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[Resuelto]Brittana: (Adaptación) El Oscuro Juego de SATANÁS... (Gp Santana) Cap. 7 Cont. Cap. 8

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Activo Re: [Resuelto]Brittana: (Adaptación) El Oscuro Juego de SATANÁS... (Gp Santana) Cap. 7 Cont. Cap. 8

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Miér Feb 28, 2018 12:32 am

Cap. 5


Pensé que ocuparía el asiento del acompañante, junto al señor Freeman, pero no es así, el jefe de seguridad de Satanás me acaba de abrir la puerta trasera del maravilloso Mercedes Benz Clase E Sedán plateado, con cristales ahumados, que está aparcado a una distancia prudente de la iglesia. Mi nerviosismo se multiplica cuando veo a Satanás. Creí que doña Sibarita iría escoltada en otro vehículo, pero me equivoqué. Se me hace extraño compartir asiento con La Mujer del Año, pero me tranquilizo mientras el señor Freeman cierra la puerta. Veo cómo el hombre habla a la manga de su impecable chaqueta negra y en menos de lo que canta un gallo se acercan varios agentes vestidos de negro, que rodean el vehículo. Estoy asustada, es inevitable, no estoy acostumbrada a ver tantos miembros de seguridad.

Satanás, por su parte, anda inmersa en su mundo de fusiones y adquisiciones, y habla por teléfono mientras teclea en su portátil. Le saludo con un

«Buenas tardes, señorita» por mera educación; no obtengo respuesta. No me sorprende. Acabo de abrocharme el cinturón de seguridad y me quedo quietecita en el sitio. Mierda… la tela del vestido se ha subido por encima de mis rodillas. Me la bajo sutilmente mientras miro por la ventanilla. Una repentina nube de fotógrafos intenta rodearnos, como a la caravana de vehículos que nos preceden. Imagino que es donde va todo el clan López Ivanov. El señor Freeman se está abriendo paso lentamente entre la multitud, mientras la policía y los miembros del equipo de seguridad de doña Sibarita tratan de hacer una cadena humana para que podamos salir del atolladero; doña Rastreadora de Móviles ni se inmuta. Está cómoda y acostumbrada a su idílico mundo de multimillonaria, donde la fama y el poder imperan por encima de todo. Debería estar afligida y posponer el trabajo de esta tarde para otro momento, pero no. Su imperio es lo primero; a la vista está, y eso que acaba de perder a su hermano. ¡La tía es más fría que un témpano! Por no dar, no da ni los buenos días, y mucho menos concede ninguna entrevista a ningún medio. Es así de reservada. Sigue hablando por su Samsung Galaxy S8 plus. No tiene nada que ver con Jake, con el que solía conversar largo y tendido durante todo el trayecto a la agencia. ¡Qué tiempos aquellos! Ya sé que con la nueva jefa he de guardar silencio. Algo a lo que, seguramente, tardaré en acostumbrarme, porque hablo por los codos.


—Y dices que va a suponer un elevado coste. ¿De cuánto estamos hablando? —se toca la cabeza con la mano, inquieta y muy seria. La cifra debe de haberla dejado noqueada—. Telefonea a Martin Heighl y di que no estamos interesados en su oferta de fusión.

Imagino que está hablando con alguno de sus amigos, tal vez con Puckerman, o con Smith, a juzgar por el tono sosegado de su voz. No puede ser que no esté respetando el duelo por la muerte de su hermano, dice mi conciencia.

—Dile a Bradley que analice los beneficios de los dos últimos años de Global´s Enterprise, al parecer están intentando un acercamiento, eso fue lo que le dijo McDermott a Gareth la semana pasada… Envíame un fax a la agencia. Estaré hasta las ocho. Sí, Harley y su equipo van a presentarme la campaña de Nakamura, Noah… ¿Quéee? ¿A qué hora acaba mi horario de trabajo? —… al parecer acaba de construir un gran complejo turístico en la isla de Saona. Se trata de una inversión de más de cien millones de dólares —dice la capulla engreída al gilipollas mujeriego de su amigo.

Satanás se percata de mi presencia. Me mira fijamente. Sus ojos brillan asombrosamente mientras frunce el ceño como queriendo decir qué estás mirando. ¡A ti, capulla!, me digo apartando el rostro. Vaya, está logrando que me cabree y no me interesa. Carraspea y cuelga sin más dilación. Teclea enérgicamente su portátil de más de mil dólares. ¡Menuda snob! Y para colmo no deja de observarme con descaro. Sus seductores labios forman una leve mueca de hastío. Juguetea con su cabello. Deja el Samsung junto a mi bolso de Chanel, pero su móvil vuelve a sonar. Lo coge. Agita la mano en el aire sobre la pantalla y contesta.

—Espera… —y tapa el auricular con la palma de la mano—. Busca en el GPS el Burger King más cercano. Cárgalo todo a la American Express —le ordena al señor Freeman.

¡Eh, puedo pagarme mi menú!, grito desde lo más recóndito de mi ser.


—Sí, señorita López —dice su jefe de seguridad y chófer particular. Pobre hombre, doña Gruñona lo tiene esclavizado de por vida

—¿Qué demonios quiere? —continúa diciendo a Puckerman—. ¿Acaso está buscando una demanda por intento de estafa? Me da igual.

El capullo solo sabe demandar, me digo mientras miro por la ventanilla las concurridas calles de la ciudad. Es una calurosa mañana de abril con el cielo ligeramente despejado, menos mal que está puesto el aire acondicionado. El tráfico es lento y denso a esas horas. Suspiro mientras oigo mi Sony vibrar. Abro el bolso y veo que es una llamada de mi hermano. No puedo evitar que el pulso se me acelere pensando lo peor, pues llevo dos días sin hablar con él. Raro en mí.

—¿BRITTANY? —su voz denota preocupación y enojo. Con razón. Pobrecillo.

—¡Oh, mi amor! Siento no haberte llamado, pero he estado muy ocupada —me justifico en voz baja para no molestar a Satanás, que casualmente sigue mirándome y frunciendo el ceño mientras continúa a su rollo.

—Entiendo, pero al menos podrías haberme enviado un mensaje, ¿no crees? Nos tenías realmente preocupados, a Rachel y a mí —me regaña. Finn es como yo. Ambos tenemos mucho carácter.

—Lo sé, y lo siento de veras. No volverá a ocurrir, cariño.

—Vale, te perdono por esta vez —me dice, y yo suelto una carcajada.


Oh, mierda… me acabo de olvidar de que tengo al lado a doña Gruñona. ¿Por qué narices me mira tanto? Vuelvo mi rostro en dirección a la ventanilla y sigo con mi conversación.

—¿Dónde estás? —quiere saber mi hermano.

—Voy de camino al trabajo. ¿Por qué?¿Te ocurre algo? —cuchicheo.

—No, era solo para saber cómo estabas después de lo del señor López; una verdadera lástima. Aquí, la televisión le ha rendido un emotivo homenaje. Un gran hombre, sin duda.

—Sí —le contesto.

Presenté a Jake a mi familia a través de videollamada y la verdad es que fue muy emocionante. Le digo a mi hermano que estoy bien dentro de lo que cabe. Me da ánimos, lo que le agradezco, y le pregunto por Rachel y mis niñas.

—Las niñas están bien, ansiosas por ver a su tía.

—Yo también os echo mucho de menos —le digo.

—Por cierto, he publicado el anuncio en una página web tal como me dijiste —añade entusiasmado.

Se me parte el alma.

—Rezaré para que tengas suerte —murmuro emocionada

—. A papá le haría mucha ilusión que estuviésemos juntos. Hago una pausa. Mi cabeza, en esos instantes, se llena de hermosos recuerdos. Suspiro.

—Lo sé. Espera, tengo aquí a dos angelitos — me anuncia, y yo río sin más.

Ay, mi Emily y mi Kate, que tienen solo tres y dos añitos, respectivamente. Oigo sus chillidos e imagino cómo su padre se ha puesto a corretear detrás de ellas por todo el salón. Siempre lo hace. También oigo la voz de mi cuñada.

—Rachel te manda recuerdos —me dice jadeando.

—Dale un beso de mi parte, Finn —añado.

Ya no oigo a las niñas, eso es señal de que su madre se ha impuesto. Pobrecillas.

—Bueno, te dejo que trabajes, hermanita.

—Os quiero.

—Nosotros a ti más. No te olvides de llamar, ¿eh?

—Vale. Colgamos al unísono y guardo el Sony en el bolso.

Satanás sigue inmersa en su mundo de fusiones y adquisiciones, y no quiere salir de él. Se siente a gusto sabiéndose la ama del mundo, pero con una variante: no para de mirarme, lo cual no me agrada.

—Señorita —murmuro.

¡No lo hagas!, grita la voz de mi conciencia sabiendo cuáles son mis intenciones. La ignoro deliberadamente, pues estoy harta. Satanás alza el rostro de la pantalla del portátil y me vuelve a mirar.

—¿Pue…puedo saber por qué me mira tanto? — me oigo decir envalentonada.

—¿Le molesta que la mire, señorita Pierce? — inquiere burlona.

Alzo el mentón.

—No, pero es una falta de distinción y clase en aquellos que lo hacen descaradamente, señorita.

Arquea inquisitivamente una elegante ceja oscura.

—¿Me está llamando maleducada? —ruge como una fiera.

Oh, mierda… Titubeo para deleite de doña Rastreadora de Móviles.

—No he dicho que lo sea, sino que… que… El sonido de su Samsung me sobresalta. Me mira, pero esta vez lo hace solo para jorobarme porque está… ¡está sonriendo! ¡Satanás sonríe! Mi lado más salvaje y temerario aplaude eufórico porque es la sonrisa más hermosa que jamás haya visto, pero me recupero del impacto al ver esos dientes blancos y perfectos. Los braquets transparentes han hecho milagros en esos colmillos que tenía años atrás.

—Ordena a Milton que revise el informe de errores de la patente —suspira y aparta la mirada de mí. Menos mal, me digo aliviada—. La quiero lista para esta tarde a las cinco. Nada de demoras en el envío.

El señor Freeman acaba de estacionar delante del restaurante de comida rápida. Se me hace la boca agua mientras me despojo del cinturón de seguridad. El jefe de seguridad de doña Mandona hace lo propio. Se apea del coche con la agilidad de un felino solo para abrirme la puerta cortésmente. Le doy las gracias.

—No se merecen, señorita Pierce.

—BRITTANY, por favor.

—Puedes llamarme Freeman —me responde con una leve inclinación de cabeza.

Sonrío y echo a andar por la acera en dirección al restaurante de comida rápida. Oh, se me ha olvidado preguntarle a doña Sibarita el menú que quiere tomar. Me vuelvo y ¡viene detrás nuestro! Sigue con la oreja pegada al móvil. Lleva unas sofisticadas gafas de sol de Gucci. No dice nada, solo le tira a Freeman las llaves del coche, que el hombre coge al vuelo, y pasa de largo ante nuestras propias narices. Me sorprende que haya salido de su flamante burbuja de empresario rico y engreído para mezclarse con el populacho. Cruza la puerta del restaurante con la elegancia que tanto le caracteriza; Freeman y yo vamos detrás. Dentro hay bastante gente. Muchos se han quedado obnubilados ante la presencia de la mismísima Santana López quien no parece inmutarse porque sigue al teléfono. Está mucho más guapa que de costumbre. La morena tiene estilo y desborda elegancia a raudales. Incluso con una mano metida en el bolsillo de su pantalón negro, resulta el doble de bella. Pero ¿qué narices estoy diciendo? ¡Basta! ¡Concéntrate!, me digo mientras aguardamos la fila, que avanza lentamente. Acaban de pasar ante nosotros dos niños correteando entre las mesas. Me recuerdan a mis niñas. Los miro y sonrío. Uno es pelirrojo y el otro moreno con los ojos oscuros como… como… Satanás. Acaba de quitarse sus gafas de sol y se las coloca en lo alto de su cabeza; me está mirando mientras cuelga el Samsung. Me pongo roja como un tomate. Guarda el móvil en el bolsillo de la chaqueta. Carraspea. La fila avanza ahora rápido, lo que me salva de tener que sostener una conversación con la capulla de mi estirada jefa. Por cierto, se me hace rarísimo verla en un sitio como este teniendo en cuenta quien es.

Freeman está justamente detrás de nosotras. La chica de los pedidos es jovencísima. Debe de rondar los diecisiete años. Es rubia, de pelo lacio, y lleva ortodoncia. Se ruboriza y enmudece ante la presencia de Míss Cara Bonita y Cuerpo de Infarto, no es para menos.

—¿Qué va a tomar, señorita Pierce? —dice con voz grave.

No sé qué demonios me pasa hoy, pero estoy algo torpe y tonta. Nunca antes me había sentido así, ni cuando era gorda y fea. Ojalá espabile de aquí a la tarde, porque esto no puede continuar. Se supone que esta señora no me agrada y que me es totalmente indiferente, pero es mirarme y me sofoco como una colegiala. Joder.

—Una Whopper sin queso y sin cebolla, CocaCola Zero y patatas fritas —le digo a la chica del pedido. Es mi preferida.

—¿Y usted, señorita? —dice la chica suspirando por Míss Cara Bonita y Cuerpo de Infarto. La muy granuja carraspea porque sabe que impresiona, al igual que toda su fortuna e imperio. Por no señalar de que está al tanto del efecto que produce en las mujeres de cualquier edad. Menuda engreída. Me dan ganas de alargar la mano y darle una merecida colleja, a la muy sinvergüenza.

—Tomaré lo mismo. ¿Freeman? —le pregunta, girándose con aire de superioridad.

Cómo detesto que lo haga. Aunque se haya decantado por el mismo menú que yo, no deja de ser una arrogante engreída.

—Lo mismo, señorita.

—¿Para llevar? —pregunta la chica.

—Sí, por favor —contesto.

Míss Antipatía le acaba de entregar un billete nuevo de cincuenta pavos a la cajera. La muchacha le devuelve el cambio y el ticket del pedido, no sin antes garabatear algo detrás. Se lo entrega entre suspiros. Me quedo boquiabierta y confusa, ¡le acaba de dar su número de teléfono! ¡Madre mía, con la chica de los pedidos!

