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Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final - Página 4 Primer15
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Mensaje por Monze30 Vie Jul 24, 2015 4:55 pm

Wooooooow, Mmm pues yo quisiera que los subas todos juntos por favor
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Mensaje por Elita Vie Jul 24, 2015 5:10 pm

Ellas nunca pierden el tiempo xD
Me gustaría que pos supieras todos juntos *--*
no podría aguantar hasta que actualices uno por uno!!!!
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Mensaje por Elita Sáb Jul 25, 2015 7:35 pm

Por cierto ¿Seguirás adaptando luego de esta?
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por Monze30 Lun Jul 27, 2015 12:48 am

Por favor actualiza pronto y sube todos juntos por favor
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por sannyrivera Lun Jul 27, 2015 6:32 pm

es brittana ellas siempre tienen que estar juntas :'(
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Mensaje por ToLeedithaa.16 Lun Jul 27, 2015 7:31 pm

Actualiza ...que sean todos juntos plis
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por monica.santander Lun Jul 27, 2015 7:58 pm

No se p.........ta madre se que no me va a gustar el final creo que no se van a quedar juntas!!!!!!!
Así que decidilo vos igual vamos a llorar!!!!
Saludos
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por Paola Perry Lun Jul 27, 2015 10:00 pm

actualiza pronto porfa!!!!
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por Mico4 Lun Jul 27, 2015 10:32 pm

Capítulo 19


La luz del dí­a hizo que me despertara. Cuando abrí­ los ojos encontré el bello rostro de Santana junto al mí­o y el corazón, como siempre que la veí­a, me dio un vuelco. Me sentí­ más feliz que nunca. Era la primera vez que pasaba la noche entera con ella. Aún dormí­a profundamente, por lo que no me moví­ para no despertarla, solo me dediqué a contemplarla en la proximidad, sabiendo que nadie, ni siquiera ella, interrumpirí­a aquel momento durante un largo rato. Parecí­a una niña, casi tan cría como yo.

Hasta su cuerpo parecí­a más pequeño de lo que en realidad era. Respiraba con regularidad y su peso sobre el mí­o me hací­a pensar que aún se hallaba lejos de despertar. Una de sus manos reposaba en el comienzo de mi pecho, dándome calor, y una de sus piernas descansaba entre las mí­as. Me hubiera quedado así el resto de la vida. Deseé tocarla, pero no lo hice y permanecí­ quieta, admirando sus facciones. Pasé mucho tiempo así­, y enseguida reparé en que cuanto más la miraba más la deseaba. Querí­a besarla y acariciarla. Mi respiración se agitó demasiado rápido, para mi propia sorpresa. Lo mejor era que me levantara y le dejara dormir, y así para cuando se despertara podría llevarle el desayuno a la cama. Me moví muy despacio para que no me sintiera.

-No - murmuró abrazándose a mí­ por detrás-. No te vayas.

-¿Te he despertado?

-Ya dormiré cuando no esté contigo - me susurró al oí­do. Sonreí­ al reconocer mis propias palabras de la noche anterior.- Es una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca - volvió a susurrarme. Tiró del cuello de mi chaqueta y sus labios besaron mi piel hasta la nuca. Su boca descendió hasta el final de mi espalda. Cuando la alcanzó, levantó la chaqueta dejándomela al aire-. No sabes cuánto me gusta despertarme a tu lado - dijo moteándome la piel con su aliento.

Volví a sentir sus labios recorriendo mi espalda lentamente, pero esta vez sin el fino tejido de por medio. Bajó la mano hasta la parte de atrás de mis muslos, deslizando los dedos entre ellos. No pude pensar en otra cosa que en aquel movimiento entre mis piernas, que a cada caricia iba acercándose peligrosamente a mi sexo. Sus labios se dirigieron a mi cintura y su brazo me rodeó las piernas, acariciándome ahora los muslos por delante.

-Tienes un cuerpo precioso - jadeó descansando su rostro en la curva de mi cintura.

Permanecí­ quieta, con la respiración desbocada, esperando su siguiente movimiento. Querí­a que me tocara, pero no iba a pedírselo esta vez. El ridí­culo que había hecho la noche anterior me habí­a bastado para el resto de mi vida. No iba a ser yo quien le volviera a poner alguna parte de mi anatomí­a más íntima directamente en sus manos, para que me tocara de una vez por todas. Me acarició la cintura con la mejilla y su boca volvió a humedecerme la piel a besos. Sus labios regresaron al final de mi espalda, tirando del pantalón y descubriendo ligeramente el comienzo de mis glúteos. Posó un jadeante aliento sobre ellos y el cuerpo me ardió en llamas. Ahogué un gemido cuando la excitación de su boca recorrió aquella pequeña zona de piel dejada al descubierto. Sus manos me guiaron para que me diera la vuelta. Volví a quedar de lado, pero en esta ocasión mirando hacia ella. Temblé bajo su aliento cuando cubrió la piel de mi estómago al tiempo que su mano ascendía. Apenas sentí su roce en la curva donde se me perfilaba el pecho, antes de que se retirara a mi costado. Me subió aún más la chaqueta del pijama, cuando sus labios ascendieron hasta donde lo habí­an hecho sus dedos hacía un instante. Pensé por un momento que al fin iba a abandonar aquel pudoroso comportamiento conmigo, pero una vez más me equivoqué. Volvió a descender por mi estómago una vez hubo alcanzado el límite de piel que ella misma se había marcado. No protesté, aunque no estuviera de acuerdo con ella, tampoco permití­ que mi cuerpo mostrara deseo por que continuara. Dejé que se deslizara por mi piel a su gusto, incluso cuando aquellos dedos me bajaron el pantalón, descubriéndome las caderas para cubrirlas con la humedad de sus besos. Podí­a escuchar sus jadeos, que se solapaban con los mí­os, y que sonaron más fuertes cuando cedió un poco más mi pantalón, hasta el comienzo de mi pubis, incendiando mi cuerpo. Se detuvo, como siempre, y yo permanecí sin aliento esperando a que se decidiera. Sentía el calor de su boca, ahora inmóvil, contra mi piel y yo misma decidí separarme tumbándome boca arriba. Noté el suspiró que dejó escapar y cogí su barbilla levantándole la cara.

-Buenos dí­as - dije acariciándole el rostro, agachándome para besarla.

-Buenos dí­as, mi amor - me respondió con sorpresa, y me devolvió el beso con una intensidad que agradecí­, pero que no esperaba.

-Quédate aquí­, vengo ahora - anuncié. Me sentí­ mareada por el deseo cuando me puse en pie y me tambaleé al caminar, al tiempo que recomponí­a mi pantalón de pijama.

-¿Qué mirabas antes?

Me giré sorprendida y la encontré apoyada sobre un codo contemplándome desde la cama con una sonrisa en los labios.

-Lo increíblemente guapa que eres y lo locamente enamorada que estoy de ti.

Esta vez fui yo quien sonrió al ver que rehuí­a sonrojada mi mirada y mis palabras.

Descubrí­ que la nevera estaba llena de chocolate Cadbury. No sé en qué momento se hizo con semejante provisión, pero me encantó que se acordara de mí­, de que me gustaba frí­o. Preparé huevos y bacon, tosté pan y exprimí naranjas hasta que obtuve dos vasos llenos. Dejé el café haciéndose y dispuse todo en una bandeja para llevarlo a la habitación. No quería que se enfriara la comida y además ya la echaba de menos, me moría de ganas por verla. Me apresuré por el largo pasillo cargada con la bandeja. Se incorporó de un salto cuando me vio aparecer bajo el marco de la puerta.

-¿Has preparado el desayuno?

-Te prometo que esto está mucho más bueno que mis espaguetis, es lo único que sé preparar, huevos con bacon.

-Tus espaguetis estaban deliciosos - repuso con dulzura caminando hacia mí­-. Y tu sopa de verduras también - me ayudó con la bandeja, tomándola por el otro lado y estiró el cuello para besar mis labios-. Muchas gracias. No me lo merezco.

-Si hay alguien que se lo merece eres tú, que te pasas el dí­a cuidándome y cocinando para mí­.

Aproveché para contemplar sus bonitas piernas desnudas mientras ella dejaba la bandeja en la mesa de madera blanca, frente al sofá.

-Me preparas el desayuno y me lo traes a la cama... cásate conmigo - rio antes de volver a besarme.

Me abrazó con más fuerza contra su cuerpo cuando perdí­ ligeramente el equilibrio, debido a su apasionado beso.

Cuando su lengua rozó la mía, renació el estado de excitación al que me había llevado en la cama y que había tratado de olvidar preparando el desayuno.

-Me parece una idea genial. A ver si así­ conseguimos consumar - bromeé cuando se separé.

Solté una carcajada echando la cabeza hacia atrás.

-En serio, casémonos. Pero te recuerdo que a partir de ese momento, tendrás deberes conyugales de obligado cumplimiento.

Tiró de mi mano entre más risas, dirigiéndome al sofá.

-Es perfecto - comenté sentándome allí­-. No sé cómo no se me ha ocurrido a mí­ antes. Tú dejarías de vivir bajo esa absurda dicotomí­a, porque tendrí­as el beneplácito de un juez, por consiguiente, también del resto de la sociedad, y yo serí­a la persona más feliz del mundo.

Me observó con un fingido aire de asombro, ya que aún mantení­a la sonrisa en los labios.

-¿Eso crees? ¿Qué necesito el consentimiento de los demás?

-Bueno...- la miré dudosa- el mí­o ya lo tienes.

Sonrió con dulzura.

-¿Y qué hay del mío propio?

-Ah... no había pensado en eso - confesé desanimada.

Me tomó de la barbilla elevando mi rostro y se inclinó para besar mis labios. Cuando lo hizo, la chaqueta de pijama que vestí­a se despegó de su piel, dejando ver el interior. No pude evitar aquella visión y mi mirada se posó sobre sus pechos desnudos. Me encogí­ de dolor cuando mis ojos detectaron con rapidez la cicatriz que se dibujaba en su pecho derecho. Todo cobró sentido abruptamente y el puzle se completó desgarradoramente en mi cabeza. Aquella era la última pieza que conformaba el cuadro, un cuadro que jamás pensé que contemplarí­a tan cerca, mucho menos en la mujer que más querí­a en el mundo. Miles de momentos vividos con ella pasaron por mi mente como una pelí­cula. Detalles insignificantes, en aquellos momentos, me golpearon de lleno, arrancándome de la nube en la que viví­a para estrellarme contra la cruel realidad. Pude sentir el vértigo de la caí­da libre de mis propias emociones antes de que el mortal impacto me reventara, partiendo en dos mi corazón. ¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta antes de que algo estaba ocurriendo? Mi cerebro recordé las ocasiones que la descubrí­ llevándose una pastilla a la boca, las veces que se ausentaba, sin motivo, cuando comí­amos juntas. Su constante rechazo a desprenderse de la ropa y a que mis caricias se desplazaran sobre su pecho tenía la única explicación que jamás deseé escuchar, un cáncer de mama.

-¿Estás bien? - me preguntó, besándome la frente.

Me abracé a sus piernas y apoyé la mejilla en su vientre. Los ojos se me habían llenado de lágrimas, sabía que estaba a punto de romper a llorar.

-Compréndelo, Brittany - dijo suavemente, acariciándome la melena.

Reparé en que ella seguí­a enfrascada en nuestra conversación anterior, ajena al dolor que me habí­a roto por dentro, atribuyendo mi abrazo a su persistente aplazamiento cuando se trataba de hacer el amor conmigo.

-No me importa - me apresuré a contestar-. Yo solo quiero estar contigo, no tenemos que hacer nada que no quieras.

Deslizó sus manos por mi espalda.

-¿Y ese cambio de opinión? - rio ligeramente.

-Voy a por el café - es todo lo que alcancé a decir mientras deshací­a nuestro abrazo, rehuyendo cualquier tipo de contacto visual. Apenas logré cruzar el umbral de la puerta cuando, incapaz de retenerlas, mis lágrimas se derramaron por mi rostro. Me alejé deprisa con la vista borrosa y me cubrí­ la boca para silenciar el llanto, pero el angustioso dolor dobló mi cuerpo haciendo que me apoyara en la pared para no caer al suelo. El largo pasillo se desdibujó a través de mis lágrimas y supe que Santana no podí­a verme así. Alcancé el cuarto de baño y me encerré en él. Abrí­ el grifo del agua fría y sumergí­ la cara, tratando de calmar mi estado. A los pocos segundos el llanto me ahogó bajo el agua, dejándome sin oxígeno. Cerré el grifo y me senté en el helado borde de la bañera. No podí­a dejar de llorar, permanecí allí­ un buen rato dejando que el dolor fluyera a través de mis ojos. No conseguí­a reponerme ni apartar de mi mente su cicatriz, por qué le habí­a tenido que pasar a Santana. El cáncer de hí­gado que habí­a acabado con la vida de su madre me hizo recordar que era uno de los órganos más comunes donde solía diseminarse el cáncer de mama. Pero cuando Santana me lo contó, una tarde en la que al fin tuve valor para preguntárselo, no me habló de que su madre hubiera desarrollado una metástasis en el hí­gado, tras padecer inicialmente un cáncer de mama.

-Brittany, ¿dónde estás?

Su voz llamándome me alarmó y cogí­ el papel higiénico para sonarme.

-En el baño.

-No sé por qué siempre usa este baño - murmuró para sí­, me pareció-. ¿Por qué nunca utilizas el de la habitación?

-Me gusta este.

La oí­ reírse.

-Se está quedando frí­o el desayuno.

-¿Te falta mucho?

-Come tú. Yo no tengo hambre - respondí­ sucintamente.

-¿Cómo que coma yo? Me gustarí­a desayunar contigo - su voz sonó más cerca al otro lado de la puerta.

Me miré en el espejo. Tení­a la cara enrojecida por la congestión y los ojos hinchados por la llorera. Iba a necesitar bastante más tiempo para lograr borrar las huellas de haber estado llorando.

-Voy a ducharme.

Hubo un silencio demasiado largo y sentí que se acercaba más la puerta.

-¿Estás bien?

-Sí - respondí al tiempo que más lágrimas rodaron por mi cara.

-¿Podrí­as dejar la ducha para luego y desayunar conmigo ahora?

-No tengo hambre - se me quebró la voz.

-Brittany... ¿Te encuentras bien?

-Sí­ - tardé en contestar porque no me salí­a la voz, intentando acallar mis sollozos.

-¿Puedo entrar?

-Está cerrado.

- Pues ábreme.

-Estoy desnuda.

-¿Y cuál es el problema? No serí­a la primera vez que te veo desnuda, mi amor...

-Enseguida salgo.

Me pareció que al fin se alejaba y abrí­ el grifo otra vez para lavarme la cara, pero ni el agua helada conseguí­a que mi llanto cesara. Estaba tan frí­a que me dolí­an las manos bajo el chorro. Necesité otro largo rato para que mis lágrimas dejaran de caer. Me lavé la cara tantas veces que se me irritó la piel, pero al menos logré que la hinchazón de mis ojos disminuyera ligeramente. El agua habí­a empapado los puños de la chaqueta del pijama y traté de secarlos con una toalla. Respiré hondo y alboroté mi pelo para cubrir mi rostro en la mayor medida. Cuando salí­ del baño di gracias de no coincidir con Santana en el pasillo. Me encaminé hacia su habitación tomando aire y haciendo un esfuerzo por apartar aquella cicatriz de mi cabeza. Necesitaba aparentar que estaba bien cuando la viera.

-Estoy aquí - la oí detrás de mí­.

Me di la vuelta despacio y la encontré con un hombro apoyado en el marco de la puerta que daba acceso al salón. Se habí­a puesto una bata de corte masculino y tení­a las manos hundidas en los bolsillos delanteros.

-¿Desayunamos allí­? - indiqué con un dedo el lugar donde se hallaba ella, pero no me moví­.

-El desayuno se ha quedado frí­o - dijo suavemente y sus ojos me estudiaron en la distancia.

-Lo siento, ahora mismo lo caliento.

-No importa. ¿Qué te ocurre, Brittany?

Su voz sonó tan dulce que no conseguí­ evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas otra vez.

-Nada - sonreí­ a duras penas, rehuyendo su mirada.

Su hombro se despegó de la puerta y se encaminó hacia mí. Agaché la cabeza y me sequé las lágrimas antes de que estuviera tan cerca, que no tuviera forma de disimular mi tristeza.

-Nadie llora por nada - indudablemente, tení­a razón y su modo de decirlo hizo que rompiera a llorar. Me cubrí el rostro tratando de controlarme pero cuando me abrazó, el llanto me venció.- ¿Qué es lo que ocurre, Brittany? - habí­a una mezcla de confusión y preocupación en su voz.

-Nada, en serio. No es nada - respondí­ entre lágrimas, abrazándola con fuerza contra mí­.

-¿Es porque anoche te dije que no?, ¿por lo de esta mañana?

-No, por Dios.

-¿Te duele algo? ¿Te encuentras mal? - su mano se deslizó por mi cuerpo hasta mi abdomen - negué con la cabeza y acaricié su pelo, que le caía por la espalda.- ¿Estás bien conmigo? ¿Quizá ya no estés tan segura de que quieras estar aquí?

Su pregunta me impactó, pero sobre todo me dolió llenándome de dudas.

-¿Eso te ocurre a ti? - pregunté entre sollozos.

-No, mi amor - susurró besándome el cuello. -¿Crees que hubiera dejado que todo esto ocurriese si no fuera porque estaba absolutamente segura, aunque sea una locura? Solo quiero asegurarme de que no es eso lo que te ocurre a ti, porque si fuera así­ no pasarí­a nada, ¿de acuerdo?

-No, no estoy de acuerdo. Si te ocurriera a ti, a mí­ sí me pasarí­a, me pasarí­a mucho - repuse deteniendo mis caricias sobre su melena.

-Y a mí también, Brittany - suspiró y sus labios subieron por mi cuello hasta alcanzar los mí­os. Me besó despacio al tiempo que secaba mis lágrimas con sus dedos.- Dime qué te pasa, por favor.

Tomé su rostro entre mis manos y la besé otra vez.

-Nada, de verdad.

Pasé el resto del dí­a abrazada a su cintura y sin dejar de llorar. Cada vez que me calmaba un poco negaba todas las posibles opciones que Santana iba preguntándome para averiguar el origen de mi desconsolado llanto. Me sorprendió cuando nuestro apasionado sexo contra la puerta de su casa salió a relucir. Le juré hasta la saciedad que me había vuelto loca, que me habí­a encantado, aunque ella pensara que tal vez se habí­a excedido. Supuse que pensó aquello al considerar que habí­a sido mi primera vez. Si hubiese tenido treinta años estoy segura de que jamás hubiera dudado de lo mucho que me gustó. Me preguntó por la mujer del Havet y le conté nuestra conversación, para que se quedara tranquila. Mi empeño en no revelar que había visto su cicatriz provocó que su mente se disparara, preguntándome por todo tipo de terribles situaciones que, por desgracia, demasiada gente contaba en su haber. Me sentí­ mal cuando sus preguntas fueron tomando un cariz tan serio. Estuve a punto de confesarle la verdad cuando llegó a dudar de si me habí­a acostado con alguien, atribuyendo el hipotético suceso al único propósito de facilitarle una relación sexual conmigo. Me di cuenta de que mi estúpida pregunta de la noche anterior habí­a calado en ella de un modo que no esperaba. Me eché a llorar otra vez cuando vi el dolor en su mirada. Un dolor que no era necesario y que provoqué por comportarme como una crí­a. No dejé de negarlo, ni tampoco dejé de decirle que la querí­a, que estaba loca por ella, mientras la besaba. Lo hice sin descanso durante tanto tiempo que nos olvidamos de todo, dejándonos llevar por el deseo. Ni siquiera dejé de besarla cuando sus labios ya no me respondieron, vencidos por el placer del orgasmo.

En un ratito más subo los cuatro capítulos finales
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por monica.santander Lun Jul 27, 2015 11:51 pm

mmmmmm me da mala espina!!!!!!!
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por Mico4 Lun Jul 27, 2015 11:53 pm

Capítulo 20


Pasé la peor semana de mi existencia. Aún peor que aquellos dí­as en los que Santana no llamaba y pensaba que no querí­a volver a verme. Ojalá hubiera sido esa la causa de mi llanto, que todo hubiese terminado en que lo nuestro no podí­a ser, si con eso hubiera borrado el paso del cáncer por su vida. Rompí­a a llorar en cada esquina, durante las clases e incluso durante las prácticas. Rachel y Blaine dejaron al fin de preguntar qué me sucedí­a, limitándose a cubrirme cuando las lágrimas inundaban mis ojos. Me hice de tantos libros sobre el cáncer de mama como habí­a disponibles en la biblioteca. También compré otros, escritos por mujeres que lo habí­an padecido. Leí cuanto pude, tanto como mis lágrimas me permitieron hacerlo antes de que me emborronaran la vista.

