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[Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por monica.santander el Vie Sep 16, 2016 9:28 pm

Muy buena esta nueva historia!!!!
saludos
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por 3:) el Vie Sep 16, 2016 9:36 pm

Amonos... no estaria nada mal una profe como brit!!! Pero a mi me gusta mas san jajaja
Es normal que todos se preocupen por britt y su tranajo en kill... es como ai fuera un camicase... es su bocacion pero en serio en una carcel???

PD; me gustan las fotos de nay.....
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 17, 2016 4:28 am

claudia1988 escribió:Yo quisiera una profesora como Brittany...
(づ ̄ ³ ̄)づ   por cierto, es una historia g!p?  

Me tooo, a mi tambien me gustaria una profesora asi........
Mira lo pense en su momento,   y si hubiese decidido hacerlo pues le tocaria a Santana cargar con el paquete, pero  no la historia la quiero bien lesbo, solo partes de chicas. Tambien por que las ultimas adaptaciones que hice fueron GP  y por el momento en el foro hay bastantes historias GP. tal vez la siguiente pero esta nop..

Me gusta esos dibujitos que haces, como le haces no se pero me gustan.. saludos
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 17, 2016 4:30 am

monica.santander escribió:Muy buena esta nueva historia!!!!
saludos

Gracias,  y espero la disfrutes..... saludos a ti tambien chica.
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 17, 2016 4:34 am

3:) escribió:Amonos... no estaria nada mal una profe como brit!!! Pero a mi me gusta mas san jajaja
Es normal que todos se preocupen por britt y su tranajo en kill... es como ai fuera un camicase... es su bocacion pero en serio en una carcel???

PD; me gustan las fotos de nay.....

o si creo que si hubiese tenido una profesora asi me hubiese pasado lo de Santana perderme en esos ojos azules.......
Bueno yo en mi opinion humilde creo que no deberian de juzgarla  por que como tu dices es por vocacion ademas ella tambien lo hace por su padre. en el Prologo hay una cita del mercader de Venecia, y el nombre de la historia es una Libra de Carne,  No quiero adelantar nada pero ya lo explicaran tanto brittany como Santana.

A mi tambien me gustan las fotos......
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Sep 17, 2016 4:40 am

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CAPITULO 4

 
Brittany soltó la bolsa junto a la puerta antes de pulsar el botón del contestador automático. Inmediatamente oyó la voz de su madre, que hablaba en tono seco e insistente.
 
—Supongo que sigues sana y salva, aunque no he sabido nada de ti desde el sábado. Espero que no te hayas olvidado de que vienes a cenar a casa esta noche. Si no estás aquí a las siete, enviaré a Harrison para asegurarme de que estás bien. Adiós.
 
Brittany suspiró y le dio a la tecla de devolver la llamada, dejando el teléfono en modo altavoz. Se dirigió a la pecera de peces tropicales y espolvoreó un poco de comida en las aguas tranquilas, sonriendo al ver que los animales se acercaban a la superficie y parecían besar los copos de alimento.
 
—¿Brittany? —La voz preocupada de su madre llenó el salón.
 
—Sí, mamá, soy yo. Estoy viva, de una pieza y estaré en tu casa a las siete, así que puedes cancelar la partida de búsqueda.
 
No era que le apeteciera cenar esa noche con su madre después del día que había tenido. Aquella mañana se había despertado tarde ya que, otra vez, había pasado
media noche despierta por culpa de un sueño de lo más vívido que no la dejaba en paz. Había tratado de dormir sin ayuda de las pastillas, pero se arrepintió en cuanto
apoyó la cabeza en la almohada.
 
Esa vez se había tratado de un sueño distinto. No había hombres sin rostro ni arena húmeda, pero su padre también aparecía en él. No paraba de susurrarle algo, aunque por más que lo intentaba, no lograba acercarse lo suficiente a él para oírlo. En ese momento, la chica encapuchada apareció y tiró de ella para llevársela de allí.
Igual que había pasado aquel fatídico día.
 
Para Brittany seguía siendo una extraña —tanto en el sueño como fuera de él—, tras haber desaparecido sin dejar rastro por la puerta del edificio donde la había abrazado mientras ella lloraba por su padre.
 
Con toda probabilidad, tanto la policía como su madre pensaron que había perdido juicio cuando les contó que una desconocida encapuchada se la había llevado a
rastras para impedir que viera cómo mataban a su padre de una paliza una fría y húmeda noche en el Bronx.
 
Lo único que sabía de ella era que se trataba de una chica, casi una niña, pues no tendría muchos más años que ella. Pero no la encontró. A pesar de todo, continuaba
habitando su subconsciente, donde seguía apartándola con desesperación de su padre.
 
Una hora y media más tarde, cansada y frustrada, Brittany se sentaba a la mesa de su madre y trataba de aliviar un poco la tremenda tensión que se respiraba en la
estancia. Pero era una batalla perdida. Lo había sido desde que Brittany consiguió el trabajo en Kill. Sin embargo, esforzándose para no contagiarse de la apatía de su madre, Brittany intentó transmitir entusiasmo al explicarles —a ella y a Harrison, su pareja desde hacía diez años— lo bien que iban las clases, lo mucho que se esforzaban las alumnas y lo centradas que estaban. Les contó que una de ellas, Blake, había escrito un texto usando una prosa tan poética que estuvo a punto de echarse a llorar de orgullo. Habló sobre el chute de adrenalina que siente un profesor cuando sus alumnos demuestran que han entendido la lección, pero su madre no se molestó en ocultar su desprecio.


Aunque Brittany la quería y trataba de entender su punto de vista, la mujer seguía teniendo graves prejuicios respecto a los criminales y lo que se debería hacer con ellos.
 
Y por mucho que intentaba calmar sus miedos, no lo conseguía. Pensar en su hija cerca de esas criminales, dándoles clases, la ponía enferma. Las discusiones que habían tenido al respecto habían alcanzado magnitudes épicas. Brittany había tratado de hacer razonar a su madre. Le había explicado que aquellas reclusas no eran las mismas personas que habían acabado con la vida de la persona que las dos adoraban. Brittany había hecho tantas sesiones de terapia para librarse de esos mismos miedos que se sorprendió al darse cuenta de la facilidad con que le salían las palabras de la boca.
 
Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, la cena fue tan tensa e incómoda como todas. Finalmente, se excusó diciendo que tenía deberes que corregir y se marchó temprano.
 
Al llegar a su apartamento, se quitó los zapatos de un par de patadas y se acercó al contestador al ver que la luz de aviso parpadeaba. Tras darle al botón, sacó una
botella de vino blanco de la nevera y se sirvió una copa grande. Tras la cena con su madre, la necesitaba.
 
—Señorita Pierce, soy Sue Sylvester. Quería avisarla de que mañana se incorporará a sus clases una nueva reclusa. Es una mujer... difícil, pero estoy segura de que
todo irá bien. Ya se lo explicaré por la mañana. Que pase una buena noche.
Ella se quedó mirando el contestador.
 
«¿Una nueva reclusa? ¿Difícil?»
 
—Salud, señora Sue —murmuró, antes de beber un sorbo de vino.
Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas, sosteniendo con fuerza la copa de vino en la mano. En ese momento empezó a reproducirse un nuevo mensaje.
 
—¡Hola, Pierce! —exclamó la voz de Marley—. ¡Soy yo! Sólo recordarte que pronto es mi cumpleaños. Y eso significa vino. Y comida. ¿Y he mencionado ya el vino?
Ajá. Te enviaré un mensaje con los detalles. Llámame.
 
Brittany se echó a reír con la nariz metida en la copa de vino.


La incómoda cena en casa de su madre seguía fresca en su mente, así que una fiesta de cumpleaños era justo lo que necesitaba.
 
—Buenos días a todas. —Brittany sonrió, mientras sus alumnas tomaban asiento.
 
—Buenos días, señorita P. —respondió Tina mientras bostezaba—. ¿Puedo decirle que hoy está muy guapa?
 
—Puedes —respondió ella, con una mirada que quería ser de advertencia, pero que le salió juguetona.
 
—Está muy guapa —dijo ella con una amplia sonrisa.
 
—Gracias, Tina —replicó Brittany y esta vez ya no fue capaz de esconder la sonrisa.
 
Les repartió los trabajos del día anterior corregidos. El título de la redacción era «Mis lugares favoritos». Les dio un par de minutos para que leyeran sus comentarios.
 
—¿Qué significa «no es del todo adecuado»? —preguntó Blair, desde su asiento en la parte trasera de la clase.
 
Brittany se acercó a ella.
 
—Significa, Blair, que no me interesa leer sobre tus conquistas, ni la puntuación que le das a cada una de ellas, ni los comentarios como... —le arrebató el papel y
buscó la frase en cuestión—: «Su boca era como un aspiradora».
 
Al oírla, Blair se echó a reír escandalosamente. Su risa resonó por el aula y su pelo  se sacudió con el movimiento. El resto de las presentes permanecieron serias.
 
—¡Venga, vamos! —insistió Blair, sacudiendo en el aire la hoja de papel—. ¡Es divertido!
 
—Eres una idiota —murmuró Harley desde su sitio, lo que hizo que la sonrisa de Blair se disolviera al instante.
 
—Harley —le advirtió Brittany, que empezaba a sentirse inquieta.
 
Blair respondió soltando una retahíla de palabrotas, antes de darle una patada al respaldo de la silla de Harley.
 
—Jodida mamona.
 
—Eh —dijo Brittany, cada vez más alarmada—. Ahora no, chicas. Calmémonos todas y...
 
—¿Qué coño? —exclamó Harley, ignorándola. Se levantó de la silla y se volvió hacia Blair.
—. Eso no me lo dices a la cara, tarada.
 
—¡Eh! —repitió ella en voz más alta, interponiéndose entre las dos.
 
Blair se levantó también. Era estatura media y delgada y su piel de ébano brillaba a la luz de las lámparas de la clase.
 
—Cuando quieras te pateo el culo, imbécil. Elige el día.
 
—Chicas, por favor...
 
—Eso lo veremos, bastarda engreída —lo provocó Harley, animándolo a acercarse con un gesto de la mano.
 
Brittany sintió que la garganta empezaba a cerrársele de pánico. Separó a las dos mujeres extendiendo los brazos, mientras ellas intercambiaban insultos y amenazas y a ella la frente se le cubría de sudor frío. Si una de las dos decidía darle un puñetazo a la otra, Brittany estaría en medio. Se quedó helada; el terror la inmovilizó.
 
El agente Morgan y Tina trataron de interponerse entre ellas para protegerla. Oyó que Rachel le decía que se apartara, pero no pudo.
 
El miedo le aporreaba la cabeza. Intentó calmarse y recordar los ejercicios de respiración que le había enseñado la psiquiatra, pero el corazón le golpeaba las costillas como si se estuviera burlando de ella. Brittany cerró los ojos para luchar contra los recuerdos que había encerrado en un rincón de su mente dieciséis años atrás, y que empujaban y mordían los barrotes de su jaula para escapar. Parecían desesperados por verla fracasar y derrumbarse.
 
Respiró hondo y buscó las riendas de su autocontrol para recobrar el dominio de sus emociones. No podía permitir que las alumnas se comportaran de ese modo.
Era su clase, su tiempo, su trabajo, su promesa. Abrió los ojos, apretó los puños y se llenó los pulmones de aire.
 
—¡EEEEH!
Todas se volvieron hacia Brittany sorprendidas, mientras su grito resonaba en las paredes del aula. Tina, que estaba a su lado tratando de protegerla de lo que pudiera pasar, parpadeó incrédula. El silencio duró poco. Unos treinta segundos más tarde, la puerta se abrió de golpe y Sue entró hecho una furia.
 
—¿Qué demonios está pasando aquí? —bramó.
 
El grupo que rodeaba a Brittany se dispersó cuando dos nuevas agentes aparecieron en la puerta. Brittany inspiró temblorosa y se secó las sudorosas palmas de las manos en los pantalones. Se aclaró la garganta y se volvió hacia su jefa.
 
—Nada que deba preocuparla, señora Sue. Ha habido una diferencia de opiniones, pero como puede ver ya está todo tranquilo, ¿no es cierto, Blair? —le preguntó
a ésta, exigiéndole obediencia con la mirada.
 
Ella asintió con brusquedad, con la mirada clavada en la nuca de Harley.
 
—Pues a mí me ha parecido que pasaba algo. —Sue paseó la vista por la habitación, clavando la mirada en cada una de las internas hasta convencerse de que estaban bajo control.
 
—. Le he traído una alumna nueva.
Se volvió hacia la puerta.
 
—. ¿López?
 
Ésta había estado esperando en el pasillo con la agente Sat, sonriendo y escuchando, mientras Sue trataba de ejercer aquella autoridad de mierda que creía que tenía. Se separó de la pared en la que estaba apoyada y entró en el aula arrastrando los pies. En lo primero que reparó fue en Tina, que la saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa irónica. Luego miró con indiferencia al resto de las reclusas, con la intención de averiguar en qué grado del escalafón se encontraba. López casi siempre estaba en lo alto de la pirámide jerárquica, pero de todos modos se aseguraba al entrar en cualquier parte.
 
En aquel caso, la única que estaba por encima de ella era Tina. Y por muy poco.
Al fijarse en el resto de las caras hizo una mueca burlona. Harley era una chulita, pero Blake era más tranquila que un ratón. No le darían problemas. Blair W, por el
contrario, era un auténtico grano en el culo. López la miró fijamente y sonrió al ver que se dejaba caer en la silla. Una irritante tos femenina impidió que siguiera
torturando con la mirada a la tocapelotas.
 
Al volverse hacia el origen del sonido, se encontró con la apetitosa señorita Pierce, con los brazos cruzados bajo su pecho, mirándola de un modo que la hizo ponerse en guardia. Ella, igual que todos los que no llevan mono carcelario, pensaba que era mejor que ella. No había que ser mentalista para saberlo. Tal vez lo disimulara detrás de aquella blusa tan sexi y de los zapatos de tacón, pero era igual que los demás. Todos eran la misma mierda. Cambió el peso de pie y le devolvió la mirada.
 
—López, te presento a la señorita Pierce. Señorita Pierce, ésta es Santana López —dijo Sue.
 
—López a secas
Replicó ella de mala manera, con la mirada clavada en su nueva profesora. Sólo a Sue se le podía ocurrir mencionar su nombre de pila, ¡por Dios!
 
