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[Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

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Finalizado [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 4:37 am

ADVERTENCIA: contenido clasificado para adulto. Descripción bastante gráfica. Novela Erótica.

UNA SEDUCTORA IRRESISTIBLE

SINOPSIS


[/url][/img]

Santana llega a Nueva York para trabajar en un respetado laboratorio. Tiene veinticinco años y se ha pasado la vida estudiando para construir su brillante futuro profesional. Se podría decir que es una rata de biblioteca, ensimismada en la ciencia y sus estudios. Como es de esperar, no tiene vida social Nueva York es el lugar perfecto para encerrarse aún más en su torre de marfil
.
Su hermano, Jake, está muy preocupado y quiere ayudarla para que se relacione con más gente. Por suerte, Brittany Pierce, una de sus mejores amigas, está trabajando en Manhattan y las cosas le van muy bien. Le pide que introduzca a Sanny, así es como siempre han llamado a su hermana pequeña, en su círculo de amistades.
Brittany acepta a regañadientes. No le apetece tener que cargar con aquella mocosa empollona a quien recuerda vagamente, pero lo hace por Jake. Santana tampoco está demasiado conforme.
.
Recuerda a Brittany como una chula engreída, una ligona sinvergüenza, una mujeriega sin escrúpulos… en definitiva una don juan de poca monta que nunca la impresionó.

No podrían ser más distintas, pero poco a poco se irán descubriendo mutuamente y entablarán una relación muy especial.


Última edición por marthagr81@yahoo.es el Mar Jun 13, 2017 11:36 pm, editado 15 veces
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Mar Mayo 16, 2017 4:53 am

Prólogo


Estábamos en el apartamento más feo de todo Manhattan, y no era solo que mi cerebro estuviese programado para no apreciar el arte: todos y cada uno de aquellos cuadros eran objetivamente horrendos. Una pierna peluda saliendo del tallo de una flor. Una boca que rebosaba espaguetis.

Junto a mí, mi hermano mayor y mi padre canturreaban con aire reflexivo, cabeceando como si entendiesen lo que estaban viendo. Era yo quien nos mantenía en movimiento a los tres; en aquella fiesta parecía imperar un protocolo implícito que nos obligaba a los invitados a recorrer la sala, admirar las obras de arte y solo después poder disfrutar de las bandejas de aperitivos que llevaban los camareros.

Sin embargo, al final de todo, sobre la inmensa chimenea y entre dos deslumbrantes candelabros, un cuadro representaba una doble hélice, la estructura de la molécula del ADN. La tela entera aparecía cruzada por una cita de Tim Burton:

«Todos sabemos que el amor entre especies diferentes es extraño».

Me eché a reír, encantada, volviéndome hacia Jake y mi padre.

—Vale. Este sí que es bueno —espeté.

Jake suspiró y dijo:

—Tenía que gustarte, claro.

Eché un vistazo al cuadro y volví a mirar a mi hermano.

—¿Por qué? ¿Porque es lo único que tiene sentido en todo el apartamento? —le pregunté.

Miró a mi padre, y vi que este le concedía alguna clase de permiso.

—Tenemos que hablar contigo de tu relación con el trabajo.

Sus palabras, su tono y su expresión decidida tardaron unos instantes en llegar a mi cerebro.

—Jake —dije—, ¿de verdad quieres tener esta conversación aquí?

—Sí, aquí —me confirmó, entornando sus ojos verdes—. Es la primera vez en dos días que te veo fuera del laboratorio y no estás durmiendo o comiendo. Había observado con frecuencia que los rasgos de personalidad más destacados de mis padres — vigilancia, encanto, precaución, impulso y brío— se habían repartido limpiamente y sin contaminación entre sus cinco hijos.

«Vigilancia» y «Brío» se dirigían a la batalla en mitad de una velada en Manhattan.

—Estamos en una fiesta, Jake. Se supone que tenemos que hablar de lo maravillosas que son las obras de arte —repliqué, indicando con un gesto vago las paredes del salón, amueblado con opulencia—. Y de lo escandaloso que resulta... algo.

No tenía la menor idea de cuál era el último cotilleo, y esa pequeña muestra de ignorancia no hizo sino confirmar las palabras de mi hermano, que contuvo el impulso de poner los ojos en blanco. Mi padre me pasó un canapé. Parecía un caracol sobre una galletita salada, y lo deslicé discretamente en una servilleta aprovechando que pasaba un camarero. El vestido nuevo me picaba, y me arrepentí de no haberme molestado en preguntarles a mis compañeras de trabajo por aquellas medias Spanx que llevaba puestas. Era mi primera experiencia con ellas, y supuse que las habría creado Satanás o algún tipo demasiado flaco para usar vaqueros pitillo.

—No solo eres lista —me estaba diciendo Jake—, sino que también eres divertida. Eres sociable. Eres una chica guapa.

—Soy una mujer —corregí en un murmullo.

Se me acercó para evitar que los invitados que pasaban por nuestro lado pudiesen captar nuestra conversación. Ningún miembro de la alta sociedad neoyorquina iba a oír cómo me soltaba un sermón para que fuese más juerguista.

—Por eso no entiendo que llevemos aquí tres días y solo hayamos salido con mis amigos.

Le sonreí a mi hermano mayor y dejé que me inundase la gratitud por su actitud de hipervigilancia sobreprotectora antes de que me invadiese la piel una irritación más lenta y acalorada. Era como tocar una plancha caliente: un brusco reflejo, seguido de la quemadura prolongada y palpitante.

—Ya casi he terminado mis estudios universitarios, Jake. Tendré mucho tiempo para disfrutar de la vida.

—La vida es esto —dijo, abriendo mucho los ojos en un gesto apremiante—. Se está desarrollando ahora mismo. Yo, a tu edad, aprobaba siempre por los pelos, y mi única esperanza era despertarme el lunes sin resaca.

Junto a él, mi padre guardaba silencio, ignorando ese último comentario y aprobando con la cabeza el sentido general de sus palabras: que era una fracasada sin amigos.

Le dediqué una mirada que pretendía comunicar: «¿Tengo que aguantar esto de un científico adicto al trabajo que pasaba más tiempo en el laboratorio que en su propia casa?». Sin embargo, él permaneció impasible, con la misma expresión que adoptaba cuando un compuesto que esperaba que fuese soluble acababa siendo una suspensión dentro de un frasquito: confusa, quizá un tanto ofendida.

Papá me había dado brío, pero siempre dio por sentado que mi madre me había dado también un poco de encanto. Se suponía que yo debía alcanzar el equilibrio entre la vida profesional y la vida privada mejor que él, quizá porque yo era chica, o porque él pensaba que cada generación debía mejorar las acciones de la anterior.
El día que mi padre cumplió cincuenta años me metió en su despacho y me dijo: «Las personas son tan importantes como la ciencia. Aprende de mis errores». Y
luego enderezó unos papeles de su mesa y se puso a mirarse las manos hasta que me aburrí tanto que me levanté y volví al laboratorio. Estaba claro que yo no había logrado sus aspiraciones.

—Sé que soy un déspota —susurró Jake.

—Un poco —convine.

—Y sé que me meto donde no me llaman.

Le dediqué una mirada perspicaz al tiempo que le susurré:

—Eres mi Palas Atenea personal.

—Pero no soy griego y tengo pene.

—Intento olvidar eso.

Jake suspiró, y mi padre pareció entender por fin que aquella era tarea para dos hombres.

Ambos habían venido a visitarme, y aunque me había parecido extraño que se presentasen allí en febrero, sin un motivo concreto, hasta ese momento no había pensado mucho en ello. Papá me rodeó con el brazo y me dio un apretón. Tenía los brazos largos y delgados, pero siempre había tenido mucha fuerza.

—Sanny, eres una buena chica.

Sonreí ante la versión de mi padre de un elaborado discurso de ánimo.

—Gracias.

Jake añadió:

—Ya sabes que te queremos.

—Yo también os quiero. Casi siempre.

—Pero... si quieres, considéralo intervencionismo. Eres adicta al trabajo. Eres adicta a cualquier medio que creas necesario para acelerar tu carrera profesional. Tal vez pienses que siempre pretendo organizarte la vida...

—¿Cómo que «tal vez»? —lo corté—. Me lo impusiste todo, desde el momento en que papá y mamá me quitaron las ruedecitas de la bici hasta el día en que empecé a volver a casa después de la puesta de sol. Y ya ni siquiera vivías en casa, Jake. Yo tenía dieciséis años.

Me acalló con una mirada.

—Te juro que no voy a decirte lo que tienes que hacer, pero... —Se interrumpió, mirando a su alrededor como si alguno de los presentes pudiese llevar algún cartel que le apuntase el final de la frase. Pedirle a Jake que dejase de organizar era como pedirle a cualquier otra persona que parase de respirar durante diez minutos—. Pero telefonea a alguien.

—¿«A alguien»? Jake, tú dices que no tengo amigos. No es cierto, pero ¿a quién te imaginas que debería telefonear para ponerme a vivir la vida? ¿A otro estudiante de posgrado que esté tan enfrascado en sus investigaciones como yo? Estamos en ingeniería biomédica. No somos precisamente una masa descomunal de personajes de la vida social.

Cerró los ojos y luego alzó la mirada al techo. De pronto pareció ocurrírsele algo. Volvió a mirarme enarcando las cejas. La esperanza llenaba sus ojos de una irresistible ternura fraternal.

—¿Y Brittany?

Le arrebaté a mi padre de la mano la copa de champán intacta y la vacié de un trago.

No necesitaba que Jake repitiese sus palabras. Brittany Pierce era su mejor amiga de la universidad, antigua becaria de mi padre y el objeto de todas mis fantasías de adolescencia. Brittany era una muy linda chica, además que mi familia la aceptaba como otra hija por su condición de tener pene, si como leyeron pene. Yo había sido siempre una cría simpática y sabihonda, mientras que Brittany era una genio mala de sonrisa torcida, pendientes en las orejas y ojos azules que parecían hipnotizar a cada chica que conocía.

Cuando yo tenía doce años, Brittany, que contaba con diecinueve, vino a casa con Jake a pasar unos días durante las fiestas navideñas. Era una sinvergüenza y ya estaba como un tren. En esas vacaciones se dedicó a improvisar con el bajo en el garaje en compañía de Jake y a tontear con mi hermana mayor, Bree. Cuando yo tenía dieciséis años, ella acababa de terminar sus estudios universitarios y se instaló en nuestra casa durante el verano mientras trabajaba para mi padre. Por culpa del carisma sexual en estado puro que rezumaba, le entregué mi virginidad a un chico gris y torpe de mi clase para intentar aliviar el deseo que me producía el simple hecho de estar cerca de Brittany.

Estaba segura de que, como mínimo, mi hermana y ella se habían besado. De todas formas, Brittany era demasiado mayor para mí, pero a puerta cerrada y en el espacio secreto de mi propio corazón reconocía que Brittany Pierce era la primera chica a la que quise besar y la primera cuya imagen me llevó a deslizar la mano bajo las sábanas en la oscuridad de mi habitación. Pensaba en su media sonrisa diabólica y en el pelo que le caía sin cesar sobre el ojo derecho; en sus brazos suaves y musculosos, y en su piel blanca; en sus dedos largos, e incluso en la pequeña cicatriz de su bonita barbilla.

Cuando todos los chicos de mi edad hablaban igual, la voz de Brittany era profunda y serena. Sus ojos eran pacientes y perspicaces. Sus manos nunca se veían inquietas y agitadas; solían descansar en la profundidad de sus bolsillos. Se humedecía los labios cuando miraba a las chicas, y hacía en voz baja comentarios llenos de seguridad sobre pechos, piernas y lenguas.

Parpadeé y miré a Jake. Ya no tenía dieciséis años, sino veinticuatro, y Brittany contaba con treinta y uno. La había visto hacía cuatro años en la desafortunada boda de Jake, y su sonrisa serena y carismática no había hecho más que volverse más intensa, más enloquecedora. Había observado fascinada cómo Brittany se deslizaba en un ropero con dos de las damas de honor de mi cuñada.

—Llámale —me instó Jake en ese momento, arrancándome de mis recuerdos—. Tiene un buen equilibrio entre su trabajo y su vida privada. Es de aquí, es una buena chica. Simplemente... sal un poco, ¿vale? Cuidará de ti.

Traté de calmar el estremecimiento que sacudió mi piel cuando mi hermano mayor pronunció esas palabras. No estaba segura de cómo quería yo que Brittany cuidase de mí: ¿quería que fuese la amiga de mi hermana y me ayudase a encontrar un mayor equilibrio, o quería echarle un vistazo de adulta al objeto de mis fantasías más obscenas?

—Santana —insistió mi padre—, ¿has oído a tu hermano?

Pasó un camarero con una bandeja cubierta de copas de champán y cambié la vacía por una llena y burbujeante.

—Ya lo he oído. Llamaré a Brittany.
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por JVM el Mar Mayo 16, 2017 1:06 pm

Jajajajajaja vaya con Jake el parece el papá jajaja.... En parte tienen razón, San ser encontrar un equilibrio en su vida, pero Britt sera la que podrá ayudarla o hará que se vuelva una locura ¿? Jajajaja
Haber como va la primera llamada y el encuentro sobretodo!!!
Gracias por la nueva historia, espero estés bien, saludos. Cuidate!!!
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Mensaje por micky morales el Mar Mayo 16, 2017 3:19 pm

excelente historia, aqui sentada esperando el primer capitulo luego de tan extenso prologo!!!!
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por 3:) el Miér Mayo 17, 2017 12:09 am

ammmmmmm uffffff mas que seguro que britt va a cuidar a san en lo que sea,.. y la va a ayudar a socializar,..
la acaba de meter en la boca del lobo y un super carta blanca jajajaja
a ver como van las cosas?
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Mayo 17, 2017 4:40 am

JVM escribió:Jajajajajaja vaya con Jake el parece el papá jajaja.... En parte tienen razón, San ser encontrar un equilibrio en su vida, pero Britt sera la que podrá ayudarla o hará que se vuelva una locura ¿? Jajajaja
Haber como va la primera llamada y el encuentro sobretodo!!!
Gracias por la nueva historia, espero estés bien, saludos. Cuidate!!!

Gracias a ti por leer y aca ya la actualizacion.
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Mayo 17, 2017 4:43 am

micky morales escribió:excelente historia, aqui sentada esperando el primer capitulo luego de tan extenso prologo!!!!

jajajaj pues acomódese mi estimada por que si el prologo te pareció extenso, igual te parecerán los capítulos a menos que quieras que cada capitulo lo divida en tres partes y sea una historia de nunca acabar ajajajja......

así que acomódese y póngase cómoda y disfrute el primer capitulo no subiré mas por ti.....
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Mayo 17, 2017 4:46 am

3:) escribió:ammmmmmm uffffff mas que seguro que britt va a cuidar a san en lo que sea,.. y la va a ayudar a socializar,..
la acaba de meter en la boca del lobo y un super carta blanca jajajaja
a ver como van las cosas?

bueno la verdad es que si no sabemos si la cuidara como jake quiere o se le pasara la mano en esos cuidados...... aqui despues de leer el primer capitulo me diras quien esta en la boca del lobo??? o mejor dicho loba........ y carta blanca la tiene las dos, estan solas en New York, sin ninguna restricción.....
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Mayo 17, 2017 4:49 am

Cap. 1


[img][/img]


Un tono. Dos.

Dejé de caminar de un lado a otro el tiempo suficiente para apartar la cortina, atisbar por la ventana y alzar la mirada al cielo con el ceño fruncido. Aún estaba oscuro, pero me convencí de que estaba más azul que negro y de que empezaba a teñirse de rosa y morado en el horizonte.

Técnicamente era por la mañana.

Habían pasado tres días desde el sermón de Jake y era la tercera vez que intentaba llamar a Brittany. Aunque no tenía la menor idea de lo que iba a decirle y ni siquiera de lo que mi hermano esperaba que le dijera, cuanto más pensaba en ello más me daba cuenta de que Jake estaba en lo cierto: me pasaba casi todo el tiempo en el laboratorio, y cuando no estaba allí estaba en casa, durmiendo o comiendo. La decisión de vivir sola en el apartamento que mis padres tenían en Manhattan y no en Brooklyn o Queens, donde vivían mis amigos, no favorecía demasiado mis relaciones sociales.

El contenido de mi frigorífico consistía en alguna que otra verdura, comida preparada en condiciones dudosas y congelados. Hasta ese momento, mi vida entera había girado en torno a la necesidad de terminar los estudios e iniciar la carrera perfecta de investigadora. Era triste observar lo poco que tenía aparte de eso.

Al parecer, mi familia se había dado cuenta, y Jake parecía creer que Brittany era la solución para salvarme de la vida de solterona que me esperaba.

Yo estaba menos segura. Mucho menos.

Sin duda, la historia que compartíamos era escasa, y había muchas posibilidades de que no me recordase demasiado bien. Yo era la hermana pequeña, parte del decorado, el telón de fondo de sus numerosas aventuras con Jake y su breve amorío con mi hermana. Y ahora le llamaba para...

