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[Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 23l1 el Miér Mar 28, 2018 7:35 pm

3:) escribió:hola morra,...

ohhh a pie de guerra,... a ver como le va a britt???
jaja pobre britt iba a hacer una matanza con hanna y emy,..

nos vemos!!!




Hola lu, uff esk iban muy bn las cosas para ella, no¿? =/ JAjajajajaja esas amistades tan loquillas jajajaja. Saludos =D






Isabella28 escribió:Vamos britt tu puedes!! ve por esa morena.





Hola, si que si, una piedra en tu camino no es nada. SI! que vaya por lo suyo jajaja. Saludos =D






micky morales escribió:LLego la hora Britt, todo o nada!!!!!




Hola, siii!! sii!! y q nervios ajaajajaj, pero le saldrá todo bn jajaja. Saludos =D




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Finalizado FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Cap 33

Mensaje por 23l1 el Miér Mar 28, 2018 7:38 pm

Capitulo 33




La Última Tormenta Del Año…



Supongo que cualquier atisbo de sensatez se esfumó después de la segunda copa, porque ni en un millón de años me hubiese imaginado pasar la noche de fin de año dentro de un taxi, acompañada por Hanna y Emily, en medio del caótico tráfico para llegar a un hotel y poder decirle a Santana todo aquello que llevaba semanas callándome.

Imagino, también, que podría haber esperado al día siguiente o al otro o incluso un par de semanas, pero no, de pronto empecé a sentirme impaciente, como si necesitase dejar ese momento atrás, arriesgarlo todo, perder o ganar.

Aunque mis amigas insistieron en acompañarme, les dije que tenía que hacer aquello sola y le di a ella el ticket del guardarropa para que pudiese coger su regalo de cumpleaños.

Hanna había conseguido que mi nombre apareciese en la lista de invitados, así que cuando me bajé del taxi en un semáforo en rojo (incapaz de esperar más tiempo ahí dentro), corrí como loca por las calles de Nueva York porque empezaba a chispear y le dije al guardia de seguridad cómo me llamaba en cuanto crucé el umbral del hotel.

Asintió conforme y luego acompañé al recepcionista para dejar el abrigo antes de pasar al salón principal.

Las puertas de roble y cristal conducían a un enorme salón de suelo ajedrezado y columnas de mármol engalanadas por espumillones verdes y relucientes bolas rojas que conjuntaban con las que pendían del alto abeto navideño que se alzaba al fondo de la estancia.

Todos los invitados parecían ir vestidos con sus mejores galas y bebían champagne mientras charlaban entre ellos y reían animados.

Busqué a Santana con la mirada entre toda aquella gente y finalmente la encontré; se encontraba sola, levemente apoyada en una de las columnas, con un vaso de whisky en la mano y la otra ocupada sosteniendo su teléfono móvil. Tenía el ceño fruncido y estaba guapísima con ese vestido ceñido oscuro que abrazaba sus curvas.

Sentí un millón de mariposas aleteando en mi estómago mientras daba un paso tras otro, acercándome a ella sin dejar de mirarla.

Cuando llegué, noté que me temblaban las piernas. Tomé una bocanada de aire.

—Santana…

Ella alzó lentamente la cabeza y, cuando sus ojos encontraron los míos, sentí que se desataba entre nosotras una tormenta tan intensa como la que en aquellos momentos caía sobre la ciudad.

Su mirada se perdió en mi vestido unos segundos antes de erguirse, separando la espalda de la columna de mármol.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Y sonó brusca y cortante.

Tragué saliva.

—Yo solo… solo quería que supieses…

—¿Brittany? ¿Eres tú?

Giré la cabeza, porque esa voz…

Sam me observaba casi sin pestañear. Tenía un aspecto impecable, como siempre.

Vestía un traje gris, llevaba el cabello perfectamente peinado y las manos que sujetaban su copa cuidadas, con las uñas bien recortadas.

Sentí que dejaba de respirar.

Sam me sonrió, una de esas sonrisas maravillosas que siempre conseguían llenarme por dentro.

No reaccioné cuando se inclinó y me dio un beso cálido en la mejilla.

—Estás preciosa—susurró y luego reparó en la incómoda presencia de Santana, que parecía querer escapar de ahí cuanto antes—¿Se conocen?

—Por trabajo, un caso—se apresuró a decir Santana y evitó astutamente mi mirada, porque si lo hubiese hecho, si se hubiese molestado en buscar mis ojos, se habría dado cuenta del dolor que me causaron sus palabras—Si me disculpan, creo que buscaré algo más fuerte—dijo tras acabarse el whisky de un trago y consiguiendo que Sam sonriese divertido antes de verla marchar.

Apenas podía respirar.

Sam ladeó la cabeza.

—¿Estás bien, Brittany?

—Sí. Lo siento, tengo que irme…

Sam me sujetó del brazo antes de que pudiese escapar de ahí y su pulgar trazó un par de círculos sobre mi piel.

—Por favor, tómate una copa conmigo, por los viejos tiempos.

—No puedo, no ahora.

—Te echo de menos…

Inspiré profundamente sin apartar la vista de su mirada verde pero, en mi mente, solo veía un par de ojos acerados.

Tragué saliva e intenté mantenerme serena, comprenderlo todo, aunque, en realidad, lo tenía demasiado claro.

—¿Desde cuándo conoces a Santana?—pregunté.

Sam se encogió de hombros.

—No lo sé; medio año, quizá.

—¿Medio año?—gemí.

—Sí, ella es una de las responsables de la fusión.

—¿La fusión?—dije, sintiéndome estúpida por repetir cada una de sus palabras.

Sam se mostró comprensivo.

—Ya sabes, vamos a unir ambas compañías, entre otros activos—sacudió la mano, como si no quisiese seguir hablando de algo tan aburrido y dio un paso al frente pegándose más a mí—Quédate solo un rato. Hablemos.

Recuperé ligeramente el control.

—No es el mejor momento.

—¿Habrá otro momento?—cuestionó.

—Quizá sí, pero ahora… tengo que irme.

Y no mentía.

Tenía que salir de ahí, necesitaba hacerlo.

Sam asintió, sin mediar palabra, y se despidió de mí con otro beso en la mejilla que fue apenas un roce suave.

Atravesé el salón, ajena a las voces animadas porque tan solo faltaban unos minutos para que diese comienzo al nuevo año y casi todas las miradas estaban ya puestas en la gigantesca televisión de plasma que trasmitía en directo lo que ocurría en Times Square.

El ruido de mis tacones repiqueteando en el suelo del vestíbulo del hotel era lo único que se escuchaba aparte del murmullo amortiguado de los invitados que había dejado atrás.

Busqué con la mirada al recepcionista para pedirle mi abrigo, pero justo se había ausentado en ese momento.

—Espera, Brittany.

No frené al escuchar su voz ronca y grave. Seguí caminando y salí del hotel.

Temblé por culpa del frío que calaba hasta los huesos, pero me daba igual; me daba igual el aire gélido, la lluvia helada y los truenos que rugían en el cielo.

Me daba igual todo.

A la mierda el abrigo.

A la mierda.

Solo quería irme a casa, meterme en la cama bajo las mantas y quedarme ahí para siempre.

Pisé un charco y continué avanzando.

—¡Para, joder!—Santana me alcanzó cuando giré la esquina y se quedó delante de mí, cortándome el paso.

Respiraba agitada y estaba tan empapada como yo, con el pelo mojado, los labios húmedos y el vestido pegándose a su cuerpo como una segunda piel.

Me cogió del brazo y me empujó con delicadeza hasta meterme bajo la cornisa de un restaurante cerrado.

Cuando reaccioné, me solté con brusquedad y a ella pareció contrariarle el gesto.

—Lo siento mucho, de verdad. Lo siento.

Mi voz sonó lejana e impersonal cuando hablé.

—¿Qué sientes? ¿Sientes haber sido una idiota o solo haberme mentido durante todo este tiempo? ¿Sientes haber conseguido que me convierta en la chica más estúpida de toda la ciudad? ¿Sientes eso?

—Brittany…

—Te conozco, Santana. Sé cómo eres, sé cómo piensas y sé que siempre has sabido lo que ocurrió con Sam. Imagino que entendiste que no podías tenerlo todo; que, si Sam sabía que te estabas tirando a su ex, su relación podría verse afectada. Y lo mismo conmigo. No fuiste capaz de contarme que lo conocías, no fuese a ser que me entrometiese en tu próximo éxito y me convirtiese en una piedra molesta para ti en tu flamante camino—murmuré con ironía y rabia.

Santana se quedó callada, mirándome imperturbable.

De repente, mi voz se tornó triste y débil y odié escúchame así:

—Ni siquiera vas a intentar negarlo…

—Los negocios son los negocios—susurró.

Intenté evitarlo, pero me tembló el labio inferior.

—Nunca has sentido nada por mí, ¿verdad?

—He sentido más de lo que debería—gruñó.

—Estás mintiendo. Has mentido desde el principio—dije—¿Y sabes qué es lo peor? Que si no lo hubieses hecho habría dado igual, porque estabas deseando que encontrase a alguien, que alguna de esas citas saliese bien, para tener una excusa a la que aferrarte y un buen motivo para alejarte de mí. Tienes tanto miedo que eres incapaz de luchar por lo que quieres.

—No hay nada por lo que luchar.

—¿Cómo puedes decir eso?—alcé la voz, perdiendo el poco control que me quedaba; la lluvia repiqueteaba frenéticamente sobre la acera y estaba helada y calada hasta los huesos, pero nada de eso importaba, no cuando la tenía frente a mí tan entera, tan impasible mientras yo me derrumbaba por dentro—¡Me sinceré conmigo misma, dejé de salir con una persona que no me llenaba y también mi trabajo! ¡Y he venido hasta aquí para decirte que estoy enamorada de ti! ¿Y tú me dices que no hay nada por lo que luchar? ¡Eres una cobarde, Santana! ¡Una puta cobarde!

—¿Qué has hecho qué?—me miró consternada, como si no pudiese creerse mis palabras, y cuando fue a pasarse una mano por el pelo se dio cuenta de que estaba empapado y la dejó caer.

Abrió la boca, pero de sus labios no salió ningún sonido.

—Olvídalo, no es necesario que te esfuerces en decir nada, porque, ¿sabes?, ¡lo que he dejado atrás ni siquiera me importa!—grité en medio de la calle, ignorando las miradas curiosas de algunos transeúntes que se escondían bajo sus paraguas—Todo era insustancial, prescindible y carecía de sentido, pero eso es algo que tú jamás llegarás a comprender.

Su rostro se descompuso en una mueca indescifrable y su mirada abandonó cualquier atisbo de frialdad y se llenó de miedo y de dolor:

—¿Y quieres saber por qué? Porque estás demasiado ocupada intentando contentar a tu papá, a alguien que es incapaz de quererte por lo que eres. ¿Valía la pena traicionar a la única persona que ha sabido verte de verdad? Sí, sé que para ti sí. He sido una idiota, he caído contigo, pero superaré esto. He aprendido en el camino. Pero tú… tú te quedarás con tu éxito y también con todos tus temores y vacíos, con la mujer que en realidad nunca has querido ser—y entonces noté que estaba llorando.

Las lágrimas se escurrían silenciosas por mis mejillas y se entremezclaban con las gotas de lluvia.

—Joder, ¿estás llorando?

—No, no lloro—mentí.

Ella dio un paso al frente y alzó una mano hacia mi rostro, como si quisiese tocar alguna de esas lágrimas con la yema de los dos, pero evité el contacto apartándome.