—Me alegro de conocerte, López —dijo ella, tratando de ser amable.
Ella puso los ojos en blanco.
 
—Ya, claro.
 
—Puedes sentarte —añadió la señorita Pierce, señalando un pupitre a su espalda.
López ignoró su sugerencia y exploró el entorno.
 
—Siéntate, López —le ordenó entonces la profesora.
Ella  desvió la mirada bruscamente hacia ella. Tenía los labios muy apretados, como si la estuviera desafiando a desobedecerla. Empezaba la partida. Santana deslizó la
mirada por su cuerpo con lentitud, observándola de arriba abajo. Estaba muy buena. Tenía curvas donde había que tenerlas y un culo que quedaría espectacular con sus
manos encima. Al pensar en ello, sonrió con suficiencia.
 
Santana era estatura media, metro sesenta y nueve por lo menos, y poseía gran envergadura, cuerpo moreno solido.  Y, sin embargo, la enérgica rubia se mantuvo firme, sin retroceder ni un centímetro, devolviéndole la mirada. Si su actitud de zorra con un palo metido por el culo no la cabreara tanto tal vez se habría dado cuenta de lo mucho que la excitaba.
«Joder.»
 
—Aquí, López —dijo la voz de Rachel, rompiendo la tensión que se había instalado en el aula. Señaló el asiento que le quedaba más cerca.
 
Por reacio que fuera Santana a romper el contacto visual con su profesora, respiró hondo y se acercó a la silla. Cuando sus ojos chocolate dejaron de mirar a los grandes y ardientes ojos azules de la señorita Pierce, soltó el aire, que vibró al pasar entre sus labios.
 
—Bien —murmuró Sue—. Si hay algún problema, ya sabe dónde estoy, señorita Pierce.
 
Tras sonreír con los labios apretados, hizo que le quitaran las esposas a Santana y salió del aula, acompañada por los dos agentes que habían llegado con ella.
 
Brittany no podía apartar la vista de la nueva alumna de su clase. Era agradable a la vista, con el pelo negro abundante, muy fibrosa, su piel caramelo  y unas largas piernas que asomaban por debajo del pupitre, pero su actitud le daba un aire hosco, de alguien dura de pelar. La rodeaba un aura de peligro que gritaba «Prohibido
el paso». Brittany se fijó en que un fragmento de tatuaje le asomaba por encima del cuello del mono y ascendía por su cuello.
Una chica dura.
 
Brittany la había visto repasar al resto de estudiantes con una mirada despectiva y arrogante y no le había gustado nada. Obviamente estaba ante una cabróna egocéntrica que se creía que estaba por encima de todas las presentes, incluida ella, y eso la sacaba de quicio. A pesar de que la nueva reclusa era capaz de hacerlas callar a todas con su mirada y su actitud hostil, aquélla seguía siendo su clase.
 
Tanta agresividad no era propia de Brittany, pero todavía notaba la adrenalina bombeándole en las venas tras el conato de pelea entre Harley y Blair y lo último que necesitaba era a una idiota arrogante como López complicándole la vida.
Se tomó un momento para relajarse y retomó la actividad. Explicó rápida y claramente lo que tenían que hacer y durante cinco minutos estuvieron ocupadas. Parecía que el altercado estaba olvidado, aunque, conociendo a Harley, con toda probabilidad lo habría dejado para otro momento.
 
Se dirigió con decisión al pupitre de López y le puso delante un cuaderno medida A4. Cuando le pidió que escribiera su nombre en la tapa, ella la ignoró.
 
—López —insistió Brittany, notando que el enfado le tensaba la espalda—, ¿podrías escribir tu nombre en la cubierta de la libreta?
 
Al ver que a ella le temblaban las comisuras de los labios, le preguntó—: ¿He dicho algo gracioso?
 
López alzó los ojos —negros como la noche, pero ardientes de furia— y la miró guardando silencio.
 
Brittany se sacó un bolígrafo del bolsillo.
 
—¿Necesitas esto?
 
Habría jurado que su mirada se dulcificaba, pero el cambio fue tan fugaz y mínimo que lo descartó. Santana  levantó la mano y cogió el bolígrafo, rozándole los nudillos con la punta del dedo al hacerlo. Fue como tocar una llama con la piel. El fogonazo de calor la recorrió desde los nudillos hasta la boca del estómago.
 
Asombrada, Brittany observó a Santana mientras ésta escribía su nombre en la cubierta de la libreta antes de lanzar el bolígrafo sobre el pupitre y suspirar sarcásticamente.
 
Luego se echó hacia atrás en la silla, como si estuviera en su casa. Brittany estaba segura de que así era como se sentía.
 
—Sé que vas retrasada al haber empezado más tarde, pero estoy segura de que te pondrás al día enseguida.
 
El rostro de López no mostró ninguna emoción, así que ella siguió explicándole el trabajo de familias de palabras que habían hecho el día anterior, como preparación
para la prueba de redacción creativa que iban a hacer ese día.
 
—Puedes empezar por eso —le dijo—. Escribe una palabra que signifique algo para ti y luego todas las que se te ocurran relacionadas con la primera.
 
Ella siguió sin reaccionar. Brittany se mordió la lengua y se apoyó las manos en las caderas.
 
—Cuando hayas acabado, haz una redacción sobre la razón por la que esa palabra es importante para ti.
 
Ella hizo una mueca desdeñosa.
—Perdona —dijo ella, remarcando mucho las sílabas—, ¿tienes algún problema?
Ella le dirigió una mirada aterradora.
 
—¿Cree que soy idiota?
Brittany parpadeó.
 
—No. ¿Por qué?
Ella resopló.
 
—Porque eso es un poco básico, ¿no le parece, señorita Pierce?
 
Ella apretó los dientes. Daba igual lo lista que López fuera o pensara que era. Su actitud le despertaba unas ganas enormes de borrarle aquella sonrisa de suficiencia
de la cara. Una cara que era muy hermosa. Las pestañas que enmarcaban sus ojos chocolates o negros no esta segura, eran vertiginosamente largas y le llegaban hasta unos pómulos que eran pronunciados, pero al mismo tiempo muy femeninos.
 
 Tenía los labios carnosos y se fruncían de un modo muy atractivo cuando disimulaba la risa. El bulto que tenía en el puente de la nariz sugería que se la habían roto al menos una vez.
 
—Estos trabajos son previos a la asignatura de Literatura en sí —le explicó con los dientes apretados—. Todos los caminos, por largos que sean, se empiezan con
un primer paso.
 
—Bonita frase —replicó ella, juntando las cejas en una expresión que sólo podía ser considerada como condescendiente.
 
—. ¿Dónde encontró esa joya, en una galleta de la fortuna?
 
Brittany apoyó las manos en el pupitre y se acercó a su cara invadiendo su espacio personal; desde allí le llegó el olor a tabaco, así como su calor.
 
—No —respondió enfadada—. Así que haz lo que te digo o ya sabes dónde está la puerta. Cuidado, no te vaya a golpear con ella cuando te marches.
 
La clase entera vibraba de tensión contenida. López le devolvió la mirada durante unos segundos antes de sentarse derecha en la silla, acercándose aún más a Brittany.
 
Ella se alteró al notar su aliento cálido en la mejilla.
 
—Cuidado con lo que dices —la amenazó.
El guardia se acercó mientras Brittany tragaba saliva.
 
—No, López. Esta clase es mía, no tuya. Así que haz lo que te digo o márchate. Tú eliges.
 
Luego se dio la vuelta y se dirigió hacia Tina, que la estaba mirando con los ojos como platos y la boca abierta, tan sorprendida como ella misma de haber
provocado a la persona más irascible de la habitación. Brittany no se lo podía explicar. Sabía que su actitud había sido arriesgada y poco profesional, pero no pensaba permitir que sus alumnas se comportaran de esa manera. No sabía de dónde había sacado el valor —o la estupidez— para hacerlo. Tal vez de la necesidad de reivindicarse, tras la falta de apoyo por parte de su madre la noche anterior. O tal vez del miedo que aún le erizaba la piel tras la confrontación entre Blair y Harley.
 
López tenía algo que la sacaba de quicio. Si no estuviera tan enfadada, tal vez habría disfrutado de la energía que le corría por las venas. Consiguió ignorar a la reclusa durante los cincuenta minutos restantes, aunque de vez en cuando la miraba de reojo y veía que seguía con aquella sonrisa de suficiencia en la cara. No había empezado a hacer nada de lo que ella le había mandado.
 
«Menuda estupida.»
 
Los guardias vinieron a llevarse a las alumnas mientras Brittany estaba acabando de rellenar el informe del día.
 
—Hasta otra, señorita P. —la saludó Tina alegremente, siguiendo a Harley y a Rachel, que salían del aula.
 
López se abrió camino a empujones, sin ningún respeto ni por ella ni por nadie.
 
—Sí, hasta otra —murmuró Brittany.
 
En cuanto la puerta se cerró, se sentó a su mesa y soltó el aire aliviada. Era evidente que López pensaba comportarse como una completa hija de puta. Genial. Justo lo que necesitaba.
 
Se puso de pie y recogió las libretas y los bolígrafos de sus alumnas. Luego se acercó con desgana al pupitre que había ocupado la tal López y, frustrada, se quedó
mirando el cuaderno, mordiéndose el labio inferior. ¿Qué tenía aquella mujer que la ponía tan nerviosa?
 
Se acercó a la libreta con la misma cautela con la que un soldado se acercaría a una bomba no detonada. Le dio la vuelta y abrió la primera página. Los ojos se le

abrieron como platos y contuvo el aliento al leer la palabra que era tan importante para la mujer que le había provocado tantas emociones: «DEUDA».
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por claudia1988 el Sáb Sep 17, 2016 10:00 am

Yo amo las historias g!p de Santana, ODIO las de Brittany asi q esas ni me tomo la molestia de verlas, pues hasta en la boda se vio q la pasiva era Brittany en mi humilde opinion.

Y las caritas las hago con un teclado q me descargué jajajajaj ƪ(‾.‾“)┐ emoji kayboard.
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por 3:) el Sáb Sep 17, 2016 10:17 am

Si para situacciones tensas britt se compro todos los numeros...
Interesante primer encuentro entre san y britt... y sobre todo britt dejo bien marcado que tiene caracter y pasta para hacerle frente a san...
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por monica.santander el Sáb Sep 17, 2016 4:55 pm

Veremos como sigue!!!!!! Es dura San!!
Saludos
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por JVM el Lun Sep 19, 2016 1:07 am

Bueno ya empezó la interacción entre las chicas, y aunque no hayan empezado de la mejor manera, espero que con la convivencia mejore....
Y haber si San sigue las instrucciones de Britt... Falte ver si termina el trabajo que le dejo, al fin ya empezó....
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por micky morales el Lun Sep 19, 2016 4:10 pm

Hola he vuelto del mas alla, esta historia es muy interesante, me intriga esa palabra DEUDA, veamos como siguen las cosas entre ellas y pues Britt tiene su caracter!!!!
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Sep 20, 2016 8:43 pm

Hola chicas gracias por sus comentarios por fuerzas mayores por el momento no puedo responder pero se los agradezco mucho....... estoy un poco enferma y me cuesta leer  es por eso...

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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Sep 20, 2016 8:50 pm

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CAPITULO 5

 
López llevaba doce horas sin hacer nada más que rabiar y meditar sobre maneras de convertir en un infierno la vida de su nueva profesora. Todavía no acababa de creerse que le hubiera hablado como lo había hecho.
Nadie se dirigía a ella de esa manera.
Nadie. Nunca. ¡Joder!
La rabia que le había despertado en el aula le había durado horas. Mucho después de que la clase terminara, seguía exageradamente furiosa por la manera en que aquella joven le había hablado, pero aunque le costaba creerlo, lo que más rabia le daba era la tremenda lujuria que se había apoderado de su cuerpo.
 
Era como si una corriente eléctrica se hubiera activado entre las dos cuando ella le había hablado. Maldijo su aliento jadeante y su tono firme, que habían provocado
que partes de su cuerpo que llevaban mucho tiempo dormidas se sacudieran y volvieran a la vida. Y esas partes ahora querían que López le hiciera a la señorita Pierce cosas traviesas y salvajes sobre su escritorio hasta que ella se enterara de cómo tenía que tratarla. A la vez estaba furiosa consigo misma por tener ese tipo de pensamientos respecto a una mujer con la que no había pasado ni siquiera una hora.
 
Sí, vale, estaba muy buena; cualquier hombre o mujer con sangre en las venas se daría cuenta. Tenía el pelo rubio, como una jodida Dana Scully, los labios rosados y
 un culo en forma y una delantera de infarto. Dios, hasta su mal genio era sexi. El deseo y las ganas que le había despertado la habían sacudido de un modo tan inesperado que la había pillado con la guardia baja. Y en un lugar como Kill, bajar la guardia siempre era peligroso.
 
La señorita Pierce era una insignificante puritana que tenía que aprender cuanto antes que no estaba dispuesta a permitir que le hablara y la tratara... como si no le
tuviera miedo.
 
Se frotó el puente de la nariz y recordó la cara que había puesto mientras la reñía. En efecto, no vio ni rastro de miedo en su expresión; nada que sugiriera que se
sentía intimidada por ella. La energía que desprendía era tan intensa que casi se podía cortar. Impresionada, Santana había hecho lo que le había pedido y había escrito en la libreta la palabra por la que se regía en la vida.
 
Aunque sin duda ella no lo entendería. Desde luego, era imposible que lo hubiera experimentado en su perfecta existencia. La otra cosa que la había sacado de quicio era que, al parecer, a las demás tipas de la clase les caía bien. Incluso a Tina, que se había reído mientras López daba rienda suelta a su incredulidad mientras se fumaban un cigarrillo antes de comer. La había sorprendido mucho el tono protector con que su amiga le había hablado de la joven, igual que su mirada de advertencia.
 
—¿Esperas que respete a una tía que se ha pasado la vida entre algodones y a la que seguramente nunca le ha faltado de nada?
—No estaría mal —respondió Tina, encogiéndose de hombros.
López se aguantó la risa mientras negaba con la cabeza. Imposible.
 
—Está buena, ¿eh? —preguntó Tina poco después, rompiendo el silencio.
Esta vez López ya no pudo seguir aguantando y se echó a reír a carcajadas.
 
—Joder, si está buena.
Su amiga le dio una palmada en la espalda con tanta fuerza que López se encogió.
 
