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[Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

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Finalizado [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 3:20 am

Sinopsis de Mándame al infierno, pero bésame:


[/url][/img]


Brittany pensaba que tenía su perfecta vida bajo control, pero estaba muy equivocada. Por culpa de su impredecible hermano se verá obligada a hacerse cargo de una empresa que está a punto de irse al traste y tendrá que lidiar con un grupo de peculiares camioneros comandados por una tal Santana López mejor conocida por su alias Satán.

Para el asombro de Brittany, la actitud chulesca y provocadora de esa chica la llevará sexualmente de cabeza y la arrastrará a situaciones de lo más embarazosas, ridículas e incluso no muy lícitas.

Y ella, para desconcierto de Satán, acabará perdiendo el control en más ocasiones de las que quisiera reconocer, haciendo que se cuestione incluso su brillante futuro.

La tensión sexual entre ellas es muy fuerte, pero Brittany es muy clasista y sus prejuicios le impiden entregarle su corazón. ¿Conseguirá Satán conquistarla en cuerpo y alma?
Pd. Gracias a las chicas como Micky Morales, Lu, Tati, JMV, Monica, que leen y comentan.... saben que esto esta dedicado para ustedes, espero que sea de su agrado....

Advertencia: ESTA ES UNA HISTORIA GP SANTANA, ES NOVELA ERÓTICA.... POR QUE SI NO LES GUSTA O LES INCOMODA LEEN BAJO SU PROPIA RESPONSABILIDAD..

SALUDOS...


Última edición por marthagr81@yahoo.es el Vie Jun 02, 2017 3:08 am, editado 16 veces
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 3:23 am

Prólogo
Marbella, 2005


Miraba su aparatito íntimo con resignación. Llevaba casi un año sin tener relaciones sexuales con ningún hombre desde que terminó su vínculo matrimonial con ese súper-mega-imbécil. Sí, porque eso es lo que era, una mala persona, una persona traicionera. Era un pérfido y vil Judas que le había hecho mucho daño. Es más, aún seguía haciéndoselo con solo acordarse de lo que pasó, porque es que todavía no era capaz ni de pronunciar su nombre, y así se dirigía a ese infiel que tuvo por marido. Lo llamaba: él.

Lo cierto es que no podía, ni quería, pronunciar ni pensar en su nombre.
Demasiado tenía ya con escuchar a su hermano comentar alguna situación graciosa que había vivido con su ex como si pensara que ella no tenía sentimientos, que no podía sentirse herida ni nada por el estilo. ¿Acaso pensaban todos que estaba esculpida en piedra? Pues no, no lo estaba, y quería gritarlo y que la oyeran hasta en la Polinesia.

Habían estado casados durante cinco años, y eso sin contar, claro está, los años que habían compartido como novios. Suspiró irritada. Demasiados.

Volvió a mirar el aparato que le servía de desahogo en las interminables noches de soledad desde su separación, con rebeldía. Al principio lo compró pensando que era preferible a volver a meter a un hombre en su cama, en su vida, pero a medida que fueron pasando los meses y su necesidad de sentir un orgasmo en condiciones, de sentirse plena, fue aumentando, ya no lo veía con tan buenos ojos. Se preguntó que por qué tenía que estar alejada del sexo. A ella le gustaba, es más, lo disfrutaba mucho, muchísimo. Jolines, le encantaba. Que ese imbécil la hubiese rechazado de la forma como lo hizo, no significaba que ella tuviese que guardarle luto o algo parecido. Después de todo a quien engañaron de la forma más ruin fue a ella misma. Apretó los dientes en un gesto de impotencia. Lo cierto es que el muy cretino no es que la hubiese rechazado, más bien la había estado utilizando como tapadera todos aquellos años. Y ella que nunca se había percatado de nada, sería tonta.

Eso es lo que más le había dolido. La había humillado tanto, se había sentido, y se sentía, tan miserable y estúpida por no haberlo visto venir, que a veces se odiaba por ello; es más, odiaba a todo el género masculino por ello.

Entrecerrando los ojos decidió que no era ella la estúpida; lo era él. Su
ex era un imbécil por no haber sabido ser sincero consigo mismo ni con
ella. Por haberla engañado todos esos años en los que pensó que su vida era perfecta, que su matrimonio era perfecto. Y era un egoísta y una mala persona por haberle causado tanto daño, por haberle roto el corazón como lo hizo.

Por eso había tomado una decisión. Una que pensaba llevar a cabo por
el resto de su vida. No volvería a permitir que le hicieran daño. Nunca,
nunca más se expondría como lo había hecho con él. Nunca nadie
conocería sus sentimientos, y si lograba no tenerlos, pues mejor que
mejor. Había sido demasiado duro porque, a pesar de lo que todos creían saber de ella, había sufrido enormemente con aquella traición.

Había sido tan doloroso conocer la verdad de la forma en que lo hizo, que era consciente que nunca podría sobreponerse a ello. Es más, aún estaba padeciendo lo indecible porque su familia simplemente se había limitado a darle una palmadita en la espalda, como si aquello no fuese tan malo, después de todo; manteniendo su amistad con él como si tal cosa, sin importarles el daño que le había causado; sin importarles que a ella aún le seguía provocando un daño enorme que se pronunciase su nombre en su presencia. Como si lo único importante en la vida fuera que nadie conociese el motivo real de su ruptura y así evitar los chismes sobre su familia, su poderosa familia. ¡Pues bien que le había servido a ella tanto poder! –pensó irónica.

Apretó los labios con furia porque estaba en el pleno convencimiento
de que nunca podría recuperarse de ese duro golpe, y se enojó todavía
más porque su familia no lo comprendiese y la compadeciese. ¡Se podrían ir todos a freír monas! Volvió a suspirar, esta vez con resignación. Así eran ellos: primero las apariencias, después se solucionaría todo lo demás, y era mejor no aparentar estar mal.
Pues ella no pensaba permitirlo.

Brittany se encargaría de buscar soluciones a los problemas, a sus
problemas, a todos. Y en ese momento su mayor apuro era aliviar su
acuciante necesidad, una penuria que no era afectiva.

Tragando saliva lentamente, se preguntó:

¿Entonces qué es lo que quieres?

—Sexo, eso es lo que quiero, la escasez de él me está matando. Daría lo
que fuera porque un hombre me tomara y me empotrara contra una pared de forma animal.
Metió el consolador con forma de pintalabios, obsequio de una de sus
mejores amigas, la única que sabía la verdadera razón de su separación, en su estuche; y después se dirigió al chifonier color melocotón y estilo victoriano que adornaba su dormitorio, con decisión. Aquel mueble era un punto divergente en su habitación, decorada al más puro estilo minimalista. Había sido la única concesión de él en cuanto a la decoración del dormitorio que ambos compartían, y Brittany estaba orgullosa de su triunfo, por eso guardaba sus cosas más preciadas dentro de ese enser. Y lo adoraba.

Era consciente que tenía que haberlo visto venir, pero estaba tan
enamorada de Blaine que jamás hubiese imaginado que era homosexual, mucho menos que mantenía una doble vida. Y que esa doble manera de vivir le afectaría directamente a ella. ¡Cabrón!

Intentando ignorar esos pensamientos, tomó el mando del iPod y puso
su canción favorita, Fever, procurando que la sensual música penetrase
por cada poro de su piel. Aunque si encima de que estaba que se subía por las paredes de las ganas que tenía de echar un buen polvo, oía dicha melodía, sería capaz de llamar a Telepizza y tirarse al enclenque pizzero cuando viniese a traer el pedido.

—Vamos, Brittany —se animó mientras se movía de forma pausada, con elegantes movimientos al compás de la música–, tú eres una mujer
decidida, valiente, así que tienes que ir directamente a por lo que quieres, y lo que quieres está claro.

A continuación, abrió el último cajón sin dejar de tararear la melodía,
donde guardaba aquellas prendas que se había comprado para tener una noche de lujuria y desenfreno con el que fuera su marido. Ilusa. Noche que sin duda hubiese tenido si no hubiera descubierto su jueguecito y que, por algún motivo, que en ese instante no lograba recordar, había pensado que nunca tendría con otro.

¡Menos mal que no las tiré a la basura presa de la rabia o se las regalé a Piluca!

Rebuscó entre las prendas un poco hasta que encontró lo que buscaba.
—¡Aquí están! —exclamó feliz.

Sacó del cajón un pequeño cofrecito plateado y lo abrió. La verdad es
que aquellas prendas le habían costado una fortuna. Sonrió al ver el
delicado tanga de encaje negro abierto por la parte de la vagina y se sintió enloquecer. Desde hacía unas semanas, la necesidad de practicar sexo había hecho presa de ella, y esa noche no pensaba quedarse con las ganas de un buen revolcón. Seguramente se debía a que ya había superado aquella traición, al menos en lo referente a desear estar con otro hombre.

Y si no era por eso..., se encogió de hombros, para qué buscar respuestas; el caso es que tenía ganas de tener una buena experiencia carnal que la ayudara a deshacerse de sus fantasmas.

Un hombre, eso es lo que necesito, refunfuñó, sí, eso exactamente,
precisamente lo que no era mi ex.

Ya estaba un poco cansada del pintalabios; es cierto que habían pasado
buenos momentos juntos pero, ¡leches!, necesitaba el contacto humano,
por lo que decidió acudir a la fiesta que su hermano había organizado en el chalet que sus padres tenían en la costa marbellí. La guarida se llamaba la finca y, Sam, aprovechando que estos estaban en Bali, había decidido montarse un fiestón. Según su hermano, había invitado a mucha gente, la mayoría de fuera de su círculo social, para poder divertirse a gusto y que nadie le fuera con el cuento a su estricta y dominanta progenitora.

Así que Brittany había decidido acudir a aquella fiesta donde no había sido invitada porque seguramente no conocería a la gran mayoría de los que sí lo estaban, por lo que podría actuar con libertad, sin tener que dar muchas explicaciones de lo que tenía planeado hacer: elegiría a un tío que estuviera cañón, y si todo pintaba bien, se lo llevaría a un hotel, pasaría una noche de súper buen y abundante sexo, o eso esperaba, y al otro día, ¡adiós, muy buenas! Sí, eso es lo que haría; por todos sus bolsos que nadie se lo iba a impedir.

Se quitaría el mono y no comprometería su corazón. No habría
llamadas, ni mensajes, ni quedadas posteriores. Sería un rollo y punto.

Actuaría como lo hacían muchos hombres, buscando sexo sin más.
Sonrió triunfal.

Tomando aquel tanga, con una sonrisa de anticipación, se dispuso a
ponérselo mientras oía las últimas notas de aquella sensual canción, por lo que corrió a ponerla de nuevo. Le encantaba, y oírla la hacía sentir poderosa. Acababa de ungirse el cuerpo con su crema preferida de Kenzoki, aquella que olía a bambú, después de haberse dado un relajante baño con sales. Lo cierto es que se estaba preparando a conciencia, y se excitaba solo de pensar que fuera capaz de tirarse a un desconocido.

Me he vuelto una chica mala, malota.

A continuación, tomó unas medias de seda negra con encaje en la parte
superior y que se ajustaban a sus muslos sin presionar demasiado, y se las puso; le siguió un sujetador de esos que dejaban los pezones al aire y que iba a juego con el tanga. Todo el conjunto era negro y demasiado
provocador, demasiado erótico. Ainss, sí –se dijo– erotismo, sexo y mucha marcha es lo que me pide el cuerpo esta noche. Sonriendo, se observó en el espejo de cuerpo entero y sintió el calentón cuando vio la abertura de su vagina, completamente rasurada, por la tela inferior que le faltaba al erótico tanga.

Se sentía perversa, malvada y lujuriosa.

Ahora coronaría su indumentaria con un entallado vestido abotonado
por la parte delantera, negro también porque ese color era elegante y sexy, hasta la rodilla, sin mangas, y unos tacones de infarto, de esos con
plataforma que había puesto de moda doña Letizia. Se soltó el abundante pelo castaño claro hasta los hombros, y se pintó los labios de rojo. Esa noche iba pidiendo guerra y quería que el mundo lo supiera. No quería que nadie albergara dudas acerca de sus intenciones.

Se miró una vez más y se detuvo al darse cuenta de un detalle.

Un momento, se abrió otro botón de la pechera y se guiñó un ojo. Ahora
sí.

—Perfecta. Bien —cuadró los hombros—, allá voy.

Tomó su bolso y se marchó en dirección a aquella fiesta, presa de la
anticipación.

Soy una mujer que sabe lo que quiere y va a por ello.
***

Llevaba un rato interminable allí, junto a la mesa donde se servían las
bebidas, observando a la marabunta que se había juntado en casa de sus padres con cara de querer matar a alguien. Concretamente a Sam, su hermano. Si mi madre se entera de esto, lo mata, se dijo. Lo cierto es que Sam se había pasado tres pueblos, se había súper pasado. Había montado una bacanal.

Aquello estaba fuera de control y esa gente era de lo más ordinaria. Nunca, nunca se había relacionado, fuera de lo estrictamente necesario, claro, con ese tipo de personas. Y para una vez que decidía hacerlo se encontraba con... Es que eran, eran...

Justo lo que necesitas: un hombre guapo, ordinario y que te eche un buen polvo. Y que no lo vuelvas a
ver, eso es lo más importante.

Se tomó la copa de un trago, sin respirar, esperando que quien quiera que fuese el elegido, al menos no tuviera piojos.

No pudo evitar observar que había botellas tiradas por el cuidado
jardín, gente vestida metida en la piscina, parejas pegándose el lote por
diferentes lugares del enorme chalet sin ningún pudor, personas gritando a pleno pulmón y diciendo soeces... Se sintió un poco inquieta y pensó que vaya su mala suerte, porque después de haber estado casi un año encerrada, sin ganas de hacer otra cosa que trabajar o ir al cine, había decidido hacer su primera salida a una de las bacanales de su hermano.

Se le acercó una chica y le ofreció un porro. Brittany estuvo a punto de
rechazarlo y echarla de su casa, pero se lo pensó mejor y decidió que
nunca más volvería a estar entre esa gente, así que: ¿Por qué no?

Sonriendo, lo cogió y le dio una enorme calada que la hizo marearse un
poco, para después volver a darle otra.

—¡Eh, colega, ve con cuidado que es un porro de coca!

—No me digas —le dijo volviendo a dar otra fuerte calada.

La chica se lo quitó sonriendo y le dijo que tuviera cuidado que estaba
aliñado con algo más que el polvo blanco, y se alejó de allí gritándole a
alguien que se había colado una pija inocentona en la fiesta y que
esperaría para ver cómo acababa.

A Brittany le molestó un poco que la llamara de esa forma, pero decidió
no darle importancia. Era la primera vez que fumaba droga, la primera
vez que se acostaría con un desconocido. Se sintió un poco mareada, pero muy bien. Es más, se sentía genial, eufórica, como si pudiera con el
mundo a pesar de que no le gustaban aquellas personas.

—No me importa, es mejor así —se dijo con una seguridad de la que
normalmente no hacía gala—. No conozco a esta gente. Y no voy a
marcharme si no es acompañada. He tomado mi decisión.

Cogió otra copa y se la tomó de nuevo del tirón, sin apenas respirar.
Sabía que se estaba emborrachando pero no le importaba, se sentía muy bien. Y fue a por otra, pero esta vez decidió tomársela más despacio; justo en el momento en que daba un nuevo sorbo a su gin-tonic condimentado con fresas y vainilla, alguien la empujó provocando que se manchara la barbilla y la pechera del vestido. ¡Jolines!

—Perdona, tía —se disculpó otra rubia que iba de alcohol hasta las cejas y sin ningún remordimiento—, ha sido sin querer —le dijo con cara de: me importa un pimiento, y marchándose de allí carcajeándose.

Brittany la observó marcharse apretando los labios. ¿Aquella poca cosa se había reído de ella? Se sintió impotente. Le hubiera gustado tirarle el resto de la bebida sobre aquel pelo oxigenado a lo barato y quedarse a observar si tenía ganas de reírse después de eso. Pero no lo hizo, mantuvo el tipo, después de todo aquella chica tenía toda la pinta de ser una barriobajera, y ella no iba a rebajarse a armar una pelea con alguien de su calaña. Sobre todo si temía que la cogiera de los pelos, que seguramente es lo que la otra haría si ella la encaraba; pudiera ser que fuera puesta, pero no había perdido completamente la cabeza. Simplemente se calló, mirándose con rabia el estropicio que la otra le había causado, molesta al ser consciente de que ahora olería a alcohol. ¡Con lo que se había esmerado en su olor corporal para esa noche!

—Estupendo —murmuró mientras se miraba el escote todo mojado.

—Lo siento —se disculpó alguien con la voz completamente embotada
por el alcohol o algo más, y a quien ella no miraba porque estaba
decidiendo si aquel incidente le había estropeado la noche y acababa
marchándose de allí, o por el contrario pasaba de todo, buscaba un tío y se lo tiraba en su propia casa

—. Déjame ayudarte, al fin y al cabo ha sido mi amiga quien ha provocado esto.

Aquella chica se dispuso a limpiarle el escote con toda la confianza del
mundo, por lo que Brittany hizo el intento apartarse antes de levantar la vista hacia ella. Una cosa era que anduviera buscando un amante puntual, otra que cualquiera le pusiera las manos encima sin ningún respeto, y sin que ella lo hubiera decidido todavía.

—¿Qué haces? —le preguntó indignada mientras alzaba la vista a la vez
que conseguía que la chica le soltará el vestido de un manotazo.

Y mejor que no lo hubiese hecho porque se quedó ¡ploff!
¡Por las bragas de Mafalda! ¿Quién era esa? Se quedó sin respiración
cuando por fin pudo ver a su samaritana indeseada. ¡Toooma! ¿De dónde había salido esa morena que no la había visto en toda la noche?

Brittany era bisexual de closet, siempre se había comportado como heterosexual, mas aun en tener tantas esperanzas en su matrimonio, y al enterarse que su esposo era Gay, enterró mas aun sus gustos hacia las mujeres. Pero no podría aguantar por mucho mas.

Se fijó en sus vaqueros, su camiseta de una concentración motera, un poco desgastada, eso sí, y sus tenis de mercadillo. Demasiado normal,
demasiada ordinaria, demasiada… pobre. Desde luego que no presentaba el aspecto que solían mostrar sus amistades, sus amigos que cuidaban con esmero su aspecto, su peinado, su piel, pero… ¡Jolín, estaba cañón! Para quedarse todo el día mirándola y mucho más. O al menos eso parecía, porque algo le ocurría que no podía enfocar la vista demasiado bien. Pero estaba segura de que estaba buena, mucho.

Brittany se dio cuenta de que era un poco mas baja, porque ella también medía lo suyo, y con los altísimos tacones que llevaba, aún más. Se sorprendió al darse cuenta de que le gustaba, vaya si le gustaba. Y decidió que, después de todo, no había sido tan mala idea acercarse a la fiesta de Sam.

Le dedicó una brillante y coqueta sonrisa, una de esas que las busca sexo solían entender. Después de todo había encontrado lo que había ido a buscar. Ese sería no su hombre sino su victima de la noche. Era la elegida para pasar una desenfrenada noche. Ya le picaban las manos por las ganas de tocarla. Lo tuvo claro en cuanto la escuchó hablar. Se acostaría con ella, aunque era consciente de que tendría que ser ella la que pagase el hotel.

Esta no tiene pinta de gastarse dinero en coger una habitación para pasar la noche con una mujer.

A Brittany no le importó. En ese instante solo estaba segura de una cosa: quería sexo y si esa buena ejemplar femenino se lo proporcionaba, le estaría más que agradecida. Estaba dispuesta incluso a pagar por ello. Exactamente, pagaría, así sentiría que no le debía nada.

Ya empezaba a sentir la urgencia nacer en su entrepierna.

¡Ainsssss que nervios, ya quería marcharse con ella!

—Emmm…

Parecía que ella quería decirle algo.

—¿Sííí? —le preguntó insinuante y medio colocada.

Esta sonrió, incómoda, y le señaló el escote intentando no mantener la
vista clavada, en el mismo, mucho tiempo. Ella no entendió. ¿Qué quería decirle? Estaba demasiado desorientada como para entender ningún gesto.

La chica, viendo que ella no le hacía caso, se encogió de hombros y lo intentó de otra forma más directa. Se señaló su camiseta y la miró picarona.

—¿Qué haces? —le preguntó con voz sensual, sorprendida pero sonriente.

—Me estás obsequiando con una visión imponente de tus pezones, y
creí que sería correcto hacértelo saber, aunque yo salga perdiendo.

Brittany se miró el vestido abriendo mucho los ojos y corrió a cerrárselo abochornada. ¡Ostras! Se le habían soltado los botones hasta la cintura y este le había visto los senos debido a la escasa tela del sujetador. Y encima sus pezones estaban erectos, consecuencia de lo extremadamente caliente y abotargada que se sentía. Volviendo la vista de nuevo hacia la chica se encogió de hombros con una sonrisa.

Piensa algo qué decir para no parecer una pija tonta, se dijo. Lo mejor sería actuar como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—Parece que vas preparada para pasarlo en grande —dijo su Afrodita
mientras le sonreía sin apartar la mirada de sus labios.

—Espero tener una buena noche.

Audaz, tengo que ser audaz si quiero llevármela a la cama y, claro que
quiero.

Esta la miró alzando sus pobladas cejas y sonriendo aún más; y Brittany pudo percibir la exageradamente blanca dentadura en aquella enorme y carnosa boca.

—¿Tu novio está por aquí? —le preguntó aquella morenaza como al
descuido.

—No, no ha venido esta noche —no pensaba decirle que andaba
desesperada buscando compañía masculina, era mejor que lo intuyera, y si no lo había hecho ya, entonces, entonces...

—Qué lástima.

Al decir esto la miró sonriente por encima del borde de su tubo y Brittany no pudo evitar devolverle la sonrisa. La química entre ambas era palpable y ella podía sentirlo, por lo que se volvió más osada. Era consciente de que ambas buscaban lo mismo: sexo. Al igual que se notaba a legua que se gustaban. ¿Por qué no, entonces? Si no la volvería a ver...

—¿Tu novia o novio ha venido contigo?

—No mi novia, no ha venido esta noche.

La chica volvió a sonreír.

—Vaya —dijo pasándose la lengua por los labios de forma negligente
—, una verdadera pena.


Si Brittany hubiera podido verse a través de un espejo, se hubiera
horrorizado con su aspecto. Tenía los ojos vidriosos debido a lo que
quiera que hubiese fumado, y la mezcla con las copas que había tomado
no la ayudaba mucho. Estaba colocada, mucho. Sobre todo teniendo en
cuenta que ella nunca había fumado, ni siquiera tabaco, y no solía beber
bebidas blancas.

—No en este momento —A Brittany el calor la estaba sofocando—.
¿Conoces a Sam?

—No —mintió.

Mejor que no supiera que era la hermana del organizador de aquel desenfreno

—He venido porque una amiga me pidió que la acompañara.

—Pues no debe ser tan buena amiga —la señaló. Se había dado cuenta
de que mentía—. Te he estado observando desde hace rato y no te he visto con nadie.

Le quitó la copa que ella tenía de las manos y puso los labios en el
mismo lugar donde ella antes había posado los suyos. Por lo visto su
brebaje parecía gustarle más. Y bebió sin dejar de mirarla. Al parecer su apuesta desconocida había decidido que le gustaba más la bebida de ella.

—Tu amiga parece ser muy escurridiza.

Aquella sonrisa de nuevo. Vamos mujer, ve a por ella, te lo está poniendo
en bandeja.

—En realidad he venido sola.

—Y con ganas de guerra...

Brittany arqueó una ceja y la animó a que continuara, con mirada
seductora.

—No has dejado de mirar y evaluar a cuanto hombre se ponía al alcance de tu vista.

Intentó parecer escandalizada porque ella fuera tan directa, pero pensó
que no tenía importancia, después de todo, solo la vería esa noche así que no le importaba lo que pudiese pensar de ella. Lo único importante era que la tendría.

—Ando buscando algo —le dijo metiendo la punta de su dedo índice en
la copa de ella y llevándosela descaradamente a los labios.

Soy mala, muy mala.