Nuestras miradas se enredaron unos segundos y verla ahí, bajo la lluvia, tan perdida y tan desconcertada, fue quizá lo que más me dolió; por ella y por mí, por las dos.

No soportaba seguir observando esos ojos llenos de duda y confusión, así que me giré, temblando, y crucé la calle corriendo dirigiéndome a la fila de taxis que esperaban estacionados al otro lado.

Creo que la escuché gritar mi nombre mientras abría la puerta y me deslizaba en el asiento de atrás. Le pedí al taxista que arrancase antes de ser capaz de darle una dirección.

El vehículo tomó una curva a la derecha en la siguiente calle y yo fui consciente de que volvía a estar sola, muy sola, pero en esa ocasión era diferente, porque me tenía a mí misma; tenía claro lo que quería, lo que buscaba y lo que merecía.

—¿Necesita un pañuelo señorita?—preguntó el hombre tras abrir la guantera.

—Sí, por favor…

Acepté el pañuelo y me limpié la cara, quitándome el escaso maquillaje que quedaba.

Fijé la mirada en la ventanilla del coche y noté nuevas lágrimas derramándose.

Me resultó liberador, necesario, como si arrastrasen consigo emociones y momentos, ilusiones truncadas y recuerdos.

—¿Adónde desea que la lleve?

Miré el reloj del móvil antes de apagarlo; hacía doce minutos que había empezado el nuevo año.

Y pensé que solo había un sitio en el que quisiese estar aquella noche, el único lugar en el que me sentiría segura…






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Hola, como se dieron cuenta si cambio el nombre del foro xD pero no pasa nada, solo es el nombre SIGAN! publicando, leyendo y comentando. Solo cambien "gleeklatino.com" por "gleelatino.forosactivos.net"

Pero, como les digo SIGAN! comentando, publicando y leyendo! Saludos =D

Pd: Se sacan las historias del foro y las publican en otras partes. Por MI parte y MIS adaptaciones, cópienlas si quieren, pero al menos NOMBREN AL FORO! Minino en agradecimiento a las personas del foro. SI NO NOMBRAN AL FORO, AL MENOS, VOY A ELIMINAR MIS ADAPTACIONES!



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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 3:) el Miér Mar 28, 2018 9:11 pm

hola morra,...

san si que sabe como cagarla pero en grande!!
bueno que se quede con lo que siempre quiso no??? a ver si le alcanza!!!

nos vemos!!!
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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por Isabella28 el Miér Mar 28, 2018 11:13 pm

Santana...anda a laar!!
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Mensaje por micky morales el Jue Mar 29, 2018 7:24 am

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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 23l1 el Jue Mar 29, 2018 7:29 pm

3:) escribió:hola morra,...

san si que sabe como cagarla pero en grande!!
bueno que se quede con lo que siempre quiso no??? a ver si le alcanza!!!

nos vemos!!!




Hola lu, ¬¬ esk esa morena no tiene solución la vrdd :@ Si, se lo merece...ojala britt se olvide de ella ¬¬ Crees q luche por la rubia¿? Saludos =D





Isabella28 escribió:Santana...anda a laar!!





Hola, jajajaaj eso mismo ¬¬ se lo merece. Tonta, tonta :@ Saludos =D






micky morales escribió:




Hola, si esas caritas suele causar santana la vrdd :@ Saludos =D



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Finalizado FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Cap 34

Mensaje por 23l1 el Jue Mar 29, 2018 7:31 pm

Capitulo 34




Reuniendo Los Pedazos…



Dejé que mi mamá me arropase en mi antigua habitación.

Todo estaba tal y como lo había dejado al marcharme a la universidad; las muñecas colocadas en la estantería superior, justo encima de los libros ordenados por colores al lado de un viejo radiocasete que solía tener encendido a todas horas durante mi etapa adolescente.

Mi mamá no había hecho preguntas al verme aparecer de madrugada con la cara surcada de lágrimas y el corazón hecho trizas, tan solo me había abrazado con sus trémulas manos antes de conducirme a la habitación y dejarme a solas para ir a preparar una infusión caliente.

«Y ahí me sentía en casa», pensé mientras me desnudaba, quitándome el vestido rojo sin dejar de llorar.

Porque, para mi sorpresa, no podía dejar de hacerlo. Ni siquiera paré cuando me puse el pijama y me escondí bajo las mantas.

Era como una presa que se desborda y sale sin control.

—Tranquila, mañana será otro día—mi mamá me acarició la cabeza tras dejar en la mesita de noche la infusión—Sé que ahora no quieres oírlo, pero te aseguro que todo pasa. Todo. El dolor termina calmándose.

Me incorporé, le di un trago a la bebida que me calentó la garganta y volví a hacerme un ovillo.

Mi mamá salió de la habitación con pasos inseguros, quizá porque no estaba acostumbrada a tener que consolarme, a verme caer así…



Apenas pude dormir.

No dejaba de recordar las pocas palabras que Santana había dicho, ese «he sentido más de lo que debería» que sonaba tan lejana acompañada por su mirada fría y desprovista de emociones.

La tensión en sus hombros.

La lluvia resbalando por su rostro.

El miedo.

Las dudas.

El sonido de la tormenta.

Abrí los ojos despacio, con los párpados hinchados. Mi mamá acababa de apartar la cortina blanca que cubría la ventana y la luz se colaba en la habitación.

Me incorporé poco a poco, aún agotada y un poco aturdida.

—Cariño, no quería molestarte, pero tienes visita—dijo mientras se frotaba las manos con nerviosismo—Te está esperando en el salón.

Sentí que se me secaba la boca.

Me levanté de un salto tras apartar el edredón rosa y di dos pasos hasta asomarme a la puerta.

Sam estaba ahí, sentado en el sofá dándonos la espalda, erguido y con un impecable suéter azul marino.

Volví a meterme en la habitación, abrí el armario y cogí unos vaqueros viejos y la primera camiseta que encontré. Al ver el despertador de la mesilla, descubrí que era casi la hora de comer.

—Ha llamado y no sabía qué hacer…

—No te preocupes, mamá.

—¿Le pregunto si quiere té?

—No es necesario, ya me encargo yo.

Me escabullí hasta el baño, me limpié la cara con agua fría y me vestí intentando ignorar que tenía un aspecto terrible.

Decir que parecía que una estampida de ñus me hubiese pasado por encima hubiese sido demasiado halagador.

Cuando salí al salón, rodeé el sofá y saludé a Sam. Él alzó la mirada hacia mí con gesto serio y se puso en pie; tal como había hecho la noche anterior, me dio un beso en la mejilla.

—¿Qué estás haciendo aquí?—pregunté.

—Anoche…—se frotó la nuca con gesto pensativo—Estaba preocupado por ti.

—Estoy bien, mejor que bien.

—Bueno nadie lo diría…

Lo fulminé con la mirada y él alzó las manos en alto y me mostró una de sus inocentes sonrisas.

Recordé que mi mamá estaba en casa y casi con total probabilidad escucharía la conversación, así que le propuse salir y dar una vuelta. Cogí un anorak que me venía un poco pequeño y las llaves antes de que ambos nos encaminásemos por el sendero de la entrada hasta pasar la valla que delimitaba el pequeño jardín.

Era el primer día del año y lo estaba pasando con mi ex prometido, paseando por una urbanización desierta mientras el frío nos abrazaba.

—Te vi salir anoche…—comenzó a decir.

—Ya, te dije que tenía que irme.

—Claro, en medio de la tormenta, con Santana siguiéndote mientras el resto del mundo celebraba la llegada de un nuevo año. Lo normal.

—¿Qué quieres, Sam?

Paró de caminar en medio de la calle y, ante mi mirada desconcertada, se subió el suéter dejando a la vista un moratón en el costado. Alzó una ceja con gesto divertido y me estremecí, porque odié esa confianza y familiaridad que, pese a todo, aún existía entre nosotros.

—Lo que quiero saber es qué razón pudo tener Santana para pagar su cabreo conmigo cuando salí a la calle a buscarte.

—Joder, ¿Santana te hizo eso?

—No te preocupes. Después me dejó que le diese un pequeño empujón, ni siquiera intentó apartarse.

—¡Le pegaste a una mujer!

—Solo le di un empujón para alejarla. Y como dije, ella ni siquiera intentó apartarse.

«Y ahí estaban las dos únicas personas de las que me había enamorado en toda mi vida, uniéndose en un ejercicio de madurez y sensatez, sí».

—¿Qué narices les pasa?

—A mí no me mires.

—Da igual. No es asunto tuyo.

—Lo es si se trata de ti. Y también si tiene que ver con mi trabajo, porque la muy idiota, pero linda he de decir, ha mandado en un minuto a la mierda todo lo que habíamos tardado meses en conseguir—gruñó—¿Qué ocurre entre ustedes?

Nos miramos en silencio.

Y no sé por qué, no sé si fue por nostalgia o por desesperación, pero terminé contándole lo que había pasado.

O parte de ello.

Había detalles, momentos o gestos que era incapaz de compartir, porque quería pensar que seguían siendo solo nuestros.



Ahí, sentados los dos en el bordillo de la acera de una solitaria calle, dejé entrar a Sam de nuevo en mi vida, al menos temporalmente.

Él me escuchó atentamente y se mostró comprensivo cuando me fallaba la voz. Fue como siempre había sido todo entre nosotros, fácil y cómodo, pero sin profundizar demasiado.

—Así que, en resumen, debería haberle dado un empujón más fuerte—bromeó, aunque solo logró aumentar mi mal humor.

—Claro, porque tú eres el más indicado para decir algo así y juzgar a los demás.

—Touché. Entonces, ¿qué piensas hacer?

Me encogí de hombros.

—Nada. Me he equivocado, cometí un error al pensar que ella podría sentir lo mismo por mí. No puedo culpar a Santana por no corresponderme, sí por mentirme, pero no por lo demás.

Sam me miró compasivo.

A pesar de estar sentado en el suelo, seguía teniendo buen aspecto. Llevaba el cabello bien peinado hacia un lado y tenía pinta de ser el perfecto novio que aparece en las películas románticas, con sus ojos verdes y afables y esa expresión tan correcta, tan comedida.

—¿Puedo hacer algo por ti? Lo que sea. Supongo que ahora buscarás trabajo, podría hablar con mi jefe si te interesa—comenzó a decir, pero negué rápidamente con la cabeza.

Una cosa era que pudiese hablar con él como algo esporádico, en un momento de debilidad, y otra muy diferente la idea de imaginarme trabajando con Sam mano a mano.

Además, quería darme un tiempo antes de tomar decisiones importantes, tener claro lo que deseaba hacer.

— Dime qué necesitas.

Y supe que en realidad Sam necesitaba más ayudarme que yo su ayuda.

Vi la culpa y la desesperación por apaciguar ese sentimiento de algún modo. Le sonreí con tristeza.

—Quizá sí te pida algo.




Media hora después, los dos estábamos en su coche; sonaba una canción de los ochenta de fondo y el silencio no era tan incómodo como habría esperado.

Me limité a escucharlo hablar de su vida durante el último año y medio, anécdotas y tonterías varias que me entretuvieron y me sirvieron para dejar de pensar en Santana durante un rato, hasta que volví a clavar la mirada en el cristal y en el cielo encapotado.

Fue raro verlo subir a mi departamento, pero no me paré a pensarlo demasiado porque, en cuanto entré, me apresuré a darle una lata de comida húmeda a Lord Tubbington y luego me dirigí a mi habitación y comencé a sacar ropa de invierno.