Hablaba con Santana cada noche, y aunque me hací­a feliz escuchar su voz a falta de verla, aún tení­a que hacer esfuerzos por no echarme a llorar por teléfono. Cuando llegó el viernes, ya no aguantaba más. Llevaba toda la semana sin poder verla, porque al parecer debía ocuparse de unos asuntos. Me ofrecí voluntaria a ayudarla con lo que fuera un millón de veces, pero siempre me decía que no, alegando que me dedicara a estudiar.

Faltaba una hora para que terminasen las prácticas de la semana en el hospital cuando, sin pensarlo dos veces, me escabullí y salí­ de allí­ a toda prisa. Subí a la moto y conduje todo lo rápido que pude, sorteando los coches de los habituales atascos del comienzo del fin de semana. Aparqué frente a la puerta de su garaje y me asomé para cerciorarme de si estaba. Cuando vi su coche estacionado en el porche me dio un vuelco el corazón. Trepé por la puerta saltando al otro lado y corrí hacia la entrada para llamar al timbre. Habí­amos quedado aquella noche, pero no podí­a pasar un segundo más sin verla.

-¿Estás sola? - pregunté con la mirada nublada por el deseo, sin siquiera responder a su saludo, cuando abrió la puerta sorprendida al verme allí, frente a ella, antes de lo previsto.

-Sí­, tranquila, ¿estás bien?

-No - respondí­ antes de abrazarla y besarla con toda mi alma. Gemí­ con el calor de su boca y al instante gimió ella cuando mi lengua se fundió con la suya. La empujé hacia dentro y cerré la puerta de golpe. Volvió a gemir cuando le saqué la camisa del pantalón de un solo tirón, deslizando las manos por debajo para sentir su piel. Me excité aún más al deshacerse ella de mi cazadora con l misma rapidez, colándose bajo mi camiseta hasta acariciarme la espalda. Caminamos con urgencia hasta su habitación mientras nos besábamos desesperadamente. Se apretó contra mi cuerpo y mis manos resbalaron por su espalda. Acaricié sus glúteos al tiempo que ayudaba a sus caderas a moverse contra mí­. Me arrodillé entre sus piernas obligándola a sentarse en el borde de la cama.- ¿Por qué ya no te veo? - pregunté al tiempo que la descalzaba. Tomó mi rostro entre sus manos y lo levantó para besarme de nuevo.- Antes te veí­a todos los dí­as y desde que estoy contigo solo te veo los fines de semana.

-No puedo estar sin ti.

Sonrió entre jadeos y me arrastró sobre ella, tornando abrasadoramente profundo su beso. Se movió buscando mi sexo y empujó mis caderas para frotarse con él. La placentera y constante presión contra mi clí­toris hizo que me detuviera al poco tiempo y tomara aire, tratando de retrasar el orgasmo que sabÃía que alcanzarí­a con su siguiente roce.

-Sigue - pronunció entre mis labios.

Me reuní con su mirada y me di cuenta de que era la primera vez que yo yacía sobre Santana. Hasta aquel momento, siempre me las habí­a arreglado para que fuera al revés. Me encontraba más cómoda cuando dejaba que ella marcara el ritmo, puesto que no necesitaba más estímulo que su boca besándome para tener un orgasmo. De lo que no estaba tan segura era de que eso le bastara a ella también. Mi falta de experiencia me llenaba de dudas y me hací­a sentir que no estaba a la altura de poder satisfacerla. De hecho, fui incapaz de volver a penetrarla después de nuestra primera y única vez. En aquella ocasión Santana me guio, haciendo prácticamente todo el trabajo. Tan solo me sentí­a más segura de mis habilidades cuando estimulaba su clí­toris manualmente, más aún cuando dejaba que ella tomara el control frotándose contra mi mano.

Aquello me encantaba, pero solo podí­a hacerlo cuando era Santana la que reposaba sobre mí.

En mi nueva posición toda la destreza dependí­a de mí­, y aunque deseara usar mi mano para tocarla directamente, no lo hice temiendo que mi presión y mis caricias no fueran las adecuadas para llevarla al orgasmo. Me desplacé ligeramente para evitar un contacto tan directo con mi clí­toris, y así ser capaz de resistir más tiempo.

-No - protestó, volviendo a colocarme sobre su sexo, al tiempo que me besaba ardientemente.

-No aguanto más - me vi obligada a confesar cuando comenzó a frotarse enérgicamente.

-Yo tampoco - gimió antes de tomar mi lengua para chuparla con fruición.

Apenas unos segundos después, su cuerpo se curvaba y sus labios me liberaban para dejar escapar un grito de placer. Cuando comenzó a sacudirse contra mi sexo, fui yo quien estalló en un orgasmo, uniéndome al de ella. Me estremecí cuando sus manos descendieron por mi cuerpo acariciándome los glúteos, al tiempo que me apretaba con más intensidad contra ella. Era la primera vez que me tocaba y el calor de sus manos recorriéndome, traspasaba el desgastado tejido de mis vaqueros quemándome la piel. La besé sumergida en el placer de los últimos coletazos de nuestro orgasmo, en el placer de sus manos acariciándome de aquel modo.

-Me gusta tanto cuando me tocas... - susurré en busca de aliento cuando sus caricias bajaron por la parte de atrás de mis muslos para volver a ascender cubriéndome los glúteos. No tardó en activar su movimiento sobre ellos y sus dedos se tensaron masajeándome sensualmente.

-Tranquila, descansa - me dijo al tratar de seguir besándola. Cerré los ojos y fue ella la que deslizó sus labios sobre mi cuello, besándolo lentamente, mientras me acariciaba la espalda bajo la camiseta, ayudándome a recuperarme. Después, su beso me buscó.

-Te he traí­do una cosa - dije jadeante cuando terminó nuestro lento y largo beso.

-¿Ah, sí­?, ¿qué es?

-En cuanto me pueda mover, te lo traigo - sonreí­.

-Lo puedo traer yo - anunció tan ilusionada como una niña pequeña-.¿Dónde está?

-En mi mochila.

-¿Traí­as mochila?

-Sí, está fuera, en la entrada.

-¿Y qué hace fuera tu mochila?

-No sé - respondí­ sin dar mayor explicaciones.

No quise decirle que tení­a tantas ganas de verla y de estar con ella, que me molestaba cualquier cosa que se interpusiera entre las dos cuando me abriera la puerta. También habí­a dejado el casco fuera para tener las manos libres y poder abrazarla.

Sonrió con dulzura.

-¿Cómo has entrado, por cierto?

-Saltando - me reí­-. Pero no me ha visto ningún vecino.

-Es verdad - rio-. A veces se me olvida que tienes dieciséis años y que eres más ágil que un gato.

-En la cama no - repuse con rapidez. Sonrió a regañadientes apartando la vista y giró su rostro para que mirara-. Es una broma. Además, hoy se te ha olvidado un poco. Hemos hecho un gran avance. Ha sido increí­ble - dije besándola de nuevo.

Permanecí­ un buen rato mirándola a los ojos de color café, que contrastaban con sus pupilas dilatadas y que miraban los míos en la proximidad.

-Aún tienes la mirada triste - dijo pasando la yema del pulgar sobre la piel bajo mis ojos.

-Las ojeras me han salido por otro motivo - comenté con una sonrisa, desviando la conversación.

-Lo sé, pero no hablo de eso.

-¿Cómo quieres que no esté triste si llevo cinco días sin verte?

-La tienes más triste aún que aquella mañana cuando te vi en la consulta de Kling.

-No verte siempre me pone así­.

-¿Me vas a contar alguna vez el motivo por el que llorabas el domingo pasado?

Agaché la vista al sentir que empezaba a emocionarme. Habí­a tratado de concienciarme que lo último que necesitaba Santana a su lado, era una persona que llorara por su cáncer. Ya habría llorado ella lo suficiente cuando conoció el diagnóstico, cuando tuvo que enfrentarse a la traumática operación y al agresivo tratamiento. Y como habí­a leí­do en un libro, el cáncer es un tipo de enfermedad que nadie puede olvidar. El miedo se adormece después de acabar el tratamiento, pero no desaparece. Debí­a afrontar a diario una constante incertidumbre sobre su salud y convivir con ello, revivir todo lo ocurrido con una mezcla de esperanza e intranquilidad ante la posibilidad de que pudiera volver a aparecer en cada control semestral o anual. Yo misma tení­a que aprender a vivir con la misma fortaleza que demostraba Santana, y aunque aún me faltara mucho para conseguirlo, desde luego no podí­a permitir que fuera ella la que me tuviera que consolar a mí.

-Lo haré, pero no hoy - se me rompió la voz y oculté mi rostro en su cuello.

-¿Por qué hoy no y otro dí­a sí­? - me preguntó suavemente, levantándome la barbilla para verme la cara.

-Porque como ves, aún no puedo hablar sin ponerme a llorar - confesé al no lograr impedir que viera mis ojos llenos de lágrimas-. Y no quiero llorar más. Cuando sea capaz de hablar sin hacerlo, te lo contaré - confirmé secándome la humedad de los ojos antes de que resbalara por mi rostro.

Le devolví­ el beso cuando sus labios me besaron con dulzura.

-¿Es por algo que te ha ocurrido? Contéstame solo a eso, por favor - me rogó.

-Ojalá me hubiera ocurrido a mí­, pero no, no es a mí a la que le ha sucedido nada.

-¿Entonces a quién?

-A la persona que quiero más que a mi vida... - tardé en contestar, tras ver en su mirada la imperiosa necesidad de saber de una vez la razón de mi tristeza.

La confusión brilló en sus ojos ante mi respuesta y su mirada se paseó interrogante por los míos.

-Te quiero - le dije antes de besarla y levantarme de la cama-. Voy a por tu regalo.

-Le ocurre algo a tu madre?

Me giré para mirarla.

-No, no me refiero a esa clase de amor.

-¿Entonces de quién hablas? - preguntó despacio y no sin cierto temor.

Pude leer en sus ojos el esfuerzo que realizaba su mente buscando algo, una prueba que confirmara la posibilidad de que yo supiera lo que ella, hasta el momento, se habí­a propuesto ocultarme.

-¿De verdad no sabes de quién puedo estar hablando?

-No lo sé - dudó.

Me acerqué de nuevo a la cama y me incliné sobre ella, acariciándole el rostro. Bajó la vista y vi que se habí­a emocionado. Tomó mi cara entre sus manos mientras la besaba y sus labios me devolvieron el beso, con tanto sentimiento que se me encogió el corazón. Me separé jadeante y me sentí mareada cuando fui en busca de lo que tení­a para ella. A mi regreso, me senté en el borde de la cama con la mochila entre las piernas.

-¿Es un regalo entonces? - sonrió.

Asentí cuando vi su ilusión, en ese instante supe que no retomarí­amos nuestra conversación anterior.

-¿Qué crees que es?

-No tengo ni idea.

-¿Qué te gustarí­a que fuera?

-Me da igual. Si viene de ti, me encantará. Sea lo que sea.

-Eso espero, porque aunque se puede devolver, me temo que es una movida.

-No pienso devolverlo.

Me reí­ cuando extendió las manos para que se lo diera de una vez.

-¡Pesa! -comentó palpando la caja -. Muchas gracias... - dijo dándome un beso antes de deshacerse del papel que la envolví­a-. ¡Pero esto viene a tu nombre! - exclamó cuando reparó en el destinatario y el remitente impresos en el paquete.

-Lo sé, pero es para ti. No es que quede muy elegante que digamos, pero querí­a que te llegara tal y como lo he recibido yo. No querí­a tocar nada.

-¿Es un mineral?

-Sabí­a que lo descubrirí­as en cuanto lo vieras, pero la pregunta es...¿cuál?

-¿Una cobaltocalcita?

-La pregunta se convierte entonces en...¿de dónde?

-No puede ser...

-Eso asegura al menos la vendedora - asentí­ exultante.

La observé mientras abrí­a la caja sin ocultar su ansiedad, hundiendo la mano entre las esponjosas almohadillas que la acolchaban.

-¡Pero si es enorme! - exclamó cuando la sacó envuelta en papel burbuja, protegiéndola aún más de posibles golpes.

-Ocho centímetros de largo por cinco de ancho y tres de alto - confirmé tras contemplar cómo la desenvolví­a cuidadosamente.

-¡Qué preciosidad, mi amor! - susurró ante el grueso cristal rosa fucsia que cubrí­a completamente una de las caras de la pieza.

-Pues sí - admití­ admirándola-. Es mucho más bonita en persona que en las fotos. No mienten, ¿verdad? - pregunté al ver que leí­a la vieja tarjeta que acompañaba al mineral, donde además de situar la procedencia en España, figuraba su fórmula quí­mica y la catalogaba como parte de una antigua colección de un tal H.C. Van Tassel, bajo el número 1469.

-No, no mienten, no tienen por qué. Y además, te digo yo que esta cobaltocalcita es de España - confirmó levantándola para mirarla a tras luz-. Llevo años detrás de ellas y solo pude conseguir la que te enseñé. ¿Cómo te has acordado?

-¿Cómo quieres que me olvide?

Me rodeó por la cintura y me arrastró, tumbándome sobre su regazo mientras me besaba. Su beso se tornó tan largo y profundo que me dejó sedienta de ella.

-Muchas gracias. Aún no me puedo creer que hayas sido capaz de encontrar una...

-Yo tampoco, llevaba más de dos meses buscándola por todas partes, hasta que hace un par de semanas apareció anunciándose en eBay.

-¿La has conseguido en eBay? ¿Pero para comprar en eBay no hay que ser mayor de edad?

Sonreí desviando la vista al verme descubierta.

-Mentí - me reí­.

-Pero eso no se puede hacer... - dijo acariciándome el rostro.

-Me parece que sí -me reí­ aún más -. Ahí tienes la prueba.

-¿Cuánto has pagado por ella?

-Santana, no - protesté-. No puedes preguntarme eso cada vez que te hago un regalo.

-Lo siento, pero es que no quiero que te gastes el dinero. Y sé de sobra que cuestan mucho.

-Pues no ha costado tanto como crees, ni siquiera ha llegado al 1% de lo que hubiera sido capaz de pagar con tal de llevármela y quitarme al otro pujador tocapelotas de encima.

-¡Ay, Dios! - exclamó-. ¿Encima has estado pujando? - soltó una carcajada-. Quiero que te des de baja de eBay ahora mismo -negué con la cabeza-. ¡Cómo que no!

-No pienso hacerlo, ¿y si encuentro otra? No voy a estar dándome de alta y de baja cada vez que quiera comprarte algo.

-Yo tengo cuenta en eBay, solo que hace mucho que no la uso. Te la doy y entras con mi clave, así podrás comprar todo lo que quieras.

-No.

-¿Por qué no?

-Porque no quiero. No quiero ni tus claves ni tus cuentas ni tu dinero. Lo único que quiero de ti es que me quieras.

-¿Y no lo hago?

-No. Llevas toda la semana dándome largas para no verme. Lo mismo me hiciste la semana anterior.

-Eso no es verdad, mi amor, tení­a cosas que hacer.

La contemplé en silencio y me pregunté si todo irí­a bien. Quizá le había tocado una revisión, alguna prueba o lo peor de todo, tal vez los resultados no habí­an sido buenos y ese era el motivo de estar ocupada todas las tardes. Se me encogió el alma solo de pensarlo.

-¿Qué ocurre? - preguntó al tiempo que me acariciaba.

-Nada - dije alcanzado sus labios para besarla.

-No sé en qué estás pensando, pero estoy segura de que te equivocas.

-Eso espero - murmuré antes de besarla otra vez, haciendo que se recostara sobre los almohadones.

-No tienes ni idea de lo que te echo de menos cuando no estás conmigo ni de las ganas que tengo siempre que llegue el momento de verte. Y no solo te hablo de hora, sino de siempre, desde que estabas ingresada. Jamás en mi vida habí­a deseado que llegara la hora de ir a trabajar hasta que tú apareciste.

-¿Y por qué nunca me lo dijiste?

-¿Decirte qué? - sonrió-. ¿Que estaba empezando a perder la cabeza por una chica de dieciséis años a la que el idiota de mi jefe había atropellado?

-Sí - me brillaron los ojos.

-Pues aunque no lo creas... lo hací­a. A mí manera, pero lo hací­a.

-¿Y qué manera es esa? Si incluso pensé que le ibas a decir a Kling que no podí­as conmigo, que no dejaba de acosarte...

Me reí­ cuando soltó una carcajada. -¿Pero cómo pudiste pensar que yo serí­a capaz de hacer una cosa así­? Además, eso no era acoso. Insistencia, tal vez, pero no acoso -sonreí ligeramente, avergonzada al recordar las cosas que le decí­a y el modo en que la miraba desde el mismísimo instante en que la conocí­-. Y me encantaba... - susurró con aquella intensa mirada que me derretía - bajé la vista tí­midamente por el modo en que lo dijo-. Dame un beso - volvió a susurrar - aún estaba nerviosa y rehuí­ su mirada cuando me acerqué para dárselo-. Uno de verdad - dijo tomándome la cara entre sus manos y volviéndome a besar.

Apenas tardamos en querer más la una de la otra y nuestro húmedo beso se fue volviendo más profundo. Sus dedos se colaron inesperadamente entre mis labios acariciando mi lengua sensualmente. Dejé que alternara sus caricias sobre mi lengua entre sus yemas y su propia lengua mientras me perdí­a en el calor de las múltiples sensaciones que recorrí­an mi cuerpo, que me resultaban tan placenteras como si lo estuviera haciendo directamente sobre mi sexo. Me deslicé entre sus piernas cuando supe que era exactamente eso lo que deseaba hacerle. Me rodeó el cuerpo con las piernas y sus caderas saltaron buscando mi contacto.

Abandoné su boca y bajé por la piel de su cuello, para seguir por su escote hasta que el botón de la camisa me impidió continuar. Se tensó bajo mis manos cuando lo desabroché, abriéndole un poco más la camisa. Ignoré la rigidez de su cuerpo y me desplacé lentamente hasta la curva donde comenzaba su pecho para besarlo. Recorrí­ la piel que el sujetador no le cubrí­a con mis labios, después hice lo mismo con mi lengua. Apoyé la frente sobre su pecho deteniendo mis caricias cuando sus manos se aferraron con fuerza al edredón.

-Tranquila, no voy a hacerlo - susurré cubriendo con mi mano una de las suyas.

Tardé un poco en conseguir que se relajara, que entrelazara sus dedos con los mí­os. Me arrepentí de haber hablado. Solo querí­a que supiera que no iba a quitarle la camisa y mucho menos el sujetador, dejando su pecho al descubierto. Aun así, tendría que haberme callado y haber evitado aquella situación. En realidad yo tení­a bastante con acariciar y besar aquella parte de piel donde se insinuaba su pecho, pero ella no tenía por qué saberlo. Mi excitación solo indicaba que mi siguiente movimiento serí­a desnudarla. Por si no habí­a sembrado suficiente inquietud en ella durante nuestra conversación anterior, mi intento por tranquilizarla no dejaba la menor de duda de que yo era consciente de que algo ocurrí­a. No quise levantar la vista por si me encontraba con sus ojos. Sabí­a que ya no serí­a capaz de fingir si los miraba y seguí­a deseándola tanto que tampoco querí­a que se rompiera aquel momento. Volví­ a besar la piel entre sus pechos y continué bajando hasta alcanzar su estómago. Tembló cuando levanté el tejido para sentirla directamente con mis labios. Tenía la piel caliente y suave como la seda. Su respiración se agitó aún más, junto a la mí­a, cuando comencé a cubrirla de besos. Desabroché los botones del final de su camisa cuando la tela se tensó al quedar atrapada bajo su espalda, impidiéndome llegar a sus costillas. Me volvió loca el aroma que desprendí­a, el ligero contoneo de su cuerpo en respuesta a mis caricias. Descendí y mis labios se toparon con la cinturilla de su pantalón, solté el botón y bajé la cremallera en el siguiente movimiento.

-Brittany... - jadeó cuando mis manos tiraron ligeramente para abrí­rselo y mi boca rodó, besando la piel hasta el comienzo del pubis.