¿qué?

¿Para que me sacase por ahí? ¿Para jugar a algún juego de mesa?

¿Para que me enseñase a...?

Ni siquiera pude terminar ese pensamiento.

Me planteé la posibilidad de colgar. Me planteé la posibilidad de volverme a la cama y decirle a mi hermano que se fuese a la mierda y se buscase otro proyecto de mejora.

Pero en mitad del cuarto tono, mientras apretaba tanto el auricular que al día siguiente tendría la mano dolorida, Brittany cogió el teléfono.

—¿Diga? —Su voz era exactamente tal como la recordaba, dulce y sonora, pero aún más profunda —. ¿Diga? —volvió a decir.

—¿Brittany?

Tomó aire de golpe, y oí que una sonrisa se colaba en su voz cuando pronunció mi apodo:

—¿Sanny?

Me eché a reír; por supuesto, era así como me recordaba. Ya solo mi familia me llamaba de ese modo. Nadie sabía en realidad lo que significaba ese nombre; reconocer que fue mi hermano Eric, que entonces tenía dos años, quien le puso el apodo a su nueva hermanita habría sido darle demasiado poder. Sin embargo, había cuajado.

—Sí, soy Sanny. ¿Cómo me has...?

—Ayer hablé con Jake —me explicó—. Me contó lo de su visita y la discusión que tuvisteis. Ya me avisó de que igual me llamabas.

—Bueno, pues aquí estoy —dije sin mucha convicción.

Se oyó un gruñido y un roce de sábanas. No intenté en absoluto imaginarme el grado de desnudez presente al otro lado de la línea. Sin embargo, las mariposas que tenía en el estómago volaron hasta mi garganta cuando comprendí que si Brittany parecía cansada era porque estaba durmiendo. Vale, quizá todavía no fuese técnicamente por la mañana...

Me aventuré a echar otra ojeada al exterior.

—No te habré despertado, ¿verdad?

Ni siquiera había mirado el reloj, y ahora me daba miedo hacerlo.

—No pasa nada. Mi despertador iba a sonar dentro de... —Hizo una pausa y bostezó—. Dentro de una hora.

Tuve que reprimir un gemido de mortificación.

—Lo lamento. Estaba un poco... nerviosa.

—No, no, no pasa nada. No sé cómo he podido olvidar que vivías en
esta ciudad. Me han dicho que has pasado los tres últimos años metida en una cueva.

Su voz profunda se hizo sensual al regañarme en broma, y el estómago me dio un vuelco.

—Parece que estás de parte de Jake.

Su tono se suavizó:

—Se preocupa por ti. Es su función favorita como hermano mayor.

—Eso me han dicho. —Volví a recorrer la habitación; necesitaba hacer algo para contener aquella energía nerviosa—. Debería haberte llamado antes...

—Y yo también.

Se removió y pareció incorporarse. La oí gruñir de nuevo mientras se estiraba y cerré los ojos.

Sonaba exacta, precisa e inquietantemente a sexo.

«Respira por la nariz, Santana. Mantén la calma», me dije a mí misma.

—¿Quieres que hagamos algo hoy? —le solté. Se acabó la calma.

Vaciló y me entraron ganas de abofetearme por no tener en cuenta que ella  podía tener planes ya, como ir a trabajar y, después del trabajo, quizá una cita con una novia, o una esposa. De pronto me sorprendí esforzándome por oír todos y cada uno de los sonidos que me llegaban a través del silencio crepitante.

Tras una espera que se me hizo eterna, preguntó:

—¿Qué tenías pensado?

«Pregunta capciosa.»

—¿Y si salimos a cenar?

Brittany guardó silencio durante varios latidos dolorosos.

—Tengo una reunión a última hora. ¿Y si quedamos mañana?

—He de estar en el laboratorio. Tengo que pasarme dieciocho horas con unas células que crecen muy despacio y estoy decidida a apuñalarme con un instrumento puntiagudo si la pifio y me veo obligada a empezar de nuevo.

—¿Dieciocho horas? Es una larga jornada, Sanny.

—Ya lo sé.

Reflexionó unos instantes y me preguntó:

—¿A qué hora entras esta mañana?

—Más tarde —dije, echándole un vistazo al reloj con una mueca. Solo eran las seis de la mañana —. Quizá sobre las nueve o las diez.

—¿Quieres que quedemos en el parque para ir a correr?

—¿Sales a correr? —pregunté—. ¿De verdad?

—Sí —dijo, soltando una carcajada—. No porque me persigan, sino para hacer ejercicio.

Cerré los ojos con fuerza, sintiendo mi típica ansia de seguir hasta el final como si aquello fuese un desafío, una maldita tarea. «Estúpido Jake», pensé.

—¿Cuándo? —le pregunté.

—¿Te va bien dentro de media hora?

Miré otra vez por la ventana. Apenas había luz, pero sí nieve en el suelo. «Cambia el chip», me recordé. Y entonces cerré los ojos y dije:

—Mándame un mensaje indicándome el sitio. Nos vemos allí.

Hacía frío. Un frío de la hostia sería una descripción más precisa. Releí el mensaje de texto de Brittany en el que me decía que me reuniese con ella junto a la Engineers Gate de Central Park y me puse a caminar de un lado a otro, tratando de mantener el calor. El aire de la mañana me quemaba la cara y atravesaba la tela de mis pantalones. Me arrepentí de no haberme puesto un gorro. Ojalá hubiese recordado que era febrero en
Nueva York y que solo los locos iban al parque en aquella época en aquel lugar. No me notaba los dedos, y me preocupaba la posibilidad de que la combinación de aire frío y viento cortante me tirase las orejas al suelo.

Solo había un puñado de personas en las proximidades: unos forofos del fitness y una pareja joven abrazada en un banco, debajo de un árbol altísimo y esbelto, con unos vasos de papel en las manos llenos de un líquido que parecía caliente y delicioso. Una bandada de pájaros grises picoteaba en el suelo y el sol empezaba a aparecer a lo lejos, por encima de los rascacielos.


Me había pasado casi toda la vida oscilando entre un comportamiento social apropiado y una conducta de sabihonda repelente, así que, por supuesto, me había sentido fuera de mi elemento otras veces: cuando recibí aquel premio de investigación delante de miles de padres y estudiantes en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, casi todas las veces que salía de compras y, lo más memorable, cuando Ethan Kingman quiso que le hiciese una mamada en el instituto, y yo no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo y respirar al mismo tiempo. Y ahora, mientras veía iluminarse el cielo con cada minuto que pasaba, me habría encantado escapar a cualquiera de aquellos recuerdos para evitar lo que me esperaba.

No se trataba de que no quisiera ir a correr... Aunque, de hecho, sí, había mucho de eso. No quería ir a correr. Ni siquiera estaba segura de saber correr. Pero la idea de ver a Brittany no me aterraba. Solo estaba nerviosa. Recordaba cómo era: su atención siempre tuvo un toque lento e hipnótico, y ella misma rezumaba sexo. Nunca había tenido que interactuar con ella a solas y me preocupaba no ser capaz de mantener la compostura.

Mi hermano me había impuesto una tarea, disfrutar de la vida, a sabiendas de que, si existía una forma de conseguir que yo me empeñase en algo, era hacerme creer que estaba fracasando. Estaba convencida de que Jake no pretendía que Brittany me enseñase a salir con tíos ni que se me cepillase, pero yo necesitaba meterme en la cabeza de Brittany, aprender de la maestra y parecerme más a ella en esos aspectos.

Solo tenía que fingir que era una agente secreto en una misión: entrar, salir y escapar indemne. A diferencia de mi hermana. Después de que Bree, a sus diecisiete años, se diese el lote en Navidad con una Brittany de diecinueve que llevaba pendientes en las orejas y tocaba el bajo, aprendí muchísimo acerca de lo que ocurre cuando una adolescente está colgada de la persona equivocada.

Brittany Pierce era la definición de esa chica equivocada. Todos deseaban a Bree, pero ella nunca había hablado de nadie como hablaba de Brittany.

—¡San!

Alcé la cabeza de golpe y me volví. Tuve que mirar dos veces a la mujer rubia que caminaba hacia mí.

Era más alta de lo que yo recordaba y tenía el cuerpo alargado y esbelto, un torso interminable y unas extremidades que deberían haberle dado una apariencia desgarbada, pero por algún motivo no lo hacían. Brittany siempre había tenido algo especial, algo magnético e irresistible que no correspondía a una belleza clásica y simétrica, pero mi recuerdo de la última vez que la había visto, cuatro años atrás, palideció en comparación con el aspecto de la estampa de mujer que ahora se hallaba ante mí.


Su sonrisa seguía siendo la misma: un tanto torcida y siempre presente, dándole a su cara un aire persistente de malicia. Mientras se aproximaba, siguió con la mirada el sonido de una sirena y pude ver su mandíbula esculpida  y la línea de su cuello liso y
bronceado que desaparecía bajo el polar que llevaba. Cuando llegó junto a mí, su sonrisa se ensanchó.

—Buenos días —dijo—. Ya me ha parecido que eras tú. Recuerdo que solías caminar así, de un lado a otro, cuando estabas nerviosa por los estudios o por cualquier otra cosa. Volvías loca a tu madre.

Sin pensarlo di un paso adelante, le eché los brazos al cuello y la abracé con fuerza. No recordaba haber estado nunca tan cerca de Brittany. Sentí la calidez y solidez de su cuerpo, y cerré los ojos al notar que ella apoyaba la cara sobre mi cabeza. Su voz profunda pareció vibrar a través de mí.

—Me alegro mucho de verte.

«Santana, agente secreto», me dije.

Di un paso atrás de mala gana, inhalando la mezcla del aire fresco con el aroma limpio de su jabón.

—Yo también me alegro de verte.

Sus brillantes ojos azules me miraron desde debajo de un casquete negro; llevaba el pelo  metido en él de cualquier manera. Se me acercó y me colocó algo en la cabeza.

—Me he imaginado que necesitarías esto.

Levanté la mano y palpé un grueso gorro de lana. Vaya, aquello era todo un detalle.

—Gracias. Quizá pueda conservar las orejas después de todo.

Sonrió y dio un paso atrás mientras me miraba de arriba abajo.

—Estás... diferente, Sanny.

Me eché a reír.

—Hacía un siglo que nadie salvo mi familia me llamaba así.

Su sonrisa desapareció y observó mi rostro unos momentos, como si fuese a tener la suerte de que mi nombre de pila estuviese tatuado allí. Ella siempre me había llamado Sanny, igual que mis hermanos: Jake, por supuesto, aunque también Bree, Niels y Eric. Hasta el día en que me marché de casa, siempre había sido Sanny.

—Bueno, ¿cómo te llaman tus amigos?

—Santana —dije en voz baja.

Continuó mirándome fijamente. Me miró el cuello y los labios, y luego se tomó tiempo para observarme los ojos. La energía entre nosotras era palpable..., pero no podía estar en lo cierto. Tenía que estar malinterpretando por completo la situación. Aquel era precisamente el peligro de Brittany Pierce.

—Bueno —dije, enarcando las cejas—, a correr.

Brittany parpadeó y pareció darse cuenta de dónde estábamos.

—De acuerdo. —Asintió con la cabeza y levantó la mano para taparse mejor las orejas con el gorro.

Parecía sana y con éxito, muy diferente de como yo la recordaba, pero si miraba de cerca aún podía ver las marcas de los pendientes.

—Primero —dijo, y enseguida centré mi atención en su cara—, quiero que tengas cuidado con el hielo. Se esfuerzan mucho por mantener los caminos despejados, pero si no prestas atención puedes hacerte mucho daño.

—Vale.

Señaló el sendero que rodeaba el agua helada.

—Ese es el circuito inferior, que rodea el lago. Debería ser perfecto para empezar, porque solamente tiene unas cuantas cuestas.

—¿Y corres por ahí cada día?

Brittany me miró con sus ojos brillantes y negó con la cabeza.

—Por ahí no. Ese recorrido solo tiene dos kilómetros y medio. Como estás empezando caminaremos al principio y al final, y correremos el kilómetro del centro.

—¿Por qué no corremos por tu ruta habitual? —pregunté, pues no me gustaba la idea de que redujese el ritmo o cambiase su rutina por mí.

—Porque mide nueve kilómetros.

—Puedo hacerlo sin problemas —dije.

Nueve kilómetros no parecían demasiados. Eran nueve mil metros. Si daba zancadas grandes, quizá el número de pasos fuese menos del doble... Noté que las comisuras de la boca se me bajaban mientras consideraba todas las implicaciones de aquello.

Me dio unas palmaditas en el hombro con una paciencia exagerada.

—Claro que puedes, pero veamos cómo te va hoy y luego hablamos.—Seguidamente, me guiñó el ojo.

Al parecer, correr no se me daba nada bien.

—¿Haces esto cada día? —pregunté, jadeante.

Notaba el sudor que me corría desde la sien hasta el cuello y ni siquiera tenía fuerzas para enjugármelo.

Ella  asintió con la cabeza. Tenía el aspecto de alguien que hubiese salido a disfrutar de un enérgico paseo matutino. Yo me sentía a punto de morir.

—¿Cuánto falta?

Me miró con una deliciosa sonrisa de suficiencia en la cara.

—Menos de un kilómetro.

«¡Por Dios!», exclamé hacia mis adentros.

Me enderecé y alcé la barbilla. Podía hacerlo. Era joven y estaba en buena forma... hasta cierto punto. Me pasaba casi todo el día de pie, corriendo de una sala del laboratorio a otra, y siempre usaba las escaleras cuando me iba a casa. Podía hacerlo sin problemas.

—Bien... —dije. Mis pulmones parecían haberse llenado de cemento, y solo podía respirar en pequeñas y laboriosas dosis—. Me siento genial.

—¿Ya no tienes frío?

—No.

Prácticamente podía oír la sangre corriendo por mis venas, la fuerza de los latidos del corazón dentro del pecho. Nuestros pies impactaban contra el camino, y no, desde luego ya no tenía frío.

—Aparte de estar ocupada constantemente —dijo ella, respirando con toda normalidad—, ¿te gusta el trabajo que haces?

—Me encanta —contesté con voz entrecortada—. Me encanta trabajar con Liemacki.

Hablamos un rato acerca de mi proyecto y de las demás personas que trabajaban en el laboratorio.

Brittany conocía a mi supervisor por su reputación en el campo de las vacunas, y me sentí impresionada al ver que se mantenía al tanto de la literatura incluso en un campo que según ella no siempre obtenía los mejores resultados en el mundo del capital de riesgo. Pero no solo sentía curiosidad por mi trabajo; quería saber de mi vida y me preguntó por ella de sopetón.

—Mi vida es el laboratorio —dije, echándole una ojeada para calibrar si me juzgaba.

Apenas pestañeó. Había unos cuantos estudiantes de posgrado, y un ejército de investigadores postdoctorales preparando sus trabajos.

—Todos son geniales —le expliqué, y tragué saliva antes de tomar una enorme bocanada de aire —. Pero los dos con los que mejor me llevo están casados y tienen hijos, así que no nos vamos a jugar al billar después del trabajo.

—De todas formas, no creo que los billares continúen abiertos cuando sales de trabajar —bromeó —. ¿No estoy aquí para eso? ¿Para hacerte de hermano mayor y sacarte de la rutina?

—Sí —admití riendo—. Y aunque me molestó mucho que Jake me dijese que necesitaba vivir la vida, no es que le falte razón. —Hice una pausa y di unas cuantas zancadas más—. Durante mucho tiempo he estado tan centrada en el trabajo y en vencer el siguiente obstáculo, y luego el de más allá, que la verdad es que no me he parado a disfrutar.

—Sí —convino ella en voz baja—. Eso no es bueno.

Traté de ignorar la presión de su mirada y mantuve la mía fija en el camino que se extendía ante nosotras.

—¿No te pasa a veces que sientes que la gente que más te importa no es la gente a la que ves más a menudo? —Al ver que no respondía, añadí —: Últimamente me da la impresión de que no estoy poniendo el corazón en lo que importa.

Vi de reojo que miraba hacia otro lado, asintiendo con la cabeza. Tardó una eternidad en responder, pero cuando lo hizo dijo:

—Sí, ya entiendo.

Al cabo de un momento, oí que Brittany se reía y la miré. El sonido era profundo, y su vibración me atravesó la piel y se me metió en los huesos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

Seguí su mirada y vi que me observaba los brazos, que tenía cruzados sobre el pecho. Me costó reconocerlo, pero acabé diciendo:

—Me duelen las tetas. ¿Cómo lo soportas tu que tienes tetas pequeñas con pezones que parecen dos rodajas de pepperoni, y por supuesto como olvidar lo que te cuelga entre las piernas?

—Bueno, para empezar, no tengo... —respondió, indicando con un gesto vago mi región pectoral.

—Pero, ¿y lo otro? Es decir, ¿corréis con bóxer?

«Madre de Dios, ¿qué me pasa? Problema número uno: no tengo filtro mental.»

Me miró otra vez, confusa, y estuvo a punto de tropezar con una rama caída.

