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Brittana Be my hero capitulo 41 y 42 FIN

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Activo Brittana Be my hero capitulo 41 y 42 FIN

Mensaje por ana_bys_26 el Mar Dic 06, 2016 9:10 am



PROLONGRO


Érase una vez, había una chica rica y mimada que era un poco egocéntrica. Ella solo se preocupaba por las apariencias y ocultaba todos sus secretos oscuros y feos aparentando ser una presumida obstinada. Pero entonces Brittany quedó embarazada, fue disparada por un psicópata y echada del único hogar que conocía. Ahora está arruinada, desempleada y tiene que comenzar de nuevo con un recién nacido al que criar. Pero, ¿cómo?

En el otro lado de la ciudad, la huérfana sexy y tatuada, Santana Lopez, no puede conseguir un descanso. Ha salido en libertad condicional por defender a la última damisela en apuros mientras trataba de ayudarla a mantener a su hijo, pero lo único que quiere es encontrar a su amor verdadero. Ella conoce a esta mujer por el olor, la sonrisa y la risa, pero en realidad nunca la conoció. Ni siquiera sabe su nombre. Solo sabe que ella es la clave para arreglar todo.

Una tipa de héroe puede salvarte del daño físico. Otro puede rescatarte de una especie diferente de fatalidad. Para alcanzar sus sueños, Brittany y Santana pueden salvarse mutuamente. Pero primero, deben abrir sus corazones y aprender a confiar.

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Activo Re: Brittana Be my hero capitulo 41 y 42 FIN

Mensaje por JVM el Mar Dic 06, 2016 3:43 pm

Sus vidas totalmente contrarias, pero les ha tocado vivir cosas fuertes.
Haber como coinciden sus vidas!
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Activo Re: Brittana Be my hero capitulo 41 y 42 FIN

Mensaje por 3:) el Mar Dic 06, 2016 9:41 pm

Total mente diferentes..... me gusta!!
A ver como van las cosas entre ellas???
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Activo Re: Brittana Be my hero capitulo 41 y 42 FIN

Mensaje por micky morales el Mar Dic 06, 2016 9:47 pm

De lo mejor!!! hasta el primer capitulo!!!
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Activo Re: Brittana Be my hero capitulo 41 y 42 FIN

Mensaje por ana_bys_26 el Miér Dic 07, 2016 3:44 pm




CONOCE A Santana





Mientras Rayder y yo nos agachamos detrás de los arbustos de lilas frente a la vieja y deteriorada casa, una fuerte brisa estalló sobre nosotros, revolviendo un lote de hojas muertas alrededor de mis rodillas y congelando mis brazos.

Había decidido que los abrigos estaban sobrevalorados después de la semana pasada. Le pregunté a Vern, mi nuevo padrastro, si me compraría una chaqueta siendo que el clima se había vuelto frío y el abrigo del invierno pasado ya no me quedaba. Me dijo que lo consideraría; si le chupaba la polla.

Así que ser un témpano humano no era lo peor que pudiera pasarme.

—Jesús, Santana. —Temblando a mi lado, Rayder se envolvió con más fuerza mi abrigo del año pasado a su alrededor —ya que a él le quedaba bien— y se enterró en su calidez—. ¿Sentiste eso? Ella debe saber que estamos aquí fuera. Ya debe estar enviándonos algún tipo de hechizo vudú. Volvamos.

—Se llama viento, idiota. —Lo golpeé suavemente en la parte de atrás de la cabeza—. Dudo que pueda hacer que el viento sople. Y no nos iremos hasta que terminemos.

—Apuesto a que puede. Es una bruja. Puede hacer lo que sea. Solo mira lo que le hizo a Eleine.

Mis dientes se apretaron. Lo que le ocurrió a Eleine fue exactamente la razón por la que no me movería hasta que completara mi misión. No dejaría este lugar hasta que la bruja pague por lo que hizo.

Alentados por la nueva ola de rabia que Rayder inculcó en mí, apreté el agarre en el ladrillo que sostenía y salí corriendo de detrás de los arbustos.

Cúmulos irregulares de hierba marrón muerta desnivelaban el terreno, pero ni siquiera eso impidió mi paso. Corriendo a toda velocidad, alcancé el enorme ventanal de la casa de Madame LeFrey y jalé hacia atrás el brazo.

Ella entendería el mensaje que até en el ladrillo. Deja en paz a Eleine Mahone. Y más le vale cumplir. Eleine ya ha pasado por mucho.

Eleine y yo no hemos vivido en la misma casa de acogida por cerca de un año, no desde que llamé a los trabajadores sociales en mi última familia de acogida y les dije lo que le ocurría. Pero nos hemos mantenido en contacto, y he estado pendiente de ella. Así que, cuando Rayder me dijo por qué se hallaba en el hospital, sentí como si le hubiera fallado. Nunca debí dejar que visitara a Madam LeFrey, quien nunca le dio a nadie una agradable lectura de la fortuna. Debí haberla prevenido de alguna forma.

Pero lo hecho, hecho estaba, y yo tenía que calmarme con venganzas.

Los fragmentos de cristales rotos me dijeron que mi venganza fue completa.

—Oh, mierda —La voz de Rayder llegó desde los arbustos—. Lo hiciste.

De verdad lo hiciste.

Mierda, de verdad lo hice. Nunca fui la perfecta niña del coro, pero este era mi primer trabajo de vandalismo. Pensé que me sentiría satisfecha.

Reivindicado. Pero Eleine seguía en el hospital con las muñecas vendadas. Y yo era todavía una vaga de mala vida que nunca había logrado nada. Madam LeFrey no dudaría en seguir asustando niños, dándoles nefastas lecturas de la fortuna.

Me quedé allí como un completa idiota simplemente mirado las grietas extenderse por las partes del vidrio que seguían intactas. Pero ahora me sentía más enojada que antes porque romper la ventana no logró absolutamente nada.

La luz del pórtico de Madam LeFrey se encendió, sacándome de mi estupor. Mientras la antigua puerta de entrada con la pintura desconchada se abría, Rayder gritó por mí. La ansiedad se disparó por mis venas en un lío de pánico; necesitaba llegar a él. Protegerlo.

Me tambaleé hacia él, pero para llegar allí, tenía que pasar por el pórtico delantero donde la bruja salía de la casa, cargando —mierda— una escopeta que lucía más grande que ella. Patiné hasta detenerme tan rápido que las hojas muertas bajo mis pies cedieron, y me deslicé, cayendo con fuerza sobre mi trasero. Me detuve con una mano; clavando mis dedos en la fría tierra fangosa antes de encontrar el agarre suficiente para levantarme.

Mientras me mantenía ocupado sacudiéndome, Madame LeFrey también se ocupaba cargando un cartucho en la recámara. El distintivo sonido de un arma cargada hizo eco en mis oídos hasta que fue todo lo que oí. Saltando en posición vertical, tropecé antes de recuperar el equilibrio. Si tan solo pudiera llegar a la esquina de la casa, estaba segura que podría salir de su punto de vista el tiempo suficiente para encontrar una buena sombra oscura para escapar y ser capaz de evadir a la vieja loca.

Pero nunca llegué a la esquina.

Pisé algo sólido que hizo un ruido metálico antes de que cediera y succionara mi pie. Dientes filosos como un cuchillo mordieron mi tobillo y me atraparon. Grité mientras colapsaba. La tierra fría y húmeda me envolvió, y me acurruqué en posición fetal, aferrándome a mi espinilla. Oleadas de agonía golpeaban mi pierna mientras la trampa para tobillos me tenía prisionero.

—¡Santana!

Pánico y miedo, la voz de Rayder envió otra dosis de terror hacia mí. Lo dejé seguirme aquí esta noche. Si algo le ocurría, sería mi culpa. Miré más allá de la bruja moviéndose poco a poco hacia mí, el cañón del arma apuntado entre mis ojos, y lo vi dudar en el límite de los arbustos, vacilando como si no quisiera dejarme atrás pero como si tampoco quisiera quedarse.

—Vete. —Me ahogué, haciéndole un gesto con la mano para que se fuera.

El chico no dudó. Se dio la vuelta y se fue.

Con él fuera de peligro, por fin miré a mi captor, lista para enfrentar mi destino. Tenía que ser la mujer más fea que haya visto. Su pelo gris rizado sobresalía en una silueta impecable con las luces de su pórtico brillando en torno a ella, dándole un aspecto como si hubiera puesto el dedo en una toma de corriente y la descarga eléctrica se había dividido hacia cada punta en una dirección diferente.

El vestido holgado que llevaba solo enfatizaba cuán ancha y encorvada era. Y sus lunares parecían piezas de fruta que se tambalean alrededor en un molde de gelatina. Vi como salpicaban su barbilla mientras se acercaba lo suficiente como para que pudiera ver su mueca arrugada y burlona.

La sangre me dejó un sabor cobrizo en la boca. Debo haberme mordido la lengua o el labio. Pero mis receptores de dolor se dispararon con fuerza en mi tobillo como para que sintiera malestar en otro lado.

El barro y las hojas marchitas se aferraron a mí mientras jadeaba en el suelo delante de ella, levantando la mirada con toda la valentía desafiante que pude reunir.

Arrastrando los pies más cerca, presionó el extremo del cañón contra el centro de mi frente con la suficiente firmeza que dejaría sin duda una marca en forma de anillo por días; si sobrevivía tanto tiempo.

Sabiendo que esto era probablemente el fin, cerré los ojos y apreté los dientes, con las fosas nasales dilatadas, porque no podía dejar de respirar tan fuerte.

Iba a morir. Aquí. Ahora.

Pero al menos sería rápido. Tal vez no sentiría nada. Esperaba no sentir nada.

La parte triste fue la sensación de alivio que me inundó. La patética excusa que era mi vida finalmente estaba terminada. No me importaba morir virgen o que Rayder, que era un año más chico que yo a los trece, ya hubiera tenido sexo con una chica antes que yo. Después de ser encadenado y obligado a mirar que violaran a Eleine demasiado seguido, me sentía un poco asqueada de todo el tema del sexo, de todas formas. Usar la mano y echarle un vistazo a las fotos de desnudos en las revistas servía para mía.

Sin embargo, existían otras cosas que quería intentar antes de morir. Conducir. Tatuarme. Crecer lo suficiente como para mudarme solo. O quizás encontrar una buena familia que me adopte.

De acuerdo, maldición. Mi vida debía estar pasando frente a mis ojos, porque no he pensado en quizás-una-buena-familia-que-me-adopte-y-me-ame desde que tenía nueve años. Era lamentable e inútil querer tal cosa.

—¿Lanzaste un ladrillo por mi ventana? —preguntó Madam LeFrey, su voz gruesa y gutural, y casi imposible de entender. Empujó el cañón con más fuerza como si pensara que no tuviera ya toda mi atención.

—Sí —dije entre diente apretados—. ¿Le dijiste a Eleine Mahone que nadie nunca la amaría, y sería miserable hasta la muerte, joven y sola?

Los hombros de la vieja loca temblaron en lo que supongo era su versión de un encogimiento. —Como si supiera el nombre de una chica tonta que vino a que le leyera la fortuna.

—¿Así que le das esa lectura a todos los que vienen a ti? —Qué completa perra.

—Digo lo que veo. Nada más. Nada menos. Si tu amiga tuvo una mala lectura, entonces tu amiga es una chica mala. No le importa nadie.

—¿No le importa nadie? —repetí con incredulidad. La furia me llevó a apartar el cañón de mi cara para así poder darle toda la intensidad de mi mirada—. Sí, como no le importa, fue a casa después de lo que le dijiste e intentó suicidarse. Se cortó las muñecas y casi se desangró hasta que alguien la encontró. Si no le importara nadie o nada, ¿de verdad crees que se tomaría tus palabras tan en serio?

La bruja hizo un sonido de gorgoteo en la parte de atrás de su garganta como si no estuviera sorprendida de saber lo que hizo, como si no sintiera nada de responsabilidad o simpatía por la casi muerte de Eleine.

—¡Casi la matas, maldita loca! —Me moví de nuevo como la animal herida que era, herida y acorralada, luchando por mi vida.

En lugar de dispararme como quizá debería haber hecho, Madam LeFrey retrocedió unos pasos hasta que estuvo fuera de mi alcance. Al mismo tiempo me di cuenta que se hallaba descalza, también me di cuenta de las lágrimas apelmazando mis mejillas.

Una extraña oleada de irrealismo pasó sobre mí, volviendo mi cabeza liviana y mareándome. Una mujer descalza estaba a punto de matarme, y yo lloraba como una bebé. Eso era tan jodida.

Mi visión se nubló. Parpadeé mientras Madam LeFrey inclinaba la cabeza hacia un lado, estudiándome con intensidad.

—¿Amas a esta chica? —preguntó.

Descansé la cabeza en la tierra e hice un puño con la mano alrededor de un montón de césped. El dolor comenzaba a revolverme el estómago y a nublar mi pensamiento. Pero intenté pensar en una respuesta a su pregunta, rayos, no sé por qué. Tal vez me saque de mi miseria si le respondo.

¿Amaba a Eleine? Dios, no. La mayor parte del tiempo ni siquiera me agradaba. Aunque sobrevivimos al infierno juntas, y no le das la espalda a un compañero que sobrevivió al infierno. Ellos se vuelven parte de quien eras y te dejan atado para cuidarlos siempre.

—Ella está bajo mi protección —me las arreglé para responder, con las palabras mal articuladas por alguna extraña razón. No tenía idea de si el dolor me estaba golpeando, o si Madam LeFrey me echaba alguna mierda vudú, pero no me gustaba estar tan vulnerable frente a ella.

Cuando dedos fríos y nudosos tocaron mi pulso, salté bajo la presión pero no parecía poder librarme de ella. Girando la cara, abrí las pestañas y la miré. Ojos pálidos y acuosos me mantenían cautivo mientras miraban dentro mío.

—Tu amiga no se interesa demasiado, no —dijo ella—. Pero tú… tú sí.

Se me escapó una risa vacía. Aquí estaba, listo y dispuesto a morir, y ella me dijo que interesada. Sí claro, que no importe una mierda suena muy compasiva.

No tenía idea de qué le ocurrió a su arma, pero no se hallaba a la vista. Si la hubiera visto en ese segundo, puede que la hubiera agarrado y jalado el gatillo yo misma. Pero éramos solo ella y yo. Sus extraños orbes azul pálido vieron todo y más, haciéndome temblar y desear que me matara de una vez.

—Por favor —rogué, mis palabras mal articuladas por la brisa fría.

—Has tenido una vida dura, pero posees un alma pura —dijo, ignorándome mientras le rogaba por la muerte—. La esperanza gotea de ti como agua en un cubo agujereado. Si se seca, te volverás dura y frágil. Como tu amiga. —Sus dedos cambiaron hacia mis ojos. Los cerré con fuerza justo antes de que presionara ambos pulgares en las cuencas.

—¿Qué rayos? —¿Intentaba sacarme los ojos? Eso parecía doloroso. Y yo solo quería que todo dejara de doler.

Agarré sus muñecas para alejarlas. —Suelta. —Pero tan pronto como mis dedos se cerraron alrededor de su piel que cubría huesos frágiles, algo pasó y no me podía mover. Mis dedos se cerraron alrededor de ella, y no podía alejarme, no podía atacar.

Estaba paralizada.

—No te preocupes. —Su voz se hizo eco en mis oídos como si hablara dentro de mi cabeza—. Te devolveré tu esperanza.

Ahí fue cuando ocurrió. No tenía idea de qué otra forma explicarlo salvo que fui transportado, succionado de mi cuerpo en ese suelo frío con mi tobillo en llamas y sangrando hasta que de repente, estaba cálido y seco, sin ningún dolor y estirado en una cama, desnuda mientras la piel más suave de una chica se deslizaba contra mí.

¡Guau! Tenía sexo con alguien en sábanas de seda y un colchón cómodo.

Y joder. El sexo se sentía bien, después de todo. No era tan loca y pervertida como lo hizo parecer ese bastardo que violó a Eleine. Era dulce y caliente, y…muy, muy bueno. Mejor que bueno. Increíble.

Conectado a mi compañera de la forma más indecible, me enterré más profundo en ella. Sus afiladas uñas clavaron mi trasero para mantenerme allí. El deseo recorrió mi torrente sanguíneo mientras que el calor húmedo más dulce y apretado mi coño. El vínculo entre nosotras parecía fortalecerse en tanto su olor, su suavidad, sus sonidos guturales de placer atacaron todos mis sentidos. Eché un vistazo a la cara; era necesario saber su aspecto.

Ella era hermosa, tan hermosa. Tal vez en sus veinte, aunque tenía la sensación que yo también. Sonriendo, separó sus largas y oscuras pestañas para revelar el par de ojos más increíbles que he visto. azules alrededor de la pupila, su color se desplegaba, volviéndose de un marcado azul cielo y luego un brillante marino cerca de los anillos de los iris. No parecía posible que esos ojos pudieran cambiar en tres tonos de un color de esa forma, pero lo hacían.

Sus rasgos eran perfectos, combinando a la perfección con sus ojos únicos. Con piel oliva que no fue acribillada por ampollas y úlceras como la mayoría de las chicas drogadictas de mi barrio, se veía limpia y saludable. Pura.

—Campanita —dije, mi voz sorprendiéndome porque era más profunda y más de adulto que lo que había oído antes. Ya no tenía catorce años. Ella sonrió y suspiró, mirándome como si…

—Te amo —dijo; en realidad diciendo las palabras en voz alta que tanto ansiada oír. Era la primera vez que alguien me decía eso.

Un escalofrío me atravesó. Abrumado por una explosión de calor y un deseo abrumador de repetirle las palabras, presioné la frente con la suya y bombeé las caderas con un ritmo antiguo que parecía tan natural como respirar. Su cálida humedad se mesclo con la mia y arqueó su espalda, golpeando un par de pechos llenos contra los mios mientras jadeaba y tiraba la cabeza hacia atrás.

Se estaba viniendo.

La vista más magnifica de todas.

No tenía idea cómo sabía lo que le ocurría, pero lo sabía, y el conocimiento estimuló la respuesta de mi propio cuerpo. Mi clitoris Rozaba con el soyo y comenzó a contraerse.

Antes de que pudiera seguirla en el olvido, fui succionado. Asustada, me aferré para volver a ella, la chica perfecta con el cuerpo perfecto que decía amarme.

Pero entonces, ahí se encontraba de nuevo. La cama bajo nosotros desapareció y ya no nos encontrábamos desnudas. Al menos seguíamos juntas —esta vez en un sofá— y mi pecho se sentía tan liviano y libre como en la última escena, como si no tuviera que preocuparme por nada. Era… mierda, era feliz.

