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BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 10 y 11 fin

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Activo BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 10 y 11 fin

Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jun 03, 2018 6:37 am

Tatuaje para dos



RESEÑA


La familia de Brittany Pierce creía que tenía una tienda con mucho éxito y que estaba casada con un médico, pero en realidad era una artista del tatuaje con ciertos problemas a la hora de comprometerse. Cuando una urgencia familiar la obligó a volver a casa, se dio cuenta de que tenía que encontrar un marido a toda prisa. Fue entonces cuando pensó en el dentista Santana Lopez, al fin y al cabo un dentista era un médico, ¿no? Y además élla le debía un favor. El problema surgió cuando los besos de su supuesta mujer empezaron a hacerse demasiado reales.
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 10 y 11 fin

Mensaje por 3:) el Lun Jun 04, 2018 10:45 pm

se ve internaste!!!! me encanta!!!
las mentiras tienen patas cortas,.. pero que afectan afectan jajaja
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 10 y 11 fin

Mensaje por micky morales el Mar Jun 05, 2018 6:08 am

interesante!!!!
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 10 y 11 fin

Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jul 01, 2018 4:54 am

Capítulo 1


-LLEVO las puntas teñidas de rosa y cuatro pendientes en una oreja, Rechel -decía Brittany Pierce, sujetando el teléfono con el hombro para poder seguir dibujando-. Mi madre se moriría del susto en cuanto me viera, así que no pienso volver a Ohio para la reunión del instituto. Y no hay nada más que hablar.

-Venga, Britt -insistió su mejor amiga, Rechel Berry, tan alegre como una animadora. El espíritu de Ohio parecía haberla invadido desde que volvió al pueblo-. Lo pasaremos de maravilla recordando viejos tiempos. ¿Te acuerdas cuando pusimos dos maniquís en la postura del misionero en el despacho de la enfermera?

-Como si fuera ayer. Y también recuerdo que mi padre me castigó durante una semana y que mi madre tuvo que usar las sales.

-Éramos unas crías, Britt. Y nuestros padres lo entendieron.

-Los tuyos seguro. Siendo mi padre el director del instituto y mi madre la profesora de literatura, no se lo tomaron nada bien.

-Además, hace diez años que no vienes por Ohio.

-Mejor. Mis padres creen que soy muy feliz en Phoenix.

-Y lo eres. Tienes tu propio negocio.

-Un salón de tatuajes, Rechel . Se quedarían horrorizados.

-Pero te va de maravilla.

-Mis padres no pensarán eso. Ni mi casero.

Le debo el alquiler del mes pasado.

-¿Qué ha sido del juramento de las chicas rebeldes?

-Que han pasado diez años, supongo -suspiró Britt

Llevaba unos meses preguntándose si lo de buscar un trabajo de nueve a cinco no sería lo mejor.

Quizá la vida que había elegido era demasiado difícil.

-¿Seguro que no quieres venir?

-Seguro.

-¿Sabes que Sam Evans se ha divorciado? -preguntó Rechel entonces.

-¿Ah, sí?

-Y ha preguntado por ti. Se pasó por la fábrica el otro día para ver las nuevas instalaciones, pero en realidad quería saber si vendrías a la reunión del instituto.

-Lo dirás de broma.

Sin embargo, esa noticia la hizo sonreír. Sam Evans jugaba en el equipo de fútbol del instituto y Britt se quedó traspuesta cuando le tiró los tejos... para dejarla poco después por Heather Haver, la jefa de animadoras. Era algo tan típico que se habría partido de risa si no se le hubiera roto el corazón.

-Tienes que venir, Britt. Dale al chico otra oportunidad.

-De eso nada.

-Ohio no es el pueblo aburrido que solía ser. Ahora hay un karaoke y una galería de arte.

-Estás loca.

-Que no, que es verdad. Ya no es lo mismo.

-Eres tú la que ha cambiado, Rechel . Has encontrado el amor y una carrera en la fábrica de tu padre. Te has convertido en una vecina de Ohio, una vecina rica además.

-Hago caramelos, Britt. No soy Bill Gates.

-Seguro que ahora mismo llevas un traje de chaqueta.

Al otro lado del hilo hubo un silencio.

-La ropa no lo es todo.

-Solía serlo. La ropa era algo simbólico, ¿recuerdas? Un reflejo de lo que éramos.

La idea sonaba un poco tonta, pero entonces creían firmemente en ello. Vestir con colores imposibles, con ropa rara y montones de bisutería que hacían ellas mismas las separaba del resto.

- Me he vestido así porque tenía una reunión. ¿Y qué? Es un disfraz. Tú también te disfrazas, ¿no?

-No -contestó Britt, mirando su chaleco de cuero y su falda de piel de leopardo.

Un atuendo que se habría puesto a los dieciséis años... metiéndolo previamente en una bolsa para cambiarse antes de llegar a casa. Era un rollo que sus padres estuvieran todo el día en el instituto.

-Para mí, volver a Ohio no sería lo que ha sido para ti.

Dos años antes,Rechel salió del apartamento que compartían en Phoenix con el objetivo de convencer a su ex prometido, Finn, de que siguiera al frente de la fábrica de su padre. El problema era que volvió a enamorarse, se casó y dirigía con él la empresa familiar. Un auténtico final feliz.

La vida de Britt nunca sería así de fácil.

-Nunca se sabe -dijo Rechel .

-Yo sí lo sé.

Su futuro era un misterio, pero no estaba en Ohio.

-Sam sigue estando buenísimo. Y no deja de preguntar por ti.

-No le habrás contado la verdad, ¿no?

-No. Y cuando le dije que estabas casada se puso nerviosísimo.

-¿Ah, sí? Qué bien. Gracias por decírselo.

La campanita de la tienda sonó en ese momento y Britt levantó la cabeza.

Acababa de entrar una chica con la típica expresión de «me da igual que duela, pienso hacerme un tatuaje».

-Tengo que colgar. Ha entrado una clienta.

-No me digas que no. Dime que te lo pensarás.

-Tengo que colgar.

-Te prestaré mi bustier de Madonna -insistió Rechel .

-No, gracias.

-Britt...

-Adiós -se despidió ella, antes de colgar-. ¿Quieres hacerte un tatuaje? -le preguntó a la clienta.

-Mi amiga Jeannie me ha dicho que eres muy buena.

-¿Jeannie? -repitió Britt, pensativa-. ¿Se hizo un unicornio hace poco?

-Esa misma -contestó la joven-. Es un tatuaje precioso.

-Sí, cuando una cosa sale bien, sale bien.

-Jeannie dice que tú sabes elegir el tatuaje adecuado para cada cliente. ¿Es verdad?

-Supongo que sí. Depende de las vibraciones que emita cada persona. A ver, dame tu mano. ¿Cómo te llamas?

-Le... Linda.

Ajá. Le... Linda estaba mintiendo. Y muy nerviosa.

Britt cerró los ojos para buscar el aura de la joven.

-¿Qué ves? ¿Un sol? Yo no veo un unicornio como el de Jeannie, pero a lo mejor un leopardo...

-Calla -murmuró Britt. La imagen estaba muy borrosa.

-Lo que realmente me gustaría es un tatuaje de Xena, la princesa guerrera. En el hombro.

Entonces lo sintió. Linda no estaba preparada para un tatuaje. Quizá nunca lo estaría.

-Me temo que no va a poder ser.

-¿Porqué no? -preguntó la joven.

-Los tatuajes son algo permanente.

-Por eso quiero uno.

Britt estudió el rostro de la chica. Estaba furiosa y resentida por algo o con alguien.

-¿Por qué has venido?

-Porque quiero hacerme un tatuaje -contestó ella.

-Eso ya lo sé. ¿Por qué quieres hacértelo?

-Para... no sé, para decir algo sobre mí misma.

-¿Por qué?

-Pues... porque mi hermana es un pesado que insiste en que debo solucionar mi futuro, que tengo que hacer esto y lo otro... Tengo diecinueve años y puedo vivir mi vida sin que nadie me diga lo que debo hacer, ¿no?

-Sé cómo te sientes. Yo tenía una hermana mayor que hacía lo mismo.

-¿Y te hiciste un tatuaje?

-Sí, pero para mí fue diferente -suspiró BrittLa suya había sido una rebelión total, pero en el caso de Linda seguramente era una simple pataleta-. Cuando tenía diecisiete años me marché de casa con mi mejor amiga.

-¿Ah, sí? A lo mejor yo también debería hacer eso. Dejar la universidad y empezar en otra parte...

-No, no. Yo era demasiado joven y lo pasé muy mal. No tenía estudios y tuve que hacer de todo para sobrevivir.

-Pero ahora tienes esta tienda.

Britt miró alrededor. Estaba orgullosa de su negocio. Tenía un ambiente único, con cristalitos de colores colgados del techo, plantas exóticas y velas aromáticas.

-Tuve suerte.

-Bueno, pues puede que mi suerte empiece con un tatuaje -insistió Linda.

-¿Por qué no hablas con tu novio y con tu hermana?

La chica se tocó el hombro, obstinada.

-El tatuaje, por favor.

-Mira, yo conozco un sitio estupendo donde hacen tatuajes de henna que duran un mes. Si después de un mes sigues queriendo hacerte uno definitivo, puedes volver aquí.

-¿De verdad crees que no estoy preparada?

-De verdad -suspiró Britt.

-No sé...

-Xena seguirá aquí, no te preocupes.

Por fin, Linda asintió con la cabeza.

-Bueno, dame la dirección. Pero no sé cómo vas a hacer negocio si te niegas a hacerle tatuajes a la gente.

-Eso digo yo -suspiró Britt. Había días que rechazaba a varios clientes-. Y dile a tu hermana que te deje en paz.

-Tú no la conoces -murmuró la joven.

Cuando se marchó, Britt seguía dándole vueltas a su conversación con Rechel.

Cansada, puso el cartelito de «Vuelvo dentro de una hora» y subió a su apartamento para hacerse una ensalada de tofu.

Su amiga la conocía bien. La noticia de que Sam Evans había preguntado por ella estaba dándole qué pensar.

No se lo contó a Rechel, pero empezaba a hartarse de «vivir libremente, sin convenciones».

En parte, le encantaría volver a Ohiopara enfrentarse a todos aquellos provincianos, pero sus padres se llevarían un disgusto.

Cuando se marchó de allí, a los diecisiete años, eso le había dado igual. Sólo pensaba en vivir su vida sin intromisiones.

Pero según pasaron los años y se hizo adulta, empezó a comprender cuántos disgustos les había dado. Sus padres eran demasiado estrictos, demasiado inflexibles, pero lo hacían por cariño. Por eso se inventó una vida como la que ellos hubieran deseado: sus padres pensaban que estaba casada y tenía una boutique.

Pero un día tendría la vida que siempre había querido. Un día su salón de tatuajes daría dinero y no tendría problemas para llegar a fin de mes. Y quizá encontraría un mujer que sería tan fiel y tan estupendo como Eleine, el falso marido médico que inventó para sus padres. Y que la querría con locura.

Entonces quizá volvería a Ohio como la hija pródiga. Tendría que seguir diciendo que el salón de tatuajes era una boutique, por supuesto. Diera dinero o no, hacer tatuajes era algo rarísimo para la gente del pueblo. Pero con un negocio floreciente y un marido al lado le probaría a todo el mundo que había triunfado en la vida.

Y le encantaría ver la cara de Sam Evans cuando descubriese lo que se había perdido...

El timbre del teléfono interrumpió sus pensamientos.

-Tienes que venir a casa -el típico saludo de su hermana Donna, ajena por completo a los «hola» o «¿cómo estás?». Su familia sólo tenía el número de teléfono del apartamento y un apartado de correos, de modo que no podían aparecer sin avisar.

-Hola, guapa -la saludó Britt.

Su hermana y ella sólo hablaban en los cumpleaños y en Navidad. Como tenía niños, Donna no era capaz de mantener una conversación en la que no incluyese información sobre enfermedades, caídas, travesuras, etc. -Britt, tienes que venir a casa.

-¿Has estado hablando con Rechel?

-Qué va. Es por papá.

-¿Qué le pasa?

-Ha sufrido un infarto.

-¿Un infarto? -repitió Britt, con un nudo en la garganta-. ¿Y cómo está?

-Mal. El médico no sabe si saldrá de ésta.

-Ay, Dios mío. Pero si sólo tiene cincuenta y cinco años...

-Lo sé -suspiró Donna-. Tan joven... - al fondo Britt podía oír a su sobrina Shelley gritando como una posesa-. ¡Dale un caramelo a tu hermana, Byron! ¡Si quieres volver a jugar con Dimples dale un caramelo ahora mismo!

Una amenaza digna de un secuestrador, pensó Britt. Dimples era el dinosaurio de peluche que ella le había regalado por Navidad y del que su sobrino no se separaba.

-Donna...

-Bueno, el caso es que mañana le van a hacer una angioplastia y ha preguntado por ti y por Eleine.

-¿Ha preguntado por mí?

-Y por tu esposa. Como es médico, quiere hacerle algunas preguntas, pero me mataría si supiera que te he llamado. No quieren preocuparte.

-Ya, claro -Britt no sabía qué decir. Su padre estaba enfermo, quizá muriéndose.

Y preguntando por su marido-. Tendré que buscar a alguien que se encargue de... la boutique. Pero no creo que Eleine pueda ir conmigo. Está muy liado en... el hospital.

-Papá podría estar muriéndose, Britt ¿Cómo puedes negarle la oportunidad de conocer a tu esposa? Te lo advierto...

-No tienes que advertirme nada, Donna.

-No era a era a mi hija... ¡Shelley, sácate ese polo de la nariz ahora mismo! Mira, ahora no puedo seguir hablando.

-Pero Donna...

-Tienes que venir a Ohio como sea. ¡Byron, deja eso! Bueno, tengo que colgar. Te espero en casa.

Britt se quedó mirando el teléfono. ¿Qué podía hacer? Tendría que volver a casa, decir que Warren... ¿qué podía inventar? ¿Que estaba con Cruz Roja en Sudamérica? No, eso ya lo había contado para justificar el vertiginoso matrimonio.

Inventar a Eleine había sido un error. Primero les dijo que era su novio para tranquilizarlos, porque su madre estaba aterrada con el porcentaje de crímenes que había en Phoenix. Pero un día uno de sus novios contestó al teléfono a las siete de la mañana... y tuvo que decirle que se habían casado.
Pensar en el disgusto y la desilusión que se llevarían si supieran que nada de eso era cierto...

Los clientes del salón la mantuvieron ocupada durante todo el día, pero Britt no podía dejar de darle vueltas al asunto. Tatuó un águila, un sol naciente, un signo de la paz y convenció a una pareja de novios para que no se borraran el nombre del otro porque la pelea no iba a durar mucho tiempo. A las ocho, puso el cartel de «Cerrado» y subió a casa.

Mientras se hacía un té, encendió una vela de lavanda y una barrita de incienso.

Su padre estaba enfermo... tenía que ir a verlo. Pero le daba pánico. Mentir por teléfono era relativamente fácil, pero hacerlo en persona seguramente le resultaría imposible. Si hubiera un Eleine disponible por ahí... Bom. Bom. Bom. Alguien estaba golpeando la puerta de la tienda con tanta fuerza que podía oírlo desde arriba. Britt arrugó el ceño. ¿No habían visto el cartel de
«Cerrado»?

A veces tatuaba a alguna pareja de amantes desesperados, fuera la hora que fuera, pero aquella noche no estaba de humor.
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Mensaje por 3:) el Lun Jul 02, 2018 9:40 pm

se les vino la noche a britt jajaja
a ver a donde consigue un medico/pareja???
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Mensaje por micky morales el Mar Jul 03, 2018 7:51 am

Muy interesante la mentira de Britt, ya se ve que tiene una hermana insufrible, a ver como soluciona esto!!!!
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Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jul 08, 2018 3:38 am

Capítulo 2

Santana Lopez volvió a llamar a la puerta de la tienda. ¿Qué clase de maníaco le hace un tatuaje a una niña de diecinueve años? Lo obligaría a pagar por el procedimiento láser para borrárselo por las
buenas o por las malas.