Satanás ha estrujado el ticket y lo ha arrojado a la basura disimuladamente. Imagino que estará más que acostumbrada a que las mujeres se le insinúen, incluso las adolescentes con las hormonas disparadas.

—Pueden esperar en esa mesa, si lo desean — nos dice la joven en voz alta.

—De acuerdo, gracias —contesto educadamente.

La chica de la caja me sonríe y atiende a la parejita que está detrás de nosotros. Estoy tan ensimismada que no me percato de que uno de los niños viene corriendo hacia mí, me empuja y a punto estoy de caer sobre la mesa que ocupa una familia. Pero mi jefa, rápida de reflejos, me frena en el acto. De hecho, he quedado atrapada en sus cálidos brazos. Mis pechos están pegados contra su torso duro. Siento una extraña sensación que me recorre todo el cuerpo. ¡Qué vergüenza!, me digo inhalando su irresistible aroma, mezclado con jabón fresco y exquisita fragancia. ¡Ay, Dios! Creo que me voy a desmayar ante la creciente proximidad de mi estirada jefa, solo acierto a oír la disculpa de la madre de uno de los niños.

Satanás me mira fijamente, y yo a ella. ¿Qué narices está pasando aquí? No tiene ningún sentido toda esta situación, sobre todo porque no dejamos de mirarnos como si la vida nos fuera en ello. Es extraño.

—No tiene importancia, señora —respondo a la apurada mujer, que regaña a su hijo obligándolo a sentarse para que acabe de comer.

No dudo en apartarme bruscamente de los brazos de doña Gruñona, y ella frunce el ceño. Me aliso la tela del vestido y respiro hondo. Mierda. Me está mirando otra vez. ¡Qué morena más descarada! Mi corazón es un tambor, retumba contra mi cuello. El rubor me consume porque la gente nos observa. Espero que no haya ningún listillo que haya hecho fotos con el móvil; solo nos faltaría eso.

—Gracias, señorita López —le digo segundos después. Su mirada felina es cálida, intensa, brillante, abrumadora, pero ha puesto cara de pocos amigos. ¡Ay, Dios!

—Recoge el pedido —le ordena a Freeman.

Satanás parece cabreada… ¿conmigo? ¿Con esos pobres niños? ¿Con el mundo? ¿Con quién? No entiendo nada.

—Sí, señorita López —responde el hombre, mientras le entrega las llaves del coche.

—Y en cuanto a usted, sígame —me ordena malhumorada.


Acato la orden como una autómata. No protesto porque pienso en mis compañeros despedidos y en que yo no quiero ser una de ellos; no me lo puedo permitir. Cerca del coche, pulsa el mando a distancia y entra en él, sin abrir mi puerta primero. ¡Qué descortés! Esta morena es insufrible. Entro en el vehículo y dejo el bolso junto a mí. Cierra la puerta dando un portazo y me sobresalto. ¿Qué pasa ahora?

—¿Le… le ocurre algo, señorita? —me oigo decir.

Ni caso. Si no quiere hablar, mejor para mí. Hurga en el maletín negro que tiene a los pies, junto a sus impecables Jimmy Choo de color negro —son su marca de zapatos preferida—, y extrae un montón de documentos y una agenda Burberry que coloca sobre mi regazo, sin más dilaciones. ¡Ah, vale! Ahora la engreída quiere hablar de trabajo ¡Pues genial! ¡Adelante! ¡Nadie se lo prohíbe!, me digo.

—La agenda está programada para los próximos tres meses. Tengo una copia por si esta se extravía. Sus credenciales.

Guau. Me fijo en la foto de la credencial y salgo horrible. La guardo sin más en el bolso. ¿Acaso una de las clones rubias se ha encargado de programar su agenda? Seguro que sí, me digo mientras le echo un vistazo. La morena es una obsesa del control y una adicta al trabajo, no queda ni un solo hueco libre en la agenda. Pero ¿cuándo duerme? ¿Cuándo descansa? ¿Cuándo folla?

—No modifique nada hasta nueva orden. Este es un listado de nombres a los que suelo atender en persona, a través de videoconferencia o por teléfono. No me pase ninguna llamada de nadie que no figure en esta lista, a excepción de algún miembro de mi familia —recalca, y yo asiento—. Trate de memorizarlos. Así le será más fácil.

Le digo que eso era lo que tenía previsto hacer y los repaso por encima. Tengo un total de diez folios escritos por ambas caras. Debe de haber más de cien nombres. En cuanto llegue a la agencia plastificaré los folios para que no se estropeen. Los amontono junto a la agenda.

—Otro listado, este con los nombres de clientes nuevos. Quiero que actualice la lista completa. Elimine los antiguos. Ha de enviar estos faxes cuanto antes.

Le respondo con un sí, señorita. La adrenalina se me acaba de disparar. Con esta tía voy a saber lo que es trabajar duro. Me doy cuenta de que ahora evita mirarme. ¿Por qué?

—Me acompañará a cada evento de trabajo…

—Solía hacerlo con su hermano —le digo.

—Le agradecería que no lo nombrara —me espeta con rudeza, y después de carraspear añade —: También vendrá conmigo en los viajes de negocios y a todas las reuniones a las que asista. Su horario empezará a las ocho de la mañana y acabará cuando yo estime conveniente. Evidentemente, percibirá un salario acorde a las circunstancias…

¿Quéee? ¡No hay salario que compense tantas horas seguidas de trabajo! ¡Esta tía está loca de atar! ¿Acaso no tengo ningún día libre?

—Aquí tiene otro listado con mis normas, y le adelanto que no están sujetas a ninguna clase de negociación. Joder con la exigente esta. —De todas ellas, lo que más detesto es la impuntualidad y el trabajo mal hecho o a medias, eso me pone de muy mal humor.

Eso ya lo sé, capulla.


—Cualquier alteración o incumplimiento de las normas es motivo de despido sin derecho a indemnización. Así figura en su contrato —trago saliva—. Freeman se ocupará de recogerla y llevarla a su casa. A las ocho en punto, se encargará de dejar la correspondencia y toda la prensa doblada sobre mi mesa de trabajo, así como un capuchino sin azúcar, un cruasán relleno de chocolate, dos botellas de agua sin gas…

¿Algo más, maldita excéntrica sibarita?

—Su hermano solía tomarlo con dos terrones de azúcar —evoco, mientras le veo guardar el portátil en su correspondiente funda de terciopelo gris.

—Le he pedido que no lo nombre. Ahora trabaja para mí. Hágase a la idea, señorita Pierce —dice con voz cortante.

¡Maldita arrogante antipática! ¡Ni punto de comparación con el bueno de Jake!, pienso mientras me muerdo la lengua.

—Sí, señorita. Cretina.

—Cumpla con sus horarios y obligaciones, y no habrá problemas —prosigue en su afán por demostrar quién es la jefa—. Soy una mujer muy exigente. Espero que tome nota de ello.

—Lo haré, señorita.

Me dan ganas de salir huyendo del coche. ¡Cómo disfruta apretándome las tuercas! ¡Vaya que sí!


—Valoro la lealtad, la fidelidad, la discreción y la constancia, tanto a nivel laboral como personal.

Y sigue. ¿Le habrán puesto pilas Duracell?

—No soporto la holgazanería, la descortesía, ni que se me contradigan ni cuestionen mis decisiones y órdenes.

—Sí, señorita.

Parezco un soldado raso recibiendo órdenes de su sargento, ¡qué barbaridad!

—Tendrá media hora diaria para el desayuno y cuarenta minutos para el almuerzo —continúa diciendo.

¡¿Quéee?! ¡Eso es un atentado contra los derechos del empleado, o sus esclavos como ella nos suele llamar!

—Tiene el listado de normas. Léalas detenidamente y vaya familiarizándose con ellas.

—Lo haré, señorita…

—¿Alguna pregunta? —dice de muy malos modos.

¡Sí! ¿Por qué es usted tan capulla, tan egoísta, tan mandona, tan gruñona y tan engreída? Entre otras cosas, me digo soportando, otra vez, esa mirada felina y escudriñadora.

—Sí, ¿de cuántos días de vacaciones y asuntos propios dispongo? Eso ha sonado a holgazanería en toda regla, pero me da igual.

Carraspea.

—Veinte de vacaciones y tres de asuntos propios. Los días laborables sin justificación se descontarán del sueldo.

¿Quéee? ¡Yo soy de las que pilla muchos resfriados al año, capulla! ¡Definitivamente está loca de atar!

—No se trabaja los fines de semana, ni los días festivos, o en caso de defunción de algún familiar, pero siempre habrá excepciones. ¡Caray con la adicta al trabajo!

—Como hoy, ¿verdad? —pregunto irónica.

Frunce el ceño molesta.

—Eso es algo que no es de su incumbencia —me responde con gran arrogancia y engreimiento.

Me encojo de la indignación, pero me aguanto y me callo para no estallar como una posesa. Me dan ganas de abofetearla.


—Supongo que tiene razón, señorita —murmuro. Carraspea para llamar mi atención.

—No se pase de lista conmigo —me advierte seriamente. Y yo pestañeo ruborizada—. Jake no está para defenderla como aquella vez.

¿Cómo se atreve la muy energúmena? Además, ¡no necesito a nadie que me defienda!, le grito desde lo más recóndito de mi ser.

—Creí que aquel desagradable incidente había quedado más que zanjado, señorita —me aventuro a decir con voz neutra.

—Señorita Pierce a mí no se me olvidan las cosas, y menos cuando alguien me increpa como usted lo hizo —responde cortante.

Me pongo roja como un tomate solo de recordar aquel aciago día, pero ella empezó primero llamándome maldita gorda incompetente y estúpida. Aun así no dudo en volver a presentar mis disculpas. No las acepta. Frunzo el ceño. ¡Si este supiera cómo Quinn y yo le llamamos haría que nos desterraran!

—Mejor, rece usted por no verme nunca enfurecida —me advierte, mientras mi pulso se dispara.

—Era un simple comentario —me defiendo.

—¡Pues evite hacerlos hasta nueva orden! — exclama sin más.

¡Antipática, insolente!

—Sí, señorita —respondo educadamente, después de contar hasta mil.

¡Lo que me faltaba! Aún no he empezado a trabajar para ella y ya está con la escopeta cargada. Nada que ver con el bueno de Jake.

—Puede distribuir esos veinte días y los asuntos propios como mejor le convenga, pero ha de comunicármelo con tres días de antelación. Morgan, el de recursos humanos, le explicará todo el procedimiento.

Me abruma tanta disciplina y seriedad junta. Comienzo a estar harta de ella y de sus jodidas normas. Veinte. Tres días. Esclavos. Vacaciones. Mi mente es un caos. No contaba con esto. Ni mucho menos con que tenga que pedirle permiso para irme de vacaciones, y ¡con tres días de antelación! Esto es una locura, trastoca todos mis planes. De todas sus excentricidades, esta es sin duda la peor.

—Imagino que habrá alguna sustituta durante mi ausencia.

—Pregúnteselo al de recursos humanos — responde cortante.

¡Qué Mujer! Me crispa los nervios.

—Se lo pregunto a usted, señorita.

Satanás me mira desconcertado.

—Se lo advierto, señorita Pierce —dice, mientras me fulmina con la mirada.

¡Calladita estás más guapa!, dice la voz de mi conciencia.

—Lo siento, señorita.

—¿Por qué esta repentina curiosidad por las vacaciones y asuntos propios? ¿Acaso quiere perderme de vista? —me suelta de muy malos modos.

Mierda.

—No. ¡Claro que no! —exclamo.

La capulla engreída vuelve a fruncir el ceño como si yo fuera tonta de remate

—. Pero quiero estar al día de cuántos días dispongo para poder ir a visitar a mi familia, por no decir que el descanso es vital, al igual que disfrutar del ocio y el tiempo libre, señorita.

Acaba de arquear una ceja oscura y elegante. Su mirada es oscura. Es de las que te traspasa hasta el extremo de intimidarte y ruborizarte de pies a cabeza. No dice nada, pero sé que está haciendo el enorme esfuerzo de no hablar de sí misma, y me da igual. No pretendía ser indiscreta. Lo que ella haga en su vida privada es cosa suya, no mía, pero no voy a permitir que me esclavice a su antojo, tal como me aconsejó Quinn. Lo tengo claro. Ante todo está mi familia y mis amigos, con los que salgo y me divierto. No soy como ella, cuya única prioridad es su imperio. Yo soy capaz de disfrutar de los placeres sencillos de la vida. Es evidente que su adicción al trabajo roza la locura, como también lo es que nos trate como esclavos. Es humillante.

Freeman acaba de entrar en el vehículo con el pedido, que deja sobre el asiento del acompañante. Huele a hamburguesa y patatas fritas. ¡Hum! Nos abrochamos los cinturones de seguridad mientras nos ponemos en marcha.

—¿Atiborrarse de comida basura forma parte de su ocio y tiempo libre, señorita Pierce? — contraataca.

No puedo evitar estallar en una repentina carcajada olvidándome de quien tengo delante, porque la jodida tiene unas salidas muy divertidas cuando se lo propone. Me mira largo y tendido. Como extasiada. Carraspeo y guardo la debida compostura.

—Creo que sobra la respuesta, señorita.

Ahora es ella quien esboza una encantadora sonrisa, su rostro de facciones duras y marcadas vuelve a suavizarse de tal modo que su sex appeal se acentúa doblemente. Suspiro como una quinceañera al ver la foto de su ídolo en un póster. Y me recompongo.

—Ya lo creo que sí, señorita Pierce.

¡Es tan guapa la muy capulla!, me digo obnubilada.

¡Concéntrate! Grita la voz de mi conciencia.