También ella. Retorciéndose debajo de mí, trató de soltarse de mi agarre mientras se reía. Seguí haciéndole cosquillas porque me encantaba ese sonido, y juro que también la amaba. No tenía idea cómo lo sabía. Solo lo sabía. Ella era todo para mí.

— Santana Maine Lopez—me regañó—, te lo advierto. —Pero existía mucha calidez y alegría en su voz como para que fuera una verdadera amenaza.

Amaba tanto esto como yo. Mi cuerpo respondió, y me encontraba lista para más de ese sexo que decidí que después de todo no era tan malo. Pero justo cuando me incliné para besarla, una vocecita preguntó—:¿Mama? ¿Mami? ¿Qué están haciendo?

Me sorprendió mucho.

Giré la cabeza para encontrar a una niñita de cuatro, cinco, diablos, quizá seis años de pie en la entrada, mirándonos con curiosidad mientras abrazaba un cerdito rosado contra su pecho y se chupaba el pulgar. Era malditamente adorable. Sorprendentes ojos azules, igual que la mujer en el sofá conmigo, pero el pelo más oscuro.

Casi como el mío.

—Sugar. —La mujer gimió, incapaz de liberarse de mí—. Ayúdame, cariño. Hazle cosquillas a Mami. ¡Atrápala!

¿Mami?


Mis ojos se ampliaron, pero cuanto más trataba de abrirlos, menos veía. Con un brillante destello de blanco, fui alejada de ambas chicas.

La mujer regresó, gracias a Dios. Tenía el pálido pelo enrollado en moños de seda formales con perlas blancas trenzadas entre los mechones y un velo cayendo por su espalda. Tomé una respiración mientras veía el vestido de novia que usaba.

A nuestro alrededor, cientos de personas se volvieron un borrón distante mientras se apiñaban alrededor de un enorme recibidor justo cuando un DJ empezó una nueva canción. Nuestra canción.

—Y esta es para la feliz pareja. —El DJ me envió un asentimiento, diciéndome que era hora.

Ignorando lo duras que eran las hombreras de la chaqueta del esmoquin, extendí la mano a la rubia en el vestido de novia. —Señora Lopez—dije, sintiendo como si todo en mi interior fuera a explotar por mis poros—. ¿Puedo tener este baile?

Esta era mi esposa. Mi maldita esposa. No podía recordar sentirme más agradecida que en este momento cuando ella me sonrió y me dio su mano. La jalé cerca y di vueltas hacia la pista de baile mientras bajaba la boca hacia su oído.

—Campanita. Dios, te amo. Demasiado.

Cuando noté las letras S. A. N. tatuadas en una prolija letra negra debajo de su oído, mi corazón latió con fuerza por la emoción que me atravesaba. Enterré la nariz en sus reflejos con perlas y aspiré el aroma fresco de lilas.

Ella presionó la boca contra mi cuello, y juro que la impresión de su beso me siguió mientras fui succionado a otra escena, un patio trasero con un vívido césped verde perfectamente cortado en un día cálido y soleado. Nunca viví en un vecindario con una tierra tan inmaculada, lo cual me hacía llenarme de orgullo porque sabía que era mi terreno. Mi hogar.

Me sentía malditamente feliz, incluso aunque el par de brazos escuálidos alrededor de mi cuello casi me asfixiaban. El peso del cuerpito presionado en mi espalda hacía que valiera la pena.

—Más rápido —animó la voz de un chico en mi oído—. Vamos, Mami. Más rápido.

Así que giré más rápido, haciendo a mi chico reír mientras nos giraba en un círculo en este increíble y exuberante césped. El mundo a nuestro alrededor se volvió un dichoso borrón. Cuando por fin me detuve después de dejarnos mareados, me agaché, descansando las manos en mis rodillas así él podría deslizarse. Y la niñita de la visión anterior —Sugar— apareció inmediatamente ante mí, jalando de mi codo.

—Mi turno, ahora —rogó, los ojos azules de su mamá hacían imposible el que diga que no—. Por favor, Mami.

Pero desde la casa, la puerta de cristal corrediza se abrió y la mujer — Campanita— apareció en la abertura. Usaba una camisa rojo brillante que sobresalía por encima de su muy embarazado vientre, pero ella irradiaba un brillo jovial que hizo que todo dentro de mí se iluminara.

—¡San! —gritó—. Santy. Sugar. Hora de cenar.

Y solo así, la visión se había ido. En la siguiente, una máscara de papel sobre mi boca y nariz causó que mi caliente respiración humedeciera mis mejillas mientras que un espinoso gorro se envolvía alrededor de mi cabeza haciendo que me picara el cabello. Cuando entendí que llevaba ropa de cirugía, arqueé una ceja. ¿Qué demonios? ¿Era doctor ahora?

Pero esa voz —su intoxicante e increíble voz llena de amor— desde la cama de al lado me hizo girarme hasta que la vi. Mi Campanita yacía en una cama de hospital. Su cara estaba sonrojada y húmeda pero sus cansados ojos se encontraban iluminados con amor mientras me sonreía. Acunando y meneando un pequeño bulto en sus brazos, ella levantó al bebé.

—San, ven a conocer a Chloe.

Un sentimiento de paz y alegría me llenó.

Antes de llegar a nuestra bebé, acuné la mejilla de mi esposa con la mano y solo la miré, tratando de trasmitirle cuanto la amaba. —Lo hiciste bien, Campanita.

Casi alcancé a mi hija, nuestra pequeña Chloe, cuando la oscuridad me tragó de vuelta.

Grité, luchando, desesperado por regresar a alguna de estas visiones, pero me encontré de vuelta en la fría y húmeda tierra del jardín del frente de la bruja.

Madam LeFrey liberó sus dedos de mis ojos y me dejé caer sin fuerzas al suelo, estremeciéndome por la perdida y confusión. Manteniendo las pestañas cerradas, jadeé, dispuesto a que me llevara de vuelta a donde sea que me llevó. Pero el dolor en mi tobillo me mantuvo atado al amargo presente.

El arrastrar de pies a mi lado me dijeron que Madam LeFrey se puso de pie y se iba, pero ya no me importaba. Mi cerebro se encontraba revuelto, cambiando entre el dolor en mi pierna y los recuerdos agitándose en mi cabeza.

—Ahí tienes. Ahora recuperaste tu esperanza. —Su harapienta y vieja voz me enfureció.

Abrí los ojos y logré mirarla. —¿Qu… Qué era eso? ¿Qué me hiciste?

—Te di un atisbo.

—¿Me diste un qué? ¿Qué demonios es un atisbo? ¿Qué significa?

—¿Qué significa? —Ladeó la cabeza como si estuviera confundida por la pregunta—. Tal vez nada. Tal vez todo. Te enseña cómo será tu vida si la vives con el contenido de tu corazón.

Mi ansioso corazón palpitó más fuerte en mi pecho. —¿Así que… Así que eso es lo que me sucederá? ¿Ese es mi futuro?

Mierda. No parecía posible. Nunca había hecho nada lo suficientemente bueno para merecer una vida como la del atisbo. La euforia rugió a través de mis venas hasta que la jodida bruja meneó la cabeza.

—No. Es solo tu futuro si vives con el contenido de tu corazón —repitió solemnemente.

—Entonces… —Tragué saliva, queriendo negarlo—. ¿No es verdadero? ¿No sucederá?

Más lágrimas llenaron mis ojos. ¿Nunca conocería a esa chica? ¿Nunca tendría un hermoso patio trasero con césped? ¿Nunca tendría tres perfectos niños que significarán el mundo para mí? ¿Nunca pertenecería a una familia?

—No conocemos el futuro. Solo te mostré lo qué podría pasar si vives felizmente para siempre. Es cosa tuya hacer que suceda.

—Pero… —Llegué a ella, desesperado por respuestas—. ¿Cómo lo hago? Ni siquiera conozco a esa chica. Nunca la he visto. ¿Cómo la encuentro?

La bruja se encontraba ocupada recogiendo su escopeta del suelo. Pero se detuvo con mis preguntas frenéticas. —¿Chica?

—¡Sí! La chica. La chica que me mostraste. ¿Quién es? ¿Es una persona real?

Con una confundida sacudida de cabeza, la vieja bruja me miró como si estuviese loco. —Te mostré solo a ti. Cinco atisbos de ti. Eso es todo. Si viste a alguien más en una de tus visiones, eso significa que amas a esa persona.

—Pero yo… Ella estaba en todas, no solo en una.

Parándose cerca, Madam LeFrey me observó como si fuera una especie nueva de la que nunca había oído. —¿Puede ser? —susurró con temor.

—¿Qué? —demandé, casi en pánico. Quería saber más acerca de esa chica y cómo podría vivir la vida con ella donde fui tan malditamente feliz.

Nunca estuve tan contenta.

Madam LeFrey sacudió la cabeza como si fuera incapaz de creer lo que se encontraba a punto de decirme. —Un alma gemela —dijo con un tono áspero—. Cuán raro.

—¿Qué? ¿Ella es mi alma gemela?

Me sentía un poco mareada por la idea. Un alma gemela sonaba bien. Alma gemela, alguien que me ame, un futuro feliz, un lugar al cual pertenecer.Familia. Ahora, todo lo que tenía que hacer era encontrarla.

Pero la jodida vieja bruja me miró preocupada. Me agarró el brazo. — Encuéntrala —me dijo, con urgencia en su voz—. No están completas hasta que las dos mitades estén juntas. Eres solo la mitad de un alma.


Saqué mi brazo de su agarre. —Bueno, ¿dónde está?

En lugar de decirme, retrocedió como si estuviese contaminado. Pisando algo junto a mi tobillo, encontró la trampa en la que me había atascado. Grité por el flujo de sangre que salió de la herida y creaba un montón de presión. A medida que apretaba los dientes y agarraba mi pierna, Madam LeFrey me dio la espalda.

—Vete ahora —dijo, como si tuviera miedo de mí—, no vuelvas.

—Pero… ¡espera! ¿Cómo la encuentro? ¿Cuál es su nombre? —Cuando ni siquiera se detuvo, gruñí de ira y dolor—. Maldita sea. ¿Puedes hacer algún hechizo para traerla aquí? Simplemente quiero lo que me enseñaste.

—¿Por qué me mostraría eso si no me ayudaría a conseguirlo?

Cuando alcanzó el pórtico, miró hacia atrás. —Ningún hechizo puede tocar esto. Es más grande que cualquier hechizo. Es el destino.

Antes de que pudiese decir nada más, se escabulló dentro de la casa y azotó la puerta, dejándome para encontrar mi camino a casa con un tobillo malo.

Aunque no era más un prisionero contenido, me quedé ahí. Respirando fuertemente y confundido en más de una forma, me aferré a mi lesión y llené mi cabeza con todas los malditos atisbos que la bruja me había dado. Una fría gota en mi cara me dijo que empezó a llover.

Sabía que nunca sería el mismo. Hasta esta noche, me había convencido que mi vida siempre sería horrible y sin esperanza. Pero los atisbos de Madam LeFrey empeoraron todo. Porque ahora quería algo. Lo quería tanto que lo podía saborear. Quería ese futuro y un felices para siempre. Y si nunca hallaba a esa chica, si nunca encontraba aunque sea una porción de esos atisbos, la decepción probablemente me mataría.

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Mensaje por micky morales el Miér Dic 07, 2016 7:51 pm

tranquila san, la encontraras!!!!! muy interesante la historia, hasta pronto!!!!!
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Mensaje por 3:) el Jue Dic 08, 2016 9:55 am

Muy buena la historia...
A ver en cuando... como y donde??? Encuentra su alma gemela san!!???
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Mensaje por Tati.94 el Jue Dic 08, 2016 10:11 am

Me enganchaste con esta historia ,a ver como se encontraran.
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Mensaje por JVM el Jue Dic 08, 2016 1:08 pm

Muy buena!!!!!
Que loco que a los 14 te muestren lo que puede ser tu vida y mas cuando la que tienes es difícil, como dijo la bruja le dio esperanza por conseguir lo que vio pero también duda de que pasaría si nunca conoce a esa chica, si existe o no!
Ya quiero leer los próximos capítulos!
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Mensaje por ana_bys_26 el Jue Dic 08, 2016 2:34 pm

[color=#0099ff]
CONOCE A BRITTANY


Cinco años después del prólogo de Santana …


Me colé por la puerta trasera una hora y media después del toque de queda. Alguien había apagado las luces en la cocina, así que esperaba que todos ya se hubiesen ido a la cama.

Para asegurarme aún más, me quité las sandalias con los tacones extra incómodos que eran súper ruidosos y caminé descalza sobre las frías baldosas. Pero cuando alcancé la entrada para la sala trasera, noté que la luz en la oficina de papá estaba encendida.

También dejó la puerta apenas abierta, y cuando nunca lo hacía, por lo que imaginé que me esperaba, tratando de atraparme llegando tarde. Otra vez. Un escalofrío de terror recorrió mi columna mientras mi cuerpo se enfriaba.

Aunque el miedo me aceleró la respiración, no iba a rendirme en tratar de colarme. De puntillas, contuve mi respiración y traté de convertirme en uno con el piso. Había llegado a la alfombra oriental cuando me delató el primer crujido debajo de mis pies. Me detuve, cerrando mis ojos y maldiciendo en mi cabeza.

Por favor, que no haya oído eso. Por favor, por favor, por f…


— Brittany —el barítono que odiaba más que todo en el mundo retumbó desde la oficina, haciéndome saltar—, ven aquí. Ahora.

Por el más breve momento, consideré correr. Tal vez podría correr más rápido que él esta vez.

Tal vez…

Mordí mi labio y sacudí la cabeza. Correr era malo. Solo vendría por mí; al hijo de puta le encantaba los retos. Y me atraparía, siempre me atrapaba y siempre terminaba peor cuando pasaba.

Pero últimamente había sido capaz de hablar para sacarme del apuro. Tal vez podía razonar con él esta noche.

Tragando el temor atorado en mi garganta, llevé mis hombros hacia atrás y levanté la barbilla con toda la falsa confianza que podía demostrar. No tenía confianza en nada, especialmente en mí misma desde que tenía doce, desde la primera noche que se coló en mi cuarto. Así que pretendí mi confianza, todo el camino hasta su oficina.

Apreté los dedos sobre la fría superficie de su puerta y la abrí solo lo suficiente como para deslizarme dentro.

Cuando vi la licorera de whiskey en su escritorio al lado del vaso de cristal lleno de hielo y del temido líquido ámbar, mis esperanzas se rompieron. Me moví un paso en reversa.

Sí, de ninguna manera iba a hablar con él esta noche, no cuando bebió eso. Mi respiración aumentó su ritmo. Pasaron cuatro meses desde la última vez que me tocó. Fueron unos buenos cuatro meses. Quería hacerlos cinco meses. Me cortó con una mirada letal cuando retrocedí otro paso.

—Siéntate.

Mis manos se apretaron en puños a mis costados. Oh, cómo quería desafiarlo. Cómo quería escupirle y decirle que se fuera a la mierda. Pero con solo levantar su ceja, me tenía quieta, cautiva. Estaba indefensa, para obedecer sus mandatos. Surgió un impulso por envolver las manos a mi alrededor y esconder cada pedazo de piel expuesta. No pretendí que me viera vestida así; vestía una corta y ajustada falda, y una blusa de tirantes para todos los chicos y chicas que estuvieron en la fiesta a la que asistí. Quise que me vieran y me desearan. Había necesitado que uno de ellos me llevara a una esquina privada y borrara los inquietantes recuerdos de otras horribles manos.

Obtuve lo que quería, pero ahora parecían estar regresando para morderme.

No me importaba que mis amigos me llamaran zorra a mis espaldas, o que solo tuviera catorce, un mes antes de entrar a la secundaria, pero tenía más actividad sexual que la mayoría de las chicas de veinte años. No era como si fuera pura de cualquier forma y necesitara preservar la santidad de mi intocado cuerpo. Mi querido y viejo papá se aseguró de que no fuera por más tiempo virgen.

Solo ansiaba el vacío de felicidad que se apoderaba de mí cada vez que un chico me tenía a solas. Podía escapar dentro de un lugar seguro en mi cabeza donde nada me tocaba mientras torpes manos hacían lo que sea que quisieran. Por poco tiempo, me sentía libre en ese lugar. Libre de todo. Sobre todo de él.

—Dije que te sentaras —gruñó.

Mis nervios temblaban bajo su tono duro, pero malditamente me aseguré de parecer exteriormente imperturbable. Él podría herirme físicamente todo lo que quisiera, pero aún así tenía algo que no podría tocar. Actitud.

Lanzando mi cabello rubio sobre el hombro, me acerqué al sofá contra la pared y me acomodé en el cojín suave. Cuando su mirada se deslizó sobre mis piernas cruzadas, quise vomitar toda la cerveza que bebí antes de que dejara a Jimmy Santos explorar debajo de mi falda.

Me burlé y miré hacia mis cutículas. —Cuando termines de comerte con los ojos a tu propia hija, estoy lista para el sermón que sé que estás muriendo por darme.

Aunque me escocían esas palabras, mi corazón saltó a mi garganta.

Nunca fui tan cobista e intrépida con él. Con el resto, sí. Con él, no. Pero creo que nunca estuve tan intoxicada cuando me agarraba a solas. Su mandíbula se endureció. Después de coger su bebida y tomarse el resto de su contenido, golpeó el vaso contra su escritorio.

—Pensé que ya habíamos hablado de esto. No eres realmente mi hija, ¿recuerdas?

Ah, sí. Dejó bastante claro la primera noche que se coló a mi cuarto, justo después de tener una pelea con mamá y saber que uno de sus amantes me trajo a este mundo. Todo fue en venganza contra ella. Y consiguió enfurecerla. Los escuché discutiendo acerca de ello muchas noches, pero nunca concluían con ella dejándolo, o sacándome de sus garras y salvándome.

Un matrimonio en nuestro barrio respetado y de gente rica, no debía terminar en divorcio. Esposos y esposas simplemente tenían armarios más grandes así podían esconder más de sus esqueletos y los secretitos sucios.

Y entonces mi madre siguió durmiendo aquí, mi padre siguió bebiendo y visitando mi cuarto porque imagino que una vez que consiguió una probada de la niñita, simplemente no pudo parar. Y yo me convertí en alguien que ni reconocía, ni me gustaba.

Le mandé una pequeña sonrisa. —Sí, porque llamarlo abuso sexual y pedofilia suena mucho mejor cuando no tiene que ver con el incesto.

El resto del mundo lo consideraba mi padre biológico y él era la única figura paterna que conocí, así que para mí, era igual de malo. Igual de asqueroso. Igual de traumático.

Estrechando los ojos, tamborileó sus dedos en contra del vaso vacío.

—Ten cuidado, Brittany. O le daré un mejor uso a esa boca inteligente.

