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BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 4

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Activo BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 4

Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jun 03, 2018 6:37 am

Tatuaje para dos



RESEÑA


La familia de Brittany Pierce creía que tenía una tienda con mucho éxito y que estaba casada con un médico, pero en realidad era una artista del tatuaje con ciertos problemas a la hora de comprometerse. Cuando una urgencia familiar la obligó a volver a casa, se dio cuenta de que tenía que encontrar un marido a toda prisa. Fue entonces cuando pensó en el dentista Santana Lopez, al fin y al cabo un dentista era un médico, ¿no? Y además élla le debía un favor. El problema surgió cuando los besos de su supuesta mujer empezaron a hacerse demasiado reales.
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 4

Mensaje por 3:) el Lun Jun 04, 2018 10:45 pm

se ve internaste!!!! me encanta!!!
las mentiras tienen patas cortas,.. pero que afectan afectan jajaja
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Mensaje por micky morales el Mar Jun 05, 2018 6:08 am

interesante!!!!
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 4

Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jul 01, 2018 4:54 am

Capítulo 1


-LLEVO las puntas teñidas de rosa y cuatro pendientes en una oreja, Rechel -decía Brittany Pierce, sujetando el teléfono con el hombro para poder seguir dibujando-. Mi madre se moriría del susto en cuanto me viera, así que no pienso volver a Ohio para la reunión del instituto. Y no hay nada más que hablar.

-Venga, Britt -insistió su mejor amiga, Rechel Berry, tan alegre como una animadora. El espíritu de Ohio parecía haberla invadido desde que volvió al pueblo-. Lo pasaremos de maravilla recordando viejos tiempos. ¿Te acuerdas cuando pusimos dos maniquís en la postura del misionero en el despacho de la enfermera?

-Como si fuera ayer. Y también recuerdo que mi padre me castigó durante una semana y que mi madre tuvo que usar las sales.

-Éramos unas crías, Britt. Y nuestros padres lo entendieron.

-Los tuyos seguro. Siendo mi padre el director del instituto y mi madre la profesora de literatura, no se lo tomaron nada bien.

-Además, hace diez años que no vienes por Ohio.

-Mejor. Mis padres creen que soy muy feliz en Phoenix.

-Y lo eres. Tienes tu propio negocio.

-Un salón de tatuajes, Rechel . Se quedarían horrorizados.

-Pero te va de maravilla.

-Mis padres no pensarán eso. Ni mi casero.

Le debo el alquiler del mes pasado.

-¿Qué ha sido del juramento de las chicas rebeldes?

-Que han pasado diez años, supongo -suspiró Britt

Llevaba unos meses preguntándose si lo de buscar un trabajo de nueve a cinco no sería lo mejor.

Quizá la vida que había elegido era demasiado difícil.

-¿Seguro que no quieres venir?

-Seguro.

-¿Sabes que Sam Evans se ha divorciado? -preguntó Rechel entonces.

-¿Ah, sí?

-Y ha preguntado por ti. Se pasó por la fábrica el otro día para ver las nuevas instalaciones, pero en realidad quería saber si vendrías a la reunión del instituto.

-Lo dirás de broma.

Sin embargo, esa noticia la hizo sonreír. Sam Evans jugaba en el equipo de fútbol del instituto y Britt se quedó traspuesta cuando le tiró los tejos... para dejarla poco después por Heather Haver, la jefa de animadoras. Era algo tan típico que se habría partido de risa si no se le hubiera roto el corazón.

-Tienes que venir, Britt. Dale al chico otra oportunidad.

-De eso nada.

-Ohio no es el pueblo aburrido que solía ser. Ahora hay un karaoke y una galería de arte.

-Estás loca.

-Que no, que es verdad. Ya no es lo mismo.

-Eres tú la que ha cambiado, Rechel . Has encontrado el amor y una carrera en la fábrica de tu padre. Te has convertido en una vecina de Ohio, una vecina rica además.

-Hago caramelos, Britt. No soy Bill Gates.

-Seguro que ahora mismo llevas un traje de chaqueta.

Al otro lado del hilo hubo un silencio.

-La ropa no lo es todo.

-Solía serlo. La ropa era algo simbólico, ¿recuerdas? Un reflejo de lo que éramos.

La idea sonaba un poco tonta, pero entonces creían firmemente en ello. Vestir con colores imposibles, con ropa rara y montones de bisutería que hacían ellas mismas las separaba del resto.

- Me he vestido así porque tenía una reunión. ¿Y qué? Es un disfraz. Tú también te disfrazas, ¿no?

-No -contestó Britt, mirando su chaleco de cuero y su falda de piel de leopardo.

Un atuendo que se habría puesto a los dieciséis años... metiéndolo previamente en una bolsa para cambiarse antes de llegar a casa. Era un rollo que sus padres estuvieran todo el día en el instituto.

-Para mí, volver a Ohio no sería lo que ha sido para ti.

Dos años antes,Rechel salió del apartamento que compartían en Phoenix con el objetivo de convencer a su ex prometido, Finn, de que siguiera al frente de la fábrica de su padre. El problema era que volvió a enamorarse, se casó y dirigía con él la empresa familiar. Un auténtico final feliz.

La vida de Britt nunca sería así de fácil.

-Nunca se sabe -dijo Rechel .

-Yo sí lo sé.

Su futuro era un misterio, pero no estaba en Ohio.

-Sam sigue estando buenísimo. Y no deja de preguntar por ti.

-No le habrás contado la verdad, ¿no?

-No. Y cuando le dije que estabas casada se puso nerviosísimo.

-¿Ah, sí? Qué bien. Gracias por decírselo.

La campanita de la tienda sonó en ese momento y Britt levantó la cabeza.

Acababa de entrar una chica con la típica expresión de «me da igual que duela, pienso hacerme un tatuaje».

-Tengo que colgar. Ha entrado una clienta.

-No me digas que no. Dime que te lo pensarás.

-Tengo que colgar.

-Te prestaré mi bustier de Madonna -insistió Rechel .

-No, gracias.

-Britt...

-Adiós -se despidió ella, antes de colgar-. ¿Quieres hacerte un tatuaje? -le preguntó a la clienta.

-Mi amiga Jeannie me ha dicho que eres muy buena.

-¿Jeannie? -repitió Britt, pensativa-. ¿Se hizo un unicornio hace poco?

-Esa misma -contestó la joven-. Es un tatuaje precioso.

-Sí, cuando una cosa sale bien, sale bien.

-Jeannie dice que tú sabes elegir el tatuaje adecuado para cada cliente. ¿Es verdad?

-Supongo que sí. Depende de las vibraciones que emita cada persona. A ver, dame tu mano. ¿Cómo te llamas?

-Le... Linda.

Ajá. Le... Linda estaba mintiendo. Y muy nerviosa.

Britt cerró los ojos para buscar el aura de la joven.

-¿Qué ves? ¿Un sol? Yo no veo un unicornio como el de Jeannie, pero a lo mejor un leopardo...

-Calla -murmuró Britt. La imagen estaba muy borrosa.

-Lo que realmente me gustaría es un tatuaje de Xena, la princesa guerrera. En el hombro.

Entonces lo sintió. Linda no estaba preparada para un tatuaje. Quizá nunca lo estaría.

-Me temo que no va a poder ser.

-¿Porqué no? -preguntó la joven.

-Los tatuajes son algo permanente.

-Por eso quiero uno.