Vaaaaleeeee…
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El mundo de Brittany

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Activo Re: [Resuelto]Brittana: (Adaptación) El Oscuro Juego de SATANÁS... (Gp Santana) Cap. 7 Cont. Cap. 8

Mensaje por micky morales el Miér Feb 28, 2018 8:05 am

Y esta quien es ????? la General Santana???? ya se, se confundio y cree que esta en el imperio romano y si no se le obedece iran a la arena a enfrentarse a los leones. ja!!!!!
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Activo Re: [Resuelto]Brittana: (Adaptación) El Oscuro Juego de SATANÁS... (Gp Santana) Cap. 7 Cont. Cap. 8

Mensaje por Isabella28 el Miér Feb 28, 2018 10:06 am

Que mal humorada es santana y la pobre britt tiene que aguantarsela.
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Isabella28
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Activo Re: [Resuelto]Brittana: (Adaptación) El Oscuro Juego de SATANÁS... (Gp Santana) Cap. 7 Cont. Cap. 8

Mensaje por 3:) el Miér Feb 28, 2018 3:38 pm

Jajajaja... El.ejercito ruso es mas diverrido.que san y mas flexible!!! Se pasa.de capullo!!!
Mmmmm no se del amor al odio ahí un paso no????!!!!! Algo muy argento "como te quiero te aporeo" de nada no lo puede hacer san!!! No se corto lanzas por san!!! a la larga como dijiste.vamos.a.ver!?
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Activo Re: [Resuelto]Brittana: (Adaptación) El Oscuro Juego de SATANÁS... (Gp Santana) Cap. 7 Cont. Cap. 8

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Mar 11, 2018 6:47 am

Disculpen se me mezclaron los dos cap. espero no les importe

Cap.6 y 7


Divisar la emblemática torre de cristal azulado de López Agency Group, no lejos de la 57 con Columbus Circle, hace que mis ojos se nublen de la emoción, pues he estado cerca de tres meses alejada de todo cuanto me gusta hacer después de la repostería.

La sensación que me invade es tremenda. Admito que me ha gustado cuidar de Jake durante todo este tiempo, además me ha hecho madurar y reflexionar mucho. No solo me he dado cuenta de que la vida es efímera, sino también de que lo mejor que uno puede hacer es vivirla plenamente con aquello que más le guste o le haga feliz. Solo espero que mi nueva etapa al lado de doña Gruñona sea igual de agradable e instructiva que la anterior. Me consta que tengo nuevos compañeros de trabajo, y no voy a negar que echaré en falta a Rose Flaunders y Jena Denison, mis niñas de recepción con las que he quedado en más de una ocasión para almorzar. Ahora me veo completamente sola y ligeramente desorientada trabajando para una obsesa del control, la disciplina y el trabajo. Pero no me quejo. Sería egoísta por mi parte si lo hiciera, y más en estos tiempos que corren. Trataré de acoplarme a lo que haya, aunque deteste las condenadas normas de Míss Cara Bonita. Espero acostumbrarme a la nueva situación y prometo que lo pondré todo de mi parte para lograrlo.

Asimismo, juro firmemente que me morderé la lengua a pesar de mi carácter impulsivo y temerario, que tantos problemas me ha acarreado. Juro que haré bien mi trabajo, pues estoy agradecida al cielo por esta segunda oportunidad aunque mi nueva jefa sea una capulla. Sé que puedo con esto y mucho más porque he pasado por momentos muy delicados en mi vida, pero no puedo evitar estar asustada. Doña Estirada no es como Jake, o sea que he de andarme con cuidado. Ella misma me lo acaba de advertir. Tomo nota de ello. Evidentemente, con el bueno de Jake todo era distinto. Me sentía muy cómoda trabajando para él. Nos entendíamos a la perfección y, pese a su timidez, hacía que las cosas fueran mejor y más fluidas. Había tiempo para trabajar y también para charlar.

Con Satanás no tendré ni tiempo para ir al baño, y rezo para que no me convierta en el blanco fácil de sus cambios bruscos de humor. Porque a esta igual le da por hablar contigo, como al rato parecer una tumba, justo como ahora, o en el peor de los casos empezar a gritar como una posesa. No hay término medio en ella.

—Está muy callada, señorita Pierce —comenta distraídamente.

¡Vaya! No, si ahora hasta habrá que darle conversación a la niña mimada de la publicidad y la telecomunicación. ¡Manda narices!

—Solo estaba pensando, señorita —digo, echando balones fuera.

Carraspea.

Le miro. Sus ojos oscuros cálidos rebosan un extraño brillo que hace que se me acelere el ritmo cardíaco. Nunca he sentido nada parecido en toda mi condenada vida. ¡Qué mujer!

—¿Y en qué estaba pensando, si se puede saber?

¡Menuda cotilla!

—En lo mucho que he echado de menos el trabajo. A su hermano le sucedía lo mismo —le contesto.

¡Oh, mierda…! ¡He vuelto a nombrar a Jake!

—Cuándo aprenderá a no mencionar a los muertos, señorita Pierce —dice con voz cortante y gélida.

¡Valeee! ¡No hace falta que se ponga así!

—Lo siento, pero aún no logro acostumbrarme a semejante pérdida. He pasado casi cinco años al lado de un hombre realmente bueno y admirable, señorita.

¡Chúpate esa, capullo estirada!, me digo mientras observo esos ojos convertidos ahora en dos carámbanos. Su rostro se ha endurecido inexplicablemente. ¿Por qué? ¿Acaso le ha molestado mi comentario?

—Cuanto antes se haga a la idea, mejor será para todos —replica con frialdad. ¿Eso la incluye a ella? ¿Cómo puede hablar así de su hermano? ¿Por qué no quiere que se le mencione? ¿Tan mal se llevaban?

El silencio vuelve a reinar entre nosotras. Me alegro de que así sea. De hecho, ambas optamos por mirar a través de la ventanilla del coche sumidas en nuestros propios pensamientos. En ese momento me entra la nostalgia y no puedo evitar acordarme de mi padre. Sonrío levemente rememorando su risa y buen humor. Mi hermano ha resuelto hablarle a mis niñas de su abuelo, de lo gran hombre que era. Yo también pienso hacer lo mismo cuando tenga hijos, aunque sean adoptados, ya que no descarto esa posibilidad. Me encantaría ser madre antes de cumplir los treinta, aunque a este paso dudo que encuentre a mi media naranja. Solo he salido con limones agrios y repelentes.

—Hábleme de usted —me ordena sin más.

¡Será descarada! La tía tiene una asombrosa facilidad para cambiar de tema y de timbre de voz a un ritmo trepidante. Y ¿qué se supone que debemos hacer los demás? ¿Acatar sus órdenes para no perder nuestro puesto de trabajo? ¡Es increíble, vamos!

—¿Cómo? —titubeo, intentando contenerme para no mandarla a tomar viento fresco.

No pienso hablar de mí, y mucho menos con ella.

—Va a trabajar para mí, qué menos que tenga una breve referencia sobre usted, sus aficiones, sus hobbies —aclara con voz neutra.

¡Y una mierda! Todo el mundo sabe que a Santana López no le interesa la vida de nadie, y mucho menos la de sus esclavos. ¿Desde cuándo este repentino interés por mis hobbies y aficiones? ¿Acaso me está tomando el pelo? Sea lo que fuere no voy a darle ese privilegio, que hable ella de sí misma.

—No… no creo que sea nada interesante hablar de mí, señorita —le respondo.

Estamos bajando por la rampa que conduce al garaje del emblemático edificio. Freeman ha insertado el código de seguridad y la barrera metálica se ha elevado, permitiéndole el acceso al párking desierto. Imagino que solo estará el personal de seguridad y los de limpieza, y ahora nosotras.

—Es usted tímida o se está haciendo de rogar, señorita Pierce —dice distraídamente.
¡Uff…! ¡No puedo con la arrogancia e insistencia de esta tía! ¡Me dan ganas de abofetearla! ¿Con qué derecho me habla así?

—Más bien lo primero, señorita —le contesto, solo para salir del paso.

—Para ser tan joven miente con asombrosa facilidad, señorita Pierce —apunta burlona.

Mierda. Eso no ha tenido gracia, idiota.

—No es así, señorita.

Esboza una repentina sonrisa que hace que su bello rostro se ilumine. Mi lado salvaje ha enmudecido en el acto. Freeman estaciona el vehículo en la plaza número uno, la que ocupaba Jake con su flamante Porsche de color rojo en el que tantas veces viajé. Recuerdo las ocasiones en que fuimos a Vineyard Haven, en Martha’s Vineyard, donde Jake tenía una casa. Es un lugar escandalosamente hermoso. Ya quisiera yo vivir ahí con mi familia. Es ideal para descansar. Pero Jake prefería su apartamento en el barrio de Tribeca, donde también reside, o residía, Satanás hasta que se hizo con el ático de la Quinta Avenida. Me doy cuenta de que la tía ha acabado adueñándose de todo cuanto su hermano poseía. ¡Menuda ambiciosa!

—Con Jake solía conversar animadamente, así

—Con Jake solía conversar animadamente, así que no es una cuestión de timidez sino de confianza diría yo —susurra inclinándose levemente sobre mí, para sacarme de mis propias ensoñaciones.

Me he puesto roja como un tomate. Entreabro los labios mientras miro los suyos, sus ojos profundos y luminosos, su precioso hoyuelo… ¡Qué narices hago! Titubeo echando la cabeza hacia atrás. Admito que siempre me agradó el aroma que desprende su glorioso cuerpo, pienso aturdida mientras recojo la agenda y los documentos. Tengo que salir del coche cuanto antes, además, ¿no acaba de prohibirme que se hable de Jake? ¿A qué viene ese repentino cambio de parecer? Y lo peor de todo, ¿a qué está jugando?

—Me ha prohibido que hable de su hermano — le recuerdo.

Se encoge de hombros esbozando una sonrisa pícara en los labios que me trastoca por completo, y empiezo a darme cuenta de la desconocida faceta de Satanás: bromear cuando uno menos lo espera. Tiene unos labios muy sensuales y provocadores, como todo en ella.

¡Ay, Dios mío!

—Ya que lo menciona, le diré que sí, había una enorme confianza entre nosotros, señorita —digo de carrerilla.

Me apeo del auto justo cuando Freeman me abre la puerta. Le doy las gracias.

—No se merecen.

Necesito tomar el aire urgentemente. Tanta cercanía a la morena que más detesto me hace sentir muy vulnerable y no me gusta nada.

—De modo que se trata de mera confianza, señorita Pierce —dice una vez que Freeman le abre la puerta.

¡Qué cómoda es! Rodeo la parte trasera del coche y me pongo a su altura. Si le rehúyo será mucho peor para mí, me digo envalentonada. Veo cómo le da el maletín a Freeman, que va cargado como una mula. No me lo pienso mucho y me ofrezco a ayudarle, pero rehúsa dándome las gracias. Satanás sigue observándome como si fuera un bicho raro mientras echamos a andar, Freeman ha pulsado el mando y las puertas del vehículo se cierran automáticamente. Va detrás de nosotras. Sigo en mis trece de no querer darle ninguna información sobre mí. Es lo mejor que puedo hacer. Ansío acabar la jornada de hoy y largarme a casa cuanto antes. Me pregunto qué estará haciendo Quinn en ese preciso instante, y no puedo evitar echarla de menos, como a Blaine. En cuanto a Satanás, es preferible mantener la distancia, pero sé que eso va a ser imposible; está acostumbrada a salirse siempre con la suya, aunque yo no voy a rendirme fácilmente, ¿o sí? Llegamos a los ascensores. Freeman se queda atrás porque Míss Cara Bonita así se lo ha ordenado, lo cual me lleva a pensar que vamos a subir ella y yo solos. No me gusta, pero finjo naturalidad y tranquilidad. Acaba de pulsar el botón de la planta 80. Las puertas metálicas del elevador se cierran automáticamente. Mierda, me veo sola ante el peligro y la sensación es extraña e incómoda, pues mi jefa no me inspira la menor confianza. Me aferro a la agenda y trato de tranquilizarme al máximo. Satanás lleva las dos manos metidas en los bolsillos del pantalón. Se ha puesto a mi misma altura. Le miro y esbozo una leve sonrisa. La capulla no me quita ojo de encima, otra vez, y no entiendo el motivo. Me ruborizo de nuevo mientras el ascensor se eleva. Me acaba de dar un vuelco el corazón.

—¿Y cómo se gana la confianza de una mujer como usted? —insiste.

¡Se está burlando de ti!, grita la voz de mi conciencia.

—A través de la sinceridad y el respeto, señorita — le suelto para ver si así se da por aludida y me deja en paz de una buena vez. —¿Nada más? —dice con fingida sorpresa.

En ese momento es cuando me doy cuenta de que, ciertamente, me está tomando el pelo descaradamente. Y no me hace la menor gracia, desde luego.

—¿Acaso le parece poco? —le respondo, molesta e indignada. Esboza una sonrisa de niña mayor. Al parecer le divierte eso de llevarme la contraria, porque ya lo hizo varias veces cuando yo era una pobre ilusa solo para humillarme delante de los demás, hasta que me tocó las narices y estallé.

—Creí que era igual de exigente y disciplinada que yo.

Pestañeo nerviosa. Dios me libre, me digo. No le sigas el juego, dice la voz de mi conciencia. Eso intento, pero me desquicia.

—Lo crea o no, mi nivel de exigencia podría dejarle con la boca abierta, señorita —le espeto, cansada de que se burle de mí.

—¿Ah, sí? —dice arqueando inquisitivamente una ceja.

La muy cerda ha conseguido hacerme reír.

—Mire si soy exigente que una de mis normas es mantener siempre la distancia con las personas con las que no tengo excesiva confianza.

Me mira fijamente. Se inclina y me dice:

—¿Eso me incluye a mí? —asiento envalentonada—. ¡Oh, vaya…! —ironiza con fingida sorpresa.

—Le recuerdo que es mi jefa y yo su empleada, señorita —le aclaro, sosteniendo su penetrante mirada felina. Pero parece no bastarle, porque ha puesto cara de circunstancias. Ladea ligeramente la cabeza y frunce el ceño.

—También trabajaba para Jake y nunca la vi guardar las distancias con él, a no ser que fueran más que amigos —sugiere.

Pestañeo perpleja. ¿Qué diablos está insinuando?

«Mi hermano la admiraba, por eso la protegía…»

Ahora entiendo por dónde iban los tiros. ¡Menuda depravada! Estoy a punto de saltar, pero me controlo porque, si no, esta se iba a enterar de lo que vale un peine…

—No se haga de nuevas —dice poniéndose repentinamente seria—. Todos sabíamos que mi hermano estaba profundamente enamorado de usted —me suelta de golpe.