Pretendí­ no haberla oído, y aunque detuve mis labios, recorrí con las manos sus piernas hasta la cara interna de los muslos. Vi que vibraba cuando en la siguiente caricia rocé su sexo. Esperé un instante y volví­ sobre él cubriéndolo con mi mano. Sus caderas se estremecieron cuando dejé la mano reposando sobre el calor húmedo que era capaz de apreciar a través del algodón. Contemplé la piel que habí­a quedado expuesta entre la abertura del pantalón, que dejaba vislumbrar el vello del pubis, retomando su tacto con una ligera presión. Enloquecí­ al descubrir que no llevaba ropa interior y me costó una barbaridad no desprenderme de sus pantalones, sumergir mi boca en aquel calor, aquella humedad, aquel sexo. En medio de un gemido sus piernas se abrieron involuntariamente, al tiempo que se apretaba imperceptiblemente contra mi pulso. Intuí­ que si mi boca no se hubiera encontrado tan cerca del vértice de sus piernas, hubiera buscado una mayor presión contra mi palma. Aquel pequeño detalle me excitó mucho más, lo que me hizo tirar de sus pantalones, impulso que reactivó al instante mi boca, haciendo que mis labios descendieran sobre su monte de Venus.

-No, mi amor - jadeó otra vez y su mano me cogió de la barbilla, impidiendo que continuara. Se la besé y cuando sus dedos se relajaron acariciando mi rostro, me moví deprisa para no darle tiempo a que reaccionara. Gemí al besar de nuevo su pubis, al acariciar aquel suave vello-. Brittany, por favor... - susurró-. No es eso lo que quiero.

Se me escapó un suspiro al ceder a su petición y la besé una vez más antes de que mis labios tomaran otra dirección, ascendiendo hasta alcanzar los suyos. Me besó ardientemente cuando fundí mi boca con la suya.

-Sí que quieres - susurré ante sus caderas apretándose contra mi cuerpo, bajo claros signos de excitación-. Y yo también lo estoy deseando.

Ahogó un gemido besándome apasionadamente. Sus labios apresaron con rapidez mi lengua y comenzó a chuparla, el movimiento se volvió pausado, marcando un ritmo lento, tan extraordinariamente sensual que me llevó al borde del clímax. Llevada por el deseo, me dejé caer a un lado para poder quitarle los pantalones. Me sentí­ desorientada al ser consciente de lo que estaba haciendo y de lo que ella me estaba permitiendo. Liberé sus piernas del suave tejido que las envolvían, pero me atrapó con una de ellas al adivinar mis intenciones. El ágil movimiento con el que me habí­a inmovilizado, además de sorprenderme por la rapidez, me hizo reír. Habí­a conseguido tumbarme boca arriba, notaba la presión de una de sus rodillas contra mi cadera, al tiempo que utilizaba parte del peso del resto de su cuerpo para limitar mis movimientos.

Me reí­ otra vez cuando su rodilla volvió a presionar mi cadera ante un nuevo intento por mi parte de liberarme.

-¿Vas a algún sitio, querida? - su voz sonó tan seductora que me recorrió un escalofrío por toda la piel, erizándome el vello.

Levanté la vista y me dio un vuelco el corazón al encontrarme con sus ojos entornados, que me contemplaban con una resplandeciente sonrisa.

-No - negué con la cabeza.

-¿Puedo soltarte entonces?

-No - volví­ a negar y giré la cabeza hundiendo mi rostro en su pecho, que había quedado a mi altura al detener mi descenso por su cuerpo.

Besé la piel entre sus pechos y le desabroché los dos botones que faltaban para que se abriera totalmente su camisa. Retiré la tela, que cayó por detrás de su espalda y bajé la vista por su cuerpo.

Contemplé la curva de su cintura hasta su cadera desnuda, la llanura de su vientre, que morí­a en el comienzo de un vello púbico perfectamente dibujado, a medio ocultar bajo la pierna que flexionaba sobre mí­.

-Tienes un cuerpo precioso - susurré acariciando con las yemas de los dedos el camino de piel que llevaba a su pubis.

Me besó cogiéndome de la barbilla y alzando mi rostro.

-Déjame hacerlo por favor - le rogué. No me contestó, pero volvió a besarme con la misma pasión de antes -. ¿Eso es un sí­? -pregunté jadeante. No me habí­a quedado clara su reacción y necesitaba salir de dudas.

-No - susurró con una ligera sonrisa, reanudando nuestro beso.

-¿Puedo saber por qué? - negó sutilmente con la cabeza mientras seguía besándome-. No encuentro más motivo que el hecho de tener dieciséis años - dije respondiéndome a mí­ misma.

-Es porque no hay nada que me guste más que tu boca cuando me besa - susurró otra vez en tono sugerente.

Me ardió la piel con sus palabras, con la humedad que me ofrecían sus besos. Me coloqué frente a ella dispuesta a abrazarla, en esta ocasión su rodilla me liberó permitiendo que lo hiciera, rodeándome por la cintura con la pierna cuando quedamos de lado. Gimió apretándose contra mi cuerpo al sentir mis caricias abandonando su espalda para bajar por sus glúteos desnudos. Tiró de mi camiseta, apartando el tirante del sujetador hasta descubrirme el hombro, volviendo a cubrirlo, esta vez de besos. Deslicé mi mano entre nuestros cuerpos, estremeciéndome cuando sus piernas se separaron más dándome la bienvenida. Estaba tan húmeda y excitada, que me sentí mal que no me permitiera llevarle al orgasmo con mi boca. Ni siquiera traté de disimular mi disconformidad y cuando dejé escapar un suspiro de resignación, sus labios recorrieron de vuelta el camino hasta los mí­os.

-Te quiero - jadeó.

Aquel beso me dejó más hambrienta que antes, dirigiendo todos mis sentidos a mis dedos en contacto con su calor líquido. Imaginé mi propia boca recorriendo cada suave pliegue que recorrían mis yemas, y en su lugar, atrapé su lengua dedicándole las mismas atenciones que hubiera dedicado a su húmedo y palpitante sexo de haberme dejado hacerlo. Las caderas de Santana dejaron atrás aquel suave vaivén, tornándose más exigentes. Empujó su vagina contra las yemas de mis dedos cuando acaricié la entrada, pero ignoré aquella ligera presión que me invitaba a penetrarla, por temor a no hacerlo bien. No quería volver a insinuarle que tomara ella el control de la penetración y yo tampoco estaba segura de poder garantizarle un orgasmo vaginal si todo iba a depender de mí­ misma. Sin embargo, continué deslizando mi mano hasta cubrir su sexo por completo y así poder estimular también su ano. Ahogó un gemido tan pronto mis yemas lo rozaron, lubricándolo con su propia humedad que mis dedos transportaban. Sabía que aquello le gustaba, y aunque lo hubiera descubierto casi al azar durante nuestra primera noche de amor, no habí­a olvidado cada punto exacto de su anatomí­a, que le hacía saltar y gemir de placer. Gemí­ con ella cuando sus susurros comenzaron a ser más fuertes con cada presión de mi mano estimulando su clítoris y su ano al mismo tiempo. Mi sexo latí­a con su placer, cuanto más la sentí­a empujando contra mí más deseaba que fuera mi boca la que se encontrara en el privilegiado lugar que ocupaba mi mano.

-Quiero contigo, mi amor - sollozó -. Quiero que tengas un orgasmo conmigo.

Mi clí­toris vibró tan fuerte que me hizo gemir curvándome la espalda. Su tacto bajó por mi cadera deslizándose sobre mis glúteos, colándose después entre ellos al sujetarme contra ella.

-Brittany - gimió al advertir que me agitaba contra su cuerpo bajo los espasmos del orgasmo-. Eres preciosa - besó mis labios, que ya no pudieron responderle.

Experimenté cómo se contraía el apretado anillo de músculo que acariciaba bajo mis dedos, al tiempo que se contraí­a igualmente mi sexo, antes de que sus gemidos sonaran por encima de los míos, que fuera un cuerpo ahora el que se sacudiera contra el mí­o.

-Te quiero - susurré, recibiendo las últimas presiones que ejercí­a su sexo frotándose contra mi mano.

-Y yo a ti - gimieron sus labios. Una descarga de electricidad me cosquilleó cuando me lamió desde la base del cuello hasta la boca, abriéndose paso entre mis labios-. Estoy loca por ti - musitó deslizándose hasta mi pecho por encima de la camiseta.

Sollocé al oí­rla gimotear, advirtiendo que su sexo se moví­a sinuoso sobre mi mano. Seguí­a tan húmeda como lo estaba antes, y me di cuenta de que deseaba más. Resbaló en busca de mis dedos, y cuando la entrada de su vagina halló mi tacto, presionó abiertamente sobre ellos para que la penetrara. Los estiré y empujé suavemente, pero tan pronto como me sintió entrar empujó con decisión, hundiéndome completamente dentro de ella. Su boca subió cubriendo la mí­a, al instante nuestras lenguas se unieron en un profundo beso.

-No sabes lo que me gusta cuando estás dentro de mí - susurró entrecortadamente, antes de tumbarse boca arriba y arrastrarme sobre ella.

No pude ignorar la camisa abierta, que dejaba ver el sujetador negro que capturaba sus pechos agitados por la excitación. Descendí­ por el resto de su piel desnuda, tanta la separación de sus piernas flexionadas como su sexo oculto bajo mi mano, demandaban con urgencia que le diera placer. Me quedé maravillada ante aquella visión. Cuando sus labios me besaron, dejé de admirar la belleza de su cuerpo, fascinada por el modo en que se me ofrecí­a y nerviosa ante la incertidumbre de si serí­a capaz de satisfacer sus necesidades. Enseguida me perdí­ en el calor abrasador de su boca, su lengua lamí­a la mí­a con tal voluptuosidad, que me hizo sollozar volviéndome salvaje. Levanté los brazos sorprendida cuando sus manos me ayudaron a quitarme la camiseta, de la que pretendí­ desprenderme aunque no le fuera a parecer bien. La diferencia de sentir el calor de su piel directamente contra la mí­a me pareció el paraí­so. Me estremecí­ cuando apretó su pecho contra el mío, cuando sus manos estudiaron cada centímetro de mi espalda desnuda. Bajó los tirantes de mi sujetador y recorrió la piel hasta uno de mis hombros, después lo hizo hasta alcanzar el otro. Aquella humedad descendió hasta la curva de mi pecho, que se balanceaba ligeramente sobre su rostro debido a mi excitada respiración, a la falta de sujeción que habí­a perdido con los tirantes, que ahora caí­dos, tan solo rodeaban mis brazos. Durante unos instantes solo fui consciente de su boca sobre aquella zona de piel, que se acercaba más a mis pezones, claramente endurecidos bajo el tejido del sujetador. Deslicé mi mano hasta que los dedos se me humedecieron al resbalar en una caricia sobre su sexo. Cuando me detuve sobre la entrada de su vagina, gimió y sus piernas se separaron más, invitándome a que entrara.

-Brittany - sollozó al tiempo que la penetraba.

-Quí­tamelo - le rogué cuando sus manos se unieron a sus labios sobre mi escote, en el nacimiento del pecho.

Ignoró mi petición, pero hundió la cara entre mis pechos y sus caderas se desbocaron empujando contra mis dedos. Gemí­ sin parar, con lo que aceleró el ritmo y la fuerza de mi penetración. La humedad de su vagina me facilitaba estimularla por completo y el movimiento se tornó increíblemente acompasado entre la dos. Era mi perfecta pareja de baile. Apoyé la base de la mano sobre su clí­toris para que pudiera frotarse cada vez que conquistaba el fondo de su vagina. Sus labios abandonaron mi pecho y subieron en busca de los mí­os. Se abrazó a mis hombros con fuerza y pronto descubrí­ que buscaba apoyo. Sus caderas incrementaron aún más aquel frenético movimiento y yo la seguí­. Me susurró algo al oí­do que no pude entender. No estaba segura de sí­ se trataba de palabras inconexas, derivadas del placer, o intentaba decirme algo entre gemidos.

-¿Te estoy haciendo daño? - musité asustada, al tiempo que suavizaba mi penetración, cuando volvió a susurrarme algo ininteligible al oído.

Su mano bajó por mi brazo hasta alcanzar la mí­a y la apretó con fuerza llevándome más dentro de ella.

-No, mi amor, todo lo contrario - jadeó con una sonrisa placentera y la mirada desenfocada. Presionó mi mano de nuevo instándome a que regresara a aquel ritmo rápido y fuerte-. Me encanta - susurró con más claridad-.Me vuelve loca cuando te siento dentro de mí - gimió bajo mis labios.

Aquella situación me parecía un sueño. Todaví­a me costaba creer que Santana me quisiera del mismo modo que la querí­a yo. Sus pies se despegaron del colchón, abriendo aún más las piernas, entregándome explícitamente su sexo. Me rodeó el cuello con fuerza y su cuerpo se curvó hacia mí cuando incrementé la potencia de mi penetración. Estaba tan perfectamente lubricada que entraba y salía de ella con una facilidad asombrosa, permitiéndome llegar tan profundamente como deseaba. Estuve cerca de ralentizar mi movimiento para prolongar aquel momento lo máximo posible. Sus gemidos y sus susurros a mi oído, junto con la exaltada acogida que me brindaba su cuerpo con cada intensa penetración, no querí­a que terminaran jamás. Pero no lo hice y mantuve aquel enloquecido ritmo, deseando en cierto modo que lograra mantenerse en la fase de meseta durante mucho más tiempo.

-Te quiero, mi amor - gimió antes de echar la cabeza hacia atrás y liberar mi cuello, aferrándose al cabecero de la cama.

-Yo también te quiero - apenas tuve tiempo de responder cuando gritó con la misma fuerza con que se contraí­a alrededor de mis dedos, expulsándome prácticamente fuera de ella.

Detuve mi movimiento y disfruté extasiada del cálido fluido que vertía sobre mi mano, en violentas convulsiones. Salí­ de ella con suavidad tan pronto las siguientes contracciones me lo permitieron, cubriendo su sexo con mi mano. Acaricié su clítoris con ligeras presiones arriba y abajo, y un nuevo gemido salió de su garganta al tiempo que otra oleada de lí­quido caliente se derramaba empapándome de nuevo la mano.

Mi pelvis se contrajo ante aquella maravillosa sensación de tener a Santana vaciándose de placer sobre mí­, aunque en ese momento deseé como nunca que lo hubiera hecho sobre mi boca. Cuando apreté los muslos ahogué un sollozo al sentir que comenzaba el orgasmo al que me había llevado ella sin saberlo, tan solo percibiendo y contemplando el suyo. La abracé con fuerza mientras aún temblaba descontroladamente descubriendo que mi cuerpo lo hací­a tanto como el suyo.

Cerré los ojos aspirando su aroma. Me encantaba cuando, abrazadas exhaustas después del orgasmo, nos í­bamos reponiendo, y la lasitud abandonaba nuestros cuerpos.

-¡Espectacular! - exhaló a mi oí­do.

Busqué sus ojos entreabiertos, que me miraron con una intensidad conmovedora.

-¡Tú sí­ que eres espectacular!

Cuando sintió sobre su piel la humedad que aún conservaba mi mano tras su orgasmo, la cubrió con la suya.

-Lo siento - murmuró secando mi palma.

-Santana, no - suspiré, sujetando su mano, deteniendo su movimiento-. Jamás me pidas disculpas por tener un orgasmo.

-Ya, pero te he empapado - volvió a murmurar un tanto avergonzada, me pareció.

-Pues eso digo - sonreí­- que me encanta que lo hagas, me vuelve loca. No te haces una idea de hasta qué punto...

Me reí­ cuando enrojeció, apartando la vista de mis ojos tímidamente. La rodeé con más fuerza y me dirigí a su cuello besándolo despacio.

-¿Has tenido tú también un orgasmo o tan solo me lo ha parecido? - dijo casi sin voz junto a mi oí­do otra vez.

Su pregunta me hizo reír aún más.

-¿No te acabo de decir que me vuelves loca?

Me apretó contra ella y escuché que también se reí­a.

-¿Y eso qué significa exactamente?

-Que sí, que soy un desastre. Como buena adolescente, no aguanto nada - no me quedó más remedio que admitir mi falta de control cuando estaba con ella.

Levantó mi cara y me miró con dulzura. Habí­a un brillo de satisfacción en sus ojos cuando habló.

-Pues a mí­ me parece lo más bonito, encantador, erótico, sensual y seductor, además de halagador, que me ha ocurrido en la vida - se aproximó lentamente a mí­ y me besó muy despacio, poniendo en práctica cada uno de los adjetivos que habí­a empleado para describir mi orgasmo sin estimulación directa.

Cuando se separó me sentí tan excitada como lo estaba antes.

-Como puedes ver, tampoco tengo fin - jadeé.

Sonrió saliendo de debajo de mí y sentándose a horcajadas sobre mi sexo.

-Estoy súper mareada -dijo divertida cuando se inclinaba para besarme.

-Yo también, por eso no me muevo. Ven, túmbate conmigo - le devolví­ el beso para que me hiciera caso y se acomodara sobre mí­.

Al cabo de un rato su cuerpo pesaba más y su respiración se habí­a vuelto profunda y regular. Se habí­a quedado dormida. La abracé con cuidado, retomando mis caricias sobre su piel con mucha suavidad para no despertarla.
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por Mico4 Lun Jul 27, 2015 11:53 pm

Capí­tulo 21


-La otra noche te esfumaste como el humo. Es uno de los mejores trucos de magia que he presenciado - dijo una voz a mi espalda, mientras esperaba a que cualquiera de las atareadas camareras del Havet me atendiera de una vez.

Había llegado antes de tiempo, como siempre que quedaba con Santana, pero ni ella, Rachel, Blaine o las L's habí­an aparecido aún.

-Hola Greta - saludé al volver la cara y encontrarla a mi lado, más cerca de lo que me hubiera gustado.

-Hola - sonrió haciendo una pausa -. Aún no sé cuál es tu nombre, por cierto -le devolví una forzada sonrisa. Se sorprendió al darse cuenta de que no querí­a decí­rselo-. No es justo, tú ya sabes el mí­o.

-Me llamo Brittany.

-¿Puedo invitarte a tomar algo, Brittany?

-No, muchas gracias.

Suspiré aliviada cuando la mirada de Alejandra coincidió con la mí­a por encima de la barra y se encaminó hacia mí, desatendiendo a un grupo de chicas que reclamaban su atención vociferando distintas consumiciones.

-Me van atender, ¿quieres algo? - le anuncié a Greta por mera educación.

-Un margarita, por favor, que sea de fresa.

Asentí y me dirigí a Alejandra antes de que cualquier otra mujer entre el tumulto, se me adelantara y me arrebatara la vez.

-Hola, un margarita de fresa y una Coca-Cola por favor.

Advertí la mano de Greta en mi brazo y la proximidad de su cuerpo antes de que hablara.

-¡Tanto esperar para una simple Coca-Cola! - exclamó junto a mi oí­do -. Tómate otra cosa.

-Es que no bebo alcohol y la Coca-Cola me gusta.

-Eso me parece bien - rio-. Pero hay cientos de cócteles que no lo llevan, déjame a mí. ¡Cambia esa Coca-Cola por un San Francisco si eres tan amable! - le dijo a Alejandra frente a nosotras.

Me encogí­ de hombros imperceptiblemente y le hice una seña con la cabeza dándole mi aprobación en el momento en que los ojos de Alejandra, ahora interrogantes, buscaron los míos.

-Veo que te cuidas, eso está muy bien. Yo también debería hacerlo más a menudo, pero me cuesta salir una noche y no tomarme algo menos... aburrido. Ya tengo suficiente cotidianidad a lo largo de toda la semana. ¿Y tú? - me preguntó cuándo la camarera se retiró de la barra para preparar nuestras bebidas.

-Supongo que también.

-¿A qué te dedicas? ¿Estudias, trabajas, ambas cosas?

Su pregunta me hizo caer en que no sospechaba para nada mi verdadera edad. Lo cierto era que siempre me habí­a pasado. Ni siquiera cuando accedí­ a la universidad con tan solo catorce años mis compañeros, que ya contaban todos ellos con dieciocho, pudieron intuirlo. Posiblemente mi estatura y el precoz desarrollo de mi cuerpo habí­an borrado los rasgos excesivamente infantiles que era capaz de distinguir en otras chicas de mi edad. Con el tiempo, la voz se fue corriendo y casi no quedó un compañero que no me mirara de reojo al pasar, tras conocer mi corta edad y la magní­fica beca que habí­a conseguido por parte del estado por aquel motivo.

-Estudio.

-¿Puedo preguntar el qué?

-Medicina.

-Vaya - exclamó con una sonrisa-.¿En qué curso estás?

-En tercero.

Su mirada estudió mis facciones una vez más.

-¿Has pensado en la propuesta que te hice?

-No mucho - admití­. Jamás habí­a pensado menos en una cosa. El cáncer de Santana no me habí­a dado ni un segundo de respiro durante toda la semana, ocupando todo mi tiempo en saber más sobre aquella enfermedad, en tratar de sobreponerme a la brutal conmoción que me provocó el significado de aquella cicatriz sobre su pecho derecho-. Aunque te lo agradezco, no estoy interesada - añadí­ amablemente hundiendo la mano en el pantalón en busca de dinero cuando vi las dos coloridas bebidas que Alejandra dejó sobre la barra para nosotras.

