarían juntos para siempre, se marchó sin darle una explicación. No le dejó ni una nota, nada. Puck no lo ha superado. Perdió primero a Christopher y luego a Quinn. Ahora trata de encontrarle sentido a la vida con la bebida, la coca y las mujeres. —Negó con la cabeza—. Está metido en una espiral de autodestrucción y no sé cómo ayudarlo. Él no admite que necesite ayuda. Me jode reconocerlo, pero el día que Quinn se marchó, yo también perdí algo.
 
—¿El qué?
 
—A mi mejor amigo.
 
Britt deslizó la mano sobre la mesa y le agarró el dedo meñique. Aunque no dijo nada, su contacto fue suficiente.
 
Durante la hora siguiente, permaneció con la barbilla apoyada en la mano, observando a López con atención, sin juzgarla, sin interrumpirla y sin hacer comentarios sobre las cosas que le contaba. Fue una experiencia liberadora para Santana, purificadora, casi una terapia poder mostrarse tan abiertamente ante ella. Cuando acabó de hablar, sonrió avergonzada. La estaba aburriendo con la historia de su vida.
 
—Joder, lo siento. Haberme dicho que cerrara la boca.
 
—Nunca. —Britt suspiró—. Me encanta oírte hablar. Quiero que me lo cuentes todo.
López, eres... distinta de toda la gente que conozco. —Bajó la vista hacia sus manos entrelazadas—. Quiero preguntarte una cosa.
 
—Dispara.
 
—¿Te acuerdas que te dije que le hablé de ti a mi abuela, Nana Boo?
 
—Sí —respondió ella, sintiendo que el corazón le latía con más fuerza. Le gustaba que Britt fuera capaz de alterarle el pulso de esa manera. Le hacía sentir que lo que tenían era más real, más valioso, más auténtico.
 
—Bueno, pues...
 
—¿Qué pasa?
 
Britt bajó la cabeza y dijo de un tirón, casi sin respirar:
 
—Te ha invitado a su casa, en Chicago,  a pasar el día de Acción de Gracias con ella, con nosotros... Quiero decir, nos ha invitado a las dos y... y me encantaría que  fueras y que la conocieras, pero si no quieres ir, lo entiendo. De verdad que lo entiendo.
 
López interrumpió su adorable cháchara con un beso ardiente. Al apartarse, sonrió al ver que ella permanecía con los ojos cerrados y una expresión de deseo.
 
—Te pones monísima cuando te vas por las ramas.
 
—Calla —replicó Britt, abriendo los ojos.
 
López se echó a reír.
 
—Me estás invitando a pasar el día de Acción de Gracias contigo en Chicago, en casa de tu abuela.
 
Ella asintió.
 
—Todavía tengo su coche. Tengo que devolvérselo. Podríamos ir juntas
.
Santana soltó el aire con fuerza, notando un escalofrío de ansiedad en la espalda.
 
—¿Y tu madre estará también?
 
Britt negó con la cabeza.
 
—No. Siempre pasa el día de Acción de Gracias en casa de la familia de Harrison. La Navidad la celebran en casa de Nana Boo.
 
López asintió, pero no pudo librarse de la sensación de recelo que se le había instalado en la boca del estómago. Britt no parecía preocupada. Estaba preciosa y parecía confiada en que iba a aceptar la invitación, pero Santana no lo tenía tan claro.
 
—No tienes por qué decidirlo ahora —dijo ella, al darse cuenta de su incomodidad—. Piénsatelo.
 
—Lo haré —le prometió—. Gracias por invitarme.
 
—De nada.
 
La sombra de las palabras que habían quedado sin pronunciar oscureció los ojos de Britt.
 
—¿Estás bien? —le preguntó López.
 
—Sí —respondió ella en voz baja—. Muy bien. De verdad. Pero me gustaría tenerle sólo para mí un rato. ¿Podemos volver a la casa? ¿Te parece bien?
 
López se inclinó hacia ella por encima de la mesa y la volvió a besar.
 
—Soy toda tuya. —Le dio la mano—. Larguémonos de aquí.
 
Sam Evans miró su reflejo en el espejo dorado del baño privado de su oficina y sonrió. Tenía que reconocer que era un hijo de puta muy guapo. Con aquel pelo rubio, espeso, con alguna que otra cana que le daba un toque de sofisticación, pero que no lo envejecía. Tenía un rostro que mostraba firmeza y las patas de gallo que le enmarcaban los ojos le añadían calidez. Era esbelto y estaba en forma, por lo que el traje de Armani que llevaba le quedaba como un guante.
En general, la vida le sonreía.
Vale que todavía no había resuelto sus problemas con cierto miembro de la familia que era una auténtico grano en el culo, pero de eso se encargaría pronto. Con los amigos que tenía y los favores que le debían, Santana López no tardaría en volver a estar entre rejas. Era sólo cuestión de tiempo.
 
La imagen de una mujer de melena rubia y ojos azules  se le apareció en la mente.
Britt.
Sam siempre se había considerado un conquistador y perder la posibilidad de estar con ella por culpa de la descerebrada de su prima le escocía más de lo que quería admitir. ¿Qué coño tenía López que no tuviera él? No tenía ni puta idea. Pero bueno, cuando aquella delincuente volviera a estar entre rejas, Britt se daría cuenta de que era un desastre y agradecería tener un buen hombro sobre el que llorar, un caballero de brillante armadura que diera la cara por ella. A Sam se le aceleró el pulso y se le
humedecieron las palmas de las manos, pero se obligó a calmarse. Tenía que centrarse totalmente en el asunto que ahora era más inmediato.
 
Se ajustó el nudo de la corbata de seda y respiró hondo.
 
Arriba el telón.
 
Salió del baño y saludó a Ryder con una brusca inclinación de cabeza. Como siempre, su hermano tenía una actitud de niño perdido.
 
—Ponte las pilas —le soltó Sam, antes de apretar el botón del intercomunicador para llamar a su secretaria—. Tenemos que solucionar esto.
 
—Claro —replicó Ryder.
 
—Que pase —ordenó Sam.
 
Sam se apoyó en la gran mesa de despacho y miró a su director de administración y a su abogado. Ambos estaban tan serios que cualquier persona normal se lo habría hecho encima sólo de verles las caras.
 
Todo iba a la perfección.
 
Alguien llamó a la puerta antes de girar el pomo y entrar con seguridad. Era un hombre alto, pelo oscuro, ojos verdes, con un fabuloso traje gris de Gucci. A Sam lo pilló por sorpresa la evidente seguridad del recién llegado, pero lo disimuló ofreciéndole la mano con una sonrisa confiada.
 
—Señor Anderson —lo saludó—, bienvenido.
 
—Señor Evans —replicó Blaine.
 
Estrechó con firmeza la mano de Sam, sin perder nunca el contacto visual. Blaine no tenía ni un pelo de cobarde. Había estado en oficinas como aquélla infinidad de veces y tratar con capullos como Evans era su pan de cada día, pero nunca había hecho nada como lo que estaba a punto de hacer en aquel momento. Si jugaba mal sus cartas, las cosas podrían acabar fatal. Y había gente muy importante para él que confiaba en su capacidad de salir airoso de la situación.
 
Tragó saliva y se sentó en una de las sillas ridículamente lujosas que había junto a una gran mesa de cristal.
 
—¿Agua? —le preguntó Evans, mientras se sentaba también.
 
Blaine tenía la boca más seca que el desierto del Sahara, pero no pensaba darle a Evans la satisfacción de reconocer que estaba incómodo.
 
—No, gracias —replicó con indiferencia. Luego abrió la maleta y, con la vista fija en los documentos, añadió—: Estoy bien. Será un momento.
 
No hizo caso del resoplido desdeñoso de Sam.
 
—Estoy seguro de ello, pero fue un poco impreciso cuando convocó esta reunión por teléfono. ¿Le importaría explicarnos qué hacemos aquí?
 