—¿Bóxer? —repetí, y de algún modo logré darle a la palabra una duración de tres sílabas—. ¿O tenéis cosas que impiden que vuestras partes masculinas se...?

Me interrumpió con una estruendosa carcajada que resonó contra los árboles en el aire glacial.

—Sí, nada de bóxer —dijo—. Habría demasiados trastos moviéndose por ahí abajo.

Me guiñó el ojo y volvió de nuevo la mirada hacia el camino con una media sonrisa.

—¿Tienes partes extras? —bromeé.

Brittany me dedicó una mirada divertida.

—Si de verdad quieres saberlo, llevo pantalones de running de forma anatómica, para mantener a salvo a los chicos.

—Supongo que las chicas en general tenemos suerte en ese sentido. No hay trastos por ahí abajo que... — Agité los brazos descontroladamente—. Que reboten por todas partes. Somos compactas por debajo.

Llegamos a una parte plana del camino y fuimos reduciendo la velocidad hasta caminar. A mi lado, Brittany se rió entre dientes.

—Ya me he fijado —respondió.

—Tú eres la experta.

Me dedicó una mirada escéptica.

—¿Qué?

Por un segundo mi cerebro intentó contener lo que me disponía a decir, pero era demasiado tarde.

Nunca se me había dado demasiado bien censurar mis pensamientos, algo que a mi familia le encantaba recalcar cada vez que surgía la ocasión. Sin embargo, ahora daba la impresión de que mi cerebro estaba aprovechando aquella rara oportunidad para soltarlo todo con la legendaria Brittany, como si no fuese a tener otra oportunidad.

—La experta en... coños —susurré, y la última palabra apenas resultó audible.

Brittany me miró con los ojos abiertos como platos y se tambaleó ligeramente.
Me detuve y me incliné para recuperar el aliento.

—Tú misma lo dijiste.

—¿Cuándo he dicho que fuese la «experta en coños»?

—¿No te acuerdas de habernos dicho eso? Dijiste que a Jake se le daba bien hablar y que a ti se te daba mejor la acción. Y entonces subiste y bajaste las cejas.

—Eso es horroroso. ¿Cómo es posible que te acuerdes?

Me enderecé.

—Yo tenía doce años. Tú eras una amiga de mi hermano que tenías diecinueve años, estabas buenísima y bromeabas sobre sexo en nuestra casa. Eras prácticamente una criatura mítica.

—¿Por qué no recuerdo nada de eso?

Me encogí de hombros, eché un vistazo a su espalda y vi que el camino se había llenado de gente.

—Probablemente por la misma razón.

—Tampoco recuerdo que fueses tan divertida. Ni tan... —Se tomó un momento para contemplarme disimuladamente de arriba abajo—. Ni tan mayorcita.

Sonreí.

—No lo era.

Se llevó las manos a la espalda y se quitó la sudadera por encima de la cabeza. Durante un breve instante también se le levantó la camiseta, y una larga franja de su torso quedó a la vista. Todo mi cuerpo se puso en tensión cuando vi su estómago plano  y la V que formaba y se perdia hasta introducirse en sus shorts. Los pantalones de running eran tan bajos que vi las líneas cinceladas de sus caderas, la atractiva insinuación de sus partes masculinas, sus piernas  y..., madre del amor hermoso, el cuerpo de Brittany Pierce era irreal.

Cuando se bajó la camiseta de un tirón, salí del trance y alcé la mirada para contemplar el resto de su cuerpo, los brazos ahora desnudos bajo las mangas cortas de la prenda. Se rascó el cuello, ajeno al modo en que mis ojos recorrían su antebrazo. Tenía muchos recuerdos del verano que Brittany pasó en nuestra casa mientras trabajaba para mi padre: sentarme en el sofá con Jake y ella para ver una película, encontrármela de noche en el pasillo vestida con una simple toalla alrededor de  su cuerpo, engullir la cena en la mesa de la cocina tras una larga jornada en el laboratorio... Pero solo la influencia malvada de una magia oscura me habría hecho olvidar los tatuajes. Al verlos ahora, recordé un pájaro azul que tenía cerca del hombro, una montaña y las raíces de un árbol rodeado de viñas en su bíceps.

Sin embargo, algunos de aquellos tatuajes eran nuevos. Unas líneas de tinta formaban una doble hélice en el centro de un antebrazo; el dibujo de un fonógrafo asomaba por debajo de la manga en el otro. Brittany permanecía en silencio, y al alzar la mirada vi que me dirigía una sonrisita burlona.

—Lo siento —murmuré, sonriendo tímidamente—. Tienes tatuajes nuevos.

Se pasó la lengua por los labios y echamos a andar de nuevo.

—No te disculpes. Si no quisiera que la gente los mirase, no los llevaría.

—¿Y no queda raro? Al fin y al cabo, te dedicas a los negocios.

Se encogió de hombros y susurró:

—Manga larga, chaquetas... La mayoría de las personas no sabe que están ahí.

El problema de lo que decía era que no me hacía pensar en la «mayoría de las personas» que ignoraban la existencia de sus tatuajes, sino en las que conocían todas y cada una de las líneas de tinta que surcaban su piel.

«El peligro de Brittany Pierce —me recordé—. Todo lo que dice suena obsceno, y ahora estás pensando en ella desnuda. Otra vez.»

Parpadeé, buscando un nuevo tema de conversación.

—¿Y qué hay de tu vida?

Me miró con desconfianza.

—¿Qué quieres saber?

—¿Te gusta tu trabajo?

—Casi siempre.

Acogí su respuesta con una sonrisa.

—¿Vas a ver a tu familia a menudo? Tu madre y tus hermanas están en Washington, ¿verdad?

Recordaba que Brittany tenía dos hermanas mucho mayores que ella que vivían cerca de su madre.

—En Oregón —corrigió—. Y sí, voy un par de veces al año.

—¿Estás saliendo con alguien? —le solté.

Frunció el ceño como si no acabase de entender mi pregunta. Al cabo de unos momentos respondió:

—No.

Su reacción encantadoramente confusa me ayudó a olvidar lo inapropiada que había sido mi pregunta.

—¿De verdad has tenido que pensártelo?

—No te hagas la lista. Y no, no existe nadie a quien pudiera presentarte diciendo: «Oye, Sanny, esta es Fulanita de Tal, mi novia».

—Qué evasiva tan específica —le contesté.

Se quitó el gorro de la cabeza y se pasó los dedos por el pelo, largo rubio y empapado de sudor.

—¿Ninguna mujer te ha llamado la atención?

—Unas cuantas.

Se volvió hacia mí, negándose a eludir mi interrogatorio. Recordaba eso de Brittany: nunca sentía la necesidad de explicarse, pero tampoco la asustaban las preguntas.

Estaba claro que era la misma Brittany de siempre: a menudo con mujeres, y jamás con una sola.

Parpadeé, bajé la vista y estudié su pecho, que se ensanchaba y estrechaba mientras su respiración recuperaba la normalidad, y luego sus hombros musculosos, que conducían a un cuello suave y bronceado. Sus labios se abrieron ligeramente y su lengua volvió a humedecerlos. La mandíbula cincelada de Brittany estaba hipnotizándome. Sentí el impulso repentino y abrumador de notarla sobre mis muslos.

Mis ojos descendieron hasta sus brazos tonificados y las grandes manos relajadas a los costados.

«¡Hostia, las habilidades que debían de tener aquellos dedos!»

Contemplé su estómago plano y la parte delantera de los pantalones de running, la cual me indicó que Brittany Pierce tenía muchas cosas interesantes debajo del cinturón. Madre mía, me entraron ganas de quitarle la sonrisita a base de polvos.

El silencio se instaló entre nosotras y apareció la conciencia. Yo no vivía detrás de un maldito espejo de dos caras y nunca había sabido disimular. Probablemente, Brittany podía adivinar todos y cada uno de los pensamientos que acababan de pasar por mi mente.

Sus ojos se oscurecieron cuando comprendió. Dio un paso adelante y me miró de arriba abajo como si observase a un animal atrapado en una trampa. Una sonrisa radiante curvó sus labios.

—¿Cuál es el veredicto?

Tragué saliva y cerré los puños sudorosos, limitándome a decir:

—¿Brittany?

Parpadeó una y otra vez. Dio un paso atrás y pareció recuperar la compostura. Prácticamente pude ver las ideas que atravesaban su mente:

«Esta es la hermana pequeña de Jake... Tiene siete años menos que yo...Me di el lote con Bree... Esta chica es una petarda... Deja de pensar con la polla».

Hizo una mueca y susurró:

—Vale, lo siento.

Me relajé, divertida al ver su reacción. A diferencia de mí, Brittany sabía disimular muy bien..., pero no aquí, y al parecer no conmigo. Al comprenderlo, una sacudida de confianza me atravesó el pecho: puede que fuese casi irresistible, la mujer más sensual del planeta, pero Santana López era capaz de manejar a Brittany Pierce.

—Entonces —dije—, ¿no estás preparada para sentar la cabeza?

—Desde luego que no.

La comisura de su boca se elevó hasta formar una sonrisa y su aspecto se volvió completamente destructivo. Ni mi corazón ni mis partes femeninas sobrevivirían a una noche con esa chica.

«Menos mal que esa ni siquiera es una opción, vagina. Retírate.»

Habíamos vuelto al principio del camino, y Brittany se apoyó contra un árbol.

—¿Cómo es que te sumerges en el mundo de los vivos ahora? —Ladeó la cabeza al volver a centrar la conversación en mí—. Ya sé que Jake y tu padre quieren que lleves una vida social más activa, pero no lo entiendo. Eres una chica guapa, San. No puede ser que no hayas tenido ofertas.

Me mordí el labio un instante, divertida al ver que Brittany daba por sentado que yo estaba pensando en que se me cepillasen. La verdad era... que no se equivocaba del todo. Y no había juicios de valor en su expresión ni un distanciamiento raro en torno a aquel tema tan personal.

—No es que no haya salido con nadie. Lo que ocurre es que no he salido con nadie que me conviniese —dije, recordando mi más reciente encuentro, completamente insulso.—. Sé que puede ser difícil de imaginar, pero, a pesar de todo mi sereno encanto, esa clase de situaciones no se me dan muy bien. Jake me ha contado anécdotas. Te las arreglaste para sacarte el doctorado con excelentes notas y divertirte un montón al mismo tiempo. Y aquí estoy yo, en un laboratorio, rodeada de gente que considera la inadecuación social un campo de estudio. En realidad, no hay demasiadas posibilidades, no sé si me entiendes.

—Eres joven, San. ¿Por qué te preocupas de eso ahora?

—No estoy preocupada, pero tengo veinticuatro años. Tengo partes corporales que funcionan y mi mente tiene tendencia a viajar a lugares interesantes. Solo quiero... explorar. ¿No pensabas en esas cosas cuando tenías mi edad?

Se encogió de hombros.

—No me estresaba.

—Claro que no. Levantabas una ceja y las bragas de alguna chica caían al suelo.

Brittany se humedeció los labios y se rascó la nuca.

—Eres flipante.

—Soy una científica, Brittany. Si voy a hacer esto, necesito averiguar cómo piensan los hombres, meterme dentro de su cabeza. —Inspiré hondo y la observé con atención antes de decir—: Enséñame. Le dijiste a mi hermano que me ayudarías, así que hazlo.

—Estoy segura de que no quería decir: «Oye, muéstrale a mi hermana pequeña la ciudad, asegúrate de que no pague demasiado por el alquiler y, de paso, ayúdala a conseguir que se la cepillen». —Juntó las cejas y pareció que se le ocurría algo—. ¿Me estás pidiendo que te empareje con algún amigo?

—¡No, por Dios! —No sabía si echarme a reír o pedir que me tragase la tierra. A pesar de su atractivo, lo que necesitaba era que me ayudase a quitarles la sonrisita a base de polvos a otros hombres. Quizá así dejase de ser una friki y aprendiese a socializar—. Quiero tu ayuda para aprender...

Me encogí de hombros mientras me rascaba la cabeza debajo del gorro

—. Para aprender a salir con gente. Enséñame las reglas.

Parpadeó; parecía desconcertada.

—¿Las «reglas»? No estoy... —Se estremeció y dejó que sus palabras flotasen en el aire mientras se rascaba la mandíbula—. No estoy segura de estar cualificada para ayudarte a conocer tíos.

—Fuiste a Yale.

—Sí, ¿y? De eso hace muchos años, San. No creo que ofreciesen esa materia en el catálogo de cursos.

—Y tocabas en un grupo de música —continué, pasando por alto su última frase.

Finalmente, la diversión iluminó sus ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que una servidora estudió en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y que en su tiempo libre jugaba a Dungeons & Dragons y a las cartas de Magic...

—¡Que sepas, San, que yo fui una puta jugadora profesional de Dungeons & Dragons!

Hice caso omiso de sus palabras.

—Quiero decir que los estudiantes de Yale, los jugadores de lacrosse y los antiguos intérpretes de bajo podrían tener ideas acerca del modo de incrementar las posibilidades que tienen las ratas de biblioteca frikis y sabihondas de salir con tíos.

—¿Te estás quedando conmigo?

En lugar de contestar, crucé los brazos y aguardé con paciencia. Era la misma postura que había adoptado cuando se suponía que debía pasar por varios laboratorios para poder decidir qué tipo de investigación quería. Pero yo no deseaba pasarme mi primer año de posgrado yendo de laboratorio en laboratorio, sino empezar de inmediato mi investigación con Liemacki. Me quedé en la puerta de su despacho después de explicarle por qué su trabajo resultaba perfecto para pasar de la investigación de las
vacunas víricas a la parasitología y elaborar mi tesis. Estaba dispuesta a pasarme horas allí, pero al cabo de solo cinco minutos cedió y, como jefe del departamento, hizo una excepción en mi caso.

Brittany miró a lo lejos. No sabía si estaba considerando lo que yo decía o si estaba decidiéndose a echar a correr y dejarme allí tirada.

Finalmente suspiró.

—Vale, bueno, la regla número uno para tener una vida social más amplia es no llamar nunca a nadie que no sea un taxi antes de que salga el sol.

—Sí. Lo siento.

Me observó y al cabo de unos momentos indicó mi indumentaria.

—Correremos, saldremos y haremos cosas. —Hizo una mueca y un gesto vago para señalar mi cuerpo—. En realidad, no creo que necesites hacer nada, pero..., joder, no lo sé. Llevas la sudadera holgada de tu hermano. Corrígeme si me equivoco, pero tengo la sensación de que es un atuendo muy habitual en ti, aunque no salgas a correr. —Se encogió de hombros—. Aunque en cierto modo te queda bien.

—No pienso vestirme como una puta.

—Es que no tienes que vestirte como una puta. —Se enderezó y se alborotó el pelo antes de volver a metérselo debajo del casquete—. Dios. Eres una déspota con los tíos. ¿Conoces a Quinn y Marley?

Sacudí la cabeza.

—¿Son chicas con las que... no sales?

—¡Por supuesto que no! —dijo con una carcajada—. Son las mujeres que tienen a mis mejores amigos cogidos por las pelotas. Creo que te convendría conocerlas. Te juro por Dios que seréis las mejores amigas al final de la noche.
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por micky morales el Miér Mayo 17, 2017 9:48 am

noooooo por Dios pero si me encanta que sean extensisimosssss los capitulos!!!!!! noooo quiero que los dividas en nada, perdonnnnn si no me explique!!!!!
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por 3:) el Miér Mayo 17, 2017 9:51 pm

primer encuentro productivo,..
mmm espero que britt no ayude a crear un moustro jajaja y se termine arrepintiendo!!! y cacheteando la banqueta por san jajaja
a ver como le va a san con quinn y marley???
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Mayo 18, 2017 3:41 am

micky morales escribió:noooooo por Dios pero si me encanta que sean extensisimosssss los capitulos!!!!!! noooo quiero que los dividas en nada, perdonnnnn si no me explique!!!!!

jjajaj tranquila entendi lo que me quisiste decir, lo que dije es que no subiria otro cap. porque en realidad son largos, pero a mi esta historia me gusta desde hace años, y me gusta leerla otra vez y adaptarla por primera vez... y no los dividire no tendrian sentido, solo que te avisare que te acomodes cuando suba mas de un cap.....
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Mayo 18, 2017 3:42 am

3:) escribió:primer encuentro productivo,..
mmm espero que britt no ayude a crear un moustro jajaja y se termine arrepintiendo!!! y cacheteando la banqueta por san jajaja
a ver como le va a san con quinn y marley???

Oh no te haces una idea, los encuentros cada vez seran mas y mas productivos... creo que ya tienes una pista... jajajjaja
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Jue Mayo 18, 2017 3:48 am

Capitulo 2


—Espera un momento —dijo Puck, retirando la silla para sentarse—.¿Esta es aquel a hermana de Jake, la misma que te cepillaste aquel a vez?

—No, esa fue la otra hermana, Bree. —Me senté delante de el e ignoré tanto su sonrisa burlona como el incómodo nudo que sentía en el estómago—. Y no me la cepillé. Solo nos enrollamos un poco. La hermana pequeña es Sanny, y solo era una cría la primera vez que fui a casa de Jake por Navidad.