Britt estudió el rostro de la chica. Estaba furiosa y resentida por algo o con alguien.

-¿Por qué has venido?

-Porque quiero hacerme un tatuaje -contestó ella.

-Eso ya lo sé. ¿Por qué quieres hacértelo?

-Para... no sé, para decir algo sobre mí misma.

-¿Por qué?

-Pues... porque mi hermana es un pesado que insiste en que debo solucionar mi futuro, que tengo que hacer esto y lo otro... Tengo diecinueve años y puedo vivir mi vida sin que nadie me diga lo que debo hacer, ¿no?

-Sé cómo te sientes. Yo tenía una hermana mayor que hacía lo mismo.

-¿Y te hiciste un tatuaje?

-Sí, pero para mí fue diferente -suspiró BrittLa suya había sido una rebelión total, pero en el caso de Linda seguramente era una simple pataleta-. Cuando tenía diecisiete años me marché de casa con mi mejor amiga.

-¿Ah, sí? A lo mejor yo también debería hacer eso. Dejar la universidad y empezar en otra parte...

-No, no. Yo era demasiado joven y lo pasé muy mal. No tenía estudios y tuve que hacer de todo para sobrevivir.

-Pero ahora tienes esta tienda.

Britt miró alrededor. Estaba orgullosa de su negocio. Tenía un ambiente único, con cristalitos de colores colgados del techo, plantas exóticas y velas aromáticas.

-Tuve suerte.

-Bueno, pues puede que mi suerte empiece con un tatuaje -insistió Linda.

-¿Por qué no hablas con tu novio y con tu hermana?

La chica se tocó el hombro, obstinada.

-El tatuaje, por favor.

-Mira, yo conozco un sitio estupendo donde hacen tatuajes de henna que duran un mes. Si después de un mes sigues queriendo hacerte uno definitivo, puedes volver aquí.

-¿De verdad crees que no estoy preparada?

-De verdad -suspiró Britt.

-No sé...

-Xena seguirá aquí, no te preocupes.

Por fin, Linda asintió con la cabeza.

-Bueno, dame la dirección. Pero no sé cómo vas a hacer negocio si te niegas a hacerle tatuajes a la gente.

-Eso digo yo -suspiró Britt. Había días que rechazaba a varios clientes-. Y dile a tu hermana que te deje en paz.

-Tú no la conoces -murmuró la joven.

Cuando se marchó, Britt seguía dándole vueltas a su conversación con Rechel.

Cansada, puso el cartelito de «Vuelvo dentro de una hora» y subió a su apartamento para hacerse una ensalada de tofu.

Su amiga la conocía bien. La noticia de que Sam Evans había preguntado por ella estaba dándole qué pensar.

No se lo contó a Rechel, pero empezaba a hartarse de «vivir libremente, sin convenciones».

En parte, le encantaría volver a Ohiopara enfrentarse a todos aquellos provincianos, pero sus padres se llevarían un disgusto.

Cuando se marchó de allí, a los diecisiete años, eso le había dado igual. Sólo pensaba en vivir su vida sin intromisiones.

Pero según pasaron los años y se hizo adulta, empezó a comprender cuántos disgustos les había dado. Sus padres eran demasiado estrictos, demasiado inflexibles, pero lo hacían por cariño. Por eso se inventó una vida como la que ellos hubieran deseado: sus padres pensaban que estaba casada y tenía una boutique.

Pero un día tendría la vida que siempre había querido. Un día su salón de tatuajes daría dinero y no tendría problemas para llegar a fin de mes. Y quizá encontraría un mujer que sería tan fiel y tan estupendo como Eleine, el falso marido médico que inventó para sus padres. Y que la querría con locura.

Entonces quizá volvería a Ohio como la hija pródiga. Tendría que seguir diciendo que el salón de tatuajes era una boutique, por supuesto. Diera dinero o no, hacer tatuajes era algo rarísimo para la gente del pueblo. Pero con un negocio floreciente y un marido al lado le probaría a todo el mundo que había triunfado en la vida.

Y le encantaría ver la cara de Sam Evans cuando descubriese lo que se había perdido...

El timbre del teléfono interrumpió sus pensamientos.

-Tienes que venir a casa -el típico saludo de su hermana Donna, ajena por completo a los «hola» o «¿cómo estás?». Su familia sólo tenía el número de teléfono del apartamento y un apartado de correos, de modo que no podían aparecer sin avisar.

-Hola, guapa -la saludó Britt.

Su hermana y ella sólo hablaban en los cumpleaños y en Navidad. Como tenía niños, Donna no era capaz de mantener una conversación en la que no incluyese información sobre enfermedades, caídas, travesuras, etc. -Britt, tienes que venir a casa.

-¿Has estado hablando con Rechel?

-Qué va. Es por papá.

-¿Qué le pasa?

-Ha sufrido un infarto.

-¿Un infarto? -repitió Britt, con un nudo en la garganta-. ¿Y cómo está?

-Mal. El médico no sabe si saldrá de ésta.

-Ay, Dios mío. Pero si sólo tiene cincuenta y cinco años...

-Lo sé -suspiró Donna-. Tan joven... - al fondo Britt podía oír a su sobrina Shelley gritando como una posesa-. ¡Dale un caramelo a tu hermana, Byron! ¡Si quieres volver a jugar con Dimples dale un caramelo ahora mismo!

Una amenaza digna de un secuestrador, pensó Britt. Dimples era el dinosaurio de peluche que ella le había regalado por Navidad y del que su sobrino no se separaba.

-Donna...

-Bueno, el caso es que mañana le van a hacer una angioplastia y ha preguntado por ti y por Eleine.

-¿Ha preguntado por mí?

-Y por tu esposa. Como es médico, quiere hacerle algunas preguntas, pero me mataría si supiera que te he llamado. No quieren preocuparte.

-Ya, claro -Britt no sabía qué decir. Su padre estaba enfermo, quizá muriéndose.

Y preguntando por su marido-. Tendré que buscar a alguien que se encargue de... la boutique. Pero no creo que Eleine pueda ir conmigo. Está muy liado en... el hospital.

-Papá podría estar muriéndose, Britt ¿Cómo puedes negarle la oportunidad de conocer a tu esposa? Te lo advierto...

-No tienes que advertirme nada, Donna.

-No era a era a mi hija... ¡Shelley, sácate ese polo de la nariz ahora mismo! Mira, ahora no puedo seguir hablando.

-Pero Donna...

-Tienes que venir a Ohio como sea. ¡Byron, deja eso! Bueno, tengo que colgar. Te espero en casa.

Britt se quedó mirando el teléfono. ¿Qué podía hacer? Tendría que volver a casa, decir que Warren... ¿qué podía inventar? ¿Que estaba con Cruz Roja en Sudamérica? No, eso ya lo había contado para justificar el vertiginoso matrimonio.

Inventar a Eleine había sido un error. Primero les dijo que era su novio para tranquilizarlos, porque su madre estaba aterrada con el porcentaje de crímenes que había en Phoenix. Pero un día uno de sus novios contestó al teléfono a las siete de la mañana... y tuvo que decirle que se habían casado.
Pensar en el disgusto y la desilusión que se llevarían si supieran que nada de eso era cierto...

Los clientes del salón la mantuvieron ocupada durante todo el día, pero Britt no podía dejar de darle vueltas al asunto. Tatuó un águila, un sol naciente, un signo de la paz y convenció a una pareja de novios para que no se borraran el nombre del otro porque la pelea no iba a durar mucho tiempo. A las ocho, puso el cartel de «Cerrado» y subió a casa.