¿Quéee? ¿Cómo? ¿Perdona…?

—Es… es la primera noticia que… que tengo, señorita… —balbuceo.

Duda de mis palabras como siempre… ¡es patética!

—¿Acaso es de las que creía que Jake era gay? —dice a la defensiva.

La miro atónita.

—¡Nunca pensé ni dije semejante cosa, y mucho menos vi algún indicio de enamoramiento por parte de su hermano! Todo esto carece de sentido, señorita —exclamo con el corazón a mil. Arquea una ceja oscura y bien delineada.

—¿Me está llamando mentirosa? —me increpa.

Mierda. A ver cómo salgo de esta.

—¡No! Pero, ¡es lo que he vivido a lo largo de todos estos años! —le rebato ofendida—. ¡Su hermano me quería pero como amiga! ¡Nada más! Permanece unos minutos en silencio mientras me observa como si fuera un bicho raro. ¡Maldito sea! —¡Jake era tímido! —vocifera.

—¡No me grite!, no estoy sorda —le digo.

—¡Gritaré las veces que quiera!

¡Maldita pija remilgada de mierda!, pienso mientras resoplo.

—¡Deje de resoplar! —me ordena con todo el descaro que le caracteriza.

¡Solo me faltaba eso!¿Quién se cree que es? ¡Tu jodida jefa!, me recuerda la voz de mi conciencia. Respiro hondo.

—¡Si no se le declaró es porque tenía miedo de que lo rechazara! —añade para más inri.

Me he quedado de piedra. No puede ser verdad, me digo mientras busco en mi memoria, y solo percibo amistad y más amistad ¿o no?

—Yo… no sabía… no tenía ni idea… —titubeo asombrada.

—¡Pues ya lo sabe! —grita de nuevo.

Doy otro respingo. ¡La muy condenada solo sabe gritar y dar órdenes! ¡Gilipollas!

—No me grite, señorita, no estoy sorda —le repito.

—Lo haré las veces que quiera —insiste con aterradora hostilidad. Cuidado, me advierte la voz de la conciencia.

Planta 25, 26, 27… 29… Estoy deseando salir del maldito ascensor. Me siento incómoda en compañía de esta arrogante insensible, pero aguanto mi desventura como viene siendo costumbre en mí. Nunca imaginé que tuviera una capacidad de aguante tan extrema, debe ser el resultado de mis malas experiencias en la vida.

—¿Puedo saber por qué no modera el tono de su voz?

Me mira malhumorada. ¡Que le den!, me digo.

—¿Puedo saber por qué no se limita a responder a mis preguntas? —me replica.

Mi pulso se ha disparado ante la intensidad de su mirada felina, pero no deja de ser quien es. Mi jefa. Satanás. La mujer que más detesto en la vida.

—¿Habría aceptado a Jake si se hubiera dado cuenta de sus verdaderos sentimientos hacia usted? —sigue.

¡Y dale! ¡Qué pesada es, madre mía! ¿Cuándo va a cesar el maldito interrogatorio?

—Ya se lo he dicho, su hermano y yo éramos simplemente amigos —le repito una vez más. A ver si así deja el dichoso tema. ¡Mierda!

—No me conteste con evasivas, sí o no —dice impaciente y de lo más impertinente.

¡Capulla!

—No lo sé —contesto finalmente. Me mira furibunda al no obtener una respuesta más contundente.

Pestañeo apurada ante tanta hostilidad

—Su hermano era adorable —añado.

Silencio.

—Él pensaba lo mismo de usted —confiesa.

Me emociona oírle decir eso. Suspiro. Carraspea. Mis ojos se han inundado de lágrimas, pero me recompongo.

—Mi hermano habría sido un buen compañero comparado con todos sus ex, señorita Pierce — sentencia.

¿Quéee? ¿Perdona? La miro fijamente a los ojos boquiabierta. ¡Ay, Dios mío! Además de rastrear mi móvil parece que ha estado indagando en mi vida sentimental, pero ¿por qué? ¿Quién le ha dado permiso para hacerlo? ¿Si tanto sabe de mí, por qué quiere que le cuente cosas que ya conoce? ¿Qué pretende la maldita loca controladora? ¿Acaso desquiciarme? Pues que ni se le ocurra, porque llevo siempre encima un pequeño spray de pimienta en el bolso, que se ande con cuidado conmigo. A medida que pasan los segundos me siento más tensa, y no tarda en confirmarme algo que ya intuía.

—Lo sé prácticamente todo sobre usted, señorita Pierce —dice con la frialdad del hielo y como si estuviera leyendo mi pensamiento.

Me tiemblan las piernas y mi corazón golpea mis costillas, pero muestro toda mi entereza frente al enemigo. ¡Menuda cabrona! ¿Por qué me hace esto? ¿Por qué esta repentina fijación conmigo? ¿Acaso disfruta acorralando a sus esclavos?

—Tengo un imperio que proteger de escándalos y chantajes. De hecho, hace poco tenía en mi poder cierto vídeo suyo…

¿Mío? La miro extrañada.

—… bastante comprometido, que el bastardo de Michael Bauer me envió a mi multinacional en Vancouver.

¿De qué narices está hablando? ¿Vídeo comprometido? ¿Bauer? ¿Cómo es posible si nunca me he prestado a ese tipo de cosas? ¡Ay, Dios mío! ¡Sí! Ahora lo recuerdo ¡Debió de suceder aquella vez cuando me convenció para que pasara la noche en su apartamento porque llovía a mares! Recuerdo que me quedé frita en la cama después de que me sirviera…¡un refresco! Me quedo helada. ¿Cómo he podido ser tan confiada?

Tengo los ojos inundados de lágrimas. Me comen la rabia y la indignación, y ahora Satanás ha visto el material. ¿En qué condiciones aparezco? ¡Dios mío! Se me revuelve el estómago solo de pensarlo. Pero, ¿qué he hecho yo para merecer esto? Miro a Satanás que me observa desafiante. Sorbo por la nariz y me limpio las lágrimas con el dorso de la mano; la entereza me ha abandonado. La muy autoritaria no tiene la decencia de prestarme su pañuelo. Arquea una ceja inquisitivamente. ¿Acaso pretende despedirme? ¡Dios mío, no!

—No tenía ni idea de la existencia de semejante vídeo —me excuso entre hipidos.

Parece que ni se inmuta por mi estado emocional. A esta lo que le importa es su jodido imperio, dice la voz de mi conciencia.

—Eso mismo dijo el cuando le interrogó la policía —dice seria.

¿Policía? ¿Es que lo han detenido?

—¿Acaso ha estado presente en el interrogatorio?

Asiente.

Me muerdo el labio inferior asustada. El ascensor sigue subiendo, cada vez más rápido. Imagino que los de mantenimiento lo habrán activado.

—Ordené que investigaran a todos sus ex. Ninguno suponía ninguna amenaza, pero los tres comparten la misma afición: el sadomasoquismo —relata, mientras me mira con cierto desprecio.

¡Genial! Ahora este se piensa que soy una maldita sádica como mis ex. ¡Menuda mierda! ¿Tanto le importa su imperio que es capaz de sumergirse en los bajos fondos? ¡Madre del amor hermoso!

—Bauer tenía por costumbre chantajear a sus ex con material pornográfico —continúa.

Le digo que no quiero oír nada más del tema. Y me contesta que me aguante, que es lo que tiene el enrollarse con tipos de dudosa reputación. La miro desconcertada por el modo en que me regaña. ¿Qué derecho tiene a hablarme así? ¿Quién se cree que es?

La mujer del Año, dice la voz de mi conciencia. ¡Me importa un rábano!

—Hacía del chantaje su medio de vida — prosigue.

—Lamento toda esta situación, pero no quiero oír nada más, señorita —le pido.

Se encoge de hombros. Se ve que ha lidiado en peores ruedos dado que cuenta con un equipo de seguridad que la protege. En cuanto a mí… ¿dónde me escondo si el imbécil de Bauer intenta localizarme a través de sus amistades? ¿A quién recurro? ¡Madre mía!

—Bauer ha sido condenado a cinco años de prisión por extorsión, intento de fuga y resistencia a la autoridad.

—¡Gracias a Dios! —exclamo.

—Me he cerciorado de que se destruya todo el material que tenía sobre usted y sus otras amantes. Sí, a mi ex siempre le gustaron las mujeres…

—Gracias, señorita —le digo aliviadísima.

—No me agradezca nada —me regaña.

—Después de esto, imagino que habrá tomado una decisión con respecto a mi futuro en la agencia. Por eso me ha hecho venir, ¿verdad?

Me mira de soslayo.

—Si hubiera querido despedirla no le habría dado sus credenciales —dice con voz cortante.

Respiro aliviada y dándole gracias a Dios. Frunce el ceño.

—Ya le he dicho que no lo hice por usted — aclara terca y orgullosa.

Me crispa que sea así.

—Sino por mi empresa. Ni se imagina lo mucho que… —y se calla.

Le animo a que continúe hablando. Duda entre si hacerlo o no, dado el recelo y la desconfianza con que me mira.

—Lo que habría en juego, si ese vídeo hubiera salido a la luz…

—Le repito que no sabía nada —me defiendo.

—Eso parece, aunque de toda esta situación lo que más me ha llamado la atención es imaginármela desnuda y atada, recibiendo placer a través de actos de crueldad y dominio.


El comentario me sonroja, pero acabo estallando en una carcajada que la deja fuera de lugar.

—No sé lo que había en ese vídeo, ni quiero saberlo, pero le aseguro que no me van ese tipo de prácticas sexuales.

¡Si soy virgen, idiota! Me mira incrédula. Genial. Que piense lo que le dé la gana, no voy a perder el tiempo intentando hacerle entrar en razón.

—¿Acaso nunca ha oído el refrán, dime con quién andas y te diré quién eres, señorita Pierce? —dice burlonamente.

—Le aseguro que no tengo nada que ver con esas prácticas no convencionales, señorita.

—Eso habría que verlo —apunta sarcástica. ¡Capulla!

—Puede creerme o no, pero no soy una sádica, señorita —le digo irritada—. En cuanto a mi relación con mis ex… —hago una pausa y me mira expectante—, ¿de verdad lo quiere saber?

Asiente con la mirada puesta en mí. Mi rubor ha alcanzado cotas insospechadas mientras reúno las fuerzas necesarias para soportar tanta humillación.

—Nunca me ha gustado la soledad —explico sosteniendo su inescrutable mirada felina—, así que decidí probar suerte a través de un portal de contactos en internet, pero me equivoqué notoriamente en la elección.

Satanás me mira fijamente. Sus ojos denotan una ligera compasión, pero le dura un nanosegundo pues me suelta:

—Me dan igual los motivos que la impulsaran a salir con tipos de semejante calaña. De ahora en adelante elija bien con quién sale o folla.

Ahora soy yo la sorprendida, ante la palabra soez que acaba de usar. ¿De verdad piensa que soy una sádica obsesa sexual? ¿Qué cara pondría si le dijera que soy virgen?

—Se lo advierto, no toleraré más escándalos, ni chantajistas de poca monta como Bauer. De lo contrario, me veré obligada a despedirla. ¿Entendido?

Su amenaza no me pilla desprevenida, pues en estos instantes me ve como un grano en sus lindas posaderas. Y si es así, ¿por qué no me despide? Aún está a tiempo de hacerlo, ¿no?

—Sí, señorita —contesto

—. Permítame darle las gracias una vez más.

Satanás no tarda en aparecer.

—¡No me agradezca nada! Cuántas veces he de decírselo —me grita impacientemente.

Le digo que no hace falta que alce la voz. Y ella, que me calle de una buena vez. Enmudezco. No me agrada su arrogancia ni su carácter autoritario, pero entiendo que esté furiosa. Maldito sea Bauer. Ojalá se pudra en la cárcel.

—Sí, señorita. —Frunce el ceño—. Sea como fuere, gracias.

Mi jefa me acaba de enviar una mirada furtiva justo cuando el ascensor se detiene. Al fin, me digo. Las puertas metálicas se abren automáticamente. Freeman nos aguarda pacientemente en recepción. Respiro tranquila, pero a ver cuánto me dura con la cretina de mi jefa apretándome las tuercas.

Nada más abandonar el ascensor me doy cuenta de que la agencia ha sufrido una extraordinaria transformación en cuanto a decoración y distribución se refiere. La reforma ha debido de costar una fortuna, y me encanta el resultado. Y así se lo hago saber a la jefa, que sigue caminando en silencio y con las manos metidas en los bolsillos como si yo no existiera. Maldita sea. Si hasta incluso parece estar molesta y cabreada… ¿por mi culpa? Freeman se ha retirado a petición de Satanás. Supongo que para almorzar. ¡Caray! Hasta yo me había olvidado; mi mente sigue en shock por todo lo que acaba de suceder en el ascensor. Primero lo de que Jake estaba enamorado de mí, luego lo de Bauer intentando chantajear a doña Gruñona con un vídeo comprometido mío… ¡qué más me puede pasar! ¡Qué fuerte! Resoplo. Míss Cara Bonita acaba de girarse para ordenarme que no lo haga. Mierda… ¡parece que tiene oído de tísico! ¡Y qué quejica es! En cuanto al desgraciado de Bauer, me alegro de que Satanás le haya parado los pies. Yo, en cambio, habría huido fuera del país, pues en el fondo soy muy miedosa. Así me va, me digo sintiendo compasión de mí misma. De todos mis ex, el cabrón de Bauer parecía el más centrado. Pero me equivoqué, no solo era un maldito mujeriego sino un depravado chantajista. Algo que me ha puesto de los nervios porque… ¿en qué condiciones salgo en ese vídeo? ¿Acaso me filmó con otro hombre? ¿Abusó de mí mientras estaba inconsciente? ¡Dios Bendito! ¡No, no lo creo porque esas cosas se saben con el tiempo! Ay, Dios mío, es… es mejor que pase página lo antes posible si no quiero acabar llorando, porque lo que no me ocurra a mí, no le ocurre a nadie.