—Todavía no me puedo creer que te invitara a su casa a pasar las Navidades y te lo montaras con su hermana allí mismo, en el jardín. Yo te daría de hostias. —Se quedó pensativo un momento, rascándose la barbilla

—. Bah, es mentira. Me habría importado una mierda.

Miré a Puck y sentí un amago de sonrisa en la comisura de los labios.

—Bree no estaba en la casa cuando volví unos años más tarde a pasar el verano. La segunda vez que estuve allí me comporté.

A nuestro alrededor se oían el tintineo de las copas y los murmullos de la gente que conversaba tranquilamente. El almuerzo de los martes en Le Bernardin se había convertido en una costumbre para nuestro grupo durante los seis meses anteriores. Por lo general, Puck y yo éramos los últimos en llegar a la mesa, pero, por lo visto, ese día los otros se habían quedado rezagados a causa de una reunión.

—Y supongo que querrás que te den un premio por eso —comentó Puck, examinando la carta antes de cerrarla de golpe.

A decir verdad, ni siquiera sé por qué se molestó en abrirla. Siempre pedía caviar de primero y rape de segundo. Últimamente había llegado a la conclusión de que Puck se guardaba toda su espontaneidad para su vida con Quinn; con la comida y el trabajo, decididamente, era un animal de costumbres.

—Te olvidas de cómo eras tú antes de conocer a Quinn —dije— . Deja de comportarte como si hubieses vivido en un monasterio.

Me dio la razón al tiempo que me guiñaba un ojo y me dedicaba una de esas enormes sonrisas desenfadadas suyas.

—Bueno, háblame de esa hermana pequeña, entonces.

—Es la menor de los cinco hermanos López y estudia un curso de posgrado aquí, en Columbia. Sanny siempre ha sido una lumbrera, algo exagerado. Terminó la universidad en tres años y ahora trabaja en el laboratorio Liemacki, ¿te suena? ¿El que trabaja con vacunas?

Puck negó con la cabeza y se encogió de hombros, como diciendo:

«¿De qué coño me estás hablando?».

—Es un proyecto de alto nivel de la facultad de Medicina — proseguí —. Bueno, el caso es que el fin de semana pasado, en Las Vegas, cuando ibais como locos detrás de las tías en las mesas de blackjack, Jake me envió un mensaje de texto diciéndome que iba a venir a visitarla. Me contó que le echó una bronca del copón para que no siga viviendo entre tubos de ensayo y vasos de precipitados el resto de su vida.

El camarero acudió a rellenar nuestros vasos de agua y le explicamos que esperábamos a unos cuantos comensales más.

Puck me miró.

—O sea que piensas verla otra vez, ¿no?

—Sí. Estoy segura de que este fin de semana saldremos y haremos algo. Creo que volveremos a salir a correr juntas.

No me pasó desapercibido el modo en que abrió los ojos como platos.

—¿Vas a compartir con alguien el espacio sagrado que dedicas a correr? Eso parece más íntimo para ti incluso que el sexo, Britt.

Hice un gesto desdeñoso con la mano.

—No digas tonterías.

—Bueno, ¿y estuvo bien, entonces? ¿Te pusiste al día con la hermanita pequeña y esas cosas?

Había estado muy bien. No habíamos hecho nada del otro mundo, ni siquiera algo especial: habíamos salido a correr, simple mente. Sin embargo, todavía estaba un poco descolocada por lo mucho que me había sorprendido aquella mujer. Había ido allí convencida de que tenía que haber una razón para su aislamiento, además de la cantidad de horas que pasaba trabajando.

Pensaba que iba a estar incómoda, violenta o insoportable, o que sería la viva imagen de la conducta antisocial.

Pero no había visto asomar ninguna de esas cosas, y desde luego, no parecía ninguna «hermanita pequeña». Era un poco ingenua e impulsiva, pero lo cierto es que, simplemente, trabajaba muchísimo y se había quedado atrapada en una serie de hábitos que ya no le procuraban ninguna satisfacción. La comprendía perfectamente.

Había conocido a los López en Navidad, en mi segundo año en la universidad. Ese curso, no tenía dinero suficiente para el billete de avión para volver a casa y la madre de Jake se indignó tanto al pensar que iba a pasar las fiestas sola en la residencia de estudiantes que vino en coche desde Boston dos días antes de Navidad a recogerme y llevarme a su casa.

La familia era tan cariñosa y bulliciosa como cabría esperar de un hogar con cinco hijos que solo se llevaban unos dos años de diferencia entre cada uno de ellos.

Haciendo honor a aquel a etapa de mi vida, les devolví el favor tonteando en secreto con su hija mayor en el cobertizo del jardín. Unos años después hice unas prácticas con Johan y viví en casa de los López. La mayor parte de los hijos ya se habían marchado de casa o se habían quedado en sus universidades a pasar el verano, así que solo estábamos Jake y yo, y la hija menor, Sanny. La casa ya era para mí como mi segundo hogar. Aun así, a pesar de que había vivido con ella tres meses y la había visto hacía unos años en la boda de Jake, cuando llamó el día anterior me costó trabajo recordar incluso su cara.

Pero cuando la vi en el parque, me vinieron a la cabeza muchos más recuerdos de los que creía tener: Sanny a los doce años, su naricilla sepultada entre los libros. Solo sonreía tímidamente de vez en cuando en la mesa, durante la cena, pero el resto del tiempo rehuía cualquier tipo de contacto conmigo. En aquel entonces yo tenía diecinueve años y la verdad es que me daba absolutamente igual. También me acordé de Sanny a los dieciséis, toda ella piernas y codos, con el pelo enmarañado cayéndole en cascada por la espalda. Se pasaba las tardes en shorts y tops de tirantes, leyendo tumbada sobre una manta en el jardín mientras yo trabajaba con su padre. En aquella época, la repasaba de arriba abajo, como repasaba de arriba abajo a cualquier ejemplar que se pasease por delante de mis narices, como si estuviese escaneando y catalogando distintas partes del cuerpo. La chica era escultural pero reservada, y obviamente, demasiado inexperta e ingenua en el arte del coqueteo para ganarse mi desdeñoso interés. En aquella época, mi vida estaba marcada por la curiosidad y por un continuo desfile de mujeres desinhibidas, tanto jóvenes como mayores que yo, dispuestas a probarlo todo.

Sin embargo, ese día sentí como si hubiese estallado una bomba en mi cerebro. Cuando vi su cara experimenté la extraña sensación de estar en casa de nuevo, pero también de haber conocido a una chica guapa por primera vez. No se parecía en nada a Bree o Jake, los dos morenos y larguiruchos, prácticamente como dos fotocopias idénticas el uno de la otra. Sanny se parecía a su padre, para bien o para mal. Poseía la paradoja combinación de las largas extremidades de su padre con las curvas sinuosas de su madre. Había heredado los ojos chocolate, el pelo negro y los hoyuelos de Johan, pero la sonrisa franca y radiante de su madre.

Me pilló por sorpresa cuando dio un paso adelante, me rodeó el cuello con los brazos y me atrajo hacia sí, estrechándome con fuerza. Fue un abrazo cómodo, rayando el espacio íntimo.

Aparte de Marley y Quinn, no había demasiadas mujeres en mi vida que fuesen amigas en el sentido estricto de la palabra. Cada vez que abrazaba así a una mujer —estrechándola con fuerza—, por lo general, siempre había algún elemento sexual de por medio.

Sanny siempre había sido la niña pequeña de la casa, pero allí en mis brazos, constaté que ya no era ninguna niña. Era una mujer de veintitantos años, con unas manos cálidas sobre mi cuello y un cuerpo de mujer hecha y derecha. Olía a champú y a café. Olía a mujer, y bajo la sudadera y su escuálida chaqueta, percibí el contorno de sus pechos aplastándose contra mi torso. Cuando retrocedió y me miró, me gustó inmediatamente: no se había arreglado con exageración, no se había maquillado ni lucía ropa de deporte cara o de diseño. Llevaba la sudadera de Yale de su hermano, pantalones negros demasiado cortos y unas zapatillas que, decididamente, habían conocido tiempos mejores. No trataba de impresionarme; solo quería verme.

«Es tan reservada, rubia... —dijo Jake cuando llamó, hacía poco más de una semana—. Siento que le he fallado, por no haber visto a tiempo que heredaría los genes de la adicción al trabajo que tenía papá. Vamos a ir a verla. Ni siquiera sé qué hacer.»

Volví al presente cuando Quinn y Ryder se acercaron a la mesa. Puck se levantó a saludarlos y yo aparté la mirada cuando se inclinó para besar a Quinn justo debajo de la oreja.

—Qué guapa estás —le susurró.

—¿Esperamos a Marley? —pregunté cuando todos se hubieron sentado.

Ryder habló por detrás de la carta.

—Está en Boston hasta el viernes.

—Joder, menos mal —exclamó Puck—. Porque estoy hambriento y esa mujer tarda siglos en decidir lo que quiere.

Ryder se rió y dejó la carta encima de la mesa. Yo también me sentí aliviada, no porque estuviese hambrienta, sino porque no me importaba nada dejar de ser la única soltera del grupo por una vez. Mis cuatro amigos emparejados iban de sobrados y hacía mucho tiempo que habían perdido el interés en la azarosa vida sentimental de Britt.

Estaban convencidos de que la mujer de mis sueños estaba a punto de robarme el corazón y se morían de ganas de asistir al espectáculo. Además, para agravar aún más su obsesión, a nuestro regreso de Las Vegas la semana anterior, había cometido el error de mencionar de pasada, como si tal cosa, que empezaba a cansarme de mis dos amantes habituales, Kitty y Kristy. Ambas mujeres se contentaban gustosas con quedar regularmente para echar un polvo sin ataduras ni ningún tipo de compromiso, y a ninguna de las dos parecía importarle la existencia de la otra —o del nuevo ligue ocasional que pudiera tener—, pero últimamente tenía la sensación de que todo era pura rutina:
Desnudar,
tocar,
follar,
llegar al orgasmo,
(un poco de conversación tal vez),
un beso de buenas noches, y luego me marchaba, o bien se iban ellas.

¿Se había vuelto todo demasiado fácil? ¿O es que estaba cansándome al fin del sexo puro y duro? ¿Del sexo?

¿Y por qué coño estaba pensando otra vez en todo eso ahora?

Me incorporé y me froté la cara con las manos. Nada había cambiado en mi vida en un día. Había pasado una mañana agradable con Sanny, eso es todo. Eso era todo. El hecho de que fuese irresistiblemente auténtica y divertida, además de asombrosamente guapa no debería haberme descolocado de esa manera.

—Bueno, ¿de qué estábamos hablando? —preguntó Ryder, y seguidamente le dio las gracias al camarero cuando este depositó un gimlet en la mesa, delante de él.

—Estábamos hablando del reencuentro de Britt con una vieja amiga esta mañana —dijo Puck.

Y luego añadió con un murmullo teatral—: Una chica.

Quinn se echó a reír.

—¿Britt ha visto a una chica esta mañana? Eso no es ninguna novedad.

Ryder levantó la mano.

—Espera un momento, ¿no te toca con Kitty esta noche? ¿Y ya has quedado con otra esta misma mañana? —Dio un sorbo a su gimlet, sin dejar de mirarme.

De hecho, Kitty era precisamente la razón por la que le había sugerido a Santana que nos viéramos esa mañana y no por la noche: siempre quedaba con Kitty los martes a última hora.

Sin embargo, cuanto más vueltas le daba, la idea de pasar mi martes de rigor con ella cada vez me parecía menos atractiva. Lancé un gemido y tanto Puck como Quinn estallaron en carcajadas.

—¿No es un poco raro que todos nos sepamos la agenda semanal de los rolletes de Britt ? — preguntó Quinn.

Puck se me quedó mirando, con los ojos fijos y risueños.

—Estás pensando en cancelar tus planes con Kitty, ¿verdad? ¿Y crees que vas a tener que pagar por ello?

—Seguramente —admití.

Kitty y yo habíamos salido juntas hacía unos años y acabamos como amigas cuando resultó que ella quería ir más en serio. Sin embargo, cuando volvimos a encontrarnos por casualidad en un bar hacía unos meses, me dijo que esta vez solo quería pasarlo bien. Naturalmente, yo no tuve ningún inconveniente. Era guapísima y estaba dispuesta a hacer casi todo lo que le pidiese.

Insistía una y otra vez en que nuestra relación de solo sexo era perfecta, perfecta, perfecta. El caso es que creo que las dos sabíamos que mentía: cada vez que le cancelaba una cita, se mostraba insegura y necesitada cuando volvíamos a vernos.

Kristy era casi todo lo contrario. Era más contenida, tenía una fijación con las mordazas que yo no compartía pero a la que tampoco hacía ascos, y rara vez se quedaba un minuto más allá del momento de nuestro éxtasis compartido.

—Si te interesa esa chica nueva, deberías terminar con Kitty —dijo Quinn.

—Hay que ver cómo sois... —protesté, hincándole el diente a mi ensalada—. No hay nada entre Sanny y yo. Solo fuimos juntos a correr.

—Entonces, ¿por qué seguimos hablando de eso? —preguntó Ryder, riéndose.

Asentí con la cabeza.

—Exacto.

Pero yo sabía que estábamos hablando de eso porque estaba tensa, y cuando estoy tensa no puedo disimularlo, es como si llevara un cartel de neón anunciándolo. Arrugo la frente, se me oscurecen los ojos y las palabras me salen a trompicones. Me convierto en una gilipollas. Y a Puck le encanta.

—Seguimos hablando de eso —terció el moreno— porque Britt se pone de los nervios, y eso mola mucho. También es muy interesante ver lo pensativa que está hoy, después de pasar la mañana con la hermanita pequeña. Normalmente, a Britt no le da por ensimismarse de esa manera.

—Es la hermana pequeña de Jake —le expliqué a Quinn y Ryder.

—Se lo hizo con la hermana mayor cuando eran adolescentes — añadió Puck muy oportunamente, exagerando su acento británico para darle más dramatismo.

—Cómo te gusta remover la mierda... —dije, riéndome. Lo de Bree fue algo muy light. Casi ni me acordaba de qué había pasado exactamente, salvo algún tórrido besuqueo y luego mi fácil evasión cuando había vuelto a New Haven. Comparada con algunas de mis relaciones de aquella época, lo que pasó con Bree apenas había quedado registrado en el sexógrafo de mi vida.

Nos sirvieron los entrantes y comimos en silencio durante un rato. Mi mente empezó a divagar. A mitad de nuestra sesión de running, me había dado por vencida y me había puesto a mirar a Sanny sin disimulo. Me quedé embobada mirándole las mejillas, los labios, el pelo sedoso que se le había soltado del moño alborotado y que se le adhería a la piel suave del cuello...

Siempre había sabido apreciar los encantos de las mujeres, pero no me sentía atraída por todas las mujeres que veía. Así que, ¿qué tenía aquella de especial? Era guapa, pero no era ni mucho menos la mujer más guapa que había visto en mi vida. Era siete años menor que yo, demasiado joven e inexperta, y apenas asomaba la cabeza de su trabajo, ni siquiera para respirar. ¿Qué podía ofrecerme ella que no fuese a encontrar en otra mujer?

Había vuelto la cabeza y me había pillado mirándola; la química entre nosotras era palpable, y la hostia de confusa. Y cuando sonreía, se le iluminaba la cara entera. Parecía tan franca y abierta como una puerta en verano, y a pesar del frío, algo me templó la sangre de las venas.

Era un apetito especial y, sin embargo, familiar. Un deseo que no sentía siempre, cuando la adrenalina inundaba mis venas y quería ser la única que descubriese los secretos de una chica en particular. La piel de Sanny parecía dulce, sus labios eran suaves y carnosos, su cuello virgen a la huella de un mordisco o un chupetón. La bestia que habitaba en mí quería examinar más detenidamente aquellas manos, aquella boca, aquellos pechos...

Levanté la vista y percibí la mirada de Puck clavada en mí, mientras él masticaba con gesto reflexivo.
Levantó el tenedor y me apuntó con él al pecho.

—Lo único que hace falta es una noche con la chica adecuada. No estoy hablando de sexo, tampoco. Una noche podría cambiarte, jovenci...

—Vale ya —gruñí—. Ahora mismo eres un puto coñazo.

Ryder se enderezó y se sumó a la conversación.

—Se trata de encontrar a la mujer que te haga pensar. Será ella la que hará que cambies de opinión con respecto a todo.

Levanté ambas manos.

—La intención es buena, chicos. Pero Sanny no es mi tipo.

—¿Y cuál es tu tipo? ¿Sabe andar? ¿Tiene una vagina? —preguntó Puck.

Me eché a reír.

—Supongo que la pega es que es demasiado joven.

Los chicos emitieron un murmullo de comprensión, pero yo noté la mirada de Quinn.

—Suéltalo, anda —le dije.