Me atraganté un poco en mi propio vomito. A pesar de querer retroceder y acurrucarme en un ovillo hasta que finalmente me dejara sola, mantuve mi espalda recta como un palo mientras miraba hacia atrás.

No. No iba a doblegarme más ante él. Y el licor que fluía a través de mis venas me estuvo proporcionando todo el coraje y valentía que necesitaba. Así que seguí cavando mi propia tumba con más actitud.

—Oh, lo siento. —Puse los dedos sobre mi pecho con arrepentimiento sarcástico—. ¿Te ofendió mi honestidad? —Dejé caer mi mano tan bien como el falso encogimiento de disculpa y me encogí de hombros—. Supongo que has agotado todas tus tácticas de intimidación sobre mí. Ya no estoy así de asustada por ti.

—¿Es eso entonces?

Cuando se paró lentamente de su silla, el aire escapó de mis pulmones, reemplazado con miedo tan espeso que no podía respirar. Jodida actitud. Ya no era gracioso. Pero no estaba segura de qué hacer, así que permanecí sentada en mi casual e indiferente posición, incluso cuando mi cabeza se fue mareando por el terror y mis instintos me dijeron que corriera.

—Bueno, vamos a ver. —Envolví mi dedo a través de mi largo cabello e incliné mi cabeza, como pensando—. No puedes decirme por más tiempo que todo el mundo sabrá que tan mala chica soy si les hablo de ti. Ya piensan que soy la zorra del milenio. Y no puedes usar a mamá en contra mío. A ella nunca le importó lo que me hiciste. —Mientras me agitaba, se arrastró lejos de su escritorio y avanzó desconcertantemente cerca—. Creo que podrías dejar de poner dinero en mi cuenta, pero entonces solo iría a la policía. E incluso si no me creyeran, el mero hecho del escándalo tal vez arruinaría tu carrera. Por lo que ya ves, anciano, ahora sostengo todas las cartas.

Estaba alardeando. Nunca iría con la policía. No quería que nadie supiera lo que me había pasado, menos un manojo de oficiales que podían hacerlo público.

Pero mi padre no lo sabía. Se abalanzó hacia mí.

Dejé salir un grito que no tuve planeado y volé fuera del sofá. Mi lucha hacia la puerta fue disuadida cuando mis pies desnudos se resbalaron con el pulido suelo de madera. Me caí y golpeé la rodilla contra un sólido tablón. El dolor hizo que mi estómago se rebelara, pero estaba tan desesperada por escapar, que seguí de igual manera.

Me golpeó contra la puerta.

Surgiendo frente a mí, cerró la puerta con su espalda, encerrándome con éxito dentro de la oficina. Este era su método. Le gustaba jugar a la araña y dejarme cautiva en su red antes de atacarme.

Me detuve, respirando fuerte mientras todo mi cabello volaba hacia mi cara. Moviendo los ojos, lo miré mientras él me enviaba una mueca triunfal. —Ahora, ¿Qué decías acerca de no temerme? —Se alejó de la puerta hacía mí y no pude evitar encogerme hacia atrás—. Y ¿qué era eso de no estar intimidada?

Apreté lo dientes y levanté la barbilla mientras retrocedía con cada paso que se acercaba.

—Púdrete. Eres un perverso y asqueroso viejo verde y me enfermas.

El insulto solo le causó risa. Estaba soltando la última pizca de rebeldía y él lo sabía.

—¿Dónde fuiste esta noche, Brittany?

—Fuera de esta casa —gruñí—, lejos de ti. Eso es todo lo que importa.

Dándome cuenta de que me acorraló en la esquina de la estantería, dejé salir un gemido que solo iluminó sus ojos. Estaba llevándose mi actitud, mis agallas. Lo único que podía controlar se deslizaba a través de mis dedos.

—Bebiste en esa fiesta —dijo, cerniéndose a centímetros de distancia y haciendo que mi respiración se saliera de control—. Puedo olerlo. ¿También tuviste sexo?

Quería seguir siendo la Valiente y Desafiante Brittany y sisear algo como: ¿Qué? ¿Estás celoso? pero con él tan cerca, mi coraje huyó junto con mi boca rápida e insolencia. No era más que una patética bola temblando de angustia. Y lo odiaba por eso.

Su mirada cayó sobre mi escote. Estremeciéndome, incliné la cabeza y envolví mi pecho con los brazos. También odiaba haberme desarrollado temprano. Odiaba mis pechos de copa D. Y odiaba como él siempre los miraba.

—Sé lo que estás tratando de hacer, muñeca. —El whiskey en su aliento me ahogó e hizo que mis ojos se llenaran de agua—. Crees que estar con todos esos chicos y chicas puede limpiarme de ti, pero no lo hará. Siempre estaré ahí. Siempre seré tu primero. Mi toque te manchará por siempre.

Cuando sus dedos se movieron sobre mi hombro y hacia abajo por mis brazos en una suave y viscosa caricia, enloquecí.

—¡No!

Sin ningún lugar para huir, peleé, moviéndome y golpeándolo en la cara.

Había olvidado que seguía sosteniendo las sandalias con un agarre de muerte. El duro y puntiagudo tacón lo golpeó en la mejilla, lanzando su cara de lado y dejándole una herida que me puso los ojos amplios y desorbitados, y mi boca se abrió por el shock.

Oh, mierda. Nunca lo golpeé. Iba a matarme por esto.

Rugió furioso y levantó la mano hasta su mejilla. Mientras su atención se enfocaba lentamente en mí, retrocedí más contra la esquina, agazapándome allí. Bajó la mano y miró la sangre en sus dedos. Cuando vi temblar su brazo, la esperanza surgió dentro de mí. Lo asusté… o algo, algo lo suficientemente impactante para darme un poco de esperanza. Un poco de poder. Blandiendo mi sandalia de forma amenazante, me abalancé hacia adelante, haciéndolo tambalearse lejos.

—Nunca volverás a tocarme, ¿me escuchaste?

—Perra. —Hirviendo, se llevó los dedos hasta su cara y aplicó presión a la herida, causando que la sangre brotara de los lados—. Eres igual que tu madre. Soy el jefe de esta casa y si haces algo para avergonzarnos, me aseguraré de que te arrepientas por el resto de tu vida. ¿Me… escuchaste?

No respondí. Estaba demasiado ocupada rodeándolo hasta que estuve cerca de la puerta. Entonces me di la vuelta y corrí hasta la salida. Una vez que salí de su oficina, solté los zapatos y continué por las escaleras. No me detuve hasta que estuve en mi cuarto y me encerré dentro. Alejándome de la puerta cerrada, moví la mano hasta mi boca, esperando que él viniera golpeando y gritando. Tenía una llave; podía entrar si quería.

Pero no lo hizo.

Después de que nada ocurrió por unos cinco minutos, me metí en el colchón y me abracé, temblando incontrolablemente. Luego me acurruqué en bolita y descansé la cabeza en una almohada, permitiéndome caer a la deriva y soñar. No estaría aquí para siempre. Algún día dejaría esta casa. Dejaría Florida. Y sería libre. Sería lo que quisiera ser.

Solo tenía que ser paciente y esperar. Pero pasaría.

Tenía que, de otra manera, ¿Cuál era el punto en sufrir todos estos días?

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Activo Re: Brittana Be my hero capitulo 41 y 42 FIN

Mensaje por ana_bys_26 el Jue Dic 08, 2016 2:46 pm

CAPITULO 1

Cinco años después del prólogo de Brittany:
el presente…

Brittany



Todos las mujeres y hombres eran unas bastardos.

Mientras observaba como la novia de mi prima comenzaba a perder los estribos, froté mi hinchado estómago, aliviada de que el bebé que crecía en mí fuese una niña.

De acuerdo, bien. Lo habría amado sin importar su sexo. Creo que era imposible no amar a esta cosa creciendo ahí que se movía día y noche, y tenía hipo en las horas más extrañas, o saltaba cuando un sonido fuerte la sobresaltaba. Pero al menos estaba aliviada de no tener que verlo crecer para convertirse en uno de los bastardas.

—Solo estoy diciendo —masculló Quinn entre dientes mientras agarraba su cabello y paseaba por la pequeña cocina—, no podemos permitirnos seguir comprando toda esta mierda de bebés para Brittany. ¿Para qué necesita un cambiador de pañales? ¿Por qué no puede cambiar un maldito pañal en el suelo, o la cama, o demonios... en cualquier lado?

Le concederé esto; ella había durado más de lo que yo esperaba. Pero eventualmente, cada chica tenía un punto de ruptura dónde no podía aguantar más. ella tenía que saliera dejar que su lado bastarda. No podía esconderlo por siempre.

Cruzando los brazos sobre mi pecho, lo miré mientras Rechel —mi prima, mejor amiga, heroína personal y la novia de Quinn — se sentaba en la mesa de la cocina, luciendo culpable mientras se acurrucaba en la silla, abrazándose a sí misma. Odié lo mal que la estaba haciéndose sentir cuando yo fui la culpable y le rogué a Rechel que me comprara el estúpido cambiador de pañales, porque hacía juego con la cuna que ellas me habían comprado, y yo... demonios, solo quería lo mejor para mi bebé.

Pero seguía olvidando que ya no era una mimada niña rica, y el dinero en este hogar no fluía como el agua, como lo había hecho en mi antigua casa. Me tomaría tiempo darme cuenta de que ya no tenía el dinero de papi para desperdiciar. Excepto que deseé apurar el paso y enderezarme a mí misma porque odiaba ver como Rechel asumía la culpa por mis transgresiones derrochadoras.

Abrí la boca para defenderla, pero ella me cortó con una mirada rápida y mortal. Prometí antes de mudarme que jamás interferiría en ninguna pelea que tuviese con su novia, promesa que no había sido difícil de mantener, porque en general Rechel Y Quinn eran asquerosamente felices juntas. No parecía normal que rara vez pelearan.

Y por eso confiaba en Quinn menos que en nadie. Justo como mi padre, ella podía mostrar una buena fachada. Podía sonreír y batir sus pestañas de niña bonita y la gente la adoraba. En público, no cometía ningún error. Incluso Rechel la adoraba como si fuese una especie de maldita santa.

Pero sabía que debía tener una bastarda escondida dentro de ella. Tenía un coño; era inevitable. Y ya que era tan buena escondiendo su interior podrido, era especialmente cautelosa con ella.

Incluso había sido un completa dama conmigo una noche en una fiesta, un año atrás, cuando traté de meterme en sus pantalones... tiempo antes de que Rechel la conociera, por supuesto.

Había escuchado los rumores. La gente decía que era una gigoló, tenía sexo con las mujeres por dinero. Eso por si solo lo iluminó en mi radar como una candidata para sacarme de mi lugar seguro y entumecido. Pero luego ella me rechazó, y había sido malditamente agradable. Me dijo que estaba demasiado borracha, e incluso me ofreció llevarme a casa. Ahí fue cuando supe que era el peor de todos. ella era , una bastarda escondiéndose bajo la máscara de una dama.

Había estado viviendo aquí con Rechel y Quinn desde hace tres meses. Y cada noche, me quedaba despierta hasta tarde, esperando por ese inevitable momento cuando Quinn trataría de entrar en mi habitación y se pondría manoseadora. Como mi padre. Incluso apilé latas de soda vacías frente a mi puerta para que hicieran un escándalo y despertaran a Reese. Ella podría pillarlo en el acto y patear su trasero bastardo de una vez.

Pero él jamás había hecho algo contra mí.

Después de tres meses ocupando el mismo apartamento que él y cuando no había intentado ninguna maldita cosa, comenzaba a preguntarme si quizás, posiblemente, había unas buenas chicas en el mundo después de todo.

Pero luego ocurrió esta noche. Cuando Quinn abrió la factura de la tarjeta de crédito, enloqueció completamente, y ahora estaba solo a minutos de revelar su idiota interno. Una vez que lo hiciera, todo estaría bien en el mundo otra vez. Volvería a saber algo de lo que estaba segura: todas las hombres eran bastardas.

—Lo siento —dijo Rechel, sus ojos marrones nadaban en miseria cuando ella la miró—. Podemos devolverlo, lo juro. Simplemente me dejé llevar. Quería que su bebé tuviera de todo y fuese muy mimado.

Esa era otra razón por la que amaba a Rechel. Ella ya adoraba a mi niñita tanto como yo.

—Pero no es nuestro bebé —murmuró Quinn —. Es de ella. —Me dedicó una mirada de desprecio, y podía sentir cuanto le molestaba tenerme aquí.

Nunca sabría cómo Rechel le pidió que me dejara mudarme en su cómodo apartamento dúplex de dos habitaciones. Ella jamás me había hecho sentir bienvenida, aunque no la culpaba. Había invadido completamente su nidito de amor y arruinado su “felices para siempre”. También estaría resentida conmigo misma. Me ignoraría cada vez que fuese posible. Y cuando estuviese obligada a tratar conmigo, también me trataría con frío desdén.

Eso me parecía bien; ella podía odiarme todo lo que quisiera. Pero no tenía permitido tratar a Rechel con nada menos que absoluta adoración.

Excepto que no me gustaba a donde se dirigía esta conversación.

—Ella debería ser quien se preocupa de esa mierda. Ya estamos dándole un techo sobre su cabeza, todas sus necesidades, comida, todo. Y ni siquiera podemos permitirnos eso.

—Lo sé. Lo sé. — Rechel comenzó a retorcer sus manos. Hacía que mi piel picara de ver lo apaciguadora que estaba siendo—. Quizá puedo... encontraré un trabajo. Algo que pague.

Ella ya cuidaba a la hermanita de Quinn en medio de sus cursos de la universidad, pero desde que comenzaron a salir y se mudaron aquí desde Florida, jamás había cobrado por cuidar a Sarah.

—No —murmuró Quinn con un gruñido enojada mientras se apartaba y frotaba las manos sobre su cara—. Tu tiempo ya está tan ocupado como puede estarlo. No quiero que nada más interfiera en tu trabajo escolar.

Oooh, ahí iba, tratando de actuar como una chica buena, pretendiendo querer lo mejor para Rechel. la bastarda. Determinada a dejar salir su monstruo interior, finalmente hablé.

—Bueno, creo que yo podría encontrar un trabajo. —Abrí los brazos, para poner mi grande y embarazado vientre en escena—. ¿Qué crees? Si hiciera como tú y me vendiese a mí misma en la calle, ¿compraría alguien una hora conmigo en estas condiciones?

Sabía que eso era un golpe bajo; en serio debería conseguir mi misión. Pero además, mis palabras estaban completamente fuera de lugar. Otra regla que Rechel había adherido antes de dejarme vivir con ellas era que nunca jamás mencionara lo que ella había hecho antes de que se mudaran aquí. Pero quería llevarla al límite, para que mi prima se diera cuenta de lo bastarda que era realmente.

Me di cuenta de mi error un segundo muy tarde, en el momento en que Rechel jadeó y puso las manos sobre su boca.

Quinn me cortó con la mirada. Me miró tan intensamente que aguanté la respiración esperando a que ella por fin perdiera los estribos. Mi cerebro revisó la cocina, preguntándose qué tipo de artefacto usaría para defenderme si se pusiera violento. Su ceño fruncido me dijo lo mucho que quería torcerme el cuello.

Pero en lugar de hacer o decir algo, se alejó. Con los hombros rígidos y las manos empuñadas en sus costados, se marchó de la cocina, a la pequeña sala de estar y abrió la puerta principal.

Rechel saltó de su asiento. —¿Quinn?

ella paró como si el temblor en su voz asustada lo mantuviera cautivo, pero no se dio la vuelta. Levantando una mano sobre su hombro, y dijo—: Tengo que irme. —Luego huyó del apartamento. Ni siquiera golpeó la puerta tras ella.

Tanto Rechel como yo nos quedamos boquiabiertas en la puerta cerrada. Bueno, sin duda no esperaba que él hiciera eso. Lo empujé más allá del límite. La enojé lo suficiente como para que dejara salir a su bastarda, pero ella eligió alejarse en vez de responder.

Mierda. Eso no era bueno. Sin dudas, un bastardo hubiese respondido. ¿Por qué no había peleado conmigo? ¿Por qué no me había llamado perra? ¿O golpeado? ¿O echado?

Todo estaba mal.

Rechel se volvió hacía mí, con los ojos desorbitados. Di un paso atrás. Oh, doble mierda. Ella estaba más que enojada.

—¿Por qué has hecho eso? —gritó—. ¡. Britt ! Te dije que jamás mencionaras algo que tuviese que ver con eso. Sabes cuánto le molesta.

Envolví los brazos protectoramente alrededor de mi estómago, a pesar de no tener idea del por qué. Rechel no haría nada para dañar a mi bebé. Simplemente no pude evitarlo. Los viejos hábitos tardan en morir.

—Ella... estaba siendo una idiota contigo.

—No, no es así. Estaba molesta por la factura de la tarjeta de crédito... por una maldita buena razón. El dinero es un asunto delicado para élla.

Ya sabía eso. Rechel me había confiado hace unos meses por qué Quinn se había convertido en una prostituta, cómo había sentido la necesidad de velar por la seguridad de su familia y como su casera lo había chantajeado para que la sirviera. Del modo en que ella lo decía todo sonaba heroico, haciéndolo parecer una chica muy buena. Pero yo estaba tan inmersa en mi teoría de que dentro de cada chica había un despiadada, malvada y astuta bastarda, que no podía pensar en ella en términos nobles.

Pero ahora que ella había optado por no liberar su ira en mí, me sentía confundida.

—Nunca debí haber traído ese estúpido cambiador. Diablos, ni siquiera tenemos pañales. ¿Cómo demonios vamos a usar un cambiador si no tenemos pañales?

Mi garganta se sentía en carne viva mientras la miraba descomponerse. Eso no era su culpa. Era mía. Cada asunto estresante para ella en los pasados meses era mi culpa porque yo me encontraba aquí, invadiendo su espacio y molestándola a ella y a su novia.

Pero empujé mi culpa a un lado porque saber que debería hacer, dejarla y tratar de arreglármelas por mi cuenta, me asustaba demasiado.

—No puedo creer que se fuera —dije, aún sorprendida.

—Yo tampoco. — Rechel levantó su rostro y me inmovilizó con una mirada extraña como si una nueva idea la hubiese llegado justo antes de que todo el color abandonara su rostro—. Oh, Dios... Y si... ¿Y si nunca regresa?

Comencé a negar con la cabeza. Imposible. Quinn era tan adicto a Rechel como ella a ella. Bastarda o no, nunca la dejaría. Pero hoy había sido un punto de ruptura para ella. Quizá no podría perdonarla por dejarme vivir con ellas. ¿Y si, por mí, no pudiera seguir con esto?