Sigo a la jefa por el pasillo como si fuera una autómata. Me fijo en los hermosos detalles de la decoración en blanco y negro. Las mesas de los empleados están alineadas y separadas por pequeñas mamparas. La mía permanece en el mismo sitio de siempre, es decir, a una distancia prudencial del despacho de Satanás. Me doy cuenta de que con la nueva distribución hay hasta más espacio. Los techos son de escayola con focos plateados incrustados. Los suelos, de mármol pulido y brillante. Hemos llegado a la oficina de la jefa. Ha abierto la puerta con una tarjeta electrónica. No puedo evitar que me invada una repentina nostalgia, pues era el despacho que ocupaba Jake. También está reformado. ¡Qué recuerdos! ¡Qué risas! ¡Cuánta complicidad! Y pensar que por aquel entonces Jake sentía algo por mí y no me di cuenta. ¡Qué tonta he sido! ¿En qué estaría pensando?

Los muebles de la oficina de la jefa son en blanco y negro. La mesa de Satanás es de madera, amplia y pesada, y el sillón ergonómico de piel negra. A la izquierda hay una enorme estantería llena de premios y reconocimientos que la agencia ha ido cosechando a lo largo de todos estos años; premios a los que yo también he contribuido. Un sofá y dos butacas individuales rodeando una mesa baja de cristal con un precioso centro floral blanco forman un espacio aparte para reuniones más distendidas. Allí es donde Freeman ha dejado el pedido de Burger King.

Suspiro. Tengo hambre y la boca se me hace agua.

—¿Almorzamos? —sugiere Satanás, mientras cuelga su chaqueta en un perchero anclado en la pared. Se remanga los puños de la camisa hasta los antebrazos y me quedo atónita mirándola. Guau. ¡Qué brazos tiene!

—Sí… —respondo, suspirando como una tonta.

Menos mal que no se ha dado cuenta, con el mal humor que gasta… Hago un esfuerzo enorme por no volver a mirarle embobada. De hecho, opto por fijarme en un enorme cuadro del yin y del yang que cuelga en la pared detrás de la silla del escritorio. Es impresionante. La estirada de mi jefa desaparece tras un muro de cristal grueso y opaco, pero no tarda en regresar para colocarse a mi lado. Me ruborizo, aunque finjo no sentirme nerviosa ni incómoda ante su repentina cercanía. Huele a fragancia cara. Casi diría que es One Million de Paco Rabanne.

—He leído que el yin es el principio femenino, la tierra, la oscuridad, la pasividad y la absorción. Y el yang el masculino, el cielo, la luz, la actividad y… —digo sin más, obnubilada por el cuadro.

—La penetración —susurra a mi oído.

Ladeo la cabeza extrañada, apartándome unos pasos de ella.

Frunce el ceño, carraspea y posa su mirada en el dichoso cuadro. ¡Será capulla! ¡Qué confianza es esa!

—¿Taoísta, señorita Pierce? —inquiere con voz neutra y con las manos metidas en los bolsillos de sus elegantes pantalones negros.

—No. Mi amigo Blaine tiene una buena biblioteca sobre la materia. Es un conocido escritor de libros de autoayuda. Imagino que habrá oído hablar de él —le digo alegremente.

Me mira dubitativa. Vaya por Dios.

—¿Blaine? No, no me suena —responde.

Las dos contemplamos el cuadro en silencio.

—¿Le gusta? —me pregunta de repente.

—¿Cómo dice? —digo confundida y desorientada ante esa penetrante mirada felina.

Se refiere al cuadro, imbécil, me dice la voz de mi conciencia. ¡Ah, vale!, pensé que se refería a Blaine.

—Sí, mucho, señorita —respondo, recorriendo con la mirada el hermoso relieve y el llamativo contorno —. ¿Sabía que para los taoístas cada ser, objeto o pensamiento posee un complemento del que depende para su existencia, que a su vez existe dentro de él mismo?

Asiente sorprendida. A ver si este se piensa que soy una inculta.

—De lo que se deduce que nada existe en estado puro ni tampoco en absoluta quietud, sino en una continua transformación —finaliza ella.

¡Qué tía!

—¿Taoísta, señorita? —sonrío levemente.

—Guárdeme el secreto… no… —susurra.

Me mira fijamente a los ojos. Desvío la mirada tímidamente hacia el cuadro. Tengo las mejillas ardiendo y el pulso acelerado.

—Debe de haber costado una fortuna — comento, haciendo alusión al cuadro que me tiene hechizada.

Se encoge de hombros. Me pregunto si le gusta el arte tanto como a su hermano.

—Es un regalo —responde evitando entrar en más detalles.

—¿De quién? —me oigo decir mientras mi conciencia y mi lado salvaje están haciendo sus apuestas.

Y en ese momento me doy cuenta de mi descaro y me giro, ella sigue mirándome. ¿Qué pretende con esa actitud suya? ¿Intimidarme?

—¿Y a usted que le importa?

Me quedo estupefacta, ¡será maleducada!

—Voy… voy al baño… —digo de carrerilla.

—Puede utilizar el mío, si lo desea —sugiere con ese aire de conquistador nato. ¿Y esa repentina cortesía, a qué viene? ¿Acaso se ha hecho construir un baño dentro de su oficina?

—Está detrás del muro de cristal —me indica.

Le doy las gracias y le pido permiso para dejar mis pertenencias sobre su mesa. El baño es una auténtica pasada. Las paredes están revestidas de baldosas en tono marfil. Hay un váter, un lavabo con mueble incrustado, un bidé y hasta una ducha con hidromasaje. Me lavo la cara y las manos, y al coger una de las toallas, me embriaga el perfume de su ropa. ¡Concéntrate!, me digo saliendo del baño después de apagar la luz. Oigo que la jefa habla por teléfono. Bien, ello me va a permitir relajarme un poco, que buena falta me hace. Paso de largo ante ella, sé que otra vez me mira porque le he visto por el rabillo del ojo, y tomo asiento en una de las butacas. Si por mí fuera comería en mi mesa, pero seguro que le molestaría.

—No cuelgues, tengo una llamada en espera — le dice a su interlocutor, mientras agita la mano sobre la pantalla de su Samsung—. López… — hace una pausa— … ¿qué quiere?… No, no vuelva a llamar a este número ni mucho menos a molestarme, o me veré obligada a demandarle por acoso, señor Martin.

Cuelga. No puedo evitar mirarle sorprendida. Sus ojos se clavan en los míos mientras guarda el móvil en el bolsillo. ¡Será capulla! Ha dejado al tal Martin con la palabra en la boca. Es lo que tiene ser multimillonaria. Puedes pisotear a quien quieras, cuando quieras y como quieras sin que nadie te llame la atención. Opto por desviar la vista hacia otro lado porque me dan ganas de abofetearle para que espabile de una buena vez y hacerle ver que no es el ombligo del mundo sino una simple mortal. La susodicha toma asiento frente a mí y coge su menú. Yo hago lo propio con el mío. Me doy cuenta de que doña Gruñona es muy meticulosa a la hora de comer. No es de los que, como a mí, nos gusta que nos chorree el kétchup de la hamburguesa para poder chuparnos los dedos por turnos, uno a uno —algo que, por cierto, hago desde niña—, así que decido contenerme. Degusto las patatas, que son mi debilidad. Las he embadurnado de kétchup y mahonesa de sobre.

Satanás las toma a palo seco. Ojalá no se atragante, que si no me veo practicándole los primeros auxilios. ¡Dios, qué labios tiene la cabrona! Y… ¡qué antebrazos! Tiene la piel morena, nada que ver con la mía, que es casi de alabastro. Soy tan blanca que cuando me expongo al sol tengo que ponerme máxima protección si no quiero acabar como un salmonete.

—¡Hum! Está buena —exclama, devorando la Whopper casi de un solo bocado. ¡Qué tragona es! ¡Menuda boca tiene la tía!

—Sí —le respondo inmersa en mis patatas.

Reconozco que soy muy lenta comiendo. Tía Gertrude, que en Gloria esté, solía regañarme muy a menudo. Pobrecilla… La jefa se ha zampado las patatas en un abrir y cerrar de ojos. Se nota que es de las que comen con rapidez, pienso mientras introduzco la pajita en la ranura de la tapa de la Coca-Cola Zero. Sorbo. Está como a mí me gusta, fresquita y exquisita. Satanás me imita, pero con tan mala suerte que el refresco se le derrama sobre la camisa.

—La tapa no debía estar cerrada del todo — aventuro.

—Yebat`! —dice contrariada.

¡Acaba de decir mierda en ruso! Me hace mucha gracia, pero evito reírme aunque la escena es tronchante, más aun después de ver la cara de Satanás: se la han llevado los demonios al verse empapada con el refresco. ¡Se lo merece por ser tan arrogante y mandona! Saca un pañuelo de su bolsillo y trata inútilmente de secarse, mientras corro a por una toalla limpia que le ofrezco, pero es en vano. Sigue maldiciendo entre dientes, se pone en pie y… ¡joder!… acaba de despojarse de la camisa con manos presurosas delante de mí, que admiro absorta su espalda. Parece una atleta, tiene los hombros perfectos, es… es todo músculo. Guau. Me he quedado sin aire en los pulmones. ¿De dónde ha salido ese cuerpo? ¡Es todo fibra! La visión me abruma de tal modo que aparto la vista enseguida. Décimas de segundo y me doy cuenta de que ha desaparecido. Imagino que ha ido al baño para cambiarse. Seguro que tiene camisas y trajes de repuesto, siendo como es… Me pongo a secar el sofá con la toalla. No ha sufrido ningún daño… afortunadamente. No seas tan puritana y asómate a ver qué está haciendo, dice mi lado más salvaje en uno de sus arranques.

¡Ni hablar! ¡Aguafiestas! Me espeta cabreada. El sofá ya está seco. Menos mal. Lo he recogido todo en la bolsa, solo se han salvado la mitad de sus patatas. Reparto mi refresco entre su vaso y el mío. Igual lo rechaza, pero me da igual. Si es que al final me va a dar pena, me digo como una tonta, evitando estallar en una carcajada al recordar la expresión de su cara. Termino mi menú y espero inútilmente a que la mujer aparezca, para entrar en el baño y dejar la toalla usada en el cesto de la ropa sucia. Pero doña Sibarita está tardando más de la cuenta. De hecho, espero y espero, y nada. No da señales de vida. ¿Le habrá pasado algo? Dios no lo quiera, me digo mirando en dirección al muro de cristal. ¿Qué se supone que debo hacer? Levantarte e ir a ver qué está pasando, dice la voz de mi conciencia. Y eso hago, pero primero respiro hondo y me santiguo. Me da por asomarme por el filo del muro y lo que veo me deja sin aliento.
La capulla acaba de salir descalza de la ducha, completamente mojada. ¡Ay, Dios! Solo lleva una toalla blanca en torno a su estrecha cintura. Cuando le veo el torso, me fijo en una significativa y horrible cicatriz en el costado derecho. Imagino que se la hizo en el accidente de tráfico que sufrió hace años, cuando salía con la señorita Miranda Parker. ¡Qué abdominales! ¡Son una tableta perfecta! ¡Hum! ¡Menudos oblicuos tiene la cretina! Se ve que se ha estado machacando en el gimnasio, lo cual le honra porque está buenísima. ¡Nunca antes había visto nada igual! ¡Menuda pastizal se embolsarían Vanity Fair o Vogue si le ofrecieran ser portada de su edición especial!

¡Qué mujer! Me quedo perpleja, por no decir atontada, cuando le veo quitarse la toalla de espaldas a mí. ¡Madre mía! ¡Menudo trasero tiene! Se está poniendo los bóxers nuevos que acaba de coger de un armario que hay al fondo. Ciertamente hay varios trajes y camisas limpias, así como una serie de cajas de zapatos de la firma Jimmy Choo. Ay, Dios mío… ¡Es tan controladora, tan pija y tan sibarita que no hay por donde cogerla! En fin, suspiro distraída y me pilla in fraganti.

¡Mierda! ¡Mil veces mierda! ¿Qué hago ahora? ¿Salgo pitando? ¿Me quedo y finjo naturalidad? ¡No!
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Activo Re: [Resuelto]Brittana: (Adaptación) El Oscuro Juego de SATANÁS... (Gp Santana) Cap. 7 Cont. Cap. 8

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Mar 11, 2018 7:10 am


Me da por retroceder unos pasos, mientras ella clava sorprendida su mirada felina en la mía. Está avanzando hacia mí, con pasos largos y elegantes y… ¡con los bóxers puestos! ¡Menudo paquete tiene!, grita eufórico mi lado más salvaje. No lo escucho.

Sus ojos son dos carámbanos y su rostro inescrutable. Mis mejillas arden y mi pulso se ha disparado repentinamente, y mierda, mis ojos traicioneros se han puesto a recorrer ávidamente su cuerpo de Jake de Miguel Ángel para posarse en su… abultadísima entrepierna. ¡Guau!

—¡Disfrutando de las vistas, señorita Pierce! — exclama malhumorada.

Niego con la cabeza incapaz de articular palabra, cautivada por la visión de su perfecta fisonomía. Estoy en shock. Lo juro. Mi lado más salvaje anda desbocado, salta, aplaude exultante.

No es para menos.

Satanás está de toma pan y moja. No quiero ni pensar en lo que hay escondido debajo de esos ajustados bóxers porque me puedo quedar sin aliento, pero mi mente calenturienta se hace una ligera idea hasta el extremo de llegar a sofocarme. Su pene debe de medir como quince o veinte centímetros, a juzgar por la longitud y el grosor bajo la elástica tela de su ropa interior.

—¡Ay!

Acabo de tropezar y caer de culo contra el frío suelo de mármol. Mis pobres nalgas se han llevado la peor parte, y encima la capulla se ríe. Me dice que me lo tengo merecido por ser tan curiosa. Eso hace que estalle ofendida.

—¡No soy ninguna curiosa! ¡Me… me preocupaba que tardara tanto en salir, señorita! —le aclaro para su sorpresa.