Sam me ayudó a bajar las dos maletas que estaban encima del armario y colaboró en cada tarea que le pedí, como recoger las cosas de aseo que tenía desperdigadas por el baño en un neceser o sacar de la nevera aquellos alimentos que se harían malos en un par de días.

Mientras tanto, terminé de guardar la ropa, metí al gato en el trasportín, y luego encendí el teléfono para llamar a Hanna y a Marley y contarles mis planes, porque no quería que se preocupasen por mí.

Las dos estuvieron de acuerdo con mi decisión.

No tenía ninguna llamada perdida de Santana.

«¿Qué esperaba?».

Cuando Sam apareció en la habitación para cargar con las maletas y me preguntó si estaba bien por séptima u octava vez consecutiva, le contesté que sí, que estaba perfectamente, a pesar de que volvieron a entrarme ganas de llorar.

Antes de salir del departamento, su mirada se fijó en un punto concreto de la entrada.

—¿Dónde está la estatua griega?

—Eh, bueno… la tiré a la basura—admití.

—¿Pero cómo se te ocurre?

—La elegiste tú, no me gustaba.

Sam se pasó el trayecto en el ascensor refunfuñando por lo bajo, algo que solo me causó una extraña satisfacción.

El camino de regreso fue similar al de la ida, pero con más silencios.

Paramos a mitad para picar algo en una estación de servicios y luego retomamos el viaje hasta regresar a la urbanización.

Sam estacionó el coche enfrente de la casa de mi mamá y suspiró hondo con las manos aún en el volante.

—Gracias por esto—dije.

—No tienes que dármelas—contestó y, antes de que pudiese abrir la puerta y bajar, me sujetó del brazo y me miró serio—Siento lo que te hice. Lo siento muchísimo. Fui un gilipollas egoísta y, si pudiese volver atrás, te juro que las cosas ahora serían muy distintas. Tú siempre has sido la única mujer con la que podía imaginar un futuro.

Tragué saliva, sin saber qué decir. Por suerte, el gato, que estaba harto de estar metido en el trasportín, comenzó a maullar.

Miré a Sam.

—Tengo que irme…

—Claro—asintió con la cabeza—Llámame si necesitas cualquier otra cosa.

—Lo tendré en cuenta.

Me quedé unos segundos en medio de la calzada viendo desaparecer el coche de Sam a lo lejos y luego entré en casa.

Olía a tarta de manzanas y sonreí al ver a mi mamá agachada frente al horno supervisando la cocción. Le di un beso en la mejilla antes de dirigirme al salón y permitir que el gato saliese.

Lord Tubbington lo observó todo con atención y no tardó mucho en terminar acomodándose encima de la butaca más cercana a la calefacción. Y en ese momento mi móvil vibró.


De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: (sin asunto)
Soy una capullo, pero nunca quise hacerte daño…
Y no sé qué puedo hacer. Ni siquiera sé qué decir.
Santana López.



Contuve el aliento antes de eliminarlo.

Y entonces llegó otro mensaje:


De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: (sin asunto)
¿Quieres saber qué estaba mirando en el móvil justo antes de que aparecieses anoche? Tus mensajes. Nuestros mensajes. Estaba leyéndolos y pensando en lo jodidamente feliz que algún día harías a esa persona que tuviese la suerte de cruzarse contigo. Pensaba que estabas bien con ella. Con Casey. Busqué su nombre en tu ordenador mientras te duchabas el otro día y luego la investigué y, por lo que vi, parecía una buena mujer. Imaginé que estarías pasando la noche con ella, celebrando el año nuevo y… no sé, ni siquiera sé cómo me hacía sentir eso. Y entonces apareciste ahí, delante de mí…
Santana López.



Parpadeé, conteniendo un nuevo torrente de lágrimas, pero esa vez no borré el mensaje, tan solo apagué el teléfono y regresé con mi mamá a la cocina.

Me puse la manopla y me encargué de sacar el pastel del horno.





Cuando quise darme cuenta, había pasado una semana.

Los días se esfumaban entre paseos tranquilos por los alrededores, películas y limpieza.

Juntas habíamos dejado (aún más) reluciente la cocina y el suelo de la casa, limpiando con mimo y dedicación cada una de las juntas y sacándole brillo a la madera antes de barnizar las puertas y las ventanas.

Necesitaba estar concentrada en algo.

También nos ocupamos del pequeño jardín, quitando las malas hierbas y dejando preparados los parterres de flores para la próxima primavera.

Dormía más que nunca, cocinaba en los ratos libres y disfrutaba de tener todo el tiempo del mundo para mí misma.

Además, mi mamá estaba encantada con Lord Tubbington, porque siempre tenía pelos de los que ocuparse y el gato parecía feliz al no estar en la ciudad y poder salir al jardín para disfrutar del aire fresco.

En poco tiempo, ambos habían desarrollado un fuerte lazo de unión que era el causante de que, por las noches, mientras estábamos en el salón, ella se dedicase a acariciarlo con gesto ausente sobre su regazo con la vista fija en la televisión.

Yo solía sentarme en el sofá de al lado, junto a la lamparita de noche, y leía alguna de las viejas novelas románticas que llevaban años cogiendo polvo en mi habitación y que tanto le gustaban a Marley.

Puede que, dada mi situación, no fuese la decisión más sensata, pero lo cierto era que me entretenían lo suficiente como para conseguir evadirme un rato.

O eso fue lo que le dije cuando me llamó al teléfono fijo, que era el número que les había dado a ambas.

Era como volver a tener dieciséis años y estar en casa, sentirme protegida y sin ninguna responsabilidad sobre mis hombros algo que, por desgracia y como bien comprobé días después al encender el móvil, tan solo era una efímera ilusión.

Se habían cobrado varias facturas de una cuenta bancaria en la que ya no recibía ingresos al final de cada mes, Sugar Motta me había escrito varios mensajes amenazantes por haber dejado de ser su abogada, exigiéndome que volviese a mi trabajo (los ignoré todos) y sí, como me temía, en la bandeja de entrada tenía varios emails de Santana.

Tomé una bocanada de aire y los abrí.


De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: (sin asunto)
No dejo de pensar en ti. En todo lo que dijiste.
¿Sabes esa sensación de estar perdida, de no encontrarte en ningún lugar…? Bueno así es como me siento, como me he sentido siempre. Si echo la vista atrás, nada ha cambiado desde aquel día que puse un pie en la casa de mi papá y conocí a su mujer y a mis tres hermanos. Fue como si me dejasen caer en un mundo en el que nunca encajé. Y daba igual cuánto me esforzase, lo mucho que intentase ser mejor…
Santana López.



Lo volví a leer, intentando entender.

Pero no le encontraba el sentido, ni a ese ni al anterior mensaje.

No entendía qué relación tenía todo aquello con nosotras, con el hecho de que Santana no sintiese lo mismo por mí.

Me tumbé en la cama de mi habitación y, con dedos temblorosos, sostuve el móvil y seguí leyendo.


De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: (sin asunto)
Tenías razón. Sabía lo de Sam, pero no cuando te conocí. Lo supe después de la primera noche que pasamos juntas y entonces ya era tarde para renunciar a ti.
Habíamos quedado para comer y después me invitó a su departamento para darme unas cosas de trabajo. Entonces te vi. Creo que era la fotografía de la boda de su hermano y tú estabas ahí, a su lado, sonriente y preciosa y te juro que me dieron ganas de matarlo por ser tan idiota de haberte dejado escapar.
Y ahora mírame.
Santana López.



De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: (sin asunto)
Hace una semana que no sé nada de ti y te siento tan lejos que parece que llevemos años sin vernos. Y joder, no dejo de arrepentirme por no haber sabido hacer las cosas de otra manera, de alguna que no implicase hacerte daño por el camino…
Santana López.



De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: Pensando…
He estado pensando mucho. Pensando en esos miedos que empiezan siendo pequeños, pero terminan creciendo y envolviéndote. Pensando en todo lo bueno que no me atrevo a tocar por miedo a romperlo. Pensando en si el valor real de las cosas es algo que decidimos cada una o sobre lo que nos condicionan. Y pensando en ti, a todas horas; pensando en lo mucho que me gustaste la primera vez que te vi con tu ceño fruncido. Parecías atrapada en tu propia piel. Necesitaba conocerte. Y luego necesité enfadarte cada día solo para ver cómo dejabas de arrugar la frente y de contenerte.
Santana López.



De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: Momentos.
¿Nunca has tenido esa sensación de estar viviendo uno de esos momentos tan perfectos que te dices que tienes que memorizarlo para guardártelo en el recuerdo?
Bueno yo lo sentí contigo. Y ese fue el día que supe que estaba perdida. A veces tenía esos instantes con Beth o con Rachel, con mi familia. Pero la última vez que me ocurrió eso con otra persona… capturé el momento de verdad. Lo capturé en una fotografía que no pude borrar de mi cabeza en mucho tiempo. Y contigo lo hice en mi mente. Aquella mañana, cuando desperté y te vi dormida a mi lado, tan relajada, tan preciosa… No pude evitarlo, supe que era uno de esos instantes que marcan un antes y un después aunque ni siquiera sepas por qué. Y te miré. Te miré durante una eternidad hasta memorizar cada gesto, cada detalle. Hasta capturarte en mi cabeza.
Santana López.



Ahogué un gemido antes de apagar el teléfono otra vez, incapaz de seguir leyendo los otros dos mensajes que quedaban.

Mi mamá, que llevaba puesto un delantal rosa, se asomó por la puerta.

—Te llaman por teléfono. Es Marley.

Asentí y me dirigí hacia el salón confundida y enfadada conmigo misma por dejar que sus palabras me afectasen así.

Cogí el teléfono fijo y me senté en el sillón con la mirada clavada en el ventanal. El cristal estaba tan limpio que parecía que la ventana estuviese abierta.

—¿Cómo estás?

—Bien, mejor.

—A veces mientes peor que Hanna.


Me reí, muy a mi pesar, y suspiré.

—Lo estaré—respondí decidida.

—Así me gusta—dijo—Y hablando de cosas que me gustan, he estado pensando que quizá podría cogerme unos cuantos días libres.

—Qué bien. Vacaciones adelantadas.

—¡Sí!
—gritó emocionada—¿Y sabes quién más tiene vacaciones? ¡Tú! Bueno, vale, no son «vacaciones, vacaciones», pero ignoremos ese detalle. ¿Por qué no te vienes aquí unos días y los pasamos juntas como en los viejos tiempos? Anda, no hagas que me ponga a rogar, será divertido y creo que te vendrá bien.

—Vale. Hecho.


Marley gritó emocionada y parloteó sola durante un buen rato asegurando que esperaba tener que convencerme con tretas y amenazas y que no podía creer que hubiese sido tan fácil.

Claro que ella no sabía que de pronto me sentía atrapada por las palabras de Santana, más cerca de ella, más lejos de olvidarle, pero también decidida a seguir hacia delante y no mirar atrás.




Así que, dos días después, hice de nuevo las maletas y solo cuando estuve en el aeropuerto me permití abrir de nuevo la bandeja de entrada.


De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: No podía.
He estado muy jodida, Brittany. Aún lo estoy. Y no esperaba que ocurriese esto contigo. No esperaba que llegases y tirases por tierra los últimos años de mi vida.
Porque contigo llegó todo lo bueno otra vez, sentir que compartía algo con otra persona, la paz al estar juntas, esa sensación de no tener nunca suficiente, de anhelar que me conocieses aunque no te dejase hacerlo, de querer verte y tocarte a todas horas. La adicción. Con todo lo malo que arrastra también; los recuerdos, lo que quedó atrás, muchas emociones que creía que eran demasiado parecidas…
Pero me equivoqué, porque tú jamás podrías parecerte a ella.
Santana López.