La morena la miró entrecerrando los ojos, de forma ardiente.

—Tú estás jugando con fuego —lo dijo mirándola de forma abrasadora
—, y puedes provocar tal volcán que no habrá quién lo detenga.

—Tal vez es lo que he estado intentando hacer desde que te he visto.

La morena suspiró sonriente, dejó su copa en la mesa y la miró.

—Luego no quiero arrepentimientos, no sabes, las apariencias engañan.

La tomó de la mano y se la llevó la morena sin saberlo, escaleras arriba a la buhardilla donde había jugado desde niña. Olía a alcohol pero a Brittany no le importó. Estaba que se quemaba, y era por esa morena, su sangre parecía la lava de un volcán a punto de estallar. Se quemaba viva de las ganas de acostarse con esa morena. Era excitante verse arrastrada por una desconocida por su propia casa sin que esta supiera quién era ella. Soltó una risita pensando en lo que su morenaza hubiese hecho de saber que era la hermana de su anfitrión.

Ay, no, mejor que no se entere por si se detiene, se dijo.

Se dejó guiar porque estaba tan caliente y necesitada, que su consolador esa noche podía terminar derritiéndose dentro de su cuerpo si volvía a utilizarlo.

En cuanto llegaron arriba, la morena cerró la enorme puerta de madera y la apoyó contra ella. Estaban a oscuras, pero no importaba. Brittany sabía lo que quería, lo que había ido a buscar, y lo que, afortunadamente, iba a encontrar. Solo esperaba que durara toda la noche.

—¿Esto es lo que estás buscando? —le preguntó la morena junto a su
oído mientras le abría el vestido de un tirón y empezaba a acariciarle los muslos en dirección a su trasero.

—Aún no me decido, tendrás que ser más persuasiva —la animó con
anhelo.

La morena le acarició el trasero con frenesí, apretando sus nalgas de forma incontrolada, acariciándola después.

—Me tienes completamente cachonda.

Ella no le contestó, pero soltó un gemido tan esclarecedor que cualquiera hubiese entendido y disfrutado. Necesitaba el contacto físico, por lo que metió las manos por debajo de la camiseta de esta y empezó a acariciarle la espalda, sorprendida porque estuviese tan bien formada, tan definida. La ayudó a quitarse la camiseta y la tiraron, con descuido, en alguna parte. No sabía dónde, pero no le importaba.

—Vaya —susurró contra su cuello mientras le metía los dedos en sus
partes íntimas—, es cierto que vienes preparada para esto. Me encanta este tanga.

Automáticamente se agachó entre sus piernas y tomándola fuertemente por el trasero desnudo metió la lengua en su vagina por la abertura de la tela, y empezó a lamerla de forma enloquecedora. Brittany se agarraba como podía a la abundante cabellera de ella, la tenía demasiado larga, más incluso que ella, a la vez que inclinaba su pelvis un poco hacia adelante para dejarle espacio. La sensación de llevar puesta la ropa interior pero que estuviera justamente abierta por ese sitio para permitirle el acceso a su amante a sus partes, la tenía fuera de control. No podía evitar moverse de forma lujuriosa con cada lametazo que le dedicaba con maestría.

—Ven —le suplicó ella tirando del pelo de esta para llevarla hasta sus
pechos descubiertos en la copa gracias al sugerente sujetador.

—Que nunca nadie me diga que no hago caso a una tía, soy una puta
Calzonazos y tengo que decirte desde ya que si buscabas un hombre, bueno me encontraste a mi pero tengo entre mis piernas lo que necesitas, soy intersexual, tengo un pene y se como usarlo. .

Ella sonrió ante aquellas palabras y se mordió el labio, ahogando un
gritito de satisfacción cuando la morena empezó a succionarle los pezones, mordisqueándolos, acariciándolos y estrujándolos después, como antes había hecho con su trasero.

—Dame tu mano —puso la cuidada mano de Brittany en su entrepierna, obligándola a notar su exagerada erección—, ¿sientes cómo me tienes? No pienso soltarte en toda la noche. Soy la puta ama entre las piernas de cualquier tía, no necesito ponerme en la polla el polvito blanco para aguantar toda la noche, aunque sí es cierto que me lo he metido en abundancia.

A ella no le importó lo que le decía, estaba fuera de sí, no le importaban
muchas cosas esa noche, o mejor dicho ninguna, solo quería sexo, sexo y sexo.

—Mmm...

Brittany estaba exultante. Aquella verga estaba en su máximo estado de
excitación por ella. Aquello la enloqueció. La morena le cogió la nuca con ambas manos y la besó con pasión en los labios, abriéndolos para introducirse lo más profundo que pudo dentro de ella, a la vez que empujaba sus caderas contra las de Brittany, urgiéndola a seguirla con el movimiento.

—Desabróchame el pantalón y métemela dentro de ti —le ordenó con
una voz contenida por el deseo—, voy a explotar en cualquier momento como sigas gimiendo de esa forma.

—¿Cómo? —Se sentía perversa, sobre todo porque no se conocían,
porque nunca más volverían a verse—. ¿Así? —Y volvió a gemir y la morena la apretó aún más contra su cuerpo, provocando estremecimientos en Brittany al sentir sus pechos desnudos, su vientre, rozarse contra el cuerpo de esta.

Ella le desabotonó los vaqueros, siguiendo sus instrucciones, y los
abrió lo suficiente como para sacar su henchido pene de los ajustados
bóxers de compresión y llevarlos hasta el borde de su vagina, donde lo introdujo con un gemido de satisfacción.

—Me vas a matar.

—Mmm, ¿te gusta esto? —le preguntó Brittany de forma sugerente
mientras gemía una y otra vez.

La morena le dio un mordisco en el pecho para obligarla a ralentizar el
movimiento, porque estaba segura de que se correría dentro de ella, y no quería hacerlo. Usaría la marcha atrás, ya que no le había preguntado si tomaba la píldora, y ella apenas tenía dinero para comer, mucho menos para condones.

Un poco más, solo un poco más…

Justo en el momento en el que había pensado apartarse de ella, Brittany se convulsionó debido a que había llegado al ansiado orgasmo, aprisionándola contra ella con sus esbeltas y torneadas piernas, provocando que no pudiera contenerse un segundo más, y se dejara ir dentro de aquella avasalladora mujer, extasiada y contrariada.

—Maravilloso —le agradeció con los ojos cerrados, deleitándose con
las sensaciones—. No imaginas cuánto necesitaba esto.

La morena la miró, con el corazón desbocado debido a la experiencia que acababan de vivir, y exhausta. Apoyó su frente en la de ella, satisfecha, y un poco molesta por haberse dejado llevar, ya que se cuidaba de no dejar embarazos no deseados por ahí; más de una intentaba pillarla desde hacía tiempo.

—Podemos repetirlo —le propuso de forma seductora—, sobre una
cama esta vez. ¿Tomas la píldora?

—No —contestó Brittany—, pero había pensado tomarme la del día
después. No me gustan los preservativos.

—De acuerdo. —La morena decidió que debería fiarse de ella puesto que no quería dejarla marchar aún.

—¿Has pensado en algo? —Brittany pudo percibir la expectación en su
propia voz.

—La habitación de la hermana de Sam está desocupada —la informó
mientras ella aguantaba una sonrisa—, esa pija nunca viene a estas fiestas, somos demasiado del pueblo para relacionarse con nosotros.

—Debe ser una persona horrible. —Si la morena supiera quién era ella... Brittany estaba pasándoselo en grande, le gustaba interpretar el papel de una desconocida, y así se aseguraba de que nunca supiera quién era ella.

—No lo sé. La verdad es que no la conocemos, ni falta que hace. — La morena seguía acariciándole los pechos, era como si no pudiese dejar de hacerlo

—. Vamos, tengo que follarte otra vez, y con urgencia.

Justo cuando se apartaba de ella para ayudarla a adecentarse un poco e
ir a la habitación para pasar una buena noche, se formó el caos.

—¡Abre la jodida puerta! —Una tía gritaba desde el otro lado y ambas
se sobresaltaron—. ¡Sé que estás ahí! ¡Abre, maldita cabrona! ¡Cuando te pille no te van a quedar ganas de follarte a zorras desesperadas!

—¡Mierda!

—¿Quién es? —preguntó Brittany mientras se abotonaba el vestido e intuía que ella hacía lo propio con su ropa. ¡Ay, Dios! Aquella gente vulgar la iba a meter en un problema. Después de todo no debería haber ido a la fiesta.

—¡Sé que estás ahí con esa guarra! —seguía gritando a través de la
puerta—. Os han visto venir hacia aquí a pegaros el lote.

—Mi novia —le dijo sin remordimientos y con cara de disculpa mientras se sentaba en el suelo y cerraba los ojos, completamente drogada

—. Al parecer, sí que ha venido a la fiesta.

—¡Abre!

Sintieron cómo la otra chillaba llorando mientras pateaba la puerta, al
mismo tiempo que alguien, gracias a Dios, pensó Brittany, intentaba calmarla y llevársela de allí.

—¿Me hará algo? —le preguntó un poco asustada.

La morena sonrió como si todo aquello le pareciera gracioso.

—Dani solo es un poco escandalosa, nada más.

La ayudó a tomar asiento junto a ella en el suelo de la buhardilla.

—Dijiste que tu novia no había venido —le reprochó Brittany pensando que probablemente iba a perderse una noche de sexo espectacular.

Otro golpe, esta vez con menos energía.
—Al parecer lo ha hecho. Pero no te preocupes, en un rato se cansará de gritar y se marchará. Después continuaremos con lo nuestro —dijo como si fuese lo más natural del mundo a la vez que le acariciaba el rostro—. Me encantas.

—Debes de ser toda una mujeriega si estás acostumbrada a estas
escenas.

A pesar de que, con ese simple roce, ella volvió a sentir la necesidad de tocar y ser tocada, en su voz se podía percibir la censura y a la morena pareció molestarle, porque no le contestó. Retiró la mano en un gesto de fastidio y la miró en silencio. Al cabo de pocos segundos la ojeó de nuevo de esa forma tan perturbadora.

—Si no lo fuera, tú no estarías aquí, gatita.

¡Será estúpida!

—Pues a lo mejor no debo estar aquí.

Brittany no sabía por qué, pero estaba molesta, a pesar de ser consciente de que ella misma había decidido marcharse con esa morena sin importarle si estaba casada o tenía novia. Para ser sincera, tenía que reconocer que estaba irritada, y pensó que tal vez se lo debía al hecho de pensar que, no hacía tanto, ella estuvo en el mismo lugar
en el que ahora se encontraba la tal Dani. No le gustó, nada, ni un poquito. Era duro descubrir que tu pareja era capaz de serte infiel con cualquiera.

Aunque claro, el amante de Blaine había sido un chico y encima de su
propia sangre. Se levantó con ímpetu pero la morena la agarró de la muñeca, con demasiada fuerza, y la obligó a sentarse de nuevo.

—Espera que se marche —la aconsejó—, ¿o quieres encontrarte con
ella y que te patee a ti en vez de a la puerta?

Al decirle esto soltó una carcajada como si aquello fuera un chiste.
La naturalidad con la que dijo aquello y su forma de mirarla le dio a
entender a Brittany que aquello sería lo más probable que ocurriese. Y su rollito de esa noche estaba colocado, mucho, con lo cual, la otra también estaría igual. Como ella misma, que apenas podía enfocar bien la mirada. Por lo que se acomodó en su asiento sin echarle un nuevo vistazo, evitando tocarla.

Decidió que ya había tenido su gran experiencia; había conseguido su desahogo puntual, y lo más sensato sería retirarse de la forma más digna posible, evitando armar una buena en su propia casa, que diera lugar a que Sam o cualquier otro tuviese que intervenir y que todos
fueran conocedores de su desesperación. Ahora bien, una cosa tenía clara, no quería volver a tener contacto con un hombre tan parecido a su ex.

Apretó los dientes e hizo un enorme esfuerzo en no volver a mirar
aquellos incandescentes ojos oscuros. Menos mal que aquella tía se lo puso fácil no intentando acercarse a ella de nuevo. Cualquiera diría que estaba dormida al verla con la espalda apoyada contra la pared y los ojos cerrados, en un estado de total relax.

Al cabo de un buen rato, en el que ambas permanecieron en silencio, tal
vez porque ella pasaba de ella y Brittany estaba como enajenada a causa de lo que había tomado y fumado esa noche; los golpes cesaron y el llanto y las voces se fueron apagando, perdiéndose a lo lejos. Fue en ese momento en que Brittany decidió que ya era suficiente.

No estaba dispuesta a aguantar a otro indeseable, ni siquiera por la
noche de sexo que tanto necesitaba; ni por alguien que la había hecho
derretirse por completo. Pues no, no iba a hacerlo.

Así que se levantó sin mirarla y abrió lentamente la puerta para
marcharse, eso sí, antes de salir le echó una última mirada y no pudo
evitar soltar un grito de indignación cuando vio que este estaba
profundamente dormida. La muy sinvergüenza se había dormido en los
minutos que habían estado esperando a que su novia se fuese de allí, por eso no la había vuelto a molestar. Sin poder contenerse, le dio una fuerte patada en la espinilla y salió corriendo cuando la escuchó soltar un juramento y llamarla guarra. No pensaba volver la vista atrás, ya había conseguido lo que quería, así que ahora se alejaría de allí todo lo posible antes de que se metiera en un problema con la novia de esta. Además, la morena tampoco merecía su consideración, después de todo, era una mujeriega sin escrúpulos. Mira que acostarse con ella estando la novia en la misma fiesta y luego... luego... quedarse dormida como si nada.

¡La habría matado!

A partir de esa noche, ella sería diferente. No serían los hombres o mujeres quienes la utilizarían a ella, sino todo lo contrario. Blaine la había engañado durante años, habían sido novios desde el instituto, fue su primer amor. Habían estudiado juntos en la universidad, e incluso se habían marchado juntos un año a Estados Unidos a aprender inglés para, a su regreso, casarse. Y lo habían hecho, sí. Una boda por todo lo alto, con cientos de invitados, con un menú espectacular; la boda de sus sueños con el hombre de sus sueños. Y Brittany adoraba a Blaine, pero
Blaine adoraba a Kurt, el primo de Brittany, y eso fue lo que ella descubrió una noche, sin esperarlo: que ambos hombres eran amantes, en su propia casa, y en su propia cama. Y ahora que se acostaba con una desconocida porque sí, este iba y se dormía. ¿Tan poco valor le daban los hombres y las mujeres?

Llegó a su coche echando fuego por la boca. Buscó la llave pero no podía cogerla, las manos parecían tener vida propia y no pensaban obedecer sus órdenes.

—¿Tan mal estoy? Bueno, mejor pido un taxi.

A partir de esa noche todo iba a cambiar.__
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 6:16 am

Capítulo 1
Algeciras, 2013


Otra vez se veía obligada a dejarlo todo para acudir a auxiliar al cabeza hueca de su hermano. Estaba más que harta de tener que hacerle de niñera a Sam. Él, que nunca se preocupaba por nada más que de sí mismo, sus juergas y sus amiguitas, no dejaba de interferir en su vida y sus planes, fueran cuales fueran, con sus continuos accidentes. Estaba jugando un torneo de pádel con sus amigas y ese nuevo profesor alemán que les quitaba el sentido, en Sotogrande, cuando la llamaron para que acudiera urgentemente al hospital Punta de Europa, donde su hermano se encontraba ingresado debido a un accidente con la moto.

¡Con la maldita moto! Como no podía ser de otro modo, lo dejó todo y salió corriendo a su encuentro, temiéndose lo peor.

Si ya lo había visto venir cuando le dio por hacerse motero. Al muy estúpido, no se le daban bien los deportes de riesgo, y una moto no era ninguna tontería. Podría haberse matado. Hacía menos de seis meses que se había sacado el carné y ahí estaba, accidentado. Tal y como ella había predicho. Tenía ganas de estrangularlo con sus propias manos por ser tan inconsciente. Y encima ingresaba en un hospital público teniendo la clínica Quirón al lado. Un imbécil, lo que ella decía.

Suspiró frustrada mientras entraba en el viejo y destartalado ascensor que la llevaría a la planta de trauma, donde estaba ingresado. Ni siquiera había parado a cambiarse de ropa cuando se enteró de lo del percance.

Simplemente había guardado su carísima, y de color rosa, pala valior en su mochila para pádel, a juego con esta, y corrió en dirección a su mini descapotable para ponerse en camino, dirección a ese viejo y  tercermundista hospital. El cual estaba resultando aún peor que en sus peores pesadillas.

Hizo un gesto desagradable cuando el ascensor se detuvo en la primera planta para que entrara un montón de gente que no dejaba de reírse y hablar escandalosamente, y tuvo dolor de oídos. Apretó los labios, deseosa de llegar cuanto antes a su piso. Uno de los hombres del grupo la miró con intención, haciéndole un repaso sin ningún escrúpulo, y tuvo ganas de arrearle un guantazo. ¿Acaso creía un tipo como aquel que alguien como ella se rebajaría a sonreírle siquiera?

Iluso.

Lo ignoró, e hizo todo lo posible para que este percibiera su desagrado; y, en cuanto se paró el ascensor en la segunda planta, salió todo lo rápido de lo que fue capaz, sin decir adiós a los ocupantes de aquel espacio.

Se detuvo en la puerta que daba acceso a la zona de traumatología y se dio cuenta de que no sabía adónde debía ir. Se amonestó por tonta. ¿Y ahora qué? Ese estúpido de Sam no le había dicho el número de habitación, tan solo se había limitado a informarla de lo que le había ocurrido, suplicándole que acudiera a visitarlo sin decirle nada a sus padres.

Y yo siempre salgo corriendo a sus llamadas.

Apretando los dientes, se dirigió hacia el puesto de enfermeras.

—Disculpe, —le dijo a la mujer que estaba ojeando lo que debían ser unos informes médicos.

Esperó unos segundos, al parecer esta no la había oído.

—Señora —la volvió a llamar impaciente. Nada.

¿La estaba ignorando?

Estaba punto de aflorar su mala leche de un momento a otro. Pensó que de haber sido un hospital privado, le hubiesen contestado a la primera y con una agradable, pero claro, con los funcionarios habíamos topado.

Eran la lacra del país.

—¿Podría atenderme un momento? —le preguntó alzando la voz.

La otra la miró con un mal gesto.

—La he oído a la primera —contestó molesta—, pero estoy ocupada ahora mismo y me está distrayendo.

Brittany la miró alzando su ceja izquierda en un gesto de incredulidad. Si hubiera podido le hubiera dicho lo que pensaba realmente de la gente que trabajaba para el sector público: unos vagos totales. Si hubiera podido, claro. Teniendo en cuenta que su hermano estaba ingresado en dicho centro sanitario, sería mejor que cerrase la boca.

Así que aguardó, cada  vez más enojada, a que dicha persona considerase que ya había esperado lo suficiente.

Al cabo de unos minutos, los cuales le parecieron horas, la enfermera apuntó algo en una libreta y volvió a dejar los papeles en una bandejita que había sobre el mostrador. Cuando hubo terminado se dirigió a ella, que estaba que echaba humo por haberla dejado esperando tanto tiempo, y le habló.

—Dígame.

Contrólate.


—¿Podría decirme el número de habitación de Don Samuel Pierce?

Su tono era demasiado desagradable y a la mujer no le pasó desapercibido.

—Lo siento, pero no podemos dar ese dato.

¿En la cara de la otra cuando le dijo esto había satisfacción?

—¿Perdón?

Estaba indignada.

—No puedo revelar datos de ningún paciente. —Y encogiéndose de hombros, siguió con su tarea. Esta vez colocando pastillas en diminutos vasos de plástico blanco, que tenían números pintados en rotulador negro.

—Se trata de mi hermano —intentó sonar amable, aunque cualquiera diría que se había tragado un sapo—, ha tenido un accidente de moto, acaba de llamarme para que venga al hospital.

—Lo siento —volvió a repetir, esta vez con una sonrisa de fingida disculpa—, pero si ha tenido un accidente hace poco, lo normal es que esté en urgencias o... en la UCI. Si ha pasado a planta es que el accidente no es de hoy.

¿En su voz había censura o le pareció a ella?

—¿Entonces no va a ayudarme? —preguntó escandalizada.

Pensó que, seguramente, lo que quería era alguna compensación económica por colaborar. Si es que vivía en un país de sinvergüenzas... Mirándola con odio, abrió su mochila y sacó su pequeña cartera Tous.

Sacó un billete de cincuenta euros y se lo ofreció a la mujer, quien la miró sorprendida.

—¿Qué hace? —le preguntó abochornada, mirando hacia ambos lados del pasillo, por si alguien estaba viendo lo que aquella pija estaba haciendo.

—¿Me dirá ahora dónde está mi hermano?

—Me está insultando, y que sepa que la puedo denunciar por esto, si no se lo he dicho es porque no puedo. No porque no quiera.

Brittany se pasó una mano por su bien cuidada cabellera rubia, con mechas, mientras contaba mentalmente hasta diez, como le había aconsejado más de una vez su psicoanalista, para calmarse.

¿Qué debía hacer?

La muy petarda se negaba a colaborar y ella tenía que ver a Sam. La miró unos segundos de reojo, cuando de pronto se acordó de que su hermano vivía pegado a su iPhone, por lo que decidió llamarlo.

¿Cómo no se le había ocurrido antes? Tonta.

Se dispuso a buscar su número en el móvil para llamarlo cuando alguien gritó su nombre. Al menos por el que la conocía su familia y los amigos.

—¡Britt!

Esa voz... Se giró precipitadamente hacia el lugar del que procedía aquel sonido familiar. Solo su familia y sus amigos la llamaban Britt, era un diminutivo cariñoso de su nombre, así que debía ser Sam.

—Perdón —se disculpó al chocar con alguien—, lo siento —volvió a decir.

Y se quedó sin palabras cuando la chica con la que había tropezado le dirigió una deslumbrante y blanca sonrisa. ¡Toooooma rubia! Y, por decirlo de alguna forma, acababa de sentir cómo se le había caído la tanga.

¿Quién era esa?

Se le olvidó todo: el enfado por la no colaboración de la enfermera, el enfado por haber dejado su torneo de pádel y a ese profesor que la traía de cabeza y que había decidido convertir en su amante, el enfado con Sam por andar siempre metido en líos…; en fin, el enfado constante con el mundo desde su divorcio hacía ya ocho años.

Solo vio ese rostro, esos enormes ojos de intenso color chocolate, y esa enorme y sensual boca, en la que brillaba una dentadura espectacular, y sintió un escalofrío, y un hormigueo.

—No importa —le dijo este en perfecto castellano y sin rastro de acento, ampliando la sonrisa y provocándole una corriente eléctrica—. Ha sido mi culpa.

Y se marchó, por lo visto llevaba mucha prisa. Y ella observó con tristeza cómo desaparecía tras la puerta del enorme pasillo. Observó que vestía ropa de marca y que iba muy bien peinada, y le gustó, mucho. Quiso salir corriendo tras ella y hacerle un sinfín de preguntas, como por ejemplo: su nombre y su número de teléfono. O su Facebook, o mejor su correo electrónico, algo… ¿Y ella creía que la chica era una Diosa? Ay, madre, pues empezaba a hacerse patriota por momentos, mucho.


—¡Britt! —volvió a gritar su hermano, devolviéndola a la realidad.

Se volvió a girar para ver dónde estaba este hasta que lo vio al final del pasillo, sentado en una silla de ruedas, con ambas piernas escayoladas y un cabestrillo, mientras la anteriormente borde enfermera, empujaba la silla de ruedas donde este se encontraba con una sonrisa que ella hubiese creído imposible en su avinagrado rostro.

Corrió hacia él y se inclinó para darle un beso en cada mejilla. En cuanto lo vio en ese estado se olvidó de lo molesta que estaba con él. No podía evitarlo, pensaba que era un viva la virgen y deseaba ignorar sus continuas llamadas de socorro, pero, en cuanto lo tenía delante y le sonreía de aquella forma tan suya, se olvidaba de todo y solo quería
asegurarse de que se encontraba bien.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó ansiosa—. Y, ¿por qué no me has llamado antes? ¿En qué estabas pensando?