—He venido en representación de mi cliente, la señorita Santana López. —Blaine lo clavó en la silla con la mirada. Dejó una carpeta sobre la mesa de cristal y observó cómo la arrogancia y la seguridad desaparecían poco a poco de su cara—. La razón de mi imprecisión, señor Evans —continuó, apoyando los codos en la mesa y formando una pirámide con las manos—, es que, como puede imaginarse, se trata de un asunto muy delicado.
 
Sam permaneció inmóvil.
 
—¿De qué tipo?
 
Blaine sonrió en respuesta a su intento de mostrarse  despreocupado y abrió la carpeta del caso.
—Como bien sabe, el principal accionista de su empresa es la señorita Santana López, de Nueva York, tal como se estableció en el testamento de su... —alzó la vista y lo miró con ironía— de la abuela de ambos.
 
Evans se echó hacia atrás en la silla y puso una pierna sobre la otra, preparándose a contraatacar.
 
—Soy muy consciente de todo esto, señor Anderson. ¿Adónde quiere ir a parar?
 
—Mi cliente ha reclamado varias veces que se reconozca esa situación mediante un sueldo que se corresponda con el número de sus acciones y que se tenga en cuenta su opinión en todas las decisiones de la empresa, incluidas las de la junta directiva. —Blaine hizo una pausa, pero no recibió más respuesta que el silencio y una mirada implacable—. No se le ha concedido ninguna de las dos cosas.
 
—Señor Anderson —dijo Evans con prudencia—, su clienta lleva doce años entrando y saliendo de la cárcel bajo acusaciones que van desde el tráfico de drogas hasta el robo de vehículos. Como comprenderá, un comportamiento como el suyo no es conveniente que sea aireado en la junta.
 
Blaine le dirigió una sonrisa sin rastro de humor.
 
—Por supuesto, pero sin tener en cuenta de momento lo que sepan o no sepan los demás accionistas, ¿no cree que es importante que le paguen a mi cliente una cantidad acorde a su posición en la empresa? Aunque sólo fuera como gesto de buena voluntad.
 
Evans se revolvió en la silla.
 
—¿Y en qué clase de gesto de buena voluntad está pensando?
 
—En un sesenta por ciento de aumento en su asignación anual, voto en todas las decisiones de la junta y la garantía de que sus acciones se respetarán, con o sin la amenaza de chantaje.
 
El aire que los separaba se enrareció. Uno de los dos hombres trajeados que había al fondo de la estancia empezó a moverse como si tuviera un tic. Alguien se aclaró la garganta.
 
—Yo tendría cuidado con su elección de palabras, señor Anderson —le advirtió Evans—. Ya se sabe que las paredes oyen.
 
—Oh —contestó Blaine, sin modificar su actitud—, ya lo sé —dijo, soltando un montón de fotos en blanco y negro encima de la mesa.
 
Sam le dirigió una mirada dura como el granito.
 
—¿Qué es esto?
 
—Un seguro —respondió Blaine tranquilamente—. Para tener la certeza de que las peticiones de mi clienta serán atendidas de inmediato y que no hará falta volver a plantearlas.
 
—¿Un seguro? —repitió Sam Evans.
 
—Sí. —Blaine puso un dedo sobre la primera foto, en la que se veía a Sam sonriendo durante una cena con Ralph Casari, un criminal acusado de blanqueo de dinero y tráfico de droga, viejo conocido del FBI—. Tengo entendido que el señor Casari no es de esas personas con las que uno se relaciona a menos que haya... asuntos turbios de por medio —añadió con una sonrisa.
 
—Unas fotos no demuestran nada —replicó Evans, fingiendo indiferencia.
 
Blaine sonrió.
 
—Cierto, aunque estos papeles sí probarían algo. —Dejó dos carpetas más sobre la mesa.
 
Sam las miró de reojo.
 
—¿Y esto qué es?
 
—Extractos. —Blaine se echó hacia delante—. Extractos bancarios que, por alguna razón, han costado un poco de encontrar, señor Evans. ¿Le dice algo la palabra «desfalco»?
 
Tras lanzarle ese directo, Blaine supo que el suelo tenía que estar moviéndose bajo aquellos pies calzados con mocasines de dos mil dólares.
 
Después de echar un nuevo vistazo a las fotos y a los papeles que había sobre la mesa, Sam se pasó la palma de la mano por la corbata, mientras miraba fijamente a Blaine. La sensación de sentirse amenazado que se iba extendiendo por todo su cuerpo era aterradora. Ya no era el perro más grande de la sala. Estaba contra la pared y eso no le gustaba.
 
—¿Qué qui-e-re? —silabeó con los dientes apretados.
 
Blaine le devolvió la mirada.
 
—Mi clienta posee el sesenta por ciento de S.L.E INC. Communications, por un valor de seiscientos millones de dólares. —Alzó una ceja—. Si de repente decidiera vender esas acciones, sería un golpe muy duro para sus inversores, ¿no cree?
 
—¿Qué qui-e-re? —repitió Evans, con una mirada de odio.
 
—Quiero que haga el gesto de buena voluntad que le acabo de proponer. Con efecto inmediato. Quiero confirmación por escrito y por triplicado, firmada por usted y por su director financiero. Nos las pasarán por fax a mí y a mi clienta antes de que acabe el día. Quiero que hagan una transferencia de dinero a la cuenta que mi clienta desee y que su nombre aparezca en la lista de accionistas en el mismo período de tiempo.
 
Esta vez fue el turno de Blaine se echarse hacia delante en la silla. Bajó la barbilla y miró fijamente a Sam antes de añadir:
 
—Si no cumple, señor Evans, estoy seguro de que la policía estará muy interesada en saber qué clase de negocios hace con Casari. —Cogió una foto—. Sobre todo teniendo en cuenta que está buscado por los federales por delitos que se remontan a hace treinta años.
 
Soltó la foto y ésta descendió volando elegantemente hasta ir a parar de nuevo a la mesa.
Luego cogió el maletín y se levantó de la silla al mismo tiempo que Evans se levantaba de la suya de un salto y se acercaba tanto a él que Blaine pudo notar su aliento en la barbilla.
 
—Se está metiendo en un juego muy peligroso, Anderson —gruñó Sam—. Y su clienta también. No se olvide de una cosa: yo nunca pierdo. Siempre gano. Yo siempre gano, joder.
 
—Muy bien —replicó Blaine sin dejarse amilanar—, aunque en este caso no parece que las cosas vayan a ser así, ¿verdad? —Se acercó un poco más antes de añadir—: Y un consejo personal: manténgase alejado de Britt.
 
Tras unos instantes de tenso silencio, se volvió y se dirigió hacia la puerta.
 
—Esto no quedará así, Anderson —amenazó Sam, rojo de rabia—. ¡Dígale a su clienta que esto no quedará así!
 
—Lo haré —replicó él con indiferencia—. Ah, y por cierto —añadió alegremente, mientras abría la puerta—, puedes quedarte las fotos y los extractos, Sam —lo tuteó para acabar de desquiciarlo—. Tengo copias.

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Oct 08, 2016 4:10 am

Naya Rivera cantará el himno nacional de los Estados Unidos este 9 de Octubre en el "Memorial Coliseum" en Los Ángeles.
HORARIOS:
Los Ángeles: 13:25
Ecuador- Venezuela - Colombia: 15:25 
Argentina - Uruguay - Chile: 17:25
España: 22:25



véanlo si pueden-----

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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Oct 08, 2016 4:22 am

[img][/img]

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Oct 08, 2016 4:26 am

NAYA VA A CANTAR EL HIMNO DE ESTADOS UNIDOS ESTE 9 DE OCTUBRE  YA PASE LOS HORARIOS .