De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: Debilidades.
Es cierto, tengo miedo. Tengo tanto miedo que no sé si seguir escribiéndote. Me da miedo que, cuando me conozcas, no te guste lo que encuentres. Me da miedo pensar siquiera si estarás leyendo estos mensajes o si los envías a la papelera antes de abrirlos y, todavía peor, me da miedo admitir que ya no sé si los escribo para ti o para mí. Quizá para las dos.
Santana López.



Y con esas últimas palabras de Santana acompañándome, subí en el siguiente avión en dirección hacia Los Ángeles.






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Hola, como se dieron cuenta si cambio el nombre del foro xD pero no pasa nada, solo es el nombre SIGAN! publicando, leyendo y comentando. Solo cambien "gleeklatino.com" por "gleelatino.forosactivos.net"

Pero, como les digo SIGAN! comentando, publicando y leyendo! Saludos =D

Pd: Se sacan las historias del foro y las publican en otras partes. Por MI parte y MIS adaptaciones, cópienlas si quieren, pero al menos NOMBREN AL FORO! Minino en agradecimiento a las personas del foro. SI NO NOMBRAN AL FORO, AL MENOS, VOY A ELIMINAR MIS ADAPTACIONES!


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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 3:) el Jue Mar 29, 2018 10:45 pm

hola morra,..

llego la hora de la verdad,.. a todo o nada???
a ver que llega a hacer san cuando la vea???

nos vemos!!!
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Mensaje por micky morales el Vie Mar 30, 2018 7:35 am

Supongo que le toca a San tomar un avion e ir por Britt y lo que tenga que decir sea de frente!!!!!
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Mensaje por 23l1 el Vie Mar 30, 2018 7:34 pm

3:) escribió:hola morra,..

llego la hora de la verdad,.. a todo o nada???
a ver que llega a hacer san cuando la vea???

nos vemos!!!



Hola lu, si que si! ya era tiempo xD Espero y sea a todo por parte de la morena. De todo ajajajaj. Saludos =D






micky morales escribió:Supongo que le toca a San tomar un avion e ir por Britt y lo que tenga que decir sea de frente!!!!!




Hola, espero y pase eso o algo x el estilo, xq si, ya le toda a san la vrdd ¬¬ Saludos =D



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Finalizado FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Cap 35

Mensaje por 23l1 el Vie Mar 30, 2018 7:36 pm

Capitulo 35




Conociendo a Santana…



Siempre he pensado que el mar tiene algo reparador.

No sé si por el sonido de las olas, que calma el alma, o por ese olor a salitre que se te pega en la piel y se queda contigo, pero las tardes paseando por la orilla de la playa junto a Marley fueron terapia.

Daba igual que hiciese viento o lloviese, nos poníamos los chubasqueros, nos quitábamos los zapatos y caminábamos descalzas por la arena húmeda, a veces hablando de todo, otras tan solo en silencio, cada una pensando en sus cosas.

Al anochecer, cuando volvíamos de nuestro habitual paseo, Kitty solía estar ya metido en la cocina, sonriente y optimista como de costumbre, preparando alguna cena deliciosa sobre la que después nos deshacíamos en halagos chupándonos los dedos.

Los días que pasé ahí fueron muy tranquilos y cuando Marley se incorporó al trabajo, aprendí a estar conmigo misma.

Por las mañanas salía temprano, caminaba por el paseo y me acercaba a alguna cafetería en la que refugiarme del frío húmedo de la costa.

Mientras desayunaba, solía leer el periódico.

Algunos días llamaba a mi mamá y la escuchaba hablar entusiasmada de Lord Tubbington y de lo mucho que disfrutaba revolcándose en el jardín, a pesar de que luego le dejase la casa hecha una ciénaga (puede que lo de «ciénaga» sonase exagerado, pero no cuando se trataba de ella).

A veces también hablaba con Hanna; las cosas con Emily no podrían ir mejor (exceptuando que las habían vetado en un cine por, según ella, «hacer manitas», aunque, conociendo a su novia, parecía más realista imaginarlas a ambas dándolo todo en el suelo lleno de palomitas).

El resto del día merodeaba por los alrededores, visitaba mercadillos artesanales y compraba cosas que no necesitaba, como bonitos anillos con relucientes gemas azules o pulseritas varias.

Cuando regresaba a la hora de comer, Marley solía estar en casa y, juntas, las tardes se deshacían entre películas, paseos por la playa o ratos en los que no hacíamos nada útil, como leer el horóscopo o calificar del uno al diez los culos de nuestros actores favoritos.

No volví a saber nada de Santana.

Cuando regresé a Nueva York, lo hice con tristeza, porque habían sido unos días bonitos, tranquilos. Y porque, además, aunque sabía que en algún momento debía retomar el control, aún no tenía ni idea de qué era lo que quería hacer.

Febrero llegó en silencio tras las largas nevadas del invierno.

Pasé las primeras semanas en Nueva York metiendo en cajas de cartón todas aquellas cosas que no deseaba seguir teniendo en mi vida.

Adornos. Recuerdos. Lámparas retorcidas y demasiado minimalistas.

Utensilios de cocina que en el fondo sabía que jamás usaría y que solo ocupaban espacio en los cajones.

Cuadros. Ropa que siempre guardaba «por si acaso», pero que en realidad no pensaba volver a ponerme.

Un día llamé a Sam, me tomé un café con él y luego le pedí que le echase un vistazo a las cajas que había ido amontonando por si quería rescatar algo.

Fue entonces, mientras él rebuscaba entre los viejos recuerdos, cuando me contó que Santana había dejado su trabajo a principios de enero. Fingí no inmutarme, aunque por dentro las preguntas se agolpaban una detrás de otra.

Tras varios viajes, Sam terminó llevándose el mueble del comedor ante mi insistencia.

—¿Y dónde pondrás la televisión?

—En el suelo—contesté.

—Estás loca.

—Solo es temporal.

Sam negó con la cabeza antes de llamar a una empresa de transporte.

Cuando finalmente se marchó, el departamento estaba casi vacío, pero todo lo que había ahí dentro lo sentía mío y solo mío.

«O casi todo», pensé tras meterme en la cama al caer la noche y ver la bola de cristal que descansaba sobre la mesilla. La cogí, suspirando, y la hice girar dejando que los copos se deslizasen sobre Bryant Park.

Recordé aquel día.

El brillo de la pista de hielo y el olor a calabaza, nuestras manos rozándose al caminar entre las casitas de vidrio, la cita en aquel restaurante italiano…

Como si hubiese adivinado que esa noche me quedé dormida contemplando la bola de cristal que me regaló, a la mañana siguiente encontré un nuevo mensaje de Santana en la bandeja de entrada:


Para: Brittany Pierce.
De: Santana López.
Asunto: Ella. El comienzo.
Creo que debería empezar por el principio.
La conocí una noche de primavera. Había salido con unos compañeros de la universidad a celebrar el cumpleaños de uno de ellos y terminamos en un bar de copas. Ella estaba sentada en la mesa de al lado con un par de amigas y, cuando la vi, no sé, fue como si se parase el mundo. No podía apartar los ojos de ella. Era preciosa, pero no una de esas chicas guapas de piernas largas, no. Ella tenía algo especial, era una de esas pocas personas que consiguen no solo llamar tu atención, sino mantenerla, engancharte. Daba igual lo que dijese, si salía de sus labios todo parecía interesante. Tenía una sonrisa contagiosa y una mirada inteligente y astuta que, por primera vez, me hizo sentirme real ante los ojos de otra persona.
Al verla, supe que tenía que conocerla.
Y fue el peor error de mi vida.
Esa noche, dos horas después, cuando el local estaba ya casi vacío, terminé follando con ella en los baños de aquel sitio. No sé qué me pasó, pero sentí que conectábamos de algún modo. Me había tirado a muchas chicas durante los primeros años de universidad y me gustaba la libertad, no tener compromisos, pero, de pronto, con ella deseé algo diferente. Volver a verla, volver a tenerla entre mis brazos.
Cuando le pedí su número de teléfono, sacó un bolígrafo de su bolso, cogió mi mano y me lo escribió en la piel. Luego sonrió, una de sus sonrisas afiladas que parecían esconder secretos oscuros, y salió de ahí sin molestarse en decirme adiós.
Lo cierto es que a día de hoy aún no sé por qué me enamoré de ella como una idiota, no sé si fue porque era la primera tía que no parecía desearme más de lo que yo la deseaba a ella, o si tuvo que ver su actitud despreocupada y ese aire bohemio que me hacía querer siempre más y más. Pero ella era nicotina. Era noches eternas en la habitación de su residencia perdiéndonos la una en la otra, hablando en susurros, deseando meterme bajo su piel solo para poder saber qué estaba pensando en cada instante, qué pasaba por su cabeza cuando apoyaba un codo sobre la cama y me miraba fijamente, fumándose un cigarrillo, desnuda y tan suya como siempre; el tipo de chica que en vez de intentar cubrirse con la sábana después de follar, prefería apartarla y dejarse ver con el cuerpo brillante de sudor.
¿Qué puedo decir? Me tenía en la palma de su mano. Bastaba que dijese «ven» para que fuese y se lo diese todo. Fue la primera persona con la que me abrí de verdad; porque nunca es lo mismo hacerlo con alguien que te acompaña en el camino desde siempre y te observa y te entiende mejor de lo que tú misma lo haces, que cuando decides dejarte ver por esa chica que dos meses atrás era una extraña más. Como te estarás imaginando, confié en ella ciegamente. Le hablé de mi familia, de mi vida, de mis miedos y mis sueños. No me guardé nada. Y en ese momento no era consciente de que ella sí se lo estaba guardaba todo; de que, en el fondo, solo quería de mí el
placer, el caos, la parte mala, la diversión y las noches juntas.
Tiempo después, me enseñó una lección que me ha marcado hasta día de hoy: la persona que más ames, también será la que más pueda hacerte sufrir, aquella con el poder de joderte el corazón. Así que asegúrate de querer a una buena persona o, mejor aún y más práctico, de no querer a nadie.
Santana López.



Aquel día releí varias veces el mensaje, intentando leer entre líneas.

Si quería que entendiese por qué no podía arriesgarse a dejar que nadie entrase en su vida después de aquel desengaño de su juventud, llegaba tarde, porque hacía semanas que lo había aceptado.

Sabía que en ocasiones hay cosas que marcan demasiado, te atan y te impiden seguir hacia delante.

Pero, a esas alturas y a pesar de sus errores, ni siquiera podía seguir fingiendo estar enfadada con ella.

De algún modo retorcido, habían sido las manos de Santana las que rompiesen el capullo de seda dentro del que llevaba años viviendo, instándome a salir, a buscar mi propia felicidad y a extender las alas.

Lo más probable era que ni siquiera ella lo supiese o no fuese algo premeditado, pero le estaba agradecida por ello porque, más que nunca, me sentía cómoda en mi propia piel.

Cansada de pensar en ella, de sentir que seguía echándole de menos, salí a la calle a media mañana y me tomé un café y una porción de pastel en Molly’s Cupcakes, que era mi pastelería favorita del barrio.

Y al terminar, cuando iba caminando de nuevo hacia casa, pasé frente a un quiosco y lo vi.

O mejor dicho: los vi.

Cogí la revista.