Rechel debió haber visto la preocupación en mi rostro, porque dejó salir un gemido y se hundió en la silla de la cocina, cubriéndose la boca con sus manos.

—¿Rechel? —Di un paso hacia ella con mis brazos abiertos—. Lo siento. Lo siento mucho.

No me disculpaba muy seguido, casi nunca, pero por Rechel, lo haría. Ella era la única persona en la tierra, además de la pequeña niña nadando en mi vientre, a quien amaba.

Pero ella sostuvo su mano en alto, despidiéndome.

Me detuve de golpe, mirando con impotencia mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. —Solo déjame sola.

Retrocediendo para respetar sus deseos, me retiré a la puerta donde había visto su pelea con Quinn. Pero eso no era suficiente para ella.

—Vete... lejos —gritó.

Corrí alrededor de la esquina y presioné mi espalda en la pared en cuanto ella no me veía. Luego me deslicé hacia abajo hasta que estuve sentada y la escuché llorar en sus manos. Abrazándome a mí misma, solo me senté ahí, sintiéndome como la mierda y acariciando mi estómago para mi propio confort.

Rechel había ido más allá por mí; jamás debí haber roto sus reglas. Por otra parte, probablemente no estaríamos en esta situación si ella no hubiese venido a Florida.

Tenía todo planeado. Algunas de mis cosas se hallaban discretamente empaquetadas, había escondido el dinero y mi plan de escape estaba completo. Tan pronto como me graduara de la secundaria, iba a dejar a
Bradshaw y Madeline Pierce de una vez. Iba a ser libre.

Pero luego Rechel se metió en problemas. Su novio perdedor de aquellos tiempos; otro bastardo, por supuesto, trató de matarla, y ella necesitaba un lugar seguro hasta que todo terminara y él fuese puesto finalmente tras las rejas.

Me había reído cuando escuché eso. ¿Lugar seguro? ¿Aquí? Lo que sea. Pero mi mamá ya había hecho planes con su hermana, la madre de Rechel, y Rechel vino a la casa Pierce para quedarse con nosotras lo aprobara yo o no.

Bien, no lo aprobé. No quería a la dulce, inocente y amante de la diversión, Rechel cerca de mi padre. De alguna manera convencí a mi madre para que ella se quedara en el apartamento sobre la cochera, así por lo menos no se quedaría bajo el mismo techo que él. Y luego retrasé mis planes de marcharme. Yo era probablemente la peor seguridad entre ella y Bradshaw Pierce, pero no la dejaría sola con ese monstruo.

Así que me matriculé en la universidad local con ella, y tomé clases con ella, y seguí saliendo con Alec, el imbécil egoísta con el que había tenido una aventura de verano. No planeé que ella conociera a Quinn y se enamorara de ella. Y no planeé haber quedado embarazada de Alec. Y ciertamente no planeé ser disparada por el ex novio psicótico de Rechel, quien finalmente la había encontrado. Pero pasé por un montón de mierda que no había planeado. Así que tuve que crecer y lidiar con lo que tenía.

Cuando Rechel se mudó de vuelta a Illinois y llevó a Quinn con ella, Alec, que resultó ser el típico bastardo, me abandonó, y mis padres demandaron que me deshiciera de la pequeña vergüenza que había creado con él.

Pero eso era algo que no podía hacer. Jamás había pensado tener niños. Nunca quise ser mamá. Estaba muy jodida para esa mierda. Pero ahora que tenía a este bebé creciendo dentro de mí, nada más importaba que cuidar de ella. No heriría a mi hija, una pequeña pieza de completa inocencia que amaría y alimentaría. Me rehusaba a ser como mis padres. Le daría mi vida a esta niña y me aseguraría de que nada malo le pasara.

Así que renuncié al aborto que mami y papi habían tratado de exigirme. En lugar de eso, corrí hacia Rechel, rogándole que me llevara con ella. Podría haberlos ayudado con algunos de sus preocupaciones económicas, pero no estaba acostumbrada a ahorrar, así que no tenía nada.

Sentándome en el suelo del pasillo de su apartamento, escuchando a Rechel llorar, me pregunté por qué no me echaba ahora. Parecía que cada vez que trataba de ayudarla, solo jodía toda la situación y terminaba hiriéndola más. El ayudar a alguien además de mí y yo no combinaban bien. Siempre había estado muy concentrada en crear una imagen así nadie sabría mis secretos para preocuparme por alguien más, y ahora que sí me preocupaba, era una completa idiota.

No sé por cuánto tiempo me senté ahí, escuchándola sollozar y sonarse la nariz por el problema que había causado, pero me hizo polvo. Mis manos comenzaron a temblar mientras frotaba círculos sobre mi estómago un poco más rápido. Mi garganta se secó tanto que quemaba.

Cuando la puerta principal se abrió, salté fuerte con sorpresa, haciendo que el bebé dentro de mí también comenzara a saltar.

—¿Rechel? —La preocupación en la voz de Quinn era evidente mientras cerraba la puerta—. ¿Qué ocurre?

Me deslicé por el suelo lo suficiente para asomarme por la esquina de la sala y la cocina. Quinn se arrodilló frente a Rechel y recogió sus manos en las de ella, presionándolas en su boca.

Lágrimas frescas brotaron de sus ojos. —¿Qué quieres decir con que qué ocurre? Tú... me dejaste.

Aire siseó de sus pulmones y su boca se abrió. Negando con su cabeza firmemente, dijo—: No. No, no te voy a dejar. Nunca te dejaría. Cristo, Rechel. Lo siento. —La tomó en sus brazos y la puso en su regazo para así acunarla más cerca. Ella se acurrucó y hundió la cara en su hombro mientras ella besaba su cabello.

—No quería enojarte. Solo... estaba tan enojada que no podía ver con claridad. Si me quedaba un segundo más, le hubiese dicho algo a ella, y sé que eso te hubiese enojada. En realidad trataba de no angustiarte a ti.

Asintió contra ella pero levantó la mirada mientras sollozaba. —No sabía... No sabía si volverías.

—Sweet Pea —la acercó más a ella y presionó su mejilla contra su sien—, nunca te dejaría —repitió—. Volvería. Siempre volvería. Solo necesitaba calmarme. Te amo, Rechel. Lo eres todo para mí. Lo siento.

—No me dejes así otra vez.

—De acuerdo. —Besó su cabeza, luego su mejilla, en su camino a su boca—. Lo prometo. Nunca más.

Me moví para darles privacidad, pero también porque era demasiado dulce, demasiado doloroso para cualquier cosa a la que estaba acostumbrada.

Cerrando los ojos, presioné mi cabeza contra la pared y los escuché mientras se besaban.

—Cuando dijo eso...

—Lo sé —murmuró Rechel —. Lo siento. Yo...

—No, tú no hiciste nada malo. Y tampoco Britt, en realidad.

Mis ojos se abrieron de golpe. ¿Qué dijo qué? Por supuesto que yo había hecho algo malo. Yo fui el catalizador de toda su pelea.

—Quiero decir, ella no dijo nada que no estuviéramos todos pensando, ¿verdad? ¿Por qué Quinn no vuelve a hacer lo que hacía antes? No tendríamos problemas de dinero entonces.

Espera, no dije eso. Ni siquiera lo pensé. ¿Por qué asumió que sugeriría algo así? Mierda. Probablemente porque era yo, y usualmente decía cualquier cosa que hiriera más a una persona.

Herirlas antes de que me hirieran.

Sonaba tan triste y molesto, que puse mis nudillos en mi boca y los mordí fuerte. Maldición, solo había tratado de liberar a su idiota interior; no estaba intentando herirla.

—Jamás pensé eso —dijo Rechel —. Dios mío, Quinn. Estabas... ¿lo consideraste?

—No —murmuró—. Nunca te haría eso, pero la idea estaba ahí. Tal vez solucionaría todos nuestros problemas en una noche. Podría cuidar de ti y... y parece que es la única cosa en la que soy bueno, porque apesto como mesera. Si no me dan más horas en el club, tendré que encontrar otro trabajo, pero lo único que hecho que paga mejor que trabajar es...


—Para —ordenó Rechel, su voz suave pero firme—. Para de pensar en eso. Ahora. Hay mucho más en lo que eres bueno, Quinn Fabrey. Lo que te pasó en Waterford no te define. Eres un increíble y maravillosa mjuer, y me siento afortunada de despertar cada mañana en tus brazos. Ahora solo admite que eres fabulosa, demonios. Porque lo eres. Deseo que pudieras verte como yo te veo. Esa perra, la señora Garrison, te lavo al cerebro al hacerte pensar que eras bueno para solo una cosa cuando te violó y te forzó a ser algo que odiabas.

Mis ojos se abrieron mientras las palabras de Rechel hacían eco en mi cabeza. Te violó. Te forzó a ser algo que odiabas.

Inhalé cuando me di cuenta. Ella fue violada por la mujer que la chantajeó para tener sexo con ella. Y fue convertido en algo que odiaba por eso. Como yo. Éramos como dos guisantes en una vaina. Bueno, excepto porque yo me convertí en una perra pretensiosa que actuaba como si fuese mejor que todos para poder ocultar mis secretos sucios y oscuros, y ella siguió siendo una buena chica. Pero, como sea. Ambas sufrimos formas similares de abuso.

Las lágrimas rodaban por mis mejillas. Mierda, Quinn Fabrey realmente no era una bastarda. Ni siquiera sabía cómo procesar eso. Todos estos meses había estado esperando que mostrara sus verdaderos colores, y los había estado mostrando todo el tiempo.

En la cocina, el sonido de los besos se detuvo justo antes de que Rechel preguntara en voz baja—: ¿Quieres echarla?

Mi interior se apretó, y el miedo se apoderó de mi garganta cuando me di cuenta de que hablaba de mí.

—¿Qué? — Quinn sonaba despistado.

—A Brittany —susurró Rechel, haciéndome temblar. Ella lo había hecho, entonces. Todos estos meses, nunca había tomado partido. Tenía más razones para odiarme que nadie, sin embargo, había permanecido siendo mi amiga y se había enfrentado a su novia para ayudarme. Pero ahora... lo elegía sobre mí.

No la culpaba, ni un poco, pero todavía infundió el temor en mí. Si Rechel Quinn me echaban, no sabía a dónde iría, o lo que haría. Yo no estaba capacitada para cuidarme. Ni siquiera sabría cómo empezar. Y con una bebé en camino, no estaba lista para iniciar esa tarea. Cerca de Rechel era el único lugar en el que me sentía segura.

Pero ella siguió hablando. —Sé cómo te sientes sobre ella. Siempre lo he sabido. Pero yo me sentía tan culpable después de que mi loco y acosador ex le disparara; que pensé que le debía algo. Y tú siempre fuiste tan impresionante al respecto, a pesar de que sabía que odiabas la idea y probablemente incluso a ella. Y sé que tiene sus problemas, pero es mi prima y... En serio, Quinn, si tenerla aquí es demasiado para ti, voy a hacer que se vaya. No voy a perderte a causa de ella.

Cubriéndome la boca para ocultar el sonido de mi llanto, esperé con ansiedad a que Quinn decidiera mi futuro. No los culparía por hacer que me fuera. Ya me habían mantenido más de lo debido, pero todavía le oraba misericordia, que ella me diera una oportunidad más. Yo podría ser una mejor persona, sabía que podía.

Toqué mi vientre. Por este pequeño paquete de alegría, sería lo que tenía que ser.

—¿De verdad la echarías? — Quinn sonaba aturdido—. ¿Por mí?

Rechel soltó una suave risa antes de que escuchara un sonoro beso.

—Por supuesto. Significas para mí más que nadie.

Me lavé las lágrimas de mis mejillas y respiré hondo. Podría sobrevivir a esto. Pasara lo que pasara, sobreviviría, incluso si eso me llevaba a mí y a mi bebé a la calle.

—Jesús, Rechel —murmuró Quinn —. No pongas esto sobre mí. Sabes que no la quiero aquí. Pero quiero hacerte feliz. Y mierda, ¿dónde más se suponía que iba a ir? ¿No dijo tu mamá que ella no participaría en esto?

—Sí, pero tal vez mi hermana o uno de mis amigos... —se desvaneció como si se diera cuenta de que ninguna de esas opciones podría funcionar.

—Aparte de lo que ha dicho esta noche, ella parece estar cambiando — argumentó Quinn, como si estuviera, en realidad, viniendo en mi defensa—.No... Quiero decir, tú me enseñaste que todo el mundo merece una segunda oportunidad. Eso es algo que me gusta de ti. Lo malditamente indulgente que eres.

Asentí, dándole la razón. Rechel perdonaba demasiado fácil. Pero ya que me había perdonado por cosas que no merecía ser perdonada, era algo de lo que más me gustaba de ella.

Traté de aspirar algunas de las lágrimas que goteaban por mis mejillas, pero me di cuenta demasiado tarde de que me habían oído. Antes de que pudiera ponerme de pie para escapar a mi habitación, Quinn y Rechel aparecieron en el umbral.

Cuando me vieron llorando en el piso, mi cara se calentó sin piedad. Alcé una mano a modo de disculpa, tratando de excusar mi comportamiento.

—Lo siento. Ignórenme. Locas hormonas del embarazo.

—Oh, diablos, Britt. — Rechel se arrodilló a mi lado y me dio un abrazo—. ¿Cuánto oíste por casualidad?

—Todo —admití, limpiando mis mejillas y abrazándola antes de mirar a Quinn —. Lo siento —le dije—. Y no lo digo solo para tratar de conseguir que dejes quedarme. Si quieres que me vaya, me iré. Lo entiendo totalmente, pero yo... realmente, lo siento. No debería haberlo dicho. No lo entendía. No creo que quisiera entenderlo. Pero ahora lo entiendo, y nunca pasará otra vez.

Ella cerró los ojos y dejó escapar un suspiro; su mandíbula lucía dura e implacable antes que murmurara—: Maldita sea —y se pusiera en el suelo barriéndonos en sus brazos para un abrazo familiar—. Está bien —admitió de mala gana, sin encontrar mi mirada antes de irse, tocando la espalda de Rechel como si necesitara sentir su apoyo.

Ella le sonrió y asintió con aprobación. En ese momento, ella se convirtió en el único hombre que he considerado no maligno. Y por primera vez desde que Rechel y él habían comenzado, estaba celosa de ella. Había encontrado un diamante en bruto. Se lo merecía más que nadie, pero una parte de mí todavía se sentía codiciosa. Ahora que sabía que había tal cosa como un tipo bueno, también quería uno. Quería que un caballero blanco fuera mi héroe.

Jodido poder femenino. Yo no era fuerte. No era nada. Necesitaba ayuda. Una gran cantidad de ayuda.

Aclarando mi garganta, metí un pedazo de cabello detrás de mi oreja. — Puedo irme ahora —ofrecí. Era lo menos que podía hacer. No tenía ni idea de dónde iría, porque Rechel era la última persona con la que podía recurrir. Pero tenía que haber algún tipo de refugio en esta ciudad donde pudiera pasar la noche. ¿Verdad?

—No tienes que irte —murmuró Quinn —. Dijimos que te ayudaríamos hasta que pudieras valerte por ti misma. Y lo haremos.

Más lágrimas inundaron mis mejillas. —No sé cuánto tiempo va a hacer falta. Voy a buscar un trabajo tan pronto como nazca el bebé, y voy a pagar las facturas y...

Quinn cubrió brevemente mi mano. La calidez y la compasión en sus dedos me sobresaltaron. —Solo... cuida a tu hija. El resto vendrá cuando venga. Te ayudaremos.

Su amabilidad y disposición a darme una segunda oportunidad me pulverizaron. Por primera vez en muchos años, por fin me sentí libre. No tenía que preocuparme de que algúna chica tratara de tocarme en mi casa. Solo podía vivir, concentrarme en mi bebé y comenzar el resto de mi vida. Excepto que, ahora que por fin podría ser yo, me sentía perdida. No tenía ni idea de quién era yo realmente.


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Mensaje por 3:) el Jue Dic 08, 2016 3:12 pm

Es una buena hijo de perra el padrastro de britt.. mas perra la madre por no hacer nada para ayudar a su hija....
Que vida de muerda tiene britt joyería ahora que está embarazada.. y para colmo se esta quedando sola... mas peor que eso!!! A ver como sale adelante???
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Mensaje por JVM el Vie Dic 09, 2016 4:00 am

Una mierda lo que le toco vivir a Britt con su "papá" y peor que su madre no hiciera nada. Que horror vivir con miedo de que entren a tu habitación para hacerte daño de ese modo.
Lo único bueno es que ahora ya no sigue con el, aunque la situación en la que esta tampoco es la mejor...estar embarazada sin trabajo y algo para ofrecerle a su hija. Aparte de que piensa que todos son malos y en algún momento le harán daño.
Esperó que pronto llegue a su vida San !!
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Mensaje por Tati.94 el Vie Dic 09, 2016 1:08 pm

Pobre britt quedo traumatizasa por el abusador ese!! Nose como va a lograr san que confie en ella.
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Mensaje por monica.santander el Vie Dic 09, 2016 2:38 pm

Pobres chicas por las cosas que han pasado!!!
Veremos como sigue!!
Saludos
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Mensaje por ana_bys_26 el Vie Dic 09, 2016 2:59 pm

CAPITULO 2

Santana



Me había sacrificado mucho en los últimos años para ayudar a mis amigos. Había repartido mi propio dinero duramente ganado para sacar a la gente de problemas. Había terminado frío todo el invierno por asegurarme que otros tenían abrigos. Me había quedado despierta toda la noche con un bebé así alguien podría echarse un sueñito antes de que yo tuviera que ir a trabajar al amanecer de la mañana siguiente. Pero tuve que admitir, que nunca había dejado el sexo por nadie.

Eso es exactamente lo que estaba a punto de hacer.

Sentado fuera el despacho del juez en el juzgado, tamborileé mi dedo del pie contra el suelo mientras Eleine y yo esperábamos a que dijeran nuestros nombres. A mi lado, estornudó y se rascó un sitio en su hombro. Solía rascarse los brazos todo el tiempo cuando se retocaba. Las drogas habían hecho que ella hiciera todo tipo de cosas raras.

Con la esperanza de que no hubiera empezado eso de nuevo, le lancé una mirada severa mientras ella dejaba caer la mano. Pensé que había sido cuidadosa, manteniendo una estrecha vigilancia. Dijo que había estado limpia durante los últimos seis meses. Pero sabía que no la podía ver todo el tiempo, no cuando trabajaba en dos empleos de tiempo completo y prácticamente sola venia a casa a dormir.

Capturando mi mirada, frunció el ceño. —¿Qué?