—Es de esas en las piensas luego por la noche, a solas —le dijo Tina, guiñándole un ojo.
 
A la mañana siguiente, tras varias tazas de café, Brittany empezó a preparar la clase en el aula. Tras una noche de sueño más o menos reparador, veía las cosas con más objetividad. Supuso que, al estar en un entorno tan tenso y emocionalmente agotador, exigirle a López que siguiera sus órdenes no era una buena manera de lograr su cooperación. Aunque sabía que iba a ser muy difícil, decidió intentarlo de otra manera. Miró hacia su silla vacía y se la imaginó despatarrada, mirándola fijamente. Dios, eso iba a ser más difícil de lo que pensaba.
 
Lo que leyó en su expediente no la pilló por sorpresa. López era la delincuente rebelde por excelencia. Había sido sentenciada a treinta y seis meses de cárcel por
posesión de cocaína en segundo grado hacía diecinueve meses, pero desde los quince años había pasado en prisión o en centros de menores al menos la mitad de su vida.
 
Había dejado los estudios a los diecisiete años, aunque sus notas estaban por encima de la media. Destacaba en deportes y en Lengua inglesa. Al parecer, sus autores favoritos eran Salinger, Steinbeck y Selby Jr. Era evidente que estaba ante una mujer inteligente, algo que ella había dejado claro con su comentario sobre lo básico que era su curso. Brittany se enervó solo de acordarse.
 
Podría haber pedido que la expulsaran del aula para dejar claro quién estaba al mando, pero entonces habría ganado ella. Brittany Pierce nunca se rendía ni abandonaba las cosas, por difíciles que fueran. Nadie lograría que volviera a huir de ningún problema. López no se saldría con la suya y le molestaba mucho que lo intentara.
 
Estaba tan ansiosa por quitarse aquella clase de encima, que cuando las reclusas entraron en el aula, se la encontraron caminando arriba y abajo. Harley entró de
primero y le dirigió una amplia sonrisa. Tina, que la seguía en fila india, la saludó con una reverencia. Riéndose de la ocurrencia, Brittany se volvió y se quedó sin aliento al ver a López entrar en el aula sin saludar y empujando a Blair para sentarse en su sitio.
 
El calor y la irritación visceral que había tratado de calmar mediante razonamientos y buenas intenciones volvieron a levantar las orejas en cuanto sus ojos se encontraron durante una fracción de segundo.
 
Mientras se aclaraba la garganta, Brittany se dirigió a su escritorio.
 
—Me alegro de que hayáis venido todas. Hoy vamos a empezar el taller de poesía, al que dedicaremos toda la semana que viene antes de empezar a trabajar una
obra de Shakespeare.
 
Apoyó el trasero en la mesa y sintió un cosquilleo por todo el cuerpo. Se había dado cuenta de la reacción de López al ver el poema que había repartido y Brittany sólo
había logrado permanecer en silencio a costa de morderse el labio con tanta fuerza que casi se hizo sangre. Se concentró en las palabras que quería decir, en vez de en lo que le apetecía, que era hacer una mueca, sacar la lengua o algún otro gesto igual de inadecuado.
¡Madre mía, qué inmadura!
Respiró hondo.
 
—Para empezar, me gustaría que me dijerais qué sabéis sobre poesía.
 
El aula permaneció en silencio. Tina examinó el techo, como de costumbre, como si la respuesta fuera a estar escrita allí. Harley y Blair se la quedaron mirando
como si le hubieran salido tres cabezas. Blake permaneció con la vista fija en el pupitre, prefiriendo guardar silencio tras el altercado de la clase anterior. Odiaba los
enfrentamientos.
 
Harley levantó la mano lentamente y miró a Brittany, turbada.
 
—¿Los versos pueden rimar?
 
—Desde luego, pueden rimar —respondió ella con una sonrisa—, como en el poema que estudiaremos hoy, pero no siempre es así.
 
—Siempre tratan de mariconadas como el amor —se quejó Tina.
 
—Eso es verdad en algunos casos, Tina, pero no en este poema —replicó Brittany negando con la cabeza—. Yo no te haría una cosa así.
Ella se echó a reír.
El inconfundible sonido de la voz de López murmurando algo hizo que Brittany se volviera hacia ella.
 
—Lo siento, López, pero no he oído lo que has dicho.
Ella apoyó las manos en la mesa y la fulminó con la mirada.
 
—En esta clase tenemos una regla muy sencilla —siguió diciendo Brittany cuando el silencio se prolongó—. Si tienes algo que decir, lo dices, ¿vale? —añadió con una
sonrisa almibarada.
 
—Y si no lo hago ¿qué pasa?
Ella ladeó la cabeza, examinándola. Era innegablemente atractiva y albergaba una rabia intensa que le hervía bajo la piel.
 
—Si no lo haces, puedes marcharte. Fíjate qué fácil.
Brittany se acercó más a ella y le dijo en voz baja.
 
—. Ya te lo dije ayer. Es mi clase y yo pongo las reglas. Tú haces lo que te mandan. Alzó la comisura de la boca en una sonrisilla burlona.
 
—. Espero que no sea demasiado básico para ti.
 
—Básico —murmuró Blair, tapándose la boca con la mano.
 
Antes de que Brittany pudiera decir nada, López golpeó la superficie del pupitre con la fuerza suficiente como para romper la madera y arrastró la silla hacia atrás con
tanto ímpetu que chocó contra la mesa de atrás. Un silencio tenso se adueñó de la habitación.
 
—¿Te hace gracia algo? —le preguntó entre dientes a Blair, antes de fulminar con la mirada a la agente Sat, que se había movido de su sitio al lado de la puerta.
 
—.¿Por qué no nos lo cuentas? —siguió diciendo López, dando un paso más en dirección a su presa.
 
—. No me gusta que se rían sin mí.
Brittany estaba fascinada. Se movió con mucha lentitud.
 
—López, cálmate.
Ella la ignoró, inclinada sobre Blair para mirarla directamente a los ojos.
 
—¿Te estabas riendo de mí?
 
—Venga, López —murmuró el agente Sat, lanzándole a Brittany una mirada preocupada.
 
—López, siéntate —le ordenó ella, ocultando el pánico que sentía tras una barrera de firmeza y autoridad—. Esto es innecesario. Tranquila.
 
—Eso, chica, tranquila —repitió Blair.
 
En un movimiento vertiginosamente rápido, López agarró el pupitre de Blair y lo lanzó contra la pared con un poderoso rugido. El sonido de la madera resbalando
sobre el ladrillo cubierto de plástico resonó en el aula con la contundencia de un toque de difuntos.
Todo el mundo se levantó de inmediato. El agente Sat sacó la porra y se lanzó sobre López antes de que ésta alcanzara a Blair, que estaba paralizada de miedo en su asiento. Brittany permanecía inmóvil detrás de un Tina muy alerta, que la protegía con su cuerpo, mientras tres agentes más se acercaban a López para reducirla.
Brittany se inclinó para ver algo tras  de Tina, y se alarmó mucho al ver que el agente Sat empujaba a López contra la pared.
 
Los agentes que habían acudido en respuesta al botón del pánico que había apretado Rachel, la redujeron en un momento. Brittany hizo una mueca cuando oyó los gruñidos e insultos de ella mientras la empujaban, la golpeaban y la esposaban.
 
—¡Eso es mi muñeca, joder! —le gritó a uno de los agentes, antes de que volvieran a empujarla con fuerza, hundiéndole la cara en la pared.
 
El guardia le retorció la muñeca con una sonrisa sádica en la cara, haciendo que López gritara de dolor.
 
—¡Eh! —gritó Brittany, colándose bajo el brazo de Tina y pasando junto a Blair, que se estaba riendo, hasta meterse en medio del montón de guardias enfadadas.
López, con la mejilla izquierda aplastada contra la pared, le dirigió una mirada furiosa. Ella fulminó con la mirada al agente que había tratado de romperle la muñeca.
 
—Lo he visto —dijo, señalando la muñeca de López—. No tiene por qué hacerle daño. No es necesario.
 
—Oh, señorita Pierce, es muy necesario —replicó el agente con dureza—. Hay que mantenerlas a raya —añadió, tirando de López para enderezarla.
 
Brittany vio que a ésta le salía un hilillo de sangre de la nariz que le llegaba ya al labio.
 
—¡Está sangrando!
 
—¡Está perfectamente! —replicó el guardia, empujando a López hacia delante.
 
Sin embargo, ella no pudo avanzar porque Brittany la detuvo poniéndole con firmeza una mano en el pecho.
 
—Un momento.


Ella se dirigió a su bolso y sacó un paquete de pañuelos de papel. Cogió uno y volvió hasta donde estaba López, que la miraba con una expresión que podía significar mil cosas distintas.
 
Empezó a protestar al ver que le acercaba la mano a la cara.
 
—Joder, no hace falta que...
—Calla y deja que te ayude —la interrumpió Brittany con tanta decisión que López cerró la boca.
 
Cuando le limpió la sangre con el pañuelo, ella respiró hondo.
La miró a la cara, dejándole un reguero de calor desde el pelo hasta la boca. Tratando de no distraerse con los latidos desbocados de su corazón, Brittany se concentró en el movimiento del pañuelo, aunque notaba todos los movimientos de López, por pequeños que fueran. Cada vez que ella respiraba y el aire le acariciaba la mano, ella tragaba saliva; y cuando la boca se le movía, notaba que los pulmones se le contraían.
 
Le limpió la sangre con delicadeza pero con decisión, hasta que su cara recuperó el buen aspecto que tenía antes de que las guardias la hubieran tratado con tanta
violencia. No se merecía eso. Se le quedó mirando fijamente y vio que le empezaba a aparecer una marca en la mejilla.
 
El impulso de tocarle el moratón fue tan intenso que la impresionó. Se aclaró la garganta y bajó la vista. Pero al parecer no tenía ningún control sobre sus intenciones ni sobre su mano, que empezó a alzarse hacia la piel de la cara de ella, debajo del ojo, donde el pómulo asomaba en su escultural gloria. Quería calmarle la inflamación y el dolor que sabía que tenía que estar notando, pero no podía hacerlo.
 
—Listo —murmuró, secándose un resto de sangre del pulgar.
 
López frunció el cejo. Abrió la boca, pero ninguna palabra salió de ella. Antes de que los tres guardias se la llevaran del aula, le dio tiempo a dirigirle una mueca burlona.

Brittany suspiró y tiró el pañuelo ensangrentado a la papelera.


Última edición por marthagr81@yahoo.es el Mar Sep 20, 2016 8:55 pm, editado 2 veces
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Sep 20, 2016 8:53 pm

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CAPITULO 6

 
Brittany se dio la vuelta y apagó la alarma antes de que sonara. Llevaba despierta más de una hora. Se había pasado la noche dando vueltas en la cama, reflexionando sobre cuál debería ser su siguiente paso con López. La segunda clase había sido un desastre absoluto, por decirlo de manera suave. Había tratado de mantener la calma, se había esforzado de verdad, pero no había sido suficiente. Ella había logrado cabrearla otra vez.
 
No tenía ni idea de qué era lo que tenía esa mujer que la enfurecía tanto. Al fin y al cabo, no era tan distinta de las demás alumnas. Bueno, un poco sí. Era mucho
más beligerante y muchísimo más agresiva. Y —admitió, haciendo una mueca— mucho más atractiva. Había tratado de verla sólo como una alumna, pero era muy difícil ignorar a la mujer que la volvía loca.
 
Se frotó la cara con las manos. Sabía que no podía liarse con ninguna de sus alumnas. La política de no confraternización de la prisión era clara y concisa, y a Brittany le gustaba demasiado su trabajo como para ponerlo en peligro. Era una profesional y ni López ni ningúna otra iban a conseguir que lo olvidara.
Pero es que López estaba impresionante cuando se enfurecía. La ira le daba un aspecto casi luminoso, incandescente, y las arrugas que solían surcarle la frente —y
que Brittany se imaginaba como muescas causadas por el odio que le despertaba su entorno— se disolvían, dejándole el rostro sereno, impecable. En esos momentos era la criatura más impresionante que había visto nunca.
 
Y aunque se había asustado mucho cuando había lanzado el pupitre contra la pared durante la clase, no había podido apartar los ojos de ella y había observado
fascinada cómo rugía la bestia que albergaba en su interior. Era como observar a un animal salvaje que, durante unos segundos, se hubiese liberado de su jaula.
Pensamientos  como ése hacían que partes del cuerpo de Brittany se despertaran de un modo desconocido por ella hasta ese momento. Era una faceta de López que deseaba y detestaba con el mismo fervor.
 
Sin embargo, y dejando de lado las reacciones de su cuerpo, Brittany sabía que el guardia no debería haberle retorcido la muñeca. López no se lo merecía.
Y pensaba decírselo a  Sue en cuanto llegara al trabajo. Sin embargo, cuando llegó a la prisión un poco más tarde, Sue no estaba allí. Un poco desanimada y bastante confusa, empezó a preparar el aula, tratando de no pensar en si López iría a clase o no. Se tiró de la camisa hacia abajo, frustrada, al darse cuenta de que la parte de ella que quería que López se presentara ganaba a la que prefería que no lo hiciera. Maldijo en voz alta.
 
—¿Nos hemos levantado con el pie izquierdo?
 
Le llegó la voz de Rachel desde la puerta, distrayéndola durante unos cinco segundos antes de que la batalla volviera a empezar en su interior. Sonrió y alzó las cejas, incapaz de justificar con palabras por qué estaba maldiciendo en una habitación vacía.
 
—La han expulsado —dijo su compañera tranquilamente, mientras dejaba el bolso en su silla. Brittany se volvió hacia ella.
 
—¿Qué?
 
—A López.
Rachel se encogió de hombros.
 
—. Sue le dijo que no sabía controlarse y que era un peligro para sí misma y para las demás.
 
—Mierda. ¿Y cómo se lo ha tomado?
La otra mujer le dirigió una sonrisa irónica.
 
—Como se lo toma todo: con unos cuantos insultos y un gruñido. —Se acercó a Brittany—. Esto afectará a su libertad condicional.
 
Brittany alzó las cejas, sorprendida. No sabía que fuera candidata a obtenerla.
 
—¿Cuándo es la revisión?
 
—A finales de mes.
 