Por supuesto, Leslie no quería borrárselo. Pero cuando se diera cuenta de lo absurdo que era, élla tendría que soltar cinco mil dólares. Y no estaba dispuesto. Furiosa, siguió golpeando la puerta mientras miraba el reloj. Sólo eran las ocho y cuarto, de modo que tenía que haber alguien dentro. Cuando apoyó la cara en el cristal, vio que el interior estaba muy limpio, con plantas y cristalitos por todas partes. Qué raro, pensó. No parecía un sitio visitado por macarras y ex convictos. Y su pobre y confusa hermana.

Ojalá creciera de una vez. Cuando él tenía diecinueve años se portaba como un adulto. Y estaba harto de sacarla de líos. Además, tenía suficiente entre las manos con su nueva clínica y sus peleas con Rachel. Rachel... No podía creer que hubiera comprado las alianzas. Apenas habían hablado de formalizar su relación y ella ya había comprado dos alianzas.

«No he podido resistirme. Estaban a un precio increíble».

A veces lo sacaba de quicio. Además, desde que salió la palabra «matrimonio» se sentía como muerto por dentro. Y cuando le dijo que necesitaba tiempo, Rachel se puso furiosa.

Entonces vio que se abría la puerta de la trastienda. Estupendo. Pero en lugar de un tipo gordo con chaleco de cuero, apareció una chica bajita con un montón de pendientes, un buen escote y cara de fastidio.

-Está cerrado.

-Tengo que hablar contigo sobre un tatuaje.

Britt abrió la puerta.

-¿Tú quieres hacerte un tatuaje?
la tipa, con aspecto de ejecutiva, llevaba unos pantalones bien planchados y un polo oscuro. Nada que ver con sus clientes habituales.

-No, yo no. Es mi hermana.

Britt lo dejó entrar y se cruzó de brazos, esperando una explicación.

A pesar de lo enfadado que estaba, Santana debía reconocer que la chica de los cuatro pendientes y las puntas de color rosa era muy guapa. El chaleco de cuero destacaba unos pechos estupendos y dejaba ver un estómago plano. Estaría estupenda sobre una moto. Como la que élla quería alquilar para escaparse de todo durante unos días.

-A ver, cuéntame.

-Le hiciste un tatuaje a mi hermana.

-¿Y?

-Y es horroroso... esa amazona en el hombro...

-¿Cómo se llama tu hermana?

-Leslie Lopez . Vino esta tarde, aconsejada por su amiga Jeannie.

Britt lo pensó un momento.

-No recuerdo a ninguna Leslie.

-Seguramente no es tu tipo de cliente. Es una chica universitaria.

-¿No me digas? -replicó ella, fulminándolo con sus ojos verdes-. Pues no me
acuerdo.

-A lo mejor se acuerda tu ayudante.

-No tengo ayudante. Además, ¿a ti qué te importa lo que se haga tu hermana?

Santana dejó escapar un. suspiro. «Paciencia, paciencia», se dijo.

-Mira, puedes llevar tu negocio como te dé la gana mientras tus clientes no sean menores de edad.

-¿Cuántos años tiene tu hermana?

-Diecinueve.

-Es mayor de edad -replicó Britt-. Y no hace falta un permiso de los padres para hacerse un tatuaje.

-Esto es increíble. El Estado exigía una licencia para todo, excepto para gente que usaba agujas con las que perforar a los demás. Asombroso.

-Relájate. Uso agujas nuevas para cada cliente y las esterilizo antes de usarlas.

-Ah, genial. Mira, no estoy intentando amargarte el día, sólo quiero ayudar a mi hermana -replicó élla.

-¿Ella te ha pedido ayuda?

-Ella necesita mi ayuda. Pero no estamos hablando de eso.

-Muy bien. ¿El tatuaje lleva tinta marrón?

-¿Qué? No lo sé. Me parece que era marrón, sí. Y enorme, le llega hasta el cuello. Ahora sólo podrá ponerse jerséis de cuello alto.

Britt lo pensó un momento. Podría ser Linda, la chica que parecía tan nerviosa, la que tenía un hermano que quería controlarlo todo.

-Henna -dijo entonces

-. ¿Es Xena?

-¿Henna, Xena? Yo qué sé. Es una mujer con aspecto de guerrera.

-Esa misma. Mira, yo no le he hecho el tatuaje a tu hermana, pero aunque fuera así, ¿qué esperabas que hiciese ahora?

-Pues... quiero que se lo borres.

-Un tatuaje sólo se borra con láser.

Santana se quedó pensativo. No podía ganar. Linda era mayor de edad, de modo que no podía demandar a aquella chica.

-Muy bien. Supongo que mi hermana volverá por aquí para hacerse otro tatuaje y cuando vuelva quiero que te niegues a hacérselo.

-¿Quieres que rechace un cliente? -preguntó ella, que parecía tomárselo a risa.

-Sí. Te pagaré lo que...

-No, gracias. Por cierto, no me has dicho cómo te llamas.

-Perdona. Santana Lopez .

-¿Santana ? Qué nombre más raro. Mira, Santy, yo no le hago tatuajes a cualquiera. Me parece que tu hermana vino esta tarde, pero dijo llamarse Linda. Y no le hice el tatuaje porque me dio la impresión de que no estaba segura. Su aura me decía que...

-¿Su aura?

-Intento comprobar si el cliente de verdad quiere el tatuaje y cuál le iría mejor.

-Lo dirás de broma.

Aquella chica estaba como una cabra.

-No. Y no juzgues algo que no entiendes, Santy .

-Prefiero que me llamen San.

-Muy bien, San . No juzgues cosas que no entiendes.

-Entonces, el aura de mi hermana decía que no.

-Eso es. Así que le sugerí que se hiciese un tatuaje temporal, de henna. Sin agujas, ¿entiendes? ¿Le diste una oportunidad da explicártelo?

-Lo intentó, pero...

-Con tu actitud, yo no me molestaría en darte explicaciones.

-Entonces, ¿el tatuaje se borrará?

-En unas tres semanas.

San se quedó pensativo.

- Así que te negaste a hacerle el tatuaje.

Ella se quedó mirándola, con la cabeza ladeada. Chulita, pero con principios. Una chica intrigante e intensa. Muy intensa.

Y élla había sido un idiota.

-Supongo que te debo una disculpa. Perdona, no sé cómo te llamas.

-Britt. Y me debes algo más que una disculpa, Sany . Estaba tomando una taza de té y me has hecho bajara la tienda.

-Lo siento. Y siento lo de mi hermana. Es que está pasando por una fase.

Santana Lopez era de los que querían controlarlo todo, evidentemente. Pero la sincera preocupación que sentía por su hermana hizo que Britt se lo pusiera fácil.

-Leslie dice que la estás volviendo loca.

-¿Te dijo eso?

-Quiere vivir su vida como le dé la gana sin tener que darte explicaciones. Por eso quería el tatuaje de Xena.

-Ya veo... En fin, perdona que te haya molestado. Puedo pagarte lo que me digas. Claro. El dinero lo resolvía todo para tipas como élla.

-No hace falta que me pagues nada, pero puedes hacer otra cosa: dejar a tu hermana en paz. Ya no es una niña.

-Me lo pensaré -sonrió San -. Y gracias por no hacerle el tatuaje.

Estaban mirándose a los ojos y Britt sintió una extraña conexión. A pesar de la rop de ejecutivo la chica era guapa, muy guapa, de pelo oscuro y ojos honestos.

Una buena chica, una chica tradicional de los que le gustarían a su madre. Como el imaginario Eleine.

Élla carraspeó entonces.

-Bueno, me marcho. Pero seguro que si Leslie vuelve no le harás un tatuaje, ¿verdad?

-Depende de su aura. Si su aura está preparada...

-¿Qué? Por favor, sólo está pasando por una fase.

-Eso me lo dirá su aura.

-Mira, te daré mi número de teléfono. Si Leslie viene por aquí, llámame.

-Es su cuerpo, no el tuyo.

-Me gustaría hablar con ella antes de que haga algo de lo que podría arrepentirse después. Sólo te pido que me llames -insistió élla, sacando una tarjeta de la cartera.

-Me lo pensaré.

-Espera, ¿tienes un bolígrafo?

-¿Para qué?

-El número que aparece en la tarjeta es antiguo... bueno, en realidad estaré fuera toda la semana, así que será mejor que te dé ella del móvil.

Britt le dio un bolígrafo y San anotó un número.

-¿Dónde vas a estar?

-No lo sé. Sólo quiero marcharme de aquí unos días.

-¿Ah, sí? ¿Y de qué huyes? El dejó escapar un suspiro.

-De mi vida.

-¿Llevas una vida muy dura?

-En realidad, no. Sólo quiero aclarar mis ideas.

-¿Y eso?

¿Qué clase de problemas podía tener doña Perfecta?, se preguntó Britt.

-Mejor no te lo cuento. Pero llámame.

«Llámame». Las palabras quedaron colgadas en el aire.

-Muy bien. Lo haré.

-Si viene mi hermana por aquí...

-Claro.

El momento se alargó hasta que Hollis se dio cuenta de que era muy raro estar allí, mirándola sin decir nada.

-Bueno, gracias.

-Buena suerte aclarando tus ideas.

Britt lo observó alejarse con una sonrisa en los labios. Buen trasero, pensó. Entonces miró la tarjeta: Doctora Santana Lopez , Odontóloga.

¿Una odontólogo? ¿Un médico? Cielos, podría ser Elene perfectamente. ¿No sería estupendo llevarlo a Copper Corners?

Sería la mujer ideal y sus padres estarían encantados. Incluso podría darle algún consejo a su padre... bueno, consejos dentales. Pero, al fin y al cabo, esa también era una rama de la medicina, ¿no?

Y le debía un favor... Britt abrió la puerta y salió corriendo tras élla.

-¡Espera un momento, Santy !

-¿Sí?

-Conozco un sitio perfecto para aclarar tus ideas.

-¿De verdad?

-Sí. Ven conmigo a la reunión de mi instituto.

-Ya, claro -rió élla, abriendo la puerta del coche.

-No, lo digo en serio. Necesito una pareja para este fin de semana.

-Lo dirás de broma.

-Lo digo muy en serio -replicó Britt

-No puedo.

-Has dicho que no tenías ningún plan.

-Pero si no nos conocemos...

-Sería divertido, ¿no crees?

-Me halagas, pero no -contentó San .

Le estaba diciendo que no. ¿Por qué? ¿Se sentía superior a ella? Menudo idiota.

-Vamos a hacer un trato: si tú vienes conmigo, yo prometo no hacerle un tatuaje a tu hermana.

-¿Me estás chantajeando?

-En absoluto. Antes te has ofrecido a pagarme... considera esto como mis honorarios - sonrió Britt.

-Pero yo... esto es ridículo.

Britt se daba cuenta de que la idea no le desagradaba en absoluto. Genial.

-Venga, Santy . Nos reiremos mucho y podrás aclarar tus ideas todo lo que quieras.

-¿No me digas? -sonrió élla-. ¿Y por qué me reiré tanto?

-Porque yo soy una chica muy divertida.

Esa réplica hizo que los ojos de Hollis brillasen, traviesos. Mejor.

-No sé...

-Venga. ¿Qué podrías perder?


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Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jul 08, 2018 4:30 am

Capítulo 3


El viernes a mediodía San aparcó frente al salón de tatuajes, sin saber muy bien por qué había aceptado. Quizá para salvar a Leslie de un tatuaje o por el ultimátum de Rachel: «¿Nos casamos o no? Decídete durante ese absurdo viaje en moto».

A Santanat no le gustaban los ultimátum.

Y luego estaba Britt... Había algo irresistible en ella.

Volvería el domingo por la noche de aquella absurda reunión de la que no sabía nada, de modo que aún le quedarían unos días para marcharse en moto a alguna parte.

Ese era el plan: disfrutar de unos días de libertad antes de abrir la clínica dental. Alquilar una moto y conducir sin destino. Quizá alejado de Rachel sus sentimientos por ella se harían más fuertes. Rachel era una buena persona. Estaba herida por sus vacilaciones y lo ocultaba haciéndose la
dura. Élla odiaba los ultimátum, pero ella se volvía loca con la incertidumbre.

Le había dicho que necesitaba tiempo y ella replicó que no lo tenían. Su reloj biológico no dejaba de marcar las horas y ya estaba planeando el colegio de los niños, la casa y la residencia para el día que se jubilasen. Era imposible.

Élla sólo quería perderse con la moto, pero allí estaba, frente a un salón de tatuajes, dispuesto a pasar el fin de semana con una extraña.

«¿Qué podrías perder?». Eso le había preguntado Britt, con una sonrisa más que prometedora.
Sólo era un fin de semana, se recordó Santana a sí mismo. Y dormirían en diferentes habitaciones.

Entonces, ¿por qué no se lo había contado a Rachel? Quizá porque ella nunca creería que había sucumbido a un chantaje. Apenas lo creía él mismo. Y tenía la impresión de que Brittany pierce guardaba más sorpresas. Santana miró alrededor. ¿Dónde estaba? Llegaba tarde, por supuesto.

Cuando aceptó ir con ella, Brittle contó que Copper Corners estaba a tres horas de Phoenix... y élla se ofreció a llevarla en su coche. Ni siquiera había tenido que pedírselo. Una mirada de esos ojos color esmeralda y le decía que sí a todo. Era tan enérgica, tan segura de sí misma. Aunque vestía como una universitaria rebelde, debían de tener la misma edad. Y había algo oculto en ella, algo muy
interesante.

Britt le había dicho que tenía pinta de necesitar un poco de diversión y era cierto. Con tanto trabajo, se le había olvidado lo que era pasarlo bien. Y ella daba la impresión de saber pasarlo muy bien. Esa idea lo ponía nervioso.

«Cálmate, San», se dijo. En realidad, estaba casi prometida con Rachel.

Lo estaba haciendo por Leslie, ¿no? Era la última vez que sacaba a su hermana de un apuro.

Además de suspender los exámenes finales, se había gastado un dineral con su tarjeta de crédito... Y, por su culpa, iba a pasar el fin de semana con una mujer que llevaba chalecos de cuero, varios pendientes en la oreja... y tenía un escote de cine.

«Piensa en el viaje en moto». San Hollis cerró los ojos y se imaginó a sí mismo volando por la carretera... pero en la imagen aparecía Britt sentada detrás de él, agarrándolo por la cintura.

«¿Qué podrías perder?». Mucho, pensó.

Por la ventanilla vio a una mujer con una bolsa de viaje al hombro. Era de la estatura de Britt, pero aquella chica llevaba un vestidito de flores y tenía el pelo rubio, cortado a media melena. Cuando se cambió la bolsa de hombro, se fijó en unos pechos grandes, altos... eróticos. Oh, cielos.

-¿Britt?

-¿Te gusta? -sonrió ella, dándose una vuelta.

-Pero estás tan...

-¿Normal, vulgar?

-Diferente.

Vulgar nunca. Aquella chica no podría ser vulgar aunque quisiera. Aunque debía admitir que estaba un poco decepcionado. Por alguna extraña razón, había esperado el chaleco de cuero y la faldita de leopardo.

-Me he vestido para parecer Miss Copper Corners.

-Pues lo has hecho de maravilla.

Sonriendo, Britt dejó la bolsa de viaje y otra bolsita de plástico con provisiones, según ella, en el asiento trasero, y se sentó a su lado. Olía a algo indefinido, un perfume poco habitual.

-¿Por qué te has vestido así?

-Para que los del pueblo no se asusten. No pueden con la auténtica Britt Pierce.

-Ya veo -murmuró Santana. En realidad, esa nueva imagen no disminuía su atractivo en lo más mínimo.

-Mira, he traído bocadillos para el viaje. Cerveza para mí y Coca-Cola para ti. Tienes que conducir.

-¿Vas a tomar cerveza a las doce del mediodía?