Sacudí la cabeza y me alejé. Me aseguró que había dejado las drogas, así que opté por creerle. Pero era mejor que no me joda con ese tema, porque estaba sacrificando mucho —mi jodida vida sexual incluida— para ayudarla a salir. Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la pared detrás de mí y traté de
recordar la última vez que había tenido relaciones sexuales en realidad. Mis recuerdos podrían ser mi manera de decir adiós a la misma por el próximo par de meses o —mierda, esperaba no— años.

Mis amigos en Forbidden, el bar donde trabajaba, creían que cada noche me acostaba con cualquiera al alcance. Mientras que eso pudo haber estado bien, no era verdad. Diez de cada diez veces, no tocaba a las chicas que ellos me veían llevar a casa del bar, nada más allá de un abrazo o un beso en la mejilla, porque estaban borrachas cuando llevé sus lindos culos a casa. Ningúna chica digna toma ventaja de una chica borracha.

Ni siquiera podía recordar la última vez que había estado dentro de una mujer, hacía cuánto tiempo o siquiera con quién, así que por supuesto mi mente buscó una imagen que nunca olvidé. Y fue como si yo todavía tuviera catorce años, sustentado por la visión de esa vieja bruja. Vi ojos azules, después, su pelo rubio, su sonrisa, el toque de lavanda.

Un suspiro salió de mis pulmones.

Mi Campanita.

Pero pensar en ella —sea que fuese— solo me hacía doler el pecho. Si la señora LeFrey siguiera viva, buscaría a esa mujer y la maldeciría. Habían pasado diez años, y todavía me tenía soñando con esos malditos atisbos. Diez años, y aún quería que Campanita fuera una persona real que pudiera conocer. Diez años de mierda, y todavía pensaba que mi felices para siempre podría hacerse realidad.

Puta mierda.

Deseando que la señora LeFrey se estuviera tostando en un bonito pozo de fuego en el infierno, abrí los ojos cuando un pequeño gemido salió del piso entre Eleine y yo. El asiento de coche comenzó a balancearse cuando despertó el bebé en el interior, moviendo los brazos y piernas.

Eleine gimió y miró al niño. —Dios... Maldita sea. Acababa de dormirse. ¿Por qué no puede estar dormido por diez minutos?

Le fruncí el ceño antes de inclinarme hacia adelante. —Yo me ocupo. —No intentó detenerme mientras apartaba del camino el mango y lo desabroché de su cargador. Cuando él me miró y pataleó como si estuviera contento de verme, no podía dejar de sonreír. —Hola, Luchador. ¿Tuviste una buena siesta?

Eleine resopló. —Como si fuera a responderte.

La ignoré y me concentré en acunar al niño de tres meses de edad en mi pecho. Se asió a mi camisa como si estuviera buscando algo de comer, lo que era extraño. Eleine nunca lo había amamantado. No tenía ni idea de cómo el chico sabía que podía conseguir comida allí.

Me reí y acaricié sus rizos oscuros. —¿Tienes hambre, hombrecito?

Gracias a Dios, Eleine no me regañó de nuevo por hacerle una pregunta cuando me incliné hacia delante y rebusqué dentro de la bolsa de pañales en busca de la botella que había puesto allí antes de que hubiéramos dejado el apartamento. Probablemente le hubiera gritado algo grosero, y las novias no deberían gritarle a sus novias, especialmente el día de su boda.

Pero ella estaba en un mal estado de ánimo. No tenía idea de lo que la había tenido tan cabreada. Tal vez todas las mujeres pasaban por una etapa de mal humor justo antes de dar el sí. No es que hubiera algo convencional sobre el trozo de papel que estábamos a punto de firmar, uniéndonos legalmente.

Con un bebé que requería de chequeos médicos regulares, Eleine necesitaba un seguro. No había pasado la aprobación gubernamental para la cosa gratis, y ya que mi jefe en el taller donde trabajaba durante el día me había firmado recientemente un plan de seguro bueno, uno en el que podría poner a Eleine y su hombrecito —si fuéramos esposa y esposa— me vino la idea de casarme con ella.

Sabía que era solo de nombre y no un matrimonio real. A Eleine no le importaría si yo iba a una cita con alguien más. Pero no parecía justo para con la que pudiera tener una cita.

Me podía imaginar cómo se llevaría a cabo. Shh, cariño, tenemos que mantener tu orgasmo tranquilo. No quiero despertar a mi esposa en la habitación de al lado. O su hijo. Sí, eso no iba a suceder.

Además, ante los ojos de la ley, esto era auténtico, así que decidí que sería célibe hasta que ella reencaminara su vida y pudiéramos anular las cosas de forma amistosa. Era una incógnita cuando sucedería eso, pero había estado limpia y haciéndolo bien desde que dio a luz. Esperemos un par de meses, medio año, y ella podría salir por su cuenta.

Aparte de mi abstinencia, el asunto del matrimonio no iba a cambiar mucho mi vida. Ya la había estado dejando colarse en mi habitación desde que estaba embarazada de tres meses cuando se presentó en mi puerta llorando y sufriendo. Así que lo único que realmente cambiaría era su apellido, mi plan de seguro, y sí... mi muy cabreado coño.

Eleine en realidad había quedado embarazada dos veces antes. Los dos primeros habían terminado en abortos involuntarios porque no había estado lo suficientemente dispuesta a mantenerse limpia. Pero esta vez, yo había tenido suficiente. La había observado como un halcón para mantenerla lejos de las drogas, y solo había tenido un par de contratiempos. Sorprendentemente, la tercera vez fue la vencida. Este bebé sobrevivió, y ahora, ya tenía tres meses de edad.

Le llamaba mi pequeño Luchador.

Tenía que llamarlo de alguna forma porque me molestó que Eleine lo hubiera nombrado Santiago. Ella le había gustado el nombre desde que me lo tatué en mi pecho hace años, justo al lado de los nombres de Sugar, Chloe, y Campanita. Aunque, sinceramente, no sé por qué importaba cómo llamó a su hijo. Yo nunca iba a conocer a Campanita, por lo que nuestros tres hijos juntos nunca iban a existir.

Si Eleine quería robar el nombre de mi bebé... como sea. No importaba.

Por lo menos, no quería, lo que era tal vez la razón de que me molestó tanto.

¿Y por qué seguía pensando en Campanita y nuestro futuro inexistente juntas?

Quizá porque estaba a punto de casarme —incluso si era un matrimonio de conveniencia— y ella era la única persona que había imaginado como mi esposa. Quería dejar de pensar en ella. Quería dejar de sentirme culpable, como si la estuviera traicionando por ayudar a una amiga. Quería... mierda, quería que ella atravesara la puerta en este mismo segundo para que pudiera darme el felices para siempre, y pudiera dejar esta vida de mierda atrás.

Pero la única mujer que asomó la cabeza por la puerta era una pequeña regordeta y de cabeza gris, recepcionista, que dijo—: ¿Lopez?

—Esos somos nosotras. —Le sonreí al ponerme de pie, manteniendo a Santiago, que bebía felizmente, acunado en el hueco de mi brazo.

—Ahh —dijo ella, sonriéndome—. No hay nada más precioso que ver a una mujer joven y guapa cuidando de un bebé.

Cuando le envié a la anciana un pequeño guiño coqueto, Eleine resopló y pasó junto a ella, al despacho del juez.

Irritada porque ella no agarró el cargador y bolsa de pañales, mientras que mis manos estaban llenas, apreté los dientes. “Gracias, cariño”, tuve la tentación de decir. Pero me aguanté y metí a Santiago de nuevo en su asiento de coche, traté de sostener el biberón en su boca para que siga comiendo y colgué la correa de la bolsa por encima de mi hombro antes de recoger el cargador.

Luego seguí a la dulce anciana a la pequeña sala, donde Eleine y yo nos casamos.

Se había acabado y hecho casi tan pronto como empezó. Después, mi estómago se revolvió. Desde esa maldita visión, o lo que demonios había estado, yo siempre había pensado en el matrimonio como algo eterno, como amor, y felices para siempre. Pero esto no había sido nada de eso.

Me dejó vacío e inquieto. Atrapado.

Eleine y yo ni siquiera nos hablamos la una a la otra mientras los llevaba de vuelta al apartamento antes de que regresara a trabajar en el taller. Cuando eran las cinco en puntos, sellé mi tarjeta de tiempo y regresé a casa, solo para encontrarla sentada en el sofá, escribiendo en la computadora portátil que le había conseguido. Un programa de chismes de la tarde emitían en la televisión, apenas silenciaba a Santiago, que se agitaba en la mecedora.

Lo saqué y encontré que su pañal casi goteaba de estar tan lleno. Después de llevarlo a mi habitación, lo cambié y lo senté en mi cadera para que pudiera acompañarme a la cocina, donde preparé una cena rápida.

—Estoy haciendo un sándwich —dije sobre mi hombro mientras Santiago babeaba toda mi camisa a rayas manchada de grasa y felizmente golpeaba sus puños regordetes contra mi pecho—. ¿Quieres uno?

—¡Sí! —gritó Eleine —. Sin mostaza esta vez.

Rodé los ojos pero le repetí a Saniago con una voz juguetona de bebé—: Sin mostaza, ¿escuchaste eso, Luchador? Tu mamá nos va a despedir si no lo hacemos bien.

Él balbuceó y arrulló en respuesta, así que pasé un momento arrullando, frotando mi nariz contra la de él hasta que conseguí que sonriera y ondeara sus brazos. Había empezado a sonreír hace una semana o algo así. Eleine afirmó que todavía no había visto una, a pesar de que yo le había tomado una foto. Tuve que morderme la lengua para no decirle que tenía que mirarlo para darse cuenta.

Después de que hicimos los sándwiches, calenté una botella para el pequeño. En la sala de estar, Eleine tomó su sándwich con un gruñido a medias, y Santiago y yo nos sentamos en la silla mecedora. Mientras comíamos, observé a Eleine escribir locamente, haciendo una pausa cada pocos segundos para leer algo en la pantalla, después, mordisqueaba la comida antes de escribir un poco más.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté, algo interesada—. ¿Escribiendo un libro?

Me lanzó una breve mueca antes de que ella fuera derecho a escribir de nuevo. —Estoy hablando con alguien en Facebook.

Levanté las cejas. No sabía que se había unido a la red. Nunca había tenido el tiempo para hacerlo yo.

—¿Con quién? —pregunté, cuestionándome quién demonios mas de nuestro barrio se metió en esa mierda.

Con otra mirada, murmuró—: No es de tu incumbencia.

Bueno. Levanté las cejas, pero dejé el tema. Después de haber terminado de comer, y Santiago, cerca de acabar el final de su botella, me levanté de la silla y suspiré. Ese era el descanso que tendría hoy.

—Estoy trabajando en el bar esta noche —le recordé a Eleine, llevando al bebé a su mecedora—. Así que voy a tomar una ducha y me voy de nuevo.

Ella gimió y le envió a su hijo una mirada llena de asco. —¿No puedes llevarlo contigo mientras te preparas? Lo he tenido todo el puto día.

Apreté los dientes y mi mandíbula, pero reconocí su solicitud con un tenso—: Claro. —Recogiendo a Santiago lo llevé por el pasillo e instalé una silla para bebés junto a la bañera para que se meneara en el tiempo que me daba una ducha rápida. Mientras después me secaba, y pasaba un peine a través de mi pelo, le hablé tonterías al niño, contándole quién había entrado en el taller hoy y que tenían algunos de los coches en los que había trabajado.

Eleine podría pensar que era una estupidez hablar con alguien que no entendía una palabra de lo que dije, pero él me respondió más que cualquier otra persona que vivía en el apartamento, así que seguí hablando. Además, era demasiado lindo para no hablar con él. Veía mi boca cuando hablaba como si cada palabra fuera divina; él estaba hipnotizado. Me hizo sentir importante.

Me puse mi uniforme del club Forbidden —que era en realidad solo una camiseta negra ceñida y pantalones vaqueros azules— y comprobé el pañal del niño una vez más antes de llevarlo de regreso a la habitación delantera.

—Aquí tienes —le dije a Eleine —. Está limpio y alimentado y listo para ir a dormir. —Traté de darle a Luchador directamente en las manos, pero ella me lanzó una mirada asesina. Así que suspiré y lo instalé de nuevo en su mecedora. Apuesto a que odiaba esa maldita silla.

No perderé los estribos. No perderé los estribos. No importa cuánto ella descuide a su propio hijo, no le gritaré.

Eso se había convertido en mi mantra en estos últimos meses.

Besando a Luchador en la frente, le deseé una despedida tranquila, luego me despedí de mi esposa de seis horas, que se quedó sentada con las piernas cruzadas en el mismo lugar en el sofá que había estado cuando entré por la puerta, y me fui a empezar mi segundo trabajo del día.

Como de costumbre, se me hizo tarde para el trabajo.

—Oye, mira quien decidió unirse a nosotros —dijo mi compañero de trabajo, Ketty wilde, cuando entré. la y la chica nueva, Quinn, ya estaban detrás de la barra, lo que significaba que tenía que atender mesas. Bien por mí. Hacía más propina trabajando ahí, sobre todo los jueves, cuando era noche de damas. Las mujeres me amaban.

—Decidí que me extrañarías mucho si no me presentaba —le grité a Wide. Enviándole un beso al aire, golpeteé mi pecho con las manos y luego extendí los brazos—. Así que aquí estoy, cariño. Solo para ti.

Ella resopló y sacudió la cabeza. —Necesitarías tetas más grandes para interesarme.

Riéndome, me volví para hallar a un completo desconocido intentando atar un delantal alrededor de sus caderas, pero echándolo a perder tanto que tuvo que empezar de nuevo.

—Vaya. Espera. —Lo tomé de la—. Es así.

Después que le mostré cómo atar correctamente la cosa, élla levantó la mirada y sonrió con aprecio. —Gracias.

—No hay problema. —Le di un movimiento de cabeza antes de añadir—: Ahora, ¿quién coño eres tú?

No fue grosera la pregunta. Quiero decir, sí, puede ser que dejé caer la “bomba c”, pero sobre todo me sorprendió ver otra cara trabajando esta noche. Agradecido, pero sorprendida.

la chica se alejó de mí, sin embargo, claramente intimidado, aunque ella era quince centímetros más alta que yo y el doble de ancha.

Tal vez mis tatuajes y múltiples perforaciones faciales lo desanimaron. ¿Quién sabía?

—Uh... Soy Emily. Emily Fields. Esta es mi primera noche.

Asentí. —Ajá. —Mordiendo un lado de mi labio, lo estudié de pies a cabeza—. Entonces, ¿dónde diablos te encontró Jessie? ¿Oculta bajo un banco en la iglesia? —Parecía una maldita niña del coro, su pelo todo liso y estilizado y su rostro puro, como si acabara de llegar de un confesionario para borrar todos sus pecados. Las dos.

Me sorprendió que Jessie —nuestra jefa temporal— pudiera encontrar una chica tan pulcro como élla.

—Wils la contrató —dijo Puck, apareciendo junto a Fields para acariciar los hombros de Hamilton por detrás. Ten tenía un círculo morado alrededor de un ojo; Me pregunté de dónde había sacado el ojo morado. Tal vez en la práctica de fútbol—. Ella está en el equipo con nosotros.

—¿En serio? —Una muchacha de la universidad. Lo imaginé. Sin embargo,¿una jugador de fútbol? Ten tenía que haberme tomando el pelo—. Se ve como una maldita virgen. —Incluso si tenía el tamaño para jugar un perverso juego de pelota.

Puck solo se rió y golpeó los hombros de Fields de nuevo cuando la pobre novata virgen se sonrojó. —No tomamos eso en su contra. la chica sabe cómo taclear como una experta. Y ella puede lanzar una bola casi tan bien como Wild.

Chica. Eso era correcto. la chica no parecía lo suficientemente mayor como para trabajar en un bar, pero tenía que tener por lo menos veintiún años, lo que todavía me hacía la vieja. Quinn, Wild, Puck, y al parecer Fields, estaban todos apenas en los veintiún años, mientras que yo había tenido mi vigésimo cuarto cumpleaños un par de meses atrás.

En verdad, me sentía décadas más vieja que los cuatro universitarios con los que trabajaba.

Oh, bueno. Estar cerca de ellos me hizo reír. Aunque nunca me juntaba con ninguno de ellos fuera del trabajo, los consideraba algo como mis amigas más cercanas. Y, sin embargo, no me molesté en decirle a ninguno de ellos que hoy me casé. No parecía nada para presumir.

Atando mi propio delantal, me puse a trabajar, y le mostré a Fields cómo desbloquear la puerta para que entraran las masas. Esta noche había mucha gente. Más ocupada que de costumbre, el lugar explotó con el ruido y la gente. Mis propinas se fueron por las nubes, y gracias a Dios, Fields había trabajado en una pizzería antes, por lo que era decente atendiendo mesas.

Noté cierta competición en el bar cuando Puck se hallaba allí tratando de conseguir unos pedidos. Wild le envió una breve mirada antes de ignorarla por completo, y Puck tuvo que esperar hasta que Quinn estuvo libre para conseguir sus bebidas. Puck y Wild eran compañeros de habitación, así como también de fútbol, por lo que le pregunté a Gamble en mi próximo viaje. —Los tortolitos tuvieron una pelea, o ¿qué? —Demonios, tal vez Wild le había dado el ojo negro a Puck

Wild simplemente atravesó a su compañero de piso con una mirada antes de negarse a responderme. Lo dejé pasar pero los observé a los dos por un tiempo hasta que vi a una castaña, que sabía le interesaba a Wild, entrar al bar. Cuando Puck la vio, se dio media vuelta y se alejó en la dirección opuesta.

Interesante. Me pregunté si los dos se pelearon por ella. Metiendo mis narices donde no me llamaron, me acerqué a ella, a pesar de que acababa de voltearse hacia Fields para tomar una bebida. Oye, necesitaba algo más estimulante en mi vida que las conversaciones con un niño de tres meses. Así que husmeé en la vida de mis compañeros de trabajo.

Al principio, fingí tratarla como a cualquier otro cliente. —Hola, dama hermosa. ¿Puedo conseguirte un trago? —Entonces miré a sus ojos y esperé a que mi impresión de mirarla otra vez pareciera genuina cuando la señalé—. Espere, Estuvo aquí hace unas pocas semanas, coqueteando con Wild, ¿cierto? Élla está trabajando en la barra esta noche.

La llevé a la barra y llamé a Wild para atraer su atención. Cuando ella La vio, sus ojos se iluminaron, diciéndome que si estuvieron peleando con Puck por ella, él definitivamente ganó la lucha.

Era como ver una telenovela. Puck evitando el bar mientras ella estaba allí, y Wild decidienda que coquetear con ella era un requisito de trabajo. Ya que aún no conocía a Fields, me acerqué al lado de Quinn para inclinar mi barbilla hacia Wild y su mujer. —Así que, ¿qué pasa con esos dos?