Arquea una de sus cejas y se peina el cabello húmedo con sus curtidas manos de dedos largos y gruesos. ¡Mierda! ¡Joder! ¿Qué demonios me pasa?, me digo atontada, todavía en el suelo, con la tela del vestido enroscada a la altura de mis caderas. ¡Doña Gruñona me acaba de ver las bragas de algodón de color blanco! ¡Más puritana imposible!¡Genial! Quiero ponerme en pie, pero mis piernas flaquean y vuelvo a caer. ¡Por qué los de mantenimiento pulen tanto el suelo! ¡La leche! Estoy torpe. Pero… ¿por qué?

Es la muy estirada quien se digna por fin a tenderme la mano para que pueda levantarme. ¡Qué bochorno! Le doy las gracias con voz temblorosa evitando mirarle, pero he de hacerlo porque me acaba de coger la muñeca y le ha dado por arrinconarme contra su mesa. La miro sorprendida y aterradísima. Mi corazón late estrepitosamente contra mis frágiles costillas.

—¿Qué… qué está haciendo? ¡Suélteme, señorita! —protesto enérgicamente, mientras sus manos sujetan con fuerza mis muñecas. No puedo evitar esa maldita y electrizante descarga que me recorre todo el cuerpo. ¡Esto es de locos! Dios mío… ¿qué me está pasando?

—Me gusta tomarme mi tiempo en la ducha — dice finalmente, con sus ojos puestos en los míos.

Me embeleso ante el brillo asombroso de esa cautivadora mirada felina de madura ligona. Sus ojos parecen dos luceros en lo alto del firmamento.

—Eso parece, señorita —titubeo.

Tengo la garganta seca. Siento unas ganas enormes de huir, pero no puedo porque me tiene prisionera. ¡Por Dios! ¿A qué juega? ¿Qué quiere de mí? ¡Se supone que hemos venido a trabajar, no a echar un polvo sobre la mesa de su oficina! Porque me consta que eso es lo que hacen casi todos los ejecutivos con sus pobres e ingenuas secretarias, pero lo que es yo… ¡no voy a permitírselo a esta depravada! ¿O sí?

—Me habría encantado compartirla con usted, señorita Pierce —admite con el descaro que tanto le caracteriza.

Le daría una bofetada. ¡Menuda sinvergüenza está hecha!

—Imagínese… las dos desnudas bajo el agua, besándonos, acariciándonos… para poco después acabar follando como locas…

¿Quéee? Abro los ojos como platos, escandalizada, ruborizada, fascinada al dejar volar mi imaginación.

Ahogo un gemido de frustración por ser tan tonta.

—¡Señorita! —le regaño.

¿Por qué me habla así?

—. ¡Suélteme!

No me hace ni el menor caso. Intento zafarme, pero nada. De modo que no me queda más remedio que luchar para liberarme de la condenada prisión, pero igualmente es en vano. Es mucho más fuerte que yo. Me ordena que me esté quieta. Le digo que me suelte. Me contesta que no quiere hacerlo.

—¿Por qué? —le espeto.

—¿Aún me lo pregunta? ¿Es que acaso no se ha dado cuenta? —susurra con voz grave.

—¿Darme cuenta de qué? —pregunto nerviosa y con el pulso a mil por hora.

Maldice entre dientes como si yo tuviera la culpa de todo lo que está pasando cuando no es así. ¡Ha sido ella quien ha empezado, otra vez! Me digo ansiosa que libere mis pobres muñecas. Ay, Dios… ¿qué pretende hacer? ¿Acaso ha perdido el juicio? Le increpo. Dice que nunca ha estado tan cuerda y tan segura en toda su vida.

¿Quéee?

Tengo ganas de abofetearla una y otra vez mientras mis ojos traicioneros se posan en esos labios sensuales y provocadores.

—¡Si no me suelta le juro que gritaré! —bramo como último recurso.

Y ella esboza una preciosa sonrisa de dentadura perfecta. Está tan cerca que puedo inhalar su inconfundible aroma a limpio mientras lucho inútilmente para no caer en la tentación, porque tengo poderosas razones para odiarla durante toda la eternidad.

—Hágalo —me reta, recorriendo con la mirada mi rostro—, nadie la oirá. Ordené insonorizar las paredes para amortiguar sus gritos y jadeos cuando folláramos —dice muy cerca de mi boca.

¿Follar con ella? ¡Ni harta de vino! ¡Antes me follo al primero que entre por esa puerta!, me digo asustada por la situación. Se supone que he venido a trabajar, no a follar ¡Será descarada y pervertida! Y encima la muy capulla tiene intención de besarme, pero le hago la cobra, es decir, la esquivo hábilmente ladeando el rostro. ¿Qué mosca le ha picado? ¿Por qué me habla así? Mi corazón palpita estrepitosamente a la altura de mi cuello. ¡Deja que te bese! Proclama mi lado más salvaje hecho una furia.

—¡No! —protesto enérgicamente cuando me obliga a mirarla.

—¡No te resistas! —me grita cabreada. Su cercanía e insistencia me marean. —Ambas estamos deseando que esto ocurra desde el momento en que estreché su mano en el funeral —dice muy segura de sí misma—. Saltaban chispas entre nosotras y lo sabe.

¡Ay, dios mío! ¡Se ha dado cuenta! Pero no puedo permitir que ocurra nada entre nosotras. ¡Si al menos pudiera levantar la rodilla!, ¡se iba a enterar de lo que vale un peine! ¿Quién se cree que soy? ¿Su puta?, pienso mirando esos dos preciosos ojos que me noquean por completo. Poco a poco se inclina sobre mí hasta posar sus tibios labios sobre los míos y… ¡son tan suaves! ¡Dios mío, no!

¡Lánzate!, estalla mi lado salvaje. Puedo sentir su cálido aliento rozándome. Tentándome. Seduciéndome. Me da un ligero beso en la mejilla, otro en la punta de la nariz, otro en el mentón… respiro entrecortadamente ante la sutileza de sus besos. ¡Es muy excitante pero no deja de ser quien es! ¡Mi jefa! ¡ La mujer a la que más detesto en la vida! No dudo en gritar cuando le veo arrojar de un manotazo todo lo que hay sobre su mesa, incluidas mis pertenencias. Sonríe de un modo perturbador y muy lujurioso. Mi cerebro está en stand by.

Mi capacidad de raciocinio está bloqueada ante la cercanía de Satanás. Mis piernas son incapaces de moverse. Soy como un muñeco de trapo en las manos de doña Gruñona. Miro esos ojos que envuelven, son cálidos y brillantes. Denotan deseo y lujuria. ¿Qué pretende hacer? ¿Por qué no me deja marchar? ¿Por qué me levanta en brazos y me deposita con dulzura sobre su mesa de trabajo? ¡Por Dios! ¿Qué está haciendo? Me cubre con todo su glorioso cuerpo. Una parte de mi ser acoge con júbilo su espléndido peso, mientras la otra pugna por empujarle y salir huyendo, aunque admito que me gusta el calor que desprende su cuerpo. Menos mal que la mesa es de madera gruesa que si no… Pero, ¿qué estoy pensando?

—Por favor… —le ruego intentando zafarme de ella, pero es como mover una montaña. Me silencia con otro repentino beso suave en los labios.

Jadeo.


Tengo el corazón a mil. Jamás imaginé verme así: tumbada sobre la mesa de trabajo de mi odiosa jefa, con ella semidesnuda entre mis piernas.

¡Guau!

Me chupa el labio inferior. Luego el superior. Abro la boca para protestar, pero su lengua invade mis labios y se adentra en mi boca con un beso largo y profundo.

Gimo.

Frota su lengua con la mía, que la roza con timidez. Es un beso lento, muy estimulante y provocador. Ha liberado mis muñecas para entrelazar sus dedos con los míos. Me los aprieta en una arrebatadora posesión. Puedo sentir, otra vez, esa electrizante descarga que me arrastra con ella. Saltando chipas entre nosotras y no entiendo por qué… ¡si siempre la he detestado, y ella a mí también! ¿Qué nos está pasando? No lo entiendo.

—Nota esto, señorita Pierce —dice apretando su mano contra la mía.

—Sí… —le respondo casi sin aliento, atrapada por la suave neblina del atontamiento.

—Yo también, y me gusta… —susurra lamiendo mi cuello.
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Activo Re: [Resuelto]Brittana: (Adaptación) El Oscuro Juego de SATANÁS... (Gp Santana) Cap. 7 Cont. Cap. 8

Mensaje por micky morales el Dom Mar 11, 2018 7:43 am

Chispas entre ellas??? de Brittany lo habia notado, pero de doña gruñona.....
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Mensaje por monica.santander el Dom Mar 11, 2018 6:02 pm

Hola!!
Que debil es Britt Jajaja!!
Saludos
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Mensaje por Isabella28 el Lun Mar 12, 2018 8:17 am

Santana ya tiene planeado todo lo que piensa hacerle a britt, ya mando a insonorizar las paredes.
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Mensaje por 3:) el Lun Mar 12, 2018 11:26 am

Mas sabe el diablo por viejo... Santana va con doble intenciones,y no por tirarse la pobre britt no sabe a donde se mete!!!!
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Mensaje por JVM el Miér Mar 14, 2018 2:45 pm

Britt tanto tiempo guardandose para el matrimonio y parece que no saldra de esa oficina virgen jajaja
Y pues un misterio Santana, parece que estaba celosa de su hermano por la relacion que tenia con la rubia
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Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Mar 18, 2018 6:14 am

Continuacion de cap.. 7



Chillo al notar sus dientes clavados levemente en mi piel. Alza el rostro, esboza una sonrisa de niña mayor y no duda en volver a devorar mi boca con otro beso largo, profundo y primitivo, y yo, atontada, le respondo abriendo más la boca. Mi lengua busca la suya, la roza. Jadea… Ahora somos una fusión de manos, piernas y lenguas. Mi lado más salvaje se ha desatado y me preocupa. Le abrazo con fuerza mientras acaricio suavemente su espalda. Gime cuando me da el arrebato y le chupo la lengua con un ardor incontrolado. Tiemblo ante mi repentina impulsividad y descaro, y su creciente erección se aprieta contra mi palpitante sexo, que reclama el suyo en una progresiva agonía. Mi conciencia no tarda en asomar vestida de señorita. ¡Mierda, me he puesto tensa!

—No me tenga miedo, señorita Pierce —dice exhausta junto a mi boca, su respiración es igual de agitada que la mía—. Llevo deseando besarla desde el momento en que la vi llegar a la iglesia, pero me contuve. Ahora, ya no lo resisto más…

¡Ay, Dios mío! Me mete la lengua hasta la garganta. Noto cómo la sangre caliente recorre todo mi cuerpo, mi sexo se tensa y lo empiezo a notar húmedo. ¡Guau! Jadeamos al unísono mientras me acaricia los pechos. Me los amasa. Aprieta. Grito…
¡Ay, Dios mío! ¡Esto no puede ser verdad! Ahora no es miedo lo que siento, sino auténtico pavor y vergüenza al no ser capaz de poner los límites. La muy capullo tiene los labios más sedosos del mundo y unas poderosas armas de seducción que nunca antes había visto. No quiero ni pensar a cuántas habrá engatusado con estas hermosas palabras, ni a cuántas ingenuas secretarias se habrá tirado sobre su mesa de trabajo.

Pero yo no soy como las demás, me digo intentando tomar el control de mis emociones… que no es fácil y menos con una maroma como Santana López.

—Tenemos que parar. Esto… esto no está bien —logro articular entre beso y beso.

Mi lado salvaje se burla de mí. Si hasta Satanás ha fruncido el ceño como si acabara de decir una estupidez. Lo sé, los dos somos lo suficientemente adultos como para saber lo que queremos, pero no soy lo que piensa. No soy una furcia, por muy impulsiva y temeraria que sea; sé dónde están los límites, aunque ahora no lo tenga muy claro porque mi jefa representa todo cuanto una mujer puede desear, independientemente de su pésimo carácter y engreimiento, pero no quiero formar parte de su lista de amantes, me niego.

—Nada está bien, pero le recuerdo que está en deuda conmigo —me dice, liberándome las manos mientras devora mis labios con un ardor incontrolado.

¡Quéee! ¡Con que esas tenemos! ¡Maldita engreída mujeriega! ¡Si esta se cree que voy a abrirme de piernas para ella por lo que ha hecho por mí va apañada!, me digo sintiendo su mano metida bajo la tela de mi vestido, mientras con la otra me acaricia el pecho. Jadeo intentando liberarme de ella pues me está acariciando los muslos hasta… hasta llegar a mi sexo húmedo y caliente… Gimo contra sus labios y lucho por tomar el control de mis emociones…

—¡No! —exclamo, apartando bruscamente mi boca de la suya.

—¿Qué está haciendo? —me pregunta confusa y desorientada cuando ve que le empujo y me escurro por debajo de ella.

Acabo de caer de bruces contra el suelo, pero salgo ilesa. Me pongo en pie sana y salva. Siento un gran hormigueo en los pechos y en mi entrepierna. Tengo las mejillas ardiendo y el corazón desbocado. Satanás se ha apeado de la mesa con un cabreo monumental. Me he bajado la tela del vestido y me he atusado el pelo. Le oigo maldecir como una posesa mientras se mece el cabello. Está furiosa conmigo porque no me he prestado a lo que quería, es decir, a echar un buen polvo sobre su mesa de trabajo pero ¡no soy su puta! ¡Si esto no es abuso de poder y acoso sexual, que venga alguien y lo vea!, grita la voz de mi conciencia.

—¿Que qué estoy haciendo? —le espeto incrédula, mientras me muerdo el labio ligeramente hinchado.

Dice que no me lo muerda. No le hago ni el menor caso y me pongo a recoger lo que hay tirado por el suelo. La capulla lujuriosa ha optado por maldecir, mientras se mece el cabello y desaparece tras el muro. Imagino que para vestirse. Mucho mejor, me digo.
—¡He venido a trabajar, señorita López! —digo en voz alta—. ¡No a echar un polvo! —murmuro por lo bajo.

—¡Deje de murmurar! —dice desde el otro lado del muro.

Mierda.

—No estoy murmurando, señorita —le respondo.