-Guarda eso, por favor - me dijo suavemente envolviendo mi mano y evitando que pudiera extender el billete que acababa de sacar-. Invito yo, todavía tienes que probar el cóctel. ¿Y si no te gusta?

-Gracias - respondí­ volviéndome a llevar el dinero dentro del bolsillo. No quise insistir y mucho menos discutir por el ridí­culo coste que debí­a suponerle a la directora general de una agencia de publicidad aquel vistoso lí­quido.

La vi entregar su tarjeta de crédito a Alejandra.

-El de tubo - me dijo cuándo alargué la mano, dudosa entre el largo y estrecho vaso y la copa.

Ambos tení­an un color muy similar y ambos lucían una corona blanca teñida a juego en el borde. Tomé las dos copas y le ofrecí­ la suya.

-Muchas gracias, qué educada - apuntó mirándome fijamente a los ojos.

-De nada, gracias a ti por la invitación.

Desvié la vista para concederle mayor privacidad cuando le acercaron el datafono, tecleando su número secreto.

-¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión?

-Nada, en serio.

-Aún queda una semana más para que puedas darle una segunda vuelta. No es difícil de hacer y tampoco tendrás que hablar, solo ponerte unos vaqueros y entra y salir de la Ópera.

-¿De la Ópera? - no pude disimular mi sorpresa.

-Sí­, así­ es como yo lo veo. Es la noche de estreno de Romeo y Julieta. Todos esperan vestidos de rigurosa etiqueta, unos afinados en corrillos y otros en pareja a lo largo y ancho de la escalinata de acceso. De pronto, apareces tú, sola, abriéndote paso entre todos ellos. Aún no se te ve el rostro. Es un plano medio tomado de espaldas. Tu preciosa melena rubia cae sobre un espectacular abrigo negro que te llegarí­a hasta los pies, lo que hace que parezca que tú también vas de etiqueta. La gente comienza a volverse cuando tú pasas por su lado. No queda muy claro el porqué de que todos te miren. Se sobrentiende que es por tu belleza, pero también va a ser por tu juventud. Piensa que los que te rodearán andarán entre los treinta y cinco y cincuenta años de edad. Cuando alcanzas la entrada principal un acomodador joven y guapo te reclamará embelesado la entrada. En ese instante, te abrirás el abrigo solo por un lado y deslizarás la mano dentro del bolsillo trasero, para sacar tu entrada, dejando ver que vistes unos vaqueros. Las mujeres más maduras de tu alrededor mostrarán, con gestos y chismorreos al oído de sus acompañantes, sus crí­ticas a lo que llevas puesto. Sin embargo, entre los más jóvenes arrancarás una sonrisa de agrado por haber quebrantado el estricto código de vestimenta. Caminas hasta el ropero y te desprendes del abrigo. La cámara entonces recorrerá tú cuerpo de arriba a abajo mostrando con claridad los vaqueros y cómo guardas el número que te acaban de asignar. Ahí te darás la vuelta y por fin se te verá el rostro. Ignorarás la cara de estupefacción de todos los que en el vestíbulo descubren que vas arreglada de cintura para arriba, pero no de cintura para abajo, y te acercarás al acomodador, que te espera cautivado con una sonrisa, para llevarte hasta tu butaca en primera fila.

Caminarás hasta tu asiento y la toma entonces será de frente, exhibiendo con detalle el diseño del pantalón. Te sentarás y cruzarás las piernas. Mientras tiene lugar la Ópera, las personas sentadas en la misma fila que tú, no dejarán de mirarte las piernas enfundadas en los vaqueros, entonces el nuevo ángulo que toma un foco sobre el escenario, los iluminará haciendo que Julieta reparé en ellos y luego en ti. Os miráis, os gustáis y Julieta ya no apartará sus ojos de ti durante el resto de la representación. A su término, serás la primera en ponerte en pie para aplaudir, cuando todo el mundo te siga levantándose de sus asientos, tú abandonarás el tuyo y te alejarás sola por el pasillo principal, dando la espalda al escenario.

Julieta te sigue con la mirada, al tiempo que saluda al público. Cuando se da cuenta de que te va a perder, porque estás cruzando la puerta, salta del escenario y corre detrás de ti. El acomodador que presencia la escena sale corriendo detrás de Julieta, que te sigue a ti. tú ya has accedido al vestí­bulo y el hombre del ropero te reconoce al instante, entregándote tu abrigo sin necesidad de que le des el resguardo. Desciendes las escaleras del edificio y cuando llegas a pie de calle, Julieta sale en tu busca por la puerta principal. tú no la ves porque continúas alejándote, pero el taconeo de sus zapatos al bajar a toda prisa las escaleras en la quietud de la noche, hace que te gires antes de abrir la puerta del elegante taxi que acaba de detenerse frente a ti. Os volvéis a mirar, os sonreís y le abres la puerta del taxi cuando te alcanza. Reparas en su atuendo de Julieta y te quitas el abrigo para cubrirla, pasándoselo por los hombros. Ella entra primero, después lo haces tú, exponiendo una vez más los vaqueros al sentarte. El guapo acomodador presencia la escena desde lo alto de las escaleras y se ríe sacudiendo la cabeza cuando comprende la atracción que existe entre las dos. Luego, observa resignado el taxi, que se distancia con vosotras dentro.

-Me encantará verlo, me encantará ver que Julieta cambia a su tradicional Romeo por otra «Julieta» y que alguien se ha atrevido, al fin, a transgredir las cuadriculadas normas de la publicidad, haciendo que ambas se marchen juntas en un anuncio. Pero yo no puedo ser la otra Julieta, lo siento.

-Sí que puedes, hazlo tú, por favor. Dime con cuánto dinero te considerarí­as bien remunerada por lo que te acabo de contar y yo me encargo de conseguírtelo.

-No es el dinero, Greta. Hasta serí­a capaz de hacerlo gratis si supiera cómo. No soy la chica que buscas para ese anuncio.

-Por supuesto que lo eres. Llevo muchos años en esto y sé distinguir un diamante de una circonita a la legua. tú eres precisamente la auténtica Julieta.

-Muchas gracias, pero te digo de verdad que no puedo hacerlo. No se me dan bien esas cosas y tampoco me interesan. Entiéndelo.

Bajó la vista a su copa de igual color que un rubí­, aún sin probar, y aprecié su cara de desilusión.

-¿Qué te parece esa chica? - le pregunté haciendo que dirigiera la mirada hacia donde señalaba mi dedo í­ndice con disimulo.

-¡Por el amor de Dios, otra morena no!

-¿Tienes algo contra las morenas? - me reí­.

-Contra las anodinas sí, y ella lo es. Busco belleza con personalidad, rasgos con carácter, con temperamento, como tú. No quiero otra piel de morena. Quiero fuerza, salud, naturalidad, vitalidad. Te quiero a ti.

Negué suavemente con la cabeza.

-Lo siento pero no.

-¿Podrí­amos cenar entonces?

-Ya he cenado, pero gracias de todas formas.

-No me referí­a a hoy, cualquier otro dí­a me parecerí­a bien.

-Tampoco otro día serí­a una buena compañí­a, estoy loca y perdidamente enamorada de alguien, y cada décima de segundo que tengo libre es para pasarlo a su lado.

-¡Qué afortunada debe ser ella! - suspiró con cierto asombro ante la sinceridad de mi respuesta.

-No, la afortunada soy yo.

Sonrió de medio lado e hizo chocar su copa contra mi vaso.

-Que seas feliz entonces.

-tú también, y espero que encuentres pronto a tu Julieta - le deseé antes de beber de mi cóctel escarlata-. Está muy bueno - le dije tras saborearlo-

-Muchas gracias.

-A ti, me alegra que te guste.

Enmascaré el sobresalto que me produjo descubrir que todos, excepto Blaine, habí­an llegado ya. Más concretamente la visión de los ojos de Santana, que me miraban atentamente a pocos metros de distancia. Le sonreí­ cuando su circunspecto semblante me brindó una de sus deslumbrantes sonrisas y leí­ en sus labios el hola que articuló. No tuve ni tiempo de acercarme cuando Rachel se abalanzó sobre mí, abrazándome cariñosamente.

-¿Cómo estás? ¿Qué es lo que te pasa, Brittany? -me preguntó haciendo que retrocediera unos pasos, alejándome más del grupo.

-Nada, estoy bien, no te preocupes - respondí saludando a todos con la mano cuando nos miraron.

-¿Cómo no me voy a preocupar si llevas una semana llorando y no quieres hablar del tema? ¿Dónde has ido hoy?

-A casa, no aguantaba más en el hospital, estaba muy agobiada pero ya estoy mejor.

-¿Todo esto es por Santana? ¿Le has dicho que estás loca por ella y te ha dicho que no?

-Más o menos - mentí­. Bajo ningún concepto iba a revelar el cáncer de Santana. Aunque hubiese querido hacerlo, me sentía incapaz de pronunciar aquella palabra sin romper a llorar y sin sentir el mismo dolor que si me arrancaran de cuajo el corazón. Y ni loca confesarí­a que entre ella y yo ya había algo más.

-No sé si yo estarí­a tan segura de eso... Tendrí­as que haber visto cómo te miraba mientras hablabas con esa mujer en la barra. ¿Quién era, por cierto?

-No sé, me ha empezado a hablar de cócteles sin alcohol y al final me ha convencido, me he pedido un San Francisco. Tenía razón, está muy bueno. Toma, prueba.

-Deberí­as usarla para darle celos, creo que funcionaría - bebió un trago de mi bebida.

-No digas gilipolleces - me reí­.

-Lo digo completamente en serio. Cuando he llegado, Santana ya estaba aquí. Pensaba que tú no estabas, no te había visto, pero ha sido ella la que me ha dicho, con cara de pocos amigos aunque haya tratado de ocultarlo, que estabas en la barra. Y no te ha quitado la vista de encima desde entonces. Ni a ti ni a la rubia guapa. Y ya aprovecho para decirte que ella sí­ que es mucho, pero que mucho, más mayor que tú... ¿Cuándo te vas a fijar en alguien de tu edad? - me devolvió el vaso.

-¿Cuándo tenga cuarenta? - solté una carcajada.

-¿Ya se rí­e mi chica? - preguntó Blaine dándome un sonoro beso en la mejilla.

-Sí­, ya me rí­o - le devolví el beso -. ¡Qué bien hueles!

-¿De verdad, estás bien?

-Sí­, no te preocupes. Venga, vamos, que al final se va a mosquear todo el mundo, y además tenéis a vuestros respectivos esperándoos.

Nos unimos a los chicos, y como ya era habitual, pretendí­ que pareciera que me encontraba con Santana por primera vez aquel día.

-¡Tení­a tantas ganas de verte otra vez! - le dije tan pronto tuve oportunidad de hablar sin que nadie me oyera.

-Y yo a ti - dijo bajando la vista al suelo.

-Le he dicho que no a lo del anuncio y a lo de ir a cenar con ella. Solo he aceptado su invitación a este San Francisco, porque no he querido discutir - quise que supiera a pesar de no estar segura de si querí­a saberlo. Aunque parecí­a estar bien conmigo, intuía un no sé qué en ella que me decí­a que no iba a preguntar por mi larga conversación con Greta.

-Gracias - me miró otra vez.

-¿Por qué?

-Por contármelo.

-¿Te he dicho alguna vez que me enamoré de ti en el mismo instante en que me preguntaste por mi nombre?

-No - esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

-Bueno, pues ahora ya sí­ - le devolví la sonrisa.

-¿Te he dicho alguna vez que todo empezó en el instante en que tú me preguntaste lo mismo?

-No - negué desconcertada.

Asintió con la cabeza.

-Me pareció lo más encantador que habí­a oí­do en mi vida. Mira que llevo años atendiendo a pacientes que llegan de todas las formas posibles a urgencias, y muchos hablan y dicen y preguntan, pero jamás nadie me habí­a preguntado por mi nombre, mucho menos del modo en que me lo preguntaste tú.

-¿Cómo te lo pregunté?

Una sensual mirada centelleó en sus ojos como respuesta.
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por Mico4 Lun Jul 27, 2015 11:54 pm

Capí­tulo 22

Estábamos a punto de salir hacia Gladstone's, un restaurante famoso por las diversas maneras en que se podí­a degustar el marisco fresco, ya fuera con pasta, con arroz o simplemente cocido o a la brasa. Estaba situado en la carretera de la costa, a pie de playa, y habíamos quedado todos para cenar allí­. Las L's vení­an al completo, con Rachel incluida, también Blaine y Kurt con sus amigos.

-¡Qué guapa estás! - le dije cuando apareció en el salón, donde esperaba a que terminara de arreglarse.

La miré fijamente mientras caminaba a su encuentro. Bajó la vista a mis labios y una breve sonrisa se asomó a los suyos al darse cuenta de lo que quería. Su mano subió hasta mi rostro para acariciarme cuando la besé.

-Estás muy seria, mi amor.

-En un rato voy a tener que compartirte con todos, disimular y sentarme lejos de ti, hacer ver que me interesa la conversación de los demás y esas cosas, cuando lo único que me importa realmente eres tú. Apenas podré mirarte porque no soy capaz de hacerlo sin que se me refleje en la cara lo locamente enamorada que estoy de ti... Así que no, no estoy muy alegre que digamos...

-Te quiero - sonrió, y sus labios cubrieron los mí­os suavemente.

-¡Estoy harta de no poder pasar un dí­a entero contigo a solas! - protesté.

-¿Qué te gustarí­a hacer entonces?

-Que cenáramos tú y yo solas, dar un paseo contigo por la playa si te apetece y después volver aquí­ de nuevo, pasarnos la noche entera haciendo el amor.

Sus ojos me miraron seductores, brillando con deseo.

-Me parece un plan perfecto - anunció en voz baja cogiéndome de la mano y dirigiéndome al sofá.

La contemplé cuando tomó asiento. Abrió mi cazadora y sus labios me besaron el estómago por encima de la camisa. Posó las manos detrás de mis rodillas, acariciándome las piernas en toda su longitud.

-Ven aquí conmigo - me besó ardientemente y me arrastró para que me sentara a horcajadas sobre ella.

Deslizó la cazadora por mis hombros para quitármela y sus manos resbalaron por mi espalda hasta mis glúteos. Levantó las caderas y coló los brazos bajos mis corvas, abriéndome completamente las piernas. Me estremecí con el nuevo roce contra su pubis, que estimulaba todo mi sexo. Sus labios bajaron por mi cuello y a continuaron descendieron por mi escote. Cuando sentí su lengua colarse bajo la tela tratando de alcanzar uno de mis pechos, tiré con fuerza haciendo saltar la hilera de corchetes de mi camisa vaquera, abriéndola de golpe frente a su rostro.

-Eres preciosa - gimió enterrando su cara entre mis oscilantes pechos.

Su húmeda boca me recorría la piel sin cesar y se moví­a alternante entre la carne donde me nací­a un pecho al otro. Gemí­ más fuerte cuando, por primera vez, su lengua se deslizó bajó el tejido del sujetador acercándose a uno de mis endurecidos pezones.

-Tienes el pecho más bonito que he visto en mi vida - jadeó-. Es perfecto, espectacular, como toda tú.

Alcancé su barbilla y levanté su cara obligándola a abandonar sus atenciones sobre aquella parte de mi anatomí­a, a pesar del placer que me daba y lo mucho que deseaba seguir sintiéndola sobre ellos.

-Tú también tienes un pecho precioso - le dije mirándole a los ojos. Percibí la imperceptible tristeza que se ocultó bajo su sonrisa, el extraño velo que empañó sus ojos antes de que desviara la vista rehuyendo mi mirada-. Sí­, lo tienes - confirmé-. Lo tienes precioso aunque tú no lo creas - afirmé de nuevo besándole los labios muy despacio.

Apoyé la frente sobre la suya, y al ver que seguí­a sin mirarme, busqué sus manos, que acariciaban mis muslos y me mantenían excitantemente abierta y entregada al placer sobre su pubis. Me miró cuando las retiré, llevándomelas a los labios para besarle los nudillos y deteniendo así el placentero balanceo que me apretaba una y otra vez contra su sexo.

-¿Por qué?, ¿no quieres? - su voz sonó un tanto desilusionada.

Sonreí brevemente y llevé sus manos a mi cintura para que me rodeara.

-Quiero que me abraces - susurré entre besos.

-Sigue, mi amor - musitó ella de igual modo-. ¿Ya no quieres?, ¿por qué?, ¿qué ocurre? - no contesté y retomé nuestros besos-. No - susurró deteniendo mis manos, soltando el corchete que yo acababa de encajar.

Se me agitó la respiración cuando abrió totalmente mi camisa y sus ojos recorrieron mi torso detenidamente. Temblé cuando posó las manos en mi cintura, acariciando suavemente mi contorno.

-¿Es porque apenas te acaricio? - me preguntó sin apartar la vista de mi piel mientras sus dedos se moví­an ahora sobre mi estómago.

-Claro que me acaricias Santana, siempre lo haces.

-Tal vez no lo suficiente...

Miré sus manos, que tiraron inesperadamente de mi cinturón para soltarlo. Después, liberó el botón de mi pantalón, bajándome la cremallera. Cada vez me excitaba más el modo en que miraba mi cuerpo, que empezaba a responder sin el menor disimulo. Ahogué un gemido cuando sus dedos resbalaron por la abertura acariciándome el comienzo del pubis. Su respiración se habí­a vuelto tan jadeante como la mí­a, a la vez que sus yemas viajaban más abajo, enredándose en mi vello. No habí­a nada que deseara más en aquel momento que continuara bajando y deslizara su mano bajo mi sexo. Me moví­ sinuosa, incorporándome ligeramente para dejarla entrar. Alzó la vista y me miró, comprendiendo que estaba invitándola a ello.

-Te juro que a veces no lo entiendo - murmuré cuando vi en sus ojos que no iba a hacerlo.

Trató de sujetarme al levantarme, pero le impedí que me detuviera.

-No te enfades, por favor.

Me abroché la camisa y recompuse mis pantalones antes de hablar.

-Vámonos, al final vamos a llegar tarde - le dije comprobando la hora en su reloj.

-¿Y qué importa?, ¿no decí­as que no tení­as ganas de ir?

-Me está entrando hambre.

Se puso en pie y cogió mi barbilla haciendo que la mirara.

-¿Puedes quedarte a dormir conmigo esta noche?

Me perdí­ en sus preciosos ojos durante un instante.

-No - mentí­.

-¿No puedes o no quieres?

-No puedo.

-¿Por qué no?

-Porque mi madre me tiene que dar el biberón - sonreí punzante, girando la cara hacia el oscuro jardí­n que dejaba ver la cortina abierta.

-¿Y en Semana Santa vas a tener el mismo problema?

-No creo, se marcha con George a Nueva York, así que me lo tomaré yo sola.

-¿Y tú no vas? - preguntó extrañada.

-No.

-¿Por qué? Creí­a que siempre habí­as querido conocer Nueva York.

-Sí, pero no a cualquier precio. Ya iré.

-¿Si no fuera George irí­as tú?

-La verdad es que últimamente me viene bien George, distrae a mi madre, pero no tanto como para jugar a la familia feliz y moderna. ¿Responde eso a tu pregunta?

-Supongo - suspiró retirándome el pelo detrás de la oreja-. ¿Y qué vas a hacer entonces?

-Nada, estudiar y verte a ti, si quieres y estás por aquí­.

Se hizo un silencio, y aunque sabí­a que me estaba observando, mantuve la vista clavada en el enorme ventanal.

-No me puedo creer que no me hayas dicho antes que te quedabas sola toda la Semana Santa - habló de nuevo.

-¿Cuándo?, si apenas te veo - le reproché yo también.

-Sí­ voy a estar y me encantarí­a verte. Cuando no estaré será a la vuelta de Semana Santa, desde finales de mes hasta finales de mayo - añadió con precaución tras hacer una breve pausa.

Se me encogió el corazón. Bajé la vista al césped que habí­a frente a mí­ y luego la dirigí hacia la vegetación. Estaba al borde de comenzar a llorar cuando supe que pasarí­a un mes sin verla-. Voy a Colombia, a ver a Naya - me hizo saber con la misma prudencia que antes, aunque yo no le hubiera preguntado el motivo de tan larga ausencia.

-¿Está bien tu hermana? - al fin la miré. No entendí­ que fuera a hacer un viaje tan largo y durante tanto tiempo para ver a Naya si no habí­an pasado ni dos semanas desde que su hermana la visitara.

-Sí, gracias, está muy bien - me miró con cautela.