Mientras se hacía un té, encendió una vela de lavanda y una barrita de incienso.

Su padre estaba enfermo... tenía que ir a verlo. Pero le daba pánico. Mentir por teléfono era relativamente fácil, pero hacerlo en persona seguramente le resultaría imposible. Si hubiera un Eleine disponible por ahí... Bom. Bom. Bom. Alguien estaba golpeando la puerta de la tienda con tanta fuerza que podía oírlo desde arriba. Britt arrugó el ceño. ¿No habían visto el cartel de
«Cerrado»?

A veces tatuaba a alguna pareja de amantes desesperados, fuera la hora que fuera, pero aquella noche no estaba de humor.
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Mensaje por 3:) el Lun Jul 02, 2018 9:40 pm

se les vino la noche a britt jajaja
a ver a donde consigue un medico/pareja???
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Mensaje por micky morales el Mar Jul 03, 2018 7:51 am

Muy interesante la mentira de Britt, ya se ve que tiene una hermana insufrible, a ver como soluciona esto!!!!
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Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jul 08, 2018 3:38 am

Capítulo 2

Santana Lopez volvió a llamar a la puerta de la tienda. ¿Qué clase de maníaco le hace un tatuaje a una niña de diecinueve años? Lo obligaría a pagar por el procedimiento láser para borrárselo por las
buenas o por las malas.

Por supuesto, Leslie no quería borrárselo. Pero cuando se diera cuenta de lo absurdo que era, élla tendría que soltar cinco mil dólares. Y no estaba dispuesto. Furiosa, siguió golpeando la puerta mientras miraba el reloj. Sólo eran las ocho y cuarto, de modo que tenía que haber alguien dentro. Cuando apoyó la cara en el cristal, vio que el interior estaba muy limpio, con plantas y cristalitos por todas partes. Qué raro, pensó. No parecía un sitio visitado por macarras y ex convictos. Y su pobre y confusa hermana.

Ojalá creciera de una vez. Cuando él tenía diecinueve años se portaba como un adulto. Y estaba harto de sacarla de líos. Además, tenía suficiente entre las manos con su nueva clínica y sus peleas con Rachel. Rachel... No podía creer que hubiera comprado las alianzas. Apenas habían hablado de formalizar su relación y ella ya había comprado dos alianzas.

«No he podido resistirme. Estaban a un precio increíble».

A veces lo sacaba de quicio. Además, desde que salió la palabra «matrimonio» se sentía como muerto por dentro. Y cuando le dijo que necesitaba tiempo, Rachel se puso furiosa.

Entonces vio que se abría la puerta de la trastienda. Estupendo. Pero en lugar de un tipo gordo con chaleco de cuero, apareció una chica bajita con un montón de pendientes, un buen escote y cara de fastidio.

-Está cerrado.

-Tengo que hablar contigo sobre un tatuaje.

Britt abrió la puerta.

-¿Tú quieres hacerte un tatuaje?
la tipa, con aspecto de ejecutiva, llevaba unos pantalones bien planchados y un polo oscuro. Nada que ver con sus clientes habituales.

-No, yo no. Es mi hermana.

Britt lo dejó entrar y se cruzó de brazos, esperando una explicación.

A pesar de lo enfadado que estaba, Santana debía reconocer que la chica de los cuatro pendientes y las puntas de color rosa era muy guapa. El chaleco de cuero destacaba unos pechos estupendos y dejaba ver un estómago plano. Estaría estupenda sobre una moto. Como la que élla quería alquilar para escaparse de todo durante unos días.

-A ver, cuéntame.

-Le hiciste un tatuaje a mi hermana.

-¿Y?

-Y es horroroso... esa amazona en el hombro...

-¿Cómo se llama tu hermana?

-Leslie Lopez . Vino esta tarde, aconsejada por su amiga Jeannie.

Britt lo pensó un momento.

-No recuerdo a ninguna Leslie.

-Seguramente no es tu tipo de cliente. Es una chica universitaria.

-¿No me digas? -replicó ella, fulminándolo con sus ojos verdes-. Pues no me
acuerdo.

-A lo mejor se acuerda tu ayudante.

-No tengo ayudante. Además, ¿a ti qué te importa lo que se haga tu hermana?

Santana dejó escapar un. suspiro. «Paciencia, paciencia», se dijo.

-Mira, puedes llevar tu negocio como te dé la gana mientras tus clientes no sean menores de edad.

-¿Cuántos años tiene tu hermana?

-Diecinueve.

-Es mayor de edad -replicó Britt-. Y no hace falta un permiso de los padres para hacerse un tatuaje.

-Esto es increíble. El Estado exigía una licencia para todo, excepto para gente que usaba agujas con las que perforar a los demás. Asombroso.

-Relájate. Uso agujas nuevas para cada cliente y las esterilizo antes de usarlas.

-Ah, genial. Mira, no estoy intentando amargarte el día, sólo quiero ayudar a mi hermana -replicó élla.

-¿Ella te ha pedido ayuda?

-Ella necesita mi ayuda. Pero no estamos hablando de eso.

-Muy bien. ¿El tatuaje lleva tinta marrón?

-¿Qué? No lo sé. Me parece que era marrón, sí. Y enorme, le llega hasta el cuello. Ahora sólo podrá ponerse jerséis de cuello alto.

Britt lo pensó un momento. Podría ser Linda, la chica que parecía tan nerviosa, la que tenía un hermano que quería controlarlo todo.

-Henna -dijo entonces

-. ¿Es Xena?

-¿Henna, Xena? Yo qué sé. Es una mujer con aspecto de guerrera.

-Esa misma. Mira, yo no le he hecho el tatuaje a tu hermana, pero aunque fuera así, ¿qué esperabas que hiciese ahora?

-Pues... quiero que se lo borres.

-Un tatuaje sólo se borra con láser.

Santana se quedó pensativo. No podía ganar. Linda era mayor de edad, de modo que no podía demandar a aquella chica.

-Muy bien. Supongo que mi hermana volverá por aquí para hacerse otro tatuaje y cuando vuelva quiero que te niegues a hacérselo.

-¿Quieres que rechace un cliente? -preguntó ella, que parecía tomárselo a risa.

-Sí. Te pagaré lo que...

-No, gracias. Por cierto, no me has dicho cómo te llamas.

-Perdona. Santana Lopez .

-¿Santana ? Qué nombre más raro. Mira, Santy, yo no le hago tatuajes a cualquiera. Me parece que tu hermana vino esta tarde, pero dijo llamarse Linda. Y no le hice el tatuaje porque me dio la impresión de que no estaba segura. Su aura me decía que...

-¿Su aura?

-Intento comprobar si el cliente de verdad quiere el tatuaje y cuál le iría mejor.

-Lo dirás de broma.

Aquella chica estaba como una cabra.

-No. Y no juzgues algo que no entiendes, Santy .

-Prefiero que me llamen San.

-Muy bien, San . No juzgues cosas que no entiendes.

-Entonces, el aura de mi hermana decía que no.

-Eso es. Así que le sugerí que se hiciese un tatuaje temporal, de henna. Sin agujas, ¿entiendes? ¿Le diste una oportunidad da explicártelo?

-Lo intentó, pero...

-Con tu actitud, yo no me molestaría en darte explicaciones.