—Pues verás, estoy pensando que todavía no has conocido a nadie que te haga sentir ganas de ir más allá, de profundizar un poco más. Escoges un tipo determinado de mujer, un tipo que sabes que encajará en tu estructura, tus reglas, tus límites. ¿No te has aburrido ya de eso? Dices que esa hermana...

—Sanny —ofreció Puck.

—Eso —dijo ella—. Dices que Sanny no es tu tipo, pero la semana pasada dijiste que estabas empezando a cansarte de las mujeres que follan contigo de mil amores sin ataduras de ninguna clase. —Hincó el tenedor en una porción de su almuerzo y se encogió de hombros mientras empezaba a llevárselo a la boca—. A lo mejor deberías reconsiderar cuál es tu tipo.

—Ese razonamiento no es lógico. Puedo estar perdiendo interés en mis amantes sin que eso signifique que necesito reevaluar el sistema entero. —Continué hincando el tenedor en mi comida—. Aunque la verdad es que tengo que pedirte un favor.

Quinn engulló la comida, asintiendo.

—Claro, dime.

—Esperaba que a lo mejor tú y Marley pudierais sacarla por ahí algún día. Aquí no tiene ninguna amiga y vosotras...

—Pues claro que sí —dijo otra vez rápidamente—. Me muero de ganas de conocerla.

Miré a Puck con el rabillo del ojo y no me sorprendió verlo mordiéndose el labio, con el gesto triunfal de alguien que acaba de llevarse el gato al agua. Pero Quinn debía de haber aprendido un par de cosas de Marley y lo tenía agarrado por las pelotas por debajo de la mesa, porque, por una vez, permaneció inusitadamente callado.

«¿No te pasa a veces que sientes que la gente que más te importa no es la gente a la que ves más a menudo? Últimamente me da la impresión de que no estoy poniendo el corazón en lo que me importa.»

Su voz y sus ojos grandes y sinceros cuando me había dicho aquello me habían hecho sentirme llena y vacía a un tiempo, como si el dolor fuese tan fuerte que no supiese si era dolor o placer.

Sanny quería que le enseñara a salir por ahí y conocer a chicos, a conocer a gente que quisiese llegar a conocer de verdad..., cuando la realidad era que ni siquiera yo misma lo estaba haciendo. Puede que yo no acabase mis noches sola en mi apartamento, pero eso no significaba que fuese feliz.

Me levanté para ir al servicio, y una vez allí saqué el móvil del bolsillo y le envié un mensaje de texto al número de móvil que me había dado.

«Sigue en pie el proyecto San? Si es que sí, me apunto. Mañana correr, planes este fin de semana. No llegues tarde.»

Me quedé mirando el teléfono unos segundos, pero cuando vi que no me contestaba inmediatamente volví a mi almuerzo con mis amigos. Pero luego, al salir del restaurante, me di cuenta de que tenía un mensaje nuevo y me eché a reír, acordándome de que San había mencionado un viejo móvil de solapa que apenas utilizaba.

«Ge3nial!Noencuentrolabarraespaciadora=perotellamare.»

Con los horarios de trabajo demenciales de San, Marley y Quinn, no pudieron quedar las tres hasta el fin de semana, pero, por suerte, al final lo consiguieron, porque ver a San corriendo cada mañana con los brazos cruzados para sujetarse los pechos estaba empezando a hacer que hasta a mí me doliesen las tetas.

Ese sábado por la tarde, Puck estaba sentado a una mesa en el Blue Smoke cuando llegué, jadeando después de mi carrera de diez kilómetros y muerta de hambre. Como pasaba siempre con ese grupo, habían preparado un plan sin que yo interviniese para nada, así que cuando me desperté descubrí un mensaje de texto de Marley diciéndome que ese día San iba a quedar con ellas para desayunar y salir de compras, lo que significaba que iba a ser la primera vez que salía a correr sola en varios días.

No me importó. Me alegré, incluso. Y a pesar de que el recorrido fue más bien silencioso y extrañamente aburrido, San necesitaba salir y comprar algunas cosas. Necesitaba zapatillas de correr. Necesitaba ropa deportiva. Hasta podría tirar la casa por la ventana y comprarse ropa normal si de verdad quería salir con algún chico, porque la mayoría son unos capullos superficiales para los que la primera impresión es lo que realmente cuenta. En el caso de Sanny, la ropa no era su fuerte, desde luego, pero una parte de mí se negaba a presionarla con eso. Me gustaba admirar a las mujeres bien vestidas, pero curiosamente, con Sanny, lo más intrigante es que esos detalles parecían traerle sin cuidado. Supuse que lo mejor sería que siguiera con lo que ya le daba resultados.

Sin levantar la vista siquiera, Puck desplazó la pila de periódicos de mi silla e hizo señas a la camarera para que me tomara nota.

—Agua —pedí, limpiándome la frente con una servil eta de papel—.Y unos cacahuetes de momento. Dentro de un rato pediré algo para almorzar.

Puck se fijó en mi ropa y volvió a enfrascarse en la lectura de su periódico mientras me pasaba la sección de Negocios del Times.

—¿No estabas tú con las chicas antes? —preguntó.

Le di las gracias a la camarera cuando me colocó el vaso de agua delante y di un largo trago.

—Dejé a San con ellas esta mañana. No estaba segura de que supiese orientarse muy bien por la ciudad ella sola más allá del campus de Columbia.

—Qué madre más sobreprotectora estás hecha, Britt ...

—Ah, ¿tú crees? Pues es para mí un placer informarte de que Quinn se ha equivocado y le ha enviado sin querer a Ryder un mensaje con una foto de su culo.

Nada me gustaba más que tocarle los huevos a Puck con la obsesión que tenían él y Quinn con las fotos.

Me miró desde el borde superior del periódico y su rostro se relajó cuando vio que estaba bromeando.

—Serás gilipollas... —masculló.

Hojeé la sección de Negocios durante unos minutos antes de dirigir mi atención a Ciencia y Tecnología. Tras el muro de su periódico, sonó el teléfono de Puck.

—Hola, Marley. —Hizo una pausa y dejó el periódico encima de la mesa—. No, solo estamos Britt y yo tomando algo. ¿A lo mejor Ryder está de camino? —Asintió con la cabeza y luego me pasó el teléfono.

Cogí el móvil, sorprendido.

—Hola... ¿Va todo bien?

—Santana es un encanto, Britt —dijo Marley, maravillada—. No se compraba ropa nueva desde la época de la universidad. Te juro que no la estamos tratando como a una muñeca, pero es la cosa más mona que he visto en mi vida. ¿Por qué no nos la has presentado antes?

Sentí un nudo en el estómago. Marley no estaba presente en el almuerzo cuando hablamos de San.

—Ya sabes que no es mi novia ni nada de eso, ¿verdad?

—Ya lo sé, solo es un rollo o lo que sea, Britt ...

Quise interrumpirla, pero ella siguió hablando:

—Solo quería que supieras que estamos bien. Sería capaz de perderse dentro de Macy’s si no estuviéramos pendientes de ella.

—Eso es justo lo que dije yo.

—Bueno, pues nada, eso es todo. Solo llamaba para ver si Puck sabía dónde está Ryder. Y ahora, a seguir comprando.

—Un momento, espera —dije antes de pararme a pensar lo que iba a preguntar. Cerré los ojos y me acordé de las mañanas saliendo a correr con Sanny esos últimos días. Estaba relativamente delgada, pero, joder..., tenía mucha delantera.

—Dime.

—Si seguís de tiendas, asegúrate de que San se compre... —Miré a Puck para confirmar que seguía concentrado en el periódico antes de susurrar—: Asegúrate de que se compre un sujetador... deportivo, por ejemplo, ¿vale? Pero a lo mejor también... alguno normal. ¿De acuerdo? Más que oírlo, percibí el silencio al otro lado de la línea. Era un silencio espeso y me iba oprimiendo el pecho a medida que aumentaba la sensación de incomodidad. Y seguía aumentando. Cuando me arriesgué a levantar la vista, Puck me miraba fijamente con una enorme sonrisa de oreja a oreja.

—Tienes mucha suerte de que no sea Ryder ahora mismo —dijo Marley al fin—. La bronca que te pegaría sería de dimensiones planetarias.

—No te preocupes, Puck está aquí y te aseguro que se está divirtiendo lo suficiente por los dos.

Se echó a reír.

—Estamos en ello. Sostenes para sujetar los pechos juguetones de tu novia que no es tal. Dios, menuda cerda estás hecho.

—Gracias.

Colgó y le devolví el móvil a Puck, rehuyendo su mirada.

—Oh, Victoria... —dijo con aire burlón y voz de anuncio publicitario

—. ¿Tienes un secreto? ¿Sientes la inclinación de ayudar a jovencitas a encontrar lencería sexy y favorecedora?

—Vete a la mierda —le solté, riéndome. Tenía la misma expresión en la cara como si el Leeds United acabase de ganar el puto Mundial—. Sale a correr conmigo cada mañana y va con esos... Bueno, no son sujetadores de deporte. Y sus sostenes hacen eso... —Me señalé el pecho —. Eso que parece como si en realidad fuesen cuatro tetas, ¿sabes lo que quiero decir? Total, que he pensado que ya que están de compras...

Puck apoyó la barbilla en su puño cerrado y me sonrió.

—Joder, eres mi heroina, Brittany.

—Ya sabes lo que opino de los pechos. No son ninguna broma. —Y no añadí que los de Sanny, además, eran dignos de una chica de calendario.

—Desde luego que no —convino, volviendo a coger su periódico—.Es solo que me encanta cómo finges que no te morirías de gusto por estar con una chica con cuatro tetas.

Al cabo de una media hora, la puerta que Puck tenía a su espalda se abrió y levanté la vista cuando un torbellino de pelo brillante cargado con bolsas de grandes almacenes se abalanzaba sobre nuestra mesa. Puck y yo nos levantamos a ayudar a Sanny a descargar su botín en una de las sillas.

Llevaba un suéter azul claro, tejanos oscuros y ceñidos y unas bailarinas verdes. No iba vestida como si saliese de una pasarela, pero parecía cómoda y elegante. Llevaba el pelo... diferente. Entrecerré los ojos, estudiándola mientras se quitaba el bolso en bandolera del hombro. Se lo había cortado, o puede que simplemente lo llevase suelto en vez de recogido en su moño desastrado.

Le caía por debajo de los hombros, una melena espesa, lisa y sedosa. Sin embargo, a pesar de los cambios en su ropa y en el pelo, por suerte seguía pareciendo la misma Sanny de siempre: un poco de maquillaje, muy discreto, una sonrisa radiante y una tez tostada.

Estiró la mano para estrechar la de Puck, sonriendo.

—Soy Santana. Y tú debes de ser Puck.

—Encantado de conocerte —respondió él, dándole la mano—. Espero que lo hayas pasado bien esta mañana con esas dos locas...

—Lo he pasado genial. —Se volvió hacia mí, me rodeó el cuello con los brazos y contuve un gemido cuando me estrechó con fuerza. Detestaba y adoraba a la vez sus abrazos. Eran férreos, casi asfixiantes, pero irresistiblemente afectuosos. Cuando me soltó, se desplomó en una silla—.Aunque a Marley le gusta la lencería, eso está claro. Creo que hemos pasado al menos una hora en esa sección.

—No sé por qué no me sorprende... —murmuré, examinando discretamente el pecho de Sanny mientras volvía a sentarme. Comprobé que sus senos tenían un aspecto fantástico: perfectamente apuntalados y turgentes, en su justo lugar. Debía de haberse comprado algo de lencería ella también.

—Ahora que lo pienso... —Puck se levantó y se metió la billetera en el bolsillo trasero del pantalón—. Creo que ya es hora de que vaya a buscar a mi Quinn, a ver qué tal le han ido a ella sus compras. Me alegro de conocerte, Santana. —Me dio una palmadita en el hombro y le guiñó el ojo a ella—. Que lo paséis bien.

Sanny se despidió de Puck con la mano y luego se volvió hacia mí, con los ojos abiertos como platos.

—¡Uau! Está... como un tren. Antes he conocido a Ryder, también. Vosotros tres sois como el Club de Macizos de Manhattan.

—Me parece que exageras un poco. Además, ¿de verdad crees que dejaríamos a Puck entrar en ese club? —dije, sonriendo—. Estás estupenda, por cierto.

Volvió la cabeza hacia mí de golpe, con una expresión de sorpresa en los ojos, y me apresuré a añadir:

—Me alegro de que no hayas dejado a esas dos que te sepulten bajo toneladas de maquillaje.

—¿Que echarías de menos? —exclamó en un hilo de voz, y me arrepentí de inmediato al darme cuenta de que había sido demasiado directa—. ¿Qué clase de chica es capaz de decir una cosa así? ¿Es que quieres que tenga un orgasmo aquí mismo?

«Vaya con la hermanita», pensé. Después de eso, ya no podía decirse que mi comentario hubiese sido demasiado directo, desde luego. Hice un gran esfuerzo por no volver a mirarle los pechos cuando dijo aquello.

Todavía estaba acostumbrándome a que soltara en voz alta todo cuanto se le pasaba por la cabeza. Bajé la vista hacia sus bolsas de la compra y reconduje la situación disimuladamente.

—Estooo..., veo que te has comprado un montón de zapatillas de deporte.

Inclinándose hacia delante, rebuscó entre las bolsas y me puse a mirar al techo, ignorando el maravilloso espectáculo de su generoso escote.

—Creo que me he llevado la tienda entera —dijo—. Nunca me había pasado tanto yendo de tiendas. Bree seguramente descorchará una botella de champán cuando se entere de mis grandes progresos en estos nuevos menesteres.

Cuando volví a bajar la vista al fin, estaba escudriñándome la cara, el cuello y el pecho como si me viera por primera vez.

—¿Has salido a correr esta mañana? —me preguntó.

—Sí, y además he salido en bici.

—Qué disciplinada eres... —Se echó hacia delante apoyando las manos en la barbilla y me miró con una sugerente caída de pestañas—. Te deja unos músculos muy impresionantes.

Me eché a reír.

—Lo hago porque me relaja —le dije—. Así no... —Busqué las palabras, sintiendo cómo me ardía el cuello—. No hago tonterías.

—No es eso lo que ibas a decir —dijo, incorporándose en la silla—. Así no ¿qué? ¿Así no te metes en peleas de bares? ¿Liberas la tensión?

Decidí ponerla un poco a prueba. No tenía ni idea de dónde me venía el impulso, pero lo cierto es que aquella mujer era una mezcla desconcertante de inexperiencia y estado salvaje y natural. Hacía que me sintiera muy lanzada y también un poco ebria.

—Así no estoy todo el día con unas ganas locas de follar.

Casi ni se inmutó.

—¿Y por qué prefieres salir a correr en vez de follar? —Ladeó la cabeza y me miró con aire pensativo—. Además, el ejercicio aumenta la testosterona y el flujo sanguíneo. Creo que, en todo caso, el sexo contigo tiene que ser mejor precisamente porque haces ejercicio.

Hablar con ella de aquello resultaba peligroso. Era muy tentador observarla un poco más detenidamente, y Sanny no se acobardaba ante el escrutinio de mis ojos, sino que me sostenía la mirada.

—No tengo ni idea de por qué te he dicho eso —admití.

—Britt , ni soy virgen ni estoy intentando llevarte a la cama. Podemos hablar de sexo.

—Hummm..., yo no estoy tan segura de que sea una buena idea.

Me llevé el zumo a los labios y di un sorbo mientras la veía beber un poco de agua sin apartar los ojos en ningún momento. ¿No estaba intentando llevarme a la cama? ¿Ni siquiera un poquito?

Era como si el aire entre nosotras estuviese cargado de electricidad. Sentí ganas de extender el brazo y acariciarle el labio inferior con el dedo, pero en vez de eso, dejé el vaso de zumo y cerré los puños.

—Lo único que digo es que conmigo puedes hablar sin tapujos, llamando a las cosas por su nombre. Me gusta que no seas de esas que siempre se andan con rodeos.

—¿Siempre eres tan franca con todo el mundo? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—Me parece que solo soy así contigo. En general, siempre hablo por los codos, pero cuando estoy contigo me siento especialmente estúpida y, por lo visto, soy incapaz de cerrar la boca.

—Yo no quiero que cierres la boca.

—Tú siempre has sido una chica muy activa sexualmente y te has mostrado muy abierta con el sexo. Eres una seductora nata y muy atractiva que no pide perdón por disfrutar de las mujeres. A ver, si yo me di cuenta de eso cuando tenía doce años, es que era evidente. El sexo es natural. Es la reacción natural de nuestros cuerpos. Me gusta que seas como eres.

No respondí, no sabía qué decir. Precisamente le gustaba de mí justo aquello que todas las demás mujeres se empeñaban en intentar neutralizar, pero no estaba segura de que me gustase aquella impresión general de cómo era yo.

—Marley me dijo que les pediste que me llevaran a comprar sujetadores.

Levanté la vista y la sorprendí apartando los ojos de mis labios. Entonces transformó su mueca en una sonrisa traviesa.