Esperaba una historia Puck y Wilde: pelea a muerte, pero Fabrey me sorprendió cuando dijo—: Ella es su profesora de literatura.

—¿En serio? —Cosita linda como ella no se parecía a ninguna profesora de literatura que había visto antes. Pero entonces entrecerré los ojos—. Élla lo está haciéndolo con ella por una nota, ¿verdad? —No tenía paciencia para las mujeres que utilizaban, manipulaban, irrespetaban, o de alguna manera, perjudicaban a una mujer.

Quinn solo sonrió y negó con la cabeza. —No que yo sepa. Creo que le gusta de verdad.

—Hmm. —Eso era bueno, por lo menos—. ¿Cuál es el problema de Puck, entonces? ¿A él también le gusta?

—No lo creo. —Quinn recogió una hilera de vasos usados posados en la barra—. Supongo que él sabe más acerca de su relación de lo que debería, y eso pone nervioso a Wild. Gran momento.

Conociendo a Puck y su arrogante boca, me imaginé que Fabrey tenía que estar en lo cierto. Puck, sin duda, dijo algo lo bastante ofensivo como para sacar de quicio a Wild para que le diera un ojo negro.
Mis hombros cayeron ahora que sabía lo que pasaba. Bueno, eso resultó ser un fastidioso callejón sin salida en el departamento de animación.

Entregué mis bebidas, y un par de chicas ebrias coquetearon conmigo, invitándome a sus casas. Puso un esfuerzo en el pacto de celibato que había hecho conmigo misma, incluso cuando las hubiese rechazado de todos modos. Pero entonces tuve una bonita y gorda propina justo antes de acabar lo que compensó el resto de mi inútil noche.

Cerramos y sacamos a todos, excepto a la novia profesora de Wild. Estaba un poco reacio a ir a casa así que me tomé un dulce momento barriendo el piso. Tenía un mal presentimiento de que encontraría a Santiago desmayado en su mecedora, justo donde lo había dejado antes de irme a trabajar. Y no sería la primera vez.

Sabía que Eleine tenía problemas con lo ser una madre primeriza, pero demonios, algunas veces desearía que lo sostuviera, o hiciera muecas frente a él, o cambiara su maldito pañal más que una sola vez al día.

Estaba tratando de ayudarla a salir y ser paciente porque el momento que dijera algo que la molestase, iba a perder los estribos y probablemente volver a los malos hábitos, recurrir a las drogas, y luego no sé qué. Pero cada maldito día era cada vez más difícil meterle su hijo en la cara y demandar que lo ame y mime hasta cansarlo.

Una conmoción en el bar me sacó de mis pensamientos. Dejé de barrer para ver que otra chica había llegado después de que cerráramos. Ella era un poco vieja, tal vez a la mitad de sus cuarenta y parecía rica y fina. Sin duda, no era una típica clienta universitaria.

El modo en que le prestó atención a Quinn me dijo que ella no estaba aquí para divertirse, sino que era exclusivamente para verla a ella.

—Bien —gruñó ella—, ya que me fuerzas a hablar delante de tus amigos, entonces lo haré. Estoy embarazada. Y eres la Madre

Me encontraba a unos nueve metros detrás de ella así que no pude ver qué revelaba cuando abrió su abrigo, pero asumí que era una panza de embarazada de tamaño decente por la manera en que la boca de Quinn se abrió mientras la miraba con horror.

De repente, lamenté haber esperado que hoy pasara algo un poco más emocionante porque no quería pensar en Fabrey como una infiel. Élla había hablado dulce sobre su novia, Rechel cmo si fuese una fiel y dedicado chica. Me había gustado eso de ella . Pero se apartó de la mujer, y se marchó detrás del bar, y luego, por el pasillo hasta el cuarto de baño en un tipo de trance culpable. Ella sin duda, había tenido sexo con ella.

Abandonando mi habitación, lo seguí, abriendo la puerta del baño para ver si estaba bien, y con suerte encontrar que no había estado engañando a su mujer. Tal vez todo esto era un gran malentendido y…

Mierda. Élla estaba demasiado ocupada vomitando para hablarme. Oí las arcadas desde el interior de la cabina y me di la vuelta.

La virgen abría la puerta principal para que la mami del bebé de Quinn se fuera cuando yo volvía a la gran habitación.

—Bueno, está vomitando —le dije a Wild pensando que la bastarda Traidora de Fabrey se lo merecía—. La inminente maternidad no debe sentarle bien.

La novia profesora de Wild hizo un sonido como si quisiera estar endesacuerdo conmigo, pero terminó mordiéndose la lengua. Wild la miró. — ¿Qué?

Ella sacudió la cabeza y le dio una sonrisa tensa. —Nada.

Se miraron por unos segundos, y tuvieron una especie de conversación silenciosa que solo una pareja en una relación comprometida podría tener, lo que me hizo querer atragantarme porque hoy no era el día en que quería revestirme en el amor verdadero, y las almas gemelas, y malditos felices para siempre.

Un celular junto a la caja registradora comenzó a sonar, sacándome de mis amargos pensamientos.

Puck inclinó la barbilla hacia él. —¿Es ese el teléfono de Fabrey? Todos los que quedaban en el club se miraron entre sí. Todos sabíamos que la mierda de Quinn iba a explotar. Nada en el otro extremo de la línea podía ser buenas noticias.

Wild, la líder de nuestro grupito alegre, caminó hacia él. —Es Rechel

Mierda. —Ese es el nombre de su novia.

Fields me miró a mí, luego a Wild. —¿Deberíamos contestar por Ella?

Bufando una carcajada, Wild levantó las manos. —¿Y decir qué? Lo siento, pero tu mujer no puede ponerse al teléfono en este momento; acaba de descubrir que va a convertirse en mami… con otra mujer.

Así que nadie atendió el teléfono. Su sonido parecía hacer eco por mi pecho, diciéndome con cada vibración que la mujer de Quinn sabía lo que había pasado.

Me preguntaba si ella estaba violentamente loca, o tan dolida que su espíritu se sentía aplastado. Pobre chica. Quería patearle el trasero a Fabrey por ella.

Cuando paró el sonido de llamada, continuó rebotando en mi cabeza, haciéndome sentir culpable. Mierda. Ella se merecía saber lo que pasó.

Cuando el teléfono comenzó de nuevo, no pude soportarlo. —Tengo el presentimiento de que va a seguir llamando —le dije a Wild —. Debe saber que algo sucede. —Si ella no respondía, yo lo haría.

Me dedicó un ceño fruncido y luego miró a su mujer para otra de sus conversaciones silenciosas.

Me hallaba a punto de saltar y agarrar el maldito teléfono cuando por fin actuó Wild.

Pero tan pronto como contestó, maldito Puck aulló—: ¡Mierda! ¿De verdad vas a decirle que una vieja acaba de venir, reclamando que Fabrey la embarazó?

Wild le envió a Puck una mirada de muerte y colgó el teléfono de inmediato.

—Idiota —Le pegué a Puck en la parte trasera de su cabeza—. Ya había contestado el teléfono, seguro escuchó todo lo que dijiste.

—Oh… joder. —Miró a Wildle—. Mi error.

—Quieres decir, el error de Fabrey —murmuró Wild. Se pellizcó el puente de la nariz—. Mierda.

Corrí las manos por mi cabello. Esto iba a terminar mal. Y solo podía imaginarme a una persona resultando herida: La novia de Quinn.

Cuando Quinn finalmente salió del baño, estaba listo para sujetarlo a la pared por el cuello y demandar respuestas.

Todos nos volvimos a ella se detuvo bruscamente y dijo con tono áspero—: ¿Qué? —Luego su cara se transformó en blanco papel—. Jesús, no se fue, ¿verdad?

—Um —Wild se encogió de forma culpable—. No, ella se fue, pero… eh, nosotros tal vez… accidentalmente le dijimos a tu novia lo que pasó. — Cuando Quinn solo la miró, se aclaró la garganta—. Tu teléfono sonó… y luego volvió a sonar. Solo le iba a hacer saber que te fuiste por un minuto, pero… sí… lo siento, mujer.

Quinn corrió a su teléfono como una imbécil que iba a derramarle todas las excusas a su confiada novia. Pero tan pronto como dijo—: ¿Rechel? —Las puertas principales se balancearon al abrirse.

—Déjame adivinar —dijo una chica con castaña pelo largo al irrumpir en Forbidden—. La señora Garrison acaba de aparecer para anunciar que le hiciste un bebé.

Estaba tan ocupada mirando boquiabierta a la novia de Quinn que no me di cuenta que alguien vino con ella. Y cuando lo hice, no miré de inmediato a la segunda persona porque estaba muy ocupada tratando de estimar la reacción de Rechel. Sorpresivamente, no parecía tan molesta o dolida como pensé. Lucía más resignada, como si hubiese esperado que esto ocurriera todo el tiempo.

Por la esquina del ojo, me di cuenta que la persona que la seguía tenía un estómago enorme. Preguntándome si el puma embarazado había seguido a Rechel al interior, levanté la cabeza para ver una rubia vistiendo una brillante camisa con Campanita de Disney, en vez de la vieja de pelo oscuro. Comencé a mirar a otra parte, rechazándola, cuando volví a mirar, estudiando su camisa.

¿Campanita?

Un extraño zumbido llenó mi cabeza, y de repente mi piel se sintió cerca de cinco veces más pequeña. Levantando la cabeza del dibujito de hadas en su camisa, me topé con su cara.

Estupefacta, me quedé como una maldita estatua, mirando a la muy familiar visión que seguía a la novia de Quinn hasta el bar. Por un segundo, me pregunté si deliraba e imaginaba cosas. No había manera que esta mujer sea real. Pero entonces vi a Puck mirándola. Él levantó las cejas mientras su mirada viajaba a su estómago.

Mierda. Si él también la veía, entonces ella debía ser real. ¿Cierto?

Me congelé mientras ella pasaba a mi lado sin siquiera mirarme. Cuando el olor a lavanda flotaba fuera de ella, me mareé por la conmoción.

De ninguna manera. Esto no era posible.

Traté de sacudir la cabeza, traté de conseguir que mi visión se aclarara, porque no podía estar viendo lo que en realidad estaba viendo. Pero mis ojos se empaparon en cada detalle de la rubia embarazada.

No me equivocaba. Cada centímetro de ella era tal como la recordaba. Incluso su olor a lavanda.

La Campanita de mis visiones era real.




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Mensaje por ana_bys_26 el Vie Dic 09, 2016 3:02 pm

ESPERO QUE ESTES SISFRUTADO
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Mensaje por monica.santander el Vie Dic 09, 2016 4:00 pm

Maratón, maratón!!!!!!!!
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Mensaje por Tati.94 el Vie Dic 09, 2016 6:44 pm

Apoyo la idea del maraton! Por fin san la encontro! Pero ahora sta recien casada
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Mensaje por micky morales el Vie Dic 09, 2016 8:55 pm

Porque san se caso con esa loca de m.... si el nene no tiene la culpa pero..... ahora que va a pasar, y como que quinn embarazo a esa vieja, tiene pene acaso???????
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Mensaje por ana_bys_26 el Sáb Dic 10, 2016 1:30 pm

CAPITULO 3

Brittany




Casi al mismo tiempo en que Quinn finalmente acumuló más horas de trabajo en el club donde el era barman y más dinero empezó a llegar poco a poco, el coche de Rechel se descompuso.

Yo aprendía rápidamente que las cosas nunca llegaban con facilidad en esta casa. Era tan diferente de la residencia Pierce, donde nunca hubo una preocupación financiera. Pero eso es lo que más me encantaba acerca de vivir aquí. Prefería preocuparme por el dinero cualquier día de la semana que de las cosas de las que me había preocupado antes.

El mecánico al que llevaron la chatarra sacudió su cabeza y citó un precio astronómico para arreglarlo. Así que Rechel y Quinn comenzaron a ir a todas partes compartiendo su Jeep.

Un jueves por la noche, cuando Rechel quería ir de compras, mientras Quinn trabajaba, ella lo dejó en el club nocturno Forbidden y accedió a recogerlo de nuevo al cerrar.

Era tarde cuando llegó la hora de recogerla, así que probablemente debí haber estado en la cama durmiendo. Pero mi niña ha estado pateando, y haciendo presión en mis costillas por las últimas dos horas; además de que he estado sufriendo de claustrofobia porque no había salido del apartamento en unas buenas tres semanas, aparte de chequeos con el médico y carreras a la tienda de comestibles. Así que pregunté si podía acompañarlos cuando Rechel fuera a recogerla. Dijo que agradecía la compañía, que el paseo juntas nos venía bien a las dos.

Además, al final de la noche, me alegré de que estuviera allí para apoyo moral. Subirme al Jeep de Quinn se sintió extraño, como si estuviera invadiendo su territorio. Las cosas habían mejorado entre nosotras; ya no lo trataba con frialdad y ella me decía más de tres palabras a la vez, pero… sí. Ahora que habíamos decidido que no nos odiamos, estábamos en una especie de pérdida con la forma de tratar al otro. Sinceramente, no éramos amigos, pero tampoco enemigas, por lo que solo se sentía raro hablar con ella.

Pero Rechel tenía una manera de suavizar las aguas. Y alivió mis nervios de estar en el Jeep de Quinn Fabrey, tratando de adivinar el nombre que por fin había decidido para mi bebé.

—¿Gabriella? Ese es bonito.

Desde el asiento del pasajero, le sonreí y sacudí la cabeza. —Nop.

—¿Gabby no? Está bien. —Se detuvo en el estacionamiento al otro lado de la calle del bar y tuvo que frenar de golpe cuando dos chicas borrachas caminaron justo enfrente de los faros.

Mientras las miraba poner sus brazos alrededor de la otra y reír juntas, apoyándose fuertemente entre sí y tambaleándose en sus tacones altos, se me ocurrió: yo podría haber sido una de ellas. Si no hubiera quedado embarazada, habría seguido siendo un animal de fiesta para el día de hoy, disfrutando cada noche y emborrachándome, tratando de encontrar algo ruidoso y bullicioso para llenar el hueco que era mi vida vacía.

Pero en cambio, aquí estaba sentada, frotando mi enorme vientre y hablando de nombres de bebé con mi mejor amiga. Lo más extraño de todo fue que me sentí agradecida de estar aquí.

—Siguiente —dije, después de que las chicas pasaron frente a nosotras y Rechel pudo finalmente conducir de nuevo.

—¿Qué tal Hayleigh? —supuso. Le gustaba pasar por el alfabeto y dar con un nombre para cada letra.

Sonriendo porque sabía que Isabella sería el siguiente —siempre elegía Isabella con la “I”— apoyé la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. —¿Te das cuenta de que si no estuviera embarazada ahora, quizá estaríamos hablando de un lindo par de zapatos que quería comprar, o la siguiente fiesta a la que quería ir, o yo estaría burlándome de alguna persona que no me gustaba, mientras que tú estarías defendiéndolos?

Rechel hizo un sonido en la parte posterior de su garganta mientras aparcaba. —Qué diferencia de hace algunos meses, ¿eh?

—Era tan superficial. —La vergüenza se apoderó de mí.

Su cálida mano cubrió la mía donde descansaba en mi estómago. —No eras superficial. Eras…

Cuando no pudo hallar una descripción de cortesía en cinco segundos, abrí los ojos y la miré. Cuando levanté mis cejas, expectante, ella se ruborizó, y luego se aclaró la garganta discretamente. —Está bien, puede que hayas sido un poco, solo un poquito... egocéntrica. Pero eso fue… eso fue antes. Ahora tu vida tiene sentido y sustancia, y…

—Quiero ser una buena madre —le dije, deteniéndola—. Quiero... solo quiero que sea feliz, esté contenta y orgullosa de quién es como persona. —Completamente diferente a la forma en que había sido criada yo.

Rechel dejó escapar un pequeño suspiro antes de acariciar mis dedos y apretarlos. —Lo harás. La forma en que ya la antepones a todo lo demás, sé que serás una gran mamá. Y yo creo que ella tendrá la suerte de tener…

Cuando sus palabras se desvanecieron y se quedó mirando paralizada al parabrisas delantero, me volví a mirarlo también, pero no vi nada fuera de lo común. Por la forma en que estábamos estacionadas, el Jeep se enfrentaba al otro lado de la calle hacia la entrada principal del club.

—¿Qué? —pregunté.

—Yo... —Negó con la cabeza—. No. Debo haber estado imaginando cosas. No podría haber sido ella. —Llevando su dedo índice a la boca, comenzó a morderse la uña. Ya que nunca la había conocido por ser una mordedora de uñas, me di la vuelta al bar y traté de explorar en busca de lo que sea —o quien sea— que estaba hablando. Estuve a punto de preguntarle qué pensaba haber visto, cuando empezó
a divagar para sí misma, que era sin duda uno de sus tics nerviosos. —Debo estar totalmente perdida. Quiero decir, es de noche. Las sombras podrían estar jugando trucos con mis ojos. Y estamos al otro lado de la calle, demasiado lejos para estar segura de que era ella, y…

No pude soportar un segundo más de su ataque de pánico. —¡Oh Dios mío, para! ¿A quién crees haber visto?

—Yo no... no estoy... —Se volvió hacia mí, con los ojos enormes y casi asustada—. Esa señora que acaba de entrar en el club, vestida con una gabardina… no sé, pero te juro por Dios, ella se parecía a… la señora Garrison.

Parpadeé, y me tomó un segundo reconocer ese nombre. Cuando me di cuenta, mis ojos se abrieron.

—¿La señora Garrison? ¿Quieres decir, la señora Garrison de Quinn?

Ella abrió la boca, y la expresión dura en su rostro me dijo que estaba a un segundo de arañarme la cara.

—No vuelvas a llamarla nada de Quinn. Esa perra no tiene ningún derecho sobre ella.

—Está bien. —Levanté las manos en señal de rendición y me encogí a modo de disculpa—. Lo siento. Yo solo... quise decir, la señora Garrison, la… ¿la violadora? —Cuando los hombros de Rechel se relajaron por esa etiqueta, fruncí el ceño—. Pero, ¿qué estaría haciendo aquí? Florida está a más de mil kilómetros…

—¿Qué crees que hace aquí? —explotó Rechel —. Ella está acechando a mi hombre. ¿Qué más ha hecho? Está obsesionada con ella Seguramente nunca va a dejarla en paz hasta que alguien finalmente la saque.

Con los ojos iluminados con un propósito, ella agarró mis manos y las apretó con fuerza. —Oh mi Dios, Britt Vamos a sacarla. Juntas. Estamos en un Jeep grande. —Sus dedos se apretaron más fuerte alrededor de los míos—. Cuando vuelva a salir, vamos a acelerar el motor, y ejecutamos su culo perverso. Vaya, un completo accidente. ¿Qué pensaba al caminar por una concurrida calle en el medio de la noche? Y luego… —Asintió, como si viniera la mejor parte de la historia—. Mientras que el coche está encima de ella y lo único que sobresale son sus zapatos rojo brillante Christian Louboutins, digo que nos los robemos y corramos.