-Entonces, ¿el tatuaje se borrará?

-En unas tres semanas.

San se quedó pensativo.

- Así que te negaste a hacerle el tatuaje.

Ella se quedó mirándola, con la cabeza ladeada. Chulita, pero con principios. Una chica intrigante e intensa. Muy intensa.

Y élla había sido un idiota.

-Supongo que te debo una disculpa. Perdona, no sé cómo te llamas.

-Britt. Y me debes algo más que una disculpa, Sany . Estaba tomando una taza de té y me has hecho bajara la tienda.

-Lo siento. Y siento lo de mi hermana. Es que está pasando por una fase.

Santana Lopez era de los que querían controlarlo todo, evidentemente. Pero la sincera preocupación que sentía por su hermana hizo que Britt se lo pusiera fácil.

-Leslie dice que la estás volviendo loca.

-¿Te dijo eso?

-Quiere vivir su vida como le dé la gana sin tener que darte explicaciones. Por eso quería el tatuaje de Xena.

-Ya veo... En fin, perdona que te haya molestado. Puedo pagarte lo que me digas. Claro. El dinero lo resolvía todo para tipas como élla.

-No hace falta que me pagues nada, pero puedes hacer otra cosa: dejar a tu hermana en paz. Ya no es una niña.

-Me lo pensaré -sonrió San -. Y gracias por no hacerle el tatuaje.

Estaban mirándose a los ojos y Britt sintió una extraña conexión. A pesar de la rop de ejecutivo la chica era guapa, muy guapa, de pelo oscuro y ojos honestos.

Una buena chica, una chica tradicional de los que le gustarían a su madre. Como el imaginario Eleine.

Élla carraspeó entonces.

-Bueno, me marcho. Pero seguro que si Leslie vuelve no le harás un tatuaje, ¿verdad?

-Depende de su aura. Si su aura está preparada...

-¿Qué? Por favor, sólo está pasando por una fase.

-Eso me lo dirá su aura.

-Mira, te daré mi número de teléfono. Si Leslie viene por aquí, llámame.

-Es su cuerpo, no el tuyo.

-Me gustaría hablar con ella antes de que haga algo de lo que podría arrepentirse después. Sólo te pido que me llames -insistió élla, sacando una tarjeta de la cartera.

-Me lo pensaré.

-Espera, ¿tienes un bolígrafo?

-¿Para qué?

-El número que aparece en la tarjeta es antiguo... bueno, en realidad estaré fuera toda la semana, así que será mejor que te dé ella del móvil.

Britt le dio un bolígrafo y San anotó un número.

-¿Dónde vas a estar?

-No lo sé. Sólo quiero marcharme de aquí unos días.

-¿Ah, sí? ¿Y de qué huyes? El dejó escapar un suspiro.

-De mi vida.

-¿Llevas una vida muy dura?

-En realidad, no. Sólo quiero aclarar mis ideas.

-¿Y eso?

¿Qué clase de problemas podía tener doña Perfecta?, se preguntó Britt.

-Mejor no te lo cuento. Pero llámame.

«Llámame». Las palabras quedaron colgadas en el aire.

-Muy bien. Lo haré.

-Si viene mi hermana por aquí...

-Claro.

El momento se alargó hasta que Hollis se dio cuenta de que era muy raro estar allí, mirándola sin decir nada.

-Bueno, gracias.

-Buena suerte aclarando tus ideas.

Britt lo observó alejarse con una sonrisa en los labios. Buen trasero, pensó. Entonces miró la tarjeta: Doctora Santana Lopez , Odontóloga.

¿Una odontólogo? ¿Un médico? Cielos, podría ser Elene perfectamente. ¿No sería estupendo llevarlo a Copper Corners?

Sería la mujer ideal y sus padres estarían encantados. Incluso podría darle algún consejo a su padre... bueno, consejos dentales. Pero, al fin y al cabo, esa también era una rama de la medicina, ¿no?

Y le debía un favor... Britt abrió la puerta y salió corriendo tras élla.

-¡Espera un momento, Santy !

-¿Sí?

-Conozco un sitio perfecto para aclarar tus ideas.

-¿De verdad?

-Sí. Ven conmigo a la reunión de mi instituto.

-Ya, claro -rió élla, abriendo la puerta del coche.

-No, lo digo en serio. Necesito una pareja para este fin de semana.

-Lo dirás de broma.

-Lo digo muy en serio -replicó Britt

-No puedo.

-Has dicho que no tenías ningún plan.

-Pero si no nos conocemos...

-Sería divertido, ¿no crees?

-Me halagas, pero no -contentó San .

Le estaba diciendo que no. ¿Por qué? ¿Se sentía superior a ella? Menudo idiota.

-Vamos a hacer un trato: si tú vienes conmigo, yo prometo no hacerle un tatuaje a tu hermana.

-¿Me estás chantajeando?

-En absoluto. Antes te has ofrecido a pagarme... considera esto como mis honorarios - sonrió Britt.

-Pero yo... esto es ridículo.

Britt se daba cuenta de que la idea no le desagradaba en absoluto. Genial.

-Venga, Santy . Nos reiremos mucho y podrás aclarar tus ideas todo lo que quieras.

-¿No me digas? -sonrió élla-. ¿Y por qué me reiré tanto?

-Porque yo soy una chica muy divertida.

Esa réplica hizo que los ojos de Hollis brillasen, traviesos. Mejor.

-No sé...

-Venga. ¿Qué podrías perder?


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Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jul 08, 2018 4:30 am

Capítulo 3


El viernes a mediodía San aparcó frente al salón de tatuajes, sin saber muy bien por qué había aceptado. Quizá para salvar a Leslie de un tatuaje o por el ultimátum de Rachel: «¿Nos casamos o no? Decídete durante ese absurdo viaje en moto».

A Santanat no le gustaban los ultimátum.

Y luego estaba Britt... Había algo irresistible en ella.

Volvería el domingo por la noche de aquella absurda reunión de la que no sabía nada, de modo que aún le quedarían unos días para marcharse en moto a alguna parte.

Ese era el plan: disfrutar de unos días de libertad antes de abrir la clínica dental. Alquilar una moto y conducir sin destino. Quizá alejado de Rachel sus sentimientos por ella se harían más fuertes. Rachel era una buena persona. Estaba herida por sus vacilaciones y lo ocultaba haciéndose la
dura. Élla odiaba los ultimátum, pero ella se volvía loca con la incertidumbre.

Le había dicho que necesitaba tiempo y ella replicó que no lo tenían. Su reloj biológico no dejaba de marcar las horas y ya estaba planeando el colegio de los niños, la casa y la residencia para el día que se jubilasen. Era imposible.

Élla sólo quería perderse con la moto, pero allí estaba, frente a un salón de tatuajes, dispuesto a pasar el fin de semana con una extraña.

«¿Qué podrías perder?». Eso le había preguntado Britt, con una sonrisa más que prometedora.
Sólo era un fin de semana, se recordó Santana a sí mismo. Y dormirían en diferentes habitaciones.

Entonces, ¿por qué no se lo había contado a Rachel? Quizá porque ella nunca creería que había sucumbido a un chantaje. Apenas lo creía él mismo. Y tenía la impresión de que Brittany pierce guardaba más sorpresas. Santana miró alrededor. ¿Dónde estaba? Llegaba tarde, por supuesto.