Sin poderlo evitar se puso a regañarle y la enfermera la miró molesta, retornando a la cara de vinagre.

—Así que sí que sabía en qué habitación estaba mi hermano —le señaló a esta furiosa.

—Solo hago mi trabajo —contestó la otra con su ya habitual mala cara, expresión que solo cambiaba cuando miraba a Sam, pero claro, él siempre había tenido algo especial para las de su sexo que Brittany no comprendía, tal vez porque era su hermana—. Además, ¿cómo podía saber yo que era verdad lo que usted decía? Sam no es ningún pij…—Cuando el hombre tosió para que la chica no siguiera por ahí, esta, automáticamente, cambió lo que había tenido intención de decir—, es una persona muy agradable.

Y la enfermera se marchó dejando a Brittany para que empujara la silla de su hermano.

—Es una imbécil —soltó molesta.

—Yo le pedí que si venía alguna mujer intentando verme —le explicó con una sonrisa—, intentara no dejarla pasar.

Ella lo miro poniendo los ojos en blanco.

—Mejor no pregunto.

—Créeme —la aconsejó Sam con una mirada triste y Brittany pensó que ya estaba de vuelta a las andadas–, es mejor que no.

—Bueno, ahora explícame por qué no me has avisado antes —lo regañó

—. Soy tu hermana mayor. Creo que merezco un poco de consideración. ¿Y si te hubiera ocurrido algo más grave?

Sam se miró un momento y alzó ambas cejas.

—No ha sido nada —intentó tranquilizarla—, además, Satán ha estado conmigo todo el tiempo. Es una buena amiga.

—¿Satán? —le preguntó horrorizada por el apodo.

Solo de pensar qué había originado que se lo pusieran le daba escalofríos.

—Mejor ni pregunto de qué alcantarilla la has sacado. Y seguramente es otra de tus amiguitas de las motos. Todos son una panda de inconscientes, por no decir de malhablados y mal vestidos.

Sam empezó a reír ante la descripción que su hermana hacía de sus colegas.

—Pues acabas de cruzarte con ella —le explicó sonriendo. Se había dado perfecta cuenta de cómo su hermana había repasado físicamente a su amiga—, y no parecía desagradarte.

Brittany parpadeó incrédula ante lo que significaban aquellas palabras. ¿Esa chica  espectacular era Satán? Pues entonces sería una de las mujeriegas amigas de su hermano, que eran todos iguales. Hombres y Mujeres sin escrúpulos como su ex y el padre de Quinn, que no dudarían en engañar a alguna incauta: como ella misma. Sí, seguro, se convenció, pero, ay, mi madre, cómo estaba la tal Satán.

—Tonterías.

Intentó quitarle importancia a la observación de Sam, como siempre hacía cuando no le agradaba lo que escuchaba. Simplemente, lo ignoraba.

—Bueno, no me regañes más.

—Por ahora —le dijo mientras empujaba la silla con dificultad debido al peso de esta, y a lo poco acostumbrada que estaba al trabajo pesado—.¿Cuál es tu habitación?

—La 224.

—¿Y quién te ha tocado al lado? porque supongo que no tienes la habitación para ti solo —le preguntó con desagrado.

—No empieces, Brittany.

Sam suspiró con resignación. Su hermana era una pija de cuidado, como la esnob de su madre.

—Me callo.

—Es mejor.

—Ya lo hago.

—Necesito pedirte un favor.

Ya estábamos. Lo sabía, sabía que si Sam la había mandado llamar era para dejarla a cargo de alguna de sus obligaciones. Como se mantuvo en silencio, su hermano se volvió hacia ella como pudo en la silla, haciendo una mueca de dolor.

—No te muevas —le ordenó con remordimiento por haberlo ignorado—, puedes lastimarte.

—Es que es algo importante.

—Me lo imagino.

Brittany decidió que debía hacer una lista de qué cosas no eran importantes tratándose de Sam.

—Es cierto —insistió preocupado—, se trata de la empresa.

—¿La empresa?

Aquello sí que había llamado su atención. Desde su trágico divorcio había hecho una lista de prioridades, y a la cabeza de todo estaba el trabajo. Así había conseguido superar su dependencia de su ex marido: volcándose en el curro.

—Necesito que te hagas cargo de ella mientras me recupero, solo serán unos meses.

—¿¡Qué!?

La cara de su hermano era la de un cachorro abandonado, y Brittany sabía que lo hacía adrede; siempre se aprovechaba de su debilidad hacia él para obligarla a hacer cosas que no quería

—. Vamos, Sam, supongo que tendrás personal cualificado para que la dirija sin tener que estar yo por allí, que por cierto no tengo ni idea de ese mercado.

Este negó con la cabeza.

—La empresa no va bien, necesito una inyección importante de capital —le explicó—, y he encontrado una socio, alguien que puede aportar su cartera de clientes en el sector, además de afrontar los impagos de los últimos meses.

—¿Qué ha ocurrido?

En realidad le estaba preguntado:

¿qué has hecho?

—Nada, de verdad —le dijo—, es que hemos realizado unos trabajos importantes para la Junta de Andalucía y no los hemos cobrado en el plazo previsto, es más, me ha dicho la delegada que no contemos con cobrar, que están sin blanca.

—¿Y es mucho dinero?

—Un buen pellizco.

—¡Malditos políticos!

—La crisis está llamando a todas las puertas —le dijo con pesar—, y he encontrado una empresa importante que no aspira a eliminarnos, sino a absorbernos.

—Podrías recortar gastos, o pedirle un préstamo a papá.

—Me niego —le dijo rotundo—, el abuelo me pidió que me hiciera cargo de la empresa, me dijo que no la viera solo como una forma de ganar dinero, sino también como una forma de ayudar a los demás. Papá me obligaría a recortar en personal, sin embargo he encontrado otra solución: una socio. Quien aportará el capital suficiente mientras recuperamos la pérdida sufrida a causa de la Junta, y piensa como yo: en no despedir a nadie mientras pueda haber una alternativa.

Brittany, al igual que su madre, nunca había comprendido por qué su abuelo había tenido que dejar al frente de aquella empresa a su hermano, más sabiendo que era un cabeza loca; sin embargo, debía reconocerle el mérito de haber mantenido a Pierce Company. empresa dedicaba principalmente al transporte de mercancías por carretera, a flote, con la que estaba cayendo en el país; sobre todo cuando la mayoría de sus competidores habían tenido que cerrar.

—Pienso que estás cometiendo un error, no debes manejar la empresa movido por los sentimientos.

—Puede ser —convino su hermano—, pero solo necesito que te pongas al frente en estos meses, dando una imagen de seriedad y no de abandono, mientras yo estoy convaleciente. Es necesario que alguien haga de comercial, que quede con los clientes y todo eso. También te ayudará Satán, ella se encargará de la logística. —Brittany se mantuvo en un terco silencio. No quería

—. Te deberé un favor muy grande.

—Ya me debes unos cuantos.

—No como este. Por favor, ¿lo harás por mí?

En la cara de Sam había tal ilusión que supo que estaba perdida, sobre todo teniendo en cuenta que este había pronunciado el nombre de aquella otra a la que ella se había quedado mirando como una gata en celo. Y pensó que menuda ocurrencia: una gata y una Satán. Y decidió que ya sabía dónde encontrar a esa pedazo de morena


Última edición por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 9:30 am, editado 1 vez
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 7:12 am

Capítulo 2


En cuanto la vio aparecer toda estirada, con sus Ray-Ban al estilo piloto, su bolso de Louis Vuitton, auténtico claro, y aquella ropa, exageradamente cara, para acudir a las oficinas de un polígono industrial, supo que se trataba de la hermana de Sam. Aquella era una niña pija que no veía más allá de su estrecho círculo social, que no tenía otra preocupación que la ropa que debía ponerse cada mañana, o elegir un destino a su gusto para ir de vacaciones. Una esnob. Una cuqui. Por supuesto que su presentación en aquel lugar de trabajo, y la forma de mirar a los que allí había, no hizo sino confirmar sus sospechas de que aquella mujer era una..., pensó imitando mentalmente su mano lacia por encima del pecho: súper estúpida.

Se dio cuenta de que era la misma con la que había tropezado la tarde anterior en el hospital, cuando salía de visitar a Sam, por lo que no cabían dudas de quién se trataba.

Mascó el chicle de yerbabuena que tanto le gustaba de forma exagerada. Mejor eso que decirle cuatro verdades a esa pedante. Como por ejemplo: qué hace una chica como tú en un sitio como este.

Efectivamente, aquel no era lugar para una chica como aquella. Inspiró hondo. No le gustaban ese tipo de mujeres, en absoluto. Le gustaban mucho más las mujeres de su
mundo, sin tantos subterfugios, ni gestos o expresiones de niña pequeña; sin tantas tonterías ni frases como: o sea, acompañadas de aquella mano lacia y ese flequillo echado hacia un lado como si el que le tapara un ojo fuera muy moderno.

Entrecerró los ojos tras sus gafas de sol y mascó más fuerte mientras se esforzaba por recordar el motivo de su presencia allí y el porqué tenía que aguantarla.

Su vida había dado un giro de ciento ochenta grados hacía años, muchos ya, cuando casi matan al Padre Font, el hombre que siempre le había tendido una mano y había evitado que acabara en la cárcel o hecho una piltrafa humana por culpa de las drogas; y por él, solo por ese buen hombre, no pensaba desviarse de su camino.

Ella había hecho una promesa a ese hombre y pensaba cumplirla, y para hacerlo había descubierto que podía ser más útil de esta forma que comportándose como una delincuente callejera.

El padre siempre le había dicho que era más difícil, pero más productivo, intentar cambiar las cosas desde dentro que hacerlas explotar desde fuera. Y eso intentaba hacer desde hacía más de siete años. Y lo estaba consiguiendo, solo que en esos momentos era apremiante echarle una mano a Sam y a los de la antigua pandilla. Por eso lo dejó todo y acudió en ayuda de sus amigos de juventud, de la pandilla con la que tantas veces había quedado hecha polvo a causa de lo que se habían metido y sin
recordar casi nada al día siguiente.

Estaba junto a tres de los camioneros tomando un descanso para beber algo y charlar amigablemente, cuando todos se quedaron mudos al verla aparecer. Ella ya la había visto llegar, no se le solía escapar nada, pero se había callado, manteniéndose en su sitio; quería que fuera ella la que tuviera que acercarse hasta ella para poder hacerse una idea de cómo era, de cómo actuaba antes de decirle quién era.

Desde luego, tenía que reconocerla, aquella era toda una visión. Una mujer de armas tomar, porque no podía haber sido descrita de otra forma con aquellas curvas y aquel andar tan favorecedor a sus femeninas caderas. Aquella era una mujer acostumbrada a ser obedecida, a mandar.

Aquella forma de caminar, acompañada de sus gestos, le hicieron ponerse a la defensiva porque se percató de que no iba a ser fácil tratar con ella. Es más, estaba segura de que iba a ser muy difícil. Por lo que estuvo preparada para enfrentarse a aquella vaquilla.

Satán la estudió desde la distancia con detenimiento, intentando hacerse una idea de su carácter, puesto que lo poco que conocía lo sabía por Sam, quien no hacía otra cosa que quejarse de lo metomentodo que era su hermana, siempre dando consejos no deseados. Sin embargo allí, quien iba a tener que tratarla iba a ser ella, por eso prefería ver cómo se comportaba antes de juzgarla por ser una pija.

La mujer llevaba un pantalón negro de vestir, a juego con una chaquetilla; todo muy profesional, todo muy caro y sofisticado; e iba subida encima de unos altísimos tacones de aguja de color negro con la puntera de color blanco, haciendo juego con la blusa de seda que coronaba aquel conjunto. Santana hubiera preferido verla con unos vaqueros y una sencilla blusa, pero tuvo que reconocer que estaba despampanante. A
medida que se acercaba a ellos, caminando con paso firme, se colocaba su enorme flequillo rubio detrás de la oreja, en un gesto totalmente femenino, y eso la descolocó un poco teniendo en cuenta el gesto adusto de su boca. Se preguntó con malicia qué es lo que haría ella si se le atascaba el fino tacón en una de las numerosas grietas que había en el cemento del patio.

Sonrió al pensar en lo ridículo de la situación y se convenció de que armaría tremendo escándalo. Y eso, por supuesto, a ella le encantaría; así la vería en toda su salsa.

La observó por encima de su lata de cola, esperando ver cuál sería el siguiente movimiento de la mujer. La imagen de niña bien ya la tenía, pero ver cómo se comportaría en ese ambiente sería otra cuestión. Según Sam, era una gran profesional, una empresaria reconocida en el mundo de la moda, o al menos así es como se la vendió para que aceptara trabajar con ella después de que se negara un sinfín de veces. Pues bien, pensó con burla, en aquel lugar lo que menos había era moda. Se encontraban en una nave de un polígono industrial, donde se almacenaba mercancía para luego transportarla en viajes de largo recorrido, por lo que esta no estaría en su mundillo de aduladores y pelotas perfumados y sin gracia, sino que trataría con personas acostumbradas a decir barbaridades para reírse mientras trabajaban. ¿Qué haría? ¿Correría a esconderse tras el escritorio de Sam y manejarlo todo desde la distancia, llamando continuamente a papá para que le solucionara los problemas? ¿O se implicaría en el negocio y trabajaría como uno más, codo con codo con ella, intentando sortear los obstáculos?

Lo cierto es que no sabía qué pensar de ella, aparte de que era una pija y que estaba muy buena, pero, volvió a mascar el chicle, eso ya lo sabía.

Se sorprendió un poco cuando, después de unos diez minutos en los que la había visto llegar y dirigirse con paso seguro y porte regio a las oficinas, salió en dirección al lugar en el que se encontraban ellos: el patio.

Los demás no sospechaban siquiera que la hermana del dueño era quien iba a hacerse cargo de la empresa mientras este estuviera convaleciente; todos confiaban en ella, estaban seguros de que sería Satán quien lo dirigiría todo; y, por eso, nada se había desmoronado con la ausencia de Sam. Solo ella sabía que debería compartir la responsabilidad con Brittany, aunque nunca entendió por qué Sam no pudo dejarla simplemente a ella al frente de todo.

Era muy capaz y ya lo había demostrado con creces. Realmente, siempre había oído hablar de ella pero nunca había llegado a conocerla, según su amigo, esta no se relacionaba con gente de fuera de su entorno o sus empresas. Le producía alergia. Y dichas empresas, vinculadas al mundo de la moda aunque desde una perspectiva editorial, poco tenían que ver con el transporte de mercancías por carretera.

Mascó más lentamente, a la vez que se iba acercando, achicando los ojos tras los oscuros cristales de sus arnettes, conteniendo la respiración ante dicha mujer.

¡Que me corten los huevos, pensó–, verla tan cerca ha sido como una patada en el estómago!

Y ciertamente así había sido. Satán sintió que algo la empujaba hacia ella, que le gustaba lo que veía. La observó sin tapujos, con total descaro, y llegó a la conclusión de que le atraía exageradamente, al menos por el momento. Sobre todo esa actitud que traía y que parecía predispuesta para una buena pelea. Si no fuera tan pija… ¡Que la colgasen, la tenía hipnotizada ese andar seductor!

Y llegó a una conclusión: le gustaba.

Mucho.

Demasiado.

***

Brittany había llegado en su mini descapotable color amarillo a la empresa de su hermano y no le gustó lo que se encontró. Apretó los labios cuando miró su reloj y vio que eran solo las doce menos cuarto de la mañana para que aquellos estuvieran de descanso: ni era la hora del desayuno ni la hora de la comida, así que no había razón que justificara esa falta de diligencia en el trabajo. No iba a permitir que hicieran lo que les viniera en gana porque Sam estuviera ausente. Ahí había que tomar las riendas, y eso iba a hacer. No pensaba perder el tiempo, después de todo estaba allí para garantizar que todo funcionaba, o al menos que el trabajo se hacía. Estaba enfada ante esa falta de diligencia y… refunfuñó.

¿Dónde diablos estaba la persona que su hermano le había dicho que se encargaría de la logística? Se suponía que sería la tal Satán, a la que ella vio un segundo en el hospital. Se suavizó por un momento al recordarla.

¡Y qué segundo!

Por eso se había arreglado tan bien, quería causarle una grata impresión, de profesional y no de cabeza hueca, esa morena tan guapa, tan arreglada, a pesar de ser una de los impresentables amigos de su hermano, le gustó.

Es más, habría salido corriendo tras ella de haber podido y haber sido capaz. Había decidido que debía mantener una relación cordial con esta, y quién sabe, pensó con malicia, tal vez algo más. Después de todo, estaba soltera, y andaba en pos de un nuevo amante.

Relájate Brittany –se dijo–. Primero el negocio.

Se dirigió, en primer lugar, a las pequeñas oficinas donde se gestionaba todo el papeleo de la empresa, y suspiró un poco fastidiada cuando se encontró a una mujer mayor; bueno, al menos, más mayor que Whitney, su madre. Demasiado vieja para su gusto. Ella era proclive a tener a gente joven y de aspecto impecablemente moderno a su alrededor, pero teniendo en cuenta que esa empresa la fundó su abuelo, tal vez debería de considerar que aquella señora habría entrado a trabajar con él y el sensiblero de Sam no la habría querido despedir. En fin, pensó encogiéndose de hombros en un gesto de impotencia, tendría que aguantarse con los medios personales que tenía. Se presentó a la mujer, que la recibió con una afable y encantadora sonrisa, y le indicó cuál era el despacho de Sam y el de Satán, y también le
dijo que esta última no solía estar mucho en él.

Perfecto –protestó contrariada-, mi hermano ha dejado el control logístico de la empresa en manos de una vaga. Debí imaginarlo.

Como no vio señales de la tal Satán por ningún sitio decidió que sería ella misma quien pusiera a la gente a trabajar, de lo que fuera, pero no quería verlos ganduleando por las instalaciones. Más tarde le indicaría a esa mujer cuáles eran sus obligaciones con la empresa, y tal vez luego hablaran de las horas que podían pasar juntas intentando arreglar el negocio.

Así que, respirando hondo, y poniendo su expresión más adusta, se dirigió hacia ellos con la intención de hacerles saber quién mandaba allí y de ponerlos a trabajar en ese mismo instante. Les indicaría que, o la obedecían, o podrían ir a engrosar las ya voluminosas listas del paro. Y así lo hizo. Fue hacia estos con las gafas puestas y la mirada al frente, con decisión.


—¿Están aburridos, señores? —les preguntó al grupo de hombres y mujeres que
se encontró holgazaneando en las inmediaciones de la empresa mientras se les acercaba.

Estos estaban apoyados, como al descuido, sobre la cabina de una de las enormes cabezas tractoras, riéndose de algún comentario gracioso que había hecho alguno de ellos. Y eso no le gustó. Quería pensar que no se estaban burlando de ella. Aquel no era un lugar de divertimento sino de trabajo. Y además, ella era la jefa por el momento.

Cuando llegó hasta ellos, la miraron un poco sorprendidos e intrigados. Sonriendo ante la audacia de aquella tía, mirándose con complicidad. Primero le dieron un repaso de arriba abajo y de abajo arriba, de forma sexual; luego la miraron como si fuese una niña pequeña.

—¿Algún problema? —le preguntó uno de ellos.

Tendría poco más de treinta años, y llevaba el pelo al estilo de los cachas que solían salir en el programa de Hombres, mujeres y viceversa, el cual ella siempre negaría haber visto, por supuesto, incluso lo juraría.

¡Ah!, también llevaba un pendiente a lo Ronaldo, pero claro, ella sabía que era de bisutería.

—Por supuesto, quiero saber qué están haciendo aquí parados, ¿no tienen trabajo que hacer? —Al decir esto se quitó las gafas con aire pausado, un gesto que tenía estudiado y utilizaba muchas veces con el objetivo de intimidar.

Satán la miraba a través de sus gafas de sol y continuaba mascando su chicle. No iba a decir nada, estaba expectante. ¿Qué se proponía esta?

—Esta tía está flipá —dijo Mercedes con cara de guasa, una de las trabajadoras, amiga de Sam y de Satán, a los otros presentes.

—¿Perdona? —le preguntó Brittany con ese deje pijo que la caracterizaba y mirándola con dureza a la par que alzaba una de sus bien depiladas cejas —. ¿Me has llamado... qué?

Mercedes se calló un momento y miró a Satán, quien ya no masticaba el chicle, ahora tenía los dientes fuertemente apretados.

Esta venía a liarla.

—Pírate, chavala —dijo otro. Estaban molestos e incómodos por el tono y la actitud de Brittany—. Este no es sitio para ti, a no ser que hayas venido a buscar un poquito de fiesta, ¿sabes? Le miró las tetas y se tocó el paquete para que entendiera a qué se estaba refiriendo.

Satán emitió una leve sonrisa mientras Brittany la miraba con cara de asombro, que en cuestión de segundos dio paso a la indignación.

—Esta lo que necesita es un polvazo —continuó provocando la risa disimulada de todos, de todos excepto de Satán.

Y Brittany estalló.

Y Satán cerró los ojos.

—Recoge tus cosas, estás en la calle.

El chico se quedó mudo, sin saber qué hacer o decir.

—¿Cómo? ¿Qué dices, chalada?

Se había puesto nervioso al instante, al no saber con quién estaba tratando.

—Lo que has oído, estás en la calle. Acabas de faltarle el respeto a tu jefa.

Nadie iba a convencerla de que no lo echara.

—¿Satán? —le preguntó a la otra asustada y sin saber qué pensar. Como estaban las cosas no era plan el perder el empleo, y tampoco sabía quién era aquella tía que había llegado con esos aires como si fuese la dueña de todo. ¿La jefa? Pero si el dueño era Sam...

Brittany miró esperando que dijera algo, porque el cuarto hombre que estaba ahí salió disparado a meterse en algún hueco cuando ella dijo aquello. Con que Satán, ¿eh?

—Así que aquí es donde estabas —se dijo más para sí que para ella—,contaminando al personal.

Satán se quitó lentamente las gafas de sol, en un acto totalmente deliberado que buscaba llamar la atención absoluta de Brittany sobre ella, y se la quedó observando a los ojos, con mirada seria y mandíbula apretada.

Y ella creyó que el suelo se abría bajo sus pies ante ese escrutinio. ¿Por qué tenía que estar tan buena? Brittany tragó saliva y aguantó la respiración.

¿Esa era la misma con la que ella se había cruzado en el hospital? Sin duda lo era, decidió. Y sintió cómo se le caía el tanga de nuevo.

¡Demasiado! Estaba aún mejor con ese uniforme vulgar que con aquella ropa de marca. Llevaba puesto un pantalón de trabajo de color verde hoja, con bolsillos por todas partes, y una camiseta blanca con el logotipo de la empresa, toda manchada de grasa y con boquetitos. Y con una coleta y gorra de beisbol.

Ainssss,

Le miró a los ojos, de chocolate intenso, como cuando se cruzaron en el pasillo del centro sanitario, rodeado por espesas pestañas oscuras, y... se quedó sin aire. Vaya por
Dios, sentía que no podía respirar, y mucho ardor, calor, humedad... Se estaba alborotando y no podía perder el control.

—Creo que hay un malentendido —dijo Santana sin dejar de observarla.

—No lo creo, ¿sabes?

Puede que se estuviera derritiendo, pero allí mandaba ella.

—De verdad que debe haberlo.

Satán no era dada a alzar la voz pero si esa mujer seguía por ese camino podía empezar a adoptar el rol de gritón.

—Parece que no me has entendido.

—Pues parece que no —apuntilló volviendo a mascar el chicle.

—¿Tú eres la jefa de logística? —le preguntó arrogante. Si ella supiera lo ardiente que se sentía cuando la miraba de aquella forma tan directa con esos ojazos, estaba perdida. Así que mejor ser una borde.

—Chica lista.

—Pues, en ausencia de Sam, yo soy la jefa de todo, o sea, incluida tú. Soy su hermana, Brittany Susan Pierce, encantada.

Le tendió la mano en un gesto formal y con semblante serio, el que solía adoptar para que sus trabajadores no pensaran que iban a ser amigos.