Sugar Motta y Artie Abrams protagonizaban la portada y ambos salían abrazados y sonrientes mirando a la cámara; ella vestía un top verde chillón a juego con una falda de vuelo y él iba de negro.

Bajo la imagen que anunciaba que ambos habían retomado su escandalosa relación, estaba el impactante titular: «Hay mucha gente que no entiende lo nuestro, que piensa que estamos chiflados, pero, ¿qué es el amor sin un poco de locura? Nos queremos y, aunque los dos hemos cometido errores, estamos ilusionados por volver a intentarlo».

Todavía atónita, pagué el precio de la revista y me la llevé a casa. La dejé encima del sofá para ir a por un vaso de agua mientras me preguntaba cómo estaría Sue, pero todo aquello desapareció de un plumazo de mi cabeza cuando escuché el pitido de otro mensaje y vi el nombre de Santana en la pantalla.

Tragué saliva, nerviosa, y leí:


Para: Brittany Pierce.
De: Santana López.
Asunto: Ella. El infierno.
No sé si entendiste lo que intentaba decirte en el anterior correo, no sé siquiera si estás leyendo esto o si los ignoras, solo sé que debería haber acabado con todo hace años, desde el principio… Un principio que ahora parece lejano, pero que para mí fue eterno. El infierno que empezó cuando Quinn llamó a la puerta de mi habitación del piso que compartíamos para presentarme a la chica con la que llevaba saliendo desde hacía semanas. La misma chica para la que había preparado una cena especial en la azotea, bajo el cielo de principios de verano.
La vi ahí, en el dintel de la puerta, mirándome al lado de una orgullosa Quinn. Solo pareció sorprendida unos segundos antes de retomar el control y estrecharme la mano con una sonrisa sincera, como si menos de veinticuatro horas atrás esa misma mano que tocaba no hubiese estado entre sus piernas haciéndola suspirar de placer.
Elaine subió con Quinn a la azotea.
Te juro que ni siquiera podía moverme. Me quedé ahí, sentada en el suelo de mi habitación con la espalda apoyada en la pared, pensando, pensando y pensando; intentando entenderla. El día anterior habíamos pasado la tarde entre las sábanas de su cama, susurrándonos tonterías, besándonos durante horas. Creo que nunca había sentido algo tan desgarrador en el pecho. Y quería hacerle daño. Llegué a esa conclusión cuando horas más tarde bajaron a la habitación de Quinn y la escuché reír tras la pared antes de que sus gemidos inundasen mi cabeza. No podía razonar, no podía. Solo tenía capacidad para sentir dolor al imaginarme el cuerpo de Quinn sobre el suyo.
Estuve toda la noche despierta, sin moverme y, a la mañana siguiente, esperé hasta que ella se marchó antes de ir en busca de Quinn. Ahí fue cuando cometí el primer gran error. Tenía la intención de contárselo todo, de decirle que le estaba engañando (y nada menos que conmigo), pero cuando Quinn empezó a hablar de ella, embobada, tan enamorada, las palabras se me atascaron en la garganta. Solo pude quedarme ahí y escucharla decir lo maravillosa e inteligente que era Elaine, lo perfectas que habían sido todas las citas que habían tenido hasta entonces y lo genial que iba a ser pasar el fin de semana siguiente en la costa para conocer a los padres de ella.
Lo único que se me ocurrió hacer fue ir a su residencia. Si esperaba verla arrepentida o triste por lo que había hecho, no lo demostró. Supongo que, cuando mi hermana va por ahí diciendo que me partieron el corazón sin tener ni idea de lo que ocurrió, podría considerarse que fue en ese instante, cuando tras abrir la puerta me dijo que yo era sexo y diversión, algo temporal, mientras que Quinn era futuro y amor, algo duradero.
Santana López.



Noté la mirada acuosa al imaginar en esa Santana joven dispuesta a darlo todo que no se parecía en nada a la mujer en la que se había convertido.

Y pensé en llamarla, en escuchar su voz, no por todo lo que aún sentía por ella, sino por esa amistad que habíamos compartido durante aquellas semanas llenas de buenos momentos.

El móvil sonó poco después:


De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: Ella. El final.
Sé que es difícil comprenderlo, pero me sentía como dentro de una mala película que en algún momento llegaría a su fin. Amenacé a Elaine varias veces, le dije que si no se lo contaba ella, lo haría yo. Quería que se responsabilizase de sus actos. Y lo último que deseaba era hacerle daño a Quinn, que estaba más feliz e ilusionada que nunca, pero no encontraba la manera de evitarlo. Me sentía dentro de una encrucijada entre las palabras de Elaine, que aseguraba que lo nuestro no había sido «nada» y que de verdad estaba enamorada de mi mejor amiga, y la sensación de estar metiéndome en un agujero del que no podría escapar. La situación se me fue de las manos. Cada día que pasaba era un poco peor. No dormía, no comía y apenas pisaba el departamento que compartíamos porque no soportaba la idea de verlas juntas. Y lo peor de todo es que no tenía a nadie con quién hablarlo; por aquel entonces, Rachel era una cría y, aunque no hubiese sido así, estaba demasiado encerrada en mí misma, en el dolor que me iba llenando…
No lo sé, Brittany, no sé por qué hice las cosas tan mal, si tuve más culpa que la propia Elaine o si me bloqueé y no supe reaccionar ante una situación que me nublaba la mente. Solo sé que ese año terminé la carrera, encontré un trabajo y me mudé.
Empecé a beber. Empecé a centrarme en lo que ocurría dentro de la oficina porque no quería ver lo demás. Y en medio de todo ese caos emocional, también empecé a notar que mi papá se acercaba más a mí cada vez que escalaba un puesto, que conseguía un triunfo, que tocaba ese «más». Entré en ese bucle y, en aquel momento, pensé que al menos aquel lugar era seguro, lejos del sufrimiento. Podía volver a respirar.
Unos meses más tarde, en otoño, aparecí en casa de Quinn borracha y empecé a mascullar sin control todo lo que pensaba sobre Elaine. Que era una mala persona.
Que era mentirosa. Que no merecía estar con alguien como ella. Que era falsa, solo un envoltorio, un disfraz que sabía cambiarse según quién estuviese delante. Quinn se quedó helada al principio, pero terminó cabreándose mientras yo iba dando tumbos por el pasillo y me cogió del hombro y me obligó a mirarle a la cara antes de decirme que no volviese a hablar de ese modo de la mujer con la que iba a casarse. Y sí, así fue como me enteré de que se habían sometido al tratamiento para que Elaine se quedara embarazada, lo cual funciono y de que ambas pasarían por el altar antes de las próximas Navidades.
No fue algo previsto. Al menos, no por parte de Quinn que ni siquiera había
terminado todavía sus estudios. Ella solo quería consentir a Elaine que quería tener un bebé.
Por suerte, los padres de Elaine tenían dinero y contactos y estaban lo suficientemente encantados con su relación como para hacer la vista gorda ante ese «pequeño percance» y ocuparse de la mayoría de los gastos.
Poco después, Beth llegó a nuestras vidas.
Te diría que la quise desde el primer momento que la cogí en mis brazos en aquella habitación del hospital, pero no es cierto. Tardé un tiempo en hacerlo, en intentar amoldar mi mente y, dadas las circunstancias, pensar en la felicidad de Quinn. Mi relación con Elaine era apenas inexistente más allá de un par de palabras escuetas que nunca significaban mucho, pero poco a poco me esforcé por tolerarla y reconducir la situación. Ella seguía siendo tan deslumbrante, tan ingeniosa y aguda si se lo proponía, que a veces me olvidaba de lo mucho que la odiaba y volvía a sentir ese tirón en el estómago al verla, esa apremiante necesidad.
Aquel primer año fue el más tranquilo. Yo empecé a tener relaciones cada vez más cortas, porque Elaine seguía en mi cabeza y, en el fondo, jamás me esforcé por conocer a nadie más ni mucho mejor dejé que me conociesen a mí. Era más fácil, más cómodo. O lo fue hasta que tiempo después ella empezó a cambiar de actitud. Elaine no estaba hecha para la vida rutinaria de pareja y tardó poco en agobiarse y comportarse de forma extraña. Ni siquiera sé si Quinn se dio cuenta, porque se pasaba el día cuidando de Beth o trabajando y apenas tenía un minuto para sí misma.
Sí, por retorcido que pueda parecer, Elaine empezó a buscarme. Aparecía por mi trabajo para almorzar, alegando que casualmente le venía de paso, o se dejaba caer por mi departamento con cualquier excusa. Y entonces hablábamos, como en los viejos tiempos; abríamos una botella de vino y ella se desahogaba por lo poco que veía a Quinn o por lo llorona que era Beth, que se adelanto en pedirle un hijo, por el último corte de pelo que le habían hecho mal o por la mirada afilada que su suegra le había dirigido durante la última reunión familiar. Yo escuchaba. Siempre la escuchaba.
Supongo que a esas alturas debería haberlo visto venir, pero estaba demasiado ocupada intentando no quererla ni necesitarla como para poder fijarme en nada más.
Porque sí, hacía eso todo el tiempo, repetirme lo mucho que debería odiarla para que la idea calase más en mí, porque Elaine era mi peor droga; sabía que era mala, que solo me había traído dolor y oscuridad, pero no podía evitar desearla.
Y fue más difícil hacerlo cuando me confesó que se había equivocado, que había cometido un gran error desde el primer momento y que pensaba divorciarse de Quinn.
Me dijo entre lágrimas que no estaba enamorada de ella y luego me abrazó y sus labios rozaron los míos antes de que fuese consciente de lo que estaba haciendo. No me aparté de ella tan rápido como me hubiese gustado, pero cuando lo hice, cuando la sujeté por los hombros y la miré a los ojos, creo que Elaine entendió que había traspasado una línea en la que no pensaba acompañarla. Me pidió perdón, fingiendo estar avergonzada, algo que me hubiese creído de no conocerla tan bien.
Una semana más tarde le diagnosticaron que tenía cáncer.
Quinn nunca supo de sus intenciones. Y cuando finalmente Elaine murió, no fui capaz de decirle que esa mujer por la que tanto sufría, en realidad, no era la persona que ella había visto durante todos aquellos años, sino solo un reflejo borroso. Porque, ¿cómo le dices a tu mejor amiga que ha estado viviendo una mentira por culpa de tus decisiones? No podía. No podía manchar sus recuerdos ni tampoco los de Beth, no podía quitarles lo único que a ambas les quedaba de Elaine. El día del entierro, decidí que me llevaría el secreto a la tumba y que, a partir de entonces, haría las cosas bien e intentaría no tropezar.
Santana López.



Abrí el siguiente mensaje con el corazón en un puño por no haber sabido ver todo aquello, el sufrimiento de Santana, su dolor, sus inseguridades tras todos aquellos años, su miedo al amor.