Cuando aceptó ir con ella, Brittle contó que Copper Corners estaba a tres horas de Phoenix... y élla se ofreció a llevarla en su coche. Ni siquiera había tenido que pedírselo. Una mirada de esos ojos color esmeralda y le decía que sí a todo. Era tan enérgica, tan segura de sí misma. Aunque vestía como una universitaria rebelde, debían de tener la misma edad. Y había algo oculto en ella, algo muy
interesante.

Britt le había dicho que tenía pinta de necesitar un poco de diversión y era cierto. Con tanto trabajo, se le había olvidado lo que era pasarlo bien. Y ella daba la impresión de saber pasarlo muy bien. Esa idea lo ponía nervioso.

«Cálmate, San», se dijo. En realidad, estaba casi prometida con Rachel.

Lo estaba haciendo por Leslie, ¿no? Era la última vez que sacaba a su hermana de un apuro.

Además de suspender los exámenes finales, se había gastado un dineral con su tarjeta de crédito... Y, por su culpa, iba a pasar el fin de semana con una mujer que llevaba chalecos de cuero, varios pendientes en la oreja... y tenía un escote de cine.

«Piensa en el viaje en moto». San Hollis cerró los ojos y se imaginó a sí mismo volando por la carretera... pero en la imagen aparecía Britt sentada detrás de él, agarrándolo por la cintura.

«¿Qué podrías perder?». Mucho, pensó.

Por la ventanilla vio a una mujer con una bolsa de viaje al hombro. Era de la estatura de Britt, pero aquella chica llevaba un vestidito de flores y tenía el pelo rubio, cortado a media melena. Cuando se cambió la bolsa de hombro, se fijó en unos pechos grandes, altos... eróticos. Oh, cielos.

-¿Britt?

-¿Te gusta? -sonrió ella, dándose una vuelta.

-Pero estás tan...

-¿Normal, vulgar?

-Diferente.

Vulgar nunca. Aquella chica no podría ser vulgar aunque quisiera. Aunque debía admitir que estaba un poco decepcionado. Por alguna extraña razón, había esperado el chaleco de cuero y la faldita de leopardo.

-Me he vestido para parecer Miss Copper Corners.

-Pues lo has hecho de maravilla.

Sonriendo, Britt dejó la bolsa de viaje y otra bolsita de plástico con provisiones, según ella, en el asiento trasero, y se sentó a su lado. Olía a algo indefinido, un perfume poco habitual.

-¿Por qué te has vestido así?

-Para que los del pueblo no se asusten. No pueden con la auténtica Britt Pierce.

-Ya veo -murmuró Santana. En realidad, esa nueva imagen no disminuía su atractivo en lo más mínimo.

-Mira, he traído bocadillos para el viaje. Cerveza para mí y Coca-Cola para ti. Tienes que conducir.

-¿Vas a tomar cerveza a las doce del mediodía?

-Sí, ¿por qué? ¿Crees que debería tomar un whisky?

-Por favor...

-Venga, hombre. En los viajes no hay horarios. ¿Sabes que en los casinos de Las Vegas no hay relojes? Cuando vas de viaje, es como estar de fiesta... A ver, pon un poco de música -dijo Britt entonces, bailando en el asiento.

Santana levantó los ojos al cielo.

-Has llegado tarde.

-No se llega tarde cuando uno va de viaje, ya te lo he dicho -replicó ella, sacando un bocadillo de la bolsa-. ¿Quieres?

-No, gracias.

-Tú te lo pierdes.

Britt miró su perfil. A juzgar por la expresión irritada, no estaba preparado para conocer toda la historia. Tendría que encontrar el momento. Pero le hacía gracia volver a Copper Corners con su «marido». Así vería la reacción de Sam Evans. Aunque no podría hacer nada con élla, claro. Ella no era una adúltera. Pero la satisfacción sería inmensa.

Aquello iba a funcionar. Si tenía alguna duda sobre el plan, la alegría de su madre cuando le dijo que volvía a casa con Warren le demostró que estaba haciendo lo que tenía que hacer. No le había dado una alegría a su madre desde el concurso de pintura en octavo.

De modo que debía convencer a Santana para que se hiciera pasar por Eleine. Y lo mejor sería animarlo un poco, pensó. Ofrecerse a conducir y darle un par de cervezas.

-Así que eres dentista, ¿eh? ¿Dónde está tu clínica?

-Hasta la semana pasada, en el hospital Santa Mariah. Atendíamos a gente sin dinero.

-Un trabajo benéfico, qué impresionante.

-No tanto. Me pagaban un buen salario. Pero la semana pasada dejé de trabajar allí.

-¿Y eso?

-He abierto una clínica propia.

-Ah, qué bien -sonrió Britt, mordiendo su bocadillo de embutido con mayonesa.

-¿Tú sabes lo que eso le hace a tus arterias?

Ella lo miró, sorprendida.

-La Dirección General de Sanidad cambia sus indicaciones sobre el colesterol cada quince días. ¿Por qué negarme un placer cuando no están seguros de si es malo? Además, la vida no se puede controlar. Podríamos resultar aplastados por un camión en cualquier momento.

-Mientras yo conduzca, imposible -contestó Santana.

-No eres tú quien me preocupa. Es el universo.

-Muy fatalista, ¿no?

Ella se encogió de hombros. Por impulso, le acercó el bocadillo para que diera un mordisco y, sin darse cuenta, le manchó de mayonesa. Hollis sacó la lengua para limpiarse y ella se quedó mirando, fascinada. Era rosa, no demasiado oscura o demasiado pálida. Y le gustaba ver cómo la movía...

Santana la miró entonces y se quedaron por un momento en suspenso. Ajá, allí había energía sexual. Qué raro. Vestía como un ejecutivo, llevaba el pelo bien cortado... pero le gustaba.

El silencio se alargó tanto que Britt se vio obligada a romperlo:

-¿No te interesaba trabajar para gente pobre?

-No es eso -contestó éllla, apretando el volante.

-¿Entonces?

-Había llegado el momento de abrir mi propia clínica, de ponerme serio.

-A mí me parece muy serio que la gente pobre tenga problemas dentales.

-Y a mí, pero siempre había querido abrir una clínica privada. Tengo veintisiete años y ya era hora de hacerlo. Además, hay un montón de dentistas esperando ocupar mi sitio.

-Pero echas de menos ese trabajo –dijo Britt.

Santana se volvió, sorprendido. A Britt le pasaba muchas veces. No tenía poderes, sencillamente era sensible a los gestos de la gente.

-También me gustarán los pacientes de mi clínica.

-Claro, claro. Pero tenía dudas. Eso era evidente.

-¿Y tú? ¿Por qué te dedicas a los tatuajes?

-Porque ser bailarina de striptease no me hacía gracia. Y vender droga, menos.

Santana soltó una carcajada.

-Pero debes admitir que es un trabajo un poco raro.

-Sí, pero siempre me ha interesado el arte. Me hice un tatuaje a los diecisiete años y entonces me di cuenta de que era asombroso poder darle vida a un dibujo en el cuerpo de una persona, como si fuera un lienzo viviente.

-Pero no le haces tatuajes a gente que no deba llevarlos, ¿no?

-Eso es. Un tatuaje es una forma de expresión y no me lo tomo a broma. Así que no tatúo a gente que ha bebido, a los que están enfadados por algo o a los que acuden a mi salón presionados por sus amigos. Su aura me dice que no.

-Otra vez el aura...