Supuse que aquel cuidado con el que me habí­a informado, aquella mirada, se debí­a al temor de mi reacción. Efectivamente, no se equivocaba. Pero no exterioricé el dolor fí­sico que ya era capaz de sentir por su marcha, aunque aún estuviera a escasos centímetros de mí­.

-Me alegro, entonces el viaje es de placer. ¿Tienes ya los billetes? - pregunté tratando de sonar despreocupada.

-No, aún no - retiré la vista cuando sus ojos se pasearon por mi rostro-. Te llamaré todos los dí­as - me dijo acariciando el contorno de mi oreja.

-¡Ni se te ocurra, quieres arruinarte o qué! Con que me enví­es un WhatsApp de en vez cuando, para saber que estás bien y que te estás divirtiendo, me conformo.

-No sé usarlo.

-No te preocupes, es muy fácil, yo te enseño. ¿Tienes el software descargado?

-No tengo ni idea.

Me recordó a mi madre. La tecnologí­a móvil le resultaba tan ajena, que ni siquiera mostraba interés por conocer las posibilidades que ofrecí­a fuera del uso habitual como teléfono convencional o los mensajes de texto.

-Luego te lo miro, vayamos a cenar.

-Había pensado en que pasáramos juntas la Semana Santa. No estaba segura de si ibas a poder, pero ahora que lo sé... ¿Te gustarí­a?

-Ya sabes que sí­. ¿Vas a poder coger algún dí­a libre?

-Hablo de toda la Semana Santa, desde el próximo fin de semana hasta el siguiente. Tú y yo solas, fuera de aquí, sin nadie que nos moleste.

Supe que se me habí­a iluminado la cara, su invitación habí­a conseguido aliviar ligeramente mi aflicción.

-¿Dónde te gustarí­a ir?

-Querí­a que fuera una sorpresa. Bueno, una sorpresa a medias, porque necesitaba saber si tú podrías.

-¿Ya lo habí­as planeado?

-En realidad está todo reservado, el lunes les puedo dar la confirmación definitiva.

-Muchas gracias - dije dándole un beso en la mejilla.

Me retuvo, evitando que me separara de nuevo, abrazándome contra ella.

-No, gracias a ti. Voy a echarte tanto de menos...

Aún tení­a el estómago agarrotado, y aunque habí­a conseguido no romper a llorar como una crí­a, tampoco estaba segura de poder hablar controlándolo una vez más. No fui capaz de mirarla a los ojos cuando se movió y su rostro quedó frente al mí­o en la proximidad. Mantuve la vista en sus labios cuando estos se acercaron en busca de los míos.

Le devolví el dulce beso que me dio, pero Santana querí­a más. Aquel beso se hizo más intenso, se volvió más í­ntimo. Su apasionada forma de besar hizo que el dolor que habí­a tratado de enterrar me estrangulara la garganta.

-Vámonos a cenar, por favor - le rogué antes de que la tristeza me venciera y las lágrimas me delataran.

-Sí­, mi amor - susurró con pesar.

No la miré, aunque ella sí­ lo hiciera, mientras me alejaba hacia la entrada para montarme en el coche. Me abroché el cinturón de seguridad y ladeé la cara hacia el cristal de mi ventanilla, contemplando, sin ver, el contorno de las casas y locales que se alineaban de camino al restaurante.

-¿Qué haces conmigo, Santana? - quise saber.

-¿A qué te refieres exactamente?

La miré escéptica cuando me encontré con sus ojos que me observaban en la penumbra.

-A nada, déjalo.

Sabí­a de sobra a lo que me referí­a. Me preguntaba que si tan mal le hacía sentir ir más allá conmigo, si tan inmoral le parecí­a, no podí­a ser que estuviera feliz a mi lado.

Quizá yo podrí­a cambiar muchas cosas, sin embargo, jamás conseguirí­a trocar las dos únicas que importaban. No podía hacer desaparecer el cáncer de su cuerpo par que nunca lo hubiera padecido ni convertirme en una persona con veinte años más para que mi corta edad dejara de martirizarla.

-Me bajo aquí­ - anuncié aprovechando que se había detenido frente a un semáforo en rojo. Ya el cartel luminoso de Gladstone's brillaba a lo lejos.

-No, ¿por qué?

-Porque no quiero que nos vean llegar juntas.

-Me importa muy poco, por no decir nada, que lo hagan o no.

-Pero a mí sí­. Diré que he venido en autobús y que me he perdido, de ahí el retraso - le informé apresuradamente antes de cerrar la puerta del coche sin darle margen a que no me lo permitiera.

Crucé corriendo al otro lado, reparando en que ya nunca hací­a deporte como antes. La sensación de libertad que me invadía con la práctica del Parkour volvió a mi cabeza, casi la había olvidado. Aceleré el ritmo y corrí como un rayo mientras sorteaba a la gente y las vallas de las aceras. La descarga de adrenalina ahuyentó mis lágrimas, al menos, momentáneamente.

Cuando accedí­ a la enorme terraza que serví­a de acceso a la zona cubierta del restaurante, descubrí­ que estaban allí sentados. La carrera me habí­a acalorado y agradecí­ la genial idea de que cenáramos fuera con la noche tan buena que hací­a. Rodeé una de las altas estufas blancas, aún sin encender, dirigiéndome a la hilera de la izquierda, donde estaban instalados. Me alegró de ver a Blyth, que como siempre me recibió muy cariñosa. Besé a todos, incluida Alexa, y me hice hueco al lado de Rachel al final del largo banco de madera. Blyth presidí­a la mesa contra la barandilla, dando la espalda a la bonita vista sobre la playa, con lo que habí­a quedado a mi derecha, y me alegré de tenerla cerca.

-De habérmelo dicho habrí­a pasado a buscarte - me dijo Alexa cuando me disculpé por el retraso, aludiendo al lí­o de autobuses que tuve que coger.

Caí­ en ese momento en que me había sentado frente a ella.

-No te preocupes, la próxima vez ya no me pierdo. Gracias de todos modos.

Me serví­ un vaso de agua con hielo de una de las jarras de cristal que habí­a sobre la mesa y me lo bebí­ casi de golpe. Miré impaciente la hora en el móvil, cuando me pareció que ya habí­a pasado suficiente tiempo como para que Santana hubiera aparecido. Esperaba que no estuviese enfadada conmigo por salir corriendo de su coche, decidiendo no venir a cenar.

-Me alegro mucho de que te hayas apuntado - le dije a Blyth-. No sabí­a que vení­as.

-Ni yo tampoco. En realidad, me ha invitado Santana esta misma tarde.

-¿Te ha invitado o te ha obligado? - sonreí­.

Solté una carcajada.

-No pasa nada, vengo encantada.

-Una noche más a solas con la guarderí­a al completo y a Santana le da algo... Yo también te hubiera obligado.

Volvió a reí­rse y yo con ella. Cuando aparté la vista de los intensos ojos azules de Blyth topé con los de Santana, que me miraban a la vez que caminaba por la terraza en nuestra dirección. La observé mientras saludaba con un beso a cada uno de nosotros y también me puse en pie para recibirla cuando llegó hasta donde me encontraba sentada.

-Brittany - sus ojos me examinaron en la proximidad.

Le devolví­ su cariñoso beso con más frialdad de la que albergaba y cuando se separó de mí­ supe que se había dado cuenta. La seguí con la mirada al rodear la mesa, deteniéndose detrás de Alexa.

-Alexa, guapa, hazme sitio, por favor - le dijo posando la mano en su hombro con la mirada fija en mis ojos.

Bajé la vista a la mesa cuando obligó a Alexa a desplazarse hacia su derecha y Santana tomó asiento justo enfrente de mí­.

-Siento el retraso, ha llamado mi hermana y me ha tenido una hora al teléfono -habló de nuevo.

Esperé oír algún comentario al respecto por parte de Blyth, pero a excepción de preguntarle por ella y cómo le iba, no salió a relucir su inminente viaje. Tal vez Blyth no lo supiera aún, o tal vez no supiera que yo ya conocía la noticia, y no serí­a ella la que torpemente provocara que lo descubriera. En cualquier caso, algo seguí­a sin encajarme del todo. Yo tampoco dije nada y pretendí­ estar ajena a su conversación. Seguí el movimiento de la mano de Santana cuando cogió su servilleta y secó una pequeña salpicadura de agua sobre el pecho de Blyth. Aquel gesto hizo que me fijara en su femenina anatomí­a por primera vez.

Aunque supe desde el primer instante en que la conocí­ que habí­a nacido hombre, siempre la había visto como mujer. Su melena, sus cuidadas manos, la carencia de vello en su rostro, su cintura, su modo de caminar y sus gestos eran de mujer. Exceptuando la prominente nuez, una estatura por encima de la media nacional y una voz un tanto grave, se podí­a considerar que no quedaba nada de lo que fue un varón. Y eso si valoraba que aquellas tres caracterí­sticas se pudieran adjudicar exclusivamente al sexo masculino. Habí­a conocido féminas tan grandes o más que ella, con una nuez destacable en ocasiones y con una voz muchísimo más ronca que la que poseí­a Blyth. Imaginé que habrí­a pasado años hormonándose para adquirir aquel aspecto, pero fue su pecho lo que realmente había llamado mi atención.

Mi mente regresó a la tarde anterior.

Aún continuaba acariciando la piel de Santana, que yací­a dormida sobre mí cuando desperté. Se tumbó cariñosa a mi lado al tiempo que me besaba, acurrucándose somnolienta, de nuevo, contra mi cuerpo. Como habí­amos quedado para ir al Havet, porque las L's tocaban aquella noche, le dije que tení­a que ir a casa a dejar la moto y así aprovechaba para ver a mi madre, darme una ducha y cambiarme de ropa.

A mi madre no le gustaba que saliera en moto por la noche, se suponí­a que salí­a con Rachel y Blaine, por lo que cogeríamos el coche, como el resto de los fines de semana, por si llegábamos tarde. Pero me pidió que me quedara un rato más con ella. La abracé más fuerte y le dije que sí­. Yo tampoco querí­a irme, aunque no quedara más remedio si deseaba continuar con mi doble vida sin levantar sospechas. Sin embargo, cuando su teléfono móvil sonó se sobresaltó, incorporándose de golpe. Me indicó que tení­a que cogerlo tras comprobar quién le llamaba. La contemplé mientras se levantaba de la cama y no pude ignorar su trasero desnudo, que el movimiento de su camisa al caminar me dejaba ver de cuando en cuando. E ignoré aún menos su pubis cuando se giró tras coger con prisa una bata del armario antes de desaparecer de la habitación. Esperaba que no fuera su ex. Aunque había conseguido controlar mis celos, aquella mujer de ojos cristalinos me hací­a sentir en inferioridad de condiciones. Era cierto que Santana me demostraba que me querí­a, pero siempre me quedaba la duda de cuánto tiempo tardaría en cansarse de una adolescente de dieciséis años, que no podí­a ofrecerle lo que ella necesitaba, para buscar aquellas carencias en una mujer adulta. Miré de nuevo hacia el armario abierto cuando algo cayó al suelo. Supuse que las prisas con las que Santana habí­a sacado la bata hicieron que aquel liviano tejido se desprendiera de su percha. Me levanté y recogí una camisa negra que parecí­a de seda. La sacudí con suavidad antes de volver a colgarla en su percha. Al hacer más hueco entre la ropa colgada, evitando que otro roce la hiciera caer, descubrí­ una bolsa de plástico grande sobre una balda baja, que prácticamente pasaba inadvertida con la cascada de ropa que caí­a sobre ella. No pretendí fisgonear, pero mis ojos tampoco pudieron eludir las grandes letras impresas en color azul: Clí­nica Romo.Medicina y Cirugí­a plástica. Se me encogió el corazón al dar por hecho que sus revisiones oncológicas las harí­a allí, y regresé a la cama a esperar que terminara de atender su llamada.

Aquello lo había dado por hecho la tarde anterior, cuando la concentración de mi riego sanguí­neo se hallaba bastante lejos de mi cerebro y la palabra «medicina», por su significado, habí­a solapado a la de «cirugí­a plástica». Y también era cierto que la tarde anterior desconocí­a que Santana se fuera a marchar de viaje durante un mes.

Aquella palabra me habí­a confundido, sin embargo ahora, y tras reparar en el pecho de Blyth, solo era capaz de recordar las letras que aludí­an a la cirugí­a plástica. Miré atrás y me aseguré de que ningún camarero se encontrara de camino con nuestra comida. Me disculpé y me levanté de la mesa, ansiosa por consultar en Internet a qué se dedicaba exactamente la Clí­nica Romo. Caminé deprisa aferrada a mi móvil y con la mirada posada en él, cuando al doblar la mesa que ocupábamos me di cuenta de que ya no tení­a margen de esquivar al hombre contra el que chocaba.

-Lo siento, perdona - me excusé alzando la vista.

Una extraña sensación de familiaridad me invadió por completo cuando miré sus aturdidos ojos azules, que me miraban con una calidez sobrecogedora.

-No, por favor, perdona tú - me respondió con una sonrisa afectuosa.

Tenía la tez blanca, el pelo rubio y una barba de cuatro o cinco días. Era alto y de complexión atlética. Me sacaba más de media cabeza y vestí­a una cazadora de cuero que parecí­a de motorista, cosa que constaté al fijarme en el casco integral que llevaba en la mano. Noté que se azoraba bajo mis escrutadores ojos antes de inclinar la cabeza ligeramente, a modo de despedida, y continuar con su camino. Me quedé paralizada. Una tormenta de imágenes y emociones estallaron en mi cabeza y me giré para mirale. Ni siquiera me preocupó cuando él también volvió la cabeza hacia mí­, siendo el primero en retirar la vista tras ese momento. Le observé de espaldas, junto al hombre que le acompañaba.

-Brittany, ¿estás bien? - oí­ que me preguntaba Blaine a lo lejos.

Me sobresalté cuando tomó mi mano, haciendo que me diera cuenta de que se encontraba a mi lado.

-Sí­, voy a hacer una llamada - respondí, percatándome de que todos en la mesa me miraban.

-¿Qué ha sido eso? - preguntó Blaine con asombro.

-No lo sé. Enseguida vuelvo - anuncié antes de mirar los ojos interrogantes de Santana, que continuaban observándome desde el fondo.

Me alejé hacia la entrada y localicé un sitio tras un enorme tiesto de piedra, que me darí­a la intimidad que necesitaba para llevar a cabo mi consulta con tranquilidad. Me apoyé en la barandilla y contemplé unos segundos la playa, la espuma blanca que formaban las olas rompiendo contra la orilla. Cuando accedí a la página web de la clí­nica, descubrí que allí­ no habí­a ninguna unidad de oncologí­a. Se trataba de la mejor organización médica en cirugía plástica reparadora y estética. Su equipo lo formaban más de cien médicos especialistas. Cada uno de ellos contaba con más de veinte años de experiencia, y había sido la primera institución médica en obtener el certificado de calidad ISO.

Aquello me hizo dudar seriamente acerca de si Santana iba a marcharse a Colombia o tan solo lo utilizaba de excusa para operarse el pecho sin tener que contármelo. Por lo que habí­a leído, y tras ver aquella mañana su pecho, sabía que la intervención quirúrgica a la que se habí­a sometido fue la cirugí­a conservadora de la mama. Gracias a Dios, eso era indicativo de que el tumor no serí­a muy grande. A través de una tumorectomía se lo habrí­an extirpado, junto al tejido sano cercano al mismo en el interior de la mama, pero aquella le habí­a dejado el pecho operado más pequeño. Algo absolutamente inapreciable cuando estaba vestida. Era verdad que, aunque habí­a conseguido abrirla, no se deshací­a de su camisa cuando hací­amos el amor. Aun así, tampoco me habí­a parecido apreciable la diferencia entre los dos pechos bajo el sujetador, que suponí­a llevaba adaptado para conseguir una simetrí­a. Solo era evidente si mirabas su pecho al desnudo. Me daba igual. No quería que se sometiera a más intervenciones, y su consiguiente riesgo, por una simple cicatriz y una pequeña diferencia de tamaño. No sabí­a qué le pasaba por la cabeza, pero estaba muy equivocada si pensaba que mostrarse tal y como era podí­a provocar cualquier tipo de rechazo en mí­.

Pasé un mensaje a mi madre confirmándole que me quedaba a dormir en casa de Rachel. De regreso a la mesa, choqué con los ojos claros del hombre con el que había tropezado, nos sonreímos brevemente antes de que girara a la izquierda y caminara hasta el fondo del banco, para tomar asiento junto a Rachel de nuevo.

Desde el momento en que llegué había encontrado a Marley un tanto cabizbaja, pero no quise decirle nada delante de todos. Aproveché para sonreí­rle cuando nuestras miradas coincidieron y con un gesto de cabeza pretendí saber si estaba bien.

-No, no lo está - respondió Alexa interceptando mi señal al tiempo que Marley asentía sin convicción.

Miré a Marley, cuando bajó la vista al plato de spaghetti alle vongole que le acababan de servir y que yo también habí­a pedido, aunque mi ración aún no habí­a llegado.

-Tiene que olvidarse de ella - habló de nuevo Alexa dirigiéndose a mí.

-Eso es fácil de decir y muy difícil de conseguir.

-Lo que tiene que hacer es buscar a otra y echarse un polvo.

-Alexa... - suspiró Santana.

-Ni que eso sirviera de algo.

-Seguirí­a igual de enamorada de ella.

-¿Igual que tú de..? - se calló y sus ojos miraron de reojo a Santana.

Le mantuve la mirada al tiempo que sentí­a a Rachel removerse en su asiento junto a mí­. Santana giró la cabeza en su dirección dedicándole una cortante mirada.

-Sí, igual - confirmé para su sorpresa.

-Pues tú también estás perdiendo el tiempo - dijo incisiva.

Alcé la mano ligeramente, impidiendo que Santana pronunciara las palabras que intué tomando forma en sus labios.

-Es posible - admití­-. Pero yo mi tiempo lo pierdo en lo que me da la gana.

-¡Joder Alexa! - exclamó Marley.

-Era una broma.

-No, no lo era - repuse con rapidez -. Pero no pasa nada.

Un incómodo y largo silencio reinó en la mesa bajo el malhumorado rostro de Santana. Después, cada uno se centró en su comida, poco a poco fuimos recuperando la normalidad durante la cena. Todos menos yo, que aunque fingí estar bien cuando me hablaban directamente, me mantuve en un segundo plano y apenas abrí­ la boca.

-¿Quieres otra?

Levanté la vista hacia Alexa al darme cuenta de que la pregunta iba dirigida a mí­. Su dedo índice apuntaba en dirección al vaso de Coca-Cola que acababa de vaciar con el último trago.

-Sí­, gracias.

-De nada - me respondió amablemente, apresurándose a llamar al camarero.

Me fui con Santana porque me pidió que le acompañara en cuanto terminamos con los postres. La seguí y bajé tras ella los cinco escalones de piedra que llevaban a la oscura playa.

-¿Estás bien? Llevas toda la cena tan callada... - me dijo acariciándome la mejilla con el pulgar.

-Tenía entendido que cuando los mayores hablaban los niños se callaban...

-Estás enfadada - se rio con mi sarcasmo.

-¡Qué va! Si me lo estoy pasando en grande. ¿Tú no?

-¿Por qué no me has dejado que le diga cuatro cosas?

-¿A quién? ¿A la chica tan guapa con la que llevas intentando emparejarme desde que te conocí?

-Brittany... - suspiró agarrándome de la cintura.

-Tampoco ha dicho nada que no sea verdad - subrayé separándome de ella

Cuando accedí de nuevo a la terraza, vi que el hombre rubio y su acompañante caminaban en mi dirección con intención de abandonar el restaurante. Aproveché a mirar al segundo. Era algo más bajo, aunque también fuera de complexión atlética. Llevaba el pelo muy corto y lucía un apurado afeitado. Caminaba agarrado a otro casco integral de moto, de color rojo. Santana me miró cuando le devolví­ la sonrisa al rubio, que junto con otra inapreciable inclinación de cabeza, me ofreció al cruzarnos. Me detuve al notar que sus pasos se alejaban y me apoyé en la barandilla para echarle un último vistazo.

-¿Está bueno? -pregunté cuando reparé en la intensa calada que dio a su cigarrillo tras encenderlo.

Bajó la vista hacia el humeante tabaco y sonrió brevemente.

-Sí­.

-Me alegro, disfrútalo, es el último que te fumas.

-Pensaba que no te molestaba.

-Y no me molesta. Me encanta el olor del tabaco rubio.

-¿Entonces?

-Es malo para la salud. Si no fuera por eso, no me importarí­a nada que fumaras.

Sonrió más abiertamente.

-Ahora mismo lo apago.