-Sí, ¿por qué? ¿Crees que debería tomar un whisky?

-Por favor...

-Venga, hombre. En los viajes no hay horarios. ¿Sabes que en los casinos de Las Vegas no hay relojes? Cuando vas de viaje, es como estar de fiesta... A ver, pon un poco de música -dijo Britt entonces, bailando en el asiento.

Santana levantó los ojos al cielo.

-Has llegado tarde.

-No se llega tarde cuando uno va de viaje, ya te lo he dicho -replicó ella, sacando un bocadillo de la bolsa-. ¿Quieres?

-No, gracias.

-Tú te lo pierdes.

Britt miró su perfil. A juzgar por la expresión irritada, no estaba preparado para conocer toda la historia. Tendría que encontrar el momento. Pero le hacía gracia volver a Copper Corners con su «marido». Así vería la reacción de Sam Evans. Aunque no podría hacer nada con élla, claro. Ella no era una adúltera. Pero la satisfacción sería inmensa.

Aquello iba a funcionar. Si tenía alguna duda sobre el plan, la alegría de su madre cuando le dijo que volvía a casa con Warren le demostró que estaba haciendo lo que tenía que hacer. No le había dado una alegría a su madre desde el concurso de pintura en octavo.

De modo que debía convencer a Santana para que se hiciera pasar por Eleine. Y lo mejor sería animarlo un poco, pensó. Ofrecerse a conducir y darle un par de cervezas.

-Así que eres dentista, ¿eh? ¿Dónde está tu clínica?

-Hasta la semana pasada, en el hospital Santa Mariah. Atendíamos a gente sin dinero.

-Un trabajo benéfico, qué impresionante.

-No tanto. Me pagaban un buen salario. Pero la semana pasada dejé de trabajar allí.

-¿Y eso?

-He abierto una clínica propia.

-Ah, qué bien -sonrió Britt, mordiendo su bocadillo de embutido con mayonesa.

-¿Tú sabes lo que eso le hace a tus arterias?

Ella lo miró, sorprendida.

-La Dirección General de Sanidad cambia sus indicaciones sobre el colesterol cada quince días. ¿Por qué negarme un placer cuando no están seguros de si es malo? Además, la vida no se puede controlar. Podríamos resultar aplastados por un camión en cualquier momento.

-Mientras yo conduzca, imposible -contestó Santana.

-No eres tú quien me preocupa. Es el universo.

-Muy fatalista, ¿no?

Ella se encogió de hombros. Por impulso, le acercó el bocadillo para que diera un mordisco y, sin darse cuenta, le manchó de mayonesa. Hollis sacó la lengua para limpiarse y ella se quedó mirando, fascinada. Era rosa, no demasiado oscura o demasiado pálida. Y le gustaba ver cómo la movía...

Santana la miró entonces y se quedaron por un momento en suspenso. Ajá, allí había energía sexual. Qué raro. Vestía como un ejecutivo, llevaba el pelo bien cortado... pero le gustaba.

El silencio se alargó tanto que Britt se vio obligada a romperlo:

-¿No te interesaba trabajar para gente pobre?

-No es eso -contestó éllla, apretando el volante.

-¿Entonces?

-Había llegado el momento de abrir mi propia clínica, de ponerme serio.

-A mí me parece muy serio que la gente pobre tenga problemas dentales.

-Y a mí, pero siempre había querido abrir una clínica privada. Tengo veintisiete años y ya era hora de hacerlo. Además, hay un montón de dentistas esperando ocupar mi sitio.

-Pero echas de menos ese trabajo –dijo Britt.

Santana se volvió, sorprendido. A Britt le pasaba muchas veces. No tenía poderes, sencillamente era sensible a los gestos de la gente.

-También me gustarán los pacientes de mi clínica.

-Claro, claro. Pero tenía dudas. Eso era evidente.

-¿Y tú? ¿Por qué te dedicas a los tatuajes?

-Porque ser bailarina de striptease no me hacía gracia. Y vender droga, menos.

Santana soltó una carcajada.

-Pero debes admitir que es un trabajo un poco raro.

-Sí, pero siempre me ha interesado el arte. Me hice un tatuaje a los diecisiete años y entonces me di cuenta de que era asombroso poder darle vida a un dibujo en el cuerpo de una persona, como si fuera un lienzo viviente.

-Pero no le haces tatuajes a gente que no deba llevarlos, ¿no?

-Eso es. Un tatuaje es una forma de expresión y no me lo tomo a broma. Así que no tatúo a gente que ha bebido, a los que están enfadados por algo o a los que acuden a mi salón presionados por sus amigos. Su aura me dice que no.

-Otra vez el aura...

-Es un don -sonrió Britt-. Sé que no te lo crees, pero es real. Por ejemplo, yo sé cosas sobre ti.

-¿Ah, sí? ¿Por ejemplo?

-Para eso tengo que leer tus manos y mirarte a los ojos.

-Lo siento -sonrió Santana, levantando una mano del volante.

-Bueno, entonces tendrá que ser una lectura muy limitada -Britt observó su perfil: nariz recta, mentón firme. Eso y lo que su hermana le había contado le daban ciertas claves-. Vamos a ver: Santana Lopez obedece las reglas. De niña, tenías la habitación organizada, los lápices con punta y los deberes hechos. Nunca te ha hecho falta un despertador para levantarte, sacabas buenas notas en el instituto y te graduaste con honores en la universidad.

-Muy impresionante... aunque me hacía falta el despertador para levantarme. Y no siempre obedezco las reglas.

-Si tú lo dices...

-A ver, sigue.

-Muy bien -sonrió Britt, sin dejar de mirarla. Había en Santana una solidez que, aunque a ella le parecía un poco aburrida, muchas mujeres encontrarían atractiva-. Siempre has tenido novia. Nada de aventuras de una noche. De hecho, ahora mismo tienes novia.

Al decirlo, se percató de que no le hacía ninguna gracia. Pero ninguna. Y eso explicaba por qué Santana había pedido que durmiesen en habitaciones separadas.

Pero ¿por qué no mencionó a su novia?

-Pues sí, es cierto.

-¿Cómo se llama?

-Rachel.

-¿Y vas en serio con ella?

-Bueno, llevamos algún tiempo saliendo juntos.

Britt notó que la puntita de las orejas se le ponía colorada. De modo que no estaba seguro de su relación...

-Bueno, más cosas: eres ahorrador, haces resoluciones el día de fin de año, no crees en la suerte y nunca has nadado desnuda.

-No está mal -sonrió élla-. pero me haces parecer muy aburrido.

-Es lo que veo.

-Podría sorprenderte.

-Venga, Santy. Tú nunca te has pasado de la raya.

- ¿Y si te digo que dejé la universidad durante tres meses para irme por ahí en moto?

-Me quedaría sorprendida.

-Es cierto.

-¿De verdad? ¿Y qué pasó?

-Que después volví a la universidad.

-Ya me imaginaba.

Menudo rebelde con tarjeta de crédito.

-Tenía que sacarme el título. Mis padres se habían gastado mucho dinero en mí.

-¿Sigues teniendo la moto?

-No, la vendí. Era demasiado peligrosa.

-Pero te encantaba, ¿no? Chica, la vida es peligrosa. ¿Por qué no palmarla haciendo algo que te gusta?

-Porque había llegado la hora de hacerse mayor.

-¿Lo ves? Eres tan típico... Y ahora que tienes tu clínica te casarás con Rachel, comprarás una casa con jardín y tendrás un golden retriever siempre limpito. Luego, tendrás un niño y una niña... como mandan los cánones.

-¿Y qué hay de malo en eso? -preguntó Santana

-Nada, supongo -sonrió Britt. Allí estaba la oportunidad de contarle la pequeña aventura en la que lo había embarcado-. Pero ¿cómo vas a saberlo a menos que pruebes algo diferente?

-No tengo que probar algo diferente para saber que no es para mí. .

-Venga ya. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo espontáneo?

-Hago cosas espontáneas. Este viaje, por ejemplo.

-Pero esto es fruto de un chantaje, ¿recuerdas? Y empezaba a temer que tendría que secuestrarlo para que se hiciera pasar por su mujer.

-No es ningún chantaje. Me apetecía ir contigo a esa reunión.

-¿Un ganchito? -preguntó Britt, abriendo la bolsa.

-No, gracias.

-Venga, Santy, vive la vida. Haz algo peligroso para variar.

Santana la sorprendió mordiendo el ganchito y mirándola con una expresión que no tenía nada de tímida. Bajo aquellos pantalones tan bien planchados había una Santana Lopez muy caliente, estaba segura. Definitivamente, tenía que emborracharlo.

-¿Quieres que conduzca yo?

-¿Qué?

-Siempre he querido conducir un... Toyota.

-No sé..

-Vamos, Santy, por favor...


Suspirando, Santana se detuvo en un semáforo y puso el freno de mano.

-Venga, conduce tú.

Britt le dio un bote de cerveza.

-Vale, ahora puedes tomar un trago. Vive peligrosamente, hombre.

-¿Una cerveza caliente es vivir peligrosamente?

-Hay que empezar por algún sitio.

Poco después, Santana estaba hablando de su moto y de su intento de rebelión.

-Tu problema es que no hay sorpresas en tu vida. La sorpresa agudiza el ingenio, te mantiene fresco -dijo Britt.

-El problema con las sorpresas es que uno nunca está preparado.

Claro, qué listo.

-Venga, bebe.

Con la segunda cerveza empezó a parecer más relajado, aunque seguía con su actitud de «niña repelente sabelotodo». Pero Britt tenía que hablarle de Eleine y no podía esperar mucho más.

-¿Alguna vez has hecho una obra de teatro?

-¿Por qué me preguntas eso?

-No, por nada, estaba pensando en una sorpresa.

-Nunca he hecho teatro. Una vez salí con una chica que estudiaba Arte Dramático y le daba por montar numeritos. Era como si siempre estuviera esperando un aplauso.

-La interpretación puede ser muy terapéutica, ¿lo sabías? Te abre a nuevas experiencias - dijo Britt-. Deberías probar.

Santana se volvió entonces, mirándola con una expresión rara.

-¿A qué viene eso?

-¿Qué?

-¿Lo dices por algo que te ha contado mi hermana? Leslie está completamente equivocada. Soy muy feliz con mi vida y hacerse un tatuaje no es la respuesta para nada.

-Tu hermana no iría a hacerse un tatuaje si tú la dejaras en paz.

-O sea, que hablasteis de mí.

-Sólo sé que la gente se rebela cuando no se siente aceptada.

Santana se quedó callado un momento.

-¿Lo dices por experiencia?

-Algo así.

Britt no quería hacerle confesiones. Quería que la ayudase por diversión, no por pena. Aunque si las cosas se ponían mal le contaría toda la saga, incluido el infarto de su padre. Y se pondría a sus pies. Puaj. Afortunadamente, en ese momento vio un bar de carretera. Una oportunidad perfecta para probar la habilidad interpretativa de Santana.

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Mensaje por micky morales el Dom Jul 08, 2018 8:02 am

Britt es muy habilidosa, a ver como va la visita a ese bar!!!!
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Mensaje por 3:) el Lun Jul 09, 2018 9:02 pm

britt va por buen camino jajaja
a ver como va la visita al bar??
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Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jul 15, 2018 3:06 am

Capítulo 4

San se sujetó al asiento cuando Britt cambió de carril a toda velocidad.

-¿Qué haces?

-Tengo hambre.

-Pero si te acabas de comer un bocadillo y una bolsa de ganchitos.

-Eso no es nada. Necesito algo más sólido.

Una camarera con peluca y uniforme rosa los saludó, cuaderno en mano.

-Voy un momento al lavabo -dijo Britt.

San se quedó mirándola. ¿Qué estaba tramando?, se preguntó. ¿Por qué se metía tanto en su vida? No había nada malo en tener un plan y seguirlo, como un adulto, ¿no? Pero algunas de las cosas que le había dicho seguían dando vueltas en su cabeza.

Quizá era demasiado organizado, demasiado previsible. Quizá por eso había aceptadohacer aquel viaje con ella. Pero Britt Piecer era una chica a la que había que tomar en pequeñas dosis. Después de un par de días con ella estaría desesperado, deseando volver con Rachel.

Rachel sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Y a élla le gustaba que fuera así, aunque a veces resultaba un poco mandona. La quería; estaba un poco enfadada con ella, pero era su novia.

La camarera le llevó una cerveza, que seguramente Britt habría pedido. ¿Más cerveza? ¿Querría emborracharla?

Ella salió del lavabo poco después y metió unas monedas en la máquina de discos.

Cuando volvía hacia la mesa, San la imaginó de nuevo con el chaleco de cuero y la faldita de leopardo... Horror. Dos cervezas con el estómago vacío estaban haciendo su efecto.

Britt sonrió, como si hubiera leído sus pensamientos. Su habilidad para hacer eso lo ponía nervioso. Aunque, en realidad, sólo eran conjeturas. Si de verdad pudiera leer sus pensamientos vería que no hacía más que quitarle y ponerle el chaleco de cuero. Era normal tener fantasías sexuales antes de sentar la cabeza, ¿no?

Britt se sentó frente a élla, sonriendo de oreja a oreja.

-Bueno, ¿qué quieren tomar? -les preguntó la camarera-. Con calma, no hay ninguna prisa, ¿eh? -dijo entonces, mirando a San como si fuera un niña enferma.

-Las señoras primero -contestó élla.

-Yo quiero una hamburguesa con patatas fritas -anunció Britt.

-Y yo un sándwich de pavo sin mayonesa.

-Muy bien. Ahora mismo se lo traigo. Pero tranquila, respire profundamente, no pasa nada -dijo la camarera entonces.

San la miró, perplejo.

-¿Por qué ha dicho eso? ¿Por qué me miraba de esa forma tan rara?

-¿Ah, sí? No me he dado cuenta.

-No sé, me miraba como si me pasara algo.

Britt se encogió de hombros.

-Ni idea. Tómate la cerveza, voy a pedirte otra.

-¿Qué le has contado?

La música empezó a sonar entonces, una canción lenta.

-Ah, mira, mi canción favorita –sonrío ella, levantándose-. Vamos a bailar.

-Pero si no hay pista de baile...

-El mundo entero es una pista de baile.

Suspirando, San la tomó por la cintura y empezó a dar vueltas por el bar.

-¡Pero si sabes bailar!

-¿Y por qué te sorprende tanto?

-¿Qué le has contado a todo el mundo?

-Tú sigue bailando.

-Pero...

-Venga, es divertido.

Britt le echó los brazos al cuello, apretándose descaradamente contra élla. Y San empezó a sudar. ¿Divertido? Un partido de tenis era divertido.

El estómago de Britt rozaba su entrepierna, que reaccionó inmediatamente, como era natural. Seguían dando vueltas, élla respirando el olor de su pelo... Pero sólo era un baile. No significaba nada.

En ese momento, un tipo con sombrero texano le guiñó un ojo. ¿Qué estabando allí? Le estaban gastando una broma, seguro. Pero ¿cuál era la broma?

San se apartó y tiró de Britt hacia la mesa.

-Pero si la canción no ha terminado...

-Da igual. Dime qué le has contado a esa gente.

-Bueno, bueno, está bien. Le conté a la camarera que estabas haciendo terapia porque sufrías agorafobia, ya sabes miedo a los espacios abiertos. Y que era la primera vez que salías a la calle en varios años.

Unos minutos después, los parroquianos empezaron a aplaudir. Pero a San le pareció que la gente lo miraba de una forma muy rara.

- ¡Por favor! Relájate. Sólo era una broma.

-A mí no me hace ninguna gracia.

-Su pedido -sonrió la camarera, con una bandeja en la mano-. Tómese su tiempo, ¿eh? -le dijo a San -. Yo tenía un primo con el mismo problema, pero se curó.

-Ya, claro.

Mientras comían, no dejaba de mirar a Britt, que parecía tan tranquila. ¿Por qué habría hecho eso?, se preguntaba. Pero ella no parecía a punto de darle una explicación. Y cuando estaba terminando su sándwich, la camarera se acercó con un pastel... sobre el que había una vela encendida.