[img][/img]

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por 3:) el Sáb Oct 08, 2016 5:20 am

Bueno el imbecil ya esta avisado.. ahora que no joda si le combiene no....???
Mmmm san sin saber que nombre le puede dar a britt en su relacion???
A ver como va la cena en la casa de la abu boo???

3:)
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Mensaje por monica.santander el Dom Oct 09, 2016 2:30 am

Que grande Blaine!!!! jajaja!!!
Me gusta la interacción de Britt y San!!
Saludos

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Mensaje por micky morales el Dom Oct 09, 2016 5:57 pm

Bien por Blaine!!!!! a ver ahora que hace boca-trucha, solo pide ver un estracto de Naya en el NFL hermosa como siempre!!!!!

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Mensaje por JVM el Lun Oct 10, 2016 1:48 am

Parece que Sam va a caer pronto, aunque siento que tratara de hacerle algo a San :/ como venganza.
Y bueno mientras las chicas realmente disfrutando de su tiempo juntas, espero que la morena acepte pasar acción de gracias con Britt y su abuela :3

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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Oct 12, 2016 12:53 am

3:) escribió:Bueno el imbecil ya esta avisado.. ahora que no joda si le combiene  no....???
Mmmm san sin saber que nombre le puede dar a britt en su relacion???
A ver como va la cena en la casa de la abu boo???

Sip Boca Trucha se llevara la suya muy pronto......
Ellas no han hablado de su relacion, ademas esta esto de alumna-profesora que se los impide....
Espero que la cena sea sin ningún inconveniente.

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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Oct 12, 2016 12:54 am

monica.santander escribió:Que grande Blaine!!!! jajaja!!!
Me gusta la interacción de Britt y San!!
Saludos

Blaine ha sido el héroe del capitulo creo yo.. jajajaj muy buena su jugada...
Saludos,  y que bueno que te guste.....

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Oct 12, 2016 12:55 am

micky morales escribió:Bien por Blaine!!!!! a ver ahora que hace boca-trucha, solo pide ver un estracto de Naya en el NFL hermosa como siempre!!!!!

Ohh boca trucha esta por caer, sus enormes labios  no lo podran salvar jajajajaj, esto no es bullling verdad????? jajjajajajajajaj
Sip, yo tambien, solo pude ver extractos, por que me quede dormida... esperando...
Saludos

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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Oct 12, 2016 12:56 am

JVM escribió:Parece que Sam va a caer pronto, aunque siento que tratara de hacerle algo a San :/ como venganza.
Y bueno mientras las chicas realmente disfrutando de su tiempo juntas, espero que la morena acepte pasar acción de gracias con Britt y su abuela :3
 Sip pronto va a caer, pero no creo que caiga facilmente va a dar la lucha  y eso implica hacerle daño a Santana
Vamos a ver como les va en esa cena... .Gracias a todas por leer......

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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Oct 12, 2016 1:14 am

CAPITULO 26

 
Para cuando López y Britt llegaron a la playa, las nubes se cernían sobre ellos oscuras y amenazadoras. Ambas corrieron hacia la casa, gritando, riendo y soltando tacos cuando finalmente empezó a llover. Britt gritó cuando un relámpago iluminó el cielo justo cuando entraban por la puerta, lo que hizo reír a López. Ella le hizo una peineta y empezó a quitarse la ropa mojada, mientras el pelo le goteaba por la cara.
 
Desapareció escaleras arriba y López empezó a encender la chimenea del salón. Estaba preocupada. Desde que habían salido de la convención, Britt no era la misma.
 
No era demasiado experta en cambios de humor femeninos, pero sabía que le pasaba algo.  Se esforzó en recordar, tratando de situar el momento en que se había quedado tan callada y distante. ¿Sería cuando le habló del pasado de Puck? ¿Le habría molestado que la presentara como su «amiga»?
 
Con los ojos clavados en la puerta del cuarto de baño, se quitó los vaqueros y la camiseta y, tras secarse la cabeza con una toalla, se puso unos pantalones de chándal grises y una sudadera con capucha de color azul marino, con las iniciales NYPD del departamento de policía de Nueva York. ¡Menuda ironía!
 
Britt apareció instantes después y metió su ropa mojada en una bolsa.
 
—Blaine me ha enviado un mensaje. La reunión ha ido bien. El material que le pasaste sobre los tratos entre Sam y Casari ha funcionado perfectamente, al parecer.
 
—Por supuesto. Ni siquiera Sam es inmune a un poco de chantaje.
 
Ella negó con la cabeza y se puso en jarras. Tenía las mejillas encendidas por el enfado. Estaba tremenda.
 
—No me puedo creer que Marley tratara de liarme con él. Sam sí es un delincuente y no tú. Y encima la tía tiene las santas narices de ponerte a caldo y...
 
—¡Eh! —A la mierda todo aquello. López no quería perder ni un minuto hablando de Sam Evans—. Britt, ya está, ¿vale? —Le frotó los brazos arriba y abajo.
 
—Es que me pone histérica.
 
—Lo sé. A mí también me toca los ovarios, pero no vale la pena.
 
Ella refunfuñó pero asintió.
 
—Así que, escúchame —siguió diciendo Santana—, he encendido el fuego en el salón y tengo una enorme colección de DVD. ¿Te apetece que miremos la tele, entremos en
calor y nos olvidemos de ese capullo?
 
Britt le dirigió una leve sonrisa.
 
—Suena bien.
 
López frunció el cejo y le rodeó la cintura con los brazos.
 
—¿Hay algo más que te preocupe?
 
Ella le enterró la nariz en el cuello, ocultando la cara.
 
—No.
 
Ella no se quedó nada convencida, aunque reprimió el impulso de presionarla hasta que le contara qué le pasaba. No le gustaba verla así, pero ¿qué podía hacer? Había confiado en ella lo suficiente como para abrirse y contarle sus secretos. Ahora le tocaba esperar a que por su parte quisiera hacer lo mismo.
 
En el salón, López sirvió un par de copas de vino tinto, mientras, junto a la cristalera, Britt observaba el formidable espectáculo de las nubes que entraban desde el
mar. El cielo estaba negro como el carbón.
 
—Me encanta oír el sonido de la lluvia cuando estoy en un sitio seca y calentita —dijo, mientras un trueno retumbaba sobre sus cabezas.
 
—A mí también —admitió Santana, mientras le daba una de las copas—. A la abuela y a mí nos gustaba mirar las tormentas desde aquí —añadió, bebiendo un sorbo.
 
—¿Ah, sí? Mi padre y yo también las mirábamos desde nuestra casa.
 
Fue a buscar cosas de picar en la cocina y luego se sentó en el sofá junto a Santana, que estaba conectando el reproductor de DVD. Britt se echó a reír al ver la película
que había elegido: Beetlejuice.
 
—¡No me puedo creer que tengas esta peli! —exclamó. Ella se acomodó en el sofá y se colocó las piernas de ella sobre el regazo—. ¡Eh, Santana, han llamado desde mil
novecientos ochenta y ocho! ¡Quieren que les devuelvas la película!
 
—Es una peli increíble —replicó ella, dándole al play—, así que calla.
 
Pronto estuvo inmersa en la historia, pero Britt sólo tenía ojos para ella. Cada vez que se echaba a reír, veía a la niña que había sido. Parecía muy relajada. En ningún momento apartó la mano de la rodilla de ella y no dejó de dibujar círculos con el pulgar mientras bebía, comía y fumaba usando la otra mano.
 
La conexión entre ellas era fantástica y la ayudó a reflexionar sobre el día que habían compartido. Aún no había acabado de asimilar que Santana hubiese ido a la cárcel para evitar que encerraran a su amigo. Era una amiga leal y altruista. Era mucho mejor de lo que se había imaginado. La emocionaba que hubiera confiado tanto en ella y le hubiera abierto su corazón. Tenía muchas ganas de decírselo. Contempló su perfil, embargada por la emoción.
 