Pero Satán la ignoró, y se quedó cortada.

Nunca la habían desairado de esa forma. Y decidió que esa morena era súper maleducada. A Brittany no se le escapó que ella seguía observándola con detenimiento y eso la alteró un poquito más, si se podía. Se deleitó viendo cómo esta se tocaba con la lengua un extremo de la enorme y carnosa boca, como si estuviera decidiendo algo, y acto seguido, se inclinó hacia ella y la obsequió con dos sonoros besos, uno en cada mejilla, pillándola desprevenida. Ella se sobresaltó y se echó hacia atrás ante el contacto.

Asustada, y algo más. Había sentido el chispazo. Algo inexplicable. Y esos besos ella se los había dado demasiado cerca de la comisura de sus labios.

Valiente caradura, pensó.

Si tan solo se hubiese girado un milímetro podría haberla besado en la boca.

¡Ojalá!

—Deberíamos hablar antes de que adoptes cualquier decisión.

Satán no iba a permitirle despedir a nadie.

—Habla —le soltó nerviosa. Le hubiera gustado que utilizara la lengua para otra cosa que no fuera hablar.

—En privado.

Su voz era tan sugerente que ella pensó que le estaba proponiendo algo indecente, algo que nada tenía que ver con el trabajo.

—Aquí.

Ni en sueños se iba con ella a un lugar apartado. Bueno, en sueños, sí.

—Es un tema delicado.

Tenía que explicarle que quien decidía a quién se contrataba o a quién se despedía era ella Santana se encargaba de eso y no ella, pero tampoco quería humillarla delante de los trabajadores; no quería que le perdiesen el respeto si acababa de llegar, porque, por muy engreída que se mostrase, era la hermana de Sam y la necesitaba para las salidas con los clientes. Haría de comercial. Por lo demás, ella podía manejar la empresa perfectamente.

—Estoy esperando.

Se lo estaba poniendo muy difícil.

—Satán, ¿qué hago? —le preguntó el chico con peinado moicano que había sido objeto de la ira de la otra, con ganas de echarse a llorar; ya no se atrevía ni a mirarla a la cara.

—Vuelve al trabajo. Esa mercancía —le dijo señalando unos palés al fondo de la nave—, debe estar en Almería a las ocho, como muy tarde. Sal ya.

El otro corrió a obedecerla de inmediato.

—Creo que no me has entendido.

Brittany se había empecinado. Ese estúpido la había insultado y ella lo quería en la calle y si esta se ponía tonta, también. Por muy buena que estuviera.

—La que no ha entendido aquí eres tú —le dijo en un susurro acercándose a ella más de lo necesario.

Ella se sobresaltó y se apartó.

—Creo que sé hablar castellano, ¿sabes?

—Vamos al despacho.

—Por si tienes algún problema de oídos —le soltó con esa voz de mujer acostumbrada a mandar—, me quedo aquí.

Satán escupió el chicle a los pies de Brittany y la miró contrariada.

—Créeme —intentaba mantener la calma, porque entre las ganas de llevársela a un rincón y enseñarle cómo se trataba a una latina, y el ansia de manchar su impoluta apariencia con el resto de refresco que le quedaba, pues no estaba segura de que no hiciera alguna de las dos cosas —, es mejor que me acompañes.

—¿Perdona? —le preguntó, indignada no, lo siguiente—. Aquí tú no das órdenes —se acercó a ella y la miró a los ojos, para lo cual tuvo que alzar un poco el rostro a pesar de su estatura—. No olvides que solo eres una simple trabajadora.

Los otros trabajadores se sintieron incómodos por ver a dicha mujer tratar de forma tan poco amable a Satán, y la miraron con encono. Sin embargo, esta no hizo nada, simplemente la miró, la observó durante unos segundos que a Brittany le resultaron interminables y excitantes, y que le provocaron que se sintiera morir de deseo. Y esa mirada tan directa, la afectó.

Y se asustó.

Y decidió que era mejor hacerle caso, por el momento.

—Sígueme —le ordenó a la morena sabiendo que esa batalla no la había ganado ella.

Y esta la siguió, y los trabajadores que había allí le pusieron un mote:

la teniente Unicornio.

Brittany era consciente de la mirada de Satán en sus posaderas mientras se dirigían al despacho de Sam, la muy sinvergüenza le había cedido el paso y la seguía muy de cerca para poder verla mejor. Y lo había hecho con toda deliberación. Eso ya era demasiado. Si tan solo se detuviese un segundo, estaba segura de que se chocaría con ella y la tendría pegada a su cuerpo, a lo largo de toda la espalda. Sin poder remediarlo se le puso la carne de gallina y barajó esa posibilidad, por lo que tragó saliva y apresuró el paso, negando mentalmente cualquier tipo de atracción sexual por una trabajadora de aquella frágil empresa.

—Ya estamos —le dijo sentándose detrás del enorme escritorio de Sam y que antes había pertenecido a su abuelo. Con esa actuación pensaba indicarle quién mandaba allí. Lo mejor era dejar clara su situación de poder desde el primer momento, y así, pensó, conseguiría mantenerse firme. Había decidido que no iba a dejar que sus sentidos tomarán el control. El escritorio sería su escudo contra esa morena arrebatadora.

Estaría buena no, lo siguiente, pero allí mandaba ella—. Te escucho.

—No puedes despedir a nadie, no estás autorizada para ello. Y no pienso permitírtelo.
Santana le dijo aquello con absoluta confianza mientras se metía otro chicle en la boca y comenzaba a masticar de forma atrayente. El olor a yerbabuena inundó sus sentidos, sofocándola, y en ese instante estuvo segura de que necesitaba inundarse de algo mucho más consistente que un olor, algo tangente, algo que se encontraba situado en la parte baja de…

¡No! -se ordenó de nuevo-, no va a engatusarme con esos felinos ojos de lince ni con esa lasciva mirada.

—Me parece que no has entendido bien. Yo decido quién se queda y quién se va.

Brittany la miró con desdén, quería hacerle saber que era la jefa, ella tenía el poder, aunque, tuvo que reconocer, no le gustó que ella solo se limitara a mirarla desde su estatura. Estudiándola. Sin decir nada. Estaba tan agitada que una buena bronca le hubiera servido para desfogarse.

No es muy alta.

Satán se cruzó de brazos a la vez que la observaba mascando su chicle con la boca cerrada. La miraba fijamente, con la cabeza un poco ladeada y los ojos entrecerrados, retándola, y provocando con dicho gesto que su enorme boca se moviera en un baile sensualmente erótico. La mujer sintió cómo se humedecía al pensar lo que sería capaz de hacer con aquella boca.

—Me parece que no soy yo quien no ha entendido el encargo de Sam. Estás aquí solo para encargarte del aspecto comercial —le explicó—, de las finanzas. La organización del trabajo y de los trabajadores es asunto mío.

—No me digas —soltó molesta por las sensaciones que esa morena despertaba en ella.

¡Por favor, tengo casi treinta y cuatro años y un montón de relaciones a mis espaldas! -se amonestó-. Hace años que aprendí a controlar mi calentura.

—Te lo estoy diciendo.

Brittany se enfureció aún más porque ella no parecía perder esa actitud distante en ningún momento.

—Pues entonces te voy a decir yo algo a ti.

Se levantó y puso las manos sobre el enorme escritorio de caoba, inclinándose hacia ella. Intentaba amedrentarla, demostrar quién tenía el control, quién podía decidir sobre el futuro de otros, de ella misma.

Sin embargo, esta no retrocedió ni un ápice; no parecía asustada por la actitud de ella, y se mantuvo donde estaba, mascando su chicle y mirándola con sorna. Descruzó sus brazos y también colocó las manos sobre el escritorio, inclinándose a su vez hacia ella. Acercándose tanto que sus bocas quedaron apenas a unas milésimas. Y mascó el chicle con más ímpetu, provocando que aquel olor a yerbabuena se hiciera más profundo, y ella sintió que no solo estaba húmeda, estaba empapada.

—Adelante.

—¿Qué?

Estaba segura de que iba a perder la poca cordura que le quedaba si continuaba mirándola así. Se sentía desorientada. Ni siquiera podía recordar qué es lo que iba a decirle. Sus ojos se habían extraviado siguiendo los movimientos de aquella atrayente mandíbula, al igual que sus intenciones.

—Ibas a comentarme algo.

Su voz era apenas un susurro. La rubia la sintió como una lenta caricia, y su mirada la recorrió tan ardientemente que creyó estallar. Decidió que debía estar haciéndolo aposta. Pues –pensó– lo está consiguiendo.

—Sí.

—¿Y bien?

Menos mal que llevaba puesto unos pantalones, porque de no ser así, hacía mucho que habría perdido el tanga.

—Pues…

¡Un momento! Se dijo obligándose a recuperar el control de sus sentidos. No iba a permitir que el deseo le nublara el juicio. Eso es lo que esa imbécil pretendía. No, ni hablar. Ella era una mujer de mundo, acostumbrada a tratar con todo tipo de personas. Ese no era el juego que le hubiese gustado emprender, sino todo lo contrario, si alguien seducía a alguien, esa sería ella y no al contrario. No se iba a dejar engatusar por aquella morenaza.

Satán le sostuvo la mirada y Brittany sacó fuerzas de donde no las tenía.

Recuerda que eres una mujer fuerte y esta es solo una de tus trabajadoras, o de Sam, que viene a ser lo mismo.

—Yo soy la jefa.

Lo dijo con esa arrogancia que la caracterizaba y pudo presentir cómo se esfumaba el momento de carga sexual que acababa de experimentar con aquella morena.

Satán la miró un momento antes de retirarse; no dijo nada, solo la miró, y luego salió del despacho negando con la cabeza, mascando su maldito chicle, en dirección al suyo propio. Brittany se dio cuenta de que no había dicho nada, absolutamente nada, simplemente había negado con la cabeza.

No le había dado la razón cuando le dijo que era la jefa, que mandaba ella. Y eso no le gustó, porque suponía que la estaba desafiando. Pues allí se haría lo que ella dispusiera, quisiera esta o no. Pero no le había dicho que comprendía y obedecería, simplemente la miró y se marchó. Ignorándola. Y a ella nadie la ignoraba. Tenía que hablar con ella, aquello no había acabado.

La siguió y abrió la puerta por la que Satán había desaparecido y cerrado. Y la pilló desnudándose. Se había quitado la camiseta y se estaba desabrochando el pantalón.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Santana incrédula y conteniendo una sonrisa.

Satán ni siquiera se inmutó cuando escuchó abrirse la puerta de su despacho. Simplemente siguió con lo que estaba haciendo. Había supuesto que ella la seguiría hasta allí cuando decidió ignorarla, y no se había equivocado. Sonrió con maldad. Aquella mujer no soportaba que no la obedecieran y Santana no pensaba dejarla hacer a su antojo, al menos en lo que concernía a los trabajadores. Si alguien despedía a alguno sería ella misma, por un buen motivo y con el consentimiento de Sam, no por una pataleta de aquella niña bien ni por un malentendido.

No te queda nada bonita – pensó con burla.

—¡Detente! —exclamó Brittany.

—¿Que qué haces aquí? —le preguntó esta fingiendo sorpresa.

—Aún no hemos terminado de hablar.

—Hubiera jurado que sí.

Satán tenía decidido molestarla un poco, así que continuó con lo que estaba haciendo, es decir desvestirse como si el que lo hiciera delante de ella fuese algo normal en su relación; aunque, claro que, no había contado con la mirada hambrienta de esta, quien daba la sensación de estar canina. Al verla mirarla de aquella forma voraz y con los ojos tan abiertos, que parecían dos enormes pelotas de billar en aquel bello rostro, pensó que, tal vez, no había sido tan buena idea darle aquella lección. No había contado con que aquella rubia le atrajese de aquella forma tan bestial.

Alzó una ceja ante el escrutinio de esta y la miró directamente a los ojos. Azul, se dijo, son color Azul. Pues a mí me encanta el Azul.

.
—¿Te importa? —le preguntó mientras hacía ademán de bajarse los pantalones apartando su mirada de la de ella.

Brittany se dio cuenta en ese instante de que se había quedado absorta contemplando aquel cuerpo que se exhibía ante ella con tal descaro, y se puso nerviosa. Demasiado, sobre todo al ser consciente de que lo que en realidad le hubiese gustado era ayudarle a quitárselos.

Volvió a contar mentalmente hasta diez para intentar calmarse, o mejor dicho, enfriarse un poco. Sin embargo no iba a marcharse, por muy perturbador que fuera esa morena, por mucho que le gustase, allí había que dejar una cosa clara: ella era la jefa. Después ya vería cómo afrontaba su atracción por ella.

—Necesito que me digas que has entendido lo que te he dicho.

—Lo he hecho. No soy tonta.

Santana la miró de nuevo y ella esquivó la mirada, dirigiéndola, sin poder evitarlo, a su entrepierna no sin antes haber dedicado unos segundos a admirar aquel torso finamente esculpido.

¡Por todos mis Manolos que esta si es una mujer y no como esos hombres hinchados a base de proteínas y de gimnasio!

Y yo quiero una como esta, arrrggg, aunque solo sea por una noche.

—Bien, solo quería asegurarme de que comprendías que no puedes contradecir mis órdenes. Creo que... —volvió a mirarle el paquete sin poder evitarlo y acabó sonrojándose—, que es bueno que mantengamos una relación cordial. Después de todo vamos a pasar unos meses juntas.

Brittany se dio cuenta de lo que aquellas palabras podrían significar y se apresuró a corregirse, su subconsciente le estaba jugando una mala pasada.

Pues anda que tu entrepierna.

—Quiero decir que trabajaremos codo con codo, por lo que es menester que nos entendamos y compenetremos.

Pues acababa de arreglarlo, ¿no?

Le lanzó una bonita sonrisa a Satán y esta la imitó, aunque la diferencia radicó en que ella estuvo a punto de desmayarse.


—He entendido que tú crees tener más poder del que te ha dado Sam, por lo que deberías hablar con él sobre eso de nuevo —lo dijo en un tono suave, como si estuviesen hablando de ropa y no de quién mandaba y sobre qué. No quería entrar en una discusión con ella el primer día.

Se quitó el pantalón, quedándose tan solo con unos slips de licra de color blanco impoluto, y se giró para coger una camiseta de una vieja bolsa de deporte.

Brittany se quedó muda al verla tan solo con aquellos escandalosos y pequeños calzoncillos y no supo qué decir. Solo tragó saliva y admiró la larga y bellamente torneada espalda de la morena, a la vez que sentía que su sexo palpitaba de excitación.

Fue a replicarle a lo que ella había dicho cuando se hubo recobrado un poco, pero en ese instante Satán se acercó hacia ella y le pasó un brazo por encima del hombro, mientras acercaba su rostro al de ella. Y su cuerpo también. Brittany pensó que iba a acercarla a ella para besarla y esperó ansiosa el contacto.

¡Va a hacerlo, me va a besar!

No sabía si quería que lo hiciera o no, bueno, para ser sincera sí que quería, pero no estaba segura de que le conviniese pero... Ainssss, ¿cómo lo haría? ¿Le metería la lengua hasta el fondo? ¿La apretaría contra ella para hacerlo?

Me estoy poniendo como una moto y ni siquiera me ha tocado aún.

Sin embargo, para su decepción, Santana se limitó a mirarla mientras tomaba un paquete de toallitas húmedas de la estantería que había detrás de ella con esa endiablada sonrisa de autosuficiencia. Y deseó matarla. Estaba segura de que lo había hecho aposta, la había estado provocando en todo momento y ella no había podido evitar caer en su juego. Apretó los labios con dureza y Satán, quien se había tomado su tiempo para coger las toallitas antes de retirarse, la miró a los ojos. Y ese momento Brittany sintió cómo una necesidad acuciante se apoderaba de su ser, como si la estuviesen poseyendo lentamente. Y sintió que el centro de su feminidad se humedecía mientras Santana le sostenía la mirada con los parpados caídos, como si estuviera decidiendo algo.

¡Me está matando! Esta Mujer es demasiado.

—¿Decías?

Brittany se quedó muda deseando no haber pronunciado esas palabras en voz alta.

—¿Perdona?

Lo mejor sería fingir ignorancia.

—No entendido lo que has dicho —aún seguía sin apartarse de ella—; me ha parecido que susurrabas algo.

—¿Yo?

—No hay nadie más. —Acercó un poco más su rostro al de ella, su boca.

Brittany inspiró hondo y pensó que había cometido un error garrafal porque al hacerlo percibió el olor de ella, su aroma mezclado con el sudor. Y su semidesnudez, eso sobre todo.

—Pues has debido oír mal.

—Creo que no, parecías ronronear.

—Yo no hago eso.

—¿Nunca? —En aquella simple pregunta había mucho más.

—Jamás.

—Es una lástima.

Y se apartó de ella, dejándola con un palmo de narices, excitada, temblorosa y ansiosa. La habría asesinado lentamente por provocarla de aquella forma para luego dejarla así, sin nada. Brittany se enfureció cuando la vio dirigirse de nuevo a su bolsa de deporte para sacar unos vaqueros y ponérselos de un rápido movimiento, mientras que cogía las toallitas y se limpiaba las manos y los brazos, los cuales tenía manchados de grasa, algo de lo que ella no se había percatado.

Claro –se dijo–, cómo ibas a hacerlo si has estado mirando donde no debías.

—Que quede una cosa clara —soltó rabiosa—: la jefa aquí soy yo.

Santana seguía a lo suyo, mascando de forma exagerada su chicle.

—¿Me has entendido? —Se colocó delante de Santana y la obligó a mirarla. Y ella lo hizo. Y Brittany pensó que nunca, nunca, había visto tal mirada de deseo en una chica, y se enojó aún más porque ella no hubiese hecho nada por besarla.

—Te estoy haciendo una pregunta; o sea, si tu mente puede entender lo que le estoy diciendo, porque creo que eres tan obtusa que te has empecinado en ignorar el hecho de que soy la hermana de Sam, por ende, mando aquí hasta que este regrese. —No podía parar, de alguna forma tenía que desquitarse y expulsar su frustración—. Y si digo u ordeno algo, esto se cumple sin rechistar, no estoy acostumbrada a tratar con patanes pero créeme si te digo...

—Muy bien, te lo has buscado —soltó la morena contrariada.

La arrinconó contra la pared, pegó todo el largo de su cuerpo al suyo y la besó de forma descarnada. Ella se había preguntado si le metería la lengua. Pues lo hizo, hasta lo más hondo de su garganta. La besó de una forma tan sexual que Brittany se agarró a Santana de forma escandalosa hasta que Satán se apartó con la respiración entrecortada. Alzó la cabeza y se cruzó de brazos.

—No voy a disculparme —le dijo arrogante—, y tú no mandas en el personal de la empresa.

Se marchó dando un portazo y la dejó mirando al vacío, concretamente al lugar donde antes había ocupado ella misma. Brittany notó que tenía algo entre los dientes y lo escupió. La muy cretina le había metido el chicle en la boca.

—Pues quieras o no, yo soy la jefa.

Se arregló un poco la ropa y se dirigió a su despacho.

¡Dios, como besa!

***

—Jajaja, de verdad que no puedo. Te lo juro —volvió a reír—, es que no puedo ir; te lo juro por mis michelines y sabes que no miento.

Miraba por la ventana mientras hablaba por su móvil. No podía dejar de seguir con la mirada a Satán, mucho menos después de lo que había ocurrido en la mañana cuando esta la besó con la intención de hacerla callar y meterle el maldito chicle en la boca. Todavía se derretía al recordarlo.

Suspiró con deseo cuando vio cómo esta se quitaba la camiseta y la tiraba a un lado quedando solo en un sosten sport para, acto seguido, proceder a beber agua de una tinaja de cerámica que había en un rincón, junto al tanque de gasoil.

Sexo -se dijo-, eso es lo que necesito; una buena noche de sexo.

—¿Que no tengo michelines? Claro que tengo, un montón.

Ulrich, su profesor de pádel, estaba al otro lado de la línea telefónica y la estaba amonestando por haber faltado a sus clases.

—¿Cómo? —Estaba tonteando con él y lo sabía. Llevaban algunas semanas así, pero claro, después de haber visto a una de las trabajadoras de su hermano, ya no le parecía tan interesante el alemán. Tenía claro que sus gustos habían tomado otros derroteros, sobre todo hacia las latinas morenas con nombre de felino

—. ¿Noooo? Eres malo, de verdad que no puedo.

En ese momento, Satán entró en el despacho de Brittany para entregarle unas cartas de porte. Lo hizo sin mirarla, simplemente las dejó encima del escritorio y se dirigió a hablar con la mujer que se encargaba de las tareas de administración. Brittany alzó la voz para que esta la oyera.

—Está bien, esta noche a las nueve —intentó poner su tono más meloso, sabía que a Satán no debería importarle, pero ella quería que escuchase que ella no era su única opción. Ella no era ninguna desesperada

—. ¿Adónde? No me digas. ¡Al japonés del San Roque Club! Por supuesto, sé que puedes reservar en un sitio tan exclusivo como ese, nunca imaginé lo contrario.

Miraba de reojo a Satán, quien se estaba entreteniendo más de la cuenta en comprobar unos albaranes en la mesa de Elena. Cuando vio que esta salía murmurando cosas poco agradables sobre ella, sonrió satisfecha al ser consciente de que estaba molesta.

Muy bien -se dijo-, no seré la única que se sienta incómoda aquí.

—Entonces —volvió a hablar de forma normal, adiós a su tonteo—, nos vemos a las nueve. No, no hace falta que me recojas, iré en mi coche.

Colgó sonriente. Tal vez Ulrich la hiciera disfrutar de una buena noche y dejaría de pensar en cómo meter a la Satán en su cama.

Satán no pudo evitar dar una patada a una caja de cartón de las que había tiradas por todo el patio. Estaba disgustada consigo misma por haberse dejado llevar por el impulso esa mañana con aquella estúpida. Sí que estaba buena, eso era indiscutible, porque a ella la volvían loca las mujeres grandes y de enormes caderas, y esta, esta... bueno, que esta la tenía loca.

La forma en cómo la miraba, cargada de deseo, y como la perseguían sus ojos a través de la ventana de la oficina... No debió haberla besado, eso lo tuvo claro en cuanto lo hizo, pero es que se lo estaba poniendo muy difícil y ella no era de piedra. Encima, y a su pesar, lo que más le atraía era ese endiablado carácter de pija enterada que tenía, y esa forma de comérsela con los ojos. Se había quedado más del tiempo necesario en la oficina para enterarse de la conversación que esta mantenía con alguien, seguramente un hombre, y no debió hacerlo, porque le había molestado saber que había quedado esa noche.

Incomprensiblemente le había escocido, solo un poco, pero lo suficiente como para tenerla alterada toda la tarde.

Pues prepárate Santana –se recordó-, te quedan unos meses de infierno con esta piba. Se metió un chicle en la boca y empezó a mascar con furia.

La teniente rubia, le habían puesto de mote los trabajadores de Sam, sonrió con desgana, pues se quedaban cortos.__
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El mundo de Brittany

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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 7:43 am

Capítulo 3


—¿Va venir esta noche? —preguntó Whitney, su madre, entusiasmada, a su amiga Luchi.

Brittany miró con disgusto a las mujeres, ya estaban otra vez hablando de esa mujer, parecía que no existiera nadie más. Resopló, un poco harta de escucharlas. Cuando les daba por algo se volvían insoportables. Alzó los ojos en un gesto de desprecio mientras bebía su té, esta vez les había dado por la nueva millonaria.

Whitney representaba todo lo que ella quería ser cuando fuera mayor: sofisticada, solicitada y bien vista. Aunque tenía que reconocer que la palabra mayor era relativa; ella ya no era ninguna muchachita, el próximo domingo cumpliría treinta y cuatro años y era madre de una niña de siete. Por lo que tampoco es que tuviera mucho tiempo para alcanzar el umbral de elegancia de esta, aunque cada día se esforzaba por conseguirlo. De ahí su afán por entrar en el mundo de la moda y empezar a destacar de alguna forma.

—Aún no lo sé —le dijo la mujer  mayor, conocida por todos como Luchi, apelativo cariñoso de Lucía—, pero desde luego si va a venir ella, ahí estaré, sin falta.