Guau, ¿qué era esto, la versión homicida de El Mago de Oz?

Aunque, eso sí, tenía que estar de acuerdo en que la señora Garrison, la violadora de Quinn… eh, quiero decir, quien violó a Quinn ya que ella no era nada de ella era la malvada bruja de Florida , aun así, eso no significaba que el homicidio fuera una buena opción.

Y hola, ¿cómo me había yo convertido en la persona racional?

—Sí... —dije lentamente antes de sacudir la cabeza—. No, creo que quizá deberíamos alejarnos de cualquier cosa que implique… asesinato.

—¿Asesinato? — Rechel resopló—. No sería asesinato. Sería... Estaríamos haciendo un favor a la sociedad al librarla de ese tipo de mal del mundo. Sería un servicio público.

Mierda, empezaba a asustarme. —Pero tú no estabas segura de que era ella, ¿recuerdas? Las sombras. La oscuridad. Estaba al otro lado de la calle. Tal vez era alguien más, cariño.

Rechel tomó una bocanada de aire, calmándose físicamente. Pero no dejaba de mirar a la puerta principal de Forbidden.

—¿Qué hay de adivinar otro nombre para el bebé? —Traté, de pronto alegre de haberme negado a decirle como había decidido nombrar a mi niña; ahora tenía algo para distraerla—. Estás en la letra I, ¿recuerdas? Tal vez ahora podrías tratar de pensar en algo diferente a Isabella.

—Idiota —dijo entre dientes.

—¡Qué! ¿Por qué alguien iba a nombrar a su hijo idiota?

—No, yo soy la idiota. Estaba tan segura de que mudarnos al otro lado del país, lograría alejarla y liberarlo de ella para siempre, pero… ¡oh Dios! Ahí. — Señaló—. Ahí está. —Se cubrió la boca y gimió—. Es ella, Britt En serio.

Nunca he conocido realmente a la señora Garrison. Ni siquiera visto. Solo había oído historias de horror de Rechel. La mujer que fue la pesadilla viviente de Quinn. Lo siento, quise decir, la pesadilla viviente para Quinn.

Estaba oscuro, y apenas vi su rostro. Pero ella tenía un cierto aire que me recordó a mi padre. Los violadores eran todos iguales… depredadores.

—¿Segura? Apenas puedo verla —insistí, tratando de mantener calmada a Rechel para que sus reacciones no me causen un ataque de pánico, debido a que la atmósfera sobre ella me asustaba mucho.

—Sí —dijo con determinación mientras tomaba las llaves que colgaban del encendido.

—Oye. No. —Extendí la mano y tomé la suya—. Esto no es... no debes... —Maldita sea, no era buena en esto. Realmente necesitábamos a Quinn aquí. Nunca había visto a mi prima estar desquiciada, pero si alguien podía hacerla retroceder, ese sería ella.

—Quinn —jadeé, cuando se me ocurrió una idea.

Rechel me miró fijamente. Vaya, incluso su nombre rompió su bruma.

—¿Qué pasa con ella?

—Está dentro. Si ella fue allí, probablemente la vio, ¿no? Así que ¿no te quieres asegurar de que está bien? —Agarré su teléfono de la consola central y lo empujé hacia ella—. Llámala.

Ella mejoraría esto. Le diría que se equivocó, que su violadora no estaba en ninguna parte cerca de Illinois, y que todo andaba bien.

Dejó escapar un suspiro tembloroso, asintió y marcó su número.

—Ponlo en altavoz —exigí, empezando a morderme mis propias uñas mientras giraba para observar la entrada del club, donde apareció la malvada bruja, y por suerte, había desaparecido en la misma cuadra.

Rechel cumplió, por lo que yo escuché el timbre del teléfono. Cuando se fue al correo de voz, ella maldijo y colgó.

Me mordí un poco más fuerte la uña del pulgar, preguntándome por qué no había contestado.

Quinn siempre contestaba el teléfono cuando Rechel llamaba. Todo era parte de lo asquerosamente adorables que eran juntos.

—Llama de nuevo —le pedí.

Lo hizo. Luego lo hizo otra vez. La niña debe haber notado el creciente malestar en mí porque se puso inquieta. Pasé mis dedos sobre ella; mis manos, naturalmente, alisaban la imagen de Campanita que tenía en el camisón que llevaba.

Cuando el teléfono dejó de sonar ya que contestaron, Rechel y yo nos sentamos más derechas y compartimos una mirada de alivio. Hasta que na voz apagada, como si estuviera a una gran distancia del receptor gritó—: ¡Mierda! ¿De verdad vas a decirle que una vieja acaba de venir, reclamando que Fabrey la Embarazó?

—¿Decir qué? —gritó Rechel.

Inmediatamente, la línea se cortó.

—Oh, no, no lo hicieron. — Rechel volvió a marcar.

No me sorprendió que no respondiera nadie. Tragando saliva por la preocupación que sentía por ella, e incluso, un poco por Quinn, traté de calmarla. —Tal vez... tal vez se refería...

Rechel me miró fijamente. Hice una mueca. Ella murmuró un par de obscenidades antes de agarrar su teléfono y abrir la puerta del lado del conductor a empujones.

—¿Rech? —grité, insegura de cómo iba a retenerla físicamente si en realidad trataba de matar a alguien. Me tambaleé fuera del jeep detrás de ella, contoneándome patéticamente en un esfuerzo por ponerme al día—. ¿Qué estás haciendo, cariño? —Traté de sonar tranquilizadora. No ayudó.

—Voy a encontrar a mi maldita novia y averiguar qué diablos está pasando.

Oh, doble mierda. Corrí tras ella. Su teléfono comenzó a sonar tan pronto pomo llegamos a la acera. Ella respondió sin golpear el altavoz para dejarme escuchar esta vez.

Mientras empujaba las puertas de entrada del bar, gruñó—: Déjame adivinar. La señora Garrison acaba de aparecer para anunciar que le hiciste un bebé.

La seguí adentro, solo para hacer una pausa brevemente en la entrada. Dado que el lugar ya estaba cerrado, se había despejado, salvo por cuatro. Chicas y un chico —todos empleados porque llevaban el mismo tipo de camiseta negra que Quinn siempre traía a trabajar— y una mujer. Se habían reunido alrededor de la barra en la parte posterior.

En el otro lado del largo mostrador, Quinn dejó caer el teléfono de su oreja y soltó un largo suspiro. —Sí. Prácticamente —confesó ella, luciendo más preocupada de lo que lo había visto jamás.

La preocupación revolvió mi estómago. Acababa de decidir que Quinn. no era el anti-Cristo ¿y ahora esto? Según Rechel, si ella hubiese dejado embarazada a la señora Garrison, no fue porque quería estar con ella. Pero aun así, ¿cómo podría permanecer Rechel con ella después de enterarse de que había engendrado un niño con otra persona? Aún más sorprendente, yo no quería que rompan.

Era un pensamiento tan desconcertante para mí, ya que había pasado los primeros seis meses de su relación tratando de lograr que hagan exactamente Eso.

Pero se amaban, eran buenas para la otra, y ellas me dieron la esperanza de que un felices para siempre existe. O por lo menos hasta ahora.

—Tengo la sensación de que no nos deshicimos de ella tan fácil —dijo Rechel mientras se apresuraba hacia su hombre.

Yo iba vacilante tras ella porque, sí, me sentía totalmente fuera de lugar con siete meses de embarazo y casi llevaba mi pijama —una camisa de dormir y pantalones grises de yoga— mientras me encontraba en el interior de un bar con un grupo de desconocidas. Quiero decir, claro, todas las chicas en el lugar eran sexys, pero aun así, eran desconocidas.

—Digo, si una estaca a través del corazón no funciona, deberíamos tratar de cortarle la cabeza.

Rodé los ojos y le di una sonrisa suave. Solo Rechel diría eso.

Quinn se echó a reír como si le aliviara la forma en que su novia tomaba todo esto. Pero con la misma rapidez se puso seria y negó con la cabeza.

—Lo siento... tanto.

Cuando un indicio de lágrimas en sus ojos, tuve que parpadear y apartar la mirada porque nunca había visto a Quinn cerca de llorar. Era difícil verla así. Últimamente, no podía dejar que nadie llore solo. Incluso me lamentaba con esos anuncios de adopción de perros, y no era una amante de ellos.

Jodidas hormonas del embarazo.

Demasiado indulgente, Rechel se encogió de hombros. —Oye, si no hay algún obstáculo insuperable en nuestro camino, no seríamos nosotras, ¿o sí? — Pero había un temblor en su voz, haciéndome saber que le asustaba tanto como a Quinn.

Sin embargo, Quinn no parecía querer ser perdonado tan fácilmente. Se llevó las manos a la boca y sacudió la cabeza. —No deberías tener que lidiar con esto. No deberías…

—Creo que mentía —solté, ya que no podía verlas pasar por esta tortura. Me sentía tan en contra de toda la idea; me negaba a creer que esto podría sucederle a Rechel.

Recuperando el aliento después de perseguirla a través de la calle, me dejé caer en un taburete al lado de Rechel. Cuando vi un plato de cacahuates, los antojos del embarazo me golpearon con saña.

Los agarré, sin importarme que la sal fuera a hacer que mis tobillos se hinchen. Ya saboreando su sabor, mi boca se hizo agua. Pero a centímetros de sacar el mayor puñado que pudiera, me los alejaron. Cálidos dedos envueltos alrededor de mi muñeca me detuvieron mientras la otra mano tiró del cuenco.

¡Ack! ¡Mis cacahuates! Esa deliciosa, deliciosa sal y…

Levanté la mirada, lista para fastidiar al que alejaba de su comida a la chica embarazada hambrienta.

Pero los oscuros ojos cafes de la mujer mirando hacia mí, me tomaron totalmente por sorpresa.

Guau.

Ells era…

Ni siquiera sabía cómo describirla. Una descripción superficial sería: tatuada y perforada. Había un aro de metal en su ceja, y dos en la esquina de su labio inferior. Sus tatuajes repartidos por ambos brazos, haciéndola parecer que llevaba mangas largas en lugar de una camisa de manga corta y un diseño colorido ocupaba el lado derecho de su cuello.

Ella parecía ser una chica mala, salido del lado feo de la ciudad. Pero también tenía algo de chica buena. Simplemente no parecía de tipo de persona a la que no le importaba un comino la vida. Sus profundos ojos cafes mostraban demasiada compasión y vivacidad.

Luego me guiñó un ojo, lo que confirmó que ella no era la típica antihéroe despreocupada. —Déjame darte un lote nuevo, Campanita. Quién sabe qué tipo de dedos asquerosos estuvieron ahí toda la noche.

Linda. Mi pijama me había costado un apodo estúpido. Genial.

Empecé a rodar los ojos, pero me detuve, boquiabierta cuando ella Saltó sobre la barra. Saltó por encima de la barra, de la misma manera en que Sam y Woody habían hecho en todas esas repeticiones que vi de Cheers. Hacía tanto calor que pude haber babeado un poco.

Después tiró el viejo tazón, sacó una gran caja llena y cargó uno nuevo. Solo para mí. Cuando pasó los cacahuates sin tocar con una sonrisa indulgente, seguí mirándola con la más absoluta admiración.

Eso podría haber sido lo más dulce y atenta que nadie había hecho nunca por mí.

Pero en verdad, ¿quién era tan dulce y atenta con un completo extraño?

Muchos chicos y chicas habían sido lindos conmigo cuando querían meterse en mis bragas, pero eso fue sietes meses de embarazo atrás. Ella seguramente sabía que tenía cero oportunidades de anotar conmigo ahora, ¿y por qué debería ella querer anotar con una chica embarazada? A lo mejor era una completa enferma.

Supuse que podría haber estado actuando decentemente porque estaba embarazada. Las personas me sonreían y mantenían las puertas abierta para mí mucho más ahora que antes. Aun así, estaba abrumada con cuán encantadoras y totalmente sospechosas eran sus acciones.

A nuestro alrededor, la conversación continuaba, pero no oí una palabra de lo que nadie decía. Me hallaba muy ocupada atrapada en una competencia de miradas con la señora considerada. Ella me miraba con evidente curiosidad, y hacía que mis rodillas se debilitaran.

Había escuchado a Quinn describirle sus compañeros de trabajo a Rechel cuando acababa de comenzar y sabía de una chica llamado Wild . Ella era el mariscal estrella en la universidad en la que ambos, Rechel
y Quinn tomaban clases. Y luego había alguien llamado Puck. También algún Samy, o San, o sofi, algo así. Aunque no había mencionado una cuarta compañera de trabajo.

El hombre ante mí no parecía mariscal. No diría que es escuálido, pero no tenía la usual corpulencia fornida de un atleta. Sus músculos parecían nervudos, delgados, rudimentarios y astutos. Sí, no sabía a qué me refería con músculos “astutos”, pero el término parecía corresponderle. Así que, probablemente ella no era Wild.

Quinn se refirió a Puck como inquieto y bocón. Este chico tampoco parecía cuadrar con eso. Era demasiado relajado... no lo sé, amigable y abierto.

—También creo que ella miente —dijo la otra mujer presente aparte de Rechel y yo.

—Exactamente. —Girando hacia ella, le di un gesto de agradecimiento por apoyarme. Metiendo maníes en mi boca porque el señor considerado seguía mirándome como si fuese algún tipo de fantasma, y haciendo que mi estómago se moviera incluso más de lo que ya estaba, continúe—: Es decir, hola, tendría que estar de tanto tiempo como yo, ¿cierto? —Cuando miré a Rechel para asegurarme, asintió. Correcto—. A todo el mundo que necesité decirle sobre mi bebé se lo dije hace meses. ¿Por qué esperó tanto tiempo para dejar caer la bomba?

Rechel se giró hacia Quinn, su cuerpo vibraba con esperanza. —Britt tiene razón. ¿Y qué hay sobre su prometido? ¿Cómo sabe que no es suyo?

Quinn hizo una mueca de dolor como si no quisiera mantener altas las esperanzas. —Tal vez le llevó un tiempo encontrarme.

—Sí, claro —resopló Rechel —. Tú sabes, bien claro, que esa perra sabía cada paso que diste desde que dejaste Waterford. Descubrió todo lo que había por saber sobre mí en menos de un mes. No hay forma de que te haya perdido el rastro.

—Entonces, espera, espera, espera. —Uno de los otros camareros se acercó, moviendo su mano—. Fabrey, tú te follaste a otra mujer, tal vez se alla embarazado, y tú… —fijó su mirada en Rechel—, ¿no te enfadas?

Ese chico era definitivamente Puck decidí.

—Oh, estoy enojada —le dijo Rechel—, pero no con Quinn. Aparte, este particular… evento sucedió antes de que nosotros saliéramos. —Luego ella se aclaró la garganta y bajó su cara, murmurando—: Técnicamente.

Luciendo impotente, Quinn se pasó la mano sobre su cabello antes de inclinarse sobre la barra para besarle la frente. —No puedo creer que esto esté sucediendo. Eres la única persona con la que quise alguna vez tener hijos. Jesús, Rechel… —Cerró los ojos y presionó su frente con la de ella—. ¿No podemos rebobinar todo así puedo volver y hacerlo bien la primera vez?

De nuevo, tuve que apartar la mirada. Su tristeza era demasiado intensa. Pero cuando desvié mi atención hacia adelante, la señora considerada atrapó mi mirada, y abrió la boca como si quisiera decir algo para calmarme.

Succionada de nuevo en el juego de las miradas con ella, estudié su cara un poco más. Era apuesta de forma no convencional. Su cara no se veía de buen peso como la mayoría de las caras. Parecía demacrado, como si tuviera que merodear en las calles cada noche por comida. Pero eso le sentaba bien. Los huecos y líneas le daban carácter, agregándole a su atractiva y haciéndola lucir incluso más sexy.

Todo el metal en su cara me hacía extrañar el aro en mi nariz que había tenido por unos meses. Me lo había quitado cuando me dispararon y tuve que quedarme en el hospital. Solo me lo había hecho para molestar a mi querido padre, pero terminó gustándome más de lo que pensaba.

Sin avisar, la señora considerada se acercó a mí y posó sus codos en la barra para así poder inclinarse sobre el mostrador y mirar mi vientre.

—Tienes la panza de embarazada más adorable que haya visto — murmuró, como si estuviese respondiendo a la observación de otra persona. Su voz removió algo que nadie había despertado antes.

Sacudí la cabeza, preguntándome por qué había dicho eso, hasta que la otra chica respondió—: Y los pechos de la otra mujer no lucían ni de cerca tan hinchados como los suyos.

—Diría lo mismo —dijo ella, levantando la mirada para encontrarse con la mía. No miró mis senos, pero mis pezones quemaron y respondieron como si lo hubiese hecho.

Nunca me había excitado tan fácilmente. En realidad, no estaba segura de si alguna vez me había excitado. Usualmente desaparecía en mi espacio en blanco cuando dejaba que una chica me lo hiciera. Si alguna vez respondí a alguno de ellos durante nuestros encuentros, me encontraba muy ocupada congelándome en mi lugar adormecido como para recordar sentirlo. Pero sabía que nunca había sentido este hormigueo de pies a cabeza solamente porque una mujer me estuviera mirando.

La extraña sensación me asustó.

—¿Quién demonios eres tú? —demandé, necesitando un poco más de control sobre mi propio cuerpo del que tenía.
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Activo Re: Brittana Be my hero capitulo 41 y 42 FIN

Mensaje por ana_bys_26 el Sáb Dic 10, 2016 1:49 pm

CAPITULO 4

Brittany


la señora considerada no parecía perturbada por la tensión en mi voz cuando le ordené que me dijera su nombre. Solo sonrío y dijo—: San.

¿Uh? —¿Qué elija qué? No voy a escoger tu nombre. —¿Qué diablos?

—No. —Su sonrisa se extendió, llegando a sus ojos y haciendo que brillaran sus bellas orbes marrones—. Ese es mi nombre, Campanita. San, San, diminutivo para Santana Lopez. ¿Te gusta?

¿Gustarme? Esta chica me dejó totalmente sin palabras. ¿Por qué debería importarle si me gustaba su original y genial nombre?

—De todas formas... —La mujer, que seguía sin saber quién era, nos diouna mirada extraña y luego se volvió al grupo—, no tenía nada de la retención de líquidos que esta chica tiene en su rostro.