—¿En qué piensas tan concentrada? —le preguntó Santana, sin apartar la vista de la pantalla.
 
—En nada —respondió ella, cogiendo un puñado de Pringles.
 
—Mentirosa. —Santana se movió en el asiento para quedar cara a cara—. Ya te he dicho que se te da de pena mentir. ¿Qué pasa?
 
Britt negó con la cabeza, lo que hizo que ella sonriera.
 
—Tengo sistemas para obligarte a hablar y lo sabes —la amenazó con un brillo travieso en los ojos.
 
Dejó la copa de vino en la mesita y, como una depredadora, se puso de rodillas, le separó las piernas y le levantó la sudadera hasta el pecho. Con una sonrisa irónica, le dio un beso cariñoso encima del ombligo. Britt le puso una mano en la cabeza, mientras López le acariciaba los costados lentamente, tocándola con delicadeza con sus ásperos dedos, como si tuviera miedo de romperla. Ella cerró los ojos.
 
—Quiero decirte tantas cosas... —le confesó, tras soltar el aire lentamente.
 
López respondió con la boca pegada a su piel.
 
—¿Vas a contarme de una vez qué demonios te pasa?
 
Ella se pasó la lengua por los labios, mientras la observaba ascender por su cuerpo, dejando un reguero de besos a su paso.
 
—Britt —gruñó Santana, frustrada, dejando de besarla y quedándose entre sus piernas, con los antebrazos apoyados a ambos lados de su cabeza—, ¿no lo has pasado bien
hoy?
 
— ¡Claro que sí! —exclamó ella—. Ha sido fantástico. Lo he pasado muy bien. Siempre lo paso bien contigo. Yo...
 
Santana jugueteó con la punta del pelo de Britt, que tenía la melena extendida sobre los cojines del sofá.
 
—¿Es porque le he dicho a Petey que eras mi amiga? —preguntó, haciendo una mueca que la hizo reír.
 
—No, ¿por qué?
 
—Porque sé que ha sonado absurdo, pero es que me ha cogido con la guardia baja. —Con la boca pegada a su cuello, añadió—: Pero quiero que sepas que para mí eres mucho más que eso.
 
El corazón de Britt se desbocó. Le tomó la cara entre las manos y la besó en la boca.
 
—Quítate la sudadera —le ordenó—. Quiero sentirte.
 
Santana se la quitó inmediatamente y se la quedó mirando maravillado cuando ella hizo lo mismo y se quedó desnuda de cintura para arriba. Destilaba sensualidad y su pálida piel de alabastro le hizo venir ganas de lamerla de la cabeza a los pies.
 
—Siéntate —le dijo ella, con la voz ronca.
 
López obedeció, observándola con la boca abierta, mientras se colocaba a horcajadas sobre ella y le devoraba la boca. Gimió. Sentir sus pechos contra su cuerpo era increíble. Los pezones de Britt se endurecieron, marcándole la piel con invisibles líneas de posesión, mientras su boca se apoderaba de su lengua y de sus labios. Santana le hundió las manos en el pelo, aferrándola con fuerza.
 
—¡Dios, López! —exclamó Britt, jadeando, lo que despertó en Santana chispazos de deseo—. Quiero demostrártelo. Quiero...
 
Se levantó de repente, dejándola sosteniendo el aire, y se bajó los pantalones, que quedaron en el suelo. López gimió al reconocer su oscura y hambrienta mirada.
Britt se inclinó hacia ella y le rozó el lóbulo de la oreja con la lengua, mientras Santana le deslizaba los dedos entre las piernas.
 
—No —susurró ella, apartándoselos—. Te necesito demasiado.
 
«Gracias a Dios.»
 
Santana se quito su pastalones y unió sus cuerpos, sus centros, la agarró con fuerza por las caderas y tiró de ella, que la montó. Ambas contuvieron el aliento a la vez cuando Santana se deslizó sobre ella. Luego empezó a moverse despacio, mientras las luces temblaban por la fuerza de la tormenta. El movimiento de López arrancó a Britt un
gemido desde lo más profundo de la garganta y se agarró con fuerza de sus hombros mientras se balanceaba sobre su cuerpo. Santana le cogió la barbilla y gruñó cuando sus
labios se encontraron. Sabía a vino y a deseo.
 
Un gran trueno sacudió la casa.
 
Britt empujó hacia abajo, clavándose con pequeñas embestidas y rotaciones de la pelvis, rodeándola mientras Santana  deslizaba las manos desde su cintura hasta las
exuberantes curvas de su trasero.
 
Era una auténtica visión. Se movía sobre ella, ávida, poderosa y dominante, con movimientos bruscos que la dejaban sin aliento. Nunca la había visto así. Había algo
distinto en sus ojos, una pasión que le aceleraba el corazón y le hacía mover las caderas con más ímpetu. Cuando sus bocas se unían, la conexión se volvía aún más apasionada y potente. El fervor con que la estaba follando hacía brotar todo tipo de emociones. Britt se estaba soltando de un modo desconocido para Santana. Estaba salvaje, desinhibida.
Magnífica.
Distinta.
Todo era distinto entre ellas. Era tan descarnado, apasionado y alucinante como siempre, pero la desesperación era casi palpable.
 
Como si pudiera leerle la mente, Britt la cabalgó con más ganas, marcándole la piel con las uñas, arqueando la espalda, acogiéndola más y haciendo que Santana se encendiera.
 
—Joder, qué bueno —dijo Santana con la voz ronca—.No pares. Dámelo todo.
 
Siguió diciendo incoherencias, rogándole que siguiera mientras la abrazaba y se clavaba en ella con fuerza. Britt echó la cabeza hacia atrás y gritó. El orgasmo de López estaba cada vez más cerca. Lo notó en su vientre, que se tensaba y se relajaba en microespasmos.
 
—¿Lo notas? —le preguntó ella con la voz entrecortada y moviéndose con tanta fuerza que a Santana se le pusieron los ojos en blanco.
 
López le besó el hombro sudoroso y asintió entre gruñidos.
 
—Somos nosotras. Somos tú y yo —jadeó Britt.
 
Santana  trató de retrasar el orgasmo, pero las palabras de ella y el modo en que sus músculos  la apretaban hicieron que su esfuerzo fuera en vano. Cada una de sus palabras la afectaba de maneras distintas, todas ellas brillantes. Le pasó la lengua por la mandíbula y le agarró el pelo, mientras el placer le recorría cada vena, cada órgano.
Britt siguió clavándose en ella, más duro, con más fuerza, con más ansias.
 
Joder. López se perdió en las sensaciones que le despertaba, gozando de ella, de lo que le daba. La humedad, el calor, el latido acelerado del corazón, que casi se le salía del pecho.
Los gemidos, los jadeos, las palabras lujuriosas, el orgasmo que se tambaleaba en el borde de la inconsciencia. Britt gritó su nombre y la abrazó con fuerza, tanto por fuera como por dentro.
López echó las caderas hacia arriba.
 
—Ven conmigo.
 
La boca de ella la persiguió, húmeda y hambrienta, mientras sus brazos le rodeaban el cuello. Gimiendo, Britt separó la boca e inspiró hondo.
 
—Ahora. Ahora. ¡Oh!
 
Cuando toda la energía de López estuvo concentrada en su entrepierna, se dejó caer hacia atrás y contempló, maravillada y sin aliento, cómo Britt seguía moviéndose sobre ella . Subía y bajaba, exigiendo y rogando, apretando y rotando, aferrando y empujando, hasta que, con un grito furioso, Santana estalló junto a ella. El orgasmo que la recorrió de punta a punta como un cohete hizo que el cuello se le tensara como una soga. El cuerpo entero le quedó envuelto en una ola de calor blanco. Sólo pudo pronunciar el nombre de Britt en medio de un gemido agónico.
 