Ella se sorprendió al notar una súbita necesidad de trabajar con López en vez de contra ella. Hacía sólo dos días que la conocía. Había cruzado con esa mujer una
docena de palabras, casi todas con los dientes apretados, y sin embargo, en lo más profundo de su ser, distinguía en ella algo distinto al resto de sus compañeras de clase. Algo que la atraía de un modo que no podía explicar.
 
Su ambivalencia era muy frustrante y tenía una petulancia capaz de hacer que una persona cuerda se diera a la bebida. Pero a pesar de todo eso, Brittany sentía unas
abrumadoras ganas de ayudarla, de arreglar las cosas. Al fin y al cabo, ésa era su deuda. Asintió con decisión.
 
—¿Qué? —preguntó Rachel—. ¿En qué piensas?
 
Brittany sonrió y dejó que su recién hallada seguridad saliera a la superficie.
 
—Pienso que la señorita López va a tener que acostumbrarse a estar en mi presencia más a menudo.
 
—¡Más fuerte!
López gruñó.
 
—¡He dicho más fuerte! ¡No he notado nada!
 
López volvió a gruñir, esta vez más alto, mientras su puño golpeaba con saña el escudo protector rojo que el encargado del gimnasio de la prisión, Kent Ross,
sostenía en alto.
 
—¡Mi hija de tres años golpea más fuerte que tú! ¡Otra vez!
 
López entornó los ojos y los nudillos se le pusieron tan blancos como los vendajes que los rodeaban, un instante antes de soltar un grito terrorífico y empezar a
golpear el escudo con toda la rabia que tenía dentro. Soltó el odio, el enfado, el deseo y la necesidad a través de los puños con tanto ímpetu, que Ross se tambaleó hacia atrás.
 
Tras treinta segundos, los brazos de López empezaron a flaquear, mientras la adrenalina le recorría los hombros llenos de intrincados tatuajes, los bíceps igualmente decorados y los antebrazos, que se quejaban por los golpes que no acababan. Jadeando por el esfuerzo, casi besó la fea cara de Ross cuando éste dijo que habían acabado.
 
A López le gustaba entrenar; era la única parte de su tratamiento de control de la ira que disfrutaba. El psiquiatra del centro había sugerido que entrenara con Ross
tras uno de sus más sonados berrinches, con la idea de que liberara al menos parte de su tensión.
 
López se dejó caer sobre la colchoneta azul y permaneció tumbada de espaldas, con el pecho subiendo y bajando intensamente. Realmente tenía que dejar de fumar.
 
Le dolían los nudillos y le ardía la cara en la zona que el guardia había aplastado contra la pared durante la clase de la señorita Pierce. Estaba empapada en sudor.
 
—Has estado bien —murmuró Ross, inclinándose sobre la exhausta López con una botella de agua en la mano.
 
—Casi acabas conmigo
replicó ella, cogiendo el agua con mano temblorosa.
Gruñó al incorporarse, ya que sus músculos se quejaron. Vació media botella de tres grandes sorbos y se echó un poco de agua por la espalda en un intento de
librarse del calor.
 
—Tienes que dejar de fumar
refunfuñó Ross, haciendo reír a López,
 
—, Aunque reconozco que te has entregado a fondo. Más de lo habitual. ¿Algún problema?
 
Durante los doce meses que llevaban entrenando juntos, Ross y López habían entablado una relación sincera. Ésta respetaba la actitud de Ross, que no se andaba
con tonterías, y le gustaba que le exigiera cada vez más. Sin embargo, no tenía la suficiente confianza con él como para contarle lo que pensaba. Se burló de sí misma en silencio, ya que, aunque quisiera hacerlo, habría sido incapaz de explicar el carrusel de ideas que le daban vueltas en la cabeza.
 
Para ser sincera, estaba sorprendida de haber tirado sólo un pupitre en la clase de la señorita Pierce. Nunca había sentido una furia tan grande como para coger un
pupitre y tirarlo contra la pared con todas sus fuerzas. Mirándolo en retrospectiva, se daba cuenta de que había sido una estupidez, pero no había podido controlarse.
 
Lo que más la preocupaba desde que tuvo la reunión con Sue tras el «incidente» era que la alcaide le había prohibido seguir asistiendo a las clases de la señorita
Pierce. La había expulsado indefinidamente. Le había prohibido acercarse a ella o a su aula y, por alguna razón que no le hacía ninguna gracia, López estaba muy enfadada por no poder volver.
 
Sí, era irónico. No había parado de quejarse y de protestar por tener que ir a clase y ahora estaba hecha un lío, porque una parte de ella desearía estar allí,
escuchándola cantar las alabanzas de los poemas y otras mierdas que ya conocía. Quería estar sentada en la primera fila de su clase, observándola, tratando de
intimidarla.
 
La señorita Pierce se le había colado bajo la piel y no sabía si sentirse encantada o molesta. Apenas la conocía, casi no había hablado con ella, pero no lograba quitarse
la imagen de su cara de la mente. Es que era tan jodidamente... guapa.
Joder, se estaba volviendo loca.
 
Tras resoplar, se acabó el agua de la botella antes de tirarla a la papelera, donde aterrizó ruidosamente. Ross se sentó a su lado.
 
—He oído lo que pasó... en la clase —dijo con diplomacia. Al ver que la cara de la joven se tensaba, alzó las manos en son de paz—. Eh, tranquila, no te estoy
juzgando.
 
Ella bajó la mirada y Ross esperó.
 
—Es que... —empezó a explicarse López—, francamente, esas clases me importan una mierda. Quiero decir, que no soy idiota. Sé leer y sé cosas. Lo de apuntarme
a la clase era por la condicional.
 
Ross permaneció en silencio.
 
—Pero esa mujer... —se detuvo, tentada de arrancarse la lengua de un mordisco—. No sé —añadió en voz muy baja, más para sí misma que para el hombre sentado
a su derecha.
 
Era la explicación más honesta que podía dar, porque, sinceramente, no sabía nada. No sabía por qué quería volver a la clase de la señorita Pierce. No sabía por qué la
hacía sentir tan desorientada, ni por qué le había limpiado la sangre.
 
Lo único que tenía claro era que le había gustado. Le había gustado que lo hiciera y también notarla tan cerca. Le había dado la oportunidad de observarla con detalle.
Había estado con muchas mujeres atractivas y había visto a muchas más, pero la señorita Pierce tenía algo distinto a las demás. Todo en ella era natural. Tenía curvas, apenas llevaba maquillaje y estaba casi segura de que aquellas tetas eran las que Dios le había dado.
 
En general le gustaban las tetas y las de esa mujer eran espectaculares.
Se había imaginado cómo sería tocarlas. Sin embargo, el episodio de la mesa había puesto fin a esa fantasía. Mierda. Su supervisora de la libertad condicional se iba a cabrear como una mona.
 
—Buenos días, señorita Pierce —la saludó Sue, y le señaló una silla cuando Brittany se aproximó a la mesa.
 
—Buenos días.
 
—Y bien —añadió Sue, dando palmaditas a los brazos de la silla—, ¿qué puedo hacer por usted?
 
Ella se tragó los nervios y abordó el asunto de frente.
 
—He oído que el incidente de López podría afectar a su solicitud de libertad condicional.
 
—De «podría» nada —replicó la alcaide con brusquedad—. Esa tipa no va a ir a ninguna parte durante los próximos diecisiete meses. Acabará su sentencia aquí y la
disfrutará hasta el último día.
 
Algo en su voz le puso a Brittany los pelos de punta.
 
—Sí —replicó, esforzándose por mantener un tono agradable—, tengo entendido que pronto tendrá reunión con su supervisora.
Sue asintió.
 
—Y también tengo entendido que la junta no se fija sólo en la buena conducta. —Brittany alzó una ceja al ver que ella la miraba sorprendida.
La alcaide se echó hacia delante en la silla y apoyó los brazos en el escritorio.
 
—Señorita Pierce, ¿a dónde quiere ir a parar con esto?
 
—Me he tomado la libertad de concertar una reunión para esta tarde con el consejero de López, Will Schuester, y me gustaría mucho hablar con la supervisora de libertad condicional durante su visita. Sé que tanto Will como usted pueden encargarse del tema.
Sue alzó una mano para interrumpirla.
 
—Lo siento, pero tengo que volver a preguntárselo. ¿Qué pretende con todo esto, señorita Pierce?
Brittany tragó saliva.
 
—Quiero darle clases a López.
Por un instante, Sue permaneció totalmente inmóvil. Parecía perpleja.
 
—Ya lo hizo, pero ha sido expulsada porque es evidente que no se llevan bien.
Brittany pasó por alto la acidez de su tono.
 
—No digo que no, pero tal vez no he sido lo bastante paciente con ella. —«Bravo, Sherlock»—. Quiero ayudarla en lo que pueda. —El escrutinio de Sue hizo que
se ruborizara—. Sé que ha sido expulsada de las demás clases, así que se ha quedado sin opciones. Creo que si le impartiera clases particulares, las probabilidades de que perdiera los nervios se reducirían de manera considerable.
Brittany le había estado dando vueltas al tema antes de entrar en la oficina de Sue.
 
El hecho de que López intimidara al resto de las alumnas era una de las razones por
las que ella había perdido la paciencia con ella. Si hicieran clases particulares, las cosas mejorarían, ¿no?
Sue se echó hacia atrás en la silla. Parecía totalmente desconcertada.
 
—Señorita Pierce —murmuró—, para asegurarme de que lo he entendido bien: ¿quiere darle clases... particulares... a López, porque quiere ayudarla a conseguir la
libertad condicional?
 
Ella respondió con una sonrisa radiante.
Sue se la quedó mirando con incredulidad y negó con la cabeza.
 
—No puedo permitirlo.
 
—Mmm —Brittany se mordió la boca por dentro para ocultar su enfado—, ¿puede saberse por qué?
 
Ella le dirigió una sonrisa burlona y enderezó los hombros.
 
—No puedo autorizar que se quede a solas con López en una habitación.
 
—Habría un guardia.
Sue soltó el aire ruidosamente.
 
—Detalles, señorita Pierce. El caso es que su misión aquí es dar clase a un grupo de reclusas durante un período de tiempo determinado, siguiendo un horario
concreto. No la contratamos para que fuera profesora particular. —Alzó los brazos al cielo, fingiendo estar desolada—. No viene en su contrato y la institución no
puede permitirse pagarle un sueldo extra.
 
Brittany le dirigió una sonrisa que era cualquier cosa menos agradable. Ya sabía que le diría eso, pero a ella le daba igual si le pagaban o no. Por norma, nunca hablaba
sobre lo rica que era su familia, ya que la experiencia le había enseñado que mucha gente se sentía incómoda al enterarse, pero le importaba un bledo que Sue se sintiera incómoda. Ser hija de un senador de éxito y nieta de otro era garantía de que su cuenta corriente estaba siempre saneada.
 
—Señora Sue —empezó a decir, con un tono irónico y una mirada tan decidida que la alcaide se revolvió incómoda en el asiento—, no hago esto por dinero —le
espetó con una sonrisa tensa.
 
Ella volvió a echarse atrás en el asiento.
—Reconozco que me tiene muy confundida, señorita Pierce —dijo, tras unos instantes de tenso silencio—. Según parece, ambas se detestaron desde el primer
momento. ¿Por qué entonces quiere hacer algo así? ¿Qué gana con ello?
 
—Soy maestra y, por definición, mi trabajo es enseñar. Es lo que me gusta hacer en la vida. Es evidente que a López le cuesta estar en un aula con otras alumnas, así
que la mejor solución es apartarla de los demás.
 
Su mirada se volvió aún más fiera.
 
—. Creo que puedo ayudarla, y lo único que quiero sacar de todo esto es que
aprenda. Además —siguió diciendo, dispuesta a atacarla en su orgullo—, si López consigue la condicional, también la vida de usted será mucho más fácil, ¿me equivoco?
 
Brittany sabía que Sue y López no se podían ver.
La alcaide le dedicó una sonrisa ladeada.
 
—La respuesta sigue siendo no, señorita Pierce. Plantearía demasiadas preguntas. Luego está el tema del tiempo del guardia adicional...
 
—Sí, hablando de guardias, ¿se le ha llamado la atención al que agredió a López?
 
—¿Agredió?
 
—Sí. Le retorció la muñeca. Fue innecesario y totalmente beligerante. Me quedé de piedra.
 
Brittany permaneció sentada, con los ojos muy abiertos y una mano en el pecho. Quería que a Sue le llegara el mensaje alto y claro. Sabía muy bien que nadie había
amonestado al guardia, a pesar de que su comportamiento había quedado grabado en las cámaras de seguridad del aula.
 
—Ya veo —murmuró la alcaide—. Bueno, por supuesto que aquí no toleramos ningún tipo de violencia contra las reclusas. Lo investigaré.
 
—Bien.
 
Gracias a sus contactos familiares, Brittany tenía amigos en instancias políticas del más alto nivel. Con una simple llamada telefónica, a Sue se le complicaría mucho la
vida. La alcaide frunció los labios y se aclaró la garganta.
 
—Si accedo a esto —dijo, sacudiendo la mano con desdén—, ¿qué le hace pensar que López estará interesada? Es una tocapelotas muy testaruda, no sé si se ha dado cuenta.
Brittany sonrió.
—Estoy segura de que si me deja hablar con ella para que se dé cuenta de que sólo pretendo ayudarla, dejará el orgullo a un lado y aceptará. Y si no —se encogió de
hombros— me olvidaré del tema.
 
—Tendría que hacerlo en su tiempo libre, sin cobrar —insistió Sue, señalándola con el dedo.
 
—Por supuesto —replicó ella, con ganas de agarrarle el dedo y dislocárselo—. Le daré un horario para que pueda organizar el tema del guardia. A ser posible, que no
sea el que agredió a mi alumna.
 
—Bien.
 
—Perfecto. —Brittany sonrió y se palmeó los muslos—. He quedado con Will a las dos. ¿Podré hablar también con López? Me gustaría dejar el tema zanjado antes de
irme de fin de semana.
 
Sue se cruzó de brazos y resopló.
 
—Que me avisen por radio y ya me encargaré de que la lleven hasta donde estén.
 
—Gracias, señora Sue —replicó ella con una sonrisa almibarada, antes de salir y cerrar la puerta son mucha suavidad.
 