-Oh, no, ¿les has dicho que era mi cumpleaños?

-¿De qué te quejas? Hemos comido gratis -sonrió Britt-. Y el pastel estaba muy rico, ¿no crees?
Los pasteles de la barra parecían secos.

-Has mentido -dijo San -. Y te has aprovechado de esa gente.

-Yo no lo creo. Les ha hecho ilusión poder ayudar a alguien. No le hemos hecho daño a nadie.

-Dame las llaves.

-De eso nada. Has bebido.

-Muy bien, tú conduces. Pero nada de tonterías.

-No me puedo creer que seas tan aburrida.

-Lo digo en serio. Un truquito más y me vuelvo a casa.

La broma no le había salido nada bien, pensó Britt mientras tomaba la autopista.

San estaba enfadada... Entonces oyó un ronquido. Horror. Se había dormido. Lo de la
cerveza también le salió mal. Pero estaba muy mono con el pelo sobre la frente.

Sin embargo, tenía que convencerlo de que se hiciera pasar por Eleine antes de llegar a Copper Corners...

Media hora después encontró la solución: una tienda en medio de la autopista. Una distracción. Además, tenía que comprar caramelos de menta para que San no oliese a cerveza.

-Despierta, Sany.

-¿Qué? ¿Ya hemos llegado?

-Aún no. Vamos a descansar un ratito.

-De eso nada -replicó élla-. Sigue conduciendo.

-Venga, por favor...

-Está bien, de acuerdo -suspiró San , abriendo la puerta del coche, medio desorientado.

Una vez dentro, de la tienda, Britt le puso un sombrero australiano y unas gafas de sol.
-¿Qué tal un cambio de imagen?

Élla arrugó el ceño, pero dejó que se los pusiera.

Estaba muy guapoa. Con los ojos misteriosamente escondidos Britt podía observar su boca, sus pómulos, altos y clásicos, y su nariz recta. Podía imaginarlo sobre una moto, con el pelo un poco más largo... Si se quitaba los pantalones planchados, tendría muchas posibilidades.

Cuando levantó la mano para colocarse las gafas vio que tenía unos dedos largos y bonitos.

Entrenados para hacer un trabajo muy preciso en sitios recónditos... y seguro que sabía usarlos bien.

-¿Qué tal estoy?

Britt tragó saliva.

-Estupenda. No te pareces nada a Santana Lopez .

-Ahora tú -sonrió élla, poniéndole una boina y unas gafas con montura de cristalitos. Estaban muy cerca y sus manos eran cálidas, tanto como su aliento-. Muy «tú». Por cierto, no deberías haberte cambiado para el viaje. Me gustó mucho la ropa que llevabas el otro día. Britt soltó una carcajada.

-Es un disfraz. Protección para un mundo extraño. Y no te pongas tan seria.

-No me pongo seria.

-Bueno, voy al lavabo. Nos vemos en el coche.

Cuando volvió al coche, vio que San seguía llevando el sombrero y las gafas. En la mano, la boina y sus gafas de cristalitos.

-¿Quién ha dicho que no puedo ser espontáneo?

Britt permaneció callada durante largo rato.

Necesitaba convencerlo para que hiciese de Eleine... ¿pero cómo? Entonces vio el cartel de un pueblo próximo a Copper Corners. Estaban casi llegando y aún no le había dicho cuál debía ser su identidad secreta.

Y tenía que hacerlo inmediatamente.

-Hay un par de cosas que no te he contado.

-¿Por ejemplo?

«Que eres mi muje y te llamas Eliene».

No, demasiado abrupto.

-Me escapé de casa cuando tenía diecisiete años.

-Ah, muy bien.

-Porque no me entendía con mis padres. Como si fuéramos de planetas diferentes.

-¿De verdad?

-De verdad. Excepto para la boda de mi mejor amiga, no he vuelto a Copper Corners.

-Pues tus padres deben de echarte de menos.

-Si creen que las cosas me van bien, están contentos. Además, ya tienen a mi hermana, doña perfecta.

-¿Tienes una hermana perfecta?

-Se parece a ti. Siempre hacía los deberes, nunca llegaba tarde, se casó con un banquero y tiene dos hijos, niño y niña.

-Una chica seria, ¿eh?

-Eso es.

-Y tú no lo eres.

-No. Mis padres son personas muy serias, muy conservadoras. Mi padre es el director del instituto y mi madre profesora de literatura. Les di muchos disgustos cuando era adolescente.

-¿No eras buena estudiante?

-Era la peor. Además, un día pinté un mural en la cafetería que reflejaba el instituto como una prisión, con los estudiantes llevando pancartas que decían: «Libera tu mente» o «Aprender sin tortura».

San soltó una carcajada.

-Pero has crecido.

-Mi vida es demasiado rara para ellos.

-Por eso te has puesto ese vestidito de flores.

-Para protegerlos -suspiró Britt-. Por eso, que vengas conmigo a Copper Corners es importante. Les dije que... iría con alguien muy especial.

-¿Alguien muy especial? Soy tu amiga, ¿no?

-¿Recuerdas lo que dije antes sobre la interpretación? La verdad es que esperaba que... bueno, que aparentases estar muy unida a mí.

Santana se volvió.

-¿Quieres que me haga pasar por tu novia?

-Algo así. Mira, no sólo voy para la reunión del instituto. Mi padre ha sufrido un infarto y está muy mal. Si vienes conmigo y me ve contenta, se animará un poco.

-Debería haberlo imaginado -suspiró San. Quieres que me haga pasar por tu novia.

-¿Lo harás? Ya casi hemos llegado.

«Date prisa, di que sí. Tengo que decirte que estamos casados y que te llamas Eleine».

Silencio.

Santana se quitó el sombrero y las gafas y los tiró sobre el asiento trasero.

-Ser tu novia no es como ponerse un sombrerito, Britt. Tu familia me hará preguntas. Tendremos que ser... afectuosos el uno con el otro. Tendremos que fingir...

-Mi padre se está muriendo, San. Por favor.

Más silencio.

-Creo que deberías contarles la verdad. Ya no eres una niña.

-Mira, esto es muy importante para mí. ¿Podrías intentarlo al menos?

-No.

Poco después llegaban al pueblo. Y a su casa. Britt pisó el freno.

-Ya estamos aquí.

Se le encogió el corazón al ver la casa, pintada de amarillo. De pequeña le parecía una cárcel, pero en aquel momento... le llevaba muchos recuerdos. Tontamente, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué iba a hacer? No podía presentarse en casa sin Eleine.

Así que pisó el acelerador.

-¿Qué haces? -exclamó San.

-No puedo entrar en mi casa.

-Para el coche, Britt.

Ella obedeció, deteniéndose frente a la casa de sus vecinos.

-¿Qué?

-Muy bien, lo haré. No me hace ninguna gracia, pero...

-¿De verdad? -exclamó Britt. Iba a tener que contarle toda la historia-. Bueno, verás, lo cierto es que...

Bang. Bang. Bang.

Dos niños estaban golpeando la ventanilla. Sus sobrinos.

-¿Qué hacen?

-Son mis sobrinos, no te preocupes. Mira, San...

Antes de que pudiera terminar la explicación, los niños abrieron la puerta y la sacaron del coche.

-¡Tía Britt, tía Britt! -gritaba Byron, abrazándose a ella. Un detalle, considerando que sólo la conocía por teléfono.

Irritada porque Byron había sido más rápido, Shelley corrió hacia el otro lado del coche.

- ¡Tía Eleine, tía Eleine!

-¿Tía Eleine? -repitió San.

-Se supone que te llamas Eleine. Y eres mi mujer -dijo Britten voz baja-. Llevamos un año casado. Y eres médico.

-Pero si soy dentista...

-Da igual.

Entonces vio a su madre en la puerta de casa con un mandil de cuadros y se le encogió el corazón.

-Vamos a jugar a las casitas, tía Eleine- dijo Shelley-. Tú serás el papá, yo la mamá... y Byron puede ser nuestro hijo.

- ¡Yo no quiero ser el hijo!

-Tú debes de ser Eleine -sonrió su madre, estrechando su mano-. Encantada de conocerte. Soy Nadine Pierce.

-Encantada -intentó sonreír Hollis.

-Nos llevamos un disgusto cuando Britt nos dijo que os habías casado sin avisar a nadie... pero comprendimos la urgencia. Por el viaje a Sudamérica y eso.

- ¿Sudamérica?

-Hiciste una labor maravillosa atendiendo a esa pobre gente después del huracán -intervino Britt rogándole con los ojos que le siguiera la corriente.

-Ah, claro, es verdad.

-¡Brittany -sonrió Nadine Pierce, dándole un abrazo. Olía a limón y a lavanda, como siempre. La había echado de menos. Le resultaba difícil reconocerlo, pero era cierto-. Por fin has venido, hija mía.

-Sí, aquí estoy. Aquí estamos, ¿verdad, Eleine?

-Sí, claro. Aquí estamos.

-Vamos a casa. Ya llevaremos las maletas más tarde -dijo su madre.

-No hace falta, mamá. Dormiremos en el hotel...

-¿En el hotel? Qué bobada. Os quedaréis en tu antigua habitación.

-¿No la habías convertido en un cuarto de costura?

-Sí, pero hay un sofá cama. Yo duermo allí cuando tu padre ronca mucho -sonrió Nadine.

-No podemos hacer eso, señora Pierce - protestó San.

-¿Cómo que no? Os quedáis aquí y no hay más que hablar.

Cuando era joven, esa actitud autoritaria le resultaba insoportable, perou Britt empezaba a reconocerla como un gesto cariñoso, típicamente maternal.

-Te lo explicaré todo más tarde -le dijo a San al oído.

-Y espero que sea una explicación convincente.

Se lo explicaría, desde luego. En su habitación. A solas con su «mujer».

Esperaba que la puerta siguiera teniendo cerrojo...

Porque tendrían que dormir juntos en el sofá cama.
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 10 y 11 fin

Mensaje por micky morales el Dom Jul 15, 2018 7:38 am

jajajajajajajaja pobre San, tremenda emboscada!!!!!
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 10 y 11 fin

Mensaje por 3:) el Lun Jul 16, 2018 5:46 pm

Jajaja se empezaron a mover la piesas,... a ver cómo va la “relación “ ahora???
Pobre de san jajaja
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 10 y 11 fin

Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jul 22, 2018 4:21 am

Capítulo 5

Al entrar en la casa, Britt se sintió invadida por la nostalgia. Olía a tarta de manzana y a rosas. Cuando vivía allí, le parecía un olor mustio, antiguo, pero en aquel momento...

Todo estaba como siempre: el sofá de flores, un poco más usado, las mesitas de roble, la librería con libros colocados por tamaño, el revistero...

En las paredes, fotografías familiares. Y sobre la televisión, un cuadro suyo. Era un cuadro impresionista, lleno de color, con unos caballos... o algo que parecían caballos, galopando por el bosque.

-¿Conservas esto?

-Claro que sí, hija. Lo hiciste tú.

De nuevo, se le encogió el corazón.

-¿Dónde está papá? -preguntó entonces.

Lo que no podía preguntar, porque Donna se lo pidió, era cómo estaba.

Supuestamente, ella no sabía nada del infarto.

-Creo que se está echando la siesta, cariño. No sé si Donna te ha contado que... bueno, que ha sufrido una pequeña operación. Está tomando calmantes para el dolor.

Su madre llamaba «una pequeña operación» a una angioplastia, como si le hubieran quitado un callo. Estaba haciéndose la fuerte para no asustarla.

-Pero mamá...

En ese momento oyeron una campanilla.

-Ese es tu padre. No veas cómo se está aprovechando del asunto. ¡Voy, cariño! –gritó su madre-. No le preguntes por la operación, no le gusta hablar de ello. Ya sabes cómo es.

-Muy bien -murmuró Britt.

-Quiero un helado de vainilla con chocolate -dijo su padre, antes de que entrasen en la habitación.

-Por favor, Harvey. No te han quitado las amígdalas. ¡Mira quién ha venido a verte!

-Hola, papá.

-¡Brittany! Mi niña, ven aquí.

Brittlo abrazó con cuidado, pero no parecía frágil en absoluto, todo lo contrario. Con sobrepeso, además. Le gustaba abrazarlo. En su infancia hubo muchos abrazos, pero al llegar a la adolescencia sus caminos se separaron. ¿Por qué estuvo tan enfadada con él? ¿Por qué se había metido en tantos líos?

-Me alegro de que hayas vuelto a casa.

-Teníamos que venir, papá -empezó a decir Britt, pero luego recordó que no debían hablar de la operación-. Ya era hora de pasar por Copper Corners.

-¿Y qué has hecho con la boutique?

-La he cerrado durante unos días.

-No sé por qué tienes que seguir trabajando -intervino su madre-. Con un médico en casa...

-Así que este es la mujer que ha robado el corazón de mi hija -exclamó su padre.

San estrechó su mano.

-Encantado, señor Pierce. Yo soy... esto...Eleine.

-¿Estás seguro, hija?

-Sí, claro.

Britt se asustó, pero su padre soltó una carcajada.

-Tranquila, Eleine. No soy tan fiero como Brittany te habrá, contado. Me alegro mucho de conocerte.

- ¡Hola!

Era su hermana Donna, con un traje de chaqueta y el pelo divino. No había cambiado nada.

-Esperaba verte vestida de cuero negro, con pendientes por todas partes -dijo, abrazando a Britt.

-Brittany ha crecido. Esos días han quedado atrás -sonrió su madre-. Gracias a Dios.

-¡Y tú eres Eleine! ¡Qué alegría conocerte por fin!

-Lo mismo digo -intentó sonreír San.

-Eliene, más tarde me gustaría consultar contigo cierto asunto -intervino su padre.

-Bueno, yo... mi especialidad es -Hollis miró a Britt, que le devolvió la mirada, aterrorizada. ¿Cuál era su especialidad?

-Necesitamos al tía Eleine áhora mismo - gritó Shelley entonces, con las manos en las caderas.

-¿Te importa jugar con ella un rato, Eliene? -preguntó su hermana.

-No, encantada.

Por su expresión, si Donna le hubiera pedido que matase un pollo con sus propias manos, lo habría hecho con tal de salir de allí.

-¿Qué tal el trabajo, cariño?

-Muy bien -contestó San, aceptando la tacita que Shelley le ofrecía. Le dolía el trasero de estar sentado en una silla diminuta, pero decidió no protestar.

Britt andaba por allí poniendo la mesa. Estaba irreconocible. La Britt del chaleco de cuero, la que bebía cerveza en el coche y bailaba en un bar se había transformado en una dulce y obediente hija para quien hablar de recetas parecía ser el tema más fascinante del mundo. Completamente surrealista. Y él era su marido. ¡Su mujer! Hacer de paciente mental en un bar de carretera era una cosa, pero mentirle a sus padres...

«Éste es la mujer que ha robado el corazón de mi hija», había dicho su padre.

No podía seguir tomando parte en aquella charada. Imposible.

-¿Por qué no sujetas al niño? -le preguntó Shelley, que intentaba colocar a Byron en sus brazos.
El crío lanzó un chillido que lo dejó sordo.

-Bueno, bueno...

-Tienes que acunarlo -insistió la niña.

En aquella casa, todo el mundo le pedía que hiciese algún papel: mujer, tía, nuera médico... y a élla no se le daba nada bien.

-Y ahora canta -dijo Shelley.

-¿Cómo?

-Que cantes.

-¿Qué quieres, que cante?

-Una nana.

-Es que no sé ninguna.

- ¡Ya no quiero ser el niño! -gritó Byron-. ¡Quiero ser el padre!

-Bueno, bueno, lo que tú quieras -suspiró San.

De modo que tendría que ser el niño. O la madre. Con aquella familia, no le extrañaría nada. Quería pensar que las cosas no podían empeorar, pero tenía la horrible impresión de que sí.