De: Santana López.
Para: Brittany Pierce.
Asunto: Y entonces apareciste tú.
Te he hablado varias veces de la primera vez que te vi con tu famoso ceño fruncido, tan distante y reservada. Hay una razón, Brittany. Esa noche sentí algo parecido a lo que me ocurrió años atrás con Elaine. Sentí las ganas de conocerte, incluso a pesar de las circunstancias, sentí la necesidad de tenerte entre mis brazos y de averiguar a qué sabían tus besos. Y me acojoné. Joder. Me dabas tanto miedo que me propuse comportarme como la mayor idiota del mundo pero, lo peor, es que hasta eso me gustó de ti; hacerte enfadar, ver cómo me fulminabas con la mirada y resoplabas por lo bajo.
Y fue como luchar conmigo misma, el deseo contra el sentido común. Como sabes, ganó el primero. Me dejé llevar, me perdí otra vez y cuando quise dar marcha atrás ya era tarde. Sí, tenías razón, una parte de mí estaba deseando que empezases a salir con alguien, porque no era capaz de parar lo que fuese que teníamos. La otra parte se imaginaba a veces torturando a esas personas con los que quedabas y odiándome por no poder comportarme como cualquier otra persona normal, pedirte una puta cita y decirte que estaba tan ridículamente pillada por ti que hasta tu idea de la casa a las afueras, el perro labrador y los aniversarios tópicos empezaba a parecerme tentadora.
Pero no podía. Siempre terminaba pisando el freno.
Me obsesionaba la idea de compararte con Elaine. No dejaba de hacerlo. Y durante todo ese tiempo fui tan idiota que no me di cuenta de que, en realidad, eres justo lo opuesto a ella, la otra cara de la moneda. Ah, por cierto, hablando de monedas… la que tengo en mi casa es falsa, es cruz por ambos lados, de eso se reía Beth el día que nos acompañaste al acuario. Ni siquiera podía recordar la última vez que me había sentido tan cómoda al lado de otra persona; a veces me entraban ganas de alejarte de mí de un empujón y hasta la idea de tocarte me dolía, de verdad; pero la mayor parte del tiempo lo único que deseaba era estar contigo. Estar, sin más. Ver la televisión, pedir algo para cenar, reírnos de cualquier tontería o conseguir enfadarte antes de arrastrarte hasta la cama. En realidad, fueron dos meses complicados; desde que te conocí, hasta que te perdí. Era como vivir en una contradicción constante que fue a más y al final regresaron todos los miedos, uno detrás de otro; diría que me atraparon pero, en el fondo, supongo que fui yo la que se dejó atrapar.
A veces creo que sigo siendo esa chica que se asomaría a un acantilado y se tiraría si se lo pidiese alguna de las pocas personas que le importan. Sí, tú formas parte de ese grupo de personas, Brittany. Y joder, me asusta pensar que puedas pedírmelo, que me empujes a ser mi peor versión, que esté tan loca por ti que no pueda evitarlo…
Y ese es solo el primero de mis miedos. Tengo muchos más. Como el miedo que me ha dado confesarle a mi mejor amiga todo esto hace apenas un par de semanas. Pero sabía que tenía que hacerlo. Sabía que tenía que dejar atrás los recuerdos y parte de la culpa para poder darte lo mejor de mí. Eso es lo único en lo que puedo pensar ahora.
En dártelo todo. Esta vez de verdad. En abrirme y dejar que cojas lo que tú quieras.
En una vida contigo.
Espero que estés leyendo esto. Espero que, si lo haces, te acerques mañana por la tarde a la puerta de la cafetería que hace esquina en la calle 14 y me esperes ahí. Sé que no tengo derecho a pedirte que confíes en mí, pero quiero enseñarte algo.
Si no estás, entenderé que llegué tarde, porque debí haber hecho esto mucho tiempo.
Sea cual sea tu decisión, espero de corazón que tengas una vida plena y feliz y que te lleves los buenos recuerdos de nuestra historia.
Santana López (siempre tuya)







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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 3:) el Vie Mar 30, 2018 9:08 pm

hola morra,...

uffff,... ahora ese entendible la susceptibilidad de san al enamoramiento y la traición!!!
ahora la cuestión,... ira britt???

nos vemos!!!
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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por Isabella28 el Vie Mar 30, 2018 11:30 pm

Que perra fue elaine, bueno se entiende la actitud de santana y ahora a esperar la decisión de britt.
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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 23l1 el Sáb Mar 31, 2018 7:35 pm

3:) escribió:hola morra,...

uffff,... ahora ese entendible la susceptibilidad de san al enamoramiento y la traición!!!
ahora la cuestión,... ira britt???

nos vemos!!!




Hola lu, oooh si =/ esk ella tenía un motivo, pero este es un GRAN motivo. Espero que si no va, la morena luche por recuperarla. Saludos =D






Isabella28 escribió:Que perra fue elaine, bueno se entiende la actitud de  santana y ahora a esperar la decisión de britt.





Hola, si ¬¬ como jugar así con las quinntana ¬¬ Como dije antes, había un GRAN motivo. UF espero y si vaya..., y si no, como dije arriba tmbn, que la morena luche por britt. Saludos =D




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Finalizado FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Cap 36 - Último

Mensaje por 23l1 el Sáb Mar 31, 2018 7:37 pm

Capitulo 36 - Último



[center]Jamás Te Pediría Que Saltases…[center]


Una ola de frío había azotado la ciudad y todavía quedaba nieve acumulada en los parques y los bordes de las aceras.

El cielo plomizo del invierno me devolvió la mirada cuando salí a la calle envuelta en una interminable sucesión de capas, empezando por el suéter de lana gorda, siguiendo por mi nuevo abrigo de color rosa palo y terminando con los guantes y la bufanda a juego.

Caminé a paso rápido.

Cada vez que respiraba, una pequeña nube de vaho se alzaba sobre mi cabeza.

Tras aquel mes de ausencia, tenía tantas ganas de verlo que hasta dolía.

Ahí estaba de nuevo, arriesgando una segunda vez como nunca antes lo había hecho, alejándome cada vez más de esa chica de antaño que soñaba con ser siempre mejor para los demás, pero no para sí misma.

Y tenía la extraña sensación de estar acercándome paso a paso a eso llamado «felicidad», a pesar de los baches del camino; porque a veces hace falta caer y volver a levantarse para darse cuenta de que llevabas años andando en línea recta, con la vista clavada en un punto fijo, pero sin hacer ninguna parada para mirar y disfrutar del paisaje que te rodeaba.



Llegué puntual. Ella no.

Estuve un rato esperando, con el corazón acelerado cada vez que distinguía a lo lejos a alguna mujer con andares rápidos y seguros, frotándome las manos enguantadas para hacerlas entrar en calor.

Me imaginé qué pasaría al verla.

Si sería como llegar al final de un largo recorrido por el desierto muerta de sed y con ganas de beber de sus labios o si, después de aquellos días de calma, mi cuerpo se habría acostumbrado a estar sola de nuevo y ya no sentiría esa necesidad de tocarla, de perderme en el aroma de su piel…

Pero fue el desierto. Y la sed.

Tanta sed, que tuve que contenerme para no abalanzarme sobre ella cuando giró la esquina y sus ojos encontraron los míos.

Sonrió.

La sonrisa más bonita del mundo.

—Siento haber llegado tarde—y esa voz, tan ronca, tan profunda que era casi una caricia.

La vi dudar, pero al final sus labios rozaron mi mejilla derecha en un beso cálido y tierno.

Dejé de respirar durante esos instantes y luego tomé una brusca bocanada de aire.

Había algo nuevo en la mirada de Santana, quizá fuese la ausencia de la culpa y la calma que ahora parecía envolverla, o la determinación y el anhelo que ya no intentaba ocultar.

Estaba más delgada y tenía un aire cohibido e inseguro que nunca antes había expuesto con tanta franqueza.

Mi cerebro debió de sufrir una especie de cortocircuito y contesté:

—Llegas tarde.

—Ya. Eso he dicho—intentó contener una sonrisa que terminó revelándose cuando sus labios se curvaron con lentitud. Me miró, cambió el peso del cuerpo de un pie a otro y susurró—Leíste los mensajes…

—Todo el tiempo, sí.

Con gesto vacilante, ladeó la cabeza.

—Pareces un algodón de azúcar.

Me reí y la tensión entre nosotras pareció resquebrajarse. Solo necesitó cinco palabras para conseguirlo y una frase algo torpe.

—¿Eso es un halago…?

—Sabes que me pierde el azúcar.

Mi corazón se agitó en respuesta y nos miramos fijamente durante unos segundos hasta que la situación empezó a tornarse rara y Santana rompió el momento dando dos zancadas y situándose detrás de mí.

—¿Qué haces?—giré la cabeza.

—Confía en mí. Quiero que veas algo, pero antes…—una de sus manos me cubrió los ojos y la otra resbaló hasta mi cintura. Pude sentirle a pesar de las
capas de ropa; sus dedos presionando con suavidad, la palma ahuecada, la convicción del gesto—Yo te guío. No te caerás.

Hubiese replicado algo agudo de no estar demasiado ocupada intentando que no me temblasen las rodillas ante su proximidad.

Santana se movió, obligándome a hacer lo mismo, y por el contraste de la temperatura supe que acabábamos de entrar en un edificio.

Escuché el «ding» del ascensor antes de subir. Y ahí, dentro del cubículo, me estremecí al notar su cuerpo tras el mío, pegado a mi espalda, y su respiración en mi cuello.

Cada piso fue una tortura.

Salimos del ascensor. Santana me soltó de la cintura. Oí el tintineo de una llave y luego el chasquido de una cerradura antes de dar un par de pasos.

Apartó la mano y parpadeé un par de veces, confusa.

Ante mí había un piso vacío, de grandes cristaleras, con lo que parecía ser un salón central que derivaba en las puertas que conducían a las demás habitaciones.

Había una escalera apoyada en una pared, justo al lado de un cubo de pintura cerrado y algunos utensilios como pinceles, brochas y productos de limpieza; del techo colgaba una solitaria bombilla sin lámpara, con los cables todavía a la vista.

Busqué a Santana con la mirada.

—¿Qué es esto? ¿Te has comprado una casa?

Y cerca de mi departamento, muy cerca…

—No—sonrió—Esto es mi futura oficina. Nuestra, si tú quieres.

—No hablas en serio.

Se acercó, alzó una mano y colocó tras mi oreja un mechón de cabello con delicadeza. Y en sus ojos vi ternura y miedo y amor, todo entremezclado y confuso, sí, pero ahí estaba, dejando a esas emociones «ser» y asumiendo el riesgo de aceptarlas.

—Hablo muy en serio—contestó en un susurro antes de tragar saliva, nerviosa—Sé que he sido una cobarde y una idiota y no hay día que no me arrepienta de lo que ocurrió la noche de fin de año; todo tendría que haber sido diferente, debería haber sido sincera. Y la verdad era que temía perderte pero, aún peor, también temía tenerte—inspiró hondo—Estaba atrapada en un callejón sin salida. Haberla cagado tantas veces… tener todo eso dentro… verte con Sam … odiar mis propios miedos…

Y entonces la dejé desahogarse.

Dejé que me contase lo duro que había sido sincerarse con Quinn, cederle el espacio que le pidió con el corazón hecho trizas y dejar de hablar con esa chica que conocía desde que llevaba pañales y del que jamás pensó que llegaría a separarse.

El apoyo inquebrantable de Rachel durante los siguientes días.

Y luego el alivio que se apoderó de ella al ver a Quinn tras su puerta unas semanas más tarde con un par de cervezas en la mano y la comprensión y el perdón reflejándose en su mirada.

Me habló del enfado de su papá cuando le confesó que había dejado el trabajo y yo le conté todo lo que había cambiado en mi vida; la relación con mi mamá, las vacaciones en la otra punta del país, los paseos por la playa y las cajas que había ido llenando al regresar a Nueva York con todo aquello que ya no sentía que formase parte de mí, de la persona que era en ese preciso momento.

—Así que de tu comedor solo queda la televisión—bromeó Santana entre risas.

Habíamos acabado sentadas en el suelo de madera con las piernas estiradas y la espalda contra la pared; estábamos tan juntas que su brazo rozaba el mío cada vez que su cuerpo se agitaba al reírse.

Parecíamos dos viejas amigas poniéndose al día.