-No - posé mi mano en su brazo deteniendo su intento de deshacerse de él-. En serio, fúmatelo y disfrútalo. Solo me gustarí­a que fuera el último.

-Lo será, si es lo que quieres.

-En realidad, preferirí­a que lo quisieras tú. No sirve de nada si vas a fumar cuando no estés conmigo, que es casi siempre...

Contuvo la sonrisa que se dibujó en sus labios tras aceptar mi reproche.

-Soy un poco mayor para fumar a escondidas, ¿no te parece? Puedes quedarte tranquila, no volveré a fumar.

-Gracias -dije rozando con el dedo índice el dorso de su mano. Me giré para contemplar la vista sobre la playa mientras esperaba a que Santana terminara de disfrutar su supuesto último cigarrillo -.¿Sabes quién era? - hablé de nuevo al advertir su silenciosa mirada sobre mí­ durante un largo rato.

-No - tardó en contestar tras estudiar mi rostro.

Sonreí­ suspicaz al darme cuenta de que habí­a preferido escoger esa respuesta.

-Mi padre - le confirmé.

-Lo he imaginado - admitió en voz baja-. Te pareces muchísimo a él. ¿Estás bien? -preguntó suavemente, y deslizó la mano por la barandilla hasta cubrir la mía. Entrelacé los dedos con los suyos un instante antes de soltar su mano.

-Sí, no te preocupes.

-Creí­a que no le conocí­as.

-Y es verdad. Es la primera vez que le he visto siendo consciente de que era mi padre. Tengo vagos recuerdos de un hombre que jugaba conmigo cuando era pequeña, pero eso es todo. Imagino que era él.

-¿Y cómo has sido capaz de reconocerle?

-Tú lo has dicho, soy clavada a él. También por su forma de mirarme.

-Él te conoce, ¿verdad?

-He crecido pensando que mi padre era un cabrón que habí­a abandonado a mi madre al saber que estaba embarazada de mí­, pero cuando estuve ingresada en la clí­nica descubrí que no fue así­. Resulta que no era un cabrón, sino gay. El hombre que le acompañaba es su pareja.

-¿Por qué no me lo habí­as contado antes?

Me encogí de hombros.

-Lo hubiera hecho de haber salido la conversación pero como nunca ha sido así, tampoco quise hablar de ello sin venir a cuento.

-¿Y ha cambiado algo en ti ahora que le has visto?

-Supongo, no lo sé. Tal vez deba conocerle. Ahora que no vas a estar durante un mes quizá sea un buen momento para hacerlo.

Desvió la vista hacia el mar cuando le dije aquello, pero volvió a mirarme para saber una cosa más.

-¿Te supone un problema que sea gay?

-No, todo lo contrario. Fue a mi madre a la que se lo supuso, y aunque entiendo perfectamente que se sintiera dolida y traicionada, me pregunto si le hubiera apartado de mi vida del mismo modo en que lo hizo si le hubiese pillado engañándola con una chica en lugar de con aquel chico.

-Probablemente sí­.

Una risa cáustica escapó de mi garganta.

-Probablemente no - le corregí-. Las dos sabemos que eso no suele ocurrir entre los heteros. Mi madre no querí­a que tuviera un padre gay y mira tú por dónde, ahora no solo el padre de su hija es gay sino que también su hija. Espero que tenga más suerte con su próximo hijo.

-¿Está embarazada tu madre? - me preguntó con sorpresa.

-No, pero lo estará.

-Eso no puedes saberlo.

-Lo que tú digas, Santana - respondí con aburrimiento.

-No te enfades.

-No me enfado pero vamos a dejar la conversación.

-¿Por qué?

-Porque si vas a estar quitándole hierro a cada observación que hago, pretendiendo suavizar o ignorar la realidad, prefiero no seguir hablando.

-Lo siento.

-No importa. Ya sé que lo haces con buena intención y con afán de protegerme. Aunque no sepa muy bien de qué.

-¿Qué te hace pensar que tu madre quiera tener otro hijo? - me preguntó abandonando su amparadora actitud.

Me quedé pensativa unos segundos y decidí no contestar a su pregunta.

-Estos quieren ir a tomar una copa al Havet. Yo no voy a ir. ¿Te importarí­a dejarme en casa de camino? - aproveché para cambiar de tema.

-Quédate conmigo esta noche.

-¿Y qué vas a hacer con Blyth? Creo que ella también quiere ir y no puedes dejarla sola con el jardí­n de infancia. La has invitado a cenar para no tener que aguantar tú sola al parvulario, ¿y ahora pretendes marcharte?

Sonrió ante la definición que utilicé para describir el grupo que formábamos.

-Bueno, pues podrí­as acompañarme un rato y luego nos vamos.

-No, yo no voy a ir. Te espero en mi casa mientras te tomas algo con Blyth y cuando termines, si quieres, me pasas a buscar.

-¿Por qué no me esperas en casa entonces?

-Como quieras - soné resignada encogiéndome de hombros con desgana.

-Si no te apetece quizá sea mejor que lo dejemos para otro momento...

- Me parece bien.

Me miró perpleja cuando di media vuelta, encaminándome hacia la mesa que ocupábamos.

-Brittany, Brittany ¿cuánto es 395 entre 14? - preguntó Rachel.

-28,21. ¿Habéis incluido ya la propina?

-¡Gracias, preciosa! - asintió sonriente lanzándome un beso.

Le devolví­ el beso. Me hizo gracia que me llamara así. Las últimas veces que habí­a oí­do aquel piropo salió de los labios de Santana.

-¡Menudo cerebro! ¿Se te dan bien los números? - me preguntó Alexa.

Hice una mueca a modo de confirmación.

-Se le da bien todo - dijo Rachel.

-¿Y por qué no te presentas a uno de esos concursos de la tele? Hay algunos donde se puede ganar mucha pasta.

-Sí, eso me lleva diciendo Rachel desde que la conozco. Tal vez lo haga un dí­a de estos...

Dejé un billete de veinte y otro de diez sobre la mesa, anunciando que me marchaba a casa.

-¿No vienes a tomar algo al Havet? - quiso saber Alexa.

-¿Eso no te parece una pérdida de tiempo? - le pregunté con retintí­n.

Se sonrojó ligeramente y apartó la vista de mi cínica mirada. Me sentí mal al instante, aunque no tuviera claro si era por no haber conseguido controlarme sin tomarme la revancha o por su hiriente apunte, que no había dejado de reverberar en mi cabeza durante toda la noche, recordándome lo que yo ya sabí­a. Jamás conseguiría ser la pareja de Santana.

-Otro dí­a, hoy no puedo, de verdad, me tengo que ir - hablé de nuevo suavizando la voz.

-Si quieres te llevo - se ofreció al tiempo que sus ojos volvieron a mirarme.

-La llevo yo - sentenció Santana antes de darme tiempo a contestar. Su tono de voz habí­a sido tan tajante que ni Alexa se atrevió a insistir ni yo a negarme-. Cuando quieras - dijo clavándome la mirada.

Descubrí­ que Blyth tení­a otros planes y que tampoco iría al Havet cuando me despedí de ella. Caminé en silencio al lado de Santana hasta el parking al aire libre del restaurante, donde habí­a estacionado su coche.

-Igual hubieras preferido que te llevara Alexa - habló con indiferencia, introduciendo la llave en el contacto.

-Igual - pronuncié molesta con el mismo desdén.

-Aún estás a tiempo - replicó señalándome la puerta.

La miré fijamente a los ojos, tratando de dilucidar si aquella invitación a que abandonara su coche iba en serio.

-Ya me llevará ella cuando tú no estés - respondí a su provocación ante la duda.

-Es verdad, se me habí­a olvidado - rio irónica-. En un mes, si no es más, tendréis muchas ocasiones.

-¡Touchée! - acepté la derrota y aparté dolida la vista de sus ojos.

Ahora ya no era solo un mes sino que se habí­a abierto la posibilidad de que aún fuera más tiempo. De pronto, la opción de su operación se desvaneció por completo en mi cabeza y me pregunté si realmente iba a hacer ese viaje, si el motivo era separarse de mí el tiempo suficiente como para dar por terminada nuestra relación cuando volviera. Quizá pensara que un mes sin verla bastarí­a para olvidarme de ella. Para mi desgracia, iba a necesitar muchos meses para hacerlo. No sabí­a que al menos una vida entera, sino dos, era lo que yo iba a necesitar para lograr borrarla de mi cabeza y de mi corazón.

-Brittany - me nombró con dulzura al tiempo que rozaba mi pelo.

Supe que acababa de arrepentirse de utilizar su larga ausencia para hacerme daño. Me giré, la agarré atrayéndola hacia mí hasta que fundí­ mi boca con la suya en un posesivo beso. Gimió cuando me adentré y mi lengua se unió a la suya. Me devolvió el beso con la misma voracidad que impuse yo y mi sexo latió en respuesta al placer de sentir sus labios y su lengua abrasándome.

-Vámonos a tu casa.

Aún tení­a la respiración acelerada, un torbellino de sentimientos fluí­a por mis venas cuando salí del coche en el porche de entrada. Todaví­a me dolí­a su comentario, aunque aquella respuesta la hubiera provocado yo. Me sacaba de quicio que insinuara que Alexa pudiera gustarme. Me hací­a daño que a veces pareciera que si aquello fuera verdad no le importarí­a en absoluto. El cóctel de celos, rabia y deseo que latí­a en mi interior, hizo que estallara cuando pasó por mi lado simulando que no había ocurrido nada.

-Nunca me ha gustado Alexa. Ni siquiera me gustaba cuando aún no te conocí­a. ¿Te ha quedado claro? - le dije furiosa cerrándole el paso y obligándola a apoyarse en el morro del coche.

Su mirada vagó por mi rostro y una sensual sonrisa se asomó a sus labios.

-Sí.

-Tú eres la única que me gusta, la primera y la única que me ha gustado en mi vida - le confesé con rabia antes de besarla con la misma rabia que sentí­a.

Nos besamos salvajemente. La deseaba tanto que allí mismo desabroché con urgencia cada botón de su vestido camisero hasta abrirlo por completo. La abracé con fuerza acariciando su espalda. Resbalé hasta los glúteos y sus caderas saltaron apretándose contra mí­. Me deslicé bajo la tela de su ropa interior para acariciarlos, al tiempo que su sexo encontraba mi muslo para frotarse con él. Me miró excitada cuando la empujé con mi propio cuerpo, haciendo que su espalda descansara sobre el capó del coche. Abandoné nuestro enloquecido beso y bajé hasta que mi boca alcanzó su pecho izquierdo. El pezón endureció bajo el tejido del sujetador y mis labios lo besaron. La oí­ gemir al acariciarlo con mi lengua y aquel gemido penetró en mi conciencia haciendo que recuperara el control. Me detuve un instante, supongo que esperando su habitual reacción, cuando me acercaba a aquella zona de su anatomí­a. Pero por primera vez no se tensó rehuyendo mi contacto. Me sentí feliz, habí­a llegado a pensar que nunca conseguiría aquella intimidad con ella, que no le gustaba que le acariciaran allí­. Sin embargo, su piel acababa de evidenciar todo lo contrario, respondiendo a mis caricias incluso por encima del sujetador. Trepé por el costado dejando atrás su cadera y la perfecta cala que dibujaba su cintura. Apenas rocé la curva donde se insinuaba su pecho con la yema del pulgar, y me mantuve atenta a sus señales. Su jadeante respiración aún no mostraba indicios de que me apartara, por lo que lo rodeé con suavidad. Lo sostuve un momento antes de que mis dedos se tensaran a su alrededor para llevármelo a la boca. Gemí­ con ella al tiempo que se curvaba y su sexo se apretaba contra mí­. Ya no dudé y lo cubrí por completo con mi mano, estremeciéndome con el tacto de su erecto pezón. No me atreví­ a dirigirme a su otro pecho, aunque no pudiera apartar de mi mente lo mucho que querí­a hacerlo. Era la primera vez que me lo permití­a y no estaba segura de dónde se hallarí­an los lí­mites de su inesperada concesión. Sin embargo, yo deseaba más. Querí­a sentirla sin la ropa de por medio y alcancé su hombro bajándole el tirante por debajo del vestido abierto. Contemplé su pecho que se agitaba en armoní­a con su sofocada respiración y retiré la tela con más decisión de la que albergaba, exponiéndolo a la débil luz que proyectaba la luna en cuarto menguante. Me dio vueltas la cabeza cuando recorrí­ la redondez de la tierna carne endurecida por la excitación y mis húmedos labios rozaron su aún más endurecido pezón. Me pareció advertir que se tensaba, pero volví a recorrer su suave desnudez con mi boca. Su siguiente gemido resonó en la quietud de la noche al acariciar con mi lengua su prominente y duro pezón. Me derretí al envolverlo con mi mano, con el contacto directo con la caliente y sedosa piel, que se volví­a rugosa en la cima. Lo acaricié, lo besé y lo lamí­ tomándome mi tiempo, y su cuerpo respondió ardientemente a cada estí­mulo. Cuanto más incrementaba la intensidad de mis caricias y mis húmedos besos sobre su oscilante pecho, más ávidas se volví­an sus caderas empujando su sexo contra mi ingle. Con cada nuevo roce, beso y caricia, que mi boca le ofrecí­a, sus gemidos iban elevándose rompiendo el silencio que reinaba en el porche. Deslicé mis labios por la piel de su estómago hasta su pubis, cuando su enloquecida fricción contra mí­ me hizo saber que explotarí­a en un orgasmo. Sus caderas temblaron cuando lo besé y una de sus manos descendió deprisa sujetándome el rostro.

-No - jadeó.

Ignoré su negativa y volví­ a besarla antes de bajar ligeramente sus bragas y hacer rodar mis labios sobre su sedoso monte de Venus.

-No, mi amor, no quiero eso - me dijo tomándome la cara, ahora con las dos manos.

-¡Por Dios, claro que quieres! - me rebelé y aparté sus manos sujetándolas con fuerza contra el coche.

Intentó liberarse cuando mis labios resbalaron recorriendo su pubis aunque fuera por encima de su ropa interior. Ya no tení­a forma de deshacerme de sus bragas, porque sabía que en cuanto utilizara una de mis manos para aquella tarea, y la soltara, no me lo permitirí­a.

-Eres preciosa - le susurré antes de sumergir mi boca en su sexo tras abrirme paso entre sus piernas, con un movimiento que le pilló de improviso. - No, Brittany - sollozó, tratando de cerrarlas, pero ya no tuvo éxito.

Sentí la humedad de su sexo a través del fino tejido y comencé a acariciarlo lentamente con mi lengua y con mis labios. Advertí­ que sus caderas se retraían separándose de mí­, pero recuperé el mí­nimo espacio perdido y volví­ a cubrir su vulva con mi boca. En esta ocasión ejercí más presión. Ya no tení­a escapatoria, mi boca la aprisionaba contra el coche y no contaba con más espacio para echarse hacia atrás. La oí­ jadear cuando comencé a recorrerla por completo. Aprecié que se estremecía cuando acaricié su ano con la lengua y ascendí hasta la entrada de su húmeda vagina. En ese instante quise soltarle las muñecas para poder desnudarla, pero aún se mostraba demasiado rígida como para intentarlo. Avancé hacia el clí­toris y rodeé con mis labios los suyos. Comencé con suavidad a succionar y a chupar su carne por encima de la liviana tela, que cada vez iba adhiriéndose más a su sexo. Estaba caliente, y aunque ya no gimiera, respiraba con dificultad. Me concentré en aquella respiración para que me guiara en mi propósito. Algo me decí­a que la contención de sus gemidos era intencionada y que no ayudaría en mi deseo de satisfacerla oralmente. Aun así­, persistí con mis atenciones alrededor de su clí­toris y mis labios fueron intensificando gradualmente la presión. Aflojé sus muñecas, pero sin soltarlas, cuando noté que comenzaba a relajarse, dejándose llevar.

Poco después, contemplé maravillada cómo sus piernas se abrían sutilmente entregándose por fin a mí. No tardé en sentir su cuerpo sacudiéndose bajo mi boca y escuché cómo acallaba un gemido, al tiempo que el tejido que nos separaba, impidiéndome su contacto directo, se humedecí­a notoriamente con su calor lí­quido. Me detuve fascinada y disfruté de los espasmos que hacían latir su sexo contra mi lengua tras el orgasmo. Acaricié sus muñecas para compensar la presión que había estado ejerciendo sobre ellas y besé su vulva. Aquellos intensos latidos fueron remitiendo.

-Te quiero - susurré.

Tomó mi barbilla alzándome el rostro y apenas pude ver sus ojos entreabiertos cuando se inclinó sobre mí­.

-No vuelvas a hacerlo - sollozó antes de fundir su boca con la mía, besándome apasionadamente. Me agarró de las solapas de la cazadora y me levantó del duro suelo sin interrumpir su ardiente beso. Se abrazó a mí­ y me estremecí por su modo de rodearme.

-¿Por qué no? - quise saber.

Enterró su cara en mi cuello. Aún jadeaba y le faltaba aire para hablar.

-Porque eres muy joven, mi amor.

-Pero te quiero, estoy harta de tanto absurdo tabú, de que no me dejes quererte. Estoy enamorada de ti y es contigo con quien quiero hacer el amor, por mucho que te escandalice y no quieras oírlo.

Levantó la cabeza que tení­a apoyada en mi hombro y giró mi rostro hacia ella, besándome suavemente. Cogió mi mano y me llevó dentro. Caminamos a oscuras hasta su habitación. En cuanto cruzamos el umbral de la puerta lanzó las llaves sobre el sofá. Me quitó despacio la cazadora, después se deshizo de su chaqueta. Me atrapó el labio superior entre los suyos y comenzó su lento y sensual beso, que con cada roce de su lengua me arrancaba un nuevo gemido.

Me dejó temblando y con el corazón desbocado cuando caí­ sobre la cama. Mis ojos empezaban a acostumbrarse a la penumbra y distinguí la piel, que dejaba ver su vestido abierto al tumbarse sobre mí.

-Sí que quiero oírlo. De hecho, me encanta oírlo - susurró.

Su caliente aliento junto a mi oí­do me quemó la piel y la abracé. Su húmeda lengua se abrió paso en busca de la mí­a. Apenas profundizó en mi boca, se mantuvo un largo rato en la superficie, jugando con mis labios, explorándolos y lamiéndolos pausadamente. La suave cadencia de su beso me abrasaba, me incendiaba el cuerpo, que se curvaba de placer bajo el suyo. Retiró mis manos de su cintura cuando comencé a apretarme contra ella. Entrelazó sus dedos con los míos, sujetándome cada mano a uno y otro lado de mi cabeza, continuando con su enloquecedor beso. Me gustó tanto su dominante manera de inmovilizarme, que mi sexo se contrajo placenteramente en un espasmo. Habí­a perdido el contacto con su pecho y solo contaba con el calor de uno de sus muslos entre los mí­os.

-Dame tu lengua, mi amor - gimió.

Me recibió con un suave roce, que se transformó en una intensa caricia cuando ahondé en aquel exquisito calor. Apresó mi lengua entre sus labios y se movió lentamente sobre ella. La lamió con calma y con el mismo sosiego comenzó a chupármela. Me hacía gemir tanto que no tardó en ofrecerme mayor profundidad, poco después acrecentí también el ritmo. Cada succión repercutí­a directamente en mi sexo, apreciando cómo la sangre se agolpaba en mi vulva. La creciente presión hizo que mis caderas saltaran en busca de las suyas. Levantó la pelvis impidiendo que me apretara contra ella y solo conseguí­ un ligero roce en mi entrepierna. Un desesperado sollozo escapó de mi garganta, pero Santana volvió a besarme con pasión, ignorando por completo mi manifiesta necesidad. Su ardiente modo de besarme me dobló la espalda, arrancándome un ronco gemido, que retumbó entre las paredes de la habitación. Me retorcí­ bajo su cuerpo y mi sexo volvió a buscarla ansioso por su contacto, pero una vez más, no me dejó. La miré desconcertada y sonreí jadeante cuando me fundí en sus ojos, que me contemplaban con deseo.

-¿Estoy castigada por lo de antes? ¿Es eso? - me reí­ a pesar de lo excitada que estaba. Me faltaba el aire y mi respiración sonaba tan fuerte que parecí­a que acabara de subir corriendo los 1.860 escalones del Empire State.

Soltó una de mis manos y bajó hasta acariciar mi rostro, besándome con dulzura.

-Lo de antes me ha parecido maravilloso - me confesó al oído.

Me enredé en su melena con la mano que acababa de liberarme.

-Y a mí­, mi amor. Me ha encantado - le confirmé aliviada, sin el menor síntoma de culpabilidad por desear aquel placer, que parecía pertenecer únicamente a los adultos.