-Es un don -sonrió Britt-. Sé que no te lo crees, pero es real. Por ejemplo, yo sé cosas sobre ti.

-¿Ah, sí? ¿Por ejemplo?

-Para eso tengo que leer tus manos y mirarte a los ojos.

-Lo siento -sonrió Santana, levantando una mano del volante.

-Bueno, entonces tendrá que ser una lectura muy limitada -Britt observó su perfil: nariz recta, mentón firme. Eso y lo que su hermana le había contado le daban ciertas claves-. Vamos a ver: Santana Lopez obedece las reglas. De niña, tenías la habitación organizada, los lápices con punta y los deberes hechos. Nunca te ha hecho falta un despertador para levantarte, sacabas buenas notas en el instituto y te graduaste con honores en la universidad.

-Muy impresionante... aunque me hacía falta el despertador para levantarme. Y no siempre obedezco las reglas.

-Si tú lo dices...

-A ver, sigue.

-Muy bien -sonrió Britt, sin dejar de mirarla. Había en Santana una solidez que, aunque a ella le parecía un poco aburrida, muchas mujeres encontrarían atractiva-. Siempre has tenido novia. Nada de aventuras de una noche. De hecho, ahora mismo tienes novia.

Al decirlo, se percató de que no le hacía ninguna gracia. Pero ninguna. Y eso explicaba por qué Santana había pedido que durmiesen en habitaciones separadas.

Pero ¿por qué no mencionó a su novia?

-Pues sí, es cierto.

-¿Cómo se llama?

-Rachel.

-¿Y vas en serio con ella?

-Bueno, llevamos algún tiempo saliendo juntos.

Britt notó que la puntita de las orejas se le ponía colorada. De modo que no estaba seguro de su relación...

-Bueno, más cosas: eres ahorrador, haces resoluciones el día de fin de año, no crees en la suerte y nunca has nadado desnuda.

-No está mal -sonrió élla-. pero me haces parecer muy aburrido.

-Es lo que veo.

-Podría sorprenderte.

-Venga, Santy. Tú nunca te has pasado de la raya.

- ¿Y si te digo que dejé la universidad durante tres meses para irme por ahí en moto?

-Me quedaría sorprendida.

-Es cierto.

-¿De verdad? ¿Y qué pasó?

-Que después volví a la universidad.

-Ya me imaginaba.

Menudo rebelde con tarjeta de crédito.

-Tenía que sacarme el título. Mis padres se habían gastado mucho dinero en mí.

-¿Sigues teniendo la moto?

-No, la vendí. Era demasiado peligrosa.

-Pero te encantaba, ¿no? Chica, la vida es peligrosa. ¿Por qué no palmarla haciendo algo que te gusta?

-Porque había llegado la hora de hacerse mayor.

-¿Lo ves? Eres tan típico... Y ahora que tienes tu clínica te casarás con Rachel, comprarás una casa con jardín y tendrás un golden retriever siempre limpito. Luego, tendrás un niño y una niña... como mandan los cánones.

-¿Y qué hay de malo en eso? -preguntó Santana

-Nada, supongo -sonrió Britt. Allí estaba la oportunidad de contarle la pequeña aventura en la que lo había embarcado-. Pero ¿cómo vas a saberlo a menos que pruebes algo diferente?

-No tengo que probar algo diferente para saber que no es para mí. .

-Venga ya. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo espontáneo?

-Hago cosas espontáneas. Este viaje, por ejemplo.

-Pero esto es fruto de un chantaje, ¿recuerdas? Y empezaba a temer que tendría que secuestrarlo para que se hiciera pasar por su mujer.

-No es ningún chantaje. Me apetecía ir contigo a esa reunión.

-¿Un ganchito? -preguntó Britt, abriendo la bolsa.

-No, gracias.

-Venga, Santy, vive la vida. Haz algo peligroso para variar.

Santana la sorprendió mordiendo el ganchito y mirándola con una expresión que no tenía nada de tímida. Bajo aquellos pantalones tan bien planchados había una Santana Lopez muy caliente, estaba segura. Definitivamente, tenía que emborracharlo.

-¿Quieres que conduzca yo?

-¿Qué?

-Siempre he querido conducir un... Toyota.

-No sé..

-Vamos, Santy, por favor...


Suspirando, Santana se detuvo en un semáforo y puso el freno de mano.

-Venga, conduce tú.

Britt le dio un bote de cerveza.

-Vale, ahora puedes tomar un trago. Vive peligrosamente, hombre.

-¿Una cerveza caliente es vivir peligrosamente?

-Hay que empezar por algún sitio.

Poco después, Santana estaba hablando de su moto y de su intento de rebelión.

-Tu problema es que no hay sorpresas en tu vida. La sorpresa agudiza el ingenio, te mantiene fresco -dijo Britt.

-El problema con las sorpresas es que uno nunca está preparado.

Claro, qué listo.

-Venga, bebe.

Con la segunda cerveza empezó a parecer más relajado, aunque seguía con su actitud de «niña repelente sabelotodo». Pero Britt tenía que hablarle de Eleine y no podía esperar mucho más.

-¿Alguna vez has hecho una obra de teatro?

-¿Por qué me preguntas eso?

-No, por nada, estaba pensando en una sorpresa.

-Nunca he hecho teatro. Una vez salí con una chica que estudiaba Arte Dramático y le daba por montar numeritos. Era como si siempre estuviera esperando un aplauso.

-La interpretación puede ser muy terapéutica, ¿lo sabías? Te abre a nuevas experiencias - dijo Britt-. Deberías probar.

Santana se volvió entonces, mirándola con una expresión rara.

-¿A qué viene eso?

-¿Qué?

-¿Lo dices por algo que te ha contado mi hermana? Leslie está completamente equivocada. Soy muy feliz con mi vida y hacerse un tatuaje no es la respuesta para nada.

-Tu hermana no iría a hacerse un tatuaje si tú la dejaras en paz.

-O sea, que hablasteis de mí.

-Sólo sé que la gente se rebela cuando no se siente aceptada.

Santana se quedó callado un momento.

-¿Lo dices por experiencia?

-Algo así.

Britt no quería hacerle confesiones. Quería que la ayudase por diversión, no por pena. Aunque si las cosas se ponían mal le contaría toda la saga, incluido el infarto de su padre. Y se pondría a sus pies. Puaj. Afortunadamente, en ese momento vio un bar de carretera. Una oportunidad perfecta para probar la habilidad interpretativa de Santana.

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Mensaje por micky morales el Dom Jul 08, 2018 8:02 am

Britt es muy habilidosa, a ver como va la visita a ese bar!!!!
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Mensaje por 3:) el Lun Jul 09, 2018 9:02 pm

britt va por buen camino jajaja
a ver como va la visita al bar??
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Mensaje por ana_bys_26 el Dom Jul 15, 2018 3:06 am

Capítulo 4

San se sujetó al asiento cuando Britt cambió de carril a toda velocidad.

-¿Qué haces?

-Tengo hambre.

-Pero si te acabas de comer un bocadillo y una bolsa de ganchitos.

-Eso no es nada. Necesito algo más sólido.

Una camarera con peluca y uniforme rosa los saludó, cuaderno en mano.

-Voy un momento al lavabo -dijo Britt.

San se quedó mirándola. ¿Qué estaba tramando?, se preguntó. ¿Por qué se metía tanto en su vida? No había nada malo en tener un plan y seguirlo, como un adulto, ¿no? Pero algunas de las cosas que le había dicho seguían dando vueltas en su cabeza.