-Qué mona -sonrió Donna-. A Eleine se le dan bien los niños, ¿no?

Donna estaba ciega. la pobre San tenía cara de horror, sentado en aquella sillita con la taza en la mano...

Por un segundo Britt lo imaginó jugando con sus propios hijos. Seguramente sería un buen padre, les leería muchos cuentos y les enseñaría a ser niños modelo. Entonces se sintió culpable. Debería haberlo preparado para todo aquello mucho antes de llegar a casa, pero no tuvo tiempo. Tendría que compensarlo de algún modo.

-Parece que has elegido uno bueno -dijo Donna entonces-. No tendrá un problema con la bebida, ¿no? Le huele el aliento a cerveza y son las cuatro de la tarde.

-Le hice tomar un par de ellas antes de venir... para calmar los nervios, ya sabes.

¿Por qué esperabas lo peor?

-Lo siento, hermanita. Me alegro muchísimo de que todo te vaya bien en la vida, pero ya sabes que siempre me he preocupado por ti.

Era comprensible. Le había dado a su. familia muchos dolores de cabeza en el pasado.

-Papá no parece tan enfermo como yo esperaba.

-Lo está escondiendo. Ya sabes cómo es, la roca de Gibraltar. Pero teniéndote aquí ya se siente mejor.

El timbre sonó en ese momento y Britt no pudo seguir pidiendo explicaciones.

-¿Te importa abrir, cariño? -preguntó su madre desde la cocina-. Donna, ¿puedes sacar la cubertería?

Antes de abrir, Britt se detuvo un momento en la puerta del salón para observar al pobre y angustiado San

-Ahora tienes que entrar en la casita -estaba diciendo Shelley.

Levantando los ojos al cielo, su «mujer» se puso de rodillas, ofreciendo una buena panorámica de su trasero.

«Vaya, vaya», pensó Britt. Además de trabajar como dentista, debía de ir a algún gimnasio.

Con una última mirada a aquel trasero prohibido, se dirigió a la puerta.

-. ¡Britt! -gritó Rechel, echándole los brazos al cuello.

- ¡Rechel!

Se apartaron un momento para hacer el saludo de las chicas rebeldes y después volvieron a abrazarse, emocionadas.

-Pero bueno... ¿de qué vas vestida?

-De Miss Copper Corners.

-Desde luego. No pareces tú -rió Rechel-. ¿Dónde está? -preguntó en voz baja.

Britt le contó el plan y la reacción de San.

-Se siente muy incómodo. A lo mejor tú podrías convencerlo de que no es para tanto.

-Lo intentaré. Voy a saludar a tu madre - sonrió Rechel, entrando en la cocina.

-¡Rechel

-Hola, señora Pierce.

-Espero que no lleves a mi Nicolette por el mal camino.

-No se preocupe, nuestros días de rebeldía han terminado.

Cuando entraron en el salón, Hollis estaba sacando la cabeza por la diminuta ventana de la casita.

-Por favor, sacadme de aquí.

-Voy a presentarte a mi mejor amiga, Eleine. Shelley, tenemos que llevarnos al tía Eleine un momento.

-Bueno, está bien. De todas formas, ocupaba mucho espacio -suspiró la niña.

-Encantada de conocerte, Eleine -sonrió Rechel-. Por cierto, no te preocupes, yo conozco toda la historia -le-dijo en voz baja.

-No sabes cómo me alegro.

-Ya verás cuando te vea Sam Evans.

-¿Quién es Sam Evans?

-El antiguo novio de Britt . La dejó por Heather Haver, la jefa de animadoras, pero ahora está divorciado.

-Ya veo... O sea, que además de impresionar a tu familia, quieres poner celoso a tu antigua novia, ¿no?

Britt se encogió de hombros.

-Exactamente -dijo Relchel por ella.

-Esto es ridículo -suspiró San.

-Qué va. Vamos a pasarlo estupendamente.

-Te presentaré a mi marido, Nathan. Te caerá bien. Antes era como tú, serio, aburrido... hasta que lo cacé, claro.

-Mira, yo no quiero...

-Pero lo más importante es que le estás haciendo un favor a Britt . Esto significa mucho para ella.

-De todas formas...

-¡Ah, por fin te encuentro! -los interrumpió Nadine -. ¿Te importa ayudamos a poner la mesa, ELiene? Es tan agradable tener otra mujer en la casa...

-¿Ves a qué me refiero? -sonrió Mariah. Hollis levantó, los ojos al cielo, pero siguió a su «suegra» hasta el comedor.

-Ya se acostumbrará.

Eso era lo que Britt esperaba. Quizá después de la cena...

-Bueno,Elene, ¿aprendiste algo de español mientras estabas en Sudamérica?

-oyó que le preguntaba su madre.

-Shelley Nicolette Wilson, quita los codos de la barra de pan -regañó Donna a su hija.

-Es que la estoy aplastando.

-No hagas tonterías, hija. Cómetelo de una vez.

-Los hijos te cambian la vida, Eliene -le dijo Dave, el marido de Donna-. Tómate tu tiempo antes de tenerlos.

-Es mejor tenerlos cuando aún te quedan fuerzas -confirmó la madre de Britt . Afortunadamente, Donna cambió de tema.

-Bueno, cuéntanos cómo conociste a mi hermana.

San se atragantó.

-Yo se lo contaré, cariño -sonrió Britt -. Eleine entró en mi tienda un día para comprarle algo a su hermana, ¿verdad?

Ella asintió, sin dejar de toser.

-Empezamos a charlar... y el resto es historia. Afortunadamente, en ese momento sonó la campanilla.

-Ah, tu padre. Me había olvidado de él.

-Yo iré, mamá.

Britt entró en el cuarto de su padre con una bandeja y lo encontró viendo la televisión.

-Gracias, cariño. Qué maravilla que me sirva mi hija.

-,Cómo te encuentras, papá?

-Un poquito dolorido, pero no quiero hablar de eso -contestó élla, comiendo un trozo de pollo con un apetito sorprendente para alguien recién operado de corazón.

Pobrecito, cómo intentaba recuperarse, pensó Britt .

-¿Qué estás viendo?

-Un documental sobre arquitectura. Siempre pensé que tú podrías dedicarte a algo así... arquitectura, ingeniería. Tienes talento de artista, hija.

-Gracias, papá.

Britt detectó cierta desilusión. Su padre había tenido muchas esperanzas para ella. Y si supiera a qué se dedicaba se quedaría desolado.

-Has encontrado un hombre estupendo... pero dile que tenga cuidado con la bebida.

-Eleine no bebe, papá. Es que... estaba un poco nervioso porque iba a conoceros y tomó un par de cervezas.

-¿Dónde está el puré de patatas? ¿Y la mantequilla?

-En tu estado la mantequilla no es buena, papá

-No hablemos de mi ,estado.

-Sí, pero...

-Mantequilla, por favor. Ahora mismo.

Cuando se ponía así, era imposible discutir con él. De modo que Britt le llevó la mantequilla, pensando que era un clavo de colesterol en su ataúd.

Después de cenar empezaron a cantar viejas canciones, como hacían siempre que estaban todos juntos. Su madre tocaba el piano y todos se ponían a canturrear. Todos menos San.

Parecía un espía a punto de ser descubierto, el pobre. Britt se sentó a su lado, sonriendo para animarlo, pero estaba rígido. -¿Qué tal si contamos chistes? -preguntó su madre.

-Estupendo -dijo San . Hollis le dio una patada en la espinilla-. ¡Ay!

-Lo mejor sería irnos a dormir.

-¿A dormir, no? -rió Dave, su cuñada-. Claro, claro.

-Es muy temprano, cariño.

Britt no quería estar a solas con él en la habitación, pero no sabía cómo evitarlo.

-Por cierto, Eleine, ya sé que estás de vacaciones, pero tengo un dolorcillo en la espalda... -empezó a decir Dave.

-No creo que... -intervino Britt .

Pero su cuñada ya se había colocado delante de San y éste tocaba su espalda, intentando parecer un facultativo.

-Deberías consultar con tu médico de cabecera.

-Pero ¿tú qué opinas?

-Habla con tu médico.

-Lo siento, Dave -intervino Britt , al ver la expresión decepcionada de su cuñado-. Es que su seguro le impide hacer diagnósticos... a alguien que no es un paciente.

-Ah, claro. Entiendo.

San la miró, agradecido.

-Bueno, nos vamos a dormir -dijo, levantándose.

-Pero si aún no hemos jugado al Pictionary. Es el juego que mejor se me da -protestó Britt .

-Cariño, querrás estar descansada para la reunión de mañana, ¿no?

-¿Mañana? -repitió su madre-. No, Eleine, la reunión es el fin de semana que viene. Por cierto, hay un millón de cosas que hacer.

-¿El fin de semana que viene? -repitió Sans, sorprendido.

-¿Te gusta pescar, Eleine? -preguntó Dave-. Podríamos ir mañana a pescar. ¿Qué te parece?

-No sé...

Unos minutos después, Hollis consiguió llevarse a Britt a la habitación.

-No me lo puedo creer. ¿Qué está pasando aquí?

-No tengo ni idea. Esta habitación era muy diferente cuando yo vivía aquí. Las camas estaban pegadas a la ventana y la cómoda al lado del armario. Donna solía regañarme porque...

-Esto es imposible -suspiró San.

-No, qué va. Tú puedes dormir en el sofá. Yo dormiré en el suelo con los cojines.

A menos que quieras hacer turnos.

-No me refiero a eso,Britt .

Ella dejó escapar un suspiro.

-Lo sé. Debería haberte contado toda la verdad, pero...

-¿Cuándo pensabas hacerlo? ¿Cuando tu madre nos pidiera fotos de la boda? ¿Y cómo es, que la reunión es la semana que viene?

-Pensé que Copper Corners acabaría gustándote y querrías quedarte...

-Estás loca, Britt . No puedo hacerme pasar por tu mujer su mentira. Y tu familia me mira como si te hubiera salvado o algo así.

-Por eso precisamente. ¿Has visto lo contenta que está mi madre? Y ya has visto a mi padre... está muy enfermo.

-A mí no me parece que esté enfermo.

-Porque se hace el valiente. Pero esto signfica mucho para élla, San

-No puedo hacerlo, lo siento -insistió élla.

-Sé que esto no es normal, pero piénsatelo, ¿de acuerdo?

-No tengo que pensármelo.

-Hoy ya no puedes hacer nada. Por favor, piénsatelo esta noche -insistió Britt , quitando los cojines del sofá.

Unos minutos después allí estaban, con el sofá-cama abierto, esperándolos. Britt miró a San y este le devolvió una mirada cargada de... ¿de qué?

-Me iré por la mañana.

-¿Cómo vas a irte?

-En mi coche.

-¿Y yo qué? No puedes marcharte.

-¿Cómo que no? Alquila un coche para volver a Phoenix.

-Pero aceptaste venir conmigo...

-Me engañaste, Britt .

Tenía razón. Tenía toda la razón.

-¿Y qué pensará mi familia?

-Eso es cosa tuya. Eres tú la que lee el aura de la gente, ¿no?

-Pero...

-Invéntate una historia. Diles que tengo que irme urgentemente a África o algo así.

-Muy bien -suspiró Britt -. ¿Seguro que no puedo convencerte?

- Seguro.

-Entonces, lo de la reunión...

-Britt ...

-Muy bien, muy bien, tú ganas. Mañana les diré que tenemos que volver a Phoenix porque te han llamado del hospital. ¿Estás contento?

-No, no estoy contento. Pero lo estaré en cuanto me marche de aquí -contestó San.

-De acuerdo -suspiró Britt , abriendo su bolsa de viaje.

-¿Qué haces?

-¿No lo ves? Sacar mis cosas -respondió ella, entrando en el cuarto de baño con la bolsa de aseo.
Estaba tan furiosa que se lavó los dientes como si estuviera repasando el suelo de la cocina.

Cuando salió, San estaba de pie en medio de la habitación con un pijama de rayas que parecía de los años cincuenta.

¿Qué llevas puesto? –le preguntó élla, con cara de susto.

Britt llevaba un kimono negro con dragones rojos. Por el escote asomaba un pequeño tatuaje, pero no pensaba enseñárselos así que se lo cerró con gesto indignado.

-¿Qué miras?

-Nada, nada. Yo dormiré en el suelo.

-No, tú duermes en la cama. Te prometí un hotel antes de venir, así que lo mínimo que puedo hacer es cederte la cama.

De repente,San la tomó por los hombros. Estaban tan cerca que pensó que iba a besarla. Olía muy bien.

-He dicho que yo duermo en el suelo.

Un segundo después se había hecho una cama con los cojines del sofá.

-Bueno, si insistes...

No pensaba discutir. Una pelea podría llevarlos... ¿adónde? Una pelea física podría terminar con ellos en la cama, uno encima del otro... en fin, eso no sonaba nada mal. Pero no, demasiado complicado.
Entonces llamaron a la puerta.

-Horror, alguien viene a darnos las buenas noches. Rápido, métete en la cama -susurró Britt -. ¡Un momento!

Cuando su madre asomó la cabeza, Hollis estaba en la cama, casi encima de ella.

- ¡Ay, perdón! Pensé que habías dicho que entrase... Lo siento.

-No pasa nada, mamá. Sólo estábamos jugando.

-Quería deciros que desayunamos a las ocho. Perdón, perdón -se disculpó su madre de nuevo, cerrando la puerta.

-¿Lo ves? Esto cada vez es más complicado -protestó Hollis.

-Ya lo sé -suspiró ella, apagando la luz-. ¿Quieres dormir en la cama? A mí no me importa. -No, gracias.

-Muy bien. Buenas noches.

-Buenas noches.

Lo oyó moverse por la habitación, colocando los cojines en el suelo otra vez.

Había sido agradable hacerse pasar por su mujer... En fin, esperaba que su familia entendiese su repentina partida. No podía hacer nada más.

Pero no quería marcharse. Quería estar unos días con su padre. Quería que su madre le diera recetas, hablar con Rechel, estar con sus sobrinos y acudir a la reunión del instituto.

Pero, por el momento, tendría que soportar la proximidad del antipático de San Aquella iba a ser una noche muy larga.

Plaf. El cojín sobre el que Hollis tenía apoyada la cabeza resbaló y se dio un golpe en la cabeza contra el suelo. Genial. Por si no tenía suficiente con toda aquella charada, encima no podía dormir.

Cuando levantó la mirada, vio un bulto bajo el edredón. Britt i dormía plácidamente... cuando era ella quien debería sentirse culpable.

Después de conocer a su familia entendía un poco más por qué le había pedido que se hiciera pasar por su marido. Sus padres parecían preocupados y Britt lo hacía con buena intención...

No. Aquella chica lo había manipulado desde que entró en el salón de tatuajes. Irritado, entró en el cuarto de baño y... se encontró con sentada en la bañera, con los ojos llenos de lágrimas.
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Mensaje por micky morales el Dom Jul 22, 2018 8:05 am

A mi me parece que el papa de Britt no tiene nada y todo fue un plan para hacerla venir, asi que trampa por trampa!!!!!!
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Mensaje por 3:) el Lun Jul 23, 2018 8:58 pm

un juego de metiras,... a ver cuanto dura???
para ser operado del corazon esta muy bien!!
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Mensaje por ana_bys_26 el Dom Ago 19, 2018 3:27 am

Capítulo 6




-¿QUE haces?

-Perdón -se disculpó San, cortada.

-Es que he tenido una pesadilla - murmuró ella, saliendo del cuarto de baño sin mirarlo.

San se sentía avergonzada. La había hecho llorar. Britt actuaba como una chica dura, pero en el fondo era muy sensible.

Debería haberlo sabido. ¿Por qué si no habría elaborado una historia tan complicada para complacer a su familia? Suspirando, San apagó la luz y entró de nuevo en el dormitorio. Podía oírla en la cama, intentando disimular los sollozos.

-¿Estás bien? -preguntó, sentándose al borde de la cama.

Brittse apartó.

-A veces lloro.. para aliviar la tensión.

-¿Por qué has inventado toda esta charada?