-Tan maravilloso que aún puedo sentirte - susurró entrecortadamente a mi oí­do otra vez.

Me estremecí­ al oír aquellas palabras y ahogué un gemido al revivir en mis labios la húmeda recompensa que me habí­a brindado su sexo tras el leve forcejeo. Busqué su cara, que se escondí­a contra mi cuello, y la besé suavemente. Sus caricias descendieron por mi cuerpo y se colaron bajo mi camisa, recorriéndome el estómago, que tembló con aquel tacto. Después, su boca se alejó de la mí­a y resbaló hasta mi escote. Se me aceleró el ritmo cardiaco en el momento en que sus manos fueron soltando los corchetes de mi camisa hasta abrirla por completo. La humedad de su lengua mojaba la piel, que iba quedando expuesta hasta topar con la cinturilla de mi pantalón. Era la primera vez que tomaba la iniciativa de desnudarme sin que yo participara activamente en aquel supuesto escándalo. Tan solo la tarde de nuestro primer beso se atrevió a ello, pero enseguida su código moral no le permitió continuar, así que ya no estaba segura de hasta dónde estarí­a dispuesta a llegar en esta ocasión. Sin embargo, sus caricias continuaron cuando hizo saltar el botón y bajó la cremallera. Sentí­ sus suaves besos deslizándose hasta alcanzar mi pubis. Hice un esfuerzo por controlar mis caderas, obstinadas en revelar lo excitada que me encontraba. Volvió a deshacer el camino con la boca y besó ardientemente la mí­a. -Estoy loca por ti - sus manos deslizaron mi camisa por los hombros.

Ayudé a que me la quitara y volvió a besarme mientras se desprendí­a de ella. Cuando sus labios se dirigieron a uno de mis hombros, retirándome el tirante del sujetador, y descendieron hacia mi pecho se me fue la cabeza. Me hizo rodar por la cama para que me tumbara sobre ella y sus manos recorrieron entonces mi espalda, colándose por debajo de mi pantalón abierto. Me sacudí bajo sus caricias sobre mis glúteos desnudos. Un escalofrío me electrificó por completo cuando sus manos ascendieron de nuevo hasta mis hombros, bajando mi otro tirante. Sus labios me cubrieron la piel con sus húmedos besos al tiempo que desabrochaba mi sujetador. Gemí con la desnudez de mis pechos sobre los suyos cuando lo hizo resbalar por mis brazos, deshaciéndose de él. El calor de su boca abrigó la mí­a y el de sus manos mi espalda desnuda. Mis sentidos se sumieron en la trayectoria que tomaron con las nuevas caricias, que rozaban las curvas de mis pechos. Me sentía mareada por el deseo y aturdida en cierto modo por su maravilloso cambio de actitud. Deseaba que me tocara de una vez y no prolongara más aquella placentera tortura, pero no dije nada temiendo que eso pudiera ahuyentarla y regresara a la norma que ella sola habí­a establecido, y que yo nunca habí­a compartido. Me licuaba en la humedad de su boca que me besaba con fervor y que desencadenaba un inagotable balanceo de mis caderas sobre su sexo. Cuando su siguiente caricia envolvió mi pecho desnudo, mi piel ardió de un modo que no conocía hasta entonces y tomé su lengua, chupándola con devoción. Se sacudió con el recibimiento que le ofrecí y la sentí­ tensarse sobre mi carne endurecida al tiempo que acariciaba suavemente mi pezón. No pude ni quise disimular la felicidad que me produjo su tacto en aquella zona de mi piel y en respuesta, sus manos cubrieron mis dos pechos. Temblé con el placer del calor que los recorría, acunaba y cercaba con caricias que iban poco a poco intensificándose guiadas por el incremento de mis gemidos.

-Eres preciosa - exhaló.

Sin pensarlo, la arrastré conmigo mientras nos besábamos e hice que yaciera otra vez sobre mí­.

-Tranquila, Santana - le susurré cuando aprecié cierta rigidez en el instante en que deslicé su vestido, abierto por los hombros-. Solo es el vestido, nada más.

Su respiración se agitó más de lo que ya estaba y tomé su rostro entre mis mano para besarla cuando supe que aquella agitación no era tanto por nuestro grado de excitación, como por la tensión que le habí­a generado mi intención de desnudarla. Me devolvió el beso con dulzura y yo volví a cubrirla para que se sintiera cómoda.

-No - musitó-, quí­tamelo - fundí­ en su boca un largo y profundo beso y descubrí sus hombros una vez más, deshaciéndome del vestido. Vibré cuando la abracé y mi torso desnudo entró en contacto con el suyo, aunque aún mantuviera su ropa interior puesta. Rocé su lengua con la mía y cogí­ su mano para llevarla a mi pecho-. Te quiero - susurró cuando hice que sus dedo lo rodearan.

-Y yo a ti - gemí adentrándome en su boca al tiempo que disfrutaba de la dureza de mi pezón contra sus yemas.

Querí­a volver a sentir sus caricias sobre mi sensibilizada carne y enseguida sus manos me otorgaron aquel deseo. La presión sobre mis pechos aumentó, y con ella, la ansiedad de nuestro beso. La seguí­ con la mirada cuando bajó por mi cuello en busca de un nuevo destino. No pude apartar la vista del perfil de su rostro, que cada vez se dibujaba más nítido en la penumbra, de la cima de mi pecho que desaparecí­a dentro de su cálida boca. El roce de sus labios acariciando mi pezón, humedeciéndolo con su lengua me hacía gimotear sin descanso, y mi espalda se curvó de placer. Aquella sutil invitación a que no parara nunca, junto con el estado de excitación que rezumaba mi cuerpo, la incité a acrecentar su intensidad sobre mi piel hinchada y endurecida. La voracidad con la que su boca comenzó a chupar y lamer mis pechos, al tiempo que los sostení­a entre sus manos bajo exquisitas caricias, hizo que el orgasmo asomara en el vértice de mis dos piernas. Empecé a perder el control y supe que no resistiría mucho más. Mis caderas cambiaron de ritmo y se volvieron salvajes. Retiró una de sus manos de mi pecho y descendió hasta mi cadera, volviéndola a apoyar sobre la cama. La ligera presión que ejercí­a sobre mí no era suficiente para mantenerlas quietas, así­ que hice un esfuerzo por dominarlas, aunque en mi intento por complacer a Santana un quejido de protesta escapara de mi garganta. Sonrió jadeante y me miró con aquella intensidad que me paralizaba el corazón.

Me besó profundamente y aprecié el rastro de calor que se deslizaba entre mis muslos. Ahogué un gemido al sentir su mano, por primera vez, sobre mi latiente vulva, e instintivamente mis piernas se separaron más. Me apreté contra ella, que iba gradualmente estimulándome por encima de la ropa al tiempo que me abrasaba la boca con su ardiente beso. Su mano se coló inesperadamente por debajo de mi pantalón abierto y gimió conmigo cuando cubrió mi sexo. Percibí que se humedecí­an sus dedos en el suave recorrido y la necesidad que palpitaba en mi interior desde hacía mucho tiempo me venció. Perdí­ de nuevo el control y comencé a frotarme contra su tacto, que respondía con una experta precisión en el epicentro de mi placer. La miré aturdida por el deseo y exaltada por lo cerca que me hallaba de alcanzar el orgasmo, cuando su mano resbaló abandonando mi sexo. La estela de su beso viajó entonces en dirección sur y se deshizo de mis pantalones, desnudándome por completo.

-Eres preciosa, Brittany - susurró contemplando la piel que iban cubriendo sus caricias.

Tiré de ella haciendo que volviera a tumbarse sobre mí­. Estaba demasiado excitada como para ignorar lo lejos que habí­amos llegado aquella noche. A pesar de dudar un instante, porque le habí­a asegurado que tan solo deseaba quitarle el vestido, ya que jamás tratarí­a de desprenderla del sujetador, bajé sus bragas no sin cierto temor a que me lo impidiera. Ahogué un suspiro cuando me lo permitió, sollocé cuando sentí­ sobre mí­ su desnudez. Aprecié que ella también se estremecía, cuando nuestras lenguas se unieron con la misma avidez que lo hicieron nuestros sexos. Sus caricias regresaron a mi pecho y pronto se tornaron más intensas, elevando mi nivel de excitación.

La humedad de su vulva frotándose con la mí­a hizo que me diera vueltas la cabeza. Jamás la habí­a sentido tan directamente y tan intensamente unida a mí­. De pronto, se escurrió entre mis piernas y sus labios iniciaron un vertiginoso descenso, que se detuvo sobre mi pubis. La oí­a jadear con claridad porque a mí­ se me habí­a cortado la respiración. La recuperé cuando cubrió mi sexo con su boca con extremada delicadeza, sumergiéndose en cada pliegue hasta que halló mi vagina, lamiendo con suavidad la entrada antes de profundizar imperceptiblemente en ella. La placentera sensación me hizo gemir y mis piernas se abrieron más, invitándole a que se adentrara. Mi clítoris vibró con el sensual estí­mulo de su lengua entrando y saliendo de mí­ con aquel rí­tmico movimiento. Mi cuerpo se dobló cuando volvió a llevarse mi vulva a la boca y yo arrastré sus manos hasta mis pechos para que me tocara.

Me volví loca con la erática cadencia con la que comenzó a succionarme y chuparme, al tiempo que sus manos apretaban mis pechos, tensando los dedos sobre mis erectos pezones. Gemí­a conmigo cada vez que me comí­a y escuchar sus gemidos, me encendió aún más. Pareció que acababa de leer mi pensamiento, cuando intensificó el ritmo sobre mi clí­toris, deliciosamente atrapado entre sus cálidos labios. Intenté aguantar y retrasar el clímax que hací­a rato amenazaba con imponerse, pero era una tarea imposible ignorar su boca devorando mi sexo.

Dejé de luchar contra mi propio deseo. Todos mis sentidos se perdieron en su boca haciéndome el amor, en sus manos que continuaban acariciando mis pechos. Jamás en mi vida habí­a sido tan consciente de algo. Tan solo unos segundos después, mi clítoris se contrajo para inundar su boca al alcanzar el asombroso orgasmo. Me sacudí violentamente, y aunque traté de contener aquel líquido que expulsaba, volví a derramarme dentro de su boca, que gemí­a tan alto como la mía.

Permanecí­ inerte y sollozante unos instantes con su jadeante aliento de fondo, que aún me envolví­a. Me senté sobre la cama y levanté temblorosa su rostro. Aún palpitaban aquellos espasmos que contraí­an mi sexo cuando la besé con todo mí ser. Advertí­ que se estremecí­a y mi lengua profundizó en su boca humedecida e impregnada de mi orgasmo.

-Estoy locamente enamorada de ti, Brittany. Eso es lo que hago contigo - habló con la voz entrecortada.

Me emocionaron sus palabras y volví­ a besarla.

-Eres preciosa - jadeé con una sensual sonrisa cuando pasé los dedos por su barbilla, secándole la piel.

Traté de tumbarme sobre ella pero no me dejó. Había comprendido con demasiada rapidez mis verdaderas intenciones y me quedó claro
que no iba a permitirme que le correspondiera con sexo oral. Me pareció ridículo por lo evidente de su enorme excitación, pero esta vez no protesté. La arrastré sobre mí en su lugar, y gimió cuando hice que nuestras vulvas se unieran. Si no me iba a dejar sentirla en mi boca, querí­a sentirla entonces sobre mi sexo. Me había parecido la cosa más maravillosa del mundo después de su espectacular cunnilingus. Me agité cuando empujó y me fundí en su resbaladiza carne. Detuvo el ligero movimiento de sus caderas y dejó que fuera yo quien se moviera. Me encantó que quisiera que yo tomara el control y comencé a frotarme suavemente contra su sexo.

Enseguida el placer me invadió y supe que volverí­a a tener otro orgasmo. Levanté más una de mis piernas y giré la cadera al tiempo que sujetaba las suyas contra mi cuerpo. Gemimos al mismo tiempo cuando nuestras vulvas se acoplaron a la perfección, incrementándose nuestro contacto. Me derretía cuando la sentí­a de aquel modo, en que ambas empezábamos a buscarnos con impaciencia. Contemplé la cambiante oscilación de su cuerpo y elevé más las caderas, abriendo mis piernas explícitamente a ella.

-Brittany - gimió cuando mi nueva postura permitió que se sentara con todo su peso sobre mi vulva.

Vibré con el profundo contacto y cerré los ojos inmersa en su satinada carne. Me quedé prácticamente inmóvil, simplemente sintiendo cómo se masturbaba contra mi sexo al tiempo que me masturbaba a mí­. La fricción de su suave vulva aumentó considerablemente sobre la mía. Acaricié su cintura y bajé por sus caderas hasta detenerme en el perfil del glúteo que se tensaba al empujar contra mí­. Recorrí su cuerpo semidesnudo con la mirada, y aunque tuve la tentación de quitarle el sujetador para poder acariciar sus pechos, que se balanceaban al ritmo que marcaban sus caderas, no lo hice. Me conformé con el tacto de su mano que acariciaba alternante los míos, mientras su otra mano continuaba paseándose por mis glúteos. Su movimiento se volvió placenteramente circular y la miré cuando un gritó sordo salió de su garganta. Su cabeza cayó hacia delante y su melena no me permitió verle el rostro cuando comenzó a sacudirse sobre mí­.

-Sí, mi amor - gemí al percibir que mi sexo se inundaba con su caliente marea.

Me excitó tanto aquello, que mi clítoris latió y me uní­ a su orgasmo mientras más de aquel líquido caliente corrí­a caudaloso por mi vulva, empapando cada pliegue y recoveco de mis genitales.

Sentir su fluido al tiempo que mi sexo se contraí­a por el placer del orgasmo me llevó al séptimo cielo. Me incorporé de golpe y la abracé contra mi cuerpo, haciendo que se sentara sobre mí y sus piernas me rodearan.

-Te quiero - susurró jadeante.

-Y yo a ti - respondí besando su cuello hasta alcanzar sus labios.

Nos besamos despacio, porque aún nos faltaba aire y nuestros corazones palpitaban demasiado deprisa. Me rodeó con sus brazos y apoyé el rostro sobre su pecho, todaví­a agitado. Nos quedamos así­ durante un largo rato.

-Santana - la llamé en voz baja cuando su respiración y la mí­a fueron recobrando la normalidad.

-Dime, preciosa - dijo ella.

-Me ha encantado - le confesé.

Se separó de mí­ buscando mis ojos.

-Y a mí­, mi amor - me besó tan dulce y tiernamente que volvió a encender mi deseo.

Me abrazó arrastrándome hacia ella cuando nos deslizamos bajo las sábanas. La rodeé también y volví­ a acomodarme sobre su pecho. Me estremecí con el calor que desprendí­a su desnudez, junto a la mía. Ignoré su sujetador y no hice preguntas sobre si dormirí­a con él o no. Sus dedos acariciaron mi espalda y mi piel reaccionó al instante.

Alzó mi rostro y me miró a los ojos antes de que sus labios me besaran. Su beso fue lento pero apasionado, enseguida sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo desnudo, y yo me perdí una vez más en sus caricias.
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por Mico4 Lun Jul 27, 2015 11:57 pm

Capí­tulo 23

Nunca la Semana Santa habí­a tardado tanto en llegar, ni caí­do tan tarde en el mes de abril. La última semana de clase, antes de las esperadísimas vacaciones, me mantuvo separada de Santana. No porque yo quisiera, sino porque ella seguí­a ocupada con asuntos varios, al parecer. Curiosamente, desde que nuestra relación se había vuelto más íntima menor era el tiempo que pasaba con ella. Ahora nos habí­amos convertido en amantes de fin de semana. Supongo que tendrí­a que haberme conformado con aquello, pero yo siempre quería más. Desde el mismo instante en que la conocí, Santana se habí­a convertido en mi adicción y ahora que había probado la droga, el síndrome de abstinencia no me dejaba vivir sin ella. Y lo peor de todo era el constante runrún de mi cabeza, que me decí­a que algo no encajaba, que algo ocurrí­a. El jueves por la tarde acompañé a Rachel, después de que termináramos las prácticas en el hospital, a comprar un regalo para Lucy. Iba a ser su cumpleaños y quería ir a una tienda de instrumentos musicales que se encontraba al norte de la ciudad. La seguí en moto y me detuve detrás de ella cuando se nos cerró un semáforo. Tení­a la vista fija en la luz roja que colgaba por encima del casco de Rachel cuando un color azul, que se hallaba en mi campo de visión, me sacó de mi ensimismamiento. Desvié la vista y me topé con aquellas luces de neón que iluminaban unas letras que me resultaron familiares. «Clí­nica Romo», leí sin poder evitar que me diera un vuelco el corazón. Rodé despacio en el momento que brilló la luz verde. Querí­a absorber cada mínimo detalle de aquel edificio blanco con enormes cristaleras al tiempo que circulaba por delante. Casi estaba llegando al final de la manzana donde terminaba el parking propiedad de la clí­nica, cuando mis ojos detectaron la trasera de un coche blanco entre los muchos que habí­a allí­ aparcados. Era el coche de Santana. Se me desbocó el corazón y aceleré vacilante la moto para no perder a Rachel. De regreso a casa volvimos a pasar por delante de la clínica y a pesar de que la perspectiva desde enfrente me dificultaba la visión, pude distinguir que su coche permanecía allí estacionado. Me despedí de Rachel en la esquina donde siempre lo hacía y continué en dirección a mi casa para no levantar sospechas. Tan pronto avancé por la calle, asegurándome de que ya se había marchado, di la vuelta y deshice el camino de nuevo hasta la clínica.

Comprobé que su coche seguí­a allí­ y aparqué la moto en el lateral de la calle de enfrente. Merodeé por la acera sin apartar mis ojos y terminé por sentarme sobre el respaldo de un banco, que me ofrecí­a la altura suficiente para ver sin ser vista. Pasó mucho tiempo allí­ sentada, con la mirada fija en su matrí­cula, hasta que a las ocho y veinte reconocí­ su figura caminando por el aparcamiento. Iba sola y otra bolsa de plástico, como la que habí­a descubierto en su armario, colgaba de su mano. La contemplé con la mirada borrosa por las lágrimas durante su recorrido. Después, se metió en el coche y esperé a que saliera del parking. La seguí con la mirada hasta que se alejó tanto que dejé de verla.

-Es precioso Santana - le dije contemplando la impactante panorámica sobre la playa de arena blanca y agua turquesa, que contrastaban con el verde de la vegetación y las palmeras.

-Me alegro de que te guste - respondió entrelazando sus dedos con los mí­os.

-Es lo más bonito que he visto en mi vida después de ti - levanté su mano y bajé la vista para mirarla. Aún era capaz de sentir su tacto sobre mi cuerpo, desde el fin de semana anterior, en que habí­amos hecho el amor.

-Querrás decir de ti.

-No, de ti - confirmé llevándome su mano a los labios para besarla.

-¿Va todo bien, Brittany?

Eso mismo me preguntaba yo.

-Sí, muy bien. ¿Por qué?

-Porque hoy estás muy callada, especialmente callada. -Tení­a razón, apenas habí­a hablado durante las tres horas y media de trayecto en el ferry que nos había llevado hasta allí. Y tampoco cuando desembarcó el coche y condujo cruzando la isla de norte a sur, hasta el exclusivo complejo hotelero donde nos hallábamos. Me moví­ para quedar detrás de ella, rodeándola por la cintura-. Y triste - añadió girando la cara para mirarme, al tiempo que se apoyaba sobre mi hombro.

-Ya no - sonreí­.

Alzó la mano y me retuvo contra ella cuando buscó mis labios para besarlos. Gemí con el roce de su lengua y sus dedos se tensaron sobre mi nuca, acercándome más a su boca.

-¿Cuánto cuesta este lugar? - le pregunté con la respiración agitada.

Era una lujosa villa privada de dos habitaciones, dividida por un salón y una cocina integrada en el mismo. Teníamos piscina para nosotras solas y la enorme terraza donde nos encontrábamos daba acceso a la playa.

Cada una de las estancias se comunicaba con aquella terraza, a excepción de uno de los dos cuartos de baño. Todo estaba pensando para que uno pudiera disfrutar de la impresionante vista.

-No, Brittany - susurró-. ¿Es por eso por lo que estás así?

-No, es porque no puedo vivir sin verte.

Se dio la vuelta entre mis brazos y volvió a besarme apasionadamente.

-Te quiero - dijo abrazándose a mi cuerpo.

-Yo también puedo ayudar a pagar esto. Tengo dinero. No te lo he dicho, pero ya he cobrado la indemnización de Kling.

-Ya era hora - suspiró-. Pero no quiero tu dinero.

-¿Estás segura? - bromeé-. Me ha dado una pasta.