Esa misma tarde, Will escuchaba arrobado a la bonita rubia, mientras ella le explicaba su plan en detalle. Cuando recibió la llamada para concertar una
entrevista con la señorita Brittany Pierce, se había sentido muy intrigado. Lo primero que le vino a la cabeza fue que la maestra querría formalizar una queja sobre el
comportamiento de San. Le habría parecido comprensible, y por eso mismo se quedó de piedra al oír que quería ayudarla a conseguir la condicional.
 
Aunque estaba por ver si ella aceptaría la propuesta. Su mal carácter la metía constantemente en líos de los que Will luego tenía que sacarla. El incidente del pupitre era un buen ejemplo. Que la hubieran expulsado de todas las clases era un mazazo a su solicitud de libertad condicional. Por eso, Will estuvo a punto abrazar a la señorita Pierce cuando ésta se ofreció a ayudarla.
 
—Reconozco que me sorprende que Sue haya aceptado este arreglo —dijo, sonriendo, antes de tomar un sorbo de café.
 
Brittany se echó a reír.
 
—Bueno, digamos que conozco las reglas del juego.
 
La sonrisa de Will se hizo más grande. Ya era hora de que alguien pusiera a la alcaide en su sitio.
 
—¿Ah, sí?
 
Ella disimuló una sonrisa detrás de la taza de café y no añadió nada más.
La puerta de aquella habitación insulsa y sin ventilación se abrió, dando paso a una López de aspecto resignado, seguido por dos guardias y por una Sue obviamente
molesta.
 
—Hola, Santana —la saludó Will, poniéndose de pie.
 
—Eh —murmuró ella, antes de volverse hacia la mujer que había a su derecha-
—. Señorita Pierce —la saludó sin entonación.
Ella suspiró.
 
—López, siéntate, por favor.
 
López observó su postura: estaba a la defensiva. Aunque tenía que admitir que también estaba guapa de cojones. Seguro que lo hacía a propósito para atormentarla.
 
Se dejó caer en la silla y le dirigió una sonrisa a Will, mientras hacía un gesto con los dedos pidiéndole que le diera lo que él ya sabía. Will se sacó un paquete de
cigarrillos y una caja de cerillas del bolsillo y las lanzó sobre la mesa. López sacó uno, se lo llevó a los labios, lo encendió e inhaló el humo con lentitud.
Mientras lo soltaba, observó a la señorita Pierce, que la estaba mirando fijamente con sus ojos azules.
 
—Tienen diez minutos —les advirtió Sue, antes de dirigirse a la puerta haciendo mucho ruido al andar.
 
—Dudo que hayamos acabado en diez minutos —replicó la señorita Pierce—. Lo avisaremos por radio cuando estemos.
 
La alcaide se detuvo en seco y se apoyó una mano en la cadera mientras se frotaba la frente con la otra.
 
—De acuerdo.
 
Will y López intercambiaron una mirada de admiración. López se alegró mucho al ver que ella le plantaba cara a la alcaide, aunque al mismo tiempo se sintió celosa de
que fuera Sue quien estuviera recibiendo la bronca y no ella. Aunque parecía absurdo, se moría de ganas de que empezara a reñirla.
 
—Y bien, ¿alguien va a apiadarse de mí y me va a contar por qué estoy aquí? —preguntó, mirando alternativamente a la señorita Pierce y a Will.
 
Éste le afeó su actitud con la mirada, antes de hacerle un gesto a la señorita Pierce para que tomara la palabra. López aguardó mientras ella se aclaraba la garganta,
intrigada por el aparente nerviosismo de la maestra. No la había visto nunca así, con los hombros en tensión y moviendo las manos, inquieta.
 
—Sí, bueno, creo que podemos decir sin miedo a equivocarnos que tu presencia en mis clases no acabó del todo bien.
 
—No joda, señorita —se burló ella.
 
—San. —Will le dirigió una mueca de desaprobación.
 
López puso los ojos en blanco y le hizo un gesto con el codo a la señorita Pierce para que siguiera hablando.
 
—Tengo entendido que tienes supervisión de la condicional pronto, ¿no?
Ella se encogió de hombros.
 
—¿Y qué?
Ella le sostuvo la mirada con firmeza, lo que hizo que López sintiera un cosquilleo en los dedos.
 
—También sé que te apuntaste a mis clases para que te ayudaran a conseguir la condicional.
Ella  soltó el resto del humo que le quedaba en los pulmones y apagó el cigarrillo en el cenicero con tres bruscos golpes de muñeca. Mientras se volvía a echar hacia
atrás en la silla, no apartó la mirada de la mujer que tenía delante.
 
—¿Y si me habla en cristiano? —le dijo finalmente, disimulando la risa al ver aquel brillo familiar en los ojos de la señorita Pierce.
Lo había logrado.
 
—En cristiano —refunfuñó ella—, te estoy ofreciendo darte clases particulares para que consigas la libertad condicional aunque sigas comportándote como una idiota integral incluso con la gente que trata de ayudarte.
 
Will contempló boquiabierto la explosión de genio de la fierecilla. López observó fascinada cómo una marea roja se extendía por su piel. Se pasó la lengua por los
labios. Joder, qué guapa se ponía cuando se enfadaba.
 
La señorita Pierce se levantó bruscamente, arrastrando la silla con tanta fuerza que ésta se cayó al suelo con estrépito. Se volvió a mirarla, pero no la levantó. En vez
de eso, trató de coger el bolso, pero se le resbaló dos veces de la mano antes de lograrlo.
Will se levantó.
 
—¿Señorita Pierce?
 
—¡Olvídalo! —exclamó, dirigiéndose a López—. No pienso seguir perdiendo el tiempo. Es obvio que eres una desagradecida con los que te ofrecen ayuda.
Se colgó el bolso del hombro-
 
—. Lo pillo. Ya entiendo que aceptar mi ofrecimiento significaría romper esa imagen de mala malísima que te has creado aquí dentro. Y entiendo que te da pánico que alguien descubra que en realidad eres una tipa inteligente. El señor Sue estará encantado de que acabes de cumplir la condena completa. Pero ¿a quién le importa? —añadió, volviéndose hacia la puerta.
«Joder.»
 
La mirada desafiante de la señorita Pierce y la verdad que contenían sus palabras hicieron que López se diera cuenta de que le estaba lanzando un salvavidas, una
manera de conseguir la libertad condicional que tanto deseaba. Pero su comportamiento infantil estaba a punto de hacer que se fuera de la habitación y entonces se quedaría sin nada. Por muy exasperante que le resultara aquella mujer, no podía negar que la conmovía que quisiera ayudarla.
 
Se aclaró la garganta.
 
—¿Señorita Pierce?
 
Ella, que estaba ya cerca de la puerta, se detuvo y alzó los hombros con expresión impaciente.
 
—Yo, ejem —empezó a decir López, tamborileando con los dedos sobre la mesa. No estaba acostumbrada a mostrar gratitud. Ni siquiera a sentirla-
 
—. Mire, yo, yo... se lo agradezco. —Titubeó, mirando a su alrededor con nerviosismo.
 
Brittany se volvió hacia Will, que se había quedado sin habla.
 
—No pasa nada. Ha sido una tontería por mi part...
 
—No —la interrumpió López—. No ha sido ninguna tontería. Es muy buena idea. Yo creo que... —Miró a Will buscando ayuda.
 
—Santana —la animó el psicólogo—, ¿estás tratando de pedirle a la señorita Pierce que sea tu profesora particular?
 
López bajó la vista hacia la mesa, buscando el paquete de cigarrillos.
 
—Bueno, vale —susurró Will—. ¿Qué opina, señorita Pierce?
 
—¿Y bien? —replicó ella, dando un paso hacia la mesa—. ¿Al final vamos a hacerlo?
—Eso he dicho, ¿no? —refunfuñó López, entre las volutas de humo que se enroscaban en el aire a su alrededor.
 
Con una expresión divertida, Brittany volvió a sentarse. Veinte minutos más tarde, con todos los días y las horas de las clases anotados debidamente en la agenda, se
levantó y le tendió la mano a Will.
 
Éste se la estrechó con entusiasmo.
 
—Gracias, señorita Pierce. Estaremos en contacto, no lo dudes.
 
—Por supuesto —replicó ella, sonriendo—, y llámame Brittany. —Miró a López y añadió—: Nos vemos el lunes.
 
Pero ella permaneció muda, inmóvil. Y así seguía, como una estatua, con los ojos clavados en la puerta después de que ella saliera y la cerrara. El latido de su corazón desbocado le retumbaba en los oídos, igual que su nombre resonaba en su cráneo con cada feroz latido.
 
«Brittany. Brittany. Brittany.»
 
Cuando se quedaron a solas, Will se volvió hacia ella con una sonrisa bobalicona.
 
—San, ¡es fantástico! —exclamó, dando una palmada—. Es fantástico, ¿verdad? —repitió, metiéndose las manos en los bolsillos—. San, ¿estás bi...?
 
—¿Cómo la has llamado? —preguntó López con voz ronca.
 
Se le había cerrado la garganta, obligándola a jadear para poder respirar. Se llevó la mano al pecho lentamente para aliviar la tensión que se había apoderado de sus
músculos. Una tensión tan implacable que nunca había sentido nada igual.
 
—¿Qué pasa? —preguntó Will, sin entender nada.
López cerró los ojos y tragó saliva con dificultad.
 
—¿Cómo has llamado a la señorita Pierce?
Will frunció el cejo.
 
—La he llamado Brittany. ¿Por qué?
 
Brittany Pierce. Brittany de los cojones Pierce.
Mientras el mundo se desplazaba sobre su eje, haciendo que la habitación diera vueltas de manera incontrolable, López dejó caer la cabeza sobre las rodillas como si fuera un peso muerto. La respiración se le quedaba atascada en la garganta mientras luchaba para llegar a sus pulmones. No podía ser. Era imposible.
No. ¿Cuántas probabilidades había de que fuera ella? Eran mínimas.
Se tiró del pelo, incrédula.
—No puede ser ella.
 
Respiró lo más hondo que pudo, pero era inútil. Las paredes se cerraban a su alrededor mientras el pánico y la incredulidad la agarraban del cuello sin piedad. Se
estaba ahogando. Will se dejó caer de rodillas ante ella.
 
—¿Quién, Santana? —insistió, agarrándola por el hombro—. San, dime algo. ¿A quién te refieres?
 
—No puede ser —musitó López.
 
—¿Quién? ¿La señorita Pierce?
 
—No —respondió ella, vagamente consciente de que la voz de Will sonaba cada vez más alarmada—. Ella no es la señorita Pierce. Ella... ¡Joder!
 
—¿Quién? —repitió Will, apretándole el hombro con más fuerza.
 
Finalmente, López lo miró con ojos que apenas veían, a través de una niebla de recuerdos tan espesa que casi se podía tocar con la mano.
Pelo rubio abundante, ondulado. Un vestido azul. Disparos. Gritos.
Agarró el brazo de Will y lo apretó como si le fuera la vida en ello. Necesitaba algo a lo que aferrarse, algo que impidiera que perdiera el control por completo.
Ahogó un sollozo.
 
Qué lejos quedaba la arrogante mujer veintisiete años. Volvía a ser aquella niña de once, muerta de miedo, que deseaba desesperadamente que alguien la quisiera y
que trataba de salvarle la vida a una aterrorizada niña pequeña.
 
Quería responderle a Will. Mierda, lo estaba intentando. Quería contárselo todo. Pedirle que la sacara de allí antes de que se volviera loca del todo. Ya se estaba
volviendo loca. O tal vez se estaba muriendo. ¿Sería eso lo que se sentía al morirse?
 
Como si se hubiera roto una compuerta, los recuerdos de López se desbordaron. Cada nueva imagen era como fuegos artificiales explotando ante sus ojos,
zumbándole en el cerebro, chirriándole en los oídos. Dejó caer la cabeza, cerró los ojos con fuerza y se agarró a la solapa de la chaqueta de Will, estrujando la lana en un intento de calmarse, de relajarse y de recuperarse de una jodida vez. Pero para su exasperación, cuanto más trataba de hacerlo, más se rebelaba su cuerpo.
Gruñó aterrorizada, mientras su garganta se encogía más y más. Dejando caer pesadamente la frente sudorosa sobre el hombro del psicólogo, dijo las palabras que
creyó que no volvería a pronunciar después de aquella espantosa noche de la que ya habían pasado dieciséis años.
 

—Will —susurró—, ella es Melocotones.
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por micky morales el Mar Sep 20, 2016 10:34 pm

al fin se sabe que santana fue la que salvo a brittany la noche que murio el sr pierce!!!!! ahora a ver como van las cosas entre ellas pq seguramente santana ya no sera tan odiosa con britt!!!!
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Mensaje por 3:) el Mar Sep 20, 2016 11:32 pm

Me gusta que britt le plante cara a san... jajajaj ademas de que intente ayudarla con la condicional....
San se dio cuenta de quien es britt????.... a ver como reacciona al tenef que verla siempre y ai le llega a decir quien es y que hizo???
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Mensaje por JVM el Miér Sep 21, 2016 12:44 am

Jajajaja pues cada una haciendose valer y respetar....
Y bueno Britt ayudando a San sin tener algún motivo en especia, sobretodo después de como se ha portado con ella, pero San es especial :D jajajaja
Me llamo la atención que Britt marco de una forma especial la vida de San, de que manera... No lo se... Lo digo porque es obvio que por lo que paso Britt ha sufrido mucho además de que cambio su vida a partir de ese momento. Pero con San de que forma....
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Sep 22, 2016 12:32 am

micky morales escribió:al fin se sabe que santana fue la que salvo a brittany la noche que murio el sr pierce!!!!! ahora a ver como van las cosas entre ellas pq seguramente santana ya no sera tan odiosa con britt!!!!

Hola Micky  que bueno que regresaste me alegra tanto.
Sip. Santana es la unica que reconocio a Britt a quien desde hace años la llamo solo por Melocotones jajajajaj, pero  Britt desconoce toda esa parte....

Yo creo que tal vez cambiara tal vez no, por que ella es una delicuente y  la Britt la profesora o sea una la oveja negra y la otra la oveja blanca....
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Sep 22, 2016 12:34 am

3:) escribió:Me gusta que britt le plante cara a san... jajajaj ademas de que intente ayudarla con la condicional....
San se dio cuenta de quien es britt????.... a ver como reacciona al tenef que verla siempre y ai le llega a decir quien es y que hizo???