—Qué considerada, Britt ... Qué detalle por tu parte que te preocupes tanto por mis tetas...

Me incliné para dar un bocado a mi sándwich, murmurando:

—No hace falta que hablemos de eso. Puck ya me ha metido bastante caña.

—Eres una chica misteriosa, mi querida seductora irresistible. —

Cogió la carta y repasó las distintas opciones antes de dejarla de nuevo encima de la mesa

—. Cambiaré de tema. ¿De qué quieres que hablemos?

Engullí un bocado de comida, observándola. No me podía imaginar a aquella chica tan salvaje y tan joven en la compañía serena e intensa de Marley y Quinn.

—De lo que sea que hayáis hablado hoy las chicas —propuse.

—Pues verás, Quinn y yo hemos tenido una conversación muy divertida sobre lo que se siente cuando se está mucho tiempo sin practicar el sexo. Es casi como haber recuperado la virginidad.

Estuve a punto de atragantarme y empecé a toser aparatosamente.

—¡Uau! Eso es..., ni siquiera sé decir qué es.

Me miró, divertida.

—Ahora hablando en serio. Estoy segura de que a los hombres no les pasa lo mismo, pero para las mujeres, al cabo de un tiempo, estás como... ¿tú crees que la virginidad es algo que vuelve a crecer? ¿Como las telarañas en el interior de una caverna?

—Esa es una imagen repugnante.

Haciendo caso omiso de mi comentario, se enderezó en el asiento, entusiasmada de repente.

—De hecho, esto es genial. Tú eres científica, así que estoy segura de que sabrás entender esta teoría mía que acabo de desarrollar.

Me hundí en mi silla.

—Acabas de soltarme una analogía con telas de araña y cavernas. La verdad, me das miedo.

—No tengas ningún miedo. Bueno, sabes que la virginidad de una mujer se considera algo así como sagrado, ¿verdad?

Me eché a reír.

—Sí, he oído hablar de ese concepto.

Se rascó la cabeza y arrugó un poco la nariz pecosa.

—Mi teoría es la siguiente: los hombres de las cavernas están volviendo con fuerza. Todo el mundo quiere leer cosas sobre el chico que ata a la chica, o que se pone violentamente celoso si, Dios no lo quiera, ella se pone algo sexy para lucirlo fuera del dormitorio. Supuestamente, a las mujeres les gusta eso, ¿verdad? Bueno, pues yo creo que la nueva moda que va a causar furor va a ser la revirginización. Querrán que su chico sienta que él es el primero. ¿Y a que no te imaginas cómo van a hacer eso las mujeres?

Vi como la expresión de sus ojos se hacía cada vez más expectante mientras aguardaba a que me atreviera a darle una respuesta. Su franqueza conmovedora y el hecho de que se tomase aquel tema tan en serio tensaban una cuerda invisible debajo de mis costillas.

—Mmm... ¿Mintiendo? siempre dan por sentado que hasta sabemos leer braile con la polla. ¿De dónde sacarán esa idea?

Sinceramente, lo más probable es que yo no supiera distinguir si una chica es virgen o no a menos que...

—Con cirugía primero, probablemente. Llamémoslo «reconstrucción del himen».

Dejando caer la comida del tenedor, lancé un gemido.

—Joder, San. Estoy comiendo ternera a la plancha. ¿Podrías dejar el tema del himen para otro...?

—Además... —Tamborileó con los dedos encima de la mesa, creando una sensación de suspense—. Todo el mundo está esperando a ver qué pueden hacer realmente las células madre por el ser humano, pero la lesión de la médula espinal, el párkinson... Yo no creo que sea por ahí por donde vayan a empezar. ¿Sabes cuál creo que va a ser el primer paso?

—Me tienes en ascuas —contesté, sin inmutarme.

—Estoy segura de que será la reconstrucción de la virtud.

Volví a toser, más fuerte.

—Por Dios santo... ¿Has dicho «la virtud»?

—Me has pedido que no hablara del himen, así que... Pero ¿tengo razón? Antes de que pudiera responder y decirle que, de hecho, su teoría me parecía muy acertada, siguió hablando.

—Se invierten unas cantidades alucinantes de dinero en estas historias. La Viagra, por ejemplo. Cuatrocientas formas distintas de tetas postizas. ¿Cuál es el relleno más natural? Este es un mundo de hombres, Britt . Las mujeres no se pararán a pensar que, en realidad, les estás metiendo células en pleno proceso activo de crecimiento en la vagina, nada menos. El año que viene, una de tus «no novias» se reconstruirá el himen y te regalará su nueva virginidad, Britt .

Se agachó, rodeó la pajita con los labios y empezó a succionar, sin apartar sus ojos chocolate de los míos. Y ante aquella mirada penetrante y juguetona, noté que la polla se me empezaba a poner dura. Al soltar la pajita, susurró:

—Te la regalará a ti. ¿Y sabrás tú apreciar de verdad lo que implica ese regalo? ¿La clase de sacrificio que supone?

Le brillaron los ojos, y entonces echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas. Hostia puta, cómo me gustaba esa chica. Me gustaba muchísimo. Reclinándome hacia delante en los codos, me aclaré la garganta.

—San, escúchame atentamente porque esto es importante. Estoy a punto de transmitirte un poco de sabiduría.

Se incorporó inmediatamente, entrecerrando los ojos con aire cómplice.

—La regla número uno ya la conocemos: no llames nunca a nadie antes de que salga el sol.

Torció los labios en una sonrisa culpable.

—Sí. Esa ya me la sé.

—Y la regla número dos... —dije, negando con la cabeza muy despacio—: no hables nunca de la reconstrucción del himen durante un almuerzo. Nunca, jamás.

Se puso a reír a carcajadas y luego se apartó cuando la camarera le trajo su plato.

—No te burles tan rápido. Esa idea vale un millón de dólares, míss Finanzas. Si un día de estos aparece encima de tu mesa, tendrás que darme las gracias por haberte ayudado a salir con ventaja.

Hincó el tenedor en la ensalada y se comió un bocado enorme, y yo procuré no observarla tan descaradamente. No se parecía a ninguna de las mujeres que conocía. Era atractiva —en realidad, era muy guapa—, pero no era reservada ni contenida. Era graciosa y tenía mucha seguridad en sí misma, y tenía una personalidad tan arrolladora que a su lado era casi como si el resto del mundo fuese monocromático. No tenía ni idea de si se tomaba a sí misma en serio o no, pero, desde luego, no esperaba que yo lo hiciera.

—¿Cuál es tu libro favorito? —pregunté, y la pregunta me salió de pronto, de la nada.

Se mordisqueó el labio inferior y yo volví a concentrarme en mi sándwich, arrancando los minúsculos trozos de carne crujiente de los bordes.

—Esto va a sonar a cliché.

—Lo dudo muy mucho, pero dispara.

Se inclinó hacia delante y susurró:

—Breve historia del tiempo.

—¿Hawking?

—Por supuesto —dijo, casi ofendida.

—Eso no es un cliché. Un cliché sería si hubieses dicho Cumbres borrascosas o Mujercitas.

—¿Porque? Si fuese yo la que te lo preguntase a ti y tú dijeses Hawking, ¿serías tú un cliché?

Medité mi respuesta. Me imaginé diciendo que ese libro era mi favorito y ya oía a mis colegas de la universidad diciendo: «Claro, tía».

—Probablemente.

—Pues eso sí que es una gilipollez, que en tu caso sea un cliché y no en el mío por el mero hecho de que yo tengo vagina. En fin —dijo, encogiéndose de hombros y metiéndose una pequeña porción de lechuga en la boca—, el caso es que lo leí cuando tenía doce años y...

—¿Doce años?

—Sí, y me dejó alucinada. No era tanto lo que decía, porque no creo que lo entendiese todo entonces, sino más bien por el hecho de que pensase así. El hecho de que hubiese gente ahí fuera que se pasaba la vida tratando de encontrar respuestas a esa clase de cosas. Me abrió todo un mundo nuevo. —De pronto, cerró los ojos, respiró profundamente y sonrió con cierto aire de culpabilidad cuando volvió a abrirlos—. Me estoy enrollando como una persiana.

—Sí, pero últimamente siempre te enrollas como una persiana.

Guiñándome un ojo, se adelantó unos centímetros y susurró:

—Sí, pero a ti te encanta, me parece...

Con la imaginación desatada, fantaseé viéndola arquear el cuello y abriendo la boca con una súplica ronca en la garganta mientras le recorría con la lengua la línea que unía el hueco de su cuello con su mandíbula. La imaginé clavando las uñas en mis hombros, la punzada aguda de dolor..., y pestañeé, me levanté y aparté la silla tan deprisa que golpeé con ella la otra sil a que tenía detrás. Pedí disculpas al hombre que había allí sentado, pedí disculpas a San y prácticamente eché a correr hacia el baño.
Cerré la puerta a mis espaldas y me volví para enfrentarme a mi reflejo en el espejo.

«¿A qué cojones ha venido eso, Pierce?», pensé.

Me agaché para arrojarme un poco de agua fría en la cara. Agarrando el lavabo con las manos, volví a enfrentarme a mis propios ojos en el espejo.

«Solo ha sido una imagen, una fantasía. No ha sido nada. Es una chica estupenda. Es guapa. Pero primero: es la hermana de Jake. Segundo: es la hermana de Bree, y prácticamente te lo hiciste con Bree en el cobertizo del jardín cuando tenía diecisiete años. Me parece que ya jugaste tu carta de cómo ligar con las hermanas López una vez. Y tercero... —Agaché la cabeza y tomé aire—. Tercero: has salido a correr con ella demasiadas veces para empezar a tener fantasías sexuales y pretender que ella no te haya calado todavía. Echa el freno. Vete a casa, llama a Kitty o Kristy, echa un polvo y
date por satisfecha.»

Cuando volví a la mesa, San prácticamente se había zampado toda la ensalada y estaba observando a la gente que pasaba por la acera. Levantó la vista cuando me senté y me miró con cara de preocupación.

—¿Problemas de estómago?

—¿Qué? No. No, es que... tenía que ir a llamar por teléfono.

Mierda. Eso sonaba grosero y prepotente. Arrugué el ceño y luego lancé un suspiro.

—La verdad es que tengo que irme, San. Llevo aquí ya un par de horas y quería hacer unos recados pendientes esta tarde.

Maldita sea. Eso sonaba aún más prepotente. Sacó el billetero del bolso y dejó unos cuantos dólares.

—Claro. Dios, yo también tengo un montón de cosas que hacer. Muchas gracias por quedar conmigo aquí. Y gracias también por ponerme en contacto con Marley y Quinn.

Sonriendo una vez más, se levantó, se echó el bolso al hombro, recogió las bolsas con sus compras y echó a andar hacia la puerta. Su melena negra le relucía y le caía en cascada por la espalda. Caminaba muy erguida, con paso firme y seguro. Tenía un culo increíble con aquellos tejanos que llevaba.

«Joder, Britt . Esta vez sí que la has cagado bien cagada...»
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por micky morales el Jue Mayo 18, 2017 7:43 am

Un poco groserita Britt, Santana se ve que es una chica muy interesante y ahora Brittany lo esta empezando a comprobar!!!!!
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por JVM el Jue Mayo 18, 2017 2:53 pm

Jajajaja San una chica única ... Me encanto como quedaron fascinadas Marley y Quinn con ella jajajjaa aunque nadie le crea que no pasa nada entre ellas aun.... Y pues las lecciones ahí van jajajjaa aunque las dos primeras reglas son un poco únicas jajajjaa
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por 3:) el Jue Mayo 18, 2017 5:41 pm

Ya cuando el sexo se vuelve ultra fácil aburre...
Mmmmm el inconciente y el cuerpo le esta empezando a traicionar a britt.... A ver cuanto puede aguantar britt así...
San llevándose bien con todos los amigos de britt y si pasa algo ya lo dan por sentado que ahí algo... Entre ellas!!
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Mayo 20, 2017 8:43 am

RECUERDEN QUE LES ADVERTI DEL CONTENIDO EXPLICITO EN CUANTO AL VOCABULARIO QUE SE USA EN ESTA HISTORIA YA QUE AQUI YA ARRANCAMOS....

CAPITULO 3


Aquello de correr no se estaba volviendo más fácil.

—Esto de correr se volverá más fácil —insistió Britt, mirando hacia abajo, donde yo estaba sentada, hecha un ovillo quejumbroso en el suelo—.Ten paciencia.

Arranqué de la escarcha unas cuantas briznas de hierba parda, murmurando para mis adentros lo que Britt podía hacer exactamente con su paciencia. Era temprano, el cielo seguía estando apagado y gris, y ni siquiera los pájaros parecían dispuestos a aventurarse a salir al frío.

Llevábamos una semana y media saliendo cada mañana a correr juntas, y tenía agujetas en lugares que ni siquiera sabía que existían.

—Y deja de comportarte como una cría —añadió.

Alcé la vista hacia ella con los ojos entornados y pregunté:

—¿Qué has dicho?

—He dicho que muevas el culo y vengas aquí.

Me levanté y me quedé rezagada unos cuantos pasos antes de echarme a correr para ponerme a su altura. Me miró para evaluarme.

—¿Sigues dolorida?

Me encogí de hombros.

—Un poco.

—¿Tanto como el viernes?

Reflexioné, dibujando círculos con los hombros y estirando los brazos por encima de la cabeza.

—No tanto.

—¿Y sigues notando el pecho como si alguien te hubiese empapado los pulmones de gasolina y les hubiese prendido fuego?

—No —respondí con una mirada furiosa.

—¿Lo ves? Y la semana que viene se volverá más fácil. Y la semana siguiente anhelarás correr tal como debes desear a veces comer chocolate.

Abrí la boca para mentir, pero Britt me silenció con una mirada perspicaz.

—Esta semana haré una llamada y te pondré en contacto con alguien que te mantenga en movimiento, y antes de que te des cuenta...

—¿Qué quieres decir con eso de «ponerme en contacto con alguien»?

Nos pusimos a correr y alargué las zancadas para mantenerme a su altura.Me dedicó una breve mirada.

—Alguien que corra contigo. Una especie de entrenador.

Los árboles desnudos parecían suficientes para aislarnos porque, aunque podía ver la parte superior de los edificios y el paisaje a lo lejos, los sonidos de la ciudad parecían proceder de varios kilómetros de distancia. Nuestros pies impactaban contra las hojas caídas y la grava suelta del camino, el cual se estrechó lo justo para que tuviese que ajustar mis pasos. Mi hombro rozaba el de Britt. Estaba lo bastante cerca de ella para oler el aroma de jabón, menta y un toque de café que se aferraba a su piel.

—Estoy confundida. ¿Por qué no puedo correr contigo?

Britt se echó a reír, dibujando un arco con la mano como si la respuesta se hallara suspendida en el aire a nuestro alrededor.

—Para mí esto no es correr de verdad, Sanny.

—Bueno, claro que no; apenas estamos haciendo jogging.

—No, me refiero a que se supone que tengo que entrenar.

Miré con intención nuestros pies y luego su cara.

—¿Y esto no es entrenar?

Volvió a reírse.

—Esta primavera voy a participar en el Ashland Sprint. Me hará falta correr algo más que dos kilómetros y medio unos cuantos días por semana para ponerme a punto.

—¿Qué es el Ashland Sprint? —pregunté.

—Un triatlón que se celebra en las afueras de Boston.

—Oh. —El ritmo de nuestros pasos resonó en mi cabeza y sentí que mis extremidades se calentaban; casi pude sentir la sangre que bombeaba a través de mi cuerpo. No era del todo desagradable—. Pues participaré contigo.

Me miró con los ojos entornados y las comisuras de su boca se elevaron con una sonrisa.

—¿Sabes acaso qué es un triatlón?

—Por supuesto. Hay que nadar, correr y dispararle a un oso.

—Casi lo adivinas —dijo en tono socarrón.

—Vale, pues ilumíname, bajista. ¿Qué longitud tiene exactamente ese triatlón de la hombría?

—Depende. Hay la distancia sprint, la intermedia, la larga distancia y la ultradistancia. Y nada de osos, tonta del culo. Natación, carrera y bicicleta.

Me encogí de hombros, haciendo caso omiso del constante escozor de mis pantorrillas al llegar a una cuesta.

—¿Y en cuál participas tú?

—En la intermedia.

—Vale —dije—. No suena demasiado mal.

—Eso significa que nadas más o menos un kilómetro y medio, recorres en bicicleta cuarenta y luego corres los últimos nueve kilómetros.

Los pétalos de mi floreciente confianza se marchitaron de repente.

—Oh.

—Y por eso no puedo quedarme contigo aquí, en este camino para conejos.

—¡Eh! —dije, empujándola con la fuerza suficiente para que tropezase ligeramente.

Se echó a reír y recuperó el equilibrio antes de sonreírme.

—¿Siempre ha sido tan fácil encenderte?

Enarqué las cejas y abrió los ojos de par en par.

—No me hagas caso —gruñó.