Una luz brillante la cegó, mientras su cuerpo se retorcía, estremeciéndose debajo del de ella. La agarró con fuerza, rezando para que la mantuviera anclado a la Tierra e impidiera que el corazón le dejara de latir. Britt siguió exprimiéndola y él echó la cabeza hacia atrás con un grito de placer y dolor entremezclados.
 
—¡Dios mío!
 
—San —gritó ella, moviéndose entre sus brazos, encabritándose y retorciéndose sobre ella—.San. Oh, Dios mío. ¡Dios! ¡Te quiero!
 

Tras un relámpago gigantesco y el ensordecedor rugido del trueno que lo siguió, la habitación quedó en penumbra.

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Oct 12, 2016 1:38 am

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 CAPITULO 27


 
Mientras fueron calmándose gradualmente, todavía unidas y la una en brazos de la otra, en la sala, iluminada por las llamas de la chimenea, sólo se oían sus respiraciones entrecortadas, López abrió los ojos despacio, mientras las palabras de Britt seguían resonando en sus oídos.
 
Ella seguía encima de Santana, quieta como una estatua, rodeándole el cuello con los brazos y con la cara hundida en su pecho. A Santana le iba la cabeza a mil por hora y  habría jurado que el corazón de Britt latía igual de desbocado, en sintonía con el suyo.
Movió el pulgar ligeramente, acariciando uno de los deliciosos hoyuelos que tenía encima del trasero e inspiró hondo.
 
—Melocot...
 
—Chis —lo interrumpió ella en voz baja, ansiosa, negando con la cabeza—. Sólo... calla. No digas nada.
 
López trató de moverse para mirarla a la cara, pero Britt se lo impidió agarrándola con más fuerza.
 
—No te muevas, por favor —repitió.
 
Desconcertada, ella se quedó como estaba, envuelta en su caparazón de calor. Al ver que ella seguía inmóvil y silenciosa, López soltó el aire con fuerza, molesta. ¿Por qué demonios estaba tan callada? ¿Se había arrepentido ya de haberle dicho aquellas palabras? Tal vez no había sido más que un impulso del momento, a causa del sexo tan alucinante que acababan de tener.
 
Tal vez en realidad no lo sintiera.
 
Sorprendentemente, le dio un vuelco el corazón sólo de pensarlo.
 
—Britt —susurró—, por favor.
 
—Lo siento —replicó ella con voz temblorosa.
 
López tragó saliva con dificultad. La oyó sollozar y trató de volver la cabeza para mirarla, pero era demasiado fuerte, joder.
 
—Britt, mírame.
 
—No puedo.
 
—¿Por qué no?
 
—Porque... no puedo. No debería haber...
 
Al oírla pronunciar esas palabras, López le agarró los brazos, que le rodeaban el cuello y se los apartó, aunque la mantuvo cerca de ella y le apoyó una mano en la mejilla. Al mirarla, vio que estaba llorando y una losa se le instaló en su pecho.
Le apartó el pelo húmedo de la cara.
 
—¿Qué es lo que no deberías haber hecho?
 
Si había sido un impulso, quería que se lo dijera. Por muy masoquista que sonara, si Britt no sentía las palabras que le había dicho, necesitaba saberlo. Quería creerla, aunque había demasiadas cosas que la hacían dudar. Odiaba tener dudas, pero no podía evitarlo. La habían programado así, para ser recelosa y desconfiada. Cerró los ojos un instante, tratando de librarse de la incertidumbre que se estaba apoderando de ella.
 
Britt bajó la vista hacia el lugar donde sus cuerpos seguían unidos.
 
—No debería haber dicho eso.
 
Santana se hundió en el sofá y la observó secarse las lágrimas. Dejó caer las manos, derrotada. La agradable sensación de calor postcoital se le heló de golpe en las entrañas.
 
—No importa —dijo con la voz ronca—, estas cosas pasan.
 
En realidad no tenía idea de si pasaban o no, pero quería hacerla sentir mejor.
 
—¿Qué cosas pasan? —preguntó Britt, apoyándole la mano con ternura en sus pechos y recorriendo las letras de su tatuaje con la punta de los dedos.
 
Con la mirada fija en las llamas temblorosas de la chimenea, ella respondió:
 
—Estoy segura de que la gente dice esas cosas constantemente. Ya sabes, dejándose llevar por el entusiasmo.
 
Ambas permanecieron en completo silencio. Britt se tensó entre sus brazos. Los relámpagos iluminaban la sala esporádicamente.
 
López cerró los ojos cuando ella la agarró por la barbilla para acercarla más.
 
—¿Piensas que me he dejado llevar por el entusiasmo?
 
Ella se encogió de hombros.
Britt negó con la cabeza lentamente y se aclaró la garganta.
 
—No me he dejado llevar por el calentón, San.
Su nombre nunca le había sonado tan bien como cuando ella lo pronunciaba. La miró fijamente, buscando algún rastro de mentira en sus ojos, pero no lo encontró.
 
—¿No?
 
Britt siguió negando con la cabeza, mientras sus labios repetían en silencio la palabra «no».
 
El pecho de López subía y bajaba desacompasadamente, mientras trataba de recuperar la capacidad de razonar y de hablar.
 
—¿Por qué...? —La garganta se le cerró. Tragó saliva y lo intentó de nuevo—. Si no ha sido un impulso del momento, ¿por qué dices que lo sientes? —murmuró.
 
Britt le dibujó círculos invisibles alrededor del ombligo y permaneció en silencio una eternidad, volviéndola loca.
 
—Lo siento porque no quería habértelo dicho así. No sabía si tú querrías oírlo. Tenía miedo de que no quisieras hacerlo. —Levantó la cabeza muy lentamente—. No quería decirlo mientras estábamos unidas... de esta manera.
 
—¿Por qué no?
 
—Porque es un tópico. Y es hortera.
 
Santana la sujetó por las muñecas y la echó hacia atrás, saliendo de su unión. Luego le cogió las manos y se las apoyó sobre el corazón, mientras inspiraba hondo para calmarse.
 
—Britt, ¿lo has dicho en serio?
 
Le costó reconocer su propia voz. Se sentía tremendamente pequeña, débil y frágil.
 
Britt bajó la cabeza y apoyó la frente en la suya. Estaba temblando.
 
—Sí —susurró—. Lo he dicho en serio. Nunca he dicho nada más en serio.
 
Aunque había sido algo inesperado y alarmante, pronunciar esas dos palabras la había dejado mucho más ligera. Amaba a Santana López con cada partícula de su ser, por dentro y por fuera, amaba lo bueno y lo malo, lo pasado y lo presente.
 
Ella le resiguió los labios con la punta de los dedos.
 
—Quiero oírlo otra vez. —Negó con la cabeza, perpleja—. No tenía ni idea de las ganas que tenía de oírtelo decir hasta ahora. Nunca te arrepientas de hacerlo.
 
—Pero...
La interrumpió con un beso apasionado que hizo que se le encogieran los dedos de los pies. Era un beso lleno de lujuria y gratitud, que se convirtió en un largo gemido que le brotó de la garganta. Quería oírla decir que la amaba. Quería que la amara. El cuerpo de Britt se fundió con el suyo de puro alivio.
 
—¿Sabes qué? —preguntó López en voz baja, cuando sus labios se separaron—, eres la primera persona, la primera persona en toda mi jodida vida que me lo dice.
 
Britt parpadeó.
 
—Pero tu familia... —empezó a decir, lo que le valió una mirada sardónica. «Vale, no»—. ¿Tu abuela? —siguió intentándolo—. ¿Algún amigo?
 
López bajó la vista hacia sus labios.
 
—Mi abuela me quería, sé que lo hacía, pero nunca me lo dijo. ¿Y mis amigos? —Se echó a reír—. Bueno, no somos exactamente de esos tipos que siempre se están abrazando. Puck es como mi hermano, pero... no, no nos decimos esas cosas.
 