Carraspea. Pongo los ojos en blanco mientras revivo todos sus besos. ¡Hum! No ha estado nada mal, me digo ordenando su mesa. He recogido mi bolso y llevo la agenda y los documentos en la mano. He tirado mi menú a la papelera. En cuanto al suyo, que se las apañe como pueda, no soy su asistenta, aunque deduzco que hará venir a los de mantenimiento.

—La he oído perfectamente, no estoy sorda. Ha dicho que ha venido a trabajar y no a echar un polvo —dice apareciendo ante mí, vestida con un impecable traje gris oscuro y una camisa blanca. Lleva el pelo revuelto y huele a gloria bendita. Además de guapa y sexy, tiene oído de tísico. ¡Será capulla!, me digo ruborizada, fijándome en el pelo revuelto. Enmudezco titubeante. Y aunque me sacudo la tontería diciendo que le detesto, ni con esas logro que mi lado más salvaje deje de mirarle embelesada porque quiere más besos y caricias de Satanás.

¡Espabila!, grita la voz de mi conciencia con un megáfono en la mano.

—Sí, eso fue exactamente lo que dije y espero —Sí, eso fue exactamente lo que dije y espero que lo tenga en cuenta, señorita —sentencio alzando el mentón. Frunce el ceño mientras se mete las manos en los bolsillos. Tiene un aire de ejecutiva refinada y elegante que enamora, pero no es el tipo de chica que fuera a darlo todo en una relación de pareja. Es más bien de las que follan y, luego, si te he visto no me acuerdo.

Si tuviera que elegir entre su pareja y su imperio, optaría por esto último sin pestañear… ¡desde luego!

—Me alegra que venga a trabajar, aunque lo de echar un polvo no estaría nada mal ahora que he descubierto su lado más sensual y apasionado —el comentario hace que me sonroje—. Ha sido muy instructivo e interesante besar sus apetecibles labios y acariciar su sedosa piel. Por cierto, he logrado que se corra en las bragas —ríe la muy cerda mientras a mí me come la vergüenza—. Me pregunto cuánto tardaré en oírla gritar de placer, señorita Pierce.

No doy crédito a mis oídos, estoy escandalizada.

—¡Señorita López! —le regaño sin más. Sonríe pícara. Nunca antes la había visto así y me sorprende esta repentina faceta suya tan descarada. Asusta, pero al mismo tiempo despierta en mí una extraña sensación y emoción. ¿A qué viene este cambio?

—¡Hablo en serio! —exclamo.

—Y yo también. Además, le recuerdo que está en deuda conmigo.

Esto es una encerrona en toda regla, refunfuño. Me pide que no lo haga, que no refunfuñe porque le recuerdo a su hermana.

¡Oh, Selena! ¡Si supiera la clase de depravada que tiene por hermana se quedaría con la boca abierta!

—Si su intención es que me abra de piernas para usted, le aseguro que pierde el tiempo, señorita —le suelto sin más preámbulos; quiero dejarle las cosas bien claritas.

Mi repentina respuesta hace que sus ojos adquieran un hermoso matiz. Llega hasta mí; retrocedo dos pasos; se detiene. Me mira y remira. Me muerdo el labio inferior. Y me ordena que evite hacerlo por el efecto que ejerce sobre ella. Dejo de mordérmelo de golpe; mi corazón late estrepitosamente.

—No quiero que se abra de piernas para mí, sino hacerle una oferta mucho más atractiva e interesante —dice enigmática.

¿Quéee?

—Llevo tiempo observándola y encaja perfectamente con lo que ando buscando…

Me quedo muerta.

—Ahora quiero que envíe esos faxes, luego regrese aquí para tratar este asunto —añade, rodeando su mesa para ocupar la silla de jefaza viciosa. Más que asunto, yo lo llamaría deuda, ¡capulla depravada! Esta, con tal de follar, es capaz de cualquier cosa, me advierte la voz de mi conciencia. Menos mal que llevo siempre el spray de pimienta en el bolso, me digo solo para tranquilizarme, porque no voy a acostarme con Satanás. Ni ahora ni nunca, o eso creo…

—Cierre la puerta al salir, señorita Pierce —me ordena con voz grave. ¡Mandona!

—Sí, señorita López.

—Y… ni se le ocurra dar un portazo —me advierte. ¡Autoritaria!

—No, señorita —cierro la puerta con un ligero clic.

Suspiro pacientemente en vez de estallar como una posesa.
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Activo Re: [Resuelto]Brittana: (Adaptación) El Oscuro Juego de SATANÁS... (Gp Santana) Cap. 7 Cont. Cap. 8

Mensaje por marthagr81@yahoo.es el Dom Mar 18, 2018 6:47 am

Capitulo 8



Oh… todo va bien, gracias —le digo a Quinn, que me acaba de telefonear para interesarse por mi primer día con Míss Adicta al Trabajo. Evidentemente no le he contado nada de lo de Jake, ni de Bauer y mucho menos mi furtivo encuentro con Satanás. No pienso abrir la boca en ese sentido para no preocuparla, y eso que no tenemos secretos entre nosotras

—¿Y tú qué tal? ¿Cómo te va en la redacción? —cuchicheo en la sala de las impresoras, fax, escáner y fotocopiadoras que hay junto a la máquina expendedora de café y refrescos.

Acabo de enviar todos los faxes que tenía pendientes. He plastificado la lista de normas y la de contactos, y he aprovechado estos minutillos esperando a que llegara la respuesta del fax para darle a la sin hueso y relajarme, que buena falta me hace. Para ser mi primer día con doña Gruñona, he batido todos los récords tanto en conflictos como en abuso de poder. Solo espero que no aparezca y me pille charlando en horas de trabajo, porque me da que es otra de sus jodidas normas.

—¡Mucho trabajo! —resopla—. La muerte de Jake López está generando una lucha encarnizada sobre cuál es el mejor titular, pero claro, la familia no lo está poniendo nada fácil. Ya sabes que son muy reacios a las cámaras y los micrófonos…

—Lo sé. —Así que hemos pensado hacer un reportaje gráfico repasando su trayectoria profesional y destacando su lado más filantrópico. Pero lo ideal sería conseguir una entrevista a algún pariente cercano. ¿Alguna sugerencia? —me pregunta.

—Puedes contar conmigo —le digo riendo.

—Eso pensaba hacer, aunque… ¿no podrías persuadir a Satanás para que se prestase a una entrevista relámpago! ¡Sería la bomba!

Me quedo sin habla.

—Ya sabes que eso es imposible —contesto.

—Lo sé, era broma. Ya me las ingeniaré. De todas maneras, hoy no me esperes despierta —me avisa.

—De acuerdo. Pero, ¿pasa algo?

—La madre de Edward me acaba de telefonear, quiere que vaya a cenar con ellos al rancho. Igual me quedo a pasar la noche. Echo unas risillas mientras me olvido de Satanás y la puñetera deuda. Es tal y como me imaginaba. La cosa entre Andy y Eddy no puede ir mejor, y me alegro de que así sea. Edward es buen chico y se nota que quiere a mi amiga. Solo espero que Quinn no lo rechace; a veces está tan loca…

—Vamos, ¡suéltalo! —me dice.

Río divertida.

—Creo que Edward Preston está pilladísimo por ti.

—Eso ya lo sé —responde resoplando.

—¿Entonces? ¿Cuál es el problema? —la regaño.

—Sabes que detesto las ataduras, pero eso no implica que no quiera tener hijos —cuchichea.

Resoplo.

—Hemos hablado de eso infinidad de veces. ¡No seas tonta! Edward es un buen chico y si le dejas escapar es porque eres tonta del culo.

—¡Pues quédatelo tú! ¡Haríais muy buena pareja! —exclama.

—Edward no me quiere a mí, sino a ti, boba — le espeto—. ¿En qué idioma hay que decirlo para que te enteres? ¡Espabila!

Ahora es ella quien resopla.

—No… no sé —murmura—. Todo esto me resulta tan extraño. Solo nos hemos enrollado unas cuantas veces; ayer fue la última, justo antes de que tú llegaras del hospital. El tío es un semental en toda regla —me río—, pero la ha cagado con la dichosa cena familiar. ¡Si no le conociera diría que acabará declarándose!

—¿Quién sabe? —le digo encantada.

—Hablo en serio.

—Yo también, boba —le respondo con voz neutra.

—¿Y cómo se supone que debo comportarme delante de sus padres?

Estallo en una carcajada ante las pocas ganas que tiene mi amiga de conocer a sus futuros suegros. Y Quinn dice que no le ve la gracia por ningún lado.

—Vale, lo siento… —me disculpo, modulando el tono de voz—. Intenta ser tú misma.

Otro resoplido.

—Todo esto me supera —confiesa—. En fin, he de dejarte porque la bella viene hacia mi oficina. Luego hablamos. Y no trabajes tanto, ¿vale?

¡Ciao!

—¡Ciao!

Cuelgo el Sony y salgo pitando con los faxes que acaban de llegar. Cruzo el largo pasillo que conduce a mi mesa de trabajo. Suspiro y me preparo para lo que tenga que venir. Llamo a la puerta de la jefaza . La chica anda inmersa en su portátil. Me da permiso para que entre. Le dejo los faxes sobre la mesa. Espero un rato, pero no me da ninguna instrucción. Algo que me alegra y aprovecho para escurrirme. Vuelvo a mi mesa y procedo a echarle un vistazo a la lista de contactos que Satanás me ha facilitado. ¡Uf! Hay alrededor de doscientos nombres. ¡Cómo narices voy a memorizarlos todos! Esta tía está loca de atar, me digo encendiendo el ordenador. Tengo que pasar el listado de clientes en una carpeta que empiezo a copiar en un pendrive nuevo, lo que me lleva cerca de una hora. Tengo el trasero, la espalda y el cuello entumecidos, sin hablar de los dedos de las manos… ¡ni los siento! Pero me aguanto. Me levanto y vuelvo a la oficina de Satanás. Llamo a la puerta y me dice que entre. Está de pie frente a los enormes ventanales de su oficina. Las vistas de la ciudad son impresionantes. Habla por teléfono en alemán. ¡Qué tía! ¿Hay algo más que no sepa hacer? Me pregunto como mera curiosidad. Me ve reflejada en el reluciente cristal de la ventana, se gira y me hace una señal para que me acerque. Le obedezco y cierro la puerta tras de mí.

Tiemblo porque sé que ahora tocará el bendito tema de la deuda, y a saber con lo que me sale. ¡Miedo me da! Espero de pie. No entiendo nada de lo que dice. Tarda como quince minutos en finalizar la llamada. Un poco más y me quedo dormida de pie.

Pestañeo sacudiéndome el muermazo. Le dejo el pendrive sobre la mesa mientras le doy un informe detallado de lo que he estado haciendo en las últimas horas. ¡Ni las gracias me da la desaborida! Tampoco es que las necesite de alguien como ella, pero qué menos dadas las circunstancias.

—Por cierto, señorita… mi amiga Quinn Fabray quiere dedicarle la portada del jueves a… su hermano —verbalizo sin darme cuenta.

Joder. ¿Qué narices estoy diciendo? ¡Seré idiota! ¡Ella no es Jake, con el que trataba todos los temas!

—¡Qué considerada es la intrépida señorita Fabray! —ironiza.

Está claro que la detesta, pero sonrío ladeando la cabeza porque igual cae la breva y se ofrece para que mi amiga le entreviste, aunque lo dudo. Este está peleado con los medios de comunicación y con medio mundo, remata la voz de mi conciencia. ¡Qué razón tiene!


—¿Quiere contarme algo más, señorita Pierce?

Mierda. A ver si también tiene el don de leer el pensamiento, porque en vez de ojos parece que tiene rayos X. —Lo digo porque ha habido un centenar de periodistas que se han puesto en contacto con mi jefa de prensa ansiosos por conseguir un buen titular.

Guau. No se le escapa nada. Desde luego, dice la voz de mi conciencia.

—No… esto… Me lo imagino, señorita —balbuceo, y ella frunce el ceño

—. Pero mi amiga no quiere molestarle, así que me he ofrecido a colaborar en el reportaje que está preparando. En el quiere plasmar la trayectoria profesional y el lado más filantrópico de su hermano.

Arquea inquisitivamente una ceja. Oh, oh, parece molesta con la iniciativa…

—¡Ni se le ocurra hacer semejante cosa o acabará de patitas en la calle, señorita sabelotodo! —vocifera.

¿Quéee? Doy un respingo.

—¿Cómo se atreve a tomar semejante decisión —¿Cómo se atreve a tomar semejante decisión sin tan siquiera consultarme?

Oh, mierda, se ha cabreado.

—¡Jake era tímido! ¡Nunca habría dado su consentimiento para que se llevara a cabo ningún reportaje!

Abro la boca y la cierro de golpe, ruborizada.

—¿Quién se cree que es para decidir por los que ya no están? —dice alterada.

¡Hasta aquí podíamos llegar!

—¿Que quién soy? —le desafío con los brazos en jarras. Estoy desatada—. Se lo diré muy alto y claro, soy la mujer que cuidó desinteresadamente de su hermano mientras estaba enfermo, gilipollas.

¡Oh, mierda! Eso ha sonado fatal, me digo aterrorizada por el modo en que me está mirando. ¡Parece que quisiera matarme! ¿Qué me está pasando? ¿Por qué estoy tan alterada?

Arréglalo antes de que te despida, grita mi conciencia.

—¿Cómo me ha llamado? —inquiere peleona, sosteniendo mi aterrada mirada. Parece un glaciar, a juzgar por su penetrante mirada felina. Una gladiadora preparada para la lucha.

¡Madre mía! Trago saliva cuando la veo llegar hasta mí. El corazón me retumba contra la garganta. Estoy perdida.

—¡Le he hecho una pregunta! ¡Tenga la decencia de contestarme!

Niego con la cabeza asustadísima.

—Lo siento… no quise ser grosera; lo lamento, de veras…

Me mira con arrogancia y engreimiento.

—No vuelva a faltarme al respeto o juro por Dios que la despediré, no sin antes haberle dado unos buenos azotes en su lindo trasero. ¿Le queda claro? —me grita furiosa.

Asiento aterradísima mientras me llevo una mano a mi pobre trasero.