El sol irrumpía por fin a través de las tinieblas cuando nos pusimos a andar. Britt tenía las mejillas sonrosadas por el frío, y las puntas de su pelo asomaban rizadas por debajo de su casquete. Me encontré observándola, tratando de reconciliar a la persona que se hallaba ante mí con la chica a la que tan bien creía recordar.

Ahora era todo una mujer. Seguro que podía hacerse sesiones de belleza dos veces al día y aun así lucir espectacular sin siquiera saberlo. Alcé la mirada justo a tiempo de pillarla mirándome fijamente el pecho.

Me agaché para mirarla a los ojos, pero ignoró mi intento de reorientar su atención.

—Detesto preguntar lo obvio, pero ¿qué estás mirando?

Ladeó la cabeza y me observó desde un ángulo distinto.

—Tienes las tetas diferentes.

—¿Verdad que están alucinantes? —Me cogí una con cada mano—. Ya sabes que Marley y Quinn me ayudaron a elegir sujetadores nuevos. Las tetas siempre han sido un problema para mí.

Vi que Britt tenía los ojos abiertos como platos.

—Las tetas nunca son un problema para nadie. Jamás.

—Eso dice mujeres como tu que no tienen del todo y los hombres que no tiene un par. Las tetas son funcionales. Eso es. Me miró con auténtico fuego en los ojos.

—Desde luego que lo son. Hacen su trabajo.

Reí y solté un gruñido.

—No son funcionales para ti, salida.

—¿Te apuestas algo?

—Verás, el problema con las tetas es que, si las tienes grandes, nunca puedes parecer delgada. Los tirantes del sujetador te dejan marcas en los hombros y te duele la espalda. Y a no ser que las estés utilizando para su verdadera finalidad, siempre estorban.

—¿Cómo que estorban? ¿Les estorban a mis manos? ¿Les estorban a mi cara? No blasfemes, anda.

—Alzó la vista al cielo—. Esta chica no lo decía en serio, Señor. Te lo prometo.

Ignorándola, dije:

—Por eso me hice una reducción de mamas cuando tenía veintiún años.

En ese momento, su expresión pasó de divertida a horrorizada, como si acabase de decirle que había preparado un estofado increíble con bebés recién nacidos y lenguas de cachorros.

—¿Por qué demonios hiciste eso? Es como si Dios te hiciese un regalo estupendo y tú le dieses una patada en los huevos.

Me eché a reír.

—¿Dios? Pensaba que eras agnóstica, profesora.

—Lo soy, pero si pudiera agarrar unas tetas perfectas como las tuyas tal vez fuese capaz de encontrar a Jesús.

Sentí las mejillas calientes.

—¿Es que Jesús vive en mi escote?

—No, ya no. Ahora tus tetas son demasiado pequeñas para que esté cómoda ahí dentro. —Sacudió la cabeza, y no pude dejar de reír—. ¡Qué egoísta, Sanny! —dijo, sonriéndome de oreja a oreja.

Tropecé un poco. Ambas nos volvimos de golpe al oír una voz:

—¡Britt!

Paseé la mirada desde la animada pelirroja que corría hacia nosotras hasta Britt y volví a mirarla a ella.

—¡Hola! —dijo ella, saludándola incómoda con la mano.

Tras adelantarnos, ella se volvió para correr hacia atrás, gritándole:

—No te olvides de llamarme. Me debes un martes.

La chica le dedicó una sonrisita coqueta antes de continuar por el camino. Esperé una explicación, pero no llegó. Britt tenía la mandíbula tensa y sus ojos ya no sonreían mientras se concentraba en el camino que se extendía ante nosotras.

—Era guapa —sugerí.

Britt asintió con la cabeza.

—¿Era una amiga?

—Sí. Esa es Kitty. De vez en cuando... quedamos.

Quedar. Vale. Había pasado el tiempo suficiente en campus universitarios para estar enterada de que en el noventa y cinco por ciento de los casos la palabra «quedar» era una manera que tenían los chicos de decir «hacerlo».

—Así que no la presentarías como tu novia.

Su mirada se clavó en mis ojos.

—No —dijo, y casi pareció que la había ofendido—. Desde luego, no es mi novia.

Caminamos en silencio unos momentos y miré por encima de mi hombro, cayendo en la cuenta. Era una «no novia».

—Tenía las tetas..., uau. Está claro que conoce a Jesús.

Britt se partió de risa y me pasó el brazo por los hombros.

—Digamos simplemente que encontrar la religión le costó un montón de dinero.

Más tarde, cuando acabamos y Britt hacía estiramientos en el suelo junto a mí, tocándose los dedos de los pies, la miré.

—Esta noche tengo una fiesta —dije con una mueca.

Bajo los pantalones de chándal se le notaban los músculos del muslo, así que casi no la oí cuando repitió:

—¿Una fiesta?

—Sí. Es una especie de fiesta..., de trabajo. Bueno, en realidad no. Es como una reunión social, una fiesta interdepartamental. Nunca voy a esa clase de cosas, pero como he decidido no morir sola rodeada de gatos salvajes, he pensado que podía probar. Es jueves por la noche, así que estoy segura de que la reunión no va a ser demasiado movida.

Ella se echó a reír, sacudiendo la cabeza y cambiando de postura.

—Es en Ding Dong Lounge. —Hice una pausa, mordisqueándome el labio—. En serio, ¿es un nombre inventado?

—No, es un local de Columbus. —Pensativa, se rascó la mandíbula—. De hecho, no está lejos de mi oficina. Puck y yo vamos allí algunas veces.

—Pues un grupo de compañeros míos va a ir, y esta vez cuando me preguntaron si iba dije que sí, y ahora me doy cuenta de que no tengo más remedio que presentarme allí al menos y ver de qué va la cosa. Quién sabe, quizá pueda ser divertido.

Me miró a través de sus gruesas pestañas.

—¿Has respirado siquiera durante toda esa frase? —dijo.

—Britt. —La observé insistentemente hasta que bajó la mirada—. ¿Quieres pasártelo bien?

Se rió y sacudió la cabeza mientras hacía otro estiramiento. Tardé un instante en entender por qué se reía.

—¡Puaj, estás hecha una pervertida! —exclamé, dándole un golpe de broma en el hombro—. Sabes a qué me refiero. ¿Quieres pasarlo bien conmigo?

Alzó la mirada al oír que me daba una palmada en la frente.

—Dios, suena mucho peor. Mándame un mensaje si te interesa pasar un buen rato. —Hice una mueca y me volví para caminar por el sendero hacia mi edificio de apartamentos, deseando que el sendero se abriese bajo mis pies y me transportase a Narnia—. ¡Olvídalo!

—¡Me encanta que me invites a pasar un buen rato contigo! —gritó a mis espaldas—. ¡Estoy deseando pasar un buen rato esta noche, Sanny! ¿Quieres que quedemos a las ocho o prefieres que vaya a las diez? ¿Y si pasamos dos buenos ratos?

Tras mostrarle el dedo corazón de la mano, seguí andando por el sendero. Gracias a Dios, no pudo ver mi sonrisa.
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Sáb Mayo 20, 2017 8:46 am

RECUERDEN QUE LES ADVERTI DEL CONTENIDO EXPLICITO EN CUANTO AL VOCABULARIO ADULTO EN TEMAS DE SEXO QUE SE USA EN ESTA HISTORIA YA MAS SIENDO UNA HISTORIA GP.....

Capitulo 4


Me dolían las piernas de estar todo el santo día sentada delante del ordenador y además tenía unas ganas locas de llegar al Ding Dong Lounge —nunca pensé que llegaría a decir algo así—, sentarme junto a Sanny en la barra y... relajarme. Hacía muchísimo tiempo que no lo pasaba tan bien con una mujer sin estar desnudas.

Por desgracia para mí, cuanto más tiempo pasaba con Sanny, más ganas tenía de que aquello desembocara en algo que implicase estar desnudas, lo que me parecía casi una forma de escapismo, como si mi cerebro y mi cuerpo quisieran recurrir al consuelo familiar del sexo en lugar de ahondar en el lado emocional. Sanny me empujaba, aunque no fuese consciente de ello; me obligaba a replanteármelo absolutamente todo: desde por qué hacía mi trabajo hasta por qué seguía acostándome con mujeres a las que no quería. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había tenido ganas de coger el historial sexual de alguien y reescribirlo de arriba abajo con mis manos, mi lengua y mi sexo.

Sin embargo, con Sanny no sabía si eso era porque el sexo sería más fácil que seguir
atormentándome con la forma que tenía de ponerme el cerebro patas arriba, o si era porque quería que me pusiera patas arriba en todos los demás aspectos.

Así que no aparecí hasta las diez, dejándole espacio para que socializase y pasase tiempo con sus amigos del laboratorio. Cuando llegué, enseguida la localicé en la barra y me senté a su lado, dándole un golpecito en el hombro con el mío.

—Hola, guapa. ¿Vienes mucho por aquí?

Me sonrió de oreja a oreja y los ojos se le iluminaron de felicidad.

—Hola, Britt la irresistible seductora. —Tras una pausa impregnada con una extraña sensación de inspección mutua, añadió—: Gracias por... venir.

Contuve una carcajada y pregunté:

—¿Has cenado?

Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Hemos ido a una marisquería que hay un poco más abajo. Hacía años que no comía mejillones.

Cuando hice una muesca de asco, me dio un codazo con aire burlón.

—¿Es que no te gustan los mejillones?

—Odio el marisco.

Se inclinó para acercarse.

—Pues estaban deliciosos —susurró.

—Sí, seguro. Blandos y viscosos, y con sabor a agua sucia de mar.

—Me alegro de verte —dijo, cambiando de tema bruscamente, pero no flaqueó en ningún momento cuando la repasé de arriba abajo—. Fuera de nuestras sesiones de running, claro.

—Me alegro de que te alegres.

Me miró a los ojos, a las mejillas y luego a los labios durante largo rato antes de volver a mirarme a los ojos.

—Ese fuego tuyo podría llegar a matarme, Britt . Y lo peor es que creo que no eres consciente de que miras así a las mujeres.

Pestañeé, sin comprender.

—¿Ese qué?

—¿Qué vas a tomar? —me preguntó el camarero, dándonos un susto a ambas cuando depositó dos posavasos delante de nosotras y se inclinó.

Por lo visto, los colegas del laboratorio de Sanny se habían marchado y el Ding Dong estaba inusitadamente tranquilo. Generalmente, allí los camareros solían preguntarme qué quería desde el otro extremo de la barra y mientras le servían la cerveza a otro cliente.

—Una Guinness —dije. Y a continuación añadí—: Y un chupito de Johnny Gold.

El camarero miró a Sanny.

—¿Y tú? ¿Vas a querer algo más?

—Otro té con hielo, por favor.

Arqueó una ceja y le sonrió.

—¿Y no quieres nada más, princesa?

Sanny se rió y se encogió de hombros.

—Si tomo algo más fuerte, me quedaré dormida en quince minutos.

—Estoy seguro de que por aquí detrás hay cosas muy fuertes que te mantendrían despierta durante horas.

El comentario del camarero hizo que me volviera de repente para calibrar la reacción de Sanny. Si se había horrorizado iba a tener que darle un puñetazo a aquel tipo.
Ella se echó a reír, sin hacerle mucho caso y sintiéndose un poco avergonzada porque la hubiesen tomado por abstemia en un bar, y se puso a dar vueltas al posavasos que tenía delante.

—¿Te refieres a un café con Baileys o algo así? —preguntó ella.

—No —dijo el tipo apoyando los codos justo delante de Sanny—. Estaba pensando en otra cosa...

—Solo un té con hielo —zanjé, sintiendo cómo me subía la tensión.

El camarero hizo una mueca, se incorporó y se fue a preparar nuestras bebidas. Noté la mirada de Sanny clavada en mí y cogí una servil eta de cóctel para tener algo en lo que entretenerme con las manos.

—¿A qué viene ese tono tan severo, Brittany?

Lancé un resoplido.

—¿Es que no me ha visto sentada aquí contigo? Se te comía con los ojos. Menudo capullo — solté.

—¿Por preguntarme qué quería tomar? —exclamó, mirándome con cara de perplejidad—. Sí, qué cabrón...

—La indirecta —le expliqué—. Seguro que la has captado.

—Seguro que no lo dices en serio.

—¿«Por aquí detrás hay cosas muy fuertes que te mantendrían despierta durante horas»?

Formó una pequeña «o» con la boca mientras, al parecer, captaba al fin el verdadero sentido de la frase, y entonces sonrió.

—¿No era ese el objetivo de nuestro plan, precisamente? ¿Que me lanzaran más indirectas de esa clase?

El camarero regresó y dejó las copas delante de nosotras, guiñando un ojo a Sanny antes de alejarse.

—Sí, supongo —respondí de mala gana, y me tomé un trago de cerveza.

A mi lado, la vi enderezarse un poco y volver el taburete para colocarse frente a mí.

—No es que quiera cambiar de tema, pero anoche vi algo de porno.

Empecé a toser y, al dejar la cerveza en el borde redondeado de la barra, conseguí atraparla a tiempo antes de arrojármela toda por encima. Aun así, una parte se salió por el borde del vaso y me cayó en el regazo.

—Joder, Sanny, no te andas con tapujos.

Cogí unas cuantas servilletas de papel y me limpié los pantalones.

—¿Es que tú no ves pelis porno?

Me quedé mirando fijamente el pequeño vaso de whisky y lo apuré de un trago antes de admitirlo.

—Claro que sí.

—Entonces, ¿por qué te resulta raro que yo lo hiciera anoche?

—No es raro que vieras porno, lo que es raro es que ese sea el comienzo de una conversación. Es solo que... todavía estoy acostumbrándome. Antes del proyecto Sanny la Devora hombres, solo te conocía como la hermanita petarda y repelente. Y ahora te has convertido en esta... mujer que ve cine porno, se ha hecho una reducción de pechos y elabora teorías sobre la reconstrucción del himen. Es todo un proceso de
adaptación.

«Eso, y que además me pareces casi irresistible», pensé. Hizo un gesto desdeñoso con la mano, como quitando importancia a mis palabras.

—Bueno, tengo una pregunta —dijo ella.

La miré con el rabillo del ojo.

—Dime.

—¿De verdad las mujeres hacen esos ruidos en la cama?

Me quedé inmóvil, con una sonrisa en la cara.

—¿Qué ruidos, Sanny?

Al parecer, no se dio cuenta de que me estaba quedando con ella, y cerró los ojos y empezó a murmurar

—Unos ruidos como «oh, oh, Britt ..., necesito tu polla» y «más, más, dame más. Fóllame, fóllame, daddy...», etcétera. —Había bajado la voz y ahora hablaba con voz ronca y susurrante, y me asusté al sentir cómo se me endurecía la polla. Otra vez.

—Mmm... Algunas sí.

Estalló en risas.

—¡Es ridículo!

Contuve la sonrisa, admirando sus reacciones espontáneas y su seguridad aun tratándose de un tema en el que sospechaba que no era ninguna experta.

—Pero es que a lo mejor sí necesitan mi polla. ¿No te gustaría a ti desear a alguien tanto como para necesitar su polla?

Tomó un prolongado sorbo de su té helado, reflexionando sobre mi comentario.

—Pues la verdad es que sí. Me parece que nunca he deseado tanto a alguien como para suplicarle eso. ¿Una galleta? Sí. ¿Una polla? No.

—Pues debía de ser una galletita muy pero que muy buena.

—Oh, sí, lo era.

Riéndome, pregunté:

—¿Qué película viste?

—Mmm... —Levantó la vista hacia el techo. No se sonrojó, no sentía ni siquiera una pizca de vergüenza—. ¿ Universitarios cachondos? Algo así. Un montón de universitarias montándoselo con un montón de universitarios. La verdad es que era fascinante, sinceramente.

Me quedé callada, y el hilo de mis pensamientos se perdió por un rocambolesco laberinto de compañeros de universidad, el trabajo de Sanny en el laboratorio, la esperanza de Jake de que su hermana hiciese nuevos amigos, el intento del camarero de ligar con ella delante de mis narices y la erección que todavía sentía.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—No, en nada.

Dejó su té y se volvió en el taburete a mirarme.

—¿Cómo es posible? ¿Cómo pueden decir las personas que no están pensando en nada?

—No estoy pensando en nada realmente importante, quiero decir — aclaré.—¿Estamos hablando de porno y tú ni siquiera piensas en sexo?

—Por extraño que parezca, no —dije—. Estoy pensando en lo ingenua y lo tierna que eres. Me pregunto a qué me habré comprometido cuando te dije que te ayudaría a ligar con hombres y a desenvolverte en el mundo de las relaciones sociales. Me preocupa convertirte en la mujer despampanante más vulnerable en la historia de la humanidad.

—¿Y estabas pensando en todo eso ahora mismo?

Asentí.