Quizá era demasiado organizado, demasiado previsible. Quizá por eso había aceptadohacer aquel viaje con ella. Pero Britt Piecer era una chica a la que había que tomar en pequeñas dosis. Después de un par de días con ella estaría desesperado, deseando volver con Rachel.

Rachel sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Y a élla le gustaba que fuera así, aunque a veces resultaba un poco mandona. La quería; estaba un poco enfadada con ella, pero era su novia.

La camarera le llevó una cerveza, que seguramente Britt habría pedido. ¿Más cerveza? ¿Querría emborracharla?

Ella salió del lavabo poco después y metió unas monedas en la máquina de discos.

Cuando volvía hacia la mesa, San la imaginó de nuevo con el chaleco de cuero y la faldita de leopardo... Horror. Dos cervezas con el estómago vacío estaban haciendo su efecto.

Britt sonrió, como si hubiera leído sus pensamientos. Su habilidad para hacer eso lo ponía nervioso. Aunque, en realidad, sólo eran conjeturas. Si de verdad pudiera leer sus pensamientos vería que no hacía más que quitarle y ponerle el chaleco de cuero. Era normal tener fantasías sexuales antes de sentar la cabeza, ¿no?

Britt se sentó frente a élla, sonriendo de oreja a oreja.

-Bueno, ¿qué quieren tomar? -les preguntó la camarera-. Con calma, no hay ninguna prisa, ¿eh? -dijo entonces, mirando a San como si fuera un niña enferma.

-Las señoras primero -contestó élla.

-Yo quiero una hamburguesa con patatas fritas -anunció Britt.

-Y yo un sándwich de pavo sin mayonesa.

-Muy bien. Ahora mismo se lo traigo. Pero tranquila, respire profundamente, no pasa nada -dijo la camarera entonces.

San la miró, perplejo.

-¿Por qué ha dicho eso? ¿Por qué me miraba de esa forma tan rara?

-¿Ah, sí? No me he dado cuenta.

-No sé, me miraba como si me pasara algo.

Britt se encogió de hombros.

-Ni idea. Tómate la cerveza, voy a pedirte otra.

-¿Qué le has contado?

La música empezó a sonar entonces, una canción lenta.

-Ah, mira, mi canción favorita –sonrío ella, levantándose-. Vamos a bailar.

-Pero si no hay pista de baile...

-El mundo entero es una pista de baile.

Suspirando, San la tomó por la cintura y empezó a dar vueltas por el bar.

-¡Pero si sabes bailar!

-¿Y por qué te sorprende tanto?

-¿Qué le has contado a todo el mundo?

-Tú sigue bailando.

-Pero...

-Venga, es divertido.

Britt le echó los brazos al cuello, apretándose descaradamente contra élla. Y San empezó a sudar. ¿Divertido? Un partido de tenis era divertido.

El estómago de Britt rozaba su entrepierna, que reaccionó inmediatamente, como era natural. Seguían dando vueltas, élla respirando el olor de su pelo... Pero sólo era un baile. No significaba nada.

En ese momento, un tipo con sombrero texano le guiñó un ojo. ¿Qué estabando allí? Le estaban gastando una broma, seguro. Pero ¿cuál era la broma?

San se apartó y tiró de Britt hacia la mesa.

-Pero si la canción no ha terminado...

-Da igual. Dime qué le has contado a esa gente.

-Bueno, bueno, está bien. Le conté a la camarera que estabas haciendo terapia porque sufrías agorafobia, ya sabes miedo a los espacios abiertos. Y que era la primera vez que salías a la calle en varios años.

Unos minutos después, los parroquianos empezaron a aplaudir. Pero a San le pareció que la gente lo miraba de una forma muy rara.

- ¡Por favor! Relájate. Sólo era una broma.

-A mí no me hace ninguna gracia.

-Su pedido -sonrió la camarera, con una bandeja en la mano-. Tómese su tiempo, ¿eh? -le dijo a San -. Yo tenía un primo con el mismo problema, pero se curó.

-Ya, claro.

Mientras comían, no dejaba de mirar a Britt, que parecía tan tranquila. ¿Por qué habría hecho eso?, se preguntaba. Pero ella no parecía a punto de darle una explicación. Y cuando estaba terminando su sándwich, la camarera se acercó con un pastel... sobre el que había una vela encendida.

-Oh, no, ¿les has dicho que era mi cumpleaños?

-¿De qué te quejas? Hemos comido gratis -sonrió Britt-. Y el pastel estaba muy rico, ¿no crees?
Los pasteles de la barra parecían secos.

-Has mentido -dijo San -. Y te has aprovechado de esa gente.

-Yo no lo creo. Les ha hecho ilusión poder ayudar a alguien. No le hemos hecho daño a nadie.

-Dame las llaves.

-De eso nada. Has bebido.

-Muy bien, tú conduces. Pero nada de tonterías.

-No me puedo creer que seas tan aburrida.

-Lo digo en serio. Un truquito más y me vuelvo a casa.

La broma no le había salido nada bien, pensó Britt mientras tomaba la autopista.

San estaba enfadada... Entonces oyó un ronquido. Horror. Se había dormido. Lo de la
cerveza también le salió mal. Pero estaba muy mono con el pelo sobre la frente.

Sin embargo, tenía que convencerlo de que se hiciera pasar por Eleine antes de llegar a Copper Corners...

Media hora después encontró la solución: una tienda en medio de la autopista. Una distracción. Además, tenía que comprar caramelos de menta para que San no oliese a cerveza.

-Despierta, Sany.

-¿Qué? ¿Ya hemos llegado?

-Aún no. Vamos a descansar un ratito.

-De eso nada -replicó élla-. Sigue conduciendo.

-Venga, por favor...

-Está bien, de acuerdo -suspiró San , abriendo la puerta del coche, medio desorientado.

Una vez dentro, de la tienda, Britt le puso un sombrero australiano y unas gafas de sol.
-¿Qué tal un cambio de imagen?

Élla arrugó el ceño, pero dejó que se los pusiera.

Estaba muy guapoa. Con los ojos misteriosamente escondidos Britt podía observar su boca, sus pómulos, altos y clásicos, y su nariz recta. Podía imaginarlo sobre una moto, con el pelo un poco más largo... Si se quitaba los pantalones planchados, tendría muchas posibilidades.

Cuando levantó la mano para colocarse las gafas vio que tenía unos dedos largos y bonitos.

Entrenados para hacer un trabajo muy preciso en sitios recónditos... y seguro que sabía usarlos bien.

-¿Qué tal estoy?

Britt tragó saliva.

-Estupenda. No te pareces nada a Santana Lopez .

-Ahora tú -sonrió élla, poniéndole una boina y unas gafas con montura de cristalitos. Estaban muy cerca y sus manos eran cálidas, tanto como su aliento-. Muy «tú». Por cierto, no deberías haberte cambiado para el viaje. Me gustó mucho la ropa que llevabas el otro día. Britt soltó una carcajada.

-Es un disfraz. Protección para un mundo extraño. Y no te pongas tan seria.

-No me pongo seria.

-Bueno, voy al lavabo. Nos vemos en el coche.

Cuando volvió al coche, vio que San seguía llevando el sombrero y las gafas. En la mano, la boina y sus gafas de cristalitos.