Britt estaba asombrada. ¿Cómo era posible que la mujer  que estaba ante ella no hubiera oído decir nunca que alguien la quería? ¿Qué clase de padres consentían algo así? ¿Cómo podía haber resistido tanto tiempo sin que nadie le dijera lo especial que era?
La besó en silencio.
 
—No te arrepientas, por Dios —insistió Santana—. Joder, oírtelo decir... Me da igual dónde o cómo lo digas. Lo que me importa es que me lo digas.
 
Britt la abrazó fuerte y con los labios pegados a su oreja, le susurró:
 
—Te quiero.
 
Santana la apretujó con fuerza y le dio un delicado beso en el cuello.
 
—Gracias por ser la primera.
 
Ella frotó la nariz contra su pelo.
 
—Gracias por ser la primera. —Santana  se echó hacia atrás y la miró incrédula—. He dicho «te quiero» a otras personas antes que a ti —aclaró ella—. Ya sabes, a miembros de mi familia. Pero nunca había sentido por nadie lo que siento por ti, López.
 
La sonrisa de Santana iluminó la habitación.
 
—Vaya. —Se pasó la lengua por los labios y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, mirándola fijamente.
Siguió contemplándola y manteniéndola cautiva de su mirada. De vez en cuando, abría la boca para empezar a hablar, pero volvía a cerrarla.
 
—No pasa nada —la tranquilizó ella, acariciándole los costados—, deja de dar tantas vueltas a las cosas.
 
El torso de López tembló de risa y le dio un beso en la frente.
 
—Qué bien me conoces.
 
—Así es. —Britt se incorporó un poco. Veía clara la batalla que se estaba librando en la mente de López. Tenía miedo de creerla, pero al mismo tiempo tenía la esperanza de que fuera cierto. Se le formó un nudo en la garganta—. No te lo he dicho para forzarte a que tú me lo digas. No pasa nada.
 
—Pero...
 
—No, López, de verdad. No necesito que me lo digas. Y no quiero que te sientas obligada.
 
—Le acarició la mejilla.
Santana la miró a los ojos.
 
—¿Por qué me quieres, Melocotones?
 
A Britt le dolió la expresión de incomprensión que mostraban sus ojos . Le acarició la mandíbula mientras otro trueno retumbaba sobre la casa.
 
—Te quiero porque eres muy especial. —Le dio un beso en la mejilla—. Eres generosa. —En la nariz—. Te preocupas por los demás. —En el labio superior—. Eres apasionada. —El labio inferior—. Y eres, sin dudarlo, la mujer más guapa que he visto nunca.
 
Santana  bajó la frente y la apoyó en la barbilla de Britt.
 
—Dios, yo... —Alzó la cabeza bruscamente y la miró con los ojos muy abiertos, medio enloquecidos—. Tengo que mostrarte cómo... porque yo... Hay más.
 
Ella le cogió la cara entre las manos, tratando de calmarla.
 
—Muéstrame lo que quieras. No me voy a ningún sitio.
 
Santana  la levantó y, usando el móvil para iluminar el camino, la acompañó al cuarto de baño de la planta baja, donde Britt se lavó y se vistió. Luego volvió junto a López, que le cubrió los hombros con una manta. Había aprovechado su ausencia para ir a buscar una linterna.
Le ofreció la mano.
—Ven conmigo.
Britt se la cogió y la siguió primero escaleras arriba y luego hasta el final del pasillo. López se detuvo tres puertas más allá de su habitación y apoyó la mano en el pomo. Cuando lo giró para abrir la puerta, ésta rechinó ruidosamente, como si hiciera mucho tiempo que nadie la usara. A Britt, una corriente de aire frío le trajo olor a cerrado, a humedad.
A la luz de la linterna y de los destellos intermitentes de los rayos de luna que atravesaban las nubes de tormenta, costaba ver el interior. La pequeña habitación estaba empapelada en tonos oscuros y en las paredes había algunos posters de coches y de jugadores de béisbol. Al lado del armario se distinguía un corcho lleno de dibujos y notas. Los muebles estaban cubiertos por sábanas que los protegían del polvo. La cama individual estaba sin hacer, dejando a la vista el colchón. Britt se volvió hacia López, que la observaba con expresión paciente.
 
—Ésta era tu habitación.
 
En silencio, López recorrió la estancia con la linterna, deteniéndose sobre la imagen de una Triumph. Ambas siguieron en silencio hasta que Santana le rodeó los hombros con un brazo y la condujo hasta la cama, donde le indicó que se sentara. Le acarició el pelo antes de acercarse al armario, que abrió y, mientras murmuraba y maldecía, empezó a apartar cajas de distintos tamaños. Revolvió entre ellas hasta que encontró una libretita que se mantenía cerrada con una goma.
 
Se levantó, volvió a la cama y se sentó junto a Britt, suspirando. Dejó el cuaderno sobre las piernas de ella, mirándola como si estuviera a punto de saltar y atacarlas.
Britt apoyó una mano sobre la rodilla de López y le dio un apretón de ánimo.
 
Santana se rascó la barbilla con el pulgar.
—Es una especie de... Es un diario —balbuceó—. Sé que suena estúpido, pero después de... —Hizo una pausa—. Creo que lo entenderás mejor si lo lees.
 
—¿Quieres que lo lea?
Santana  se echó a reír sin ganas.
 
—Sí, yo... Joder, Britt, no lo sé.
 
La preocupó verla tan inquieta.
 
—Vale.
 
Con dedos tensos, quitó la goma de la libreta mientras ella abría la ventana del dormitorio y se encendía un cigarrillo. Britt dejó la goma sobre la cama y la abrió por la primera página.
 
Lo que vio la hizo parpadear, incrédula, y contener el aliento.
 
Alzó la cabeza hacia Santana, que se encogió de hombros como pidiéndole disculpas. Pegado de cualquier manera en la primera página amarillenta había un artículo que informaba de la muerte del senador Daniel Pierce. El texto iba ilustrado con una foto en blanco y negro del senador y de la madre de Britt, tomada el día en que fue elegido.
 
Se lo veía tan feliz y tan guapo... Su madre también estaba muy guapa. Tenía una sonrisa radiante hacía mucho tiempo que Britt no le veía. Se le encogió el corazón al recordar a aquella mujer que le decía que podría hacer todo lo que se propusiera.
 
Leyó el artículo por encima, sabiendo lo que decía, los detalles que encontraría. Varias palabras del titular le llamaron la atención: «horripilante, consternados, hemorragia cerebral, policía dispara a dos sospechosos». Tragó saliva y acarició la cara de su padre con la punta de los dedos.
 
Volvió la página, con cuidado de no dañar el papel. Había más recortes de artículos. En uno se detallaba el funeral, en otro se hablaba de la fundación que se había creado para honrar el recuerdo de su padre. Otros relataban los eventos que Eva Pierce había presidido, también en memoria de su esposo. Mirando todas las fotos de su madre, Britt se fijó en lo mucho que ésta había envejecido. La belleza radiante de la primera fotografía prácticamente se había esfumado.
 
Parpadeó al notar el cosquilleo de las lágrimas. Mientras leía el artículo, se dio cuenta de que cada vez que aparecía su nombre, éste estaba subrayado o rodeado por un círculo. Era así en todos los artículos, desde el primero. Siguió hojeando la libreta, mirando los artículos que Santana había ido recopilando con el tiempo. Se detuvo al llegar a una página cubierta por caligrafía enmarañada. La fecha de la primera entrada era de un mes después de la muerte de su padre. He vuelto a soñar con ella. Cada vez que cierro los ojos está ahí. No entiendo por qué se me aparece. Desde aquella noche, la tengo clavada en mi mente. Ojalá pudiera librarme de ella, igual que el abuelo se zampaba todo el helado del congelador, pero entonces... creo que la echaría de menos.
Dos semanas más tarde:
Hoy he notado su olor. Estaba con Puck y hemos pasado al lado de un tenderete de fruta. Melocotones. Melocotones dulces. Su pelo olía a melocotones. He comprado unos cuantos. Puck me ha dicho que estoy loca. Creo que tiene razón.
Dos días después:
 
Estoy segura: estoy loca. La he visto. Sé que la he visto, pero es imposible.
 