—Vaya. Pues a mí sí me parece realmente importante. —Hablaba en voz baja y ronca, casi empleando el mismo tono que antes, cuando imitaba las películas porno, pero con palabras reales y emociones reales. Sin embargo, cuando la miré, tenía la mirada perdida al otro lado de la ventana

—. Pero no soy ingenua ni tierna, Britt . Sé lo que quieres decir, pero siempre he estado un poco obsesionada con el sexo. Básicamente con la parte mecánica del sexo, por qué a la gente le atraen cosas distintas. Por qué a algunos les gusta un tipo determinado de sexo y a otros otra variante. ¿Será por la anatomía? ¿Será algo psicológico? ¿De verdad están nuestros cuerpos organizados de forma tan distinta? Cosas así.

No tenía literalmente ni idea de cómo responder a aquello, así que me limité a beber. Nunca había pensando en esas cosas, sino que había preferido limitarme a probar absolutamente todo lo que quisiera hacer una mujer, pero descubrí que me gustaba mucho que Sanny le hubiese estado dando vueltas al tema de ese modo.

—Pero últimamente estoy intentando descubrir más o menos qué es lo que me gusta — reconoció—. Y es divertido, pero es difícil no poder descubrirlo en primera persona. De ahí el porno.

Dio un largo sorbo y luego me dedicó una sonrisa. Dos semanas antes, si Sanny me hubiese dicho algo así habría sentido vergüenza ajena por ella por mostrarse tan franca con su inexperiencia. En ese momento pensé que quería proteger esa misma inexperiencia, solo un poco.

—No me puedo creer que yo misma esté alentando esta conversación, pero... me preocupa que el porno pueda darte una idea falsa de cómo debería ser el sexo.

—¿Y eso?

—Porque el sexo que ves en el cine porno no es demasiado realista.

Se echó a reír y preguntó:

—¿Quieres decir que la mayoría de los hombres no llevan un paquete de Pringles entre pata y pata?

Esta vez no me atraganté.

—Esa es una diferencia, sí.

—Ya he tenido relaciones sexuales antes, Britt. Solo que no he probado muchas variantes. El porno es una buena manera de saber qué es lo que puede hacerme «tilín», si sabes a lo que me refiero.

—Me sorprendes, Sanny López.

No respondió durante varios segundos que se me hicieron eternos.

—Ese no es mi nombre, ¿lo sabes?

—Lo sé, pero así es como te llamo.

—¿Y siempre me llamarás «Sanny»?

—Probablemente. ¿Te molesta?

Se encogió de hombros y se volvió en el taburete para mirarme a la cara de nuevo.

—A lo mejor un poco. A ver, es que creo que ya no me pega. Solo mi familia me llama así. No mis... amigos.

—No me parece que seas ninguna niña, si es eso lo que te preocupa.

—No, no es eso lo que me preocupa. Todo el mundo aprende a pasar de la infancia a convertirse en una persona adulta, pero yo me siento como si siempre hubiese sabido cómo ser una adulta y solo estuviese aprendiendo a ser una niña ahora. A lo mejor Sanny era mi nombre de adulta. A lo mejor quiero soltarme un poco y hacer unas cuantas locuras.

Le pellizqué la oreja y chilló, apartándose inmediatamente.

—Así que has empezado a soltarte un poco viendo cine porno, ¿eh?

—Exactamente. —Me examinó un lado de la cara—. ¿Puedo hacerte unas preguntas personales?

—¿Ahora resulta que necesitas mi permiso?

Se rió y me dio un golpe en el hombro.

—Hablo en serio.

Deslicé mi vaso vacío por la barra y me volví para mirarla a los ojos.

—Puedes preguntarme lo que quieras si me invitas a otra cerveza.

Levantó la mano y atrajo la atención del camarero inmediatamente.

—Otra Guinness —dijo, señalando el vaso antes de volverse hacia mí

—. ¿Estás lista?

Me encogí de hombros.

Inclinándose hacia delante, me habló en un susurro.

—Te pregunto a ti por que no es una novedad que tienes tu mitad de inferior con órganos masculinos y creo que tal vez puedas llegar a pensar como ellos, asi que a los tíos les gusta mucho hacerlo analmente, ¿verdad? —preguntó.

Cerré los ojos un segundo, reprimiendo una carcajada.

—Se llama sexo anal, sin más; no se dice «hacerlo analmente».

—Pero ¿les gusta? —repitió.

Lancé un suspiro y me restregué la cara con las manos. ¿De verdad quería hablar de eso con ella?

—Supongo. Quiero decir, sí.

—Así que ¿lo has hecho?

—¿Me lo preguntas en serio, Sanny?

—¿Y no piensas, cuando lo haces, que estás en...?

Levanté la mano para pararla.

—No sigas.

—¡Ni siquiera sabes lo que iba a decir!

—Lo sé. Te conozco, Sanny. Sé exactamente lo que ibas a decir.

Puso cara de circunstancias y volvió a concentrar la vista en la televisión que había encima de la barra, donde los Knicks estaban destrozando al Miami Heat.

—Los tíos podéis desconectar el cerebro y ya está. Ni siquiera puedo entenderlo.

—Entonces es que nunca has experimentado sexo del bueno, capaz de hacer que tu cerebro desconecte por completo.

—Creo que tú serías capaz de desconectar el cerebro aunque fuese un polvo de lo más mediocre.

—Probablemente —admití, riéndome—. A ver, tú has comido mejillones para cenar. Eso es como... comer mierda marina, correosa y blandengue. Pero, aun así, podrías hacerme una mamada y yo no estaría pensando que acabas de comerte unos mejillones.

Advertí un leve rubor en sus mejillas.

—Estarías pensando en lo increíblemente bien que te la chupo.

La miré de hito en hito.

—¿Que yo... qué?

Se echó a reír a carcajadas, moviendo la cabeza con gesto entre divertido y resignado.

—¿Lo ves? Ya te has quedado sin habla, y eso que todavía no he hecho nada. Parece que el tener un pene hace a sus dueños tan simples...

—Es verdad. Los tíos son capaces de follarse cualquier orificio.

—Cualquier orificio follable.

—¿Qué? —exclamé, volviéndome en mi asiento para mirarla.

—Bueno, es que no todos los orificios se pueden follar. Como los nasales. O el de la oreja.

—Evidentemente, no has oído «El hombre de Nantucket».

—No.

Arrugó la nariz y me fijé en sus hoyuelos. Esa noche tenía los labios especialmente rojos, pero advertí que no llevaba pintalabios. Solo los tenía... encendidos.

—Todo el mundo la conoce. Es una rima un poco guarra.

—¿Conocerla, yo? —Se señaló el pecho y procuré no mirar hacia abajo—. No creo, no.

—«Había una vez un hombre de Nantucket, capaz de chuparse su polla gigante. Decía siempre sonriente, con lefa en la barbilla: “Si mi oreja fuese un coño, me la follaría a la muy pilla”.»

Me miró muy fijamente.

—Eso es... asqueroso.

Me encantó que aquella fuese su primera reacción.

—¿Qué parte? ¿La de la lefa en su barbilla o la de follarse su oreja?

Sin contestarme, preguntó:

—¿Tú te chuparías tu propia polla si pudieras?

Iba a decir que de eso nada, ni hablar, pero me lo pensé mejor. Si fuese posible, seguramente lo haría aunque fuese una vez, solo por curiosidad.

—Supongo que sí...

—¿Y te lo tragarías?

—Joder, Sanny, me haces cada pregunta... Tendría que pensarlo.

—¿Tendrías que pensarlo?

—Quiero decir que parecería una cabrona si dijese que ni hablar, que no me tragaría mi propio semen ni borracha, pero es que no me lo tragaría ni borracha. Estamos hablando de una situación hipotética en la que podría chuparme mi propia polla, y la verdad es que me gusta que las mujeres se traguen mi semen.

—Pero no todas las mujeres se lo tragan.

No solo se me aceleró el corazón, sino que noté cómo me palpitaba con más fuerza en el pecho, como si me lo golpeara desde dentro. Aquella conversación parecía estar descontrolándose por momentos.

—¿Tú te lo tragas? —le pregunté.

Hizo caso omiso a mi pregunta y dijo:

—Pero en el fondo a los tíos no les gusta comerles el coño a ellas, ¿a que no? Bueno, si quieres decirme la verdad.

—A mí me gusta comérselo a algunas, no a todas con las que me voy a la cama, y no por las razones que tú crees. Es un acto muy íntimo y no todas las mujeres se sienten completamente relajadas, por lo que a veces resulta difícil disfrutar. No sé, para mí una mamada es como una paja, solo que el placer es mucho más intenso. Pero ¿hacerle el cunnilingus a una chica? A mí me parece que eso es cuando la relación ya está un poco más madura. Requiere confianza.

—Yo no he hecho nunca ninguna de las dos cosas. Las dos me parecen bastante íntimas.

Me quedé inmóvil y di las gracias en voz baja al camarero cuando me puso la botella de cerveza delante, pero no tenía ni idea de cómo dominar la extraña sensación de victoria que me fluía por las venas. ¿A cuento de qué venía esa sensación? Yo no iba a ser la primera a la que ella le hiciera una mamada. No podía llegar tan lejos con ella. Además, Sanny era tan directa con lo que quería... Sentí un nudo en la boca del estómago al darme cuenta de que, si era eso lo que quería, seguramente ya lo habría
dicho. Se habría plantado delante de mí, habría apoyado la mano en mi pecho y me habría dicho: «¿Quieres follarme?».

—¿Lo ves? —preguntó, inclinándose hacia delante para llamar mi atención—. ¿Se puede saber en qué piensas ahora?

—En nada —dije, llevándome la botella a los labios.

—Si fuese una mujer violenta, ahora mismo te soltaría una bofetada en la mejilla.

Aquello me hizo reír.

—Está bien. Solo estaba pensando que es un poco... raro que te hayas acostado con alguien, pero que no le hayas hecho nunca una felación a nadie, o que no hayas estado nunca al otro lado.

—Bueno —empezó a decir, recostándose un poco hacia atrás en el taburete—, supongo que podría decirse que le hice una mamada a un tío una vez, pero no tenía literalmente ni idea de lo que hacía, así que acabé volviendo a la zona de la cara.

—Con los tíos siempre es muy fácil: se trata de darle arriba y abajo y ya está, disparamos el chorro.

—No, quiero decir..., eso ya lo sé. Me refiero a mí. Cómo hacerlo y respirar a la vez, sin preocuparme por si lo muerdo o no. ¿Te has paseado alguna vez por la sección de porcelana de alguna tienda cara y has sufrido ese momento de pánico absoluto en el que estás convencida de que vas a tropezar y vas a romper todo el cristal de Waterford?

Me incliné hacia delante, sin poder parar de reír. Joder, aquella mujer era increíble.

—¿Así que te preocupa que, teniendo una polla en la boca, puedas llegar a... morderla?

Ella también se echó a reír, y al cabo de un momento, las dos estábamos desternillándonos de la risa ante la idea, pero casi al mismo tiempo nos serenamos un poco y me di cuenta de que tenía la mirada fija en mi boca.

—A algunos les gustan los dientes —dije en voz baja.

—¿A algunos y algunas... como a ti, por ejemplo?

Tragué saliva.

—Sí —admití—. Me gusta cuando las mujeres se ponen un poco brutas.— ¿Como cuando arañan y muerden y esas cosas?

—Sí.

Una descarga eléctrica me recorrió el cuerpo solo de oírla decir esas palabras. Tragué saliva con dificultad, preguntándome cuánto iba a tardar en quitarme de la cabeza su imagen haciendo esas cosas.

—¿Con cuántos tíos has estado? —le pregunté.

Tomó un sorbo de su té helado antes de responder.

—Con cinco.

—¿Nunca has hecho una mamada pero te has acostado con cinco tíos? —Sentí que se abría un abismo en mi estómago, y a pesar de que mi indignación era absolutamente injusta e hipócrita, no podía contenerla—. Joder, Sanny, ¿cuándo?

Puso cara de exasperación y se rió de mí en mi cara.

—Perdí la virginidad cuando tenía dieciséis años. Ahora que lo pienso fue el verano que trabajaste con mi padre. —Me tapó la boca con la mano cuando quise protestar y luego añadió —: No se te ocurra echarme ningún sermón, Britt . Sé que tú seguramente perdiste la tuya cuando tenías trece.

Cerré la boca y me enderecé en el asiento. Tenía razón. Con una sonrisa cómplice dibujada en los labios, siguió hablando.

—Además, estoy segura de que te has acostado con centenares de mujeres. Cinco no son tantos. Me acosté con varios tíos el par de años después de eso y luego decidí que me estaba equivocando. No era muy interesante. Tuve un novio en la universidad durante un tiempo, pero... es como si no sirviese para esto, como si tuviese alguna avería. El sexo es más o menos divertido hasta que llega la parte del sexo en sí. Y entonces voy y pienso: «Mmm... No sé si habré puesto suficientes células en la placa
para poder calcular mañana las curvas de respuesta según la dosis con el compuesto derivado».

—Eso es muy triste.

—Ya lo sé.

—El sexo no es aburrido —le dije.

Me miró detenidamente y luego se encogió de hombros.

—No creo que tenga que ser aburrido. Creo que es aburrido porque la mayoría de los hombres de mi edad no tienen ni idea de qué hacer con el cuerpo femenino. —Desvió la vista y me dieron ganas de decirle que regresara, pues me estaba convirtiendo en una adicta a la llamarada que sentía cada vez que me miraba a los ojos—. No les culpo. Lo de ahí abajo es un poco complicado. —Se paseó la mano por el regazo—. Es solo que hace mucho tiempo que no conozco a nadie que me haga sentir ganas de averiguar a qué viene tanto alboroto. —Me miró a los labios antes de pestañear y desplazar los ojos hacia la pared, donde estaba la oferta de cervezas de barril del local.

Yo bajé la vista a la cerveza que tenía delante y fui dándole vueltas encima del posavasos. Por supuesto, ella tenía razón, y muchas de las mujeres que había conocido mantenían relaciones sexuales por otras razones además de por el hecho de correrse. Kitty me dijo una vez que se sentía más cerca de mí después de follar. Lo dijo justo cuando yo acababa de empezar a hacer inventario de lo que me quedaba en la nevera.

Me sentía mucho más cerca de Santana en ese momento de lo que había estado de Kitty antes, durante o después del sexo. Había algo en ella que me hacía tener ganas de más, como si quisiera ser tan franca como ella y tomarme mi vida con la misma calma con la que se la tomaba ella. Quería conocer a Santana, oír sus opiniones sobre todas las cosas. Me detuve, a punto de llevarme la cerveza fría a los labios, y caí en la
cuenta de que había pensado en ella como Santana. Era casi como si acabara de soltar una respiración contenida durante mucho... muchísimo tiempo.

«Sanny» era la hermana de Jake. «Sanny» era la niña que no llegué a conocer.

Santana, en cambio, era aquel a mujer desinhibida y dueña de sí misma que tenía delante y que —podía poner la mano en el fuego— estaba a punto de poner todo mi mundo patas arriba.__
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por 3:) el Sáb Mayo 20, 2017 5:05 pm

Britt ya tiene el mundo patas arriba con san alado...
Mmmm cuestionandose sus relaciones con kity y otras mujeres!!!
A ver cuanto aguanta britt estando serca de san?? Dando se cuenta que ya dejo de ser "la niña" Hermanita de su amigo!!!...
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Mensaje por JVM el Sáb Mayo 20, 2017 5:40 pm

Jajajaja amo la forma tan directa de San para decir sus dudas... Y Britt muriendo al respoderlas jajajaja
Si las platicas siguen así creo que Britt no aguantara sin echarsele encima a San .... Y me alegró que se haya dado cuenta que Sanny que conoció no es la misma y que no es solo la hermana pequeña de su amigo!
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Mensaje por micky morales el Dom Mayo 21, 2017 9:41 am

Es el momento en que Brittany se esta replanteando algunas cosas!!!!
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Mensaje por Tati.94 el Mar Mayo 23, 2017 9:04 pm

Me encanta lo sincera que es Santana y Britr... Que puedo decir?? Ya no aguanta!! Jajajja!!
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Mayo 24, 2017 10:00 pm

3:) escribió:Britt ya tiene el mundo patas arriba con san alado...
Mmmm cuestionandose sus relaciones con kity y otras mujeres!!!
A ver cuanto aguanta britt estando serca de san?? Dando se cuenta que ya dejo de ser "la niña" Hermanita de su amigo!!!...

Claro eso es lo mas interesante ahora la ve como la mujer que es no como la niña, creo que hasta ahora ve lo que estuvo siempre frente a sus ojos pero nunca se tomo la molestia de fijar su atención en ella.
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Finalizado Re: [Resuelto]Brittana: Seductora Irresistible (adaptación. GP Brittany) cap. 20 mas Epilogo

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Mayo 24, 2017 10:05 pm

JVM escribió:Jajajaja amo la forma tan directa de San para decir sus dudas... Y Britt muriendo al respoderlas jajajaja
Si las platicas siguen así creo que Britt no aguantara sin echarsele encima a San .... Y me alegró que se haya dado cuenta que Sanny que conoció no es la misma y que no es solo la hermana pequeña de su amigo!

No hay nada mejor que encontrar alguien que te hable sin filtros, sea toda sinceridad, que hable sobre como lo quiere, donde y cuando... por que San va por lo que quiere....
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