—¡Si tanto apreciaba a mi hermano, respete su memoria!

—¡Claro que le apreciaba! Solo pretendía hacerle un homenaje, señorita —le digo intentando disuadirla.

Ni con esas da su brazo a torcer la muy terca.

—¡Nada de homenajes! ¡Jake era tímido! —me recuerda alzando la voz.

Enmudezco. ¿Cómo le digo a Quinn que no cuente conmigo? ¿Por qué siempre me meto en líos? ¿Por qué no soy capaz de mantener la boca cerrada? Tanta impulsivilidad me está pasando factura.

—Está bien. No me prestaré a hacer ningún reportaje —asevero, alzando el mentón—. Si no tiene más tareas que darme, estaré en mi mesa trabajando.

Giro sobre mis talones decidida y rezando para que no me saque el dichoso tema de la deuda, u oferta, tal como ella lo llama.

—¿No va a suplicarme que le conceda una entrevista a su amiga?

¿Cómo? Suspiro pacientemente porque sé que se está burlando de mí. Me paso una mano por la mejilla y me doy la vuelta. No va a lograr desestabilizarme, me digo, y no le voy a suplicar nada aunque me fusilen. Lo siento mucho por Quinn, pero es así.

—Mi amiga es muy creativa, sabrá ingeniárselas por sí sola, señorita —le suelto en todos los morros. Tiene las manos metidas en los bolsillos. Es su seña de identidad, como el mirarme fijamente. Bueno, esto último se ha convertido en una costumbre.

—¡Siéntese! —me ordena de muy malos modos.

¡Qué susto me acaba de dar la muy gritona! Llego hasta uno de los sofás y tomo asiento como una autómata. Doña Gruñona vuelve a estar cabreada, para no variar. ¡Oh, Dios! Queda menos de media hora para que lleguen los de la estrategia publicitaria, pienso consultando el reloj digital de la pared, y se le ocurre sentarse frente a mí solo para sacar el tema de la dichosa deuda. Seguro que sí, y me preparo para lo peor.

—Usted dirá, señorita —digo aparentemente tranquila, alzando el mentón.

—No quiero hablar de su intrépida amiga sino de usted y de mí —comienza diciendo.

Eso ya lo sé, me digo con el corazón en un puño.

—Como ya le he comentado, quiero hacerle una oferta.

—¿Una oferta? —me hago la tonta solo para sacarle de sus casillas.

—¡No se pase de lista conmigo! —me advierte.

Intento calmar mis agitados nervios. No sé por qué, pero me da que vamos a acabar discutiendo. Lo sé…

—¿La oferta tiene que ver con… con lo que ha hecho por mí? —asiente.

¡Mierda!

—Imagino que después de dejar claro que no quiere que me abra de piernas para usted, me va a proponer que tengamos una aventura. ¿No es así? —inquiero poniéndome en la piel de muchas de mis compañeras de profesión—. Porque si es así, mi respuesta es otro no bien rotundo, señorita —me envalentono, mientras percibo que su rostro es inescrutable y sus ojos dos carámbanos—. Ahora, si me disculpa, he de seguir trabajando.

Me ordena que no me mueva del sitio. Su voz es como un arma afilada: asusta hasta el extremo de que se me ha erizado la piel. Siento una extraña sensación de querer salir huyendo de allí, pero aguanto con estoicismo mi desventura. ¡Si Jake viviera nada de esto me estaría pasando!

—No quiero tener una aventura con usted, sino una relación carnal exenta de ataduras —dice con todo el descaro del mundo.

Y… ¿qué diferencia hay, pedazo de cretina?

Aun así he vuelto a enmudecer en un tiempo récord. ¿He oído bien? ¡Calma! Grita la Pierce de los Northumberland deseosa de levantarse del sofá y darle una merecida bofetada. ¿Quién se cree que soy? ¿Una ramera?

—¿Acaso llevo colgado el cartel de puta, señorita? —le pregunto, sacando a relucir mi vena barriobajera.

Mi comentario no le ha sorprendido, porque Míss Cara Bonita ya me ha visto así cuando me cabreo.

—No, pero como ya le dije, he estado observándola y reúne el perfil que busco. Es muy apasionada y sensual cuando se lo propone, señorita Pierce —me rebate con frialdad—. En pocas palabras, le estoy ofreciendo tener sexo del bueno y seguro.

Me he quedado petrificada, y abochornada, por Me he quedado petrificada, y abochornada, por supuesto. ¡Quiero lanzarme sobre ella y abofetearla para borrar de su rostro tanto engreimiento y cinismo! ¡Si este se piensa que voy a sucumbir a su jodida oferta solo porque esté como un tren, va apañado! ¡Vamos!

—Y si le dijera que no estoy interesada en su oferta… ¿dejaría de acosarme, señorota?

Arquea una ceja combativa. Oh, oh, Satanás no tarda en dejar ver el rabo.

—¿Acosar? ¿Qué demonios está diciendo? — vocifera—. ¡Nunca he acosado a nadie! —Hace una pausa mientras trago saliva—. ¡Cuidado con lo que acabas de decir, muchacha! —me advierte iracunda, mientras se pone en pie. Parece una gigante ante mis ojos, pero no me acobarda sino que le imito, aunque mi corazón esté bombeando a un ritmo trepidante y me suden las palmas de las manos. ¿Con qué descaro se atreve a proponerme semejante cosa si solo la he visto unas cuantas veces en mi vida? ¡Y encima la detesto!

—No solo rastreó anoche mi teléfono móvil, sino que ahora me sale con esto. ¿Cómo lo definiría usted? —exclamo furibunda y con los brazos en jarras.

La morena está que trina. Querría estrangularme, pero se contiene.

—Por lo que veo, mi hermana Selena ha estado poniéndola al día de mis métodos, y eso que lo tiene terminantemente prohibido —explota.

Ya he vuelto a meter la pata. Le digo que deje en paz a su hermana y me pregunta que quién demonios me creo que soy para darle órdenes. Nadie, supongo, le espeto. Maldice en ruso fuera de sí.

—¡Ordené rastrear el localizador de su teléfono móvil por una razón muy simple: regresó a casa en metro y a una hora bastante intempestiva, listilla! —se defiende—. Y si le he salido con esto, tal y como usted lo llama, es porque llevo un tiempo deseándola.

Pestañeo. Enmudezco. Palidezco. Tiemblo…

¿Quéee? ¿Que Satanás me desea? ¿A mí? ¡Debe de tratarse de una broma de mal gusto! De hecho busco en su mirada algún atisbo de burla, pero no hallo nada. ¿Acaso no tiene amantes a montones?

Tomo aire no sé cuantas veces. Mi lado más salvaje acaba de lanzarse desde un trampolín de diez metros de altura hacia una piscina llena y profunda y se proclama victorioso. Mi ego se expande a sus anchas, pero le paro los pies al acto.

—¡No me mire así! —me ordena con cara de pocos amigos—. ¡Nunca he acosado a nadie y mucho menos a mis empleados!

Ah, ahora ya no somos esclavos sino sus empleados. Vaya, por Dios.

—¡Yo de usted pensaría bien las cosas antes de decirlas, si no quiere meterse en un buen lío!

Estoy que muerdo; además de querer follarme, no va a dudar en demandarme llegado el caso. Me he vuelto a sentar. Estoy como en estado de shock, mientras mi cerebro asimila y procesa toda la información a un ritmo trepidante. Nunca olvidaré este día, lo sé por cómo me tiemblan las manos y las piernas. Un ligero escalofrío me recorre la espalda. Me desea pero… en su cama de multimillonaria, soltera y mujeriega, me repito incrédula. ¿A cuántas les habrá ofrecido semejante cosa? Seguro que a muchas, pienso ensimismada, tanto que no me he percatado de su ausencia, porque acaba de plantarse ante mí con una CocaCola Zero, que imagino ha ido a buscar a la máquina expendedora. ¡Qué considerada! dice mi lado más salvaje mirando extasiado a Satanás.

La abre después de limpiar el borde y luego me la ofrece. Le miro confusa, desconcertada, mientras ocupa el asiento de enfrente.

—Bébasela —me ordena de muy malos modos —. Le ofrecería un brandy, pero sé que no tolera el alcohol.

No salgo de mi asombro. Ahora, sabe otra cosa más sobre mí. Capulla controladora. Sostengo la lata con manos temblorosas. No quiero que me desee ni que sepa nada sobre mí. ¡Solo quiero que me deje en paz! Si fuera otra quien me hiciera semejante oferta me lo pensaría, pero con Satanás…¡ni hablar!, me digo luchando contra mis propios anhelos y frustraciones. Doy un ligero sorbo. La bebida fría y espumosa baña mi boca y baja a través de mi garganta seca hasta el estómago. Doy otro sorbo más y deposito la lata sobre la mesa.

—Es… es imposible que me desee, señorita — murmuro.

—¿Por qué no? ¿Acaso piensa que estoy hecha de piedra? —dice ofendida.

Le miro como ella hace conmigo. Su mirada felina denota enojo y una irrefutable convicción de que lo que me acaba de decir es la verdad.

—No me refería a eso.

—¿A qué, si no? Pongo los ojos en blanco intentando buscar cierto orden en mi interior para encontrar las palabras exactas y decirlas sin que doña Gruñona se sienta ofendida. —Usted y yo siempre nos hemos llevado mal.

—¿Y?

—Hace un rato dijo que no olvidaba fácilmente cómo lo llamé en su día —le rebato—. Se supone que debe odiarme, no desearme.

—Odiar es una palabra que no está en mi vocabulario.

Le miro asombrada. Tomo la lata de refresco y bebo un largo trago antes de volver a depositarla sobre la mesa.

—Además, estoy segura de que si hubiera sido Jake quien le hubiera dicho que la deseaba no habría reaccionado así, se habría sentido halagada y no tan afectada —me suelta irónica.

Le digo que no me lo esperaba, recalcando lo respetuoso que era su hermano.

—¿Acaso yo no lo estoy siendo con usted?

—Una dama educado no le haría semejante propuesta a una mujer decente, señorita —le digo.

—¿Por qué? —quiere saber.

—Su hermano era muy respetuoso.

—¡Deje de mencionarle de una buena vez! —me ordena alterada.

—Señorita… —empiezo a decir, abrumada.

—¿Por qué me rechaza sin fingir un mínimo de interés? —me interrumpe. Su voz grave retumba en mis oídos.

Asusta.

—¡Es mi jefa! —exclamo horrorizada.

Mi respuesta no parece sorprenderle, ni mucho menos inmutarle

—. ¿Acaso le parece poco? Impertérrita. A esta le da igual todo, me digo, pero veo que no es así porque ahora sus ojos han adquirido un matiz extraño. Se han ensombrecido inexplicablemente. ¿He sido demasiado dura con ella?

—Soy consciente de que no somos amigas, pero todo es posible —dice seria. Dudo de que eso sea así, porque no es de las que se relaciona con gente como yo. Jake, en cambio, era mucho más afable y reconozco que ya le estoy echando mucho de menos. Le guste o no a doña Perfecta.

—Además, si aceptara mi oferta, la relación jefa-empleada pasaría a un segundo término, seríamos dos personas adultas que intentan disfrutar de la compañía de la otra.

Suena genial, dice mi lado más salvaje mientras toma un Daiquiri de fresa tumbado en una hamaca a orillas de una playa exótica. Lo he mandado a hacer gárgaras.

—Y… ¿si le dijera que no deseo disfrutar de su compañía, señorita?

Alza el mentón apretando con fuerza la mandíbula porque no se lo estoy poniendo nada fácil y su paciencia tiene un límite. Lo sé, pero no voy a ser su puta.

—¿Cómo puede estar tan segura de ello si no me conoce lo suficiente? —dice con arrogancia.

¿Acaso Satanás es otra persona en la intimidad? ¡Ay, Dios mío! Ha cruzado las piernas y uno de sus brazos descansa sobre el respaldo del sofá. Le envuelve un aura extraña de misterio que me atrapa inexplicablemente. ¡Que Dios me ayude!

—Así es. No le conozco lo suficiente, pero sí le he visto cuando pierde los estribos y, créame, no es un plato de gusto, señorita.

Sus ojos brillan de un modo cautivador. Se ha puesto seria, pero acaba carraspeando.

—Usted tampoco se queda atrás, señorita Pierce —me recrimina. ¡Será insolente!—. Nadie antes me había llamado como usted lo ha hecho… —hace una pausa y yo me sonrojo—… es evidente que las dos tenemos bastante carácter, lo cual haría que las cosas fueran incluso más excitantes e interesantes entre nosotras —afirma desde esa mente privilegiada y morbosa que tiene.

—¿Qué tiene de excitante e interesante discutir?

Sonríe pícaramente como si se le acabara de cruzar una idea por la cabeza y me dice con todo el descaro que le caracteriza:

—Los polvos de reconciliación suelen ser realmente buenos, créame —dice con voz grave y seductora.

¡Madre mía! ¡Creo que acabo de correrme en las bragas, otra vez! Me ruborizo de inmediato ante su ardiente mirada; no sé cómo convencerla para que me deje en paz.

continuara.......
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Mensaje por micky morales el Dom Mar 18, 2018 8:02 am

Si sera fresca esta Santana, tampoco es que Brittany este en subasta!!!!!
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Mensaje por Isabella28 el Dom Mar 18, 2018 10:34 am

Que se cree santana que britt le dirá si altiro vamos pa tu cama, si no se conocen y se llevan como perro y gato.
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Mensaje por 3:) el Lun Mar 19, 2018 6:12 pm

Le deaconfio hasta los buenos dias a santana!!!!! Sexto sentido quizás???
Que tanto tiene el foler con el acuerdo??? Lo firma o no??
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Mensaje por JVM el Mar Mar 20, 2018 3:14 pm

jajaja San parece bipolar, cambia de humor drasticamente con Britt... y bueno haber si la morena logra convencer a la rubia de su trato
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Mensaje por monica.santander el Vie Mayo 04, 2018 8:05 pm

Aqui esperando que vuelvas!!!
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Mensaje por Tati.94 el Sáb Jun 16, 2018 12:24 pm

Martha te extrañamos!!! Donde andas? Qué te paso??!
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