Hola, sip el hecho de haberse encontrado ha hecho que ambas se ayuden,  desde que Britt  conoce a Santana no se ha vuelto a leer de sus pastillas de dormir o de sus pesadillas o no????

Creo que eventualmente eso pasara..... pero eventualmente...... y que tanto tuve que ver Santana ya lo veremos..
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Sep 22, 2016 12:37 am

JVM escribió:Jajajaja pues cada una haciendose valer y respetar....
Y bueno Britt ayudando a San sin tener algún motivo en especia, sobretodo después de como se ha portado con ella, pero San es especial :D jajajaja
Me llamo la atención que Britt marco de una forma especial la vida de San, de que manera... No lo se... Lo digo porque es obvio que por lo que paso Britt ha sufrido mucho además de que cambio su vida a partir de ese momento. Pero con San de que forma....

Hola, sip  San no es tan dura como parece o hace creer que lo es... es mas un osito de esos que da ganas de abrazar  o como diria  Brittany en su forma de hablar un panda triste jajajajajj...
Sip, Brittany esta ayudando a Santana, sin saber que ella esta dando su libra de carne, o sea pagando su deuda..... creo que esa es la forma...... cada una tiene su DEUDA, pero ambas saldran ganando creooo..
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Sep 22, 2016 12:45 am

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CAPITULO 7

 
«—¡Tengo que ir  con mi papá!
 
»—¡Sigue andando! Tenemos que alejarnos de ellos. ¡Te matarán! ¡Muévete!»
 
—¿San?
 
«—¡No, me necesita!»
 
—San, ¿puedes abrir los ojos?
 
«—¡Quieta!»
 
—Santana, todo va bien.
 
López se incorporó de un brinco y se quedó sentada en la cama medicalizada, jadeando, con los ojos muy abiertos. Miró a su alrededor, frenética, y dio un salto cuando alguien le apoyó la mano en el hombro. Al volverse vio que la mano pertenecía a Will, que estaba junto a la cama mirándola con preocupación. Tragó saliva con dificultad, en un vano intento de suavizarse la garganta, que parecía de papel de lija. Seguía muy confusa. Joder, se encontraba como el culo.
 
—¿Dónde estoy? —López parpadeó y miró a su alrededor. Vio las paredes encaladas y las expresiones de sorpresa del médico y de dos guardias.
 
—Estás en la clínica de la institución, Santana —respondió el médico.
 
—Me llamo López, ¿y quién coño estaba hablando contigo, doc? —le espetó.
El hombre se encogió y dio un paso atrás.
 
—San —dijo Will en tono calmado—, has tenido un ataque de pánico.
 
Ella soltó una risa forzada, mientras trataba de disimular el rubor que la vergüenza le estaba provocando.
 
—¿Y eso quién lo dice?
 
—Lo digo yo —intervino el médico.
 
López lo miró durante un segundo.
 
—Me largo de aquí —anunció, bajando las piernas para levantarse de la cama
 
—.¿Dónde están mis zapatos?
 
—Me temo que eso no es posible —empezó a decir el médico.
—¡Nadie le ha preguntado nada! —gritó López.
 
Tenía un espantoso dolor de cabeza que le nacía en lo más profundo del cráneo. Se notaba los tímpanos tan tensos que parecía que se le fueran a desgarrar y, vaya, mira qué bien, ahora veía además puntitos negros bailando en su visión periférica. Fantástico. Apretó los ojos con fuerza y se echó hacia delante para recuperarse.


Will le apoyó las manos en los hombros para ayudarla a mantenerse derecha.
 
—Tienes que calmarte —murmuró—. Relájate. Has perdido el conocimiento. Tienes que tomártelo con calma.
 
López se sujetó el puente de la nariz en un intento de calmar el martilleo que notaba detrás de los ojos. Nunca había experimentado algo así. Era como si un jodido
circo se hubiera instalado entre sus orejas. La madre que los parió a todos, estaba agotada. Ni siquiera pudo  resistirse cuando Will la empujó para que volviera a apoyar la cabeza en las almohadas de la cama. Soltó el aliento y fulminó con la mirada a los que la rodeaban y la observaban como si estuvieran esperando que explotara.
 
—¿Te duele la cabeza? —le preguntó el médico.
 
Ella lo miró con acritud, pero estaba demasiado exhausta para poder soltarle alguna impertinencia.
 
—Iré a buscar analgésicos —murmuró el hombre antes de salir de la habitación.


López se sorprendió al ver que los dos guardias salían tras él, lanzando miradas nerviosas en dirección a Will.
 
—Bueno, joder, al menos aún sé cómo vaciar una habitación —murmuró López.
Will se metió las manos en los bolsillos.
 
—Tenemos que hablar.
 
—¿Sobre qué?
 
—Ya lo sabes. —Will la miró fijamente.
 
López echó la cabeza hacia atrás en la cama.
Seguía demasiado confusa y en estado de shock como para hablar de... Bueno, joder, para hablar de nada, pero menos todavía sobre la revelación que la había golpeado en la cabeza como si fuera un ladrillo.
 
Era ella. Melocotones. La niña con la que llevaba dieciséis años soñando. La niña a la que había salvado.
 
—San —insistió Will—, la charla será confidencial, si eso es lo que te preocupa.


—No me preocupa nada, Will, pero no tengo nada que decir, ¡maldita sea! —Agarró las sábanas con fuerza, deseando desgarrarlas y hacerlas pedazos para que
estuvieran en consonancia con las tormentosas emociones que reverberaban en su interior.
 
El sonido de alguien arrastrando una silla hacia la cama le recordó que Will era un cabrón testarudo e insistente que no iba a parar hasta que le diera algún tipo de
explicación. Apoyó los codos en la cama.
 
—San, hace muchos años que nos conocemos. Hemos hablado, hemos discutido y hemos permanecido sentados en silencio, pero juro por Dios que nunca me
habías asustado tanto como lo hiciste ayer.
 
López se volvió hacia él y sus ojos cansados le dijeron que no estaba exagerando. Su confesión la hizo sentir rara. Normalmente, los pensamientos y sentimientos de
los demás le importaban una mierda, pero saber que Will se había preocupado por ella le hacía sentir... algo.
 
—Ya, bueno —murmuró, mirando al techo y encogiéndose de hombros—, estoy bien.
 
—¿Qué es Melocotones?
 
Un escalofrío de ansiedad le recorrió la espalda, provocándole náuseas.
 
—Nadie importante —respondió en un susurro forzado.
 
—Entonces, ¿es una persona?
López se apretó las sienes con las puntas de los dedos y cerró los ojos.
 
—Will, por favor —gruñó—, déjalo.
 
Esperaba que la desesperación que le teñía la voz fuera suficiente para hacerlo desistir. Will la miró sorprendido y López supo que había esquivado la bala por el momento. No tenía ni ganas ni fuerzas para explicar algo que no había podido quitarse de encima desde que tenía once años.
 
Iba a tener que sacarse la cabeza del culo antes de poder explicar algo así.
Y tendría que hacerlo antes del lunes, que era cuando tendría su primera clase de Literatura inglesa.
 
Una clase particular.
 
Con la señorita Pierce.
 
Con Melocotones.
 
López estaba sentada tras una mesa de madera cuando Melocotones entró con una amplia sonrisa dirigida al guardia. Aunque la sonrisa desapareció cuando vio la
expresión estudiadamente apática de López, siguió andando con la misma decisión.
 
—Buenas tardes —saludó, sacando libros y papeles de su gigantesca bolsa.
 
Ella permaneció con la mirada clavada en el suelo, mientras hacía girar los pulgares encima del regazo. Joder, estaba sudando. Ella se aclaró la garganta.


López alzó la cabeza y rezó para que la voz no le fallara.
 
—Buenas tardes, señorita Pierce.
 
Los ojos azules de Britt brillaron sorprendidos ante un recibimiento tan extrañamente razonable. Ella le devolvió un amago de sonrisa que quería ser displicente, pero en realidad lo único que López quería era salir pitanda de allí como un gallina. Estaba segura de que ella podía oír cómo el corazón le latía dolorosamente en el pecho.
 
La señorita Pierce acercó una silla a la mesa.
 
—Vamos a hacer lo mismo que hemos hecho en la clase, para que no te quedes rezagada.
 
López le clavó la mirada y la examinó de arriba abajo. Observó sus movimientos y las expresiones que le cruzaban la cara, tratando de reconocer en ellas a la niña que recordaba como una fotografía arrugada en el fondo de su memoria. Dios. Dieciséis años después, estaba sentada allí delante, totalmente ajena a su conexión. Sin embargo, sabía que notaba su mirada. Se preguntó si sentiría lo mismo que ella cuando la miraba.
 
—Éste es el poema que vamos a estudiar
Dijo ella, colocando una hoja de papel en la mesa frente a López.
Ella se echó hacia delante para leer el título del poema en la cabecera de la página.
 
—¿«La elegía» de Tichborne?
 
—Eso es —contestó Melocotones—. ¿Pasa algo?
 
—¿Y esos idiotas que van a su clase saben quién es Chidiock Tichborne?
 
—Ahora sí —respondió ella calmada, quitándole el tapón al bolígrafo—. ¿Qué sabes tú sobre él o su poesía?
 
A López no se le escapó el desafío con que lo preguntó. Decidió centrarse en eso y no en el calor que le transmitían sus rodillas por debajo de la mesa.
 
—Lo suficiente —replicó, cruzándose de brazos.


—Por favor —le pidió ella con las palmas hacia arriba—, agasájame.
 
—¿Que la agasaje?


Repitió ella, burlándose de su elección de palabra. Se frotó la barbilla y empezó a hablar.
 
—. Nació en Southampton, Inglaterra, en mil quinientos cincuenta y ocho. En quinientos ochenta y seis participó en el complot de Babington para asesinar a la reina Isabel y colocar en su lugar a la reina católica, María, la reina de los escoceses. Pero tuvieron una suerte de mierda. Lo  arrestaron y al final acabó arrastrado, colgado y descuartizado.
 
Aguantándose la risa al ver su expresión de sorpresa, López siguió hablando.
 
—Este poema lo escribió mientras estaba esperando la ejecución. ¿Le parece adecuado estudiar algo así en una cárcel, señorita Pierce?
 
—¿Te gusta la Historia?


Ella se encogió de hombros.
 
—No está mal, pero prefiero la Literatura inglesa —dijo, dejando que el doble sentido se asentara entre ellas.
 
Britt se humedeció los labios.
 
—Cuéntame algo sobre el poema.
 
—El autor usa la paradoja y la antítesis. —López fue resiguiendo la página con el dedo—, la oposición y la contradicción. Las emplea para enfatizar la tragedia por
la que está pasando, lo que, pensándolo bien, es una estupidez.
 
—¿Por qué dices eso?
López se echó a reír.
 
—Cometió errores, así que tiene que pagar el precio. Es su deuda.
 
—Cualquiera diría que el tema te resulta familiar.
Ella alzó las cejas y miró a su alrededor sin decir nada.
 
—Ya sé que estás aquí para pagar por tus errores —prosiguió Britt—, pero Tichborne era muy joven, demasiado joven para morir. ¿No te sientes identificado con él de algún modo?
 
—¿Identificada? No —respondió López con firmeza—, pero me da envidia.
 
—¿Por qué te da envidia?
 
Ella respondió con la mirada clavada en la mesa.
 
—Le envidio que esté a punto de morir —murmuró—, y eso le hace ver las cosas con claridad. Lo ve todo enfocado, nítido. Eso es lo que le envidio.
 
—¿Quieres claridad?
 
López sonrió.
 
—Lo que uno quiere y lo que uno necesita son dos cosas distintas, señorita Pierce. Necesito claridad. Necesito estar centrada.
 
López se quedó observándola, porque no podía hacer ni decir nada más. Dios bendito, sabía que encontrarla era el primer paso para poder centrarse de verdad por primera vez en su vida. Y aunque hablaba sobre el poema de Tichborne como si supiera qué coño estaba diciendo, sólo con Melocotones sentada delante de ella entendía la necesidad que ese poema le despertaba.
 
—Melocotones.


Suspiró, empapándose de cada centímetro de su cara: de aquel pelo rubio que la había fascinado cuando la tiró al suelo y ella se había resistido para volver junto a su padre, y sus ojos que habían derramado lágrimas de sufrimiento y de terror.
 
—¿Qué? —preguntó ella con un hilo de voz—. ¿Qué has dicho, López?
 
Y con esas palabras, el momento se esfumó.
Como si se hubiera despertado de un sueño, ella enderezó la espalda y dirigió una mirada furibunda al guardia antes de volver a desplomarse sobre la silla.
 
—Pero usted es la experta.
Murmuró, sacando del bolsillo el cigarrillo que le había dado Will y volviendo a levantar las barreras a su alrededor.
 
—. ¿Qué coño sé yo de todo esto? Usted es la profesora, cerebrito.
 
Una voz en su interior la reprendió a gritos por ser tan idiota, al ver que la cara de Britt pasaba de tranquila a furiosa. Pero era mejor así, se dijo. Podía lidiar
con su enfado. Era muy sexi. Verla enfadada la hacía sentir muy cachonda. Era toda la otra mierda la que le ponía las pelotas por corbata.
 
—Sí
replicó ella con brusquedad.


—. Ésa soy yo, por eso te pido que hagas estas actividades.
De golpe, le plantó ante los ojos otra hoja de papel, llena de preguntas y ejercicio.
 
—. Estoy segura de que, con todo lo que sabes de la vida, te resultará muy fácil, ¿verdad?


La mirada de la señorita Pierce la desafiaba a negarse, a protestar, pero no lo hizo.


En vez de eso, cogió el bolígrafo que había sobre la mesa y empezó a hacer lo que le había pedido, porque, mientras ella la miraba con todo el esplendor de su rabia,
López supo que habría hecho todo lo que le hubiera pedido.

Absolutamente todo.
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Sep 22, 2016 12:58 am

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CAPITULO 8

 
Britt colocó las libretas y los bolígrafos en montones ordenados sobre el escritorio, mientras los guardias escoltaban a sus alumnas para devolverlas a sus respectivas
celdas.
 
—Has hecho un buen trabajo —le dijo Britt a Tina, al ver que ésta se acercaba con una sonrisa tímida.
 
—. ¿Quién iba a decir que Shakespeare aumentaría tu
entusiasmo por la palabra escrita?
 