Ella permaneció en silencio durante unos segundos.

-Porque de pequeña era un desastre. Mi hermana era la hija perfecta y yo... una decepción tras otra. No hice más que darle disgustos a mis padres y quería compensarlos por ello - dijo por fin, sin mirarla-. Cuando mi hermana me dijo que mi padre estaba enfermo, decidí probarles que mi vida era estupenda, que había cambiado. Si supiera que tengo un salón de tatuajes...

-Un salón de tatuajes es un negocio decente -la interrumpió San-. Aunque podría ser un poco peligroso. Si estás sola en la tienda y entrase alguien...

-Por favor, no empieces tú también. Yo, sé cuándo alguien es peligroso. Además, soy cinturón marrón de kárate.

-Ah, qué bien.

-Pero ni un cinturón negro sería suficiente para mi padre. Se siente responsable por mí y... bueno, yo quería que estuviese tranquilo.

San la entendía. Y la ayudaría. No le gustaba mentir, pero Britt estaba intentando hacer algo bueno con esa mentira. Además, tenía tiempo. Podría estar allí una semana y después irse de excursión con la moto.

-Te ayudaré -dijo en voz baja.

-¿De verdad? -exclamó Britt, levantando la cara.

La luz de la luna brillaba en su rostro, empapado de lágrimas. Parecía un duende, un hada.

-Te ayudaré. Pero el lunes me marcho pase lo que pase.

- ¡Vas a quedarte! ¡No me lo puedo creer!

Por impulso, Britt le echó los brazos al cuello. Y San sintió como si le hubieran tocado un nervio.

-Sí, bueno... pues ya está.

-Muchísimas gracias. Lo pasarás bien, te lo prometo.

-Sólo hasta el lunes.

-Si luego decides quedarte para la reunión...

-No me quedaré. De hecho, tenemos que hablar -dijo San muy serio.

-¿De qué?

-Necesito que me hables de Eleine para no meter la pata.

-Ah, claro. Tienes que saber cómo es, cómo nos conocimos y esas cosas, ¿no?

-Eso es -suspiró San, tumbándose en la cama.

Pero tenerla tan cerca lo ponía nervioso. Muy nervioso.

-Bueno, nos conocimos en la tienda, como le dije a mi madre... es que les he dicho que tengo una boutique. Y nos hicimos inseparables.

-¿Ah, sí? -murmuró élla, conteniendo el aliento.

-Nos enamoramos a primera vista. No podíamos dejar de tocarnos y...

-Hablemos de otra cosa -la interrumpió San, con voz ronca.

Britt sonrió, encantada.

-Entonces tuviste que irte a Sudamérica. Y como estábamos enamorados y no querías perderme, decidimos casarnos.

-Muy bien.

Por el rabillo del ojo la veía tumbada de costado, con aquel kimono de seda. Casi podía imaginarse a sí mismo quitándoselo poco a poco, deslizándolo por sus hombros...

-¿Dónde nos casamos? -siguió ella-. Ah, ya lo tengo, en el Gran Cañón. Siempre he querido hacer eso.

-Es un sitio fantástico.

-¿Has estado allí?

-Sí. El amanecer es impresionante... tiene todos los colores del arco iris.

-Genial. Nos casamos allí porque iba a ser nuestro gran salto y porque es una maravilla de la naturaleza. La ceremonia fue muy breve y en cuanto firmamos los papeles nos encerramos en la habitación para pasar nuestra luna de miel.

-¿Luna de miel?

Las dos se quedaron pensando un momento. Estaban solos, en una cama, como si fuera su luna de miel. Excepto por el Gran Cañón, claro. ¿Y quién lo necesitaba si se tenían el uno al otro?

Aquel pensamiento lo sorprendió. Más que eso, lo dejó atónito.

-Y luego nos fuimos a casa.

-¿Dónde vivimos?

-No sé... mi apartamento es un poco rarito. ¿Qué tal en el tuyo?

-Vivo en la plaza Montgomery, al sur de la calle Lincoln.

-Ah, unos apartamentos muy bonitos. ¿Qué número?

-El cuarenta y tres.

-Muy bien. Vivimos en el cuarenta y tres de la plaza Montgomery. Tenemos mucho dinero, claro, porque tú eres un médico muy conocido, pero vivimos modestamente. Hemos comprado cada mueble en... ya sé, cada mueble es un regalo que hemos comprado para sorprender al otro y la sorpresa iba seguida de una noche de amor... -Britti, ¿quieres dejar de hablar de...?

-¿Sexo? Bueno. Pero un matrimonio que funciona bien, tiene que funcionar en la cama, así que tenemos que dejarlo claro. Aunque hacemos el amor varias veces cada noche, por las mañanas me despiertas con un beso y...

-Britt...

-Bueno, bueno. ¿Sabes cocinar?

-Las tortillas son mi especialidad -suspiró san.

-Estupendo. A ver, un día normal... Yo no sé cocinar, pero digamos que hago unas ortitas estupendas. Y mientras estoy haciendo la mezcla, tú llegas por detrás y me quitas el mandil. Y yo no puedo hacer nada porque tengo las manos llenas de masa, pero...

-¡Por favor! Muy bien, yo hago la tortilla y tú las tortitas -la interrumpió San,nervioso.

-Comemos en el mismo plato y nos ofrecemos bocados el uno al otro..._ observando cómo abrimos los labios, como sacamos la punta de la lengua...

-No me hagas esto, Britt.

-Quieres que esto sea creíble, ¿no?

-Sí, pero...

-De hecho, todo es tan sensual que a veces tiramos al suelo lo que hay en la mesa paró hacer el amor encima. O sobre la nevera, o sobre la lavadora...

Sus palabras eran como caricias. Todo parecía tan natural, tan auténtico.

Llevaban todo el día haciendo el papel de mujer y mujer y lo estaba hipnotizando con su voz, que rebosaba sexo. Tenía que acercarse un poco para oírla mejor.

-Britt... -murmuró, volviendo la cara. Estaban tan cerca que sus labios se encontraron. No sabía cómo había pasado... era como si estuvieran teniendo el mismo sueño.

-San...

Era lo que había imaginado; suave, dulce, pero provocativa. Sus labios sabían a manzana y estaba temblando entre sus brazos. Cuando empezó a acariciar sus pechos por encima del kimono, Britt alargó la mano para tocarlo por encima del pijama. En ese momento perdió la noción de realidad. Si no hacía algo, le quitaría el kimono, metería la mano entre sus piernas... y estaría perdido.

¿Qué estaba haciendo? ¿Y Rachel, su novia?

-No puedo -murmuró San, apartándose.

La burbuja se rompió también para ella. Todo le había parecido tan normal... estaban jugando a ser mujer y mujer y aquel final era el más lógico.

-¿Por qué no? ¿Por tu novia?

-Sí -contestó élla-. Estamos prácticamente prometidos.

-¿Prometidas? Eso no me lo habías dicho. Y no besas como un hombre que está prometido.

-No he podido evitarlo. Eres tan... bueno, yo qué sé. Te has echado encima y...

-¿Yo me he echado encima? Eso sí que tiene gracia. Que yo sepa, tú me has metido mano. ¿O es que estabas buscando las llaves?

-Por favor Britt, has intentado seducirme deliberadamente.

-¿Que yo...? Sólo estaba inventando la historia para no contradecirnos. Además, has sido tú quien me ha besado.

-No he podido evitarlo. Tanto hablar de sexo y más sexo...

-¿La culpa es mía? No me lo puedo creer -exclamó ella, levantándose.

-¿Qué haces?

-Voy a dormir en el suelo.

-No te hagas la mártir. Puedes dormir en la cama.

-De eso nada. No quiero «tentarte» otra vez. Puede que ronque seductoramente, y entonces te verás obligado a besarme. ¿Y qué diría Rachel? Además, si estás prometido, ¿por qué has aceptado venir conmigo a Copper Corners?

-Porque me chantajeaste.

- ¡Por favor! Tú querías venir, lo vi en tus ojos. ¿Sabes una cosa? Creo que deberías pensarte seriamente tu relación con Rachel. Una casa, un perro y dos niños no te servirán de nada si no estás realmente enamorado de ella.

-Si esto tiene que ver con la tontería del aura, no quiero oírlo -replicó élla.

-No tengo que leer el aura para saber que un hombre no está satisfecho -le espetó Britt-. ¡Ay!

-¿Qué pasa?

-Me he dado un golpe. Estos cojines resbalan.

-Ven a la cama, no seas tonta.

-Ni muerta.

-Ven o te subiré yo -la amenazó San.

-No pienso moverme de aquí. ¿Está claro?

Pero después de quince minutos intentando que los cojines permanecieran en su sitio, Britt decidió que no podía soportarlo más.

En cuanto oyó los suaves ronquidos de San se levantó sin hacer ruido y, un segundo después, estaba en la cama. Desgraciadamente, al notar el peso él se dio la vuelta y le pasó un brazo por la cintura. Estaba atrapada, pensó. Pero le gustaba estar tan cerca, sentir su calor. Una pena que despierto fuera tan insoportable.

Aún medio dormido, san apretó el cuerpo que estaba a su lado. Rachel parecía más mullidita últimamente, pensó. Entonces su erección empezó a despertarlo. Estaba levantando la mano para tocar fin pecho cuando se percató de que el cuerpo que estaba pegado al suyo no era el de Rachel sino el de Britt.

La neblina lujuriosa desapareció inmediatamente... para reaparecer un segundo después, cuando ella movió el trasero contra su entrepierna.

Aquello era una locura. Pero le gustaba. Le gustaba mucho. ¿Qué estaba haciendo? Con cuidado para no despertarla, Hollis saltó de la cama y se tumbó en el frío del suelo.

Era un canalla. Estar en la cama con Brittcuando tenía novia... pobre Rachel, que siempre confiaba en él. Lo creía haciendo un viaje en moto por el sur del país e incluso le había advertido que no llevase a nadie que estuviera haciendo autostop. Tenía gracia.

san cerró los ojos y se imaginó a sí mismo haciendo un puente o arreglando un empaste. Pero no valía de nada. No podía apartar a Brittde su mente, ni lo que ella le había dicho. «No besas como alguien que está prometido».

La verdad era que no quería casarse. Peor, no estaba seguro de cuáles eran sus sentimientos por Rachel. Desde luego, nunca había sentido por ella el deseo que sentía por Britt pricer.

Su voz, su calor, su risa, lo excitaban. Élla era un hombre normal, con pasiones normales, pero cada vez que pensaba en ella se sentía inflamado, perdía el control. Y eso no le había pasado nunca.

Quizá su subconsciente le estaba pidiendo libertad. Quizá por eso había decidido hacer un viaje en moto, sin destino. Quizá Rachel representaba una vida llena de barreras y Britt todo lo contrario.

Pero fuera lo que fuera, le debía a Rachel otra oportunidad.

Irritada consigo misma, San miró hacia la pared para no ver ese kimono negro tan erótico. Se lo merecía por meterse en el coche con una extraña. Una extraña con los ojos de color esmeralda, además.

Britt Piercer le daba significa, lo a la frase «Cuidado con los extraños».

Britt se despertó, sobresaltada. Por las ventanas entraban los primeros rayos de sol, de modo que debían de ser más de las ocho. San estaba sobre los cojines del sofá... o más bien, con la mitad del cuerpo sobre los cojines y la otra mitad en el suelo, como una marioneta.

Estaba monísimo. Muy atractivo con ese pijama de rayas. Y besarlo había sido mucho mejor de lo que imaginaba. Sabía besar, algo raro en los hombres como Santanan LOPEZ. Y le gustaba su cuerpo. Curiosamente, mientras se besaban olvidó que eran extraños. Extraños incompatibles, además.

Y luego San se inventó la excusa de que estaba prometido. Seguro que era mentira. Ella abrumaba a los hombres, lo sabía. Especialmente hombres como élla. Era demasiado emocional, demasiado charlatana, demasiado original, demasiado sensual.

«Eres demasiado», le había dicho Sam Evans en el instituto. «Eres demasiado intensa, parece que tienes rayos X en los ojos, y haces demasiadas preguntas». Los pocos hombres con los que había intentado ir en serio siempre se quejaban de lo mismo y, como resultado, Britt decidió mantener relaciones sin compromiso.

Pero algún día encontraría a alguien tan intenso como ella, se decía.

San seguía dormido, tan serio como siempre. Ojalá no hubieran inventado esa fantasía de su vida juntos, porque le había hecho desear cosas imposibles. Después de besarlo y percatarse del potencial sensual de aquel estirado le resultaría difícil dormir con élla en la misma habitación y no dejarse llevar. San abrió los ojos entonces y parpadeó, confuso.

-Buenos días.

-Buenos días. ¿Por qué te has ido de la cama?

-Porque necesitaba espacio -contestó élla, poniéndose colorado-. Mira Britt, lo de anoche...

-No fue culpa mía. No intentes decir que...

-Déjame terminar. Anoche me dejé llevar. Estábamos tan cerca que... en fin...

-Ocurrió.

-Eso es.

-Anoche dijiste que te quedarías, pero no quiero que te sientas obligado. Además, tienes novia... ¿o debería decir prometida?

-Dije que me quedaría y me quedaré. Hasta el lunes.

-¿Estás seguro?

-Los dos somos adultos y podemos controlarnos -dijo Sanentonces.

Britt tuvo que esconder una sonrisa.

-Sí, claro. Bueno, vamos a hacer la cama... para alejar la tentación.

-Estupendo.

Se dispusieron a hacer la cama, pero cuando estaban cerrando el sofá, san soltó una palabrota. -Me he pillado el pantalón.

-A ver... -murmuró Britt. Efectivamente, el pantalón del pijama estaba atrapado en el sofá. En una zona muy comprometida-. ¿No te habrás pillado el...?

-No, por Dios.

-A ver si puedo soltarlo.

Era la manera más rara de acercarse al centro de una mujuer y Brittintentaba no pensar que, mientras tiraba de la tela, rozaba con el canto de la mano el...

Aunque a San no parecía importarle.

-Lo que se ha enganchado es el botón. Voy a tener que romperlo -dijo entonces, inclinando la cabeza para morderlo.

En ese momento alguien abrió la puerta.

-Shelley, no molestes a Brittany... -oyó la voz de su madre.

-¿Qué estás haciendo, tía Britt?

Ella levantó la cabeza de golpe. Horror, aquello parecía...

-¡Ay, Dios mío! -exclamó su madre, llevándose a la niña de la habitación-. ¡El desayuno está listo, pero podéis tomaros vuestro tiempo!

san soltó una carcajada.

-No tiene ninguna gracia. Mi madre cree que estábamos... bueno, ya sabes.

-Ojalá.

Brittlevantó la mirada, sorprendida.

-¿Cómo?

-Era un decir -murmuró élla, sin mirarla.

Por fin Britt pudo arrancar el botón y se volvió, con élla entre los dientes. Los dos soltaron una carcajada.

-Bueno, vístete. Yo voy a ver si la pobre Shelley se ha recuperado del susto.

Encontró a su madre en la cocina, poniendo la mesa con manos temblorosas.

-Hija...

-No es lo que piensas, mamá. Es que a Eleinene se le enganchó el pijama en el sofá y...

-No digas una palabra más. Lo que pasa entre una mujer y una mujer tras una puerta cerrada no es cosa mía.

-Pero de verdad...

-Le he dicho a Shelley que estabais haciendo ejercicio.

Sí, ya. Ejercicio. El único ejercicio que iba a hacer era el de autocontrol.

sanno sabía qué hacer. Se sentía atraído por Britti, tanto que no podía pensar en otra cosa. ¿Debería llamar a Rachel? No, eso sería absurdo. Lo que sentía por Britt sólo era algo temporal, seguramente un último vestigio de libertad antes de volver a su vida tranquila en Phoenix.

Si le contaba a Rachel lo que estaba pasando, ella sería capaz de mandarlo a paseo. Y con razón.

No, soportaría aquel fin de semana como fuera necesario y después se perdería en moto por alguna carretera desierta. Para entonces tendría claro qué quería hacer..