—Pues yo no estoy tan segura de que venga —intervino Kitty, la hija de Luchi y amiga de Brittany, al igual que su madre era amiga de la otra—; por lo visto, con el único de nosotros con quien se relaciona, inexplicablemente, es con Sam.

—Es que mi hijo tiene un talento natural para hacer buenas amistades.

Brittany miró a su madre ante dicho comentario haciendo muecas con la cara. ¿Talento natural, su hermano, para hacer amistades? ¿Perdona? Elevó la vista al cielo en un gesto impotente y después miró a su amiga Kitty. Todo el mundo sabía que Sam era la oveja negra de la familia y que no andaba en buenas compañías, por lo menos no las adecuadas a su estatus, por mucho que su madre se empecinaba en hacer ver que no era así.

Kitty le devolvió a su vez una torva mirada. Tal vez porque estaba enamorada desde que podía recordar de su hermano y este no le hacía el menor caso. Es más, no la trataba nada bien y esta se lo consentía, hecho que no dejaba de ser un misterio para Brittany porque su amiga, si algo tenía, era dignidad. Y también era una borde sin remedio.

—Mamá, todos sabemos quién es mi hermano, no hace falta que maquilles la realidad, estamos en familia.

Su madre la miró indiferente, como si no supiese de lo que estaban hablando.

—No sé qué quieres decir con eso.

—Sam no es ningún santo —apostilló Kitty.

—Más bien todo lo contrario —murmuró bajito para no entablar ninguna discusión con Whitney.

—Mi Sam es una persona sensata y trabajadora, un emprendedor.

Al parecer, su madre nunca iba a admitir ante nadie que su hijo llevaba una forma de vida un tanto descuidada, desordenada, y que se relacionaba con gentuza.

—Hablemos de cosas más interesantes —intervino Luchi con el propósito de desviar el tema a cuestiones más interesantes para ella—. Como por ejemplo: nuestra inminente vecina.

—¿Vecina? —preguntó por educación, en realidad no estaba interesada en saber.

—Según me han informado está estudiando comprar un chalet en Sotogrande. —Whitney miró a su hija con gesto arrogante. Le encantaba ser la primera en dar una noticia. Era peor que el Hola.

—Mi madre y la tuya están obsesionadas con esa vecina, a la que, por cierto, no hemos visto nunca —señaló Kitty—, así que no sé de dónde viene tanta devoción. Podría resultar ser una imbécil.

—Vosotras no la habéis visto pero —Luchi miró a Whitney con intención —, nosotras que somos mujeres de mundo, sabemos apreciar a una dama hecha a sí misma. Lo que esta puede dar de sí, sobre todo en un sitio concreto...

Brittany y Kitty se miraron y pusieron cara de querer vomitar ante las risas tontas de sus respectivas madres

—. Es  la mujer ideal para una aventura extramatrimonial —prosiguió—: tan sensual, tan misterioso —pareció darse cuenta delante de quién estaba hablando—; por supuesto, nosotras estamos felizmente casadas. Lo digo por todas esas aburridas
casadas que se despellejarán vivas por tener algo con ella.

—¡Oh, cielos! —la animó Whitney—. Cuando Blaine me llamó histérico, contándome, con pelos y señales, que había conocido al escurridizo hombre ese —hizo como si fuera a desmallarse—, la impresión que este causa entre nuestro sexo, y lo impresionante que es, casi me da un vahído.

—Podría haberte contado la impresión que le ha causado a él.

Brittany miró a su amiga con intención para que no fuese por ese camino. Kitty a veces podría resultar una borde, adorable, pero borde en extremo. Y no quería que empezara su repetido discurso contra su ex marido.

—Ese comentario ha estado fuera de lugar —le recriminó su madre que miraba a Whitney con una disculpa en los ojos—. No sé por qué tiene que ser como es.

—Creo que Blaine se ha ganado nuestro cariño después de lo que ocurrió.

Brittany seguía tomándose su té sin querer entrar a participar en la conversación. Estaban en la terraza del club de golf, habían quedado allí para desayunar y que Brittany desconectara un poco de las obligaciones que le había impuesto Sam, y así cotillear un poco. Cotillear sobre la dama desconocida, la supuestamente irresistible empresaria que había llegado a Sotogrande para descansar un poco y ocultarse del mundo.

—¿Perdona? —preguntó Kitty con gesto irónico. Imitando la frase preferida de su amiga.

—Ya vale.

Brittany tuvo que intervenir para que su amiga no continuara metiendo cizaña contra Blaine porque, si bien era cierto que le había ocasionado un profundo daño cuando descubrió su engaño y su traición, también lo era que la apoyó cuando más lo necesitaba. Y eso no podía olvidarlo. Por eso, en aquellos años había cambiado su actitud con él. Ella nunca pensó que podía quedarse embarazada, sí claro, fue una estúpida por no tomar la píldora del día después como le había dicho a la chica con pene  con la que se acostó aquella noche, pero lo cierto es que se quedó. Y se quedó por inconsciente.

Y cuando supo que lo estaba no quiso abortar, después de todo, ¿qué le quedaba? Solo ese ser que crecía en su vientre y al que podría llamar suyo. Lo malo fue que a ningún miembro de su familia le sentó bien que se quedase en estado y no le dieron tregua. Empezaron las llamadas, los consejos, los acosos para convencerla de que abortara, y ello no hizo sino afianzar su decisión de no hacerlo. Después de todo no era ninguna paria, tenía posición y tenía dinero. No le debía explicaciones a nadie.

Nunca les dijo cómo o con quién había pasado, bueno, el cómo podrían imaginarlo, pensó cínica, pero no las circunstancias que la llevaron a quedarse embarazada. A la mañana siguiente a esa noche, se despertó malísima, con un fuerte dolor de cabeza y el cuerpo laxo, sin ganas de nada más que estar tirada en la cama todo el día. Lo que quiera que hubiera fumado debió ser una mezcla explosiva porque, sí que podía recordar todo lo que sucedió esa noche, no iba a comportarse como una hipócrita y negarlo, pero no podía recordar con claridad la cara de la tía que la preñó.

Durante los primeros meses de gestación había mantenido un sepulcral silencio en lo referente a la identidad del padre, mejor dicho de la otra madre de su criatura, más bien porque la desconocía que por otra cosa, y tal vez fue eso, el hecho de que nunca se volvería a cruzar en su camino ni tendría que discutir nada con ella en lo referente a su retoño, lo que la ayudó también a seguir adelante con ello.

Y contra todo pronóstico Blaine estuvo ahí, ayudándola, apoyándola. Después de lo que le había hecho, del daño que le causó y de que, indirectamente, fuera el causante de que se quedara en estado de aquella forma alocada... estuvo ahí. En cuanto se enteró de que estaba embarazada, de las habladurías que corrían sobre ella, porque todos empezaron a decir, a excepción de su familia por supuesto, que su marido la había abandonado porque se había quedado embarazada de otro hombre supuestamente, pues eso: que se ofreció a ayudarla, y ocultar la verdad. Decidieron, los dos, decir que el bebé era de él, pero que no congeniaban y por eso se habían divorciado. Tuvieron que dar muchas explicaciones porque cuando Brittany se embarazó llevaban poco más de un año separados, pero las afrontaron diciendo que fue la consecuencia de un intento de acercamiento. Así ninguno de los dos saldría mal parado, ni ella, ni él, porque claro, si Brittany llegaba a contar el motivo real de su divorcio, no solo haría pedazo a los padres de Blaine sino también a sus tíos, después de todo, su primo era el amante de su ex marido.

—Entonces, ¿qué? —Brittany se percató de que le estaban preguntando algo y que ella se había perdido en sus pensamientos, una vez más, por lo que no consiguió atinar a responder a la pregunta.

—Por supuesto que irá —respondió por ella su madre—, y tú deberías ir también, Kitty.

—¿Yo? —se señaló—, claro que voy a ir. No me perdería por nada del mundo el veros a ti y a mi madre hacer el ridículo ante esa vecina.

—Lo que yo te diga, no sé qué hacer con ella. Aún no me explico qué hemos hecho tan mal para que esté en constante estado de odio con el mundo.

Kitty mantuvo la boca cerrada, por esta vez. No iba a decirle a su madre qué es lo que había hecho mal, nunca lo aceptaría. Como tampoco iba a decirles que no pensaba perderse la fiesta por si a Sam se le ocurría aparecer por allí. Al menos le quedaba el consuelo de verlo, por mucho que pasase de ella.

—Bueno, entonces no se hable más, tenemos que prepararnos para esta noche.

—Ya empezamos —protestó Kitty.

—Yo no podré ir —se excusó Brittany—, tengo mucho que hacer y no tengo tiempo.

—¿Cómo que no puedes ir? —Su madre parecía escandalizada.

—Además, Blaine tiene que traer a Jimena. Solo se la ha llevado por unos días.

—Habló conmigo esta mañana —la informó su madre—, por lo visto tenías el móvil fuera de cobertura.

Brittany no le dijo el motivo por el cual no había contestado al móvil. Estaba tan absorta, desesperada y excitada, mirando por la ventana de su despacho a la Satán que, cuando se percató de que la estaban llamando y fue a cogerlo, Blaine ya había colgado.

—Tengo mucho trabajo —al decir esto se sonrojó, esquivando la mirada de su madre.

—El caso es que no traerá a Jimena hasta mañana, dice que está un poco resfriada y no quiere meterla en el AVE con el aire acondicionado tan fuerte que suelen poner.

Brittany no se molestó. Blaine quería tanto a su hija como ella misma, y la cuidaba tan bien o mejor que cualquier mujer lo hubiera hecho. Así que consintió sin ningún reparo.

—Entonces, será mejor que me vaya. Tengo que seguir trabajando. —Y observando el objeto de mi deseo. No puedo pasar un momento sin tenerla ante mí. Me estoy volviendo una posesa.

—Voy contigo —se apuntó Kitty sobresaltándola.

—¿Para qué? —le preguntó contrariada.

No quería que su amiga viera a Satán, seguro que a ella también le gustaba.

—Quiero echar una ojeada al lugar de trabajo de Sam, ahora que no está.

—Créeme, no te gustará, está todo lleno de personas  rudas y malhabladas
.
—Por eso quiero ir —insistió Kitty.

—Esta hija mía no cambia —refunfuñó Luchi.

—Entonces, nos vemos esta noche —le ordenó su madre con ese tono tan peculiar que quería decir: y no se hable más—. Nosotras vámonos al Spa, querida, que ellas se entretengan en ese sitio tan ordinario. Aún no me explico como mi hij...

Brittany observó a su madre alejarse de allí con la madre de su amiga cogida del brazo, y pensó que de no haber estado tan necesitada de volver a ver a esa morena, se hubiese ido con ellas al Spa aunque dudaba que su calentura se calmara allí.

—Bueno, ¿entonces?

—No entiendo por qué quieres venir a una nave llena de camiones, de grasa y mercancías.

—Por el mismo motivo por el que tú estás deseando volver allí —le dijo con una sonrisa.

Brittany se quedó callada.

—¿Tanto se me nota? —le preguntó molesta.

—¿Que estás deseando volver a ese lugar? —la miró haciendo una mueca—, demasiado. ¿A quién has visto que te tiene así?

¿Para qué mentirle?, después de todo, Kitty no se daría por vencida, incluso acudiría a la nave a ver por sí misma lo que ocurría.

—A una mujer espectacular —le dijo sonriente—. Créeme, ni te la imaginas. Es una morenaza que no veas, o sea que, está muy bien, demasiado —miró a su amiga abriendo los ojos exageradamente—. Súper buena.

—¿Ya no te gusta Ulrich? —Kitty se refería a su profesor de pádel.

Ella había decidido tomar clases con Brittany para servirle de tapadera cuando mantuvieran una relación.

—No lo sé —le dijo con una mueca—. He quedado esta noche para cenar con él a ver si se me pasa la tentación de salir tras esa mujer y tirarme encima.

—Pues queda con la que te gusta más.

Brittany pensó que Kitty nunca solía ver los inconvenientes de las relaciones cuando le gustaba alguien, como le pasaba con Sam.

—No puede ser, de verdad, te lo juro; es que es, es... —no encontraba la palabra correcta—, es demasiado ordinaria.


–No sé si debo creerte, si te gusta tanto acabarás liada con ella. Hablas mucho pero después actúas movida por impulsos.

—Te lo juro, de verdad.

—Bueno, tú verás lo que haces. ¿Y qué sabes de Sam? —Brittany dudó un momento en decirle lo que sabía a su amiga. No quería hacerle daño, pero lo cierto era que su hermano había tenido ese accidente por inconsciente y ella estaba segura de que había una mujer detrás de todo. Pero por ahora solo eran sospechas.

—Que tiene dos piernas rotas y un hombro dislocado; está en su apartamento de Atlanterra, recuperándose.

—¿Tan mal está? —A la otra se le humedecieron los ojos—. Si vas a verlo me gustaría acompañarte.

La súplica en la voz de Kitty no le gustó. Su hermano no se lo merecía.

—No creo que debas, mi hermano no se porta bien contigo.

—Pero quiero hacerlo.

—¿Para qué? Si siempre te deja en ridículo o te suelta algo desagradable —Brittany no entendía que Kitty se dejase humillar por Sam como lo hacía, desde luego ella nunca lo permitiría.

—¿Vas a dejarme ir contigo, o no?

—Está bien, ven, pero después no quiero verte llorando ni montando escenitas.

Kitty le lanzó una mirada de reproche y se fueron juntas en el coche de Brittany a ver a Sam. Brittany pensó que así aprovechaban y se tomaban un café en un chiringuito en la playa. Decididamente esa tarde no pasaría por las oficinas de la empresa de Sam, tal vez así se olvidaba un poco de ese beso.

Irían juntas a ver a su hermano, solo que esperaba que su amiga no acabara muy perjudicada con esa visita inesperada a este.

***
—Lo sé —repitió por cuarta vez a la persona que lloraba al otro lado del teléfono mientras terminaba de arreglarse. Eran las ocho y media y había quedado a las nueve—. ¿Y qué quieres que haga? Ya es bastante mayorcito. —Guardó silencio mientras se descalzaba, aquellos tacones la estaban matando—. Te dije que no fueras a verle. Esto te pasa por pesada, si lo ignorases te iría mejor, ¿sabes?

De nuevo se vio obligada a guardar silencio a la vez que alzaba los ojos hacia el techo y resoplaba pidiendo paciencia para aguantar el berrinche de Kitty. Ahora estaba despotricando contra el mundo y contra Sam, su hermano, en particular. Brittany estaba un poco cansada de la personalidad inconstante de la que su amiga hacía gala cuando se trataba de este, pero ¿qué remedio le quedaba más que soportar sus arrebatos: primero de melancolía y después, de rabia y frustración?

Miró por la ventana para controlar, a la par que escuchaba a la otra desahogarse, lo que hacían sus trabajadores, o mejor expresado, lo que hacía una en particular.

Afortunadamente para ella, una de las ventanas del despacho principal daba al patio interior de la nave, y de ahí podía verlo casi todo. Había decidido no volver a la empresa pero no pudo evitarlo, y allí estaba.

—No, no pienso ir.

Kitty estaba ahora utilizando el chantaje emocional para obligarla a ir a la recepción de esa noche en el club de golf donde se daría la bienvenida al famoso desconocido.

—Ya te dije que había quedado para cenar con Ulrich.

Miro su reloj de pulsera nuevamente, ya eran las nueve menos veinte. Tenía que salir inmediatamente si quería ser puntual. Kitty volvió a la carga, esta vez utilizando todas las armas de las que disponía, y Brittany tuvo que claudicar para que se callase de una vez.

—De acuerdo, puedes venirte a cenar —aceptó cansada—. Pero después no te quejes, vamos al japo y a ti no te gusta. —Más comentarios al otro lado de la línea—. Claro que no me molestas, bueno, tú ve saliendo ya que llego tarde. Dile a Ulrich que me retrasaré un poco, tomad una copa mientras llego. Vale, besitos, yo también te quiero.

—¿Interrumpo?

Brittany acababa de colgar cuando Satán apareció en el umbral de la puerta de su despacho con semblante serio. Optó por ignorarla, si cuando sonreía era arrolladora cuando ponía ese semblante tan arisca era, era...

No,se ordenó, tú te vas con el alemán.

—No tengo tiempo para tus tonterías —espetó sin mirarla siquiera—,estoy saliendo.

Santana la miró de arriba abajo, la repasó un par de veces y frunció el ceño. Brittany llevaba puesto un vestido de gasa rosa chicle, entallado en la parte del pecho y la cintura, con manga hasta el codo y por encima del muslo. Era muy elegante y sexy a la vez, pero lo mejor es que le sentaba como un guante. Se veía elegantemente provocadora, y ella lo sabía. Llevaba el pelo recogido en un moño flojo con su largo flequillo mechado cayéndole desordenado a ambos lados del rostro. El conjunto lo coronaban sus manolos dorados y su pequeña cartera a juego. Ah, y por supuesto unas
enormes argollas de oro.

—Tenemos un problema.

Satán entrecerró los ojos cuando la vio abrir su bolso, sacar un pequeño espejito y una barra de labios, ignorándola, mientras se apoyaba en una esquina del enorme escritorio para pintarse sus enormes morros del mismo color rosa que su vestido. No supo el motivo, pero no quería verla salir tan despampanante para ir al encuentro de ese hombre con el que la oyó quedar esa mañana. La esperó a que terminara de arreglarse. No tenía prisa, pero lo que tenía seguro era que esa noche no acudiría a su cita.

Brittany cerró su espejito cuando hubo terminado se volvió a calzar, la miró y alzó las cejas mientras recogía sus artilugios y los guardaba en su pequeña cartera.

—¿No puedes solucionarlo tú?

—No —le dijo seria—, tu eres la jefa, ¿recuerdas?

Ella apretó los dientes. Por supuesto, a buenas horas. Seguramente habría que arreglar algún papeleo que una patán como ella no sabría rellenar. Se colocó frente a Santana, quería que oliera su perfume de cítricos. Quería que la deseara.

—Soy toda oídos.

—Tienes que venir conmigo a recoger una mercancía al puerto.

—¿Perdona?

—Tienes que venir conmigo a recoger una mercancía al puerto.

—¿Qué?

—Tienes que venir conmigo a recoger…

—Te he oído y entendido a la primera –se enfadó.

—Pues no lo parecía.

—Estaba siendo irónica, no entiendo por qué tengo que ir yo, estás para algo aquí. Se supone que tú eres quien se encarga de todo lo relacionado con la logística.

—El dueño de la mercancía quiere conocer al gerente de la empresa para ver si le inspira confianza —se encogió de hombros—, cosas de vosotros los empresarios. Yo solo soy una currita, así que hala, vente conmigo en el camión para ahorrarnos un viaje. Vamos, lo saludas, y cargamos. Así no tenemos que ir otra vez después a por la mercancía.

Brittany la miró incrédula.

—No estoy bromeando.

Ella apretó los labios con rabia.

—Estoy esperando, después de todo solo soy una trabajadora, es tu hermano el dueño de esta empresa; si quieres quedar mal con un cliente solo porque no te apetece ir a saludarlo por irte a una cena, es tu problema.

—Es que sigo sin entender por qué quiere conocerme, le hacemos un trabajo por el cual nos paga, punto.

—Se trata de una cuestión de confianza —le explicó—. Tu abuelo era el dueño de esto y falleció. Ese hombre es de su misma edad y depositó la confianza que le tenía en Sam; ahora Sam no está, y querrá saber si puede confiar en ti. ¿Puede?

Satán la miró a los ojos al hacerle esta pregunta y ella se sintió desfallecer, de nuevo. Tal vez Santana le estaba preguntando si ellos, los trabajadores, podían confiar en ella. ¿Podían?

—Vamos —convino.

No tenía más remedio que ir porque si no lo hacía le estaría dando la excusa perfecta para que le echase en cara que no era apta para gestionar la empresa. Y aún no había hablado con Sam de las condiciones en las que estaba allí, ni comprobado si su hermano le otorgaba autoridad para despedir o contratar a gente, o lo que fuera.

—Entonces, ¿a qué esperas? —le preguntó tomándola del brazo y soltándola al sentir un chispazo.

Satán había sentido una descarga, la misma que debió sentir Brittany, porque esta miró el lugar donde la había tocado sin comprender qué había ocurrido. Bueno, sí que comprendían, ambas, las dos sabían que la atracción entre ellas iba a mayores y que tendrían que ponerle coto si no querían acabar tumbadas en el suelo de aquel enorme despacho y haciendo cosas en las que era mejor no pensar.

—Yo primero, sígueme.

—Grosera —refunfuñó ella—. Yo primero —la imitó—. Maleducada.

Satán no se volvió, ni le contestó, bastante tenía con no colocarla de un tirón encima de la mesa y subirle la escasa tela de la falda de aquel arrebatador vestido para luego colarse entre sus piernas hasta hacerla suplicar que se la metiera una y otra vez. Se le contrajo el estómago. De haberla dejado ir delante, contoneándose de aquella forma que tenía de andar, no sabría si hubiera sido capaz de controlarse. Suspiró hondamente y se ordenó pensar en otra cosa.

Me quedan unos meses de infarto
.


Última edición por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 9:47 am, editado 2 veces
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 8:01 am

Capítulo 4


Cuando llegaron a la cabina del camión, Satán subió y se sentó en el asiento del conductor, esperando que ella hiciera lo propio en el del copiloto. Sin embargo Brittany pareció no tener prisa en hacerlo, por lo que Santana misma abrió la puerta por la que debía subir ella desde dentro, pero claro, no contaba con que desde esa posición tenía una vista privilegiada del pronunciado escote de esta, y de su exuberante anatomía.

—¿Por qué tardas tanto? —preguntó cortante—. Vamos, sube, no tenemos toda la noche. Hay que estar allí antes de las diez y ya son las nueve y cinco.

—Sé perfectamente qué hora es, tenía una cita a las nueve.

—No sabes cuánta pena me da que te la hayas perdido —replicó con burla.

—Tú estás majara, no he perdido nada, solo llegaré un poco tarde.

Satán no dijo nada pero la miró de forma enigmática y Brittany se preguntó si todo aquello no era sino un mezquino plan de aquella para obligarla a anular su cita con el fin de hacerle una faena.

—¿Vas a subir o tendré que subirte yo?

—Tengo un problema, no puedo con estos zapatos, el tacón es tan fino que se engancha en los boquetitos del estribo.

—Quítatelos.

Satán no entendía dónde radicaba el problema. ¿Sería tonta de verdad?

—No pienso andar descalza por aquí, está todo sucio y lleno de grasa.

Santana soltó un juramento.

—Tú lo has querido.

En un santiamén se bajó del camión, dio la vuelta, la tomó por el trasero y la izó sin el menor esfuerzo hasta dejarla cómodamente sentada en el asiento del copiloto. Luego dio la vuelta y volvió a ocupar su lugar. No la miró. No dijo nada. Solo mantenía la mandíbula fuertemente apretada y miraba al frente.

—Ponte el cinturón.

—¿Qué? —Brittany aún estaba temblando al haber sentido sus fuertes manos en sus posaderas mientras la subía de aquella forma animal a la cabina del camión.

Santana se giró hacia ella, tomó el cinturón y se lo puso, no sin antes dedicarle una ardiente mirada que hizo que Brittany apretará fuertemente las piernas, una junto a otra, en un intento de evitar sentir aquellas sensaciones que la estaban ahogando.

—¿Lista? —pregunto Santana sin apartar la mirada, ahora, de sus labios.

—Totalmente.

Brittany pensaba que estaban hablando de otra cosa y no de ir al encuentro de ese cliente. Satán le sonrió y se retiró a desgana mientras se metía de nuevo un chicle en la boca.

—Por cierto —dijo al cabo de unos segundos—, bonitas bragas. Me encantan las de tipo brasileña.

Brittany se quedó sin respiración y la miró a través del espejo retrovisor. Vio cómo ella sonreía y contrajo sus partes íntimas en un intento de controlar su lujuria.

Que no siga por ahí o me dará perfectamente igual que estemos dentro de un camión y sentarme a horcajadas sobre ella.