Navidad:
Papá y yo hemos discutido. Me ha llamado desagradecida y yo le he llamado capullo. Encontró mi tabaco. Me he tumbado en la cama, he cerrado los ojos y la he visto. No sólo la he visto, también he olido el aroma de su pelo. ¿Estoy o no estoy loca, joder? El caso es que eso me ha calmado. Aquella noche yo la ayudé, así que no creo que le moleste que la use para calmarme, ¿no? No creo que le importara. Aunque lo más seguro es que ya no se acuerde de mí.
 
Britt siguió leyendo. Las entradas eran breves, no solían tener más de cinco líneas, pero su importancia era colosal. Notó que la mano con que se cubría la boca, abierta por la sorpresa, se le iba humedeciendo por las lágrimas. Al mismo tiempo, percibió que la cama se movía. A su lado, López se abrazó las rodillas. Estaba inmóvil, lo que no era habitual en Santana.
 
Año Nuevo:
 
Graciano, el mundo me parece lo que es,
un teatro donde cada uno interpreta un papel.
El mío... bien triste es.
 
Febrero:
En Belmonte hay una dama.
Una rica heredera.
Tan hermosa por dentro como por fuera.
 
—Santana ... —Britt casi se atragantó al reconocer los versos de El mercader de Venecia.
 
—Lo siento. Joder. Sabía que no debería haber... Es que quería que lo entendieras.
 
—¿Qué querías que entendiera?
 
Britt necesitaba que se lo explicara. Entrar dentro de sus pensamientos más íntimos de esa manera era demasiado.
 
Santana le arrebató la libreta y la hojeó, sonriendo con ironía al leer algunas notas y cerrando los ojos al encontrarse con otras.
 
—Esa noche —empezó a decir en voz baja—, la noche en que nos conocimos, fue la noche más larga y terrorífica de mi vida. —Sonrió—. Pero no la cambiaría por nada, joder, por nada. —Tocó el cuaderno con respeto casi reverencial—. Empecé este diario a los once años, hace dieciséis. —A Britt le pareció que su voz llegaba desde muy lejos.
Santana le miró el pelo.
 
—Britt, tu olor... Fue como si asaltara mi cerebro. No podía quitármelo de la cabeza. No podía pensar en nada más. Me calmaba. Incluso cuando tenía ganas de matar a mi padre o cuando estaba puteada en Arthur Kill, recordaba esa noche y pensaba en ti. Cuando lo hacía podía dormir.
Dejó el cuaderno a su lado y le cogió las manos.
 
—No quiero asustarte con este rollo que te estoy pegando, de verdad que no, pero cuando me has dicho esas palabras y yo no he sido capaz de devolvértelas... — Negó con la cabeza—. He pensado que tal vez esto te ayudaría a hacerte una idea. —La miró a los ojos—. ¿Lo entiendes, Britt? ¿Entiendes lo importante que eres para mí?
 
Ella intentó responder, pero la emoción se lo impidió.
 
—Hoy, cuando te he presentado a Petey —siguió diciendo López, con una sonrisa ladeada—, no tenía ni puta idea de qué decirle. Me he planteado una docena de definiciones, incluida la de «mi novia», pero es que... ninguna de ellas te hace justicia. —Hizo una mueca antes de añadir—: Y no podía llamarte «mi Melocotones» delante de él, porque ese nombre es sólo mío.
 
Sí. Toda ella era suya.
 
—Britt —susurró, tirando para acercársela más. Cuando sus frentes se tocaron, López cerró los ojos—. No sé qué pasará cuando volvamos a la ciudad. No tengo ni idea. Pero sé que no quiero a nadie que no seas tú. Quiero estar contigo todo el tiempo que tú me quieras. Quiero más noches como ésta. Quiero pasear contigo de la mano, sabiendo que, por una vez en la vida, soy la envidia de todos los demás tíos.
 
Britt le tocó el pecho. Santana la abrazó con más fuerza y, con la boca pegada a su cuello, le susurró:

—Lo eres todo para mí, Melocotones. Siempre lo has sido. Siempre. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. —La besó—. Lo eres todo para mí.


Última edición por marthagr81@yahoo.es el Miér Oct 12, 2016 5:37 am, editado 1 vez

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Oct 12, 2016 4:09 am



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CAPITULO 28


 
A Brittany se le hizo muy duro marcharse de la casa de la playa. En dos días habían compartido tantas cosas, que, antes de subir al coche, se pegó a López como una lapa.
 
No quería soltarla, no quería volver a separarse de ella, pero la vida real las reclamaba. El viaje de vuelta fue largo, aunque sin incidentes. El único momento remarcable fue cuando López la adelantó montada en Kala, como si fuera un murciélago acabado de salir del infierno, zigzagueando entre los coches como una loca. No sabía si la había reconocido, pero ella desde luego era imposible de ignorar. Parecía una diosa del sexo montada en aquella máquina.
 
Tras enviarle un mensaje para decirle que había llegado bien a casa, se preparó para una noche aburrida, deshaciendo la maleta. López le había prometido que pasaría a verla más tarde, lo que, incluso después de haber compartido con Santana el fin de semana, seguía provocándole un hormigueo en el estómago.
 
Fred sonrió cuando ella se aproximó a la portería, arrastrando la maleta por el suelo de mármol del vestíbulo.
 
 
—Buenos días, señorita Pierce —la saludó alegremente—. ¿Cómo está?
 
—Estaría mejor si me llamaras Brittany —lo reprendió ella, sonriendo.
 
—Disculpa, Brittany.
 
—Luego vendrá a verme mi amiga López. Hazla subir sin avisarme, ¿vale?
Fred tomó nota en su agenda.
 
—¿Se trata de la señorita morena de los... tatuajes?
 
Ella le dirigió una sonrisa irónica.
 
—Sí, ésa es López, pero no es tan amenazadora como puede parecer por su aspecto.
 
Fred alzó las cejas.
 
—Si tú lo dices.
 
Brittany se echó a reír.
 
—Buenas noches, Fred.
 
—Buenas noches, Brittany —replicó el conserje, llevándose la mano a la gorra.
 
Ella se dirigió a los ascensores y, cuando estaba a punto de darle al botón de llamada, alguien se le acercó por detrás. Al darse cuenta de quién era, Brittany la miró enfadada.
 
—¿Qué demonios haces aquí?
 
Marley no pareció sorprendida por la reacción de su amiga.
 
—He venido a hablar contigo.
 
Brittany soltó una carcajada sarcástica.
 
—No tengo nada que decirte.
 
Se volvió hacia el ascensor y tocó el botón, rezando para que no tardara en venir.
 
—Tienes buen aspecto —murmuró Marley—. Muy buen aspecto.
—¿Y a ti qué te importa? —replicó Brittany con indiferencia. Se volvió hacia ella, cruzándose de brazos—. Venga, vete ya, seguro que Ryder y Sam están ansiosos por conocer todos mis secretos.
 
—No saben que he venido —dijo su amiga, mirándola con ansiedad—. Le he dicho a Ryder que iba a comprar helado.
 
El enfado de ella se convirtió en confusión.
 
—Lo siento, Brittany. De verdad.
 
Ésta permaneció inmóvil, sin reaccionar.
 
—¿Y? —preguntó finalmente, encogiéndose de hombros con languidez.
 
Sentía curiosidad por saber qué había causado ese repentino ataque de conciencia en Marley, aunque, si se trataba de una trampa, que Dios se apiadara de ella.
 