Se sentía rebosante de orgullo por el esfuerzo que había hecho Tina con su redacción. Se estaba esforzando muchísimo y, a pesar de que la dislexia la frustraba, se notaba que era muy inteligente.


Ella sonrió y se balanceó sobre los talones.
 
—Sí.
Se encogió de hombros y acarició con el índice el ejemplar de Britt de El mercader de Venecia.
 
—. Paso mucho del rollazo de la poesía, pero me mola el tipo ese: Bill.
 
Ella se echó a reír y, apoyándose en el escritorio, se cruzó de brazos.
 
—¿Qué puedo hacer por ti, Tina?
 
Ella se puso nerviosa e hizo sonar los nudillos con fuerza.
 
—Sabe que la semana que viene se reúne la comisión de la condicional, ¿verdad?


Britt asintió.
 
—¡Cohen Chawn! —llamó un guardia desde la puerta—. Se ha acabado el tiempo.
 
—¡Disculpe! —replicó Britt en el mismo tono, enderezándose—. La señorita Cohen quiere hablar  conmigo sobre un tema relativo a su educación y no necesita —añadió, señalándola con un dedo acusatorio— que esté gritándole por encima del hombro mientras lo hace.
 
El guardia se quedó sin palabras y ella se volvió hacia su alumna.
 
—Disculpa, Tina, continúa.


Ella juntó las manos.
 
—Ejem, sí. Pues como la reunión del comité de la condicional es la semana que viene, me preguntaba...
 
se golpeó los puños el uno contra el otro.
 
    Quiero decir, sé que está ayudando a López.
 
Cambió el peso de pie varias veces.
 
—¿Qué quieres pedirme, Tina?


Le preguntó Britt amablemente, apoyándole una mano en los nudillos para que se calmara.
 
—. Puedes decirme lo que sea. Si puedo ayudarte, te ayudaré.


Los hombros de Tina parecieron desplomarse de alivio.
 
—Will dijo que diría eso, porque usted mola y esas mierdas.


Britt se echó a reír.
 
—Gracias.
 
—¿Podría dar buenas referencias de mí al comité? Ya sabe, me daría puntos extra si les dijera que soy una tía de puta madre.
 
Esa misma mañana, Britt había recibido por escrito una petición en el mismo sentido de una Sue Sylvester al  parecer muy nerviosa. Por lo visto se volvía más pedante que nunca cuando sus reclusas estaban a punto de recuperar la libertad.


«Menuda idiota.»


Apretó el antebrazo de Tina para darle ánimos.
 
—Será un honor.
 
—¿De verdad?
 
—Sí, de verdad.


Replicó ella un instante antes de que ella la atrajera hacia su pecho, casi asfixiándola.
 
—¡Dabuten, señora, sí, señora, señorita P!
Exclamó abrazándola con fuerza.
 
 Britt recorrió el pasillo a toda velocidad. Llegaba tarde, pero estaba muy contenta. Se sentía muy ansiosa por poder volver a entrar en la mente de López. Se había quedado de piedra al ver el nivel de conocimientos que había  demostrado durante la primera clase. Ya sabía que era inteligente, lo había leído en su expediente, pero
madre mía, llamarla inteligente era quedarse corta. Su capacidad y su cultura se mezclaban con una seducción natural difícil de resistir.
 
Le sonrió al guardia que estaba junto a la puerta y entró. López estaba en un rincón de la sala, con los puños muy apretados y un cigarrillo casi acabado colgándole
de los labios. La expresión de su rostro era severa y se endureció todavía más al verla. Se quitó el cigarrillo de la boca con tanto ímpetu que regó el suelo con ceniza.
 
—Oh —dijo en tono burlón—, ya pensaba que estaba demasiado ocupada para acudir a la jodida cita que usted misma programó.
 
Britt dejó el bolso sobre la mesa muy lentamente. Guardó silencio al recordar lo que Rachel le había dicho sobre lo importante que era para las reclusas que se respetaran sus rutinas.
 
—Lo siento —dijo.
 
López no paraba de recorrer la habitación de un lado a otro. Sus piernas cubrían la distancia en segundos.
 
—. He estado hablando con Tina al acabar la clase y luego me he encontrado a Will viniendo hacia aquí...
 
—¿Qué? —gritó López, haciendo que la mano del guardia de la puerta se dirigiera a la porra que llevaba en el cinturón.
 
—¿Qué? —repitió ella con calma.
 
—Y qué coño le ha dicho Will, ¿eh? —bramó López, avanzando con pasos de gigante.
 
Britt cruzó los brazos sobre el pecho y se mantuvo firme frente a la furia desatada que mostraba su rostro.
 
—Pues hemos hablado sobre la supervisora de la condicional, que vendrá la semana que viene. Quiere que hable con ella sobre las clases particulares. Cree que si hablo a tu favor, aumentarán las posibilidades de que consigas la condicional.


Britt vio cómo se desvanecía la ira de su rostro y cómo su ancho pecho subía y bajaba más lentamente. Cuando tragó saliva, observó cómo se movía  su cuello y sacudió la cabeza para librarse de los pensamientos inadecuados que esa visión le despertó. Uno de ellos era su lengua recorriendo el tatuaje negro, que la provocaba sin piedad, haciendo que se preguntara hasta dónde le llegaría...
Se obligó a centrarse.
 
—López, discúlpame, pero ahora estoy aquí, así que podemos empezar a trabajar.


—Dejó caer los brazos a los lados para que no pareciera que estaba a la defensiva y señaló la silla.
 
Ella se pasó una mano por la cara y finalmente se dirigió a su silla, se sentó despacio y apagó el pitillo en el cenicero.
 
—¿Qué mierda me ha traído hoy, señorita Pierce? Seguro que será muy excitante.  Le aseguro que estoy que no cago de la emoción.
 
—De momento seguiremos con Tichborne.
Respondió ella, sin hacer caso de su sarcasmo
 
—. Quiero que repasemos el trabajo que hiciste ayer.
 
—Genial
Replicó ella secamente, sacándose otro cigarrillo del bolsillo. Mientras Britt desplazaba la silla para sentarse en el lateral de la mesa, López chasqueó los dedos para pedirle una cerilla al guardia, que se la llevó. Inhaló el humo con ansia antes de empezar a soltarlo, pero se detuvo en seco al darse cuenta de que ella se había acercado mucho. Se la quedó mirando mientras se sentaba, cruzaba las piernas y empezaba a rebuscar entre sus papeles.
 
—¿Qué? —preguntó Britt.
 
Con el cigarrillo colgando de la boca, ella bajó la vista hacia el pequeño espacio que las separaba y luego hacia el espacio más amplio que ella había dejado libre al otro
extremo de la mesa.
 
—¡Por favor! —se burló Britt—. ¿De qué tienes miedo, de que te pegue piojos de maestra?
 
López se retiró el cigarrillo de los labios.
 
—No, no estoy preocupada, sólo sorprendida.
 
—¿Sorprendida?


Ella se rascó el antebrazo con el pulgar.
 
—Por lo bien que esconde su miedo.
 
Ella entornó los ojos.
 
—No me das miedo.
 
—Oh, señorita Pierce, no me provoque.
Replicó López con una sonrisa muy sexi. Britt se le quedó mirando fijamente un instante antes de echarse hacia atrás en la silla y cruzarse de brazos.


—¿Y por qué tendría que tenerte miedo si puede saberse?
 
Ella se echó hacia delante y soltó el humo por la nariz, de modo que éste se partía de un modo muy tentador al alcanzar su labio superior.
 
—Debería tenerme miedo, Melocotones —murmuró—. He hecho cosas que harían que su bonita cabeza diera vueltas y, cuando se acerca tanto a mí.
 
Señaló con la barbilla el espacio que las separaba y luego la miró fijamente.
 
—... bueno, digamos que me vienen ganas de volver a ser muy mala.
 
«Mierda, joder.» El aire abandonó los pulmones de Britt con tanta brusquedad que López sonrió, aparentemente satisfecha de sí misma, antes de volver a echarse
hacia atrás.
 
«Idiota arrogante.»
 
—Deduzco que le ha gustado mi trabajo, ¿eh? —comentó luego, leyendo las notas que había escrito Britt.
 
—Está... Yo, ejem... Sí, está... ¿Qué?
 
—He dicho que parece que le ha gustado la mierda que hice.
 
La comisura de los labios de López se alzó en una media sonrisa engreída.
 
—. ¿Vamos a hacer algo hoy o qué?
 
Britt fingió ordenar los papeles para darle tiempo a su cerebro a recuperarse, pues seguía incapaz de hilar una frase completa. Al inclinarse hacia delante, el brazo de
Santana quedó a un centímetro de distancia del suyo. Sintió la vibración, el zumbido, el chisporroteo. Logró mantener el brazo donde estaba casi un minuto entero antes de tener que apartarlo.
 
Durante los cuarenta y cinco minutos restantes, Britt observó a López, que completaba una tarea tras otra concentrada y con dedicación. Sus argumentos eran
profundos y el sonido de su voz a medida que iba entusiasmándose con el poema hacía que las entrañas de Britt se retorcieran de un modo delicioso. Al concentrarse, le aparecían en la frente unas arruguitas deliciosas y los ojos se le oscurecían cuando ella decía algo que interpretaba como un desafío. Batirse con ella en duelo sobre pentámetros yámbicos, simbolismo y metáforas era de lo más sexi.


Eran una especie de preliminares literarios que la dejaron deseando llegar al plato principal.
 
El tiempo pasó volando y, antes de que se diera cuenta, los guardias llegaron para devolver a López a su celda. Recogió despacio, incapaz de negar la incomodidad
que se le había asentado en el estómago ante la perspectiva de no volver a verla hasta dentro de dos días.
 
Al llegar a la puerta, oyó que Santana se levantaba de la silla.
 
—Señorita Pierce —la llamó.


Ella se volvió.
 
—¿Sí, López?
 
Con una sonrisa ladeada, respondió:
 
—Nos vemos el lunes.
 
Con una tarjeta de cumpleaños y un regalo muy bien envuelto en la mano, Britt entró en el restaurante italiano favorito de Marley, en el SoHo, y se echó a reír al ver a
su amiga. Una enorme y llamativa insignia donde se leía «Veinticinco» le cubría la mitad derecha del vestido rosa que le llegaba por las rodillas. La insignia iba
acompañada por una cinta, de un rosa todavía más chillón.
 
—¡Britt, ya has llegado! —exclamó entusiasmada al verla acercarse.
 
—¡Claro, no me lo perdería por nada!
Marley se quedó inmóvil, observándola de una manera que hizo que Britt se pasara las manos nerviosamente por el top de seda negra y los vaqueros del mismo color.
 
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?
 
—Tienes algo distinto. Estás radiante y... —Marley ahogó una exclamación y luego se echó a reír—. ¡Será posible! ¿Cómo se llama?


Ella se quedó boquiabierta, pero luego soltó una risita burlona.
 
—Dios, estás loca. Mueve el culo de aquí.
Marley siguió la dirección del dedo índice de Britt, que señalaba el camino hacia la barra.
 
—Sólo era una observación —dijo, con las palmas hacia arriba.
Britt hizo un sonido escéptico.
 
—Ya, pues observa esto, anda. —Sonriente, le entregó el regalo—. También es de parte de mi madre.
 
Era el bolso de mano rojo tipo sobre de Hermès, que Marley llevaba semanas pidiendo de manera poco o nada sutil. Se lo llevó al pecho y lo arrulló amorosamente. Si todo el mundo fuera tan fácil de contentar...
Britt miró a su alrededor mientras esperaban las bebidas.
 
—¿No ha llegado Ryder todavía?
Marley negó con la cabeza, dándole al camarero un billete de veinte euros.
 
—Le ha salido trabajo de última hora, pero no tardará.
 
—Gajes de ser un director financiero, ¿no? —lo excusó Britt con una sonrisa.
 
—Se está dejando la piel trabajando con su hermano —contestó Marley—. Somos como barcos que se cruzan en la noche. Cuando no estoy corrigiendo y preparando
las clases, tengo que preparar la boda, que ya hemos decidido que será el verano que viene. Y, para tu información, serás dama de honor.
 
—¡Oh, no, Dios mío! —bromeó Britt.
 
—Pórtate bien —bromeó Marley—. Prometo no convertirme en una novia histérica, tipo Godzilla. Pero cuéntame cosas, ¿cómo es la vida detrás de los barrotes?
 
—No se parece en nada a lo que me imaginaba. —Britt le habló de sus asombrosas alumnas y de las clases particulares con López, sin dejarse los momentos
espeluznantes entre Margot y Blair.
 
—Se te ve feliz, Britt —le dijo su amiga sinceramente, mientras cogían las bebidas que les habían dejado en la barra.
 
—. Me encanta verte así.
Ella se ruborizó.
 
—Me gusta mucho pensar que estoy haciendo algo bien por fin.
 
—Tu padre estaría muy orgulloso de ti.
 
—Yo también lo creo. Estoy ayudando a los demás y eso me hace sentir bien.
Pasó el dedo por el borde del vaso.
 
—Entonces, ¿a qué viene esa cara? ¿Qué pasa?
Britt titubeó.
 
—Me gustaría que mi madre también se diera cuenta de lo feliz que soy. Es que, bueno, discutimos tanto que casi no podemos estar en la misma habitación ni cinco
minutos.
Y eso le dolía.
 
—. En vez de confiar en mí y de sentirse orgullosa, está convencida de que va a pasarme algo malo. Parece que a sus ojos nunca hago nada bien. Cree que todo lo hago para fastidiarla.
 
Marley le apretó el hombro.
—Siempre va a preocuparse, cariño, es lo que hacen todas las madres y, en tu caso, más aún.
 
—Lo sé, pero...
 
—Tal vez podrías mostrarte un poco más comprensiva.
 
Britt apretó los dientes. No era eso lo que deseaba oír. Quería mucho a su amiga,
pero le molestaba que siempre se pusiera del lado de su madre.
 
—Así pues —dijo, cambiando de tema—, aparte de trabajando sin parar, ¿cómo está Ryder?
 
—Bien. Ha invitado a su hermano Sam Evans esta noche. Es director ejecutivo de la WCS. Se divorció el invierno pasado y Ryder quiere que vuelva a ponerse en
circulación. Es muy majo y muy guapo.
 
Britt tardó unos momentos en reconocer el tono de voz de Marley.
 
—¡Oh, no, no, no! —exclamó, negando con la cabeza con decisión—. Lo último que necesito en mi vida ahora mismo es un hombre.
 