-¿Quién ha dicho que no puedo ser espontáneo?

Britt permaneció callada durante largo rato.

Necesitaba convencerlo para que hiciese de Eleine... ¿pero cómo? Entonces vio el cartel de un pueblo próximo a Copper Corners. Estaban casi llegando y aún no le había dicho cuál debía ser su identidad secreta.

Y tenía que hacerlo inmediatamente.

-Hay un par de cosas que no te he contado.

-¿Por ejemplo?

«Que eres mi muje y te llamas Eliene».

No, demasiado abrupto.

-Me escapé de casa cuando tenía diecisiete años.

-Ah, muy bien.

-Porque no me entendía con mis padres. Como si fuéramos de planetas diferentes.

-¿De verdad?

-De verdad. Excepto para la boda de mi mejor amiga, no he vuelto a Copper Corners.

-Pues tus padres deben de echarte de menos.

-Si creen que las cosas me van bien, están contentos. Además, ya tienen a mi hermana, doña perfecta.

-¿Tienes una hermana perfecta?

-Se parece a ti. Siempre hacía los deberes, nunca llegaba tarde, se casó con un banquero y tiene dos hijos, niño y niña.

-Una chica seria, ¿eh?

-Eso es.

-Y tú no lo eres.

-No. Mis padres son personas muy serias, muy conservadoras. Mi padre es el director del instituto y mi madre profesora de literatura. Les di muchos disgustos cuando era adolescente.

-¿No eras buena estudiante?

-Era la peor. Además, un día pinté un mural en la cafetería que reflejaba el instituto como una prisión, con los estudiantes llevando pancartas que decían: «Libera tu mente» o «Aprender sin tortura».

San soltó una carcajada.

-Pero has crecido.

-Mi vida es demasiado rara para ellos.

-Por eso te has puesto ese vestidito de flores.

-Para protegerlos -suspiró Britt-. Por eso, que vengas conmigo a Copper Corners es importante. Les dije que... iría con alguien muy especial.

-¿Alguien muy especial? Soy tu amiga, ¿no?

-¿Recuerdas lo que dije antes sobre la interpretación? La verdad es que esperaba que... bueno, que aparentases estar muy unida a mí.

Santana se volvió.

-¿Quieres que me haga pasar por tu novia?

-Algo así. Mira, no sólo voy para la reunión del instituto. Mi padre ha sufrido un infarto y está muy mal. Si vienes conmigo y me ve contenta, se animará un poco.

-Debería haberlo imaginado -suspiró San. Quieres que me haga pasar por tu novia.

-¿Lo harás? Ya casi hemos llegado.

«Date prisa, di que sí. Tengo que decirte que estamos casados y que te llamas Eleine».

Silencio.

Santana se quitó el sombrero y las gafas y los tiró sobre el asiento trasero.

-Ser tu novia no es como ponerse un sombrerito, Britt. Tu familia me hará preguntas. Tendremos que ser... afectuosos el uno con el otro. Tendremos que fingir...

-Mi padre se está muriendo, San. Por favor.

Más silencio.

-Creo que deberías contarles la verdad. Ya no eres una niña.

-Mira, esto es muy importante para mí. ¿Podrías intentarlo al menos?

-No.

Poco después llegaban al pueblo. Y a su casa. Britt pisó el freno.

-Ya estamos aquí.

Se le encogió el corazón al ver la casa, pintada de amarillo. De pequeña le parecía una cárcel, pero en aquel momento... le llevaba muchos recuerdos. Tontamente, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué iba a hacer? No podía presentarse en casa sin Eleine.

Así que pisó el acelerador.

-¿Qué haces? -exclamó San.

-No puedo entrar en mi casa.

-Para el coche, Britt.

Ella obedeció, deteniéndose frente a la casa de sus vecinos.

-¿Qué?

-Muy bien, lo haré. No me hace ninguna gracia, pero...

-¿De verdad? -exclamó Britt. Iba a tener que contarle toda la historia-. Bueno, verás, lo cierto es que...

Bang. Bang. Bang.

Dos niños estaban golpeando la ventanilla. Sus sobrinos.

-¿Qué hacen?

-Son mis sobrinos, no te preocupes. Mira, San...

Antes de que pudiera terminar la explicación, los niños abrieron la puerta y la sacaron del coche.

-¡Tía Britt, tía Britt! -gritaba Byron, abrazándose a ella. Un detalle, considerando que sólo la conocía por teléfono.

Irritada porque Byron había sido más rápido, Shelley corrió hacia el otro lado del coche.

- ¡Tía Eleine, tía Eleine!

-¿Tía Eleine? -repitió San.

-Se supone que te llamas Eleine. Y eres mi mujer -dijo Britten voz baja-. Llevamos un año casado. Y eres médico.

-Pero si soy dentista...

-Da igual.

Entonces vio a su madre en la puerta de casa con un mandil de cuadros y se le encogió el corazón.

-Vamos a jugar a las casitas, tía Eleine- dijo Shelley-. Tú serás el papá, yo la mamá... y Byron puede ser nuestro hijo.

- ¡Yo no quiero ser el hijo!

-Tú debes de ser Eleine -sonrió su madre, estrechando su mano-. Encantada de conocerte. Soy Nadine Pierce.

-Encantada -intentó sonreír Hollis.

-Nos llevamos un disgusto cuando Britt nos dijo que os habías casado sin avisar a nadie... pero comprendimos la urgencia. Por el viaje a Sudamérica y eso.

- ¿Sudamérica?

-Hiciste una labor maravillosa atendiendo a esa pobre gente después del huracán -intervino Britt rogándole con los ojos que le siguiera la corriente.

-Ah, claro, es verdad.

-¡Brittany -sonrió Nadine Pierce, dándole un abrazo. Olía a limón y a lavanda, como siempre. La había echado de menos. Le resultaba difícil reconocerlo, pero era cierto-. Por fin has venido, hija mía.

-Sí, aquí estoy. Aquí estamos, ¿verdad, Eleine?

-Sí, claro. Aquí estamos.

-Vamos a casa. Ya llevaremos las maletas más tarde -dijo su madre.

-No hace falta, mamá. Dormiremos en el hotel...

-¿En el hotel? Qué bobada. Os quedaréis en tu antigua habitación.

-¿No la habías convertido en un cuarto de costura?

-Sí, pero hay un sofá cama. Yo duermo allí cuando tu padre ronca mucho -sonrió Nadine.

-No podemos hacer eso, señora Pierce - protestó San.

-¿Cómo que no? Os quedáis aquí y no hay más que hablar.

Cuando era joven, esa actitud autoritaria le resultaba insoportable, perou Britt empezaba a reconocerla como un gesto cariñoso, típicamente maternal.

-Te lo explicaré todo más tarde -le dijo a San al oído.

-Y espero que sea una explicación convincente.

Se lo explicaría, desde luego. En su habitación. A solas con su «mujer».

Esperaba que la puerta siguiera teniendo cerrojo...

Porque tendrían que dormir juntos en el sofá cama.
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 4

Mensaje por micky morales el Dom Jul 15, 2018 7:38 am

jajajajajajajaja pobre San, tremenda emboscada!!!!!
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Activo Re: BRITTNA Tatuaje para dos capitulo 4

Mensaje por 3:) Ayer a las 5:46 pm

Jajaja se empezaron a mover la piesas,... a ver cómo va la “relación “ ahora???
Pobre de san jajaja
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3:)
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