Giré la cabeza hacia ella.

—También el sofá. Es demasiado cómodo, así que no podía tirarlo aunque, ya sabes, tiene ese color gris un poco sin gracia que en realidad no me entusiasma, pero, en fin, supongo que a veces hay que conformarse. Además, mi cuenta de ahorros me lo agradece, porque ha pasado un mes complicado. Quizá los pobres pollos no puedan volar, pero el dinero sí, vaya si lo hace. Ah, por cierto, el engaño con la moneda fue lo más rastrero que he escuchado en mucho tiempo.

Santana sonrió. Tenía los ojos brillantes.

—Te echaba de menos. Echaba de menos oírte hablar de cualquier cosa.

Tragué saliva cuando su mirada descendió hasta mi boca y se quedó ahí, indecisa y llena de deseo.

Y ese fue el momento en el que definitivamente tiré por la ventana el control, la sensatez y cualquier atisbo de prudencia.

Incliné la cabeza y rocé sus labios. Fue todo lo que Santana necesitó antes de gruñir mi nombre y acoger mi mejilla con una mano mientras profundizaba aquel beso.

Nos besamos lento y rápido, suave y con brusquedad, como si fuese la primera y también la última vez.

Yo intentaba decirle con la lengua que la deseaba, con los dientes que no quería volver a perderla, con los labios que esperaba que aquello fuese un comienzo.

—¿Esto significa que estás dispuesta a darme otra oportunidad?—su nariz rozó la mía con delicadeza y yo asentí con la cabeza. Noté la curva de su sonrisa en mis labios al tiempo que sus manos encontraban los botones de mi abrigo—Te juro…—desabrochó el primero—, Que no te arrepentirás, porque voy a ser la mejor novia del mundo.

Yo me reí.

Ella logró quitar el segundo botón.

—Vaya, veo que tu faceta competitiva no ha cambiado.

—Ni un ápice. Pienso ser tan letal que terminarás dibujando cada noche en tu diario corazones alrededor de mi nombre. Y luego subiré a la habitación, te haré el amor y conseguiré que lo confieses antes de hacer que te corras.

Volví a dejar escapar una carcajada, pero esta vez fue también acompañada de un gemido ahogado porque su mano acababa de colarse dentro de mis pantalones.

Con dedos algo torpes, desabroche los suyos.

—Hagamos una cosa—comencé a decir sin dejar de desnudarla—, Acordemos una palabra clave para cuando considere que tu ego está descontrolándose. Por ejemplo, «tijeras». Si me escuchas decirte eso, haznos un favor a las dos y cierra la boca.

Santana sonrió traviesa y me mordisqueó la barbilla.

—Uhmm, ¿tijeras? Suena a que tu subconsciente está deseando que me quite los pantalones. Admítelo.

—«¡Tijeras!»—me reí hasta que me dolió el estómago.

Y luego dejé de hacerlo de golpe, en cuanto sus manos me bajaron los vaqueros y, sin siquiera molestarse en quitármelos del todo, me embistió con sus dedos de un solo golpe.

Jadeé.

Estábamos aún medio vestidas, en el suelo, sin ningún tipo de preliminares, y fue rudo y fuerte, con nuestros gemidos retumbando en la estancia vacía, pero incapaces de apartar los ojos la una de la otra.

Y, mientras temblaba bajo su cuerpo, supe que aquel sería uno de esos instantes especiales de los que Santana me habló; esos que se quedan en la memoria y pasan a formar parte de un álbum de recuerdos lleno de fotografías que nadie más puede ver.

Nos quedamos abrazadas al terminar.

Mis dedos se hundieron en su cabello y la acaricié despacio mientras su respiración volvía a su ritmo normal.

—Santana—susurré—, Que sepas que no tienes nada que temer. Conmigo estás a salvo incluso en la punta de un acantilado, porque jamás te pediría que saltases.






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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 3:) el Sáb Mar 31, 2018 9:21 pm

hola morra,...

si que san se las jugo con todas!!!
quiere un futuro para todo san!!! a ver como van las cosas???

nos vemos!!!
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Mensaje por Isabella28 el Dom Abr 01, 2018 4:29 am

Que lindo, santana pensando en el futuro de ambas y muy bonito lo que dijo britt al final.
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Mensaje por micky morales el Dom Abr 01, 2018 12:16 pm

Son lagrimas de felicidad, que hermoso final, cuando ya casi creia que me sacarian las canas que no tengo!!!!!!
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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 23l1 el Dom Abr 01, 2018 7:48 pm

3:) escribió:hola morra,...

si que san se las jugo con todas!!!
quiere un futuro para todo san!!! a ver como van las cosas???

nos vemos!!!




Hola lu, sii!! lo cual me alegra mucho! SII!! ambas lo merecen! Esperemos que mas q bn, osea después de todo xD Saludos =D





Isabella28 escribió:Que lindo, santana pensando en el futuro de ambas y muy bonito lo que dijo britt al final.




Hola, sii!! Xfin! la rubia le hizo abrit los ojos, la mente y su corazón, tanto así que la hizo pensar en el futuro jaajajajajaj. Si! como dije antes, no esperaba menos! Saludos =D





micky morales escribió: Son lagrimas de felicidad, que hermoso final, cuando ya casi creia que me sacarian las canas que no tengo!!!!!!




Hola, jaajajajajaj esk suele pasar y causar san cuando es todo un amor ajajajajaj. Tmbn lo pienso! JAjaajajaj aajajajajaj sii ajajaja aii, esk son unas cabeza dura, una más q la otra, jajajaajaj, pero xfin todo en su sitio jajaja. Saludos =D




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Finalizado FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 23l1 el Dom Abr 01, 2018 7:51 pm

Epílogo



Tres Años Más Tarde…



Alisé la parte delantera del vestido, aunque no tenía ni una sola arruga, pero estaba tan nerviosa que necesitaba hacer algo con las manos.

La tela era suave, de color blanco roto, y el diseño era precioso, con un favorecedor escote en palabra de honor lleno de brillante pedrería.

Hanna estaba radiante.

—Eres la novia más espectacular que he visto en mi vida—le dijo Marley, quitándome las palabras de la boca—Te juro que si no estuviera locamente enamorada y casada con mi Kitty estaría enamorada de ti a un nivel preocupante, en plan loca acosadora.

Todas las chicas que estábamos en aquella habitación nos reímos.

Tina y Mercedes eran las únicas que habían podido elegir qué ponerse para la boda, porque Rachel, Marley y yo éramos las damas de honor y llevábamos un vestido sencillo de color rosa pálido de corte recto que finalizaba a la altura de la rodilla.

En veinte minutos daría comienzo la ceremonia.

Mientras Rachel insistía en retocarle una vez más el maquillaje a Hanna, saqué el móvil del bolso. Fiel a mi nueva filosofía de trabajo, no me molesté en mirar los correos de algunos clientes que se habían acumulado en mi bandeja de entrada durante los últimos días.

Santana y yo acordamos respetar un horario y fue la mejor decisión que pudimos tomar, porque nunca me había sentido tan plena y satisfecha en mi empleo.

Yo me había especializado en casos más singulares, la mayoría relacionados con la publicidad de la comida basura y su influencia en el público infantil; eran largos y costosos, pero, por suerte y para compensar, Santana seguía interesada en una faceta más lucrativa del negocio.

Abrí un nuevo mensaje en blanco.


De: Brittany López Pierce.
Para: Santana Pierce López.
Asunto: ¿Todo en orden, villana?
La novia casi está lista. ¿Ya se han reunido con los demás invitados? Recuerda coger el paquete de pañuelos. Y el zumo. Y la bolsita que he llenado de Froot Loops, por si tuviésemos que llegar al soborno.
Te quiero.



De: Santana Pierce López.
Para: Brittany López Pierce.
Asunto: Necesito a mi esbirro.
Ya que lo dices, no, todavía no nos hemos reunido con nadie porque ha surgido un percance de nada. O de mucho, depende de cómo lo mires. ¿Puedes escaparte unos minutos…? Ojalá pudiese arreglarlo sobornándolo con un puñado de Froot Loops, pero no creo que eso minimice los daños.
Santana López (perdida sin ti)



«¡Mierda!», siseé en voz alta.

—Oh, oh, eso suena fatal—Marley alzó una ceja con gesto divertido—No te preocupes, nosotras nos encargamos de todo.

—¿De verdad?—pregunté esperanzada.

—Sí, nos vemos en la ceremonia.

—¡Gracias, chicas!—les di un sentido abrazo a todas antes de salir del coqueto bungaló de madera y dirigirme hacia otro de aspecto similar en el que habíamos pasado la noche.

La boda de Hanna iba a celebrarse en medio del bosque, los invitados nos alojábamos en las pequeñas casas que estaban dispersas a lo largo del complejo y que, con su aspecto rústico y cálido, parecían adaptarse al ambiente entre altos abetos y verdosos matorrales.

El lugar de la boda era casi digno de un cuento de hadas, pero no era de extrañar teniendo en cuenta que, durante los últimos años, Hanna se había especializado en la organización de eventos al aire libre, lo que había sido todo un acierto teniendo en cuenta que tenía el calendario lleno hasta próximo aviso.

La puerta de nuestro bungaló estaba abierta, así que entré sin llamar.

Seguí el sonido de las risas que se perdían al final del pasillo y los encontré en el cuarto de baño.

Santana tan solo llevaba puestos la ropa interior, Santiago estaba totalmente vestido, sí, pero también empapado. El cabello oscuro se aplastaba sobre su pequeña cabeza y la camisa blanca se transparentaba mientras Santana intentaba arreglar el estropicio con el secador.

Santiago alzó los brazos al verme.

—¡Mamá!—gritó felizmente.

Yo intenté no desfallecer.

—¿Qué ha ocurrido?

—Mejor no preguntes—Santana se esforzó por ocultar una sonrisa sin dejar de dirigir el aire del secador hacia nuestro hijo de dos años que, en resumen, era una copia exacta de ella misma.

En todos los sentidos.

Lo que incluía su adicción por los cereales Froot Loops y por hacer cualquier cosa que le pidiese que no hiciese.

En palabras de una de las profesoras de su guardería, Santiago era «el niño más revoltoso que había conocido en sus veinte años de enseñanza».

Cuando nos dijo aquello en una reunión, Santana salió malhumorada y mascullando por lo bajo que pensaba demandarla por hablar así de «su angelito».

Pero lo cierto era que «su angelito» no era precisamente dócil.

La semana anterior, por ejemplo, decidimos llevarlo al cine por primera vez para ver una película de dibujos animados que, al parecer, no cumplió sus expectativas de entretenimiento, porque prefirió matar el tiempo pegándole un caramelo en el pelo a la señora que teníamos delante.

Y esa era solo una de tantas.

Las paredes del despacho de Santana estaban llenas de garabatos que Santiago decidió dibujar cuando un día Santana tardó más de la cuenta en despedir a unos clientes en la puerta principal de la oficina.

A Beth le cortó dos mechones de cabello una tarde que la pobre cometió el «tremendo error» de echarse una siesta en el sofá de nuestra casa y, el noventa por ciento del tiempo, tenía por costumbre entender que «no» era «sí».

Ya había intentado probar eso de la psicología inversa, pero el resultado fue tan desastroso que me dieron ganas de encerrarme en un armario y echarme a llorar.

Y a pesar de todo, era adorable.

Con esos ojitos oscuros e inocentes y esa sonrisa traviesa que sabía disimular cuando le convenía.