—Gilipollas —murmuró por lo bajo en un intento de mantener sus defensas, y Satán soltó una sonora risotada que la molestó sobremanera, por lo que cogió su iPhone y le envió un whatsapp a Kitty avisándola de que llegaría más tarde de lo previsto.

***

—No me lo puedo creer, ¿qué puede pasar ahora?

Brittany estaba que echaba chispas. Eran las diez y media, ya era imposible que acudiera a la cena porque la cocina cerraba a las once y la reserva era para las nueve. Y ahí estaban, en mitad de la carretera que iba al polígono donde estaba la empresa,
detenidas por la Guardia Civil en el arcén, porque querían revisar los papeles del camión y el tacógrafo. ¿Qué más podría ocurrir para evitar que acudiera a su cita? Se había subido al camión; había acudido a saludar al cliente, quien, por cierto y para su indignación, no se encontraba porque se había ido a cenar con su esposa; habían cargado la mercancía; y, cuando estaba segura de que a Satán no se le ocurriría nada más que pudiera entretenerla, van y las paran agentes de tráfico, los cuales no tenían mucha prisa en hacer su trabajo y estaban de cháchara con su conductora.

¡Ya no puedo aguantarlo más!

Se bajó como pudo de la cabina del camión para poder oír lo que hablaba Satán con los agentes y se indignó al escucharlos hablar del partido de fútbol que se jugaría pasado mañana entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid. Pensó que de haber podido les hubiera atizado con algo a los tres. A Satán por imbécil, puesto que sabía que tenía una cena y que se la había perdido por su culpa; y a los otros dos, por estar de cháchara en horas de trabajo, contribuyendo a que ella se hubiera perdido su cita.

Estaba tan indignada que, que… la iba a matar. Sí, eso haría.

Lentamente, muy lentamente, pero después de haberle dicho lo que se merecía. Consiguió poner los dos pies en el asfalto con bastante esfuerzo porque sus tazones se quedaban estancados en el estribo, y cuando por fin consiguió hacerlo se giró para decirle cuatro cosas a aquellos tres y… se dio de bruces contra el suelo. Con la mala suerte de caer en mitad de un charco de barro.

–Esto no me puede estar pasando. De verdad que no puede ser, es insoportable.

Satán escuchó un fuerte golpe y un lamento por lo que volteó la cabeza hacia el lugar en el que debía de estar Brittany, pero cuando no la vio en el asiento del copiloto se asustó y corrió hacia la puerta por la que se subía al asiento en el que un momento antes la había dejado. Y se la encontró en no muy buenas condiciones, al menos, no las mejores tratándose de ella.

—¿Estás bien? —le preguntó cuándo la descubrió sentada en mitad de aquel lodazal.

—Tú.

Tuvo que apretar los puños para aguantar el coraje que sentía, todo era culpa de ella.

—Déjame que te ayude.

—Ni se te ocurra tocarme.

—No seas terca —insistió inclinándose hacia ella para ayudarla a incorporarse.

—He dicho que no —le dio un manotazo para que la dejara en paz.

—No es momento para tus malcriadeces.

Brittany la miró duramente y Satán se apartó, incorporándose de inmediato mientras le dedicaba una mirada risueña.

—Entonces, ¿no necesitas que te ayude?

—Créeme, puedo yo sola.

Vio cómo Santana hacía un gesto a los guardias, indicándoles que todo estaba bien, por lo que se puso de rodillas para levantarse ella sola, sin su ayuda. No la quería, y no la necesitaba. La muy estúpida le había arruinado la noche, una noche que había planeado, precisamente, para olvidarse de ella con un hombre, y no para estar poniéndose constantemente en evidencia en su presencia.

—¡Ay!

Volvió a resbalarse.

—Estás comportándote de forma irracional.

—No, no lo hago.

—Sabes que sí.

—Y tú has arruinado mi noche.

—Pero puedo mejorarla.

—No sé cómo vas a hacerlo.

Satán la observó, desde su posición, con admiración. En aquel momento Brittany tenía todo el vestido y las rodillas manchadas de lodo, y a pesar de ello, mostraba una dignidad y una soberbia que la tenían encandilada. La observó mientras ella volvía a ponerse a cuatro patas para intentar incorporarse de nuevo y no pudo evitar pensar en levantarle la sucia falda, apartar la sensual braguita y embestirla por detrás. Sí, ya sabía que no debería de tener esas intenciones con ella pero, ese enorme trasero en
aquella postura la estaba sacando de quicio, y sentía unas ganas incontrolables de cogerlo entre sus manos, apretarlo y dirigirlo hacia su miembro para así poder..., tosió para poder recomponerse un poco puesto que su temperatura corporal iba subiendo por segundos. ¿Qué pensaría entonces de cómo podría mejorar su noche? Sin poder soportar por más tiempo las ganas de tocarla nuevamente, se agachó y la tomó en brazos mientras ella protestaba con fiereza a la vez que le echaba los brazos al cuello.

Claro que Brittany siempre diría que lo hizo para no caerse y no porque quisiera apretarse contra ella. Y Santana no pensaba preguntar, por si acaso.

—Tengo mis recursos.

—¿Qué dices? —preguntó nerviosa al verse sujeta por sus brazos.

—Que puedo mejorar tu noche.

Su forma de decir aquellas palabras, lo que Brittany creyó entender entre líneas, y todo el anhelo que llevaba sintiendo desde que se la encontrara en la empresa de Sam, hicieron que no supiera qué decir.

—Vaya, la gran jefa se ha quedado sin palabras.

Ella seguía en silencio y Santana creyó entender que ella nunca se rebajaría a estar con alguien que no perteneciera a su reducido círculo social pero que sería demasiado educada como para decirlo claramente. Y se enfadó, porque ella sabía que era mucho más de lo que ella veía a primera vista.

—Sube.

Lo dijo sin miramientos, tal vez por el deseo insatisfecho, tal vez por el hecho de pensar que ella la considerase inferior.

—No hace falta que seas tan brusca. Y mira, te has manchado la camiseta de barro también —No pudo evitar que sonara como si la estuviera llamando idiota.

—Eso es lo único que te preocupa, la apariencia.

—¿A qué viene esto? La que se ha caído he sido yo, y es a mí a quien se le ha estropeado la ropa, la cual por cierto es muy cara.

—No haberte bajado del camión —soltó enfadada.

—No haberte puesto a hablar de fútbol con ellos sabiendo que tenía que llegar cuanto antes a mi cita.

Satán la miró echando chispas por los ojos y se quitó la camiseta, quedándose solamente con sosten deportivo y los pantalones de trabajo. A continuación se abrochó el cinturón y la ignoró.

—Ponte la camiseta.

Brittany dijo aquellas palabras con contención. Satán la miró un momento y luego volvió a centrarse en la conducción. No iba a hacer caso a sus caprichos, además estaba ardiendo y necesitaba el relente que entraba por la ventanilla del vehículo para enfriarse aunque solo fuese por fuera.


—¿Puedes ponerte la camiseta?

Lo intentó de nuevo. El verla semidesnuda de nuevo estaba siendo demasiado para su tranquilidad. Era tal el deseo que esa morena le despertaba, así como su determinación a no ceder ante ella, que iba a volverse loca.

—Si me das una buena razón para ello..., aunque no creo que te obedezca puesto que está manchada. No quiero ponerme la ropa sucia.

—Mi vestido también está sucio y no por eso me lo he quitado.

Ese comentario sí que atrajo su atención. La miró un momento y volvió a centrarse en el volante. Aunque empezó a sudar.

—No te he dicho que no lo hicieras.

—Te agradecería que te pusieras la camiseta, no me importa que esté sucia.

—¿Estás incómoda?

—No, no lo estoy.

—¿Y debo creerte?

—Está bien, sí que lo estoy. Te juro que estoy enfadada, sucia e incómoda —la miró tragando saliva—. Ahora, ¿te importaría ponerte al fin la camiseta?

Brittany sabía que se estaba comportando como una tonta remilgada pero es que, o se ponía de una maldita vez aquella camiseta o ella, o ella,

¡quiero que se la ponga ya!

—No, no me la voy a poner —sonrió—; siento que te sientas incómoda pero no voy a hacerlo.

Satán también estaba siendo irracional pero lo suyo tenía una sencilla explicación: estaba como una moto.

—Tú lo has querido —soltó furiosa.

Brittany se desabrochó el cinturón de seguridad, se bajó la cremallera lateral del maltrecho vestido sin dejar de mirarla un momento y luego se levantó un poco para sacárselo por la cabeza, quedándose simplemente con el sujetador de raso color rosa a juego con sus brasileñas. Hizo una bola con la tela y se la arrojó a la cara.


—¿Qué...

Satán se quitó la tela de la cara de un manotazo, pero ya se le había manchado esta, y cuando se percató de lo que ella había hecho, al verla en ropa interior, dio un volantazo.

¡La hija de puta se había quedado en ropa interior en la cabina del camión!

—¿Por qué has hecho eso?—preguntó tensa.

Se puso a sudar sin control. Menos mal que estaba a unos doscientos metros de la nave, en cuanto llegaran se metía en la ducha de los vestuarios. Sí, eso haría, se daría una ducha fría, muy fría. Helada.

—Por el mismo motivo que lo has hecho tú —dijo triunfal.

Satán no pudo evitar soltar una carcajada y Brittany la siguió, y le pareció surrealista aquella situación. ¿De verdad estaban semidesnudas, con la libido por las nubes, riéndose, en la cabina del camión y camino de las oficinas?

En cuanto cruzaron la puerta de la nave, Satán, paró un momento el vehículo para que ella bajara lo más cerca posible de su despacho. Tampoco era cosa de andar por el recinto en paños menores, y cuanto antes la perdiera de vista mejor.

—Bueno, jefa —le dijo con una sonrisa lobuna—, será mejor que nos separemos aquí, ha sido una noche intensa.

Brittany no dijo nada, dudó un momento en si debía bajar o no pero, finalmente, ganó el sentido común. Y se bajó, con pocas ganas, pero lo hizo.

—Mañana la quiero a las ocho en punto en su puesto de trabajo.

Santana alzó las cejas sorprendida y luego asintió. Se quedó esperando a que ella entrara en las oficinas antes de arrancar de nuevo el motor.

—¿Será posible? —Negó con la cabeza para despejarse un poco de sus calenturientos pensamientos—. Qué guapa es la jodída.__
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por JVM el Mar Mayo 16, 2017 3:28 pm

Jajajajaja amoooo la historia..... Vaya forma de conocerse y tienen una hija!!!!! Aunque el que no recuerden bien esa noche complica un poco las cosas......
Y pues si siguen así no creo que aguanten mucho tiempo sin que pase algo entre ellas ... Tal vez le den un hermanito a la pequeña Jimena jajajajaj
Gracias por la historia!!!!!
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Mensaje por micky morales el Mar Mayo 16, 2017 4:46 pm

jajajajajajajajajajaja tremenda historia y full gracias por dedicarnosla a tus fieles lectoras!!!! espero la actualizacion!!!!!!
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Mensaje por Tati.94 el Mar Mayo 16, 2017 9:14 pm

Gracias por la historia!! Paso rapidito a dejar el comentario. Me encantó esta historia, bueno todas en realidad!!!
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 11:57 pm

JVM escribió:Jajajajaja amoooo la historia..... Vaya forma de conocerse y tienen una hija!!!!! Aunque el que no recuerden bien esa noche complica un poco las cosas......
Y pues si siguen así no creo que aguanten mucho tiempo sin que pase algo entre ellas ... Tal vez le den un hermanito a la pequeña Jimena jajajajaj
Gracias por la historia!!!!!


Hola que gusto que te halla gustado la historia..... ataste cabos bien rápido. Pero las Brittana aun no.... el resultado de su noche loca....... espero recuerden pronto....
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 11:59 pm

micky morales escribió:jajajajajajajajajajaja tremenda historia y full gracias por dedicarnosla a tus fieles lectoras!!!! espero la actualizacion!!!!!!

Me siento tranquila al saber que les gusto a mi me encanta, y por supuesto si ustedes son la razón por la que adapto.. como no dedicarselas........ y ya vamos a actualizar.saludos.... y como siempre sorry por perderme por un tiempo a veces, espero entiendan pero siempre regresare.....
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Mayo 17, 2017 12:00 am

Tati.94 escribió:Gracias por la historia!! Paso rapidito a dejar el comentario. Me encantó esta historia, bueno todas en realidad!!!

Hola chica, no tienen nada que agradecer ustedes son el porque comence y sigo adaptando... gracias por comentar.... a mi tambien me gusta mucho la historia..... gracias.....
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Mayo 17, 2017 1:07 am

Capítulo 5


Ya no podía aguantarlo más. Su juguetito no le había servido para quitarle la urgencia que tenía de un buen orgasmo. Sí, había llegado al clímax, pero como tenía en mente a Cierta morena con nombre de diabla que la tenía en un constante estado de desasosiego… Ainssss, diabla como sus ojos, pensó sin poder evitarlo.

Desde la noche anterior estaba que se subía por las paredes. Maldita Satán y su atractivo, y maldita ella por no poder evitar esa atracción que la estaba volviendo una insensata. Cogió su vibrador y lo limpió con las toallitas íntimas que siempre llevaba en el enorme bolso que la acompañaba desde que se hiciera cargo de aquel negocio, después lo guardó en su estuche especial, metiéndolo nuevamente en el bolso sin cerrar la cremallera de este. Nunca se había masturbado en el lugar de trabajo, pero es que sentía una urgencia sexual tan bestial que sentía que se estaba volviendo loca.

Sentándose en el enorme sillón, se dispuso a revisar los albaranes del último mes en un intento de no pensar en esa endemoniada chica que la traía de cabeza, sin embargo, y muy a su pesar, sus pensamientos volaban una y otra vez hacia ella, a la que por cierto había estado observando desde la ventana de su despacho. Una vez más. Empezó a morderse las uñas, un hábito que había dominado hacía años gracias a la insistencia de Blaine, a las vez que sus piernas comenzaron a moverse sin parar, como quien tiene un tic nervioso.

No puedo más. Que me llamen ninfómana o lo que quieran, pero es que necesito sexo, y lo necesito con ella.

¿Cuánto llevaba sin acostarse con alguien? ¿Varios meses, un año? No podía precisarlo, su último amante se había marchado a Panamá a atender negocios, y ella le había echado el ojo al profesor de pádel, Ulrich, por lo que en ese tiempo no se había acostado con nadie en lo que duraba el tonteo hasta que su relación pasara a mayores. Pero tuvo que aparecer ella y trastocarlo todo, trastocarla a ella. Gracias a esta, su pretendida noche con el alemán en el japonés no se dio, y encima había tenido que aguantar el sermón de Kitty por whatsapp puesto que no se presentó ni a cenar ni más tarde. Pero, ¿cómo iba a hacerlo si estaba que se subía por las paredes del deseo insatisfecho? ¿Y por culpa de quién? Sí, siempre de la misma. Aún no llegaba a comprender, no sabía, la necesidad y el deseo que esta había despertado en ella.

¿Que no lo sabes? Ni tú misma te lo crees. Es tan básico que te pone como una moto.

¿Y si iba a buscarla?

No, ni hablar. No iba a relacionarse con una simple camionera.

Se enroscó un mechón de su cuidada cabellera en un dedo a la vez que su pelvis se movía en sinuosos movimientos en su asiento. Quitándose los zapatos de tacón de aguja que solía ponerse para ir a la oficina, se descalzó y acarició un pie con el otro, cubierto por las carísimas medias negras.

Abrió las piernas. Se sentía tan caliente...

Con la mano que tenía libre, empezó a subirse la estrecha falda tubo hasta llegar a su parte más íntima, donde momentos antes había estado su vibrador. Y alzando un poco sus nalgas para ayudarse, tiró de su tanga de encaje hacia abajo, hasta que se lo quitó, lo hizo un ovillo y lo puso en la esquina de su mesa, para no olvidarse de guardarlo más tarde. Después procedió a introducirse un dedo dentro de la zona de su cuerpo que ansiaba el roce, deleitándose con el movimiento mientras evocaba el rostro de Satán, sus ojos, su sonrisa lobuna, pero consciente de que no sería suficiente.

Debería ir a buscarla, ella también la miraba con deseo, había podido sentirla. Se le insinuó, por supuesto que sí. Podría inventarse cualquier excusa.

Después de todo, trabajaba para ella, podría consultarle cualquier cosa, no en vano era una camionera más. Su camionera, por mucho que se empeñara en decir que era la jefa de logística. La miraría insinuante, si veía algún indicio en Santana de que sentía la dichosa tensión sexual como ocurrió la noche anterior...

¡Ojalá! ¡Jopetas!

¿Cómo demonios conseguía ponerla en ese estado ese engendro de mujer? Había pasado la noche en vela en un estado de dolorosa excitación al que había decidido ponerle remedio.

Intentó convencerse de ir a buscarle, pensando que alguna vez tendría que probar una mujer que no tuviese su misma cultura, su educación, es decir: la clase obrera, aunque solo fuera esa única vez. Bueno, y aquella otra también, pero esa no contaba, ocurrió hacía ya muchos años.

Estaba completamente segura de que, después de una sesión de sexo alocado con esta, se pasaría su fiebre. Y si no, tampoco tendría que verla mucho más de unos meses, que era el tiempo máximo que le había concedido a su hermano para hacerse cargo de aquello. Así se la quitaría de encima en caso de volverse pesada. Se echó a reír como una histérica.

Si su amiga Kitty la viese en aquellos momentos se moriría.

Sí, claro, pero lo haría de envidia de saber que tengo a esa morena a mi alcance.

Solo de recordar sus brazos manchados de grasa, con esa camisetita de algodón de tirantes blanca, sudada debido al trabajo duro, con esos vaqueros gastados... Se volvía a excitar de recordar cómo se había agachado delante de ella para recoger unos guantes de trabajo que estaban en el suelo, obsequiándola con una notable visión de su redondeado y prieto trasero. Retiró la mano de sus partes íntimas con decisión, levantándose como pudo porque estaba hasta dolorida a causa del deseo. Iba a hacerlo, al cuerno las consecuencias, ya no podía aguantarlo más, la necesitaba con urgencia. Volviendo a calzarse salió para ordenarle a Elena que se marchara a casa. No quería testigos de lo que iba a hacer. Había visto al Satán dirigirse a los vestuarios, y ese sería un buen lugar para un revolcón.

Sí, sería algo novedoso para ella.
***

—Tío, paso. Ni hablar.

—Es que no tengo tanta confianza con los demás como para pedírselo—le explicó el otro con voz lastimera.

—Pero…

—Podría ser peor, Satán. —Mercedes tenía la cara descompuesta—. Podría darme de baja. ¿Es eso lo que quieres?

Miró a su amiga con cara de querer matarla. No era ningún secreto la situación en la que se encontraba la empresa, con mucho trabajo y justa de personal, pero que no podía permitirse contratar a nadie más para cubrir una baja. Y Mercedes sabía que estaba allí por ella, y por los demás de su antigua pandilla, para echarles una mano.

—No me amenaces, que sabes que no me gusta —le advirtió con mirada dura a la otra, quien pareció haberse dado cuenta del error que acababa de cometer al poner condiciones a la chica. Era mejor no tener a la Satán como enemiga, porque si era cierto que como colega era lo más, si te enfrentabas a ella, era mejor echar a correr. Y eso lo sabían casi todos en Algeciras.

—Perdona, morena.

La cara descompuesta de su amiga la animó a ayudarla, aunque maldita su suerte por tener que verse en aquella bochornosa situación. Suspiró con fastidio. Tendría que hacerlo ella misma, no había más remedio, pero pensó que si alguien llegaba a verlas..., no, mejor no tentar a la suerte.

Sopesando las alternativas, reflexionó unos minutos sobre quién podría descubrirlos. Ellas estaban en los vestuarios, mientras el resto del personal estaba subido a un camión, cumpliendo con su deber. Las únicas personas, aparte de Mercedes y ella misma, que se encontraban en ese momento en las dependencias de la empresa, ya fuera en la nave o en las oficinas, eran: Elena, la administrativa, y ese bellezón de mujer que no conseguía quitarse de la cabeza, y por la que tenía desde hacía un par de días, un molesto dolor de huevos: la teniente Rubia.

Y no creía que a ninguna de ellas se le ocurriera aparecer por allí. Mucho menos a su jefa después de que anoche la viese en paños menores. Elena tenía sesenta y tres años y le costaba andar sin ayuda debido a su artritis, y la jefa era demasiado pija para meterse en una nave atestada de bidones, basura acumulada en cubas, aceite, grasa, herramientas…, demasiado para ella. Estaba segura de que hasta ella le parecía demasiado humilde para rebajarse a echarle una mirada que no fuera echarle un rápido vistazo a su trasero. De no ser así, y después de la tensión sexual vivida la noche anterior, la sargenta no se hubiese levantado tan pronto de la cama, Santana no se lo habría permitido. Era consciente de que la observaba hambrienta a través de los cristales de su despacho y claro, ella no era ninguna moña, ¿qué persona no reaccionaría ante esa mirada de deseo?

Desde luego Santana lo había hecho, y por eso estuvo malhumorada el resto de la tarde, porque aquella pedante ni siquiera se dignaría a mirarla si la invitaba a salir, mucho menos si osaba tocarla.

—Venga —animó a la otra chica intentando pensar en otra cosa— Llamaron a Puck, que espera por que ambas chicas se decidieran a ayudarle con su problema, ambas le indicaron que se bajase los pantalones, Santana pidió que le dieran la pomada. Cuanto antes acabemos con esto, mejor.

Satán observó con gesto cómico cómo Mercedes le daba el Hemoal, y Puck se bajaba el mono de trabajo hasta las rodillas, y acto seguido hacía lo propio con los calzones, hasta colocarse delante de ella; inclinarse y obsequiarle con una vista privilegiada de su trasero.

—Menos mal —le dijo—, esta quemazón me está matando. Tienes que ponérmela por dentro...

—¡Venga ya!

Estaba a punto de mandarlo al carajo y dejarlo allí con los pantalones bajados.

—Era una broma, pero en serio que tenía que ponérmela ya porque tengo la almorrana del tamaño de mi dedo gordo, y el médico me ha dicho que nada de esfuerzos, y mira dónde estoy.

—Y las horas que te quedan —le dijo Satán mientras le ponía la crema.

Se había puesto unos guantes de látex que había cogido del botiquín de la mutua, y sonreía ante lo ridículo de la situación al escuchar los gemidos de satisfacción de Puck y las de repugnancia de Mercedes. Pensó que podría cortarse un poco, porque vale que sintiera alivio, pero para Santana era una situación de lo más embarazosa.

Intentó reírse de aquello, bromeando sobre el culo velludo de su amigo—. Oye, ninguna chica, te ha dicho nunca que te afeites el..
.
La puerta del vestuario se abrió en ese momento y los tres escucharon un grito femenino de sorpresa. Santana pensó que no podía tratarse de otra persona que de la teniente Rubia. Y soltó un juramento. Y deseó estrangular a Mercedes y a Puck y a su maldita almorrana. Le dio un empujón a su amigo conteniendo su fuerza, porque del mosqueo que tenía podría haberlo matado. Y salió detrás de aquella mujer.

Podía imaginarse las conclusiones que había sacado la estirada esa. Puck doblado y desnudo hasta las rodillas, con el culo en pompa, Santana por detrás poniéndole el Hemoal en el ojete mientras el otro suspiraba de alivio, Mercedes sin hacer nada y la otra viéndolo todo desde la puerta.

¡Maldita fuera su estampa!

***

—¡Espera un momento, maldita sea! —le gritó corriendo tras ella.

Brittany llegó a la puerta de su despacho sin aliento y se volvió a mirarla, sonrojada y... ¿furiosa?

—No me debes ninguna explicación —soltó con aquel tono de superioridad que la caracterizaba.

—¿No? —por supuesto que iba a darle una explicación. Santana era una mujer a la que le gustaban las mujeres, y mucho.

La miró a los ojos y se acercó a ella, despacio, acechándola.

—Ninguna —insistió Brittany alzando la barbilla hacia ella.

¿Por qué se sentía tan airada?