—Puf, si tú lo dices. —Marley frunció el cejo de broma—. ¿Piensas recuperar la castidad a los veinticuatro? ¿Es tendencia o algo?
 
Britt, juguetona, le dio un suave empujón.
 
—Oh, cállate ya.
 
Su amiga se echó a reír y al ver algo por encima del hombro de Britt, abrió mucho los ojos.
 
—¡Ya está aquí!
 
Marley recorrió a saltos el restaurante y al llegar junto a Ryder lo abrazó y lo besó. Era sólo unos cinco centímetros más alto que ella y tenía el pelo castaño, muy bien
cortado. Llevaba unos vaqueros de color azul oscuro y una camisa roja. Tenía los ojos verdes y unos preciosos dientes, muy blancos.
 
—Me alegro de verte, Britt —la saludó al acercarse—. ¿Te traigo alguna cosa de beb...
 
—Lo siento, llego tarde. El tráfico estaba de pena y el taxista era un completo idiota.
 
Britt se volvió hacia la voz que había interrumpido a Ryder y vio una mata de pelo rubio alborotado, peinado con un estilo acabo-de-levantarme-de-la-cama que lo
favorecía mucho. El recién llegado era bastante más alto que Britt y Marley. Dirigió una sonrisa radiante a las dos amigas antes de volverse hacia Ryder. Éste le dio una
palmada en la espalda y pidió una ronda de bebidas.
 
—Britt, te presento a Sam Evans, el hermano de Ryder—dijo Marley—. Sam, ella es mi amiga, Brittany Pierce.
 
—Hola —dijo ella, tendiéndole la mano—, me alegro de conocerte.
Sam se inclinó, le cogió la mano y, en vez de estrechársela, le dio un beso en el dorso.
 
—Igualmente —contestó sonriendo.
 
Sí, era muy atractivo. Sus anchos hombros llenaban el polo negro abierto en el cuello, que dejaba al descubierto un cordón de cuero también negro. Tenía los brazos fuertes y bronceados, a juego con su rostro masculino y anguloso. Le recordaba a Ryder.
 
Britt lo estudió discretamente, mientras bebía su Martini a sorbitos. Tenía todos los rasgos que normalmente la atraían en un hombre, y si era tan agradable como sus
modales, sería una joya. Sin embargo, una sensación de incomodidad en la boca del estómago hizo que dejara de comérselo con los ojos. La sensación siguió aumentando.
 
Era como si un peso muerto se le hubiera alojado en el cuerpo.
La incomodidad se volvió aún más fuerte cuando Sam le dirigió una sonrisa arrogante. Era un gesto enervantemente familiar que la hizo ruborizarse.
 
—¿A qué te dedicas, Britt? —le preguntó él, al notar que no le quitaba la vista de encima.
 
—Soy profesora —respondió ella rápidamente—, de Literatura inglesa.
 
—Como Marley —comentó Sam—, qué bien. ¿En qué colegio trabajas?
 
—De hecho, trabajo en una cárcel. En Arthur Kill.
Las cejas de él se levantaron tanto que quedaron escondidas debajo de su pelo.
 
—Vaya —dijo, mirando de reojo a su hermano, que estaba tosiendo y tapándose la boca con la mano para disimular su incomodidad.
Britt frunció el cejo.
 
«Vaaaaale.»
 
—Marley no me había comentado nada —dijo Ryder en voz baja, mirando fijamente a su prometida.
 
Ella se encogió de hombros.
 
—¿Y por qué iba a hacerlo?
 
—En Kill, ¿eh? Qué pequeño es el mundo. Conocemos a una tipa que ha estado allí. Tienes que tener mucha paciencia.
 
Britt asintió, observando con curiosidad el intercambio de miradas de los dos hermanos.
 
—Venga —dijo Sam, invitando a Britt a sentarse a una mesa con un gesto de la mano—, cuéntamelo todo.
 
El lunes por la mañana no llegaba nunca. Mientras esperaba, López se dedicó a liberar toda su energía y sus nervios en el saco de boxeo que Ross le sujetaba delante de la cara.
 
El domingo por la tarde la dejaron entrar en la biblioteca de la cárcel. Tras enterarse por medio de un locuaz Tina de qué obra estaban trabajando en clase, López fue
a buscar un ejemplar de El mercader de Venecia y algunos estudios analíticos del texto, que se pasó la noche leyendo de cabo a rabo. Ya había leído la obra
anteriormente, conocía los personajes y la trama, pero cuando acabó de mirarse los análisis, sabía que estaba lista para cualquier pregunta que Melocotones quisiera
hacerle.
 
Cuando ella entró en la sala de siempre, López estaba ya sentada a la mesa. Joder, qué guapa estaba. Llevaba el pelo suelto y unas suaves ondas le enmarcaban la
cara. A ella le encantaba su pelo, pero todavía más le gustaba verle el rostro, y le molestó un poco que el pelo se lo ocultara. Se cruzó de brazos para reprimir el impulso de apartárselo y colocárselo detrás de las orejas.
 
—Buenas tardes, señorita Pierce. ¿Qué tal está hoy?
Ella se quedó inmóvil, perpleja.
 
—Estoy bien. ¿Y tú?
 
—Oh, estupendamente. —«Sobre todo ahora que te veo», pensó.
 
—Bien, hoy vamos a empezar con Shakespeare —anunció Britt, mirándola con cautela, mientras sacaba de la bolsa todo el material para la clase y lo distribuía
ordenadamente en la mesa, en medio de las dos.
 
López pensó que su vena perfeccionista era al mismo tiempo adorable y jodidamente irritante.
 
—Olé, olé —replicó con ironía, apoyando los antebrazos en el borde de la mesa.


Melocotones volvió a meter la mano en la bolsa, sacó una cajetilla de Marlboro y se la lanzó diciéndole:
 
—¡Calla!


López sonrió y sacó un cigarrillo.
 
—Sí, señora —replicó, llevándoselo a los labios.
 
Después de que se encendiera el pitillo, Melocotones volvió a desplazar la silla para sentarse junto a ella, en el lateral de la mesa. Aunque estaba algo más preparada
que la primera vez, no pudo evitar el latigazo de deseo que le recorrió el cuerpo cuando ella cruzó las piernas. Eran la puta bomba. Con suaves curvas donde tocaba y no dos palillos. Eran de esas piernas que uno podía agarrar. Y succionar. Y con las que se podía rodear...
 
El mercader de Venecia —dijo Melocotones, colocándole el libro delante—. ¿Qué sabes de él? —le preguntó, apoyándose la mejilla en la palma de la mano.
López se revolvió en el asiento.
 
—La acción transcurre en Italia. Se la califica de comedia, aunque muchos la consideran una tragedia por el tratamiento que se le da al protagonista, Shylock.
 
Cogió el libro y lo hojeó.
 
—¿Quién es Shylock? —preguntó ella.
 
—Shylock es un tiburón prestamista, que casualmente es judío en una sociedad predominantemente cristiana. Qué mala suerte tuvo el pobre.
 
Melocotones se echó a reír.
 
—Eso parece. Me interesa eso que dices sobre la tragedia. ¿Qué te parece trágico de Shylock?
 
—Que lo consideren un villano a causa de su religión.
 
—Lo consideran un villano a causa de sus exigencias para conceder un crédito Replicó Melocotones.
 
—Chorradas.
López permanecía con el dedo índice apretando con fuerza el centro del libro.
 
—. Las demandas que hace son justas.
 
—¿Ah, sí? ¿Te parece justo exigir una libra de carne a cambio de un préstamo de dinero?
López exhaló lentamente. Britt no tenía ni idea de lo importantes que eran para ellas las palabras que acababa de pronunciar.
 
—Si no puedes pagar una deuda, no deberías comprometerte.
Paseó la vista por el mechón de pelo que le cubría media mejilla y se imaginó cómo sería acariciarlo
 
—. Su exigencia de recibir una libra de carne puede parecer macabra, pero el modo en que es vilipendiado a causa de su religión aún lo es más. En realidad es denigrado por su fe; su demanda lo único que hace es agravar la situación. Y no es de extrañar que la haga, ya que está rodeado de los prejuicios de un montón de cabrones estrechos de miras.
 
Melocotones se lo quedó mirando.
 
—¿Sabes mucho de deudas?
 
—Así es. ¿Y usted?
 
—Sé lo que es darle tu palabra a alguien.
 
Respondió ella pasados unos instantes. Bajó la vista hacia el libro, abierto por la página del más tristemente célebre discurso de Shylock.
 
—. Y sé lo que es cumplir la palabra dada porque no tienes más remedio; porque amas tanto a esa persona que sería una tragedia no cumplirla.
 
Y entonces sucedió.
López no pudo contenerse. Fue como si su cuerpo hubiera cobrado vida propia y se hubiera acercado a ella, atraída sin remedio, desesperada por su contacto. Es
que parecía tan triste... La mano de López se movió lentamente, le tomó el mechón de pelo y se lo puso detrás de la oreja. Mientras le rozaba la suave piel de ésta y le
reseguía la línea de la mandíbula con la punta de los dedos, apenas podía respirar.
 
El guardia que vigilaba junto a la puerta se aclaró la garganta.
Melocotones se echó hacia atrás inmediatamente y se pasó la mano por la piel que ella había acariciado. López se frotó la punta de los dedos contra el muslo, para
librarse del calor que se había asentado allí.
 
—Yo... mierda —musitó, alargando la mano en busca de otro cigarrillo—. No debería haber hecho eso. Lo siento.
 
Encendió el pitillo e inhaló tres veces muy seguido.
 
—. Es que... parecía disgustada y... joder, no debería...
 
Lo único que había pretendido era hacerla sentir mejor; tal vez hacerla sonreír.
—López —le dijo ella, apoyándole una mano en el hombro.
 
Ella alzó la vista hacia sus ojos, boquiabierta, con el cigarrillo colgando de su boca.
 
—. No pasa nada.
Con una sonrisa, añadió


—: Te lo agradezco, de verdad.
 
López parpadeó.
 
—Sí, claro, claro.
 
Melocotones le soltó el hombro tras darle un apretón de ánimo y devolvió su atención al libro.
 
—¿Seguimos?
Santana gruñó y se frotó la cara con las manos.
 
—Venga, dispare todo ese rollo shakespeariano, Melocotones.
 
—¿Melocotones? —repitió ella, bajando la barbilla—. ¿Por qué me llamas así? ¿De dónde ha salido ese nombre?
 
López sintió una punzada de pánico.
 
—Es, ejem... —acarició el paquete de cigarrillos—, no lo sé. ¿Le molesta?
 
—No, era curiosidad.
 
Santana dio una calada larga e intensa.
 
—Puedo llamarla señorita Pierce, si lo prefiere.
 
Ella guardó silencio unos instantes.
 
—No —replicó finalmente—. Casi todo el mundo me llama Britt, pero supongo que tú puedes llamarme Melocotones... con una condición.
 
—¿Qué condición? —preguntó López con una sonrisa sardónica.
 
Melocotones se cruzó de brazos, lo que hizo que los pechos se le elevaran de un modo maravilloso.
 
—Que yo pueda llamarte Santana o San.
Ella se la quedó mirando. Joder, su nombre nunca había sonado tan suave, tan... bien.


—Yo... es que... no estoy segura. Quiero decir, sólo Will me llama así —balbuceó, apagando la colilla en el cenicero.
 
—. Yo no, quiero decir... Joder. —Se frotó la cabeza con las dos manos.
 
¿Cómo explicarle lo mucho que odiaba su nombre de pila? Era una historia demasiado larga y deprimente.
 
—Vale, vale, lo pillo. Lo dejamos en López.
Dijo Britt, tocándole el hombro otra vez.
 
—. En realidad, quizá sería mejor que también te pusiera un nombre de fruta.
¿Qué tal Kiwi?
 
La carcajada que escapó de la garganta de López fue explosiva y la dejó fresca y renovada. Melocotones se unió a Santana. Mierda, qué guapa estaba cuando reía. Su rostro entero se encendía y los ojos se le cerraban hasta casi desaparecer. La observó maravillada.
 
—Venga, va, pongámonos serias —dijo Britt entre risas—. Vamos a trabajar.


Los puntos de debate que ella había preparado dieron lugar a debates acalorados, que ambas disfrutaron más de lo que habrían debido. Argumentaron y minaron
cada uno las ideas de la otra, sin perder en ningún momento el tono desenfadado, travieso e innegablemente sexi.
 
—Mierda —exclamó Melocotones, pillándola por sorpresa


—. ¡Se ha hecho tarde!
Santana miró el reloj. Se habían pasado veinticinco minutos de la hora.
 
—El tiempo vuela cuando una se está divirtiendo, ¿eh? —comentó con un guiño que hizo que ella se ruborizara.
 
—. ¿Tiene... tiene una cita o algo?
Le preguntó, al ver que guardaba sus cosas a toda prisa en la bolsa.
 
—¡No, no! —respondió Britt, negando vigorosamente con la cabeza—. No tengo ninguna cita. Soy... soy soltera.
 
Cerró la boca de golpe y parpadeó, manteniendo los ojos cerrados durante un instante.
 
López apenas podía contener su alegría. Y su alivio. Melocotones no tenía dueño. Ningún hombre la había reclamado, ni la había hecho suya. Estaba atónita. ¿Qué
les pasaba, joder? ¿Estaban todos locos?
 
—Eh, señorita Pierce.
La llamó sonriente, mientras ella se dirigía a la puerta—. Me lo he pasado muy bien hoy.


—Yo también.
Replicó ella, devolviéndole la sonrisa.


—. Ah, y López...
Se volvió hacia Santana mientras el guardia le abría la puerta.



—. Me llamo Melocotones.
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana Una Libra de Carne (adaptación) FINALIZADO

Mensaje por 3:) el Jue Sep 22, 2016 9:36 am

Estan abasando bien... pir ahora jajaja...
Es bueno que de a poco esten entrando en confiansa las dos....
Mmmmmm no me gusta sam.... a ver como van las cosas ahi???
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Mensaje por micky morales el Jue Sep 22, 2016 9:19 pm

A pesar de las circunstancias son tan lindas juntas, que tendran que ver sam y ryder con el encarcelamiento de santana??????
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Mensaje por claudia1988 el Vie Sep 23, 2016 12:40 am

Que tierno el sobrenombre melocotones jajajaja
( ˘ ³˘)❤
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