Me sentía la mujer más afortunada del mundo cuando le leía cada noche un cuento al acostarlo y él me abrazaba muy fuerte antes de caer rendido tras un día agotador lleno de travesuras.

—Prefiero saberlo. Cuéntame qué ha pasado.

Santana se encogió de hombros e intenté no distraerme admirando su cuerpo, solo cubierto por poca tela.

—Estábamos a punto de salir cuando decidió meterse debajo de la ducha y encender el agua. Al parecer no le gustó la pajarita que elegiste para él—dijo burlón—Mi vestido está hecho un asco, por cierto. Me mojé al entrar para sacarlo a la fuerza.

—¡Qué desastre!—gemí.

—Creo que metí en la maleta otro azul.

—El azul no pega con lo que llevo.

—A la mierda, nos veremos guapas igual—replicó Santana.

—¡A la miegda!—gritó Santiago alegremente.

Fulminé a Santana con la mirada. Ella le tocó el moflete a Santiago con la punta del dedo.

—Colega, ¿por qué nunca repites nada de las cosas buenas que digo? Como «guapas», por ejemplo; no me digas que no mola esa palabra.

—Miegda—volvió a decir Santiago.

Presioné los labios para no reírme.

—Ni siquiera deberías molestarte en intentarlo—salí de ahí y me dirigí hacia la habitación en busca de otro vestido para Santana.

Efectivamente, había traído uno de color azul claro que serviría al prescindir nuestro conjunto. Se la llevé y terminé de «secar a mi hijo» (por mal que sonase) mientras Santana se vestía y se arreglaba un poco el pelo con los dedos frente al espejo.

Estaba guapísima, como siempre, más moreno que de costumbre tras nuestras vacaciones cerca de la costa y con un brillo en los ojos que se intensificó cuando se giró y me recorrió con una mirada hambrienta de los pies a la cabeza, prestando especial atención al escote con forma de corazón.

—Preveo que ese vestido te durará poco puesto.

—Estás tú demasiado segura de ello.

—Me remito a mi historial.

—Te acercas al «tijeras».

Santana se rio y luego cargó a Santiago en brazos, haciéndole cosquillas, al tiempo que los tres dejábamos atrás la casa de madera y nos dirigíamos hacia la zona en la que se celebraría la boda.

Santiago quiso que lo dejase en el suelo en cuanto distinguió a Beth a lo lejos, ataviada en un bonito vestido floreado con vuelo.

Seguimos sus pasos de cerca hasta llegar a los demás. Quinn nos sonrió y le revolvió el pelo a Santiago cuando pasó por su lado.

Cuando vi la hora que era en el reloj que Santana llevaba en la muñeca, me despedí a toda prisa, pero ella me retuvo rodeándome con un brazo la cintura.

—Un beso al menos, ¿no?

—Te veo en media hora—siseé.

—Demasiado tiempo para mi corazón.

Quinn se rio ante el tono burlón de Santana y le dirigí una mirada matadora antes de inclinarme sobre mi esposa y darle un beso en los labios.

Ah, sí, olvidé comentarlo.

Santana y yo nos habíamos casado el año anterior en una playa de Long Island después de que me pidiese matrimonio una noche estrellada de verano en la pequeña terraza bohemia de la que ahora era nuestra casa.

Fue una boda perfecta y muy íntima.

Lloré durante la mitad de la ceremonia frente al mar y, el resto del tiempo, estuve desternillándome de risa al ver a Santiago haciendo la croqueta en la arena para desgracia de mi pobre mamá, que era incapaz de controlarlo.

La boda de Hanna, por el contrario, estaba preparada al detalle.

Ramos de flores silvestres colgaban de las sillas que habían ubicado en ambos extremos formando un pasillo central por el que en breve caminaríamos las damas de honor delante Hanna.

Había pétalos de rosas por el suelo boscoso, guirnaldas colgando de los árboles cercanos y lazos de seda por todas partes.

Cuando encontré a las chicas, Marley estaba casi más nerviosa que Hanna.

—¡Mírala! ¡Está a punto de casarse!

—Tranquilízate, Marley—le di un beso en la mejilla.

—Es que… parece que fue ayer cuando las tres estábamos en la universidad, atiborrándonos de esos pastelitos de almendras que comprábamos en la cafetería y haciendo el mono en la habitación de la fraternidad de Hanna mientras imaginábamos cómo sería nuestro futuro…

Le pasé un pañuelo cuando sorbió torpemente por la nariz y sonreí al fijarme en su redondeada barriga.

Desde que se había quedado embarazada, Marley estaba más sensible y dramática de lo normal, algo que se traducía en llamadas nostálgicas en plena madrugada y envíos masivos (y preocupantes) de emails de «cadenas de la amistad» protagonizados por todo tipo de crías adorables de animales.

—¡Soy tan feliz!—exclamó Hanna.

—¿Sabes? Sé que hay un 100% de probabilidades de que tu matrimonio sea increíble, porque están hechas la una para la otra—dijo Marley entre lágrimas.

Sonreí, una sonrisa que me acompañó cuando llegó la hora.

Las tres avanzamos a paso lento entre los invitados al ritmo de la lenta y bonita melodía de piano que se escuchaba de fondo.

Emily estaba ahí, más guapa que nunca, sin poder apartar los ojos de su novia que seguía nuestros pasos acompañada por su papá.

En un momento dado, distinguí por el rabillo del ojo a mi hijo correteando por una fila de sillas directo hacia el impoluto traje de la deslumbrante novia. Juro que dejé de respirar hasta que, aliviada, vi que Santana conseguía «cazarlo» justo antes de que intentase lanzarse sobre la cola del vestido de Hanna como si fuese una alfombra mágica.

Santana me miró con Santiago, sonrió y alzó un dedo en alto para asegurarme que todo estaba controlado.

Y lo estuvo.

Al menos, durante la ceremonia.

Fue una boda maravillosa y llena de momentos memorables, como el «sí, quiero» algo afónica de Emily por culpa de la emoción, o el instante en el que partieron el pastel y Hanna terminó desternillándose de risa a lo loco cuando Emily le llenó el escote de tarta ante los atónitos ojos de los señores Marin, que habían tenido que aceptar que su hija ya no dependía de ellos como antaño y que, por suerte, era muy capaz de tomar sus propias decisiones.

Emily era perfecto para ella.

Estaban igual de chifladas.

De hecho, le había pedido matrimonio por los aires, literalmente, cuando ambas se tiraron en paracaídas.



Al caer la noche, dejamos que Santiago se quedase a dormir en el bungaló de Rachel y Quinn después de lo mucho que Beth insistió en poder celebrar una «fiesta de pijamas» que, en resumen, consistía en disfrazar a nuestro hijo y hacerle fotografías graciosas con la cámara polaroid que le habíamos regalado por su último cumpleaños.

—No pasará nada—me aseguró Rachel.

—¿Están seguras? A veces se levanta en mitad de la noche y se mete en nuestra cama colándose bajo el edredón como una culebra—comencé a decir insegura.

—Tranquila, dormirá con Beth—aseguró Quinn.

—¡Disfruten de la noche libre!—Rachel nos guiñó un ojo.

Asentí, todavía sin estar demasiado convencida, y nos alejamos cuando nos cerraron la puerta en las narices.

La última vez que Santiago se había quedado a dormir en su casa, había intentado comerse una planta nueva que Rachel había comprado para decorar el salón.

Santana me rodeó la cintura y sus labios se pegaron a mi cuello sin dejar de caminar.

—Deja de preocuparte, estará bien.

—Eso espero.

Santana se desvió del camino y en vez de seguir el sendero pedregoso que conducía a nuestra casa de madera, nos internamos en el bosque oscuro que se alzaba al lado.

—¿Adónde me llevas?

No contestó, pero distinguí su sonrisa canalla bajo la luz de la luna llena.

Cuando nos alejamos lo suficiente del complejo, sus manos se perdieron bajo mi vestido y nuestras bocas se buscaron en medio de la oscuridad.

Santana me arrinconó hasta que mi espalda chocó contra el tronco de un árbol y pegó su cuerpo al mío.

Noté el roce suave de sus labios, pero no me besó.

—Llevo así toda la maldita boda, mirándote y pensando en la suerte que tengo. No te haces una idea de lo mucho que deseo quitarte este vestido.

—Bueno nadie lo diría, cuanto antes lleguemos al bungaló…—me froté contra ella para meterle prisa, anhelando sentirla piel con piel.

—Ah, de eso nada, nena.

Sus dedos encontraron la cremallera del vestido y comenzaron a deslizarla hacia abajo.

La miré, mordiéndome el labio inferior, intentando decidir si aquello era una locura o una de las mejores ideas que había tenido en mucho tiempo.

A la mierda.

La sujeté del cuello antes de besarla hasta dejarlo sin aire. Santana sonrió cuando empecé a desabrocharle la cremallera del vestido tras dejar que mi vestido cayese al suelo.

—¿Sabes lo mucho que te quiero?—preguntó apremiante con la voz ronca.

Sonreí sobre sus labios cálidos.

—Todos los días, San.

—Todos—repitió.




FIN







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Hola, aquí el final de otra linda historia! MUCHAS GRACIAS! a todas las personas que se dieron el tiempo de leerla y comentarla.

GRACIAS!

Ya subo el inicio de la siguiente historia.

Pd: como se dieron cuenta si cambio el nombre del foro xD pero no pasa nada, solo es el nombre SIGAN! publicando, leyendo y comentando. Solo cambien "gleeklatino.com" por "gleelatino.forosactivos.net"

Pero, como les digo SIGAN! comentando, publicando y leyendo! Saludos =D

Pd2: Se sacan las historias del foro y las publican en otras partes. Por MI parte y MIS adaptaciones, cópienlas si quieren, pero al menos NOMBREN AL FORO! Minino en agradecimiento a las personas del foro. SI NO NOMBRAN AL FORO, AL MENOS, VOY A ELIMINAR MIS ADAPTACIONES!


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Mensaje por micky morales el Lun Abr 02, 2018 7:33 am

Gracias, demasiado hermoso!!!!!
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Mensaje por 3:) el Lun Abr 02, 2018 1:38 pm

Hola morra...

Muy buena historia!!!
Me gusto mucho!!!

Nos vemos?!
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Finalizado Re: [Resuelto]FanFic Brittana: Tal Vez (Adaptada) Epílogo

Mensaje por 23l1 el Lun Abr 02, 2018 7:56 pm

micky morales escribió: Gracias, demasiado hermoso!!!!!




Hola, que bueno que te gustará a mi tmbn me gusto...santy jaajaj me encanto! De nada, gracias a ti por seguir! Saludos =D





3:) escribió:Hola morra...

Muy buena historia!!!
Me gusto mucho!!!

Nos vemos?!




Hola lu, que bueno que te gustara...y espero siga así jaajajajaj. Me encanto santy jaajja. Saludos =D




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Mensaje por Isabella28 el Lun Abr 02, 2018 9:43 pm

Que bonita historia, el pequeño santiago me recordo a mi sobrino, juro x dios que piensa que un no es si. Gracias denuevo.
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Mensaje por 23l1 el Mar Abr 03, 2018 8:42 pm

Isabella28 escribió:Que bonita historia, el pequeño santiago me recordo a mi sobrino, juro x dios que piensa que un no es si. Gracias denuevo.





Hola, que bueno que te gustara! espero y la siguiente tmbn ajajajaj. JAjajaajajajaj a mi tmbn! AJajajaj estas perdida...y más aun si tiene esos ojitos q no te deja retarlo ajajaj. De nada, gracias a ti por leer y comentar! Saludos =D




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