O no.
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Mensaje por micky morales el Dom Ago 19, 2018 7:23 am

Me encanta la historia pero San es una chica y no le cambias el sexo cuando te refieres a ella, Britt es Pierce no Piercer y sus ojos son azules no verdes (esmeralda) del resto, aunque algo confusa por los errores es buena en verdad!!!!!
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Mensaje por SbQ_04 el Lun Ago 20, 2018 4:43 pm

muy bueno , algo confuso por el cambio de sexo de san pero de resto muy bueno me encanta el buen humor de brit va hacer muy buena esta experiencia para san para que deje de ser tan sangrona , saludos , MIL GRACIAS POR VOLVER
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Mensaje por 3:) el Lun Ago 20, 2018 9:49 pm

a ver cuanto duran en resistirse una de la otra!!
momento oportuno en el que llega la mama de britt jajaja
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Mensaje por ana_bys_26 el Dom Ago 26, 2018 4:13 am

Capítulo 7



SAN entró en el comedor cuando Shelley estaba colocando sobre la mesa una enorme jarra de zumo de naranja.

-Después de desayunar podemos jugar a los disfraces, tía Eleine.

SAN se inclinó hacia Britt.

-Sálvame.

-Lo intentaré. ¿Los niños no tienen que irse a casa?

-Cuando no están en el colegio se pasan el día aquí -contestó su madre, orgullosa.

Lo cual era extraño, porque Shelley y Byron eran el caos personificado y su madre siempre había sido una mujer muy estricta.

-¿Y no os molestan?

-¿Molestarnos? Nos encanta que estén aquí. Cuando tú tengas hijos, podrás dejármelos siempre que quieras.

-Qué bien, mamá.

Hijos. Era la segunda vez que su madre mencionaba el asunto. Y seguramente esperaría la noticia con ansiedad. ¿Qué podía hacer, alquilar uno, fingir un embarazo? Britt empezaba a desesperarse.

Mientras tanto, SAN estaba colocando las tazas sobre la mesa tal y como las habría colocado su madre. Observando aquellos dedos largos, bien formados...

«Por favor, Britt. Esta mujer no es para ti. Lo volverías loco... y élla a ti».

-Para eso están los abuelos, hija. Y no te preocupes, no los malcriaremos. A ti no te malcriamos, ¿verdad?

-No, claro que no.

Todo lo contrario.

-Entre tú y yo, Donna los malcría. No puede decirles que no a nada -siguió su madre.

¿Su madre criticando a Donna? Cómo habían cambiado las cosas.

-Por cierto, ¿dónde está?

-Vistiéndose, supongo. Esa chica no para de mirarse al espejo.

Britt sintió una ola de afecto por su hermana. Resultaba difícil quererla cuando era doña perfecta.

Pero, de repente, le parecía más humana.

-¡Los bollos de la abuela! -gritó Shelley, entrando en el comedor con una bandeja.

-¡Quiero llevarla yo! -gritaba Byron, corriendo tras ella.

-Tú eres muy pequeño -protestó su sobrina, apartando la bandeja. Por supuesto, al hacerlo, varios bollos cayeron al suelo-. ¡Mira lo que has hecho!

- ¡Has sido tú !

-Ha sido un accidente -intervino la madre de Nikki.

Byron tomó dos bollos del suelo y se los puso en el pecho, bajo la camiseta.

-¡Mira, tengo tetillas! ¡Tengo tetillas, tengo tetillas!

-¡Niños, por favor!

En ese momento, Donna y Dave entraban en el comedor. Dave llevaba pantalones cortos y gorra de pescar.

-Nos vamos, cuñada -le dijo a SAN-. Deberíamos haber salido al amanecer, pero quería darte un poco de tiempo para... bueno, ya sabes.

-Sí, claro -murmuró SAN.

-Mira mamá, tengo tetillas como tú - anunció Byron.

-Por favor...

Shelley, que estaba colocando los bollos en la bandeja, se chupaba los dedos cada vez que rescataba uno del suelo.

- ¡No seas cochina!

-Déjala, cariño. No pasa nada.

-No sé qué haría sin ti, mamá. Tengo que irme a casa. Necesito poner algo por orden alfabético para relajarme.

Byron se puso entonces los bollos encima de los ojos.

-Mira, soy una mosca -dijo, tan contento. Shelley procedió a meter un dedo en los bollos con toda tranquilidad-. ¡Mamá, Shelley me ha sacado los ojos!

-Ya está bien, niños. Estaos quietos de una vez.

Britt soltó una carcajada.

-¿Te acuerdas de cuando me ataste a la mesa de la cocina?

-Ay, es verdad -rió Donna-. Yo era el príncipe azul y tenía que rescatarte del dragón, pero no quisiste esperar y tiraste la mesa a patadas.

-Porque siempre me estabas mandando. Eras una mandona.

-Y tú una pesada.

-Bueno, niños, vamos a rezar –intervino su madre.

Después de rezar... y después de varias interrupciones de los niños, que no dejaban de darse patadas por debajo de la mesa,Britt le preguntó por su padre.

-¿Ha dormido bien?

-Divinamente. Vive como un rey, no te creas. Pero creo que piensa levantarse dentro de un rato.

-No sé si debería...

-Tiene que estirar las piernas, no te preocupes.

-Pero ¿no debería tener cuidado?

-Tu padre está bien, hija.

¿No estaba llevando el estoicismo demasiado lejos?, se preguntó Britt. Pero cuando miró a Donna, su hermana le. dijo en voz baja que todo iba bien.

-Por cierto hija, tengo que poner lentejuelas en unos mandiles para el bazar de la iglesia. Podrías ayudarme.

-Sí, claro. Por supuesto.

-Es que Britt es tan creativa... -suspiró su madre, mirando a SAN-. Pensábamos que estudiaría Arte o algo así... pero eligió otro tipo de vida.

-Yo creo que es muy creativa -dijo élla, pasándole un brazo por los hombros.

Britt lo miró, agradecida. Había dicho que iba a ayudarla y lo estaba haciendo.

Unos minutos después sonó la campanilla de su padre. -¿Qué quieres, pesado? -gritó Nadine Pirece, levantándose. ¿Su madre gritando? Eso sí que era nuevo-. Mi marido quiere hablar contigo antes de que te vayas de pesca, Eleine.

SAN miró a Britt y ella le devolvió la mirada. Ni idea.

SAN entró en el dormitorio intentando repasar lo que sabía de cirugía cardiovascular. Pero no había vuelto a estudiar ese tema desde tercero...

-Siéntate, hija -le dijo el señor Pierce.

Tenía muy buen color para ser alguien con problemas de corazón.

-¿Cómo se encuentra?

-Bien, bien. Y llámame Harvey.

-Harvey, siento decirte que yo no soy especialista en cardiología.

-No es de eso de lo que quería hablarte. Sólo quería decir que me agrada mucho conocerte. La verdad, Nadine y yo empezábamos a pensar que Britt se había inventado lo de la mujer.

SAN intentó reír, pero le salió un sonido raro.

-Pensábamos ir a Phoenix a visitaros... cuando a mí se me pasara esto. Pero entonces Donna nos dijo que veníais a Copper Corners para la reunión del instituto.

-Es importante para Britt.

-Sí, lo es. Y yo quiero darte las gracias por todo lo que has hecho por mi hija.

SAN se sintió como un canalla.

-No tienes que darme las gracias...

-Cuando se marchó de casa era una loquilla. Su madre y yo intentábamos convencerla de que tenía que estudiar, que sólo eso le daría la libertad que tanto anhelaba, pero no nos hizo caso. En fin, ya da igual. Veo que ahora es feliz, que hace lo que le gusta y que se ha casado con una buena mujer.

-Señor pierce...

-Harvey -lo interrumpió el padre de Britt.

-Harvey. Mira, Britt no es diferente ahora del día que la conocí -dijo SAN. No era mentira, porque la había conocido sólo unos días antes-. Lleva mucho tiempo haciendo lo que quiere.

-Eres muy modesta, hija. Pero lo más importante es lo que sentís el uno por el otro. Y está claro que mi hija te adora.

Sí, seguro. Britt pensaba que era un tipo aburrido y predecible para quien no ponerse el cinturón de seguridad era un acto de rebelión.

Harvey lo estaba mirando fijamente y San se dio cuenta de que esperaba algo de élla. Pero no podía decir «yo también la adoro» porque era mentira.

-Puedo asegurarle, señor Pierce... digo Harvey, que tu hija y yo sentimos lo mismo el uno por el otro.

Brillante. Era la verdad y Harvey Pierce podía entenderla como quisiera.

-Me alegro de oírlo, hija. Contaos contigo para que cuides de nuestra niña.

En sus ojos, del mismo color azul que los de Britt , había cierta duda, como si no confiara del todo. Nervioso, SAN se disculpó para volver al comedor.

Pero tenía la impresión de que cuando volviera a Phoenix llamaría a Britt todos los meses sólo para cumplir con la obligación que su padre le había impuesto. ¿En que lío se estaba metiendo?

Después de desayunar, Britt fue con su madre a la habitación para coser lentejuelas en los mandiles. Y luego se dedicaron a hacer tartas de manzana para la fiesta del instituto... Bueno, Britt batía las claras y el resto lo hacía su madre. Todo el pueblo aportaría algo para la fiesta y Nadine Pierce era la encargada de llevar tartas de manzana.

Estaba colocando una de ellas en la nevera del garaje cuando Dave y SAN volvieron de su excursión.

-Mira lo que he pescado -dijo SAN, mostrándole un pez no mucho más grande que una sardina.

Pero estaba tan orgullosa que Britt tuvo que sonreír.

Apenas la reconocía. En lugar de la mujer de pantalones planchados tenía frente a ella a una chica despeinada y lleno de barro. Cuando se acercó, vio que tenía varios cortes en la mano y olía a cerveza.

-No sabía que los dientes de un pez podían cortar la piel.

-Es que me enganché con el anzuelo.

-Pero lo ha hecho muy bien -intervino Dave, dándole un golpecito en la espalda-. No habría pasado nada si yo no lo hubiera obligado a tomar un par de cervezas.

-Haremos esto de cena -dijo Britt , tomando la patética pescadilla de SAN y las cuatro truchas de su cuñado.

Dave se marchó a casa para darse una ducha y San la siguió hasta la cocina.

-Lo he pasado muy bien. Y, por cierto, hueles de maravilla.

-He estado haciendo tartas con mi madre, así que huelo a canela y manzana. Dos olores que excitan a las muejeres -contestó Britt.

Estaba pasando algo entre ellos. Algo peligroso. De repente, en la cocina hacía mucho calor.

-Pues está funcionando -murmuró élla, acercándose un poco más-. De hecho, tú eres más apetitosa que cualquier tarta -añadió entonces, limpiando un poco de harina de su nariz.

-Has tomado demasiadas cervezas.

-Seguramente. Pero no me ayuda nada que lleves un mandil como esos de los que hablabas anoche.

-¿Esta cosa? -sonrió Britt , quitándoselo como si estuviera haciendo un striptease.

-¿Qué tal si me das un trocito de tarta? - preguntó SAN con voz ronca.

-¿Quieres probarla? Esta la he hecho yo solita.

Britt sacó un tenedor y cortó un trocito de la tarta que acababa de sacar del horno.

-Abre la boca.

Cuando SAN abrió los labios, empezaron a temblarle las piernas. Hubiera querido ser aquel trozo de tarta para que se la comiera entera... pero entonces vio que élla ponía una cara muy rara.

-¿Qué pasa?

Britt probó la tarta y puso cara de asco. Sabía a cartón.

-Puaj, qué horror.

-No está tan mala.

-No sé cocinar -suspiró ella.

-Bueno, tienes otros talentos.

-Sí, pero me gustaría saber cocinar.

-Ya aprenderás. Seguro que tú aprendes rápido -murmuró SAN, su mirada más ardiente que un horno.

Y entonces, sin previo aviso, buscó su boca con una ansiedad que a ella le pareció absolutamente erótica. Britt le devolvió el beso, enredando los brazos alrededor de su cuello, y SAN la llevó caminando hacia atrás hasta que chocaron contra la nevera...

como en su fantasía de la noche anterior... excepto por el golpe contra el picaporte del congelador, pero daba igual.

-SAN...

Iba a buscar su boca de nuevo cuando oyó una exclamación en la puerta. Era su madre, que había vuelto del sótano con un montón de bandejas de horno.

-Mamá...

-¿Quién es SAN?

-¿SAN? -repitieron Britt y élla a la vez.

-Acabas de llamar SAN a tu mujer.

-Ah, eso. SAN es su segundo nombre, Eleine Santana -explicó Britt -. Lo llamo así cuando...

-No digas una palabra más. ¿Por qué no os echáis un ratito antes de cenar?

-Es que no...

-Sí, yo creo que es lo mejor -insistió su madre-. Alivia las tensiones.

Aquella era una faceta de su madre que Britt no había visto nunca. Muy comprensiva, muy generosa.

SAN se quedó pensativa. ¿Qué estaba haciendo? Deseaba a Britt como no había deseado a ninguna mujer, jamás. Tenía que quedarse.

A la porra la moto. Llamaría a Rachel y le diría que no estaba preparado para casarse, que necesitaba tiempo, que quería salir con otras chicas...

No, con otras chicas no; con Britt Pierce.

Y cuando entraron en la habitación, Britt se dio cuenta de que aquello iba en seno. SAN no dejaba de besarla, llevándola de espaldas hasta el sofá.

-¿Que pasa? -murmuró, entre beso y beso.

-Que me quedo.

-¿Para la reunión?

-Para la reunión y para saber qué ocurre entre nosotros -contestó élla, sin dejar de besarla en el cuello-. No sé qué tienes, pero no puedo dejar de tocarte.

-Oh -fue todo lo que Britt pudo decir.

SAN desabrochó su blusa y su sujetador a una velocidad sorprendente.

Benditos dentistas con sus habilidosas manos. Sujetaba sus pechos como a ella le gustaba, con firmeza y suavidad al mismo tiempo. Y lo que sentía con élla... no lo había sentido con ningúna mujer.
¿Por qué? ¿Por qué San era diferente? No debería sentir nada por élla. Al fin y al cabo, estaba prometida con otra mujer.

-¿Y qué pasa con Rachel?

-Hablaré con ella. Le explicaré lo que ha pasado... y le diré que no puedo casarme. Que necesito tiempo.

Britt arrugó el ceño. Ella no quería ser responsable de una ruptura.

-No puedes hacer eso por teléfono.

SAN estaba desesperada, confusa y, por un segundo, pensó que no iba a escucharla, que seguiría besándola. Pero Santana Lopez era una umujer de los pies a la cabeza.

-Tienes razón. No es justo ni para Rachel ni para ti. No sé qué me ha pasado.

«Deseo, idiota». «Un deseo abrumador».

Evidentemente, no sentía una gran pasión por Rachel. No era raro. Britt era una mujer muy sensual que atraía a los hombres y mujeres. Pero si se interesaba de verdad por ellos, daban marcha atrás. Y si había una mujer en el mundo para quien ella fuera demasiado, ese era SAN.

-¿Te quedarás a la reunión? Significaría mucho para mí.

Al menos podría impresionar a sus compañeros y a Sam Evanas. Ya que estaban allí...

-Sí, claro. Pero tendré que comprobar que ese tal Sam es suficientemente bueno para ti - intentó sonreír SAN.

-Gracias.

Era tan rica... Si fuera su novioa... no, no, SAN no era para ella. Sólo en Copper Corners le parecía perfecto, pero era una ilusión. Una vez de vuelta en casa, no sentiría ningún interés por élla.

- ¡Voy por el pasillo! -anunció su madre- . Estoy a unos metros de la puerta. Sólo quiero deciros que la cena está lista.

SAN y Britt soltaron una carcajada.