Jadeé y me cubrí las mejillas, para que la sexy Santana no pudiera ver lo gorda que me había puesto. Oh por Dios, ¿qué tan terrible me veía? ¿Y por qué Rechel me dejó salir del apartamento de esta manera? Me volteé hacia ella en busca de apoyo. —¿Tengo retención de líquidos?

—¿Qué? ¡No! No, cariño. Apenas.

¡Oh por Dios! Apenas estaba tan lejos de nada, que muy bien pudo haberme llamado ballena hinchada.

—¿Entonces sí lo tengo?

Rechel se revolvió un momento antes de fruncir el ceño a la otra mujer. Pero en el momento en que abrió la boca para calmarme, Quinn la agarró por el brazo. Su rostro palideció mientras miraba a algo por encima del hombro.

Eché un vistazo para encontrarme con que una persona, que llevaba una gabardina larga color café, ingresó a la disco.

Oh, diablos. Mi mejor amiga iba a ir a la cárcel por asesinato esta noche.

—¿Alguien tiene un hacha a mano? —gruñó Rechel, alejándose de la barra para encarar a la señora Garrison—. Porque siento la necesidad de dar hachazos a una perra.

—Amiga. —Puck golpeó con el codo al quinto cantinero que podría ser Wild (o no). Diablos, ya no sabía quién era quién—. Pelea de chicas. Asombroso.

Cuando alcancé a Rechel para detenerla y no pude, Quinn saltó por encima de la barra, de la misma manera en que Santana había saltado sobre ella para buscarme más cacahuates. Tuvo más éxito que yo capturando a Rechel y enroscó su brazo alrededor de su cintura, para que no pudiera atacar.

—Te dije que no volvieras —le gruñó a la señora Garrison—. Y dejé muy claro antes de incluso dejar Florida que no quería tener nada que ver contigo. ¿Por qué haces esto?

La ignoró, sonriéndole maliciosamente a mi chica. —Rechel —murmuró, asintiendo en reconocimiento—, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi.

—Lo sé, ¿verdad? —respondió Rechel con la misma falsa broma con la que ella se mofó antes—. Mi mano dejó de doler desde la última vez que te abofeteé.

—¡Ohh! —gritó Puck, golpeando la mano en su rodilla y abucheando—. Fuego.

La señora Garrison estrechó los ojos. —Debes dejarla ir, querida. Ella no pertenece aquí.

Todo se volvió increíblemente tenso después. Quinn y Rechel trabajaron juntas tratando de que se fuera, diciéndole que no creían una palabra de lo que decía. Y la señora Garrison solo exudaba maldad mientras abría su abrigo, revelando su estómago hinchado.

—Si no estoy embarazada, entonces ¿cómo explicas esto?

—Oh, por favor. —Rodé los ojos y agité la mano hacia ella—. Esa es la panza de embarazada más falsa que haya visto.

Cuando la señora Garrison giró hacia mí con el seño fruncido, me deslicé del taburete y sobé mi barriga. —Esto es autentico, cariño. Entonces por qué no dejas de molestar a Quinn o a mi prima Rechel, regresas a casa en Florida, y encuentras a alguien nuevo a quien molestar. De hecho, busca a Madeline y Shaw Pierce busca a Madeline y Shaw Perece, ¿por qué no? Ellos realmente merecen tu tipo de atención.

Oh, me encantaría ver a los dos violadores ir cabeza a cabeza. En realidad, podría ser una clase de desafío para mi padre masticar a la señora Garrison y escupirla. Puede que le tome una hora entera destruirla. Entrecerró los ojos.

—Debí haber adivinado que eras la primita altanera Perece de Rechel. Brittany ¿no? La que trató de atrapar a Alec Worthington en un matrimonio, quedándose embarazada…

—De acuerdo, eso es suficiente —espetó Rechel, y estuve agradecida que interviniera porque el solo hecho de escuchar el nombre de Alec me hizo tensarme y paralizarme. Pero, ¿qué demonios? ¿Todo el mundo en casa creía que me quedé embarazada a propósito para atraparlo en un matrimonio? ¡Qué asco! Era imposible que quisiera asentar cabeza con un idiota egoísta como Alec Worthington. No dejaría que ese hombre volviera a mi vida, ni aunque viniera arrastrándose, rogando y ofreciendo dinero para que yo lo perdone.

Mientras mi cabeza todavía divagaba, preguntándose qué pensaban de mí ahora todos mis viejos amigos en Florida; Rechel, Quinn y la señora Garrison dieron vueltas y vueltas un poco más, hasta que la mujer, que pronto supe que se llamaba Dra. Rose, sacó una prueba de embarazo de su bolso y le dijo a la señora Garrison que suministrara alguna prueba física.

Una vez que la violadora finalmente accedió a hacer pis en la prueba de embarazo, hubo un debate sobre quién debía acompañarla al baño para supervisarla. Cuando traté de meter la cuchara y dije que escoltaría a la bruja malvada con mucho gusto —así podía ser la primera en reírme en su cara cuando todas sus mentiras fueran reveladas—, Santana sacó su mano y se inclinó sobre la barra para agarrarme el codo, deteniéndome.

—No lo creo, Campanita. Si Fabrey no confía que su chica esté a solas con esa mujer, entonces no te acercarás a ella. No en tu condición.

Parpadee, sobrecogida en un mudo atontamiento. ¿En mi condición no?

En serio, ¿quién la hizo creer a esta chica que debía actuar de manera protectora conmigo, asegurándose de que tenía comida limpia y que estuviera fuera del alcance de violadoras malvadas? No había nadie que fuera agradable sin alguna razón. Me hizo preguntarme cuál era su motivo ulterior. Tiré mi codo de su mano, mirándola.
Mujeres era igual de bastardas, y ella era definitivamente Femenina.

Parpadeando rápido, alzó la mirada a la mía. Era obvio que la sorprendió mi ira. Tal vez incluso le hirió un poco.

Dudé, en silencio debatiéndome si en realidad tenía derecho a estar enojada con ella. Vamos a ver. Ella me agarró, dos veces, y tomó decisiones por mí como si me poseyera. Umm, ¿me poseyera? BrittanY Pierece no era propiedad de nadie, así que iba a estar molesta con ella por intentarlo.

la muy cabróna.

El problema era que no estaba tan molesta. No podía pensar en ella como una pervertida, porque todo lo que había hecho era ser atenta y protectora. Incluso su mirada había sido curiosa e indagadora, como si estuviera tratando de reconocerme de algún lado, o como si quisiera que lo reconociera yo. Su mirada no había sido espeluznante y lasciva como si estuviera desvistiéndome. No es que alguien quisiera desnudar visualmente a una chica embarazada con retención de líquidos mientras ella lleva una pijama de Campanita. Pero había todo tipo de gente rara por ahí. Eso lo sabía muy bien. Francamente, no quería estar en el radar de nadie, como parecía estar en el suyo, así que me obligué a alejar la mirada de ella, a pesar de que era muy consciente de cada movimiento que hacía. De cada vez que respiraba. De todo… Dios, mi reacción hacia ella era tan poderosa que era irritante.

La señora Garrison siguió a la Dra. Rose y a quien, según me di cuenta era Wild, hacia los baños y solo segundos después, ella irrumpió en la zona de la barra. Sin mirar a nadie ni decir nada, se dirigió hacia la salida y se fue.

—Oh, ¿te vas tan pronto? —se burló Rechel—. ¡Siento mucho oír que no estás embarazada, después de todo, maldita perra mentirosa!

La puerta principal se cerró de golpe, y la camarera sin nombre corrió tras ella para bloquear las puertas.

Quinn y Rechel se abrazaron, murmurando entre ellas. Aliviada de que este asalto con la violadora había terminado, froté mi vientre, preguntándome por qué algunas personas perjuran de la forma en la que lo acaba hacer la señora Garrison. Quiero decir, sabía por qué yo misma había mentido y fingido y dicho cosas que ni siquiera eran mi intención. Tenía secretos sucios y oscuros que no quería que nadie descubriera. Pero esto…

Empecé a preguntarme qué clase de infancia tuvo la señora Garrison, qué la hizo perder un tornillo. Entonces me detuve, porque yo no quería saber qué la convirtió en una violadora sociópata. Siempre que Rechel y Quinn hayan acabado con ella para siempre, no quería pensar en ella nunca más.

Rechel regresó corriendo por el pasillo para agradecerle a la Dra. Rose por ayudarla a deshacerse de la señora Garrison. Cuando Quinn, que aún parecía agitado, se desplomó hacia adelante para acunar su cabeza entre las manos y descansar los codos en la barra, abrí la boca para preguntarle si se encontraba bien. Entonces decidí no hacerlo, recordándome que no éramos amigos.

—Así que… ¿qué tan avanzada estás?

Salté en el momento que me Santana me hizo la pregunta. Ella permaneció al otro lado de la barra, mirándome fijamente.

—Mira —respiré—, no sé lo que tratas de hacer, pero tienes que parar.

Abrió la boca, pero la cerró y sacudió la cabeza. —¿Exactamente qué tengo que parar?

—Solo digo. No lo sé. Pero déjalo, ¿de acuerdo?

En lugar de irritarse, sonrió. —Así que, ¿no sabes que estoy haciendo que, obviamente, te molesta, y yo no tengo idea, pero definitivamente tengo que dejarlo?

Fruncí el ceño, porque cuando lo dijo así, me hizo sonar como una completa idiota.

—Bueno, está bien. Me has tocado. Con esta dos veces. Eso simplemente no me gusta. Luego me dijiste qué no podía comer y donde no podía ir, como si fueras mi dueña. Lo que no eres. Y ahora estás tratando de hacer conversación educada como si fuéramos amigas. No te conozco. En mi vida, nunca te había visto. No somos amigas.

—Britt. —dijo Quinn, su voz sonaba como la del dueño de un perro, ordenándole a su mascota que se sentara—. Déjala en paz. Ella siempre es protector con las mujeres, está bien.

Oh. Retrocedí y la culpa se filtraba por cada uno de mis poros. Dios, aquí iba de nuevo, asumiendo automáticamente que cada mujer viva era una hija de puta. En serio necesitaba dejar eso y empezar a darle a la gente el beneficio de la duda. Brittany mala.

—Lo siento —murmuré, agachando la barbilla y metiendo un mechón de pelo detrás de la oreja porque este asunto de disculparse era todavía nuevo para mí—, supongo que si Quinn dice que estás bien, estás bien.

Con el ceño fruncido, Santana abrió la boca para responder pero Quinn resopló una carcajada. —Vaya. No puedo creer que acabo de oír esas palabras saliendo de la boca de Brittany Pierce.

Me volví para decirle que al menos trataba de cambiar, pero me distraje por lo pálida y molesta que se veía, todavía desplomado contra la barra, agarrándose la cabeza. —¿Estás bien? —Lo cogí por el codo y lo dirigí a un taburete—. Parece como si te fueras a desmayar.

—Sí, Fabrey. — Santana cogió un vaso de la parte posterior de la barra y lo llenó de agua—. ¿Por qué no te sientas? —Deslizó el agua delante de Quinn—.Toma. Bebe algo.

Quinn se sentó, pero no se movió para tomar el vaso, así que lo recogí y traté de ayudarla... para que ella me cortara con una mirada molesta. —¿En serio? —Cogió la copa de mi mano y bebió por su cuenta.

Confundida por su irritación, me dirigí a Santana, quien hizo una mueca y sacudió la cabeza. —Mal movimiento, Campanita. No le quites su Femininin a la pobre ayudándolo a beber.

Alcé las manos. —Solo trataba de ayudar.

Diversión revoloteaba en su rostro. Se inclinó sobre la barra para hablar en un tono más tranquilo. —Ya lo sé. Y lo sabes. Pero Fabrey... —negó con la cabeza—… ella no tenía idea.

Se encontraba tan cerca que pude divisar un pequeño chip en la pintura plateada de su aro de la ceja. Lo estudié un momento antes de que mi atención vagara a otros rasgos. Pero cuando llegué a la profundidad marrón de sus ojos color chocolate, me sorprendió darme cuenta lo mucho que me estudiaban.

Me aclaré la garganta. —Sí. —Alejándome para no seguir tan cerca, miré a Quinn, pero ella parecía perdido en sus propios pensamientos—. Lo siento de nuevo por ser una completa perra. Solo... no he conocido a un montón de chicas que no sean unas hijas de puta. Así que soy bastante recelosa de todo el mundo.

—Has sido herida un par de veces, ¿eh? —Su tono era simpático.

Mi garganta se puso demasiado seca como para contestar, así que no lo hice.

—Bueno, si eso es lo más perra que puedes ser, no estoy asustado. Sin duda he conocido peores.

Solté un bufido, encontrando su mirada sin querer. —Tengo serias dudas de eso, pero gracias por tratar de animarme.

—No, de verdad. —Sonriendo, sacudió la cabeza—. Hablo muy en serio. Tengo una amiga que se pone en el modo perra constantemente. —Rodó los ojos—. Fue violada más de una vez cuando era joven, por lo que ha construido esta actitud de mierda donde degrada a todos los que están cerca. Esa actitud de alguna manera se convirtió en el caparazón en el que se esconde, así nadie puede ver su verdadero yo y saber cuán rota se siente.

Por un momento, me quedé mirándola, incapaz de moverme, o respirar, o reaccionar. Toda sensación abandonó mis cuatro extremidades y el miedo me cubrió como un manto frío. Fue la cosa más extraña, pero podía sentir como el color abandonaba mi cara. Me quedé boquiabierta, preguntándome cómo Santana Lopez, acababa de describir perfectamente toda mi vida.

Expuesta, incapaz de ocultarme y sintiéndome como un conejo asustado que no tiene a donde correr, mis latidos revolotearon en mi pecho. Me tambaleé lejos de ella.

Y vi el preciso momento en que se dio cuenta de lo que había hecho. La sonrisa se deslizó de sus labios y sus ojos se abrieron con sorpresa. —No —susurró como si estuviera absolutamente horrorizada.

Dios mío. Esto era horrible. Nunca nadie lo había descubierto. Y además de mis padres, nadie lo sabía. ¿Cómo pudo saberlo... después de menos de cinco minutos de hablar conmigo...? No. No era posible que pudiera arrancar eso de mi cerebro como si nada.

Pero, mierda santa. Ella lo hizo. Y lo sabía.

—¿Campanita? —Sus dedos patinaron por la barra, dirigiéndose hacia mí. Traté de tirar de mi mano, pero ella cogió mi muñeca—. No. No lo hagas.

Su voz era tan suave y comprensiva, tratando de mimarme mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Querido Dios, me iba a convertir en un desastre lloriqueando si esto continuaba. —Suelta —le supliqué, desesperada por detener esto.

—Pero… —Se interrumpió, todavía negándose a soltar mi mano. Su rostro palideció cuando se encontró con mi mirada. Finalmente, cerró los ojos y los abrió, diciendo—: Lo siento. No quise abrir una grieta en ese pequeño trozo de información.

Parecía tan destrozada como yo me sentía. Juro que si hubiera estallado a llorar en ese segundo, ella hubiera hecho lo mismo.

La fuerza de su empatía era dulce, pero demasiado para mí.

—Está bien —le aseguré, mientras tiré de mi mano, con la esperanza de liberarme de su agarre cálido—, pero tienes que dejarme ir.

Ella soltó una risa acuosa y desvió la mirada hacia el techo. —Dejarte ir — repitió como si la sugerencia fuera ridícula. Cuando se encontró con mi mirada, parecía completamente agitado—. Es más fácil decirlo que hacerlo, Campanita.

Sí, eso sí me confundió. Abrí la boca para preguntarle qué quería decir cuando Rechel salió del pasillo.

—No sé ustedes, pero a mí me gustaría salir de aquí ahora.

Quinn se levantó de su taburete. —Amén.

—Voy detrás de ti —dije. Tan pronto me liberé de Santana Lopez.

La miré expectante. No soltó mi mano, pero aflojó su agarre lo suficiente para tirar de ella yo misma, y aun así se aseguró de que sus dedos se deslizaran contra los míos todo el camino.

Me esperaba una especie de despedida de su parte, pero ni siquiera me dijo adiós. El triste anhelo en sus ojos marrones me dijo que no podía decir las palabras; la dolían demasiado. Estaba fuera de mi capacidad con este mujer, escondí mi rostro y me alejé, arrastrándome tras Rechel y Quinn. Cuando llegamos a la puerta, miré hacia atrás, y me sentí tanto inquieta como emocionada por encontrar su mirada todavía en mí.

Lucía inquieta, tanto como yo lo estaba.

El camino hacia el apartamento fue tranquilo y tenso. Tratando de hacerme lo más pequeña posible en el asiento trasero del Jeep, porque sabía que este tenía que ser el peor momento para que Rechel y Quinn tuvieran a un tercero, traté de no pensar en el compañero tatuado de Quinn.

Pero lo hice. ¿Por qué había estado tan intrigada acerca de mí? ¿Por qué yo también lo estuve? ¿Cómo me había descubierto tan fácilmente? ¿Por qué...?

Diablos, no importaba.

Las cosas habían cambiado mucho en los últimos meses. En septiembre,
si una chica me miraba, no hubiera pensando otra cosa que no fuera que ella creía que yo era fabulosa. No esperaría otra cosa. De hecho, le hubiera mostrado un poco más de piel solo para excitarla. Pero quedar embarazada y finalmente madurar un poco, había matado todo eso. Sabiendo que mi cara estaba hinchada, mi estómago tenía ciento catorce centímetros de diámetro y mi contoneo era cualquier cosa menos seductor, no tenía ni idea de lo que podría ser tan increíble sobre mí.

Pero como dije, no importaba.

Una vez que llegamos al apartamento, me quedé atrás mientras Quinn y Rechel entraban juntas. En el momento en que crucé la puerta principal, me alegré de que ya se habían ido a su habitación. No estaba segura de si tenía la fuerza para ver la lucha que ambas tenían que pasar para superar este bache en sus vidas.

Después de un baño rápido, me escondí en mi habitación y me metí en la cama. Pero a pesar de que la bebé se acomodó y no se movió más, no podía dormir.

Santana Lopez sabía de mí. Eso no me gustaba.


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Mensaje por Tati.94 el Sáb Dic 10, 2016 3:31 pm

Por fin tuvieron su encuentro, y britt también sintio algo por san alli
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Mensaje por JVM el Dom Dic 11, 2016 3:48 am

Demasiado buena San, esperó que Elaine reaccione y quiera a su hijo, sobretodo que no haya regresado a las drogas.
E irónicamente el día que se caso San conoce a su campanita.
Espero que se vuelvan a encontrar y que se vayan conociendo poco a poco
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Mensaje por micky morales el Dom Dic 11, 2016 6:26 am

que vida de m.... han llevado todas estas chicas, espero un nuevo encuentro entre ellas muy pronto!!!!
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