Tal vez fuera una mujer no muy alta, pero ella tampoco era bajita, no iba a amedrentarla.

—. Pero te agradecería que mantuvieras tus relaciones fuera de la empresa.

Santana la miró sin decir nada, apretando los labios. Entrecerrando aquellos ojos demoníacos.

Azules -pensó ella-, son Azules, muy Azules.

—¿Me dejarás explicártelo?

Estaba furiosa. Furiosa y excitada. Verla correr, contoneándose con aquella falda tan estrecha, que no hacía sino marcarle su enorme trasero, solo había conseguido que Santana deseara demostrarle que lo que había visto no era lo que parecía. Y debía hacerlo, o mejor aún, deseaba demostrárselo. Ya estaba harta de que le doliese esa parte tan frágil de su anatomía siendo conocedora de cuál podría ser el remedio.

—No tienes por qué hacerlo. Entiendo que has esperado a que todos estuvieran fuera para relacionarte con tu... —hasta le costaba decir la palabra— ... novio.

Y ella masturbándose por ella, mira que era estúpida.

—Mi novio —repitió apretando aún más los dientes mientras observaba cómo ella pegaba la espalda contra la puerta del enorme despacho, en un intento de apartarse de ella. ¿De verdad creía que iba a permitírselo?

—Sin embargo, te recuerdo que esta no es tu casa, ni tu empresa.

¿Cómo era posible que incluso sabiendo que era heterosexual deseara atraerla contra su cuerpo y besarla con desesperación? Por favor, que se aparte un poco porque me está costando trabajo incluso respirar. Maldita fuera, tenía ganas de golpearla, y por supuesto besarla.

Por dos veces se había fijado ya en una persona en una mujer intersexual cuyos gustos miraban hacia otro lado, era tan tonta... Sí, sería tonta pero ella le dio alas, ¿o no?

Satán se humedeció los labios y no dijo nada. Se quitó despacio los guantes de látex que llevaba puestos cuando ella la descubrió poniéndole la pomada a Puck, y la miró con cara de chica mala, muy mala, malísima; y Brittany no supo qué hacer, porque ella detectaba deseo en su mirada, un deseo arrollador, el mismo que por momentos se hacía más fuerte en ella. El mismo deseo que la hizo juntar las piernas con fuerza en un falso intento de consuelo. Qué decepción, ¿por qué la escena en los vestuarios?

—¿Dónde está Elena? —preguntó mirando hacia el lugar que solía ocupar la mujer mayor.

—Le dije que podía marcharse.

A Brittany le costaba trabajo incluso pronunciar una simple sílaba porque no podía apenas pensar teniéndola tan próxima a ella.

—Mejor.

—¿Mejor? —preguntó envenenada, pensando que mejor para todos menos para ella, que volvía a quedarse dolorosamente insatisfecha.

Satán le puso una mano sobre la cabeza mientras que con la otra giraba el pomo de la puerta hasta conseguir abrirla, logrando que Brittany se abrazara a ella para evitar caerse. La miró a los ojos, y su mirada de pilluela la desarmó. Esa era una chica mala, mala de verdad.

¡Aaaarrrrgggg, por Dios que haga algo!

—Mejor para mí, porque tengo que demostrarte una cosa.

Y diciendo esto la tomó por las caderas y la apretó contra su henchido pene, provocando que abriera los ojos con asombro debido a la sorpresa, pero que no tardara en reaccionar. Se pegó más a ella, es más, se pegó todo lo que pudo, y empezó a rozarse cual gata, y nunca mejor expresado, en celo.

Satán entró con ella en la habitación y cerró la puerta de una patada mientras le habría la camisa sin permiso y sin descanso. Había tal necesidad en su asalto que ella se sintió desfallecer.

Esto es mejor de lo que había imaginado que sería acostarme con ella.

¡Por fin es mía!

La colocó sobre la mesa y le abrió las piernas de un rápido movimiento, ignorando el crujir de la tela de la falda de la mujer al romperse la costura, mientras la besaba con tal fiereza que ella pensó que quería meterse dentro de ella a través de sus besos.

Sin embargo Brittany no se dejó dominar, llevaba deseándola dos interminables días e iba a sacar provecho de aquella situación. Por si no volvía a repetirse. Era ella quien había ido en busca de eso que estaba ocurriendo; ella quien llevaba deseándola desde que se la encontró en el hospital; ella quien se había masturbado en la oficina de su
hermano, aun a riesgo de ser descubierta, hasta acabar reconociendo que no le importaría tener un rollito con esa espécimen femenino un tanto peculiar con atributos masculinos, más propia de las portadas de revista Vogue que de trabajar con camiones.

Le quitó la sucia camiseta sin importarle mancharse las manos de grasa, cosa sorprendente incluso para ella. Después, mientras Santana seguía besándola y amasándole los pechos con ansiedad, le desabrochó los pantalones, sintiendo el bulto en el interior de estos, deseosa por dejarlo libre y tenerla, por fin, dentro de su desesperado cuerpo. Cuando lo tuvo en su mano, pensó que Satán la penetraría de una vez, no obstante, este la giró, le subió la falda hasta la cintura, dejando al descubierto su trasero y su perfectamente rasurado pubis, y la obligó a echarse hacia delante, sobre la mesa. Iba a hacer lo que deseó hacerle cundo la vio de rodillas y a cuatro
patas en el charco.

—Veo que venías preparada para esto —le dijo en un susurro a la vez que se apoyaba sobre ella, permitiendo que sintiese su caliente miembro en su trasero, obligándola a mover las caderas, invitándola a penetrarla

—.Ahora, querida jefa, comprobará usted que el único ser humano al que penetraría por detrás, es una mujer.

Ante lo que significaban aquellas palabras Brittany se deshizo por completo, pero Satán se entretuvo acariciándole el contorno de la pierna hasta la cadera desnuda. Estaba fascinada con aquellas medias que se ajustaban a mitad del muslo por medio de aquel encaje negro.

—¿Me vas a hacer suplicarte? —preguntó con un hilo de voz.

Santana esbozó una sonrisa lobuna antes de colocarse tras ella y penetrarla de un rápido movimiento. Ella sintió cómo se llenaba su hueco con deleite, con la tranquilidad de saber que obtendría la saciedad que anhelaba, sobre todo cuando Santana la sujetó por las caderas para llenarla por completo con su miembro, apretándola contra su cuerpo, consiguiendo que ella se estremeciese al sentir los testículos rebotar contra su enorme trasero mientras se movía sin descanso tras ella, quien no podía hacer otra cosa que acompañar el movimiento con satisfacción. Se mordió el labio para evitar gritar ante cada embestida, cada penetración, pero... cómo
deseaba hacerlo.

Satán, por su parte, estaba a punto de estallar, y por Dios que quería correrse dentro de esa esnob y darle la lección que merecía, así como dejar de una vez de pensar en ella y poder concentrarse en algo que no fuera estar todo el día saboreándola, pero no podía hacerlo sin estar segura de que con ello no habría consecuencias. Después de todo no había llegado donde estaba dejándose dominar por sus instintos.

—¿Tomas la píldora o algún otro anticonceptivo? —le preguntó mientras mordía con sensualidad el trasero de ella.

—Ajá —susurró Brittany sin poder hablar, presentía que iba a llegar al orgasmo en breve, y lo estaba esperando con ansia, y esas palabras le sonaron conocidas, pero no supo decir de qué le parecían familiares.

Con un último y apasionado empujón sobre ella, Satán se dejó ir y Brittany soltó un gritito de satisfacción mientras sentía cómo su lugar escondido palpitaba gracias al deseo colmado. Ella se mantuvo inmóvil, echada sobre la enorme mesa, con la falda levantada hasta la cintura, la delicada blusa de seda desabrochada, y con las torneadas piernas abiertas cubiertas por aquellas medias tan sexis, una imagen en nada parecida a la que le gustaba proyectar de mujer segura de sí misma y de mundo. Satán pensó
que podría estar todo el día observándola languidecer, pero se apartó y procedió a abrocharse los vaqueros sin dejar de mirarla.

¿Y ahora, qué? -se preguntó ella en silencio, sin saber cómo afrontar aquella nueva situación. Situación que solita se había buscado por no poder mantener su libido encerrada entre sus bragas. Una cachondez que por lo visto necesitaba más, porque ya empezaba a sentirse nuevamente excitada.

Contente -se reconvino-, no puede ser. No puede volver a pasar. Debes actuar como si nada. Que no piense que ha pegado un braguetazo con la jefa.

—¿Te ha comido la lengua el Gato? —le preguntó con mirada felina y los ojos semicerrados debido a lo experimentado hacía un momento. Se percibía a legua que esperaba algo de ella. Así como también que había introducido la palabra gato en la frase deliberadamente.

Ella no le contestó, se bajó la falda como pudo, intentando aparentar normalidad, puesto que aquella bruta, en su impulsividad, la había desgarrado, y procedió a abrocharse la camisa, como si hacerlo delante de ella, fuera lo más natural del mundo. Después de todo, ya la había visto en ropa interior, y después de esto, bueno, pues que... ains, lo que fuera.

Colocándose el pelo detrás de la oreja, volvió a su pose natural de creerse mejor que nadie, provocando que Satán la mirara enfadada al ser consciente de que ella nunca la trataría como si fueran iguales.

—Ha quedado clara la argumentación sobre tu orientación sexual.

Mejor que esta no pensara que iba a derretirse entre sus brazos, aquello solo había sido sexo.

Espectacular, sí, pero únicamente sexo.

Satán la miró un momento, extrañada de encontrarse a una mujer que se tomara aquello con tanta naturalidad, pero tranquila al pensar que la hermana de Sam no iría con lloriqueos tontos a su hermano. Así no tendría que pedir perdón o perder un amigo.

—A veces pienso que tu cerebro se para y llega a un punto donde no piensa igual que el mío —le dijo guiñándole un ojo y marchándose de allí silbando, con la camiseta en la mano y los pantalones a medio abrochar, ganándose otra mirada apreciativa de Brittany, la cual por cierto, no pudo evitar—. En fin, todo sea por no disgustar a la jefa.

Brittany la vio marcharse y cerró los puños.

¡Estúpida! Una cosa es que ella no quisiera tener ninguna relación con Santana y otra que se tomara tan bien el hecho de que ella lo hiciera. Se arregló antes de salir de la oficina y dejar todo cerrado, no sin antes mirar hacia el lugar en el que había dejado el tanga. Casi se le olvida. Pero no lo encontró y miró hacia la puerta soltando una maldición. Ahora alardearía delante de los trabajadores de su trofeo, estaba segura.

¿Quién no aprovecharía para alardear de que se había beneficiado a la jefa? Pues le importaba un pito que lo hiciera.

Será mejor que no lo haga o me encargaré de que no vuelva a trabajar para nadie en lo que le queda de vida.
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Mayo 17, 2017 2:09 am

Capítulo 6


—¿Cómo estás? —le preguntó Santana a Sam mientras le acercaba un botellín.

Este lo miró con cara de póquer.

—¿Tú que crees?

—Supongo que no has sabido nada más de ella.

Se refería a la gitana que había sido la causa del accidente de tráfico de su amigo, la causante de que se viera en esa situación, dependiendo de los demás para todo hasta que le quitasen las escayolas. Y teniendo que permanecer oculto un tiempo, al menos sin salir de casa, hasta que Santana hablara con la familia de la chica. Se había roto las dos piernas, una con fractura abierta, y tenía el hombro dislocado, afortunadamente le había hecho caso y no cogía la moto sin el casco ni el mono de cuero, si no, a saber si lo contaba.

—Nada —dijo enfadado.

—Te advertí que no te metieras con la hermana de los Medio-mulos. Son muy protectores con sus mujeres.

Santana no se sentó, miraba al joven rubio desde su altura, así parecía más intimidante y tal vez lo hiciera entrar en razón. La razón que ella había perdido al liarse con Brittany, la hermana de este, y que la traía de cabeza. En cuanto salió del despacho de ella, fingiendo una indiferencia que no sentía, supo que no debería habérsela tirado porque desde que lo hizo un sentimiento extraño le rondaba. Era como si no pudiera sacársela de dentro, como si le perteneciera de alguna forma.

Incluso tuvo una sensación raramente familiar, como un déjà vu, cuando le preguntó si tomaba anticonceptivos. Se sacudió la cabeza volviendo a mirar a su amigo, quien permanecía tercamente callado.

—No quiero hablar de ello.

—Pues deberías, a lo mejor te entra un poco de sentido común en lo que respecta a las mujeres.

Seré hipócrita.

—No creo que seas la más indicada para dar consejos —le dijo molesto —, tienes una esperándote en cada esquina.

Santana no puedo evitar sonreír ante la ocurrencia de su amigo.

—¿Eso crees? —preguntó enarcando las cejas—. Pues he cambiado, ahora solo tengo una en cada ciudad.

El otro estalló en estrepitosas carcajadas y Santana sonrió.

—¿Me lo dices a mí? —Sam hizo una mueca porque conocía perfectamente bien la facilidad con que las mujeres se arrojaban a los brazos de Santana, y lo que a esta le gustaba que lo hicieran.

—Dame el mando anda, estoy harto de fútbol.

Quería cambiar de tema, la ponía nerviosa hablar con Sam de mujeres siendo consciente de que se había acostado con la hermana de este hacía un par de días. Y que desde entonces no dejaba de idear una y mil formas de volver a hacerlo, a pesar de que ella parecía que no quería volver a repetir y la trataba con más distancia que antes.

—Pon Tele 5 que están dando un reportaje sobre Marc Márquez.

Ambos, junto con los otros tres amigos de juventud, eran aficionados a las motos. Y Márquez era el piloto favorito de Sam en moto GP, así como Lorenzo lo era de Santana. Tal vez porque al primero lo quería todo el mundo por buen piloto y por su carácter jovial, y al segundo lo odiaban o lo adoraban, por macarra. Y por eso Santana se sentía identificada con él. La gente la adoraba o la odiaba, no había término medio. Y al parecer la teniente Rubia la odiaba. Sí -se dijo-, pero antes te ha adorado, aunque
fuese en momentos de total abandono.

Se contrajo solo de recordar los suaves muslos de Brittany abiertos para ella, húmedos, prietos, bien torneados y femeninos.

Bebió de su refresco para intentar calmar la sed que se había vuelto a despertar dentro de ella al pensar en su jefa.

—¿Cómo te va con mi hermana? —le preguntó su amigo de repente, y cambiando de tema—, supongo que se comporta como la jefa suprema —le dijo sonriendo—. Britt es un poco peculiar.

Santana se atragantó y empezó a toser. Lo miró de soslayo, incómodo, después de la conversación que acababan de mantener... ¿Cómo se le decía a un amigo que uno se había acostado con su hermana en sus propias oficinas? ¡Ah! Y que estaba deseando volver a hacerlo. Por muy engreída y marimandona que esta fuera, no dejaba de ser su hermana, y había una línea invisible que una persona no debería cruzar con sus colegas. Por ejemplo: acostarse con la hermana de uno por puro desfogue.

Santana volvió a beber esquivando su mirada.

—¿Va todo bien?

—Claro —murmuró.

—¿De verdad? —le preguntó el otro incrédulo.

—Tu hermana y yo tenemos una relación complicada.

¿Debía decirle la verdad? ¡Por el amor de Dios era su hermana!

—No me digas.

—Lo cierto es que ella y yo hemos, bueno, nosotras... —se mesó el cabello en un gesto exasperado mientras resoplaba. Sabía que tenía que ser honesta con Sam, pero le daba pavor perder su amistad, ella desde luego le daría una paliza si se tratara de su hermana—, antes que nada quiero que sepas que no fue intencionado.

—Me estás preocupando —le dijo Sam desde su cómoda posición en el sillón, donde tenía ambas piernas escayoladas en alto, una cerveza en una mano y un paquete de Doritos en la otra.

—Lo que quiero decir —evitó mirar a su amigo—, es que ella y yo...

Alguien estaba llamando al telefonillo del apartamento del hombre que estaba convaleciente y Santana guardó silencio. ¡Menos mal! Aún no estaba preparada para decírselo.

—Santana López —dijo Sam interrumpiéndola—, sé que Brittany es un poco difícil de tratar, pero su vida no ha sido fácil, por lo que te suplico que tengas paciencia con ella.

—No es eso lo que intento decirte.

—Entonces no te entiendo, creí que habías dicho que teníais una relación complicada — la otra lo miró serio—. Sé que es una esnob, y que no querrá relacionarse con los trabajadores pero no es mala persona.

Si supieras la forma en que se ha relacionado con los trabajadores no hablarías así.

Otra vez el telefonillo.

—Abre de una vez —ordenó risueño—, deben de ser mi madre y mi sobrina.

Santana lo miró extrañado. Este solo tenía una hermana y no estaba casado, por lo que no tenía cuñados, entonces… eso quería decir que si tenía una sobrina, ¿era hija de su jefa?

—No sabía que tuvieses una sobrina

Necesitaba saber más, pero ¿cómo preguntar sin que se notara su interés?

—Es hija de Brittany —dijo conocedor de lo que esta no se atrevía a preguntar—, es una de las cosas por las que tuvo que pasar mi hermana. Primero un marido que resultó ser marica y que se acostaba con nuestro primo, y luego un embarazo no deseado producto de una relación puntual con alguien desconocido.

Santana no dijo nada, solo almacenó la información en su cerebro.

—Iré a abrir —le dijo descolocada—, y no me cuentes cosas de tu hermana, no quiero que empiece a caerme bien.

Sam soltó una carcajada ante el estallido de esta.

***
Estaba sentada en la terraza de su ático de Sotogrande, acompañada solamente por una copa de vino tinto y el primer volumen de esa trilogía tan famosa de Megan Maxwell: Pídeme lo que quieras. Y la verdad es que lo estaba disfrutando bastante, lo malo era que continuamente su mente la abandonaba y se imaginaba que el protagonista de la historia que estaba leyendo, el tal Eric Zimmerman: era su Satán.

Bueno, no es que fuera suya, pero le gustaba pensar en ella como que sí lo era. Al menos en sus fantasías más oscuras e innombrables, soñaba que podía olvidarse de todo lo que la ataba y dejarse llevar por sus deseos más primitivos. Lo malo era que, de vuelta a la realidad, se daba cuenta de que ella no tenía nada que ver con Satán, sus mundos no tenían nada que ver, y era mejor seguir así. Sí, había estado bien ese interludio en la oficina. Bueno, a quién quería engañar. Había estado más que bien. Fue... se volvía a humedecer solo de recordarlo. Lo cierto es que había sido algo inesperado porque ella había planeado que ocurriese de otra forma pero, bueno, no podía quejarse de la forma en que sucedió, pensó con una sonrisa mientras tomaba un sorbo del líquido borgoña.

¡Cuánto daría por volver a repetirlo! Pero mejor que no, desde ese momento había decidido guardar las distancias, aunque le fuese la cordura en el intento. Ya bastante engreída era como para que encima creyese que podría manejarla mediante el sexo. Y por eso llevaba dos días escondiéndose en su apartamento, y por eso iba lo menos posible a la oficina. Además, tenía esa extraña sensación de que con Satán se cernía un peligro sobre ella, un peligro que no conseguía identificar. Algo que parecía estar ahí, entre ellas, y que ella no podía precisar.

—¡Mami! —exclamó la pequeña Jimena cuando la vio, y corrió a abalanzarse sobre su cuello, por lo que Brittany soltó la copa y corrió a abrazarla.

Su madre venía acompañando a su pequeña, y por lo visto se lo debían de haber pasado en grande.

—Os veo muy contentas, ¿no me vais a decir qué habéis hecho?

—No te lo vas a creer.

Su madre estaba entusiasmada.

—¿Puedo saber qué es eso que no me voy a creer?

—Marie López estaba en casa de tu hermano —su madre la mirada súper emocionada—, espera a que se lo cuente a Luchi.

—Se supone que conoce a Sam, no veo nada extraño en que haya ido a visitarlo.

A veces se cuestionaba su objetivo de parecerse a su madre, ella, al menos, esperaba no dejarse impresionar por una simple mujer, aunque en lo demás, en eso de ser sofisticada y una mujer considerada altamente influyente, bueno, en eso sí.

—Mamá, es guapísima.

Por lo visto Jimena era digna nieta de Whitney, así como hija de ella: las tres se dejaban impresionar por la belleza.

—No me digas, peque.

Miró a Whitney con una mueca ante el comentario de su hija.

—Ay, Britt, si llegaras a verla. —Su madre tomó asiento en el sillón que estaba junto al suyo—. Es toda una dama, súper educada, bien vestida, amable, encantadora y... —le guiñó un ojo cómplice–, muy, pero que muy guapa.

—Al parecer os ha impresionado. Pero creí que ya la habías visto en la recepción que disteis para ella hace dos noches.

Su madre frunció el ceño.

—No apareció.

—¿No? —pues vaya con la magnate—. No puedo creerlo.

Sabía que estaba resultando irónica pero no pudo evitarlo, en el fondo se alegró de que dejara tiradas a su madre y a Luchi, después de todo el trabajo y el escándalo que habían armado organizando aquella velada. Se lo tenían bien merecido.

—Tenía algo urgente que atender, es una mujer muy ocupada —la disculpó Whitney, y Britt pensó que con ella no hubiera mostrado tanta comprensión—, pero bueno, dejémoslo estar, lo más importante de todo es que he sido la primera en conocerle. Y me ha prometido que...

—Mami, Marie ha jugado con nosotras al parchís. —Jimena quería participar también en la conversación, le encantaba ser el centro de atención. Igualita a Whitney, y encima era toda una belleza, con aquel pelo castaño claro y esos ojazos chocolate. Seguramente su hija sería la perfecta sustituta de su madre.

—¿Ves? Hasta Jimena la idolatra.

—Al final me está picando la curiosidad, ya tengo ganas de conocerla.

Y así tal vez me saque de la cabeza a la diabla.


Su madre sonrió, complacida por su comentario.

—Yo llevaba las fichas rojas —sonrió la pequeña—, y me comí casi todas las del tío Sam y de la abuela porque Marie me ayudaba. Y el tío Sam se enfadaba porque no le gusta perder, y Marie le dijo que se lo tenía merecido por perder la cabeza por las mujeres. ¿Qué quería decir con eso? Yo no he visto que el tío perdiera la cabeza, no se puede perder la cabeza y volverla a recuperar.

Brittany no supo qué contestar a eso, Jimena era demasiado espabilada para su edad, y asumía comentarios de personas mayores a los que los niños de su edad no solían hacer caso.

—Así que eres la campeona —le dijo haciéndole cosquillas.


—Sí, mami —respondió la pequeña entre carcajadas.

—Como te decía —Whitney quería que Britt supiera los planes que tenía para la afamada empresaria—, Marie me ha prometido que vendrá a tu cumpleaños.

—¿Mi cumpleaños?

—La abuela va a hacer una fiesta por tu cumpleaños.

—Será algo sencillo —se apresuró a decir Whitney viendo la cara de desconcierto de Britt.

—No tengo ganas de fiesta, tengo mucho trabajo.

—Pero yo quiero una fiesta —intervino la pequeña—. Papá dice que te mereces una fiesta.

—¿Tu padre también está metido en esto?

—La abuela lo llamó para decirle que habíamos conocido a Marie —lo dijo como si fuese algo natural que su ex marido se pusiera como un histérico cuando se trataba de hablar de esa chica—, y le dijo a la abuela que la invitara.

—Blaine está ilusionadísimo con preparar tu fiesta de cumpleaños, es más, todos lo estamos –le dijo esperanzada en que no se negara a acudir a su propia fiesta.

—Está bien.

—Sabía que te encantaría la idea; entonces, no se hable más, este sábado celebraremos tu cumpleaños en mi casa. No te preocupes por nada —la cortó Whitney cuando vio que pensaba protestar—, Jimena, Blaine y yo, nos encargaremos de organizarlo todo. Tú solo preocúpate de estar presente. Britt asintió con desgana, pensando que tal vez le sirviera para no pensar a cada momento en cómo volver a acostarse con una morena en concreto.

De repente, sonó su móvil y vio que tenía un whatsapp nada menos que de su tormento particular.

*Satán: Prepara una bolsa para esta noche, tenemos que estar en Cádiz para cenar con unos clientes. Pasaremos la noche allí.