-No tienes que gritar, mamá. No estás interrumpiendo nada.
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Mensaje por micky morales el Dom Ago 26, 2018 6:59 pm

Aja, las cosas van progresando entre ellas, el mayor problema era San y ya esta cediendo!!!!!!
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Mensaje por SbQ_04 el Lun Ago 27, 2018 9:01 am

así se hace san , eres genial anas _bys_26 tienes una magnifica imaginación solo me gustaría k publicaras mas seguido me tienes obsesionada con esta historia .
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Mensaje por 3:) el Lun Ago 27, 2018 9:55 pm

ya el deseo no lo frena nadies jajaja
a ver como va el encuentro con sam!!
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Mensaje por ana_bys_26 el Dom Sep 02, 2018 4:27 am

Capítulo 8

Al día siguiente Britt intentó olvidarse de San... tarea imposible porque estaba con ella todo el tiempo. Pero debía reconocer que lo pasaron bien haciendo carteles para el baile del instituto: El tema era «La magia de la memoria» y Britt dibujaba castillos y hadas en papel charol, que San recortaba con sus habilidosas manos.

Sólo dejaron de trabajar para jugar al escondite con los niños. Estaba contenta, pero empezaba a aburrirse un poco de tanta domesticidad.

Aunque le gustaba charlar con su padre, que cada día tenía mejor color.

Había intentado varias veces sacar el tema de la operación, pero Donna siempre encontraba alguna excusa para no hablar del asunto.

En realidad, echaba de menos Phoenix, su apartamento, su salón de tatuajes y a sus amigos. Pero en fin, sólo le quedaba una semana... Una semana con San. Cada vez que pensaba en su supuesta mujer se le encogía algo por dentro y, para olvidarse de élla, se dedicó a doblar servilletas en forma de pájaro.

«Olvídate de San. Es una aburrida». «Sólo lo pasa bien leyendo revistas dentales».

«Pero cuando me besa...».

Entonces no era nada aburrida. Sin embargo, Britt sabía lo que era para élla: unas vacaciones, una aventurilla antes de casarse.

Además, en Phoenix no tendrían nada que decirse. Eran demasiado diferentes. Ella necesitaba a alguien flexible, alguien que tuviera ideas, abierto a nuevas experiencias. Y ese no era Satana Lopez

Entonces oyó gritar a Shelley y se acercó al baño a ver qué pasaba. Y allí se encontró a San con los labios pintados, el pelo lleno de minúsculas coletitas... y a su sobrina pintándole las uñas.

-Ay, Dios mío...

- Shelley me está pintando para salir esta noche y hemos pensado que el rojo cereza es el que mejor va con mi tono de piel. ¿Qué te parece?

-Estás guapísima.

Muy bien, quizá no era tan limitado como había creído. Y, además, parecía muy seguro de su femidas.

Tenía que hablar con Rechel se dijo. Aquella noche iban a cenar a su casa y esperaba que ella pudiera aconsejarla. Alguien tenía que aconsejarla.

Poco después le llevó la cena a su padre.

-¿Dónde está el puré de patatas?

-No hay puré.

Harvey Pierce dejó escapar un gruñido de insatisfacción.

-Qué manía.

-Papá, no puedes comer cosas que aumenten tu nivel de colesterol...

-Déjame en paz con el colesterol. Por cierto, tu mujer es una mujer muy seria.

-Sí, es un poco seria.

-Y muy nerviosa.

-Es que quiere impresionaros, papá.

-Sólo tiene que impresionarte a ti, Britt . Y tú también pareces un poco nerviosa - dijo su padre entonces.

-¿Por qué dices eso?

-No lo sé... a lo mejor me equivoco. Pero si quieres hablar conmigo, ya sabes que puedes hacerlo cuando quieras.

-Lo sé, papá. Y lo haré.

«Ni muerta». Britt empezaba a pensar que su don para leer el aura de la gente había sido heredado de su padre.

-¿Tu madre no ha hecho salsa para el filete?

-Sí, pero no...

-¡Quiero salsa!

-Muy bien, muy bien -suspiró Britt , Cinco minutos después estaba en el comedor, donde sus sobrinos tomaban el postre.

-¿Tengo que comerme esto? –preguntó Shelley.

-Habla más bajo. Es el primer pastel que hace tu tía Britt .

-Está asqueroso -se quejó Byron.

-No pasa nada, no tenéis que comerlo. Es que se me había olvidado tirarlo a la basura.

-No te preocupes, hija -sonrió su madre-. Mi primer pastel estaba duro como una piedra.

-¿De verdad?

-Claro. No aprendí a cocinar bien hasta que vosotras teníais tres o cuatro o años. Ya aprenderás, cariño, cuando tengas hijos.

-Sí, claro.

San la miraba con cara de horror. Normal.

La casa deFinn y Rechel era tan impresionante que Britt empezó a preocuparse. ¿Habría perdido a su amiga? ¿Se habría convertido en una niña pija insoportable?

Pero en cuanto entró en el vestíbulo supo que no había nada de qué preocuparse.

Era una casa llena de color, con muebles raros... incluso había colgado algunos de sus cuadros.

-Encantado de volver a verte, Britt . El día de la boda apenas pudimos hablar -la saludó Finn.

Porque no soltaba a Rechel, claro. Y tenía razones para estar nervioso. Al fin y al cabo, su amiga lo había dejado plantado en el altar unos años antes.

-Hola, Finn. Tenéis una casa preciosa.

-Gracias, Britt . Y tú eres el invitado de honor, ¿verdad? Hola, soy Finn, el marido de Rechel.

Un perro, una especie de san bernardo gigantesco, se acercó corriendo, les olió un poco y desapareció por la escalera.

-Menudo perrazo.

-Se llama Maynard. Rechel decidió que me sentía sólo y lo trajo para que me hiciera compañía. Maynard la adora... como yo.

-¡Llegáis temprano! -gritó ella, saliendo del baño con el secador en la mano.

-No llegamos temprano, lo que pasa es que tú no has terminado de arreglarte, como siempre. Y no sabes cómo me alegro -rió Britt .

-Enseguida vuelvo. Voy a terminar de alisarme el pelo. No digáis nada interesante hasta que vuelva.

-¿Os apetece un martini? -preguntó FINN.

-Sí, gracias.

-¿Sabéis que mi mujer hace los mejores martinis de Copper Corners? De color rosa, eso sí.

- ¡Ya estoy, ya estoy! -gritó ella, entrando en el salón unos segundos después.

-Bueno, ¿y cómo van las cosas con los Pierce , San? -preguntó finn.

-Por ahora, bien -contestó élla.

-Todos están impresionados. Si no fuera por su problema con la bebida... -rió Britt .

-¿Qué problema con la bebida?

-Nada, nada. Es que, como te hice beber cerveza el día que llegamos a Copper Corners, mi padre está convencido de que empinas el codo.

-Por favor...

-Y, además, piensa que estamos muy nerviosos.

-Es que estamos nerviosos. Pero tus padres se preocupan demasiado.

-Deberías haberlos visto cuando íbamos al instituto -rióRechel.

-Entonces eran muy rebeldes -intervino FINN-. Y yo conocí a Rechel en el peor momento.

-Estaba buscándome a mí misma. Fue entonces cuando Britt y yo nos fuimos a Phoenix.

-Dejándome plantado en el altar.

-Bueno, primero me dejaste plantada tú a mí.

-De eso nada. Mi coche se averió...

-Lo sé, tonto -sonrió Rechel, abrazando a su marido-. El caso es que nos fuimos a Phoenix y nos hicimos tatuajes para demostrar lo libres que éramos. Yo me hice una mariposa y Britt ... ¿has visto el de Britt ?

-Pues... no.

-Enséñaselo, tonta.

-No, gracias -replicó ella.

-Bueno, como quieras. Por cierto, ¿qué vas a ponerte para el baile?

-Un vestido negro de cóctel.

-¿Un vestido negro? De eso nada. Yo tengo algo perfecto para ti. Espera un momento -dijo Rechel, saliendo de la habitación. Un momento después volvió con un bustier de encaje negro, una minifalda de cuero y una boa de plumas. Su disfraz de Madonna.

-No pienso ponerme eso.

-¿Por qué no? ¿No te gusta, San?

-Pues... no sé.

-No voy a ponérmelo -insistió Britt .

-Es bueno recordarles a los ciudadanos de Copper Corners que hay otras formas de vivir.

-¿Por qué no te lo pones tú, lista?

-Pues a lo mejor lo hago. ¿Te gustaría, fINN?

-Lo que tú digas, amor mío -sonrió él, besándola en el cuello.

San y Britt se miraron y después volvieron la cara, incómodos.

-Ay, perdón. Es que últimamente estamos un poco tontos. Pero vosotros también podéis hacer manitas -rió Rechel.

-¡Nosotros no hacemos manitas! San está prometido.

-¿Qué? Eso no puede ser, San. Pero si no apartas los ojos de Britt ... .

- ¡Rechel! San me está haciendo un favor, nada más. Y después se irá de excursión en moto.

-¿Te gustan las motos? -preguntó fiNN.

-Mucho -contestó él-. Pero vendí la mía hace tiempo.

-RECHEL y yo tenemos una. Si quieres, te la podemos prestar. Con tanto trabajo, apenas nos queda tiempo para hacer nada... y dentro de poco, tendremos todavía menos -sonrió el marido de Rechel, tomándola por la cintura.

¿Qué estaba pasando allí?, se preguntó Britt . Entonces se dio cuenta de que Rechel no estaba bebiendo.

- ¡Estás embarazada!

- ¡De ocho semanas! ¿No es maravilloso? Ni siquiera se lo hemos contado a mis padres.

- ¡Qué alegría! -exclamó Britt , abrazando a su amiga.

-Enhorabuena -dijo San.

Veinte minutos después, Rechel los había convencido para que diesen una vuelta en la moto mientras ella terminaba de preparar la cena. Además, insistió en prestarle a Britt unos pantalones y una chaqueta de cuero negro.

Y a Britt le gustó el atuendo; así se sentía más ella misma. Estaba harta de los vestiditos de niña buena.

San, con la chaqueta de cuero de FINN, estaba para comérsela.

-¡Vaya! -exclamó al verla.

-Supongo que eso es un cumplido.

-Sí, claro. Ponte el casco.

-Lo sé, lo sé.

Unos minutos después volaban por las calles de Copper Corners. Era estupendo sentir el viento en la cara, la vibración de la moto entre sus piernas y el corazón de San bajo sus manos.

-¿Vas bien?

-Sí, perfectamente.

-No te sueltes.

-Ni loca.

Le gustaba verlo conducir, controlando absolutamente lo que llevaba entre las piernas... aunque ese pensamiento hizo que se le subiera la sangre a la cabeza. Hubiera querido seguir aparentando que estaban casados, que podían hacer el amor cuando y donde quisieran. Pero era mentira.

Media hora más tarde, Hollis detuvo la moto cerca del mirador de Copper Corners.

-¿Paramos un rato?

-Muy bien.

La luna llena iluminaba el paisaje, convirtiendo el río en un cinturón de plata que corría, tranquilo, entre las colinas.

San se sentó sobre una piedra y se dio un golpecito en la pierna para que ella se sentara encima.

Parecía relajado y tranquilo por primera vez desde que llegaron al pueblo.

Era un buen hombre, una buena persona. Había aceptado ayudarla aunque para ello tuviera que mentir y fingir alguien que no era, cuando ambas cosas le repugnaban.

-Siento hacerte pasar por todo esto.

San se encogió de hombros.

-No pasa nada, Britt . Me alegro de poder ayudarte. Y me gusta estar contigo.

-Pero sé que te resulta difícil tener que engañar a mi familia.

-Qué se le va a hacer -sonrió élla-. Pero me ha gustado volver a montar en moto.

-Deberías comprar una cuando vuelvas a Phoenix.

-No lo sé. Quizá lo haga. Tú haces que desee hacerlo.

-¿De verdad?

-Tú me haces pensar en posibilidades -murmuró San, tomando su cara entre las manos. El corazón de Britt empezó a latir como un tambor. Aquello no estaba bien, pero le gustaba tanto...

-¿Quieres hacerme un favor?

-Claro. ¿Qué?

-Enséñame tu tatuaje. Y dime lo que significa.

Britt se echó a reír, pero San estaba muy serio. De modo que se abrió la chaqueta de cuero, sintiendo como si se estuviera desnudando, y se bajó un poco el escote de la blusa. Llevaba un duende tatuado sobre el corazón. Al mostrárselo, se sintió vulnerable, hasta avergonzada.

-¿Qué significa?

-Magia y milagros.

-¿Y sorpresa?

-Eso también.

-¿Tienes algún otro?

-No.

-No te hace falta otro. Ese lo dice todo - sonrió San-. ¿Y yo? ¿Crees que necesito un tatuaje?
Estaba tan serio que Britt casi tuvo miedo.

-Dame tus manos.

Cerró los ojos y buscó la luz anaranjada, pero todo era gris. Nada. Intentó concentrarse más. Quizá el calor de sus manos la estaba distrayendo.

Pero nada.

Entonces se dio cuenta de lo que pasaba. No podía leer su aura porque estaba enamorándose de élla. Seguramente ya lo estaba. Y cuando se enamoraba de alguien, era incapaz de leer su aura. Se quedaba ciega.

-No veo nada.

-Sigue intentándolo. Quiero saber qué tatuaje me vendría bien... si alguna vez quiero hacerme uno.

-No puedo, de verdad. Cuando me siento... muy unida a alguien soy incapaz de leerle el aura.

-¿Y te sientes muy unida a mí? -preguntó San.

-No quiero hablar de eso.

-No pasa nada, Britt . Yo también me siento unida a ti. Y creo que puedo leer tu aura.

-¿Ah, sí?

-A ver, deja que lo intente.

San tomó sus manos y la miró a los ojos.

-Eres una artista, tienes la sensibilidad y la inquietud de un artista. Y también eres un duende. Haces magia con tu vida y con la vida de los demás.

-Eso es precioso -murmuró Britt , intentando apartar las manos.

-No he terminado. El único problema es que no sabes bien lo que quieres, no sabes qué te haría feliz. Ser un artista y no tener reglas tiene su precio.

-Bueno, ya está -replicó ella, irritada-. ¿Y tú qué? ¿Tú sabes lo que quieres? Si tanto te gusta la vida ordenada, ¿qué haces aquí conmigo?

-Yo me estoy haciendo esa misma pregunta. Pero la verdad es que no siempre quise ser dentista, ¿sabes?

-¿Ah, no?

-Primero quise ser biólogo, pero mi padre era fontanero y quería algo más seguro para mí.

Élla sabía que yo tenía buenas manos y me animó para que estudiase Odontología porque los dentistas ganan mucho dinero. Y, en fin, al final me gustó.

-Pero hubieras preferido ser bióloga. ¿Por qué no dejas la clínica y te dedicas a lo que de verdad te gusta?

-Porque sólo es una fantasía, un sueño.

-Ya, claro, yo también tengo sueños.

-¿Con qué sueñas?

-Contigo -respondió Britt , sin pensar.

-Yo también -murmuró San-. Eres diferente de cualquier otra mujer que haya conocido. Estás llena de sorpresas y...

-Soy demasiado intensa, ¿no? Te volvería loca.

-Es posible. Y cuando vuelva a Phoenix tendré que ver a Rachel, para comprobar si mis sentimientos por ella siguen siendo los mismos.

-Ya, claro - murmuró Britt , sin mirarla.

-¿Estás bien?

-Sí, perfectamente. Además, tú también me volverías loca. Seguro que tienes todos los calcetines ordenaditos en un cajón y siempre sabes dónde dejas el cepillo de dientes.

-Pues sí -contestó élla, sorprendido.

-¿Lo ves? Somos de diferentes planetas.

-Pero haríamos buena pareja, ¿eh?

-Sí, ya. Desde luego -murmuró Britt , levantándose-. Bueno, vámonos.Rechel y Finn estarán esperando.

No se lo estaba poniendo nada fácil, pensó. Britt apoyó la cabeza en su espalda y sintió que el viento le secaba las lágrimas casi antes de que rodasen por sus mejillas.
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