—Y quería que lo supieras.
 
—Vale —replicó Brittany, volviendo a apretar el botón de llamada—. Ya te has disculpado, ya tienes la conciencia tranquila, así pues, ya puedes marcharte.
 
Normalmente, tratar a alguien tan bruscamente habría hecho que se sintiera mal, pero la disculpa de Marley no iba a borrar el malestar que se extendía entre ellas como un gas tóxico.
 
—Estás enamorada de ella, ¿verdad?
 
Brittany permaneció inmóvil, sin parpadear, esperando que su cara de póquer fuera suficiente respuesta.
 
—Te conozco —insistió su amiga en voz baja— y es evidente. —Dio un paso hacia ella—. ¿Te trata bien?
 
Brittany se mordió la lengua, aunque le costaba permanecer en silencio. Quería marcharse de allí cuanto antes. Sabía que confiar en Marley sería un error.
 
—Se te ve feliz —siguió diciendo ésta, en un tono de voz que a Brittany le traía todo tipo de buenos recuerdos—. El amor te sienta bien. Tiene que ser una buena chica si te hace resplandecer así. —La miró a los ojos—. Sé que es demasiado tarde, pero admito que me equivoqué. —Suspiró, desanimada—. Ryder me ha contado algunas cosas. Me habló de Sam y de López; de cómo era Sam cuando eran jóvenes.
 
—Sí —replicó Brittany con brusquedad—, López también me lo contó.
 
Una expresión de remordimiento cruzó el rostro de Marley, que se encogió de hombros, lo que la hizo parecer más desvalida.
 
—Sé que López no es mala persona y que a su lado estarás a salvo. Debería haber confiado en tu criterio y no lo hice. Por eso he venido a pedirte perdón.
 
Brittany sintió un arrebato de paranoia.
 
—Y así ahora podrás ir a contárselo todo a Sam, ¿no?
 
—No, no he venido para espiar —murmuró Marley, mirando al suelo antes de empezar a revolver en su bolso, de donde sacó dos carpetas marrones—. Quería darte esto. Brittany cogió las carpetas.
 
—¿Y esto qué es?
 
—Son ofertas de empleo.
 
Ella alzó una ceja.
 
—Ofertas de empleo como profesora, con fecha de incorporación a principios de enero —explicó Marley—. De hecho, una de ellas es de mi colegio. Creo que serías perfecta para la plaza, por eso... —Se aclaró la garganta y alzó la vista al techo—. Sé que me he equivocado, y mucho, y siempre lo lamentaré, pero quiero que seas feliz y sé que con López lo serás. Pero si quieres estar con ella, tienes que andarte con cuidado. Si Sam descubre que estáis enamoradas, podría usar la información para...
 
—¿Perdona? Te recuerdo que trataste de liarme con ese tío. ¿Por qué lo hiciste si sabías cómo era?
 
—No es mal tipo, Brittany —respondió Marley con firmeza—, pero eso no significa que no se equivoque en sus decisiones. Tiene que dar la cara delante de mucha gente importante y muchos de ellos quieren echar a López de la empresa. Está sometido a mucha presión. Me enteré de la visita de Blaine a la oficina. Sam está como loco buscando la manera de librarse de López. Ryder dice que nunca había visto a su hermano tan enfadado. Es peligroso y... —Se colgó el bolso al hombro y respiró hondo antes de añadir—: Echa un vistazo a esas ofertas de empleo. Si eres la profesora de López y alguien se entera de que estáis juntas, corréis peligro. Piensa en la alcaide Sue, en el consejo y en la cláusula de no confraternización que firmaste. Te juegas mucho.
 
—¿Crees que no lo sé? —Brittany cerró la boca bruscamente. Ya había dicho más de la cuenta.
 
Marley le dirigió una sonrisilla de complicidad.
 
—Piénsalo. Me tienes aquí si quieres hablar conmigo. Podríamos ir a tomar café o... —Marley le ofreció la mano, pero la dejó caer al ver que su amiga no se movía—. Lo siento. Te echo de menos.
 
Titubeó antes de abrocharse el abrigo. Con una última mirada arrepentida, se volvió y se alejó por donde había venido.
 
Santana besó a Brittany en el pelo y le acarició la sien con la nariz. Estaban en la cama, pero vestidas. La había llevado allí al ver que ella se le tiraba al cuello y casi la ahogaba abrazándola cuando llegó a su casa, hacía media hora. López la consoló con caricias y sonidos tranquilizadores, mientras Brittany le contaba lo que acababa de pasarle con Marley.
 
—Tengo mucho miedo, San. Tengo miedo de que haya venido sólo para asegurarse de que estamos juntas. Temo que le vaya a Sam con el cuento y que él use la información para atacarte. No pensé que enviar a Blaine pudiera comprometernos. Tengo miedo de que Sam te amenace y logre separarnos. No podría... no podría vivir sin ti. Yo...
 
Santana la besó para calmarla. Notaba cómo temblaba bajo las mantas y odiaba verla así. Si Sam se atrevía a arrebatarle a Melocotones, lo mataría. Que lo intentara.
 
—No puede hacer nada. No lo permitiré. —Su voz se volvió más grave, más amenazadora—. Si quiere la empresa, que se la quede, joder. El dinero me la suda. Sólo te quiero a ti.
 
Brittany asintió, pero sin esperanza, lo que hizo que el enfado de López se convirtiera en pánico. La estaba perdiendo.
 
—No podemos dejar que se salga con la suya —le dijo ella, sujetándole la barbilla—. Después del fin de semana que hemos compartido, tienes que prometerme que no lo permitirás. —Brittany negó con la cabeza, pero López no se quedó convencida. Le agarró entonces la cara con las dos manos—. Dilo en voz alta. Quiero oírtelo decir.
 
—No permitiré que se salgan con la suya. Te lo prometo.
 
Ella soltó un gruñido, mezcla de frustración y de deseo.
Su boca había elegido ese momento para permanecer muda. Apretó los dientes, enfadada consigo misma. ¿Cómo podía quedarse callada cuando su cuerpo estaba a punto de explotar por las emociones que ella le despertaba?
 
Pero no podía. La besó en el cuello y le acarició el pelo mientras se reprendía en silencio.
 
—Si trabajo en alguno de esos sitios, ya no seré tu profesora —murmuró Brittany con tristeza, con la boca pegada a su áspera mejilla.
 
Santana no quería pensar en tener otro profesor ni en sus posibles problemas con la junta. No era el momento.
 
—Pero seguiré teniéndote a ti, ¿no?
 
Ella le pasó la mano por la mejilla.
 
—Me tendrás por completo.
 
Santana  le cogió la rodilla y se la pasó por encima de la cadera. Ella le deslizó las manos bajo la camiseta y le arañó la espalda mientras le metía la lengua en la boca. Al notar su miedo, Santana le devolvió la caricia con la misma intensidad.
 
—Que se jodan, Brittany —gruñó—. Vuelve a mí. Vuelve a estar conmigo ahora —le exigió—. No pienses en ellos. Piensa sólo en nosotras.
 
Tenían tantas cosas de las que hablar, tanto que comentar... Había un montón de factores de riesgo que podían separarlas. Santana  cerró los ojos con fuerza, tratando de apartar el miedo lo más lejos posible. Mientras permanecieran juntas, pensó, todo iría bien.
 
—Hazme olvidar, por favor —le rogó ella—. Haz que me olvide de todos.
 
Santana la tumbó de espaldas en la cama y se inclinó sobre ella.
 

—Lo que tú quieras.

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por JVM el Miér Oct 12, 2016 12:21 pm

No confió totalmente en Marley, esperó que esta vez su intención sea buena y de verdad quiera ayudar a Britt.... Mientras espero que la rubia no se deje llevar por el miedo, lo importante es que esta con San y depende de ellas que nadie las separe!

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