-No hay dinero en el mundo que pueda pagar lo que te hizo.

-Me hizo la persona más feliz del mundo. Te conocí a ti.

-No digas eso. No me gusta que digas eso.

-¿Por qué?

-Porque podrí­a haberte matado.

-Pero no lo hizo y te conocí­.

-Brittany... Me reí­.

-¿Vamos a la playa?

-¿Me das una vuelta en moto?

-¿Qué moto?

-La de agua. ¿Sabí­as llevarla, verdad? Porque yo no.

-¿También tenemos moto de agua? - se me iluminó la cara.

-Podemos tener todo lo que tú quieras, mi amor.

Deshice mi maleta a toda prisa y me cambié aún más rápido. Se rio cuando le pregunté si le importaba que la esperara en la playa. Me lanzó un chaleco salvavidas y me mostró burlona la llave de la moto, que sacó de su bolso.

-Si la quieres, ven a por ella - me dijo en tono sugerente.

La recorrí de arriba a abajo con la mirada y me acerqué despacio. Sentí un escalofrí­o cuando posó su mano sobre mi estómago desnudo, impidiendo que me aproximara más. Sonrió y escondió la mano detrás de su espalda.

-Dame un beso y te la doy.

Estiré el cuello para dar alcance a sus labios y ella me rodeó, besándome abrasadoramente. Protesté cuando abrió mi mano y me entregó la llave. No querí­a la moto, querí­a hacer el amor con ella. Estaba terriblemente excitada y ella también, aunque lo disimulara cuando me echó de la habitación. Salí­ a regañadientes y escuché su risa mientras me alejaba. Descubrí­ que aquella parte de la playa era de uso exclusivo para la villa que ocupábamos. Al menos habí­a cincuenta metros de distancia hasta nuestras vecinas, que en aquel momento jugaban en el agua. Me pregunté si serían pareja, pero enseguida desvié los ojos a la cubierta de proa color azul oscuro metalizado de la Yamaha que flotaba en la orilla, amarrada a un poste de madera. Volví a mirarlas cuando me sorprendió la buena temperatura que tení­a el agua. Pensaba que iba a estar más frí­a a pesar de los cuatrocientos kilómetros que habí­amos recorrido en dirección sur. Supuse que la ola de calor que habí­an anunciado para Semana Santa, y que ya se hacía notar, tenía mucho que ver con aquello. Además, Tlys era la última isla que conformaba el archipiélago donde viví­amos y la más austral de todas. Colgué el chaleco salvavidas del manillar de la moto y me zambullí en el agua cristalina mientras esperaba a Santana. No tardó en aparecer con una sonrisa pí­cara dibujada en sus labios y supe que aún se estaba riendo de mí, por haberme dejado en el estado de excitación en que me dejó. Salí del agua para recibirla y le salpiqué suavemente la cara, en respuesta a aquella traviesa sonrisa.

-Esta noche hablamos - anuncié.

Soltó una carcajada que me hizo reír.

-Dios, qué guapa eres - suspiró paseando sus ojos por mi rostro.

Enrojecí y aparté la vista, como si eso evitara que ella no pudiera verme. La miré de soslayo cuando me fijé en que sonreí­a por mi reacción. Me di la vuelta con rapidez y me dirigí­ a la moto.

-¿Nos vamos? - pregunté sin mirarla, tratando de controlar mi acelerada respiración.

Su mano se posó de pronto en la curva de mi cintura, al tiempo que sus labios besaban mi espalda mojada poniéndome la piel de gallina.

-Nos vamos - susurró.

Pasamos la tarde entera subidas en la moto. Me costó un buen rato convencerla para que la llevara ella. No querí­a dejar de sentir su intenso abrazo y sus manos, que cada poco tiempo acariciaban mis piernas mientras surcábamos aquel manto turquesa, pero querí­a que comprobara que no era difí­cil conducirla, que cualquiera podí­a hacerlo. No dejó de reí­rse y de hacer bromas cuando le hice recordar que el cordón elástico que até a su chaleco salvavidas, y que la uní­a a la llave de contacto, se le conocí­a por el nombre de «hombre al agua». Y ya no paró de reírse cuando descubrió que, efectivamente, podí­a conducir la moto ella sola. Estaba tan feliz y exultante que me paseó arriba y abajo sin descanso. Me abracé a su cuerpo y me alegró tanto de verla así­, que la triste imagen que conservaba de ella, caminando sola por el aparcamiento de la clínica, se desvaneció en mi cabeza. Sin embargo, aquella escena volvió a atormentarme cuando la dejé en la tumbona de la terraza y me metí en el baño a ducharme y a arreglarme para la cena.

Me senté en el sofá de la habitación y encendí­ la tenue luz de una lámpara que habí­a sobre una mesa cuando el cielo se fue oscureciendo. La oí­a canturrear y oía correr el agua de la ducha mientras la cabeza no dejaba de darme vueltas, esperando a que terminara. Me habí­a impactado tanto verla sola en ese parking y con aquella bolsa, suponí­a que llena de decenas de pruebas que le estarí­an haciendo, que aún no habí­a conseguido borrar la imagen de mi mente y de mi corazón. No podí­a entender por qué no le acompañaba alguien, por qué me ocultaba una cosa así­. Hasta me hubiera alegrado de verla en compañí­a de su ex.

-Hola, preciosa - dijo cuando salió y me encontró allí sentada-. ¿Qué haces ahí­ tan solita en la penumbra?

Llevaba enrollada una toalla que le cubrí­a hasta la mitad de los muslos, su melena aun mas oscurecida por la humedad del agua caí­a cubriendo uno de sus hombros desnudos.

-Pensar en ti.

Me sonrió con dulzura.

-¿Te apetece que pidamos la cena aquí o prefieres ir al restaurante?

-¿Qué dí­a te vas al final? - le pregunté suavemente.

-El 28.

-Un miércoles - confirmé-. ¿A qué hora?

-A la una y media. ¿Por?

Exactamente a la misma hora que salí­a el avión que tomó su hermana.

-Por ir a despedirte.

-No puedes, tienes clase. No te preocupes por eso ahora.

-No pasa nada porque falte un par de horas.

-Con lo poco que te queda para terminar el curso no deberí­as faltar.

-Tengo dieciséis años y estudio tercero de medicina, podrí­a faltar el curso entero, que seguirí­a estando por delante del resto de mis compañeros, ¿no te parece? - me miró fijamente sin mediar palabra-. Pero si por algún motivo no quieres que vaya, no iré - hablé de nuevo.

-¿Qué te ocurre, Brittany?

-Que no quiero que lo hagas - dije tras contemplarla indecisa unos instantes.

-¿El qué? ¿Irme a Colombia?

-No te vas a Colombia.

Aprecié el leve gesto de sorpresa que se dibujó en su rostro.

-Claro que voy.

-No, no te vas - negué-. ¿Qué dí­a vuelves?

-Aún no lo sé.

-¿Tienes el billete de ida y no el de vuelta?

-Sí­, ya lo sacaré allí cuando decida qué día vuelvo. ¿Cuál es el problema?

-Que es mucho más caro - repuse con escepticismo-. Con sacar un billete abierto hubieras solucionado el problema.

-No sé, siempre viajo así­. Puedo pagarlo - se encogió de hombros.

-Lo sé - afirmé, echando un vistazo a mí­ alrededor. Aquella impresionante villa era una prueba irrefutable de lo que podí­a pagar sin problemas-. ¿Estás buscando trabajo en otra clí­nica?

-No, y mucho menos allí­, si es lo que estás pensando. Quiero seguir viviendo lo más cerca posible de ti.

-¿Y aquí­? En casa, quiero decir - corregí­ sobre la marcha al caer que estábamos fuera.

-Tampoco, por ahora estoy bien donde estoy.

-Quiero verte desnuda - le rogué tan inesperadamente para ella como para mí.

-Perdona, ¿cómo dices?

-Que te quites la toalla. Quiero verte desnuda, por favor.



-¿Qué me estás pidiendo? - preguntó, echándose a reí­r-. ¿Un striptease?

Dejó de reí­rse cuando me puse en pie y caminé hasta ella.

-No, Santana - le dije al ver que sus manos se aferraban a la toalla, sujetándola contra su pecho-. No te la voy a quitar. Ni siquiera lo he hecho mientras hací­amos el amor, así­ que no lo voy a hacer ahora - bajó la vista al suelo y percibí la tensión de su rostro cuando le besé los labios. Rodeé su cuello y la abracé contra mí­. Tardó en retirar los brazos, que quedaron aprisionados contra mi tórax-. Lo que quiero es que tú quieras quitártela cuando estés conmigo.

-Pues es obvio que no quiero hacerlo.

Me quedé gélida ante sus frías palabras, pero continué abrazándola. Deslicé lentamente mis labios por la piel de su cuello, y ni siquiera mis besos en aquella parte de su cuerpo, que me constaba que le gustaba, hicieron que se relajara.

-¿Y si apagara la luz? - pregunté despacio.

-Tampoco.

Ignoré su tajante y glacial respuesta, persistiendo con mis besos sobre su piel hasta alcanzar su hombro.

-Vayamos al restaurante, te espero fuera - dije cariñosa tras comprender que aquella rigidez no la abandonaría.

No me miró cuando me separé de ella, dándome la vuelta para salir de la habitación y dejar que se vistiera.

-Eres preciosa tal y como eres. Lo único que importa de la cicatriz de tu pecho es lo que la ha causado. No quiero que te operes, Santana. No quiero que pases por más intervenciones, por más anestesias, y mucho menos por más dolorosos postoperatorios -confesé antes de cruzar el umbral de la puerta.

Me detuve ante el atronador silencio que desencadené, pero no me atreví a volverme para mirarla.

-¿Y tú cómo sabes eso? - habló al fin detrás de mí­.

-Te vi la cicatriz - respondí­ suavemente sin cambiar de posición.

- Eso ya lo figuraba. Si la hubieras visto bien sabrí­as que es algo más que una simple cicatriz lo que tengo en el pecho.

Me giré despacio. La encontré agarrada a su toalla con la cabeza ligeramente agachada, y con la mirada pétrea clavada en mí­.

-¿Y qué quieres hacer, Santana? ¿Ponerte un implante? Eres médico. Sabes mejor que nadie que eso aumenta el riesgo de que se desarrolle un nuevo tumor - se me quebró la voz y presioné mis sienes con fuerza para evitar ponerme a llorar.

-No, cariño, no llores, por favor - se apresuró hacia mí­ y me abrazó-. No es un implante, es una nueva técnica.

-¿Cómo de nueva? ¿Te vas a convertir en conejillo de indias? Pero si eres preciosa como eres ahora.

-No, Brittany, es con grasa. Se reconstruye con mi propia grasa corporal.

-¿De dónde? ¡Pero si tú no tienes grasa! - me sequé la humedad de los ojos antes de que alguna lágrima se derramara.

-Créeme, todos tenemos grasa - rio con una carcajada. La miré tan perpleja como me quedé. ¿Cómo podí­a reí­rse tan alegremente de aquello? Me dolió tanto su risotada que casi me enfadé con ella. Imaginé que aquella era su forma de enfrentarse al cáncer, pero a mí se me heló la sangre en las venas-. Del abdomen - su voz recuperó un tono más serio cuando reparó en lo conmocionada que me había dejado su risa, como si de un vulgar chiste se tratara.

-¿Hace cuánto tiempo que te ocurrió? - se me volvió a romper la voz.

-Un año y siete meses. Pero tú no te preocupes por eso, preciosa. Estoy bien, estoy limpia. Me hago revisiones cada seis meses y todo está perfecto.

-Pues eso es lo único que importa, Santana - rompí­ a llorar- ¿Qué necesidad hay de que vuelvas a entrar en un quirófano? -me abracé a ella.

-Porque querí­a evitar esto y porque necesito sentirme bien. Necesito hacer el amor contigo bien y no estar pensando en cuál va a ser el siguiente movimiento de tu mano, para que no lo descubras. O peor aún, que te sorprenda llorando desconsoladamente por ese mismo motivo, y a partir de ese momento, ya ni siquiera tenga de qué preocuparme porque tú misma me tranquilizas, diciéndome que no vas a desnudarme - me secó las lágrimas al tiempo que besaba mis labios.

-No lloraba porque tuvieras una cicatriz sino porque supe lo que te la habí­a originado. Y si desde luego no te he desnudado, no es porque no lo deseara sino porque sabí­a que no lo deseabas tú. Podría haberte faltado un pecho, faltado los dos incluso, que yo te seguiría queriendo igual y deseándote del mismo modo. Te lo aseguro, Santana.

Sacudió la cabeza.

-Joder - exhaló-. Tú no tendrí­as que haberte enterado de esto.

-¿Por qué no? ¿Cómo puedes decirme una cosa así?

-Porque tienes dieciséis años, eres una niña. Tú no te mereces esto.

-La que no te lo mereces eres tú - repuse con rapidez y tomé su rostro entre mis manos para besarla.

-Tienes que estar con alguien de tu edad, no conmigo - dijo cortando nuestro beso-. A tu edad deberí­as vivir ajena a ese tipo de cosas.

-No, no, no - le rogué- no empieces, Santana. No empieces con ese tema, por favor.

-¿Cómo es posible que te hayas enterado?

-Atando cabos. Ni siquiera estaba segura de que te fueras en realidad a Colombia, y necesitaba averiguarlo de una vez por todas.

-¿Qué cabos?

-Solo han sido una sucesión de casualidades.

-¿Qué casualidades? - preguntó otra vez poniendo énfasis en cada palabra.

-No te enfades, pero la semana pasada descubrí una bolsa de la Clínica Romo en u armario. Te juro por lo que más quieras que fue por accidente. Te llamaron al móvil, tú saliste corriendo, cogiste una bata y una de tus camisas se cayó al suelo. Me levanté de la cama para recogerla y al ir a colgarla vi la bolsa. Ni siquiera le di importancia en ese momento. Para entonces ya sabí­a lo que te habí­a ocurrido, así­ que pensé que era donde te hací­as las revisiones. Al día siguiente me dices que te vas a Colombia a ver a Naya. Y no una semana o quince días, sino todo un mes. Tampoco en ese momento caí­. Solo pensé que tal vez le ocurría algo que tú no querí­as contarme, ya que no hací­a ni dos semanas que se habí­a ido. Nos fuimos a cenar y cuando le secaste unas gotas de agua a Blyth reparé en su pecho, en que era operado. Me acordé entonces de la bolsa de la Clí­nica Romo. Allí no solo se leía medicina, también cirugí­a plástica. Me fui de la mesa y entré en la página web desde el móvil, verificando que no existí­a ninguna unidad de oncologí­a, por lo tanto, difí­cilmente podrí­as estar haciéndote unas revisiones rutinarias. Sin embargo, constaté que eran los mejores en cirugí­a plástica reparadora y todo tipo de tratamientos estéticos. Ahí­ es cuando empecé a pensar en qué hací­a una bolsa de ellos en tu armario, si no era porque en algún momento les habrí­as visitado. Entonces llega el jueves, y Rachel me pide que le acompañe a comprar un regalo para Lucy por su cumpleaños. De camino a la tienda, descubro que estoy pasando por delante de la Clínica Romo y que tu coche está allí aparcado. Decido regresar con Rachel hasta casa para que no sospeche, me aseguro de que se ha ido y doy media vuelta hasta la clí­nica. Tu coche continúa en el mismo lugar de antes, por lo que aparco la moto para que no puedas verla y desde la acera de enfrente espero a que salgas. Apareces sola caminando por el parking y con otra bolsa idéntica a la de tu armario, te montas en el coche y te vas. He querido pensar que igual estabas en una entrevista de trabajo, porque soy incapaz de creer que me hayas dicho que te vas cuando en realidad lo que ibas a hacer era meterte en un quirófano para operarte sin decirme ni una sola palabra. Más tarde, como cada noche, me llamas a las nueve y media y me cuentas despreocupadamente que has estado con Blyth en BouAzzer - bajé la vista a sus labios cuando advertí que estaban conteniendo la risa-. ¿Te hace gracia? -pregunté casi escandalizada.

-No - trató de controlar la sonrisa que iba lentamente formándose en sus labios-. ¿Pero qué querías que te dijera?

Contemplé su precioso rostro, que me miraba interrogante como una niña pequeña arrepentida de su última travesura.

-Si quieres operarte, si eso es lo que realmente quieres, dime que lo necesitas hacer por ti y no por mí­. Si supiera cómo te convencerí­a para que no lo hicieras.

-Es por mí­, de verdad.

-Déjame estar contigo, por favor. No me eches de tu vida - le rogué de nuevo -. Quiero acompañarte a cada prueba y quiero estar a tu lado hasta que entres en quirófano y cuando salgas de él, quiero que me dejes cuidar de ti hasta que te hayas recuperado del todo. - Apoyó la frente en mis labios y cabeceó agarrada a mi camiseta-. Habí­a llegado a pensar que te estabas viendo con alguien más - confesé.

-No, mi amor, no hay nadie más que tú. ¿Cómo puedes pensar una cosa así­?

-Porque no entendí­a que ya solo pudiera verte los fines de semana.

-No te veí­a porque era la única forma humana que encontraba para no terminar acostándome contigo. ¿Cuántas veces crees que iba a poder estar contigo sin que me preguntaras por qué siempre llevaba puesto el sujetador?

-Muchas, muchísimas - besé su frente.

-Porque lo sabías - sonrió.

-Al principio creí que no te gustaba que te tocaran el pecho, hasta que el sábado pasado conseguí­ averiguar que no era verdad...- busqué sus labios y la besé.

Me ardió la piel cuando me devolvió el beso con ternura, acariciando mi lengua con la suya. Tanteé la pared y apagué la sutil luz que iluminaba la habitación.

-No, Brittany - susurró al quedarnos a oscuras y comprender mis intenciones -. No quiero que me veas así, ¿no lo entiendes?

-Ya te he visto, Santana, y eres preciosa. No sé cómo puedes pensar ni por un instante que algo de ti no me pudiera gustar. Quiero hacer el amor contigo, por favor - supliqué llevándola hasta la inmensa cama al tiempo que retomaba nuestro beso.

Hice que se tumbara y me desnudé adaptando los ojos a la oscuridad. Distinguí­a con facilidad la toalla blanca que cubrí­a su cuerpo, pero me llevó más tiempo adivinar su rostro y descubrir que me estaba contemplando. Su respiración sonó más fuerte con el roce de nuestros labios y gemí­ al instante con el húmedo calor de su boca, de su dulce recibimiento. Besaba tan maravillosamente bien que me sacudí­ sin que aún me hubiera tocado. Ahogó un gemido cuando temblé sobre ella, fundiéndonos suavemente.

-Eres preciosa - sollocé tras apreciar que se tensaba cuando comencé a abrir muy despacio su toalla.

Exhaló aire, permitiéndome que continuara. Me estremecí cuando mi pecho desnudo entró en contacto con el calor del suyo, cuando mi desnudez reposó sobre la suya. Volví­ a fundirme en su boca y me sentí feliz. Poco a poco la rigidez que aún albergaban sus músculos fue cediendo y su cuerpo me acogió amoldándose al mí­o, dándome así una completa bienvenida al fin.

FIN.


Muchas gracias por sus comentarios y por haberse dado el tiempo para leer esta adaptación sé que el final deja con ganas de más a mi también me sucedió pero lamentablemente no tiene segunda parte y no lo sé si en algún momento lo habrá :(.
También pueden decirme si quieren que siga adaptando y si es así díganme que libro les gustaría que adapte o darme opciones para hacerlo :3
Mico4
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Go Cheerios!

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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por monica.santander Mar Jul 28, 2015 2:30 am

jajajaja estoy mas que sorprendida por el final!!!!!!
Obvio que quiero que sigas adaptando!!!!!!!!
Gracias por la historia!!!
Saludos
monica.santander
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por MeryBrittana Mar Jul 28, 2015 8:36 am

Amo esta historia en serio!! Me parece preciosa, pero es cierto que te deja con unas ganas locas aun que sea de un epílogo.. Ainsss.. Y poooor supuesto sigue adaptando, estoy deseando saber cual va a ser tu siguiente historia!!! Mil gracias!!
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

Mensaje por Elita Mar Jul 28, 2015 12:04 pm

Vaya....! Definitivamente te deja con ganas de más..

Ah, me gustaría que siguieras adaptando.. cualquier cosa que sea así como esta *---* de amor, wanky erótica, intensa *---*
lo que tú quieras :D
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Mensaje por micky morales Mar Jul 28, 2015 7:49 pm

es una gran historia, mas que obvio que quiero que sigas adaptando, me encanto el final, hasta pronto!
micky morales
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Activo Re: Fanfic Brittana : "Santana" (Adaptación) Capitulo 20, 21, 22, 23 Final

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