*Britt: Imposible, son las cuatro de la tarde. Tendrías que haberme avisado con un día de antelación. Tengo que organizar con quién dejar a mi hija.

*Satán: Tienes una hora para organizarte, yo tampoco lo sabía, me lo acaba de decir Sam. Él siempre va a cenar el jueves de carnaval con los comerciales de esta empresa y me ha dicho que no podemos faltar.

*Britt: Vete tú.

*Satán: No soy yo quien lleva el aspecto comercial, ¿recuerdas? Tú eres la jefa.

Britt apretó los dientes enfadada, cada vez que le ordenaba hacer algo, le soltaba aquellas palabras. Tenía ganas de matarla.

*Britt: Recógeme a las cinco, no pienso conducir.

*Satán: Ok, a las cinco en la nave. (emoticono con un guiño).

Apagó su iPhone y resopló, ahora no solo tendría que estar cerca de ella, también debería pasar la noche fuera con ella. Solo esperaba que no se la jugara y, al menos, tomara una habitación para cada una.

—Mamá, necesito que Jimena se quede a pasar la noche contigo.
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por micky morales el Miér Mayo 17, 2017 10:09 am

y ahora que de bueno pasara esa noche???? esperemos que lo que todos estan pensando!!!!!
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por 3:) el Miér Mayo 17, 2017 11:18 pm

hola mar,...

ya me puse al día con tu nueva adap!!!
mmm jimena jimena jimena,... ya tengo mi teoría de la niña lo que quiero es la edad,..
espero que britt no siga la teoría de eric en PLQQ jajajaja
a ver como va la noche????
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Mayo 18, 2017 2:32 am

micky morales escribió:y ahora que de bueno pasara esa noche???? esperemos que lo que todos estan pensando!!!!!

Tantas posibilidades, desde las mas buenas hasta las peores...... mejor que sea sorpresa
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Mayo 18, 2017 2:33 am

3:) escribió:hola mar,...

ya me puse al día con tu nueva adap!!!
mmm jimena jimena jimena,... ya tengo mi teoría de la niña lo que quiero es la edad,..
espero que britt no siga la teoría de eric en PLQQ jajajaja
a ver como va la noche????

Hola Lu... que bien..... jajajaj Jimena ? bueno veremos.....
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Mayo 18, 2017 2:38 am

Capítulo 7


Satán evitaba mirarla sin mucho éxito. Por muy pija, estirada, sabelotodo o altamente creída que le pareciera, y es que verdaderamente lo era, lo cierto es que no podía mantener las manos apartadas de ella.

Después de su rápido encontronazo sexual en las oficinas de la empresa de hacía un par de días, se había establecido una tensa calma entre ellas, y Santana había decidido mantener las manos apartadas de doña teniente Unicornio, por Sam. No en vano el canijo era su amigo desde hacía bastantes años.

Motivo este por el cual ella estaba trabajando en aquella empresa. Para ayudarle a él y a la antigua pandilla. Después de todo Sam no era pijo de mentalidad, como sí lo era su hermana, el otro era un alma libre que no acataba convencionalismos, aunque claro, tampoco era ningún estúpido y, como cualquiera, no iba a decirle que no al dinero de su familia. De ahí el accidente y todo lo demás, pero claro, la creída de su hermana no tenía por qué saberlo.

Observó cómo doña Brittany Susan Pierce, como le había indicado que la llamara cuando pasó a recogerla, hablaba con alguien por teléfono de forma animada. Debía ser una amiga, esa a la que llamaba cada vez que se ponía nerviosa, cosa que ocurría siempre que ella andaba cerca, con la que estaba compartiendo alguna confidencia.

Pues espero que sobre mi persona –pensó con una sonrisa.

Con toda seguridad estaría alardeando de haberse tirado a una de sus curritos en su propia empresa. ¿Algo más morboso para alguien como ella que lo tenía todo al alcance de la mano? Afortunadamente no habían tenido que mantener ninguna conversación después de lo ocurrido, ambas habían decidido actuar como si nada hubiese pasado, cosa que la molestaba enormemente porque, conociéndola, pensaría que ella estaría exultante pensando que podría haberle tocado la lotería acostándose con la jefa.

Por supuesto, también pensaría que estaría alardeando de ello delante de los demás empleados. Apretó los dientes pensando que no estaría mal tener una conversación sobre lo que ocurrió y lo que ella pensaba al respecto, después de todo, lo habían hecho sobre la mesa del despacho de esta sin importarles ser descubiertas. Si aquello era normal para esa mujer, es que ella estaba demasiado anticuada.

—Jefa —le dijo en ese tono de burla que sabía que la molestaba.

—... te lo juro de verdad, Kitty, es increíble.

Britt la ignoró de forma deliberada mientras hablaba con su amiga del alma. Estaba molesta por haber tenido que viajar a Cádiz con Satán en plena fiesta. No le gustaba el carnaval. Era para gente vulgar. Y ella no era vulgar, como parecía haber olvidado esa imbécil.

—... ¿te lo puedes creer? Tengo que acudir disfrazada a esa cena, y no puedo decir que no; por lo visto mi hermano tenía acostumbrados a los clientes a cerrar los negocios en cenas y fiestas. Sí, no sé qué es lo que te extraña conociéndolo. —Se colocó bien un mechón de pelo detrás de la oreja, gesto que no pasó desapercibido para Satán—. O sea, es que de verdad, que Sam me va a deber un favor muy grande por hacerme pasar por todo esto. Lo que estoy soportando va más allá de cualquier amor fraternal.

Al escuchar esas palabras Santana apretó los dientes. ¿Cómo que lo que estaba soportando? Supuso que se estaba refiriendo a ella también y se enfureció.

Por lo visto haber echado un polvo espectacular también era un calvario para la teniente Unicornio. Entrecerró sus felinos ojos al verla pasearse de un lado a otro por el hall del hotel sin hacer el más mínimo intento de ayudarle con las maletas, las cuales por cierto, a excepción de una bolsa de deporte, eran todas de ella. ¿Para qué necesitaba tanta ropa si solo iban a pasar allí una noche? Desde luego que nunca entendería por qué esa mujer tenia que llevar tantos trastos con lo guapa que estaba con la cara lavada. La miró ceñuda y decidió que las cargara la jefa, ¿no quería igualdad? Pues toma, cada una a apechugar con su carga, así tendría motivos reales para quejarse a su amiga Kitty.

Resopló al darse cuenta de que tampoco tenía que ser tan bruta, bastaría con que la ayudase, ¿no? Santana tampoco era un neandertal, mejor hacerlo juntas, lo de llevar las maletas, se aclaró por si su mente pensaba en otra cosa. La vio alejarse y se enfadó de nuevo al darse cuenta de que Brittany daba por hecho que ella tenía que cargar con todo.

—¡Jefa! —la llamó con cara de pocos amigos. Ella no era su mula de carga y la enrabietaba que la tratase con tanta indiferencia después de lo que pasó. Un clínex, eso es lo que había sido para ella.

¡Endemoniada niña de papá!

—Un momento, cari —Brittany se disculpó con su amiga y le dirigió a Satán una mirada de advertencia, en plan: No me molestes—. ¿¡Qué!? —ladró.

En realidad hablar con Kitty le servía de barrera para no tener que mirarla a ella, al estar pendiente de su amiga intentaba ignorarla, por eso estaba enfadada, porque no lo conseguía. La muy estúpida no permitía que la ignorase.

—¿Vas a ayudarme con esto? —Britt alzó su perfectamente depilada ceja rubia en un gesto de incredulidad y la ignoró. ¿De verdad pensaba que ella iba a ayudarla?—. Por lo que veo no vas a hacer nada, ¿en qué estaría pensando? —protestó sin importarle que ella la oyese y la mirase escandalizada.

—No tengo por qué hacerlo, para eso estás tú aquí, para eso cobras.

—¿De verdad te crees eso? —le preguntó con cara de querer estrangularla.

—Tú, ¿no? —le preguntó arrogante para volver a lo que estaba haciendo. Seguía enganchada a su móvil sin perderse detalle de lo que este hacía. Aunque mejor que la otra no se diera cuenta, bastante tenía con intentar reprimir las ganas de correr hacia ella y echársele al cuello. Había decidido que no volvería a ocurrir nada entre ellas. Algo en ella la inquietaba interiormente y no pensaba exponerse.

—Mira —protesto farfullando sin dejar de observar el enorme trasero de aquella marimandona mujer—, mejor voy a buscar aparcamiento.

Se marchó de allí metiéndose en el viejo Ford de color azul que se había empeñado en llevar a Cádiz a pesar de las protestas de ella, dejando olvidada una de las maletas en la puerta del hotel. Estaba tan enfadada que no se había dado cuenta de que se había olvidado de subirla.

Britt la vio marcharse y automáticamente sintió la necesidad de fumarse un cigarrillo. Esa morena la desquiciaba hasta tal punto que no sabía cómo comportarse cuando estaba con ella.

Ella, que había hecho de la seducción un medio para conseguir manejar a los hombres y mujeres, sobre todo teniendo en cuenta que era una empresaria de reconocido prestigio que se movía en constante compañía masculina y femenina, no sabía cómo tratar a una simple camionera. Porque por muy jefa de operaciones y todo eso que fuese, no dejaba de ser una ruda y vulgar camionera.

Sí, pero que está buenísima y que me vuelve loca. Pues tendrás que superarlo bonita -se dijo.

Buscó el lugar donde Satán había dejado las maletas en el hall, en una de sus bolsas iba su paquete de tabaco, se fumaría un cigarro antes de que esta regresara y así conseguiría relajarse un poco. Sin embargo, no lo hizo. Lo pensó mejor y decidió que sería más conveniente que primero cogiera las habitaciones, solo por si acaso. Tenían que ser dos. Una para cada una. No se fiaba de ella, podría haber reservado una habitación para ambas con la excusa de que no había sitio en la ciudad debido a los carnavales y así provocar un nuevo encuentro íntimo entre ellas, y teniendo en cuenta lo lujuriosa que se sentía, mejor asegurarse de que no se saliera con la suya.

Ainssss, suspiró. Bastante se acordaba ya de ella como para encima tenerla tan cerca.

Cuando esta le preguntó que si quería que fuesen desde Algeciras a Cádiz en su moto, Britt estuvo tentada a decirle que sí, pero fue una cobarde y no se atrevió. En la moto estarían demasiado cerca la una de la otra, demasiado contacto físico, demasiado riesgo, y sabía que una vez se bajara de ella, se la llevaría directo a la cama, de nuevo.

Bueno, aunque siendo honesta, nunca lo habían hecho en una cama. Y se moría de ganas por estar toda una noche en una con ella; mejor que no.

Miró con cara de pocos amigos al chico de la recepción cuando le llegó el turno de coger las habitaciones. Había estado esperando algo más de treinta minutos, y tampoco es que hubiese tanta gente, lo que ocurría es que este no era muy espabilado.

Cálmate Britt -se dijo nuevamente-, no pagues con el pobre muchacho tu enojo con la otra tunante.

Al cabo de unos minutos, tuvo en la mano las llaves de las dos habitaciones y por fin pudo respirar tranquila. Después de todo, Satán no había hecho una de las suyas. Y eso la decepcionó porque significaba que a ella poco le importaba acostarse nuevamente con ella o con otra.

¿Qué esperabas?

Mejor iba a fumarse un cigarrillo a la puerta del hotel, así se relajaba un poco. Más tarde pensaría en cómo sentirse bien dentro de un ridículo disfraz. De verdad que la mataba por hacerla disfrazarse, solo esperaba que no hubiese elegido uno muy ridículo.

Al salir a la calle, vio un revuelo que llamó su atención. Un señor mayor hacía aspavientos mientras que cuatro policías locales y dos nacionales, acompañados por dos enormes perros daban vueltas alrededor de una… ¡Jolines, mi maleta! Vio que le ponían una pegatina a esta y se la llevaban, introduciéndola en el coche patrulla de la Policía Local.

—¡Un momento! —gritó para llamar la atención de los agentes.

Como estos no la habían visto corrió hacia el coche patrulla en un intento de detenerles, no podían llevarse esa maleta, esa maleta no. La pequeña. Donde llevaba, ¡ay, Dios!

—¿Dónde cree que va, señora?

Uno de los policías locales la detuvo antes de que ella pudiese asir su maleta.

—Esa maleta es mía. No pueden llevársela —les ordenó.

—¿Disculpe?

Los policías se miraron y luego a ella.

—Es mi maleta, la he olvidado en la puerta del hotel.

¿Por qué tenía que darles tantas explicaciones? ¿Y por qué estaban empeñados en llevarse su maleta? Maldita Satán por dejarla allí. Seguramente lo hizo aposta.

—.No pueden llevársela —insistió.

—¿Puede decirnos qué lleva en la maleta?

El hombre parecía molesto por el tono de superioridad con el que Britt se dirigía a ellos.

—No es de su incumbencia.

Ni muerta les decía lo que llevaba en ella.

—Por supuesto que lo es, señora.

El hombre estaba verdaderamente enfadado. En esas fechas Cádiz estaba repleta de gente, no se cabía en la ciudad, y ya eran las seis de la tarde, dentro de poco, estaría todo lleno de gente disfrazada, con ganas de juerga, de alcohol y de camorra. No tenían tiempo que perder con una niña bien que no se atenía a los mandatos de la autoridad.

—No, no tiene ningún derecho a llevarse mi maleta. Soy una buena ciudadana que con mis impuestos les pago el sueldo, me merezco un mejor trato.

Britt hizo el intento de coger nuevamente la maleta y el policía mayor se enfadó.

—Vámonos, no tenemos tiempo que perder con esta señora. —La miró antes de marcharse—. Puede ir a la jefatura a por su maleta cuando hayamos visto lo que contiene.

Se metieron los dos policías locales en el coche patrulla y se marcharon. Solo quedaron los nacionales, jóvenes y apuestos, que la miraban como queriendo descubrir algo.

—¡Ustedes no van a hacer nada, ineptos!

—¿Es suya la maleta? —le preguntó un anciano, y recordó que lo había visto antes hablar con los policías.

Britt no le contestó porque no entendía por qué ese hombre tenía tanto interés en hablar con ella. El hombre portaba un bastón, la miró un segundo con la cara descompuesta por la rabia, levantó el artilugio en el que se apoyaba llevándolo a su cara, gritándole con su marcado acento gaditano, y finalmente la atizó con él en la rodilla.

—Terrorista, sinvergüenza... —le volvió a atizar pero en el trasero y Britt abrió la boca para protestar, escandalizada porque un hombre se atreviera a golpearla en plena calle sin que le hubiese hecho nada.

¿Qué estaba pasando allí?

Miró a la Policía buscando ayuda pero vio cómo estos sonreían ante el espectáculo, por lo visto habían decidido que aquel viejo loco no era peligroso. ¿¡Que no!? Que se lo dijesen a ella.

—Pare —le dijo al hombre intentando atrapar el bastón para obligarlo a dejar de golpearla. No es que le diera fuerte, pero no dejaban de ser bastonazos.

Cuando por fin consiguió quitarle el bastón al hombre, apareció Satán.

—¡Asqueroza! —gritaba el anciano pronunciando la zeta en vez de la ese.

—Por favor, caballero, cálmese —intervino Satán conteniendo la sonrisa—. Deje de golpear a la chica.

—Ha traído una bomba a los carnavales —dijo el hombre con la cara desencajada.

—¿Una bomba? —Satán la miró con aquellos felinos ojos chocolates, sonrientes, abiertos como platos—. Vale que no te guste esta fiesta, pero ¿traer una bomba?

Ella estaba de guasa y Britt se molestó.

—Tienen que detenerla —insistía el anciano con el bastón en alto.

Britt lo miraba furiosa por haberla golpeado.

—¿Se puede saber qué has hecho?

—Nada —protestó indignada—. Este hombre está loco.

—¿Loco? Te voy a dar para el pelo, ¡sinvergüenza!

Y el anciano volvió a la carga, mientras la morena que la acompañaba intentaba detenerlo sin mucha efusión ya que estaba intentando no reírse, a la par que ella intentaba esquivar los golpes escondiéndose tras ella.

—A ver, ¿qué ocurre aquí?

Uno de los agentes se acercó con gesto serio, pensaría que ella iba a atizarle al viejo ahora que estaba acompañada. Pensó que a buenas horas intervenía la autoridad. Aquellos dos policías habían visto cómo ese viejo le gritaba y le pegaba con su bastón y no habían hecho nada, y ahora, ¿se atrevían a intervenir?

—Lo saben perfectamente, no han movido un dedo para evitar que me golpeara, a una mujer —les reprochó enojada.

—Haz el favor de contener la lengua —la regañó Satán.

¿No se daba cuenta de que estaba acusando a los agentes de omisión del deber? Esta además de pija era tonta.

El policía la miró apretando los labios, molesto.

—Señora, está provocando un desorden en la vía pública. ¿Me da su documentación?

Satán pensó que ya se había liado, ahora seguro que la multaban.

—¿Mi qué? Esto es el colmo de la poca vergüenza.

—Dale el DNI

—No —dijo cruzándose de brazos.

—Dales la documentación y no la líes —le ordenó Satán en un tono bajo y letal. Ella había tratado con muchos policías en su juventud y sabía que podían causarle más problemas de los que se había buscado.

—Señora —le dijo el policía rubio—, deme la documentación o me veré obligado a llevarla detenida por negarse a acatar los mandatos de la autoridad.

Ella abrió la boca para protestar, pero al ver la mirada de su compañera, con ese gesto de superioridad que quería decir: te lo dije; obedeció sin rechistar, pero poniendo mala cara.

—¡Deténganla! —gritó el viejo señalándola—. Es una terrorista.

—¿Por qué dice eso? —le preguntó Satán sin poder evitar reírse mientras la Policía rellenaba una denuncia contra su jefa y le preguntaba si quería firmarla, a lo que ella se negó. ¡Cómo, no!

—Ha traído una bomba en la maleta, quería cargarse los carnavales.

—¿Una bomba? —preguntó de nuevo conteniendo la risa—. ¿En la maleta?

—Los perros de los locales se pusieron nerviosos en cuanto se acercaron a la maleta —le explicó el viejo—; yo los llamé cuando la vi abandonada a la puerta del hotel y a un perro husmeando alrededor.

—Usted está para que lo encierren, esto no es normal —soltó Britt sin poder contenerse—. ¿Cómo iba yo a llevar una bomba en la maleta?

—¿A que te doy otra vez?

—Ya está bien, Pepe —le llamaron la atención los agentes al hombre mayor—, váyase a casa, ande, nosotros nos ocupamos.

—Ha debido haber un error, agente —intentó explicar Satán—. Llevé las maletas al hall del hotel y me fui a buscar aparcamiento, esa maleta debí olvidarla cuando discutí con ella.

Puso cara de compadre a los agentes y estos la miraron a ella y luego a Britt, compadeciéndola.

—No me extraña —murmuró uno.

—Bueno, aquí tiene —le dijo el otro agente a ella, dándole la copia sin firmar de su denuncia, que Britt tomó molesta—, y le aconsejaría que se relajase, señora. Estamos en carnaval.

Ella no dijo nada, siguiendo los consejos de su compañera, no quería que finalmente acabaran deteniéndola o algo peor.

—Que tengan un buen día —saludaron a Satán—, y pueden recoger sus pertenencias en la Jefatura de la Policía Local. Allí se encuentra su maleta.

—Lo haremos, y gracias por todo —los despidió Satán.

Cuando Britt se vio a salvo de oídos indiscretos, en el ascensor, no pudo contenerse.

—No me parece justo —dijo en voz baja—; ese hombre me ataca y, encima, yo pierdo mi maleta y tengo que pagar una multa.

—Podría haber sido peor —le dijo con una sonrisa.

—¿Qué hacemos ahora?

—Ir a por tu maleta.

—¿Me obligarán a abrirla? —le preguntó con la cara descompuesta.

—Seguramente, pero —la miró un momento—, ¿por qué estás tan preocupada? —Como si se hubiese dado cuenta en ese instante, se detuvo y la agarró fuertemente del brazo—. ¿No llevarás cocaína?

—¿Yooooo? —se indignó, mucho—. ¿Perdona? Tú eres tonta.

Satán apretó los dientes y la soltó, odiaba que la tratase con tanta superioridad. Y que la llamara tonta.

Tú también la llamas tonta. Sí –se dijo-, pero no a ella en su cara.

—Vamos a la jefatura.

Resopló pensando que alguien debía darle una buena lección a esa malcriada.

***
—No puedo creer todo lo que he tenido que soportar para que me devuelvan la maldita maleta.

Santana la miró, pero no dijo nada.

—De verdad que es insoportable la vergüenza que he tenido que sufrir —iban juntas caminando por el corredor que daba a sus habitaciones, de regreso de la jefatura y con la maleta en la mano, las cuales estaban una enfrente de la otra—. Seguro que fue Jimena quien metió ese sándwich de salami en mi neceser.

—No pienses más en ello —le dijo en tono comprensivo.

—Claro, eso lo dices porque no te ha ocurrido a ti.

—No, la verdad es que no me ha ocurrido a mí.

Britt la miró con ganas de llorar, pero se contuvo.

—No hace falta que me des la razón.

—No lo hago.

—Pues lo parecía, no soy ninguna tonta.

—No, no lo eres.

Satán estaba tensa, y ella lo percibió, y se enfadó.

—¿Puedo saber qué te ocurre?

Habían llegado a las puertas de sus respectivas habitaciones.

—Pues que, teniendo en cuenta lo que ocurre entre nosotras, ver cómo llevas en una maleta todo tipo de consoladores y ropa extremadamente sexy, para tus juegos sexuales, la verdad —la miró a los ojos—, no ayuda a que uno mantenga su deseo bajo control. Ni sus manos en su sitio, por cierto.

Se acercó un poco a ella y Britt se apartó como si el tocarla pudiera ocasionarle algún mal.

Satán no dijo nada, actuó como si el salto de ella no le hubiera molestado y metió la tarjeta en la puerta de la habitación que tenía asignada su jefa, la abrió, y le indicó que entrara.

—Mantén tus zarpas lejos de mí —le ordenó Britt mientras se introducía en el dormitorio seguida por ella.

—Como quieras.

Si tú supieras lo que yo quiero.

—Exactamente, lo que yo quiera.

—Voy a darme una ducha —la miró de nuevo—, fría, después vendré a traerte tu disfraz.

Y ella vio cómo se giraba y se metía en su habitación.

Yo sí que necesito esa ducha, pero no fría: helada.
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por micky morales el Jue Mayo 18, 2017 7:52 am

Ya sabia yo porque Brittany no queria que se llevaran la maleta jajajajajajajaja
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por JVM el Jue Mayo 18, 2017 11:52 am

Jjajajaja vaya formaen que Britt encontró a Puck son San pero gracias a eso las cosas entre ellas se dieron mas rápido jajajaja
Y bueno San ya conoció a su hija y a la suegra y parece que se las gano aunque así como na describe su suegra parece otra persona....
Haber como sale este viaje nuevo y si logran no estar juntas de nuevo!
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Mensaje por JVM el Jue Mayo 18, 2017 12:15 pm

Jajajajaja vaya problema en que la metió esa maleta jajajaja y que San supiera lo que traía dentro!!
Yo creo que ya disfrazadas no se podrá resistir mucho Britt jajaja
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por 3:) el Jue Mayo 18, 2017 6:09 pm

Si son eternas las noches jajaja a ver si duermen???
Morí de risa con el.viejito agresivo jaajajaja
Tanto problema con la maleta jajaja pobre britt!!!! No puede pasarle nada peor...
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por Tati.94 el Vie Mayo 19, 2017 3:13 pm

¿Que pasara en esa fiesta de disfraces? No creo que San aguante mucho más y Britt ni se diga, va a derretir los consoladores que tenía en la maleta.
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Finalizado Re: [Resuelto]Mándame al Infierno pero Besame (adaptación) Gp Santana Cap. 18 y Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Vie Mayo 19, 2017 8:17 pm

micky morales escribió:Ya sabia yo porque Brittany no queria que se llevaran la maleta jajajajajajajaja

jajajajajaj buena esa.....
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